Prólogo

No hay nada más sencillo que vivir con un perro. Cuando entra, basta con oír el ruido de sus patas sobre el parquet, aspirar el olor que, a su paso, impregna discretamente el pasillo de la casa y ver pasar los días en las bolas de pelo que va dejando por todas partes. Luego, una noche, solo oyes el silencio, todas las habitaciones huelen a ausencia y ya no hay nada, en ninguna parte, por barrer y aspirar. En ese momento, en esa noche, en esa hora exacta, es cuando sientes en lo más profundo de tu ser que tu perro ha muerto.

Siempre experimenté una alegría infantil cuando veía a mi perra beber, cuando la oía comer, devorar lo que le había cocinado. Ese momento rebosante de vida, de alegría nos brindaba una felicidad primitiva y compartida. Aquella noche lavé su escudilla, con los dedos bajo el agua ardiente, frotando no sé qué durante no sé cuánto tiempo.

Y después leí Su olor después de la lluvia. Entonces ese mundo tanto tiempo guardado en los armarios de la memoria empezó a resquebrajarse y, página tras página, los ruidos, los pelos, los veterinarios, las largas caminatas y los olores volvieron. Esos olores, sobre todo los que provoca la lluvia, fuertes, animales, los que más detestan las personas que no quieren a los perros. Su olor es un libro mágico, rico, el texto de una especie de diálogo amoroso que cuenta con gracia y elegancia la historia conmovedora, la vida, simplemente, de un hombre con su perro.

No sé lo que diría al respecto Cédric Sapin-Defour, el autor de Su olor —aunque lo sospecho—, pero siempre pensé que en esa relación, bien mirado, el perro era el que cuidaba de su «amo» y no al revés. Me di cuenta muy pronto, al advertir que mi perra, como muchos de sus congéneres, entendía unas trescientas palabras del lenguaje humano, mientras que a mí me resultaba casi imposible, por mucho que lo intentara, distinguir los matices primarios de sus ladridos. Baste decir que, durante años, todas las noches, a eso de las nueve, ella se sentaba en el sofá y durante varios minutos, con sus ojos fijos en los míos, se dirigía a mí, modulando vocalizaciones y timbres parecidos a los de la voz humana. Algunos me decían: «Es como si te hablara». Lo que no sabían esas personas era que me hablaba realmente. Y que, cuando estábamos solos, yo le contestaba. Cada uno preso de su lenguaje, pero tratando de mostrar al otro que hacíamos el imposible esfuerzo de llenar el vacío que separa nuestras especies. Su olor, a su manera, también relata la intimidad sutil, la impregnación mutua que se crea entre dos especies cuando están pendientes una de otra. En el caso del hombre, la obligación de salir de sí mismo, de olvidarse, de «despojarse» completamente para entender al otro. El libro también explica, con mucha dulzura, lo importante que es para un humano aprender a tumbarse en el suelo para sentir, con verdadero placer, cómo su perro se queda dormido apoyando la cabeza sobre él. Vivir con un animal obliga a descifrar, a reconsiderar el espacio y el tiempo. En el momento en que abres la puerta de la casa el perro ya adivina de qué humor estás e, incluso antes de que seas consciente de ello, sabe lo que tienes en la cabeza. Ha entendido que vas a llevarlo a caminar por la montaña, a nadar en el mar, a correr por la playa, y que, a lo largo de esas caminatas, de esos pasos acompasados, os uniréis para toda la vida; bastará con que estéis atentos a la sed y al cansancio del otro. En este libro el autor nos revela la bonita costumbre, muy significativa, que ha adquirido con su perro: cuando hace mucho calor le da de beber «de boca a hocico».

Este texto es un compendio de inteligencia y amor entre dos seres a los que, sin embargo, separan tantas cosas. Salvo una, que va asomando en el último cuarto del libro y que el autor resume en una sencilla frase al hablar de su bernés envejecido: «¿Cuándo entenderá que es mortal?».

Creo que un perro no tiene por qué saber esas cosas.

Y es lo que debería salvarle.

Pese a todo, el final llega. Unas páginas, al principio, ansiosas, en las entrañas de veterinarios abnegados, después desoladoras, en vísperas de los últimos días. Llegado el momento de la partida, el hombre mira al animal por última vez y ahora sabe que tendrá que «hablar a alguien que ya no le contesta». Y entonces, por supuesto, como es natural, llora.

Cuando mi perra murió la hice incinerar. Fui a buscar su cuerpo a la clínica veterinaria y viajamos en nuestro coche juntos, ella y yo, durante cincuenta kilómetros. Llegados al lugar, un hombre abrió el portón, la colocó en una carretilla y, con asombrosa delicadeza, dijo simplemente: «No se preocupe, nosotros nos encargamos». Hasta donde alcanzaba la vista caía una copiosa lluvia de primavera.

Desde hace tres años sus cenizas y su correa reposan a la derecha de mi escritorio.

De modo que aquí lo tiene. El libro que va a leer es un compendio de amor y comportamiento que tal vez le guíe hasta esa frontera inmaterial, la del país donde los perros hablan a los hombres. En él aprenderá cosas asombrosas sobre ellos y sobre usted mismo. Por mi parte, este texto también ha obrado un pequeño milagro: a lo largo de las páginas y las palabras escritas me ha permitido recuperar el maravilloso ruido de los pasos de mi perra trotando por la casa, la voz de sus conversaciones nocturnas y, sobre todo, sobre todo, Su olor después de la lluvia.

JEAN-PAUL DUBOIS

PRIMERA PARTE

1

Ser permeable a la felicidad, o algo así.

Si no, ¿cómo puede explicarse lo inesperado?

Los encuentros destinados a embellecer nuestra vida aparecen en los días grises, es así; nada los anuncia. Navegamos en la trivialidad de un día, sombrío y aburrido, sin esperar nada más que el mañana, demasiado conscientes de las carencias del mundo y muy poco de nuestra suerte envidiable, y entonces una buena estrella dice que es nuestro turno, extraño péndulo que une el alcance de una historia con la improbabilidad de que ocurra.

Una galería de tiendas de centro comercial no es muy elegante, y la del Carrefour de Sallanches no es una excepción. Primero te abruma: un techo bajo de cuadrados grises como si el cielo no existiera y sin que tampoco lo echemos en falta. Luego te operan, luz blanca por todas partes, como un trépano, al principio te traspasa y ya no sientes nada. Al final ruido, mucho, a nuestra época no le gusta el silencio, alguien, desde ninguna parte, grita recetas de una vida maravillosa, las mismas para todos; puedes deambular, esconderte y hacer como si nada, pero acaba alcanzándote. Estos lugares sin verdadera alma y donde la mía va a oscurecerse para siempre.

El bar se llama Le Pénalty, habría podido ser Le Corner, en sus cristales de color verde lechuga, una portería; un tipo alto, moreno, de azul, medio rapado podría ser Zidane, y balones pintados con típex. Aquí puedes beber cien brebajes, apostar a las carreras, jugar a la lotería o comprar tabaco; es un tesoro de adicciones y nada te impide acumularlas. Te sirven un café torrefacto que a los franceses les parece exquisito y bolitas de cacahuete y cacao en bolsa de plástico. En la barra se habla fuerte, de geopolítica simplificada; poder explicarlo todo señalando a un solo culpable parece ser que hace la vida más llevadera.

Abro un periódico. En los lugares públicos, solo y para disimular esa soledad, te agarras a lo primero que pillas y finges que tu vida es plena. En 2003 todavía existen esos exiguos periódicos de anuncios locales con el número del departamento; aquí esa gaceta se llama 74. En los márgenes unos lectores anteriores han garabateado dibujos que solo les hablan a ellos y que han debido de relajarles. En esas pocas páginas se ensalzan las cualidades de todo, esencialmente de nada. Me evado en él, es mi ambición del día. Algunos anuncios traspasan la Alta Saboya y se aventuran más allá.

Leo sin orden ni concierto, me salto muchas líneas, desde el gallo a treinta euros hasta el burro por trescientos, me lo trago todo para ver si hay una bonita historia. Y aparece. Página 6, arriba a la izquierda, bajo una manchita de agua que emborrona las palabras, muy cerca de una Peugeot J5 segunda mano con ITV negociable y de Marc, también él antiguo en el mercado, que busca un hombre joven intrépido para retozar juntos. Página 6, decía, máquinas usadas, hombres en celo y él, ahí, pacientemente inmóvil, ajeno a todo ese barullo, ya plácido. Un perro. Ahí, entre doce hermanos más o menos parecidos salvo por el orden de llegada a esta tierra, todos nacidos el 4 de octubre de 2003, en nuestro mundo todo empieza por un nacimiento; las apariciones son otra cosa. Doce boyeros berneses, pobre madre, un verano de calor sofocante, doce, de los que seis son machos y seis son hembras, pero aquí, como en otras partes, lo masculino prevalece. Doce de una sentada, lo que se llama una camada, que también significa cuadrilla de ladrones. Pido otro café. En el bar una señora de rosa sostiene en el antebrazo una especie de pequinés y me pregunto si este sabrá andar.

Para escapar del ruido salgo del bar hacia el paseo central, solo cambia el rumor. Enfrente, un cartel lleno de arena blanca, de un azul insólito, con la típica joven que corre enseñando todos sus dientes, tiene un mensaje: «No sueñes tu vida, vive tus sueños», todo se paga a crédito. Sin querer queriendo marco el número que hay al final del anuncio. Una llamada, un arrebato, algo que tira y a la vez empuja, y retiene un poco. Creemos en los actos irreflexivos, pero la verdad es que van madurando poco a poco durante años, te conocen tan bien que en cuanto les das la oportunidad aparecen disfrazados de impulso inmediato o de verdad llegada de no se sabe dónde.

La señora Château, que así se llama, contesta con la rapidez de quienes saben a qué se debe la llamada. Me dice que todos los cachorros están disponibles, excepto uno, pero que sin duda no tardarán en marcharse. Lo cual me irrita un poco, me carga esa exigencia incesante de velocidad, no la quiero, ahora no, cuando hay un plan que necesita ser saboreado. Salvo que esa cosita es la mía y hará lo que le dé la gana y dictará todas las prisas que quiera. Le contesto que si tienen un mes y apenas andan son algo jóvenes para marcharse tan pronto, un chiste malo propio de quienes se manejan mal en sociedad y se defienden de la realidad amparándose, eso creen, en el humor oportuno. Ella responde con una muda indiferencia que confirma, si hiciera falta, mi salida de tono. Pero creo que la entiendo: representa su papel a las mil maravillas, le ha llegado el momento de cobrarse las noches en vela junto a una hembra gestante, con el número del veterinario de guardia en la cabeza, de memoria; le ha llegado el día de capitalizar los tiernos sentimientos que el hombre siente por el perro. No hay que avergonzarse de comerciar con el amor; en realidad es fácil, porque no tiene precio. Le digo que seguramente me pasaré el fin de semana para echar un vistazo, si le viene bien. Qué palabra tan tramposa, «seguramente», nos gustaría que susurrase «quizá», pero no hace más que gritar lo evidente. «Para echar un vistazo» también no se dice así como así, es como el golpe seco de una sentencia en las mesas de póquer cuando le reclamamos al destino que, si no le importa, se ponga de nuestro lado.

Al colgar vuelvo a mi mesita coja de falso mármol gris, ahí querríamos ver a Sartre y a Platini conversando. Un vértigo me está esperando, de esos que provocan a las mil maravillas las evidencias contrarias del impulso y del freno. Sé lo que significa ir allí, a la zona de Mâcon. No es ir de visita. Ni atesorar un elemento suplementario de reflexión. Ni postergar. Es provocar. Es poner a dos seres vivos frente a frente y juntar sus historias durante miles de días. A los amores en ciernes no se les miente. Si mi furgoneta blanca se encamina a ese lugar no será para ver qué pasa, sino para tropezarse con una realidad ya bien provista de sus alegrías y sus carencias. Y seré el único responsable, pues ella o él, que yo sepa, no me han pedido nada.

Ya «tuve» un perro. Iko, una maravilla de compañero, un labrador de cuerpo canelo y orejas oscuras, al que sus propietarios anteriores (es la idea que tienen algunos de su vínculo con ese objeto ambulante, también está «amo», pero ¿qué decir?) habían bautizado Marfil, para luego abandonarle cobardemente, pues su juguete a imagen de su nombre no era más que una posesión preciada, arrebatada, exhibida y de la que uno se acaba cansando. Una mañana de abril entré en la perrera de Brignais y vacié una jaula; otras cien estaban llenas. Era tan poco marfil que no respondía a ese dulce nombre de los caprichos. Iko casaba mejor con nuestra afición a las tribus. Fue el comienzo de una historia luminosa en cuyo final no se me ocurría pensar, alegría constante, en el agua, en la nieve, en los bosques, al amor de la lumbre, cerca de la vida y al margen del mundo, una fascinación equilibrada pero efímera; un día, sin que él se quejara, la mandíbula se le llenó de sangre. Cogí el coche de mis padres, el grande, el fiable, y fui a la escuela veterinaria de Maisons-Alfort, el único sitio donde podían hacer un escáner, esa prueba indispensable o indecente, según la importancia que uno le otorgue a los animales respecto a su utilidad en el mundo. El veterinario me dijo que solo le quedaban unos meses de vida: los perros imitan a los hombres hasta en el cáncer. Lo que siguió le dio deplorablemente la razón; es lo malo de los veterinarios, que no suelen equivocarse. A la vuelta la tristeza se apoderó de mí; lloré cuatro horas seguidas en la A6 hasta que se me secó el cuerpo. Hay que llorar, me decía mi abuela, las lágrimas de dentro hacen aún más daño y pudren los huesos. Iko dormía en el asiento trasero y yo me convencía de que él no había entendido nada, de que los perros no tienen conciencia de su finitud; en cuanto a los animales, tan pronto juramos que son clarividentes como que son ignorantes, según lo que nos resulte más consolador. Una mañana, después de mil aplazamientos egoístas, el amor se impuso al apego. Hubo que descolgar el teléfono para concertar una cita que segaría una vida, acudir a nuestro veterinario, el suyo, el mío, y regresar solo, despojado, con un collar y un manojo de pelos como únicos talismanes. Con unos pocos centilitros en una jeringa el después se apaga y ya no vuelve nada. Creo que Iko se lo pasaba bien en nuestra tierra, teníamos un sinfín de planes, pero ambos lo sabíamos: nunca es preferible esperar.

Desde entonces, su ausencia escolta cada uno de mis días y no me parece del todo normal que la vida continúe. De modo que lo sé. De qué asunto afectivo se trata. Ya he llorado con una medalla en la palma de la mano. Hacerte cargo de un perro es acoger un amor inmarcesible, no te separas nunca, la vida se encarga de ello, un amor que no admite una rebaja ni un final. Hacerte cargo de un perro es cuidar de un ser pasajero, comprometerte para una vida amplia, sin duda alegre, irremediablemente triste, para nada austera. El desenlace de esta unión no es ningún misterio, ya cedas al rechazo o te propongas enfrentarlo, en ambos casos la tristeza ronda, hace daño, y es una extraña danza, un balanceo diario para que prevalezca la alegría, relegando y sofocando esa evidencia. La biología, ciencia de la vida, eso dicen, es poco dada a los idilios cruzados. Si tu amor de padre se ejerce sobre un niño de tu especie, el paso del tiempo hace que te sobreviva y no tendrás que amargarte la vida cuando la suya se acabe. Cuando tu amor se proyecta sobre un ser vivo de otra clase con una vida de duración menor, en toda implacable lógica llegará la fecha en que el recién nacido alcanzará tu edad, la sobrepasará y morirá. Es absolutamente ilógico, la paradoja última, y no de las más agradables: la muerte de un perro es antinatural. Es decir, que esa felicidad tiene sus fechas de caducidad y, por mucho que te empeñes en dedicar todos los días a ralentizar su vida o acelerar la tuya, es así, pues con la cronobiología no se negocia, los perros se marchitan. Los amantes del loro gris lo han entendido y se secan menos la córnea. Hilvanar tu vida con la presencia de un perro es entender que la felicidad moldea la tristeza, es comprobar que la carencia se disuelve mal en los recuerdos, por abundantes y felices que estos sean, es aceptar que cada volátil minuto debe disfrutarse con una intensidad siete veces mayor de la habitual, es enfrentarse a ese proyecto seductor y vertiginoso de no sabotear ningún instante y celebrar la vida de un modo desaforado. Debido a esta realidad y a los arrestos que hay que tener para aceptarla, quienes adoptan lealmente un perro despiertan en mí una admiración inmediata y definitiva.

Al salir del Pénalty con esta idea en mente pienso que ha llegado la hora de reintroducir en mi vida un poco de esta audacia de amar. Vuelvo al bar un momento para comprar uno de esos rasca y gana; en vista de que mi horóscopo resulta poco alentador, es lo único que se me ocurre para orientar definitivamente este día en un sentido favorable.

Fuera del centro comercial hace buen tiempo; quién lo diría.

Vuelvo a llamar a la señora Château, que contesta con la misma presteza. Resumiendo, me pasaré hoy sábado; a fin de cuentas ella también tiene derecho al descanso dominical, como todo el mundo. Antes de arrancar mi furgoneta, entre cuyas planchas metálicas cabe de sobra un perro grande, observo las montañas. Desde el aparcamiento la cordillera del Mont Blanc resplandece, la de los Fiz intimida, ambas invitan a la audacia. Dejo que mis ideas divaguen, pero temo que se ordenen, así que les sugiero que se vayan hacia el reino de los sueños.

Luego me repongo y recurro a todas las triquiñuelas intelectuales para quebrar el designio indiscutible de este trayecto; es una pelea muy desigual. Escarbo en la razón, a la que suelo temer. Me digo que el sábado es un día muy malo para tomar decisiones importantes que pueden condicionar la vida posterior. Es un día de vulnerabilidad económica y simbólica. A poco que la semana haya sido enojosa, reclamas tu ración de ligereza, tu suplemento de relajo, a menudo más del necesario hasta caer en la extravagancia. Incluso me aventuro en las problemáticas «identitarias»; desde 2002, con Le Pen en la segunda vuelta, se han puesto de moda las consideraciones acerca de seres nativamente superiores a otros y de fronteras estancas, los extremismos de toda laya han logrado imponernos unas temáticas bajo cuyo prisma hay que interpretar el mundo, y me temo que los franceses tienen ganas de intentarlo. Un boyero bernés de Mâcon, ¡menudo desatino! Yo, que he mamado la mitología alpina desde pequeñito, san bernardos, Rébuffat[1] y las inalcanzables edelweiss, ¡ir a ver al emblemático perro de Berna en las suaves lomas de Saône-et-Loire! Es como un sueño de saldo que deshonra tu estirpe; el espléndido Zermatt habría sido más digno. Y, cuando el péndulo oscila, me convenzo de lo contrario. El que provenga de un lugar distante como la Suiza alemana no empañará la vida extravagante que podría deparar este perro. Dadas la cotización del franco suizo y mi afición por las confluencias, acabo rindiéndome a los encantos de Borgoña. Qué maleable es la vida.

Echo un vistazo al mapa. Confrançon. A40. D1079.

Está menos lejos de lo que parecía. Y, quién sabe, a mi alcance.

2

Doscientos kilómetros, en un suspiro llego a Confrançon, uno de esos rincones de Francia que poco les importa la diagonal del vacío,[2] esos pueblos encantadores cuando pasas por ellos, pero desoladores si tuvieras que poner allí tu nombre en el buzón. Pasado el pueblo, se llega a la casa de la señora Château por una pequeña y sinuosa carretera sin otra razón que dibujar bonitos campos de nosequé amarillo dorado; en una de las curvas solitarias, debajo de un roble, un Citroën Dyane espera.

En la carretera me sentía como un aficionado a los buenos libros o a los grandes caldos empujando la puerta del librero, del bodeguero, jurándose que saldrá de allí con las manos vacías, convencido de que una simple visita a esos bazares llenos de promesas le bastará para quedarse satisfecho, aunque en realidad nunca lo consiga. Es lo que tiene mentirte a ti mismo, que puedes perdonarte amablemente, de manera que finges creer en los posibles arrepentimientos.

Según la respuesta deseada habría sabido a quién llamar, pero no llamé a nadie para hablar de esta ida y vuelta con un motivo tan evidente, porque las réplicas escépticas me producen tanta aprensión como, peor aún, las aprobaciones corteses. Me gustaba que nadie conociera este principio de historia, ya habría tiempo para que muchos la juzgasen, y, aunque los inconvenientes para que esta nueva situación llegara a ser feliz eran muchos, no tener que sondear las opiniones de mis allegados, no tener que someter nada a sus penas y alegrías es una gran ventaja de la soltería. Me imagino como un Tintín que por única compañía tuviera un angelote y un diablillo discutiendo furiosamente sobre la definición de una vida merecedora de ser vivida; en mis recuerdos siempre prevalecía el optimismo. Ocurre así con los momentos fuertes de la existencia que evocan geografías de la infancia, nostalgia de un tiempo en que se podía creer en los sueños, irrevocables, insensibles a las advertencias de los profetas de pacotilla, de los agoreros, de aquellos a los que llamábamos «viejos». Solo después, escarmentados por la vida, pensamos ante todo en los inconvenientes.

Me detuve varias veces en la carretera. Iba devorando kilómetros sin verlos mientras fantaseaba saboreando de antemano el encuentro. Solo el temor de equivocar el camino me devolvía a la realidad. Lo que me espera es una cita amorosa, un salto al vacío, porque el otro corazón de la historia no está preparado para eso y quizá no quiera estarlo.

Para cualquier peripecia de la vida, sopesar todos los pros y los contras es una sana costumbre muy recomendable. Es bueno para el corazón. En el mundo de los hombres mimados, entre los que me cuento, hay dos bandos: el de los que cultivan incansablemente su condición de seres vivos, temen atrofiarse y desarrollan un ardor especial para los días difíciles y, en el otro extremo, los que se conforman con que no les pase nada, absolutamente nada que se salga de lo acostumbrado, acumulando días idénticos, inevitables, que solo le reclaman a la vida que sea visible y que no moleste, por favor. Yo siempre procuro no parecerme a los segundos, y eso cansa. ¿Debo por ello enarbolar a ese cachorro como quien proclama una urgente necesidad de vivir? Eso sería caer en la peor de las alienaciones, la carga de ser libre. Sería pretender que solo mis deseos decidan la suerte de otros seres vivos. Sería amarlo menos que a mí mismo. Si, para muchos, la adopción de un animal es una duda meramente cosmética, como la de quien escoge el color de una chaqueta, esta perspectiva que me pone tan a prueba me provoca vértigo y es agradable.

La casa es una granja grande con forma de L, el trazo pequeño de esa L remozado y coqueto, cubierto de tejas Giverny, el grande en su estado original, con techo de chapas negras y algunas rojas, lleno de recuerdos y deseos desordenados. En las paredes del pequeño las piedras han reaparecido, en el grande el adobe resiste: los hijos quieren cambiar la casa de sus padres y los nietos recuperarla.

No cabe duda, aquí hay perros por todas partes. El que pretenda entrar, aunque no le hagan mucha gracia, tampoco debe temerlos. La señora Château tiene buenos porteros que la protegen. Para entrar en la finca se pasa entre dos pilares de piedra con cabeza de león sin ninguna verja; quizá la tuvo en el pasado. Alrededor de los pilares tampoco hay cercas, aquí se vive al aire libre, pero con ínfulas de hacendado.

¡Sí, perros por todas partes! Unos pequeños, otros enormes, unos alocados, otros parsimoniosos, unos silenciosos, otros ladradores, unos acogedores, otros escépticos, algunos en corrales, la mayoría sueltos, ninguno con correas, ni cortas ni largas, todos ellos en medio de una bonita marabunta. Los perros que han nacido aquí tienen suerte, se perciben el movimiento, la mezcla y las reglas flexibles; acostumbrarse desde pequeño a la libertad es algo que no tiene precio. Me detengo más o menos en medio del patio, por miedo a atropellar a alguno de los recepcionistas; al apagar el motor me propongo no idealizar automáticamente todo lo que, en los próximos minutos, me saldrá al encuentro. Luego cambio de parecer: resistirse al encanto de un lugar es una tontería, y esas llamadas a la cordura, un rechazo indigno de la vida. Varios cachorros saltan sobre la portezuela; me había olvidado de lo poco que les importan los buenos modales.

En cuanto me bajo de la furgoneta, me asalta una jauría variopinta que compite por decorar con su huella mi pantalón claro, una elección de lo más apropiada. Todos acuden; los perros tienen el don de recordarte que estás vivo. Los examino uno a uno, me pregunto quién es familia de quién, cuál es un poco jefe o decano, cuál es reservado o está siempre malhumorado; trato de no olvidarme de ninguno. Unos ladran, otros les imitan, les sorprende que no les tenga miedo. La señora Château, alertada por la coral, sale de la casa, trayendo consigo un olor a canela. Pone fin inmediatamente a las efusiones del recibimiento; obedecen sin chistar, cada cual vuelve a su inactividad salvo uno, una especie de chow chow caramelo de ojos rasgados que ha salido junto al olor a canela y que se queda a sus pies, retozón, seguramente el único que es suyo. La señora Château es exactamente como me la imaginaba por su voz; es raro, pues por lo general mis capacidades de adivinación fracasan de forma estrepitosa. Una mujer morena, cuarentona, enérgica, con ciertos refinamientos de vendedora que disimulan un poco un atavismo rural, de jarras, con la cabeza alta. Su mirada al frente es la de esos caracteres que no necesitan hacerse los duros. Me estrecha la mano con firmeza, detalle importante; había pensado plantarle un par de besos. Desconfío de quienes no aparentan lo que son, algo que se descubre pronto, y esta mujer no es de esas. Desprende una amabilidad sin ingenuidad, una dulzura sin apatía, una elegancia desprovista de narcisismo, y eso es importante, porque es el primer ser humano que han conocido los cachorros y me gusta creer en las impresiones definitivas. Intercambiamos los cumplidos de rigor, ella sobre mi capacidad para encontrar fácilmente el sitio y el tiempo empleado en llegar, yo sobre que está usted muy tranquila aquí y no quiero entretenerla mucho tiempo, pero me parece que no le gustan los rodeos, de modo que trato de evitarlos.

—¡Vamos a ver esos perretes!

No sé si es motivo de satisfacción que una frase infantil te levante el ánimo igual que un par de versos de Rimbaud, pero a mí me pasa, el corazón es tan generoso que acoge todas las «fatalidades de dicha».[3] Contesto «con mucho gusto» o alguna expresión manida por el estilo.

Bordeamos un ala de la casa. Ahora está lloviznando. En el fondo del campo colindante se dibuja un espectro de colores, señal favorable de que las bellezas se han dado cita aquí, pero es mejor no decirlo mucho. Ya sabemos que, cuando intentamos atraparlo, el arcoíris se aleja, se difumina y desaparece.

Cruzamos varios espacios, cubículos, zonas informales pero que parecen los territorios de sus ocupantes. Hay muy pocas rejas, no tanto para separar como para proteger, como barrios de una improbable ciudad con vecindarios bien avenidos. Hay un fuerte olor a pelo, veo aquí y allá algunas cacas, pero nada parecido a la inmundicia en la que algunos dejan languidecer a sus perros. Hay terriers, caniches, border collies, retrievers, otros cuya raza desconozco, un mosaico canino de tamaños, figuras, pelajes y almas distintos; las estrictas cuestiones de la identidad no parecen estar a la orden del día. Solo tienen en común el ser canis lupus familiaris, descendientes del mismo y único lobo gris. El tiempo ha hecho su obra de fantasías morfológicas y orientaciones de conducta, ha concebido unos pequeños para que exploren galerías, otros resistentes para perseguir la caza, otros palmeados para salvar a los ahogados, otros mansos para guiar a los ciegos y otros sin más cualidad que formar parte del mundo, esos inútiles imprescindibles. Parece que todas las etnias conviven alegremente. ¿Por qué los hombres, que venimos todos del mismo simio, hemos salido tan confusamente monomórficos que percibimos en el más mínimo matiz de melanina una distinción radical y odiosa a más no poder? A ojos de la taxonomía no hemos heredado la casilla más indulgente. ¡Qué agradable debe de ser vivir rodeado de mil singularidades visibles! Entonces iríamos en busca de algo más grande, llamado humanidad, nuestra estrella o cualquier otro de esos todos que unen. Y en cambio, como nos parecemos demasiado, preferimos aferrarnos a aquello que nos diferencia.

A nuestro paso los perros se alborotan, ladran y se acercan. Me miran con sus ojos limpios y parecen suplicar. ¿Que me los lleve conmigo o que no les aparte de las alegrías del clan? ¿Quién sabe contestar a esta pregunta?

Hay que recorrer unos metros más para ver a los boyeros. Están detrás de la casa, es lo mismo que con los traficantes, las drogas duras se venden en lugares apartados. La señora Château me dice que los ha puesto aquí porque pueden ver la cocina y a sus ocupantes, ya que esta raza detesta el aislamiento, necesitan ver hombres, sean los que sean, y verlos reunidos, herencia de una época pastoral en que se encargaban de tareas que no eran consolar nuestra soledad. Mientras nos acercamos me recuerda que hay seis machos y seis hembras, una camada grande, todos con buena salud, vacunados y desparasitados. Me alegro de lo adelantadas que están las mentalidades bernesas en materia de paridad y prevención de pandemias, pero me alarma pensar que algún día, por eso de la trazabilidad, nosotros también estemos todos numerados. Mi anfitriona asiente educadamente con la sonrisa de los días de venta. Puede que el humor sea un baluarte, pero entregarnos a él solos nos deja un poco indefensos.

Veo una hembra de mirada cansada, pero alerta. Luego sabré que es la madre. Descansa, es su cuarto de hora sin ventosas. Me viene a la mente la imagen de esas perras que vagan por docenas en los Balcanes, con las mamas tumefactas, una preñez por año, camadas en número inverso a su vigor, y esas vidas, siempre esas vidas, destinadas a prolongar el vagabundeo. El padre seguramente será uno de esos mastines que andan por ahí ladrando fuerte, falsamente indiferente a los asuntos familiares.

Por fin llegamos al rincón de los cachorros. Es un lugar bonito, la llanura hasta donde alcanza la vista, el levante por ofrenda, resguardado del cierzo y a ras del silencio. Está bien llegar a la vida en este lugar imponente, los horizontes son profundos y el aire es limpio. Tienen un mes y cuatro días, mañana serán cinco. Nacidos ciegos y sordos como todos los cachorros que se encomiendan a la protección parental, en sus primeros días no han hecho más que dormir y comer, un ideal de ocio. Y seguramente amar. Desde hace apenas una semana, me explica la mujer, se despiertan y, en sus escasos momentos de vigilia, se interesan por el universo que hay más allá del vientre dilatado de su madre. Hay tantas cosas por descubrir, y su pequeño corral es para ellos el infinito. Cuando duermen lo hacen boca abajo, al calor de sus hermanos; el frío es su primer enemigo. Más tarde se vengarán al no tener que vestirse nunca.

Oigo gañir, bostezar, chillar y gemir detrás de la puerta de un viejo barracón de madera. Hay una especie de enjambre. Intento reafirmarme en mi convicción de hace unas horas, la de no llevarme ningún perro, pero las convicciones son como los vilanos del diente de león: forman un todo coherente y, al primer soplo de perspectivas alegres, salen volando. La señora Château me dice que de vez en cuando separa a los cachorros de su madre para que esta se recupere, ya que el amor ansioso de su camada le deja poco tiempo libre. Mientras tanto pienso en el trabajo de esta mujer, a la que sería fácil ver como una tratante de ganado ávida de ganancias: dormir con un sueño de navegante solitario, levantarse al oír el menor gemido, alimentar a su tropa, cuidarla, pasearla, limpiar sus corrales y otras tareas invisibles para mi condición de visitante. Y, luego, verlos partir. Se inclina hacia la puerta, abre el pestillo de madera que la mantiene cerrada y les dice a sus «niños» que tienen visita. Dos madres, dos separaciones. Tengo el estómago encogido, el corazón me golpea las costillas, van a mostrarme por fin a aquel que, desde esta mañana y el origen del mundo, ocupa mis pensamientos. Si creyera que la sensibilidad es la mayor de las fuerzas, entonces, en este momento, yo sería el Todopoderoso del universo.

La puerta se abre, ha llegado el momento del encuentro. No se repetirá.

Este siglo tiene apenas tres años y ya se está escribiendo su historia. Un puñado de segundos que se recitarán de memoria cuando se hayan desvanecido todos los recuerdos de la víspera.

Un revoltijo de peluches comienza a desfilar desordenadamente; no se sabe a qué cuerpecito le corresponde tal cabecita o tal gruñido; es un todo lo que tenemos delante. Chirrían, ruedan, caen y chocan, cada cual sigue a otro que hace lo mismo con el anterior; parece que les baste con estar en continuo movimiento, pero estar juntos es vital. ¿Qué corazón de piedra podría separar a esta cohorte? En mi familia somos profesores de educación física, o de gimnasia, como se suele decir, lo que ha desarrollado la habilidad de contar con rapidez y precisión a los participantes en un movimiento colectivo y detectar a los que están ausentes. Observo la tropa turbulenta y cuento once jugadores, uno de ellos con collar rosa, distraído y ya reservado. Vuelvo a contar, once otra vez. El revoltijo se inmoviliza a los pies de nuestros cuatro zapatos como colinas. Once. ¿No había doce?

Para los amantes de los perros, jurar que es el perro quien te elige y no al revés resulta muy halagador. Así se piensa reintroducir en una vida ordenada una animalidad gloriosa, se crea la ilusión de unas afinidades salvajes, el hombre que evita el barro y desearía estar aún entre los lobos. Esta creencia es una tontería.

En este preciso momento hay un perro que me ha elegido.

«Número doce» entra en mi vida. Con esa soltura graciosa de los seres esperados.