Capítulo 1

Mi padre morirá este mes, quizá el que viene. Él lo sabe y yo también. Lo sabe de antes de que se lo dijeran los médicos porque conserva una lucidez cruda que no engaña y no envejece, que cuida como si fuera su último patrimonio. Dice que se alegra de que no se le alargue más la enfermedad y yo le digo que cómo va a alegrarse de morirse, pero entonces me contesta que es peor la decadencia que la muerte. Lo dice serio, que es cuando mejor sonríe.

Desde que sabe que se muere parece que le importen menos las cosas, aunque él sostiene que le importan lo justo y que le ha llevado una vida llena de años aprender algo tan sencillo: que hay renuncias que son victorias. Se aprovecha de que no puedo negarle nada y me manda a por el periódico para que se lo lea en alto al borde de la cama. Me tiene ahí un rato, fingiendo el gusto por las crónicas del mundo cuando lo que quiere de verdad es que llegue a la página de las esquelas. Siempre es igual: le leo el nombre y los apellidos del difunto y si su familia le ha pensado una despedida, un mensaje, lo que sea; pero ya nadie les escribe en las esquelas a los muertos. Pregunta por la edad del fallecido, que es lo que le interesa en ese extraño juego que se trae: asegurarse de que no será el más joven del cementerio. Un consuelo quiere, al menos eso. Luego, le leo la clasificación de la liga de fútbol y le divierte que le diga que, según el horóscopo, Saturno acaba de entrar en su signo y eso le augura un mes de buenas noticias. La costumbre de comprar el diario mi padre la perdió al enviudar, porque era mi madre quien conservaba el hábito y porque él solía andar de viaje. Él fue, hasta que se jubiló, maquinista de aquellos trenes nocturnos con vagones interminables de los que ya no hay, de manera que ha vivido más de noche que de día y casi siempre a bordo. Acostumbraba a mirar el andén en cada salida para escoger a una persona del pasaje e imaginar su historia en el trayecto: si estaba soltera o casada, si se empleaba en una oficina o en una tienda, si sabría lo que es la vida.

Mi padre, que es un romántico, se conecta al mundo a través de un transistor que sus padres, mis abuelos, compraron en la Francia de la posguerra y que, de tan viejo, tiene una clavija en el centro para separar la onda media de la onda larga, con la que aún se sintonizan emisoras extranjeras de las que se diría que dan las noticias de la Guerra Fría. En realidad, es lo que a menudo dan. Funciona con cuatro pilas gordas y emite una especie de interferencia continua por la que a mi padre le gusta tanto la radio, porque ese ruido se hace familiar y evita los vacíos, que estos días son muchos y son incómodos. Al cabo, no es fácil saber lo que hay que decirle a un hombre que se muere: cuando no puedes prometerle que todo saldrá bien, lo único que te queda es la verdad.

Le he visto desde niña pegado al transistor, que es de los pocos que todavía le habla sin condescendencias y del que repite que su familia lo escondió en la dictadura y que lo escuchaban con miedo y a oscuras hasta que pasado el tiempo y el dictador, ya en democracia, se decidieron a ponerlo a la vista en la repisa principal como una celebración y un recordatorio. Esa radio, incluso apagada, contiene las últimas décadas de una familia y de un país, por lo que ha sido costumbre que mi casa la presida una interferencia que luego mi padre se ha llevado al cabecero de su cama, donde la tiene ahora. Ese aparato viejo y de otra época ha hecho sus mismos kilómetros y, al acabarlos todos, se lo ha traído de vuelta porque lo prefiere al televisor, que tiene dicho que si imaginas a la gente en vez de verla solo te decepciona la mitad. Por muchos meses, se obstinó en que aquel que en televisión aseguraban que era Santiago Carrillo no podía ser Santiago Carrillo, porque un señor tan bajito no podía tener una voz tan grave. Una tarde, poco después de que legalizaran el Partido Comunista en plena Semana Santa, se fue a un mitin para convencerse de las dos posibilidades: si era Carrillo y si era lo bajito que parecía. Comprobó ambas y regresó de malhumor, despotricando de que la televisión hubiera roto sus prejuicios. Mi madre recordaba aquello en cada velada con invitados y mi padre recurría entonces a su facultad más memorable, esa de sonreír muy serio.

Mi padre tiene la cara de mala leche más eficiente del país: con un poco se le ve todo, y esa discreción es el rasgo que más le distingue, sin lunares ni marcas, sin ojeras ni patas de gallo. Tan sin nada que podría ser la cara de cualquier padre, con sus ojos corrientes, su boca alargada y una nariz que dice que se le afila porque se muere y ya se sabe que al morirse las narices se ponen de punta. Mi padre es un hombre discreto e inteligente que jamás ha confundido la seriedad con la tristeza.

Tiene otras virtudes, claro. Es la persona del mundo que más observa y que mejor escucha, porque lo hace sin juzgar y yo eso no se lo he visto hacer a nadie. No le sale ni una mueca indebida, ni un gesto a deshora. En vez de regañar, mi padre espera. Silencioso y sibilino, pero sin dejar de ser buena gente. Él espera y, cuando caes en la cuenta de tu propio error, se presenta impoluto con la superioridad moral de no haber dicho nada, de no haber hecho nada, para que no tengas más remedio que rendir tus armas y darle la razón. La mañana en que le conté que me divorciaba, cuando se pudo haber regodeado en la seguridad de haber anticipado mi desenlace con sus miradas sutiles, le alcanzó con darme la mano, callarse e invitarme a desayunar. A mí me enrabia esa elegancia en su perfección, y entonces me acuerdo de que tiene al fútbol como un deporte mejor que el baloncesto y de que equívocos así confirman que es humano.

A él le surgen esos gestos sencillos a los que no da valor y a mí, en cambio, me llevan a lugares remotos a los que no vuelvo desde hace mucho. Ese, en concreto, el que más: el de tomar mi mano como me hacía de niña en los veranos de feria por cuyas tardes paseábamos entre la multitud de la alameda grande. A mi madre le espantaba que me pudiera perder y mi padre nos envolvía a los tres de una lazada, simulando que una cuerda nos protegía, para cogerme luego y hablarme con los dedos. Si pasaba alguien exótico o que le llamara la atención, un señor de pintas extrañas o una señora que se pudiera imitar con la mímica, me apretaba la palma hasta que yo viera lo que él veía. Señalaba el mundo con los ojos y reíamos un buen rato mientras mi madre, contrariada, se preguntaba dónde estaba la gracia.

Viví la infancia pensando que mi madre se ponía celosa de que mi padre, que pasaba menos ratos en casa y a mi cargo, hubiera sido capaz de construir conmigo una complicidad tan real hecha de gestos tan pequeños. Anduve engañada unos años y, al fin, descubrí en mi padre una virtud que no esperé: la de saber llorar la ausencia de mi madre con una entereza inaudita. Ese día, recién muerta, tuve yo celos de ella y de un amor así, y me sentí mal de haberlos tenido.

En estas últimas semanas, desde que sabe lo que sabe, mi padre ha vuelto a la rutina de buscar mi mano como solía. A mí me asusta, porque temo que le dé por pedirme que le prometa algo y a mí me dé por prometérselo. Así que, si va a poner mis dedos con los suyos, me zafo por un desfiladero de pretextos y de excusas. Él, que lo nota, me mira serio y me pide que, a la tercera vez, lo mate.

—Si te lo digo tres veces, a la tercera me matas.

Eso me pide, y me mira. Porque mi padre señala el mundo con sus ojos.

A la salida de la consulta, cuando el diagnóstico era el que era y los médicos se lo explicaron con un reguero de pruebas que a él le cupieron en dos palabras —me muero—, mi padre me llevó al bar y me invitó a un trago. Eran apenas las diez de la mañana, pero no iba a mirar el reloj. Un café con leche y dos gin-tonics de ginebra seca. De comer poco, que hay que ahorrar para el funeral, me dijo. Luego, como si hablara de una persona que no fuera él, me recomendó que escogiera para la ceremonia soul y jazz y una canción de Los Chichos, me encargó un velatorio austero pero decente sin aclararme a qué se refería con lo de austero y mucho menos con lo de decente, y me fijó sus condiciones para los días que le quedasen.

En ello estamos, porque mi padre me ha pedido que lo ponga a vivir, que cree que si se queda quieto va a dar pena y eso no se lo desea a nadie. Me ha pedido que lo saque de paseo, aunque pierda el paso y tenga que llevarlo en brazos o a rastras. Se aovilla en la cama y me suelta entre risas que lo cargue así en el maletero y que, cuando llegue al mar, le abra la puerta y le deje cerrar los ojos y sentir el agua y oler la sal y hacer las cosas que echará de menos cuando ya no pueda echarlas de menos. Por lo común, se da cuenta de los arrebatos sentimentales y se arrepiente y él mismo los diluye con humor negro, que es lo que le ayuda a ponerse sobre su propia realidad: echaré de menos los momentos, dice, pero por suerte estaré muerto.

Hago lo que me pide, salvo la parte de meterlo en el maletero: lo subo al coche con ayuda, porque cada vez puede peor, le enciendo la radio y le llevo lo más cerca de la orilla siguiendo la ruta de siempre que ahora hace serio por no ponerse a llorar, porque la impotencia se le nota, aunque se le nota más el orgullo por evitar que su hija le vea pasarlo mal. Entonces le doy la mano yo a él y es él quien me la aparta, porque no quiere y no se deja, porque le gusta que yo esté cerca y a la vez me tendría bien lejos del miedo de no saber cómo será el momento en que se muera y del miedo de que sea a mi lado o en mi presencia, por mucho que no querría que fuese de otra manera. Después de tantos años, que son los que yo tengo, percibo sus temores sin que haya de expresarlos porque, en el fondo, tampoco son muy distintos de los míos y de mi mismo miedo: que cada vez que me aparta en parte me alegro, porque no sé qué decirle ni qué hacerle salvo esto que estoy haciendo, que es esperar a que me devuelva un guiño con los ojos que querrá decir que ya está bien, que ya lo tiene, que ha comprendido que le bastaba con un poco de la fragancia del mar para pensar en nada. Eso lo estamos aprendiendo ahora, a estar callados juntos. Mejor así que mintiéndonos. No acaba de salirnos bien, porque yo parloteo a tientas y él responde que lo tendremos listo para cuando ya esté muerto. Lo dice así para que suene peor, aunque no hay manera de hacer que suene mejor. Se ríe, y yo también, porque lo que él me ha pedido es que lo ponga a vivir.

Río con él y le entretengo con pequeñeces que signifiquen algo porque me pasa, más a mí que a él, que le busco a todo un propósito ahora que el tiempo corre hacia atrás en vez de ir hacia delante. Me ha pedido que, a la mañana, le despierte antes de que claree y le prepare un café de la cafetera italiana y veamos juntos cómo amanece sin hablarnos. Esto hay que contemplarlo en silencio para no estropearlo, dice. Lo saco al balcón y pongo su espejo en la pared de la izquierda y así, si mira por una esquina, llega a ver una punta de mar entre las calles. La casa no da a la playa, pero un día, casi por casualidad, le descubrimos ese resquicio: si se mira bien, por ese espejo se ve un pedazo de mar y el horizonte que él ya conoce. Lo único que hay que hacer es mirar con voluntad. A la hora propicia, se ven los azules del agua y la bruma de siempre y, cuando los colores se le desgastan y se cansa, mi padre regresa y dice que le gusta el alba porque es cuando se está menos seguro de la existencia del mundo. Le pregunto de quién es esa frase, que suya no es, y vuelve a reírse y a mirarme porque hay ratos en los que mi padre, que se muere, se divierte. A veces concede y confiesa: la frase es de Italo Calvino, y me riñe por no saberlo como si fueran las cosas que hay que saber. A lo mejor lo son, no lo sé. Yo de Calvino solo me acuerdo del barón rampante que vivía en las copas de los árboles. Otras veces me tiene en la duda y me pide que no hable más y que mire con él sin caer en que en ese espejo tantos no cabemos. Hoy hay buena mar, dice desde aquí lejos, como si lo siguiente fuera a ser soltar los amarres y hacerse a ella. Mi padre se cree Hemingway. Me obliga a contemplar a mí también esa porción fugaz de la mañana en que es verdad que los azules no son azules del todo, ni lo son los naranjas y los rosas del cielo, y tiene razón en que el cielo parece una impresión en esa niebla en la que una podría creer que todo es posible o, en fin, no imposible. Es breve y es falso, pero es cautivador. Mi padre, que ya no se enreda en más mentiras, se deja embriagar en esa cuando tiene el día por nacer: durante unos segundos muy largos, piensa que todo va a durar siempre y que él será capaz de lo que sea. Se cree el Hemingway joven, dispuesto a echarse unos bailes en el malecón. Me tiene a su lado para que le guarde el engaño, por si sensaciones así pudieran compartirse con alguien, y pienso que a mí mi padre no me ha hablado nunca de la felicidad ni de si ha sido un hombre feliz. Solo me ha hablado de eso que se desprende de su cara y que en ocasiones menciona: lo de sentirse lleno. Antes le daba por decir que se sentía realizado, a lo que le objeté que esa era una palabra más propia de las fábricas que de las personas, que realizada podía estar una cafetera, pero no un ser humano. Sonrió de esa manera en que lo hace él, sin mancharse, entre dándome las gracias y perdonándome la vida, y dejó de sentirse realizado o por lo menos de decirlo. Mi padre, desde entonces, me insiste en que lo importante es sentirse pleno, que para ser feliz hay que ignorar demasiado. Si no hay un poco de infelicidad o de angustia el juego no tiene gracia, dice: la vida es el contraste.

—No es lo mismo una vida feliz que una vida plena: como lo primero del todo no se puede, yo procuro al menos lo segundo.

—¿Lo primero no se puede? —le pregunto.

—Lo primero no se sabe. Yo no sé si he sido del todo feliz en la vida y soy muy mayor para frustrarme. Sé que he tenido momentos felices y que he leído a Cortázar.

Mi padre deja caer frases de ese estilo sin alterarse lo más mínimo y sin que haga falta que yo añada algo más. Yo subo la radio y la dejo hablar un rato. Están dedicando canciones y es agradable escapar entre la música y las historias de los demás por si hay alguna peor que la tuya. Una señora ha llamado para pedir un tema de Tina Turner.

—Me la dedico a mí para animarme —ha dicho la mujer de la radio—. Soy maestra vocacional y tengo clase en media hora, pero no soporto a mis alumnos.

Ser feliz del todo no se puede nunca.

Es difícil de explicar, pero creo que ahí, sentado como está y sin hacer nada, mi padre se ve un sentido y no necesita más. En su mentalidad fabril, se ve realizado: al final de la cadena de montaje. Nunca supe advertir en él un mundo interior que ahora, sin hablar, me enseña, y del que me doy cuenta tan tarde que casi no llego. Pienso que lo conozco poco y que si conserva la capacidad de sorprenderme es demérito mío porque no me habré interesado lo suficiente. Me pasa con él como me pasa con el resto de las cosas, que creo que son por mi culpa, al menos en parte. Él me pide que no me pierda en lamentos.

—Lo que quiero es aprovechar el tiempo, y si te arrepientes lo desperdicias.

—¿Y eso cómo se hace?

—¿Lo de no arrepentirse?

—Lo de aprovechar el tiempo.

—Es un poco irónico que me lo preguntes a mí, que me estoy muriendo.

Y así es como ese hombre, que es mi padre, me enseña a mis cuarenta a no hacer nada ni a pensar en nada, y toda esa idea industrial y utilitarista que ha tenido del mundo se le desploma en la hora de la verdad, en la que, en la vejez y en el lecho en que ha de morir, constata que el secreto para sentirse lleno es vaciarse de todo: estar y punto, con lo complicado que es eso. Mi padre no se aturde ni se atormenta y esa quietud de espíritu se me hace insoportable; tanto que temo que me esté escondiendo algo inconfesable. Desprende una paz sospechosa, como si acabara de nacer.

Mi padre cultiva las contradicciones y las convierte en un rasgo fundamental de su carácter, aunque él las llama contrastes para hacerse el íntegro: adora tanto la vida que se quiere morir y pregona la utilidad del tiempo mientras te enseña a desperdiciarlo. A mí me parece que se necesitan mucho valor y muy pocos prejuicios para alcanzar esa indiferencia tan pura que te permita estar sin sentirte culpable por ello. Haría falta un mundo que no hubiera inventado el calvinismo o el capitalismo o el dolor de conciencia para vivir sin culpa. Dice mi padre que con la culpa, el odio y la risa se podría explicar la humanidad, que él se ha liberado de la culpa y el odio le exige un esfuerzo agotador. Lo único serio que le ha quedado son las risas, y eso es una proeza. Sencilla, pero proeza. Luego de decir eso, mi padre agita la copa de vino, da un sorbo y se entrega a solaz a un silencio filoso mientras se estira en la cama simulando que hace el muerto sobre el agua. Se siente joven y nadie podría discutirle que, de alguna manera, lo es.

Mi padre ahora mismo es Hemingway en el Floridita y afuera cae un calor del trópico.

De pequeña, mientras los demás padres contaban a sus hijas las historias que se cuentan a los niños, el mío me leía cuentos literarios para niños o para mayores. Las noches de más desvelo, si algo le atenazaba, me solía leer al poeta, pero eran pocas las veces. Lo habitual eran los cuentos, y me pedía que no me preocupara por entenderlos, sino que aprendiera a disfrutarlos. Yo, tan pequeña, apenas comprendía, ni los relatos ni a mi padre, salvo cuando llegábamos al dinosaurio de Augusto Monterroso y le preguntaba qué sentido tenía que hubiera un dinosaurio que todavía estuviera allí y que esa hazaña estuviera impresa en un libro. Algunos días mi padre contestaba que aquellas fábulas significaban lo que significaban, y a mí me parecía que ante una respuesta de ese calibre yo no podía alegar nada. Yo asentía y temía que hacerse mayor consistiera en ir diciendo que sí sin saber en realidad lo que significan las cosas, empezando por los dinosaurios. Otros días mi padre me reprochaba la pregunta: no quieras entender todo si no quieres ser una infeliz. Lo decía en un tono tan cálido que le daba a la frase un toque siniestro. Igual fue por eso que hubo un texto que se convirtió en mi favorito y lo es aún, el que Julio Cortázar escribió sobre un oso que recorría los caños de una casa: el oso que iba por los tubos de la calefacción y gruñía contento mientras se asomaba por los grifos. A mí aquella historia no me dejaba ninguna enseñanza ni me despertaba preguntas incómodas, si acaso me hacía pensar en el oso y en los caños de una casa y en cómo diantres se podía haber metido un animal semejante por un canal tan estrecho.

A juicio de mi padre, cuentos así eran mejores para mi formación, porque los tradicionales resultan crueles, con sus finales felices. Nadie puede prepararse para el mundo adulto de esa manera, decía. Y es verdad que, de mayor, no recuerdo moralejas ni caperucitas. Yo de lo único de lo que me acuerdo cuando pretendo dejar la mente en blanco es del oso que iba por los caños de la casa.

En eso mi padre me lleva mucha ventaja y practica lo que predica: si se lo propone, llena los pensamientos de osos que le producen una dicha simple y sincera.

De pronto, echa en falta las voces de otros:

—Coge los libros —me pide.