Introducción

Introducción

En 1913, Nicolás II conmemoró el tricentenario de la dinastía Románov sin reparar en gastos. Se celebraron solemnes oficios de alabanza y agradecimiento. Hubo banquetes y desfiles militares en los que se cantó «Dios salve al zar». El emperador y su esposa Alejandra visitaron santuarios religiosos en provincias, donde se alimentaron gracias al acogedor campesinado local. La industria era floreciente y las exportaciones agrícolas prosperaban. Había paz en las fronteras del imperio y Nicolás creía que Rusia podía defenderse de cualquier potencia extranjera hostil. Su diario no mostraba ningún signo de preocupación por lo que pudiera acecharlos a él y a su familia. Su complacencia era infundada, y en apenas cuatro años perdería el trono y el imperio en su antigua forma dejaría de existir.

¿Por qué se derrumbó la monarquía imperial rusa en la Revolución de Febrero de 1917? ¿Cómo se explica que el Gobierno provisional no supiera gestionar la inestable situación que heredó? ¿Y cómo llegaron los comunistas al poder en octubre de ese año e impusieron su dominio tras años de guerra civil? Esas preguntas han ocupado la mente de las generaciones posteriores porque la Revolución de Octubre de 1917 en Petrogrado cambió el curso de la historia mundial. Los dirigentes comunistas impusieron una forma de despotismo que llegó a conocerse como totalitarismo. El Estado soviético extendió sus tentáculos y antenas a todos los ámbitos de la existencia pública y privada. El comunismo asumió el control gubernamental de la economía. La policía secreta acabó con la oposición política abierta. Los medios de comunicación se convirtieron en un monopolio oficial. En Moscú, se creó la Internacional Comunista para extender el comunismo por todo el mundo. La URSS se convirtió en una potencia económica y militar que contribuyó decisivamente a la derrota del Tercer Reich. La expansión de la influencia del comunismo prosiguió. En la década de 1950, un tercio de la superficie terrestre estaba gobernada por administraciones comunistas. La Unión Soviética, dotada de armas nucleares, libró la Guerra Fría contra Estados Unidos y sus aliados de la OTAN.

Este libro examina el hervidero de acontecimientos que tuvieron lugar entre 1914 y 1924. El estallido de la Gran Guerra ocasionó profundos trastornos en el Gobierno, la administración, la política, la economía y la sociedad imperiales. Nicolás II se vio obligado a abdicar en febrero de 1917. Meses después, el partido bolchevique, que a principios de año solo contaba con unos pocos miles de miembros y escasos seguidores políticos, derrocó al Gobierno provisional de Aleksandr Kerenski en la capital rusa, Petrogrado. Fue un resultado que dejó atónita a la gente de la época. Los interrogantes sobre los acontecimientos y situaciones que lo produjeron siguen dejándonos perplejos hoy en día, y esos interrogantes me animaron a escribir los capítulos que siguen. Hay muchas obras excelentes sobre la guerra, la revolución y la guerra civil en Rusia, y existen casi tantas perspectivas como obras. Pero en muchas está ausente uno de los aspectos principales que exploro aquí, esto es, la manera en que la gente «corriente» afrontó –o no– la desestabilizadora alteración de los asuntos rusos y mundiales desde el comienzo de la Gran Guerra hasta mediados de la década de 1920.

Por supuesto, la miseria y la decepción distaban mucho de ser la historia completa. La Revolución de Febrero fue recibida con júbilo casi universal, y la Revolución de Octubre alegró inicialmente a sus partidarios. Proliferaron nuevas iniciativas sociales. Se proclamó la liberación. Pero las ruedas del cambio no tardaron en rodar en dirección contraria. La dictadura, la mala administración, el terror, la limpieza étnica, la persecución social y el hambre oscurecieron la vida de la sociedad.

Es comprensible que los escritores se hayan centrado tradicionalmente en los protagonistas. Pero el resultado es que las experiencias de la gran masa de la población –las esperanzas, los logros, las desilusiones y los sufrimientos– a menudo quedan fuera de la panorámica general. Nos han llegado memorias excepcionales que pueden cubrir muchas lagunas, pero no todas. Por suerte, existen diarios excepcionales, aunque olvidados, como los del suboficial Alekséi Shtukáturov, el campesino Aleksandr Zamáraev y el administrador de cuentas Nikita Okunev, que ofrecen una vibrante documentación de su época que ningún memorialista ha igualado. Contribuyen a corregir la creencia generalizada de que «las masas» no tenían capacidad para pensar por sí mismas y se limitaban a aceptar la explicación de los acontecimientos que les ofrecían los gobernantes o los revolucionarios. Además, diaristas de un estatus social más elevado como Lev Tijómirov, Shloime Rappaport Anski, Raquel Jin-Goldovskaya y Aleksandr Blok son un antídoto contra la idea de que todos los que tenían dinero compartían la mentalidad autocomplaciente que cautivó fatalmente a las clases altas. Ajenas a las penurias materiales al principio de la Gran Guerra, se vieron asoladas por un aluvión de problemas a partir de 1917.

No podemos creernos automáticamente los diarios, pero demuestran de manera convincente que los súbditos del emperador Nicolás II y los ciudadanos de la Rusia soviética no fueron meras víctimas pasivas de la historia. La mayoría fueron víctimas en un sentido u otro, y millones de personas corrieron una suerte espantosa. Muchos otros, tanto antes como después de 1917, fueron victimarios, y sus mandos, fusiles e intolerancia ideológica sometieron a la sociedad a un tormento. Para ofrecer un retrato polifacético recurro a todo tipo de fuentes primarias a fin de establecer cómo la gente sobrellevó y sobrevivió a los problemas que la asediaban.

El Imperio ruso y la URSS, su Estado sucesor, abarcaban una sexta parte de la superficie terrestre y una multiplicidad de grupos nacionales y sociales. La diversidad de credos, etnias, opiniones y ambiciones era notable tanto bajo los zares como bajo los comisarios. La agitación de los acontecimientos durante la guerra y la revolución puso a prueba la capacidad de todos para comprender lo que estaba ocurriendo. A menudo, los propios líderes se confundían en sus análisis. Esto era tan cierto en el caso de Nicolás II, Aleksandr Kerenski, Vladímir Lenin y Lev Trotski como en el de aquellos que se encontraban en los escalones más bajos del poder o no ostentaban ninguno. A su manera, todos cometieron errores de apreciación sobre las circunstancias a las que se enfrentaban. En cualquier caso, la medida de la eficacia del liderazgo dependía de la resistencia de las instituciones y las personas a través de las cuales gobernaban los dirigentes. El emperador Nicolás tuvo, en el mejor de los casos, un historial irregular a lo largo de varias décadas. Kerenski lo hizo tan bien como cabía esperar. Lenin y Trotski supervisaron la construcción de un orden estatal que demostró ser más fuerte de lo que sus enemigos nacionales y extranjeros creían posible. Kerenski fue el único que se mostró reacio a utilizar la violencia contra sus súbditos. Incluso los partidarios de las campañas de represión se vieron obligados a hacer concesiones a las demandas populares. A pesar de las apariencias, gobernar Rusia nunca ha sido fácil.

El libro sortea los escollos de una narrativa exclusivamente política o militar e incluye en su brújula todo el panorama social, económico, cultural y religioso. Se tienen en cuenta todos los sectores de la sociedad, tanto en el Imperio ruso como en el Estado soviético que lo sucedió. El paisaje es tratado deliberadamente como una unidad y los enredos de la política y la vida cotidiana son una preocupación primordial. Los puntos focales alternan entre la sociedad en su conjunto y determinados individuos. Un creyente ortodoxo también podía ser comerciante o voluntario para el servicio militar y, en consecuencia, tenía una multiplicidad de necesidades y deseos, y los capítulos ponen de relieve las complejidades de la elección personal a lo largo de muchos años. Se dedica espacio a la notable variedad de circunstancias entre las naciones, regiones y religiones.

Asimismo, la guerra constante fue el sangriento telón de fondo de los años aquí tratados. La Gran Guerra y la guerra civil afectaron a la vida cotidiana de todos, incluso cuando los frentes militares se encontraban a cientos de kilómetros de distancia. Las luchas políticas posteriores a 1917 se resolvían con armas letales. El país también se vio sacudido por los choques de los levantamientos regionales y sociales, desde los rebeldes musulmanes de Asia Central en 1916 hasta los insurgentes verdes del campo ruso y ucraniano de 1920 a 1922. Sin embargo, las sublevaciones por sí solas no lo eran todo. Hubo millones de personas que se mantuvieron al margen de todos los combates; de hecho, eran la mayoría de la población. Intentaban pasar sus días con seguridad y comida suficiente en el estómago. La política era un interés minoritario. Esto es cierto en la mayoría de los países en la mayoría de las épocas. En Rusia siguió siendo así a pesar de las decididas campañas de propaganda oficial llevadas a cabo por las sucesivas administraciones. El anhelo de paz era generalizado y profundo.

Los grandes acontecimientos se erigen en hitos de esta trayectoria histórica. Cada uno de ellos supuso turbulencias y sorpresas: la Gran Guerra, la caída de la monarquía Románov en la Revolución de Febrero, la llegada al poder del Gobierno provisional, el golpe militar de Kornílov, la toma del poder por los comunistas en la Revolución de Octubre, los decretos soviéticos iniciales, la paz de Brest-Litovsk, la plétora de guerras civiles e interestatales, la guerra polaco-soviética, la introducción de la Nueva Política Económica y la consolidación del Estado comunista de partido único.

En el camino había curvas cerradas y fuertes baches, y comienzo el relato sondeando la importancia de la Gran Guerra en la configuración de lo que sucedió después. Aparte de las operaciones militares, las condiciones en la extensa zona de guerra detrás de las líneas del frente exigen una investigación. A finales de 1916, la perturbación de los asuntos civiles por las propias fuerzas armadas del imperio debió de contribuir sobremanera a crear un ambiente político combustible. El año siguiente dio lugar a dos revoluciones, en febrero y octubre según el calendario juliano. Los meses cruciales del Gobierno provisional merecen más atención de la que han recibido recientemente, por lo que dedico el segundo tercio del libro al periodo en el que el emperador Nicolás II se convirtió en el ciudadano Nicolás Románov y parecía altamente improbable que los bolcheviques pudieran ser aspirantes realistas al poder supremo. En cuanto a los primeros años soviéticos, subrayo la victoria por un estrecho margen de los rojos sobre sus enemigos. Los últimos capítulos muestran lo cerca que estuvieron los bolcheviques del desastre incluso después de la guerra civil. Habitualmente, las reformas comunistas de 1921 se describen como el golpe maestro de Lenin con su oportuno compromiso. Yo demuestro, espero que de forma convincente, que Lenin tuvo que ser arrastrado, tambaleándose y gimiendo, para que realizara los cambios y que su partido se enfureció por ellos tanto en ese momento como después.

El libro también analiza por qué los Gobiernos de la década transcurrida desde mediados de 1914 –el Consejo Imperial de Ministros, el Gobierno provisional y el Sovnarkom (y el Politburó y el Comité Central del Partido)– actuaron como lo hicieron aun cuando sus decisiones amenazaban su propia eficacia o supervivencia. ¿Cuáles eran, en su opinión, las limitaciones y las oportunidades? ¿Qué ideas motivaban a los ministros y comisarios? Para responder a estas preguntas, he leído el mayor número posible de documentos oficiales. Que yo sepa, es la primera vez que alguien lo hace, y las deliberaciones en los ministerios y comisariados del pueblo me han llevado por muchos caminos nunca transitados.

También se hace hincapié en las conexiones entre la alta política y las presiones que emanaban de instituciones de niveles inferiores, así como de grandes grupos sociales. Pero una cosa es afirmar esto y otra explicar la cadena de interacción. Las protestas de los trabajadores industriales tanto contra Nicolás II como contra el Gobierno provisional de 1917 tuvieron una importancia decisiva. Pero lo que normalmente ha quedado fuera de la panorámica es la facilidad con la que los comunistas suprimieron el movimiento obrero ya en 1918, y aquí explico cómo la dirección comunista se volvió contra la misma clase social en cuyo nombre tomó el poder. El campesinado opuso mayor resistencia. Los campesinos no desempeñaron ningún papel directo en la caída de la monarquía Románov ni llevaron a cabo ninguna insurrección contra el Gobierno provisional. Pero influyeron en los acontecimientos obstruyendo la política oficial de guerra sobre el comercio agrícola y llevando a cabo confiscaciones ilegales de tierras en 1917. Posteriormente, también se negaron a cooperar con el Gobierno soviético. Las cuestiones de la propiedad de la tierra y los derechos comerciales de los campesinos fueron los problemas internos más agudos para las administraciones desde Nicolás II hasta los soviéticos. Los campesinos tenían la capacidad de socavar todo lo que las sucesivas autoridades trataban de imponer, al menos hasta que se desplegó todo el poderío del Ejército Rojo en 1921 y 1922. El impacto del campesinado merece una reevaluación.

Para comprender todo esto es necesario arrojar luz sobre el grado de integración administrativa, política, económica y cultural en el viejo Imperio ruso y el joven Estado soviético. Aunque el Estado gobernaba con dureza cuando podía reunir la potencia armada necesaria contra sus enemigos en la década posterior a 1914, siempre dependió de un mínimo de consentimiento rural. Aquí investigo la paradoja de que en muchos sentidos Rusia estuviera infracontrolada y al mismo tiempo sobregobernada para calibrar la eficacia de los comunistas a la hora de fundar un núcleo administrativo en la ciudad y que el campo hiciera lo que se le ordenara.

Otro objetivo es investigar el inverosímil triunfo de los comunistas sobre tantos enemigos políticos y militares formidables. Inventaron un nuevo tipo de Estado, aterrador en su opresión y extravagante en sus pretensiones de benevolencia. La URSS en su nacimiento fue única. La versión habitual de los primeros tiempos del Estado soviético, contada por historiadores de todo el espectro político, desde la derecha hasta la izquierda, en las primeras décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, era que los bolcheviques hicieron su revolución de acuerdo con sus planes y prácticas de siempre. Examinaré los muchos otros factores importantes, incluidas las reacciones improvisadas y la pura suerte, así como la enrevesada situación geopolítica, que influyeron en los resultados. Mi deseo es poner al descubierto hasta qué punto los comunistas avanzaron en una formación premeditada y en qué medida elaboraron la ruta a medida que avanzaban. Fue un proceso complejo, y una posibilidad que hay que probar es que, aunque los comunistas siguieron el camino de una dictadura de partido único, se inspiraron siempre –especialmente los dirigentes comunistas– en un conjunto de actitudes que los hacían propensos a elegir ese destino en lugar de los otros disponibles.

Todo esto requiere una valoración de hasta qué punto las políticas del partido fueron establecidas por la dirección comunista central o estuvieron condicionadas por la presión que ejercían las opiniones de los comunistas veteranos en los niveles inferiores de la jerarquía política. Lenin, Trotski, Kámenev, Zinóviev y Stalin no fueron los únicos que fijaron el programa del bolchevismo. Aunque su influencia fue enorme, hay que reconocer que un amplio consenso sobre muchas políticas unió al partido bolchevique en pensamiento y práctica.

Tras la Gran Guerra, el mundo no volvió a ser el mismo. Rusia y su imperio quedaron destrozados y transformados. Existía cierta continuidad, pero el cambio era la característica fundamental a nivel político. Revolucionarios desconocidos y elocuentes como Lenin y Trotski se convirtieron de repente en figuras políticas mundiales. Demostraron ser capaces de gestionar tan bien el caos como sus homólogos de los países capitalistas. En Europa y Estados Unidos, los comunistas cosecharon un número importante de seguidores entre una minoría de organizaciones socialistas. Aunque el fascismo europeo no fue exclusivamente una reacción a la Revolución de Octubre, el comunismo sin duda fue un factor de peso a la hora de provocar la furiosa aparición de la extrema derecha política. Esto me lleva de nuevo a mi propósito principal, que es contar cómo Rusia se sumió en una crisis elemental de Estado y sociedad entre 1914 y 1916 y sucumbió a un tumulto de libertad en 1917 antes de verse dominada por el tipo de orden político y social que nadie había predicho o imaginado posible. En siglos y milenios anteriores se habían formado administraciones despóticas de todas las formas y tamaños, pero nunca había existido nada parecido a la URSS. No tenía precedentes en cuanto a estructura organizativa y ambición ideológica, e introdujo una nueva y formidable pieza en el tablero de la geopolítica.

Por encima de todo, este es un libro de exploración. Al escribirlo he modificado o sustituido muchas ideas sobre el destino de Rusia en los años en que se normalizó el derramamiento de sangre de civiles inocentes. A muchos comunistas –en cierta medida, probablemente a casi todos– les sorprendió la magnitud de la opresión que adquirió permanencia en su propio orden comunista soviético, pero a mediados de la década de 1920 se habían acostumbrado a vivir y trabajar entre sus muros. Su autocomplacencia fue imprudente. En pocos años, apenas más de una década, la mayoría de ellos pagarían con sus vidas el no haber impedido la consolidación de un despotismo totalitario. Hay pocos episodios en la historia del mundo moderno que merezcan tanta atención.

Primera parte(izquierda)del mapa del imperio ruso, con fecha de enero de 1914, delimitado de norte a sur por Finlandia, elImperio Alemán, Austria-Hungría, Rumanía, Imperio otomano, Persia, Afganistán, Mongolia y China.

Segunda parte (derecha) del mapa del imperio ruso, enero de 1914

Mapa de Rusia en la gran guerra, 1914-1918. Aparece una línea que marca la frontera internacional, la zona d eguerra imperial en 1914, la línea de demarcación de diciembre de 1917 y la frontera del Titulado de Brest-Litosik.

Mapa de los frentes de la guerra civil, 1918-1921

Primera parte (izquierda) del mapa del resultado de la Unión Soviética, enero de 1924

Segunda parte (derecha) del mapa de la Unión Soviética, enero de 1924

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Sin billete de vuelta: La declaración de guerra rusa

Si alguna vez un gobernante ruso tuvo que tomar una decisión existencial para sus dominios, ese fue Nicolás II, emperador de todas las Rusias, en el caluroso verano de 1914. La diplomacia europea había entrado en crisis tras el asesinato en junio del archiduque austriaco Francisco Fernando, heredero del trono de los Habsburgo, en Sarajevo. El joven serbobosnio Gavrilo Princip, autor de los disparos mortales, fue detenido rápidamente junto con sus socios, en su mayoría serbios. Austria-Hungría culpó a las autoridades serbias de haber conspirado en el asesinato. En San Petersburgo se debatió qué hacer si Serbia era atacada. A Viena le pareció que las autoridades serbias habían intentado subvertir de nuevo la lealtad de los súbditos eslavos sureños del emperador Francisco José.

El asesinato en los Balcanes hizo saltar el circuito eléctrico de la diplomacia en Europa. El Viejo Continente ha sido descrito como una casa de tinieblas cuyos propietarios caminaban sonámbulos hacia el desastre. Habían tenido años para evaluar los peligros de un conflicto pancontinental. Rusia había recibido frecuentes provocaciones, pero Nicolás se echaba atrás en el último momento. Otros gobernantes compartían su temor a una guerra total. El problema era que solo experimentaban esos miedos de forma intermitente y, después de tantos enfrentamientos diplomáticos, daban por sentado que cualquier crisis podría resolverse en algún momento. Así, austriacos, alemanes y rusos hacían cosas que sus rivales consideraban provocadoras. Más que sonámbulos, parecían jugadores cansados cuya capacidad de juicio se había visto mermada. Algunos confiaban en que, si no podía evitarse la guerra, esta quedaría confinada a los Balcanes. Todos pensaban que si desembocaba en un conflicto más amplio entre las grandes potencias, el periodo de combate sería breve. Nadie en el poder imaginaba la probabilidad de un enfrentamiento militar prolongado. Mientras las ruletas giraban en Viena, Berlín y San Petersburgo, a quienes tenían las fichas les inquietaban poco las posibilidades de perderlas.

Los diplomáticos estaban acostumbrados a afrontar conflictos regionales limitados. De repente tenían ante sí la posibilidad de una guerra mucho mayor que cualquiera de las que se habían producido desde que los ejércitos de Napoleón arrasaron el continente. Los austriacos actuaban de forma temeraria, pero sabían que detrás de ellos estaba la Alemania imperial. Berlín, al descubrir que era poco probable que Serbia aceptara las condiciones de Viena, temía que los rusos se vieran arrastrados al embrollo. En los círculos dirigentes alemanes ya había nerviosismo por el aumento del poder militar y económico ruso. Algunos consejeros del káiser Guillermo II lo presionaron para que luchara contra Rusia antes de que ese poder se volviera irresistible. Guillermo se dejó influir por tales pensamientos y la diplomacia alemana animó a las autoridades austriacas a dar el fatídico paso que ya había decidido: la invasión de Serbia. Los líderes militares alemanes reexaminaron sus planes de contingencia para una futura guerra en Europa. Durante mucho tiempo, su idea había sido aplastar a Francia mediante una campaña relámpago a través de la Bélgica neutral. La última crisis de los Balcanes acentuó las tensiones entre las grandes potencias europeas. Los dirigentes franceses se enfrascaron en un juego delicado que endureció la voluntad rusa de adoptar una postura firme contra la agresión de los Habsburgo y al mismo tiempo aseguraron a los británicos que no querían la guerra. Gran Bretaña, cuyos tratados con Francia y Rusia incluían disposiciones de defensa mutua, aún no había anunciado qué haría si los rusos decidían atacar a Austria-Hungría.

El 7 de julio, el presidente de Francia, Raymond Poincaré, inició una visita de Estado a San Petersburgo, programada desde hacía tiempo, mientras se agudizaba la crisis internacional. Siguieron días de desfiles militares, cenas y paseos en barco. Poincaré animó a Nicolás a mantenerse firme en la cuestión serbia.[1] El último día de Poincaré en suelo ruso, los austriacos enviaron un ultimátum a Serbia exigiendo la liquidación de los grupos terroristas y su propia participación en la investigación criminal. Si los serbios desobedecían sus condiciones, habría guerra. Nicolás recibió una copia del ultimátum el 12 de julio y comprendió de inmediato que dichas condiciones eran «inaceptables para un Estado independiente».[2]

Ni Nicolás ni sus diplomáticos conocían aún el endurecimiento de la resolución alemana contra el compromiso. Nicolás estaba de vacaciones con su esposa Alejandra y sus cuatro hijos en Peterhof, en el golfo de Finlandia. Se alojaban en la residencia de verano, Alejandría, o la Granja, como ellos la llamaban. Situada unos cuarenta kilómetros al oeste de San Petersburgo, les proporcionaba un respiro anual del bullicio público diario. La familia imperial se reunía por las tardes para tomar el té y Nicolás jugaba al tenis cuando salía el sol. Por la noche le gustaba jugar a los dados o al dominó. Él y Alejandra vivían a la sombra de la hemofilia de Alekséi, su hijo y heredero. Nacido en 1904, Alekséi a menudo estaba gravemente enfermo. A Alejandra la corroía la culpa, sabiendo que había heredado el gen de ella. La incurabilidad de su afección era un secreto de Estado a fin de evitar que se cuestionara la capacidad física de Alekséi para ocupar el trono. Mientras esperaban y rezaban por un tratamiento que aliviara la enfermedad, marido y mujer vivían lo mejor que podían. Sentían una pasión física duradera el uno por el otro y la suya era una familia feliz y devota.[3]

Pero el emperador ruso no podía ignorar la crisis de los Balcanes y era su deber decidir cómo tenía que reaccionar Rusia. Si Austria-Hungría se negaba a retirar su ultimátum, ¿debía limitarse a lanzar una reprimenda y expresar su simpatía por la difícil situación de Serbia o debía anunciar el estado de guerra entre los dos mayores imperios de Europa? Antes de ordenar a sus fuerzas que entraran en guerra, debían tener en cuenta la probabilidad –casi la certeza– de que Alemania se uniera al conflicto en el bando de los Habsburgo. Y no estaba nada claro que Rusia pudiera contar con Gran Bretaña o incluso Francia como aliados, aunque Europa entera se vería arrastrada a la lucha casi con total seguridad. ¿Quién saldría vencedor y a qué terrible precio se lograría la victoria? La paz, sin embargo, era una opción casi tan espinosa como la guerra. Si evitaba la acción militar sin una garantía de independencia serbia, ¿cómo haría frente a las inevitables críticas de los parlamentarios rusos, la prensa conservadora y liberal y un amplio estrato de la opinión pública? ¿Y las otras grandes potencias seguirían tratando a Rusia como a uno de los suyos cuando surgiera la próxima disputa seria en Europa o Asia?

Al igual que sus primos Guillermo II y Jorge V, Nicolás no era un gran pensador, y apenas se había esforzado en escapar de los límites intelectuales de su educación. Aunque leía con diligencia los informes de los ministros, carecía de curiosidad y era profundamente conservador y complaciente. Solo hacía concesiones políticas bajo una presión intensa.

Nicolás, un dinasta orgulloso pero inadecuado, era consciente de su ascendencia de emperadores, que habían expandido el Imperio ruso en los dos siglos anteriores. Sentía la necesidad de demostrar que era un digno sucesor. Su padre, Alejandro III, había celebrado sin cesar la victoria rusa ante el todopoderoso Napoleón en 1812. A Nicolás le habían enseñado a ver el éxito marcial como la piedra angular de la legitimidad de la dinastía. Como heredero al trono, Nicolás se había formado en un regimiento de guardias y siempre se sentía capaz de relajarse en el comedor de oficiales, aprovechando cada oportunidad que tenía para vestir de uniforme. En junio de 1914 había viajado al mar Negro, donde inspeccionó «las maravillosas fuerzas del distrito militar de Odesa».[4] Siempre le gustaba estar al tanto de los navíos y las piezas de artillería que se producían en las fábricas rusas. El honor personal, dinástico e imperial se entrelazaban en sus cálculos sobre política exterior en un mundo que estaba cambiando peligrosamente.

Sabía que Rusia no podría competir con las otras grandes potencias si no se equiparaba a ellas en modernidad industrial y cultural. Sus ministros tenían permiso, dentro de unos límites, para llevar a cabo cambios en educación y asuntos agrarios. Pero sus instintos lo llevaron en otra dirección. Sentía que Rusia había perdido parte de su alma cuando Pedro el Grande emprendió el camino de la occidentalización. Para distinguirse de la orientación de Pedro, a menudo vestía un traje similar al que llevaba su antepasado, el zar Alekséi, en el siglo XVII, y con frecuencia visitaba santuarios provinciales venerados por los campesinos rusos.

La humillación de Rusia después de que ordenara a sus fuerzas armadas entrar en guerra contra Japón en 1904 fue una vergüenza personal. La imprudente subestimación del progreso industrial japonés había conducido a una aplastante derrota. El 9 de enero de 1905, una procesión pacífica de trabajadores de la capital y otros residentes que pedían reformas políticas y civiles fue tiroteada por las tropas frente al Palacio de Invierno. Cientos de personas resultaron muertas o heridas y su sangre tiñó la nieve frente al edificio. Nicolás no había ordenado la acción –ni siquiera se encontraba en la capital en ese momento–, pero la opinión pública lo culpó de la masacre. Todas las ciudades del imperio se vieron envueltas en tumultos y los obreros industriales eligieron sus propios sóviet (o consejos) para luchar por sus intereses. El Sóviet de San Petersburgo llegó a cuestionar toda la base del poder monárquico antes de que sus líderes fueran arrestados. El Sóviet de Moscú intentó un levantamiento armado y fue reprimido encarnizadamente. Los disturbios se extendieron a las aldeas y los campesinos se apoderaron de las tierras y otras propiedades de los terratenientes. La nobleza se mostró impotente para defender sus posesiones. Nicolás mantuvo el trono a pesar de los motines en las fuerzas armadas imperiales, ya que conservó suficiente lealtad en regimientos clave del ejército como para organizar una campaña exitosa contra los rebeldes, y la marea revolucionaria empezó a menguar.

Aun así, las rebeliones obligaron a tan orgulloso autócrata a aprobar la elección sin precedentes de un Parlamento –o Duma Estatal–, que podía bloquear la introducción de leyes que merecieran su desaprobación. Se anunciaron derechos civiles. Se legalizaron los sindicatos, aunque con la disposición de que debían funcionar a escala local. Los partidos políticos obtuvieron permiso para hacer campaña públicamente. Se abolió la censura previa a la publicación. Se estaba gestando un orden semiconstitucional, y los más optimistas creían que la modernidad estaba llegando al Imperio ruso.

Sin embargo, Nicolás se sentía molesto con el orden político reformado que había concedido. Al suceder a su padre, había jurado gobernar como un autócrata. Desconfiaba de la Duma, que se reunió en 1906 con una problemática mayoría radical, y la cerró al cabo de diez semanas. Su recelo hacia los parlamentarios liberales alcanzó su punto álgido cuando el Partido Democrático Constitucional –conocido como los kadetes– pidió a sus partidarios que retuvieran sus impuestos al Gobierno y se negaran a entregar reclutas a las fuerzas armadas. La crisis pasó, pero cuando la segunda Duma resultó igual de ingobernable, Nicolás ordenó una nueva redacción de las normas de sufragio para aumentar el número de escaños disponibles para los terratenientes conservadores. Los cambios electorales fueron ideados por su primer ministro, Piotr Stolipin, que como ministro de Interior había llevado a cabo una sangrienta represalia contra los campesinos que se habían sublevado contra sus terratenientes. Stolipin era partidario de un conservadurismo dinámico. Intentó ganarse el apoyo del Partido Octubrista, una formación liberal-conservadora que aceptaba las recientes medidas como base para colaborar con el Gobierno imperial. Los elementos reaccionarios de la corte temían tal asociación, pero inicialmente Nicolás se mostró dispuesto a permitir que Stolipin probara el experimento.

Sin embargo Nicolás había heredado la hostilidad visceral de su padre hacia los judíos del imperio, pues creía que si Rusia quería alcanzar alguna vez la cima del éxito mundial, tenía que librarse de esas influencias «externas». Creía en la autenticidad de Los protocolos de los sabios de Sion, una vil falsificación antisemita según la cual los líderes religiosos y empresariales judíos conspiraban para destruir la civilización. Consideraba a los judíos los principales responsables de los disturbios revolucionarios de 1905 y 1906. Nicolás incluso aceptó un carné de miembro de la Unión del Pueblo Ruso, cuyas doctrinas fomentaron los pogromos antijudíos que tuvieron lugar antes de la guerra.[5]

Aunque Stolipin no pudo moderar las actitudes antisemitas de su soberano, contaba con la aprobación de una innovadora política agraria que animaba a los campesinos a abandonar sus aldeas para establecer granjas caseras independientes; creía que el colectivismo comunal era una de las causas del conato de revolución de 1905 y 1906. Sin embargo, el campesinado mostraba hostilidad, y a menudo violencia, contra quienes optaban por independizarse del colectivo. Stolipin modificó la reforma para dificultar que una comuna rechazara las solicitudes de separación, pero esto no sirvió para disipar la hostilidad generalizada. Otro motivo de frustración para Stolipin fueron los informes de que algunos de los que solicitaron la separación habían vendido o alquilado las tierras que adquirieron. La reforma de Stolipin se tambaleó desde sus inicios, y él argumentaba que no solo necesitaría décadas para prosperar, sino que Rusia debía gozar de un extenso periodo de paz. Piotr Durnovo, el exministro de Interior, lo expresó más crudamente en un memorándum que envió a Nicolás a principios de 1914, advirtiendo de la fragilidad de las relaciones internacionales en Europa y del peligro de entrar en guerra con Alemania. Si Rusia salía derrotada, el resultado más probable era una revolución socialista.[6]

Pero evitar un conflicto militar se había vuelto una tarea compleja tras las recientes crisis diplomáticas. Alemania y Austria-Hungría eran la principal causa de preocupación rusa. Las autoridades alemanas apoyaban la construcción de un ferrocarril desde la costa turca, atravesando el Imperio otomano hasta Bagdad. El estrecho de los Dardanelos era un punto delicado para los planificadores navales de San Petersburgo, así como para los terratenientes y comerciantes cuyas exportaciones de grano dependían del acceso al Mediterráneo. Cuando Italia atacó Libia, gobernada por los otomanos, en 1911, estos cerraron la salida del mar Negro a los barcos rusos en un vano intento de convencer a Rusia de que presionara a los italianos para que desistieran.[7] En consecuencia, Nicolás y sus ministros creían que era crucial apoderarse de Constantinopla y los Dardanelos en cuanto surgiera una oportunidad propicia. Pero era un objetivo imposible a menos que se produjera una gran guerra europea.[8] Rusia estaba alineada con Francia y Gran Bretaña, ninguna de las cuales veía con buenos ojos las ambiciones de San Petersburgo en Oriente Próximo, que a mediados del siglo XIX habían desembocado en la guerra de Crimea. Pero, desde entonces, las ambiciones rusas en la región no habían hecho sino aumentar.

Mientras que Berlín trabó amistad con los otomanos en Asia, Viena aprovechó el declive del poder otomano en Europa y en 1908 se anexionó Bosnia-Herzegovina, lo cual provocó un aumento de las tensiones entre el imperio de los Habsburgo y la vecina Serbia. Rusia se puso del lado de los serbios, no solo para apoyar a sus compatriotas eslavos ortodoxos, sino también para impedir la expansión del territorio y la influencia de los Habsburgo. Todos los Balcanes eran una zona de conflicto incesante, y en 1912 y 1913 estallaron no una, sino dos guerras. En la primera, los otomanos fueron expulsados de sus últimas posesiones europeas, mientras que en la segunda los Estados sucesores –Bulgaria, Grecia y Rumanía– se disputaron el botín. Esto complicó la política exterior de San Petersburgo, pero se mantuvo un objetivo básico: no debía permitirse que los Habsburgo se beneficiaran de la agitación.

Nicolás conservaba poderes supremos en cuestiones de guerra o paz. Consideraba a su Consejo de Ministros un conjunto de técnicos que dirigían sus asuntos. El consejo se reunía en el palacio Mariinski, en la parte sur de la plaza de San Isaac, en San Petersburgo, que también era donde el Consejo de Estado celebraba sus sesiones. Ambos asesoraban al soberano, pero este era libre de aceptar o rechazar los consejos. Desde 1906, Nicolás estaba sometido a una Ley Fundamental que estipulaba que ninguna legislación podía entrar en vigor sin la aprobación de la Duma: las medidas agrarias de Stolipin tuvieron que ser introducidas por decreto imperial cuando no consiguió que la Duma las aprobara por mayoría. En cambio, el Consejo de Estado podía bloquear la aprobación de la legislación aprobada por la Duma, y el emperador conservaba el derecho de veto y simplemente le molestaba tener que permitir cualquiera de los compromisos que podrían haber hecho viable el sistema parlamentario. La relación con su primer ministro se deterioró y, cuando Stolipin fue asesinado en 1911, ya había perdido el favor de Nicolás. Este eligió como sucesor al ministro de Economía, Vladímir Kokóvtsov, pero en enero de 1914 también había caído en desgracia. La elección del anciano Iván Goremikin como nuevo primer ministro fue una sorpresa en un momento en que la política nacional e internacional requería un liderazgo enérgico. Sin embargo, Nicolás confiaba en la personalidad «bondadosa» de Goremikin.[9] Era un criterio fatuo para el nombramiento y una señal más de que Nicolás estaba perdiendo el último residuo de sentido común.[10]

Nicolás nunca había sido belicista, pero consideraba que en los últimos años había hecho demasiadas concesiones en materia de relaciones internacionales. Viena y Berlín irritaban constantemente a San Petersburgo. Aunque Nicolás no quería un conflicto, ahora se inclinaba por ordenar una acción militar a menos que Austria-Hungría se retirara de Serbia. Comentó la situación con sus ministros, pero no pasó de ser un breve proceso consultivo. No pidió consejo a los dirigentes de la Duma. Ni él ni el Ministerio de Asuntos Exteriores optaron por hablar largo y tendido en telegramas exploratorios con posibles aliados extranjeros. Nicolás estaba tomando su propia decisión, y su opinión era que Rusia no podía permitirse ceder. Algunos de sus asesores pronosticaron el enorme peligro de entrar en guerra, entre ellos Serguéi Sazónov, el ministro de Asuntos Exteriores, cuyo instinto era hacer un último gran esfuerzo para preservar la paz europea. Otros miembros de la corte pensaban lo mismo, mientras que el santón de la familia imperial, Grigori Rasputín escribió en términos parecidos a Nicolás, prediciendo el desastre para la dinastía y el pueblo ruso.

Pero el 13 de julio Nicolás ordenó al alto mando que tomara las medidas previas a la movilización, el llamado «periodo preparatorio de la guerra».[11] Dos días después, Austria-Hungría declaró la guerra a Serbia. Las conversaciones continuaron de forma irregular a través de embajadores y del telégrafo internacional, pero Nicolás no veía otra alternativa que ordenar la movilización de los distritos militares más cercanos a los territorios de los Habsburgo: Odesa, Kiev, Kazán y Moscú. La determinación de Viena de doblegar a los serbios no había disminuido. El apoyo llegó de Berlín, donde Guillermo II y otros líderes alemanes estaban decididos a evitar una derrota de los Habsburgo y una expansión del poder ruso hacia el oeste. Austriacos, alemanes y rusos estaban dispuestos a arriesgarse a librar una guerra en toda Europa, pero seguían confiando en que, si estallaba un conflicto militar, podría confinarse a los Balcanes. La diplomacia avanzaba más lentamente que los acontecimientos y las prisas por entrar en guerra se precipitaron.

La mañana del 16 de julio de 1914, Nicolás recibió al primer ministro Iván Goremikin. También habló por teléfono con Serguéi Sazónov, el ministro de Asuntos Exteriores, Vladímir Sujomlínov, el ministro de Guerra, y Nikolái Yanushkévich, el jefe del Estado Mayor. El ambiente era agrio. Sazónov opinaba que Nicolás hablaba «con la voz de un hombre poco acostumbrado a comunicarse por teléfono». Nicolás todavía esperaba evitar la guerra si era posible. Intercambió telegramas con su primo Guillermo II, con la esperanza de que la interacción personal de los gobernantes pudiera superar las dificultades de las que hablaban sus ministros y diplomáticos. Todo fue en vano. El emperador ruso, que no era dado a exagerar, dejó constancia de que el día había sido «inusualmente problemático».[12]

También el 16 de julio de 1914, Nicolás firmó una ordenanza por la que se designaba una zona de guerra –o «escenario de actividades militares»– a lo largo de cientos de kilómetros en los territorios occidentales de su imperio. Se trazó una línea desde San Petersburgo hacia el sur, hasta Smolensk, y a lo largo del río Dniéper hasta Odesa. El Estado Mayor había asumido durante años que los enemigos más probables del imperio en la próxima guerra serían Austria-Hungría y Alemania. Se diseñó un plan para que Rusia librara una ofensiva, llevando la campaña a su territorio. La zona debía ser la base desde la que avanzarían las fuerzas rusas. Kiev, Riga, Tallin, Vilna y Varsovia eran algunas de las grandes ciudades de la zona en las que imperaría la ley marcial. La ordenanza disponía que el alto mando ejerciera la autoridad suprema, sujeta únicamente al veto del soberano, sobre los asuntos civiles y militares. Los ministros y gobernadores provinciales debían obedecer a los generales. En toda la zona, la cúpula del ejército determinaría los requisitos de la vida económica, social y judicial. En la red ferroviaria se daría prioridad al transporte de tropas, caballos, armamento y alimentos al frente. El Estado Mayor se situó en la cúspide del poder estatal.[13]

El 17 de julio, Nicolás dio la orden de movilización general. Yanushkévich, Sujomlínov y Sazónov coincidían en que Rusia no tenía otra opción.[14] Se pusieron en marcha los planes para el traslado de tropas al oeste. El impacto en Berlín fue inmediato. Aunque Nicolás aún no había declarado la guerra, era evidente que las fuerzas armadas rusas podían invadir los territorios de los Habsburgo. Alemania reaccionó anunciando el apoyo a su aliado y declarando la guerra a Rusia.

El plan de guerra ruso incluía la necesidad de prepararse para la posibilidad de un conflicto con una alianza austro-alemana. La prioridad en el sector norte sería utilizar las posesiones polacas de Rusia como plataforma desde la que avanzar hacia el oeste a través de Prusia Oriental con el objetivo de tomar Berlín. Los generales y diplomáticos rusos estaban inquietos por las posibilidades del imperio, preocupados por entrar en guerra sin ayuda extranjera. Sus alianzas eran de fiabilidad incierta. La entente franco-rusa, firmada por los Gobiernos en 1894, no aseguraba que los franceses se unieran a los rusos si Nicolás decidía entrar en conflicto con Alemania, pero al menos sus fuerzas armadas habían colaborado. La convención anglo-rusa de 1907 se refería a Persia, Afganistán y Tíbet. Aunque atenuó las viejas tensiones entre San Petersburgo y Londres y existía una creciente cooperación en las cuestiones balcánicas, no se firmó ningún acuerdo que vinculara a los británicos en una alianza militar en caso de guerra en Europa.

El 23 de julio de 1914, Piotr Bark, ministro de Economía, exbanquero y otro de los protegidos de Stolipin, se dirigió a Peterhof para entregar un informe en persona. Allí se encontró con Mijaíl Rodzianko, presidente de la Duma Estatal, que ya estaba esperando para entrevistarse con el emperador. Rodzianko expresó su inquietud por la decisión de Nicolás de sacar a la Duma Estatal de su descanso estival. Bark dijo que un Parlamento activo era esencial si Rusia quería maximizar su unidad política en tiempos de guerra. Rodzianko, poco convencido, exclamó: «Solo seremos un obstáculo para vosotros», una observación clarividente, ya que en pocos meses las tensiones entre el Gobierno y la Duma se agudizarían. En cualquier caso, Bark y Rodzianko coincidían en querer unirse para apoyar las operaciones militares. Cuando hablaron con Nicolás, lo encontraron animado por la noticia de que Gran Bretaña había anunciado su decisión de unirse a la guerra del lado de Francia y Rusia; el emperador ahora podía contemplar con calma la perspectiva de la guerra europea.[15]

Nicolás presidió el Consejo de Ministros en Peterhof el 24 de julio de 1914. Causó sorpresa al anunciar que se nombraría a sí mismo comandante en jefe supremo y que se alojaría en el cuartel general, situado cerca de la línea del frente. Siempre estaba más contento con los generales que con los políticos y lamentaba profundamente no haber ido al Lejano Oriente en 1904, durante la guerra con Japón. Creía que un emperador ruso debía compartir las tribulaciones de sus fuerzas armadas. Goremikin estaba tan horrorizado que se tomó la libertad de plantear objeciones y Nicolás le pidió que reflexionara sobre lo que estaba diciendo. Goremikin se disculpó por romper el protocolo, pero insistió en que sería imprudente que, en la primera fase de la guerra, el emperador asumiera la responsabilidad directa de cualquier contratiempo que pudiera aflorar. En su lugar, Goremikin aconsejó que Nicolás retrasara la toma de mando hasta que los regimientos rusos marcharan hacia Berlín.[16] Otros ministros insistieron en que la marcha de Nicolás perturbaría los asuntos de gobierno. Si permanecía en la capital, argumentaban, podría mantener una comunicación instantánea con el alto mando por medio del telégrafo. Por una vez, y no sin rencor, cedió al tiempo que afirmaba que seguiría realizando visitas periódicas al frente.[17]

Nombró comandante en jefe supremo a su primo mayor, el gran duque Nicolás Nikoyálevich, lo cual gozó de buena acogida entre sus ministros. Nicolás Nikoyálevich, o Nikolasha, como lo apodaban en la familia, había pasado su vida en el ejército. Con su metro noventa de estatura, su figura era imponente. Aunque a menudo trataba con dureza a los oficiales y a los soldados, le tenían afecto, pero rehuía del trabajo duro diario, que esperaba que sus subordinados hicieran por él. No le gustaba caminar ni siquiera la distancia más corta si había un coche disponible. Nadie podía convencerlo de que dejara de dormir la siesta después del almuerzo.[18] Tampoco era un gran pensador o planificador estratégico, y era temperamental e impresionable, un claro motivo de preocupación en alguien que iba a dirigir las fuerzas de combate del imperio contra el formidable ejército alemán.[19] Pero, entre los principales políticos rusos, pocos sabían mucho de su capacidad profesional y se centraban en la característica principal que lo recomendaba como comandante en jefe supremo, a saber, que no era Nicolás.

Al día siguiente, Bark presentó sus planes financieros a la Duma Estatal en el palacio Táuride. Este ministro rígido y poco sociable nunca había sido recibido tan calurosamente en la gran sala inclinada, con sus asientos escalonados dispuestos de forma semicircular para los diputados de izquierda, derecha y centro. La aceptación de los argumentos de Bark a favor de una mayor fiscalidad fue casi universal.[20]

El 26 de julio, el ambiente en el Palacio de Invierno era aún más entusiasta cuando Nicolás pronunció un discurso en una sesión conjunta de la Duma Estatal y el Consejo de Estado. Habló de «la enorme oleada de sentimientos patrióticos de amor y devoción al trono que se ha extendido como un huracán por toda nuestra tierra».[21] Entre su público había muchos que detestaban a la monarquía y lo consideraban uno de los peores emperadores rusos. Pero su llamamiento a defender a la Madre Rusia se encontró con una aclamación general. Incluso el primer ministro Goremikin fue bien recibido. Goremikin no era un gran orador y la mayoría de los diputados de la Duma odiaban su política ultraconservadora, pero sus argumentos a favor de la guerra fueron aplaudidos. El presidente de la Duma, Rod­zianko, fue aclamado por su apasionado llamamiento a la unidad en tiempos de peligro mortal para el Imperio ruso. Sazónov, el ministro de Asuntos Exteriores, obtuvo una ruidosa aprobación al exponer las razones por las que Nicolás no había tenido más remedio que recoger el guante lanzado por Guillermo II en Berlín. El Gobierno y el Parlamento ruso, tras años de rencor mutuo, hablaban y vitoreaban al unísono.[22]

Solo un pequeño número de diputados de la Duma expresó su descontento ante el giro de los acontecimientos. Se trataba del grupo de diputados socialistas pertenecientes a tres facciones políticas: los trudoviques, los mencheviques y los bolcheviques. Los trudoviques eran una amplia agrupación de militantes políticos, incluidos los socialrevolucionarios, que se centraban en el campesinado –o a veces más generalmente en las «masas trabajadoras»– como el mejor instrumento para llevar el socialismo a Rusia. Los mencheviques y los bolcheviques eran marxistas y las dos facciones principales del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. Aunque consideraban que la clase obrera urbana era el principal instrumento del cambio fundamental, discrepaban en cuanto a la estrategia. Los mencheviques esperaban una administración revolucionaria democrática, mientras que la doctrina bolchevique se basaba en la necesidad de una dictadura socialista. Eran facciones opuestas del mismo Partido Laborista Socialdemócrata de Rusia, y apenas podían hablarse en tiempos de paz. Sin embargo, los diputados trudoviques, mencheviques y bolcheviques lograron ponerse de acuerdo en la Duma para abstenerse en la votación sobre los bonos de guerra.[23]

Por un tiempo pareció que la corte, el Parlamento y el Gobierno estaban unidos. Nicolás dio ejemplo en tiempos de guerra al renunciar a las bebidas fuertes. Además, las licorerías estatales se cerraron el 22 de agosto de 1914.[24] La embriaguez extrema era una plaga centenaria en Rusia. Aunque el consumo medio de bebidas alcohólicas era mucho menor que el de Francia o Bélgica, muchos bebedores rusos se emborrachaban cuando se sentaban a tomar una copa.[25] Proliferaban los llamamientos a la unidad patriótica. Las iglesias tocaban las campanas para elevar el entusiasmo. La emperatriz Alejandra y sus hijas se formaron como enfermeras para trabajar en hospitales. La capital pasó de llamarse San Petersburgo a Petrogrado, que sonaba más eslavo. La Rusia oficial se unió a la campaña bélica.

2

Rusia entra en guerra: Reclutamiento, disturbios y despliegue

Aleksandr Zamáraev, un anciano campesino de una comuna cercana a la pequeña ciudad de Totma, en la provincia de Vólogda, situada en el extremo norte de Rusia, plasmó en su diario la creciente crisis de los Balcanes: «En junio, el heredero austriaco Fernando y su esposa fueron asesinados en Sarajevo». No volvió a prestar atención a dicho suceso hasta finales de mes, e incluso entonces dedicó el mismo espacio a su angustia por la muerte de su vecina Olga Chechulinskaya. No veía razón alguna para pensar que la última crisis en las relaciones internacionales fuera a desencadenar una guerra europea.[26]

El 18 de julio leyó en la prensa que los acontecimientos habían dado un giro catastrófico:

Este viernes por la mañana, todos se vieron golpeados por la noticia sobre la movilización del complemento total de fuerzas, empezando por el año 1897, lo cual significa todos los jóvenes de diecisiete años sin excepción, aparte de los marineros. Se espera una guerra con la traicionera Austria. ¡Que el diablo se lleve ese imperio rastrero! Por la mañana, en plena siega del heno, se llevaron a todos los soldados: Sérov, Krutov y Makárov. Los tres estaban cortando heno cerca de nosotros. Sus esposas y madres fueron con ellos.[27]

Demasiado mayor para el servicio militar, Zamáraev conocía a decenas de jóvenes de su municipio y de los distritos colindantes que se habían alistado en las fuerzas armadas y tal vez nunca regresarían a casa. Como patriota, rezaba por la victoria en las batallas que se avecinaban, pero su instinto ya le decía que las cosas podían ir mal, y no solo para los rusos: «Parece que toda Europa se ha vuelto loca».[28]

El servicio militar obligatorio era una vieja tradición en Rusia. Durante siglos, los campesinos daban por sentado que los hombres que ingresaban en las fuerzas armadas nunca regresarían con sus familias ni a sus aldeas. Aunque el Ministerio de Guerra prescribía los cupos de reclutamiento, eran las propias comunidades campesinas las que elegían a los individuos para enviarlos al servicio militar. A menudo seleccionaban a malhechores locales. Sin embargo, la Gran Guerra exigió un aumento repentino y sin precedentes del número de tropas. Se crearon oficinas en las ciudades para llevar a cabo el trabajo, comenzando con cupos de jóvenes aptos en edad militar. En septiembre de 1915, Zamáraev observó a las familias sollozando en un día lluvioso en Totma. El barro de las calles llegaba hasta las rodillas. Zamáraev se compadeció profundamente de «las pobres mujeres» que tenían que despedirse de sus maridos o hijos.[29]

Amaba a su esposa Nadezhda y compartía sus pensamientos con ella al final de la jornada laboral. Tenían una hija, Lidia, que había nacido en marzo de 1910.[30] Como anciano del pueblo, era una de las personas a las que recurría la gente para dictar sentencia en caso de litigio. Se mantenía al día de las nuevas ideas con la revista Selskaya zhizn («Vida rural») para mejorar sus técnicas agrícolas. No hay nada más engañoso que la idea de que todos los campesinos rusos eran pobres y analfabetos y estaban mal informados. En realidad, el Imperio ruso, aunque sin duda contaba con decenas de millones de campesinos indigentes, tenía una sociedad diversa que incluía a muchos como Zamáraev, que esperaban obtener un beneficio anual, por pequeño que fuera. Llevaba su cosecha de cereales a moler al monasterio, que disponía del equipo necesario, y él y Nadezhda cuidaban de su huerto. Mientras trabajaba la tierra del mismo modo que lo habían hecho generaciones de su familia, Zamáraev acogió con satisfacción la llegada de instalaciones y servicios contemporáneos a Totma. Se hizo una foto. Vio una película en el nuevo cinematógrafo. Contrató una póliza de seguro contra incendios para su casa.[31] También fabricaba su propia cerveza y la bebía con moderación. Cuando se sentó con unos vecinos a beber vodka y dos de ellos se pelearon a navajazos, él no fue uno de los contendientes.[32]

Zamáraev era exactamente el tipo de campesino laborioso que Stolipin esperaba apartar de la comuna del pueblo y convertir en un agricultor independiente. Sin embargo, Zamáraev se abstuvo de unirse a los seis vecinos que solicitaron abandonar la comuna y consolidar sus parcelas de tierra en explotaciones individuales. En lugar de eso, fue el anciano que redactó las condiciones de salida acordadas para los campesinos que abandonaban la comuna.[33] Él mismo se ganaba bastante bien la vida respetando sus tradiciones. Las tierras de su comuna abarcaban una zona amplia y salía a caballo para atender sus dispares terrenos. Cuando necesitaba trabajos de carpintería o pastoreo, contrataba a un hombre de la localidad.[34] Pero normalmente se ocupaba él de las tareas, y había pocas que aquel hombre autosuficiente no pudiera o no quisiera realizar.

Temeroso de Dios y diligente, Zamáraev iba a la iglesia y observaba todas las fiestas religiosas. Había pasado el Año Nuevo de 1914 recogiendo troncos: rara vez se tomaba un día entero libre. La agricultura era muy dura en aquella parte del imperio. El suelo era pobre y las condiciones climáticas, exigentes y, al igual que sus vecinos, Zamáraev vigilaba atentamente el tiempo. Su cabaña quedaba sepultada por la nieve en el largo invierno septentrional, cuando era difícil ir a la ciudad a caballo o a pie. Los caminos embarrados del otoño y principios de la primavera no eran mucho más fáciles, y aunque los campesinos agradecían el caluroso verano del extremo norte con sus largas horas de luz, esa estación también podía traer dificultades si la lluvia arruinaba la cosecha, y los mosquitos siempre causaban molestias. En la primavera de 1914 Zamáraev sembró avena, cebada y lino y decidió no plantar centeno hasta el otoño. Sembró patatas para la venta en su huerto. Tenía ovejas, vacas y un toro. Apreciaba mucho su pareja de caballos, que utilizaba para ir a la ciudad y como fuerza de tiro en sus campos. Zamáraev era un campesino de éxito que podía estar orgulloso de sus logros agrícolas.

La economía de la provincia de Vólogda se adaptó lentamente al mundo moderno en las décadas previas al estallido de la Gran Guerra. La economía monetaria, con sus billetes y monedas, se iba extendiendo mientras los campesinos seguían haciendo trueques de bienes y mano de obra al comerciar entre ellos. El contacto con el resto del país aumentó tras la finalización del ferrocarril Moscú-Vólogda en 1872. En 1908 se añadió otra línea que iba de Viatka a Vólogda.[35] Los ríos siempre habían sido vitales para el comercio en toda la provincia. Desgraciadamente, en invierno se congelaban, pero las líneas ferroviarias hacían posible el transporte sin interrupciones estacionales. Los bienes de consumo, los periódicos y los viajeros llegaban a Vólogda y a los pequeños municipios en mayor número de lo que lo habían hecho durante siglos. La provincia se daba la mano con el siglo XX.

Al no estar cerca de ningún ferrocarril nuevo, Totma seguía dependiendo de los barcos de vapor que navegaban al oeste desde Vólogda y al sureste desde Veliki Ustiug. La ciudad tenía su propio hospital y escuela secundaria (gimnazia) y era la tercera más grande de la provincia de Vólogda, pero esto no era decir mucho, ya que la población de la ciudad era inferior a cinco mil habitantes en el censo de 1897.[36] El distrito (uezd) de Totma era una de las partes menos pobladas de la Rusia europea: había una media de algo más de diez personas por kilómetro cuadrado, aunque la población rural prácticamente se había duplicado desde finales de la década de 1850.[37] El primer automóvil llegó en 1915 y pertenecía a la administración del distrito, como documentó Zamáraev en su diario.[38]

El norte de Rusia, y la provincia de Vólogda en particular, eran inusuales en la Rusia europea porque tenían muy pocos nobles terratenientes. No era un fenómeno único: lo mismo ocurría en algunas zonas de los Urales, otro recordatorio de la diversidad del imperio. En 1861, cuando se promulgó el Edicto de Emancipación, la nobleza provincial de Vólogda poseía más del quíntuple de tierras que los campesinos. En 1908, la propiedad de los campesinos prácticamente duplicaba la de la alta burguesía.[39] Sin embargo, los campesinos no se sentían satisfechos por su éxito. Casi el 92 por ciento de las tierras agrícolas de la provincia seguían perteneciendo al Estado, a la familia imperial, a la Iglesia y a otras instituciones públicas.[40]

La llegada de la guerra y el reclutamiento masivo frenó el progreso agrícola. Inicialmente, el distrito de Totma tuvo que proporcionar cuatro mil reclutas. Antes de su traslado a otros lugares para la instrucción militar, eran alojados en aulas escolares y casas particulares de la ciudad. Las calles estaban llenas de reclutas y de familias que se despedían de ellos. Muchos padres lloraban por los hijos que perdían en el frente oriental.[41] Los reclutamientos militares se sucedían con rapidez y Zamáraev se preguntaba cuándo terminarían los alistamientos.[42] La mitad de los jóvenes y los hombres de mediana edad de Totma y sus alrededores se habían alistado en las fuerzas armadas a finales de octubre de 1914.[43] Mientras reinaba la paz, las fuerzas imperiales contaban con 1.423.000 hombres prestos al combate, pero en los últimos meses del año, el número de reclutas había aumentado en 5.130.000.[44]

Las autoridades imperiales también requisaron 2,1 millones de caballos que cumplían los requisitos necesarios para la guerra. Cuando los campesinos se quejaron de la pérdida de su ganado, se decretó que cada hogar podía conservar dos caballos. El efecto práctico fue que las familias de la alta burguesía tuvieron que desprenderse de una mayor proporción de caballos que el campesinado.[45] Pero tanto los terratenientes de la alta burguesía como los campesinos sufrieron las consecuencias. En el distrito de Totma, en la provincia de Vólogda, donde había pocos terratenientes, se exigió una cuota de ochocientos caballos y hubo que acordar los precios con sus propietarios.[46] Los murmullos de descontento eran constantes, pero las fuerzas armadas satisficieron con éxito sus necesidades equinas.

Los embajadores y periodistas aliados anunciaron al mundo que el pueblo ruso aprobaba universalmente la decisión de Nicolás de ir a la guerra. Era una falsa impresión difundida por observadores metropolitanos que sabían poco de la situación en las provincias o que decidieron ignorarla. Lo cierto era que los centros de reclutamiento sufrieron altercados en treinta provincias de la Rusia europea y en otras diez de las regiones asiáticas. Cincuenta haciendas fueron atacadas en las provincias de Maguilov, Minsk, Kiev y Volinia.[47] En los Urales, un gobernador provincial dio la siguiente orden a los comandantes del ejército: «Organizad una asamblea de campesinos y haced este anuncio: al menor desorden aplastaré el asentamiento con la artillería. No me andaré con ceremonias. Cualquier reunión que se niegue a dispersarse tras una primera petición será tiroteada sin piedad».[48] Incluso en un lugar tranquilo como Totma, en la provincia de Vólogda, los reclutadores tuvieron que hacer frente a un proceso desordenado. Hombres y caballos se agitaban al embarcar. Se temía que el distrito no cubriera la cuota designada para las fuerzas armadas y la partida del barco de vapor se demoró hasta el 25 de julio de 1914, cuando se hubo restablecido la calma.[49]

El fuego de la rebeldía resultó contenible y el reclutamiento masivo se llevó a cabo con éxito. Aun así, las autoridades estaban alerta ante la posibilidad de que se reavivaran los disturbios. A juzgar por los objetivos elegidos por los alborotadores, parece probable que muchos de los que salieron a la calle estuvieran aprovechando su oportunidad –quizá la última si estaban llamados al servicio militar– de alterar un orden social que los condenaba a una pobreza sin remedio. El resentimiento era especialmente feroz entre los campesinos, que se quejaban del control que ejercían los terratenientes de la nobleza sobre los bienes del campo.[50] Pero no solo los campesinos estaban resentidos. Muchos trabajadores urbanos también desobedecieron la llamada a filas. Las fábricas de Odesa se vaciaron de mano de obra. En Yekaterinoslav había poco ánimo para la guerra y el presidente de la sección local de la Unión del Pueblo Ruso, cuyo extremismo antiparlamentario y antisemita la convirtió en precursora del fascismo europeo, fue apaleado por reclutas del ejército después de que pronunciara «discursos patrióticos».[51] El orden social del imperio estaba siendo puesto a prueba por la experiencia de la guerra total y ya se vislumbraban indicios de que no se necesitaría mucho para desencadenar otra convulsión revolucionaria como la de 1905 y 1906.

Los mandos al más alto nivel de las fuerzas armadas eran conscientes de que sus tropas requerirían un adoctrinamiento y una gestión cuidadosos. El teniente coronel Aleksandr Verjovski dudaba que los reclutas campesinos rusos tuvieran la misma idea de «madre patria» que se había inculcado a las tropas alemanas. Según escribió en agosto de 1914: «¡Muchos piensan que en este momento hay patriotismo en el pueblo! Muy a nuestro pesar, no es así […] Todo el mundo debe tener una fe inquebrantable en la justicia de su causa, en cuyo nombre acepta privaciones a medida que avanza, tal vez hasta la muerte».[52]

No obstante, el sentimiento antialemán estaba muy extendido en las ciudades que los reclutas dejaban atrás al partir hacia el frente. Pocos se atrevían a hablar en alemán, salvo en susurros. Se oyeron golpes furiosos en la pared de la habitación contigua cuando una camarera de hotel de Petrogrado procedente de las provincias bálticas utilizó ese idioma porque su ruso era demasiado pobre.[53] En mayo de 1915, Moscú se convirtió en un epicentro de violencia cuando una turba se desbocó, atacando tiendas y negocios y a sus propietarios alemanes, incluidos algunos de los comercios más conocidos de la ciudad. Aleksandr Adrianov, alcalde de Moscú (gradonachal’nik), prefirió no intervenir con la fuerza y participó estúpidamente en lo que creía que era una manifestación patriótica: la gente llevaba imágenes de Nicolás II. Tras dos días de altercados, Adrianov acabó reconociendo su error al dar la imagen de que estaba consintiendo semejante anarquía y ordenó a las tropas que dispararan contra la multitud. Murieron ocho civiles y siete soldados, y trescientas empresas saqueadas quedaron en ruinas.[54]

Sin embargo, no tardaron en llegar noticias a ciudades y pueblos de todo el imperio sobre el coste humano de la guerra. Aleksandr Zamáraev habló con los hijos de Totma, que regresaron a la ciudad tras una acción militar en Polonia o Galitzia. Nikolái Mishurinski, que había sido llamado a filas en el primer reclutamiento, regresó a mediados de agosto para disfrutar de una semana de permiso y contó las enormes dificultades a las que se enfrentaban las fuerzas rusas en el frente oriental.[55] Quince días más tarde, Zamáraev escribió: «Ya están llegando heridos que salieron de aquí como parte de la reserva del ejército hace un mes».[56]

Uno de los más grandes escritores rusos, Aleksandr Blok, escribió un poema sobre los trenes cargados de jóvenes que iban a luchar al frente oriental. Aunque apoyaba la campaña bélica, sabía que muchos de los reclutas estaban haciendo su último viaje en tren:

El cielo de Petrogrado se había enturbiado por la lluvia.

Un contingente del ejército partía hacia la guerra.

Pelotón tras pelotón, bayoneta tras bayoneta

llenan sin cesar vagón tras vagón.

Mil vidas en el tren sintieron el florecimiento

del dolor de la separación, de la ansiedad del amor,

de la fuerza, la juventud, la esperanza… en la distancia del atardecer

había sangre en las nubes humeantes.

El poema concluye con una descripción del horror en el frente:

La pena queda ahogada por los disparos,

el estruendo del armamento y el traqueteo de los caballos.

El dolor ha sido silenciado por el vapor envenenado

que sube de los campos ensangrentados de Galitzia…[57]

3

Avance, derrota, objetivos: De la victoria a la gran retirada

En caso de guerra contra Alemania o Austria-Hungría, el alto mando ruso llevaba mucho tiempo planeando llevar la lucha a territorio enemigo desde el primer día de las hostilidades. Los preparativos ofensivos se actualizaban en función de los informes de espionaje sobre las maniobras militares alemanas más recientes.[58] Mientras que el discurso público antes de 1914 se centraba en la defensa, los mandos daban prioridad a la invasión. Aunque los alemanes se proyectaban como el enemigo más formidable, existía la preocupación de que si se permitía a los ejércitos de los Habsburgo abrir una brecha en la frontera de los Románov, conseguirían alentar el levantamiento de los ucranianos contra el Gobierno de Rusia. Los altos mandos y el Ministerio de Guerra, que durante años habían dudado de la preparación y capacidad militar de Rusia, se vieron obligados a guardar silencio.[59]

Los comandantes querían mostrar su espíritu de lucha como dignos sucesores de los hombres que habían doblegado a Napoleón y conquistado tierras en el Báltico, el Cáucaso y Asia Central. Suponían que sería una guerra de corta duración. Los rusos creían que si tomaban la iniciativa podrían hacerse con la victoria, y la alianza con Francia y Gran Bretaña aumentaba su optimismo. El objetivo en el norte era abrirse paso a través de Prusia Oriental hasta Berlín, en el sector sur contra Austria-Hungría hasta Budapest y Viena pasando por Galitzia. Los primeros resultados se celebraron en San Petersburgo. La euforia se apoderó de los periódicos patrióticos y de toda la Duma. El ejército ruso, al mando de los generales Samsonov y Rennenkampf, irrumpió en Prusia Oriental a través de la frontera norte de la Polonia «rusa».

La ruta más corta desde las tierras polacas de Rusia hasta Berlín se encontraba en la región paralela a la costa del mar Báltico. Alemania había concentrado a sus fuerzas contra Francia, por lo que sus defensas hacia el este eran vulnerables a un ataque. Pero los alemanes ya tenían en mente una estrategia alternativa, que consistía en dejar que los rusos llevaran a cabo una operación inicial y luego atraparlos con movimientos de pinza desde el norte y el sur. Los austriacos también predijeron con seguridad que las fuerzas rusas los atacarían en Galitzia. Una férrea defensa y una rápida invasión de las provincias de los Románov en Ucrania era el plan de guerra aprobado por Viena.

El 4 de agosto de 1914, el alto mando ruso inició su campaña contra los alemanes invadiendo Prusia Oriental. El general Paul von Rennenkampf, un alemán del Báltico al servicio de los Románov, se desplazó al norte de los lagos de Masuria en dirección a Königsberg mientras el general Aleksandr Samsonov barría la cara sur. El objetivo era derrotar a las fuerzas alemanas al mando del general Maximilian von Prittwitz tras inmovilizarlas a lo largo de su costa báltica. Pero los ejércitos alemanes se reagruparon tras una retirada forzada y rodearon a Samsonov, cuyo contingente ya estaba separado del de Rennenkampf. El 31 de agosto, los alemanes habían cosechado una asombrosa victoria en la batalla de Tannenberg. Un cuarto de millón de soldados rusos resultaron muertos o heridos o fueron hechos prisioneros. Las fuerzas alemanas al mando de Prittwitz iniciaron una ofensiva estratégica el 7 de agosto, seguida de una dura batalla en Gumbinnen. El resultado fue indeterminado y Prittwitz se replegó, cosa que permitió a los rusos celebrar una victoria que fue menos triunfal de lo que parecía. En Berlín, el descontento con la actuación de Prittwitz llevó a un cambio de mando con el nombramiento de Paul von Hindenburg y Erich Ludendorff, que aportaron energías renovadas a la guerra.[60]

Un segundo desastre se abatió sobre los rusos en la batalla de los lagos de Masuria cuando las fuerzas de Hindenburg y Ludendorff aplastaron al enemigo en retirada. Rennenkampf fue acusado de cobardía e incompetencia. El gran duque Nicolás Nikoláyevich lo consideraba injusto, pero sus fuerzas sin duda habían sufrido una derrota tremenda.[61]

El avance ruso en el sector sur de la guerra contra las defensas austrohúngaras se ajustó más al plan previsto. El 6 de agosto, las fuerzas rusas atravesaron la frontera de los Habsburgo en Galitzia. Austria-Hungría estaba librando una guerra en dos frentes. En Serbia, Conrad von Hötzendorf, el comandante en jefe de los Habsburgo, había enviado veinte divisiones para someterla. Esto dejaba al desventurado Conrad con solo veintiocho divisiones para repeler a los rusos en el este.[62] A medida que la emergencia diplomática sobre Sarajevo se convertía en una secuencia de movilizaciones militares, sabía que tendría muchas menos fuerzas para enfrentarse a la ofensiva rusa. Los alemanes instaron al emperador Francisco José, sus ministros y comandantes a concentrarse en Rusia e ignorar a Serbia. Sin embargo, Conrad insistió en que una ofensiva rápida contra los rusos desde Galitzia era su mejor opción. Las fuerzas armadas rusas se acumularon para ocupar Galitzia antes de que pudiera hacer su movimiento. El avance ruso en tierras de los Habsburgo fue desordenado, pero menos que la defensa de Conrad. Los ejércitos de Austria-Hungría se vieron superados en número y armamento. Se hizo inevitable una retirada a gran escala y los rusos celebraron la victoria a finales de agosto.[63]

La lucha por Galitzia había terminado a finales de septiembre y las victorias rusas ayudaron a limitar la decepción de la opinión pública por Tannenberg. Austria-Hungría había perdido el acceso a un tercio de su suministro normal de trigo en la campaña inicial de la guerra y la desintegración militar de los Habsburgo solo se detuvo gracias a los refuerzos alemanes.[64]

A mediados de septiembre, Zamáraev vio que se trataba de un conflicto «duro».[65] En Totma había jóvenes que se habían presentado voluntarios para servir en las fuerzas armadas, entre ellos doce del seminario de la ciudad y ocho que trabajaban como artesanos.[66] En octubre, Zamáraev se mostraba aún más pesimista. Asistió a la boda de su vecino Gavriil Bulátov, en la que los anfitriones no pudieron comprar una copa de vino en la licorería estatal debido a la «ley seca». Zamáraev resumió los combates en el frente oriental: «Es una guerra muy sangrienta. Nuestros hombres han vencido a los austriacos, pero no pueden con los prusianos. Están siendo derrotados en Polonia. Las provincias de Kalisz y Lublin están terriblemente devastadas».[67] Se distrajo de las noticias yendo a casa a cuidar de sus campos y su ganado, y al día siguiente, ya a finales de otoño, se dedicó a arar.[68]

A los pocos días ondeaban las banderas y en Totma se rezaba para celebrar una victoria rusa al oeste de Varsovia.[69] Pero las noticias empeoraron cuando las fuerzas alemanas a las órdenes de Hindenburg y Ludendorff reanudaron su avance hacia el este. En septiembre, el Imperio otomano firmó una alianza con las Potencias Centrales. Los alemanes habían dejado claro que Estambul no podía permanecer neutral y conservar su favor. Una de las primeras acciones otomanas fue cerrar el Bósforo y el estrecho de los Dardanelos a la navegación rusa. Rusia se preparó para abrir un frente desde el Cáucaso con vistas a atacar a las fuerzas otomanas en Anatolia oriental. Se trazó un plan para suministrar armas a los armenios del Imperio otomano y fomentar una revuelta.[70] En Petrogrado aumentó la euforia por el mazazo que empezaban a experimentar los otomanos. Pero al mismo tiempo, los ejércitos imperiales rusos estaban siendo golpeados por el yunque alemán en el frente oriental. En noviembre de 1914, las fuerzas rusas estaban en retirada, cruzando de nuevo la frontera histórica del dominio Románov y cediendo ochenta kilómetros antes de que se pudiera lograr un alto. A finales de año, el Imperio ruso había perdido 90.000 kilómetros cuadrados de terreno debido a la ocupación militar alemana.[71]

Zamáraev, que hablaba con los militares heridos que regresaban a Totma, cuestionaba la idea de que los Aliados estuvieran al borde del triunfo y se estremeció al enterarse de que la coalición aliada estaba decidida a conseguir la victoria sin importar las vidas que ello supusiera. Incluso si los Aliados vencían a las Potencias Centrales, dudaba que pudieran «secar los ojos de todos los que han quedado desamparados o huérfanos a causa de esta terrible guerra». Era una guerra como ninguna otra. Los dos bandos –los Aliados y las Potencias Centrales– delimitaron dos grandes frentes, el oriental y el occidental, a lo largo de Europa. Zamáraev se imaginaba todo esto desde lejos: «En el teatro de operaciones de guerra no hay batallas grandes, sino pequeñas batallas diarias. Han cavado trincheras y viven en la tierra como topos. Sin duda, todo estallará de nuevo en febrero o marzo».[72] Cuando vio partir a los jóvenes de Totma para el servicio activo, se dio cuenta de que los primeros rumores sobre una guerra corta eran engañosos. Pero su patriotismo seguía intacto. Rezaba por una victoria aliada en 1915 que trajera «felicidad y una vida pacífica» a todo el mundo.[73]

Los rusos sufrieron una derrota tras otra contra los alemanes en 1914 y 1915. Hasta su llamada a filas, Alekséi Shtukáturov había sido obrero metalúrgico en la fábrica Putilov de Petrogrado. Volvió a casa, a Gzhatsk, en la provincia de Smolensk, para despedirse de su familia. Derramó lágrimas antes de partir, acompañado únicamente por su esposa, hacia el punto de reunión de la ciudad, y por el camino se detuvo a rezar ante la tumba de su padre.[74] A continuación llevó a cabo la instrucción militar, pero nada lo preparó para las duras condiciones del frente:

Nuestro comandante de batallón recibió un disparo en la espalda en medio de la lluvia de balas. Nos hicieron avanzar hacia los arbustos y nos ordenaron que empezáramos a cavar. Después de cavar una pequeña trinchera me quedé dormido. Nos trajeron comida y me puse enfermo por el agua sucia.[75]

Los periodos de inmovilidad se veían interrumpidos por espasmos de violencia. La unidad de Shtukáturov sufría los mismos problemas que el resto del Ejército Imperial. Las dificultades logísticas obstaculizaban el suministro adecuado de material, ropa y alimentos al frente. Había escasez de proyectiles de artillería, tal como advirtió Yanushkévich, el jefe del Estado Mayor, al Ministerio de Guerra ya en la tercera semana de combates.[76] La administración civil se llevó gran parte de la culpa, pero los organismos de planificación militar no estaban exentos de responsabilidad.[77]

En enero de 1915, a pesar de que el terreno estaba cubierto de nieve, los alemanes emprendieron una ofensiva inesperada contra las líneas rusas en el centro de Polonia. Las pérdidas rusas fueron enormes y obligaron al Ejército Imperial a retirarse rápidamente a los territorios de Lituania y Bielorrusia. Las ciudades de Kaunas-Kovno y Grodno cayeron en manos de los alemanes y toda Polonia quedó bajo ocupación militar. Se cavaron nuevas trincheras y se tendió alambre de espino a lo largo de la nueva línea del frente oriental. La moral de los altos mandos rusos se vino abajo al ver que las duras condiciones invernales no ponían freno a la ambición alemana. Nicolás Nikoláyevich y Yanushkévich buscaron chivos expiatorios y los encontraron en los alemanes y judíos que vivían cerca de la línea del frente. Si las fuerzas rusas se habían mostrado deficientes en combate, seguramente habían sido engañadas por elementos extraños en la zona de guerra. Tal era la paranoia de Yanushkévich, que ordenó el cierre de la Singer Sewing and Manufacturing Company de Petrogrado, ya que supuso ignorantemente que era una empresa alemana y no estadounidense.[78] El alto mando también culpó a los fabricantes de armas rusos, cuyas instalaciones no podían mantener el ritmo de producción de los proyectiles necesarios para enfrentarse a las Potencias Centrales. La producción había aumentado desde el comienzo de la guerra, pero la magnitud de la demanda cogió a todos por sorpresa, incluidos los mandos del ejército.

A principios de 1915 se envió un contingente naval británico para ocupar el estrecho de los Dardanelos. Como dejó claro Sazónov a los británicos, las autoridades rusas estaban nerviosas: no podían olvidar la guerra de Crimea de 1853 a 1856, cuando las fuerzas británicas, en alianza con Francia, habían navegado hasta el mar Negro y atacado el Imperio ruso.[79] Incluso los franceses se vieron sorprendidos por la nueva campaña de los Dardanelos. Los británicos tuvieron que esforzarse mucho para convencer a sus aliados de que su objetivo era destrozar las defensas de las Potencias Centrales en uno de sus puntos débiles y volver el equilibrio de fuerzas en contra de los austriacos y los otomanos. También había un objetivo económico para el gabinete británico. En 1914 se había producido un descenso en el suministro mundial de trigo y Gran Bretaña no podía obtener su cantidad normal de importaciones de grano de Estados Unidos y Argentina. El problema podía resolverse si la Marina Real aseguraba el estrecho para los envíos de grano desde el Imperio ruso. Eso también ayudaría a los rusos a pagar los enormes préstamos de guerra que habían recibido del extranjero.[80] El primer desembarco en Galípoli tuvo lugar en abril de 1915. Las fuerzas británicas, australianas y neozelandesas se vieron sorprendidas por la fuerza de la reacción otomana mientras les llovía artillería desde lo alto. La expedición fue un desastre sin paliativos desde su inicio hasta la evacuación final a principios del año siguiente.[81]

El casus belli original de Rusia había sido la defensa de Serbia. Este seguía siendo un objetivo de guerra, pero se hizo más hincapié en otros una vez iniciados los combates. No hubo precisamente mucha claridad durante algunos meses. Los Aliados, incluida Rusia, estaban demasiado ocupados con el objetivo de aplastar a Alemania y Austria-Hungría como para ponerse de acuerdo sobre qué tipo de acuerdo de paz era deseable. En un principio, los rusos hablaron con el embajador británico, sir George Buchanan, sobre la anexión de la Galitzia oriental a los Habsburgo, pero no se llegó a nada definitivo por escrito.[82] Cuando las fuerzas rusas marcharon a los territorios galicianos, los volvieron lo más «rusos» posible. Se impusieron restricciones a las publicaciones polacas y judías y se dio prioridad a la escolarización en lengua rusa. La Iglesia ortodoxa rusa recibió privilegios a expensas de otras confesiones cristianas.

No hubo necesidad de largas discusiones del gabinete en Petrogrado sobre el objetivo de anexionarse los territorios que rodeaban las vías fluviales desde el mar Negro hasta el Mediterráneo oriental. Los ministros ya habían decidido en la primavera de 1914 que Estambul –Constantinopla o Zargrado, como la llamaban los rusos– debía ser conquistada por Rusia a la primera oportunidad.[83] La opinión pública rusa se mostró exasperada por los bloqueos otomanos a la navegación durante varias emergencias internacionales anteriores a la guerra y el Gobierno estaba decidido a evitar que se repitiera el problema. Pero no se tomaron medidas por miedo a provocar un conflicto en toda Europa para el que los preparativos de Rusia eran inadecuados; esta fue una actitud expresada con firmeza por Sazónov, el ministro de Asuntos Exteriores. Sin embargo, Sazónov había asegurado que una guerra europea brindaría a los rusos una oportunidad. En el invierno de 1914 a 1915, él y sus embajadores insistieron ante los diplomáticos británicos y franceses en que el estrecho de los Dardanelos, el Bósforo, el mar de Mármara y la propia Estambul serían posesiones rusas al final de la Gran Guerra, y no tardó en convertirse en el objetivo bélico que interesaba a la administración imperial.[84]

Los franceses eran reticentes a ceder Estambul a Rusia en un futuro acuerdo de paz, pero los rusos se mostraron inflexibles. La importancia crucial de su aportación a la campaña bélica reforzó su capacidad de negociación, y Sazónov obtuvo el consentimiento de los embajadores británico y francés a principios de marzo de 1915.[85] El ministro de Asuntos Exteriores, sir Edward Grey, dio instrucciones a sir George Buchanan, el embajador en Petrogrado, para que asegurara a Sazónov, el ministro de Asuntos Exteriores, que Constantinopla pertenecería a Rusia al final de la guerra. La noticia fue recibida con alegría en Petrogrado y Nicolás felicitó a Sazónov: «Le debo el día más feliz de mi vida».[86] El acuerdo firmado en París en abril de 1915 prometía Constantinopla a Rusia y las condiciones del mismo debían permanecer en secreto. La línea oficial era que franceses, británicos y rusos estaban luchando para resistir las ambiciones expansionistas y las atrocidades militares de alemanes y austriacos. No habría servido de nada reconocer ante el mundo que los Aliados planeaban acaparar tierras: los británicos codiciaban lo que se convertiría en Irak, mientras que los franceses querían Siria. Sin embargo, los términos generales del acuerdo se filtraron rápidamente a la prensa.[87]

Nicolás aún esperaba conseguir la victoria en el sector alemán del frente oriental, pero fue en el sector meridional donde sus tropas tuvieron más éxito, y en abril de 1915 lo celebró con una visita oficial a Galitzia que describió como «un día trascendental» para él.[88] Desde un balcón de Lvov, declaró con un espíritu de engrandecimiento imperial que las generaciones posteriores de nacionalistas rusos sabrían apreciarlo: «¡Galitzia ya no existe, y en su lugar hay una Gran Rusia que se extiende hasta los Cárpatos!».[89]

En su pueblo, Aleksandr Zamáraev estaba muy animado. A pesar de las noticias sobre los reveses rusos, pensaba que el fin de Alemania y Austria ya no andaba muy lejos. Una noche soñó que el káiser era quemado con agujas calientes como castigo por sus malas acciones.[90] Zamáraev estaba indignado por los nuevos métodos de guerra de Alemania: «Llegan cartas de soldados que dicen que los malditos alemanes utilizan el gas como arma. Es un invento diabólico y el káiser es un demonio del infierno».[91] Zamáraev recordó la profecía del Evangelio de San Mateo, según la cual, los hermanos lucharían entre sí y se levantaría «nación contra nación y reino contra reino».[92] Rezaba fervientemente por la victoria rusa. Lo mismo hizo Alekséi Shtu­káturov, el trabajador metalúrgico y recluta de Petrogrado, cuando regresaba en tren con su regimiento tras recuperarse de una herida de combate. El revisor que comprobaba los billetes gritó a nadie en particular: «¿Por qué luchamos, qué defendemos? ¡Otros se divierten mientras nosotros nos quedamos lisiados!». Shtukáturov le respondió que luchaba por sus seres más queridos, sus hogares y la tierra que cultivaban. El revisor se le acercó para preguntarle: «¿Tienes un campo grande y una buena casa?». En su opinión, solo los ricos y poderosos querían la guerra.[93]

Shtukáturov y millones de soldados del imperio demostraron con su ejemplo personal que estaba equivocado. Siguieron luchando cuando el Ejército Imperial había sufrido derrota tras derrota y los alemanes parecían invencibles en el frente oriental. El alto mando pidió a las tropas que defendieran la patria hasta el final. Las ofensivas alemanas continuaron con Varsovia como próximo objetivo. Se capturó a un gran número de prisioneros de guerra y Varsovia fue ocupada en la última semana de julio de 1915. El Ejército Imperial emprendió una retirada estratégica perseguido por los alemanes. Brest-Litovsk cayó en sus manos en agosto. La derrota rusa en Polonia era total y no estaba claro si se podría detener a la apisonadora alemana antes de que llegara al centro de Rusia. Todos los logros conseguidos por el Ejército Imperial en Galitzia podían perderse pronto y una guerra prolongada en tres frentes contra Alemania, Austria-Hungría y el Imperio otomano era lo último que había planeado el Estado Mayor. Sus líderes también temían un aumento de los sentimientos antibélicos.[94] En el invierno de 1914 a 1915, los optimistas se sumieron en una profunda aprensión: incluso una guerra en un solo frente resultaba preocupante si eran los alemanes quienes estaban al otro lado de las trincheras.

4

La zona de guerra imperial: Gobierno militar, pogromos y deportación

Nicolás, imperioso con los ministros, autorizó a sus generales que administraran como les pareciera oportuno las zonas de guerra situadas detrás de los frentes. La línea de la zona de guerra contra las Potencias Centrales se trazó desde Petrogrado, en el Báltico oriental, hasta Odesa, en el mar Negro, y hacia el norte hasta la frontera de Finlandia con Suecia. Todo lo que quedaba al oeste de esa línea estaba sometido a la autoridad militar. La zona abarcaba un tercio de los territorios europeos del imperio.[95] Las normas de gobierno se estipulaban en el «Reglamento sobre el mando de las fuerzas sobre el terreno en tiempos de guerra», que se confirmó el 16 de julio de 1914, antes de que comenzaran los combates.[96] El gabinete de Petrogrado solo podía seguir gobernando en la zona en la medida en que cumpliera las directrices emitidas desde el cuartel general, cerca de la pequeña ciudad de Baránavichi, en el sur de la provincia de Minsk. Desde Baránavichi, con sus dos estaciones en el cruce de tres líneas de ferrocarril, el alto mando emitía órdenes tanto para el frente como para toda la zona de guerra.[97] Los trenes de Baránavichi a Petrogrado, que se encontraba 1.100 kilómetros al noreste, pasaban por Daugav­pils y Vilna. Había una línea directa a Moscú. Se utilizaban las redes ferroviarias y telegráficas para las comunicaciones, y si los generales querían una conversación instantánea, tecleaban mensajes en un artilugio conocido como telégrafo Hughes.

Las prerrogativas del alto mando en la zona de guerra supusieron una extraordinaria reordenación de poderes dentro del Estado, y al principio ningún miembro del gabinete se opuso a ello. Alemania seguiría el ejemplo ruso en 1916, cuando Guillermo II otorgó a los generales Hindenburg y Ludendorff autoridad total sobre la administración civil.

El gran duque Nicolás Nikoláyevich fue nombrado conductor de la maquinaria de guerra, pero el zar adoptó la precaución de prohibirle introducir a sus protegidos en el Estado Mayor.[98] Nicolás Nikoláyevich aceptó. Lánguido en el desempeño de sus funciones, se apoyaba en Nikolái Yanúshkevich, jefe del Estado Mayor, y Yuri Danilov, intendente general del ejército. El Estado Mayor era un hervidero de actividad. La mayoría de sus oficiales habían pasado por exigentes cursos en la academia militar y estaban atentos a los requisitos cambiantes de la guerra contemporánea. Aunque entre ellos había hijos de la alta aristocracia, antes de la guerra se había producido un movimiento hacia la diversidad social: en 1913, menos de la mitad de los estudiantes de la academia provenían de la nobleza.[99] Pero, aunque disminuyeron los privilegios, se mantenían las viejas tradiciones de patriotismo, nacionalismo ruso y fe cristiana ortodoxa. La muerte o la gloria se inculcaban como principios rectores. Es dudoso que todo el cuerpo de oficiales estuviera comprometido con mantener intacto el orden social ruso.[100] Los antiguos campesinos no tendían a ver a la nobleza terrateniente como una clase de filántropos, pero no cabe duda de que los mandos de las fuerzas armadas, desde la cúspide hasta la base, estaban comprometidos con el objetivo de la victoria ante los enemigos del imperio.

Un tercio de la Rusia europea había quedado sometido a la ley marcial tras el inicio de las hostilidades. El avance militar alemán propició la decisión de ampliar la zona a otros lugares clave, como Finlandia, las provincias bálticas y el norte y el sur del Cáucaso. Petrogrado y Moscú quedaron bajo la autoridad del ejército, al igual que las ciudades portuarias de Arcángel, en el extremo norte de Rusia, y Vladivostok, en la costa del Pacífico. Las extensas áreas utilizadas para entrenar a los reclutas también fueron incorporadas al mando militar.[101] A lo largo y ancho de la zona de guerra, los ministros eran gobernantes de segunda clase que contemplaban impotentes cómo los mandos del ejército dictaban decretos de gobierno sin prestar atención al Estado de derecho, el bienestar público o las necesidades de una economía de mercado. Siempre que las fuerzas armadas carecían de bienes o servicios, los requisaban a los habitantes locales. Los campesinos libres se sentían tratados como siervos. Los precios que se les ofrecían por sus productos eran inferiores a los que se podían obtener mediante el comercio, y se les pedía que excavaran y construyeran la línea defensiva del ejército.[102]

La incesante secuencia de reclutamientos militares continuó. Solo en 1915, los reclutadores llamaron a filas a 5.210.000 hombres. En el transcurso de las hostilidades hasta febrero de 1917, cerca de 13.855.000 hombres fueron incorporados al Ejército Imperial y la Armada.[103] Ciudades y pueblos fueron testigos de la interminable sucesión de reclutamientos. Aleksandr Zamáraev escribió el 15 de enero de 1915: «Hoy ha habido una reunión de reclutas y no será la última. Parece que van a reclutar a todos los jóvenes. Si nos llamaran a nosotros, los viejos, iría con entusiasmo».[104] Se lamentaba de que muchas familias estaban perdiendo a sus hombres y, si perecían en el frente, dejaban a viudas y huérfanos solos ante el desastre. Como reconocía Zamáraev, la vida en Totma se vio mermada cuando el reclutamiento se llevó a un maestro de gimnazia llamado Shein.[105]

El Imperio ruso contaba con las fuerzas armadas más numerosas de todos los países combatientes. Pero, mientras que el Ejército Imperial tenía un hombre en el frente por cada 2¼ hombres en la retaguardia, en el ejército francés era casi exactamente a la inversa: dos franceses servían en el frente por cada uno en la retaguardia. Eso significaba que los rusos tenían proporcionalmente más del cuádruple de soldados sirviendo en unidades de retaguardia que los franceses. Sin duda, parte de la razón radicaba en la necesidad que tenía Rusia de compensar las inadecuadas redes ferroviarias y de carreteras y de superar las dificultades del barro provocadas por el deshielo primaveral y las lluvias otoñales.[106] Pero, cuando las fuerzas alemanas ocuparon los territorios de los Románov, ¿no necesitaron la escala rusa de apoyo humano en su retaguardia? La causa básica de la peculiaridad rusa residía en su falta crónica de financiación de las fuerzas armadas. Dos quintas partes de las tropas del imperio trabajaban como sastres, jardineros, zapateros, carpinteros, cocineros y similares. Incluso desplegaron soldados para obtener ingresos suplementarios para las fuerzas armadas en la economía civil mediante el trabajo estacional en los meses de verano.[107]

El impacto demográfico del reclutamiento fue de una magnitud sin precedentes. Casi la mitad de los hombres de entre dieciocho y cuarenta y tres años, alrededor del 47 por ciento, fueron reclutados por las fuerzas armadas. Como la mayoría procedían de los pueblos, la actividad agrícola experimentó cambios enormes e inmediatos. En la provincia de Vólogda, la llamada a filas afectó al 52,3 por ciento de los varones clasificados como aptos para el trabajo productivo.[108] La normativa del reclutamiento imperial eximía a algunos grupos religiosos y étnicos concretos, conocidos en el lenguaje oficial como «extranjeros» (inogorodtsy). La administración imperial nunca había confiado en los musulmanes de Asia Central y el sur del Cáucaso desde su reciente conquista, y se temía que colaboraran con los otomanos. También los finlandeses y los menonitas se libraron del servicio militar obligatorio. Incluso los rusos estaban exentos si eran hombres casados y el sostén de la familia. Esa norma provocó una oleada de bodas en el primer año de la guerra.[109] También se concedieron exenciones a los hombres que eran los únicos hijos varones de sus familias o los únicos que quedaban trabajando la tierra para ellas, y se permitía a los estudiantes finalizar su educación.[110]

La gente se quejaba de las injusticias. A los ricos les resultaba más fácil que a los demás eludir el servicio militar obligatorio. Zamáraev se preguntaba por qué un soltero rico no era llamado a filas mientras numerosos padres de clase baja eran reclutados. Muchos jóvenes del campo se escondían de los reclutadores.

Al llegar a las guarniciones para la instrucción, los reclutas tenían que ser alimentados regularmente; el alto mando reconocía la necesidad de que estuvieran en forma y sanos. Debían recibir uniformes y material militar. Había que formarlos en las técnicas de la guerra y aumentar el número de oficiales para que todo esto fuera factible. Había que requisar transportes para el traslado de hombres, municiones, equipos, caballos, alimentos y heno. Cuanto mayor era el ejército, mayor era la demanda de las organizaciones de abastecimiento, que carecían de personal y fondos suficientes. Además, con el comienzo de la guerra, la ración diaria de carne para las tropas se duplicó hasta alcanzar el medio kilo. La dieta de millones de campesinos en el Imperio ruso era de pésima calidad, pero en el ejército un soldado podía recibir algo más de un kilo de pan al día. La mantequilla y otros productos lácteos provenían de Siberia occidental. Los productos vegetales secos tenían su origen en la horticultura de la región que rodeaba Rostov del Don, y los suministros se complementaban desde los territorios situados cerca del frente.[111] La prensa alemana informaba con admiración de lo bien alimentados que estaban los soldados rusos.[112]

Pero la realidad no era tan impresionante como dictaban los criterios oficiales. Cuando Alekséi Shtukáturov llegó a su regimiento en Poltava, le entregaron un uniforme ruso imperial, pero la taza, los cubiertos y una raída bolsa de material eran austriacos. Shtukáturov observó que se realizaban intercambios informales con los residentes de las localidades. Algunos de los reclutas más recientes ya estaban vendiendo las botas que recibían de los almacenes del ejército.[113] Pero el sueldo de los soldados era de setenta y cinco kopeks al mes.[114] No era una fortuna, pero les bastaba para comprar comida extra si estaban cerca de un puesto de verduras o frutas. Cuando fue destinado a Jersón, en la actual Ucrania, Shtukáturov visitó un monasterio y compró un ejemplar del Nuevo Testamento. Él y sus compañeros podían permitirse hacerse fotos en la ciudad.[115]

La censura militar rusa descubrió que las cartas enviadas a casa por los soldados estaban notablemente exentas de quejas sobre sus condiciones. El 30 por ciento eran calificadas de alegres y optimistas, y el 67 por ciento parecían tranquilas, sin aprobar ni criticar el trato que recibían los soldados.[116] Estos escribían sabiendo que otros las leerían antes que sus seres queridos, cosa que los disuadía de plasmar por escrito pensamientos incendiarios. Aun así, parece que el Ejército Imperial no era un hervidero de turbulencias revolucionarias. Los desertores eran objeto de desprecio. Medio millón de ellos huyeron durante el primer año de guerra.[117] El soldado medio esperaba la solidaridad de sus compañeros de lucha. Pensara lo que pensara de las razones de Estado que habían motivado su reclutamiento, se comprometía a apoyar a los hombres de su unidad, y suponía que los demás harían lo mismo.[118]

La principal preocupación de las tropas era cómo se las arreglarían las familias en su ausencia ante las exigencias del arado y la cosecha. Mientras que las cartas que escribían los familiares al frente hablaban del aumento vertiginoso de los precios, a la dirección del ejército le preocupaba el impacto que eso tendría dentro de los regimientos.[119]

Los reclutas habían sido trasladados a cientos o miles de kilómetros de casa, pero, si acaso, la guerra endureció sus sentimientos sobre cómo debía organizarse la sociedad. En las cartas expresaban su ira contra la policía, los comerciantes (a menudo llamados «especuladores») y los terratenientes de la alta burguesía.[120] Un soldado escribió que juzgar a los comerciantes era demasiado benevolente y que debían ser ahorcados. El estilo de vida de los ricos y privilegiados en tiempos de guerra causaba resentimiento en el frente y en las guarniciones. Otro soldado escribió: «No encuentran un lenguaje común con nosotros, como si no compartieran la misma patria». Asimismo, aseguraba que estaban «llenándose los bolsillos» y que rezaban a Dios para que la guerra se prolongara un año más y así «ganar cerca de un millón».[121] Gueorgui Zhúkov, futuro mariscal de la Unión Soviética y el primero en ocupar Berlín en 1945, recordaría su amarga reacción al ser llamado a filas en 1915: «No experimenté ningún entusiasmo especial, porque a cada paso que daba en Moscú me encontraba con tullidos desdichados que habían regresado del frente y, al mismo tiempo, junto a ellos, veía cómo los hijos de los ricos llevaban la misma vida de antaño».[122]

La disciplina era dura en las fuerzas de todos los Estados en guerra, pero especialmente en el Ejército Imperial. Los campesinos del Imperio ruso, a pesar de estar acostumbrados a acatar las órdenes de los mayores de su familia, estaban indignados con sus bravucones sargentos instructores. Los reclutas recibían puñetazos e insultos a diario. Alekséi Shtukáturov se escandalizó con un alférez que propinó una fuerte paliza a cuatro soldados por quedarse dormidos durante la guardia. Shtukáturov escribió en su diario:

Obviamente, los oficiales (nachal’stvo) tenían el objetivo de aterrorizar a los soldados con el miedo al castigo, imaginando que esa era la forma de elevar la capacidad de lucha del soldado ruso, pero como pude comprobar por el estado de ánimo y las conversaciones de los soldados, el resultado fue el opuesto. Todos los soldados se veían reflejados en el compañero golpeado que tenían delante, y a pesar de intentar cumplir honorablemente con su deber, ninguno de nosotros puede estar seguro de que mañana no correrá la misma suerte por un pequeño desliz.[123]

Ser soldado en nombre del zar era extremadamente duro.

El régimen disciplinario en las guarniciones de la retaguardia no era más suave. A veces la brutalidad era excesiva para los hombres, que acababan tomando represalias. Gueorgui Zhúkov recordaba cómo él y algunos amigos jóvenes del Ejército Imperial se habían aliado contra su verdugo. Se abalanzaron sobre él en un rincón oscuro, le taparon la cabeza con una manta y lo golpearon hasta dejarlo inconsciente en el suelo.[124] A veces había represalias a mayor escala. En otoño de 1915 se sublevaron 30.000 soldados en Moscú en protesta por sus condiciones. Un policía de la ciudad fue asesinado y los alborotadores no mostraron temor alguno en liberar a los camaradas que habían sido arrestados. Con dificultad, el cuerpo de oficiales pudo restablecer la calma y el orden.[125] Hubo nuevos disturbios entre la última hornada de reclutas en Petrogrado y otras ciudades. Shcherbátov, el ministro del Interior, ordenó a los gobernadores provinciales que reprimieran los crecientes disturbios con las medidas que juzgaran necesarias. Aunque no eran comparables al frente, las guarniciones se habían convertido en un polvorín a punto de estallar.[126]

Al ser reclutados, millones de soldados rusos descubrieron repentinamente que podían ejercer menos derechos de los que tenían en sus pueblos. Un soldado de guarnición no podía fumar en la calle ni entrar en una taberna a tomar una copa. Ni siquiera podía pasear por las calles principales de la ciudad. No podía viajar en tranvía, y en las puertas de los parques había carteles que prohibían la presencia de soldados y perros, un vínculo que degradaba su dignidad humana.[127] La rutina diaria acostumbraba a reducirse al aburrimiento. Las distracciones en los cuarteles militares eran escasas, aparte de los servicios religiosos ortodoxos y las partidas de póquer. Las condiciones en el frente implicaban tanto los peligros del combate como periodos de lúgubre inactividad. Dondequiera que estuviesen, en el frente o en la retaguardia, a los soldados les disgustaban las normas y prácticas de disciplina. Los oficiales de rango medio también tenían sus quejas. El escritor y activista humanitario Shloyme Rappaport-Ansky, que escribía bajo el seudónimo de S. Ansky, viajaba en un tren cerca del frente cuando escuchó a un alto mando imperial decir: «Rusia está luchando contra tres enemigos: los alemanes, los piojos y nuestros generales». De ellos, zanjó el oficial, los generales eran los más peligrosos.[128] Todos los ejércitos que participaban en la guerra tenían sus tensiones y problemas internos, y no era raro que un teniente culpara a sus mandos. Se trataba mal a las tropas en todas partes, pero los miembros del Ejército Imperial ruso estaban expuestos a humillaciones y crueldades extremas.

En una nota más positiva, se concedían medallas por actos de valor. Alekséi Shtukáturov obtuvo una cruz de San Jorge de cuarta clase en una de sus primeras misiones en el frente. Más tarde debería haber recibido una cruz de tercera clase, pero hubo una confusión administrativa y solo le llegó otra medalla de cuarta clase.[129] Durante la guerra, las fuerzas armadas rusas otorgaron más de un millón de cruces. La concesión de una medalla suponía escasos beneficios más allá de la aclamación personal, pero cuando la compañía de Shtukáturov estuvo desplegada un tiempo cerca de Jersón, los tenderos daban pan, salchichas y chocolate gratis a quienes lucían su cruz de San Jorge.[130]

Las tropas siempre han tenido sus propios métodos para levantar la moral. El humor y la fantasía se colaban en algunos de sus cánticos no supervisados, como en este sobre un soldado y su caballo:

Un pobre soldado vive solo.

¡Hurra, hurra, hurra!

Y acicala a su caballo y no bebe vodka.

¡Hurra, hurra, hurra!

«Fiel caballo negro mío,

¡Hurra, hurra, hurra!

¿Vamos tú y yo a la batalla?»

¡Hurra, hurra, hurra!

La primera bala mató al caballo.

¡Hurra, hurra, hurra!

Y la segunda me abatió a mí.

¡Hurra, hurra, hurra![131]

Las melodías podían ser alegres a pesar de las temáticas de muerte y nostalgia por los seres queridos. Otra canción contenía estos versos:

Todas las tumbas están cubiertas de hierba,

han colocado una cruz sobre la mía.

A todos mis camaradas les digo:

venid a llorar, muchachos,

e inclinaos tres veces

en memoria mía, hermanos.[132]

Tales versos expresaban el estoicismo por el que el recluta ruso gozaba de justa fama.

Otras formas de diversión eran menos inocuas. Cuando no estaban de servicio, muchos soldados se entretenían con la prostitución, el juego y cosas peores. Las violaciones de mujeres, los saqueos y las peleas entre borrachos eran habituales. Los oficiales tenían dificultades para ponerles fin aunque quisieran, y no siempre querían. Las quejas de los campesinos cercanos eran ignoradas.[133]

Cuando las fuerzas armadas se vieron obligadas a regresar a los territorios del Imperio ruso, el Estado Mayor decidió no dejar atrás a nadie ni nada que pudiera ser de utilidad para el contingente alemán. El Ejército Imperial llegó a ciudades y pueblos y dio a la gente entre veinticuatro y treinta y seis horas para abandonar sus hogares con el equipaje que pudieran llevar.[134] Se cerraron fábricas y otras empresas, además de sus equipos y mano de obra, fueron trasladadas más al interior de la zona de guerra. Se implantó un régimen de tierra quemada en una franja de cien kilómetros de ancho en toda la línea del frente. Si el enemigo traspasaba la línea, no encontraría nada con lo que sustentarse. Dichas órdenes causaron una angustia enorme. El Consejo de Ministros debatió el cierre de las instalaciones de refinado de remolacha azucarera para las que no había perspectivas de reubicación y reanudación de la actividad. Los perjuicios económicos y sociales eran inequívocos para los ministros, que se negaron a avalar la temeridad de los mandos militares.[135] Solo el emperador podía resolver la cuestión, y rechazó las conclusiones formuladas en su gabinete. En su opinión, si sus principales generales querían algo, todos debían buscar la manera de satisfacer sus peticiones.

Esto significó que numerosas familias campesinas rusas perdieran su hogar y sus tierras. La esposa de Alekséi Shtukáturov le escribió desde la provincia de Smolensk, en el frente oriental, en agosto de 1915: estaba aterrorizada tras oír rumores de que todo el mundo iba a ser deportado a Siberia antes de la siguiente ofensiva alemana. Incluso se decía que los soldados heridos ya no serían atendidos en los hospitales de la retaguardia. La ausencia de anuncios oficiales dio lugar a habladurías. Shtukáturov le contestó diciéndole que no hiciera caso de los rumores.[136] No se sabe si lo hizo o no, pero siguió viviendo en la casa familiar.

En cualquier caso, el alto mando reservaba el trato más severo para los grupos étnicos a los que consideraba «sospechosos». En el siglo XIX se habían producido deportaciones para asegurar la autoridad imperial en las zonas recién conquistadas de Asia Central y el Cáucaso cada vez que un pueblo era considerado irreconciliable con el orden imperial. Se repitieron a mayor escala en la Gran Guerra y sentaron las bases de las campañas de limpieza étnica que practicaría la primera administración soviética.[137] Ciertos grupos nacionales que vivían cerca del frente oriental también se convirtieron en objetivos. A finales de 1914 se ordenó la expulsión de todos los habitantes de Varsovia, excepto los de origen eslavo.[138] Unas 200.000 personas de origen alemán fueron expulsadas de la Polonia «rusa» y sus propiedades, confiscadas. Muchas fueron enviadas bajo escolta militar a Siberia y el norte de Rusia, lejos de donde pudieran perjudicar a la campaña bélica imperial. Las deportaciones continuaron desde otras zonas fronterizas occidentales tras la retirada de todos los territorios polacos. El emperador y el Gobierno reforzaron las medidas antialemanas. Se prohibieron las publicaciones en lengua alemana y los alemanes étnicos no podían celebrar reuniones. Se confiscaron granjas que habían pertenecido a colonos alemanes desde la época de Catalina la Grande. Muchos funcionarios alemanes del Báltico fueron despedidos de sus puestos de responsabilidad.[139]

Aleksandr Zamáraev fue testigo de la afluencia de familias alemanas a su distrito de Totma en agosto de 1914. Eran doscientos civiles entre hombres, mujeres y niños.[140] La provincia de Vólogda se consideraba un territorio en el que, según el alto mando, podían permanecer posibles espías o colaboradores mientras durara la guerra.

Otros grupos también sufrieron. En el sur del Cáucaso, donde se intensificó la guerra contra las fuerzas otomanas, los adjarianos y otros grupos musulmanes fueron expulsados de sus ciudades y pueblos. La limpieza étnica se introdujo en la zona de guerra detrás del frente del Cáucaso.[141] Polacos, lituanos, letones y romaníes que vivían cerca del frente oriental fueron expulsados en una secuencia de operaciones.[142] Aunque eran súbditos de los Románov, los comandantes del ejército los consideraban susceptibles de dar una cálida bienvenida a las Potencias Centrales invasoras. Las deportaciones pretendían evitar que fueran utilizados como espías por las fuerzas alemanas y austrohúngaras. También había un fuerte elemento de rencor vengativo en una época en que las tensiones nacionales y religiosas iban en aumento. Cualquiera que fuese considerado un subversivo en potencia recibía un trato severo.

Pero fueron los judíos quienes recibieron el peor trato. Los líderes del ejército describían explícitamente el proceso de deportación y expropiación de judíos como una «limpieza».[143] Los habitantes judíos sufrieron terriblemente en los territorios ocupados por las fuerzas armadas rusas en Alemania y Galitzia en 1914.[144] La miseria continuó en las ciudades y pueblos cercanos a la línea del frente a medida que esta se adentraba en las partes occidentales del Imperio ruso. La propia zona de guerra imperial abarcaba gran parte de la llamada Zona de Asentamiento, donde la ley había confinado a la mayoría de los judíos desde que Catalina la Grande adquirió tierras en el este de Polonia a finales del siglo XVIII. Las tierras de los Románov albergaban el mayor número de súbditos judíos del mundo. El 96 por ciento de la población judía del imperio vivía en la Zona de Asentamiento.[145] Tan solo se hacían excepciones con los empresarios más ricos y unas pocas ocupaciones clave. Trescientos cuarenta mil fueron expulsados de las provincias polacas del imperio antes de que sus fuerzas se vieran obligadas a abandonarlas.[146] Según un cálculo reciente, hasta 600.000 judíos residentes en toda la zona de guerra perdieron sus hogares durante la Gran Guerra.[147] A diferencia de los alemanes étnicos, simplemente fueron expulsados sin pensar en asignarles un lugar de asentamiento.

Nicolás Nikolayévich se negó a frenar el caos, y Yanúshkevich no sentía ningún impulso de cambiar de política, pues sabía que el zar Nicolás compartía el desprecio y la desconfianza hacia sus súbditos judíos. El soberano de toda Rusia y su imperio no iba a reprocharle que reprimiera su potencial supuestamente traicionero en las tierras fronterizas occidentales. El antisemitismo del alto mando bebía de viejas fuentes. La doctrina de la Iglesia ortodoxa responsabilizaba al pueblo judío del asesinato de Jesucristo. El odio y el miedo a los judíos coexistían. La paranoia militar aumentó porque el yidis, el idioma de los shtetl, era cercano al alemán, y pocos oficiales y aún menos soldados entendían alguno de los dos idiomas. En los más altos niveles de mando, la palabra estándar para referirse a los judíos era «yids».[148]

Shloyme Rappaport-Ansky fue testigo de la horrenda escena en la que un judío ciego de ochenta y dos años fue tratado como un espía alemán.[149] A los judíos se les prohibía viajar junto a una unidad rusa en retirada por miedo a que obtuvieran información sensible y la transmitieran a las Potencias Centrales. En febrero de 1915, el ejército prohibió a los judíos desplazarse de una ciudad a otra de Galitzia. A mediados del verano se prohibieron totalmente las publicaciones en yidis y hebreo, y se impidió a los soldados judíos escribir a casa en yidis.[150] Para innumerables judíos, la orden de trasladarse al este llegó demasiado tarde para evitar los pogromos de las unidades cosacas, que fueron tan crueles como los que perpetraron los cosacos del siglo XVIII en la misma región. A menudo, una vez iniciado un pogromo, los campesinos locales se unían al saqueo.[151]

La violencia iba acompañada de humillaciones que podían llegar a ser sádicas en extremo. Los residentes judíos del shtetl de Volkovisk, en la provincia de Grodno, fueron desnudados por las tropas y obligados a bailar entre ellos y a cabalgar sobre cerdos. Uno de cada diez judíos cautivos del ejército fue ejecutado. Esto resultaba aún más chocante si se tenía en cuenta que una décima parte de toda la población judía servía en el Ejército Imperial.[152] Alrededor de 500.000 judíos se unieron al ejército en tiempos de guerra y más de la mitad eran voluntarios.[153] Luchaban por el zar y por la patria, y 1.957 de ellos fueron condecorados con la medalla de la cruz de San Jorge. Aun así, no recibieron ningún agradecimiento público y se prohibió a la prensa mencionarlos por su nombre tras actos de valor.[154] La extrema derecha abogaba por una política aún más severa y pidió la expulsión de todos los judíos de las fuerzas armadas. El Estado Mayor rechazó el consejo.[155] No obstante, mantuvo la prohibición de ascender a cualquier judío por encima del rango de alférez (praporshchik).

En abril de 1915, el alto mando hizo una afirmación sensacionalista sobre un incidente de colaboración judía con el enemigo. Los investigadores del ejército acusaron a los residentes judíos de Kuzhi, un pequeño pueblo de la provincia de Curlandia, de haber dado cobijo a las unidades alemanas que avanzaban antes de ocupar el distrito. Se practicaron detenciones y los judíos «culpables» recibieron palizas. El Estado Mayor hizo suya la historia y ordenó la expulsión inmediata de todos los judíos de las provincias de Kovno y Curlandia. Kuzhi se convirtió en sinónimo de la amenaza interna para la seguridad imperial.[156] Aquellos tormentos en la zona de guerra no eran un mero espectáculo secundario regional y alteraron los ya inestables cimientos de la sociedad. Asimismo, marcaron la política de la época, y el recuerdo del trato bárbaro que dispensaban los líderes militares a los súbditos de los Románov nunca se desvaneció. Tanto victimarios como víctimas fueron tratados brutalmente, y se difundió y amplificó el mensaje de que la violencia era parte normal de la vida. Era un mensaje que se seguiría transmitiendo en 1917 y años posteriores.