1. Dos librerías pequeñitas

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Dos librerías pequeñitas

En la esquina de Hillside Road y Home Street, frente al lago Manapouri, se encuentra Two Wee Bookshops, una librería que en realidad son dos, y pequeñitas, pintadas de un arcoíris de vivos colores y rodeadas de plantas, curiosidades y alguna que otra mascota.

Cada mañana desde últimos de septiembre hasta mediados de abril, fines de semana incluidos, abro sus puertas. Mi Fiat 500 verde de 1961 resalta aparcado en el cruce de Hillside Road con la carretera panorámica del sur anunciando la librería más pequeña de nueva zelanda. En la esquina de Home Street pongo el cartel de abierto y entonces empiezo a colocar las distintas mesas y los viejos pupitres pintados en tonos chillones con una selección de libros. En la pizarra escribo: abierto, si no estoy por aquí, toca con fuerza. Junto a la puerta cuelga una campana de barco y su sonido se oye desde casi cualquier punto de nuestra gran propiedad arbolada.

Tenía setenta años cuando decidí abrir las librerías, mi «pasatiempo» para la jubilación. Casi treinta años antes había abierto otra como parte de un negocio de yates chárter que mi marido, Lance, y yo bautizamos como Fiordland Ecology Holidays.

En general, las librerías atraen a los amantes de los libros, pero las mías constituyen un polo de atracción para todo el que pasa por delante. Puede que sea por los colores, o por las ventanas y la puerta antiguas, o porque son realmente mi­núsculas. Tibor, de Budapest, pasaba de largo cuando atisbó la palabra «librería» en el cartel de la esquina, dio media vuelta a toda prisa y acabó quedándose un mes en nuestra cabaña del jardín. Era enfermero y estaba de vacaciones, pernoctando en su vieja camioneta. A cambio de alojamiento y comida, trabajó en el bosquecillo que rodea nuestro hogar. Le encantaban los libros y se tiró un montón de tiempo sentado en la librería, leyendo y charlando con los clientes. Cuando tenía que ausentarme abría él y acabó vendiendo cantidad de libros. Al marcharse, hubo muchos llantos; él no quería irse y a nosotros nos dio pena decirle adiós.

Luego conocimos a Jana, una joven alemana que entró en la librería, se sentó en una silla y rompió a llorar, sonándose la nariz con un pañuelo ya empapado. Yo la abracé y la estreché contra mi pecho mientras sollozaba. Acababa de terminar una relación sentimental, me dijo. La llevé a casa y Lance, con su comprensión y compasión habituales, se hizo cargo de la tienda. Es el asesor personal de la librería y a lo largo del día son innumerables las tazas de té y café que sirve. También es mi chapuzas, mi «rápido, échame un cable» y quien me ayuda a montar las dos librerías todas las mañanas. Jana se quedó una semana con nosotros.

Más tarde llegó Lily, de Polonia, que echaba de menos su casa y solo quería hablar… y ¡vaya que si hablaba! Supe de toda su familia, incluidos sus abuelos, de dónde había ido a la escuela y los lugares por los que había viajado en Nueva Zelanda. Al final de la conversación entrecortada, que casi parecía más un monólogo, me habló de la ruptura de su noviazgo.

También vino Adam, de Australia. Aparentaba unos veintiún años, era grande y lucía una sonrisa pícara. Trabajaba en Milford Sound y tenía unos días libres.

—Solo quiero aprender a leer libros —dijo.

Nunca había oído una petición parecida, pero pensé que, si alguien sabía leer libros, sería una librera.

—¿Qué te interesa, Adam? —le pregunté.

—No gran cosa. Me gusta cultivar maría y fumarla.

Su franqueza me dejó un poco confundida, pues no me conocía de nada. Entonces analicé mi apariencia desde el punto de vista de un desconocido. Llevaba mis acostumbrados pantalones amplios de algodón indio con una túnica que me llegaba a las rodillas y un sombrero colorido. Entendí por qué se había mostrado tan sincero.

—Tengo el libro perfecto para ti —le respondí—. Tú espera, que está en mi biblioteca y ni siquiera lo tengo a la venta.

Bogor, escrito por Burton Silver y publicado en 1980, es un libro de tiras cómicas sobre un leñador solitario del mismo nombre que se hace amigo de un erizo que cultiva marihuana. La dieta del erizo consiste en caracoles que cría a base de maría. Las historietas aparecieron en la revista New Zealand Listener entre 1973 y 1995, por lo que constituye la serie más longeva del país. Bogor nos cautivó a todos, pues era bastante radical para la época y pronto aparecieron los libros, que en la actualidad son objeto de coleccionista.

Volví a la tienda con el ejemplar y le conté a Adam la historia de Bogor y de su amigo el erizo que comía caracoles colocados.

—Te va a encantar. Es fácil de leer y estoy segura de que, ¡una vez que empieces, no podrás parar!

Así que Adam comenzó. Cuando me devolvió el libro, dijo que había entrado en la web de compraventa Trade Me con la idea de hacerse con algunos ejemplares y empezar su propia colección.

Un día llegó un hombre llamado Alan. Callado, se sentó en el escalón de la puerta, con los hombros caídos y la cabeza casi tocando las rodillas.

—¿Por qué no pasas y te sientas dentro? —le propuse—. Cerraré la puerta con llave para que puedas disfrutar de un poco de soledad.

—No, no quiero que se tome la molestia —respondió, pero se levantó y entró en la tienda.

Yo salí a toda prisa, le di la vuelta al cartel de abierto, borré la pizarra y cerré la puerta. Nos quedamos sentados unos minutos en silencio hasta que, al final, me presenté. Cuando me fijé, el hombre estaba llorando.

Nuestra casa queda al lado de las librerías, por lo que fui corriendo a pedirle a Lance que preparara un par de tazas de café y nos las trajera. Es algo que suelo hacer cuando hay mucho lío y la gente está esperando para entrar en la librería ya abarrotada; ¡como haya más de cinco clientes, no queda sitio para moverse! Lance entretiene a quienes esperan con anécdotas asombrosas de su vida y les prepara té y café. Por suerte, también es lector, así que, si se tercia, está más que dispuesto a hablar sobre libros.

Nos trajo el café a su debido tiempo; uno con leche y otro con leche y azúcar. Había dado en el clavo: Alan era de los que lo toman dulce.

—Gracias, Ruth —dijo el hombre—. Creo que era mi destino acabar aquí, aunque no soy lector.

—Aquí viene mucha gente que no lee.

—Lo que me ha atraído han sido los colores y la campana colgada junto a la puerta. Soy bombero en Nueva Gales del Sur y me han mandado tomarme un descanso. Así que aquí estoy. —Suspiró y alzó la vista hacia mí—. ¿Sabes que he dejado tirados a mis compañeros? Porque así es. Ellos siguen ahí fuera. Y, vaya adonde vaya, sigo oliendo el humo.

Aquel año, los incendios forestales en Australia eran tan horribles que hasta aquí, en Manapouri, en el extremo inferior de la isla sur de Nueva Zelanda, se olía el humo y los cielos estaban teñidos del color del fuego.

Nos pasamos hablando más de una hora. Los horrores que había vivido y a los que tenía que volver me dieron ganas de llorar.

Al final se levantó, dejó su taza en el pequeño mostrador, sacó un pañuelo de la caja que tengo siempre a mano y se sonó la nariz.

—Gracias, Ruth. ¡Eres justo lo que un viejo bombero quemado necesitaba!

Lo abracé y, alzando la vista, pues era mucho más alto que yo, le sonreí. Sabía que al día siguiente iba a recorrer la ruta Kepler.

—Trata de oler el bosque —le dije—. Respira el aire de la montaña y ya verás que, cuando regreses, estarás listo para volver a trabajar codo con codo con tus compañeros. Tengo un librito para ti. —Le tendí un ejemplar de Zoo-lógica: para enfrentar los pequeños desafíos de la vida—. Verás como te saca una sonrisa… y puede que hasta alguna carcajada.

Alan sonrió de oreja a oreja. Cuando abrí la puerta y lo vi doblar la esquina en dirección al lago, di la vuelta al cartel para que mostrara de nuevo abierto.

Algunos días regalo más libros de los que vendo, que es uno de los grandes placeres de estar jubilada y no sentir la presión de ganar dinero. La alegría que produce regalar el libro perfecto compensa más que hacer una venta.

La librería más pequeña, que es para niños, se encuentra escondida tras una valla que solo muestra la fachada; la puerta roja tiene poco más de un metro de alto.

Las criaturas entran y salen de la librería infantil; a menudo se sientan y leen mientras miman a alguno de los peluches dispuestos en fila en los estantes inferiores, esperando su preciada atención. Las madres, los padres, las abuelas y los abuelos redescubren algún libro de su niñez y, mientras lo leen, se pierden en los recuerdos.

En un rincón tengo una biblioteca de préstamos. Antes de la pandemia del covid-19 dejaba que los niños se llevasen un libro para pasar la noche junto con un muñeco bautizado por quien primero se lo llevó. Cuando devuelven los muñecos, los lavo y los tiendo para que se sequen. A menudo, tengo la cuerda llena de animales de peluche colgados de las orejas o la cola. Están Honey y Maple, los osos mellizos; Blizzard McMurray, el peludísimo gato blanco; el gato Mornington; el camello Camo; el pato amarillo Moon y el conejito Bouncy, por nombrar solo algunos.

Eep, la corderita blanca, pasó dos noches en casa de una niña y, al volver, estaba mojada y cubierta de barro y hierba.

—¡Guau! Se ve que Eep se lo ha pasado en grande —comenté.

—Por la noche la he llevado a dormir al corral de las ovejas para que no estuviera sola.

—Una idea estupenda. Estoy segura de que le encantó.

Eep ya está de vuelta en su balda, blanquísima tras el baño.

Otro que suele dejarse caer por la librería es Tama, un niño muy serio y pensativo, y a menudo bastante divertido, que pasa las vacaciones en Manapouri con sus abuelos. Una vez se llevó a Growl, el pequeño león de peluche, a pasar la noche en su casa. Antes de que se fuera, le expliqué que había metido a Growl en la lavadora y que ya no rugía como antes, sino que sonaba más bien como si se estuviera ahogando.

Tama sonrió y respondió que no pasaba nada.

Cuando me lo devolvió al día siguiente, me miró a los ojos y dijo:

—Creo que has sido demasiado severa con Growl. ¡No ruge tan mal!

Uno de los libros favoritos de la biblioteca es El conejo de terciopelo, escrito por Margery Williams en 1922. Cuando el Conejo le pregunta a su amigo el Caballo de Piel qué es ser real, este le responde:

Ser real no tiene que ver con cómo estás hecho. Es algo que te sucede. Cuando un niño te quiere durante mucho, muchísimo tiempo, y no solo para jugar, sino que te quiere de verdad, entonces te vuelves REAL.

He leído el libro muchas veces y esta frase en concreto me recuerda los momentos de mi vida en los que he llegado a comprender el significado de la palabra «real».

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El principio de los libros y los negocios

Mi padre trabajó de bombero ferroviario de 1941 a 1946, el año en que yo nací. Nos contaba muchas anécdotas sobre esta época: la locomotora K942 era su favorita. New Zealand Rail la introdujo porque era capaz de lidiar con nuestros terrenos montañosos y transportar mercancías pesadas. Creo que heredé de mi padre su amor por los trenes: durante toda mi vida, si no iba navegando en barco, iba montada en tren.

Mamá tenía diecinueve años cuando se casó con él, que entonces tenía veintiuno. Era 1944. Se mudaron a casa del abuelito y la abuelita, los padres de papá, donde pasaron los primeros tres años de matrimonio; mi hermana Jill y yo nacimos mientras aún vivían con ellos.

La casa de los abuelitos en Christchurch daba al río Avon: era el lugar perfecto para una familia, con cinco dormitorios, una cocina grande, comedor, salón y hasta una lavandería con caldera. Jill y yo compartíamos cuarto con la tía Maureen, la gemela de la tía Lorraine, quienes solo nos sacaban diez años y eran las pequeñas de los cinco hijos de la abuelita. La tía Joan, la mayor, ya estaba casada y vivía en la isla norte. También vivieron con nosotros numerosos niños de acogida; los llamábamos igual: tío o tía.

La abuelita dirigía su enorme hogar con mano dura pero tierna. El abuelito se pasaba el día en su cobertizo, reparando bicicletas, o en el famoso taller de su hermano Jim, Hobdays Cycles, que abrió en 1943 en Colombo Street y todavía sigue en activo.

La abuelita era una mujer rechoncha que llevaba delantal a diario y el pelo invariablemente recogido en un moño prieto. Casi siempre sonreía y no paraba de dar abrazos y mimos. Yo la quería muchísimo. Era ella quien me repetía una y otra vez, mientras me estrechaba y me besaba la coronilla: «Ruthie, yo sé que intentas ser buena, pero no puedes».

Nos confeccionaba pantalones con los sacos de harina y los domingos preparaba «pastel hundido»: al usar manteca en lugar de mantequilla, el bizcocho pesaba tanto que, cuando llegaba a la mesa, su centro había colapsado. De premio nos daba pan con mantequilla, nata y mermelada.

La primera casa propia que tuvieron papá y mamá fue en Bangor Street, a una manzana del río Avon y a un corto paseo de casa de la abuelita. Nos mudamos en 1949. Era un minúsculo bungalow de madera que papá siempre andaba renovando. Sin embargo, aunque las reformas lo tenían muy ocupado, el tío Ivan y él decidieron emprender otro negocio: criar gallinas a escala industrial por la carne. Encontraron un terreno adecuado para albergar y criar más de un centenar, pero en el último minuto, cuando ya las habían comprado y pagado, el propietario del terreno se echó atrás. En consecuencia, la empresa de pollos congelados criados en libertad se estableció en nuestro pequeño patio trasero.

Cuando llegaron las aves, papá ya había tirado abajo la pared trasera de la casa y dejado expuestos la cocina y nuestro dormitorio al patio trasero. Luego hizo un cerramiento con arpillera, que por lo visto repelía el frío. Con frecuencia nos despertábamos al oír a las gallinas cacarear bajito mientras se introducían por debajo de la arpillera para acomodarse en el cabecero de las camas o algún otro lugar cómodo y pasar así la noche.

El negocio se acabó de golpe cuando los vecinos se quejaron, pero para entonces las gallinas ya se habían adueñado por completo del patio trasero y la casa.

A papá no paraban de ocurrírsele nuevas ideas, que a menudo implicaban a toda la familia (¡algo que, desde luego, yo también he heredado!). En cuanto nos mudamos de Bangor Street a Oxford Terrace, decidió convertir aquel caserón en una casa de huéspedes.

Dos de los más antiguos eran Bill y Maurice, los primeros enfermeros del hospital público de Christchurch. Más tarde, Maurice se convirtió en matrón del hospital Silverstream de Upper Hutt. Con ellos no había día sin drama, pues era una pareja abiertamente gay, cosa nada corriente en los años cincuenta. Para nosotros, Bill se convirtió en el tío Bill. Los meses de verano, mamá se encargaba del negocio mientras papá estaba lejos, extrayendo oro en la mina de filón profundo de Matakanui, en el distrito de Central Otago.

Una vez que papá terminó de reconstruir, reparar y pintar, vendió el caserón de Oxford Terrace y en 1953 nos mudamos a Conference Street.

A principios de los años cuarenta, el abuelo Benn, el padre de mamá, compró una casa de campo en Pile Bay, una playita apartada bajo unas altas colinas cubiertas de matojos de tussok en la península de Banks, a poca distancia de la isla Ripapa. También había comprado un bote salvavidas de casco a tingladillo con unos remos gigantescos que no tardamos en usar. Las vacaciones de verano las pasábamos en Pile Bay con nuestros primos Ken y David. Corríamos descalzos y sin vigilancia por las colinas y los alrededores del litoral rocoso: aprendimos a remar y a pescar, a coger berberechos y almejas; por la noche nos sentábamos en algún altozano y veíamos zarpar el ferry del puerto de Lyttelton para su travesía nocturna rumbo a Wellington.

Cuando papá y el tío Ivan venían el fin de semana, los niños dormíamos pie con cabeza en los camastros, así dejábamos cuatro para nuestros padres. El tío Ivan estaba casado con una hermana de mamá, Philliss (la tía Fan). Por la noche, las lámparas Tilley de queroseno proyectaban sombras en la sala con un susurro suave e ininterrumpido. Cómo me gustaba el olor almizclado del dormitorio, siempre salado con su toque de queroseno caliente. Bajo el colchón yo guardaba montones de libros que leía con fidelidad cada verano, a menudo bajo la luz de una vela.

Jugábamos a las cartas, hacíamos rompecabezas, nos bañábamos en el exterior, de pie en una enorme tina esmaltada, nos lavábamos los dientes en el mar y nos poníamos la misma ropa todos los días. El abuelo tejía redes de pesca con hilo de algodón; cuando acababa una red, la sumergía en té frío para que no se pudriera.

La isla Ripapa, también conocida como Fort Jervois, era el patio de recreo ideal para cualquier niño, fuente de increíbles recuerdos que aún atesoro. Tiene una historia interesantísima, pues fue la sede de un asentamiento Ngāi Tahu, luego un centro de cuarentena para nuevos inmigrantes a finales de la década de 1880, una cárcel para ciento cincuenta seguidores del líder espiritual Te Whiti y luego una batería de defensa costera durante las dos guerras mundiales.

El lugar, de gran importancia arquitectónica y estética, en la actualidad está incluido en la categoría 1 de Heritage New Zealand, al constituir un ejemplo raro de fuerte subterráneo de finales del XIX. Cuenta con cuatro barbetas para cañones eclipsables conectadas por túneles a los polvorines subterráneos y los cuarteles. A la entrada principal le dieron una apariencia de castillo, con su muro de piedra, sus almenas y sus troneras de pega.

En esta diminuta isla rodeada de rocas se construyó un malecón de mampostería rodeando el fuerte. La única forma de acceder a la isla era mediante un puente giratorio o subiendo por la grada. Desde el patio central se entraba en el fuerte subterráneo, un misterioso laberinto de pequeños túneles, la mayoría cerrados al paso mediante verjas de hierro. Aunque daba miedo, también era muy emocionante: en aquella fresca penumbra explorábamos los diques donde seguía presente la enorme artillería; además, las puertas de las celdas todavía abrían y cerraban.

Nuestra familia aún conserva la casa de Pile Bay. Ahora cuenta con paneles fotovoltaicos, un retrete compostable, dos dormitorios y una ducha. El viejo frigorífico de queroseno ha sido sustituido por uno solar y la maravillosa cocina económica amarilla y verde de carbón ha dado paso a una de gas. Entonces éramos los nietos y ahora somos los abuelos, los portadores de historias.

Mi padre volvió a ponerse en marcha y la casa de Conference Street se vendió. Nos mudamos a Fitzgerald Avenue, a una amplia vivienda de dos plantas cuyos bajos estaban ocupados en su mayor parte por una frutería. A los ocho años tuve mi primer trabajo remunerado: ayudaba a papá y a mamá en la tienda. Jill, que entonces tenía diez, ganaba dos dólares a la semana por escribir nombres en periódicos, empaquetar pedidos y quedarse hasta tarde una vez a la semana para ayudar a mamá a cerrar.

Papá me explicó que el salario mínimo para una mujer ascendía a poco más de tres chelines la hora; como solo tenía ocho años, me pagaría la sexta parte. Después del cole, me encargaba de pesar y empaquetar arroz, harina y azúcar, que llegaban en grandes sacos, y té suelto, que recibíamos en cajones de madera. Me animó a aprender sobre ganancias y pérdidas, a hacer presupuestos y la importancia del ahorro. Yo guardaba el salario en una hucha en el fondo del armario; al igual que él, ya tenía planes de incrementar mis ingresos semanales.

Mi primer negocio independiente consistió en criar y vender ratones como mascotas, con el pleno apoyo de mi padre. Él me construyó jaulas de dos y tres plantas con cajas de fruta de la tienda, mientras que mamá me enseñó a cuidarlos. Yo estaba empeñada en triunfar: el fracaso no era una opción. En cuanto los ratoncitos fueron lo bastante mayores, los metí en un maletín que entraba en el compartimento de la bici y los llevé al colegio. Los vendía en bolsas de papel rellenas de paja a seis peniques el ejemplar, sexo garantizado.

El negocio fue bien hasta que las monjas decidieron que el recinto del colegio no era un lugar adecuado para comerciar con ratones. Aunque vendí muy baratos los que me quedaban, les saqué beneficio, así que les compré a mis padres un periquito al que papá bautizó como Floyd. Más tarde descubrimos que era una hembra, cuando puso un huevo en su hombro. Papá la adoraba. Mamá la toleraba.

La historia de Central Otago está indisolublemente unida a la de la minería de oro, desde la costa de Dunedin hasta Palmerston, en el interior, pasando por la famosa autopista Pigroot hasta la llanura de Maniototo para bajar luego hasta la zona de Omakau, Clyde y Alexandra. Yo había oído a mis mayores hablar de la fiebre del oro, pero nunca le había dado mayor importancia hasta que fui testigo del grado de locura al que llegó mi padre cuando empezó a trabajar en su propia concesión en Matakanui, que en aquella época se llamaba Tinkers.

Se había convertido en el único accionista de la mina tras la muerte de sus socios más mayores. Para cumplir con la ley, debía explotarla todos los años; de lo contrario, cualquiera podía reapropiarse del terreno y papá perdería sus derechos. El problema era que la veta principal se encontraba bajo una laguna, por lo que solo podía hacerlo cuando el hielo invernal se había derretido y el nivel del agua estaba bajo. El oro aluvial se extraía sobre todo por medio de una caja de esclusas hidráulica.

Durante las vacaciones de verano, mamá y papá contrataban a un sustituto para la tienda y todos bajábamos a la mina, situada al pie de la cordillera de Dunstan. El calor era extremo, lo que convenía a mi complexión oscura, pero tanto mamá como Jill, de piel muy clara, se quemaban enseguida. Mamá solo medía uno cincuenta y tres, pero en la mina podía con todo. Papá trabajaba en la esclusa del alba al ocaso, mamá recogía con palas el cascajo, Jill mecía la criba y yo lavaba las esteras y buscaba oro con una pequeña batea que me había comprado papá. Él nos alentaba a voz en grito: «Venga, arriba ese ánimo; no hay que bajar el ritmo. Acabamos de empezar, así que tenemos un largo día por delante».

Después de una jornada de trabajo, papá recogía el cascajo, lo secaba delante de un fuego y lo colocaba en un papel de periódico doblado formando una V. Agitaba con suavidad el papel mientras soplaba la grava provechosa ya seca. Con paciencia y experiencia, veía el polvo y los copos de oro depositados sobre el papel y separados de la arena.

Al finalizar cada semana, íbamos a la cabaña del anciano Sandy Anderton, un minero de la vieja escuela que preparaba el polvo de oro recogido para venderlo en el banco de Omakau. Practicaba un agujero profundo en una patata grande, metía dentro el polvo de oro y luego lo tapaba con el «tapón» del tubérculo que había extraído. A continuación metía la patata entre brasas calientes y la dejaba toda la noche. A la mañana siguiente, dentro de la patata asada había una pepita de oro. La onza se vendía a doce libras.

HISTORIAS DE LAS LIBRERÍAS

«CONTAD VUESTRAS VIVENCIAS»

Me habían pedido que hablase en la reunión local del Women’s Fellowship Group. Diane MacDonald, la presidenta del grupo, me había oído en el programa de radio Saturday Morning, que presenta Kim Hill en la RNZ, y me había invitado a visitarlas. «Tú háblanos de tus librerías y…, ¡a ver!, también de tu vida, claro».

Mientras estacionaba en el aparcamiento del Ejército de Salvación, Diane vino a saludarme.

—Una mañana horrible —dijo—. Lo siento mucho, está siendo un caos. Una de las señoras del grupo murió anoche de forma inesperada y tengo que anunciárselo al resto.

Mi mente se puso a mil por hora. ¿Cómo te diriges a un grupo de mujeres que acaba de recibir la noticia de que una de sus amigas ha muerto? Yo tenía pensado contarles anécdotas con las que se rieran, pero ¿cómo hacerlo en una situación tan dolorosa?

Diane se subió al estrado y dio la terrible noticia antes de añadir que debíamos seguir adelante y disfrutar de la mañana juntas. Entonces me presentó.

Yo les di el pésame y mencioné que a menudo la muerte de alguien nos pilla por sorpresa. Siempre he creído que todo el mundo tiene una historia que contar, por lo que subrayé lo importante que era para sus familias que conocieran las suyas, que incluso las grabaran.

—No hace falta haber llevado una vida emocionante o llena de situaciones dramáticas para tener una historia. Es igual de importante que les contéis a vuestros hijos y nietos cómo fue criarse en una granja, ir al colegio hiciera buen o mal tiempo, a veces descalzas; recordar cómo vuestra madre tenía remedios caseros para el catarro, el dolor de cabeza o las picaduras de insectos. ¿Quién os confeccionó el primer vestido de baile? ¡Mi abuela nos hacía los pantalones con sacos de harina! ¿Os acordáis de cómo preparábamos bizcocho con manteca o grasa? Y el teléfono formaba parte de una línea compartida, así que una siempre sabía que la cotilla del pueblo estaría a la escucha. ¿Os acordáis de lo importante y emocionante que era recibir una carta?

Para entonces casi se me saltaban las lágrimas mientras les repetía las historias que mis abuelas me habían contado.

—Escribid vuestras historias —les dije—. Por favor, no dejéis de escribirlas.

Por suerte, fui capaz de superar la tristeza que sentía y conseguí entretener a aquellas mujeres maravillosas. Todas acabamos riendo; fue una mañana preciosa y memorable.

Tras la reunión, mientras comía una cantidad vergonzante de comida riquísima, Diana me preguntó si podía organizar una excursión del club de lectura de Winton hasta Manapouri para reu­nirse en mis librerías. Le respondí que me parecía una idea fantástica.

Pocos meses después llegaron en tres coches cargados de todo lo imaginable para un estupendo almuerzo informal. Fue un día fabuloso, todas sentadas al sol y ataviadas con pamelas, charlando y riendo mientras dábamos cuenta de aquellas delicias. Al abordar el último libro que habían elegido para el club, quedó claro que algunas habían disfrutado con su lectura y otras no, por lo que el debate se animó bastante.

Como en aquel momento tenía este libro a medio escribir, las escuchaba con atención y me preguntaba cómo sería un debate sobre él una vez acabado. Sexo, drogas, palabrotas, un par de detenciones y varios matrimonios seguro que caldeaban la discusión. Así que… ¡decidido!

3

Saber cuándo sostenerlos

Era 1953, tenía siete años. Acabábamos de mudarnos a una casa de dos plantas con el nobilísimo nombre de Brixton House, en Conference Street, Christchurch. Era la tercera en la que vivíamos en los últimos seis años, desde que pasáramos uno con el abuelito y la abuelita después de mi nacimiento. Comprar casas viejas, renovarlas y venderlas era otro más de los numerosos negocios en los que mi padre se embarcó a lo largo de su vida.

Aquella era una casa de estilo antiguo sin jardín delantero, ya que la puerta principal quedaba a menos de un metro de la acera. Un enorme nogal daba sombra en el patio trasero, en cuyo rincón más alejado había un huerto.

Frente a la puerta de la cocina, en la parte de atrás, había un pequeño dormitorio en el que dormía la yaya, la madre de mi madre. La yaya, Ellen Martha Daisy, llevaba viviendo con nosotros desde que dejó al abuelo, Ethelbert Ponsonby Benn (siempre me ha encantado su nombre). Él se fue a vivir con nuestra tía.

La yaya no paraba de recibir visitantes, pero solo podían entrar en su cuarto previa invitación. Era una mujer alta y de mirada severa, con la boca fruncida y unos ojos oscuros, casi negros, siempre alerta y a menudo tristes. Llevaba el pelo gris metálico corto, ondulado con tenacillas alrededor de la ca­beza, las gafas de montura pálida muy subidas y vestidos abotonados hasta el cuello. Su rasgo más bello, que yo recuerde, eran las manos. De dedos largos y elegantes, pálidos y rectos, con uñas cuidadosamente redondeadas y minúsculas medialunas asomando sobre el borde. Adoraba jugar a las cartas; de hecho, estaba hecha una tahúr de cuidado y se jugaba la herencia familiar a la primera de cambio.

Hasta años más tarde, cuando Jill y yo hablamos de la yaya, no reconocí lo lista que había sido. Con mi hermana se mostraba dulce, le leía cuentos metidas en la cama; jamás tuvo una mala palabra para ella. Jill tenía unas largas trenzas rubias, ojos azules y siempre se portaba bien. Yo, por el contrario, era desordenada, un chicazo de pelo corto y negro que la acribillaba a preguntas y solía meterse en líos. La yaya nunca fue cariñosa conmigo, apenas me daba las gracias cuando empecé a cambiarle los vendajes de las piernas ulceradas a los nueve años.

Yo no quería a la yaya tanto como a la abuelita, pero ella me enseñó alguna de las habilidades necesarias para desenvolverme en mi caótica vida. A una edad en extremo temprana, aprendí a jugar al cribbage, al veintiuno y al póquer, así como un par de trucos básicos. Me enseñó a sujetar las cartas correctamente con mis manitas, cómo barajar sin mostrar la del fondo del mazo y cómo jugar rápido, con confianza y cara inexpresiva, sin dejar entrever nada. Aunque mis manos eran mucho más pequeñas que las suyas, sostenía los naipes con la misma elegancia, cerca del pecho para que «nadie pueda hacer trampas».

Estas habilidades acabaron convirtiéndose en lecciones de vida. Cuando andaba corta de dinero, jugaba a las cartas para ganar algo. Los trucos más importantes fueron cómo farolear y manipular al contrincante. «Si llevas una mano mala, no sirve de nada que se note», me decía la yaya. Me enseñó a parecer convincente y a mantener el contacto visual aunque llevase una porquería de mano.

Esto no solo se aplicaba a las cartas; las cosas que me enseñó la yaya me han servido una y otra vez a lo largo de la vida. Aunque me encontrara en una situación indeseable, debía tener la confianza de mostrarle al mundo que llevaba una mano ganadora.

Cuando fui algo mayor, sobre los diez años, bajaba al pub con mi padre y con el tío Ivan y jugábamos al euchre y al quinientos. Era la única niña de la sala. Solía emparejarme con papá: funcionábamos bien juntos. Recuerdo que, muchos años después, cuando ya me iba a enrolar en la Armada, me dijo que la vida era como jugar a las cartas. Te reparten una mano y el modo en que la juegues puede determinar el resto del mes, del año o de la vida; pero no hay tiempo para planificar porque, si dudas mientras juegas, la gente puede adivinar tu próximo movimiento. Lo último que me aconsejó fue: «Siempre que te veas en una situación apurada, imagina tu vida como un mazo de cartas y piensa cómo jugarías esa mano. Puedes convertir una mano mala en ganadora solo con la forma en que juegues la siguiente carta».

Durante toda mi vida me ha gustado jugar a las cartas. Por suerte, nunca he sido víctima de la ludopatía, pero en dos ocasiones muy distintas el juego me ha llevado a situaciones la mar de interesantes. Una tuvo lugar en Papeete, en la Polinesia Francesa, cuando navegaba por el Pacífico a bordo del Cutty Sark, y la otra en Rabaul, Papúa Nueva Guinea, donde estuve trabajando poco más de cuatro años.

HISTORIAS DE LAS LIBRERÍAS

UN PEREGRINO INUSUAL

Un hombre grande llegó a la puerta de la librería. La ropa técnica muy usada y un leve olor corporal me dieron a entender que acababa de bajar de las montañas. Se sentó en el escalón y se quitó las botas húmedas y embarradas antes de dejarlas en el felpudo.

—¿Viene de hacer senderismo? —le pregunté, aunque era evidente.

—Diez días abriéndome camino entre los arbustos. Espero que no le importe.

Me reí.

—Diría que le hace falta una taza de café fuerte. ¿Con leche y azúcar?

—Me vendría de lujo, gracias. Dos cucharadas.

Cuando volví a la librería con dos tazas de café, lo encontré sentado en el suelo, consultando un mapa abierto de Fiordland.

—Este lugar es increíble, ¿verdad? Uno puede salir en busca del sol cada día y siempre le quedan montañas tras las que esconderse.

—¿Tiene pensado volver? —le pregunté.

Asintió.

—¿Huye de algo o lo persigue? —aventuré.

Levantó la vista hacia mí, sentado como estaba en el suelo con su café.

—Solo camino. Me empapo del paisaje, alimento el alma.

Tenía una forma muy bella de expresarse. Me contó que en esos momentos se encontraba perdido y que prefería estar solo hasta que lo solucionara.

—Me quedaré unos días en la zona de acampada y luego me pondré en marcha de nuevo. ¿Le importa si me paso de vez en cuando por aquí? Me gusta leer, pero la mochila no es lo bastante grande para cargar con muchos libros.

—Venga siempre que quiera —le dije—. Si la librería está cerrada, llame a la puerta delantera y le daré la llave.

Durante los siguientes tres días, Hamish iba y venía. Se había afeitado y había lavado la ropa, pero seguía con sus viejas botas.

Pronto supe lo suficiente sobre él para darle un libro que sabía que le iba a encantar, uno que por sí mismo jamás se habría planteado leer.

—Hamish, te voy a dar un libro y tienes que meterlo como sea en tu mochila.

Cogió el ejemplar y sonrió al ver el título: El insólito peregrinaje de Harold Fry, de Rachel Joyce.

—Creo que los zapatos de Harold son un poco como tus botas —dije—. Cuando te lo acabes, déjalo en una cabaña para que alguien más lo lea.

—No, Ruth, no —respondió—. Este libro es mío, me lo has elegido tú. No voy a dejarlo en ninguna parte.

Cuando fue a estrecharme la mano, me alcé y le di un abrazo.

—Cuídate, Hamish.