PRÓLOGO
A veces, Helena se preguntaba si aún tendría ojos. La oscuridad que la rodeaba nunca acababa. Al principio pensó que, si aguardaba lo suficiente, aparecería un atisbo de luz o alguien vendría. Pero, por mucho que esperó, nunca vio nada.
Solo una oscuridad infinita.
Tenía un cuerpo que sentía como una jaula a su alrededor, pero, por más que se esforzara, no podía moverlo. Flotaba inerte e inconsciente, salvo cuando convulsionaba con violencia al recibir las descargas: unas electrocuciones que le recorrían el cuerpo desde la base del cuello y le provocaban espasmos en todos los músculos. Luego, desaparecían tan repentinamente como habían surgido. Era lo único que le indicaba el paso del tiempo.
Las recibía para que sus músculos no se deterioraran mientras permanecía inmóvil. Helena se acordaba de ese detalle. Recordaba que la habían dejado ahí prisionera, preservada, pero que algún día alguien vendría a por ella.
Al principio contaba el tiempo que pasaba entre descarga y descarga para calcular la frecuencia, segundo a segundo. Diez mil ochocientos, cada tres horas exactas. Siempre transcurría el mismo intervalo. Luego empezó a contar las descargas, pero, a medida que aumentaba el número, dejó de hacerlo. Le daba miedo saber cuántas horas habían pasado.
Se obligó a pensar en otras cosas que no fuesen la espera, el infinito o la oscuridad. No le quedaba más remedio que aguardar, así que se impuso una rutina para mantener la mente fuerte. Imaginó que paseaba, imaginó acantilados y el cielo, visitó de nuevo los lugares en los que había estado y rememoró todos los libros que había leído.
Tenía que aguantar, mantenerse alerta. Así estaría preparada. Tenía que seguir preparada.
No iba a permitir que su mente se desvaneciera.

CAPÍTULO 1
Cuando llegó la luz, estuvo a punto de partirle el cerebro.
Se escucharon gritos.
—¡Joder! ¿Cómo es posible que esté despierta? —Una voz se abrió paso entre el tormento de los sentidos.
La luz casi la apuñalaba. Era como tener una daga clavada entre los ojos que se enterraba en su cráneo. Por Dios, sus ojos…
Se retorció mientras veía la luminosidad borrosa, descentrada. Sintió la quemazón de un líquido que le bajaba por la garganta y un rugido en los oídos.
Unos dedos hábiles se le clavaron en los brazos, contra el hueso, y la arrastraron. El aire le entró de golpe en los pulmones y empezó a toser cuando el fluido volvió a subir.
—Maldita sea con el líquido de suspensión. No hay forma de agarrarla. ¡Haz que se calle! Está a punto de ahogarse.
Cuando la soltaron, notó un golpe en la cabeza, también una piedra áspera bajo las manos. Arañó a ciegas la oscuridad para intentar incorporarse. Tenía los ojos cerrados, pero la luz seguía apuñalándole el cerebro como si fuera un cuchillo. Entonces le arrancaron un objeto duro de la nuca y sintió que algo caliente y húmedo le recorría la piel.
—¿Cómo es posible que esté despierta, joder? Está claro que alguien cometió un error con la dosis. No dejes que se vaya.
La volvieron a sujetar por los brazos y la levantaron del suelo.
Ella se zafó y se obligó a abrir los ojos, y, aunque solo veía un blanco cegador, se lanzó hacia esa dirección.
—¡Maldita zorra, me has cortado!
Sintió un dolor intenso en la parte de atrás de la cabeza.

Todavía había luz cuando recobró la consciencia.
Fue poco a poco, como si estuviera bajo el agua nadando hacia una superficie que se extendía más allá de su alcance, hasta que la consciencia fue colándose de nuevo en su cerebro. Tenía los ojos cerrados porque la luz era muy intensa, pero aun así le dolían.
Estaba tumbada sobre algo duro. Una mesa fría, un metal inerte que podía palpar con los dedos.
Distinguía vagamente algunas voces, que sonaban amortiguadas pero próximas.
—¿Y bien? —Era la voz de una mujer—. ¿Alguno más?
—No —respondió un hombre, el que había escuchado antes—. Hemos sacado a los demás, pero esta se encontraba donde no debía.
—¿Y estaba consciente cuando abristeis el tanque?
—Claro que sí, y empezó a gritar en cuanto levantamos la tapa y la sacamos. A mí casi me da un infarto y Willems se asustó tanto que a punto estuvo de ahogarla. Cuando la tuvimos fuera, se puso como loca. Me hizo un montón de arañazos antes de que la dejáramos inconsciente. Tenía la intravenosa puesta, pero estaba sin sedación. Imagino que alguien la habrá desactivado.
—Eso no explica la ausencia de información sobre ella —dijo la mujer—. Qué extraño.
—Seguramente se hizo con prisas. No debe de llevar ahí mucho tiempo. Incluso los que se preservaron bien están casi todos muertos. La mayoría de los tanques no son más que una sopa de huesos —añadió el hombre, soltando una risilla nerviosa.
—Sabremos más cuando la llevemos a la Central —aseguró la mujer, a quien parecía que no le interesaba demasiado lo ocurrido—. Has hecho bien en avisarme porque es anómalo. Infórmame de todos los que despierten. Los cadáveres que estén intactos serán reanimados para trasladarlos a las minas y los que estén vivos irán al Reducto.
—Por supuesto. También querría saber si usted hablará bien de mí. Me serviría de mucho viniendo de su parte. —El tono del hombre era esperanzador y su risa, forzada—. Ya no soy tan joven, como bien sabe.
—El Sumo Nigromante tiene muchas peticiones que atender, pero tu trabajo no caerá en el olvido. Prepara un camión para el transporte.
Se oyeron unos pasos que se alejaban seguidos de un suspiro irritado.
—No tienes por qué fingir que estás inconsciente. Sé que has despertado, así que abre los ojos —le ordenó la mujer a Helena—. He alterado tus sentidos para que la luz no te moleste demasiado.
Helena parpadeó con cautela.
El mundo que la rodeaba estaba bañado por un crepúsculo verdoso y todo parecía una sombra. Logró atisbar la silueta de una persona moviéndose a la derecha.
Ella la siguió con la mirada lentamente.
—Bien, parece que entiendes las órdenes y captas los movimientos.
Helena intentó hablar, pero solo logró emitir un jadeo áspero. Oyó el chasquido de un bolígrafo y el roce de unas páginas al pasar.
—A ver… ¿Eres la prisionera 1273 o la prisionera 19819? Hay dos números de identificación y ninguno de ellos está registrado en esta prisión. ¿Tienes nombre, por casualidad?
Helena no dijo nada. Ahora que la sola idea de enfrentarse a la luz no le daba pavor, pensaba con más claridad. Seguía siendo una prisionera.
La mujer soltó un bufido de impaciencia.
—¿Me entiendes?
Helena no respondió.
—Bueno, supongo que era de esperar, aunque pronto lo sabremos. Tú, tráela.
La sombra se disipó frente a Helena y aparecieron otras personas. Unas manos frías le tocaron las muñecas, mientras el hedor a conservantes químicos y a carne podrida inundaba su nariz. Eran necrómatas. Helena trató de distinguir sus rostros, pero la mirada se le perdía y era incapaz de enfocar la vista.
La mesa empezó a vibrar cuando la empujaron sobre el suelo pedregoso, con un traqueteo que le retumbaba hasta en el cerebro y los dientes. Después hubo tanta luz que parecía que le hubieran clavado agujas en las retinas, y soltó un grito ahogado, cerrando de nuevo los ojos con fuerza.
Sintió una sacudida hacia delante que la mareó, y todo volvió a sumirse en la oscuridad. Un motor empezó a emitir un zumbido al encenderse por debajo de ella.
Tenía que escapar. Trató de moverse, pero sintió un chasquido metálico.
—Quédate quieta. —De pronto, volvió a oír a aquella mujer. Le pareció que estaba demasiado cerca.
Helena se resistió, respirando entre jadeos descontrolados, y retorció las manos y los pies contra las ataduras. Tenía que huir, tenía que…
—No me compliques el día —dijo la mujer con un tono glacial.
Entonces unos dedos agarraron la nuca de Helena, y sintió una descarga de energía extendiéndose por su cerebro.
Volvió la oscuridad.

Una sacudida agónica y un terror repentino lograron que Helena recobrara la consciencia esta vez.
Se incorporó con los ojos muy abiertos, justo a tiempo para ver cómo retiraban una jeringuilla de su brazo. Escuchó el tintineo de unas cadenas al hacerlo y volvió a tumbarse con el corazón en un puño. Cada vez que le latía, sentía una punzada de dolor, como si la hubieran apuñalado.
—Ya está —oyó el repiqueteo que produjo la jeringuilla al caer en una bandeja metálica que había a su derecha—. Con eso estarás lúcida y podrás hablar.
Era la mujer de antes.
Helena ya no estaba en la camilla ni en un camión. Debajo de su cuerpo había un colchón duro y el aire olía intensamente a antiséptico, como si todo hubiese sido recién desinfectado. Arriba, se veía un techo gris apagado.
A pesar del dolor que sentía, notaba que la energía le fluía con fuerza por las venas hasta convertirse en un calor abrasador que se expandía por sus manos cuando las flexionaba. Se percató de que iba recuperando la consciencia y de que todo se estaba volviendo más brillante, más claro. Se retorció sobre sí misma, y algo metálico se le clavó en la muñeca.
—De eso nada. Te romperías los huesos antes de partir uno de esos grilletes. Responde a mis preguntas y tal vez te permita levantarte antes de que se te pase el efecto de la medicación. Sin ella te dolería demasiado.
Como no podía moverse, Helena sintió que su mente comenzaba a activarse. Le habían puesto una inyección, seguramente con algún tipo de estimulante potente. Atrapada en su interior, la energía se concentró en su cerebro, y los pensamientos dispersos y aterrorizados empezaron a ordenarse con una claridad cristalina.
—Helena Marino. Deberías… —escuchó cómo pasaba las páginas— estar muerta, según el expediente 1273. Se te condenó a muerte, debido a «heridas graves» que no se especifican. Pero el expediente 19819 dice que fuiste condenada al tanque de suspensión. —Pasó más páginas—. Sin embargo, no hay registros de que llegaras allí o de que pasaras por algún procedimiento. —La mujer se mordió el labio inferior—. No apareces en ninguna parte en nuestros archivos desde augustus del año pasado. Es decir, desde hace catorce meses. Y ahora te encontramos en el almacén de suspensión al que nunca llegaste. ¿Cómo es eso posible?
Helena parpadeó lentamente mientras asimilaba la información. ¿Catorce meses?
—Evidentemente, nadie sobrevive tanto tiempo en ese estado. Es casi imposible aguantar seis meses en perfectas condiciones, y a ti ni siquiera te almacenaron correctamente. Así que ¿de dónde vienes? ¿Y quién te llevó allí?
Helena apartó la mirada. Se negaba a responder.
La mujer murmuró mientras se acercaba.
—No te vas a meter en ningún lío si hablas. Dime la verdad y pondremos fin a todo esto. ¿Dónde estuviste antes de que te llevaran a suspensión?
Formuló la pregunta lentamente.
Helena no respondió, aunque le ardían los músculos de su rostro de las ganas que tenía de moverlos. Empezó a temblarle el cuerpo cuando los latidos del corazón impulsaron el medicamento por sus venas.
Ya no quedaba nadie a quien proteger, pero se negaba a cooperar con sus carceleros. No quería ayudarlos en nada, ni siquiera con sus registros.
Además, en realidad ella no había estado en ningún otro sitio.
—¿Dónde. Estuviste. Antes. De. Que. Te. Llevaran. A. Suspensión? —La mujer casi estaba gritando.
Helena sintió que se le cerraba la garganta. No quería ni pensar en la respuesta, porque la destrozaban los recuerdos que le venían al hacerlo.
Antes de acabar en el almacén, la habían capturado junto con todos los demás y los habían metido en jaulas a la entrada de la Torre de Alquimia, adonde llevaron a todos los prisioneros para que fueran testigos de las «celebraciones» del fin de la guerra.
Todavía recordaba el olor a humo y a sangre en el calor del verano, todavía escuchaba los roncos vítores de sus enemigos al ver cómo morían los líderes de la Resistencia, cuyos gritos se iban desvaneciendo poco a poco. Aunque los veían morir, sabían que aquello aún no se había acabado, ni siquiera después de muertos.
Porque entonces emergía de entre la multitud algún nigromante, deseoso de alardear de sus poderes, y, en cuestión de segundos, ese cadáver volvía a levantarse. Esa persona, en la que Helena había confiado o a la que había servido, regresaba a la vida gracias a la reanimación, convertido en un necrómata, un cuerpo autómata completamente vacío. Los abrían en canal, los despellejaban, les extirpaban los órganos, los dejaban sin ojos y sin boca, y los usaban para matar al siguiente «traidor» de una forma todavía más salvaje.
Las ejecuciones no pararon hasta que el aire estuvo completamente rojo del vapor de la sangre.
Incluso usaron el cadáver del general Titus Bayard para asesinar a su mujer. Poco a poco, le hicieron comerse las partes del cuerpo que le iba cortando.
Cada muerte se llevó un trozo del alma de Helena hasta que en su pecho solo quedó un vacío doloroso. Y, cuando ya no hubo nadie a quien mereciera la pena matar públicamente, la metieron en un tanque de suspensión.
El resto de los prisioneros estaban inconscientes cuando los paralizaron, cuando les clavaron agujas en las venas, cuando les metieron tubos por la nariz, cuando les pusieron mascarillas en la cara… En cambio, Helena no.
La habían mantenido despierta, plenamente consciente de todo lo que le estaba pasando, mientras la encerraban en su propio cuerpo y la abandonaban en la oscuridad, a la espera de que alguien viniera a por ella.
Pero no vino nadie.
Al sentir el chasquido de unos dedos delante de ella, Helena despertó de sus recuerdos. La mujer que tenía delante la estaba fulminando con la mirada.
—No arriesgaré mi reputación por un error de registro. Si no me respondes, dejaré de hacer esto por las buenas.
Helena torció el gesto.
—¿Ves? Sí que me entiendes.
A Helena se le encogió el estómago, pero mantuvo la boca cerrada.
La mujer se acercó un poco más a ella. Helena aguzó la vista para verla mejor: un rostro cuadrado con unos labios fruncidos que denotaban impaciencia, una bata médica.
—Tal vez es el momento de darte un ejemplo de cómo será si no colaboras. —La mano de la mujer presionó el cuello de Helena, y esta soltó un chillido ahogado cuando notó que una energía candente pero heladora la traspasaba hasta la columna.
No era una descarga eléctrica como las que había experimentado en el tanque, sino que salía de la mano de la mujer y se clavaba en Helena como una aguja. El chorro de energía la hizo vibrar como un diapasón hasta que ambas resonaron en la misma frecuencia.
La mujer cerró entonces los dedos. Helena sintió un dolor que le atravesaba todos los nervios del cuerpo. Se le escapó un grito ahogado e incoherente, y notó que su cuerpo convulsionaba con las manos aferradas a los grilletes.
—Quédate quieta.
Con un chasquido, Helena se paralizó. No sentía nada desde el pecho hacia abajo, como si le hubieran dañado la columna, y el pánico le hacía arder la sangre.
Luego, con un simple movimiento de la mano de la mujer, el entumecimiento desapareció. Unos dedos ásperos por el excesivo uso de jabón recorrieron el brazo de Helena.
—¿Lo entiendes ahora?
La resonancia de la mujer seguía atravesándola como una corriente, como si fuera una advertencia imposible de ignorar. Helena consiguió asentir entre temblores. Debería haberse dado cuenta: la mujer era una vivemante. Es decir, lo contrario a un nigromante: los vivemantes controlaban a los vivos en vez de a los muertos.
—Sabía que lo pillarías al vuelo. Probemos de nuevo.
A Helena se le cerró aún más la garganta y también le ardían los ojos. Sentía punzadas en todos los nervios de su cuerpo y la sangre golpeándole en los oídos. ¿Qué tenía de malo responder?, se preguntó a sí misma.
—¿De dónde viniste?
—Esss-te-e-ssst… —Helena intentó que su lengua cooperara.
—Déjate de chorradas extranjeras. Habla en paladio —le instó la mujer.
No existía ningún idioma llamado paladio; en realidad, la mujer estaba hablando en el dialecto del Norte. Helena quiso explicárselo, pero supo que no serviría de nada. Tragó saliva y lo intentó de nuevo, pero su lengua arrastraba todas las palabras al pronunciarlas.
La mujer suspiró.
—¿Por qué los integrantes de la Resistencia siempre me hacéis perder el tiempo? Tal vez si te damos una descarga en el cerebro, te acuerdes de hablar como es debido.
Esta vez agarró la cabeza de Helena al hacerlo, y ella sintió que una onda de resonancia la atravesaba de lado a lado como si chocaran dos platillos.
Todo se tornó rojo y la garganta de Helena emitió un grito atroz.
La mujer retiró las manos.
—¿Pero qué sucede?
Helena no estaba segura de si la mujer estaba moviéndose en círculos o si era la habitación la que daba vueltas.
—¿Qué es esto? ¿Quién te lo ha hecho?
Helena contempló el techo mareada hasta que el color rojo desapareció de su vista. Sentía cómo le temblaban las manos, que se retorcían convulsivamente contra los grilletes. No sabía de qué estaba hablando aquella mujer.
—Te han hecho algo en la mente —explicó esta, sorprendida pero extrañamente fascinada al mismo tiempo—. Algún tipo de transmutación, nunca había visto nada igual. Voy a tener que informar de esto. Necesito un experto. Tienes… —La mujer se quedó callada—. ¡No existe un nombre para esto! Tendré que inventarlo yo…
Parecía que estaba hablando consigo misma.
—Barreras de transmutación en un cerebro. ¿Cómo es posible? Nunca he visto… Siguen… siguen un patrón.
Volvió a tocar a Helena, y ella torció el gesto, pero en esta ocasión la resonancia no le pareció una tortura; solo sintió un escalofrío que lo envolvió todo en un rojo chillón.
—Esta obra es compleja, precisa, muy profesional. Un vivemante ha reconectado manualmente la consciencia humana.
Helena permaneció quieta, sin entender nada.
La mujer se acercó tanto que Helena pudo distinguir sus ojos azules, con unas arrugas marcadas en el entrecejo y alrededor de la boca. Miró a Helena con gran fascinación.
—Si Bennet siguiera vivo, se maravillaría al ver lo preciso que es este trabajo. —La resonancia recorrió la mente de Helena de una forma tan tangible que parecía como si unos dedos estuvieran deslizándose por su cerebro. Los ojos claros de la mujer se desenfocaron mientras trabajaba—. Si hubiera cometido el más mínimo error, habrías quedado en estado vegetal, pero quien hizo esto te mantuvo casi intacta. Qué perfección.
—¿Quééé? —Helena por fin consiguió pronunciar una palabra completa.
—Me pregunto… ¿Cómo será? —La mujer se alejó y regresó un minuto después con una lámina de cristal.
Helena entrecerró los ojos y reconoció el objeto: una pantalla de resonancia. Se solía usar en presentaciones académicas y en operaciones médicas de alquimia. El gas estaba formado por partículas reactivas que reflejaban la forma y el patrón de un canal de resonancia.
La mujer sostuvo el cristal por encima de su cabeza y posó la otra mano en su frente para hacerle una resonancia cerebral. La visión de Helena se tornó roja de nuevo, pero aguzó la vista y observó cómo la tenue nube entre los paneles se transformaba en la forma difusa de un cerebro humano y, acto seguido, en una incomprensible telaraña de líneas que lo cruzaban por todas partes.
—Dudo que entiendas esto, pero imagínate que tu mente es una… una ciudad. Tus pensamientos recorren distintas calles para llegar a su destino. Esas líneas que ves son las calles que se han desviado. Hay barreras creadas por la transmutación, así que, en lugar de seguir el curso natural del cerebro, alguien ha generado rutas alternativas. Existen zonas que están fuera de alcance. No imagino cómo… Estas habilidades serían…
La mujer dejaba las frases a medias, y puso la pantalla a un lado mientras miraba detenidamente a Helena.
—¿Quién te hizo esto? —preguntó en voz alta, con lentitud y vocalizando exageradamente.
Helena solo negó con la cabeza.
El gesto de la mujer se endureció peligrosamente, pero entonces pareció reconsiderarlo.
—Supongo que es imposible que lo sepas dado el estado de tu cerebro. Seguramente tengas suerte si recuerdas cómo te llamas. Fuiste alumna de alquimia, supongo. —Tamborileó distraída el grillete de metal que Helena tenía alrededor de la muñeca.
Helena asintió con cautela.
—Y eres extranjera, evidentemente. —Miró a Helena de arriba abajo.
Esta tragó saliva.
—Etras.
—Ah, entonces estás muy lejos de casa. ¿Recuerdas tu repertorio de resonancia?
—Div… erso.
—Hum. —La mujer frunció el entrecejo y analizó a Helena con más atención—. Espera. Creo que me hablaron de ti. Eres esa chica que recibió la beca de los Holdfast, ¿verdad? Eso debió de ser hace más de una década, así que ahora tienes… ¿Cuántos? ¿Veintitantos años?
A Helena le ardían los ojos, pero asintió brevemente.
La mujer arqueó una ceja.
—¿Recuerdas qué le pasó a tu mecenas, al principado Apollo?
—Fue… asesinado.
—Hum. Y la guerra, seguro que te acuerdas de eso. ¿Ayudaste al joven Holdfast a quemar la ciudad? A vuestro querido Luc, como os gustaba llamarlo.
A Helena se le contrajo la garganta.
—Yo no… luché.
La mujer soltó un breve sonido de sorpresa y entrecerró los ojos.
—¿Y en la batalla final? Supongo que recuerdas eso, ¿no?
Helena abrió la boca varias veces, pero la lengua se le enredaba y le impedía hablar.
—Nosotros… La… la Resistencia perdió. Hubo… ejecuciones. M-Morrough vino… al final. Tenía… tenía a Luc. L-lo mató… allí. Luego… luego me… me llevaron al almacén.
—¿Quiénes?
Helena tragó con dificultad.
—L-liches.
La mujer rio por lo bajo.
—Hace mucho tiempo que no escucho a nadie atreverse a usar este insulto. Todos los inmarcesibles, independientemente de su forma, son los seguidores más allegados del Sumo Nigromante. Se les concede la inmortalidad por su excelencia. En este nuevo mundo, la muerte solo se lleva a los indignos. Da igual que los insultes, porque tus amigos no son más que cenizas olvidadas.
Palpó entonces la frente de Helena.
—Aunque tú pareces casi intacta. Así que ¿por qué se emplearon tan a fondo contigo? ¿Y quién podría haber…? —La mujer cogió la pantalla de resonancia, la observó de nuevo y luego desapareció entre las cortinas.
Helena sintió alivio al quedarse sola.
¿Habían alterado su memoria o su mente?
Si no hubiera visto la pantalla de resonancia, habría pensado que la estaba engañando. Sabía cómo era un cerebro. Quien lo hizo debió de emplear una vivemancia muy especializada y probablemente poseía extensos conocimientos para transmutar la mente de esa forma.
No era algo que alguien olvidaría con facilidad.
Aun así, Helena no sentía que hubiera olvidado nada, salvo la mención de una herida grave.
En realidad, no recordaba haber sufrido ningún daño, solo conmoción, dolor y terror.
Tragó saliva y parpadeó con fuerza para intentar no pensar en ello.
Miró a su alrededor, tratando de descubrir qué había en la habitación. El medicamento que le habían administrado era increíblemente efectivo. Justo donde la aguja se había clavado en el corazón, se le estaba formando un moratón y le dolía con cada latido.
Miró hacia abajo. La cama tenía barras a ambos lados, y los grilletes que sujetaban sus muñecas estaban encadenados a ellas. Bajo los grilletes, la piel se mostraba en carne viva, amoratada, y alrededor de cada muñeca había sendas bandas metálicas de color verdoso.
Esas sí que le resultaron familiares: las había llevado durante la celebración.
En la oscuridad, bañada en sangre, bajo la tenue luz de las antorchas y rodeada de tantos cadáveres en la jaula, no las había visto bien, pero las recordaba perfectamente.
Dentro del tanque de suspensión, siempre fue consciente de que las tenía. La existencia de esas bandas metálicas había permanecido al borde de su consciencia, una presencia ineludible que reprimía su resonancia y le impedía usar la transmutación para escapar.
Hasta en el tanque era capaz de sentir el lumitio que había en ellas.
La naturaleza del lumitio unía los cuatro elementos de aire, agua, tierra y fuego, y, mediante esa unión, se creaba la resonancia.
La Fe Sagrada consideraba que la resonancia era un regalo de Sol, la deidad de la Quintaesencia elemental, para elevar a la humanidad. La resonancia era una habilidad escasa en muchas partes del mundo, pero no en la nación elegida por Sol, Paladia. Según los censos anteriores a la guerra, se estimaba que casi un quinto de la población poseía un nivel de resonancia cuantificable. Y, además, se estimaba que ese número aumentaría en la siguiente generación.
Normalmente, la resonancia se canalizaba a través de la alquimia de metales y compuestos inorgánicos, y eso permitía la transmutación o alquimización. Sin embargo, en un alma defectuosa que se rebelaba contra las leyes naturales de Sol, la resonancia terminaba corrompiéndose, dando lugar a la vivemancia (la técnica que esa mujer había empleado contra Helena) y la nigromancia, utilizada para crear necrómatas.
Como canalizador de la resonancia, el lumitio podía aumentar o incluso crear resonancia en objetos inertes mediante la exposición, que los hacía maleables a la alquimia. Sin embargo, el lumitio puro era demasiado sagrado para los mortales; la sobreexposición provocaba enfermedades debilitantes y, en los individuos con resonancia, una exposición directa podía causarles un dolor lacerante y metálico en los nervios.
El lumitio de las esposas no parecía haber enfermado a Helena, lo que indicaba que algo lo había alterado. La energía punzante de su interior estaba sintonizada con su resonancia, y, en lugar de destruirla, le anulaba los sentidos. Helena sentía su propia resonancia, pero, cuando intentaba controlarla, las esposas le generaban una especie de energía estática en los nervios. Por mucho que lo intentara, no era capaz de deshacerse de ella.
Lo único que sabía era que, mientras llevara puestas esas esposas, no era una alquimista.

CAPÍTULO 2
Había un necrómata cerca. Sola e incapaz de enfocar la vista, Helena percibía el olor a carne podrida y a conservantes químicos. Los inmarcesibles usaban a los muertos como marionetas para realizar las tareas desagradables o de poca importancia. Mientras esperaba encadenada, se preguntó para qué estarían empleando a aquel necrómata. Echó un vistazo a su alrededor, buscando sombras más allá de las cortinas.
—¿Marino?
Alguien susurró su nombre en voz tan baja que podría haber sido tan solo la brisa.
Helena se giró y alcanzó a distinguir un rostro asomándose por la cortina que los separaba. Entrecerró los ojos y consiguió enfocarlos lo suficiente para ver una cara y un cabello de color claro.
—Marino, ¿eres tú?
Helena asintió, intentando aún descifrar quién era.
—Soy Grace. Era camillera en el hospital. —Se deslizó entre las cortinas mientras hablaba, con un marcado acento del Norte que enfatizaba las consonantes.
—Perdona, estoy… desorientada —respondió Helena.
—No esperaba verte aquí.
Grace se acercó. Al salir de entre las sombras, Helena notó que era joven, a pesar de sus rasgos hundidos. Su expresión mostraba una mezcla de miedo y curiosidad.
Helena abrió los ojos de par en par.
El rostro de Grace estaba marcado por cicatrices: unos cortes largos que le atravesaban las mejillas, la barbilla y la nariz. No eran heridas accidentales, sino intencionadas.
Helena intentó levantar la mano, pero los grilletes en sus muñecas se lo impedían.
—¿Qué te pasó? —preguntó.
Grace la observó desconcertada y, al seguir la mirada de Helena, llevó la mano a su rostro para tocarse la cara.
—Ah, ¿los cortes? Todas los tenemos.
—¿Qué? ¿Por qué los liches…?
Grace sacudió la cabeza con vehemencia.
—Baja la voz. —Grace miró a su alrededor rápidamente y olfateó el aire. Después, volvió a mirar a Helena con ojos furiosos—. A veces usan a los necrómatas para espiarnos. Hay uno aquí, ¿no lo hueles? No puedes llamar «liches» a los inmarcesibles. —La palabra era apenas un susurro—. Si nos escuchan…, habrá… consecuencias.
Helena se apresuró a asentir. Temía que Grace saliera corriendo si no tenía cuidado.
Grace se acercó a ella un poco más.
—No fueron los inmarcesibles quienes nos hicieron esto. —Se señaló la cara—. Fuimos nosotras mismas. Los inmarcesibles pueden hacer lo que quieran con nosotras, con cualquiera que pertenezca a la Resistencia. Ahora está de moda tener necrómatas en vez de contratar empleados. Pero hay veces… que solo quieren algo con lo que jugar. En una fiesta o… después de salir por la noche. —Hizo un gesto—. Nadie interviene para evitarlo. Incluso los que no son inmarcesibles o pertenecen al gremio les siguen la corriente, porque todos esperan que eso aumente sus posibilidades de ganar también la inmortalidad.
Grace se encogió de hombros de forma poco natural.
—Pero, si tienes mala pinta, no te usan mucho tiempo. —Suspiró entrecortadamente y miró a Helena con dureza—. ¿Dónde has estado?
Helena negó con la cabeza mientras intentaba asimilar todo lo que Grace le había contado.
—Me llevaron a un almacén… después de…
Grace entrecerró los ojos.
Helena la miró, vacilante.
—¿La Llama Eterna sigue…?
—No. —Grace sacudió la cabeza con vehemencia y su expresión se tornó en rabia—. Están todos muertos. Todos y cada uno de ellos. Después de la muerte de Luc, nos enviaron a los demás a la fábrica del Reducto, bajo la presa. La mayoría de nosotros no puede marcharse. Necesitas varios meses de buen comportamiento para que te den permiso y hay que llevar esto siempre. —Levantó la mano para enseñar una banda de cobre, más brillante y mejor ajustada que la de Helena—. Tenemos que fichar por la mañana y por la noche porque hay toque de queda. Si alguien desaparece más de veinticuatro horas… —Tragó saliva—. Si no aparece, envían al Sumo Inquisidor para que le dé caza, y siempre está muerto cuando lo traen de vuelta. A la custodio le gusta colgarlos, los deja así durante días y, cuando empiezan a pudrirse, los reanima y los pone a «trabajar» para nosotros antes de mandarlos a la mina. Dice que así no se nos olvidan las reglas.
—¿Quién…? —Helena se obligó a preguntar, aunque temía saberlo.
Grace titubeó. Sus ojos se suavizaron ligeramente.
—Lila Bayard fue la primera a la que trajo de vuelta.
Grace seguía hablando, pero Helena no la escuchaba. Lo único que oía una y otra vez era «Lila Bayard fue la primera».
Lila no…
Poco a poco volvió a escuchar la voz de Grace.
—La custodio la obligó a ponerse la armadura paladina y la dejó en la puerta. Ya llevaba un tiempo fallecida. Debió de llegar bastante lejos. Le faltaba más de la mitad de la cara y ya no tenía la prótesis de la pierna, así que le soldaron una barra de hierro para mantenerla en pie. No… no puede moverse. Simplemente permanece allí. Pasamos a su lado todos los días. —Grace pareció entonces percatarse del semblante de Helena y bajó la mirada—. Ahora solo quedan sus huesos. La custodio cree que es… divertido.
Helena sacudió la cabeza, le costaba aceptarlo, pero, por supuesto, Lila estaba muerta. Para capturar y asesinar a Luc, sus paladines debían morir. Ese fue el juramento que hicieron: morir por el principado.
Helena tragó saliva con dificultad.
—Pero seguro que en algún lugar… la Resistencia…
—¡No existe la Resistencia! —exclamó Grace en un susurro—. ¿De verdad crees que íbamos a seguir luchando cuando toda la Llama Eterna murió? No sirve de nada. El Sumo Inquisidor los mata a todos. Por cualquier movimiento, incluso los susurros están penalizados con la muerte. Tiene un… un monstruo que usa para cazar. Es absurdo huir, resistir u organizarse, a menos que quieras ser el próximo cadáver.
Helena se sumió en el silencio. Grace la observaba con recelo, nerviosa. Parecía que iba a salir corriendo en cualquier momento.
—¿Quién es el Sumo Inquisidor? —preguntó Helena, rezando por ser capaz de formular esa pregunta. No recordaba el título.
Grace negó con la cabeza.
—No lo sé. Sigue llevando el yelmo que usaban los inmarcesibles durante la guerra. El Sumo Nigromante es demasiado importante para aparecer en público, así que manda al Sumo Inquisidor en su lugar. Es una especie de vivemante, pero no como los demás. Mata a la gente sin tan siquiera tocarla.
—La resonancia no funciona así —repuso Helena, corrigiéndola de forma automática—. Sin sellos, solo se puede crear un canal estable cuando se establece un contacto y luego…
—Sé cómo funciona la resonancia —la cortó Grace sin miramientos—. Pero he visto cómo lo hace. La semana pasada… —A Grace le tembló la voz; su nuez subió y bajó varias veces—. Había un grupo de contrabando… Hemos tenido escasez de grano. La mayor parte del que recibimos en el Reducto está podrido. Algunos estaban trayendo comida extra de fuera. No era mucho, pero la custodio oyó rumores de que los prisioneros se estaban organizando. Eran diez personas: ejecución pública. El Sumo Inquisidor los mató a todos a la vez. Lo hizo de forma «limpia» para que duraran más tiempo trabajando en las minas de lumitio.
Grace pareció estremecerse mientras hablaba, como si el mero recuerdo la paralizara.
—Los que quedamos estamos sobreviviendo. Eso es lo único que importa. —Las últimas palabras las susurró como si hablara más para sí misma que para Helena.
—¿Por qué estás aquí, Grace? —preguntó Helena mirando a su alrededor, aunque no veía mucho—. Esto no es… No estamos en el Reducto, ¿verdad?
Grace negó con la cabeza.
—No. Esto es ahora la Central. Es donde los inmarcesibles hacen todos sus experimentos. Yo… —Se atragantó con la palabra—. Tengo tres hermanos. Son más pequeños que yo. Ninguno de ellos era lo bastante mayor para alistarse, así que no formaron parte de la Resistencia. Mi hermano Gid tendrá edad de trabajar dentro de poco y podrá salir del Reducto. Recibirá un sueldo de verdad cuando llegue el momento. Tenemos… tenemos que resistir hasta entonces.
—Grace…
—Están ofreciendo mucho dinero por los ojos. Solo uno ya nos permite subsistir durante meses.
Helena la miró desconcertada.
—¿Para qué quieren los ojos?
Grace negó con la cabeza.
—No lo sé. A mí solo me interesa el dinero.
Si no hubiera estado encadenada a la cama, Helena se habría acercado a ella.
—Grace, si lo haces…, nunca podrás recuperarlos…
A Grace se le escapó una carcajada repentina, casi enajenada.
—Sé que los ojos no crecen. Por eso pagan tanto.
—Sí, pero…
—¿Para qué quiero quedármelos? —Grace hablaba muy nerviosa—. ¿Para tener dos ojos con los que ver morir de hambre a mis hermanos? ¡No hay comida! —Ya no estaba susurrando. En su rostro, las cicatrices se enrojecieron y crisparon—. No sabes… No tienes ni idea de cómo vivimos ahora. ¿Dónde has estado? ¿Por qué no salvaste a Luc? Deberías haberlo hecho, pero no lo hiciste. ¡Murió! Todos lo vimos. Y los Bayard están muertos también. Y todos los de la Llama Eterna están muertos…, menos tú. ¿Y crees que me preocupan mis ojos?
Antes de que Helena pudiera contestar o que Grace pudiese decir algo más, oyeron unos pasos que se acercaban.
El terror se abrió paso por el semblante de Grace, que huyó rápidamente.
Alguien apartó las cortinas de Helena hacia un lado, y aparecieron varias personas. Cuando una de ellas se acercó a la cama, Helena reconoció a la interrogadora. Las arrugas de su rostro estaban marcadas y en tensión.
Helena no distinguía a quienes estaban detrás de ella, pero tenían la piel de un color gris poco natural que le erizó el vello al instante. El espacio delimitado por las cortinas se impregnó del olor a conservantes.
—Es esta —dijo la mujer—. Está bien atada, como os aseguré. —Miró con nerviosismo a los cuerpos, que parecían moverse como si fueran uno solo.
Necrómatas, todos eran necrómatas.
La mujer miró a Helena.
—El Sumo Nigromante te ha hecho llamar. Quiere presenciar tu análisis en persona.
Helena sintió una presión en el pecho y forcejeó contra sus ataduras.
—No.
No podía hacerlo, no era capaz de verlo de nuevo. La única vez que había visto al Sumo Nigromante, Morrough, fue cuando este asesinó a Luc.
Luc, que había sido todo su mundo.
Helena se unió a la Resistencia y había jurado lealtad a la Orden de la Llama Eterna no por fe, sino por Luc Holdfast. Porque tal vez no creía en los dioses, pero sí creía en él, que era bueno y amable y se preocupaba por los demás.
Prometió que haría cualquier cosa por él.
Pero Luc murió ante sus ojos.
Se le estaba cerrando la garganta.
—No —repitió mientras la cama rebotaba al ponerse en movimiento. Sus captores no le prestaron atención.
Fue en los ascensores cuando Helena supo dónde estaba, qué era la Central. Habían quitado todos los murales y el arte de las paredes, también habían desaparecido los cuadros y las decoraciones, dejando el interior en bruto y vacío, pero reconoció la detallada ornamentación de la puerta metálica del ascensor.
Era algo que había visto a diario desde que tenía diez años.
Estaba en la Torre de Alquimia, en el corazón de la Academia de Alquimia que habían fundado los Holdfast.
Eso era la Central.
—¿Qué habéis hecho? —le temblaba la voz del horror y la pena—. ¿Qué habéis hecho?
—Tranquilízate —le dijo la mujer con los dientes apretados mientras le dirigía una mirada fulminante. No dejaba de mirar por el rabillo del ojo a los necrómatas que las rodeaban.
Helena no podía tranquilizarse. Era como haber vuelto a casa para darse cuenta de que habían destrozado todo lo que la hacía acogedora, que la habían destripado de su belleza, desollado todo cuanto le era familiar.
Helena había cruzado medio mundo para estudiar en esa Torre. Luc siempre estuvo muy orgulloso de la Academia que construyó su familia. Había sido el corazón de Paladia. Helena lo había visto con sus propios ojos: toda la historia y su significado. Ahora lo habían arrasado y destruido por completo.
Las repercusiones de la muerte de Luc eran más de lo que podía asimilar, pero, por algún motivo, aún tuvo la capacidad de llorar esta pérdida. Se le escapó un sollozo agudo.
Unos dedos agarraron la base del cráneo de Helena hasta que las uñas se clavaron en su piel.
Estaba hundiéndose hasta el fondo.
Un túnel muy largo, una oscuridad retorcida.
Unas manos frías sin vida y un olor a muerte.
Cuando se le despejó la mente, se dio cuenta de que se encontraba atada encima de una mesa. Había una luz brillante en el techo, un foco que apuntaba directamente a Helena y que hacía desaparecer la habitación que la rodeaba.
A su lado, un hombrecillo de nariz estrecha no dejaba de tocarle la cara con unos dedos sudorosos y húmedos. La palpó entre los ojos, en las sienes, y metió sus dedos en su cabello para comprobar su cráneo.
—Esto es… toda una maravilla de la transmutación humana —decía el hombre en un tono agudo y ligero. Tenía acento, pero no era un dialecto del Norte, más bien sonaba a algo occidental—. Una vivemancia de esta categoría es… milagrosa. Ha hecho bien en llamarme.
Se produjo un silencio largo y agobiante.
Tosió.
—La… la cosa es… Esto es… imposible. No… no se puede hacer.
—Es evidente que sí. La prueba la tienes aquí delante —replicó la mujer con dureza desde el lado contrario. Helena apenas lograba verla en la profunda oscuridad.
—Sí, es cierto, doctora Stroud. Por supuesto, tiene razón. Pero… aplicar la vivemancia en un cerebro siempre ha sido un procedimiento extremadamente delicado. Una transmutación de esas características y con esta complejidad va más allá de toda evidencia científica conocida. La memoria es algo misterioso, muy maleable cuando se manipula. No es un lugar, es… el viaje de la mente. Un camino. Cuanto más importante y experimentada sea la persona, más fuerte será el camino. Si se ha hecho poco en la vida —sus dedos se movieron—, entonces se desvanece.
—Ve al grano —dijo la doctora Stroud.
—Sí, sí. Hay partes del cerebro que se pueden modificar. En los laboratorios hemos hecho vivisecciones a muchos cerebros humanos para luego reconstruirlos de distintas maneras con cierto éxito y… también con fracasos. Sin embargo, esta transmutación va más allá. M-m-memoria. Lo que han hecho aquí… —Helena sintió algo húmedo en el rostro y se dio cuenta de que el hombre estaba transpirando encima de ella—. Esto es una alteración de lo inalterable. Alguien… ha desmantelado los caminos de su mente para crear rutas alternativas. ¿Cómo es posible que lo haya hecho sin saber todos sus pensamientos y recuerdos? No. No. Es científicamente imposible.
—Creía que la mente era tu especialidad.
La voz que había hablado emergía de la oscuridad, era grave y áspera.
El hombre gimoteó. Parecía a punto de echarse a llorar.
—El… cerebro, Su Eminencia. —Le hizo una reverencia a las sombras—. Pero esta obra escapa a mis conocimientos. Bennet y yo, ¿recordáis nuestros trabajos para la causa? Confío en que… Los recuerdos no pueden regenerarse sin más; son la mente y el espíritu los que deben forjarlos. Ninguna fuerza externa puede alterar el espíritu…, las… las fiebres…
—¿Hay alguna forma de descubrir lo que oculta?
El hombre abrió y cerró la boca, igual que un pez, contemplando la oscuridad, como esperando que fuese a tragárselo.
—Los Holdfast están muertos —afirmó la voz áspera—, la Llama Eterna ha sido erradicada de este mundo. ¿Por qué esconderían algo en su mente?
Solo hubo silencio como respuesta.
—¿Quién la metió en ese almacén?
Stroud dio un paso al frente.
—No hay nada que lo confirme, pero, según los informes, Mandl era la supervisora en aquella época. Fue poco antes de que ascendiera y la trasladaran al Reducto.
—Traedla.
Stroud asintió y desapareció. Al hacerlo, las sombras se movieron.
Helena solo veía por el rabillo del ojo, pero, aun así, se percató de cuando Morrough emergió de la oscuridad.
El Sumo Nigromante no se parecía en nada a como ella lo recordaba. Cuando asesinó a Luc, era humano. Ahora había mutado. Sus brazos sobresalían de las articulaciones en un ángulo imposible, y tenía casi el tamaño de dos hombres.
Al principio, pensó que llevaba una máscara. El Sumo Nigromante había acudido enmascarado a la celebración. Una medialuna enorme y dorada le había tapado la mitad de la cara como en un eclipse de sol.
Sin embargo, cuando se acercó más a ella, se dio cuenta de que no era una máscara lo que estaba viendo. La cara de Morrough parecía como una calavera de lo hundidos que estaban sus rasgos. La piel era tan translúcida y pálida que dejaba entrever hasta el hueso.
Donde antes tenía los ojos, ahora había dos cuencas vacías y negras, como si se los hubieran quemado con carbón ardiente.
Aun así, veía a Helena.
Caminó hacia ella con una mano estirada, pero algo sucedía: la piel se estiraba y plegaba de forma extraña, como si tuviera demasiados huesos dentro. Helena sintió el dolor de su resonancia atravesándole el cerebro antes de que la rozara con los dedos.
Su visión se tornó roja.
Oyó que gritaba hasta reventarse los oídos, cada vez más fuerte, mientras los recuerdos estallaban en su mente. Una cascada de imágenes se abrió paso por su consciencia.
Allá donde mirara había gente muriendo. Tenía las manos llenas de sangre y los cadáveres se amontonaban por todas partes.
Estaba arrodillada en el suelo, uniendo torsos, caras y extremidades, intentando recomponerlos, cosiéndolos para lograr completarlos. Una y otra y otra vez. Cuerpos en carne viva, llenos de quemaduras, tan consumidos por el fuego que no distinguía sus rostros.
Siempre había otro cuerpo, y otro más.
La resonancia cavó aún más profundo, y Helena gritó con más fuerza todavía.
Vio a Luc, tan vívido como si estuviera frente a ella. Su bello rostro, sus ojos tan azules como el cielo de verano, reflejando la luz dorada del sol.
Luego desapareció. Había sangre por todas partes. Lo único que veía era una luz roja, fragmentada y quebradiza, que se mecía en el techo. Y los gritos.
Sus propios gritos. Tenía las cuerdas vocales deshilachadas; un dolor desgarrador le atravesaba los pulmones y la garganta. Cada inhalación le provocaba una punzada lacerante en el pecho, como si su corazón estuviera a punto de romperse.
El hombrecillo mascullaba «No os recomiendo…» una y otra vez, cubriéndose la cabeza con los brazos como si quisiera protegerse.
Helena oyó que alguien llamaba a la puerta y Stroud volvió a aparecer, aunque apenas se fijó en Helena.
—Mandl viene de camino. Y… —vaciló al hablar—. He traído a Shiseo. Pensé que podría tener alguna información sobre la prisionera. Trabajó para la Llama Eterna. Necesita un nuevo par de anuladores y creí que podría encargarse él mismo antes de marcharse.
Helena oyó que algo se agitaba en la oscuridad y giró el cuello todo lo que pudo mientras entrecerraba los ojos para ver al traidor.
Un hombre de rostro redondeado y cabello oscuro apareció portando un pequeño maletín. Se detuvo a hacer una breve reverencia ante el Sumo Nigromante.
Morrough hizo un gesto en dirección a Helena.
—¿Qué tipo de vivemancia utilizaba la Llama Eterna?
Shiseo se acercó un poco más, y Helena se percató de que provenía del Imperio Oriental, del Lejano Oriente. Solo le dedicó un instante a la mirada acusadora de Helena antes de apartar la vista.
—Lo siento. —Volvió a hacer una breve reverencia—. Solo acudían a mí de vez en cuando por mis conocimientos metalúrgicos.
Helena dejó escapar un suspiro de alivio.
—Seguro que sabes algo… Trabajaste en sus laboratorios —insistió Stroud con impaciencia—. ¿La reconoces, al menos?
Shiseo miró a Helena de soslayo.
—Creo que era sanadora —dijo en voz baja mientras volvía a revisar su maletín.
Helena reprimió un gesto.
Stroud miró de nuevo a Helena con los ojos entrecerrados.
—¿En serio? ¿Sanadora, has dicho? —preguntó como si escupiera veneno. Se aclaró la garganta y observó a su alrededor—. Por supuesto, sabía que había vivemantes que apoyaban a la Llama Eterna. Como si martirizarse les fuera a conceder la aceptación, a pesar de que la Fe consideraba sus talentos una abominación. —Su mirada era feroz—. No me percaté de que esta era uno de ellos.
Nadie dijo nada y Stroud enrojeció.
—Me habría dado cuenta si hubiera tenido más tiempo para revisar los registros de la Resistencia. ¿Pero por qué transmutarían la mente de una sanadora?
Shiseo se inclinó ante Stroud.
—No sabría decirle.
El ambiente empezó a caldearse. Morrough suspiró como una ráfaga de viento.
—No sabe nada. Ponle la anulación y lárgate de aquí.
Shiseo hizo otra reverencia y levantó tanto como pudo la mano de Helena para inspeccionarle la muñeca y las esposas que la rodeaban. Tenía la piel suave para ser metalúrgico.
—Estas son… son un modelo muy antiguo. No suprimen del todo la resonancia —comentó. Deslizó los grilletes de Helena por el antebrazo todo lo que pudo, y esta sintió como si la estática de la supresión se desplazara hasta su cerebro.
Shiseo presionó con manos hábiles el brazo de Helena, hasta encontrar la hendidura justo debajo de la muñeca y entre los dos huesos del antebrazo.
Su latido palpitaba entre los dedos de Shiseo. Este lo sintió un instante, apretó un poco y luego se apartó para girarse hacia Stroud.
—Aquí.
Los dedos duros y secos de Stroud rodearon la muñeca de Helena. Ella sintió un breve cosquilleo de la resonancia de Stroud y, acto seguido, perdió la sensibilidad desde la mano hasta el codo y su cuerpo se quedó inerte y paralizado. Sin previo aviso ni explicación, Stroud sacó algo del maletín. Al relucir bajo la luz, Helena vislumbró el mango redondeado y la punta larga y afilada de una lezna.
Con la destreza que da la práctica, Stroud introdujo la punta en la muñeca de Helena. Esta no sintió nada, pero se le cerró la garganta y se le encogió el estómago cuando contempló a Stroud trazar lentos círculos con la lezna hasta hundirla entre los huesos. La punta salió por el otro lado.
Cuando Stroud retiró la herramienta, había una gota de sangre en la punta y un agujero atravesaba la muñeca de Helena. Era una herida limpia. La piel y el músculo desgarrados, así como las venas partidas, volvieron a cerrarse de inmediato.
Stroud dejó la lezna a un lado y manipuló la mano de Helena, doblándola hacia delante y hacia atrás para evaluar el rango de movimiento. Aunque volvió a sentirla, la parálisis persistía.
—Los nervios y las venas están intactos —dijo Stroud, y la soltó.
Helena solo pudo observar mientras Shiseo intervenía e introducía un tubito con muescas por el agujero que le atravesaba la muñeca, hasta que el extremo salió por el otro lado. Cuando el tubo estuvo en su sitio, la leve sensación de resonancia que Helena sentía en la mano izquierda desapareció por completo.
Fue como si le arrebataran uno de los sentidos.
Notaba el tubo dentro de su cuerpo, irradiando una sensación adormecida, como de inercia.
Shiseo sacó entonces una cinta de metal, suave y reluciente por un lado y con estrías por el otro. Deslizó la parte estriada por la ranura de uno de los extremos del tubo y luego envolvió la cinta alrededor de la muñeca de Helena para introducirla por el extremo contrario. Así, el tubo quedó sujeto. Después continuó envolviéndole la muñeca con la cinta de metal.
Inspeccionó la tensión y el ajuste, alineó todas las capas y, con un simple chasquido, estas se transformaron en un sólido anillo de metal que se ajustaba perfectamente a su muñeca.
No tenía cierre ni forma de abrirse sin resonancia.
Luego, Shiseo introdujo un alambre con una forma extraña en una abertura diminuta del antiguo grillete. El mecanismo interior cedió y el grillete se abrió. Shiseo lo recogió con cuidado, como si fuera una valiosa antigüedad, y lo guardó en su maletín. Después, se situó a la derecha de Helena.
Esta buscó desesperadamente algo de la resonancia que le quedaba. Intentó concentrarse para recordar la sensación de quién y qué era, sabiendo que desaparecería en cuestión de minutos.
Shiseo estaba quitándole el segundo grillete cuando se abrió la puerta y entró una vigilante.
—Custodio Mandl.
Una mujer con uniforme recorrió la habitación a zancadas; su paso rápido y decidido se detuvo al ver a Helena.
Tenía una boca enorme que se abrió de par en par por la sorpresa.
—¿Qué le hiciste a esta prisionera, Mandl? —preguntó Morrough. Había desaparecido entre las sombras, pero su voz emergió de nuevo. Ahora sonaba más amenazante.
Mandl se postró de inmediato, desapareciendo de la vista de Helena.
—Su Eminencia… —Su tono suplicante provenía del suelo.
—Te salvé de los Holdfast y de la Fe. Te salvé de todos los nigromantes y vivemantes como tú, que vivían como ratas, temiendo que la Llama Eterna os castigara por vuestros «talentos antinaturales». Te di el poder para ascender sobre aquellos que habían pretendido subyugarte. ¿Y ahora me entero de que me has traicionado?
—¡No! ¡No fue una traición! Soy leal. Leal a nuestra causa ¡y leal a vos! Solo fue un estúpido deseo de venganza, lo confieso. Quería que sufriera. Pero yo nunca os traicionaría.
—Explícate.
Mandl se incorporó, todavía de rodillas y con la cabeza agachada, pero con la voz temblorosa de la emoción.
—¡Es una traidora a los vivemantes! ¡Me atormentó! Se creía mejor que yo por formar parte de la Academia de los Holdfast; se pensaba que su vivemancia estaba bendecida por la Llama Eterna. ¡Merecía un castigo!
Helena miró a la mujer, aturdida y desconcertada.
—¿Manipulaste a una prisionera y sus informes por… envidia? —Stroud parecía atónita—. ¿Por qué no diste parte de sus habilidades?
Mandl se volvió a encoger.
—Me daba miedo que recibiera un trato de favor si se sabía la verdad. Que la encontraseis útil y no fuese castigada como se merecía.
Stroud se inclinó sobre ella.
—¿Y qué castigo pensabas que se merecía?
Mandl tragó saliva, nerviosa.
—L-la dejé consciente en el tanque de suspensión. Mi intención era volver a por ella. Quería que estuviera atrapada, que lo supiera y temiera lo que podrían hacerle, pero entonces me trasladaron al Reducto y ascendí. Tenía miedo de que ese ocasional error de juicio fuera visto como una decepción, así que no lo conté. ¡Pero jamás traicionaría nuestra gran causa!
—Ha pasado catorce meses en ese almacén desde que te transfirieron. ¿Por qué no hay registros? —Stroud sonaba muy escéptica.
—Pensaba rellenar sus informes cuando hubiera… terminado con ella. Al irme, supuse que habría muerto y que nadie se enteraría. ¡Perdonadme! No hice nada más, lo juro. —Mandl se tiró de nuevo al suelo.
—Ahora veo que he sido demasiado generoso —dijo Morrough. Su rostro espeluznante y las cuencas vacías de sus ojos emergieron de entre las sombras. Ladeó la cabeza como si mirara a Mandl—. No te mereces mi confianza.
—¡Por favor! Su Eminencia, se lo suplico… Deme…
Mandl dejó de hablar cuando una fuerza invisible la hizo ponerse en pie. La parte delantera del uniforme gris se desgarró al estallar su pecho. Las costillas se le abrieron, acompañadas de un chorro de sangre que brotaba sin cesar.
A Helena se le erizó la piel y sintió el miedo enroscándose en sus entrañas cuando el olor cálido y húmedo de la sangre fresca y los órganos descubiertos inundó la habitación. En el aire vibraba algo extraño, y ella lo notaba cada vez que introducía aire en sus pulmones.
Pero Mandl no había muerto, pese a estar abierta en canal.
Levantó las manos e intentó cerrarse las costillas con una de ellas y protegerse de Morrough con la otra. Sus pulmones expuestos palpitaban con desesperación.
—¡Deme otra oportunidad, por favor! ¡No os fallaré! Lo juro. No os arrepentiréis.
—No, no volverás a fallarme —replicó Morrough. Su voz áspera casi sonó amable cuando metió la mano en el pecho abierto de Mandl y sacó de entre sus pulmones una pieza de metal resplandeciente que había encajada en algún sitio junto a su corazón. Estaba envuelta en finos tentáculos de vísceras que se aferraron tanto al metal como a los dedos de Morrough cuando este la arrancó.
Al quitarla, el cuerpo de Mandl cayó al suelo, silencioso, muerto.
Morrough suspiró suavemente y pareció encogerse un instante antes de enderezarse con el metal en las manos. A pesar de la sangre, la pieza brillaba con un intenso resplandor propio del lumitio.
Hizo un ademán con la otra mano. Un necrómata surgió de entre las sombras como si fuera un animal acechando. Era una mujer joven en fase temprana de necrosis que todavía llevaba los harapos del uniforme del hospital de la Llama Eterna. Tenía un semblante inexpresivo y un tajo en el uniforme dejaba a la vista un pecho lleno de venas negras entrelazadas.
Cuando el cadáver llegó hasta Morrough, se estiró, y este le introdujo la pieza de metal. Helena oyó el leve crujido de un hueso fracturado y vio que se le abría un agujero morado, cubierto de sangre seca, en el centro del pecho.
La mujer cadavérica se estremeció y, acto seguido, su semblante se transformó. Dejó de mirar al vacío.
Trastabilló y soltó un gemido agudo al contemplar sus dedos negros y su cuerpo en descomposición.
—¡No! Por favor, no… No fue mi…
—No vuelvas a fallarme, Mandl —dijo Morrough—, y, con el tiempo, tal vez te permita vivir en otro cuerpo. Incluso tal vez en tu cuerpo original.
Señaló el cuerpo de Mandl, que yacía inmóvil en el suelo. El ambiente vibró de nuevo cuando curvó los dedos y las costillas se cerraron. La parte delantera del uniforme quedó abierta, dejando el pecho a la vista, totalmente cubierto de sangre. La piel volvió a coserse, pero el rostro de Mandl permanecía inexpresivo. La mujer cadavérica se desplomó en el suelo gimoteando y suplicando, aferrándose a la herida supurante que tenía en el centro del pecho como si quisiera arrancarse el metal incrustado mientras Morrough se giró hacia Helena.
Stroud le dio una patada a Mandl.
—Da gracias al Sumo Nigromante por su compasión al permitirte vivir en el cuerpo de una vivemante. Tal vez puedas ganarte el perdón en el futuro y volver al Reducto, custodio.
La mujer cadavérica emitió un último gimoteo gutural antes de incorporarse tambaleante.
—Gracias, Su Eminencia —musitó con voz ronca, y salió trastabillando de la habitación.
Stroud se colocó junto a Morrough. No parecía sorprendida por lo que habían descubierto.
—¿Es posible que alguien sobreviva catorce meses en un tanque de suspensión? —preguntó Stroud.
Morrough no respondió, pero el hombre que estaba también en la estancia, nervioso y sudoroso, dio su opinión desde donde había estado escondiéndose, junto a la pared.
—E-en realidad, esa idea puede tener algo de potencial —dijo dando un paso al frente, aunque inmediatamente se encogió al ver que los ojos vacíos de Morrough se centraban en él.
Se ajustó el cuello de la camisa varias veces.
—Nuestro buen amigo del Lejano Oriente —señaló a Shiseo, que estaba absorto limpiando la lezna— ha mencionado que la supresión que llevaba es un modelo antiguo que no bloquea la resonancia por completo. Tal vez eso explique tanto la fortaleza de su mente como que haya sobrevivido.
Stroud entrecerró los ojos.
—¿Cómo?
—La transmutación que presenta no se la pudo hacer otra persona. Esos recuerdos están demasiado enredados en su mente. Sin embargo, si fuera alguien capaz de llevar a cabo algo tan complejo, una sanadora, tal como ha dicho nuestra amiga que era, tal vez…
—¿Quieres decir que se lo hizo ella misma? —Stroud señaló a Helena con una incredulidad mordaz.
El hombre se atragantó con su propia saliva.
—Bueno…, me parece la explicación más plausible, en mi opinión. —Le brillaba la cara del sudor.
Stroud se mordió el labio.
—¿Y que sobreviviera?
—No… no se permitió morir. P-puede que unos niveles reducidos de resonancia interna, al ser una sanadora experta, le bastaran para mantenerse con vida, mientras que el resto de los cuerpos se descomponen en esas mismas circunstancias.
—¡Eso es absurdo! —estalló Stroud.
—Es irrelevante. ¿Podemos recuperar los recuerdos? —preguntó Morrough—. La Llama Eterna no se tomaría tantas molestias si la información no fuera de vital importancia.
—Su Eminencia. —La voz de Stroud era una súplica—. La Orden de la Llama Eterna no existe, solo quedan cenizas.
—No te he preguntado a ti —dijo Morrough, y miró al hombre, que ahora lucía un verde enfermizo.
—No… creo…
—Fuera. —El ambiente vibró.
El hombre palideció, hizo varias reverencias y agradeció a Morrough su compasión y paciencia mientras caminaba hacia atrás hasta salir de allí con un alivio evidente en el rostro.
—¿Qué estás escondiendo? —Morrough se cernió sobre ella.
El corazón le empezó a latir más rápido. No tenía respuesta a esa pregunta.
Stroud también se inclinó sobre ella con los ojos entrecerrados, como si estuviera pensando.
—Su Eminencia, si le extirpamos la parte delantera del cerebro, quizá podamos acceder a algunos de esos recuerdos antes de que las fiebres lo deterioren —comentó mientras pasaba el dedo por la frente de Helena—. O tal vez altere los senderos y consigamos revertir la situación. Sería un honor para mí mantener sus constantes vitales mientras vos hacéis la vivisección.
El terror atravesó a Helena al ver que Morrough asentía. Stroud se colocó a un lado y ajustó la luz desde arriba, como si estuvieran a punto de comenzar.
—Perdonad —interrumpió una voz suave, y Helena sintió un enorme alivio hasta que reconoció al traidor, Shiseo, que estaba ahí plantado con el maletín en las manos—. Me acabo de acordar de algo. Se trata del general Bayard, que sufrió una lesión cerebral durante la guerra.
—Sí —respondió Stroud, que parecía irritada por la interrupción.
—El cerebro sanó, pero —se detuvo como si le costara encontrar las palabras— olvidó quién era, su mente, su verdadero ser.
—Sí, todos sabemos lo que le pasó a Bayard. No hablaba, quedó incapacitado. Su mujer tuvo que cuidarlo como a un niño —replicó Stroud de mal humor.
—Por supuesto, mis disculpas. Seguramente no sea nada. —Shiseo se inclinó, parecía a punto de marcharse.
—Espera —dijo Stroud en tono conciliador—. Ya que has empezado, dinos adónde querías llegar.
Shiseo se detuvo.
—No conozco todos los detalles, pero creo que encontraron una cura a finales de la guerra. Fue una operación mental bastante complicada.
—¿La llevó a cabo un sanador o un cirujano? —Stroud se inclinó hacia delante, interesada.
Shiseo ladeó la cabeza como si tratara de recordar.
—Una sanadora.
Stroud frunció los labios, pensativa.
—Supongo que fue Elain Boyle.
Shiseo ladeó la cabeza, no parecía reconocer ese nombre.
—Era la sanadora personal de Luc Holdfast. La Llama Eterna no era muy hábil para guardar registros, pero el nombre de Elain Boyle aparece con frecuencia en el último año de la guerra. Al parecer, fue excepcionalmente destacada. —Stroud tamborileó los dedos sobre sus labios y volvió a morderse el labio inferior.
—¿Dónde está Boyle ahora? —preguntó Morrough.
—Murió cuando tomamos la Academia. Creo que mandaron su cuerpo a las minas. Podemos comprobar si queda algún resto. —Stroud se giró hacia Shiseo—. ¿Qué le hizo la Llama Eterna a Bayard para que creas que es relevante?
Shiseo repitió la reverencia.
—Solo lo sé porque pensaron que en el Imperio Oriental tendríamos alguna técnica parecida. Según me contaron, la sanadora tenía la habilidad especial de alterar no solo el cerebro, sino también la mente. Pretendían entrar en la mente de Bayard para curarlo desde dentro.
Los ánimos en la sala cambiaron de repente; se volvieron más estimulantes.
—Eso sería animancia, no sanación —dijo Stroud lentamente, incrédula.
—No lo sé. Antes se usaban otras… palabras —replicó Shiseo—. Por lo que me dijeron, la mente se resistía a la presencia de otra persona, pero esta sanadora creía que, mediante tratamientos poco invasivos, podía lograrse. Es como aprender a tolerar poco a poco un veneno.
—Mitridatismo —dijo Morrough pensativo, y se estiró todo lo alto que era—. Mitridatismo del alma…
Se acercó a Shiseo, como si pretendiera arrancarle las respuestas a la fuerza.
—¿La Llama Eterna encontró la forma de que personas vivas sobrevivieran a una transferencia del alma? ¿Y nunca se te ocurrió contarlo?
Helena pensó que estaba a punto de ver cómo se abría en canal otra caja torácica.
Shiseo mantuvo la calma y se inclinó de nuevo.
—Os pido disculpas. Me hicieron muchas preguntas y es difícil recordarlo todo.
Morrough pareció aceptar la excusa y se dio la vuelta. Luego miró a Helena como si quisiera hacerle una vivisección para buscar las respuestas.
—Si la Llama Eterna contaba con una animante que desarrolló un método de transferencia temporal…, ¿no explicaría eso esta pérdida de memoria? Si alguien pudiera entrar en la mente de otra persona de esta manera, podría alterar pensamientos y recuerdos, tal y como ocurre en este caso. Lo explicaría todo —planteó Stroud señalando a Helena—. Y… debo decir que me parece más plausible que esa teoría descabellada de la autotransmutación.
—Si la Llama Eterna descubrió un método viable de transferencia, eso tiene más relevancia que una simple pérdida de memoria —replicó Morrough. Helena sentía su resonancia en la médula ósea, como si estuviera escarbando en su carne para despellejarla capa a capa.
Morrough miró a Stroud.
—Toma nota de todo lo que recuerde Shiseo sobre esta operación antes de que se marche al este. Pondremos a prueba este método de transferencia gradual. Quiero que se perfeccione. Si es posible, lo usaremos para borrar la transmutación que le hicieron a ella y ver qué quería esconderme tan desesperadamente la Llama Eterna.
Morrough dio una bocanada de aire entrecortada al girarse.
—Su Eminencia —dijo Stroud con voz nerviosa—, esta operación de transferencia que deseáis poner a prueba requeriría un animante, ¿verdad? —Tosió débilmente—. Estoy segura de que a Bennet le habría entusiasmado esta oportunidad, pero, por desgracia, las almas no forman parte de mi repertorio de resonancia, y solo hay otro más. ¿Creéis que esto es algo que…? —Su voz se llenó de esperanza.
—Deja que se encargue el Sumo Inquisidor.
A Stroud se le descompuso la cara.
—Pero yo la encontr…
—Tengo otro trabajo para ti.
Stroud se enderezó, aunque seguía decepcionada.
—Después de todo, el Sumo Inquisidor era el favorito de Bennet. —Morrough hizo un gesto de desdén con la mano y luego desapareció entre las sombras—. Es hora de que se dedique a algo más que cazar.

CAPÍTULO 3
Cuando volvieron a meter a Helena en el ascensor de la Central, contó los pisos de la Torre conforme bajaban.
Durante siglos, la Torre de Alquimia había sido una maravilla arquitectónica. Solo tenía cinco pisos cuando se construyó como monumento a la Primera Guerra Nigromántica. En aquel momento, la resonancia alquímica era una habilidad arcana considerada mágica. Los que la practicaban se rodeaban de mitos y misterios, como Cetus, el primer alquimista del Norte.
Los Holdfast y la Academia habían cambiado esa percepción; establecieron la alquimia como la ciencia noble, algo digno de estudio y dominio. Cuando la Academia de Alquimia amenazó con superar en altura a la Torre, usaron sistemas de poleas forjados con alquimia para añadir pisos en la base. Fue el edificio más alto del continente Norte durante casi dos siglos, alzándose por encima de la ciudad que se expandía a sus pies, y los alquimistas jamás dejaron de atravesar sus puertas.
Los estudios de alquimia que se llevaban a cabo en el Norte estaban entrelazados con la propia estructura de la Torre. Los cinco primeros pisos, los que contaban con las aulas más grandes, eran los «cimientos», llenos de iniciados que todavía estaban descubriendo su resonancia y aprendiendo los principios de transmutación más básicos. Había que pasar exámenes anuales para ir ascendiendo. Después del quinto año, la mayoría de los alumnos abandonaban la Academia con un título que les permitía unirse a los gremios, y solo los universitarios más cualificados continuaban al siguiente piso de la Torre, que se iba estrechando. Allí estudiaban temas y disciplinas más técnicas. Solo unos pocos subían a los pisos de posgrado e investigación para conseguir el rango de gran maestre.
El ascensor se detuvo en alguno de los antiguos pisos de investigación.
Helena aguzó la vista y se obligó a mirar a través de un aura de dolor que le nublaba la visión constantemente. Veía las paredes borrosas. Sus ojos fueron incapaces de enfocar nada hasta que dejaron de empujar su camilla y la colocaron en el centro de una sala vacía.
Probablemente antes habría sido un laboratorio privado.
Le desabrocharon las correas que la mantenían atada, y Stroud se detuvo a su lado para comprobar las muñecas de Helena.
Los tubos que se colaban entre su cúbito y su radio le daban náuseas y le provocaban la profunda sensación de que algo iba mal. Ni siquiera podía doblar los dedos sin sentir que los músculos, tendones, nervios y venas se veían obligados a acomodarse en aquel espacio reducido, junto a la anulación que le habían insertado.
—Muy bien —dijo Stroud para sí misma antes de girarse para marcharse. Al cerrar la puerta, Helena la escuchó añadir—: Que no entre nadie sin mi permiso.
Helena oyó un sonoro chasquido y el giro de una cerradura, y la dejaron sola.
Se incorporó, aunque el fármaco ya había desaparecido de sus venas, por lo que le dolían los músculos y sentía calambres cada vez que los estiraba. Intentó levantarse, pero se desplomó en cuanto sus pies tocaron el suelo. Cayó pesadamente.
«Huye», le repetía una voz sin cesar. Pero no podía hacerlo; no la sostenían los brazos ni las piernas. Al verse privada de sus capacidades físicas, sus pensamientos se volvieron introspectivos.
¿De verdad había olvidado algo?
Tal vez la Llama Eterna no había desaparecido, sino que resistía como unas ascuas escondidas, esperando que llegara el momento oportuno. La posibilidad encendió una chispa de esperanza en su interior. ¿Cómo le habían hecho que olvidara?
Transferencia. Animancia. Las dos palabras le resultaban desconocidas.
Las repasó mentalmente. Intentó dar contexto a los comentarios que habían hecho: almas y mentes, y ocupar el paisaje mental de otra persona para transmutarla desde dentro. ¿Y la Llama Eterna había descubierto eso?
Desde luego que no, los creyentes consideraban que las almas eran inviolables. La Llama Eterna creía incluso que las alteraciones físicas de la vivemancia y la nigromancia suponían un riesgo para un alma inmortal.
La alteración de una mente, la transferencia de un alma: ambas cosas habrían sido consideradas como algo infinitamente peor.
Aun así, Shiseo afirmaba que la Llama Eterna había desarrollado una manera de hacer esta operación de transferencia mediante la animancia. Algo que Morrough, que había desentrañado los secretos de la inmortalidad, no había logrado descubrir.
¿Quién era Elain Boyle? A Helena no le sonaba el nombre y estaba segura de que nunca habían contado con una sanadora que se ocupara exclusivamente de Luc, y mucho menos con una sanadora personal.
Luc jamás habría consentido recibir nada que no se distribuyera de forma equitativa entre toda la Resistencia, y eso incluía los cuidados médicos y la sanación. Ni siquiera le gustaba que los paladines juraran protegerlo, a pesar de que se trataba de una tradición más antigua que la propia Paladia.
Stroud tenía que estar equivocada.
Sin embargo, existía un misterio oculto. Habían cambiado algo en su interior, un secreto enterrado con tal celo que Helena no lograba imaginar de qué podía tratarse.
Sintió más calambres recorriéndole el cuerpo. Permaneció en el suelo, encogida como una araña muerta, pero sin dejar de pensar.
¿Qué habría hecho Luc si fuera el único que siguiera con vida? Si estuviese cautivo, ya tendría un plan. Habría persuadido a Grace para que enviara un mensaje de su parte, comenzando a coordinar una manera de escapar, y también a idear cómo rescatar a todos los que estaban en el Reducto.
Eso es lo que él haría, pero ahora le tocaba a Helena.
No le fallaría, esta vez no.

Helena supuso que la transferencia empezaría de inmediato, pero, en cambio, pasaron lo que le parecieron días sin apenas moverse, mientras sus músculos se iban destensando poco a poco.
—Abstinencia —dijo Stroud con una mirada cargada de condescendencia mientras le introducía a Helena una sonda de alimentación por la nariz y le administraba suero fisiológico en el brazo para mantenerla sedada—. Da igual. Supongo que te enseñaron a disfrutar del sufrimiento. Después de todo, la vocación de una sanadora es el sacrificio, ¿no?
Stroud no escondía el desdén que sentía por Helena desde que descubrió que ambas eran vivemantes, pero en bandos opuestos de la guerra.
Stroud la consideraba una traidora.
—No me gustan esos espasmos —comentó poco después mientras la examinaba. Frunció los labios cuando Helena dejó caer una taza al sentir un calambre en los dedos—. No son causados por la anulación. ¿Sabes cuándo empezaron?
Helena negó con la cabeza y se encogió de dolor cuando notó el ardor frío que le provocó la resonancia de Stroud al deslizarse por su muñeca izquierda, serpenteando entre los huesos mientras la retorcía y manipulaba durante varios minutos.
—Por el estado en el que está, diría que te has roto esta muñeca unas cuantas veces. Hay una herida antigua en los nervios. ¿Te acuerdas de cuándo sucedió?
Helena no recordaba haberse hecho nunca un daño grave en las manos. Unas manos diestras eran vitales para canalizar y controlar la resonancia, tanto en el laboratorio de un alquimista como en la consulta de una sanadora. Siempre había tenido mucho cuidado con ellas.
—No se menciona nada en tu expediente de alumna, así que debió de ser durante la guerra, pero tampoco hay registros de ello.
Habían encontrado el expediente académico de Helena, y a Stroud le gustaba usarlo para interrogarla sobre aspectos insignificantes de su vida. Helena sospechaba que lo hacía porque tenía permiso para castigarla si se negaba a responder.
¿Dónde pusieron a prueba por primera vez su resonancia alquímica? En la embajada paladina de su hogar, las islas sureñas de Etras. ¿Qué edad tenía cuando emigró a Paladia para estudiar en la Academia de Alquimia? Diez años.
¿Cuántos cursos terminó en la Academia? Seis.
¿Recordaba la muerte del principado Apollo Holdfast? Sí, estaba en clase con Luc.
¿Cuándo se unió a la Resistencia? Cuando los gremios destituyeron al Gobierno legítimo y hubo una Resistencia a la que unirse.
A Stroud no le gustó esa respuesta.
¿Cuándo empezó a formar parte de la Orden de la Llama Eterna? Helena no quiso responder, pero Stroud tenía el libro con los miembros de la Orden, junto con los votos y el nombre de Helena, escritos con su propia sangre.
—¿Sabía el Consejo de la Llama Eterna que eras una vivemante cuando te uniste?
Helena negó con la cabeza.
Stroud se sentó y la fulminó con la mirada, a la espera de una respuesta verbal.
—Yo no sabía que lo era —dijo Helena al cabo de un tiempo—. Y después…, cuando todo el mundo lo supo…, a Luc no le importó. Él pensaba que las habilidades de una persona no cambiaban quién era, solo lo que hacía con ellas.
—Qué magnánimo. —La voz de Stroud sonó gélida. Arrugó el documento que tenía en la mano—. Una pena que no dejase el cargo. Todavía seguiría viva mucha gente con talento.
—Su familia era la elegida —respondió Helena, aunque sabía que no tenía sentido discutir.
—Sí, por el Sol —replicó Stroud con mofa, y su tono adquirió cierta virulencia—. Sé que no enseñaban astronomía moderna en la Academia, pero ¿has estudiado alguna vez las teorías astrológicas más actuales? Provienes de las islas comerciantes, al fin y al cabo; habrás conocido todo tipo de ideas. ¿De verdad crees que el Sol, a miles de kilómetros de distancia, miró a la Tierra y eligió un favorito? ¿Que una gota de luz solar le otorgó a Orion Holdfast tal condición divina que todos sus descendientes merecían gobernar sobre Paladia como si fueran dioses?
Helena apretó la mandíbula, pero Stroud no paró de hablar.
—Según tu expediente académico, se te consideraba inteligente. Seguro que no te tragaste todas las historias que te contaron sobre los Holdfast. Mírame a los ojos y dime: ¿de verdad crees que los Holdfast tenían derecho a gobernar?
Stroud clavó los dedos bajo la barbilla de Helena para obligarla a alzar la vista. Esta fijó sus ojos en el rostro de Stroud, sintiendo la amenaza de su resonancia.
—Mejor ellos que gente como tú.
Stroud quitó la mano y su resonancia se esfumó. Acto seguido, le dio una bofetada a Helena que le cruzó la cara con tanta fuerza que se golpeó la cabeza contra la pared.
—Si te hubieras unido a nuestra causa, podrías haber sido excepcional. —Stroud respiraba con dificultad mientras se inclinaba sobre Helena—. Habrías sido alguien, pero ahora no eres nada. Desperdiciaste tu talento en el bando equivocado y nadie te recordará. Eres ceniza, como todos los demás. Y una traidora a los vivemantes.
Cuando estuvo sola, Helena se llevó la mano a la hinchazón de la cara y sintió que le palpitaba la cabeza.
La Resistencia había considerado la guerra como un acto sagrado, una batalla divina entre el bien y el mal, una prueba de la Fe. Pero los motivos de Helena habían sido una cuestión personal.
Luc no necesitaba ser divino para que ella quisiera salvarlo. Aunque hubiese sido absolutamente ordinario, ella habría tomado las mismas decisiones.
¿Podría haber hecho algo que hubiera cambiado las cosas?
Cuando llegó a Paladia, pensó que aquello era el paraíso. Etras no tenía mucho metal como recurso natural. La resonancia era poco habitual. Había algunos gremios de alquimistas, pero ninguno ofrecía una formación reglada. Al llegar a Paladia, se sintió como si por fin estuviese en su hogar, como si hubiera encontrado el sitio en el que siempre debió estar.
Fue vagamente consciente de que existía una jerarquía entre los alquimistas que dividía incluso el cuerpo estudiantil, separando a las familias devotas y allegadas de los Holdfast de los gremios, pero no conocía lo suficiente de la política de la ciudad Estado como para entender su complejidad.
Lo único que sabía era que había alumnos que no le dirigían la palabra, que se reían cuando hacía preguntas y se burlaban de su acento y de cómo gesticulaba con las manos cuando hablaba. Más tarde descubrió que se trataba de los alumnos del gremio y que debía tratarlos con recelo.
Fue Luc quien le explicó que los alumnos del gremio pensaban que la matrícula de Helena debería haberse adjudicado a los gremios, aunque Luc le aseguró que estaban equivocados. La Academia de su familia no se había fundado para los gremios, sino para gente como ella, para los que no tenían la oportunidad de estudiar alquimia por su cuenta. Los alumnos del gremio no tenían ni por qué asistir; ya tenían asegurado sus puestos y su futuro. Para ellos, obtener una plaza en la Academia era cuestión de estatus y, cuando conseguían el certificado, se marchaban.
Pero Helena era especial. Sería de las que se quedaban cuando terminara el quinto año, de las que estudiarían algo más que los principios básicos de la alquimia. Ascendería a los pisos superiores, haría descubrimientos y se dedicaría a asuntos que cambiarían el mundo. Siempre recordarían su nombre.
¿Por qué querría la familia de Luc a otro alumno del gremio en su Academia cuando podían tener a alguien como ella?
Luc siempre tuvo la habilidad de hacer sentir especial a Helena, en vez de señalar lo fuera de lugar que estaba allí. A su vez, ella siempre quiso demostrarle que tenía razón, que había algo por lo que merecía la pena creer en ella. Su familia no cometería un error apoyándola.
Helena se centró en sus estudios e ignoró la hostilidad política que la rodeaba.
En ocasiones, Luc le mencionaba que los gremios creían que su familia estaba conteniendo el avance científico de la alquimia y poniendo trabas a la industrialización, y entonces señalaba las fábricas que había bajo la presa, que inundaban el cielo de nubes de humo negro. Decían que habían acusado a su padre de permitir que el país se quedara atrasado por culpa de la negligencia de su gobierno. O que los gremios proponían limitar el poder del principado a las cuestiones religiosas, mientras que ellos debían encargarse de gestionar el país.
Parecía que nada de lo que hiciera el principado Apollo era suficiente para los gremios; siempre estaban quejándose y exigiendo más.
Cuando asesinaron al principado Apollo, los gremios no lo consideraron una tragedia, sino una oportunidad. Aprovecharon que Luc solo tenía dieciséis años para usarlo como pretexto y declarar una reforma: Paladia ya no sería gobernada por las élites religiosas y un grupo de guerreros. La ciudad Estado pasaría a estar bajo el control del recién formado Concejo de Gremios.
A la Orden de la Llama Eterna no le habría costado demasiado contener la sublevación de los gremios si no hubiera sido por Morrough. Apareció de la nada en plena revuelta y empezó a ofrecer la inmortalidad. No se refería a una vida eterna de descomposición, sino a una inmune a la edad y a las heridas, descubierta gracias a la ciencia, no al poder divino.
Los gremios aprovecharon la oportunidad, y así comenzaron a aparecer los inmarcesibles. Al principio solamente se elegía a unos pocos selectos, que no solo eran inmortales, sino también expertos en los aspectos más avanzados de la alquimia. De repente, el poder y la vida eterna estaban al alcance de cualquiera que demostrara su lealtad a Morrough. Los aspirantes acudieron en masa a unirse y aliarse con los gremios.
La concepción de la «Nueva Paladia» que prometía el Concejo de Gremios se extendió entre los habitantes como una enfermedad.
Cuando la Llama Eterna intentó restaurar el orden, los inmarcesibles revelaron una nueva habilidad: la nigromancia, y a una escala nunca vista. En vez de reclutar sin criterio entre los aspirantes, esperaban a que los soldados de la Llama Eterna fueran atacados y fallecieran para luego reanimarlos y hacerlos luchar contra sus propios compañeros. Así crearon un ejército de muertos vivientes al servicio de la Llama Eterna.
Luc, recién coronado como principado, estaba convencido de que los ciudadanos de Paladia entrarían en razón cuando comprendieran, estupefactos, que se estaban aliando con nigromantes. Durante siglos, la nigromancia se había considerado un crimen moral en todo el continente. Ni siquiera los gremios se atreverían a ir tan lejos.
Se equivocó.

—Si eras sanadora, ¿por qué apenas se te menciona en los archivos del hospital?
Stroud regresó furiosa, con un montón de papeles en la mano.
El nombre de Helena casi no aparecía en ninguno de ellos. Stroud solo había conseguido encontrar su firma en el inventario de suministros médicos, una solicitud para un cuchillo básico de alquimia y unas pocas peticiones de ciertos compuestos a los departamentos de química y metalurgia. Lo único interesante era una lista preliminar de bajas en la que Helena figuraba entre los presuntos fallecidos.
A pesar de todo, según esos archivos militares que abarcaban años, Helena apenas había existido. Stroud parecía tomarlo como un agravio personal.
—¿Y bien?
—La sanación es un milagro; no es algo para lo que haga falta firmar —respondió Helena, recitando lo que le habían enseñado hacía tanto tiempo—. Usamos símbolos en los expedientes médicos para indicar que se ha… intervenido.
—¿Te refieres a…? —Stroud deslizó los documentos hasta llegar a uno que giró hacia Helena. En la esquina aparecía una medialuna con un tajo en medio—. ¿Esto?
Helena apenas asintió.
Stroud se quedó mirándolo.
—¿Entonces cómo demonios se controlan los procedimientos?
La presión se extendió desde el pecho hasta la garganta de Helena, oprimiéndola.
—La sanación no es un procedimiento.
El falcón Matias, consejero espiritual del Consejo de la Llama Eterna y superior directo de Helena, siempre fue estricto a la hora de exigir que la vivemancia no se documentara de ninguna forma que pudiera glorificarla. Según él, la vivemancia solo se purificaba mediante el altruismo.
Aunque los sanadores eran una figura relativamente común en las zonas remotas de Paladia, la vivemancia resultaba tan poco habitual que existían numerosas teorías sobre las capacidades de los vivemantes: si podían hechizar a los vivos, tal y como hacían los nigromantes con los muertos, por ejemplo, o realizar transmutaciones prohibidas sobre la carne viviente.
Helena solía pensar que esta percepción de los vivemantes era irracional y severa, pero tras conocer a Stroud empezaba a entenderla.
Stroud no hechizaba, pero era experta en paralizar y manipular a Helena mediante transmutaciones al menor descuido. Y, si Helena se retorcía demasiado, Stroud le soldaba los huesos para que se mantuviera quieta. Parecía disfrutar del hecho de que, técnicamente, no la estaba torturando. A veces dejaba a Helena así, inmovilizada, durante horas.
Fue un alivio cuando, finalmente, Stroud pareció perder el interés y anunció que ya no tenía tiempo para ocuparse de Helena. Varias veces al día acudían un par de necrómatas para sacarla de la celda y hacerla caminar por el pasillo que rodeaba el ascensor.
Recuperó la vista, aunque los necrómatas eran algo horrible de ver. La adipocira les confería un brillo grasiento y viscoso a las motas moradas y grisáceas de su piel, y la esclerótica de sus pupilas nubladas era roja o de un amarillo intenso. Las puntas de sus dedos estaban negras y en descomposición. El olor a conservantes químicos y a putrefacción le daba ganas de vomitar, pero no le permitían dejar de caminar hasta que sus piernas cedían y tenían que arrastrarla de vuelta a la celda.
Las caminatas se confundieron con los días. Helena había perdido la noción del tiempo que llevaba en la Central; las luces permanecían siempre encendidas, y todas las ventanas estaban cubiertas y tapiadas.
—¿Es ella? —Un hombre con rostro pálido, casi fantasmal, y una nariz puntiaguda y fina como una aguja salió de repente de una habitación y se interpuso en el camino de Helena mientras los necrómatas la obligaban a continuar su rutina interminable.
Helena profirió un grito ahogado de sorpresa. Frente a ella, vestido con ropas de bordados intrincados y joyas, estaba Jan Crowther, uno de los cinco miembros del Consejo de la Llama Eterna.
—Crowth…
Él estiró una mano cargada de anillos, la agarró por el hombro y la atrajo hacia sí para echarle un vistazo.
—¿Lo conocías? —preguntó. Le estaba clavando los dedos y los anillos en la piel.
Helena intentó liberarse, pero los necrómatas la sujetaron cuando Crowther se inclinó cada vez más, inhaló profundamente y sacó una lengua ancha y morada, como si quisiera lamerla.
Helena se encogió, pero Crowther estaba tan cerca que pudo distinguir cada detalle. Sus escleróticas mostraban un leve tono amarillento y por sus ojos ligeramente nublados surcaban unas venas oscuras. Tenía la piel cubierta de talco y desprendía un intenso olor a lavanda.
No era Crowther. Uno de los inmarcesibles estaba usando su cadáver.
En las pocas ocasiones en que sus heridas eran tan graves que ya no podían seguir regenerándose, por ejemplo, por haber resultado tan gravemente heridos en batalla que sus cuerpos inmortales no lograban curarse, los inmarcesibles podían trasladarse a sus necrómatas. Por eso la Resistencia los llamaba «liches».
Era una solución imperfecta; a pesar de que se mantenían vivos, los cuerpos iban pudriéndose poco a poco y perdían la capacidad regenerativa de los cuerpos originales, que eran casi inmunes. Helena sospechaba que Morrough estaba tan interesado en la transferencia porque era un método que abría la puerta a que los inmarcesibles pudieran trasladarse a cuerpos vivos.
El liche que estaba usando el cuerpo de Crowther dio un paso atrás y volvió a mirarla con un gesto extraño en el rostro.
—Te conozco —dijo en voz baja.
Le agarró la cara y la hizo girar de forma que la luz le llegaba desde un ángulo diferente. Sus ojos repasaron cada centímetro de su piel, como si estuviera buscando algo. Entonces el liche le cogió una de las manos; los pesados anillos negros se le clavaron contra la piel, y manipuló el grillete, provocándole una punzada de dolor en todo el brazo. Luego le miró los dedos y volvió a observar su rostro.
Los necrómatas no hicieron nada.
¿Era este el Sumo Inquisidor?
—Sí. Es ella. —Stroud apareció entonces, con un tono mucho más amable del que empleaba con Helena. Parecía molestarle la forma en la que el liche estaba tocando a Helena, pero no dijo nada—. Pronto estará lista.
El liche agarró a Helena del pelo. Cuando volvió a acercarse a ella, esbozó una mueca retorcida, con una mirada voraz y desesperada, algo que ella jamás había percibido en el semblante impasible de Crowther.
—La he visto en alguna parte. —La agarró con más fuerza, sacudiéndola con tanto ímpetu que a Helena se le cayó la cabeza hacia atrás—. ¿Dónde ha sido?
—Era la mascota de los Holdfast, maese gremial. Seguramente la conociste en la Academia.
El rostro del liche se contrajo con desdén al oír hablar de los Holdfast y la soltó de inmediato. De repente, había perdido todo el interés. Ahora parecía enfadado y por el cuello se le estaba extendiendo una sombra de color morado oscuro que le moteaba la cara.
—Esperaba algo más. Me dijeron que este encargo era algo especial.
Stroud se mordió el labio.
—Las apariencias no lo son todo. Puedes decirle al Sumo Inquisidor que pronto estará lista. Ahora querías comprobar cómo preparaban las habitaciones, ¿no? —Stroud señaló los ascensores—. Mi intención es comenzar con una remesa de prueba muy pronto para evaluar cuándo podemos poner en marcha todo esto. El interés es abrumador. He recibido decenas de solicitudes, y aún faltan semanas para el anuncio. —A Stroud se le escapó una risa nerviosa, pero se contuvo y se aclaró la garganta mientras presionaba la mano contra el panel del ascensor—. Ha sido difícil determinar las combinaciones más prometedoras. He sacado lo máximo posible de los historiales médicos. También me han sido útiles los archivos gremiales, que estaban muy adelantados a su tiempo. Pero tú eres el único que ha producido exactamente lo que esperamos replicar aquí, así que estoy deseando escuchar tu aportación.
La expresión del liche se volvió impasible, a pesar del halago. Cuando llegó el ascensor, Stroud y él se marcharon sin decir palabra.
Los necrómatas la empujaron para que siguiera caminando. Helena exhaló lentamente. No era el Sumo Inquisidor entonces. Era un alivio que el primer cadáver reanimado que había reconocido fuera el de Crowther, uno de los miembros más indiferentes del Consejo, y no alguien que conociera de verdad.
Alzó la vista y se encogió al ver el único cuadro que había en el pasillo.
Antes, la Torre estaba muy decorada y llena de obras artísticas, con cuadros de importantes alquimistas que habían estudiado o impartido clase en la Academia. Ahora solo quedaba uno que mostraba a un hombre de piel cetrina y aspecto taciturno, con frente ancha y barbilla gruesa.
La placa que había debajo lo identificaba: Artemon Bennet, junto a dos fechas que abarcaban más de ochenta años.
Helena recordó con una claridad que le atravesaba las entrañas los informes relacionados con ese nombre. Cuando los inmarcesibles se hicieron fuertes en la ciudad, convocaron a todos los vivemantes y nigromantes ocultos para que se unieran a su causa. También construyeron laboratorios donde estos aliados pudieran explorar sus poderes y librarse de la opresión de la Fe.
Y, cuando los combatientes de la Resistencia no solo morían, sino que eran reanimados como necrómatas, los enviaban a estos laboratorios para estudiarlos. Artemon Bennet era el director de los departamentos de ciencia e investigación de Nueva Paladia. Según decían, tenía un interés particular en los experimentos con alquimistas.
Lo único interesante del cuadro era saber que Bennet había muerto.
La caminata estaba llegando a su fin. Helena seguía respirando profundamente; un hábito que había adoptado en el tanque de suspensión, donde el oxígeno era limitado, y que había empeorado por el hedor de los necrómatas. Sentía que empezaba a marearse, que la vista se le nublaba. Sus piernas comenzaron a flaquear.
Los necrómatas la sujetaron para que no se detuviera. Helena casi arrastraba los pies por el suelo al caminar.
Un grito ahogado la puso en alerta.
—¿Marino?
Una chica morena en una silla de ruedas pasaba a su lado. Estaba demacrada, casi encogida sobre sí misma, pero se incorporó y se inclinó hacia delante para mirarla fijamente. Tenía cicatrices similares a las de Grace y una manta cubriéndole el regazo. También llevaba los mismos grilletes que Helena alrededor de la muñeca. La estaban empujando por el pasillo, en dirección al quirófano que Helena había visto abierto unos minutos antes.
Helena tropezó y trató de recuperar el equilibrio.
—Penny.
Penny tenía un año más que ella. Había sido una de las pocas chicas de la Academia que había decidido estudiar un posgrado en alquimia. Fue también una de las primeras en alistarse a la Resistencia, decidida a ir al frente y luchar.
El camillero que empujaba a Penny apretó el paso y giró la silla para evitar que conversaran.
Helena y Penny estiraron el cuello para seguir mirándose mientras las separaban.
—Penny, ¿qué van a…? —Helena no alcanzó a terminar la pregunta porque la empujaron hacia su habitación.
Penny se inclinó sobre el brazo de la silla y miró hacia atrás con una expresión de congoja.
—Tenías razón. Lo siento mucho. Deberíamos haberte escuchado.
No hubo tiempo de preguntar a qué se refería. El camillero aligeró el paso y Penny desapareció.
—Te voy a entregar hoy —dijo Stroud al entrar, absorta en un montón de papeles que estaba revisando. Cada vez que Helena la veía, estaba más distraída—. Prepárate.
—¿Me voy?
Stroud alzó la vista y le dedicó una sonrisa a medio camino entre la irritación y los nervios.
—Sí. La Central tiene otros asuntos entre manos. El Sumo Inquisidor te está esperando. Vamos. Ahora.
Helena no tenía nada que preparar. La metieron en el ascensor con algo de ropa y un par de zapatillas de lana que le quedaban demasiado grandes.
El ascensor descendió hasta el quinto piso, donde la Torre de Alquimia conectaba con el resto de los edificios de la Academia a través de puentes colgantes. En una ciudad tan vertical como Paladia, solían usarse los puentes colgantes para unir edificios; algunos no eran más que pasajes estrechos, mientras que otros tenían el tamaño suficiente como para albergar plazas y jardines de muchos pisos por encima del nivel de las calles. Conforme la ciudad fue creciendo, las partes más bajas quedaron sumidas en la sombra, convertidas en zonas cavernosas, húmedas y oscuras, plagadas de enfermedades.
Helena distinguió los jardines más abajo: un terreno de césped dividido por caminos geométricos que conectaban los dormitorios con la Torre y el pabellón científico.
Unos escalones de mármol blanco desembocaban en las amplias puertas de la Torre. Al verlos, su memoria superpuso al instante la imagen de sangre y vísceras y cadáveres que los había cubierto la última vez que los contempló.
Apartó rápidamente la mirada. Tenía que centrarse en el presente.

Obligaron a Helena a meterse en el asiento trasero de un coche, y un necrómata la empujó hacia el centro para sentarse a su lado. El olor a putrefacción se extendió rápidamente por el espacio cerrado.
Le dieron arcadas y se llevó una mano a la nariz y la boca para taparlas e intentar no vomitar.
Stroud se colocó al otro lado. Al parecer, era inmune al hedor, porque no dejaba de hojear el montón de papeles que llevaba encima en todo momento.
El coche atravesó un largo túnel; las luces ambarinas de las farolas eléctricas se deslizaron por el regazo de Helena hasta dar paso a un gris verdoso cuando el coche salió del nivel subterráneo. Helena se inclinó un poco para ver el cielo. Estaba oscuro y nublado, de un gris que parecía privar de color al mundo. Al observar la ciudad, se sorprendió de las cicatrices tan visibles que había dejado la guerra: enormes huecos donde antes se alzaban rascacielos, edificios quemados o en ruinas. No parecía haber comenzado la reconstrucción. La carretera era lo único que parecía nuevo.
Cuando el vehículo cruzó de la isla Este a la isla Oeste, dejaron atrás casi todas las secuelas visibles de la guerra.
Paladia se había fundado sobre el delta de un río que descendía a los pies de las montañas Novis. La isla original contaba con una meseta alta en el norte que se extendía hacia el sur. La Torre de Alquimia se había construido en el punto más alto de la isla, y la Torre (y, con el paso del tiempo, la ciudad) se fue extendiendo hasta cubrir con edificios cada centímetro de tierra. En la isla de Paladia, más tarde conocida como la isla Este, se concentraban la industria, el comercio, el Gobierno, las catedrales periheliales y la Academia de Alquimia.
La isla Oeste, construida siglos más tarde, había sido diseñada para albergar a la desbordante población. Todo allí era más nuevo, de mayores dimensiones.
Durante la guerra, los inmarcesibles mantenían un control difuso sobre la isla Oeste, mientras que la Resistencia tenía sus cuarteles generales en la Academia de Alquimia, un baluarte firme de defensa en la isla Este, lo que dividió la ciudad Estado en dos zonas enfrentadas. Como la mayor parte de las infraestructuras esenciales y los puertos principales se encontraban en la isla Este, esta había sido la que se había llevado la peor parte cuando los inmarcesibles intentaron conquistarla.
En comparación con las ruinas de la isla Este, la Oeste parecía prácticamente intacta; sus enormes edificios interconectados se alzaban al cielo, relucientes e indemnes.
La primera vez que Helena llegó en barco por el río y contempló Paladia, le pareció como si alguna deidad excepcional hubiera posado su corona en la cima de las montañas; los capiteles y el resplandor de la ciudad se reflejaban en el agua. Helena pensó que no existía un lugar en el mundo más bello que aquel.
El vehículo parecía diminuto mientras aceleraba por la isla Oeste y cruzaba otro puente en dirección al continente de Paladia, que se extendía kilómetros más allá de la costa ribereña, hasta donde comenzaban los árboles en la ladera de la montaña.
El continente se dedicaba principalmente a la minería y la agricultura, y las pocas tierras no explotadas económicamente pertenecían a las familias más antiguas, las que habían acudido a la Academia desde hacía siglos, en la época de su fundación.
Si la estaban llevando al continente debía de ser porque el Sumo Inquisidor tenía una propiedad en ese territorio. Tal vez la habían conquistado y cedido después de la guerra, o quizá formaba parte de una de las familias adineradas del gremio. Algunas de ellas habían multiplicado su fortuna gracias a la industrialización del último siglo.
Helena se inclinó hacia delante buscando a través del parabrisas alguna señal que le indicara cuál era su destino.
Alejada por fin de la Central, Helena estaba empezando a vislumbrar algo parecido a un plan.
Siendo realista, sus probabilidades de escapar eran nulas. Aunque no llevara los grilletes que le impedían moverse con destreza y anulaban su resonancia, carecía de suficiente formación de combate. Su resonancia siempre había sido su mejor arma. Si consiguiese escapar, no tendría adónde ir. No sabía quién seguía con vida, en quién podría confiar ni quién estaría dispuesto, a su vez, a confiar en ella.
Sabía que, si cooperaba, existía la posibilidad de que sobreviviera a la transferencia, pero hacerlo significaba traicionar a la Llama Eterna, ya que tendría que revelar la información por la que había sacrificado su propia memoria.
Apretó las manos con fuerza, lo que le provocó una punzada de dolor en las muñecas.
En el tanque de suspensión, se repetía una y otra vez que, si sobrevivía, no podía rendirse. No sabía explicar por qué.
Al fin y al cabo, el propósito de la sanación era asegurarse de que los demás sobrevivieran, ser quien le salvara la vida a Luc. No tenía sentido ser sanadora si todos estaban muertos.
No sería una traidora. Independientemente de lo que ocultara su mente, no permitiría que los inmarcesibles lo descubrieran. Le daba igual sobrevivir o no. Se suicidaría antes de que le arrancaran algo por la fuerza.
Tal vez su agresivo captor fuera de ayuda para ese fin.
Si lo que le había dicho Grace era cierto, el Sumo Inquisidor prefería el asesinato a otras tácticas, como los interrogatorios. Los hombres propensos a la violencia solían ser impulsivos, actuaban por instinto y razonaban después.
Si conseguía provocarlo, tal vez la matara en un arrebato. Solo necesitaba que cometiera un error, y todos sus secretos desaparecerían. Ningún tipo de nigromancia podía recuperar una mente una vez muerta.
¿Qué le haría Morrough al Sumo Inquisidor en ese caso? Algo peor que lo que le hizo a Mandl, no le cabía duda.
O eso esperaba Helena.
Ya no podría vengar a Luc, pero sí podía aún hacerle justicia a Lila.
Al pensar en Lila Bayard, muerta, con la cara destrozada, cuyo cadáver ahora servía para encerrar a la gente que antes protegía, Helena sentía una presión en el pecho tan intensa que le dolía.
Lila había sido una de las pocas personas que no se inmutaron al saber que Helena era una vivemante. Durante la guerra incluso compartieron habitación. No fueron especialmente amigas (al ser paladina, Lila pasaba mucho tiempo fuera, luchando en el frente), pero jamás trató como alguien inferior a Helena por no participar en el combate.
Lila era considerada una alquimista de combate excepcional. Se unió a las cruzadas de la Llama Eterna a los quince años, viajando por el continente, e investigó los rumores sobre la nigromancia. Toda su vida había estado orientada a convertirse en paladina y servir al principado.
La gente decía que Lila era la personificación de Lumitia, la diosa guerrera de la alquimia.
Helena no podía imaginar cómo alguien logró matar a Lila, sobre todo, después de que Luc fuera asesinado. Lila habría muerto mil veces antes de permitir que capturaran a Luc. Vivía y respiraba por mantener el juramento que había hecho de protegerlo.
Helena parpadeó cuando el vehículo se detuvo en un control fronterizo.
Los árboles a ambos lados de la carretera se alzaban esqueléticos y con las ramas desnudas. El vehículo avanzó unos kilómetros más y abandonó la carretera principal.
Vio un edificio que se erguía entre los árboles cuando enfilaron por un carril largo, hacia unas verjas pesadas y ornamentadas, abiertas de par en par. El vehículo las atravesó y se dirigió en dirección a una casa de gran altura.
Era un edificio antiguo, con una fachada cubierta de parras desnudas que trepaban por las paredes como venas negras. Su estilo arquitectónico no tenía nada que ver con la elegancia moderna de la ciudad. Los detalles ornamentales, oscuros y pesados, parecían llevar al menos un siglo desgastándose. Contaba con cinco pináculos negros que se alzaban hacia el cielo: tres en la sección principal y uno en cada ala, que se extendían formando un semicírculo.
La puerta, los muros y el resto de los edificios circundantes configuraban un patio cerrado en cuyo centro había un jardín asilvestrado. El vehículo se acercó a la entrada, crujiendo sobre la gravilla blanca, y se detuvo.
En lo alto de unos amplios escalones de piedra había una mujer joven.
Helena salió a empujones del coche tras Stroud y respiró una bocanada de aire fresco, estremeciéndose. Hacía un frío penetrante; el aire húmedo del campo le caló hasta los huesos de inmediato. Había olvidado lo duros que eran los inviernos del Norte.
La mujer de las escaleras parecía apenas una niña, pero destacaba entre los tonos apagados que la rodeaban. Su cabello castaño claro le caía en perfectos bucles alrededor de su rostro pálido. Llevaba puesto un vestido de color verde veneno, ceñido por un corsé negro con la forma de una caja torácica, y un collar de plata brillante cuyo colgante, el cráneo de un pájaro de largo pico, caía entre sus pechos. Helena vio que tenía anillos de alquimia en varios dedos, que jugueteaban con un pequeño bastón. La mujer los observó mientras subían los escalones.
Miró directamente a Helena, entrecerrando sus ojos azul claro.
—Bueno —dijo cuando llegaron—, supongo que hay fanáticos de todo tipo.
Entonces se giró hacia Stroud, a quien le dedicó una frágil sonrisa.
—Bienvenida a Puntaférreo. Mi marido las está esperando.
Stroud la siguió hacia el interior de la casa y los necrómatas obligaron a Helena a avanzar a empujones.
Un mayordomo muerto les sostuvo la puerta abierta y, al verlo, a Helena se le congeló la sangre.
Al contrario que los necrómatas de la Central, el mayordomo había fallecido hacía poco y estaba vestido de forma impoluta. Por un instante, Helena pensó que estaba vivo, o que era un liche. No tenía el brillo grasiento de la adipocira y no se movía con el aletargamiento de los necrómatas. Sin embargo, su semblante y sus ojos estaban totalmente inertes.
Debían de haberlo matado recientemente. Grace le había contado que los inmarcesibles usaban necrómatas como empleados, pero una familia adinerada no soportaría ese olor, así que seguramente los sustituirían con frecuencia.
Se le hizo un nudo en el estómago cuando entró en la casa y vio los adornos.
El vestíbulo era grande y frío, y lo primero que llamó su atención fue una mancha reluciente de sangre.
Helena dejó escapar un grito ahogado y apartó de forma instintiva la mirada y la cabeza.
—¿Qué sucede? —preguntó Stroud en tono cortante.
—La sangre —se obligó a responder, incapaz de mirar de nuevo. Le vinieron a la mente todas las ejecuciones, los olores y el ambiente nauseabundo, como si se estuviera produciendo una inundación de sangre sobre el mármol blanco.
Stroud miró a su alrededor.
—¿Dónde?
Helena intentó señalar, pero Stroud parecía desconcertada. Volvió a mirar y se dio cuenta de su error: no había sangre.
Sobre una mesa en el centro de la sala, reposaba un ramo de rosas rojas. Solo con mirarlas, sintió un escalofrío.
—No he dicho nada —masculló.
La mujer vestida de verde la observaba. Sus ojos iban de Helena a las rosas y, tras esbozar una leve sonrisa, se dio la vuelta para dirigirse al par de puertas que había al otro lado del vestíbulo.
—Espera aquí —le dijo Stroud. La puerta se cerró, dejando a Helena sola con los muertos. Miró a su alrededor, tratando de asimilar cada detalle salvo las rosas.
El ambiente plomizo parecía más denso dentro del edificio que bajo el opresivo cielo gris. La casa le parecía una caverna, oscurecida con filigranas artesanales. A la derecha, una escalera enorme y ornamentada desembocaba en distintos rellanos con vistas al vestíbulo.
Los pasillos oscuros se internaban en la vivienda, apenas iluminados por unos apliques de tenue luz eléctrica que emitían un zumbido y no mantenían a raya a las sombras. Las ventanas superiores parecían diseñadas para iluminar únicamente la mesa que había en el centro. En el sue-lo de mármol que la rodeaba, una forma distorsionada de color negro se dibujaba, como si fuera un mosaico. Desde donde estaba, Helena no distinguía qué era.
La casa le parecía sucia. No se veía polvo, pero Helena no podía quitarse la sensación de abandono. El aire era rancio, como si el edificio fuera también un cadáver en descomposición.
De repente, la puerta de enfrente se abrió.
—Entra, Marino —dijo Stroud como si llamara a un animal.
La habitación tenía dos enormes ventanas entramadas que ofrecían vistas a los jardines y a un gran laberinto de setos verdes. Habían retirado las cortinas de invierno para que entrara la luz fría en la estancia. La chica vestida de verde dejó su bastoncito a un lado y se sentó al borde de una silla giratoria, extendiendo sus faldas alrededor como si presumiera de la riqueza de la tela. Al otro lado de la sala, junto a las ventanas, Helena distinguió una figura oculta en la penumbra.
Se le erizó el vello de los brazos.
Stroud la condujo más allá de las sillas giratorias, para encontrarse con aquella persona.
La luz invernal contorneaba su silueta, y no fue hasta que se acercó que Helena empezó a distinguir sus rasgos: piel pálida, cabello rubio plateado.
Por su aspecto, debía de tratarse de alguien mayor, uno de los patriarcas del gremio.
Había conocido a unos cuantos en la Academia. Solían ser iguales: orgullosos, obsesionados con el poder y el estatus, preocupados por las apariencias, siempre exigiendo más respeto.
Justo el tipo de persona que se dejaba manipular con facilidad. Helena sabía que solo tenía que envalentonarse un poco y entonces él le partiría el cuello.
Con suerte, estaría muerta en quince días.
Cuando se dio la vuelta, a Helena se le cerró la garganta. El mundo que la rodeaba desapareció y le fallaron las piernas.
No era mayor en absoluto.
Era el heredero del gremio del hierro: Kaine Ferron.
Lo reconoció, estupefacta. Había sido uno de los pocos alumnos del gremio que permanecieron en la Academia para seguir estudiando. Habían ido al mismo curso, compartido clases, hasta incluso trabajaron como ayudantes en los mismos pisos dedicados a la investigación.
Su mente se negaba a aceptar lo que veía, pero no podía ser otro que Kaine Ferron.
Antes tenía el pelo moreno, pero ahora solo lucía canas. Sin embargo, la palidez de su piel no era consecuencia de la edad, sino que parecía haberse bañado en luz de luna.
Al principio, Helena pensó que debía de ser un cadáver, como el cuerpo de Crowther en la Central, pero los ojos grises plateados que la miraban estaban nítidos: la esclerótica blanca, las pupilas negras, sin venas oscuras bajo la piel. No le vio ninguna vena, como si en lugar de mercurio tuviera sangre.
—Os traigo a la última miembro de la Orden de la Llama Eterna, Sumo Inquisidor —dijo Stroud como si le estuviera enseñando un trofeo—. Creo que os conocisteis en la Academia de Alquimia.
Kaine apartó de ella esos espeluznantes ojos plateados.
—De vista.
—Sé que se ha anticipado a su llegada —siguió Stroud mientras se sentaba—, pero yo no me preocuparía demasiado. No tiene formación ni experiencia de combate reseñable. Será bastante manejable.
Ferron volvió a mirar a Helena sin emoción alguna, pero había cierto cálculo depredador en sus ojos, como los de un lobo.
—Estoy seguro de ello.
Stroud se aclaró la garganta, parecía sentirse incómoda ante la sequedad de Ferron.
—Muy bien. El Sumo Nigromante desea ver resultados antes del solsticio de invierno. Tal como os ha ordenado, deberéis aplicar el método de transferencia temporal tanto como sea posible para entrar en su cerebro sin extinguir su alma. Cuando lo hayáis conseguido y la prisionera se haya acostumbrado a vuestra mente, creo que revertir las transmutaciones de su memoria será sencillo para vos. Podréis examinar lo que esconde y, cuando acabéis, vendré a recogerla. El Sumo Nigromante también quiere extraer sus recuerdos.
Ferron asintió con desdén.
—Estoy segura de que comprendéis que esto es una prioridad absoluta. El resto de las obligaciones quedan relegadas hasta que terminéis.
La chica de verde emitió un sonido repentino, y todos sus ricitos perfectos se estremecieron.
—¿Quiere decir que tenemos que quedárnosla? —espetó—. No creo que sea justo, ni siquiera es paladina. ¿Por qué no sigue en el Reducto con los demás? ¿Por qué tiene que ser aquí? Tengo varias fiestas planeadas y ya he tenido que cancelar tres cenas e inventarme excusas para todas. Nadie me ha preguntado si quería una prisionera —se quejó con un tono agudo y vano—. ¿Y qué es lo que lleva puesto? Si la ve alguien, dará que hablar.
—Cállate, Aurelia —le soltó Ferron en un tono glacial. Ni siquiera se molestó en girarse para mirarla.
—N-no estaba segura de qué ropa debía ponerle —respondió Stroud, de nuevo compungida por la vergüenza—. Evidentemente, no tiene que quedarse con eso. Es solo lo que había disponible.
Las ventanas vibraron y el viento sonó como un aullido grave y serpenteante que recorrió toda la casa. Stroud se sobresaltó, pero Ferron y Aurelia no parecieron darse cuenta.
—No hay nada de lo que preocuparse —aseguró Ferron—. Seguro que le encontramos algo adecuado que ponerse. Aurelia tiene mucha ropa.
Aurelia abrió los ojos de par en par.
—¿Pretendes que le dé mi ropa?
—No queremos que nadie la confunda con el personal. A menos que prefieras que le hagamos algo a medida.
Aurelia soltó un grito de horror, como si esa idea fuera más escandalosa que tener una prisionera o vivir en una casa con sirvientes muertos.
—Estupendo —concluyó Stroud, animada, mientras todos fingían no darse cuenta de que Aurelia estaba a punto de colapsar—. De acuerdo, sois libre de examinarla, Sumo Inquisidor. Es toda vuestra —dijo señalando a Helena.
Ferron la miró sin inmutarse.
—¿Aquí?
—Solo un análisis preliminar para ver si tenéis alguna pregunta antes de que me vaya. ¿O… preferís intimidad?
—No, eres bienvenida si quieres mirar.
Ferron se acercó a Helena. Iba vestido de negro, con ropa propia de la ciudad. El chaleco y el abrigo tenían un diseño intrincado con un bordado de hilo negro que solo se veía cuando le daba la luz. En la garganta lucía un pañuelo blanco como la nieve.
Helena nunca había visto a un alquimista del gremio con tan poco metal encima. Los alquimistas solían llevar metal en todas sus formas: joyas, bordado en la ropa, bastones de caminar, armas… Los escasos alquimistas que se dedicaban a la piromancia no se separaban de sus anillos de ignición, a menos que les obligaran a desprenderse de ellos.
Aurelia iba cubierta de metal, pero Ferron no.
Se quitó un guante negro y dejó a la vista una mano pálida con unos dedos largos.
Un vivemante, había dicho Grace. Claro, no necesitaba el metal.
Helena intentó dar un paso atrás, acostumbrada al peligro que suponían los dedos de Stroud, pero cuando quiso moverse no pudo.
Sin llegar a tocarla, Ferron había introducido en su cuerpo un escalofrío de resonancia tan fino como la seda de araña, tan sutil que apenas lo había sentido. Ahora la retenía con una fuerza invisible. Era diferente a Morrough, no embargaba el ambiente hasta que todo vibraba. Si no hubiera intentado moverse, no se habría dado cuenta de que estaba ahí.
Los ojos de Ferron centellearon, como si notara que se estaba resistiendo. Cuando le tocó suavemente la sien con el dedo índice, entonces sí que sintió su resonancia, vívida como un hilo conductor.
Se sumergió en su cerebro de una forma nítida y perfectamente pulida. La habitación, Ferron y todo lo demás desapareció cuando sus recuerdos se activaron ante sus ojos como un zoótropo.
El camino a Puntaférreo. Penny. Los interrogatorios de Stroud. El liche de la Torre que usaba el cuerpo de Crowther. Las discusiones sobre cuál era la mejor forma de extraer los recuerdos de la mente de Helena. Shiseo emergiendo de la oscuridad con su pequeño maletín y su lezna. Conforme Ferron retrocedía en su memoria, los recuerdos se atenuaban, reproduciéndose en su cabeza como si hojeara un libro buscando algo interesante.
Retrocedió hasta el tanque de suspensión y la nada se extendió cada vez más. Luego siguió hacia atrás, hasta la Torre, la sangre y los años en el hospital.
Helena nunca se había planteado que su vida pudiera parecer repetitiva e insignificante hasta que la experimentó de esta forma.
Cuando Ferron paró, tenía la mente acelerada. El tacto de Ferron permaneció en ella un poco más, su resonancia aún recorría su cerebro, tiñéndolo todo de rojo.
Por fin, bajó la mano y se quedó ahí, mirándola.
—Bien —dijo al fin.
—Es extraordinario, ¿verdad? —afirmó Stroud desde algún lugar tras él.
—Bastante —coincidió Ferron con una mirada dura como el cristal. Arqueó una ceja sin apartar la mirada de Helena—. La guerra ha terminado. ¿Qué crees que está protegiendo tu cerebro?
La miró a los ojos sin pestañear.
A Luc. Estaba protegiendo a Luc.
—Holdfast está muerto —añadió con mordacidad, como si hubiera leído la respuesta en sus ojos—. La Llama Eterna ya no existe. No queda nadie a quien salvar.
Apartó la mirada con gesto venenoso.
—¿Algo más? —le preguntó a Stroud.
Esta negó con un gesto.
Entonces la parálisis de Helena se desvaneció de golpe. Había estado resistiéndose y, cuando desapareció tan repentinamente, se le doblaron las rodillas. Cayó al suelo y, en un intento de remediarlo, apoyó las manos con todo el peso de su cuerpo. Un dolor desgarrador le atravesó las muñecas, un ardor punzante que le ascendió hasta los hombros.
Se derrumbó completamente.
Aurelia reprimió una risa.
—Según tengo entendido, hablasteis con Shiseo y lo repasasteis todo varias veces antes de que se marchara —escuchó que decía Stroud—. Después de la primera sesión, enviaré a alguien para la evaluación y así podremos establecer un marco de tiempo para los resultados.
—Sí, me han explicado este plan hasta el más mínimo detalle —respondió Ferron sin mostrar ninguna emoción—. Me encargaré de todo. Ahora, si me disculpas.
Pasó por encima del cuerpo de Helena y salió de la habitación sin echar la vista atrás.
Helena intentó incorporarse, pero, al no poder apoyarse en las manos, tuvo que rodar lentamente y usar los codos. Se abrazó las muñecas instintivamente.
Cuando por fin alzó la vista, Stroud se había marchado, y Aurelia estaba esperando con impaciencia a unos metros de distancia. Tenía el bastoncillo aferrado entre los dedos.
—Levántate del suelo —le instó—. Voy a enseñarte tu habitación.
Helena se puso en pie y siguió con cautela a Aurelia hasta el vestíbulo. Le palpitaban dolorosamente las muñecas. El necrómata de la Central los seguía de cerca, pisándoles los talones, mientras Aurelia la guiaba por un pasillo, subía un tramo de escaleras, atravesaba varias habitaciones y doblaba en dirección a otro pasillo.
Allí la luz era más tenue. Por el ángulo en el que entraba la claridad, parecía un ala distinta de la casa. La mayoría de las ventanas estaban cubiertas con cortinas pesadas y los muebles protegidos con sábanas.
—Me gustaría que te quedara claro: que tengamos que alojarte aquí no significa que quiera verte —dijo Aurelia avanzando a paso ligero.
Helena estaba sin aliento tras subir unas escaleras y no lograba seguir el ritmo de Aurelia.
—Entiendo que esos brazaletes te impiden usar la alquimia, aunque tampoco te serviría de mucho aquí. Los Ferron construyeron esta casa con hierro puro, y no me eligieron como esposa de Kaine por casualidad.
Aurelia se detuvo y se giró para mirar a Helena con una mano levantada. Meneó la muñeca con ímpetu, y los anillos de alquimia que decoraban sus dedos se transformaron. Se alargaron, afilándose como cuchillos, haciendo que sus dedos parecieran las patas de una araña.
Helena observó la transmutación con un interés propio de una académica. La resonancia natural del hierro era un fenómeno poco común entre los alquimistas, aunque no tanto como la resonancia del oro o la piromancia. El hierro puro tenía una naturaleza intratable, hasta el punto de que se consideraba algo inerte. La mayoría de los alquimistas no lograban transmutarlo sin exponerlo continuamente a los efluvios que emanaba el lumitio en un Horno de Athanor, e incluso así les salía más rentable hacerlo con acero que con hierro.
Aurelia había realizado esa transmutación con rapidez para presumir. En clase, le habrían restado puntos por exceso de movimiento y una distribución imperfecta del hierro, pero la seguridad con la que había transformado sus anillos implicaba un alto nivel de resonancia férrea y, si la casa estaba construida con hierro, eso significaba que también podía usarla como arma.
Helena bajó la vista y se percató del hierro forjado que recorría los suelos y decoraba las paredes.
—No usamos esta ala —comentó Aurelia mientras seguía avanzando por el pasillo. Sus anillos se habían convertido de nuevo en delicadas bandas alrededor de los dedos—. No quiero verte, especialmente cuando tenga invitados. Mantente fuera de la vista, a menos que te llamemos. Los necrómatas tienen órdenes de vigilarte, así que nos enteraremos si provocas algún problema.
Aurelia se detuvo, clavó el bastoncillo en una de las barras de hierro del suelo y lo hizo girar. Con un chirrido metálico, el hierro se desplazó y una puerta ricamente decorada con adornos de hierro se abrió de par en par.
Detrás se encontraba un dormitorio amplio, con dos ventanas alargadas y una cama con dosel situada entre ellas. Había un sillón orejero junto a una ventana y una mesa tallada al lado. En la pared contraria se erguía un gran armario, y una pesada alfombra cubría casi todo el suelo.
Las paredes se encontraban desnudas, salvo por un reloj colocado demasiado alto para alcanzarlo, pero todo el espacio estaba limpio y parecía bien aireado.
Helena entró en la habitación y miró a su alrededor con cautela.
—Te traerán la comida —dijo Aurelia cerrando la puerta tras de sí.
Hasta que se quedó sola, Helena no se había dado cuenta de lo extraño que era que Aurelia la hubiese escoltado a su habitación.
Tal vez los Ferron no eran tan ricos como su hogar aparentaba.
La casa parecía contar con poco personal. El mayordomo era un cadáver, y quizá lo mismo ocurría con los demás sirvientes. Si estaban tan desesperados por el dinero, eso explicaría por qué no habían podido negarse a acoger a Helena y por qué Ferron se ganaba la vida persiguiendo a los combatientes de la Resistencia, en vez de gestionar el gremio y las fábricas de su familia.
Recordó que los Ferron pertenecían a una de las familias más poderosas y adineradas de Paladia. Habían inventado la industria del acero, lo que les permitió crear un monopolio que no solo se limitaba al comercio de Paladia. La mayoría de los países vecinos también compraban acero a los Ferron.
Era evidente que la fortuna ya no existía si tenían la casa así.
Se acercó a la ventana más cercana. Debajo había un radiador anclado al suelo, y la ventana parecía protegida con un entramado de hierro forjado. Estaba cerrada, así que no había opción de saltar entonces.
Tocó el hierro con la punta de un dedo y no sintió nada. Ninguna conexión al frío metal, solo esa sensación muerta y vacía que emanaba de su muñeca.
Presionó entonces toda la mano contra la superficie de hierro y, con amargura, echó de menos su resonancia. El mundo que había conocido estaba lleno de energía, vibrante con un poder al que se había sentido sintonizada desde que nació.
Ahora todo estaba muerto y esa sensación constante de inercia la desorientaba.
Al asomarse al cristal, vio un bosque y unas montañas a lo lejos.
Reconsideró sus planes. Si los necrómatas iban a vigilarla, lo más probable era que tuvieran la orden de impedir que se suicidara.
Tamborileó los dedos sobre el alféizar de la ventana, ignorando las leves punzadas de dolor que le atravesaban el brazo al hacerlo.
Por desgracia, Ferron no era el patriarca estúpido e iluso que ella había esperado.
Su resonancia se parecía a la de Morrough, superando cualquier límite que Helena hubiera creído posible, pero lo que más le inquietaba era cómo había penetrado en su memoria. Morrough había hecho algo parecido, pero esa violación mental había sido brutal y despiadada; la de Ferron había tenido una precisión quirúrgica.
Antes pensaba que sus matanzas rápidas eran un signo de impulsividad, pero ahora entendía que no necesitaba hacer prisioneros cuando podía acceder a sus mentes y arrebatarles todas las respuestas.
¿Cómo podía enfrentarse ella a algo así? ¿Era capaz de ver solo sus recuerdos o también sus pensamientos?
Se apartó de la ventana y observó la habitación, preguntándose si el extraño aspecto de Ferron sería una consecuencia de sus habilidades.
¿Por qué tenía ese aspecto?
Parecía… destilado. Como si lo hubieran cogido y sublimado hasta que lo único que quedó de él fue una esencia: algo letalmente frío y reluciente. El Sumo Inquisidor.
No era una persona, sino un arma, por lo que Helena tendría que asegurarse de tratarlo como tal.

CAPÍTULO 4
Helena tardó apenas unos minutos en explorar hasta el último rincón de su habitación y el baño privado. Le habían proporcionado los objetos más básicos: jabón, toallas, un cepillo de dientes y un vaso metálico para el agua. Apretó el vaso para ver si se doblaba y lo logró. Si lo partía, tendría un borde afilado con el que podría abrirse las venas.
Tras varios minutos intentándolo, lo único que consiguió fue hacerse rozaduras en los pulgares y que le dolieran ambas muñecas.
Luego probó a arrancar el espejo, pero estaba tan bien anclado a la pared que ni siquiera consiguió meter los dedos por debajo. Tampoco se rompió cuando lo golpeó con el vaso.
Retrocedió, lanzó una mirada furibunda al vaso y torció el gesto al ver su reflejo.
Casi no reconocía a la persona que le devolvía la mirada con el ceño fruncido. Su piel cetrina no había visto la luz del sol en más de un año, su cabello largo y moreno estaba enredado hasta convertirse en una mata indomable. Tenía los rasgos hundidos y parecería una necrómata si no fuera por la rabia que ardía en sus ojos marrones.
Volvió al dormitorio y sintió decepción al darse cuenta de que no había cordeles en las cortinas con los que ahorcarse. Comprobó también por detrás, por si había pasado alguno por alto.
«Sigue viva, Helena», le suplicó una voz en su mente.
Se detuvo, trazando con los dedos el bordado de la cortina, tratando de sofocar aquella voz.
Luc… Oh, Luc. Cómo no iba a atormentarla negándose a aceptar una decisión tan pragmática. Si hubiera estado allí, le habría dicho que su plan era terrible. Siempre detestó este tipo de ideas, que la gente se sacrificara por él y su familia. Siempre se sentía responsable, convencido de que, si hubiera sido mejor, los habría salvado a todos.
Ahora podía oírlo insistiendo, terco, que no iba a morir. Que podía idear un plan mejor si tan solo dejaba de obsesionarse con este.
Helena negó con la cabeza.
—Lo siento, Luc. Esto es lo mejor que puedo hacer.
Se acercó a la puerta que desembocaba en el pasillo.
Las órdenes de permanecer fuera de la vista significaban que podía salir de la habitación. Al pensarlo, un temblor le recorrió el cuerpo y se le aceleró el corazón.
Agarró el pomo, que giró con facilidad. La pesada puerta se abrió sin resistencia, dejando al descubierto un largo pasillo que se adentraba en la oscuridad. Pero, en vez de emocionarse por aquella libertad, el corazón de Helena se detuvo.
Las lámparas de las paredes estaban apagadas. No se había percatado de lo siniestro que resultaba el pasillo: estrecho y retorcido, plagado de sombras acechantes, como dientes afilados, abriendo paso a unas fauces oscuras.
En la Central se había acostumbrado a tener luz constantemente.
Permaneció inmóvil. Era un sentimiento irracional, porque ahora estaba en una casa y había visto demasiadas cosas horribles en su vida como para tener miedo de sombras y pasillos oscuros, pero no logró mover las piernas. El pomo traqueteó entre sus dedos.
La penumbra era como un esófago palpitante; las sombras alargadas se mecían con el viento y amenazaban con tragarla. Si daba un paso más, caería otra vez en aquella oscuridad fría, terrible e interminable.
Nunca la encontrarían.
El terror se le clavó en el cuerpo como una lanza cuando las sombras volvieron a agitarse, arrastrándose hacia ella.
Se le contrajo el pecho y sintió una punzada de dolor en los pulmones. Sin pensarlo, Helena se metió de nuevo en la habitación y cerró la puerta, apoyando su cuerpo contra la superficie fría y sólida. Sentía los pulmones encogidos y el corazón en un puño, no podía respirar.
Sabía que el terror del tanque de suspensión la perseguiría siempre, pero no era consciente de que aquel temor se había enraizado en su interior, extendiéndose a través de los nervios y los órganos hasta paralizarla por completo.
Permaneció agachada y perdió la noción del tiempo, hasta que oyó que alguien llamaba a la puerta. Al sonido le siguió un tintineo de platos y pasos que se alejaban.
Abrió una rendija y encontró un bulto de ropa y una bandeja con comida. Los introdujo rápidamente e intentó no mirar de nuevo hacia la oscuridad acechante del pasillo.
Cuando cerró la puerta, dirigió una mirada de asco a la bandeja. La comida era una porquería, como si alguien hubiera reunido las sobras del día, las hubiera metido en una olla y las hubiera hervido. Prefería morirse de hambre.
Dejó la bandeja a un lado.
Al desplegar el bulto, encontró varios conjuntos de ropa interior, unas medias de lana y un vestido rojo, tan intenso como la sangre.
Había marcas de costura en los dobladillos, en el cuello y en el corpiño, parecía que habían arrancado los bordados y el encaje para hacer las prendas lo más sencillas posible.
Helena se arrepintió amargamente de haberse asustado al ver aquellas rosas.
Volvió a mirar la comida, recordando que debía tener cuidado con Aurelia.
En el fondo del bulto, había tres pares de zapatillas de baile: unos zapatos delicados con una suela fina y poco práctica, y con lacitos que se habían desprendido porque la tela que envolvía los dedos de los pies se estaba desgastando y había perdido el brillo satinado.
Excepto las medias, Helena guardó todo en el armario. Prefería llevar el vestido fino y áspero de la Central.
Por la mañana llegó otra bandeja, con un aspecto aún peor, si es que eso era posible. Helena tenía tanta hambre que eligió con cuidado unos cuantos trozos de comida que no estaban tan hervidos que hubieran perdido el color.
Quiso intentar salir de su habitación de nuevo, pero solo de pensarlo se le formó un nudo en el estómago.
En lugar de eso, se dedicó a hacer ejercicios de calistenia. Al menos, debía ser capaz de subir un tramo de escaleras sin que sus piernas amenazaran con ceder. También tenía los brazos débiles, pero descartó cualquier ejercicio que añadiera peso a las muñecas.
Miró con amargura los grilletes. Siempre se había sentido muy orgullosa de sus manos, de todo lo que podía hacer con ellas.
Cuanto más tiempo dedicaba a buscar excusas para no salir de la habitación, más culpable se sentía.
Cualquier miembro de la Resistencia ya habría memorizado la distribución de la casa, habría identificado posibles armas e incluso habría asesinado a los Ferron.
Lila no se habría permitido ser tan débil, sin importar a qué le tuviera miedo. Pero Helena nunca fue como ella, así que tendría que hacer las cosas a su manera. Era mejor esperar, dejar que Ferron viniera a ella.
Seguro que acudía pronto.
Helena solo podía imaginar cómo sería la transferencia.
Se acordó del cadáver de Crowther que tenía el liche dentro. Tal vez ella acabaría convertida en algo parecido, consciente de lo que le sucedía mientras Ferron la dominaba, poseyendo su mente y su cuerpo.
Al menos, si debía ver a Ferron a menudo, tendría la oportunidad de adivinar qué le sacaba de sus casillas, de encontrar una debilidad.
Se devanó los sesos tratando de recordar lo que sabía de su familia. Los Ferron habían participado en la industrialización alquímica del último siglo.
Crearon el primer gremio del hierro poco después de la fundación de Paladia. El hierro era uno de los ocho metales tradicionales que se asociaban a los ocho planetas: plomo para Saturno, estaño para Júpiter, hierro para Marte, cobre para Venus, mercurio para Mercurio, plata para la Luna, lumitio para Lumitia y oro para el Sol.
Por ser intratable y muy propenso a la corrosión, el hierro se consideraba un metal de bajo rango e innoble, sobre todo comparado con las sustancias incorruptibles, como la plata, el lumitio y el oro. Los Ferron habían sido una familia plebeya, herreros y forjadores que fabricaban arados y herramientas para la agricultura, en vez de trabajos de relumbre, como forjar armas de acero para la Llama Eterna, como hacían otros alquimistas férreos.
Conforme pasó el tiempo y se fueron descubrieron otros metales, el hierro siguió siendo un elemento difícil de tratar y básico, hasta que los Ferron desarrollaron un método para crear acero de forma eficiente mediante la alquimia. Con la precisión de su resonancia férrea, aseguraban una calidad a escala industrial que nadie podía igualar. Fue algo que cambió el mundo, a la par que a los Ferron. Pasaron de ser comerciantes a una burguesía trabajadora que albergaba mucha riqueza mientras la realidad a su alrededor se transformaba al mismo tiempo.
No importó que teológicamente el hierro estuviera clasificado como un metal celestialmente inferior; la era moderna se construyó con acero de la familia Ferron: las fábricas, las líneas de ferrocarril, los vehículos, incluso la propia Paladia, cuya arquitectura se elevaba hacia el cielo al ritmo del desarrollo industrial.
Puntaférreo, aunque ahora estuviera deteriorado, se había erigido como un monumento a esa influencia y riqueza, y al inmenso orgullo que la familia no dejaba de exhibir.
El primer recuerdo que Helena tenía de Kaine Ferron era del segundo curso, no como persona, sino como un nombre en una lista. Helena había sido la que sacó la nota más alta en el examen nacional de Alquimia ese año, desbancando a Ferron, que lo había conseguido el año anterior.
Luc se sintió muy orgulloso de ella. Siempre que tenía ocasión, repetía que el primer año no contaba, porque era la primera vez que Helena estudiaba alquimia y además lo había hecho en un idioma que no era el suyo.
Helena estuvo a punto de desmayarse de alivio. La beca de la Academia dependía de su rendimiento académico y aquel examen era una parte crucial de su evaluación. Su padre lo había dejado todo en Etras para traerla a Paladia, y habrían quedado arruinados si ella hubiera perdido la beca.
Las seis veces que Helena se presentó al examen nacional, el primer puesto osciló entre ambos como un péndulo: Helena Marino, Kaine Ferron.
Una rivalidad, aunque fuese indirecta, que jamás se reconoció en voz alta.
Él pertenecía al gremio y los alumnos del gremio no le dirigían la palabra a la «mascota de los Holdfast».
No comprendía cómo se había convertido en Sumo Inquisidor.
Había cursado una carrera académica, igual que ella. No era un alquimista especializado en combate como Lila, ni había hecho la doble vía como Luc. ¿Por qué un heredero del gremio se dedicaba a cazar y asesinar a todos los miembros que quedaban vivos de la Resistencia?
Cuanto más tiempo pensaba en ello, más le hervía la sangre al saber, aunque fuera de oídas, que existía alguien tan cruel.
De algún modo, era casi poético que fuese Helena la que había acabado cautiva en Puntaférreo.
Ya había vencido a Ferron en el pasado. Si tenía cuidado y era lista, lo haría de nuevo.

Cuando Ferron no apareció al segundo día, Helena se obligó a salir al pasillo. Ignoró el temblor que le sacudía los órganos y la opresión que le cerraba la garganta. Se pegó a la pared y recorrió con los dedos el revestimiento de madera, sin reparar en el polvo que se le incrustaba en los surcos de las yemas de los dedos, oscureciéndolos como si tuviera una infección.
«Puedes hacerlo», se repetía a sí misma mientras avanzaba bordeando la oscuridad, paso a paso, e intentaba esquivar las sombras más profundas. Quiso abrir la puerta que le quedaba más cerca, pero estaba cerrada con llave, así que siguió adelante un poco más.
El viento gimió entre los corredores, retorciéndose en un grito ahogado. Las ventanas traquetearon y la casa crujió como si tuviera huesos que se resquebrajaran.
Helena intentó respirar, pero no lo logró, era incapaz de hacerlo en ese pasillo donde las sombras se estiraban como si fuesen dedos hacia ella.
Cuando llegó a la tercera puerta, el miedo la detuvo por completo. Se dio la vuelta, mareada, el pasillo giraba a su alrededor y la oscuridad se cernía sobre ella.
Antes de alcanzar la puerta abierta, le fallaron las piernas. La visión se volvió borrosa y todo se oscureció a su alrededor.
Lila Bayard emergió de la oscuridad.
No era la Lila que Helena recordaba. No se trataba de la chica preciosa y esbelta que usaba armadura y tenía el cabello claro trenzado como una corona alrededor de la cabeza, como las estatuas de Lumitia.
Ahora Lila llevaba el pelo corto, casi como un chico. Parecía pequeña, a pesar de su imponente altura.
Fijó la mirada en Helena. El lado derecho de su rostro y cuello estaba amoratado y cubierto con una cicatriz, un tajo largo y cruel que le recorría desde la mejilla hasta la garganta. Sus ojos eran rojos.
—Lila, Lila, ¿qué sucede? ¿Qué te ha pasado?
Helena sintió que tenía cada vez más frío, que los dedos se le entumecían al estirar la mano hacia ella.
Lila abrió la boca para responder, pero entonces se desvaneció.
—Lila…
Cuando Helena abrió los ojos, estaba tirada en el suelo de su habitación con el corazón desbocado.
Intentó enfocar la mirada, pero un dolor intenso y punzante le taladraba la cabeza. Aquello que había visto se desvanecía como el agua entre la arena.
Las ventanas traquetearon con un golpe seco y la casa lanzó un gemido profundo, una vibración que recorrió el suelo como si estuviera cobrando vida. Helena se levantó apoyándose en las manos y se acercó a la ventana.
Las montañas estaban ya blancas, pero la nieve aún no había alcanzado la cuenca del río. Todavía debían de quedar unas semanas para el solsticio de invierno, con el que daba comienzo el año nuevo.
Catorce meses. Helena trató de recordar el último día del que tenía recuerdos durante la guerra. La batalla final tuvo que ocurrir a finales de verano, pero no se acordaba del mes o de las fases lunares exactas. El hospital permanecía ajeno al paso de las estaciones.
Mientras contemplaba el exterior, la puerta se abrió. Un escalofrío recorrió su espalda al darse la vuelta, pensando que sería Ferron.
Pero fue Aurelia la que entró envuelta en un remolino de tela azul, de nuevo cubierta de metal como un exoesqueleto delicadamente afiligranado. Si los Ferron andaban escasos de dinero, seguramente fuese porque la falda de Aurelia estaba hecha con decenas de metros de seda importada.
Tal vez Aurelia poseía una resonancia de hierro poco común, pero parecía una recién llegada respecto al dinero. No es que Helena tuviera alguna experiencia de eso, pero era algo que había aprendido sin quererlo al codearse con las familias nobles que servían a los Holdfast y a la Llama Eterna.
La vestimenta en las fincas solía ser menos formal. Luc le habló en muchas ocasiones de la casa de campo que su familia poseía en las montañas, de que la ropa que allí usaban era mucho más cómoda. Cada año, tras los desfiles del solsticio de verano que celebraban el cumpleaños del principado, siempre la invitaba a ir, para escapar del calor de la ciudad y de las epidemias fluviales que brotaban en las épocas de calor.
Ella siempre prefirió quedarse con su padre.
Años después, sí llegó a conocer la casa de campo, pero fue sola. Luc le había dicho la verdad: era un lugar precioso y la ropa cómoda, pero ella detestó cada minuto que pasó allí.
Aurelia miraba a Helena con repulsión.
—¿Por qué sigues llevando eso? ¿No te has lavado desde que llegaste?
No lo había hecho. Le parecía más seguro estar sucia.
—Sabía que eras extranjera, pero di por hecho que en el cuchitril en el que te encontraron los Holdfast existía una higiene básica.
Helena apretó los dientes.
—Ha llamado Stroud. Se te realizará el procedimiento esta noche. Lávate y arréglate ese pelo asqueroso que tienes antes de que vuelva, o le pediré a los necrómatas que te desnuden y lo hagan ellos. Tenemos algunos que huelen de lo lindo, y los llamaré si vuelvo a verte con esta pinta.
Se dio la vuelta y se alejó mientras la falda hacía frufrú a su paso.
Helena fue al baño, se arrancó su sencillo vestido y giró los grifos de la ducha rápidamente. Las tuberías escupieron varias veces antes de que el agua fluyera entre chirridos y siseos. Se frotó de la cabeza a los pies con un paño tan deprisa como le fue posible e intentó desenredarse el pelo con los dedos. No había peines por ninguna parte.
¿Se habría imaginado Ferron que lo usaría para rajarse la garganta?
No era mala idea, la verdad.
Cuanto estuvo lo bastante aseada, se puso la ropa interior limpia y áspera que le habían dejado, y se obligó a ponerse también el vestido, con cuidado de no mirar el color rojo.
Luego se sentó en la cama y siguió peleándose con los nudos del cabello. Le dolían las manos y las muñecas, pero no estaba dispuesta a poner a prueba la amenaza de Aurelia.
Los paladinos siempre habían considerado que Helena tenía el pelo muy alborotado. El cabello norteño solía ser fino e increíblemente liso, y los rizos solo se toleraban si se moldeaban con una barra de hierro candente que dejaba los mechones con la forma de un sacacorchos.
Cuando Helena se convirtió en sanadora, aprendió a llevarlo dispuesto en dos trenzas apretadas, enroscadas en la nuca, y, aunque ahora intentó trenzárselo, no podía hacer ese movimiento con las muñecas.
La puerta se abrió de par en par con un sonoro golpe, y Aurelia apareció bajo el marco. La recorrió de arriba abajo con sus ojos azul intenso, cargados de desdén. Helena se irguió, tensa, preparándose para el veredicto.
Aurelia soltó un bufido y frunció los labios.
—Vamos.
Helena la siguió en silencio, fijándose en las enrevesadas filigranas de metal que adornaban su ropa, en vez de prestar atención a las sombras que la envolvían.
A su escolta no pareció agradarle el silencio.
—Kaine dice que lo único valioso que tienes es el cerebro. —Miró a Helena por encima del hombro, como si esperara que ese comentario la afectara de algún modo—. Supongo que eso significa que puedo hacer lo que quiera con el resto de ti.
Mientras hablaba, transmutó los dedos en los que llevaba anillos de hierro.
A pesar del poder de su resonancia férrea, los movimientos de Aurelia no eran más que para alardear. Las armas que transmutaba le partirían las falanges si trataba de usarlas de verdad.
Helena dudaba que hubiera recibido algún tipo de entrenamiento formal. Por lo general, los gremios solo enviaban a sus hijos a la Academia; las hijas estaban destinadas al matrimonio. Tal vez les enseñaban algún truco alquímico, pero casi nunca se licenciaban.
Aun así, Helena fingió encogerse y apartó la mirada con cautela, intentando que sus pensamientos críticos no la delataran.
Aurelia hinchó el pecho, apretado bajo el corsé, y volvió a transformar sus dedos.
—Seguro que ahora te arrepientes de haberte unido a los Holdfast. Los gremios siempre estuvieron destinados a ganar. Intentasteis detenernos y mira adónde os ha llevado eso.
Volvió la cabeza y siguió caminando.
El vestíbulo estaba desierto. Aurelia subió los escalones con rapidez y apretó el paso por el pasillo del segundo piso, hasta detenerse en la primera puerta que había a mano izquierda. Tocó un panel de la puerta por encima del pomo, se oyó un chasquido y se abrió la cerradura.
—Es aquí. Entra y espera —le ordenó Aurelia, que miraba a todas partes. Fue entonces cuando Helena se percató demasiado tarde de que estaba cayendo en una trampa.
—Kaine vendrá enseguida. No salgas hasta que llegue —añadió Aurelia.
Y, sin decir nada más, echó a correr por el pasillo, dejando a Helena con la certeza creciente de que no debería estar en esa habitación.
Miró a su alrededor. ¿Debería volver? ¿O había alguna posibilidad de que esto la metiera en un lío tan serio como para que Ferron la matara?
Antes de que pudiera replanteárselo, el pasillo empezó a estirarse y dilatarse hasta que todas las superficies estuvieron fuera de su alcance. El pomo se encogía, mientras las sombras acechaban a su alrededor.
Se abalanzó hacia la puerta, consiguió hacer girar el pomo y se precipitó al interior de la habitación.
Era más pequeña que el pasillo.
Se apoyó contra la puerta y palpó la veta de la madera con la mano abierta, fijándose en todo cuanto la rodeaba en aquel espacio reducido.
Helena se sorprendió al ver que la habitación era igual que la suya: dos ventanas, una cama y un armario, pero en esta había un escritorio y una silla en vez de un sillón. Era todo muy austero.
Se acercó al escritorio junto a la ventana, había un montón ordenado de papeles.
Levantó el primer folio y lo sostuvo bajo la tenue luz, buscando si la correspondencia de Ferron se había traspasado a la página de abajo, pero el papel era grueso y sin marcas visibles. Pasó los dedos por la superficie del escritorio; tenía unas filigranas de plata horizontales, y unas hojas y unas parras talladas que estaban alineadas de una manera perfecta. No había duda: era obra de un alquimista de plata con talento.
El escritorio estaba muy bien conservado, al contrario que las telarañas que cubrían las filigranas de hierro de toda la casa.
Se dio la vuelta, en tensión, atrapada en una habitación en la que, casi con certeza, no debía estar. Dudó si volver o no a la suya, porque sabía que, si Aurelia la descubría, le haría algo desagradable.
¿Pero y si era Ferron quien la encontraba? ¿Colarse en una habitación cerrada le serviría para ganarse algún castigo letal? Helena dudaba que fuera una persona impulsiva y, si Stroud conocía tal cantidad de castigos mediante la vivemancia que no contaban técnicamente como tortura, Ferron, sin duda, también.
Se le secó la boca.
Todavía no sabía cómo sería la transferencia. A pesar de lo mucho que había oído hablar del tema, nadie le explicó qué le iba a hacer Ferron. Helena solo podía suponerlo, basándose en lo que había dicho Shiseo, aunque no tenía mucho sentido, porque Helena fue la que había curado al general Bayard cuando lo hirieron. Había puesto a prueba su conocimiento y habilidad para salvarlo, regenerando poco a poco el tejido cerebral afectado. Cuando sobrevivió, todos lo consideraron un milagro; decían que las manos de Helena estaban bendecidas por Sol.
Ese halago se desvaneció en cuanto el general Bayard despertó. Se había convertido en un niño: un general poderoso con las emociones de un crío de tres años. El que había sido un militar brillante no era capaz de abrir una puerta sin ayuda.
Helena había salvado su cuerpo, pero aprendió de su error que la mente era otro asunto. Durante años intentó, sin éxito, reparar el daño que había causado. En algún rincón oculto de su memoria, se le aparecía Elain Boyle, trayendo una cura, un procedimiento que más tarde aplicaría en Helena. Y ahora los inmarcesibles se enterarían de todo.
Oyó un chasquido en la puerta que la sacó de sus pensamientos. Se giró para ver entrar a Ferron. Tenía la mano en la garganta, pues se estaba desabrochando el cuello de la camisa.
Se detuvo al verla.
—Vaya —pronunció—, esto sí que es una sorpresa.

CAPÍTULO 5
Helena no respondió. No tenía ni idea de qué esperar o qué hacer, así que observó a Ferron como un animal acorralado.
Este desvió la mirada a la puerta.
—Supongo que ha sido Aurelia quien te ha traído aquí. —Suspiró—. Entiendo que ya ha llegado la hora de empezar.
Se acercó. Helena se tensó, pero Ferron pasó de largo hasta el armario y lo abrió de un tirón.
Por lo visto, no era tan ascético como sugería la habitación. Las puertas del armario ocultaban un estante repleto de decantadores. Escogió uno, vertió un par de dedos de líquido ambarino en un vaso y, tras girarse, le dio un sorbo, mirándola por encima del borde del cristal. Una mirada que empezó en el suelo y fue subiendo lentamente por su cuerpo.
Cuando alcanzó sus hombros, apartó la vista. Observó el vaso y soltó otro suspiro, como si la situación le resultara de lo más inconveniente.
—Acabemos con esto.
Helena no se movió.
Ferron levantó la vista.
—Ven aquí.
Cuando ella no obedeció, esbozó lentamente una sonrisa.
—Puedo obligarte si no lo haces.
Alzó una mano y gesticuló sin aspavientos; sus largos dedos se curvaron con una precisión impecable, nudillo a nudillo.
Las piernas de Helena comenzaron a moverse en contra de su voluntad, como una marioneta manejada desde fuera del escenario. Dobló las piernas, las levantó, cambió el peso, dio un paso y luego otro. Se resistió a ello, tensando cada músculo, pero eso solo hizo que sintiera cómo los huesos amenazaban con partirse.
La presión desapareció cuando estuvo situada a un brazo de distancia de Ferron, que le levantó la barbilla con la yema de un dedo y la miró directamente a los ojos.
—¿Ves? —dijo—. Será más fácil si obedeces.
Le hubiera gustado escupirle, si hubiera podido, pero cuando lo intentó comprobó que tenía la mandíbula apretada y los dientes encajados. Los ojos de Ferron resplandecieron.
—No me pongas a prueba; no conseguirás lo que quieres —le dijo mirándola con esos ojos espeluznantemente caídos—. Mira, esto es nuevo para mí. No suelo hacer prisioneros.
Vació el vaso y lo dejó sobre la mesa.
—Siéntate. —Señaló la silla.
Helena notó que podía mover las extremidades. Por un instante, se planteó salir corriendo, aunque solo fuera por molestarlo, pero la resonancia de Ferron seguía atravesándole los nervios como una cuerda tensa.
Se sentó y, en cuanto lo hizo, no pudo volver a moverse.
Ferron se colocó detrás de ella. Aunque no podía verlo, oía su respiración y el roce de su ropa, lo que hacía que su corazón latiese más deprisa y sus oídos se esforzaran por captar todos los sonidos.
Con una mano le sujetó la mandíbula y le echó la cabeza hacia atrás hasta que quedó mirando el techo. No le veía la cara, solo la otra mano, que llevaba un anillo oscuro que brillaba débilmente bajo la tenue luz. Colocó dos dedos contra su sien y el pulgar entre sus ojos.
Ferron se inclinó hacia delante lo justo para que ella pudiera verle el rostro.
—Ahora veamos lo que es ser tú.
Helena se puso en tensión cuando sintió que un peso le envolvía toda la parte frontal del cráneo. La presión aumentó gradualmente, hasta que algo cedió en su interior, como si los dedos de Ferron hubieran atravesado su frente y se hubiesen metido en su cerebro.
De repente, notó que se abría paso por su mente y por su cuerpo. Sabía que su cráneo seguía intacto, que Ferron aún tenía las manos sobre su piel, pero sentía como si le hubiera abierto la cabeza como quien casca un huevo, dejando su cerebro expuesto a la resonancia de Ferron.
No era un canal de energía como el que empleaba la resonancia normal, sino algo inmenso y fluido que se infiltró en cada rincón de su mente, hasta que Helena empezó a asfixiarse bajo su peso. Las fisuras y los recovecos de su consciencia se llenaron con la creciente opresión de una fuerza desconocida que trataba de ocupar el plano de su existencia cerebral. Cuando no quedaron más recovecos, aplastó su consciencia, que pareció venirse abajo.
Todo se tornó rojo.
Helena estaba gritando.
Lo oía, lo sentía. La parte física de su ser que seguía inmovilizada en la silla gritaba, pero la mente de Helena estaba en otro sitio, resquebrajándose bajo la presión cada vez mayor que Ferron ejercía contra su consciencia.
Ferron no se detuvo, aumentó la intensidad. Helena se estaba ahogando en su propio cerebro, atrapada conforme subía el nivel del agua y aumentaba la presión, sin escapatoria. Ferron la había devorado por completo.
Un zumbido sísmico resonó en sus oídos y, después, apareció una luz, como si una neblina se evaporara.
Aún miraba fijamente el techo cuando un rostro pálido se cernió sobre ella, observándola.
Helena movió los ojos de un lado a otro, sobrecogida por los rasgos crueles de Ferron, por lo extraño y antinatural que era. Con cierto sopor, se percató de que él estaba ya en su mente, mirándose a sí mismo a través de sus ojos.
Y entonces, de repente, desapareció. Arrancó su resonancia y su mente como si fueran malas hierbas.
Toda la mente de Helena se desplomó alrededor de aquel vacío y la integridad de su propia consciencia se resquebrajó.
Cayó de la silla hacia un lado mientras la habitación giraba con ella.
Los pensamientos le dieron vueltas en el cráneo, como un dado lanzado al azar.
¿Dónde estaba?
—Vete.
Reconocía las palabras, pero provenían desde muy lejos. Sonidos. No era etrasiano. El idioma etrasiano era más bello, más melódico.
Esto era…
Un dialecto.
Estaba pensando muy lentamente.
Intentó levantar la cabeza, pero la habitación seguía dando vueltas.
Debía de estar en un barco, cruzando el mar, dejando atrás los acantilados y las islas.
¿Adónde se dirigía?
Al colegio. Sí, iba a estudiar alquimia.
Tenía algo húmedo en la cara. Con esfuerzo, intentó mover la mano y consiguió limpiarlo.
Acabó con los dedos rojos. ¿Por qué estaban rojos?
—¡Vete!
La habitación tembló. Helena sintió cómo una fuerza invisible la levantaba y la empujaba hacia la puerta. Se desplomó, mareada, pero la sacudida la hizo volver en sí y recordar.
Ferron, la transferencia.
Se le encogió el estómago. Si no hubiera estado vacío, habría vomitado.
Miró hacia atrás. Ferron seguía allí, con el rostro blanco y terrorífico, retorcido por la rabia. La habitación vibraba.
—¡He dicho que te vayas! —gritó, como un animal, listo para abalanzarse sobre ella y arrancarle la garganta con sus propios dientes.
Un terror absoluto la impulsó a ponerse en movimiento. Se incorporó, abrió la puerta y huyó.
El suelo parecía hundirse bajo sus pies. Aún lo veía todo bañado en rojo, por mucho que parpadease, como si las paredes estuvieran cubiertas de sangre y las sombras hechas de entrañas. Siguió frotándose los ojos mientras buscaba desesperadamente una salida.
Lo único que oía era su respiración agitada y el sonido de sus pies contra la madera desnuda. Sentía el hierro del suelo como si fuera hielo.
Al llegar a la parte superior de las escaleras, supo que iba a sufrir una conmoción, le pesaban las extremidades como si fueran de plomo, empujándola hacia el suelo. Su cuerpo se enfriaba cada vez más conforme la consumía un escalofrío febril.
Se mareó y estuvo a punto de caer escaleras abajo, así que se agarró a la barandilla para mantenerse recta y contempló el vestíbulo inferior.
Las rosas ondeaban como si estuvieran sumergidas bajo el agua, el suelo se movía y, a su alrededor, daba vueltas un dragón negro.
Se enroscaba hacia el interior, girando en torno a la mesa, con las alas extendidas y la cabeza gacha, de forma que la cola quedaba atrapada entre los dientes, consumiéndose a sí mismo.
Era un uróboro, y en su visión teñida de rojo, parecía que estaba nadando en sangre.
¿Y si se tiraba desde la balaustrada? No había nadie que la pudiera detener. Los secretos que Luc le hubiera confiado estarían a salvo, y Ferron habría fracasado.
Se inclinó hacia delante con manos temblorosas.
Se tiraría de cabeza.
Tenía que morir al instante, o Ferron usaría la vivemancia para mantenerla con vida.
Solo un poco…
Alguien le agarró el brazo con fuerza y la echó hacia atrás un segundo antes de que se lanzara por encima de la barandilla.
Al girarse, encontró a Ferron, que la fulminaba con la mirada.
—Ni. Se. Te. Ocurra.
Trató de zafarse y salir corriendo, pero Ferron la apartó de la barandilla y la obligó a bajar las escaleras mientras Helena lo golpeaba y lo arañaba para liberarse. Pero él no se detuvo. La arrastró por toda la casa, abrió la puerta de su habitación de una patada y luego la soltó sobre la cama.
Helena cayó, respirando entrecortadamente; le dolían las manos y las muñecas.
—¿Creías que no sabría que intentarías suicidarte? —preguntó Ferron con veneno en la voz—. Como si hubiera algo que le gustase más a la Llama Eterna que morir por sus causas.
—Creía que preferías vernos muertos. —Le dolía tanto la cabeza que quería vomitar.
Ferron soltó una risotada.
—Considérate la única excepción a esa norma. El Sumo Nigromante quiere saber tus secretos y, hasta que los consiga, no vas a morir.
Miró su habitación y pareció que le brillaban los ojos. Después, los cerró y sacudió la cabeza.
—Pensé que la transferencia sería suficiente por una noche, pero parece que te has empeñado en ponértelo lo más difícil posible.
Se echó sobre ella.
Helena lo observó horrorizada.
—Veamos qué más ideas tienes. —Posó los dedos fríos en su sien.
No era una transferencia, y Helena sintió tanto alivio que estuvo a punto de relajarse. Pero entonces comprendió que estaba violando sus recuerdos.
La resonancia de Ferron se coló por su mente como una brisa, haciendo que se estremecieran todos sus pensamientos.
Se movió lento. En vez de recorrer su vida, se limitó a interesarse por los últimos acontecimientos, serpenteando entre sus recuerdos como una corriente de agua.
Pareció leer detenidamente cada detalle: cuando exploró su habitación, cómo la asustaba el pasillo, y lo que había pensado sobre él y su familia, también sus intentos de hacer ejercicio.
Cuando terminó, se le había secado la sangre que le corría por la cara, dejándole surcos en las mejillas.
—Diligente, como siempre —comentó Ferron en tono burlón, y apartó la mano.
Helena apretó la mandíbula.
Todavía estaba inclinado sobre ella, con la mano clavada en el colchón junto a su cabeza.
—¿De verdad crees que puedes engañarme para que te mate?
Helena contempló el dosel fijamente.
—Inténtalo si quieres. —Se giró para marcharse, pero se detuvo como si hubiera recordado algo—. No vuelvas a entrar en mi habitación. Si quiero saber de ti, vendré aquí.
Cuando por fin se fue, Helena no se movió.
No había depositado demasiada fe en sus planes. Siempre supo que sus probabilidades de éxito eran ínfimas, pero, aun así, había tratado de convencerse de lo contrario. Luc no se rendiría. Si él estuviera allí, lucharía hasta el último aliento. ¿Cómo iba a traicionarlo no haciendo nada?
Pero Luc estaba muerto. Independientemente de lo que hiciera, no lo traería de vuelta.
Empezó a temblar sin control. Se acurrucó, hecha una bola, y se metió entre las sábanas. La herida que sentía en la cabeza creció hasta convertirse en un hoyo que la absorbía, y la piel se tornó tirante, como si fuese un exoesqueleto membranoso.
Las sábanas se humedecieron del sudor cuando empezó a subirle la fiebre. Tenía el cuerpo helado, pero su mente estaba ardiendo.
El tiempo se deformó, retorciéndose, y Helena perdió la noción de todo lo que no fuera su miseria.
Oyó voces, muchas voces. Le vertieron por la garganta brebajes repugnantes que le hicieron dar arcadas, unos líquidos abrasadores que le calcinaron los órganos. Le aplicaron sobre la piel sustancias calientes y también otras frías y pegajosas. La levantaron y la sumergieron en un agua gélida, luego la sacaron para que respirara y la volvieron a sumergir.
Su mente ardía como unas ascuas que lo quemaban todo a su alrededor.
Hubo agujas, unos pinchazos que apenas sintió y luego unas punzadas de dolor agónico en los brazos.
La presión en su cabeza aumentó, bloqueando cualquier pensamiento que pudiera surgir.
Al cabo de un rato, desfalleció. Su mente se desconectó como si cayera en caída libre.
Había sangre por todas partes. Estaba en el hospital del Cuartel General. Sonaban unas campanas, y el personal médico y de enfermería arrastraba cuerpos cuyos rostros se emborronaban al pasar.
Helena sostenía a un chico moribundo en sus brazos. Trató de tranquilizarlo, de centrarse también ella misma, de no dejarse arrastrar por el pánico que iba adueñándose de la sala como unas garras que le oprimían los pulmones, pero él no permitía que lo curase. Cada vez que lo intentaba, el chico la rechazaba. La sangre negra brotaba de sus heridas a borbotones y su calor pegajoso se adhería a la piel de Helena. La gente la llamaba entre el caos, pero ella tenía que salvar a ese chico.
Estaba ahí mismo.
Al final, el chico dejó de resistirse. Helena lo percibió a través de su resonancia y, por un instante, sintió un atisbo de esperanza al notar la sensación vibrante de la vida. Pero entonces murió y para Helena fue como recibir un puñetazo en el pecho. Demasiado tarde.
Contempló los cadáveres que se amontonaban a su alrededor, apilados unos sobre otros, un muro que no dejaba de crecer y que amenazaba con aplastarla, ríos de sangre que serpenteaban por el suelo.
Trató de respirar. El olor a bilis, a carne quemada y sangre, a sudor, desechos y líquido antiséptico le ardió en la nariz y le quemó los pulmones hasta asfixiarla.
Allá donde mirara había más cadáveres, incluso bajo sus pies. Los pisaba cuando se movía.
Decisiones: quién vivía y quién moría. Tenía que tomar decisiones.
Debía decidirlo ella. Estiró la mano con dedos temblorosos, pero una mano tomó la suya y la detuvo.
Era Luc.
Helena emitió un grito ahogado de alivio y se aferró a él.
Estaba de pie con su armadura dorada; se había quitado el yelmo para que pudiera verle la cara. Le estaba sonriendo y, por un instante, la pesadilla desapareció.
Luego empezó a caerle sangre por la cara.
Lila se encontraba a su lado, con una aguja en la mano. Tenía el pelo claro recogido en una corona alrededor de la cabeza, pero la mitad de su rostro estaba podrido, despellejado, con el cráneo al descubierto. Había alguien más junto a ella, aunque Helena no lograba recordar su rostro.
Al otro lado vio a Titus y a Rhea y, detrás de ellos, al Consejo y a la Llama Eterna, dispuestos en círculo a su alrededor.
Todos sus rostros eran un borrón, todos excepto el de Luc.
Luc seguía vivo. Sangraba, pero Helena podría curarlo. Su mano le tembló al buscarlo, y entonces habló:
—Estoy muerto por tu culpa.
Helena sacudió la cabeza; no le salía la voz.
—Mira, Hel —dijo Luc. Se tocó la coraza y la armadura dorada se derritió, dejando a la vista su pecho desnudo. Tenía un cuchillo negro y reluciente clavado entre las costillas, una herida limpia. La incisión se extendió, abriéndole el torso hasta que el cuchillo cayó al suelo, repiqueteando, y sus órganos se derramaron, negros por la gangrena. El olor a descomposición lo inundó todo, como si llevara meses pudriéndose—. ¿Lo ves?
—No, no… —Intentó acercarse a él igualmente, pero Luc se deshizo, dejando los dedos de ella teñidos con su sangre.
Entonces apareció su madre. Helena no distinguía su rostro, pero sabía que era ella. La embriagó un aroma a hierbas secas cuando se plantó delante de Helena.
Esta quiso acercarse, pero su madre se deshizo en neblina.
Luego su padre.
Estaba junto a los norteños. Tenía los ojos negros y el cabello oscuro rizado, igual que el suyo.
Llevaba su bata médica de color blanco y, cuando lo miró a los ojos, le dedicó una sonrisa. Justo por debajo de la mandíbula lucía un tajo que imitaba la curva de su sonrisa; lo atravesaba de oreja a oreja.
—Helena —le dijo—. Estoy muerto por tu culpa.
Dio un paso hacia ella con un bisturí brillante en la mano.
Helena no se movió; esta vez no se resistió cuando la cogió entre sus brazos y le rajó la garganta.

Cuando el mundo volvió a cobrar vida, Helena deseó estar muerta.
Le palpitaba la cabeza y tenía el pelo pegado a las mejillas y a la frente. En la habitación hacía un calor insoportable. Su boca estaba tan seca que parecía que se le iba a resquebrajar la lengua.
Con esfuerzo, logró rodar sobre un costado. En la mesita de noche había una jarra y un vaso de agua, junto a varios frascos. Cogió el vaso con torpeza y bebió el agua de un trago.
Se volvió a tumbar y retiró las sábanas con un movimiento brusco. El olor a cataplasma de mostaza le quemaba las fosas nasales. Doblando el cuello, volvió a mirar los frascos que había en la mesa: pastillas de hierro y arsénico, también sales aromáticas e ipecacuana.
Extendió el brazo para coger el arsénico, pero, al acercar la mano, la puerta se abrió y entró el hombre nervioso y tartamudo de la Central, acompañado de Ferron.
—Es poco probable que mejore de la fiebre si continúa el procedimiento —decía el hombre, que parecía tan asustado de Ferron como lo había estado de Morrough.
Sin prestar atención a sus palabras, Ferron se fijó de inmediato en la mesita de noche y en el frasco que Helena había estado a punto de agarrar. Cruzó la habitación a zancadas, cogió los tres frascos y se los metió en el bolsillo sin tan siquiera mirar a Helena.
Cabrón.
—¿Tengo que aguantar esto todas las semanas? —preguntó Ferron, que la observaba con el ceño fruncido, como si fuera un perro callejero al que preferiría ahogar.
El hombre inclinó la cabeza.
—Según tengo entendido, la asimilación del proceso de transferencia que desarrolló la Llama Eterna se diseñó para ir generando una tolerancia progresiva. Al igual que sucede con el mitridatismo tradicional, provoca efectos secundarios. La próxima vez podréis avanzar un poco más, pero, como consecuencia, ella sufrirá unas fiebres mentales de igual magnitud. Debéis entender que no es un estado natural del ser humano. Nunca se ha conseguido que un cuerpo vivo sobreviva a ninguna presencia de otra alma. Deberíais considerar un milagro que aún siga viva. Como el único propósito de todo esto es mantenerla con vida lo suficiente para revertir las transmutaciones, el deterioro a largo plazo es irrelevante.
—No tengo tiempo para hacer de niñera —replicó Ferron mirándolo con desdén—. Tu cura es casi tan mala como la enfermedad. A este paso, no creo que vaya a sobrevivir lo suficiente como para que pueda descubrir algo. Que tolere la transferencia y consiga revertir por completo todo lo que le hicieron a su memoria son solo los primeros pasos. Luego tendré que encontrar la información, y eso podría llevar meses. No pienso consentir que todo esto se vaya al traste solo porque tú has decidido que es «irrelevante».
El hombre se estremeció y encogió el cuello como si quisiera hundirlo en la cavidad del pecho, subiendo los hombros hasta las orejas.
—Os lo aseguro, Sumo Inquisidor, es poco probable que muera por el arsénico. Puede que muestre algunos signos de envenenamiento, pero, según nuestros estudios, el procedimiento acabará antes de que desarrolle una necrosis grave o algún daño significativo en el hígado.
—¿Cómo sabes cuánto va a durar este procedimiento? Ni siquiera sabemos lo que le hicieron a Bayard. —La voz de Ferron se había vuelto letal—. Si tan seguro estás de que no va a morir antes de que el Sumo Nigromante haya obtenido sus respuestas, y yo debo seguir tu consejo, entonces quiero que lo expliques delante de nuestro líder supremo, y le dejes claro que voy a actuar siguiendo tus consejos y teorías.
El hombre perdió el color que le quedaba.
—B-bueno, visto así, es posible que, al espaciar un poco más las sesiones, reduzcamos los efectos secundarios y las fiebres mentales. Pero yo no me atrevería a dar consejos. Veréis, no soy experto en esta nueva ciencia. Esto debe decidirlo Stroud o el Sumo Nigromante.
—Te han mandado a ti. Así que espero que al menos sepas lo suficiente como para tener una opinión —replicó Ferron.
El hombre se secó la frente.
—Os aconsejo fervientemente que Stroud la visite para que ella pueda daros alguna recomendación —dijo evitando la mirada de Ferron.
—¡Vete!
Helena se encogió.
Ferron observó cómo el hombre desaparecía por la puerta y, acto seguido, fulminó a Helena con la mirada, como si toda esa situación fuera culpa suya.
Se acercó, y Helena se encogió de nuevo, pero su mano pasó de largo y se deslizó por debajo de la almohada, donde rebuscó entre las sábanas para asegurarse de que no hubiera conseguido robar nada de arsénico. Helena lo miró con odio hasta que Ferron estuvo convencido de que no tenía veneno escondido por ninguna parte y se marchó de la habitación, pegando un portazo.
Le temblaban las piernas cuando se levantó. Tuvo que sentarse en el suelo, bajo la alcachofa de la ducha, porque estar de pie le resultaba agotador, pero se sintió mejor cuando se quitó de encima todo el sudor y el olor de las cataplasmas.
El horrible vestido rojo estaba lavado, planchado y guardado en el armario junto a nuevos vestidos, todos ellos rojos. Algunos tendían más al burdeos, mientras que otros eran de un tono más vivo. Los habían teñido, todavía quedaban entre las costuras algunas trazas del verde salvia y el rosa claro originales.
Estaba claro que, cuando a Aurelia se le metía algo en la cabeza, no había quien la hiciera cambiar de opinión.

Stroud llegó al día siguiente, acompañada de una sirvienta muerta y de Mandl, o, mejor dicho, del cadáver que ahora ocupaba esta.
La sirvienta era una mujer mayor, vestida con el mandil típico de los empleados del hogar. Su cabello castaño claro estaba peinado cuidadosamente hacia atrás, y tenía arrugas alrededor de la boca y los ojos. Estos estaban velados por una neblina espeluznante, que contrastaba con el resentimiento que brillaba con fuerza en los ojos nuevos de Mandl.
—Levanta —le ordenó Stroud a Helena mientras dejaba un maletín médico sobre la mesa.
Helena obedeció sin pronunciar palabra y se mantuvo impasible mientras Stroud la palpaba. Notó cómo las muñecas de Helena habían encogido en el interior de los grilletes y comprobó sus constantes vitales, chasqueando la lengua con irascibilidad.
—Vaya, menuda decepción —dijo al fin—. La verdad es que esperaba que lo llevases mejor.
Helena no dijo nada, aunque notó cierto sentimiento triunfal en su pecho.
—Supongo que era demasiado esperar que tuvieras la resiliencia física de un hombre como Bayard —añadió Stroud con un resoplido, tras revisar durante un minuto sus órganos con una resonancia intrusiva.
Posó los dedos sobre la cabeza de Helena y envió un leve escalofrío de energía a su mente. Helena torció el gesto por el dolor; aún sentía la mente en carne viva.
—Este nivel de inflamación después de siete días me parece preocupante. Ninguno de los sujetos de prueba muestra estos síntomas.
Se mordió el labio y miró a Mandl con gesto grave.
—Es una pena que no nos informaras de su existencia en su momento. Esto sería ahora mucho más fácil.
Mandl inclinó la cabeza con rigidez, pero, a los ojos de Stroud, aquello no era suficiente.
—Deberías darme las gracias de que no le haya contado a Su Eminencia que, si lo hubiéramos descubierto antes, aún tendríamos el cadáver de Boyle y también a una animante para los inmarcesibles.
—Ya he pedido perdón —replicó Mandl—. No sé qué más quieres que haga o por qué me has traído aquí.
—Te concedieron la ascensión por recomendación mía. Si esto se va a convertir en una molestia para mí, también lo será para ti —dijo Stroud—. Y, si algo me cuesta a mí, me aseguraré de que a ti te cueste aún más.
Stroud se giró hacia Helena y la examinó de nuevo con una expresión cada vez más amarga.
—Tendremos que retrasar la próxima intervención hasta que recupere fuerzas. Si muere antes de tiempo, perderemos la información.
Luego volvió la mirada hacia la otra necrómata que había en la habitación.
—¡Sumo Inquisidor!
La sirvienta giró la cabeza y enfocó los ojos neblinosos en Stroud.
—Quiero hablar con vos. En privado.
La sirvienta necrómata asintió y señaló la puerta.
De todos los usos que le daban a la nigromancia, la creación de sirvientes para los Ferron le parecía uno de los más crueles. En una guerra, podía comprender los horribles razonamientos que llevaban a actuar, pero los sirvientes de Puntaférreo eran civiles, asesinados para no tener que pagar por sus servicios.
Con cada minuto que pasaba en la casa, más crecía el odio que sentía por Ferron. Conocía la historia, el lujo y los privilegios de su familia. Una vida fácil. Los Ferron no habrían llegado a nada sin los Holdfast y la Academia de Alquimia; su fortuna jamás hubiera existido sin ellos.
Deberían haber estado agradecidos, haber mostrado su lealtad a Luc por lo que su familia les había dado, pero fueron unos traidores y eligieron a Morrough.
Tal vez, el dragón uróboro no solo era un elemento de decoración pretencioso, sino algo de lo que los Ferron se sentían orgullosos: un presagio de una voracidad destructiva e insaciable que no dejaba más que ruinas a su paso.

Al día siguiente, Ferron entró en su habitación. El cuerpo de Helena se quedó rígido; el miedo la embargó como una marejada. El dolor físico de la transferencia se retorcía en su mente, como la réplica de un temblor que no cesa.
Se detuvo en la puerta y la contempló con esos ojos claros que destellaron al fijarse en los dedos de Helena, que le temblaban incontroladamente cada vez que se sobresaltaba. Los escondió entre los pliegues de la falda.
—Stroud quiere que salgas al jardín —dijo—. Cree que el aire fresco mejorará tu constitución. —Le tiró un bulto de ropa—. Póntela.
Helena lo desenrolló y descubrió que se trataba de una capa gruesa teñida de carmesí. Frunció el ceño.
—¿Pasa algo?
Lo miró.
—¿Solo tenéis tinte rojo en esta casa?
—Así te distinguen mejor los necrómatas. ¡Vamos!
Ferron salió al pasillo y Helena lo siguió con cautela. Las lámparas del corredor proyectaban una luz tenue que ahuyentaba las sombras. Ferron se dirigió al extremo de aquella ala de la casa y bajó por unas escaleras que desembocaban en unas puertas dobles que se abrían al porche del jardín.
Estaba lloviendo, y una ráfaga de viento rodeó la casa y le azotó el rostro. A Helena se le escapó un grito sobrecogido.
Ferron se giró de inmediato.
—¿Qué?
—Había… —Se le rompió la voz y tragó saliva—. Había olvidado cómo era sentir el viento.
Ferron apartó la mirada, incómodo.
—El jardín está vallado. Puedes pasear por donde quieras.
Helena miró a su alrededor y se fijó en los detalles de la casa y de los edificios circundantes. El porche donde estaban continuaba más allá de aquella ala de la casa y se transformaba en un sendero techado que conectaba la casa principal con el resto de los edificios, rodeándolo todo. Se podía recorrer el camino desde las verjas hasta la casa y los edificios, sin exponerse a la lluvia, como si formara un anillo de hierro.
—Vamos. —Ferron le hizo un ademán con la mano y se sentó a una mesa que tenía con dos sillas. Sacó un periódico del abrigo.
Los ojos de Helena leyeron los titulares sin vacilar.
«¡APRESADA TERRORISTA DE LA LLAMA ETERNA!», rezaba en la parte superior, todo en mayúsculas.
Se acercó sin pensarlo. ¿A quién habrían encontrado?
Grace le dijo que todos estaban muertos, pero eso demostraba que había supervivientes. Ferron no los había matado a todos.
Este alzó la vista y Helena se quedó paralizada, incapaz de despegar los ojos del periódico, buscando con desesperación algún nombre.
—¿Quieres verlo? —preguntó arrastrando las palabras de un modo que le erizó la piel.
Abrió el periódico de golpe y Helena contempló desconcertada una foto suya, drogada y sedada en la Central. Estaba demacrada, con el rostro contraído, agotada por la abstinencia de la droga del interrogatorio, y el pelo enmarañado.
Era evidente que querían mostrarla como una extremista sucia y salvaje.
«La última fugitiva de los terroristas de la Llama Eterna ha sido apresada e interrogada», proclamaba el subtítulo por encima del pliegue del periódico.
—Por fin eres famosa, y mira, yo también salgo. —Los ojos de Ferron relucieron con maldad al señalar la foto de sí mismo que aparecía más abajo, en la misma columna, en ese mismo jardín, con los pináculos de la casa de fondo—. Por si alguien quiere saber dónde estás o quién te mantiene cautiva.
Helena lo miró desconcertada. ¿Por qué querrían publicitar que estaba cautiva y dónde se encontraba? ¿Y por qué justo ahora? Se había pasado semanas en la Central, su detención era agua pasada.
—Pensé que sería una trampa demasiado obvia —dijo Ferron con un suspiro, pasando la página—. Pero, claro, tu Resistencia nunca fue famosa por su inteligencia. Las cosas más sutiles se escapan a su comprensión. El Sumo Nigromante confía en que, si queda alguien, se sentirá moralmente obligado a venir a rescatar a la última ascua de la Llama. —La miró de reojo—. Yo tengo mis dudas, pero supongo que no está de más intentarlo.
Se echó hacia atrás y volvió a centrarse en la siguiente columna de texto.
Helena trastabilló también hacia atrás.
¿Por eso la habían enviado a Puntaférreo en vez de dejarla en la Central, para usarla como cebo?
Un gemido estrangulado se le escapó de la garganta. Dio media vuelta y bajó los escalones hasta que estuvo bajo la lluvia. No tenía adónde ir, pero debía dirigirse a algún sitio.
La capa, anudada a su garganta, la ahogaba, la arrastraba. Tironeó de ella con los dedos hasta que la soltó y se libró de su peso. Salió corriendo al jardín.
La lluvia gélida empapó la tela fina y moderna de su vestido, pero Helena apenas la sentía. Más allá de Puntaférreo, las torres de la ciudad se alzaban oscuras. Buscó el faro, la luz que siempre había brillado en lo alto de la Torre de Alquimia y que la Llama Eterna se había encargado de mantener encendida desde la fundación de Paladia, pero no la encontró. Se había apagado.
Aun así, se movió en su dirección, aunque, cuando llegó al borde del jardín, las torres desaparecieron detrás del muro. Fue de un lado a otro en busca de alguna escapatoria, hasta que al final llegó a la verja. Sabía que sería inútil, pero no pudo evitarlo.
La puerta estaba fabricada de un hierro forjado con tantas florituras que era imposible colarse entre los barrotes, y estaba cerrada a cal y canto. Zarandeó la verja con fuerza, hasta que le dolieron las muñecas.
Intentó treparla, pero las zapatillas se le rompían, y el hierro estaba tan frío que le quemaba la piel. Cuando intentó auparse, el dolor de las muñecas le dejó las manos entumecidas.
Al otro lado del jardín, Ferron seguía leyendo el periódico, sin preocuparse de los intentos de Helena por escapar.
Quiso gritar. Agarró la verja y volvió a zarandearla.
¿Y si alguien venía sin saber que estaba cayendo en una trampa?
Alguien que hubiese conseguido sobrevivir todo este tiempo y que acabaría en prisión por su culpa.
Dio una bocanada de aire, sentía como si el pecho fuera a abrírsele en canal. Finalmente, se dejó caer, zarandeando la verja una y otra vez, como si el hierro fuera a doblarse si seguía insistiendo.
Al cabo de un rato, abatida, volvió a la casa.
Adonde quiera que mirara solo había gris: el césped muerto y deshojado, los árboles esqueléticos, la casa oscura con sus enredaderas y sus pináculos negros. Hasta la ladera erosionada de la montaña y la cima blanca estaban envueltas en la neblina del cielo encapotado.
Era como si hubieran robado el color del mundo. Nada tenía tonalidades, menos ella. Helena estaba ahí plantada, con sus ropas de color rojo sangre, contrastando con los demás tonos monocromáticos.
El viento azuzaba la lluvia, abofeteándola con gotas congeladas que la hacían estremecer. Estaba completamente empapada, y sus manos empezaban a volverse blancas; le dolían los dedos con cada ráfaga de viento. El metal de los grilletes le provocó un escalofrío que le caló hasta los huesos.
Se llevó los dedos a los ojos e intentó pensar. ¿Qué podía hacer? Seguro que era capaz de encontrar alguna solución.
No, el plan seguía siendo el mismo: morir, por mano de Ferron o por la suya propia.
La lluvia le caía por el pelo y la cara mientras caminaba forzadamente de vuelta a la casa. En el rellano de los escalones que llevaban al ala principal de la casa la esperaban dos necrómatas. Eran los mismos de la Central. Se estaban descomponiendo y parecían tan decrépitos que se mimetizaban con la fachada de piedra, pero, al acercarse Helena a Ferron, ambos la observaron.
Este levantó la vista y la miró con dureza.
—No has estado fuera el tiempo suficiente. Sigue caminando.
Volvió al jardín. Gracias a los árboles que se alzaban en el centro, desapareció de su vista cuando se acurrucó en el pasillo techado del jardín para recuperar el calor. Desde allí veía su capa sobre la gravilla, empapada de lluvia. Se cruzó de brazos para intentar conservar el calor corporal.
Poco a poco, los temblores desaparecieron. Una ráfaga de viento la arrasó de nuevo. Se sentía fina como el papel, tan cansada que podía quedarse dormida allí mismo.
Lo cual podría indicar hipotermia…
Si se lograba dormir de esa manera, sus órganos dejarían de funcionar y fallecería. Una vez leyó que era una de las formas más apacibles de morir. Así que se dejó arrastrar por la inconsciencia hasta que todo se volvió agradablemente difuso.
—Qué creativa —dijo Ferron, con una voz que sonaba más fría que el viento. Unos dedos la agarraron del brazo y sintió calor de nuevo al desbocársele el corazón, que bombeó sangre caliente por todo su cuerpo.
Helena lanzó un grito ahogado y quiso soltarse, pero ya era demasiado tarde. Ferron la miró con furia.
—Levanta.
Se puso en pie con torpeza; le dolían las muñecas. Aún estaba azulada por el frío y las extremidades seguían entumecidas debido a la congelación, pero ahora tenía demasiado calor para morir.
—No me obligues a arrastrarte —gruñó Ferron entre dientes, y se dio la vuelta y se alejó.
Helena lo siguió de mala gana. En la puerta los esperaba una sirvienta. Era la tercera que veía, pero estaba muerta, al igual que los demás. Esta era más joven y llevaba el uniforme de criada, y en la mano tenía un cepillo y un trapo. Helena intentó pasar a su lado, pero ella no la dejó avanzar.
—Aurelia se pondrá histérica si entras con barro en su casa. Siéntate.
—Sé limpiarme sola —replicó Helena con rigidez.
—Me da igual —dijo Ferron. Helena notó que empleaba la resonancia para contener sus nervios, y le cedieron las rodillas, por lo que tuvo que sentarse en una silla. La criada se arrodilló y empezó a limpiar las zapatillas mojadas de Helena, mientras esta aguardaba en tensión, debatiéndose entre el estupor y la vergüenza.
La Fe afirmaba que el alma y el cuerpo permanecían unidos únicamente hasta la cremación. Solo entonces, cuando el fuego consumía la carne, el alma etérea se desprendía de la forma terrenal que la había contenido. Una persona que hubiera vivido con devoción y sin maldad liberaba un alma pura, que ascendía a lo más alto de los reinos celestiales.
Si el cuerpo no se incineraba, entonces el alma quedaba atrapada, incapaz de ascender, y corría el peligro de contaminarse de la putrefacción del cuerpo. Además, si se abandonaba durante mucho tiempo, la impureza del cuerpo podía convertir el alma en gusanos e insectos, en enfermedades y otras formas grotescas de maldad, condenados a hundirse bajo la superficie de la tierra hasta consumirse para siempre en el fuego oscuro y líquido del Abismo.
Al reanimar un cuerpo, se corría el peligro de sufrir esa metamorfosis. Y atar tanto el cuerpo como el alma a un nigromante hacía que hasta las almas más puras se corrompieran tanto que jamás llegarían a ascender, a menos que las liberaran con fuego sagrado.
Helena no pudo evitar contemplar el rostro de la criada en busca de algún indicio que indicara que aún le quedaba alma, pudriéndose lentamente, atrapada en un estado que no era ni la vida ni la muerte. La mirada de la criada estaba vacía. Si quedaba algún vestigio de alma en ella, estaba sometida a la voluntad de Ferron.
Helena alzó la vista para mirarlo.
—Eres un monstruo.
Ferron arqueó una ceja.
—Lo sé. Te has dado cuenta, ¿verdad?

CAPÍTULO 6
Ferron se marchó cuando la criada terminó de limpiar las zapatillas de Helena, y esta se puso en pie de inmediato. No soportaba que ese cadáver siguiera tocándola.
La criada entró en la casa. En cuanto se dio la vuelta, Helena aprovechó para coger el periódico que Ferron había dejado allí y se lo escondió detrás de la espalda. Después, respiró hondo y la siguió.
Se concentró en el papel que palpaba con la mano mientras corría hacia las escaleras.
Las sombras se cernían sobre ella, pero Helena se negó a mirarlas. En su lugar, se dedicó a contar todos sus pasos, con una mano apoyada en la barandilla y, más tarde, a lo largo de la pared. Por el camino fue observando los charcos de luz ambarina que proyectaban las lámparas hasta que llegó a su habitación.
Habían aireado la habitación durante su ausencia, también habían deshecho la cama y cambiado las sábanas. El aire era casi tan frío como el del exterior, aunque las ventanas volvían a estar cerradas a cal y canto.
Helena estaba empapada y congelada, pero sabía que Ferron podía darse cuenta de que se había olvidado el periódico y vendría a por él. No tenía tiempo que perder.
Se acurrucó junto a la ventana, allí donde había más luz, y devoró las palabras con los ojos, empezando desde el principio: «NOVEMBRIS, 1788».
Contempló la fecha conmocionada. No podía ser cierto. El último recuerdo del que tenía una referencia temporal exacta era haber oído a Lila Bayard hablar de retomar sus obligaciones de paladina y regresar al combate, a principios de 1786.
Si la guerra había terminado hacía catorce meses, eso significaba que habría sucedido a finales del verano de 1787. Lo que significaba que no tenía recuerdos de casi diecinueve meses de guerra. Se le desenfocó la vista cuando trató de recordar algo más allá de los turnos del hospital. No se acordaba de nada, de ninguna conversación, ni de las estaciones, ni de las fases de sublimación y latencia de Lumitia; de nada, salvo el bucle infinito de turnos en el hospital, repitiéndose una y otra vez como un grito eterno.
Cerró con fuerza los ojos e intentó concentrarse. Debía de haber algo, no podía haber perdido tantos recuerdos, pero era inútil, como intentar atrapar el viento con los dedos. Sintió un dolor agudo que le astilló el cerebro.
Parpadeó y al abrir los ojos comprobó que lo veía todo rojo.
Tenía el periódico en las manos.
Lo aferraba con fuerza. Debía leerlo rápido, antes de que Ferron notara su ausencia. Sus ojos se movieron a toda velocidad por el primer artículo.
La última fugitiva del grupo extremista conocido como la Orden de la Llama Eterna ha sido apresada y será interrogada próximamente. La administración de la Central de Nueva Paladia ha confirmado que se trata de Helena Marino, una alumna extranjera de alquimia originaria de las islas sureñas de Etras. Por su parte, el Gobierno etrasiano niega cualquier implicación o apoyo a los actos terroristas de la Llama Eterna. Para proteger a los ciudadanos de Nueva Paladia de más violencia, Marino está detenida a las afueras de la ciudad, en Puntaférreo, donde se decidirá su destino.
Urius Ferron construyó con hierro Puntaférreo, la famosa mansión de los Ferron. Gracias a su estructura única, erigida en honor a la resonancia excepcional de esa familia, la casa constituye un enclave seguro para los prisioneros más peligrosos.
Los Ferron, una de las familias más antiguas de Nueva Paladia, han vivido en la región desde antes de los Holdfast. Fueron víctimas frecuentes de la persecución de la Orden de la Llama Eterna. Atreus Ferron, maese gremial del hierro, acabó arrestado y ejecutado por pronunciarse contra el régimen opresor de los Holdfast, y su hijo, Kaine Ferron, fue acusado sin pruebas de haber asesinado al principado Apollo Holdfast. Más tarde, se archivaron todas las denuncias contra padre e hijo…
¿Ferron había sido acusado de matar al principado? ¿Del asesinato que desencadenó la guerra?
Miró fijamente las palabras hasta que se emborronaron.
Recordaba la muerte del principado Apollo. Lo encontraron brutalmente asesinado en las zonas comunes de la Academia de Alquimia, y enseguida se abrió una investigación. No recordaba que hubieran llegado a ninguna conclusión. Aquella época estuvo marcada por muchos sucesos: el funeral, las preparaciones para la coronación de Luc… Lo que debería haber sido un momento de júbilo se transformó en dolor y conmoción. Luc estuvo en entredicho hasta cuando sus amigos juraron morir para protegerlo. La ceremonia acabó poco antes de que se produjera el alzamiento, la llegada de los inmarcesibles y la guerra que parecía no tener fin.
¿Ferron había asesinado al principado Apollo? Probablemente no, solo tenía dieciséis años entonces. Tal vez se habían inventado aquello para presentar a la familia Ferron como víctimas de los Holdfast. Eso parecía más probable.
Leyó el resto del artículo con la esperanza de encontrar más información, pero solo halló la reiteración de la narrativa de los inmarcesibles sobre la guerra: que ellos no la habían comenzado; que, en realidad, nunca hubo una guerra, solo una inquietud civil provocada por un grupo de extremistas religiosos que se negaba a aceptar al Concejo de Gremios, elegido democráticamente por los paladinos.
Retrataban a Luc como un monstruo avaricioso de poder, dispuesto a quemar la ciudad hasta los cimientos, antes de permitir que todos la disfrutaran.
Luc, que la noche previa a convertirse en principado se había subido al tejado de la Torre de Alquimia, al borde del abismo.
Helena lo había seguido, manteniéndose todo lo cerca que pudo, prometiéndole que haría lo que fuera por él si daba un paso atrás y la tomaba de la mano.
Él no le prestó atención hasta que Helena juró que, si él saltaba, ella iría detrás. Fue entonces cuando se bajó para salvarla.
Se quedaron sentados en el tejado hasta el amanecer. Helena le sostuvo la mano y hablaron toda la noche, le contó sobre Etras: los acantilados, los pueblecitos con burros que tiraban de carruajes pintados, los olivos, las granjas y el mar en los días de verano. Algún día irían allí, le prometió ella. Cuando todo se calmara, lo llevaría allí para que viera lo hermoso que era.
Luc nunca quiso ser principado. Si hubiera tenido otra opción, habría renunciado al cargo sin dudarlo.
Helena pasó la página del periódico, parpadeando lentamente.
Una columna enumeraba las ejecuciones llevadas a cabo por el Sumo Inquisidor la semana anterior. Junto al texto había una foto de hombres y mujeres con aspecto torturado, de rodillas sobre un estrado. Vestido de negro y con un yelmo intrincado que le ocultaba el rostro y el cabello, se encontraba Ferron, con una mano pálida extendida.
Sabía que se trataba de Ferron por la postura y por la manera en que tenía doblados los largos dedos, pero el artículo solo se refería a él como «el Sumo Inquisidor».
No se mencionaba por ninguna parte que Kaine Ferron fuera el Sumo Inquisidor.
¿Era un secreto?
¿Qué conseguían con eso? Los Ferron no mucho, considerando el estado deteriorado en el que se encontraba la mansión.
No. La decisión debía de haber sido de Morrough. Al fin y al cabo, mantener oculta la identidad del Sumo Inquisidor le otorgaba al Sumo Nigromante una herramienta increíblemente poderosa. Si cualquiera podía ser el Sumo Inquisidor, la gente viviría alarmada, siempre desconfiando. Además, impedía que Ferron tuviera sus propios seguidores o acumulase poder suficiente para destronar a Morrough.
Tal vez Ferron era ambicioso y Morrough lo temía por ello. Esa posibilidad resultaba tentadora, algo de lo que Helena podía aprovecharse.
También convertía Puntaférreo en una trampa perfecta. Si alguien intentaba salvar a Helena, darían por hecho que estaban atacando al heredero de un gremio, sin tener idea de quién era en realidad su carcelero.
Leyó deprisa el resto del periódico. Había ciertas alusiones a la escasez de grano. Qué extraño, pensó. Los dos países vecinos eran grandes exportadores de productos agrícolas. La monarquía Novis mantenía lazos históricos con los Holdfast, así que era predecible que interviniera el comercio, pero Hevgoss, el vecino occidental, un país especialmente belicista, llevaba décadas buscando mejorar sus acuerdos comerciales con los gremios.
Los Holdfast siempre bloquearon las negociaciones, negándose a que la alquimia se utilizara con fines bélicos. Cuando se descubría que algún gremio había violado las restricciones comerciales con Hevgoss, se le cortaba el suministro de lumitio para evitar que procesaran alquimia a escala industrial.
¿Por qué Hevgoss no estaba inundando Paladia de grano?
La sección política del periódico le pareció casi ridícula, aunque de una forma horrible. El Concejo de Gremios —cuya existencia había sido precisamente lo que desencadenó la guerra— llevaba tres semanas negociando la tarifa de transportes, como si Nueva Paladia no tuviera asuntos más importantes que tratar antes de que el solsticio de invierno diera comienzo al año nuevo.
Pero lo que más le llamó la atención fue un párrafo que mencionaba la llegada de un emisario paladino al Imperio Oriental, al que por primera vez en los últimos siglos le habían permitido la entrada. ¿Ahí era donde había ido ese traidor de Shiseo?
Helena se saltó la mayoría de las páginas de sociedad, pero no pudo evitar fijarse en que el nombre de Aurelia Ferron aparecía con mucha frecuencia. Era bastante famosa, al parecer.
Luego le llamó la atención un artículo del periódico. En un principio, no suscitó su interés, ya que se limitaba a describir la actual escasez de mano de obra y lamentaba la pérdida de tantos alquimistas con talento en el «conflicto» provocado por la Llama Eterna. Presentaba estadísticas que confirmaban que la economía de Paladia seguía cayendo a causa de la desaparición de alquimistas de todas las edades. Según el autor, la solución eran los nacimientos financiados. De repente, el artículo se transformaba en algo parecido a un anuncio. La directora del nuevo departamento de ciencia y alquimia de la Central, Irmgard Stroud, estaba implementando un programa para apoyar a la nueva generación de alquimistas, utilizando nuevos métodos científicos de selección para ofrecerles un mejor comienzo.
Se buscaban voluntarias. Las participantes recibirían comida y alojamiento y, al terminar el programa, aquellas con antecedentes criminales tendrían un nuevo juicio.
Helena releyó varias veces el artículo, incapaz de creer lo que estaba leyendo. Describía un programa de reproducción como si se tratara de una solución económica, como si los alquimistas fueran perros en celo en busca de habilidades de transmutación que fuesen económicamente rentables.
No era un concepto salido de la nada. «Casarse en resonancia» era una práctica común entre las familias de los gremios, que buscaban parejas con quienes tuvieran la misma resonancia o una complementaria para fortalecer la línea familiar. Aurelia y Ferron eran un claro ejemplo.
Aunque el repertorio de la resonancia alquímica se heredaba, como el color del pelo o de los ojos, la resonancia era impredecible y podía aparecer o desvanecerse sin motivo.
Ninguno de los padres de Helena había sido alquimista. Su padre poseía una resonancia menor al acero y al cobre, pero no la suficiente para formarse o para entrar en un gremio. Hasta donde recordaba, su madre no tenía ningún tipo de resonancia. De hecho, la tía abuela de Luc, Ilva Holdfast, era conocida por ser un lapsus, una hija de alquimistas que no manifestaba resonancia.
Al parecer, Stroud pretendía analizar cuántas probabilidades había de heredar o no la resonancia, y pensaba usar a las prisioneras del Reducto para hacerlo. Al fin y al cabo, ¿quién si no se prestaría voluntaria para un programa de reproducción a cambio de comida, alojamiento y revisiones judiciales?
Se acordó de Grace, muerta de hambre y desesperada, con hermanos demasiado jóvenes para trabajar, dispuesta a vender un ojo. Helena se imaginó cuántas más habría como ella.
Recordó todos esos documentos que Stroud repasaba sin parar. Esto debía de ser en lo que trabajaba: estaba identificando a las candidatas más ejemplares de entre los registros de la Resistencia.
Helena escondió el periódico en el armario y decidió que lo dejaría en cualquier parte la próxima vez que saliera de su habitación. Le dolían las articulaciones por el frío, así que decidió tomar una ducha y se quitó la ropa mojada.
Se quedó debajo del agua caliente hasta que volvió a sentir el cuerpo y desapareció el frío que le calaba los huesos. Después se limpió lentamente, sin prisa por volver a su habitación helada.
Al bajar la vista, descubrió cicatrices de las que no tenía recuerdos.
La más grande estaba en mitad del torso y se extendía entre sus pechos. La cicatriz era como una cuerda, pronunciada y levemente arrugada, como si le hubieran abierto el esternón en canal para luego volver a unirlo.
La tocó con la yema de los dedos y encontró una hendidura en el hueso, y tuvo la vaga sensación de que le habían seccionado algunos nervios.
No parecía que hubiesen empleado la sanación, pues podrían haber hecho crecer el hueso. Ella misma habría cosido los nervios para evitar la pérdida de sensibilidad y, más adelante, habría dibujado los sellos adecuados para que la cicatriz fuera menos visible.
Pero no habían hecho nada de eso. Habían dejado que la herida se curara sin usar la vivemancia.
Tal vez fuera esta la herida grave que mencionó Stroud.
No, con una herida de este calibre no la habrían metido en el tanque de suspensión. Empezó a examinarse el cuerpo con cuidado y encontró más cicatrices.
Parecía como si hubieran adiestrado su mente para pasarlas por alto, pero se obligó a concentrarse y tomar nota de todas ellas.
Encontró vestigios de una herida grande y redondeada que le atravesaba la pantorrilla. También tenía cicatrices finas: una en el estómago y otra entre dos costillas. En esas sí que se había usado la vivemancia para sanarlas, sin duda.
En la mano derecha había más cicatrices: unas fisuras en la palma y en los dedos, como si hubiera agarrado la hoja de un cuchillo con fuerza. Y, lo más extraño, siete puntos de sutura. Estaban perfectamente espaciados y conformaban un círculo en la palma de su mano. No era grande, pero llamaba la atención por cómo le afeaba la piel. La miró fijamente: su forma le resultaba familiar.
Bajó la mano, inquieta, y, por último, descubrió la única cicatriz de la que sí se acordaba.
Apenas se veía, ya que estaba escondida bajo su propia mandíbula. Era larga y fina; le recorría la parte izquierda del cuello y se detenía justo antes de la garganta.

Al día siguiente, Ferron le trajo a Helena una capa seca y limpia. Se la tiró a la cabeza sin decir nada.
Helena lo siguió y, disimuladamente, dejó el periódico por el camino. En el porche, Ferron sacó otro. La noticia de la portada trataba sobre un monumento que el gobernador, Fabian Greenfinch, estaba construyendo en honor a Morrough, el libertador de Nueva Paladia. Se inauguraría el año siguiente.
Estaba lloviendo otra vez. Helena echó un vistazo a su alrededor sin saber muy bien qué hacer; no le apetecía caminar en círculos bajo la supervisión de Ferron.
Aunque, con un poco de suerte, igual encontraba un palo bien afilado con el que apuñalarlo.
Paseó por el porche hasta que se aburrió y, después, se sentó a contemplar la quietud de la casa e intentó adivinar cuántas habitaciones habría en un lugar tan inmenso.
En su día, había pensado que la casa de los Bayard, Solis Splendor, era enorme. Se trataba de una de las pocas casas independientes de la ciudad, un vestigio de tiempos pasados, pero Puntaférreo era mucho más grande.
Cuando Ferron se puso en pie y se marchó, Helena dio por sentado que era su señal para volver adentro. Miró de reojo y sintió decepción al ver que esta vez no se había olvidado el periódico.
Se dirigió hacia la puerta. La luz invernal se derramaba como mercurio por los suelos oscuros, pero el pasillo que se extendía más allá desaparecía en la penumbra como unas fauces abiertas. Las cortinas de invierno tapaban la luz del sol y conferían al ambiente una sensación polvorienta y asfixiante, como en una tumba. Las luces estaban apagadas.
Helena tanteó la pared en busca de un botón o interruptor.
El viento recorrió la oscuridad del pasillo, y el olor a polvo y descomposición la sobresaltó como si sintiera cerca de ella un aliento frío. Después, un gemido grave y cambiante hizo vibrar toda la casa.
Helena trastabilló hacia el exterior con el corazón golpeándole en la garganta.
Si se levantaban las nubes, habría más luz. Se acurrucó en el porche y aguardó. A través de la oscuridad que traía la lluvia, la casa que la rodeaba se le antojó una criatura descomunal en hibernación, enroscada sobre sí misma; incluso los pináculos parecían púas.
La lluvia no cesó. Al llegar el atardecer, el cielo se oscureció aún más. En ese momento de los ciclos lunares, hasta Lumitia, la luna más brillante, había menguado demasiado como para que su resplandor pudiera atravesar las nubes.
La luz que se escapaba por la puerta era más débil todavía.
Helena respiró hondo; ya había recorrido ese camino antes. Había unos escalones nada más entrar en la zona de sombras, y, si los encontraba, sabría cómo volver.
Solo eran sombras. No era el tanque, no era la nada. Solo sombras.
Vaciló bajo el marco de la puerta, y todo se tornó más oscuro. La poca luz exterior que quedaba empezó a extinguirse.
Helena sintió que ella también desaparecía a la misma velocidad que la luz. La atenazaba un terror agudo, como garras, pero se obligó a andar. Tropezó con una mesa, pero apenas sintió el dolor en la espinilla.
«Encuentra las escaleras».
«No es más que una casa».
Pero sentía que la oscuridad se la tragaba y la absorbía, que la eternidad la acechaba. Se agarró a la mesa con la que había tropezado, pero le temblaban tanto las manos que la madera empezó a crujir. Entonces algo cayó y se estrelló en el suelo.
«Respira. Solo respira».
Intentó respirar, pero el dolor le atravesó el pecho. El corazón le latía como desbocado, como un pájaro enjaulado, intentando liberarse de sus costillas.
Dio unos cuantos pasos más antes de que le fallaran las piernas. Se dejó caer y se acurrucó en el suelo; el parquet era duro como un hueso. Estaba desapareciendo en la nada otra vez. En aquella nada donde no podía moverse… ni gritar… y nunca venía nadie…
Alguien la agarró por los brazos y la levantó del suelo.
—¿Qué estás haciendo?
Helena parpadeó al verse cegada por una luz repentina. Frente a ella estaba Ferron, con una expresión furibunda.
Había encendido una lámpara de pared, un halo en la oscuridad que solo los iluminaba a ellos.
Helena lo miró a los ojos para olvidarse del océano negro que la rodeaba.
—Estaba… oscuro —consiguió decir.
—¿Qué?
Respiraba a tal velocidad que comenzó a marearse.
—¿Te da miedo la oscuridad? —Sus ojos plateados ardían, su voz estaba cargada de incredulidad.
Helena intentó zafarse. Prefería ahogarse en el pasillo que estar cerca de Ferron, pero él no la soltó, sino que la condujo escaleras arriba, que estaban a apenas unos pasos, y la arrastró hasta su habitación, sin dejar que volviera a caer al suelo.
—Tranquilízate —le espetó en cuanto estuvieron en aquella habitación reconocible para Helena.
Cerró la puerta de un portazo.
Helena se desplomó en la silla, se dobló sobre sí misma y acarició la tela. Los dedos aún le temblaban, el dolor le punzaba en los brazos, pero le daba igual. Necesitaba aferrarse a esas sensaciones tan reales y tangibles, no al abismo vacío donde solo existía su cuerpo.
Respiró aliviada y el aire penetró hasta el interior de sus pulmones.
Estaba en su habitación. La casa no la había engullido, porque en realidad las casas no engullían a las personas. Su mente empezó a despejarse, y el terror asfixiante se fue diluyendo poco a poco dejando espacio a la razón.
Casi era peor volver a pensar racionalmente y saber que sus miedos no tenían sentido. Pero no importaba. A la parte de sí misma que tenía miedo no le importaba ser racional.
—¿Qué es lo que te pasa?
Helena dio un respingo y levantó la vista.
Ferron seguía en la habitación. Al parecer se había quedado para interrogarla una vez que se le hubiera pasado la panofobia.
Ella esquivó su mirada.
—Si no me lo dices, te arrancaré la respuesta de la cabeza.
Helena se encogió. Solo de pensar en su resonancia le entraba pavor. Había zonas de su mente que todavía parecían magulladas, como si se hubieran derrumbado tras el paso de la transferencia.
Abrió la boca y notó que tenía la garganta seca.
—No me gustan los lugares en los que no veo nada.
—¿Desde cuándo? No he visto que aquí tengas siempre la luz encendida. ¿O es que estas sombras son diferentes?
Sintió cómo le subía el rubor por la nuca. Bajó la vista hacia los barrotes de hierro del suelo.
—Conozco esta habitación. Lo que me aterra son los lugares que no conozco, aquellos que no puedo ver dónde acaban. En el tanque de suspensión, por más que intentaba mirar más allá, solo había oscuridad y no podía sentir nada a mi alrededor, solo mi cuerpo, que flotaba, inmóvil. Era un sensación… interminable. Como si no estuviera en ningún lugar. Estuve… estuve allí mucho tiempo. Siempre pensando que alguien vendría, pero… —Sacudió la cabeza—. Cuando veo un lugar oscuro y no sé dónde acaba, siento como si fuera a desaparecer en su interior, pero que esta vez nunca me encontrarán.
Sonaba irracional. Era irracional, pero no podía evitarlo; había una grieta entre su razón y su mente, una falla que las separaba irremediablemente. A su mente no le importaba si el miedo que sentía tenía sentido o no; simplemente no quería volver a pasar por eso jamás.
Ferron estuvo en silencio tanto tiempo que, al final, fue Helena la que levantó la vista con una curiosidad morbosa. Sin embargo, él se mostraba impasible, como una estatua.
Era la primera vez que Helena se dignaba a mirarlo, a verlo tal como era y no por quién era.
La ropa que llevaba puesta lo ocultaba muy bien, pero estaba extrañamente delgado. Su complexión habitual no era la de un alquimista de hierro. Ni siquiera tenía el aspecto o la presencia de un alquimista de combate. No lograba imaginarlo con un arma pesada en la mano.
A excepción del brillo depredador en los ojos, sus rasgos eran demasiado delicados, como una estatua que se ha tallado en exceso.
Todo en él era esbelto y afilado.
—¿Sabes qué? —dijo Ferron, sacándola de sus pensamientos—. Cuando me dijeron que te traerían aquí, estaba deseando quebrar tu voluntad. —Negó con la cabeza—. Pero creo que será imposible superar lo que te has hecho a ti misma.