cap-2

Prólogo
Niñas y princesas

En esa habitación sin ventanas había un espejo y, en el cristal, una niña que se le parecía mucho. Era igual de alta que ella, tenía sus mismos ojos y la boca también idéntica. Cuando la abrió, en un esbozo de sonrisa, apreció que seguían faltándole los dientes frontales. Mamá le decía que tenía aspecto de pequeño vampiro para hacerla rabiar.

En cambio, el pelo era distinto. Mucho más negro, casi azulado, y lo llevaba suelto. Mamá siempre prefería recogérselo en una coleta, pero a Lucía le gustaba más así. Largo y lacio, con una diadema de color rosa ribeteada de florecitas blancas. «Una corona imperial», le había dicho la «reina» después de lavarle el cabello con un champú que olía muy raro. Un jabón mágico que convertía a las chiquillas normales en personajes de cuento.

«Ahora eres una princesa oriental, mi amor».

Y, por supuesto, ahora que había dejado de ser una niña cualquiera, una vez consumada su transformación, ya no podía tampoco llevar la ropa de antes. Debía empezar a acostumbrarse al tipo de vestidos que contemplaba en el espejo. «Me pica aquí», protestó cuando se lo pusieron a la vez que intentaba bajarse aquel trozo de tela rígida que se le adhería demasiado al cuello. Advirtió enseguida que sus objeciones no eran bien recibidas y optó por aguantarse. El vestido era bonito, sobre todo la falda, que le llegaba casi hasta los pies y flotaba si se ponía a dar vueltas. Antes lo habían hecho, las dos cogidas de las manos: giraban una y otra vez, más y más rápido, sin parar de reírse, hasta que Lucía cerró los ojos y se dejó caer al suelo.

Era lo último que recordaba. La merienda, la ducha en ese cuarto de baño en el que apenas cabían las dos, la sorpresa al ver que su pelo había cambiado de color, el traje blanco, el baile y ese mareo… Luego nada. La cama deshecha indicaba que había estado acostada allí hasta hacía unos minutos cuando se despertó y buscó a tientas una luz antes de levantarse.

En un gesto instintivo se alisó la pechera del vestido y palpó esas cositas ásperas que llevaba bordadas. «Son diamantes, mi cielo», le había dicho cuando ella preguntó. Lucía no se lo había creído del todo y ahora, al tocarlos de nuevo, uno se desprendió y pudo mirarlo más de cerca. No tenía ni idea de cómo eran los diamantes, pero incluso ella, con solo cinco años y medio, sabía que eso no era más que plástico.

De repente, le entraron ganas de hacer pis, así que se apartó del espejo y corrió hacia la puerta. Creía recordar que el cuarto de baño estaba al otro lado y sacudió la manija para abrir. Tardó unos segundos en comprender que estaba cerrada con llave y que, aunque tirase con todas sus fuerzas, no iba a servir de nada. Fue entonces cuando decidió golpear la puerta con los nudillos, primero con suavidad y luego, al ver que nadie le hacía caso, un poco más fuerte. Tampoco pasó nada. Si hubiera estado en su casa habría empezado a gritar; aquí, sin embargo, no se atrevía a hacerlo.

Apretó las piernas para no mojar el vestido. Estaba segura de que las princesas de Oriente no se lo hacían encima e iban luego por ahí con las bragas húmedas. No lo había visto en ningún cuento ni en ninguna película. Pero ella llevaba muy poco tiempo en su nuevo papel. Hasta entonces había sido solo una niña y las niñas hacían pipí cuando tenían ganas.

Examinó el cuarto con la mirada y, por fin, antes de hacérselo encima y ensuciarse entera, se le ocurrió que era mejor bajarse la ropa interior, sujetar bien alto aquella falda amplia y agacharse en un rincón del cuarto. Oyó el ruido del pis y vio el charco que se formaba a su alrededor con una sensación de vergüenza y desconsuelo.

Entonces, casi sin darse cuenta, se echó a llorar. No era un ataque de llanto furioso, como los que le daban a veces; no estaba enfadada ni se había caído. Tampoco le dolía nada. Las lágrimas fluían sin tregua ni consuelo mientras contemplaba el suelo mojado y maloliente. No sabía muy bien por qué lloraba, quizá por un vago temor a que alguien, en aquella nueva casa tan distinta a la suya, fuera a enfadarse. O porque en ese momento se sentía muy sola, como si el lugar estuviera vacío y todos se hubieran olvidado de ella.

Unos instantes después, se sorbió los mocos, se subió las bragas y se alejó de aquel rincón incriminatorio, poniendo mucho cuidado en no mojar los bajos de la falda. De camino a la cama volvió a pasar por delante del espejo. Vio los ojos llorosos y la cara sofocada y observó de nuevo ese cuello que cada vez le picaba más. Estaba a punto de despojarse de la diadema rosa, que también le apretaba un poco, cuando recordó otra cosa. Algo que había sucedido cuando ya estaba vestida de princesa mientras la que decía ser reina le peinaba la nueva melena oscura con un cepillo tan blanco como el vestido.

«¿Crees que a mi mamá le gustará este pelo?», había preguntado Lucía. Y justo después, notó un tirón fuerte, casi doloroso, que le hizo exhalar un gemido de queja.

«¿Qué te dije antes?».

Daba la impresión de esperar una respuesta y la niña, desconcertada, no supo a qué se refería. ¿Qué le había dicho cuándo? ¿Al salir de la clase de ballet? ¿Mientras corrían por la calle? ¿En el momento en que llegaron al piso y hablaron de la merienda?

«¿Ya no te acuerdas? —insistió, aunque en un tono más dulce, casi cariñoso—. Ay… Te lo voy a repetir, mi niña, porque es muy importante y no se te puede olvidar, ¿me oyes? Presta atención… A partir de ahora, tu mamá voy a ser yo».

PRIMERA PARTE

Barcelona

1

Existe una ley no escrita en el entorno policial que el subinspector Jarque se encarga de recalcar a todos los agentes a los que supervisa. No tiene nada que ver con procedimientos ni formularios, ni con el cuidado del arma. Guarda más relación con otra clase de supervivencia, así que siempre la deja para el final.

Una vez pasados los primeros días, mientras toman un café junto a la máquina, se inclina hacia ese nuevo o nueva mosso y, en voz baja, le comunica esa norma que no va a encontrar en ningún código de conducta y que, en resumidas cuentas, viene a ser la siguiente: «Nunca digas que hoy tienes prisa, nunca expreses en voz alta que has quedado justo a la salida de tu turno por algún motivo especial. Guárdate para ti que te hace ilusión. Es más, si puedes, convéncete de que no te importa demasiado, de que ese evento o cita no es tan estupendo, de que, en el fondo, incluso te da pereza. Porque si te atreves a manifestar tus expectativas, alguien se encargará de joderte los planes».

Siempre.

Por eso la mayoría de los polis acaban pareciendo unos sosos a ojos de sus amigos y familiares. No se trata de que hayan perdido el entusiasmo; lo que sucede es que tienen que fingir apatía para engañar a ese maldito duende que vive agazapado en las comisarías a la espera de encontrar a un iluso al que fastidiar el día.

Sin embargo, hoy no le ha quedado más remedio que saltarse su propio consejo porque las circunstancias lo han obligado a hacerlo. Y porque «enamorarse te vuelve imprudente», pensará más tarde cuando los efectos de haber quebrantado sus principios sean ya una realidad difícil de eludir.

Ese plan que David Jarque preferiría haber mantenido en secreto durante el día de hoy empezó a urdirse una noche, hace unas tres semanas, poco antes de que terminase el año. En la cama, que es donde se nos ocurren las ideas más atrevidas, y después de hacer el amor, que por cierto tampoco suele ser nuestro momento más lúcido. Lena se levantó para ir al cuarto de baño y él se quedó solo, haciendo esfuerzos por no dormirse ya que, con los años, había aprendido que podía interpretarse como algo bastante desconsiderado aunque, en el fondo, no entendía muy bien por qué. Cuando acabas de acostarte con tu pareja, sueles sentirte absolutamente relajado y tienes la mente casi en blanco, lista para dejarse atrapar por el sueño después de un día duro y de un rato de placer compartido.

Fue entonces cuando, mientras luchaba contra la tentación de cerrar los ojos, recordó que el cumpleaños de Lena era a principios de enero, dos días después de Reyes, así como también una conversación que habían mantenido meses atrás.

Ella solía mostrarse muy reservada sobre su infancia. Después de casi dos años de relación, él apenas sabía mucho más que al principio: la muerte de sus padres en un accidente cuando Lena tenía ocho o nueve años; el traslado a la casa de su abuela, una mujer más agotada que cariñosa, incapaz de satisfacer las necesidades de una niña… No le extrañaba que no le gustara evocar aquella época y se irritara bastante si alguien intentaba ahondar en ella, así que él se aguantaba la curiosidad y no lo hacía. A veces, sin embargo, era la propia Lena quien dejaba escapar algún comentario de manera espontánea.

«¿No te parece ridículo organizar toda una fiesta de graduación para niños de seis años?», había dicho en tono condescendiente delante de la tele mientras cenaban. El verano acababa de empezar y en la pantalla aparecían unos críos vestidos como si fueran a asistir a una gala nocturna. «¿De verdad hay que celebrarlo todo? Los primeros años que viví con mi abuela echaba de menos las fiestas de cumpleaños, pero esto me parece excesivo».

Y Jarque, que había sido un chaval eminentemente feliz y había disfrutado de ese bienestar propio de una típica familia de clase media baja de los años setenta, sintió un ligero pellizco en algún órgano interno, aunque procuró que no se le notara. Había descubierto que Lena podía enfadarse de verdad si percibía en él algo parecido a la compasión. Además, ya habían discutido un par de días atrás a propósito de la última emisión del podcast que ella producía y presentaba desde hacía unos meses. Se trataba de un nuevo proyecto al que se entregaba con el mismo celo que ponía en todo su espectro profesional y que, poco a poco, había ido ganando tantos fans como haters. A David Jarque le preocupaban menos estos últimos, porque los malditos elogios de los otros alentaban una deriva que le parecía peligrosa. Lo último que necesitaba Lena era exponerse más.

Pero esa noche estaban cenando con los dos hijos de él, como venía siendo habitual en los últimos tiempos, y Teo, el más joven, plantó la pregunta en el aire sin pensar: «¿Y por qué no tenías fiestas de cumpleaños?».

La mirada de su hermano mayor debió de ser significativa porque el chaval, de catorce años, añadió:

«¿Qué pasa? Lo ha dicho ella misma».

Antes de que empezara una de esas discusiones fraternales que podían convertir la cena en un campo de batalla, Lena intervino:

«No pasa nada, Álex. Teo tiene razón, lo acabo de decir yo. Sé que suena raro… Supongo que a mi abuela no le gustaban mucho las fiestas. No estaba de humor para que se le llenara la casa de niñas montando jaleo. Pero siempre me hacía un regalo, algo que yo quería de verdad, así que tampoco era tan trágico».

«Pero ¿ni siquiera había un pastel? ¿Ni velas?», insistió el adolescente dando a entender que en eso consistía el momento cumbre de cualquier aniversario.

Lena se rio o fingió hacerlo.

«Yo era una niña gordita, ¿sabes? No me convenían mucho las tartas».

Como conocía a su hijo y sabía que no iba a darse por vencido, Jarque interrumpió a Teo y desvió la conversación hacia la dieta de los deportistas (la última obsesión del chico) y a los resultados del Barça del fin de semana anterior, un recurso que siempre funcionaba. Lena le guiñó un ojo en señal de agradecimiento y no volvieron a hablar del tema hasta que se quedaron solos. Entonces, ya acostados, ella susurró: «Lo del regalo era mentira, ¿sabes? Se lo he dicho a Teo para que no insistiera. Mi abuela nunca se preocupó de esas cosas». Luego cerró los ojos, como si no quisiera seguir hablando, y Jarque notó que lo invadía una súbita furia. Una rabia retrospectiva hacia una anciana amargada y negligente.

No había vuelto a pensar en ello hasta esa noche, tres semanas atrás, en la que, tumbado en la cama y luchando contra el sueño, su mente se despejó y empezó a idear ese plan que hoy está a punto de malograrse.

Faltan veinte minutos para que termine el turno del viernes 12 de enero, un día que no ha sido especialmente movido. Reuniones, seguimiento de casos, llamadas de teléfono… Se siente un poco infantil por ir mirando el reloj a cada rato. Antes de las siete de la tarde tiene que salir disparado con las dos maletas pequeñas que se ha traído a comisaría (un equipaje de fin de semana que preparó la noche anterior aprovechando que Lena no dormía en su casa) y que han sido las causantes de que haya tenido que desvelar sus planes: ir a recogerla en un taxi y llevarla por sorpresa al aeropuerto. A las 21.20 despega el vuelo hacia Viena, una ciudad que ella siempre ha querido visitar. Primero pensó en organizarle una fiesta sorpresa. Después de sopesarlo, optó por un plan distinto y decidió que a ella le haría más ilusión pasar un fin de semana solos. Y la verdad sea dicha, a él también. Se lo merecen. Llevan un par de años muy duros: el 2022 terminó con los crímenes de los Pirineos y la huida del cabrón del Verdugo por un lado; por otro, la enfermedad de Alicia, su exmujer, que los ha obligado a pasar más tiempo con los chicos.

Lena se ha adaptado a esto último, ¡cómo no!, pero el subinspector es consciente de que alguien como ella, que tiende más a la soledad, se pueda sentir a veces algo abrumada por esa familia que le ha caído encima. Dos adolescentes de humor errático y un padre que hace lo que puede para repartir el tiempo entre sus obligaciones laborales y familiares, entre su vida anterior y la relación que acaba de empezar. Por suerte, a lo largo del 2023, su exmujer ha mejorado mucho. La palabra cáncer comenzó a perder su poder aterrador a medida que el tratamiento se fue revelando eficaz. Y, por otro lado, la amenaza que pesa sobre Lena, la misma que los aterró después de la inesperada fuga de Charles Bodman, también ha ido mitigando su intensidad durante los últimos doce meses. No es que Jarque esté tranquilo al respecto. El miedo, tanto el suyo como el de su pareja, es una emoción que ambos prefieren mantener a raya.

A veces, él tiene la impresión de que Lena ha cambiado en estos últimos tiempos. Están bien juntos, sí, pero en su visión del mundo hay un punto más escéptico, un matiz áspero que él achaca a un temor que ella se niega a admitir. Muchas noches, cuando Lena se empeña en irse a dormir a su casa, siempre por alguna razón práctica y comprensible, Jarque tiene la impresión de que existen muchos detalles sobre sí misma que la criminóloga y autora de varios libros de éxito prefiere no revelar. Igual que tendía a esconder esos temores que la asediaban y que se recrudecieron hace poco más de un año con la espectacular fuga de Charlie Bodman, el Verdugo.

Resulta casi incomprensible que ese hombre lograra organizar desde la cárcel el plan que lo llevó a la libertad, y más todavía su aparente desaparición de la faz de la tierra. A estas alturas, no existe la menor pista del paradero de Charles Bodman, el asesino en serie que ejecutó a seis personas entre el 2020 y el 2021 y que estuvo a punto de convertir a Lena en su séptima víctima. Jarque sabe que no estará del todo tranquilo hasta que Bodman vuelva al lugar donde debe estar. Y no alberga la menor duda de que a Lena le sucede lo mismo, por mucho que se empeñe en fingir que no es así. Durante todo el año pasado insistió en que no estaba dispuesta a vivir escondida. La primera vez que anunció que pasaría la noche sola en su propio piso, el subinspector se alarmó y contuvo las ganas de impedírselo porque sabía que eso solo la reafirmaría aún más en su decisión.

«Es absurdo pensar que podéis protegerme a todas horas —le dijo ella al verle la cara—. Viajo a Madrid, me muevo por la ciudad, aparezco en los medios. Si ese individuo estuviera por aquí y hubiera querido venir a por mí, lo habría hecho ya. No puedo vivir enclaustrada hasta que lo encontréis, ¿no crees? Además, no me da la gana. No fui yo quien hizo algo malo, ni tampoco quien dejó escapar a un psicópata peligroso».

Él percibió el reproche que subyacía detrás de aquellas palabras. Lo habían atrapado, lo habían perdido y ahora era a ella a quien se le exigía cambiar de hábitos. Claro que era injusto… Pero la prudencia y la justicia no siempre van de la mano. Él no puede evitar preocuparse y tenerla cerca disminuye la angustia. Sin que ella lo supiera, puso vigilancia en el piso de la calle Manso para las noches en que Lena dormía allí sola. Sin embargo, ese empeño ha empezado a chocar con la burocracia policial: a estas alturas, cuando el año 2024 acaba de empezar, existe una sospecha más que razonable de que Charles Bodman se encuentre fuera del país.

Sin embargo, el instinto de Jarque le lleva a seguir preocupándose. En su interior está convencido de que la historia no ha terminado aún. Incluso así, no pudo negar la evidencia cuando, hace apenas un par de meses, el caso se cerró provisionalmente con un señalamiento internacional. Charles Bodman estaba ahora en las bases de todos los archivos policiales. Tenían sus huellas y su ADN. Si cometía el más ligero error, si se veía envuelto en cualquier actividad sospechosa y era detenido, el sistema revelaría su pasado criminal dondequiera que estuviese. Existía otra posibilidad, claro. La de que el Verdugo lograse pasar desapercibido en cualquier rincón del planeta, que evitara meterse en líos… En ese caso, por frustrante que resultara, podría vivir tranquilamente hasta el fin de sus malditos días.

—¿Aún sigues aquí? —La sargento Cristina Mayo tiene la costumbre de llamar a la puerta de su despacho al mismo tiempo que la abre—. Pensaba que ya estarías rumbo a Venecia.

—Viena —la corrige él.

—¿Viena? Pues Venecia es mucho más romántico para una escapada, que lo sepas. Y la comida es mejor. ¿Qué coño hay en Viena en enero, aparte de un frío polar? ¿Tartas sacher? Anda, vete ya antes de que el jefe monte una reunión sorpresa.

—¿Un viernes por la tarde? Velasco se fue hace horas… —dice Jarque con una media sonrisa—. Aunque tienes razón, mejor ir tirando antes de que suene el te…

El subinspector no logra terminar la frase, si bien no es el timbre del teléfono lo que lo interrumpe, sino la voz de un hombre que exige algo a gritos.

—Ni te muevas —le indica la sargento—. Estrada y yo nos ocuparemos de esto.

Antes de que pueda cumplir su propósito, un agente aparece en la puerta. Es joven, uno de los nuevos, y no ha aprendido aún a disimular la inquietud.

—¿Qué pasa? —pregunta la sargento—. ¿A qué vienen esas voces?

—Hay un hombre muy alterado. Dice que su hija ha desaparecido.

—¿Otra adolescente cabreada? Cada fin de semana tenemos unos cuantos que se marchan de casa si no los dejan salir.

—Negativo, sargento. La niña tiene cinco años. Y hace veinticuatro horas que nadie sabe nada de ella. Desde las siete de la tarde de ayer.

Jarque no puede evitar el sobresalto. Ni la preocupación repentina. Las denuncias de menores desaparecidos no son frecuentes, afortunadamente, pero siempre generan alarma.

—Ha venido el padre a poner la denuncia. Está muy nervioso.

El subinspector no quiere mirar el reloj, ni tampoco las maletas que esperan en un rincón del despacho. Sabe que podría dejar el caso en manos de cualquiera de sus subordinados; que en realidad son ellos quienes deberían ocuparse de la denuncia. Pero también es consciente, porque se conoce bien a sí mismo, de que no será capaz de marcharse sin saber algo más del tema.

2

La historia del viaje sorpresa se le escapó a Teo el mismo día del cumpleaños de Lena, mientras esperaban a Jarque para cenar todos juntos, y ella le juró que se esforzaría por aparentar el más absoluto de los asombros cuando llegara el viernes. «Actuaré como si me fuera un Oscar en ello», le aseguró. Así que ahora está sentada en el sofá de su casa, expectante, intentando no ponerse nerviosa al ver que el tiempo avanza y que esa salida de fin de semana no da señales de empezar.

Cuarenta y tres años. Una cifra poco memorable, anodina incluso. Y sin embargo, desde que se enteró de lo que planeaba David, la ilusión por el cumpleaños ha ido creciendo. Le da lo mismo marcharse a Viena que a cualquier otro lado; de hecho, habría servido una excursión en coche a un pueblecito con buenas vistas. Solo quiere pasar dos días con él, sin discusiones con los chicos, sin llamadas de la comisaría, sin verlo deprimido porque acaba de visitar a Alicia y no soporta los estragos que el tratamiento está causando en ella. Resulta difícil hacerse un hueco en la vida de alguien como David. En parte, ella lo quiere precisamente por eso: porque es un tipo incansable, un todoterreno que saca tiempo de debajo de las piedras para atender a quien lo necesite. Por otra parte, a su lado más egoísta le encantaría acapararlo, al menos un poco, sin tener que compartirlo con un trabajo exigente y una familia complicada. Esto último fue lo que más le costó al principio, sobre todo después de una vida solitaria como la suya. Aunque de pequeña había envidiado esos hogares bulliciosos llenos de hermanos, padres, tíos y abuelos, con el tiempo había ido acostumbrándose a moverse sola. En un día como hoy, por ejemplo, ella ya estaría en el aeropuerto en lugar de ir cambiando de postura en el sofá mientras tontea con el móvil a la espera de una llamada. Claro que, sin Jarque, en un día como hoy tampoco habría existido ninguna ilusión por emprender ese viaje.

Lo que sí le llega es un email de su editor en el que le propone una cena juntos la próxima semana. Lena sonríe un poco al pensar que está rodeada de hombres incansables… y al mismo tiempo tercos. Lucas Soldevila, el editor de todos sus libros, lleva semanas insistiendo en cerrar el tema de su siguiente obra. Hasta ahora, nunca habían tenido problemas con eso porque ella había aceptado dócilmente el consejo experto del profesional. En esta ocasión, en cambio, les está costando ponerse de acuerdo y es lo bastante sincera como para admitir que, en efecto, es por culpa de ella.

Por un lado, el libro sobre el Verdugo estaba casi descartado mientras el psicópata protagonista continuase en busca y captura. Lucas lo aceptó a regañadientes ya que, según él, el tema iría pasando de moda y era una pena no aprovecharlo mientras los efectos de sus asesinatos y de su fuga seguían candentes. Pero en esto Lena estaba casi decidida a acatar la opinión policial. Escribir sobre el caso de Charles Bodman sabiendo que seguía en libertad le parecía un riesgo innecesario. Jarque había pasado de la objeción indignada a una especie de súplica, y la mezcla de ambos tonos, unida al sentido común de Lena, tenía todos los visos de prevalecer.

A partir de esa decisión, ella y Lucas habían iniciado un largo tira y afloja a propósito de «lo que el público demanda» y «lo que a mí me apetece escribir». Después de Jóvenes asesinos, que había cosechado un éxito espectacular para una obra de sus características, su editor se inclinaba por seguir ese camino: novelizar casos reales, esta vez bajo el lema de Mujeres y venenos, algo que a ella le da bastante pereza. No tanto porque no le interese el asunto ni porque le falte material, pues se trata de un proyecto sencillo que podría resolver con unos pocos meses de esfuerzo. Lo que le sucede es que su atención lleva tiempo focalizada en otra historia, una que, todo hay que decirlo, empieza a resultar frustrante.

Desde que oyó hablar de los Hijos de Judas cuando estaba en el Pirineo investigando el asesinato de Marta Folguera, Lena no ha dejado de pensar en ese grupo, o culto, o secta, o lo que sea. Casi un año después, sin embargo, puede afirmar que sus avances se reducen a un archivo de Word de apenas treinta páginas que redactó meses atrás con los pocos datos que había recabado sobre ellos. De entrada a Lucas Soldevila le pareció interesante, pero se desanimó en cuanto vio que no se producía el menor progreso y que el texto seguía congelado en unas siete mil quinientas palabras. Le preocupaba, además, que no pudieran probar la existencia de ese grupo y que, por tanto, el prestigio profesional de Lena terminara relacionándose con otros mucho más banales.

Ese es un punto que ella no puede negarle. Empezando por el nombre, los Hijos de Judas, que evoca algo medio esotérico, un colectivo de fanáticos en busca del Grial o algo parecido. Ella, sin embargo, está convencida de que son otra cosa muy distinta: un grupo organizado y poderoso, solvente desde un punto de vista económico, capaz de atraer a personas brillantes y ambiciosas. «Están por todas partes», escribió en su documento al volver del valle de Boí, donde el nombre de la secta había aparecido asociado a los asesinatos de varios adolescentes y de un detective privado. Aquel caso se cerró, y, a pesar de que ella insistió en responsabilizar a los Hijos de Judas, el culpable confeso, que seguía vivo, se había encerrado en un mutismo absoluto. Su cómplice había muerto en un accidente que, en opinión de Lena, pretendía enmascarar un suicidio.

Lena no podía reprochar a las familias del valle que no quisieran seguir ahondando en un asunto tan doloroso, y lo mismo podía decirse de los Folguera, quienes, después de abonarle la generosa cantidad de dinero prometida, se habían negado a volver a recibirla. Hasta donde ella sabía, habían optado por marcharse del país con su nieto, el reencontrado Daniel. Lo que sí lamentaba era la impunidad de aquellos a quienes ella consideraba instigadores de esos asesinatos… Lo peor de todo era que esa información, los datos sobre aquella secta, la había obtenido a través de alguien tan poco fiable como Charlie Bodman. El Verdugo se había puesto en contacto con ella a través del mismo teléfono que ahora tiene en la mano. La lógica, por tanto, llevaría a desconfiar de cualquier dato que procediera de un tipo que había intentado matarla. De un individuo que, ella no albergaba la menor duda al respecto, la aborrecía con todas sus fuerzas.

Deja el teléfono en el sofá porque, en un día como hoy, lo último que quiere es pensar en amenazas incontrolables. La idea de que Charles Bodman esté en libertad la perturba mucho más de lo que suele dejar entrever. De hecho, a veces, cuando camina sola por el aparcamiento o cuando se queda en la universidad trabajando hasta tarde, la turbación se convierte en pánico. Incluso en su casa, como ahora, no logra sentirse del todo tranquila. Ha conseguido mantener a raya algunas de las fobias repentinas que aparecieron antes de irse a los Pirineos. El insomnio, en cambio, se mantiene. Las pesadillas también, aunque con menos frecuencia. Podría evitarlo si se instalara definitivamente en casa de Jarque, eso lo sabe, pero no le parece justo ni razonable. Y, de hecho, ni siquiera seguro: no hay ninguna razón para que el Verdugo la ataque de noche. Podría hacerlo en cualquier momento y en cualquier lugar. Dormir mejor o disfrutar de una vida más relajada solo sería un placebo, una manera de engañarse a sí misma. El insomnio y el temor le recuerdan que debe estar alerta, que existe alguien ahí afuera con ganas de hacerle daño. Alguien que, por desesperante que parezca, se ha esfumado sin dejar el menor rastro.

El teléfono suena en el momento más oportuno y Lena hace el esfuerzo de disipar las imágenes oscuras que habían empezado a colarse en su mente. Pensando que es David desde la comisaría, respira hondo en un esfuerzo por disimular todo lo que sabe y responde sin mirar quién la está llamando.

—¿Hola? —dice una voz masculina—. ¿Hablo con la doctora Lena Mayoral?

Desconcertada, tarda unos segundos en reaccionar.

—Sí.

—Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos. Soy Imanol. Supongo que te acuerdas de mí.

A estas alturas, ella ya lo ha reconocido por la voz. Un timbre serio, profundo y atractivo que la transporta a bastantes años atrás. A su época universitaria, al año del máster en Criminología que cursó en Madrid antes de marcharse a estudiar a Estados Unidos. Imanol Vázquez de Garai, «con i latina, por favor», en esos años profesor adjunto de Psicología social y experto en terapia de grupo.

—Me acuerdo —admite ella, aunque alguien más perceptivo inferiría, por su tono seco, que no es precisamente un recuerdo agradable.

—Hace tiempo que quería felicitarte por tus logros. Te has convertido en una criminóloga brillante… y famosa.

—Tuve buenos maestros. —Lo dice sin pensar, por educación, y porque es lo primero que se le ocurre, aunque está tentada de añadir que él no se cuenta entre ellos.

—Siempre tan correcta. Veo que la fama no se te ha subido a la cabeza. Me alegro.

Lena no sabría decir si su interlocutor está siendo irónico o si realmente piensa eso de ella. Tampoco entiende muy bien por qué su opinión aún le suscita algún interés.

—Imanol, disculpa, me pillas en un mal momento. Estoy a punto de salir de viaje. Si solo querías charlar, tal vez podríamos hacerlo la semana que viene…

—Claro. Perdona, no quería molestarte. Te llamo el lunes, ¿de acuerdo? Hay un tema del que me gustaría hablar contigo. Un asunto profesional —añade—. Estoy seguro de que te interesará.

Ella casi puede ver su media sonrisa, la misma que le asomaba en la cama cuando llegaba el momento de la despedida. Aunque han pasado muchos años, habría sabido dibujarla a la perfección. Era un gesto que pretendía buscar tu complicidad a la vez que expresaba que se le había acabado el tiempo que tenía adjudicado para ti.

—Vale. Pues hasta el…

Se da cuenta de que él ha colgado y de que eso la ofende más de la cuenta. Todo junto. Es una sensación incómoda, la constatación de que, una vez más, a pesar del tiempo transcurrido, Imanol sigue diciendo siempre la última palabra.

Son las ocho menos cuarto. Aunque Lena no conoce al detalle los planes del viaje, empieza a impacientarse de verdad. Intuye que Jarque debería estar allí ya, aunque ahora mismo agradece que esté tardando un poco más. Al parecer, el ahora doctor Vázquez de Garai mantiene incólume su capacidad de irritarla.

3

Las maletas siguen intactas en un rincón del despacho. Hace un rato que Jarque ni siquiera las mira, ya que toda su atención está puesta en el hombre que tiene sentado al otro lado de la mesa y que, una vez superados los primeros instantes de alboroto, ha pasado a un estado de calma tensa. Su nombre es Santiago Yelmo, tiene treinta y tres años, y ha venido a denunciar la supuesta desaparición de su hija, Lucía, de cinco y medio.

Hay algo atractivo en él, una adolescencia que se resiste a esfumarse. Ni siquiera un par de canas en el pelo frondoso, de un castaño oscuro, rizado en la frente y muy corto por los lados, consiguen envejecerlo. Eso se debe, en parte, a una delgadez francamente juvenil, a un rostro afeitadísimo, casi imberbe, y quizá también a la ropa: una sudadera con capucha que asoma por encima de una americana amplia de un bonito color azul marino, vaqueros también oscuros y zapatillas de deporte. Las gafas de pasta negra y fina lo favorecen: consiguen darle un aire intelectual y moderno a la vez. «Periodista o profesor de secundaria», especula Jarque, aunque pronto descubre que se equivoca porque, a poco de comenzar la conversación, el hombre que tiene delante comenta de pasada a qué se dedica y su profesión no tiene nada que ver con la docencia o las letras. Santiago Yelmo Falcó es pediatra en el Hospital de San Juan de Dios y además tiene una consulta particular en el barrio de Gracia, no muy lejos de la plaza Lesseps, junto a otros dos profesionales: un psicólogo infantil y una neuropediatra.

—Los viernes por la tarde no visito —acaba de decir, como si tuviera que justificarse por no haber estado trabajando—, así que me he quedado en casa hasta las cinco, la hora de ir a recoger a Lucía al colegio.

El subinspector lleva ya un rato intentando poner orden en la declaración de Santiago Yelmo porque el hombre estaba tan alterado a su llegada que parecía incapaz de transmitir una secuencia comprensible de los hechos. De momento, lo único que Jarque ha logrado sacar en claro es que Lucía Yelmo no estaba en el colegio cuando su padre fue a buscarla por la tarde y que, al parecer, el día anterior se había producido un malentendido que complicaba en gran medida las cosas.

—Señor Yelmo, si es tan amable, me gustaría regresar al día de ayer. Necesitamos hacernos una imagen clara de lo sucedido.

—¡Ya se lo he explicado! A usted aquí, en este despacho, y antes a la agente que he encontrado en la puerta. ¿No creen que deberían empezar a ponerse en marcha en lugar de pedirme que repita lo mismo una y otra vez? ¡Son casi las nueve de la noche y seguimos estancados en este punto!

Por un extraño efecto, la delgadez del hombre se hace más evidente cuando levanta la voz. Su cuello se ve más largo, más fino, y los gestos nerviosos de los brazos dejan a la vista unas muñecas frágiles que contrastan con las manos, anchas y fuertes.

—Le aseguro que ya estamos en ello —dice Jarque en el mismo tono conciliador que, hasta ahora, ha logrado serenar a su interlocutor—. Pero nos sería muy útil un relato completo de los hechos, empezando por el principio. Lo que nos ha contado hasta ahora resulta un poco confuso.

Santiago Yelmo toma aire y por un momento da la impresión de que va a seguir enfadado. Luego se tranquiliza de nuevo: exhala un suspiro profundo y se pasa la mano por el pelo.

—De acuerdo. Sí. —Esboza una media sonrisa cansada—. Es lo que siempre les digo a los padres cuando traen a un crío de urgencias. Que me cuenten lo que ha pasado ordenadamente… Ahora entiendo lo que les cuesta.

—Perfecto. Vayamos paso a paso. Usted y su pareja, Raquel Egea Marín, están separados desde principios del verano, ¿es así?

—Me mudé después del verano, pero la separación ya era un hecho desde hacía meses.

—Y, por el momento, no existe ningún convenio que regule la custodia de su hija. Quiero decir que se van organizando entre los dos en función de las semanas, ¿lo he entendido bien?

—Exacto. —Santiago Yelmo se sube las gafas y se rasca con fuerza la frente, justo en el nacimiento del cabello—. No es precisamente una separación amistosa, ni mucho menos. Las cosas son… complicadas.

Jarque asiente. Por lo que ha deducido, las cosas son tan complicadas que ambos se han pasado veinticuatro horas sin preguntarse cuál de los dos tenía a la niña. Hace un esfuerzo para contener la impaciencia y la tendencia a juzgar al prójimo porque no es el momento de hacerlo. Y porque lo más probable es que el hombre que tiene delante ya se esté juzgando a sí mismo con total severidad.

—Vuelva a contarme qué pasó ayer.

El pediatra parece avergonzado, quizá porque exponer los hechos, uno tras otro, no contribuye a dejarlo en el mejor lugar.

—Vale, lo haré de nuevo. Como le he dicho, desde que empezó el colegio, en septiembre, Raquel y yo llegamos a una especie de acuerdo en relación con Lucía. Los jueves por la tarde yo la recojo de ballet y me la llevo a casa, a veces hasta el sábado por la noche, a veces hasta el domingo por la mañana. No me importa pasar los fines de semana con ella, pero Raquel prefiere que se la devuelva el sábado.

Jarque revisa sus notas previas. La dirección de la escuela de ballet infantil está subrayada varias veces. Es allí donde vieron a Lucía Yelmo por última vez.

—Pero ayer jueves no fue así…

—¡Tenía un congreso en Valencia! El tren no llegaba hasta las diez, así que le pedí a mi madre que se ocupara de ir a buscarla y que se la llevara con ella. Siempre se queja de que apenas ve a la niña… y es verdad. Los abuelos acaban sufriendo más de la cuenta en estas situaciones.

Jarque asiente de nuevo, alentándolo a seguir. Se acercan a lo más peliagudo de la cuestión.

—Sobre las seis de la tarde, Raquel me llamó para explicarme que Lucía había tenido problemas de estómago y que tuviese cuidado con lo que cenaba. Entonces le comenté que se lo diría a mi madre porque yo estaba fuera… y, bueno, ella se enfureció.

—¿No se lleva bien con la abuela de la niña?

Yelmo sofoca un suspiro.

—No, nunca se han entendido. Son dos mujeres de mucho carácter… Pero no es eso. —Hace una pausa, como si no supiera por dónde seguir—. Verá, yo tengo otra relación. Mi pareja actual trabaja en el extranjero y Raquel intuyó que ayer estaba en Barcelona. Y que esa era la causa de que yo prefiriera que Lucía durmiera en casa de mi madre por una noche.

—¿Lo cual era cierto? —pregunta el subinspector y obtiene un asentimiento de cabeza por respuesta.

—Nos vemos muy poco, de momento. Aún tenemos que organizarnos. Ella… ella pasaba la noche de ayer aquí, su vuelo salía esta mañana temprano. Entre sus obligaciones y las mías, apenas encontramos tiempo para estar juntos. ¿Qué quiere que le diga? ¡Pues sí! Me apetecía estar con ella y, la verdad, no comprendo por qué tengo que sentirme culpable por eso.

Jarque no tiene especial interés en los sentimientos de culpa de ese hombre ni en sus líos amorosos. Lo que le interesa es otra cosa.

—¿Y cómo acabó la conversación con su ex?

Yelmo se sonroja, y eso lo muestra más vulnerable.

—Pues al parecer ella y yo tenemos versiones distintas. Yo estaba seguro de que Raquel, después de soltarme un par de indirectas mordaces, me había dicho que «me dedicara a follar tranquilamente», que ya iría ella a recoger a la niña y se la llevaría a su casa, que yo podía ir a buscarla hoy al colegio. Ella, en cambio, afirma que en ningún momento se ofreció a quedarse con Lucía. No lo sé… Le juro que eso fue lo que entendí. Por eso llamé a mi madre y le conté el cambio de planes.

—A ver si lo comprendo. Según usted, la niña habría pasado la noche de ayer con su ex, y para ella lo había hecho en casa de su madre. ¿Es así?

Santiago Yelmo parece aliviado. Ese es el resumen, sucinto y claro, de la cuestión.

—Sí. Mi madre se llevó un disgusto, pero, siguiendo mis instrucciones, no fue a buscarla. Si hay algo que prefiero evitar es que se encuentren… sobre todo delante de la niña. No le hace ningún bien presenciar peleas familiares.

—Lo comprendo. Así que hoy ha ido a buscar a su hija…

—¡Sí! —A pesar de sus buenos propósitos, está claro que la paciencia no es el punto fuerte de Santiago Yelmo—. Joder, perdone, subinspector, es que se lo he repetido ya varias veces. Lucía no estaba y la maestra me ha dicho que no había asistido a clase. Como la niña llevaba unos días con el estómago revuelto, había achacado su ausencia a eso. A continuación, he llamado a Raquel, claro. Al principio no me respondía. Siempre hace lo mismo, me obliga a insistir varias veces antes de atenderme… Pero por fin me ha cogido el teléfono. Y ha sido entonces cuando hemos empezado a preocuparnos: ella ha llamado a la escuela de danza, pero allí nadie ha podido darle ninguna información. ¡Es increíble! Esas tías no tenían ni idea de con quién se había ido la niña.

Jarque intenta suprimir el comentario que pugna por salir: «Ni esas tías, ni sus propios padres…».

—¿Y dónde está ahora su exmujer?

Santiago Yelmo desvía la mirada y acaba por encogerse de hombros.

—No lo sé. Lo último que ha hecho ha sido insultarme por teléfono y colgar después de que yo le dijera que venía hacia aquí. Podría aparecer en cualquier momento, o quizá le ha dado por alarmar a todo el colegio o montar un sacramental en la escuela de danza. Quizá incluso haya ido a discutir con mi madre. Raquel es… ¿cómo le diría? Bastante imprevisible.

Imprevisible o no, piensa Jarque, lo que es obvio es que una niña de cinco años no se marchó sola, así que alguien tuvo que ir a buscarla. Alguien que no la ha devuelto con los suyos.

—¿Tanto como para que todo esto sea un castigo? ¿Una forma de darle un susto? —pregunta entonces con voz alta y clara.

Por la expresión que adivina en los ojos de él, Jarque se da cuenta de que no encuentra del todo descabellado lo que acaba de oír, pero las palabras que dice a continuación lo desmienten.

—Esta vez no. Raquel puede ser muy intensa y, sin duda, no ha encajado bien toda mi historia con Gemma y la separación, pero hoy estaba francamente histérica. No tiene ni idea de dónde está la niña. Ni yo tampoco.

—¿Le importa darme el teléfono y la dirección de su exesposa? —pregunta el subinspector—. Y también los de su madre.

Santiago Yelmo mira el móvil.

—Ahora le anoto los datos de mi madre. Y a Raquel podrá preguntarle lo que quiera enseguida. Me dice en un mensaje que viene hacia aquí.

Mientras sale del despacho para mantener una breve reunión privada con sus sargentos, Jarque se pregunta si todo este asunto acabará siendo solo eso, una lección ejemplar en medio de una separación turbulenta. Diga lo que diga Yelmo, no sería la primera vez. Ya sean hombres o mujeres, los divorcios con niños llevan a adultos funcionales a comportarse como dementes vengadores. Es algo que no parece cambiar con el transcurso del tiempo, sobre todo en los primeros meses de la ruptura y más si hay cuernos de por medio.

Ojalá sea eso, piensa. Ojalá Lucía esté con su madre mientras esta disfruta de haberle dado su merecido. Por irritante que eso resulte, la alternativa de que una niña de cinco años esté ahora en manos de algún desconocido es muchísimo peor. Porque en ese caso estarían hablando de que han pasado veinticuatro horas desde que se perdió el rastro. Y, en ese lapso de tiempo, podría haber sucedido cualquier cosa.

4

Esperar algo que en teoría era una sorpresa empieza a resultarle ridículo, sobre todo porque el hijo de Jarque podría haberse confundido. Tal vez el viaje sea mañana y ella esté ahora perdiendo el tiempo, más nerviosa de lo que le gustaría y, para ser sincera, también un poco malhumorada.

A esa impaciencia, un rasgo de su personalidad que ella conoce de sobra, se le une otra sensación, también incómoda y mucho más reciente. Antes, en una especie de vida anterior —antes del Verdugo, de su relación con Jarque, de convertirse en una escritora de éxito y en la criminóloga más popular del país—, ese piso era su refugio, un hogar a su medida. Al principio no había sido fácil salir adelante, pagar las cuotas de la hipoteca había supuesto un sacrificio para una profesional que vivía sola y no contaba con ahorros o herencias familiares. Aunque resulte irónico, una vez liquidada gracias a la recompensa de los Folguera, ahora que este espacio es solo de ella y no del banco, no termina de sentirse a gusto en él.

Por mucho que le haya costado acostumbrarse, y aun cuando en ocasiones su cerebro necesita el aislamiento, no puede negar que el lugar donde había vivido tranquilamente hasta hacía un par de años se ha vuelto frío, un cascarón vacío. Le fastidia admitir que echa de menos el trajín de un piso habitado por un hombre y dos hijos adolescentes: sus enfados, las broncas, las risas, la camaradería de la que, a veces, se siente excluida o, siendo sincera consigo misma, de la que se aparta voluntariamente porque intuye que es un círculo que necesita permanecer así. Es difícil mantenerse al margen y al mismo tiempo transmitir el mensaje de que pueden contar con ella si la necesitan. Jarque lo sabe, al menos Lena espera que así sea; pero con los chicos todavía tiene dudas. Ella ha intentado no imponer su presencia ni su criterio, ser una sombra amable que solo interviene cuando se requiere su opinión, y, en esos casos, desempeñar un papel conciliador que no es sencillo ni demasiado agradecido, pero que, con el tiempo, ha ido dando sus frutos. En realidad, nunca ha tenido ningún problema con Teo, el responsable de que ahora esté un tanto agobiada. Es un chico poco conflictivo, natural y espontáneo, que no da muchas vueltas a las cosas. Álex, el mayor, tiene una personalidad distinta, más retraída, casi desconfiada, y durante estos meses ella se ha sentido observada o, mejor dicho, evaluada por un crío de casi diecisiete años más bien inexpresivo. Alguien de quien nunca llegas a saber bien qué está pensando.

También es verdad que la enfermedad de su madre los ha puesto en una tesitura compleja, a pesar de que tanto Alicia como Jarque optaron desde el principio por exponer la situación de manera clara y reservarse los momentos de mayor angustia para cuando los chavales no estuvieran presentes. Aun así, el ambiente de preocupación y tristeza era innegable y en ocasiones se traducía en peleas repentinas entre los dos hermanos, estallidos de nervios que Jarque intentaba apaciguar con aquella serenidad que ella había llegado a admirar tanto.

La misma calma que Lena necesitaría ahora y que, por vergonzoso que resulte, es incapaz siquiera de aparentar. Ha mirado el teléfono móvil diez veces en los últimos minutos y se ha acercado a la ventana, que da a la calle, otras tantas. Por un momento, ha oído el eco de la voz de su abuela, recordándole que es mejor no esperar nada que vivir pendiente de posibles regalos. Siempre que se acuerda de esa anciana la imagina convertida en un fantasma socarrón. «Intenté enseñarte a ser autosuficiente, niña, a no confiar en gratificaciones ajenas. A la vista está que no lo conseguí…».

Cree oír su risa, esa que en vida apenas llegó a escuchar dos o tres veces, y está por volver al sofá desde la ventana cuando llaman al timbre de la portería. El sonido agudo disipa cualquier presencia fantasmal y ella corre al interfono convencida de que se trata de Jarque que la apremiará a bajar diciéndole que tiene el taxi en la puerta.

—¿Lena Mayoral? —pregunta una voz masculina que no se parece en nada a la del subinspector—. Traigo un paquete.

Abre automáticamente, y al instante la invade el temor repentino de encontrarse con un extraño. Le sucede a veces. Se apodera de ella una sensación de parálisis casi física. Fue en ese piso, en la entrada, donde el Verdugo la secuestró para matarla. Ahora espera en el quicio de la puerta, con la mirada clavada en la escalera y los puños apretados, el corazón latiendo cada vez más deprisa y la conciencia de que, si tuviera que moverse, a sus piernas les costaría hacerlo.

Por fin el mensajero llega a su rellano, resoplando un poco por el esfuerzo de subir. La maldita luz de la escalera, que dura poquísimo, se apaga justo entonces y ella tarda unos instantes en reaccionar y pulsar el interruptor.

—¿La señora Lena Mayoral? —repite la voz de un hombre al que ahora mismo no logra identificar—. Esto es para usted.

Ante ella hay un varón de baja estatura del que, en realidad, solo ve las piernas. En las manos lleva un ramo de rosas tan grande que casi parece flotar en el aire.

—¡No va a caber en casa! —exclama Lena.

—Vine el día 8 a traérselo —dice él tras consultar una libreta pequeña—, pero no hubo manera de localizarla. Tampoco nos habían dejado ningún teléfono… Volví el 10 y tampoco estaba. Normalmente lo dejamos correr, pero la verdad es que me daba pena no entregar estas flores, así que he insistido hoy. Y aún están bonitas, ¿verdad?

La ansiedad de Lena ha desaparecido, reemplazada por un ligero desconcierto. ¿Es un envío de Jarque? Tiene que serlo, claro… Nadie le había regalado flores antes y es la clase de detalle, bonito y algo anticuado, que entra dentro del estilo del subinspector. Ella se aparta un poco para que el mensajero entre en el piso y luego va tras él; despeja la mesa rápidamente para que pueda dejar aquel jardín en algún sitio. Sabe que no tiene ningún jarrón lo bastante grande, así que le pide que se limite a apoyarlo con cuidado en la mesa, sin saber muy bien qué hará con él a continuación.

Junto al ramo distingue un sobrecito de color rojo, a conjunto con las rosas. Lo coge, pero, antes de abrirlo, hace el gesto de ir a por el bolso, a buscar algo de propina, aunque nunca tiene claro qué hacer en estas situaciones. Sin embargo, el señor no se espera, sonríe y se esfuma sin que ella tenga tiempo de darle las gracias.

El sobre contiene una tarjeta sencilla de color blanco. Lena debe darle la vuelta para leer lo que hay escrito y, a continuación, tiene que releerlo para asumir el mensaje.

Happy birthday, doctor. Enjoy every single day of this year as if it were the last one!

Y de repente aquellas rosas hermosas, aterciopeladas, que ya han impregnado la casa de una fragancia abrumadora, se pudren ante sus ojos. Lena sabe perfectamente que es su mente la que se empeña en asustarla, que esa imagen no es real. Como tampoco lo son la risa sarcástica de su abuela y la voz cascada que la reprende en silencio.

«¿Te quejabas porque yo no te hacía regalos, pequeña desagradecida? —pregunta la anciana—. Pues ya tienes uno, de un admirador secreto… ¿O no tan secreto?».

No, no es ningún secreto. Las dos saben bien de quién se trata y qué es lo que quiere.

Belfast

5

Si hay algo que puede unir a católicos y protestantes en esta ciudad es la posibilidad de meterse con los musulmanes, piensa Charlie mientras contempla los altercados desde la esquina de Sandy Row con Donegall Road. Desde su posición logra ver un pub, ahora cerrado a cal y canto, y al lado un enorme grafiti pintado en la pared, en homenaje a un tal Alex Higgins, campeón mundial de billar en 1982. Como no podía ser de otra forma, el tipo, apodado Hurricane, aparece inclinado sobre una mesa, taco en mano, concentrado en darle a la bola en el punto exacto. Es curioso que, ahora mismo, unos jirones de humo floten frente al mural, añadiendo a la imagen la atmósfera cargada de nicotina de los garitos ochenteros.

Ese humo procede de las hogueras que los grupos de exaltados encendieron hace un rato a lo largo de Sandy Row y que ya están casi extinguidas. El olor a quemado recorre el barrio, las luces azules de los coches de policía impregnan la noche de urgencia y los contenedores volcados esparcen la basura por la calzada. Detrás de esa barrera de despojos y plástico se encuentra la turba de manifestantes, armados con palos, piedras y cadenas de hierro; frente a ellos, los antidisturbios, tan impresionantes como siempre, extrañamente inmóviles.

No hay nadie más en la calle. Ni siquiera vecinos curiosos. Las cosas se han puesto ya demasiado feas en el tercer día de protestas y está claro que en la zona se disputa una batalla entre dos bandos enfrentados. Piezas negras dispersas a ambos lados de ese tablero de asfalto, las cabezas cubiertas por cascos o por pasamontañas, el aire cargado de violencia. El orden oficial contra el caos de la ultraderecha. Incluso el cielo nocturno, tan encapotado como siempre, se muestra atento, en tensión, como si las nubes no se atrevieran a descargar la lluvia.

Hasta hace poco se oían gritos, consignas contra los extranjeros, contra las ayudas a los inmigrantes y, más concretamente, contra uno que había sido acusado de acuchillar a unas niñas en un centro comercial el 5 de enero, poco después de las fiestas. El horror ante el suceso había conmovido al país y levantado una oleada de justa indignación, que se expresó primero pacíficamente en silenciosas marchas de denuncia. Esas personas, sin embargo, enseguida se retiraron para dejar paso a otras muy distintas cuando el sector más radical aprovechó la coyuntura para lanzarse a su cruzada habitual contra los forasteros de tez oscura. Poco importó que la prensa desmintiera el origen del presunto culpable, de familia ruandesa pero nacido en Gales y, por lo tanto, ciudadano británico: la mecha de la xenofobia, para algunos siempre a punto de encenderse, fue prendida por el sector más extremo del país y está culminando ahora en esa calle sembrada de llamas e invadida por el silencio.

En los últimos tiempos, la verdad no consigue atravesar los muros de los prejuicios y de la desconfianza. La gente se fía más de líderes ideológicos que le hablan directamente desde el teléfono móvil que de los medios de comunicación tradicionales que ofrecen informaciones contrastadas. Quizá se lo merezcan, piensa Charlie, puesto que han demostrado más de una vez su servidumbre hacia el poder. Las mentiras se pagan, tarde o temprano. Es probable que algún día estos nuevos mentirosos también reciban su merecido; sin embargo, de momento agitan a las masas más jóvenes denunciando a un enemigo al que machacar y proclamando a gritos un discurso que activa sus niveles de testosterona. Por eso salen a las calles, dispuestos a tomarlas como si estuvieran en una escena de Los miserables. Por eso el alcalde de Belfast se ha visto obligado a pedir refuerzos después de que sus unidades tuvieran que soportar dos vergonzosas derrotas consecutivas en los días previos. El Estado de derecho humillado por una turba sin control.

Hace varios minutos que la acción se ha estancado y Charlie intuye que esa expectación muda no es más que el preámbulo de la carga definitiva. Sin darse cuenta, también él contiene la respiración, como si en lugar de un simple espectador fuera un participante más. De hecho, en cierto sentido lo es, aunque su guerra sea otra. Una lucha privada, instintiva, desprovista de ideología. A él le importan poco los inmigrantes y detesta bastante a quienes los odian, porque le recuerdan a los amigos más rancios de sus padres. Tampoco siente la menor simpatía por los agentes uniformados, pertrechados como guerreros urbanos. Lo que pasa es que las ganas de atacar son contagiosas y él empezó a sentirlas dos noches atrás cuando vio los primeros altercados en la pantalla del televisor. Ahora, presente en cuerpo y espíritu, palpa con la mano derecha la cuerda que lleva en el interior de la mochila y la perspectiva de lo que puede suceder le excita. Nota la boca seca y una ligera erección. Luego suelta el aire despacio y entrecierra los ojos para ver mejor en la oscuridad.

Su cacería particular está a punto de comenzar.

Y, tal y como preveía, la calma se quiebra de repente. Ha habido un par de avisos previos, una voz metálica que, a través de un megáfono, instaba a los exaltados a despejar la zona. Luego unos minutos de silencio hasta que, de golpe, un par de furgonetas policiales blindadas se lanzan a embestir con fiereza los desechos que cubren la calle y arrollan un par de contenedores volcados. Tras ellos avanza el resto de los agentes con las porras enhiestas y el orgullo herido de las jornadas anteriores. Es todo tan rápido que sus oponentes apenas logran reaccionar y, cuando lo hacen, solo consiguen apartarse de la trayectoria de los furgones. Los que se encuentran más lejos aún llegan a lanzar algunas piedras, que se estrellan contra los escudos protectores de los agentes, y un cóctel molotov que cae entre los desperdicios y provoca un nuevo incendio. Un agente sucumbe entre las llamas y sus compañeros acuden a socorrerlo.

Agazapado en la esquina, Charlie entrecierra los ojos para concentrarse mejor en los sonidos: el crujido sordo de los golpes, los gritos. El aire huele a sudor y a violencia. Imagina las porras cayendo sin piedad contra aquel variopinto grupo de neonazis, fervorosos defensores de la patria más pura, y de algunos individuos sin ideología específica que disfrutan de cualquier jaleo. Sonríe al pensar que los primeros, convencidos de ser personas de bien, son ahora castigados por unas fuerzas a las que siempre han apoyado cuando disolvían a palos otra clase de tumultos. Está seguro de que su padre, si no hubiera muerto, simpatizaría con ese grupo que se ampara en mensajes vacuos para esconder su racismo, su íntimo convencimiento de que su nacionalidad británica los hace superiores en todo. No siente ninguna compasión por ellos, de hecho esa es una emoción que le resulta bastante ajena, pero su frialdad objetiva le indica que poco pueden hacer para eludir una carga de ese calibre llevada a cabo por profesionales. Y no se equivoca. Unos minutos después la muchedumbre se dispersa y los agentes inician una persecución por las calles adyacentes. La adrenalina y la vibrante sensación de victoria los impulsan a seguir. Son soldados reconquistando un territorio perdido; disfrutan de cada metro ganado, de cada oponente abatido. Si en las noches anteriores habían tenido que recular con la porra entre las piernas, en esta se están resarciendo de las afrentas sufridas. Ese es un sentimiento que Charlie entiende a la perfección: el placer de vengarse de las humillaciones. Le encantaría disfrutar un poco más de la escena, aun a distancia.

Sin embargo, no ha venido a eso. A él le toca jugar otro papel.

Entonces se pone en marcha. Sabe bien lo que busca aunque ignora lo que va a encontrar. Corre por Donegall Road y luego se interna por las calles que la cruzan. Avanza en zigzag, alejándose del ruido de los golpes, porque no puede arriesgarse a que lo confundan con uno de esos neonazis que ahora huyen asustados, y menos aún a que lo detengan. Avanza a toda velocidad, con la esperanza de estar siguiendo el rastro de una presa invisible que huye en la noche, hasta que se topa con un callejón solitario en el que se alzan un par de edificios abandonados y un antiguo almacén vacío.

Oculto en el portal de aquella construcción, con el corazón disparado, escudriña la oscuridad. Ya ha sacado la gruesa cuerda de la mochila y la sostiene en la mano, doblada en dos. Un gato intuye su presencia y le dedica un agudo maullido antes de alejarse sin mirar atrás. La esperanza de Charlie, basada más en el deseo que en un cálculo lógico, es que alguno de los huidos termine buscando refugio allí. No es algo imposible, él lo sabe… Por un momento, recuerda los crímenes que cometió cuando era el Verdugo: su cuidadosa elección de la víctima, el sótano donde perpetraba la ejecución. Siente un regusto agrio en la boca. Ahora está agazapado en la penumbra, esperando a una presa al azar, como un depredador cualquiera. Una versión barata de sí mismo.

Pero no se mueve. Aguarda, como hacen los lobos en el bosque cuando olisquean el rastro de una víctima, mientras acaricia los nudos de la soga como si fuera un rosario. Casi podría decirse que reza. Eleva su oración hacia un Dios cruel o hacia un Satán cómplice para que alguno de ellos le envíe el cordero para el sacrificio.

Nunca sabrá cuál de los dos atiende a su plegaria. Quizá ambos, piensa sonriendo al ver que un tipo entra en el callejón. La expectación por lo que va a suceder se une a la emoción que conlleva el riesgo. Las llamas que ardían en la calle las nota ahora dentro, quemándole el pecho. El otro pasa frente al almacén, anda un poco más y por fin se deja caer al suelo y apoya la espalda en la pared de uno de esos edificios en ruinas. Desde el soportal del viejo edificio, Charlie lo ve perfectamente y se dice que, o bien no es muy joven, o no está nada en forma. El tipo tose un poco y se lleva la mano a la chaqueta en busca de un cigarrillo y un mechero, que no encuentra. Jadea y maldice, se caga en voz baja en esos polis que defienden a los «putos vagos y asesinos» como si el encendedor se lo hubieran robado ellos. La carrera lo ha dejado exhausto y la tos se convierte en un amago de vómito. Un par de minutos después, las ansias de fumar, o de llegar por fin a casa, vencen al cansancio y se incorpora un poco. Pone una mano en la pared para ayudarse a subir, pero solo consigue quedarse de rodillas, a medio camino, como si necesitara tomar aire antes de terminar el movimiento.

Charlie no lo piensa dos veces. Es la postura perfecta y el momento ideal. Avanza por la espalda y concentra su atención en el cuello desnudo y blanco y en la cuerda que lleva en la mano. Solo tiene que dar tres pasos para situarse detrás del individuo, demasiado agotado para darse cuenta de nada, y convertir la cuerda en un lazo que le corta la tos de repente.

Charlie aprieta los dos extremos mientras va flexionando las piernas hasta que sus rodillas casi tocan el suelo y su cara queda a la misma altura que la de la víctima. El hombre intenta arrancarse ese collar rígido que le muerde la piel mientras se le hincha la cara, enrojecida por la falta de aire, pero sus dedos no tienen la fuerza suficiente para agarrar la dura cuerda.

Es una agonía dolorosa. Charlie lo sabe. Siente una especie de descarga eléctrica que empieza por las puntas de los dedos, recorre sus manos y le sube por ambos brazos. Tiene que concentrarse para seguir apretando, para que esa oleada de placer no le afloje la presión.

Matar es un acto gozoso en sí mismo, una muestra de poder y de libertad. Y sobre todo es la prueba de que sigue en el mundo. De que su vida, por tediosa que resulte, aún merece la pena.