Prólogo

PRÓLOGO

Verano, hace cinco años

Me resguardé los ojos de la luz con la mano para poder admirar las vistas: una bahía bañada por el sol, agua que resplandecía como zafiros al otro lado de los acantilados de color rojizo, algas que formaban montones nudosos sobre la extensión de arena de la orilla, un restaurante con revestimiento de madera, pilas de trampas para bogavantes, un hombre con pantalones de vadeo hasta las caderas.

El olor del mar me inundaba la nariz, y el golpeteo de una barca de pescar, los oídos. Una brisa salada hizo ondear la falda de mi vestido contra mis pantorrillas, y sonreí. Así era justamente como me había imaginado que serían mis primeras vacaciones en la isla del Príncipe Eduardo, salvo por un detalle crucial. Quizá era cierto que Bridget había perdido el vuelo, pero yo estaba allí. Y tenía hambre.

Cuando entré en Shack Malpeque, mis ojos tardaron unos instantes en acostumbrarse al cambio de iluminación. Clavé la atención de inmediato en la chica con coletas pelirrojas de mentira y sombrero de paja. Estaba sentada a una mesa junto a la ventana y, mientras su hermano mayor observaba a los criadores de mejillones que estaban en el agua, ella le robó una gruesa patata frita del plato. Me pilló mirándola justo cuando se la metía en la boca, y le hice el gesto de levantar los pulgares.

«Cuando lleguemos a la isla, tus problemas parecerán menos importantes —me había prometido Bridget el día anterior. Estaba tirada sobre la encimera de la cocina de nuestro piso, con la frente apoyada en la superficie de granito. Me frotó la espalda—. No les hagas ni caso a tus padres. Lo tienes controlado, Bee».

Bridget nunca me llamaba por mi nombre real. Yo era Lucy Ashby para casi todas las personas que me rodeaban menos para mi mejor amiga. Para Bridget, yo era Bee.

Me quedé al lado del mostrador de la entrada y de un cartel pintado a mano que rezaba: NO TE DES DE OSTRAS. Se me hacía la boca agua con el olor a vinagre de malta del ambiente. Las mesas de madera del local, todas diferentes, estaban llenas, y no había ningún grupo que pareciese estar a punto de pagar la cuenta. Era esa clase de día.

Cuando estaba a punto de marcharme, se me acercó una camarera con el pelo entrecano y tres platos de rollitos de bogavante balanceándose a lo largo de su brazo.

—Siéntate en la barra, corazón.

Me di la vuelta y reparé en una hilera de taburetes vacíos detrás de mí.

Y lo vi a él.

Estaba al otro lado de la barra, con la cabeza gacha, abriendo ostras. Llevaba una camiseta blanca de manga corta que se tensaba sobre sus brazos y hombros por el esfuerzo. Tenía el pelo, de color chocolate, espeso y ondulado, un poco más oscuro que el mío; lo bastante corto como para que no le cayera sobre los ojos, pero lo bastante largo como para alborotarse y adornarle la frente. Sentí la acuciante necesidad de pasarle los dedos por el cabello.

Observé cómo flexionaba los antebrazos al hundir un pequeño cuchillo con mango de metal en una ostra y cómo movía la muñeca para abrirla. Limpió la hoja en un trapo doblado y luego lo encajó en la apertura de la concha. La parte superior saltó y, con otro movimiento del cuchillo, colocó la ostra en una bandeja con hielo triturado.

Me acerqué mientras volvía a limpiar el cuchillo. En lugar de hundirlo en la siguiente ostra, se detuvo y levantó la vista para mirarme.

Estuve a punto de tropezarme. Sus ojos eran de un color azul intenso, como dos icebergs, y resaltaban contra el tono bronceado de su piel. Tenía un hoyuelo en la barbilla y parecía que no se hubiera afeitado en por lo menos un par de días. Su cara era una sucesión de contrastes: la mandíbula marcada, los labios de un suave color rosado, el inferior más grueso que el superior, los ojos brillantes enmarcados por pestañas negras…

Me sostuvo la mirada durante menos de un segundo. Lo observé, y él a mí, y en ese instante en el tiempo, algo latió entre nosotros.

Una especie de comprensión. De necesidad. De deseo.

«Electricidad».

Se me aceleró el pulso y me retumbó desbocado e insistente en los oídos. El peso de toda la preocupación, el miedo y la vergüenza que había acarreado desde que les dije a mis padres que dejaba el trabajo me resbaló de los hombros como si fuera seda.

Él retomó su labor y no me prestó atención cuando me senté en un taburete. Me quedé observando sus manos a medida que desnudaba una ostra tras otra a una velocidad asombrosa. Se encargó de una docena y dejó la bandeja en el extremo de la barra.

En ese momento volvió a mirarme, y pasamos unos segundos observándonos. En sus ojos detecté cierta cautela, una desconfianza que aguardaba bajo la superficie de ese azul. Vi un fugaz destello de tristeza, pero apenas me dio tiempo a preguntarme de dónde había salido antes de que desapareciera. Ahora que estábamos más cerca, me di cuenta de que tenía un puntito marrón en el iris derecho, debajo de la pupila. Un minúsculo defecto perfecto. De repente, ya no me parecía nada trágico que Bridget hubiera perdido el vuelo. Parecía ser cosa del destino. Porque, definitivamente, aquel era el tío más guapo al que había visto en la vida.

—¿Tienes hambre? —me preguntó.

—Muchísima —respondí, y me pareció ver que casi sonreía.

—¿De dónde vienes? —Tenía la voz grave y tan áspera como la corteza de un abedul, y un acento más marcado que el de Bridget.

—¿Cómo sabes que vengo de algún sitio? A lo mejor soy de aquí.

Me sostuvo la mirada. Una vez más, algo vibró entre nosotros, como la electricidad que atravesando un cable con corriente. Pasó la mirada por mi pelo, de color castaño cobrizo y que llevaba recogido en una trenza alrededor de la cabeza, y hasta mi conjunto. Enarcó una ceja. Cuando planeé mi vestuario para las vacaciones, pensé que ese vestido tenía un aire campestre muy adecuado, con los hombros descubiertos y unos gigantescos cuadros rojiblancos. Era una versión moderna de Ana, la de Tejas Verdes. Pero quizá las mangas abullonadas eran un pelín demasiado.

Encogió un hombro, y el gesto me resultó familiar.

—La mayoría de los isleños no se visten con un mantel —soltó mientras la camarera pasaba por detrás de él y le daba un golpe en el hombro, chasqueando con la lengua.

Alisé la tela con las manos, con el ceño fruncido, y enderecé el escote.

Él cogió otra ostra y, después de abrirla, añadió:

—Pero es un mantel bonito.

—Más me vale. Este mantel ha hecho que a mi tarjeta de crédito le dé un infarto.

—Pasa de él, corazón —terció la camarera al tiempo que cogía dos platos de abadejo rebozado del pase de la cocina—. Es que está falto de práctica. Cree que le basta y le sobra con esos ojos que tiene. Y mira que le tengo dicho que a las mujeres nos gustan los hombres con buenos modales.

Me eché a reír. Al oírme, él me miró a los ojos, y volví a sentir un relámpago que me recorría la columna.

—¿Eso es lo que os gusta a las mujeres? ¿Los buenos modales? —preguntó, con una voz tan grave que sentí que me acariciaba la clavícula y los hombros con ella.

Conocía bien ese tono. Estaba ligando conmigo. Era más sutil de a lo que estaba acostumbrada, y estaba desprovisto de cumplidos descarados y actitud creída, pero lo reconocí como lo que era: una invitación para jugar. La frase que un compañero de escena usaría para darte el pie. No tenía problema en ligar con él. Se me daba bien, de hecho. Un hormigueo me recorrió los labios, y en los suyos asomó una media sonrisa.

—No puedo hablar por todas las mujeres, pero a mí lo que me gustaría es echarle un vistazo al menú. —Me incliné hacia delante—. Si no te importa.

—En absoluto.

Sin embargo, no hizo caso de mi petición. Se limitó a rallar unos cuantos rábanos picantes, cuyo olor me hizo cosquillas en la nariz, y los colocó junto a dos rodajas de limón en el centro de un círculo formado por ostras. Dejó el plato y una botella de salsa picante delante de mí. Seis relucientes ostras de Malpeque.

—Invita la casa.

—¿En serio?

Se alejó de mí al otro lado de la barra. Llevaba unos vaqueros oscuros con el bajo doblado y unas Vans a cuadros blanquinegros. Observé sus bíceps mientras me servía una pinta. Puso la jarra helada delante de mí.

—Aquí tienes… —Dejó la frase a medias.

—Lucy.

—Aquí tienes, Lucy.

—Gracias… —Lo señalé con un gesto.

Él se limpió las manos en un trapo, con los ojos fijos en los míos, como si necesitara tomar una decisión antes de darme la respuesta.

—Felix —dijo al cabo de unos segundos.

—No suelo beber cerveza, Felix.

—Es de arándanos, y la hacemos aquí, en la isla. Pruébala.

Bebí un sorbo. Estaba muy fría y ligeramente ácida.

—Gracias. —Dejé la jarra en la barra—. Y tenías razón antes… No soy de aquí. Vivo en Toronto —añadí mientras cogía una ostra.

—Toronto —repitió. Asintió una sola vez, con solemnidad—. Lo siento por ti.

—No lo sientas. —Le lancé una sonrisa torcida—. A mí me gusta. Bueno, casi siempre. ¿Has estado alguna vez?

—Una —contestó—. Solo pasé una noche allí, pero fue suficiente.

Murmuré un asentimiento. Toronto era una ciudad que te ganaba con el tiempo y, aunque yo llevaba siete años viviendo ahí, no sabía si me había ganado todavía. Añadí un poco de rábano y unas gotas de limón a la ostra y la levanté hacia Felix como saludo antes de metérmela en la boca, con los ojos cerrados. La frescura de la sal marina me inundó la lengua y, con ella, me sobrevino un recuerdo.

Bridget y yo el otoño anterior, en nuestro piso. Acabábamos de mudarnos y nos habíamos pasado el finde entero deshaciendo cajas y haciendo cálculos. ¿Cómo iban a caber todas nuestras cosas? ¿Cómo íbamos a encajar nosotras? El domingo por la tarde habíamos llegado a la conclusión de que teníamos dos abrelatas, ninguna mesita de centro, una cama con una estructura incomodísima y una provisión de velas de IKEA que nos duraría toda la vida.

Estábamos cubiertas de polvo y tumbadas boca arriba en el suelo cuando Bridget se levantó de un salto y corrió hacia la cocina, resbalándose por el suelo debido a sus calcetines. Sacó una caja de ostras de Malpeque del congelador. Bridget era una de las pocas veinteañeras que tenía su propio cuchillo para abrir ostras, y yo no las había probado nunca. Pero en medio del remolino de papeles de periódico, cajas de cartón y plásticos de embalaje, no lo encontró, así que sacó un destornillador de la caja de herramientas y se las apañó para abrir todas las ostras, más roja que un tomate por el esfuerzo.

«Júrame que, si algún día conoces a mi familia —me dijo cuando recogí del suelo un trozo de concha—, no les contarás que se me ha dado como el culo abrir estas».

Hacía un año que éramos amigas y ya se había convertido, si no contábamos a mi tía, en la persona a la que más quería en el mundo, pero esa noche me enamoré un poquito más de Bridget.

Debería estar allí conmigo, para verme disfrutar de mi primera ostra en Malpeque. Aunque la había visto esa misma mañana, de repente la echaba tanto de menos que me dolía la garganta.

Al abrir los ojos, vi que Felix me estaba observando. Juraría que en su expresión vi un ápice de dolor, una especia de melancolía que nadaba bajo la superficie azul. Sin embargo, se evaporó antes de que curvara una de las comisuras de la boca.

—¿Está buena? —me preguntó.

—Mucho.

Me removí en el taburete y crucé las piernas. Notaba que estaba comenzando a ruborizarme. Siempre llevaba mis emociones más intensas pintadas en el pecho con un tono rojo potente. El color empezó a aflorar entre mis pechos y reptó hasta llegarme al cuello. Felix bajó la mirada y la clavó en el trío de lunares debajo de mi clavícula.

—¿Qué te ha traído hasta la isla?

—Un viaje de chicas.

Había sido idea de Bridget. El plan era que por fin iba a contarles a mis padres que había dejado mi trabajo como relaciones públicas y luego ambas nos iríamos de vacaciones a la casa que tenía la familia de Bridget en la isla. Dos semanas de ostras, arena y mar. Dos semanas para desconectar, sin ninguna preocupación. Era como si hubiéramos desbloqueado un nuevo nivel en nuestra amistad. Llevábamos un año viviendo juntas, y habíamos sido amigas durante un año antes de eso, pero nunca conoces a alguien de verdad hasta que te presenta a su familia. Y yo me moría de ganas de conocer a la de Bridget. Era la persona más segura, capaz y bondadosa, y quería ver de dónde venía.

Felix le lanzó una mirada exagerada a los taburetes vacíos que estaban a mi lado.

—¿Has perdido a tu amiga por el camino?

Los padres de Bridget estaban visitando a unos amigos de Nueva Escocia y no volverían hasta la semana siguiente, y su hermano menor no le había contestado los mensajes ni las llamadas sobre mi llegada en solitario. En teoría, debía coger el coche hasta su casa y entrar sin más.

«Rodea la casa hasta llegar al porche trasero —me había indicado Bridget—. Debajo del sapo de cerámica hay una llave».

Odiaba tanto estar sola como estar quieta, y no quería pasarme el resto de la tarde merodeando por la casa de los Clark, porque en el silencio estaba segura de que podría oír la desaprobación de mis padres. Había ido directamente con el coche de alquiler desde el aeropuerto de Charlottetown hasta Shack Malpeque.

—Mi amiga llega mañana —dije aguantándole la mirada.

Felix procesó la información, ladeó la cabeza con los ojos entornados y cogió el cuchillo. Lo observé mientras abría tres docenas de ostras en cuestión de minutos, moviendo las manos con impresionante rapidez. Empezaba a pensar que había malinterpretado las señales cuando clavó los ojos en los míos y habló de nuevo.

—¿Y tienes planes antes de que llegue tu amiga?

Quizá fuera la cerveza o la emoción de estar en un sitio nuevo, pero por lo general no era tan directa ni estaba tan segura de lo que quería.

—No —le respondí—. Estoy abierta a todo.

Abrió mucho los ojos y soltó una maldición. Un hilillo de sangre le caía por el brazo. Cogí un puñado de servilletas de papel del dispensador y rodeé la barra para llegar a su lado.

—¿Estás bien?

Levantó la mano, descubriendo una herida en su muñeca izquierda, y se la cubrí con las servilletas.

—Creo que a lo mejor necesitas puntos.

—Es un corte de nada.

Me acerqué más y le sujeté el brazo con fuerza para hacer presión sobre la herida.

—Por el amor de Dios —dijo la camarera—. Recoge y márchate, anda.

Sin dejar de agarrarle el brazo, seguí a Felix hasta un despacho diminuto, donde sacó un kit de primeros auxilios de un cajón.

—¿Esto pasa a menudo? —le pregunté mientras le envolvía la muñeca con una gasa. Notaba el calor de su aliento sobre la piel.

—No, Lucy. No pasa a menudo que una mujer preciosa me diga que está abierta a todo mientras manejo objetos afilados.

—¿Con objetos romos no afilados sí pasa? —Le sonreí.

—No, tampoco.

—Pues qué pena —dije, aunque no me lo creí del todo.

Su rostro era una mezcla de belleza y masculinidad. Y además tenía ese pelo y esos bíceps… También me había fijado detenidamente en su retaguardia, y era espectacular. Seguro que más de una persona había intentado ligar con Felix con algún comentario gracioso sobre abrir ostras. Desde que había entrado en el restaurante, a mí se me habían ocurrido por lo menos cinco.

Até el vendaje, pero fui incapaz de soltarlo.

—¿Quieres que te lo miren bien? —le pregunté—. Te puedo llevar al hospital.

—Estoy bien. —Felix se agachó para mirarme a los ojos. «Una luz, una llama, una chispa»—. ¿Y si mejor me llevas a casa, Lucy?

Apenas nos dirigimos la palabra durante el trayecto, pero el ambiente que había en el coche estaba cargado de expectación. Noté cómo Felix pasaba la vista atentamente de mi mejilla a mis hombros, y más abajo. Seguro que se daba cuenta de que el pulso me latía en el cuello.

Estaba nerviosa y el estómago me daba vuelcos como si fuera una gaviota elevándose y cayendo en picado en el cielo. Con veinticuatro años, tenía cierta experiencia con el sexo sin ataduras. Había pasado por rollos, tonteos, noches de diversión… Estaba especializada en relaciones casuales. Sin embargo, aquello me parecía diferente. Más arriesgado. No habíamos quedado para comer ni para tomar algo. No había buscado su nombre en Google. No sabía su apellido ni la edad que tenía. ¿Veintipocos? Lo único que sabía de Felix era que estaba muy bueno, que había convertido el abrir ostras en unos preliminares y que quería acostarse conmigo.

Giré para entrar en el camino de tierra que conducía hacia su casa, un sendero rojizo serpenteante en medio de un prado verde. En la cuneta había flores rosas y moradas. Doblé una curva, luego otra, y al final vi la casa. Se alzaba orgullosa a lo lejos, con tejas descoloridas de cedro y un tejado que se combaba en ambos extremos. Las molduras estaban recién pintadas de blanco y la puerta principal era de un alegre tono amarillo. Detrás de la casa, el océano se extendía como una resplandeciente llanura azul.

—¿Vives aquí? —le pregunté nada más aparcar. Los parterres de flores eran preciosos. En Toronto la época de las peonías ya había acabado, pero allí estaban en pleno apogeo. Debía de haber por lo menos una docena. Muchísimas rosas, clemátides magenta que trepaban por una enredadera, bocas de dragón, rudbeckias amarillas. Me volví hacia Felix—. ¿Es tu jardín? —Pero él ya estaba bajando del coche.

Rodeó el capó, me abrió la puerta y me tendió la mano. Una fuerte ráfaga de viento me sacudió la falda alrededor de las piernas y el aire del Atlántico me llenó los pulmones. Me reí mientras intentaba sujetármela, pero Felix tiró de mí. Me olvidé de las peonías. Era un poco más alto que yo, pero nos quedamos alineados a la perfección: nariz contra nariz, pecho contra pecho, cadera contra cadera.

—No me esperaba que el día de hoy fuera así —comenté.

Atisbé el asomo de un hoyuelo en su mejilla izquierda cuando sonrió, sin rastro de la tristeza que había percibido en el restaurante.

—¿No?

Me rozó los labios con los suyos antes de bajármelos al cuello. Eché la cabeza hacia atrás y vi que una garza surcaba el cielo.

—Qué va.

Su barba incipiente me hacía cosquillas en la piel conforme él trazaba con la boca un camino hasta llegar a mi triángulo de lunares. Besó cada uno y luego los saboreó con la lengua. Me estremecí.

—Pues deberías haberte informado bien —dijo poniendo los labios cerca de mi oreja—. Así es como saludamos a las mujeres guapas que vienen de lejos. Es una bienvenida tradicional de la isla.

Su comentario me arrancó una carcajada de la garganta.

—De haberlo sabido, habría venido antes.

—Creo que has llegado en el momento perfecto. —Me puso la mano sobre la nuca.

Nos separaba un hilo de aire, y nos miramos a los ojos durante un segundo eléctrico antes de eliminar la distancia. Yo quería ir rápido, pero el beso empezó suave y lento, vacilante, hasta que la lengua de Felix me separó los labios. Me pegué a él y le enterré los dedos en el pelo. Me lamió el labio inferior, y solté un gemido. Entonces noté que me lo acariciaba con los dientes y lo mordía. Aunque no hizo presión, me sorprendió lo suficiente como para abrir los ojos.

Él se echó atrás con una mirada más intensa que unos segundos antes.

—¿Demasiado?

Me toqué los labios y negué con la cabeza.

—Más.

Felix me metió dentro de la casa y estábamos besándonos de nuevo antes de que tuviera tiempo de admirar la decoración. Le tiré del dobladillo de la camiseta, escuché el susurro metálico de la cremallera de mi vestido y, antes de que me diera cuenta, estábamos desvistiéndonos, tropezando con la ropa y subiendo las escaleras hacia su habitación en una maraña de extremidades y risas.

Caímos juntos sobre la cama, ya desnudos. El cuerpo de Felix estaba formado por líneas definidas y relieves, como si estuviera pensado para ser aerodinámico. Tenía los hombros anchos, los pectorales firmes y salpicados de vello oscuro. Le pasé los dedos por la piel bronceada y me maravillé ante los músculos duros que le cubrían el estómago.

No me fijé en gran cosa de su dormitorio. Mientras él empezaba a trazar un recorrido de besos, descendiendo por mi cuerpo, me llamó la atención el ejemplar raído de Ancho mar de los Sargazos que había en la mesita de noche. Me sorprendió un poco porque no me parecía una lectura habitual para un veinteañero, pero en ese momento me rozó la cara interna del muslo con la mandíbula y dejé de fijarme en la decoración.

Cuando quisimos reponer fuerzas, el sol ya se estaba poniendo y había pintado de azules y naranjas el cielo. Felix preparó la cena: gruesas rebanadas de pan crujiente untadas con mantequilla, un plato de rodajas de tomate salpimentado y resplandeciente por el aceite de oliva y otro con frío pollo asado, queso cheddar y mazorca de maíz. Hicimos unos sándwiches con el tomate y el queso, y engullimos el plato de pollo en el porche mientras observábamos el golfo, él en calzoncillos y ambos con sendas camisetas blancas que había sacado de un cajón lleno de ellas.

La segunda vez no llegamos al piso de arriba. Ni siquiera entramos en la casa. Felix sabía a los tomates maduros que habíamos comido en la cena, un fresco estallido de sol y de sal.

«Más», dije una y otra vez. «Más».

Por la mañana me desperté con el brazo de Felix por encima del estómago, envolviéndome el cuerpo con el suyo. Debíamos de habernos dormido así, aunque no lo recordaba. Me quedé quieta porque no quería despertarlo ni enfrentarme a la inevitable incomodidad del día siguiente. La noche anterior nos habíamos dejado llevar. No nos conocíamos de nada, pero nos habíamos comportado como dos amantes que se habían reencontrado después de mucho tiempo. Creo que Felix había necesitado desinhibirse tanto como yo. Estaba segura de que, a la luz de un nuevo día, ambos nos moriríamos de la vergüenza. Sin embargo, de pronto noté que me acariciaba el hombro con la mandíbula y me rozaba el cuello con los labios. Y no fue un momento incómodo, sino lento, lánguido y dulce, como el caramelo caliente deslizándose por encima de una bola de helado.

Cuando conseguimos separarnos y le dije que debía marcharme, Felix me respondió que no había ninguna prisa.

—Date una ducha si quieres —me sugirió—. ¿Prefieres café o té?

Así que me quedé. Me duché. Felix bebió té, y yo café.

—¿Cuándo tienes que ir a buscar a tu amiga al aeropuerto? —me preguntó.

Estábamos en el porche, él en la butaca y yo en el extremo del sofá exterior, sobre el que la noche anterior nos habíamos devorado.

—Creo que pronto. El avión aterriza a las doce.

Felix sopló sobre el té, y una columna de vapor ascendió en espiral sobre la taza.

—Anoche me lo pasé muy bien —dijo alzando los ojos hasta los míos—. Sé que solo vas a estar aquí un par de semanas, pero…

—Felix —lo interrumpí—, lo de anoche fue… —Explosivo. Excitante. Probablemente devastador. El mejor sexo que había tenido nunca—. Fue…, en fin, ya sabes. Estabas allí.

Bajó la vista hacia el rubor que se me extendía por el pecho y se detuvo sobre los tres lunares.

—Estuve ahí, sí.

Quería que él supiera que estábamos en la misma onda. Que no hacía falta que mantuviéramos esa conversación.

—Lo que intento decir es que estoy de acuerdo contigo, fue tremendo. Cinco estrellas. Pero sé que no se va a repetir.

—Se repitió cuatro veces. —Su hoyuelo reapareció.

—Es verdad —dije mirándolo a los ojos.

«Una luz, una llama, una chispa».

—¿Por qué zona te quedas? —Se aclaró la garganta—. Si quieres, te puedo recomendar algunos sitios para visitar. Tengo una lista para la gente que pregunta en el restaurante. Anoche me dejé el móvil en la camioneta de mi colega, pero te la mandaré cuando me lo devuelva.

—Pues sería estupendo. —Cogí el teléfono y abrí mi conversación con Bridget—. Mi amiga creció aquí, pero hace años que vive en Toronto. —Leí en voz alta la dirección de la casa de Summer Wind que Bridget me había dado y miré a Felix. Él me observaba sin parpadear, pálido de repente—. ¿Qué pasa?

Tardó unos cuantos segundos en responder.

—¿Estás segura?

—Creo que sí. —Releí la dirección—. ¿Por qué? ¿Te suena?

Me recorrió el rostro con la mirada.

—Eres la amiga de Bridget —dijo—. Creía que llegabais la semana que viene.

Abrí la boca para contestar, pero en ese momento vi el sapo de cerámica verde junto a la puerta corredera. Me dio un vuelco el estómago, como si acabara de tirarme por un acantilado.

—Dios mío.

Bridget me había dado solo tres reglas para el viaje.

«Número 1: Cómete el equivalente a tu propio peso en ostras».

—Eres Bee —dijo Felix.

Yo estaba negando con la cabeza, aunque él estuviera en lo cierto. Sí que era Bee.

«Número 2: Deja atrás la ciudad».

Aparté la vista del sapo, debajo del cual sabía que había unas llaves.

—Y tú eres Lobo —murmuré—. Eres el… el… —Las náuseas me golpearon con tanta fuerza que me mareé y no pude terminar la frase. Me tapé los labios con una mano temblorosa.

«Número 3: No te enamores de mi hermano».

—Sí —dijo Felix—. Soy el hermano de Bridget.

PRIMERA PARTE

«¿No es bonito pensar que mañana es un nuevo día, todavía sin errores?».

Ana, la de Tejas Verdes,

LUCY MAUD MONTGOMERY

1

En la actualidad

Nueve días antes de la boda de Bridget

Con el ceño fruncido, examino la ilustración que está en la mesa, delante de mí. Es más detallada que mis bocetos típicos. A veces, solo para alardear, improviso un croquis sencillo ante algún cliente. Pero hace más de cinco años que trabajo con flores, así que ya no necesito hacer un modelo a escala de los arcos ni de los doseles nupciales. Esta vez, sin embargo, he representado con sumo detalle cada hoja y pétalo, sombreándolos con tonos grises, azules y blancos, aunque sigo sin verlo bien. Los arcos de flores son mi especialidad y este debe ser espectacular, impresionante, perfecto, porque es el arco bajo el cual se situará Bridget cuando Miles y ella prometan amarse y cuidarse durante toda la vida delante de sus amigos y familiares. Es donde se darán el primer beso como marido y mujer. El padre de Bridget la llevará hasta el altar, pero a mí también me da la impresión de que soy yo la que la entrega a otra persona. Mi mejor amiga está a punto de casarse.

—Creo que le falta algo. Necesita destacar más —le digo a Farah. Es mi mano derecha en In Bloom y lleva casi tanto tiempo como yo trabajando en la floristería. Es una poeta con muy buen ojo y un alma creativa que llamó la atención de mi tía. Farah dice que los arreglos florales la ayudan con su arte. Le gusta la sombra de ojos oscura y la ropa colorida. Hoy tocan pantalones cortos de ciclista naranja neón.

Me giro en el taburete para mirarla a los ojos.

—¿Qué te parece?

Farah murmura algo y remueve los papeles para alinear todos mis bocetos de las flores de Bridget (los centros de mesa, los ramos, las flores de los ojales, las guirnaldas y otros arreglos…).

—Aquí has puesto muchísimas plantas, a lo mejor no hay espacio para los invitados.

La actitud de Farah oscila entre la indiferencia y el desdén. Hicieron falta meses trabajando juntas para que la viera sonreír de oreja a oreja, así como el diastema que le separa las paletas, y tardé otros tantos en darme cuenta de que lo suyo no era más que fachada. Farah se trae al trabajo a su labrador negro, que se llama Sylvia, y es una mami perruna muy cariñosa. Ahora mismo, Sylvia está durmiendo debajo de la mesa, con el hocico sobre mi pie.

—¿Crees que es demasiado? —le pregunto.

—No sueles pensar tanto los diseños de este tipo. —Entorna sus oscuros ojos.

Es verdad. Mi tía Stacy me enseñó a arreglar las flores como era debido, tanto en el jardín como en un jarrón, y le encantó compartir sus truquillos conmigo, pero mi sentido del equilibrio, del color y de la forma es algo innato. Y, cuando empiezo a fluir, mis manos cogen las riendas de mi cerebro de un modo mágico. El rápido chasquido de unas tijeras de podar al cortar un tallo es mi sonido preferido.

—Tienes buen ojo, cariño —me decía mi tía a menudo—. Un don que no se puede enseñar. —Stacy fue actriz antes de ser florista. Se hizo famosa gracias a un papel fijo como la prima italiana entrometida de la serie juvenil canadiense Tiempos inolvidables y a haber participado durante tres temporadas en el festival de teatro de Stratford. Siempre se le ocurrían muchas proclamas, que distribuía a diestro y siniestro con grandeza.

—Ya lo sé —le digo a Farah—. Pero… —No termino la frase.

—Es Bridget —la acaba ella por mí.

—Sí, es Bridget.

Mi mejor amiga tiene la lengua de un marinero, el corazón de una leona madre y una pasión desmedida por las listas, las máquinas de hacer etiquetas y las hojas de cálculo. Fiel a sí misma, ha supervisado la organización de la boda con una precisión quirúrgica. Ha creado un archivador con código de colores y un calendario de Google compartido para las innumerables citas; tanto Miles, su prometido, como yo tenemos acceso a las dos cosas, así como a sus carpetas con los datos de contacto de vendedores y miembros del cortejo nupcial, el horario del día y la selección de música para la ceremonia.

Las flores son el único elemento cuyo control ha delegado. Nos ha dado a Farah y a mí carta blanca, y nos hemos pasado horas intentando convertir el Gardiner Museum en el invernadero más magnífico del mundo: peonías y rosas, lirios y ranúncu­los, hiedras, helechos y hojas de magnolia.

A Bridget le encantará lo que le prepare. Es mi defensora más férrea, mi animadora más estridente. De hecho, mi única animadora, ahora que mi tía ya no está. Es la única persona de mi vida cuyo amor y apoyo son libres e incondicionales. Cree en mí más de lo que yo creo en mí misma. Las flores del día de su boda son una manera de darle las gracias, de devolverle todo lo que ha hecho por mí. Superarán cualquier cosa que haya elaborado antes. Son mi regalo para ella y quiero que la haga llorar.

Me doy un suave golpe de frustración en la frente contra la mesa y despierto a Sylvia. Le rasco detrás de la oreja y la perra se tumba de nuevo.

Al oír la campanita de la puerta tintinear, me incorporo enseguida, dedicándole una sonrisa al joven que acaba de entrar. Está bien vestido y parece nervioso; una primera cita, supongo, quizá una importante. ¿Una petición de mano? Tengo olfato para esas cosas, y Farah y yo competimos en silencio para ver quién lo adivina. Quizá quiera pedirle a su pareja que se vaya a vivir con él.

—Hola —le digo—. ¿Te podemos ayudar en algo?

—Sí, quería unas flores.

Sé que Farah se está reprimiendo para no poner los ojos en blanco.

—Pues has venido al lugar adecuado. ¿Es una ocasión especial? ¿Para quién son las flores?

—Son para la madre de mi novio. No sé qué le gusta.

—¿Vas a conocer a los suegros? —le pregunta Farah.

—Sí.

Mi compañera me dirige una mirada chulesca. Me he acercado bastante.

—Hemos reservado a las seis en un restaurante de esta calle —nos explica el chico—. He visto vuestro cartel y he pensado que igual debería llevarle algo.

Consulto el reloj: son las cinco y cuarenta. Qué raro, Bridget ya debería estar aquí. En teoría, hemos quedado dentro de cinco minutos, pero suele llegar temprano. Esta tarde es la prueba final del vestido de novia, en una boutique que está a una manzana. Vamos a ir hasta allí juntas, nos llevaremos el vestido y luego iremos a cenar.

—Deja que te eche una mano —exclama Farah poniéndose en pie. Se dirige a los clientes con un tono que consigue denotar tanto resignación como sabiduría. Yo jamás lograría hablar como ella. Soy muy dicharachera y sonrío enseñando muchos dientes.

Farah lo lleva hasta nuestros ramos de flores. Solo nos quedan tres, pero ha tenido suerte de poder escoger uno, pues, por lo general, a última hora ya no hay.

Mientras lo ayuda a elegir, yo retomo el boceto. Entorno un ojo y me imagino a Bridget con un color marfil y a Miles con su traje. El vestido de mi amiga es elegante y sencillo, una de las razones por las cuales creo que el arco debería destacar más. Si su vestido fuera extravagante, me aseguraría de que las flores no lo eclipsaran. Es un vestido precioso, pero no lleva ni una sola floritura, ni siquiera tiene cola.

¡Eso es!

Cojo el lápiz y empiezo a dibujar un arco que forma una cascada y se extiende por el suelo. Será un río de flora, una cola de flores.

No me doy cuenta de que Farah lo está mirando por encima de mi hombro hasta que la oigo decir:

—Qué elaborado.

—Es perfecto.

—Es perfecto —conviene.

El siguiente paso es averiguar qué necesito pedir, pero tengo tiempo. La subasta de flores, donde todas las semanas hago la compra al por mayor, será el martes a primera hora de la mañana, así que todavía dispongo de cinco días para decidirme. Y, ahora que ya he elaborado el diseño del arco, puedo pasar a concentrarme en el día de mañana. Me muerdo el labio.

—¿Hay algo que quieras repasar antes de la reunión? —me pregunta Farah, como si me hubiera leído la mente.

He quedado para desayunar con Lillian, la organizadora de eventos de Cena, uno de los grupos hoteleros más pijos de Toronto. Vio la tienda en el periódico y nos ha pedido a In Bloom que nos encarguemos de los arreglos florales de todos sus restaurantes. En total son ocho y uno se encuentra en el estiloso hotel en el que hemos quedado. Mi viernes empezará con una tortilla de treinta dólares y con un contrato que podría cambiarme la vida.

—Creo que no hace falta —le digo a Farah.

Estoy convencida de que mañana voy a firmar ese contrato, pero no puedo negar que me genera inquietud. No sé si me lo estoy repensando porque los pedidos corporativos no me llenan (docenas de jarrones uniformes, aburridos e impersonales) o si me preocupa que no vaya a poder gestionar el incremento de volumen de negocio. Ahora mismo tengo a Farah y a dos personas a media jornada, pero, si sale lo de Cena, voy a necesitar a dos o tres a jornada completa. Y, aunque me encante hacer arreglos de flores, no me entusiasma ser la jefa. Las conversaciones difíciles me resultan difíciles. Pero, si la inseguridad y el miedo me frenan, razón de más para lanzarme de cabeza. Además, firmar el contrato significa que podré darle a Farah el gigantesco aumento que merece.

—Estoy emocionada —le digo a Farah—, y también cansada: hace semanas que no duermo bien. —Cuando debería dormir, me pongo a darle vueltas a todo.

—Si te cogieras un día libre…

—Sabes que no puedo. —Ya estamos retrasadas yendo a toda máquina.

—Pues no te quedes despierta hasta tarde —gruñe—. Cuando no descansas lo suficiente, eres un cero a la izquierda.

Farah se dirige a la puerta de la tienda y corre el pestillo. Miro el reloj, sorprendida de que ya sean las seis. Bridget llega diez minutos tarde. Ella nunca llega tarde, es la persona más de fiar que conozco.

Llevamos siete años siendo mejores amigas y en todo ese tiempo tan solo se ha retrasado una vez. En aquel primer viaje que hicimos, cuando más importante era.

—Qué raro —comento, tratando de no revelar mi miedo. Bridget está bien, seguro que lo está.

—A lo mejor ha pillado un atasco por ser hora punta —dice Farah, pero advierto la inseguridad de su tono.

—A lo mejor sí.

Bridget trabaja como vicepresidenta de publicidad del hospital Sunnybrook y tenía pensado salir a las cinco para disponer de tiempo de sobra por si el tráfico era horrible, como suele ser.

Le mando un mensaje, pero no me contesta.

A las seis y diez, el pánico se apodera de mí. Abro la puerta delantera y salgo a la húmeda tarde de agosto. Miro a derecha y a izquierda por Queen Street East en busca de una cabeza con tirabuzones rubio platino. Me enamoré del pelo de Bridget antes siquiera de hablar con ella, nada más verle la nuca en una reunión de empresa. Se lo ha teñido de platino para la boda, pero a mí me gusta su color natural, un poco más oscuro; me recuerda a la paja de finales de verano.

Como el resto de Toronto, el barrio de Leslieville exhibe todo su encanto en las noches calurosas. Veo tres tranvías rojos dirigiéndose hacia el oeste formando una fila, un anciano perro basset hound en un carrito y un niño pequeño con un cucurucho de helado medio derretido, con la cara y las manos cubiertas del brillante color de la menta, pero no veo a Bridget.

Cuando vuelvo al local, Farah está contando los arreglos para el envío de mañana, así que cojo la escoba de la trastienda y empiezo a barrer las hojas, las flores y los trozos de cinta.

Farah señala en mi dirección con su largo dedo, cuya uña está atravesada por una raya amarillo limón.

—Para. No necesito que me ayudes.

—Ya lo sé, pero ya que estoy aquí… —Y necesito distraerme.

—Siéntate y relájate durante treinta segundos. Tu estrés me estresa a mí.

Consulto de nuevo el reloj: las seis y dieciocho. El corazón se me va a salir del pecho. Bridget no se saltaría algo tan importante como la última prueba del vestido.

—Se suponía que a las seis íbamos a estar ya en la tienda.

Llamo a la boutique. Quizá ha habido algún malentendido y había quedado con Bridget directamente allí. Pero no, la indignada empleada que coge el teléfono me dice que no está allí. De hecho, llega veinte minutos tarde, cierran a las siete y es una época del año de mucho ajetreo, ¿no lo sé o qué? Le pido disculpas y le aseguro que enseguida estaremos allí.

Cuando termino de barrer, cojo un taburete y, con los dedos temblorosos, le mando otro mensaje a Bridget. Luego entro en la web de las noticias para ver si ha habido algún accidente en su ruta.

—Lucy… —me reprende Farah. Tampoco me gusta la suavidad de su tono.

Ya he perdido a mi tía. No puedo perder también a Bridget.

Ha ocurrido algo malo.

Me levanto de nuevo y comienzo a dar vueltas por la tienda. Sylvia se me queda mirando unos instantes y sale de debajo de la mesa para caminar a mi lado.

Tras los cinco minutos más largos de mi vida, me vibra el móvil en la mano. Al ver el nombre de Bridget en la pantalla, me sale un ruido gutural, una mezcla entre sollozo y resoplido de alivio.

—Bridget, ¿dónde estás? —le digo—. ¿Estás bien?

Su voz se entrecorta por culpa del viento que azota el micrófono.

—No te oigo. ¿Me oyes tú?

—¿Bee?

Hay interferencias en la línea. Oigo el chirrido de una puerta corredera y, acto seguido, el viento desaparece.

—¿Bee? —Ahora oigo a mi mejor amiga con más claridad, pero pasa algo. Habla con un hilo de voz.

—¿Qué ocurre? ¿Dónde estás? En teoría, hace media hora que deberíamos estar en la boutique.

—Estoy en casa —me responde—. En Summer Wind.

Tardo unos segundos en asimilar el significado de sus palabras.

—¿Estás…? ¿Dónde…? —El pulso me taladra los oídos—. ¿Está bien tu familia? ¿Tus padres? ¿Está…? —Me detengo antes de usar el nombre incorrecto—. ¿Está bien Lobo?

La oigo sorber por la nariz y contengo la respiración.

—Sí, están bien, pero pensaba que estarían aquí. No me lo habían dicho.

—No te entiendo, Bridge. ¿El qué no te habían dicho?

—Que han decidido ir en coche hasta Toronto para la boda. Están aprovechando la ocasión para tomarse unas vacaciones —repone con voz un poco más aguda—. Ya sabes cómo son.

Sí que sé cómo son. Los padres de Bridget son espontáneos, lo contrario a su hija. La ponen histérica. Y por eso no solo es rarísimo que Bridget se haya ido a la isla, sino también sumamente preocupante.

—Vale, pero ¿por qué has ido a la isla, Bridget? Te casas en menos de dos semanas.

Esta tarde-noche tenemos la prueba del vestido y mañana, teóricamente, tengo que ir a su piso, ya que Miles va a organizar una cena elegante mientras ayudo a Bridget a resolver el problema de las sillas y a decidir una lista de poses para el fotógrafo. Además, este fin de semana le organizo la despedida de soltera.

—Ya lo sé. Ya lo sé. Ya lo sé. Pero es que necesitaba alejarme, Bee. Necesitaba volver a casa. —Habla entrecortadamente y tan deprisa que casi no capto lo que dice—. Y necesito que estés aquí conmigo.

—¿Me necesitas allí? ¿En la isla del Príncipe Eduardo?

Farah enarca tanto la ceja que casi se le sale de la frente.

—Sí, te necesito aquí de verdad. Por favor, ven —me pide. Sorbe de nuevo—. Hay un vuelo para mañana que todavía tiene asientos libres. Estoy en la web ahora mismo.

—¿Quieres que vaya a la isla mañana? —Me quedo mirando a Farah boquiabierta. Sylvia se sienta a su lado y ladea la cabeza.

—Por favor, Bee. Por favor, ven. Te necesito.

La lista de excusas que tengo para quedarme es larga: está la reunión con Cena de mañana y la subasta de flores del martes; no sé si nuestros trabajadores a media jornada podrán hacer turnos extras… Por no mencionar todos los preparativos para la boda de Bridget.

Sin embargo, mi amiga nunca me pide ayuda, nunca ha tenido que hacerlo. Me quiere con locura, aunque no me necesita como yo la necesito a ella. Hasta ahora. Si me pide ayuda, iré donde haga falta. Negarme no es una opción.

Miro a Farah.

—Vete —me susurra.

—Vale —le digo a Bridget negando con la cabeza. No me puedo creer que vaya a hacerlo.

—¿Vienes a la isla?

—Sí. —Trago saliva—. Voy.

Aunque haya una buenísima razón por la que jamás debería volver a poner un pie en la isla del Príncipe Eduardo.

2

En la actualidad

Ocho días antes de la boda de Bridget

Me quedo mirando la pista por la ventanilla ovalada y veo cómo lanzan mi maleta rosa sobre la cinta transportadora. Recorre la rampa hasta la barriga del avión a la vez que siento un aleteo de preocupación en la mía.

—Despegaremos rumbo a Charlottetown, en la isla del Príncipe Eduardo, en unos minutos —anuncia el capitán. Me retuerzo los dedos; no sabía si volvería a oír esas palabras.

Cuando el avión se eleva, respiro hondo. Inhalo y exhalo. Y luego otra vez. No debería estar nerviosa. Me voy porque mi amiga está en crisis, no tiene nada que ver con él. Es probable que no lo vea, seguro que esté en un coche con sus padres dirección Toronto. No he tenido el valor de preguntárselo a Bridget, pero da igual: no debería estar pensando en él. Bridget es mi única preocupación.

Por teléfono estaba muy nerviosa y no quiso decirme por qué había ido a la isla. Lo único que sé es que llegó ayer y que quiere que esté a su lado.

—Bridget es el verdadero cuento de hadas de tu vida —me dijo un día mi tía Stacy, y estuve de acuerdo.

Pensé que había encontrado unas amistades increíbles al mudarme de St. Catharines a Toronto para estudiar la carrera. Dicen que en la universidad es donde conoces a la gente importante, pero yo me pasé los cuatro años de mi carrera de Comunicación Profesional sin encontrar a nadie que encajara conmigo.

Después de que nos hiciéramos íntimas, Bridget me dijo que a veces se encontraba sola en una estancia llena de gente, y yo pensé: «Sí, es justo lo que me pasa a mí». Salí con unos cuantos chicos y tuve algunas amistades, pero no había nadie que me comprendiera de verdad, sin contar a mi tía. Y fue entonces cuando conocí a Bridget.

Nuestro «érase una vez» empezó un sábado por la noche. Yo tenía veintidós y una ejecutiva de la empresa de relaciones públicas en la que trabajaba había organizado una fiesta en su casa, en el barrio de The Annex. Era una vieja mansión de ladrillos con una torrecilla y una escalera majestuosa. Habían instalado una carpa blanca en el patio trasero, guirnaldas de papel y una piscina de esas infinitas. Me puse un vestido con volantes y una corona hecha con flores del jardín de mi tía. La noche parecía mágica.

En realidad, no difería demasiado de la fiesta universitaria a la que había asistido durante mi primer año, a dos calles de la residencia. Se consumieron ingentes cantidades de alcohol. Nadie llevaba bañador, pero uno de los tíos de Economía saltó vestido a la piscina, y otros lo imitaron. Cuando un socio sénior se me quedó mirando los pechos, di un gigantesco paso atrás y me torcí el tobillo. Terminé despatarrada en el suelo con un zapato roto. Había llegado el momento de marcharme.

Iba con un pie descalzo por la avenida Brunswick cuando oí el timbre de una bicicleta seguido de una voz:

—Hola, Cenicienta.

Al darme la vuelta, vi a Bridget, montada en una bicicleta roja, con un mono vaquero, un casco blanco y ni una pizca de maquillaje: estaba despampanante.

No habíamos llegado a hablar nunca, aunque la conocía del trabajo. Era asistente, como yo, pero en las reuniones tomaba la pa­labra con la autoridad de una persona con el doble de experiencia.

—Te llamas Bridget, ¿no?

—Sí. Y tú eres Lucy Ashby, la chica que dibuja margaritas durante las reuniones.

—También tulipanes. —Sonreí.

—En fin, la fiesta es un desmadre.

—Sí, pensaba que no sería…

—¿… un putísimo desastre? —me sugirió Bridget.

Asentí.

—¿Qué te ha pasado? —dijo señalando el zapato que llevaba en la mano.

—Se me ha enganchado en las baldosas y me he caído en un charco de agua fría. —Me di la vuelta para enseñarle lo mojada que tenía la espalda—. Por lo menos espero que fuera agua. Se me ha partido el tacón.

—¿Dónde vives?

—En Jarvis con Wellesley.

—No muy lejos de mi casa, yo vivo en Cabbagetown. Sube.

Y fue así como terminé recorriendo Bloor Street delante de los manillares de Bridget, oyendo anécdotas de su infancia en la isla del Príncipe Eduardo. En un momento dado, me reí tanto que casi me caigo de la bici. Cuando llegamos a mi edificio, nos sentamos en la escalera delantera y nos pasamos una hora charlando.

—El martes te guardaré un asiento en la reunión trimestral —me dijo mientras se abrochaba el casco—. Siempre llegas tarde.

—Vale. —Me sorprendió que se hubiera fijado—. Gracias.

Se subió a la bici y echó a pedalear.

—Nos vemos, Ashby —me dijo sin volver la cabeza. Más tarde supe que llamar a alguien por el apellido era una costumbre del padre de Bridget.

A finales de esa semana picábamos algo en las pausas y comíamos juntas contándonos chismorreos. Además decidió acortar Ashby a Bee, me dijo que el apodo encajaba conmigo porque yo era como una abeja que no dejaba de zumbar por todas partes. No me importó, la verdad, ni lo más mínimo. Durante los cinco años siguientes jamás me sentí sola.

Ahora, ya no somos compañeras de piso. Tenemos veintinueve años y ella se va a casar, y las dos estamos inmersas en nuestras respectivas carreras. La entrevista de trabajo de Bridget en Sunny­brook fue la razón por la que hace cinco años perdió el vuelo hasta la isla. Dejó atónitos a los de recursos humanos, claro, y acabó pasándose horas allí, dando una vuelta por el campus y conociendo a sus futuros compañeros de trabajo y a la jefa de su jefa. Sin embargo, los días en los que nos contábamos chismes durante la pausa del café parecen de otra vida y cada vez es más difícil que encontremos tiempo para hacer una escapada juntas.

Me quedo dormida en algún punto por encima de Quebec, pero la cabezada no dura lo suficiente. Sueño con una boda cuyas flores se marchitan minutos antes de la ceremonia. Cuando entramos en una zona de turbulencias al sobrevolar Maine, me despierto sobresaltada, con el corazón desbocado y las manos sudadas.

En todos los años que hace que Bridget y yo somos amigas, nunca la había oído tan perdida como ayer por teléfono. Siempre ha sido ella la que ha cuidado de mí, la que me ha recogido del suelo después de haberme caído en más ocasiones de las que puedo contar, pero ella casi nunca tropieza.

El lado práctico de mi cerebro sabe que, ahora mismo, no debería estar en este avión. Cuando ayer por la tarde llamé a Lillian, de Cena, para decirle que debía posponer la reunión, su decepción fue evidente. Además no pude explicarle muy bien qué día estaría de regreso, así que debí de parecer poco de fiar. Bridget insistió en comprarme el billete, pero no me reservó ninguno de vuelta, aunque no creo que vaya a quedarme más allá del fin de semana. Tengo muchas cosas entre manos, incluidas las flores para su boda, pero ¿cómo voy a negarle algo cuando ella me ha dado tantísimo?

—Atención a todos los pasajeros —anuncia el capitán—: Estamos a punto de iniciar el descenso hacia Charlottetown.

Será mi quinto viaje a la isla. El pasado mes de julio fui yo sola. Al mirar por la ventanilla, me da un vuelco el corazón. Desde el cielo, la isla se parece a una de las colchas de la abuela de Bridget: un mosaico de remiendos formado por granjas, campos y árboles. Es el hogar de Bridget, pero para mí también es muy importante, ya que algunos de mis recuerdos más felices tuvieron lugar en esta maravillosa extensión de tierra verde.

También algunos de mis errores más grandes.

Pero no pienso repetirlos. Esta vez no. Este verano será diferente.

Tiene que serlo.

Porque Bridget es la persona a la que más quiero, mi salvadora, mi hermana. Haría cualquier cosa que me pidiera, incluido un viaje de emergencia. Incluido no enamorarme.

3

En la actualidad

Siempre me ha gustado volar hasta Charlottetown. Nada más bajar del avión, sales a la pista, algo que me hace sentir como una famosa. El aeropuerto es una maravilla diminuta. Hay una sola cinta de equipaje y recoges la mochila al cabo de quinte minutos de haber puesto un pie en la tierra de la isla del Príncipe Eduardo.

A juzgar por sus instrucciones, supongo que Bridget me recogerá en el aparcamiento, así que me dirijo hacia la estatua en forma de vaca de Cows Creamery a esperar el equipaje. La vaca es a tamaño real, parecida a las de los dibujos animados, blanquinegra con naricilla rosada, y siempre me saca una sonrisa. Llevo algo obsesionada con ella desde mi primer viaje, pero no la veo por ninguna parte. Horrorizada, doy media vuelta para echar un vistazo alrededor.

—¿Puedo ayudarte, cielo? —me pregunta una mujer con una escoba y un plumero en las manos. Los isleños son las personas más majas del mundo.

—No, pero gracias —le respondo—. Me acabo de fijar en que la vaca ya no está.

—Es una pena, ¿verdad? La han quitado para restaurarla. Yo también echo de menos a Wowie.

—No sabía que tenía nombre.

—Wowie. —La mujer asiente.

Me desea un feliz día y doy un par de pasos hacia la cinta de equipaje justo cuando me hacen un placaje. A Bridget le saco una cabeza, pero se abalanza sobre mí con tanta fuerza que casi me lanza al suelo. Me rodea con los brazos y termino con la cara sumida en su melena rubia.

Nos vimos el fin de semana pasado durante la fiesta nupcial que le organizaron sus compañeros de trabajo, pero me abraza como si hubieran transcurrido meses. Entonces me pareció que Bridget estaba bien, aunque quizá pasase algo por alto, pues estaba distraída, nerviosa por ausentarme de la floristería.

—Me alegro de que estés viva —digo sobre el pelo de mi amiga—. Ayer me diste un buen susto. —La estrecho fuerte y luego la cojo por los hombros para ver a qué me voy a enfrentar. Lleva pantalones cortos, camiseta sin tirantes y nada de maquillaje. Tiene casi el mismo aspecto que cuando teníamos veintitrés y compartíamos piso, antes de que se fuese a vivir con Miles.

Con su melena rizada rubia y su pequeña estatura, Bridget parece una adorable hada, con pecas en la nariz y los hombros tan blancos. Pero es una tía dura y, a menudo, la gente la juzga mal, aunque a ella le encanta dar pie a esos malentendidos. Fui testigo de ello cuando trabajamos juntas.

Un día, durante una reunión tensa, se volvió hacia el tío que estaba sentado a su lado y le soltó que tenía actitud «de fantoche». Fue antes de que fuéramos amigas. Me gustó tanto el insulto anticuado como la firme confianza con la que se lo espetó. El acento del este de Bridget era más acusado cuando se tomaba una copa o discutía con alguien. En ocasiones normales pronunciaba bien todas las letras, incluidas las erres, como si estuviera prestándoles una atención especial.

—Qué contenta estoy de que estés aquí. —Bridget me sonríe y sus dos hoyuelos idénticos hacen acto de presencia.

Sin embargo, tiene las mejillas pálidas y unas fuertes ojeras. Mi amiga sigue a rajatabla su horario de sueño, pero es imposible que anoche durmiese sus ocho horas de rigor.

—Ya sabes que por ti me tiraría de un acantilado.

—Quizá mañana. —Me aprieta los mofletes. Su cariño físico no conoce apenas límites y mis mejillas sufren las consecuencias—. Lo único que deseo es pasar tiempo de calidad contigo, con mi mejor amiga, a la que quiero mucho mucho.

Me parece más entera hoy que ayer por teléfono, pero debe de ser fingido. Bridget no me ha pedido que vuele hasta la costa atlántica de Canadá ocho días antes de su boda para que pasemos tiempo juntas. No se trata de eso, esto es una misión de rescate.

Cuando le pregunté durante cuánto tiempo me necesitaba aquí, me dijo: «Todo el que puedas». Con un poco de suerte, pasaré dos noches en Summer Wind y el lunes me subiré a un avión de vuelta a Toronto con ella.

Mi amiga asiente mirando la cinta de equipaje, donde acaba de aparecer mi maleta.

—Ahí la tienes. —Enlaza el brazo con el mío—. Vamos.

Fuera hay mucha humedad y el suelo está mojado por la lluvia. El sol brilla con intensidad, pero hay nubes de tormenta en el este. En la isla, el tiempo cambia muy deprisa.

—¿Me quieres contar lo que pasó ayer? —le pregunto arrastrando la maleta con ruedas hasta el aparcamiento.

—Me entró morriña —contesta al tiempo que se encoge de hombros como si no fuera para tanto—. Con la boda y la luna de miel y el trabajo, no sabía cuándo podría venir aquí si no era ya. Quería sorprender a mis padres, pero debería haber llamado antes, porque sé lo escurridizos que son.

Me la quedo mirando fijamente para intentar averiguar cuánto de lo que me ha dicho es mentira.

—Por teléfono sonabas muy pero que muy afectada.

—Es que lo estaba. ¿Se van de viaje por ahí sin decírmelo? Qué típico de ellos.

—Cuando llegaste, ¿tu madre y tu padre ya se habían marchado?

—Pues sí. No habían comprado billetes a Toronto, así que decidieron recorrer el camino pintoresco. Van a ir a visitar a unos amigos que viven en Fredericton y luego a pasar unos días en Montreal.

Percibo su enfado. Ken y Christine son unos padres estupendos, el motivo por el cual Bridget y Felix son tan autosuficientes y seguros de sí mismos, pero en el momento de hacer planes son muy despreocupados, algo que a ella la pone de los nervios. Ken era profesor de Historia, y Christine, veterinaria de animales grandes, y ahora que están jubilados es casi imposible dar con ellos. Hacen lo que quieren cuando quieren y se reservan el derecho a cambiar de opinión. Creo que la necesidad de orden de Bridget es una respuesta directa al comportamiento más relajado de sus padres.

Ya hemos cruzado la mitad del aparcamiento cuando estoy a punto de preguntarle por qué me necesitaba con tanta urgencia, pero entonces lo veo a él.

Felix Clark está leyendo un libro apoyado en una camioneta negra cuyas ruedas están cubiertas de tierra color siena. Su pelo oscuro, que lleva revuelto, le cae en preciosas ondas sobre la frente.

Me quedo sin aire. Pasan segundos antes de que pueda volver a respirar. Ha transcurrido un año entero desde la última vez que nos vimos y todo regresa a mi mente de pronto.

Ojos azules intensos, manos fuertes, brisa marina sobre su piel morena, un beso en la playa, arena en las sábanas: el día en el que todo cambió.

«Me lo he pasado bien».

Que no me tropiece es un milagro. Me da un vuelco el estómago como si fuera la rueda de un molino y mi corazón intenta por todos los medios hacerme un agujero en el pecho.

«Cálmate —le digo—. Compórtate».

Pero no hace más que acelerarse.

Felix está aquí.