0002_0000
Parte izquierda del mapa de París del año 1776
Parte derecha del mapa de París del año 1776

INTRODUCCIÓN

LA PRIMERA SOCIEDAD DE LA INFORMACIÓN

Y LA CONCIENCIA COLECTIVA

Los acontecimientos no vienen desnudos al mundo. Vienen revestidos de actitudes, suposiciones, valores, recuerdos del pasado, pronósticos de futuro, esperanzas y temores, entre otras muchas emociones. Para comprender los acontecimientos es necesario describir las percepciones que los acompañan, pues ambos son inseparables. Este libro narra cómo vivieron los parisinos la secuencia de acontecimientos que se extendió desde el final de la guerra de sucesión austriaca (1740-1748) hasta la toma de la Bastilla en 1789.

La «historia de los acontecimientos» fue despreciada durante décadas por los historiadores profesionales —las principales figuras de la escuela de los Annales en Francia se referían con desdén a los acontecimientos como una fina capa que cubría las estructuras profundas del pasado—, pero está experimentando un renacimiento y puede reformularse, creo, no como una mera lista de sucesos, sino como una forma de entender cómo la gente interpretaba dichos sucesos.[1] Sus reacciones proporcionan indicios sobre la opinión pública, que los historiadores estudian a menudo, y también sobre algo más profundo: la conciencia colectiva.

Ese algo, lo reconozco, es difícil de definir con exactitud. En ciencias sociales suelen emplearse términos afines, como «mentalidad», «cosmovisión», «clima de opinión» y Zeitgeist, aunque, tal como se explica más adelante, el término «conciencia colectiva» apareció ya hace mucho tiempo en la obra de Durkheim para convertirse en un concepto de uso habitual entre los sociólogos. Yo lo he adaptado con otro nombre, «temperamento revolucionario», para caracterizar la forma en que los parisinos reaccionaron a los acontecimientos que sacudieron su existencia de 1748 a 1789. Por «temperamento» entiendo un estado de ánimo fijado por la experiencia de forma análoga al «temple» del acero mediante un proceso de calentamiento y enfriamiento.[2]

Durante el siglo XVII, París experimentó numerosos cambios en cuanto a población, geografía y aspecto físico. Gracias a la labor de una nueva generación de historiadores sociales y económicos, hoy podemos rastrear las transformaciones concomitantes en el entorno cotidiano de los parisinos, incluidos su dieta, vestimenta, mobiliario, hábitos de compra, diversiones y lecturas. Aunque sus condiciones de vida influyesen en su visión general de la existencia, su percepción del rumbo de los asuntos públicos no derivaba directamente de su entorno ni de sus libros, sino que respondía a las noticias que les llegaban. Espero haber tenido suficientemente en cuenta la influencia de las condiciones socioeconómicas y de la literatura, pero mi objetivo es centrarme en la información que circulaba al nivel de la calle: en las crónicas de los acontecimientos y de las reacciones a los mismos tal como las reflejaban los medios de comunicación de la época.

Durante las cuatro décadas anteriores a la Revolución acontecieron tantas cosas que, para no ahogar al lector en detalles, he tenido que ser selectivo. En lugar de narrar una secuencia ininterrumpida, he elegido cuatro periodos especialmente densos (1748-1754, 1762-1764, 17701775, 1781-1786) y luego me he concentrado en los sucesos que van desde 1787 hasta la toma de la Bastilla. Mi relato pretende mostrar cómo los parisinos siguieron el curso de los acontecimientos de un modo que les preparó para dar el gran salto hacia la revolución de 1789.

He limitado el ámbito de mi estudio a París, aunque en gran parte podría aplicarse al resto de Francia.[3] Recorrer las provincias nos haría perder el hilo del relato en una sobreabundancia de detalles. Incluso París era un mundo complejo, compuesto por numerosos barrios, cada uno con su propia identidad y una población enorme y en aumento, que se diferenciaban entre sí por un sinfín de grados de riqueza y estatus. La mescolanza social fue a más en la segunda mitad del siglo, una época en que las tiendas de ropa de calidad de segunda mano hacían difícil distinguir la «posición» mediante la indumentaria, y los plebeyos se codeaban con los patricios en teatros y parques públicos. Sin embargo, los parisinos eran muy conscientes de la posición social de cada uno y diferenciaban sistemáticamente entre la «gente menuda» o «gentecilla» (le menu peuple, les petites gens), que constituía la base de la sociedad, y los grands, que formaban la cúspide. Los grands tenían acceso a Versalles: de ahí la expresión la cour et la ville, que indicaba la conexión entre la corte y la capital reservada a los grands. Para la mayoría de los parisinos, sobre todo la «gente menuda», Versalles era un mundo ajeno, y la política era cosa del rey, que se ocupaba de ella por mediación de sus ministros, cortesanos y agentes de poder entre los grands. Sin embargo, desde Versalles se filtraban noticias sobre las intrigas de poder, que convergían con todo tipo de revelaciones en el sistema de información de París. Con el fin de seguir el vaivén de noticias que circulaban entre los parisinos de a pie, evitaré relatar acontecimientos como las intrigas ministeriales que se producían fuera de su campo visual, excepto en la medida en que circulasen en forma de rumores por salones, cafés, bodegas, calles y mercados.

Me baso sobre todo en diarios, correspondencia, gacetas y los boletines de noticias informales llamados nouvelles à la main. Cada uno de ellos tiene sus limitaciones, y ninguno proporciona una imagen nítida del pasado. Al relatar los acontecimientos, las fuentes describen a menudo la reacción de los parisinos en general, pero no había parisinos en general. Los comentarios sobre lo que decía tout Paris solían limitarse a una élite bien informada. El on en expresiones como on dit —«se dice»: una forma habitual de describir la opinión común— no solía abarcar el mundo de los artesanos y tenderos; y cuando las informaciones se refieren explícitamente al pueblo llano suelen revelar más sobre los observadores que sobre los observados. No existe una imagen directa de la conciencia colectiva, sino que debe deducirse mediante inferencias y saltos interpretativos, apoyados en todas las informaciones disponibles a lo largo de un periodo de tiempo adecuado.

Pero aun reconociendo los problemas de esta metodología historiográfica, quisiera destacar sus puntos fuertes. Las fuentes sobre el flujo de información en el París del siglo XVII son extraordinariamente ricas. Podemos reconstruir las conversaciones en los cafés, recoger las noticias en las gacetas clandestinas, escuchar los comentarios de las canciones callejeras y visualizar el poder tal y como se exhibía en procesiones y fiestas. A menudo decimos que vivimos en la era de la información, como si fuera algo nuevo. Sin embargo, cada época de la historia es una era de la información, cada una a su manera, y en el siglo XVII, París estaba saturada de información transmitida por un sistema multimedia propio de su tiempo y lugar.[4]

Pensemos en el Árbol de Cracovia, un gran castaño situado en la parte norte del jardín del Palacio Real, en pleno centro de París. Bajo él se reunían a diario los nouvellistes de bouche (noticieros orales) para intercambiar las últimas noticias de viva voz. Al parecer, los embajadores enviaban a agentes a recabar información o difundirla, mientras que los ciudadanos de a pie se pasaban por allí para satisfacer su curiosidad. En lenguaje coloquial, craque era sinónimo de noticia falsa, y se decía que las ramas del Árbol de Cracovia crujían cada vez que un nouvelliste se apartaba descaradamente de la verdad.[5] Algunos de los asistentes garabateaban notas con las últimas informaciones, que luego leían a grupos que se reunían en otros puntos de encuentro: el cercano café du Caveau y el café de Foy, ciertos bancos de los jardines de Luxemburgo y de las Tullerías, bodegas, casas de comidas y salones. Estos papeles anotados, metidos en los bolsillos de mangas y chalecos, eran confiscados por la policía cuando cacheaba a los prisioneros en la Bastilla. Aún pueden verse en los archivos de la Bastilla fragmentos de la información que dio pie a conversaciones de hace dos siglos y medio. Las conversaciones en sí pueden seguirse, café por café, en los informes de los espías de la policía, redactados a menudo en forma de diálogo.

Otros tipos de proveedores de noticias transformaban las notas en nouvelles à la main o boletines manuscritos, que circulaban sous le manteau («de socapa»). Al menos treinta y un nouvellistes produjeron gacetas de este tipo durante las últimas décadas del Antiguo Régimen. Aunque eran ilegales, la policía los conocía, los controlaba e incluso redactaba sus propios boletines, ya que la demanda de información era insaciable en una sociedad que carecía de periódicos modernos, es decir, publicaciones periódicas impresas con reportajes sobre política y asuntos públicos. El primer diario francés, el Journal de Paris, no apareció hasta 1777. Estaba fuertemente censurado y no contenía nada que pudiera molestar a nadie del Gobierno o de la Iglesia, mientras que la Gazette de France, publicación oficial editada durante muchos años por el Ministerio de Asuntos Exteriores, contenía poco más que avisos y notificaciones de los poderes de Versalles.

Para la información local, los parisinos consultaban un periódico, Annonces, affiches et avis divers, que contenía anuncios y artículos breves sobre todo tipo de temas no políticos.[6] Para las noticias internacionales, leían periódicos en francés impresos en los Países Bajos, Renania y Aviñón, que en aquel entonces formaba parte de un enclave bajo la soberanía del papa, el Condado Venesino. Los periódicos extranjeros gozaban de una amplia difusión, sobre todo durante los cuarenta años posteriores a 1745, en los que su número pasó de 15 a 82.[7] Aunque censurados en la práctica (la policía podía interrumpir su distribución por correo), contenían gran cantidad de noticias de todo el mundo, incluidas las colonias revolucionarias de América; y sus corresponsales en París solían escribir artículos extensos.[8]

El sistema de información del Antiguo Régimen mezclaba noticias de fuentes orales, manuscritas e impresas. El mejor ejemplo de ello es el salón de Marie-Anne Doublet, un grupo conocido como la paroisse («la parroquia») que se reunía todos los sábados en el piso de madame Doublet, en el barrio del Marais. Para preparar la reunión, uno de sus sirvientes recorría los alojamientos de todos los criados del barrio para recoger cotilleos. Anotaba la información en dos listas destinadas al salón, una para las noticias que parecían fiables y otra para los rumores dudosos. A medida que llegaban los «parroquianos», consultaban las listas, añadían sus propias informaciones y se reunían en torno a una mesa para conversar y cenar. Más tarde, los criados hacían resúmenes de las noticias que el grupo consideraba creíbles. Dichos resúmenes se ponían a la venta y se difundían en círculos cada vez más amplios por toda Francia y gran parte de Europa. Se imprimieron por primera vez en 1777 y se fueron ampliando de número en número hasta alcanzar los 36 volúmenes en 1789, con el título de Mémoires secrets pour servir à l’histoire de la république des lettres en France. Las autoridades estaban al corriente de las actividades de la «parroquia», y en su momento amenazaron con encerrar a madame Doublet en un convento. Sin embargo, su primitiva redacción sobrevivió y dejó su impronta en las noticias que producía: frívolas, chismosas, aderezadas con agudezas sobre actrices y hombres de mundo, llenas de reseñas de obras de teatro, libros y exposiciones de arte, afines al sector volteriano de la Ilustración y, en cuestiones políticas, favorables al Parlamento de París.[9]

Mientras que las noticias y la información de todo tipo procedían del boca a boca, los parisinos habitaban un mundo en el que los medios de comunicación se solapaban y se entrecruzaban. No había fronteras entre la comunicación sonora y visual, ya fuera oral, escrita, impresa o visual. El rumor, por ejemplo, pasaba del cotilleo casual a los bruits publics («alborotos públicos») sediciosos. La terminología de la época permite apreciar la amplitud de las variaciones: commérage, potin, ragot, on dit, rumeur, murmure, tapage, bruit public. Las agudezas adoptaban muchas formas, como el bon mot, el épigramme y el pont neuf, y pese a ser fruto de la improvisación en un diálogo oral, solían reproducirse en la prensa. La manera y el tono de las conversaciones influían en su sentido y eficacia. El ridículo era un arma poderosa, como indican los comentarios frecuentes sobre la importancia de tener de su parte a los que se ríen (mettre les rieurs de son côté).

También lo era el sentimiento. De hecho, el crecimiento de la sensiblerie durante la segunda mitad del siglo vino acompañado de un cambio en la retórica. Al igual que Rousseau desafió la supremacía de Voltaire, la risa dio paso al llanto. El cambio de tono se manifestó especialmente en procesos judiciales que atrajeron tanta atención que se convirtieron en «casos» o «asuntos», como el caso Calas, el asunto del collar de diamantes y el caso Kornmann, que levantaban pasiones entre el gran público.

Siempre que atraían a una multitud, los alegatos de los abogados y la conversación en general se impregnaban de teatralidad. Los individuos declamaban panfletos en las esquinas y los leían en voz alta en los cafés. En ocasiones, las lecturas se convertían en representaciones con todas las de la ley: de vez en cuando, tras su lectura en público, los panfletos progubernamentales eran acusados de algún delito, juzgados, condenados y quemados. Se transmitían mensajes mediante todo tipo de gestos e incluso con la ropa. Los hombres elegantes lucían a veces botones en el chaleco con imágenes de la actualidad, y las mujeres llevaban gorros que evocaban los temas de los panfletos. Durante la guerra de independencia de Estados Unidos, las damas de la alta sociedad lucían complejos peinados à la Philadelphie y à l’Indépendance.

Las palabras también viajaban por medio de la música. Casi todos los parisinos se sabían de memoria un repertorio común de melodías, como mínimo una docena, según mis cálculos. Prácticamente todo el mundo podía tararear clásicos populares como «Les Pendus» («Los ahorcados») y «Réveillez-vous, belle endormie» («Despierta, bella durmiente»). Cada semana y casi cada día, algún ingenioso —a veces, de las clases bajas— componía una nueva letra para una melodía antigua, burlándose de un personaje público o comentando un acontecimiento de actualidad. Los compiladores copiaban las últimas canciones en recopilaciones llamadas chansonniers. El Chansonnier Clairambault del siglo XVII, conservado en la Bibliothèque nationale de France, consta de 58 volúmenes. Un chansonnier de la Bibliothèque historique de la ville de Paris contiene 641 canciones y poemas en trece gruesos volúmenes correspondientes únicamente al periodo 1745-1752. En la calle pedían limosna cantantes que se acompañaban con el son de violines o zanfonas, y los artesanos cantaban a menudo en el trabajo, como hacía Charles-Simon Favart mientras amasaba en la pastelería de su padre, antes de que le descubrieran y se convirtiera en un celebérrimo autor de óperas cómicas.[10]

Las canciones más populares, atribuidas a autores ficticios como «Belhumeur, chanteur de Paris» («Buen humor, cantor de París») y «Baptiste dit le divertissant» («Baptiste, apodado el divertido»), se imprimían en forma de pliegos sueltos, en ocasiones con la partitura correspondiente. La música también puede identificarse a partir de «claves» contemporáneas. Por tanto, se puede recuperar algo del sonido junto con la letra de las canciones callejeras. Aunque trataban todo tipo de temas, especialmente la bebida y el amor, las canciones transmitían tanta información sobre la actualidad que funcionaban como periódicos orales. En 1749 tuvieron la fuerza suficiente para precipitar la caída del ministro Maurepas.

A algunas interpretaciones o representaciones se las consideraba también publicaciones. Después de todas las grandes guerras —en 1749, 1763 y 1783— se «publicaba» la paz mediante un enorme desfile con tambores y trompetas, que recorría toda la ciudad y se detenía en lugares señalados, donde un heraldo leía una proclama real que declaraba el fin de las hostilidades. En general, los espectáculos transmitían mensajes a los parisinos, ya que la Iglesia y el Estado desfilaban ante el público en días festivos y celebraciones como las bodas reales. Los funerales de algún monarca y las «entradas» solemnes en París constituían una forma de representar la importancia de los grands. Exigían una cuidadosa preparación y a menudo salían mal. Los fallos en las ceremonias destinadas a exhibir la dignidad y el poder debilitaban el respeto público por la autoridad. A veces, los parisinos tomaban las riendas de la organización de las ceremonias, inspirándose en las algarabías propias del Carnaval. En momentos críticos, protestaban vistiendo a monigotes a imagen y semejanza de los ministros, para hacerlos desfilar por la calle, someterlos a un simulacro de juicio y finalmente quemarlos. En 1788, esta clase de hogueras provocaron disturbios que estuvieron a punto de dar pie a una revuelta popular.

Estos modos de comunicación no exigían un alto porcentaje de alfabetización para ser eficaces. De todos modos, la mayoría de los parisinos, incluidos casi todos los hombres adultos, sabían leer bastante bien y en sus recorridos por la ciudad iban descifrando carteles, anuncios comerciales, señales y pintadas. El grado de exposición a los impresos variaba enormemente, al igual que el propio acto de leer. Todos se encontraban con carteles, que iban de simples mensajes manuscritos a manifiestos impresos. Si los adherían a las paredes con suficiente fuerza y un buen pegamento, podían dejar una huella legible aun después de que los retirase la policía. Todos los parisinos podían entender el mensaje de los grabados, supieran o no leer los pies de imagen. Los talleres de la rue Saint Jacques producían grabados de personajes públicos o de acontecimientos como batallas navales y episodios jocosos conocidos como canards. Los semianalfabetos conocían los textos a través del oído, ya que solían leerse en voz alta en cafés, salones y lugares públicos, entre los que figuraban los jardines del Palacio Real, las Tullerías y el palacio de Luxemburgo, donde los parisinos gustaban de pasear y donde se reunían, como ya se ha dicho, los nouvellistes. El Palacio Real era también un lieu privilégié —es decir, una zona bajo la jurisdicción independiente de su propietario, el duque de Orleans—, por lo que la policía no podía hacer redadas en sus puestos de libros y cafés sin autorización de su gouverneur. Los vendedores ambulantes vendían todo tipo de material impreso —edictos del Gobierno, memorias judiciales ( factums), panfletos, pliegos de cordel y grabados— por toda la ciudad. Informaban a los parisinos de las últimas publicaciones con sus gritos y también con su forma de gritar: si vendían best sellers, gritaban a voz en cuello; si distribuían decretos sobre nuevos impuestos, apenas levantaban la voz, porque las multitudes a veces descargaban su ira contra el Gobierno golpeando a los vendedores ambulantes que vendían sus edictos.

El lado más escandaloso del sistema de información afloraba durante las crisis, pero no obstaculizaba actividades cotidianas como la lectura silenciosa por parte de individuos aislados. Muchos parisinos frecuentaban las bien surtidas librerías del Barrio Latino, compraban libros de géneros populares como viajes e historia y los leían tranquilamente en casa. En 1765 ya habían aparecido las obras más importantes de la Ilustración, y en general eran toleradas por las autoridades, a menos que propugnaran el ateísmo o atacaran a la monarquía. A finales de la década de 1770, el Gobierno protegió en secreto la venta de la Encyclopédie de Diderot en sus ediciones en cuarto relativamente baratas, que llegaban a un amplio público de abogados, médicos, funcionarios de la Administración y terratenientes. Nada hace pensar que el Estado hubiera abandonado sus valores oficiales, expresados, por ejemplo, en el juramento que Luis XVI prestó durante su coronación en 1775. ( Juró exterminar a los herejes y defender las órdenes del Espíritu Santo y de San Luis, pero en 1787 aceptaría conceder derechos civiles a los calvinistas). El último gran tratado de la Ilustración, Histoire philosophique et politique des établissements et du commerce des Européens dans les deux Indes de Guillaume-Thomas Raynal (con una generosa aportación de Diderot), fue condenado y quemado en 1781. Pero el aumento de la tolerancia de las obras heterodoxas indica hasta qué punto el régimen daba cabida a nuevas ideas, y la difusión de los libros demuestra que esas ideas habían calado profundamente en las capas altas y medias de la sociedad y habían ganado numerosos adeptos entre la élite cuyos privilegios desafiaban. El tout Paris se volcó en el recibimiento triunfal de Voltaire a su regreso a la ciudad en 1778 tras largos años de exilio. Su apoteosis confirma que su cruzada contra l’infâme (el fanatismo religioso, la intolerancia y la injusticia) se había ganado la simpatía de los parisinos en general.[11]

Aunque la historia del libro proporciona abundantes hipótesis sobre las actitudes y valores del público lector, no aporta argumentos que permitan seguir el paso de la publicación de libros a su venta, lectura y asimilación consciente por los lectores; en cambio, la investigación sobre el comercio ilegal del libro ofrece información sobre la forma en que «se llevaban» los libros, ya que indica cómo se integraban en el sistema de información en el que se encuadraban. Los libros prohibidos eran conocidos en el comercio clandestino como livres philosophiques («libros filosóficos») y por la policía como marrons («castañas») o simplemente mauvais livres («libros malos»). Contenían una proporción considerable de filosofía, sobre todo de las doctrinas ateas del círculo del barón d’Holbach, además de pornografía y libelos sediciosos. Los más vendidos en este sector eran los libelles, ataques infamantes a ministros, a las amantes del rey y al propio monarca. Proliferaron en muchos periodos de la historia francesa, sobre todo en las revueltas de la Fronda de 1648-1653 y la Regencia de 1715-1723, y fueron especialmente populares durante las décadas de 1770 y 1780. Estos «libelos» solían tener un aspecto imponente, como la Vie privée de Louis XV, en cuatro volúmenes, que puede leerse como una historia detallada de Francia de 1715 a 1774; pero si se examinan a fondo, se constata que están formados por una serie de episodios, lo que en la época se denominaba «anécdotas», hilvanados en forma de narración. La misma anécdota aparece a menudo reproducida palabra por palabra en varias obras, porque los autores tomaban material prestado unos de otros y de fuentes comunes como los chismes y las nouvelles à la main. Más que fruto del plagio, el libelo era un ejemplo de intertextualidad radical, cuya unidad básica no era el libro, sino la anécdota, es decir, una dosis de información que podía desplazarse e insertarse donde encajase mejor. Las anécdotas circulaban de forma tan profusa que acababan alojadas en la imaginación de muchos.[12]

No todos los livres philosophiques estaban construidos así, ni los libros en general se ajustaban a la misma estructura, pero la mayoría de ellos contenían ingredientes derivados de otros segmentos del sistema de información, ya fuera oral, escrita o impresa. Los distintos medios de comunicación se reforzaban entre sí y enviaban sus mensajes a todos los sectores de la población de París. Aunque no podamos seguir el rastro de todos los mensajes, podemos seguirlo lo suficiente como para ver cómo funcionaba el sistema. Así, al relatar los acontecimientos y su percepción, este libro pretende revelar cómo funcionaba esta primitiva sociedad de la información.

Pese a que la información adoptaba a menudo la forma de informes objetivos sobre unos hechos, estos hechos estaban cargados de sentido, no por el añadido de una moraleja al relato, sino por la forma implícita en que se presentaba el asunto. Por ejemplo, Siméon-Prosper Hardy, librero de clase media, anotaba con frecuencia en su diario el precio del pan, base de la dieta de la mayoría de los parisinos. A veces se limitaba a registrar el precio vigente, pero en abril de 1775 anotó una serie de subidas de precios, en lo que constituye una advertencia sobre el hambre que pasaba la «gente menuda», que veía en estos aumentos la violación de una norma —el precio justo de un pan de cuatro libras eran ocho o nueve sous— y respondía, como observó Hardy, con murmures e incluso disturbios, para los que se usaba la expresión émotions populaires. De hecho, en París estalló una émotion el 3 de mayo de 1775, cuando los alborotadores saquearon la práctica totalidad de las panaderías locales. Steven Kaplan, la máxima autoridad por lo que se refiere al pan, sostiene que la obsesión por su carestía es propia de una «conciencia de subsistencia» colectiva.[13]

Los historiadores actuales utilizan a menudo términos como «el imaginario colectivo» y «la memoria colectiva».[14] Su uso deriva, directa o indirectamente, de los intentos de sociólogos y antropólogos por explicar cómo nos orientamos en un mundo que ya está organizado y dotado de un sentido independiente de nuestra existencia. Sin pretender ofrecer un discurso metodológico, debo explicitar algunas de las conexiones entre sus teorías y el tipo de historia que pretendo escribir.

Emile Durkheim definió la conciencia colectiva como «el conjunto de las creencias y sentimientos comunes al promedio de los miembros de una misma sociedad», y subrayó que existía como «un sistema determinado que posee vida propia».[15] Este punto de vista, que da prioridad a lo social sobre el ámbito individual de la experiencia, ayuda a explicar los murmures y émotions colectivos que menciona Hardy. Durkheim también utiliza el concepto complementario de sensibilité collective, aunque sus formulaciones abstractas no reflejan la inmediatez ni la fuerza emocional de dicha experiencia.

Uno de los rivales de Durkheim, Gabriel Tarde, intentó demostrar cómo funcionan de hecho los sentimientos comunes mediante el ejemplo de la lectura. En el París de finales del siglo XIX, señaló, los lectores solían consultar los periódicos en los cafés, donde estaban disponibles más o menos a la misma hora cada día. Los lectores, al igual que los periódicos, eran afines a partidos políticos distintos, pero tenían la percepción de que los demás, fueran cuales fueran sus opiniones, leían al mismo tiempo que ellos y, por tanto, sabían que participaban en una experiencia colectiva.[16] Benedict Anderson aplicó un argumento parecido al desarrollo del nacionalismo en las sociedades coloniales. Al leer libros y, sobre todo, periódicos, los individuos se sentían unidos a personas a las que nunca habían visto en una «comunidad imaginada», que subyacía a la transformación de un Estado colonial en un Estado nacional.[17] Creo que los lectores parisinos, a pesar de sus diferentes opiniones sobre temas concretos, desarrollaron en 1789 un sentimiento parecido de comunidad, que identificaban como nación. El sentimiento de participación en una experiencia común se extendía mucho más allá de la experiencia de la lectura e incluso de los límites del analfabetismo. Prácticamente todos los parisinos compartieron la conmoción de los secuestros policiales y los disturbios de 1750; deploraron la tragedia en la que terminó la boda del delfín de Francia con María Antonieta en 1770; y se asombraron con los primeros vuelos en globo en 1783 y 1784.

Los parisinos también compartían un sentimiento implícito de la realidad que subyacía tras esos acontecimientos. A los sociólogos les ha resultado difícil evocar este sentimiento colectivo, que a veces describen como construcción social de la realidad. Pero Erving Goffman, en su estudio en profundidad de la interacción social, explica cómo puede producirse. En todo encuentro, sostiene, desempeñamos papeles, como actores y como público, y este comportamiento improvisado sigue un guion implícito que determina lo que ocurre en realidad, tanto si encargamos la comida en un restaurante como si participamos en un mitin político. «Mi objetivo», explica en Frame Analysis, «es tratar de aislar algunos de los marcos básicos de comprensión con los que cuenta nuestra sociedad para dar sentido a los acontecimientos».[18] Me parece que el concepto de dramaturgia de Goffman funciona como forma de interpretar los violentos acontecimientos de 1788, que se escenificaron y representaron de acuerdo con un marco común de sentido.[19]

Max Weber hizo de la dimensión social del sentido el centro de su sociología. Utilizó un complejo término alemán, Sinnzusammenhang («conexión / contexto de sentido»), para expresar el carácter fundamental de la cultura,[20] que el antropólogo estadounidense Clifford Geertz expresó acertadamente en inglés: «Al igual que Max Weber, estoy convencido de que el hombre es un animal atrapado en redes de sentido que él mismo teje, y considero que la cultura son esas redes y que su análisis no es, por tanto, una ciencia experimental que deba buscar unas leyes, sino una ciencia interpretativa en busca de sentido». Aunque ese planteamiento no implica una metodología concreta, sí supone desentrañar el sentido de casos concretos, tal y como lo interpretaban los «nativos»; y en la práctica, pasa por el estudio de los acontecimientos. Geertz cita a Weber: «Los acontecimientos no solo están ahí y suceden, sino que tienen un sentido y suceden debido a ese sentido».[21]

Por mi parte, me convence el argumento de Weber filtrado por la perspectiva de Geertz. Es compatible con la aportación de otros antropólogos como E. E. Evans-Pritchard, Victor Turner y Mary Douglas, y también con la historia de la cultura desarrollada por Jacob Burckhardt, Johan Huizinga y Lucien Febvre, que predicaron con el ejemplo más que con la teoría. Con su ayuda, creo que es posible mostrar cómo sucedió la Revolución francesa, no trazando una clara línea de causalidad, sino narrando los acontecimientos de tal manera que describan la aparición de un temperamento revolucionario dispuesto a destruir un mundo y construir uno distinto.

PRIMERA PARTE

La crisis de mediados de siglo, 1748-1754

1

GUERRA Y PAZ

En el París del siglo XVII, los acontecimientos mundiales solo afectaban a la vida cotidiana de forma superficial y en contadas ocasiones. Lo poco que sabemos a partir de fuentes como diarios y archivos policiales apunta a que la mayoría de la gente se dedicaba a sus asuntos sin preocuparse demasiado por lo que acontecía en el extranjero, aunque compartían una conciencia general de los cambios que se producían en el mundo exterior. La guerra de sucesión austriaca (1740-1748) brinda la oportunidad de estudiar el modo en que las noticias sobre la guerra y la paz llegaban a los parisinos y cómo estos las interpretaban. A pesar de que la historia de la guerra es demasiado compleja para tratarla aquí, el flujo de información puede entenderse examinando dos acontecimientos relacionados: la batalla de Lafelt, que fue el último gran enfrentamiento de la guerra, y la proclamación de la Paz de Aquisgrán, que le puso fin.[1]

La batalla tuvo lugar en el pueblo de Lafelt, cerca de Maastricht, la mañana del 2 de julio de 1747. La primera noticia de la contienda llegó en forma de dos notas de Luis XV, que había presenciado el combate desde el cuartel general del comandante francés, el mariscal Mauricio de Sajonia. A las doce y media del mediodía, los franceses habían expulsado del pueblo a la fuerza principal de los aliados (británicos, hannoverianos, hessianos y holandeses bajo el mando del duque de Cumberland, hijo menor de Jorge II de Inglaterra). Poco después, Luis dictó las notas desde el territorio conquistado, y un paje las llevó al galope a Versalles. En la primera nota, de apenas unas frases, informaba al delfín de una victoria francesa. Ocupaba el mismo lugar donde Cumberland había comandado las tropas enemigas unas horas antes, decía, y concluía burlándose de la jactancia de Cumberland de que se comería sus botas si no derrotaba a los franceses: «Me parece que el duque debe estar más que disgustado. Ahora ya no sé qué comerá».[2] El rey dirigió la segunda nota a la reina, en un tono más formal: «El día de la Virgen [el día de la Visitación de la Virgen, 2 de julio] nos ha resultado muy favorable. Los herejes han sido abatidos por todos nuestros golpes. Acabo de obtener una victoria completa contra mis enemigos».[3] Las notas llegaron a Versalles a las dos de la madrugada del 5 de julio, y algunos días más tarde circulaban copias por París.

Poco después llegaron mensajes del ejército. El primero, también fechado el 2 de julio, contenía una lista de dieciséis páginas de bajas —oficiales muertos por heridas de sable, de arma de fuego, pisoteados y mutilados— y no fue sino la primera de varias listas que circularon, cada una de tono menos triunfal que las anteriores. Los detalles de la batalla se relataban en una serie de informes, algo confusos y contradictorios. Uno, firmado el 3 de julio y enviado por mensajero desde el campamento vecino de Tongres, narraba dos asaltos infructuosos contra los principales batallones enemigos seguidos de un tercero, que obligó a Cumberland a retirarse del pueblo en medio de una «horrible carnicería». Sin embargo, señalaba el informe, el enemigo se había retirado de forma perfectamente ordenada, y la cifra de bajas que calculaba era más o menos la misma para ambos bandos: entre siete mil y ocho mil muertos y cinco mil heridos. Un segundo informe, publicado el 5 de julio, confirmaba esa versión. El tercero, sin fecha, aportaba más detalles, entre los que destacaba el magistral mando de Mauricio de Sajonia; el cuarto, a su vez, revelaba que el enemigo se había reagrupado a las afueras de Maastricht en una posición tan fuerte que la campaña de verano no podía continuar, aunque los franceses sitiaran Bergen op Zoom.[4]

Un relato oficial de la batalla, publicado con privilegio real y fechado el 13 de julio, la interpretó como una gloriosa victoria bajo el mando del rey. A esas alturas, los parisinos ya sabían que era el mariscal de Sajonia, y no Luis XV, quien había dirigido el ataque, y tenían motivos para mostrarse escépticos ante el balance de bajas —diez mil de los aliados, cinco mil de los franceses— porque empezaban a llegar gacetas en francés publicadas fuera de Francia que contaban una historia muy distinta. Como la República de los Países Bajos había abandonado su neutralidad para situarse del lado de Gran Bretaña en 1747, la Gazette d’Amsterdam trataba a los franceses como enemigos. En sus primeras crónicas sobre Lafelt, destacaba la gravedad de las pérdidas francesas y la fortaleza de la posición de las fuerzas aliadas al amparo de los cañones de Maastricht, sin indicar quién había ganado la batalla. Su corresponsal en París informó de que los franceses se habían proclamado vencedores, pero artículos posteriores lo ponían en duda, y de hecho, ¿cómo determinar la victoria y la derrota? Los franceses se habían adueñado del campo de batalla, reconocía la Gazette, pero según cómo se viera, no habían ganado la batalla. Los ingleses informaban de cuatro mil muertos y heridos frente a los diez mil de los franceses. Los aliados habían capturado nueve banderas y siete estandartes; los franceses, solo dos estandartes. El recuento de cañones y tambores capturados también favorecía a los aliados, que, además, ocupaban una posición tan favorable que bloqueaba el avance francés y amenazaban con contraatacar en cualquier momento. Visto desde Ámsterdam, el resultado de la batalla era ambiguo, y en algunos aspectos parecía que se hubieran impuesto los aliados.[5]

Los espías de la policía comprobaron que las gacetas extranjeras eran muy leídas en París y que algunos parisinos —los que disponían de dinero y tiempo libre suficientes para frecuentar los cafés— dudaban de las proclamas de victoria del Gobierno.[6] La policía se esforzaba mucho por estar al corriente de la opinión pública, en la que también intentaba influir distribuyendo en los cafés boletines sobre el progreso de la guerra y subvencionando los suyos propios.[7] Pero las tertulias de los cafés se nutrían también de otras fuentes, no solo de la prensa holandesa, sino de cartas de individuos situados cerca de la acción. Las primeras cartas sobre Lafelt llegaron el 11 de julio e indicaban que los franceses habían perdido el doble de hombres que los aliados. Según los informes policiales sobre las conversaciones en los cafés, ese era un precio muy alto por haberse adueñado del campo de batalla: «Es decir, según ellos [los tertulianos de los cafés], nosotros ganamos el campo de batalla y ellos, la batalla».[8] El abogado parisino Edmond-Jean-François Barbier escribió en su diario en julio: «La villa y la corte no han quedado nada satisfechos con esta acción, cuyo fruto no ha sido otro que un campo de batalla que ha costado más de seis mil hombres».[9]

La misma dificultad a la hora de determinar quién había ganado la batalla de Lafelt podía aplicarse a la guerra en su conjunto. Los parisinos prestaban especial atención a los combates al norte de la frontera con Francia, en el territorio de los Países Bajos que se encontraba en manos de los austriacos. Era el mismo tipo de guerra que había sido el dominante en tiempos de Luis XIV, es decir, sitios de fortalezas y plazas fortificadas combinados con alguna que otra gran batalla. En los asedios había que cavar trincheras y minar fortificaciones durante meses para conseguir imponerse al enemigo en un asalto u obligarlo a capitular. En las batailles rangées, filas compactas de tropas se enfrentaban por cada bando. Los mosquetes tardaban mucho en cargarse (el soldado tenía que rasgar el cartucho con los dientes, verter un poco de pólvora en la cazoleta de la llave de chispa, echar el resto por el cañón, meter acto seguido la bala en el mismo y comprimir la carga con una baqueta antes de poder apretar el gatillo) y tenían poca precisión (rara vez daban en el blanco a más de cien metros). Por lo tanto, las líneas de mosqueteros en formación cerrada disparaban al unísono cuando se lo ordenaba el oficial al mando en la dirección general del enemigo, recargaban el arma mientras las líneas situadas detrás disparaban y avanzaban hasta que se les ordenaba detenerse para otra descarga. Luego, cuando ya tenían al enemigo a su alcance, cargaban con las bayonetas caladas e intentaban imponerse en un combate cuerpo a cuerpo (la mêlée) u obligar al enemigo a batirse en retirada. Este tipo de combate era el responsable de que los franceses ganaran (o perdieran) en Lafelt y del alto número de bajas.

Los nouvellistes que se agrupaban bajo el Árbol de Cracovia del Palacio Real y en ciertos bancos de los jardines de Luxemburgo y las Tullerías discutían estas tácticas, afirmando tener información privilegiada de testigos o fuentes militares. Dibujaban las líneas del combate en el suelo con sus bastones y debatían cuestiones de estrategia a escala continental. A un sedicente experto lo apodaban «el abate de los treinta mil hombres» porque sostenía que los franceses podrían conquistar Londres si cruzaban el canal de la Mancha con treinta mil soldados.[10] Sin embargo, la mayoría de los nouvellistes se centraban en las campañas de los Países Bajos. Las líneas que dibujaban en la tierra representaban el avance de las principales fuerzas francesas bajo el mando de Mauricio de Sajonia, año tras año, fortaleza tras fortaleza: Menin, Ypres, la gran victoria de Fontenoy (11 de mayo de 1745), Tournai, Gante, Oudenarde, Brujas, Dendermonde, Amberes, la batalla de Rocoux (otra victoria, 11 de octubre de 1746), Lieja, la batalla de Lafelt (2 de julio de 1747) y Bergen op Zoom. Al final de la campaña de verano de 1747, Mauricio de Sajonia había conquistado la parte de los Países Bajos en manos de los austriacos y parecía tener el campo libre para entrar en la República de los Países Bajos. Para quienes seguían las noticias en París, se trataba de una historia apasionante, que planteaba la posibilidad de ganar un territorio que Luis XIV no había logrado conquistar en casi cincuenta años de combates.

Sin embargo, las campañas de Mauricio de Sajonia abarcaban un solo sector de apenas ciento cincuenta kilómetros de ancho, mientras que las hostilidades se extendían por gran parte del globo, con la participación de una docena de estados soberanos, y se prolongaron desde 1740 hasta 1748. La «guerra de sucesión austriaca», como dio en llamarse, es un nombre inapropiado para una contienda que puede considerarse una guerra mundial, quizá la primera, a menos que se reserve el mismo nombre para la guerra de sucesión española (1701-1715). El aspecto dinástico seguía siendo importante, por supuesto, y los contemporáneos hablaban de la guerra como si enfrentara a Luis de Francia y Federico de Prusia contra María Teresa de Austria y Jorge de Inglaterra junto con sus distintos aliados.[11] La personalización de la guerra la hacía comprensible, como si se tratara de una gran partida de ajedrez en un tablero del tamaño de Europa, pero esa visión parecía arcaica si se contemplaba desde la perspectiva de la acción en alta mar y las colonias. En América del Norte y del Sur, el Atlántico y el Pacífico, el Mediterráneo y el Caribe, el canal de la Mancha y la costa de la India, flotas, convoyes y corsarios libraban constantes batallas. Al final, sobre todo tras la segunda batalla de Finisterre (14 de octubre de 1747), los británicos se convirtieron en la potencia naval hegemónica, sentando así las bases de un imperio colonial y mercantil.

Los informes sobre la guerra de ultramar aparecían en las gacetas y los tertulianos de los cafés discutían sobre ellos, pero la mayoría de los parisinos, suponiendo que se interesaran por la política exterior, se fijaban sobre todo en la contienda en los Países Bajos, donde Mauricio de Sajonia había conseguido sus victorias. Por eso, en cuanto se enteraron de los preliminares de la Paz de Aquisgrán, se horrorizaron al descubrir que Luis XV había aceptado devolver todo lo que Francia había conquistado a un precio tan alto y con tantos sufrimientos, sin recibir a cambio prácticamente nada. Recuperó Louisbourg, una fortaleza de la isla de cabo Bretón, mientras que entregó Madrás, una plaza mucho más importante, a los británicos. Para los parisinos de a pie, no muy duchos en geografía, el reajuste del equilibrio de poder en el mundo, dando por hecho que eran conscientes de su existencia, era menos importante que el sacrificio de las fortalezas de Flandes.[12]

Por otra parte, la mayoría de los parisinos vivieron la guerra como una penuria infligida a su vida cotidiana en forma de aumento de impuestos, escasez de bienes y subida de precios. El dixième, el diezmo, un impuesto especial recaudado desde 1741 para financiar la guerra, recaía sobre prácticamente todos los ingresos, aunque el clero negoció una exención (pagaba un considerable don gratuit o «donación gratuita», una contribución voluntaria de la Iglesia a la Corona para mantener sus privilegios).[13] Los salarios estaban exentos; por tanto, los trabajadores no sufrían directamente, pero el dixième había supuesto un duro golpe para rentistas, comerciantes, artesanos y tenderos. Se aplicaban elevados aranceles a los bienes de consumo que entraban en París, y se añadieron sobretasas a los aranceles en marzo de 1745, octubre de 1747 y marzo de 1748, cuando también se incrementaron las capitaciones. Mientras tanto, los precios habían subido, sobre todo los del pan. En marzo de 1748, Barbier escribía en su diario: «Todo lo necesario para vivir, la comida, la leña, las velas, el mantenimiento, es generalmente inasequible».[14]

La paz no supuso un alivio inmediato. En mayo de 1748, los parisinos sabían que la lucha había cesado, y el Tratado de Aquisgrán, firmado el 18 de octubre de 1748, puso fin formalmente a la guerra; pero el rey no proclamó la paz hasta nueve meses después. La proclamación, como muchos acontecimientos del Antiguo Régimen, fue un acto teatral que se representó en las calles de París en una ceremonia llamada la publication de la paix, entendiendo «publicación» en el sentido contemporáneo de «hacer público» o dar a conocer algo.[15]

Al amanecer del 12 de febrero de 1749, los cañonazos de los Inválidos, de la Bastilla y del castillo de Vincennes convocaron a los magistrados y a los gremios a reunirse en el Hôtel de Ville, ataviados con sus mejores galas y acompañados por tamborileros y abanderados.[16] Formaban un cortejo encabezado por grupos de soldados, unos a caballo y otros a pie, entre los que se intercalaban tamborileros y pífanos. Seguían varias filas de magistrados y un nutrido cuerpo de músicos, portadores de tambores, pífanos, trompetas, cornetas, platillos, oboes y demás instrumentos de viento. En el centro de la procesión, montados en magníficos corceles, iban el rey de armas, un alto cargo de la corte y seis heraldos reales con librea y sombreros emplumados. A continuación, el teniente general de la policía y el prévôt des marchands (el más alto cargo municipal de París), vestidos con espléndidos uniformes, montados en caballos cubiertos de paños de terciopelo y cordones de oro, y acompañados por seis lacayos con libreas confeccionadas para la ocasión. Tras ellos desfilaba una larga cabalgata de funcionarios municipales y gremiales en dos columnas ordenadas por rango según lo dispuesto en un decreto. En la retaguardia iba un contingente de la Guardia (guet à pied y guet à cheval ). El número total de integrantes del cortejo ascendía a ochocientos.

La comitiva desfiló por la ciudad y se detuvo en trece lugares señalados, entre ellos Les Halles, la Place Maubert y otros lugares donde se reunía el pueblo llano. En cada parada, las fanfarrias alertaban al vecindario y los músicos tocaban. El rey de armas ordenaba a un heraldo que leyera la proclamación real de la paz, no el texto del tratado, de setenta y nueve páginas, sino la declaración de cese de las hostilidades, tras el cual se garantizaba la seguridad de los viajes y el comercio entre los súbditos de los antiguos beligerantes. A continuación, un soldado instaba a la gente congregada en la calle a gritar: Vive le roi!, y el cortejo se dirigía a la siguiente parada. Tras una larga jornada de desfile, los participantes se retiraron para acudir a un banquete en el Hôtel de Ville, amenizado por fanfarrias y cañonazos.

Al día siguiente, cerraron todos los comercios y se celebró un tedeum en Notre Dame. Esa noche brilló en París una illumination générale. En todas las casas tenía que arder un lampion (es decir, un farolillo) y en muchas ventanas ardían velas. A las ocho de la noche, un castillo de fuegos artificiales deslumbró a la ingente multitud que se agolpaba en la Place de Grève. Sin embargo, cuando los espectadores se disponían a retirarse, se formó un atasco, cundió el pánico y se produjo una estampida, en la que murieron aplastadas doce personas. A pesar de este desastre, se congregó otra muchedumbre en el local de baile construido especialmente para la ocasión en el Quai Pelletier, cerca del Hôtel de Ville, donde tocaban dos orquestas y había cuatro fuentes de las que manaba vino, mientras se repartían salchichas, trozos de pavo, cordero y pan gratis, sobre todo a la «gente menuda». También se bailó, bebió y comió en otros veinticinco lugares repartidos por toda la ciudad. Durante dos días y dos noches, los parisinos se entregaron a la celebración de la paz. El comentario más revelador aparece en el diario de Barbier. Durante el desfile, señala, mucha gente se negó a gritar Vive le roi! «El pueblo en general no está contento con esta paz que, sin embargo, tanto necesitaba», explica. «Se cuenta que en el mercado de Les Halles, las pescaderas, al pelearse, gritan: “Eres más boba que la paz”».[17] Los espías de la policía recogieron comentarios similares. Y el marqués de Argenson anotó en su diario que las celebraciones de la paz habían resultado contraproducentes porque muchas personas murieron pisoteadas durante los fuegos artificiales, una tragedia de la que los parisinos culpaban al Gobierno: «Se vuelve a caer en la superstición y los augurios, como hacían los paganos. Dicen: “¿Qué anuncia una paz que se ha celebrado con semejantes horrores generales?”».[18]

El conflicto mundial no dejó recuerdos felices entre los parisinos de 1748, porque la información que circulaba se había vuelto en contra del Gobierno. Los parisinos no se sintieron satisfechos en absoluto por haber ganado la guerra después de que cesaran las hostilidades, sino que tenían la sensación de que habían perdido la paz, a pesar de los cañonazos, desfiles, tedeums, fuegos artificiales, bailes y vino y comida gratis que se les ofreció en el momento de su «publicación». De hecho, las ideas en sí de victoria y derrota se habían perdido de vista entre la niebla de la guerra, y el año terminó en un clima de descontento.

2

AGREDEN A UN PRÍNCIPE POR ORDEN DEL REY

Además de restablecer el equilibrio de poder en toda Europa, el Tratado de Aquisgrán pretendía resolver el problema diplomático que encarnaba una persona: Carlos Eduardo Estuardo, al que luego se conocería en inglés como Bonnie Prince Charlie y que en 1748 ya era una leyenda entre los parisinos como el más intrépido y gallardo de los muchos personajes de la realeza que ocupaban o reclamaban tronos. El trono que Carlos Eduardo reclamaba era el de Gran Bretaña, que, según sostenía, pertenecía por derecho de sucesión a su padre, conocido en Francia como Jacques III y en Gran Bretaña como el Pretendiente. Como primogénito y heredero de su padre, Carlos Eduardo exigía que lo reconocieran con el título de príncipe de Gales y no con el apodo que le daban los británicos: el Joven Pretendiente. Los parisinos le llamaban Prince Édouard y lo ensalzaban como hombre de mundo y campeón de una causa perdida, que se había atrevido contra todo pronóstico a intentar vencer al enemigo inglés en 1745. Carlos Eduardo era un obstáculo para el restablecimiento de la paz porque se negaba a abandonar Francia.[1]

El Tratado de Aquisgrán obligaba a Luis XV a reconocer a los monarcas de la casa de Hannover como soberanos legítimos de Gran Bretaña y, por tanto, a expulsar al príncipe Carlos Eduardo de Francia, donde se le había dado asilo. Para los parisinos, o al menos para quienes seguían el ascenso y la caída de los monarcas, esa cláusula del tratado era un escándalo. El abuelo del príncipe, Jacobo II de Inglaterra e Irlanda (y VII de Escocia), se había refugiado en Francia tras ser expulsado de su reino por la Revolución Gloriosa de 1688. Luis XIV le había tratado con todos los honores como a un monarca más, que se alojaba con su corte en el palacio de Saint-Germain-en-Laye. Por supuesto, Francia había reconocido a la casa de Hannover en 1718 a raíz de los acuerdos de paz que pusieron fin a las guerras de Luis XIV, pero apoyó el intento del príncipe de restaurar en el trono a los Estuardo con la invasión de Escocia en julio de 1745.

Los parisinos seguían como podían las noticias de la invasión gracias a las gacetas francesas que se publicaban en los Países Bajos y a la información que podían recabar en cafés y salones. A juzgar por las anotaciones del diario de Barbier, el tema les resultaba apasionante. Carlos Eduardo partió con dos barcos, perdió uno y desembarcó en Escocia con solo siete seguidores. Al cabo de dos meses, había logrado instalarse en Edimburgo con un contingente de diecisiete mil hombres y había proclamado a su padre rey de Escocia e Irlanda. Barbier suponía que el padre abdicaría y Carlos Eduardo pasaría a ser rey; y en diciembre, cuando se informó de que su ejército se encontraba a menos de treinta leguas (ciento cincuenta kilómetros) de Londres, parecía que Jorge II estaba condenado. Luego se produjo un largo silencio, tras el cual llegó la noticia de que el duque de Cumberland había salido de Flandes con doce mil soldados en un intento desesperado de salvar la Corona, una maniobra que permitió al mariscal de Sajonia conquistar Bruselas el 23 de febrero de 1746. Durante varios meses, los parisinos se esforzaron por orientarse entre informaciones contradictorias: algunas decían que Carlos Eduardo se retiraba a las Highlands; otras afirmaban que una expedición francesa acudía en su auxilio; algunas incluso anunciaban una revuelta jacobita en Londres. Finalmente, el 17 de mayo, París se enteró del desastre: Cumberland había aplastado a las fuerzas del Prince Édouard el 16 de abril en Culloden, cerca de Inverness (Escocia).

Durante los tres meses siguientes, circularon bruits (rumores) con historias sensacionales. Se decía que Carlos Eduardo se escondía en las Highlands de Escocia y saltaba de isla en isla por las Hébridas, fuera del alcance de sus perseguidores, a veces solo, a veces disfrazado, y salvado una y otra vez por gente humilde que se negaba a dejarse tentar por la recompensa de treinta mil libras que se ofrecía por su cabeza. El príncipe consiguió huir a bordo de una pequeña fragata francesa, y el 28 de octubre apareció entre una atronadora ovación en el palco real de la Ópera de París. Aunque no había logrado conquistar Gran Bretaña, señaló Barbier, el Prince Édouard se había ganado el corazón de los parisinos por su heroísmo, sufrimiento y «bravura». «El público estará descontento si sacrifican a este príncipe».[2]

Y a pesar de los pesares, el Tratado de Aquisgrán lo sacrificó. No podía ser de otro modo, porque la paz no podía restablecerse a menos que Francia reconociera a la casa de Hannover. Luis XV hizo lo que pudo para suavizar el golpe. Según las gacetas, se reunió en privado con Carlos Eduardo, le dio consejos para aceptar estoicamente el destino y le regaló un servicio de mesa valorado en trescientas mil libras (En aquella época, un trabajador semicualificado ganaba una libra al día; la libra francesa, que era la principal unidad monetaria, equivalía a veinte sous, y cada sou, a doce deniers). Carlos Eduardo, sin embargo, no cedió, aunque su padre, que se había retirado a Roma, le ordenó que aceptara el tratado de paz. En julio de 1748, Carlos Eduardo lanzó una proclama en la que afirmaba que su padre, Jacobo III, seguía siendo rey de Gran Bretaña. Todos los acontecimientos ocurridos desde 1688 no cambiaban nada, afirmaba, hablando en calidad de Régent de la Grande Bretagne, porque el paso del tiempo no influía en la legitimidad ni en la constitución fundamental del Estado. La policía de París consiguió secuestrar la proclama cuando aún estaba en la imprenta y mantener en secreto su intervención, porque le preocupaba provocar una reacción entre los numerosos partidarios que tenía Carlos Eduardo en París. Pero no tardó en publicarse una segunda edición de la proclama, y la policía se enteró de que la habían leído en voz alta en el café de Viseux, en la rue Mazarine, donde estaba expuesta a la vista del público en el mostrador. En agosto de 1748, cuando los diplomáticos estaban a punto de llegar a un acuerdo sobre los términos finales del Tratado en Aquisgrán, Carlos Eduardo hizo imprimir y pegar en las puertas de las casas de los diplomáticos un cartel en el que les advertía que evitaran cualquier acuerdo que violara su derecho al trono de Gran Bretaña.[3] Según las gacetas que circulaban por París, el ministro francés de Asuntos Exteriores, en nombre del rey, pidió a Carlos Eduardo que saliera de Francia en noviembre. El príncipe se negó, y entonces el rey envió al duque de Gesvres, amigo de Carlos Eduardo y alto cargo de la corte, a que se lo pidiera como un favor personal. Según los rumores que corrían por París, Carlos Eduardo le respondió al duque que llevaba siempre dos pistolas cargadas en los bolsillos. Si llegaba alguien con una orden de expulsión, le dispararía con la primera pistola y se suicidaría con la segunda. Las gacetas holandesas informaron de que Luis tendría que recurrir a la violencia, y los parisinos se prepararon para un «acontecimiento» dramático. Mientras tanto, Carlos Eduardo se hacía notar en París, junto con un séquito de jacobitas escoceses e ingleses que habían sobrevivido a la aventura de 1745. Aparecía todos los días en los teatros o en la Ópera, y se paseaba ostentosamente por los jardines de las Tullerías, para regocijo de los parisinos y tal vez, como algunos sospechaban, porque estaba granjeándose el apoyo popular que podía volverse contra Versalles.

A las cinco en punto del 10 de diciembre, poco después de descender de su carruaje para asistir a una representación en la Ópera, el Prince Édouard fue abordado por un comandante de las Gardes Françaises, que le informó de que el rey había ordenado su detención. Inmediatamente le rodearon seis soldados vestidos de paisano. Según las informaciones que circularon poco después, dos de ellos le agarraron de los brazos y los otros de las piernas y lo levantaron en volandas. Mientras lo mantenían en el aire, le ataron los brazos al cuerpo con cuerdas de seda para impedir que utilizara sus pistolas. Lo llevaron a un patio contiguo, le quitaron las dos pistolas y la espada y lo enviaron en un carruaje al calabozo de Vincennes. Un destacamento de Gardes y de la Guardia Montada ( guet à cheval ), que había estado a la espera en las inmediaciones, en la Place des Victoires, acompañó al carruaje, y los soldados apostados a lo largo del camino tenían los mosquetes preparados, con las bayonetas caladas. Tres compañeros del príncipe que le habían acompañado a la Ópera fueron conducidos a la Bastilla. Otro destacamento de las Gardes Françaises rodeó el palacete que servía de cuartel general al príncipe. Detuvieron a treinta y tres de sus criados, que también desaparecieron en la Bastilla. Más de mil soldados participaron en la operación. Todo se había preparado minuciosamente de antemano y se llevó a cabo con rapidez para no provocar un motín de los numerosos admiradores de Carlos Eduardo.[4]

Tras cinco días de confinamiento en el calabozo, el príncipe partió con rumbo desconocido. Una escolta oficial le llevó hasta Pont de Beauvoisin, en la frontera con Saboya, y luego el príncipe desapareció. Algunos de los chismosos más avispados, conocidos como «politiques», afirmaron que establecería su corte en Friburgo (Suiza); otros lo situaron en Roma o en Aviñón, que era territorio papal, pero todos coincidieron en que tendría que fijar su residencia fuera de Francia. En enero de 1749 fue recibido como un héroe en Aviñón; más tarde se le vio en Venecia; y finalmente se instaló en Roma, donde desapareció del primer plano, mientras los parisinos desviaban su atención hacia otros temas, entre ellos un rinoceronte, el primero visto en Francia, que fue expuesto en la foire Saint-Germain en marzo de 1749.

Sin embargo, en el invierno de 1748-1749, Carlos Eduardo era la comidilla de la ciudad, a pesar de las órdenes de la policía, que instó a los dueños de los cafés a poner coto a las habladurías y tertulias sobre el tema. Según el Courrier d’Avignon, medio París lloró el desgraciado destino del príncipe. Los parisinos repasaban cada detalle de su detención y expulsión, desahogando su resentimiento por la mano dura de Luis XV. El rey había incumplido un compromiso sagrado, se quejaban. No había enviado el apoyo que habría marcado la diferencia entre la victoria y la derrota en Escocia. Después, tras beneficiarse de la distracción creada por el levantamiento escocés, había cedido a las exigencias del enemigo en las negociaciones de paz y las había ejecutado con una brutalidad indigna de un monarca. Carlos Eduardo en la derrota era más rey que Luis en la victoria.

Este tema se puso de manifiesto en una avalancha de poemas, canciones, epigramas y grabados que contraponían el heroísmo de Carlos Eduardo a la irresponsabilidad del rey:[5]

O Louis! Vos sujets de douleur abattus,

Respectent Édouard captif et sans couronne:

Il est roi dans les fers, qu’êtes vous sur le trone?

¡Oh, Luis! Vuestros súbditos, abatidos de dolor,

respetan a Eduardo cautivo y sin corona:

él es un rey encadenado; ¿y vos qué sois en el trono?

La expulsión de Carlos Eduardo era emblemática del desastroso tratado de paz, según varios poemas:

Peuple jadis si fier, aujourd’hui si servile,

Des princes malheureux vous n’êtes plus l’asile.

Vos ennemis vaincus aux champs de Fontenoy

À leurs propres vainqueurs ont imposé la loi.

Pueblo antaño tan orgulloso, hoy tan servil,

ya no eres asilo de infortunados príncipes.

Tus enemigos, vencidos en el campo de Fontenoy,

han impuesto su ley a sus propios vencedores.

En una línea más popular, un cartel paródico simulaba ser un decreto de Jorge II que ordenaba a Luis, su fiel servidor, que entregara al papa al príncipe Estuardo. La brutal expulsión de este hacía que resultara especialmente indignante y ponía de manifiesto hasta qué punto el rey se había rebajado al permitir que Jorge II dictara las condiciones de la paz.[6]

Este mensaje hacía inteligibles los entresijos del tratado de paz a los parisinos que no seguían de cerca las relaciones internacionales, al reducir los asuntos exteriores a antagonismos personales: Jorge contra Luis contra Carlos Eduardo. Incluso a ojos de los más enterados —los politiques y los asiduos a los cafés— el comportamiento de Luis XV aparecía bajo una nueva luz, influido por otras circunstancias personales. El monarca había adquirido el título de le Bien-Aimé en 1744, cuando toda Francia rezó por su recuperación de una peligrosa enfermedad cerca del frente en Metz y luego se alegró cuando sobrevivió y regresó sano y salvo a Versalles. Pero tras ese punto álgido, el afecto popular fue decayendo a medida que la guerra infligía cada vez más penurias a los parisinos en su vida cotidiana. En las pocas ocasiones en que Luis XV apareció en París, la gente se negó a gritar Vive le roi! Normalmente, cuando se desplazaba de Versalles al palacio de Compiègne y a sus cotos de caza favoritos, hacía alto en París cerca de la Porte Saint Denis para recibir el saludo de las Gardes Françaises y saludar a sus súbditos, mientras los cañones retumbaban desde Vincennes, la Bastilla y los Inválidos. En agosto de 1749, sin embargo, Luis eludió esta ceremonia tradicional, y volvió a eludirla en junio de 1750, lo que desató las habladurías de los parisinos, que se preguntaban si el rey temía provocar un motín de los descontentos o demostrarles su desprecio porque se habían negado a manifestarle su devoción. Las visitas del monarca a París se hicieron cada vez menos frecuentes. Cuando asistió a una misa en la catedral de Notre Dame en noviembre de 1751, fue recibido con un silencio sepulcral en las calles. Para entonces ya había hecho construir una carretera que le permitiera rodear París cuando se desplazaba a Compiègne.[7]

La creciente hostilidad de los parisinos hacia el rey se debía en parte a los impuestos y el sufrimiento económico que les imponía la guerra, pero tenía otra causa más insidiosa. Desde 1732 hasta 1744, Luis había tomado como amante a tres (algunos decían cuatro) de las hijas del marqués de Nesle, una tras otra. Aunque los franceses se habían acostumbrado hacía tiempo a las amantes reales y reconocían a la maîtresse en titre como un elemento fijo de la corte, creían que el sexo con hermanas era una especie de incesto. Además, el propio Luis consideraba pecaminosas sus relaciones extramatrimoniales, aunque las practicara con la misma afición que la caza, y reconocía sus pecados ante su confesor, quien se negaba a concederle la absolución si no renunciaba al adulterio, y sin la absolución Luis no podía comulgar. Aunque en 1744, tras su enfermedad, despidió durante unas semanas a la duquesa de Châteauroux, la más joven de las hermanas De Nesle, Luis no tardó en retomar su relación con ella y no fue hasta 1745, tras morir la duquesa, cuando el rey pasó a los brazos de madame de Pompadour.

A esas alturas, el desenfreno del monarca era público y notorio. Aunque asistía a misa, ya no comulgaba, por lo que carecía de la gracia necesaria para administrar el «toque real»: se creía que los reyes de Francia podían curar por contacto a los súbditos que padecían escrófula, la enfermedad conocida como le mal du roi («el mal del rey»). Se suponía que los monarcas adquirían este poder mediante el ritual de la coronación, y tradicionalmente lo ejercían después de la misa de Pascua tocando a los enfermos que formaban en fila en la Gran Galería del Louvre. Como Luis no había hecho ses Pâques (comulgado en la misa de Pascua), había perdido este poder sagrado.[8]

La pérdida afectaba a todos sus súbditos, no solo a los enfermos de escrófula. En 1750, los franceses esperaban que el papa proclamase un jubileo, es decir, un periodo de indulgencia plenaria y perdón de los pecados que solía darse una vez cada veinticinco años. Pero corrió la voz de que el jubileo sería cancelado como castigo colectivo por la exclusión del rey del sacramento de la comunión. Un nouvelliste publicó una carta de un corresponsal que vilipendiaba a Luis por privar a su pueblo del jubileo: «Es monstruoso que toda Francia se vea privada del mismo solo porque el rey, por culpa únicamente suya, no está en condiciones de recibir esta gracia [la sagrada comunión]».[9] El resentimiento general se expresó en algunos poemas especialmente groseros:

Louis le mal-aimé

Fais ton Jubilé,

Quitte ta putain

Et donne-nous du pain.[10]

Luis el mal amado,

haz tú el jubileo.

Deja a tu fulana [madame de Pompadour]

y danos pan.

Eran palabras duras, que circulaban entre el pueblo llano. Aunque la policía rara vez identificaba a los autores de los poemas, en un caso descubrió que un ataque al rey había sido escrito por la esposa de un humilde tendero, una tal madame Dubois, quien comenzaba sus versos expresando su consternación por la pérdida del jubileo:

Nous n’aurons point de Jubilé.

Le peuple en est alarmé.

Ya no tendremos jubileo,

lo cual alarma al pueblo.

Y terminaba mencionando sin tapujos los pecados sexuales del rey:

Le pape en est ému, l’Église s’en offense.

Mais ce monarque aveuglé,

Se croyant dans l’indépendance

Rit du Saint Père et f— [fout] en liberté.[11]

El papa se conmueve, la Iglesia se ofende,

pero este monarca cegado,

creyéndose independiente,

se ríe del Santo Padre y folla en libertad.

Lo cierto es que el papa Benedicto XIV promulgó una bula que proclamaba el jubileo para todos los católicos en 1751, que comenzó a celebrarse en París el 29 de marzo. Pero llegado a este punto, el carácter sacrosanto de la realeza de Luis ya había sufrido daños irreparables. En 1749, el marqués de Argenson señaló que el pueblo vio en el aborto espontáneo de la esposa del delfín un castigo de Dios por los pecados del rey,[12] y un espía de la policía informó de la siguiente conversación en una tienda de pelucas:

Este oficial [Jules-Alexis Bernard], mientras visitaba al fabricante de pelucas Gaujoux, recitó en presencia de M. d’Azémard, oficial inválido, un ataque escrito contra el rey, que acusaba a Su Majestad de haberse dejado dirigir por ministros ignorantes e ineptos y de haber hecho una paz vergonzosa y deshonrosa que renunciaba a todo el territorio conquistado […] [También] que el rey, que se había juntado con las tres hermanas, escandalizaba al pueblo con su conducta y atraería sobre sí todo tipo de desgracias si no se enmendaba, […] [y] que el rey no había comulgado en Pascua y atraería sobre el reino la maldición del Señor. La expulsión forzosa del príncipe Carlos Eduardo marcó un punto de inflexión en las relaciones entre los parisinos y el rey, en el marco del descontento general con la guerra y la paz. Los parisinos reaccionaron negándose a gritar Vive le roi!, y Luis les respondió evitando pasar por París. Al mismo tiempo, su incapacidad para comulgar debilitaba sus poderes divinos. El rey perdió su toque real y, con este, el contacto con el pueblo de París.

3

UNAS CANCIONES TUMBAN AL GOBIERNO

Los parisinos se enteraban de las noticias de oídas. Las oían cantar por las calles. Cada día, algún ingenioso improvisaba letras nuevas para las melodías antiguas, y los mensajes volaban por el aire, como una especie de periódicos cantados. Los ministros de Versalles y los inspectores de policía de París conocían muy bien el poder de las canciones y las seguían de cerca, ya que el Estado francés, en palabras del ingenioso parisino Nicolas Chamfort, era «una monarquía absoluta atemperada por las canciones».[1] El 24 de abril de 1749, las canciones hicieron caer al Gobierno: esa fue la conclusión a la que llegaron los observadores de la época,[2] y puede considerarse indicativa de la forma en que el sonido impregnaba el paisaje mental de los parisinos del siglo XVII.

Pueblos enteros comparten un repertorio de melodías asociadas a canciones de cuna, cánticos religiosos, villancicos, baladas, canciones de amor, canciones de taberna, canciones de batalla y, hoy en día, las tonadillas omnipresentes de los anuncios y los éxitos populares. En el siglo XVII, como se explica en la Introducción, los parisinos llevaban en la cabeza un corpus común de melodías, y muchos de ellos escribían letras nuevas para las melodías más conocidas como forma de burlarse de personajes destacados o comentar acontecimientos de actualidad. La música servía como recurso mnemotécnico y como medio para difundir mensajes por toda la ciudad, donde se oían cantantes callejeros por todas partes y la gente cantaba habitualmente en las reuniones sociales y en el trabajo. Algunos parisinos garabateaban los últimos versos en trozos de papel, que se pasaban, declamaban y cantaban en lugares públicos. Los recopiladores copiaban los versos en álbumes conocidos como chansonniers, que contienen tantos textos que se puede seguir la evolución de canciones concretas en respuesta a los sucesos del momento. Los contemporáneos también producían «claves» con las partituras de las canciones más populares, identificadas por sus títulos o primeros versos. Así, es posible reconstruir la forma en que sonaban las canciones: teniendo en cuenta las variaciones en el modo de cantar y el carácter desigual de la información que se ha conservado hasta nuestros días, podemos escuchar, como mínimo aproximadamente, fragmentos del pasado.[3]

Sin entrar en el aspecto musicológico de esta investigación, se pueden identificar las melodías más comunes y las letras que les acompañaban. La media docena de melodías que aparecen con más frecuencia en los chansonniers durante la década de 1740 son:

«Dirai-je mon Confiteor» («Rezaré mi Confíteor» [la plegaria confesional también llamada «Yo pecador»]), canción conocida con el título alternativo de «Quand mon amant me fait la cour» («Cuando mi amante me corteja»).

«Réveillez-vous, belle endormie» («Despierta, bella durmiente»), canción conocida con el título alternativo de «Quand le péril est agréable» («Cuando el peligro es agradable»).

«Lampons» («Bebamos»).

«Les Pantins» («Los peleles»).

«Biribi» (el biribi era un juego de azar).

«La Coquette sans le savoir» («La coqueta inconsciente»).

Cada una de estas melodías contenía una serie de comentarios sobre la actualidad de mediados de siglo. La primera es el mejor ejemplo de cómo funcionaba el comentario.[4] En su forma convencional es una lastimera canción de amor. He localizado nueve versiones satíricas de ella, cada una con un estribillo que se burla de Luis XV tachándolo de monarca despistado e irresponsable:

Ah! Le voilà, ah! le voici

Celui qui n’en a nul souci.

¡Ah! Ahí está, ¡ah!, ya está aquí

el que no tiene preocupación alguna.

La primera estrofa atacaba al rey y a madame de Pompadour:

Qu’une bâtarde de catin

A la cour se voit avancée,

Que dans l’amour et dans le vin

Louis cherche une gloire aisée,

Ah! Le voilà, ah! le voici

Celui qui n’en a nul souci.

Que una bastarda de las aceras

se haya elevado hasta la corte,

que en el amor y en el vino

busque Luis la gloria fácil.

¡Ah! Ahí está, ¡ah!, ya está aquí

el que no tiene preocupación alguna.

Las estrofas siguientes ridiculizaban a la reina, al delfín, al mariscal de Sajonia y a los ministros más destacados. Luego, con el paso del tiempo, la canción evolucionó y pasó de seis a veintitrés estrofas, que pueden fecharse a partir de anotaciones marginales y alusiones a acontecimientos como las negociaciones de paz de Aquisgrán, la resistencia al impuesto de la vigésima y a los cuernos que le puso al recaudador de impuestos La Popelinière su mujer con el mariscal de Richelieu, que mandó construir una puerta secreta en casa del recaudador para acceder al dormitorio de su esposa. Cada versión difiere ligeramente de las demás, lo que indica variaciones en el proceso de transmisión oral, que se extendió de agosto de 1747 a febrero de 1749. En conjunto, los versos constituyen un acta de acusación contra las personas que ejercían el poder y contra el propio sistema.

Por supuesto, hacía más de un siglo que los parisinos disfrutaban burlándose de los grands, y buena parte de las burlas las habían escrito los propios cortesanos en las interminables batallas por ganar adeptos y derribar rivales en Versalles. Una descripción contemporánea indica que los versos se difundían tanto de arriba abajo como de abajo arriba:

Un cortesano malvado los pone [los rumores difamatorios] en verso y en pareados y, por medio de sus sirvientes, los hace circular por mercados y puestos callejeros. De los mercados pasan a los artesanos, que, a su vez, los pasan a los señores que los han compuesto y que, sin pérdida de tiempo, se van al Oeil-de-Boeuf [un lugar de reunión del palacio de Versalles], donde se susurran unos a otros al oído, en un tono de consumada hipocresía: «¿Lo habéis leído? Aquí tenéis. Esto es lo que corre entre la gente de París».[5] Durante épocas críticas, como los cuatro años posteriores a la guerra de sucesión austriaca, estas podían infligir graves daños. Una canción en particular precipitó un cambio fundamental de poder dentro del Gobierno. La segunda de las melodías citadas anteriormente, «Réveillez-vous, belle endormie», también era en origen una canción de amor, pero luego se convirtió en un ataque difamatorio contra una duquesa y, finalmente, provocó la caída de Jean-Frédéric Phélypeaux, conde de Maurepas, el ministro más poderoso de Versalles, el 24 de abril de 1749. Aunque diese lugar a un escándalo que conmocionó y fascinó a los parisinos, había que entender la letra entre líneas:[6]

Par vos façons nobles et franches,

Iris, vous enchantez nos coeurs.

Sur nos pas, vous semez des fleurs,

Mais ce sont des fleurs blanches.

Con tu talante noble y franco,

Iris, hechizas los corazones.

A nuestro paso, esparces flores,

pero son flores blancas.

La noche antes de que la canción empezara a circular, Maurepas había asistido a una cena en los petits apartements de Versalles, donde el rey solía retirarse para disfrutar de la intimidad. Solo dos personas, madame de Pompadour y su prima, madame d’Estrades, estaban presentes, además de Luis y Maurepas. En un gesto galante, madame de Pompadour obsequió a sus compañeros de cena unos jacintos blancos que ella misma había cogido. Sin embargo, lejos de ser lírica, la referencia a las flores blancas ( fleurs blanches) en la canción indicaba una enfermedad venérea, flueurs, en el flujo menstrual. La amante real, decía la canción, se la había contagiado al rey. Incluso para un público acostumbrado a las canciones obscenas de la época de la Regencia (1715-1723) y la Fronda (1648-1653, la guerra civil precipitada por el Parlamento de París y la nobleza), esto era ir demasiado lejos. El rey destituyó a Maurepas y lo desterró a sus propiedades.

Maurepas era el principal sospechoso del escándalo, ya que conocía de primera mano la anécdota de los jacintos y solía difundir canciones, que a veces componía él mismo. Su repertorio se nutría de los informes que le proporcionaba la policía de París, y lo utilizaba para divertir al rey y atacar a sus enemigos. Su cancionero, que ocupa los cuarenta y cinco volúmenes del Chansonnier Maurepas que se conservan en la Biblioteca Nacional de Francia, constituye una rica fuente de información sobre la canción como ingrediente de la política del siglo XVII. Sus contemporáneos, conocedores de la afición de Maurepas a las canciones, estaban convencidos de que estas eran el motivo de su caída. En palabras de Barbier: «La gente está absolutamente convencida de que los poemas y las canciones que tanto ofendieron al rey y que, según se dice, se cantaban en su presencia a la hora de cenar, son los culpables».[7]

Por supuesto, los parisinos se dieron cuenta de que había algo más en este suceso que la desagradable canción sobre madame de Pompadour. Como ministro de Marina y de la Casa Real, entre cuyas competencias figuraban el Departamento de París y la jefatura de la policía de la capital, Maurepas era el político dominante del Gobierno. Llevaba veintiséis años como ministro (entró en el Gobierno en 1718, a los diecisiete) y parecía inamovible. Pero su poder se sustentaba en la reina y el delfín, y no se llevaba bien con las amantes del rey, sobre todo con madame de Pompadour, que se alió con su rival, el conde de Argenson, ministro de la Guerra. Se rumoreaba que Maurepas fomentaba la difusión de canciones y poemas anti-Pompadour conocidos como poissonnades en referencia al poco afortunado apellido de soltera de la amante real, Poisson («pez»). Según sospechaban algunos, Maurepas creía que, si lograba demostrar al rey que madame de Pompadour era vilipendiada por los parisinos, podría conseguir que Luis la reemplazara por una amante afín a su propia facción de la corte. Para cubrirse las espaldas, Maurepas atribuía presuntamente las poissonnades a otro de sus enemigos, el mariscal de Richelieu, aliado de Argenson y Pompadour. Richelieu descubrió el complot y se lo reveló al rey justo cuando empezaba a circular la canción sobre las flores blancas.

Esta versión de la caída de Maurepas debía mucho a la rumorología de la corte y al barroquismo de la política en Versalles. Los parisinos, que tenían poco contacto con ese mundo ajeno, no podían estar seguros de lo que había detrás de la caída de Maurepas, pero sabían que las canciones la habían precipitado y que el resultado había sido un reajuste del poder. En la reasignación de cargos posterior, Argenson sumó el Departamento de París a su cartera de ministro de la Guerra y, por tanto, se hizo con el control de los informes policiales sobre los bruits, on dits y pont neufs parisinos que Maurepas había entregado a Luis. A continuación, lanzó una campaña policial para silenciar las canciones y utilizó sus nuevas competencias para consolidar la posición de madame de Pompadour.

Poco después de la caída de Maurepas, la policía recibió la orden de Argenson de detener al autor de un poema. Su única pista era el primer verso: «Monstre dont la noire furie» («Monstruo cuya negra furia»). El monstruo era Luis XV, y el poema pertenecía a una serie de nuevas composiciones que atacaban al rey y a madame de Pompadour. Un espía dio con un estudiante de medicina que poseía una copia del poema. Interrogado en la Bastilla, confesó que se la había proporcionado un sacerdote, que fue detenido y dijo que se la había proporcionado otro sacerdote, que fue detenido y dijo que se la había proporcionado un tercer sacerdote… y así de forma sucesiva, hasta que la policía llenó la Bastilla con catorce sospechosos, básicamente estudiantes y sacerdotes jóvenes.

Mientras tanto, la policía descubrió el rastro de otros cinco poemas y canciones, que habían sido copiados, memorizados, declamados y cantados en distintos lugares, entre los que figuraba un aula del Colegio de Plessis, donde un joven profesor, Pierre Sigorgne, dictaba los poemas a sus alumnos, que luego compartían las copias con sus compañeros. Sigorgne fue el primer profesor de la Universidad de París que enseñó la física newtoniana, que difundió en su tratado Institutions newtoniennes (1747). Uno de sus alumnos envió una copia del poema a un amigo dentro de un libro, la Carta sobre los ciegos de Diderot, un ensayo ilegal y antirreligioso. Diderot fue detenido por haberlo escrito en julio de 1749, al mismo tiempo que la policía perseguía a los catorce proveedores de canciones y poemas, aunque él no tuviera relación alguna con ellos. Sus editores, que habían invertido enormes sumas en la redacción de la Encyclopédie, cuyo primer volumen debía aparecer en 1751, emplearon todas sus influencias para sacarle de la cárcel de Vincennes. Así pues, la policía descubrió todo tipo de elementos en ebullición en la cultura parisina —el newtonianismo, el enciclopedismo y el librepensamiento libertino, así como la hostilidad hacia el rey y su amante— al indagar en el «caso de los Catorce», como se dio en llamarlo.

Argenson no prestó atención a la dimensión más amplia del asunto. Para él, como decía en una carta a Nicolas René Berryer, teniente general de la policía, gran parte de los poemas «me parece, igual que a usted, que atufa a pedantería del Barrio Latino».[8] Los curas y estudiantes no tenían importancia porque él buscaba algo más grande. En otras cartas a Berryer, le decía que había hablado del caso con el rey, que había demostrado gran interés. Instó a Berryer a seguir adelante con la investigación: «No suelte usted el hilo, ahora que lo tenemos en nuestras manos. Por el contrario, debemos esforzarnos por seguirlo hasta su origen, lo más alto posible».[9]

Argenson albergaba la esperanza de implicar a los partidarios de Maurepas, que seguían teniendo influencia en la cúspide del sistema de poder y amenazaban con su vuelta. Como utilizaban canciones y poemas en calidad de armas en su lucha constante por dominar el Gobierno, Argenson contraatacaba silenciando los poemas.

Al final, la policía abandonó la caza. No descubrieron al autor de «Monstruo cuya negra furia», quizá porque el poema era fruto de la creación colectiva, que había evolucionado en paralelo a su difusión, más que obra de un individuo concreto. Tras varios meses en la Bastilla, los Catorce fueron liberados y condenados al destierro. No tenían ni idea de las maquinaciones a las que habían dado pábulo, muy lejos, en Versalles. Tampoco la mayoría de los parisinos. Sin embargo, la represión policial —secuestros en cafés y allanamientos de morada— suscitó una gran atención, así como indignación. Aunque no pudiera mencionarse en los periódicos, los diarios particulares le dispensaban el mismo trato que a un acontecimiento importante. El marqués de Argenson (a quien no hay que confundir con el conde de Argenson, ministro de la Guerra, que era su hermano) anota en su diario que todos sus conocidos se sabían de memoria las canciones y poemas, lo que consideraba sintomático de una peligrosa división entre el pueblo de París y sus gobernantes de Versalles. «Oigo entre el público y en selectas compañías conversaciones que me escandalizan, de un abierto desprecio y un profundo descontento con el Gobierno —escribe—. […] Llueven canciones y sátiras de todas partes».[10]

Aunque el caso de los Catorce no pasó de ser un episodio de la interminable lucha política de la corte, dejó huella en la memoria de los parisinos. El abate Morellet, que había pertenecido al entorno de Sigorgne cuando era estudiante, lo describió con todo detalle al cabo de cincuenta años, y se presentaría como un punto de inflexión del reinado de Luis XV en un best seller clandestino, Vie privée de Louis XV, publicado en 1781.[11] Las canciones en sí se incorporaron al corpus general de versos contestatarios que se remontaban a la Fronda, y abarcaban toda la gama de temas que obsesionaban a los parisinos de mediados de siglo. Muchas, como ya se ha dicho, protestaban contra el trato dado al príncipe Carlos Eduardo. Otras criticaban el tratado de paz, los impuestos y la decadencia de la corte.

Madame de Pompadour era uno de sus blancos favoritos. Mientras que algunas canciones se burlaban de su aspecto (pecho plano, piel amarillenta, dientes sucios) sin hacer comentarios políticos, varias deploraban su poder sobre los ministros y atribuían la caída de Maurepas a su influencia. Así, una poissonnade compuesta con la melodía de una canción para beber y dirigida a Maurepas decía:

On dit que Madame Catin,

Qui vous mène si beau train

Et se plaît à la culbute,

Vous procure cette chute.

Lampons, lampons,

Camarades, lampons.[12]

Se dice que la señora Putón,

que te arrastra a placer

y a quien le encanta joder,

fue la causante de tu caída.

Bebamos, bebamos,

camaradas, bebamos.

Lejos de cuestionar el principio de la monarquía, las canciones condenaban a Pompadour por degradar la majestad del trono y atacaban a Luis por ser un monarca indigno:

Elle ordonne, il souscrit, humilié, soumis.

Aux genoux d’une femme on voit tomber Louis.

Et jaloux d’assouvir sa passion brutale,

Il profane à ses pieds la Majesté Royale.[13]

Ella ordena, él acepta, humillado, sumiso.

Ante una mujer vemos caer a Luis,

y resuelto a satisfacer su pasión brutal,

profana a sus pies a la majestad real.

Las canciones atacaban directamente a Luis como un roi fainéant, lâche, faible, imbécile[14] («un rey pusilánime, cobarde, débil, imbécil»). Transmitían un sentimiento general de hastío con su reinado más que un mensaje ideológico:

Les grands seigneurs s’avilissent,

Les financiers s’enrichissen,

Tous les Poissons s’agrandissent.

C’est le règne des vauriens.

Los grandes señores se envilecen,

los financieros se enriquecen,

todos los peces engordan.

Es el reino de los bribones.

Sin embargo, algunas llegaban a amenazar con el regicidio:

Louis, prend garde à ta vie.

Il est encore des Ravaillac à Paris.[15]

Luis, cuidado con tu vida.

Aún hay Ravaillacs en París.

[François Ravaillac fue el asesino de Enrique IV].

Contemporáneos como el marqués de Argenson veían el componente sedicioso de esos cantos, pero dirigían su mirada hacia atrás, hacia la Fronda de 1648, que hacia delante, a 1789. En 1749 nadie podía prever la Revolución francesa, y nadie debería considerar hoy las canciones como una banda sonora histórica sin mayores problemas. Aunque podamos cantarlas con las melodías de la época, las canciones solo aportan atisbos del ambiente que se respiraba en el París del siglo XVII, no nos permiten acceder directamente a lo que pensaban los parisinos del siglo XVII; sin embargo, como mínimo podemos ver que estos consideraban las canciones como un elemento que debía tenerse muy en cuenta, lo bastante poderoso en 1749 como para tumbar al Gobierno.

4

LOS SANTOS VAN A PARAR AL INFIERNO

Pocas veces, por no decir nunca, los parisinos habían asistido a una manifestación de dolor e indignación semejante: el 22 de junio de 1749, una fila de diez mil dolientes se extendía por el Barrio Latino desde la iglesia de Saint-Etienne-du-Mont hasta la capilla del Colegio de Beauvais. Lloraban la muerte de Charles Coffin, antiguo director del colegio, rector de la universidad y devoto jansenista, venerado por su piedad y considerado santo por algunos. Estaban indignados con el arzobispo de París, que había ordenado que se negaran los últimos sacramentos a los moribundos que no presentaran un certificado donde atestiguaran su rechazo del jansenismo o, para ser más exactos, como se explicará luego, que se confesaran con un sacerdote que aceptara la bula papal antijansenista Unigenitus.[1]

La mayoría de los católicos franceses creían que la salvación dependía de recibir los últimos sacramentos. Algunos (no en París, pero sí en buena parte del sur) pertenecían a congregaciones de penitentes, que ensayaban representaciones del lecho de muerte para estar preparados para renunciar al pecado y resistir las tentaciones del diablo en el momento supremo en que la salvación y la condenación pendían de un hilo. Que a uno le negaran la extremaunción y la absolución era, a ojos de los fieles, exponerlo a arder en el fuego del infierno. El rector de la parroquia de Coffin, el padre Bouettin, había obedecido la orden del arzobispo con implacable intransigencia. Al negar a Coffin el viático (la eucaristía administrada en peligro de muerte), podía decirse que había cerrado el camino a la gracia y enviado a un santo al infierno.

Los dolientes, entre los que había un gran número de sacerdotes, magistrados y estudiantes, no estaban dispuestos a verlo de un modo tan esquemático. Sabían que nadie podía estar seguro del destino de Coffin en la otra vida, aunque algunos sacerdotes afirmaban que su negativa a renunciar al jansenismo significaba que había sido condenado. Pero a todos ellos los unía la indignación por el hecho de que hubieran privado a Coffin de los sacramentos, algo que afectaba a la esencia misma de la fe católica tal como la vivían los parisinos de a pie.

El jansenismo había pasado por varias fases desde que se vinculara al nombre de Cornelio Jansenio, teólogo de Lovaina, cuyo Augustinus (1640) había reformulado la corriente más austera y agustiniana del catolicismo. Los jansenistas franceses del siglo XVII, como Antoine Arnauld y Pasquier Quesnel, desarrollaron una visión oscura y trágica de la condición humana. Sostenían que el hombre era intrínsecamente pecador y que la salvación llegaba por la gracia, un don casi inalcanzable del Espíritu Santo que debía ser «eficaz» y «suficiente», es decir, que no podía ganarse ni merecerse. Despreciaban la casuística de sus enemigos, los jesuitas, por considerarlos blandos con el pecado, mientras que estos les atacaban por herejes, casi indistinguibles de los protestantes en su teología. Inspirándose en Tomás de Aquino (y, en última instancia, en Aristóteles), los jesuitas ofrecían una visión más positiva del mundo, que incluía la práctica frecuente de la confesión, la absolución y la comunión. Participaban activamente en asuntos seculares, a menudo como consejeros de reyes y cortesanos. Los jansenistas tendían a retirarse del mundo, a veces en comunidades ascéticas como la abadía de Port-Royal, a las afueras de París, desde donde Pascal publicó sus Cartas provinciales (1656-1657), un ataque devastador contra las doctrinas de los jesuitas. A diferencia de estos, los jansenistas no se constituyeron nunca en orden religiosa, e incluso se negaban a que los etiquetaran como jansenistas, una etiqueta que, por otra parte, se despegaba con facilidad en los debates teológicos.

Después de la muerte de la generación de Pascal, el jansenismo había perdido su agudeza teológica y se había extendido entre el bajo clero y las clases profesionales como un código vital, caracterizado por la devoción austera y el activismo político. Políticamente, el jansenismo se asociaba con los trece parlamentos de Francia, en particular el de París, cuya jurisdicción como tribunal supremo abarcaba casi la mitad del reino. Aunque los parlamentos funcionaban principalmente como tribunales superiores (cours souveraines), ejercían poderes policiales y participaban en el proceso legislativo. Los edictos reales no entraban en vigor como leyes hasta que se registraban en el parlamento en cuya jurisdicción se fueran a aplicar. Si un parlamento se oponía a un edicto, podía retrasar su registro y expresar su oposición mediante una protesta (remontrance).

El toma y daca de protestas, respuestas del rey y protestas «iterativas» (remontrances itératives), acompañadas de una oratoria altisonante en los casos contenciosos, levantaba una gran polvareda. Pero el rey siempre podía forzar el registro en una ceremonia denominada lit de justice; porque, como reconocían los parlamentos en sus obsequiosas «humildes súplicas», el monarca era absoluto y su voluntad era ley. Sin embargo, los parlamentos también insistían en que los edictos a veces expresaban la voluntad del rey en un momento dado, que quizá se había visto «afectada» por un ministro equivocado, y no la voluntad a largo plazo del soberano, que por su naturaleza se ajustaba a las leyes fundamentales de la monarquía, que permanecían implícitas y variaban en función de los pronunciamientos parlamentarios, pero entre las que figuraban como mínimo la ley sálica, que determinaba la sucesión a la Corona por el heredero varón de mayor edad, y la prohibición de enajenar cualquier parte del reino. Los parlamentos invocaban a menudo las leyes fundamentales para justificar su oposición a determinados edictos.[2]

El Parlamento de París, situado en el palacio de Justicia, en el centro de la ciudad, generó una subcultura propia. Estaba formado por una Grand’Chambre, integrada por los magistrados más ancianos e ilustres; cinco Chambres des enquêtes (reducidas a tres en 1756); y una Chambre des requêtes. Los casos importantes se presentaban ante la Grand’Chambre, mientras que las salas menores se encargaban de casos secundarios. Todos los magistrados ocupaban sus cargos de forma vitalicia y, por tanto, no podían ser destituidos, una condición indispensable para mantener la independencia del poder judicial y, por tanto, la libertad, según Montesquieu. Además eran nobles, miembros de la nobleza de toga (noblesse de robe), por oposición a la nobleza de espada (noblesse d’épée), que descendía de la aristocracia feudal. Las togas —algunas de terciopelo negro con ribetes de armiño, otras de color rojo brillante para asistir a las misas solemnes— ponían de manifiesto su posición superior, que los magistrados exhibían en numerosas procesiones. Aunque la nobleza de espada despreciaba a los parlementaires, eran habituales los matrimonios mixtos, y ambas noblezas cerraban filas para defender sus privilegios fiscales. El Parlamento de París contaba con cerca de 250 miembros, entre alguaciles y otros funcionarios. Trabajaban a sus órdenes cientos de empleados, que tenían su propia organización informal, la basoche, que a veces organizaba ceremonias paródicas y sonoras protestas. Unos seiscientos abogados intervenían ante el Parlamento, en cuyo recinto hacían negocio todo tipo de profesionales: notarios, escribanos, libreros, incluso médicos y boticarios. Otros dos tribunales «soberanos» —las Cámaras de Cuentas para verificar las cuentas públicas y la Cour des aides (Tribunal de subsidios) para asuntos tributarios— tenían también su sede en el palacio de Justicia, que era un complejo de edificios agrupados en torno a seis patios dominados por la torre de la Sainte Chapelle. El número total de personas que pululaban en este ajetreado ambiente jurídico era de unas cuarenta mil.[3]

Muchos de los magistrados y abogados habían estudiado en centros de los jansenistas, sobre todo en el Colegio de Beauvais de Coffin. Se convirtieron en una fuerza poderosa dentro del Parlamento de París durante las décadas de 1720 y 1730, cuando la polémica sobre el jansenismo dentro de la Iglesia galicana se extendió a la política, hasta el punto de enfrentar al Parlamento con el arzobispo de París y el Gobierno. Las disputas se centraron en la bula o «constitución» papal Unigenitus, promulgada a instancias de Luis XIV en 1713, que calificaba de heréticas ciento una proposiciones de las Réflexions morales sur le Nouveau Testament de Quesnel (primera edición completa, 1692), un texto fundamental del jansenismo. Los jansenistas que se oponían a la bula esperaban encontrar apoyo en el Parlamento y, como último recurso, conseguir que se revocara apelando a un concilio general de la Iglesia, por lo que se les llamaba «apelantes», mientras que sus oponentes, encabezados por los jesuitas y algunos grandes prelados, recibían el calificativo de «constitucionalistas». Las bulas papales no tenían fuerza de ley en Francia hasta su publicación en forma de edicto real registrado en los parlamentos. El Parlamento de París había hecho lo propio con Unigenitus en 1714 con la reserva de que debía ser aceptada unánimemente por los obispos de Francia, algo a lo que algunos de ellos se negaban porque simpatizaban con los jansenistas. Además, la Iglesia francesa no aceptaba la autoridad suprema del papa, por lo que los jansenistas afirmaban que la bula Unigenitus no era un artículo de fe para los católicos franceses. En 1732, el «partido» jansenista en el Parlamento estaba formado por unos sesenta magistrados, casi la cuarta parte del total, que, además, cuando se planteaban cuestiones relativas al jansenismo, acostumbraban a ganarse el apoyo del resto de los magistrados alegando que defendían la independencia de la Iglesia galicana.

Al mismo tiempo, entre el pueblo llano de París arraigó una variante popular del jansenismo, con rasgos propios de movimientos revivalistas que se remontaban a la Edad Media.[4] Se extendió por la ciudad desde la iglesia de Saint-Médard, en el faubourg de Saint-Marcel, pobre y densamente poblado. François de Pâris, diácono del oratorio de Saint-Magloire y devoto jansenista, murió en 1727 tras dedicar su vida al servicio de los más desfavorecidos, vivir en la pobreza y mortificar su carne con medidas extremas: un cilicio reforzado con afilados alambres de hierro, una dieta reducida a una comida diaria de poco más que sopa y pan, y una cama que en realidad era un armario tendido sobre el suelo. En su funeral en la iglesia de Saint-Médard, una viuda analfabeta e indigente tocó su féretro y rogó por su intercesión para que le curase la parálisis de un brazo. La curación fue inmediata. Poco después, otras personas sanaron de todo tipo de enfermedades y dolencias tocando la tierra de su tumba o, más adelante, la lápida de mármol que la cubría. Mientras yacían sobre la tumba, algunos sufrían convulsiones, se agitaban y chillaban como poseídos por la energía que producía las curaciones. La noticia de los milagros llegó a todos los rincones de París. Enfermos y penitentes acudían en masa al cementerio de Saint-Médard, entre ellos algunos aristócratas y sacerdotes de otras parroquias, que añadían respetabilidad a las extravagantes escenas. El arzobispo de París de la época, Louis-Antoine de Noailles, que había conocido a Pâris y compartía su compromiso con el jansenismo, nombró una comisión para investigar las curaciones, y sus resultados preliminares fueron positivos. Para muchos habitantes de la ciudad, Pâris era un santo, que obraba milagros igual que cualquier otro santo desde los albores de la Iglesia.

Para el Gobierno, sin embargo, el entusiasmo religioso amenazaba con irse de las manos, y también con extender el jansenismo. El bando jansenista del Parlamento de París apoyó los testimonios que corroboraban las curaciones y también se opuso a los intentos del nuevo arzobispo, un constitucionalista convencido que sucedió a Noailles en 1729, de purgar a los párrocos jansenistas de su diócesis. Los panfletistas se unieron a la causa de los «convulsionarios», al igual que las Nouvelles ecclésiastiques, un semanario jansenista clandestino con un público lector cada vez más numeroso. Ante tanta división y discordia, el Gobierno, en nombre del rey, decidió clausurar el cementerio de Saint-Médard el 27 de enero de 1732. Aunque la policía evitó la violencia, no pudo impedir una oleada de protestas, entre las que figuraba la colocación de un epigrama en la verja del cementerio que se convirtió en la ocurrencia antimonárquica más famosa del siglo:

De par le roi,

Défense à Dieu,

De faire miracles,

En ce lieu.

Por orden del rey,

se prohíbe a Dios

hacer milagros

en este lugar.

El desafío a la autoridad del rey era la expresión de una ola de fervor religioso que surgió de los sectores más pobres de París y arrastró consigo a algunos segmentos de la élite. Al celebrar los milagros, los parisinos expresaban su indignación por el abuso de poder, tanto eclesiástico como real, en sus propios términos.

Sin embargo, el componente espiritual de las protestas pronto se agrió. Los convulsionarios siguieron reuniéndose en privado y empezaron a adoptar rasgos propios de una secta, así como prácticas extremas. Algunos se sometían a golpes y flagelaciones, se clavaban objetos punzantes en el cuerpo, daban rienda suelta a fantasías milenaristas sobre el Juicio Final y, en el caso de un grupo radical y antinomiano, se entregaban a orgías sexuales. Ya en 1736, algunos de los jansenistas más destacados habían cortado toda relación con los convulsionarios. Muchos sectarios desaparecieron en la Bastilla y luego en el exilio. Su movimiento nunca tuvo mucha coherencia, ni como doctrina ni como organización, y acabó disipándose. Sin embargo, ejercía una poderosa atracción sobre los parisinos situados en la base del orden social y cuestionaba la autoridad de los de arriba. Por tanto, tenía afinidad con el desafío más serio que suponían los jansenistas que protestaban contra la denegación de los sacramentos a Charles Coffin. La protesta iba dirigida contra Christophe de Beaumont, el devoto y rígidamente ortodoxo arzobispo de París, que era aún más inflexible en su oposición al jansenismo que su predecesor. En 1749, Beaumont ordenó a los sacerdotes de su diócesis que se negaran a administrar los sacramentos a quien no se confesara con un sacerdote ortodoxo. En la práctica, la orden se utilizaba contra los jansenistas notorios que no podían presentar un documento llamado billet de confession, que certificaba que habían recibido los sacramentos de un sacerdote que se adhería a la bula Unigenitus. A la mayoría de los parisinos no les interesaban las sutilezas de la teología. Si se les hubiera pedido que explicaran la diferencia entre gracia suficiente y gracia eficaz, probablemente se habrían encogido de hombros. Pero la administración de los sacramentos en el lecho de muerte era algo que afectaba a todo el mundo, y muchos católicos de a pie se indignaban ante el hecho de que negaran los últimos sacramentos a una persona al borde de la muerte que se esforzaba por alcanzar la salvación. Corrían historias sobre jansenistas que habían muerto inconfesos tras una vida devota e incluso se les había negado sepultura en tierra consagrada. Casi todas las semanas las Nouvelles ecclésiastiques publicaban relatos de jansenistas que morían como mártires. El esquema era siempre el mismo: entre los sufrimientos atroces de agonía, apenas capaces de hablar o discurrir con claridad, los acosaban sacerdotes que les exigían adhesión a unas doctrinas teológicas y que luego se regocijaban abandonándolos a su suerte. Bouettin, que había negado el viático a Coffin, fue denunciado por la revista por su crueldad excepcional. Detrás de él estaba el arzobispo, y detrás del arzobispo, el rey.

Tras la muerte de Coffin, su sobrino solicitó al Parlamento daños y perjuicios por la denegación de los sacramentos por parte de Bouettin.[5] Recibió el apoyo de cuatro «consultas» firmadas por sesenta abogados, que argumentaban que el asunto entraba dentro de la jurisdicción del Parlamento por tratarse de un disturbio civil en París y por su condición de «garante y defensor de los derechos de los ciudadanos». Las consultas se imprimieron y alimentaron una gran agitación —descrita como «gran ruido», «murmullos» y «fuerte alteración de los ánimos»— entre el público parisino.[6] Antes de que el Parlamento pudiera tomar medidas, el rey reclamó para sí el asunto como autoridad suprema en materia de justicia y anuló las consultas alegando que perturbaban el orden público.

Tras sus enfrentamientos recientes con el Gobierno por el impuesto del vigésimo y otras cuestiones, el Parlamento dio marcha atrás; pero en diciembre de 1750 el sobrino de Coffin, que entonces tenía veintiocho años, contrajo una enfermedad mortal. Él también se negó a aceptar la bula Unigenitus, y por lo tanto Bouettin le negó los sacramentos. El sobrino era magistrado del tribunal del Châtelet (un tribunal parisino bajo la jurisdicción del Parlamento), que apeló al arzobispo para que interviniera. Beaumont se negó, el Châtelet apeló al Parlamento y este convocó a Bouettin para que justificara su conducta. Tras una fuerte resistencia, Bouettin compareció, pero insistió en que solo obedecería las órdenes del arzobispo. El Parlamento respondió ordenando su detención y encarcelándolo durante una noche en la Conciergerie. Escarmentado por la experiencia, Bouettin fue severamente interrogado por los magistrados al día siguiente y puesto en libertad con una multa simbólica de tres libras como castigo. Encontraron a un sacerdote más flexible que administró los últimos sacramentos al joven Coffin, que tuvo una muerte ejemplar el 9 de enero. También a él le acompañó un largo cortejo fúnebre desde la iglesia de Saint-Étienne-du-Mont hasta el lugar donde fue enterrado, junto a su tío. Las muertes de los dos Coffin desataron la indignación entre los parisinos y tiñeron de dramatismo la denegación de los sacramentos como asunto que daba fuerza política al jansenismo.[7]

Tras su triunfo sobre Bouettin, el Parlamento denunció la denegación de los sacramentos. Después de que el rey rechazara la protesta formal del Parlamento, este desafió la autoridad real en un asunto relacionado, que afectaba al Hôpital-Général, un grupo de instituciones que albergaban a algunos de los enfermos y pobres de París, al tiempo que servían de prisión para prostitutas y criminales. El arzobispo Beaumont intentó expulsar a los jansenistas de la administración del Hôpital, y el rey, que al parecer no podía ni oír la palabra «jansenista», publicó una declaración el 24 de marzo de 1751 en la que daba a Beaumont plena autoridad sobre el Hôpital y excluía del mismo a los «apelantes». El Parlamento respondió con protestas y luego, ante la intransigencia de Luis, con remontrances itératives, que invocaban las leyes fundamentales del reino de una manera que, para observadores como el marqués de Argenson, indicaba su aspiración de transformar Francia en una monarquía constitucional.[8]

En septiembre, el desacuerdo sobre el Hôpital había degenerado en una crisis en toda regla. El pueblo, afectado por una fuerte subida del precio del pan tras una mala cosecha, apoyaba al Parlamento e incluso expresó simpatías jansenistas. No sentía ningún interés aparente por Unigenitus, pero respaldaban a los administradores jansenistas del Hôpital y se les oía murmurar a menudo imprecaciones contra el rey y madame de Pompadour. Por falta de recursos, el Hôpital tuvo que echar a la calle a muchos de sus internos. En noviembre, mientras se dirigían a una misa en Notre Dame, el delfín y su esposa se cruzaron en la calle con una multitud de dos mil mujeres que les gritaron: «¡Dadnos pan, nos morimos de hambre!».[9] Las patrullas callejeras se duplicaron para evitar disturbios. En un enfrentamiento con el Parlamento el 24 de noviembre, el rey evocó el asunto del Hôpital. Exigió ver las actas de las deliberaciones del tribunal y luego, con gesto desdeñoso, se las metió en el bolsillo. El Parlamento respondió suspendiendo sus funciones. Los abogados se declararon en huelga y la administración de justicia se paralizó. Tras negociaciones secretas y dos días de debate, el 3 de diciembre el Parlamento decidió dar marcha atrás y registrar el decreto que había provocado el conflicto. Esta decisión puso fin al asunto del Hôpital, pero a algunos parisinos les pareció un ensayo general de un enfrentamiento más grave, ya que la polémica por la negativa a administrar los sacramentos a los jansenistas no daba señales de extinguirse.

Durante los dos años siguientes, el clero constitucionalista, apoyado por el arzobispo, continuó negando los últimos sacramentos a los jansenistas, y los dramas en el lecho de muerte que relataban rumores y panfletos, así como las Nouvelles ecclésiastiques, reforzaron la impresión general de que la Iglesia estaba exponiendo a sus miembros más santos a la condenación en la otra vida. Muchas denegaciones fueron objeto de recurso ante el Parlamento, que se proclamaba competente sobre los asuntos temporales del clero y con derecho a intervenir en los casos de orden público de París. Después del escándalo de Coffin, el que suscitó más indignación fue el de Ignace Lemère, un jansenista que se había retirado con una pequeña pensión en la parroquia de Bouettin de Saint-Etienne-du-Mont. Al igual que Coffin, Lemère era respetado tanto por su erudición como por su piedad, ya que había pasado la mayor parte de su vida en un priorato traduciendo obras religiosas del griego. Vivía austeramente, combatiendo sus achaques y estudiando las Escrituras. Una apoplejía le paralizó parte del cuerpo en 1749, y otro ataque en abril de 1752 le llevó, a los setenta y cinco años, a las puertas de la muerte. Tras solicitar los últimos sacramentos, Bouettin se presentó junto a su lecho para exigirle un billet de confession. Durante cinco semanas, el «despiadado inquisidor» insistió a Lemère en la necesidad de aceptar la bula Unigenitus, según el relato de las Nouvelles ecclésiastiques. Bouettin incluso intentó que reconociese que el diácono Pâris sufría las penas del infierno. Aquejado de gangrena y demasiado débil para debatir, Lemère hacía gestos negativos con las manos. Mientras Lemère se hundía en su postrera agonía, Bouettin fue a consultar con el arzobispo y volvió con una rotunda negativa a administrarle los últimos sacramentos.

El 23 de marzo intervino el Parlamento. Citó a Bouettin para otro interrogatorio y, cuando insistió en que seguía las instrucciones del arzobispo, aprobó un decreto ordenando a Beaumont que administrara los sacramentos en veinticuatro horas. Ante un conflicto abierto entre los poderes temporal y espiritual, el rey anuló el decreto y avocó el caso. El Parlamento, consciente de que Lemère no podría resistir mucho más, envió una delegación a protestar por la decisión. Conmovido por su relato de lo desesperado de la situación de Lemère, Luis envió a un sacerdote para que le administrase los sacramentos. Sin embargo, cuando llegó, Lemère había sucumbido a la gangrena. Murió en silencio, rodeado de testigos laicos que rezaban por su alma.

Debido a la urgencia del caso, el Parlamento permaneció reunido hasta altas horas de la noche. Cuando se enteró de la muerte de Lemère, decretó la detención de Bouettin y levantó la sesión a las cuatro de la madrugada. Bouettin se escondió; el rey también anuló este decreto, que había sido pregonado en las calles; y París estalló en airadas discusiones. Cerca de diez mil dolientes siguieron el féretro de Lemère hasta el cementerio de Saint-Étienne-du-Mont el 29 de marzo. Después de varias intervenciones inflamadas, el Parlamento votó a favor de expresar su protesta. Mientras preparaba el texto, los abogados de París se negaron a intervenir en los tribunales, y la administración de justicia volvió a suspenderse. Las protestas, impresas por el Parlamento y reproducidas en las gacetas holandesas, se quejaban de que los partidarios de la bula Unigenitus estaban provocando un cisma dentro de la Iglesia galicana que amenazaba a la propia monarquía. Negaban la validez de Unigenitus como artículo de fe y condenaban su uso como pretexto para oponerse a administrar los sacramentos a los moribundos. La respuesta del rey fue lo suficientemente moderada como para que algunos parisinos sospecharan que el monarca apoyaba en secreto la postura del Parlamento contra el arzobispo, opinión que se vio confirmada el 18 de abril, cuando el Parlamento emitió un decreto prohibiendo que se denegara la administración de sacramentos a falta de un billet de confession. El decreto se imprimió de la noche a la mañana y se distribuyó por todo París. Incluso se pegó en las paredes del palacio arzobispal para presionarlo. Según Barbier y el marqués de Argenson, los parisinos se habían unido en apoyo del Parlamento y en contra del rey.[10]

La posición de Luis permaneció en la ambigüedad durante varias semanas. Nombró una comisión para resolver las cuestiones teológicas, pero esta no llegó a ninguna conclusión y finalmente rechazó el decreto del Parlamento del 18 de abril. Mientras tanto, el clero constitucionalista seguía negando los sacramentos a los presuntos jansenistas. A medida que un caso tras otro llegaba a su conocimiento, la ira de los parisinos amenazaba con desbordarse, y el Parlamento resolvió adoptar medidas.[11] En diciembre de 1752, sor Antoinette Fournera, una anciana monja de una comunidad jansenista, la Maison de Sainte-Agathe, cayó gravemente enferma y solicitó los últimos sacramentos. La Maison estaba situada en la parroquia de Saint-Médard, cuyos rectores, nombrados por el arzobispo, habían hecho todo lo posible por erradicar los restos de la secta de los convulsivos. Se habían negado a administrar los últimos sacramentos a cuatro monjas de la Maison con anterioridad a la demanda de sor Antoinette, y el párroco de aquel entonces, el padre Hardy-Levaré, se mostraba inflexible: sin billet de confession no había sacramentos. Sor Antoinette hizo acopio de fuerzas para resistir. Al día siguiente, perdió el conocimiento; la Maison llamó al padre Hardy, que se negó a administrarle los sacramentos, y sor Antoinette murió.

Poco después, sor Perpétue, de setenta y nueve años, monja igualmente devota de la Maison, sufrió un ataque de apoplejía. Formuló la misma petición y recibió la misma respuesta. En ese momento, el Parlamento intervino ordenando la detención de Hardy-Levaré. Aunque estaba ausente, uno de sus dos vicarios compareció ante el Parlamento y testificó que Hardy-Levaré había seguido órdenes del arzobispo. El Parlamento aprobó entonces un decreto ordenando a Beaumont que administrara inmediatamente los sacramentos, ya que Perpétue estaba en peligro de muerte. El arzobispo se negó, alegando que solo era responsable ante Dios. Tras un segundo intento de obligar a Beaumont, el Parlamento ordenó la confiscación de sus bienes temporales y tomó medidas para llevarle a juicio, un procedimiento complicado porque era par del reino y, como tal, solo podía ser juzgado por otros ducs et pairs, que formaban parte de la Grand’Chambre pero rara vez asistían a sus sesiones. El rey atajó esta amenaza prohibiendo la convocatoria de los pares. Mientras tanto, el Parlamento ordenó la detención de los dos vicarios de Hardy y que otros sacerdotes administraran los sacramentos a Perpétue, quien, de repente, comenzó a recuperarse. El rey envió a unos agentes con una lettre de cachet (orden real extrajudicial) para que la llevasen en una silla de manos a un convento, donde quedó recluida. El Parlamento, que ya había denunciado el «despotismo intolerable» del arzobispo, protestó contra el «secuestro» de una súbdita frágil, enferma y anciana por orden arbitraria del rey y votó a favor de presentar nuevas protestas formales, que Luis atajó reclamando para sí la autoridad sobre el asunto.[12]

La información sobre cada uno de estos episodios, difundida por las Nouvelles ecclésiastiques y de boca en boca, ilustraba cuestiones de mayor alcance como el poder eclesiástico y el poder del rey. Los parisinos seguían los acontecimientos con enorme interés. Los vendedores ambulantes pregonaban públicamente los edictos reales y las protestas parlamentarias. Los textos se pegaban en las esquinas, donde la gente se reunía para leerlos y discutirlos. Las protestas de los parlamentos provinciales —en particular los de Ruan, Toulouse y Aix-en-Provence— gozaban de amplia difusión y a veces superaban a las del Parlamento de París en la virulencia de su lenguaje. Canciones y estampas daban mayor eco a los mensajes. Sor Perpétue se convirtió en una celebridad y las lettres de cachet, en un tema favorito de denuncia. Según el marqués de Argenson, la simpatía por lo que se consideraba jansenismo se extendía a «la gente menuda y produce entre ellos una violenta agitación». No era un asunto de doctrina, sino de repugnancia ante la crueldad de negar a los cristianos virtuosos la posibilidad de tener una buena muerte, es decir, de recibir los últimos sacramentos y la absolución de los pecados antes de entrar en la otra vida. Cuando un grupo de pescaderos vio al arzobispo Beaumont cruzando el Pont Neuf en un carruaje, le gritaron: «¡Habría que ahogar a ese cabrón! Quiere impedir que recibamos los sacramentos de la Iglesia».[13] Un centenar de vendedoras de Les Halles formaron guardia en la iglesia de Saint Eustache para impedir que Beaumont destituyera a su párroco jansenista. El Parlamento siguió interviniendo en casos de denegación de sacramentos en toda su extensísima jurisdicción. Ordenó la detención de dos sacerdotes en Abbeville, multó al obispo de Orleans con seis mil libras y confiscó el mobiliario de un párroco en Troyes. Pero, sobre todo, se propuso recopilar los argumentos a favor de su postura en una protesta formal de grandes dimensiones, que dio en llamarse las grandes remontrances porque el texto, una vez impreso, formaba un auténtico tratado de ciento sesenta y cuatro páginas.

Aunque el Parlamento tardó casi tres meses de debate en redactar las grandes remontrances, en enero de 1753 empezaron a circular resúmenes de sus veintidós artículos principales, alertando a los parisinos de un poderoso ataque contra el poder arbitrario, tanto en la Iglesia como en el Estado. El texto completo apareció impreso después de que el Parlamento votara a favor de la aprobación de las remontrances el 9 de abril. La tirada fue enorme (seis mil ejemplares en cuarto y diez mil en dieciseisavo) y se agotó de inmediato. Siguieron varias reimpresiones y ediciones piratas, cuyo precio oscilaba entre nueve y dos libras y diez sous, y también se publicó por entregas en la Gazette d’Utrecht. El público lector disponía así de una defensa oficial de «la legítima libertad de los ciudadanos», llena de argumentos jurídicos y documentación de apoyo, que repasaba todas las cuestiones planteadas durante los tres últimos años. En las remontrances se negaba la legitimidad del Unigenitus como artículo de fe, se condenaba el uso de los billets de confession y se impugnaba la autoridad del rey para situarse por encima de la ley —las «leyes fundamentales» de la monarquía— reclamando para sí los casos.[14]

Luis aceptó examinar un resumen de los veintidós artículos, pero se negó a leer el texto íntegro de las remontrances e insistió en que el Parlamento registrara un decreto que había promulgado el 22 de febrero y que prohibía a la cámara intervenir en casos de denegación de sacramentos. Era una línea roja y los parisinos esperaron a ver si el Parlamento la cruzaba. El 5 de mayo, las cámaras de Enquêtes y Requêtes votaron ir a la huelga, y la Grand’Chambre dijo que seguiría en activo pero solo para asuntos de Estado; y a continuación se negó a registrar el edicto del 22 de febrero. En la noche del 8 al 9 de mayo, Luis envió a un contingente de mosqueteros con lettres de cachet por las que desterraba a los miembros de las cámaras bajas y encarcelaba a cuatro de sus líderes más destacados. La Grand’Chambre protestó y fue castigada con el traslado a Pontoise, donde continuó funcionando, aunque se interrumpió toda actividad jurídica normal. Las negociaciones secretas del verano quedaron en nada. En septiembre, la Corona creó un tribunal provisional integrado por altos funcionarios (conseillers d’état y maîtres des requêtes) para tratar los casos, pero los abogados parisinos se negaron a comparecer ante él. Como la Grand’Chambre seguía mostrándose intransigente, fue desterrada a Soissons. Para sustituir al Parlamento entero, la Corona creó entonces una chambre royale, llena de funcionarios, pero tampoco prosperó debido a la huelga de los abogados. A pesar de las idas y venidas en las negociaciones, la situación continuó estancada hasta septiembre de 1754, cuando el rey finalmente destituyó al Parlamento entero e impuso una «ley del silencio», prohibiendo a todas las partes plantear cuestiones relacionadas con Unigenitus, en particular la denegación de los sacramentos.

La reacción de los parisinos ante esta prolongada crisis es difícil de evaluar. La mayoría de ellos no simpatizaba con el arzobispo Beaumont, pero sufrían las duras condiciones meteorológicas, el desempleo y los elevados precios de los bienes de consumo, especialmente del pan. Según el marqués de Argenson, ochocientos obreros en paro sucumbieron al hambre y a la intemperie en febrero y marzo de 1753. Murieron inconfesos, en miserables desvanes, y nadie se alarmó porque se hubieran visto privados de sacramentos, justo al mismo tiempo que los jansenistas se movilizaban en protesta por el trato dado a sor Perpétue. La buena cosecha del verano supuso un alivio, pero el desempleo seguía siendo un problema. La suspensión de las actividades legales supuso que veinte mil personas —oficiales, alguaciles y todo tipo de subalternos y sirvientes domésticos— perdieran su trabajo, según Barbier, que en mayo de 1753 constata la existencia de un «espíritu de revuelta»,[15] mientras que a Argenson la situación le parece tan explosiva como en 1648, durante la sublevación de la Fronda.

Al cabo de un año, en cambio, Barbier veía París tranquilo, a pesar de momentos ocasionales de «fermentación». El carnaval se había celebrado sin incidentes, y nadie parecía acordarse de la pobre Perpétue.[16] Los parisinos se alegraron del regreso del Parlamento. Aunque habían deplorado la frivolidad de Luis —solo le importaban la caza y las mujeres, según las «malas lenguas» recogidas por la policía—, aplaudieron su intervención para frenar al clero y restablecer la administración de justicia. El 4 de septiembre de 1754, cuando el Parlamento registró la declaración de la «ley del silencio», el apoyo de los parisinos al rey era general. Ya estaban hartos de las disputas religiosas.

Beaumont, tan inflexible como siempre en la ortodoxia, rompió la «ley del silencio» en diciembre al ordenar que se denegaran los últimos sacramentos a una lavandera que servía a sacerdotes jansenistas y compartía su fe. El rey confinó de inmediato a Beaumont en su residencia de las afueras de París y reafirmó la exigencia de silencio, para regocijo del pueblo llano de París. Para entonces, concluyó Argenson, el arzobispo había perdido todo apoyo entre los parisinos, y la bula Unigenitus estaba muerta, «aniquilada».[17] De hecho, la bula seguiría suscitando polémica durante otra década. Pero Argenson había diagnosticado correctamente un cambio en la naturaleza del debate. Así como los jansenistas apelaban a un concilio general de la Iglesia, puenteando al arzobispo, el Parlamento había desafiado al rey cortejando al público. El conflicto religioso llevó a una conclusión política, según Argenson: «La nación está por encima de los reyes».[18] Pocos parisinos llegarían tan lejos, pero estaban aprendiendo a hablar un nuevo lenguaje, que hacía derivar las ideas de libertad y restricciones constitucionales de un lenguaje impregnado de convicciones sobre los sacramentos y la salvación.

5

EL PUEBLO TOMA LA CIUDAD

Las calles de París siempre estaban llenas de niños: niños sin hogar, que no tenían adónde ir, e hijos de los pobres, que no tenían dónde jugar, ya que sus familias se hacinaban en viviendas normalmente de una o dos habitaciones. En los últimos meses de 1749, los niños empezaron a desaparecer de las calles. Al principio, los parisinos les prestaron poca atención. Eran una molestia, y París estaba plagado de mendigos, empujados por la miseria general de los alrededores de la ciudad. En noviembre, la policía recibió órdenes de acorralar a los vagabundos, encerrarlos en cárceles y soltarlos en el campo o, como se rumoreaba, enviarlos en barco a Tobago y el Mississippi, donde se necesitaba mano de obra para desarrollar una supuesta (y en realidad inexistente) industria de la seda. En mayo de 1750, sin embargo, algunos hijos de artesanos y burgueses no regresaron con sus familias después de jugar en la calle, salir de la escuela o hacer recados. Corrió la voz de que los había secuestrado la policía y que también ellos iban a desaparecer al otro lado del Atlántico. París estalló en los disturbios más violentos que se habían conocido, una revuelta que desbordó a la policía y que duró, con brotes intermitentes, una semana. En su punto álgido, el 23 de mayo, durante unas horas, la ciudad estuvo en manos de la multitud.[1]

Los disturbios se produjeron a raíz de los rumores de que agentes de policía vestidos de paisano merodeaban por París en busca de niños de cinco a diez años a los que atraían a carruajes que los llevaban a prisiones y a un destino incierto. El 16 de mayo, un niño gritó desde un carruaje en el faubourg Saint-Antoine, cerca del Pont Marie. Una mujer lo oyó y pidió ayuda; unos obreros salieron en tropel de las tiendas de los alrededores; se apoderaron del carruaje, rescataron al niño y apalearon a su captor —un agente de policía de paisano— y a varios soldados que le ayudaban. La multitud persiguió a otros policías y los disturbios se extendieron por todo el faubourg. Aunque al día siguiente volvió la calma, tras la violencia siguieron las habladurías. Algunas decían que la policía, con ayuda de los militares, recibía una prima por cada niño que lograba capturar para enviarlo al Mississippi. Otras afirmaban que la policía retenía a los niños para pedir rescate, utilizando como pretexto las órdenes anteriores de eliminar la mendicidad. Luego se extendió la historia de que iban a desangrar a los niños para que se bañara en su sangre un príncipe enfermo de lepra, ya que la sangre pura de los inocentes servía para curarla, según una leyenda relacionada con la conversión del emperador Constantino y también con la matanza de los inocentes perpetrada en tiempos de Herodes.

Durante los días siguientes circularon más rumores y algunas informaciones aparentemente fiables. Se decía que los agentes de policía y sus espías recibían quince libras por cada niño que capturaban y cobraban cien libras por cada uno que devolvían a sus padres. Barbier, que consideraba que las habladurías sobre baños curativos de sangre eran paparruchas, creía probable que los secuestros se estuvieran utilizando para colonizar el Mississippi, y también creía que la policía —y en particular los soldados (arqueros) empleados para cumplir sus órdenes— eran capaces de extorsionar a los parientes de sus víctimas para obtener rescates. El 22 de mayo estallaron unos disturbios denominados émotions populaires a raíz de unos incidentes ocurridos en varios puntos de la ciudad. En la Porte Saint-Denis, la muchedumbre persiguió a un presunto secuestrador hasta la casa de un commissaire (funcionario de la policía local) y la destrozó a pedradas. En el faubourg Saint-Germain, dos hombres secuestraron al hijo de un cochero. El niño gritó; su padre salió a la calle, pidiendo ayuda a voz en cuello, y los secuestradores, perseguidos por los vecinos, corrieron para salvar sus vidas. Uno de ellos intentó refugiarse en el interior de un asador. Blandiendo un pincho, un trabajador del local intentó contener a la multitud, pero esta le sobrepasó y saqueó todo el edificio, mientras que la Patrulla Nocturna, incapaz de reprimir la violencia, dejó hacer, y dos personas resultaron muertas. En otro incidente, unos soldados vestidos de paisano agarraron a un niño que volvía de la escuela en el Quai des Morfondus. Los compañeros del chico corrieron tras ellos, pidiendo socorro, y una multitud los persiguió. Tras soltar al niño, uno de los secuestradores intentó refugiarse en casa de otro commissaire. La multitud la rodeó, tiró piedras a todas las ventanas y estaba a punto de incendiarla cuando llegó la Guardia Montada ( guet à cheval ), que, tras muchas negociaciones, restableció la calma. El commissaire con su familia y el secuestrador huyeron por la buhardilla y por los tejados de los edificios adyacentes.

Al día siguiente, en respuesta a una denuncia de intento de secuestro, se congregó en la Butte Saint-Roch una muchedumbre, que, buscando a los secuestradores, irrumpió en el norte de París hasta llegar a la rue Saint-Honoré, donde alguien reconoció a un espía de la policía llamado Labbé. La multitud lo persiguió hasta la casa de un cerrajero, donde Labbé se escondió en una habitación del cuarto piso. El cerrajero, aterrorizado por la violencia, le hizo salir, y tras otra febril persecución, Labbé corrió hacia la casa de un commissaire situada frente a la iglesia de Saint-Roch. Un soldado de la Guardia disparó contra los perseguidores desde el portal de la tapia de la vivienda. La multitud, enardecida, derribó el portal e irrumpió en el patio, desde donde empezaron a arrojar piedras a las ventanas y amenazaron con prender fuego a la casa si no soltaban a Labbé. El commissaire lo entregó, los alborotadores lo mataron a golpes y arrastraron el cadáver por la rue Saint-Honoré hasta la casa del teniente general de policía, Nicolas René Berryer, que servía de cuartel general de la policía de París. Tras depositar el cuerpo en la puerta de entrada, la muchedumbre gritó que iban a matar también a Berryer, pero este huyó por una puerta trasera y se escondió en el convento vecino de los jacobinos.

Mientras los alborotadores intentaban forzar la entrada de la casa de Berryer, varias brigadas de la Guardia, tanto a pie como a caballo, llegaron a tiempo para obligarles a retroceder hasta la calle, donde se habían congregado diez mil personas. Entonces apareció la caballería de las Gardes Françaises y las Gardes Suisses y embistió a la multitud, sable en ristre. La carga de caballería dispersó a los agitadores, aunque grupos de manifestantes siguieron vagando por la ciudad hasta altas horas de la noche. Murieron entre diez y quince personas, y muchos alborotadores fueron encarcelados. Había que castigarlos, señaló Barbier, aunque los disturbios eran comprensibles, dada la provocación que los había desencadenado: el Gobierno necesitaba afirmar su autoridad y evitar que los parisinos tomaran conciencia de su poder, ya que durante un breve periodo de tiempo se habían adueñado del control efectivo de la ciudad. El marqués de Argenson tuvo la misma reacción: «Cuando el pueblo no le teme a nada, lo es todo».[2]

La Guardia, reforzada por un fuerte despliegue de soldados regulares, recuperó el control de París al día siguiente, pero el ambiente seguía cargado de rabia. La gente expresaba abiertamente su odio a la policía, los ministros, madame de Pompadour y el rey. Decían que querían masacrar a Berryer y «comerse su corazón».[3] Este, aunque no se atrevió a aparecer en público durante varios días, fue convocado por el Parlamento y aseguró que la policía no había ordenado jamás el secuestro de ningún niño. El Parlamento publicó entonces un edicto en el que negaba los rumores de secuestros, pero anunciaba que los padres cuyos hijos hubieran desaparecido podrían recuperarlos dirigiéndose a la policía. También llevó a cabo una investigación de los disturbios, que reveló que algunos soldados a sueldo de la policía habían secuestrado efectivamente a hijos de «buenos burgueses» y los habían retenido a cambio de rescates de sesenta, noventa o ciento cincuenta libras. Barbier confió a su diario que sabía de un tonelero que había pagado sesenta libras a un oficial de policía para recuperar a su hijo secuestrado.[4] A finales de mayo, la opinión mayoritaria entre los parisinos era que se habían producido muchos secuestros y que la policía había participado en ellos.

En junio, dos soldados de visita en Orleans dijeron, a modo de broma, que habían venido a capturar niños. Se formó una multitud, que se volvió violenta y acabó matando de una paliza a uno de los soldados. El otro fue condenado más tarde a ser azotado, marcado a fuego, expuesto al escarnio público y sentenciado a galeras durante nueve años.[5] En París circularon rumores de que el populacho planeaba marchar sobre Versalles y quemar el palacio, y enviaron soldados a vigilar el camino. El 8 de junio, por primera vez, el rey evitó París en el trayecto de Versalles a Compiègne. Como ya se ha dicho, mandó abrir un camino de tierra campo a través en plena cosecha, lo que dio pie a nuevos comentarios airados entre labradores y parisinos. Mientras tanto, el Parlamento prosiguió su investigación sobre los disturbios de mayo. Detuvo a cuarenta sospechosos, entre los que se encontraban algunos soldados y alborotadores, todos ellos pertenecientes a las categorías más bajas del pueblo llano. La ciudad entera era un hervidero de conversaciones sobre la crisis y esperaba ansiosa el veredicto de los magistrados.[6]

El 1 de agosto, el Parlamento condenó a la horca a tres de los presos: un portero, un carbonero y un vendedor de muebles de segunda mano. Al cabo de dos días, una gran multitud asistió a las ejecuciones en la Place de Grève. Para evitar una nueva sublevación, las autoridades desplegaron mil quinientos soldados en la plaza y dos regimientos de la Gardes Françaises en los aledaños. Las simpatías de la muchedumbre estaban de parte de los condenados porque, como señaló Barbier, la émotion populaire había expresado tanto el horror por los secuestros como la furia contra la policía. Cuando el carbonero subió al cadalso —era un hombre apuesto que había vencido a un soldado en una pelea cuerpo a cuerpo—, la multitud gritó: «¡Gracia!». El verdugo se detuvo un momento e indicó al carbonero que bajara unos peldaños. Pero, contrariamente a las esperanzas y expectativas de todos, no llegó ningún mensajero con un indulto de última hora. Los soldados hicieron retroceder a la multitud e hirieron a algunos con sus bayonetas e intimidaron a los demás. El carbonero murió ahorcado, y tras él, sus dos compañeros, y la multitud se dispersó.

A esas alturas, el flamante camino de tierra de Compiègne se conocía ya con el nombre de «camino de la revuelta», y el rey lo había hecho pavimentar. Decía que no quería exponerse a la ira de los parisinos, que le habían llamado Herodes.[7]