Glosario
deofol
Del inglés antiguo dēofol, «diablo». Espíritus familiares utilizados para la comunicación, la compañía y el consejo. Los deofol no se eligen; se manifiestan en la infancia como una forma juvenil del animal en cuestión y crecen junto al niño. Según el nivel de control de la seith que tenga el invocador, su forma física puede ser nebulosa o detallada.
viruela de platt
Llamada así por Epilotte Platt, Haelan que describió por primera vez la enfermedad durante un brote, un siglo antes del comienzo de esta historia. La viruela de Platt es una enfermedad muy contagiosa que se caracteriza por la formación de grandes llagas supurantes. Afecta sobre todo a niños de entre uno y doce años. La encefalopatía es una complicación grave, y por desgracia común, que requiere la intervención de un Haelan para revertirla.
seith
Del nórdico antiguo seiðr, «magia», aunque Aurienne Fairhrim diría que cualquier magia, cuando se estudia en suficiente profundidad, es ciencia. Todo el mundo puede utilizar la seith para acciones básicas como invocar a su deofol, utilizar una viedra o activar los condensadores de seith. El estudio avanzado de la seith requiere la iniciación en una orden y alcanzar la maestría requiere un tācn.
tācn
Del inglés antiguo tācn, «señal», «símbolo», «evidencia». Marca grabada en la palma de la mano de los miembros de pleno derecho de una orden determinada. El mecanismo de la marca activa el sistema seith y permite un flujo y una manipulación de la seith exponencialmente mayor.
los tīendoms
Del inglés antiguo tīen, «diez», y dō, «jurisdicción». Nombre colectivo de los diez pequeños reinos que se disputan el control de un archipiélago en el océano Atlántico Norte. La porosidad de sus fronteras depende del clima político entre dos reinos determinados; cuando se avecina la guerra, cosa que ocurre con frecuencia, se cierran las viedras y las fronteras.
viedras
Del latín via, «camino», «viaje», y el griego antiguo πέτρα (petra), «roca». Las viedras son menhires altos con grabados rúnicos, dispuestos a lo largo de una red de líneas ley llamada «gratícula de viedras». Son el medio de transporte más común de los Tīendoms. Suelen encontrarse cerca de las tabernas, que se encargan de su mantenimiento. Los miembros de la Orden Leyfarer controlan y gestionan la gratícula de viedras.
Nota al contenido
El irresistible encanto de tu peor enemigo es una historia de fantasía romántica en la que dos enemigos, un asesino y una sanadora, recorrerán el camino del odio al amor. Contiene elementos que pueden no ser adecuados para todos los lectores, como violencia explícita, muertes, palabrotas, contenido sexual breve, contenido médico que incluye enfermedades ficticias que afectan a adultos y niños y descripciones de niños enfermos en un entorno hospitalario. Rogamos una lectura responsable.
Encontrarás más información sobre las órdenes y una guía de pronunciación al final del libro. Por último, la novela se ambienta en un Reino Unido alternativo, y por ello expresiones y palabras procedentes de inglés aparecen a lo largo de la misma.


El cabrón irresistible conoce
a la zorra inflexible
Osric
No fue hasta la aparición de Aurienne Fairhrim en su vida que Osric descubrió que una mirada podía clavarse igual que un cuchillo. En el daguerrotipo, la joven mantenía una expresión tensa y severa, y desde allí lo fulminaba con sus brillantes ojos negros.
—¿Ella? —preguntó Osric.
—Sí, señor —dijo el doctor Fordyce.
—¿Tiene que ser ella?
—Me temo que no tiene elección, señor.
Osric dejó caer el daguerrotipo en su escritorio, desde donde la penetrante mirada de la mujer encontró una nueva víctima y perforó el techo. La mesa de Osric también estaba desagradablemente decorada con el curriculum vitae de Aurienne Fairhrim y una lista de publicaciones que tendía al infinito.
—Es una Haelan —dijo Osric—. Su orden jamás colabora con la mía. Se negará por cuestión de principios.
—Tal vez, señor —dijo el doctor Fordyce—, pero nos ha preguntado quién podría curarle, no quien querría.
—No sea insolente.
—No pretendía faltarle al respeto, señor —repuso Fordyce—. Los miembros de la Orden Haelan son sanadores incomparables, y Aurienne Fairhrim destaca por encima de todos los demás. Es todo un Prodigio de la seith. Si ella se niega…
—Por supuesto que se negará: es una Haelan.
—… En ese caso, el doctor Shuttleworth y yo haremos lo que esté en nuestras manos para ralentizar el proceso de degeneración.
—¿Cuánto tiempo me queda? —preguntó Osric.
Fordyce miró de reojo a su colega. Osric esperó a que este dijera algo de interés, pero el doctor Shuttleworth se limitó a poner cara de susto, sufrió un espasmo de terror y se atragantó con su propia saliva.
A la vista de aquel ataque de tos, Fordyce se armó de valor.
—Es difícil predecirlo con exactitud.
—Conteste —dijo Osric.
—La predicción más optimista nos daría unos tres o cuatro meses antes de que sus capacidades empiecen a disminuir considerablemente, señor —dijo Fordyce.
—«Disminuir considerablemente» —repitió Osric.
—Sí, señor —dijo Fordyce.
—Voy a perder mi seith.
—Me temo que esa es una de las consecuencias más probables, señor.
—No puedo perder mi seith —dijo Osric—. ¿Usted sabe lo que soy?
Sí, los doctores lo sabían, y precisamente por eso estaban a punto de orinarse encima. Ambos lo confirmaron con enérgicas sacudidas de cabeza, sin apartar la vista de las botas de Osric.
—Usted es un miembro de la Orden Fyren, señor —dijo Shuttleworth—. Tal… ¿Tal vez podría plantearse la jubilación anticipada?
Era una pregunta brutalmente estúpida, a la que Osric respondió:
—¿Sabe cuándo se jubilan los Fyren?
—Eh… No, señor.
—Cuando mueren.
—Ah.
—Así que tenemos un problema, ¿no cree?
—Sí, señor.
—Debo decir que, teniendo en cuenta lo que les estoy pagando a los dos, me decepciona profundamente esta conclusión —dijo Osric.
—Su enfermedad es…, en fin, una verdadera desgracia… que no tiene tratamiento per se —dijo Fordyce—. Es una condición degenerativa sin cura conocida.
—Los Haelan son los mejores sanadores que existen —añadió Shuttleworth, que al parecer se había recuperado del ataque de tos tan solo para iluminar a Osric con esa perla de sabiduría cegadora.
—Aurienne Fairhrim es su mejor opción, señor —dijo Fordyce—. Si hay alguien que puede ayudarlo, es ella.
—Si ustedes dos me están diciendo la verdad, es mi única opción.
—Eh… Sí.
Tras concluir que los médicos no tenían nada más de utilidad que añadir, Osric les pidió que se retirasen.
—Cuento con su discreción respecto a mi estado. —Los médicos balbucearon unos cuantos síes—. Mi criada los acompañará a la salida —dijo Osric—. Esperen fuera un momento.
Fordyce y Shuttleworth hicieron sendas reverencias antes de salir del despacho de Osric. Se colocaron los sombreros sobre sus cabezas huecas y salieron corriendo hacia el vestíbulo.
Osric llamó a su criada.
—¿Señora Parson?
La señora Parson se asomó, precedida de su moño blanco, tras el vano de la puerta.
—¿Sí, señor?
—Asegúrese de que ninguno de esos médicos recuerda esta visita.
—Por supuesto.
Osric le mostró a la señora Parson el daguerrotipo de Aurienne Fairhrim.
—Esta será mi salvadora, por lo que parece. ¿Qué opina?
La señora Parson se palpó todo el pecho hasta dar con sus gafas. Se las colocó sobre la nariz y examinó la imagen.
—Es muy guapa.
—No, es un medio para lograr un fin —replicó Osric.
La señora Parson dio un golpecito sobre el vestido blanco de cuello alto de Fairhrim con la punta del dedo.
—¿Es una Haelan?
—Sí. Una santurrona hasta la médula, no me cabe duda. Se llama Aurienne Fairhrim.
La señora Parson miró a Osric por encima de las gafas.
—Si es una Haelan, no le ayudará.
—Obviamente —dijo Osric—. Pero al parecer es todo un Prodigio. Y necesito un Prodigio, Parson. ¿Cómo puedo convencerla de que me ayude? —Se volvió hacia un espejo, donde se reflejaron los mejores pómulos de todos los Tīendoms, y añadió—: ¿La seduzco?
—No sé yo si lo lograría —dijo Parson.
—La duda ofende.
La señora Parson, que era de una sensatez que resultaba hasta ofensiva, dijo:
—Es una Haelan. Se tiraría al Támesis antes que ayudar a alguien como usted. Tal vez podríamos trazar un plan B. Y un plan C.
—¿B de Brutal y C de Chantaje?
—Muy gracioso, señor —dijo la señora Parson, aunque su expresión no reflejaba ni una pizca de humor.
—Muy bien —dijo Osric—. Trace ese plan. Investigue a Aurienne Fairhrim. Ganemos algo de ventaja. Sobornos, extorsiones, amenazas de muerte… Ya sabe. Lo habitual.
—De acuerdo, señor —dijo la señora Parson.
—Pues ya está. Cuando haya terminado con nuestros invitados, ¿podría traerme las dagas para el combate de esta noche? El par de Moulineaux, si es tan amable.
—Por supuesto, señor.
La señora Parson se marchó. Osric abrió y cerró las manos. El entumecimiento estaba empeorando; había comenzado en la nuca y ahora seguía por su sistema seith hacia abajo, recorriéndole los hombros y provocándole un hormigueo en los dedos. No le había dado importancia hasta que empezó a notar cambios en el flujo de su seith, momento en el que había llamado a los médicos. El diagnóstico había caído sobre él como una losa: degeneración del sistema seith. Hablando en plata, su seith se estaba pudriendo.
Tal vez sería más prudente inventar alguna excusa para no participar en el combate de esa noche con sus camaradas Fyren. Sin embargo, él nunca se perdía un combate. Levantaría sospechas, y Osric no podía permitirse sospecha alguna mientras se encontrara en aquel estado tan delicado.
La señora Parson volvió con las dagas. Osric se las ciñó, esbozó una sonrisa canalla y se dirigió a la viedra.
Supuso que asistir no podía hacerle daño. Y, de hecho, en vista del alcance del entumecimiento, era imposible que se hiciera daño.

La señora Parson tardó varios días en presentarle a Osric los resultados de su investigación sobre Aurienne Fairhrim. Osric se consideraba un experto en la recopilación de datos, pero la señora Parson, que disponía de una red entera de sirvientas y doncellas, era también toda una especialista.
Llamó a la puerta del despacho de Osric con aire conspirador. Este la invitó a pasar con un gesto.
—Esto es lo que sabemos sobre Aurienne Fairhrim. —La señora Parson se sacó del delantal un fajo de papeles—. La prima tercera de la hija de mi tía abuela trabaja en las cocinas de los Haelan.
Osric no trató de descifrar el galimatías genealógico de la señora Parson y esparció los papeles sobre el escritorio.
—¿Y qué? ¿Qué hemos descubierto? ¿Fairhrim tiene familiares de algún tipo que podamos utilizar? ¿Deudas que podamos asumir? ¿Optamos por el secuestro? La situación es desesperada.
—Tiene algunos familiares —dijo la señora Parson—. Su padre es del Danelaw, su madre de Tamazgha. Ambos viven en Londres. No tiene deudas; de hecho es bastante acomodada. Y, por supuesto, el secuestro siempre es una opción.
—Un clásico —dijo Osric.
—¿Puedo darle mi opinión? —preguntó la señora Parson.
—Adelante.
—Teniendo en cuenta la naturaleza de la tarea, tal vez sea mejor que coopere —dijo la señora Parson—. He descubierto que la Orden Haelan necesita financiación. Están buscando una cantidad sustanciosa para un proyecto de investigación. ¿Ha oído hablar del brote de viruela de Platt?
—De pasada —dijo Osric—. No me mantengo informado de los pillastres callejeros ni de las enfermedades que tengan o dejen de tener.
—Pues esta epidemia puede darle la oportunidad de obligar a una Haelan a que le cure —dijo la señora Parson.
—En ese caso, que vivan los pillastres apestados —replicó Osric—. ¿Qué cantidad necesitan?
—Veinte millones de thrymsas.
—¡Que me parta un rayo!
—Ya le decía yo, señor, que era una cantidad sustanciosa. Los Haelan están negociando para dar con el capital con los consejos de financiación y los reyes y reinas de los Tīendoms, todavía con escaso éxito. Parece que todo el mundo comparte la indiferencia que siente usted por los pillastres, pobrecitos míos. Pero si usted les ofreciera la cantidad que necesitan, tal vez podría persuadir a Haelan Fairhrim para que dejara de lado su natural antagonismo hacia los miembros de su orden, señor.
—Así que elegimos el soborno —dijo Osric—. Buena idea.
La señora Parson no parecía muy convencida.
—¿Tiene veinte millones en sus arcas?
—No he dicho que fuéramos a pagarle de verdad.
—Ah.
—Proceda con la oferta y manténgame informado de los progresos.
Sin embargo, en lugar de salir corriendo a cumplir con su tarea, la señora Parson se quedó quieta delante del escritorio de Osric.
—¿Puedo darle otro consejo, señor?
—¿Cuál?
—Aurienne Fairhrim está muy bien protegida. —La señora Parson rebuscó entre los documentos hasta encontrar varios planos—. Vive en la fortaleza de los Haelan, en Swanstone. Allí tiene sus aposentos. Para mayor complicación, Swanstone está custodiada por Warden.
—¿Warden? Odio a los Warden. Son unos majaderos, del primero al último. ¿Qué hacen los Warden en Swanstone?
—He oído que las órdenes Haelan y Warden tienen una especie de acuerdo —dijo la señora Parson—. Intercambian sanación por protección, y viceversa.
—¿Cuántos Warden hay en Swanstone? —preguntó Osric.
—Tres o cuatro en todo momento.
—Maldita la gracia que me hace. —Osric observó el mapa de los terrenos de Swanstone—. Veo que acercarse a Fairhrim con este soborno tal vez requiera de alguien con habilidades especiales.
—No nos vendría mal alguna estratagema —convino la señora Parson.
—Resulta que las estratagemas son mi especialidad.
—Exacto.
—Muy bien —dijo Osric—. ¿Dónde está mi capa? Tengo un soborno que llevar a cabo. Y si Fairhrim se niega, procederé al secuestro.
—Un clásico, señor.
—¿Cuál es la viedra más próxima a la fortaleza Haelan?
—La taberna más cercana es Publica o Perece.
—Excelente.
Ataviado con una capa y unos guantes, y con el pelo atractivamente alborotado, Osric se dirigió a la viedra.
En Swanstone, ya era la hora de la estratagema en punto.
La Orden Haelan tenía su cuartel general en el quinto coño del gélido Danelaw. La fortaleza blanca de Swanstone, con sus almenas coronadas de nieve, parecía desafiar con mala cara a Osric a medida que este se acercaba. La señora Parson tenía razón: Aurienne Fairhrim estaba bien protegida. Ella y su orden estaban literalmente instaladas en torres de marfil.
Osric esperó a que el crepúsculo empezara a alargar las sombras antes de aproximarse. La fortaleza en sí no le preocupaba tanto como los Warden. Una cosa era infiltrarse, y otra muy distinta hacerlo delante de los Warden. Su orden estaba especializada en la defensa y el desmembramiento violento de los intrusos. Eran un rival excepcional para un travieso Fyren que fuera a sobornar a una Haelan.
Sin embargo, Osric también era excepcional.
Se adentró en el camino de las sombras hacia las murallas y se ocultó entre las alas de un enorme cisne de piedra para observar. Divisó las corpulentas figuras de los Warden —dos abajo y otros dos en las murallas junto a él—, con sus relucientes armaduras. También había una docena de centinelas de Swanstone patrullando. Una de las Warden de las murallas tenía activado el escudo de luz, que brillaba entre los resquicios de su armadura. Ni siquiera un caminasombras como Osric sería capaz de acercarse a una distancia suficiente como para poder apuñalarla.
Pero hoy (cosa rara) Osric no tenía intención de apuñalar a nadie. Había venido en son de paz.
Unos cuantos Haelan vestidos de blanco cruzaron el patio. A ojos de Osric, todo el lugar era aséptico hasta el extremo; seco, funcional, puro. Incluso la nieve, que el viento arrastraba en finas líneas, parecía intencionadamente dispuesta y desinfectada.
Bajo el manto nevado, los adoquines de la fortaleza resplandecían con barreras de protección. Las líneas gruesas y resplandecientes que los Warden habían trazado con su seith cruzaban las baldosas mientras estos patrullaban.
Observó cómo los Warden hacían la ronda durante una hora antes de aventurarse. Luego, con sumo cuidado de no pisar las cambiantes líneas, se desvaneció en la oscuridad al pie de la muralla y se deslizó de sombra en sombra hasta colarse dentro de la fortaleza.
Tardó dos horas, pero no activó ninguna barrera ni asesinó a nadie.
Menudo fiera.
Los planos que había birlado la señora Parson informaron a Osric de que el despacho de Fairhrim estaba en la majestuosa torre norte. Al atravesar la fortaleza en su busca, pasó por una habitación atestada de bebés llorones y malhumorados, y también por una gran sala cuyo único propósito parecía ser el almacenamiento de cadáveres de niños.
¿No podían enterrarlos? Qué morbosos eran los Haelan.
Pero no. Se oyeron gemidos: los niños no estaban del todo muertos. Un grupo de Haelan pasó junto a Osric y entraron en la sala. Ninguna era la joven seria del daguerrotipo. Él siguió avanzando por el pasillo, de sombra en sombra, esquivando a algún que otro centinela, aliviado de que fueran simples hombres y no más Warden.
Al final, un cartel informó a Osric de que había llegado al Centro de Investigación de la Seith. Un lugar prometedor, dada la condición que sufría. Había un pabellón para enfermos, así como innumerables consultas llenas de aparatos de aspecto inquietante. Mientras que la mayor parte de Swanstone parecía seguir dependiendo del gas, estas consultas estaban equipadas con electricidad y diversos artilugios que funcionaban con seith.
Había menos pacientes cadavéricos en este sector, lo cual era un consuelo.
La sala de espera dio paso al ala de consultas. A lo largo de la pared había un mural de burbujas titulado ¿SABÍAS QUE…? Cada una contenía un dato para entretenimiento de los pacientes de la sala. Osric las leyó al pasar:
Al principio de nuestra historia, «seith» era un término genérico para todos poderes que comprendían desde la magia protectora hasta la combativa.
Todo el mundo tiene un sistema seith. Está formado por estructuras especializadas (canales y nódulos seith) que se extienden a lo largo del sistema nervioso.
La seith tiene muchos usos. En la vida cotidiana, probablemente lo utilices para enviar deofoles o utilizar las viedras. El estudio especializado nos permite manipular la seith para aplicaciones más complejas, como la sanación.
Quienes deseen alcanzar estos niveles de manipulación deben obtener un tācn. Un tācn es una marca grabada en la palma de la mano que abre el sistema seith al mundo. Los tācn se les conceden a los miembros de una orden tras muchos años de estudio.
El abuso de la seith conlleva un Coste. Todavía se está estudiando cómo se determina ese Coste. Las investigaciones actuales sugieren que se trata de una amplificación de ciertas predisposiciones fisiológicas o genéticas.
Al otro lado de la puerta del despacho de Fairhrim había un escritorio donde estaba sentado un hombrecillo con aspecto de búho, que repiqueteaba los dedos sobre una bola de escribir de latón. Estaba en todo el medio, pero Osric decidió no matarlo. Al fin y al cabo, quería causarle una buena primera impresión a Fairhrim, así que se limitó a dejarlo fuera de combate y a meterlo debajo del escritorio.
El despacho de Fairhrim estaba cerrado con llave. Osric se quitó el guante y presionó la cerradura con la palma de la mano izquierda. Su tācn emitió un resplandor rojo cuando la seith fluyó a través del mecanismo, leyendo las sombras del interior a medida que la forzaba. Pan comido, obviamente. Tras unos suaves chasquidos, la puerta se abrió.
Aurienne Fairhrim no estaba dentro, de modo que Osric se puso cómodo.
El mobiliario de Fairhrim era tan austero como el resto de Swanstone, una desagradable mezcla de funcionalidad y escasez. Osric se sentó en una silla que lo obligó a adoptar una postura erguida, en lugar de su habitual actitud relajada; y de pronto se sintió como el empollón de la clase esperando con ansia la llegada de la profesora.
A su derecha había una estantería rebosante de libros con títulos tan sugerentes como Un golpe maestro: rehabilitación de lesiones por compresión del canal seith, Roturas y avulsiones de fibras seith: protocolos para el tratamiento clínico, Interrupción reversible del flujo seith: un estudio in vitro y Lesiones por transección de los canales seith.
Una biblioteca prometedora, teniendo en cuenta el motivo que le había llevado allí. Le alegró saber que Fairhrim era estudiosa.
Entonces, con un murmullo, Osric se dio cuenta de que todos aquellos libros estaban escritos por la propia Fairhrim.
A su izquierda, una serie de ventanas alargadas ascendían siguiendo la curvatura de la torre. La Haelan podría haber tenido vistas al mar, pero las ventanas estaban tan llenas de hielo que solo dejaban pasar la luz, y no tanto el paisaje.
Las paredes estaban repletas de imágenes de individuos a los que se les habían arrancado varias capas de piel y músculos. Osric había desollado a unas cuantas personas a lo largo de su carrera (sus clientes tenían que pagar una tarifa adicional por el servicio; era una tarea fastidiosa), pero Fairhrim parecía tener su propia experiencia en la materia.
A esta encantadora decoración se le sumaba un esqueleto que sonreía a Osric desde un rincón. Estaba lleno de finos hilos de cobre que representaban, al parecer, el sistema seith, y que se enrollaban sobre los polvorientos huesos. Sobre el cráneo había un par de gafas de sol rosas con la montura en forma de corazón.
En el pasillo resonaron unas pisadas. Osric se colocó la capucha para que su rostro quedara ensombrecido (si se veía obligado a sentarse como un empollón, intentaría por lo menos tener un aspecto siniestro) y se acomodó en la silla a esperar.
No tuvo que esperar mucho. La puerta se abrió y una mujer entró en el despacho, aunque hubiera sido más preciso decir que lo que había irrumpido en la habitación era un tornado enfurecido, si los tornados enfurecidos supieran abrir puertas.
Era Aurienne Fairhrim. El daguerrotipo había captado bien sus facciones (la piel marrón clara, los ojos negros, la melena oscura recogida en un moño), aunque no su estatura ni la arrogancia de su expresión.
Irradiaba ira contenida. Sobre los hombros llevaba unas relucientes charreteras con forma de alas que confirmaban su rango como Haelan de pleno derecho. Iba vestida con el atuendo blanco de la orden: un vestido de faldón pesado, abrochado hasta la garganta con una hilera doble de botones. Hacía malabarismos con un torbellino de objetos que llevaba entre los brazos: un maletín, una pila de documentos, varios paquetes de lancetas y, lo más desconcertante de todo, un enorme saco de cebollas.
Entonces vio a Osric. En lugar de mostrarse sorprendida por su intrusión, se molestó aún más. Sin embargo, no se puso a hacer preguntas atropelladas sobre quién era Osric, ni cómo había entrado, ni qué quería. En lugar de eso, Fairhrim dijo:
—Un poco pronto, ¿no?
Se acercó a Osric y le dejó caer el saco de cebollas sobre el regazo.
—Eh… —dijo él.
Fairhrim se sacudió de las manos los restos de piel de cebolla, que cayeron sobre las botas recién lustradas de Osric. Le agarró la mano enguantada con la suya desnuda y le dio un enérgico apretón.
—Soy Haelan Fairhrim —dijo—. Pero llámeme Aurienne. Un placer. Bienvenido a nuestro recinto sagrado, bla, bla, bla. Espero no darles mucho trabajo, pero, bueno…, es inevitable que haya alguna que otra pérdida ocasional. Sé que están ustedes desbordados con los casos de viruela. Me esforzaré por mantener las contribuciones de mi unidad al mínimo. Y, sí…, le dije a la familia que ustedes ya casi no usan cebollas, pero insistieron. No tenían otra forma de pago. Espero que pueda encontrarles alguna utilidad. Si no, siempre quedará la sopa.
Pronunció todo aquello con una voz cortante y precisa. Al terminar, Fairhrim dio la conversación por concluida y señaló la puerta.
—No le entretengo más. Encantada de conocerlo. Wes hāl, que vaya bien.
Se sentó a su escritorio, se remangó los bajos de la falda y, murmurando algo sobre la maldita burocracia, se dispuso a hojear todo el papeleo.
Osric estaba muy molesto: las cebollas se habían cargado por completo su aura amenazadora.
—No he venido a por cebollas —dijo.
Fairhrim levantó la vista, notablemente sorprendida de que siguiera allí.
—Ah, ¿no?
—No.
—¿No es usted el nuevo enterrador? —preguntó.
—No, soy… —empezó a decir Osric.
En ese momento, a Fairhrim la (no había otra palabra para describirlo) atacó una hoja de papel. Ella la apuñaló con una pluma para que se estuviera quieta.
—Disculpe. Tenemos a una Ingenaut en prácticas en Swanstone, un miembro brillante de una orden brillante, por supuesto, pero algunos de sus inventos funcionan demasiado bien. Les dio a los documentos emociones propias, y ahora se ponen agresivos cada vez que se acumulan un poco. ¿Qué decía?
—Que no soy el nuevo enterrador.
Pero Fairhrim solo escuchaba a medias; estaba peleándose con la hoja de papel, que ahora se retorcía.
—Ah. ¿Está seguro? Tiene pinta de enterrador. ¿O se dice embalsamador? ¿O funerario? Dígame qué término prefiere.
—He venido a que me curen —dijo él.
—¿A que le curen?
—Sí. Tú, concretamente.
A Osric le pareció que era el mejor momento para dar rienda suelta a la intriga. Se retiró ligeramente la capucha para mostrar su rostro y ladeó la cabeza para que la luz le diera en el pómulo. El hoyuelo de su barbilla se puso a hoyuelar majestuosamente.
¿Quién no querría curar a un espécimen así?
Fairhrim, por lo visto. Sin inmutarse ante el despliegue, hizo un gesto con la mano para despacharlo y dijo:
—Si eres alumno de uno de mis seminarios, vuelve a recepción. Ellos se encargarán.
¿Recepción? ¿Cómo que recepción?
Obviamente Osric había sido demasiado sutil.
En mitad de su pelea con el papel, Fairhrim hizo una pausa.
—Un momento… ¿Cómo has entrado aquí? Creía que te habían dejado pasar porque eras el enterrador.
—Me he colado —dijo Osric.
—No me digas. —Fairhrim no se dejó impresionar por la hazaña—. Pues no esperarás que te cure después de colarte como si nada. En Swanstone somos muy selectivos con los pacientes que aceptamos. Esto no es un hospital: es un instituto de investigación. Tienes que pasar por el debido protocolo.
—No voy a pasar por ningún protocolo —dijo Osric— porque nadie puede enterarse de esto. Tiene que ser nuestro secreto.
Le dedicó una sonrisa (perversa) y un guiño (provocativo).
Por primera vez desde que había entrado en el despacho, Fairhrim miró a Osric de verdad, sin distraerse con cebollas ni hojas de papel violentas. Pero no fue su sonrisa ni su guiñito lo que atrajo su atención. Observó con detenimiento su capa, cuidadosamente desprovista de cualquier emblema o símbolo. A continuación, se fijó en el pesado anillo de sello que llevaba en la mano derecha y, por último, se detuvo en sus guantes negros.
Ahí empezó a sospechar. Ahí se dio cuenta de que algo no iba bien.
—¿Puedo contar contigo? —preguntó él, levantando una ceja (traviesa).
La expresión de Fairhrim se tornó inhóspita. Osric decidió no seguir fatigando sus cejas; se acabaron los devaneos seductores. Le quedó claro que los hombres oscuros y peligrosos no eran su tipo. Reconocía una causa perdida cuando la veía, y Aurienne Fairhrim era, definitivamente, una causa perdida.
—De acuerdo —dijo—. Pasamos al plan B.
—¿Plan B? —preguntó Fairhrim.
—He oído que tu orden necesita financiación —continuó Osric—. Puede que tenga una donación que ofreceros.
—Ah, ¿sí? Pues habla con Lambert, dos plantas más abajo. Dirige el departamento de Donaciones y Financiación.
—Estoy interesado en apoyar el trabajo de vuestra orden con la viruela de Platt en concreto.
Fairhrim volvió a mirar los guantes de Osric.
—Me alegra tu interés, por supuesto, pero, como te he dicho, tienes que dirigirte al departamento de Donaciones y Financiación. De cualquier forma, las enfermedades pediátricas no son mi especialidad. —Desvió la mirada hacia la puerta—. ¿Se puede saber cómo has entrado? ¿Dónde está Quincey?
—¿Quién?
—Mi asistente.
—¿Asistente? Yo más bien diría que es un estorbo con el que tropezarse —replicó Osric—. Está echando una cabezada.
Fairhrim deslizó la mano hacia la izquierda de su escritorio, lo que le hizo saber a Osric que allí había un mecanismo de alarma.
—No pulses el botón del pánico, Haelan Fairhrim —dijo—. Preferiría no complicar las cosas.
Ella se quedó quieta.
—Suena a amenaza.
—Lo es.
—¿Quién eres y qué quieres?
—Podríamos haber llegado a este punto mucho antes si te hubieras dejado de cebollas —dijo Osric. También si él se hubiera dejado de intentos de seducción, pero responsabilizarse de las cosas no era su estilo—. Como te he dicho, quiero que me cures.
—Lo que vas a conseguir es un coxis roto cuando los Warden te echen a patadas —dijo Fairhrim.
Ahora que había confirmado que ahí estaba pasando algo raro, Fairhrim no parecía asustada, sino más bien molesta. ¿Todos los Haelan tendrían un instinto de supervivencia tan pobre, o era solo ella?
—¿Crees que me dedico a curar a todos los enterradores falsos que se presentan en mi despacho? —preguntó Fairhrim.
—A este sí —contestó Osric—. Porque yo voy a ayudarte a encontrar la cura de tu querida viruela.
La hoja agresiva del escritorio de Fairhrim volvió a la vida, y ella la aplastó de un manotazo.
—No pretendemos encontrar la cura. Lo que queremos es una vacuna.
—Pues eso. Me da igual. Quiero pagar tus servicios y tu discreción con una donación. Sé que las negociaciones de tu orden con las agencias de financiación no han dado frutos.
Fairhrim apretó los labios.
—No han dado frutos de momento. Pero acabamos de empezar con las solicitudes a varios organismos. Estas cosas llevan su tiempo.
Osric hizo caso omiso de los tecnicismos.
—¿Y no preferirías el dinero ahora? ¿Y empezar ya? ¿Y así curar a esos pillos callejeros?
—Vacunar, no curar —dijo Fairhrim—. Y yo no trabajo para particulares. En Londres hay cientos de médicos de ese tipo, ¿por qué no acudes con tu dinero a cualquiera de ellos?
—Me han dicho que necesito tus conocimientos.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Esos otros médicos.
—¿Quiénes?
—Fordyce y Shuttleworth.
Fairhrim hizo una pequeña mueca cargada de esnobismo.
—Así que eso es lo mejor que el dinero puede comprar, ¿eh?
—Tenían muy buenas referencias.
—¿Qué es lo que te han diagnosticado? —preguntó Fairhrim. Le dio un repaso a Osric de arriba abajo, como si pudiera adivinar su dolencia solo con la mirada.
—Eso es lo que tienes que averiguar —dijo Osric—. ¿Quieres el dinero o no? Es una propuesta muy simple: tú me curas y no se lo dices a nadie, y yo te ofrezco veinte millones.
Fairhrim clavó la mirada en los guantes de Osric.
—Muéstrame la palma de las manos.
—No —dijo Osric, convencido de que no le haría ninguna gracia ver el tācn de los Fyren en su palma izquierda.
—Entonces esa es también mi respuesta.
—Preferiría no tener que secuestrarte —suspiró Osric—. Eso sería un incordio.
—Ah, ¿sí? —Fairhrim se sentó todavía más erguida, si es que eso era posible—. ¿Vas a secuestrarme?
—Sí. Y además no te voy a dar el dinero.
Fairhrim movió levemente la mano derecha. En la palma le brillaba el tācn de la Orden Haelan, un cisne blanco.
—Eres bastante atrevido, si crees que puedes secuestrarme.
—Y tú bastante estúpida, si crees que no puedo.
—¿Quién eres?
—Alguien que necesita tu ayuda desesperadamente.
Fairhrim hizo una mueca de escepticismo.
—Eso sería muy enternecedor si no acabaras de amenazar con secuestrarme. Muéstrame la palma de las manos.
—No.
—¿Quieres que te cure, pero no quieres enseñarme las manos?
—Correcto.
—Si las escondes, es porque sabes que me voy a negar a curarte.
—Exactamente —dijo Osric.
Fairhrim volvió a acercar la mano al botón del pánico.
—No —dijo Osric—. O condenarás al que venga a una muerte bastante violenta.
—¿Crees que puedes enfrentarte a los Warden? —preguntó Fairhrim.
Osric no lo creía (al menos no en igualdad de condiciones), pero dijo:
—¿De verdad quieres jugar con su vida?
—Fuera de aquí —dijo Fairhrim.
—Solo me iré cuando hayamos llegado a un acuerdo, o contigo metida en el saco de las cebollas. Tú decides.
—Ni siquiera sé lo que te pasa —dijo Fairhrim—. Aunque aceptara, que no lo haré, no sé si podría curarte.
—Te pido que lo intentes.
—¿Puedo hacerte unas pruebas? —preguntó Fairhrim.
—No. Primero el acuerdo.
—Debe de ser grave.
—Lo es.
—¿Mortal?
—A todos los efectos.
—¿Y si no puedo curarte? —preguntó Fairhrim.
—Moriré. Y tal vez te lleve conmigo —dijo Osric.
—Maravilloso.
—¿Te estoy persuadiendo?
—La persuasión requeriría de un ápice de algo parecido al carisma.
—¿No te parezco carismático? —dijo Osric, ofendido.
—No —dijo Fairhrim—. Sigues uno de los Senderos Sombríos. No voy a ayudarte. Y apestas a cebolla.
—Eso es por tu culpa. No lo hagas por mí, hazlo por la viruela. Piensa en todo el sufrimiento que podrías sanar.
—Prevenir.
—Lo que sea.
Fairhrim lo examinó. A Osric no le quedó más remedio que admirar su templanza. No había rastro de lágrimas ni de temblores. Su única emoción real fue de desdén cuando desvió la mirada hacia los guantes de Osric, ahora que había confirmado que no era miembro de ningún Sendero Brillante. La cuestión ahora era si la tentación del oro (o el peso de todas aquellas amenazas) haría que superara su aversión.
Osric esperaba que así fuera. Parecía una criatura con sentido común.
—Estás muy tranquila —dijo Osric.
—Estoy entrenada para mantener la mente fría en situaciones de crisis —dijo Fairhrim—. Aunque por lo general los problemas a los que me enfrento son hemorragias y no disparates.
Osric ya había sospechado que no le caía bien Fairhrim. Ahora lo acababa de confirmar.
Y, además, se le había agotado la paciencia.
—Has elegido el secuestro —dijo. Se levantó, tiró las cebollas al suelo y abrió el saco vacío hacia Fairhrim—. Venga, adentro.
La carcajada despectiva de Fairhrim fue interrumpida por el ruido de la puerta abriéndose de golpe.
Un segundo fenómeno meteorológico entró en la habitación en forma de pequeña tormenta.
—Estoy harta de lamerles el culo a los de Investigación y Desarrollo —dijo la tormenta en cuestión.
Era una Haelan anciana, negra y con pelo blanco, que tronaba de rabia.
Fairhrim se puso en pie de un salto. Su altivez dio paso a un servilismo nervioso. Osric se picó: ahora parecía más asustada que en cualquier otro momento de la conversación.
Fairhrim hizo una reverencia, con una mano en el corazón.
—Haelan Xanthe.
La aludida entró en el despacho cual nube blanca ataviada con las túnicas de los Haelan. En el puño llevaba una carta arrugada, que agitó en dirección a Fairhrim.
—Un rechazo de esos imbéciles del Consejo de Investigación y Desarrollo.
—Oh, no —dijo Fairhrim.
—Oh, sí —replicó Xanthe. Por su acento cerrado, Osric dedujo que era de Strathclyde—. Con las excusas más ridículas. Por lo visto, nuestra propuesta no está alineada con las prioridades que han establecido para su programa de financiación. ¿Has oído alguna vez semejante memez? Estamos literalmente en mitad de un brote. Nos han pedido que volvamos a presentarla el próximo ciclo. Me dan ganas de infectar a Woolwich con la viruela. Tal vez entonces entienda de qué se trata. Así sembraríamos un poco de empatía entre esos canallas. Lástima que solo afecte a los niños… —Xanthe enmudeció, olisqueó el aire y preguntó—: ¿Por qué huele a cebolla?
Miró a su alrededor para localizar el origen de la peste y de pronto reparó en Osric. Examinó lentamente su capa hasta llegar al amasijo de bulbos a sus pies.
—¿Quién es este? —preguntó—. ¿El nuevo enterrador?
—No —respondió Osric—. No soy el maldito enterrador. Estás interrumpiendo una negociación, abuela, así que, si no te importa…
—¿Una negociación? ¿De qué? —Xanthe se volvió hacia Fairhrim—. ¿Este hombre me acaba de llamar «abuela»?
Fairhrim parecía, por decirlo de algún modo, avergonzada.
—Lo siento mucho. No tengo ni idea de quién es. No sé cómo se ha colado. Ha intentado sobornarme para que le cure. Y ahora amenaza con secuestrarme con, sinceramente, una ineptitud grotesca. Los Warden se ocuparán de él.
—Pídeles que no lo destrocen demasiado —dijo Xanthe, mirando a Osric como si fuese un pedazo de carne—. Nos vendría bien otro cadáver en el laboratorio de anatomía. Nos estamos quedando sin hombres adultos.
—Eso haré —dijo Fairhrim—. Así al menos será útil para el mundo.
—¿Disculpa? —exclamó Osric.
Fairhrim lo ignoró. Se volvió hacia Xanthe.
—¿Ya le has dado la noticia a Élodie?
—Todavía no. Se va a quedar hecha polvo. Y no creo que pueda convencer al resto de los directores de que recurran a nuestras reservas para ayudarla. No entiendo nada: cinco rechazos consecutivos de agencias en mitad de una crisis como esta, y los monarcas de los Tīendoms cruzados de brazos.
Las dos Haelan continuaron de cháchara y Osric… Bueno, Osric nunca se había sentido tan insignificante en su vida. La señora Parson podría haberle advertido de que los Haelan eran unos lunáticos que priorizaban los asuntos administrativos antes que su propia muerte inminente.
—¿Hola? ¿Perdonad? Sigo aquí —dijo Osric, haciéndole gestos a Fairhrim por detrás de Xanthe—. Lo del secuestro sigue en pie. Y ahora tendré que matar también a esta pobre vieja por haberlo presenciado. Estarás contenta.
—¿Matarme? ¿A mí? —dijo Xanthe.
Entonces echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada. Fairhrim miró a Osric con la ceja levantada.
—Es un poco cretino, ¿no? —preguntó Xanthe.
—Eso me ha parecido después de nuestra pequeña charla —dijo Fairhrim.
Osric, irritado, se preguntó si debía matarlas a ambas por aquella falta de respeto.
Las Haelan continuaron con su conversación como si él no estuviera delante.
—Por curiosidad, ¿de cuánto era el soborno? —preguntó Xanthe.
—Veinte millones —dijo Fairhrim—. Para apoyar la propuesta de Élodie.
—¿Veinte millones? Por los huevos de Woden.
—Ni idea de su procedencia, por supuesto. —Una de las charreteras plateadas de Fairhrim se levantó cuando se encogió de hombros—. O de si existe, siquiera.
—Es tentador, teniendo en cuenta esto —dijo Xanthe, levantando la carta de rechazo. Las arrugas de su rostro mutaron en una expresión sumamente astuta.
—No quiere enseñarme las manos —apuntó Fairhrim.
—Ah —dijo Xanthe—. Está demasiado cuerdo para ser un Dreor, pero es demasiado estúpido para ser un Fyren. ¿Quizá un Agannor? No. Ya nos habría poseído a alguna de las dos.
—En cualquier caso, me he negado —dijo Fairhrim.
Xanthe enrolló la carta de rechazo en un tubo y comenzó a darse golpecitos en la boca con él.
—Pero si es verdad que tiene el dinero…
—Sigue un Sendero Sombrío —dijo la otra.
Xanthe sacudió la mano con un gesto despreciativo casi idéntico al que Fairhrim había utilizado con Osric.
Fairhrim parpadeó, incrédula.
—Haelan Xanthe, no estará pensando en…
La aludida se volvió hacia Osric, que estaba encantado de volver a existir por fin.
—¿Tienes los veinte millones en oro? —preguntó pronunciando cada sílaba con especial cuidado, como si hablara con un imbécil.
Osric dejó a un lado su enfado ante aquel golpe de suerte.
—Sí.
—¿En serio? —dijo Xanthe—. Tócate los cojones. Debería cambiarme de orden.
Se echó a reír. Fairhrim, quien aparentemente era incapaz de verle la gracia a nada, la miró fijamente.
—¿Podrías depositarlos en nuestras arcas el viernes? —preguntó Xanthe.
—Sí —repitió Osric.
—¿Por qué has acudido a Haelan Fairhrim concretamente?
—Me han dicho que es especialista en el sistema seith.
—Así es.
—Y que es un Prodigio.
—La mejor. —Xanthe se acercó a Osric. La vieja Haelan era bajita, de espalda encorvada y rostro absurdamente arrugado. Lo examinó con una especie de lástima—. Así que es tu seith lo que te preocupa. Pobrecito.
El adjetivo sorprendió a Osric. Nunca se habían referido a él así: no era ningún pobrecito.
—Comprendo tu desesperación —prosiguió Xanthe—. Aurienne es la especialista que necesitas.
—No obstante, en lo que no estoy especializada es en la sanación de caminantes de Senderos Sombríos —intervino esta.
—¿Es uno de ellos? —preguntó Xanthe—. No podemos asegurarlo. No le hemos visto las manos.
—¡Porque se niega a enseñárnoslas! —dijo Fairhrim.
—Excelente —dijo Xanthe—. Si no lo sabemos, podemos negar que lo sabíamos.
Fairhrim carraspeó.
—Con todos los respetos…
—De este modo, no tendremos que seguir lamiéndoles el culo a las agencias que conceden las subvenciones —dijo Xanthe.
—Pero…
La anciana golpeó a Fairhrim en la frente con la carta enrollada.
—He tenido que abrirme paso entre decenas de niños moribundos para llegar hasta aquí, Aurienne. No nos pongamos exquisitas cuando nos ofrecen veinte millones en oro.
—Curar a alguien de su especie va en contra de todo lo que defendemos —dijo Fairhrim.
—Estoy de acuerdo. Será una situación difícil para ti.
—¿Difícil para ella? —interrumpió Osric—. ¿Y para mí? ¡Soy yo el que está enfermo!
Xanthe se volvió hacia Osric con algo de su anterior actitud tormentosa.
—Sí, para ella. Será ella la que se humille. Ahora, si vas en serio, hablemos de las condiciones. Depositarás veinte millones de thrymsas en la cámara acorazada de los Haelan antes de que termine el viernes, en forma de una donación anónima al Fondo de la Viruela. Una vez nuestros contables hayan comprobado que el oro no es falso, Aurienne te curará lo mejor que pueda.
—Haelan Xanthe, esto es de lo más irregular… —dijo Fairhrim, pero Xanthe la miró y ella cerró la boca con un chasquido.
—Mi única condición es que nadie se entere —dijo Osric.
Xanthe hizo un gesto de impaciencia.
—Lógicamente. A nosotras también nos interesa que este acuerdo tan desagradable se desarrolle con discreción.
—Entonces hay trato —dijo Osric.
Fairhrim se limitó a observarlos, guardando un tenso silencio.
—Aurienne es más que capaz de cuidar de sí misma —dijo Xanthe—. Pero debo decirte que, como le pase algo mientras trata de sanarte, te mataré con mis propias manos.
Osric estuvo a punto de echarse a reír con las tonterías de aquella anciana. Sin embargo, mientras Xanthe le sostenía la mirada, sintió algo de su seith. Era como si una mano pequeña y seca hubiera dado una palmadita amistosa a su lápida.
Pero no tenía lápida, al menos que él supiera.
—Entendido —dijo Osric.
—Solo eres la mitad de estúpido de lo que pareces. —Xanthe cogió la carta de rechazo, la rompió y esparció los pedazos por el suelo, entre las cebollas—. Bien. Espero tener noticias este viernes sobre cierta importante donación de origen desconocido. Mientras tanto, tengo unas cuantas vidas que salvar. Os dejo para que os ocupéis de los detalles. Portaos bien.
Osric no estaba seguro de a quién iba dirigida la última orden; seguramente no a él. Nunca se portaba bien.
Xanthe se dirigió hacia la puerta. Fairhrim volvió a hacer la misma reverencia de antes con la mano en el corazón mientras se marchaba.
Se hizo el silencio. Osric se recolocó la capa. Fairhrim lo miró con absoluto desdén.
—Me alegro de haber resuelto esto —dijo él.
—Fuera —dijo ella.
—No te pongas así. Recuerda que lo haces por los viruelitos.
—Lo hago porque Haelan Xanthe me lo ha ordenado —dijo Fairhrim.
—Te enviaré a mi deofol con las instrucciones para la primera sesión.
—Yo soy la Haelan. Soy yo quien enviará las instrucciones.
—¿Acaso tienes una sugerencia sobre algún punto de encuentro neutral? —preguntó Osric—. No quiero volver aquí. Es un coñazo burlar a los Warden.
—Ahora mismo, no —dijo Fairhrim—. Me lo acabas de preguntar.
—Vale. Pues entonces, espera a mi deofol. Lo cual me recuerda que tienes que vincularte conmigo.
—¿Perdona? —dijo Fairhrim.
Era un poco atrevido pedirle que vincularan sus tācn. Era algo reservado a amigos y familiares, para que sus deofol (espíritus familiares de seith) pudieran viajar de un tācn a otro para entregar mensajes. Fairhrim se quedó mirando a Osric como si este le acabada de sugerir cometer la más asquerosa de las perversiones.
—Podemos cortar el vínculo en cuanto me hayas curado —dijo él.
Fairhrim le lanzó una mirada aún más penetrante y finalmente dijo:
—De acuerdo.
El vínculo requería contacto tācn a tācn, por lo que Osric se quitó el guante. A Fairhrim se le tensó la mandíbula al confirmar sus sospechas: se había descubierto la mano izquierda. Solo los que recorrían los Senderos Sombríos tenían el tācn en esa palma.
Osric levantó la mano, mostrando la calavera de cerbero que la adornaba: el tācn de la Orden Fyren. Normalmente, la visión de ese tācn infundía terror. Era el presagio de una muerte violenta e inmediata.
A Osric le ofendió que Fairhrim mostrara una reacción de repulsa en lugar de miedo, como si, en lugar de su palma abierta, le hubiera tendido un pañal usado y le hubiera pedido que lo tocara.
—Eres un cobarde a sueldo que camina las sombras —dijo Fairhrim.
—Sí.
—Eres vil.
Sin embargo, extendió la mano derecha hacia Osric y rozaron sus tācn. El ala del cisne de la Orden Haelan tocó el colmillo del cerbero de la Orden Fyren. Vertieron sus seith en el contacto y se grabaron la firma del otro. La seith de Fairhrim era fría, contenida y parecía de cristal. El deofol de Osric ahora podría encontrarla directamente para llevarle sus mensajes; el deofol de ella también podría encontrarlo a él. (Osric se preguntó qué forma tendría su deofol. Algo punzante, apostó. Un escorpión, probablemente).
Separaron las palmas. Fairhrim sacudió la mano, como si acabara de tocar algo sucio.
Llamaron a la puerta.
—¿Haelan Fairhrim?
Osric se deslizó tras la puerta y le hizo un gesto a Fairhrim para que abriera, mientras le ordenaba en un susurro que no hiciera ninguna tontería.
Fairhrim abrió. A través del resquicio de las bisagras, Osric vio a un hombre de aspecto cadavérico vestido de negro. Desprendía un fuerte olor a formol.
El hombre le estrechó la mano a Fairhrim y dijo:
—Hola. Soy el nuevo enterrador. He venido a por las cebollas.

Al regresar a la mansión familiar de Rosefell Hall, Osric fue abordado por la señora Parson.
—¿Y bien, señor? —preguntó—. ¿Alguna noticia?
—Sí, y creo que buena —dijo Osric—. Ha habido algún que otro contratiempo, pero supongo que era de esperar. Lo hará.
—Bendita sea.
—No. De bendita nada. Es singularmente desagradable; no me gusta ni un pelo. Además, tenemos un problema.
—¿Cuál?
—Tenemos que depositar esos veinte millones en oro a finales de semana.
—Eso no supondrá ningún problema —dijo la señora Parson—. Acabamos de recibir de Beckenham un montón de thrymsas falsas tan bien hechas que da gusto.
—No pueden ser falsas —dijo Osric—. Tendremos que soltar dinero de verdad. Los Haelan ya sospechan. No puedo arriesgarme a retrasarlo o a que se retracten del acuerdo.
La señora Parson se quedó boquiabierta.
—Pero… usted no tiene veinte millones en oro.
—Lo sé. Habrá que vender el tríptico y La lechera. Y también el De Beauveau. Me duele desprenderme de ellos, pero no queda otra. Hable con Sacramore. Supongo que aún no podemos vender Los devoradores.
—Es demasiado reciente. Lo adquirió hace solo dos meses.
—Cierto. Entonces no podemos ir paseándolo por las tabernas, precisamente. Venda todo lo que se pueda para llegar a los veinte millones. Debemos depositarlo como una donación anónima a la Orden Haelan, dirigida al Fondo de la Viruela. ¿Puedo confiar en usted para los preparativos?
La señora Parson asintió, todavía con los ojos abiertos de par en par.
—Veinte millones. Es una parte considerable de su fortuna.
—Ya se la robaremos para recuperarla, obviamente.
La señora Parson parecía aliviada.
—¡Ah! Excelente, señor.