Capítulo;

.

«Toda criatura depende de otra, todos los seres están unidos entre sí, se necesitan, se complementan y, gracias a ello, la creación se fortalece».[1]

HILDEGARDA DE BINGEN, LIBRO DE LAS OBRAS DIVINAS

«Cada porción de materia puede ser concebida como un jardín lleno de plantas y como un estanque lleno de peces. Pero cada rama de la planta, cada miembro del animal, cada gota de sus humores es, a su vez, un jardín o un estanque igual que los primeros».[2]

GOTTFRIED W. LEIBNIZ, DISCURSO DE METAFÍSICA

«Gaia es simplemente la simbiosis vista desde el espacio. Todos los organismos se tocan, puesto que están bañados por el mismo aire y la misma agua que fluye».[3]

LYNN MARGULIS, PLANETA SIMBIÓTICO

.

1

Todas las formas de vida están emparentadas genéticamente y entramadas simbióticamente, y sostienen un incesante diálogo las unas con las otras del que nunca podemos decir que sabemos suficiente. Padecemos una sordera emocional que nos impide percibir las voces de los pobladores no humanos del planeta. Esa pérdida auditiva nos priva de la capacidad de escuchar la «Gran Conversación» que mantienen los otros vivientes de este jardín planetario en el que surcamos la oscura inmensidad del cosmos.

2

La revolución pendiente, tanto en el campo de las ciencias como en el de las letras, pasa por emanciparnos progresivamente del ángulo de visión humano. Necesitamos abandonar la arrogante creencia de que somos los únicos organismos inteligentes del planeta y avanzar hacia una cosmovisión biocéntrica, donde la singularidad del sapiens estribe en saberse conectado con todo, y su racionalidad se manifieste en la conciencia de su «relacionalidad».

3

Tras el polimorfismo y la diversidad de los seres se encubre la unidad esencial de todo lo viviente. Personas, animales, plantas, bacterias, hongos, algas y demás criaturas compartimos el código genético y los mismos átomos. Únicamente si ese sentimiento de comunidad planetaria prevalece sobre las mil y una formas de tribalismo, lograremos revertir la catástrofe climática en marcha y desviar el rumbo suicida de la sociedad tecnocapitalista.

4

La noción de un yo soberano, autónomo e independiente sigue siendo una de las más tenaces fantasías de la cultura moderna. Algo que contrasta vivamente con la visión de la naturaleza como una red simbiótica, sin centro de mando ni límites definidos, como una malla de interdependencias. La pervivencia del mito de la individualidad autosuficiente explica que asistamos impávidos a la devastación de la biosfera, de la que formamos parte y dependemos para sobrevivir.

5

La sola idea de que, en un puñado de tierra, haya mil millones de microorganismos pasma y sobrecoge. Esa cifra escapa a nuestra comprensión, no menos que el incalculable número de células que componen nuestro cuerpo. Otro tanto cabría decir de las neuronas conectadas en red de nuestro cerebro. Se cuentan asimismo por miles de millones las bacterias que prosperan sobre nuestra piel y las que constituyen nuestro microbioma intestinal. Resulta difícil distinguir dónde empieza y acaba mi «yo». Mi individualidad se difumina cuando pienso que en mi cuerpo hay más células microbianas que propiamente humanas. Y tanto las unas como las otras se hallan en un permanente proceso de renovación, lo que compromete, si cabe aún más, mi principio de identidad.

6

La complejidad y profusión de la vida excede la capacidad de nuestra imaginación. Más allá de los límites de nuestra sensibilidad ordinaria se extiende una realidad desconocida. Esos remotos universos que no podemos percibir a simple vista, oído, olfato, tacto o gusto, nos envuelven. Si no permaneciéramos ciegos a gran parte de cuanto acontece a nuestro alrededor y dentro de nosotros mismos, veríamos el mundo tal y como es: infinito, maravillosa y misteriosamente infinito.

7

Una película bacteriana recubre nuestro ser, tanto por dentro como por fuera. Sorprende saber que transportamos con nosotros cerca de dos kilos de microorganismos de más de 10.000 especies diferentes, un peso mil veces superior al que se atribuye al alma. Se calcula que en nuestra carne mortal hay tantos o más microbios que células humanas propiamente dichas. Nuestro destino está escrito en nuestra biota. Esta constituye una seña de identidad tan definitoria como las huellas dactilares o la forma de nuestro iris. Visto así, la comprensión de qué significa ser humano cambia. La conclusión parece evidente: yo soy otros.

8

Sabernos emparentados genéticamente con todo lo viviente nos debería servir de cura de humildad y prevenirnos contra la perniciosa arrogancia de sentirnos superiores. El compartir el ADN con los otros habitantes del planeta nos arraiga y religa, pero también comporta una gran responsabilidad. Debemos extraer de esta evidencia científica una lección espiritual tan consoladora como exigente: porque no estamos solos en este mundo, estamos obligados a cuidar de los que nos cuidan.

9

El nuevo paradigma biocéntrico, holístico, ecosistémico —llamadlo como queráis—, se vale de metáforas vegetales, en vez de animales, para definir la condición humana y replantear nuestro lugar en la biosfera. Más que primates sociales con grandes cerebros, los sapiens son superorganismos, holobiontes o metabiomas, es decir, una comunidad simbiótica de la que forman parte miles de especies bacterianas. Desde esta perspectiva, todos somos más que un individuo (un ecosistema) y menos que un individuo (procesos encarnados). El salto cuántico, la revolución copernicana y el giro de guion que supone vernos como una multitud integrada, en vez de como máquinas biológicas regidas por genes egoístas, lo cambia todo y para siempre. No se equivocaba Walt Whitman cuando escribió en su torrencial poema Hojas de hierba: «Yo soy inmenso y contengo multitudes».

10

Aun cuando tenemos un cerebro tres veces mayor que el que correspondería a un primate de nuestro tamaño, ese kilo y medio de materia gris en forma de media nuez encierra vestigios de nuestro pasado reptiliano e invertebrado. En las profundidades de nuestro ser continuamos siendo plantas, hongos, algas, bacterias… Si ignoramos esto, jamás nos reconciliaremos con nuestra naturaleza. Somos los lejanos descendientes de organismos unicelulares que vivieron hace 1.500 millones de años.

11

Acaso porque, como una gran mayoría de animales, tenemos una espina dorsal y cuerpos bilateralmente simétricos, acostumbramos a argumentar mediante dualismos, dicotomías y oposiciones: razón y emoción, inmanente y trascendente, cultura y natura… Ese razonamiento binario, heredero de una visión antropocéntrica, que nos ha permitido pensar el mundo hasta ahora, ya no nos sirve para transitar el camino hacia un porvenir deseable.

12

Toda la sabiduría jardinera está contenida en el viejo aforismo «la cerca hace al jardín». La noción de límite constituye asimismo el principio rector del pensamiento ecológico. Si se pudiera resumir su ideario en una sola frase, esta podría ser «el jardín terráqueo posee unas barreras biofísicas que impugnan el dogma del crecimiento indefinido». No nos cansaremos de repetir que nuestro futuro se halla limitado por la ausencia de límites al crecimiento industrial.

13

Nuestra sociedad necesita contarse un relato diferente al de la acumulación de la riqueza y el consumismo individualista, que nos permita seguir creyendo que un mundo mejor es posible y nos anime a sacrificarnos en aras de alcanzar un estado duradero de justicia y razón. Únicamente una cosmovisión biocéntrica, que aúne las enseñanzas de hoja perenne de la filosofía, la fe en la duda de la ciencia y los consuelos espirituales de la religión puede resolver eso que se ha dado en llamar «la crisis del relato» y permitirnos alentar esperanzas razonables.

14

Como grupo y como individuos, debemos aspirar a algo más que la sostenibilidad: a la plenitud. Para decirlo más claramente, hemos de renunciar a parte del crecimiento material en aras de un crecimiento espiritual, y sustituir la lógica de la maximización de beneficios por la del aumento de la satisfacción y el significado. No necesitamos muchas experiencias, sino que estas sean significativas para tener una vida rica.

15

La manera en que muchas civilizaciones ancestrales y pueblos indígenas conciben la relación con la naturaleza en general, y las plantas en particular, difiere tanto de la nuestra, que no acabamos de entender su veneración por ellas. Tendemos a juzgarla una expresión del pensamiento mágico infantil, en vez de un indicio de nuestra estrechez de miras y de nuestra primitiva forma de interactuar con los otros habitantes no humanos del jardín terrestre. Nuestra cosmovisión está profundamente lastrada por prejuicios que ignoramos tener, heredados de una mirada antropocéntrica, materialista y desalmada en un sentido literal y figurado. Hasta que no restauremos la alianza con la Tierra y pongamos fin a la disociación entre natura y cultura, no podremos llamarnos con propiedad sapiens, es decir, monos sabios.

16

La creencia de que la tierra y sus habitantes están unidos por un vínculo indisoluble y sagrado forma parte esencial de muchas de las culturas nativas, que aún sobreviven a lo largo y ancho del planeta. La sabiduría ancestral indígena entendía algo que nosotros parecemos haber olvidado: no estamos solos. Hemos roto los lazos emocionales que nos unían a las plantas y los animales, y nos hemos condenado a una soledad más profunda que la de estar solos.

17

Es muy revelador el hecho de que, con su docta ignorancia, las sociedades supuestamente avanzadas hayan tenido que acuñar un neologismo como biofilia para explicarse algo que ya sabían los antiguos filósofos y las civilizaciones ancestrales: la naturaleza es sagrada.

18

Sirva esta nota a pie de página de la historia de la jardinería como ejemplo del eurocentrismo que aún lastra nuestra concepción del mundo. La crónica jamás contada de los jardines botánicos comienza cuando los conquistadores españoles desembarcaron en las ignotas tierras del Nuevo Mundo. Los aguerridos adelantados de la Corona española se sorprendieron de los amplios conocimientos de botánica y horticultura de los mexicas y otras civilizaciones precolombinas. Sucumbieron al embrujo de los jardines reales de Tenochtitlan (actual Ciudad de México y capital del imperio azteca) y Texcoco, y al de las villas de recreo de los señores de Iztapalapan y Huaxtépec. Así describía Hernán Cortés en 1521 este último paraíso terrenal allende los mares: «La cual huerta es la mayor y más hermosa y fresca que nunca se vio, porque tiene dos leguas de circuito, y por medio de ella va una muy gentil ribera de agua, y de trecho a trecho, cantidad de dos tiros de ballesta, hay aposentamientos y jardines muy frescos, e infinitos árboles de diversas frutas, y muchas hierbas y flores olorosas, que cierto es cosa de admiración ver la gentileza y grandeza de toda esta huerta».[4]

En esos vergeles esplendorosos «como cosa jamás soñada», por usar las palabras del cronista de Indias Bernal Díaz del Castillo en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, se cultivaban además de árboles frutales y toda clase de flores, plantas aromáticas y medicinales, que eran sistemáticamente clasificadas por sus propiedades. Mucho antes de que se fundase oficialmente el hortus medicus de Pisa, los habitantes del México prehispánico ya construían jardines botánicos y de placer, íntimamente ligados a su cosmovisión, donde naturaleza y arquitectura se integraban en un todo armónico. Sus creaciones no tenían rival en el Viejo Continente, si exceptuamos la Alhambra y el Generalife de Granada. Otro tanto cabría decir de las civilizaciones maya o inca. De esta última se conservan los restos de un extraordinario jardín botánico en Urubamba, en los Andes peruanos. Este se organizaba en terrazas concéntricas de cultivo, trazadas a distintos niveles en las laderas de una profunda hondonada. Cada uno de esos andenes reproducía las condiciones bioclimáticas de diferentes regiones del imperio, lo que facilitaba enormemente la aclimatación de las especies vegetales y mejoraba la eficiencia agrícola. Pasarán varios siglos antes de que la agronomía alcance al otro lado del Atlántico un grado de desarrollo semejante.

Al mismo tiempo que los conquistadores destruían los jardines de la América prehispánica, iban surgiendo por toda Europa botánicos a cuál más ambicioso. Eran los herederos de una tradición que se remontaba al Liceo aristotélico, pero también el fruto de un sueño de ultramar trasplantado al Viejo Continente por unos expedicionarios que creyeron haberse paseado por el Edén en las Indias. No será la primera, ni la última vez, que las civilizaciones sometidas obtienen una suerte de victoria póstuma, cuando los invasores hacen suyos los usos y costumbres de los vencidos e incorporan algunos de sus gustos. Esta afirmación se cumple con creces en el caso de las plantas, y muy especialmente en el de las americanas. La patata, el maíz, el tomate, pero también el tabaco o el cacao, conquistaron a los conquistadores del Nuevo Mundo. No contentos con saquear y rapiñar los tesoros de los pueblos subyugados, estos robaron asimismo sus ideas jardineras y culinarias. Y al ponerlas en práctica, dieron la victoria al enemigo. Nos gusta pensar que los jardines botánicos fueron una invención del Renacimiento y una de las expresiones más singulares del humanismo, porque consagra nuestros prejuicios etnocéntricos y nos permite seguir viéndonos como los hacedores de la civilización. Pero la verdad es otra.

19

Platón concibió el mundo como un organismo viviente, dotado de alma e inteligencia (Timeo, 29-30). Con antelación, el filósofo presocrático Anaxágoras ya había hablado del Nous, voz griega que significa Mente o Inteligencia ordenadora, como principio y causa del movimiento original. La noción de un anima mundi ha sobrevivido con distintos nombres a lo largo de los siglos. Nicolás de Cusa, Paracelso y Giordano Bruno (natura naturans), herederos de la gran tradición hermética medieval, la harían suya. Otro tanto cabría decir de los pensadores racionalistas Baruch Spinoza (Deus sive natura) y Gottfried W. Leibniz (la armonía preestablecida), así como de los representantes de la Naturphilosophie romántica Friedrich Schelling, Johann Gottfried Herder y Johann Wolfgang von Goethe.

Esa antigua y reveladora cosmovisión, que aflora de tanto en tanto en la historia, sobre todo en épocas de crisis y transición, resurge en nuestros días en la teoría Gaia, formulada hace medio siglo por James Lovelock y Lynn Margulis, según la cual la Tierra es un organismo complejo, autorregulado y consciente. No faltará quien considere que se trata de una consoladora fantasía romántica, por no decir infantil, pero sin duda mucho más ilusoria e irreal resulta la pretensión de que la Tierra es un objeto inanimado. El indiscutible atractivo de esta visión, para algunos simplista y trasnochada y para otros redentora y llena de sentido, radica en que nos alivia de la soledad existencial y dota de un propósito a nuestro tránsito por este mundo.

20

El anhelo de restaurar la alianza con la naturaleza, entablar una relación umbilical con la tierra y fundirnos en una comunión animista con todo lo que vive resurge una y otra vez en el curso de la historia, adoptando la forma de profecías religiosas, utopías políticas o paradigmas científicos. La humanidad lleva soñando con la reconciliación cósmica y la fraternidad universal desde el momento mismo en que, dando sus primeros pasos hacia la civilización, se apartó del seno de la naturaleza.

21

En la verdolatría imperante resurge el anhelo romántico de unir lo que estaba escindido, de abolir la estricta separación entre mente y mundo físico, de retroceder a una época gloriosa en la que los caminos de la ciencia y la poesía aún no se habían dividido para saltar más lejos. El deseo de «ser uno con todo lo que vive», por decirlo con las palabras de Friedrich Hölderlin en su novela poética Hiperión, es el núcleo de esta religiosidad laica.

22

En un universo materialista, sin Dios ni Más Allá, gobernado por el azar y la necesidad de las fuerzas fisicoquímicas, sujeto a la entropía y a la mano invisible del mercado, reconocerse emparentado genéticamente y enlazado simbióticamente con todo lo viviente ofrece consuelo, propósito y sentido.

23

Nos cuesta entender que la naturaleza no es una realidad física, sino una pura abstracción humana. Tal vez la más sofisticada y sublime invención cultural de los sapiens, un sutil artefacto que les ha permitido desarrollar una comprensión racional del universo y del lugar que ocupan en él. Tendemos a olvidar que la noción de physis —que procede del verbo phyo, con el significado de crecer, brotar, germinar—, es decir, de una naturaleza gobernada por leyes, es una idea filosófica nacida en la antigua Grecia como contraposición al mundo sobrenatural de los dioses. La naturaleza es un concepto revolucionario que impulsó el paso del mito al logos o, para decirlo más claramente, el comienzo del pensamiento racional. Solo entonces los fenómenos se empiezan a percibir como el efecto de unas causas materiales que se pueden investigar mediante el intelecto, y no como fruto de la arbitrariedad divina. El mundo deja de ser el escenario de una representación mítica para convertirse en una realidad física, racionalmente descifrable.

24

El sustantivo «naturaleza» procede del vocablo latino natura, que se forma con el verbo latino nascor (nacer) y el sufijo -ura para referirse a lo que existe sin intervención humana. Entendida como lo creado por un dios o los dioses, se contrapone por definición a la cultura y los artefactos de los animales racionales. «Naturaleza» es una palabra de gran carga semántica y densidad simbólica. La pluralidad de significados que atesora e interpretaciones que admite la convierten en un término especialmente evocador, pero también ambiguo. Nombramos realidades muy distintas, cuando no contradictorias, con este vocablo, cuya definición se vuelve más imprecisa cuanto más abarca. Algo que ya sugirió Heráclito de Éfeso cuando afirmó que «a la naturaleza le gusta ocultarse».[5] Pero, precisamente, esa indefinición le aporta su vitalidad y expresa con más exactitud su dúctil significado.

25

Nos resulta difícil, por no decir imposible, escapar del campo magnético del antropocentrismo. El primate humano proyecta su visión zoocéntrica en todo cuanto hace. Reproduce su esquema corporal y sus patrones de pensamiento en sus creaciones intelectuales y materiales. Concibe sus dioses, máquinas, ciudades a su imagen y semejanza. La misma naturaleza no es sino su más sofisticada creación. Mientras no trascendamos esta óptica, seguiremos prisioneros en la caverna, de espaldas a la luz, contemplando sombras contra un muro.

26

Por más que sea evidente, conviene no olvidar que el árbol es un organismo del que solo vemos la mitad. La otra mitad la tenemos que imaginar. Su parte subterránea suele ser tan grande o más que la aérea. De ahí también que la metáfora visual del Árbol del Conocimiento siga plenamente vigente, solo que, en vez de identificar las ramas del saber con la copa, la actual visión ecocéntrica concibe las relaciones entre las distintas ciencias como una malla de interconexiones, a la manera de las raíces. Este cambio de perspectiva resume por sí solo el giro copernicano del pensamiento contemporáneo.

27

Piensa en esto: el paisaje que se extiende delante de tus ojos cuenta solo la mitad de la historia; la otra mitad se desarrolla en el subsuelo, bajo tus pies, oculta a tu mirada. En un puñado de tierra fértil hay más seres vivos, contando microorganismos, bacterias, hongos y protistas, que humanos hollando la corteza terrestre. Aún resulta más chocante saber que, según algunos científicos, la biomasa de las criaturas que habitan el reino de las profundidades puede superar a la de las plantas y a la de los animales de la superficie. Esa biosfera invisible, en la que no penetran los rayos del sol, constituye, sin embargo, el primer y principal escenario de la vida en la Tierra. Desde esa perspectiva, nuestras existencias acontecen en una realidad superficial, situada tras el telón de una capa arable de suelo, en las bambalinas del teatro del mundo.

28

Pese a que estamos acostumbrados a someter a nuestro dominio a los otros seres vivos, los primates humanos somos seres frágiles, vulnerables y llenos de carencias. Y la mejor manera que tenemos de resolver los dilemas de la existencia consiste en pensar y sentir juntos, en vez de combatir en solitario. Un ángulo ciego en nuestros razonamientos nos ha impedido comprender que el apoyo mutuo, el altruismo recíproco o la simbiosis virtuosa nos reportan más ventajas que inconvenientes y amplían nuestro horizonte de posibilidades para un buen vivir. Desde esta óptica, las estrategias cooperativas son más adaptativas que las competitivas.

29

A la visión de la naturaleza como un mundo despiadado y feroz de dientes y garras, característica del evolucionismo ortodoxo, se contrapone la teoría biocéntrica, en la que prevalece la interrelación y la reciprocidad entre organismos. Las dos concepciones son igualmente ciertas y parciales. Las ciegas e irracionales fuerzas biológicas, la inmisericorde e implacable lucha por la supervivencia y la utilitaria belleza natural coexisten con el altruismo, la cooperación y la solidaridad mutua. La urdimbre de lo vivo se entreteje gracias a fuerzas antagonistas.

30

Según la lógica dominante en nuestra sociedad, la escasez de un recurso lo hace más valioso y estimula la competencia. La economía capitalista, al igual que la biología evolucionista, se funda en la supremacía del más apto. Las leyes del mercado y la selección natural favorecen el individualismo y el egoísmo, por encima de la reciprocidad y el apoyo mutuo, mientras que en un mundo mejor, la carencia fomentaría la cooperación y la solidaridad en vez del enfrentamiento y la codicia.

31

Comer sin ser comido puede que sea la ley de la naturaleza, pero no solo la competencia, sino también la reciprocidad y el apoyo mutuo inspiran la danza de la vida, cuya vieja y grave melodía aún resuena en lo más hondo de nuestro ser. Esa vibración nos conecta con todo lo que respira y nos recuerda la interdependencia de todos los organismos. Las redes tróficas y simbióticas forman la intrincada urdimbre del tapiz de la biosfera. Depredadores y presas, huéspedes y hospedadores, comensales y proveedores estamos unidos los unos a los otros por hilos invisibles, en una malla sin principio ni fin.

32

La marcha triunfal de la tecnociencia nos ha conducido a una encrucijada histórica: colapso climático o cultura biocéntrica, de la que solo saldremos mediante una transformación espiritual. A estas alturas, ir a más únicamente puede significar crecer menos, sacrificar parte de nuestra prosperidad material en beneficio del progreso moral. Si asumiéramos que no todo lo que es posible resulta deseable, daríamos un Gran Salto Adelante.

33

Lo salvaje no solo habita en nuestro cuerpo, sino también en nuestro espíritu. En las profundidades de nuestra mente crecen selvas impenetrables de significados y bosques primarios de símbolos. Más allá de las fronteras de la razón se extienden vastas extensiones sin cartografiar, una inexplorada terra incognita de la imaginación y el continente sumergido de nuestros instintos.

34

Desde los primeros siglos de nuestra era, los seres humanos hemos experimentado el anhelo de huir de la civilización y, atraídos por la llamada de lo salvaje, nos hemos refugiado en los bosques, las montañas, los desiertos, las islas y los rincones más apartados de la geografía terrestre, como si quisiéramos retornar a la edad de la inocencia, a una época anterior a la ruptura de la alianza con la naturaleza, y sanar así de la herida narcisista. El mal de nuestro siglo ha exacerbado ese deseo, pero nuestros horizontes se han contraído. Las únicas tierras vírgenes se encuentran hoy en día en los confines de nuestra introspección, más allá de las fronteras del yo, fuera del mapa de los sentidos, donde habita la conciencia de ser uno con todo lo viviente. En los espacios infinitos de la interioridad existe un nanocosmos espiritual todavía por cartografiar.

35

Puede que la existencia no tenga un sentido claro ni un propósito definido, pero la realidad tampoco es lo que parece. Muchos de los hechos más reveladores son contraintuitivos. A pesar de escribir estas letras sentado frente a mi mesa, la Tierra orbita a razón de 100.000 kilómetros por hora alrededor del Sol. Mi sensación de soledad no es menos ilusoria que el silencio de las plantas del jardín. Todo está poblado de dioses, como decían los sabios antiguos, o de microorganismos, como afirman los modernos. Si el noventa por ciento del cosmos es materia oscura, calculan los astrónomos, cuánto más no lo será nuestro universo interno. Hay verdades que están más allá de los límites del lenguaje, escapan a las palabras, no tienen cabida en la escritura. El misterio nos envuelve y nos protege de la arrogancia de creernos todopoderosos.

36

La veneración y el misterio representan la esencia de la religión, al igual que la curiosidad y el asombro son los motores de la ciencia. Ambas participan del mismo sentimiento reverencial hacia lo desconocido. Para ilustrar lo que quiero decir, me gustaría que imaginásemos una fogata en la noche. Cuanto más se alimenta el fuego del conocimiento, más se amplía el círculo de luz que proyecta y, por consiguiente, más puntos de contacto tiene con las tinieblas circundantes, es decir, con la oscuridad y el silencio que nos envuelven.

37

Detrás del silencio de Dios se escucha la respiración del universo y, por debajo de esta, el palpitar de nuestro trémulo corazón. Maravillarse es la única respuesta posible al misterio del cosmos. Ante su sobrecogedora belleza sobran las palabras y se impone una contemplación admirativa.

38

Solemos plantearnos únicamente las preguntas que somos capaces de responder. Eso no quita para que algunas, más insidiosas, nos ronden la cabeza: cómo puede ser que la Tierra no tenga dueño, pero las tierras sí; que seamos naturaleza y, sin embargo, estemos en guerra contra ella; que nos creamos los amos y señores del planeta, cuando tan solo somos sus huéspedes.

39

El ser humano no solo ha creado a Dios «a su imagen y semejanza», ha hecho lo mismo con la Naturaleza. Ya es hora de trascender el antropocentrismo imperante, entender que no somos la medida de todas las cosas y repensar cuál es nuestro lugar en la biosfera.

40

Gracias a las mismas herramientas con que la ciencia intenta despacharla, la metafísica retorna en forma de genes, quarks, quantums, microorganismos, entre otras muchas e imperceptibles realidades y entelequias que ponen a prueba nuestra imaginación creativa.

41

En aras de una Verdad con mayúscula, el cientifismo (la ciencia convertida en religión) traiciona el ideal de la búsqueda sin término de la verdad con minúscula. Y adolece de los mismos males que afirma condenar: dogmatismo, integrismo y sectarismo.

42

Seguimos debatiendo por qué las poblaciones de neandertales y otras especies de Homo, con las que durante algunos miles de años compartimos el planeta, declinaron y sucumbieron con la llegada de los sapiens. Sea cual sea el motivo de su extinción, el hecho es que nos impusimos a nuestros primos y nos quedamos solos como representantes del género Homo. Ese posible genocidio constituye el mito primordial de la especie a la que pertenecemos, elegida o, mejor sería decir, seleccionada, no solo por su creatividad y capacidad de aprendizaje sino también por su instinto depredador y su agresividad innata.

43

Una de las ideas heredadas que más compromete nuestro porvenir es la noción de singularidad humana. Ese complejo de superioridad nos ha llevado a creer que nos emancipamos sometiendo a la naturaleza y poniéndola a nuestro servicio. El futuro comenzará el día en que corrijamos esos patrones de pensamiento y adquiramos otros nuevos, descolonicemos nuestro imaginario colectivo y nos salgamos de las coordenadas establecidas por el antropocentrismo y su delirio de grandeza.

44

Tan ilusa y antropocéntrica es la creencia de que el mundo está hecho para servir a la humanidad, como pensar que la naturaleza es buena, sabia y armoniosa. Nuestro éxito evolutivo nos ha llevado a suponer que somos la especie elegida, los protagonistas de la historia natural o, por decirlo con una expresión de nuestra época, los «gestores de la biosfera», entre otras muchas cosas que halagan la vanidad de los sapiens, el único animal que no se resigna a ser animal.

45

El ser humano es una adivinanza filosófica, a la que resulta difícil dar una respuesta satisfactoria. Se ha dicho de nosotros que somos polvo de estrellas, algoritmos biológicos, primates racionales, jardineros desterrados en el mundo de las ideas y un sinfín de definiciones, a cada cual más ingeniosa e incompleta. Sea como fuere, no cabe duda de que «somos lo que plantea la pregunta», por usar las palabras del físico teórico sir Arthur Eddington.[6] El mayor signo de inteligencia humana es el signo de interrogación.

46

El primate humano es el único animal consciente de que va a morir (tacha eso), que habla (tacha eso), con pensamiento simbólico (tacha eso), con mente (tacha eso)… Cuanto más sabemos sobre el comportamiento de animales y plantas, más difícil resulta especificar en qué consiste nuestra singularidad: autoconsciencia, lenguaje, razón, tecnología, arte… Encontramos, en mayor o menor grado, la capacidad de percibir, recordar, tomar decisiones, resolver problemas y aprender en otros macro y microorganismos con los que estamos emparentados y compartimos este planeta. Somos criaturas tan singulares como cualquier otra.

47

La idea rectora del proyecto científico es la presunción de la singularidad o excepcionalidad del animal humano. ¿Somos tan únicos como nos dicen? Solo si asumimos que el hombre no es la medida de todas las cosas, será posible un «renacimiento» del humanismo. Esta paradoja retrata nuestra sociedad tecnocapitalista.

48

Llevamos tanto tiempo convencidos de la singularidad de nuestra especie, que nos olvidamos de que el primate humano jamás hubiera existido si las plantas no hubieran modelado la biosfera a lo largo de cientos y cientos de millones de años, creando así las condiciones idóneas para la aparición de los sapiens en la Tierra. Somos solo unos recién llegados a la fiesta de la vida, pero nos gusta vernos como los protagonistas de la historia natural. Si nos dejamos llevar por este complejo de superioridad y seguimos actuando con imprudente temeridad, corremos el riesgo de caer en el verdor del olvido, y la flora colonizará las ruinas de nuestra civilización, dando un nuevo sentido al viejo mito bíblico de la expulsión del Paraíso. La Tierra continuará girando, con o sin el animal humano.

49

Por culpa de nuestra arrogancia antropocéntrica padecemos una ceguera vegetal que nos impide reconocer la impagable deuda que hemos contraído con las plantas. Sin ellas no habría animales, y el primate humano no representa ninguna excepción. La flora no es el telón de fondo ni el decorado de una historia natural protagonizada por los sapiens, sino la condición de posibilidad de nuestra existencia. Por más empeño que pongamos en inventariar los miembros del reino vegetal y bautizarlos con impronunciables nombres en latín, somos nosotros los que estamos subordinados a ellos.

50

¿Por qué siendo los seres vivos más abundantes del planeta (aproximadamente el 80 por ciento de la materia orgánica), las plantas no han merecido apenas la consideración de los filósofos? ¿Cómo es posible que, a pesar de haber dado probadas muestras de entendimiento, suficiencia y buen juicio, hayan sido ninguneadas por los amantes de la sabiduría? ¿Qué explicación dar a la ceguera vegetal de quienes precisamente instan a abrir los ojos y pensar por uno mismo? Si las grandes mentes han hecho caso omiso de la inteligencia verde, ¿qué otras cosas pueden haber pasado por alto?, ¿en qué más pueden haberse equivocado?

51

El jardín, ese trozo de naturaleza domesticada para solaz y provecho humano, es un invento de la civilización urbana, nacida tras la revolución agraria, que supuso un cisma copernicano en el mundo de los cazadores recolectores nómadas del Paleolítico y su relación umbilical con la tierra. Todavía respiramos por esa herida abierta. Así se explica la psicología bipolar que preside nuestra relación con la naturaleza, a la que, al mismo tiempo, veneramos y maltratamos.

52

Si el bosque es la patria originaria del primate humano, el jardín representa el mito fundacional de las civilizaciones agrarias. Así como nuestra arquitectura ósea y nuestro primitivo cerebro se modelaron en contacto con los árboles, el cultivo sembró de metáforas y símbolos nuestro imaginario colectivo.

53

El polímata renacentista Giovan Battista della Porta, por muchos considerado el príncipe de los fisionomistas, publicó en 1591 un tratado bellamente ilustrado, en el que correlacionaba la morfología de las personas y de las plantas, en un intento de demostrar la unidad anímica de todos los organismos. Esta obra tan erudita como peregrina, titulada Phytognomonica, establece insospechadas analogías entre el cabello, los dientes, las manos y otras partes de la anatomía humana y el diseño de las ramas, las raíces y las flores de ciertos vegetales. Los parecidos, fundados en dudosas autoridades, puede que sean menos fantasiosos de lo que parecen. Hay una poderosa razón para que algunos de nuestros rasgos corporales se asemejen a los de las plantas: tenemos un origen común. Los vestigios de un pasado evolutivo en que nuestros linajes aún no se habían separado son reconocibles a simple vista. Nuestras huellas digitales recuerdan a las anillas anuales de crecimiento de los árboles, por no mencionar nuestro tronco o torso y nuestras extremidades superiores e inferiores, parecidas a ramas y raíces.

54

Mucho antes de que Ernst Haeckel acuñara en 1866 el término ecología, que luego se popularizaría, los jardineros ya asumían el compromiso de cuidar de la tierra, apreciaban la belleza vegetal y se esforzaban por entender las plantas. Desde el más suntuoso parque histórico al más humilde huerto doméstico de un suburbio cualquiera, todos los jardines representan esbozos del paraíso terrenal, y este es el arquetipo de todas las utopías concebidas por la humanidad a lo largo de los siglos.

.

.

«Está claro que no podemos deshacer los cambios nocivos que hemos introducido en el clima y en la biosfera sin la ayuda de las plantas, pero, para que funcione nuestra asociación con ellas, tenemos que aprender a verlas de forma distinta».[7]

PACO CALVO, PLANTA SAPIENS

«Indíquenme dónde empieza el árbol: si en la semilla o en el fruto que antes envolvía a esa semilla. O tal vez en la rama de la que germinó la flor que más tarde fue ese fruto. O en la propia flor, ¿me siguen? Nada es tan sencillo como parece».[8]

ALIA TRABUCCO, LIMPIA