I. Logan

1. Logan

Me clavó las uñas en el pecho al tiempo que me montaba con rabia, veloz, a un ritmo febril y moviendo las caderas contra mí. Yo tenía las manos por encima de la cabeza, como me había pedido. Me agarré al borde del colchón. Sabía que ella necesitaba recuperar el control del que se había visto privada durante tanto tiempo, así que se lo entregué por completo. Si me lo hubiera pedido, me habría arrancado el alma para dársela. Intenté no mover las caderas, no proyectarme contra ella, pero cada vez me costaba más. Todos los músculos del cuerpo me pedían a gritos que la follara. Aún no, aún no. Se echó hacia delante, me atrapó los muslos mientras se movía contra mí cada vez más deprisa.

—Logan, mi amor, tócame, tócame.

Mi cuerpo estalló y entró en acción. Solo me hacía falta eso, su permiso. Me senté y le metí más la polla, lo que le arrancó un grito. Gracias a los dioses. Le agarré el culo con las manos, la alcé, la bajé al ritmo de mis embestidas. Pegué la boca a la suya para saborear sus gritos de pasión. Me acarició el cogote para atraerme hacia ella.

Sentí como se contraía en torno a mi polla y aparté la boca, a punto de gritar.

—Córrete conmigo, nena —gemí al tiempo que metía la mano entre nosotros.

Bastó con un roce del pulgar contra el clítoris para que Neverra se tensara, echara la cabeza hacia atrás y gritara mi nombre. Se le arqueó la espalda con el orgasmo, y me clavó las uñas en los hombros mientras las contracciones me oprimían con tal fuerza que vi luces detrás de los ojos.

Nos derrumbamos, todavía enmarañados, y la rodeé con los brazos, temeroso de que, si la soltaba, aquello fuera otro sueño y me despertara solo otra vez. Se acurrucó contra mí y supe que ella sentía lo mismo.

Le besé en la frente sudorosa, en los párpados, en las mejillas, en la cara entera.

—Cómo te echaba de menos… Cómo te echaba de menos…

Se apretó más contra mí para esconder la cara contra mi cuello.

—Yo a ti también.

Se hizo el silencio durante un rato mientras los dos intentábamos convencernos de que aquello era real. Ya hacía unos días desde nuestro regreso y los habíamos pasado aquí, sin apenas dedicarle tiempo a comer o a dormir, solo a estar juntos y volver a conectar de todas las maneras posibles. Nadie nos había molestado, y dudaba de que nos molestaran antes de que bajáramos. Pero al menos yo no tenía la menor prisa por salir de la habitación. No, lo que quería era cogerla de la mano, marcharnos y no volver jamás. Eso era lo que más miedo me daba. Por nada del mundo abandonaría a mi familia, pero no soportaría pasar de nuevo por lo que había pasado. La sola posibilidad de perderla por poco acaba conmigo.

Me rodeó con las piernas con más fuerza y me besó en el cuello al tiempo que me pasaba las manos por la espalda.

—¿En qué piensas? El corazón te va a toda prisa.

—En salir huyendo y no volver jamás.

Neverra me miró, se rozó la barbilla con los labios. Noté su aliento suave y cálido contra la piel.

—Logan.

—Ha sido espantoso, Nev. Espantoso. —Noté que las lágrimas me escocían en los ojos y al final no pude contenerlas más. Me acarició la mejilla para secarlas—. Estábamos perdiendo a Samkiel. Dianna estaba en pie de guerra, y la entiendo, pero ella era lo único que lo sacaba de esa atonía. Nos hemos quedado sin pistas. Los embajadores mortales necesitan que los cuiden como a niños. Tengo el presentimiento de que lo que quiera que vaya a suceder es solo el principio y, lo peor de todo, te había perdido.

Neverra me cogió la cara con las manos y me besó. Se apartó lo justo para hablarme en susurros.

—No me habías perdido. Estoy aquí. —Me dio un beso en la frente, luego en los labios, y volvió a hablar sin apartarlos—. No volveremos a separarnos. Te lo prometo.

Le puse la mano en la nuca, la agarré por el pelo y la besé con más fuerza. La polla se me volvió a poner dura. La tumbé en la cama y me quedé suspendido sobre ella un momento antes de penetrarla de nuevo. Tenía que hacerla mía una vez más.

—Estás bien, estás a salvo, estás aquí, estás en mis brazos.

Me clavó las uñas en la espalda al ritmo de las embestidas.

—Sí, sí, sí.

Divisor decorativo

Tras unas horas más de estar perdidos el uno en el otro, nos duchamos y decidimos que era hora de salir de la habitación. Por mucho que quisiera encerrar a Neverra bajo llave y no compartirla con nadie, sabía que los demás estaban impacientes por saber dónde me había metido, qué había averiguado.

Nos dirigimos a la sala de reuniones y Neverra me cogió de la mano. Oí las conversaciones y se la apreté antes de abrir la puerta. Se hizo el silencio y todas las miradas se clavaron en Neverra.

—¡Ya era hora! —gritó Cameron.

Se levantó y corrió hacia nosotros, cogió a Neverra entre sus fuertes brazos y la arrancó de mi mano. Neverra se rio y le dio un beso en la mejilla mientras Cameron le daba vueltas en el aire.

—¡Cómo te he echado de menos! Mira, ni siquiera me importa que apestes a Logan…

—¡Eh! —salté al tiempo que la dejaba en el suelo.

Casi no tuvo tiempo de recuperar el aliento antes de que los demás la rodearan. La alegría y el alivio ante su regreso eran casi abrumadores. Vi que tanto Neverra como Imogen lloraban cuando por fin se soltaron. Luego, se volvieron hacia mí y me abrazaron también, como si no solo estuvieran preocupados por ella sino también por mí. Correspondí a los abrazos y hasta me reí cuando Cameron me juró que me mataría con sus propias manos si se me ocurría abandonarlos.

—Os echaba de menos —susurró Neverra entre sonrisas y lágrimas.

Samkiel, agotado hasta límites inconcebibles, se acercó, y los demás le abrieron paso.

—Neverra.

—Hola, jefe —respondió con voz quebrada.

Pensé que iba a interrogarla de inmediato para sacarle información, que como mucho le iba a preguntar cómo se encontraba. Lo que no me esperaba fue lo que hizo: Samkiel la miró a la cara con atención y luego la estrechó entre aquellos brazos tan grandes que casi ocultaron su delicada figura.

Esto pilló con la guardia baja a Neverra, que se echó a reír, pero la risa se convirtió en sollozos. Se inclinó contra él y aceptó la seguridad y el consuelo que le ofrecía. Todos nos quedamos paralizados, conmocionados. Samkiel habría dado la vida por nosotros, pero nunca se mostraba afectuoso. Nunca decía «te quiero». No había abrazado a nadie desde la muerte de su madre. Pero en ese momento abrazaba a Neverra como si con su desaparición hubiera perdido una parte de sí mismo; y, en cierto modo, así había sido.

—Yo también te he echado de menos —susurró ella cuando Samkiel se apartó lo justo para darle un beso en la frente.

—¿Estás bien? —preguntó con voz ronca de emoción.

Neverra me miró antes de asentir.

—Sí. Estoy bien.

—Excelente. —Volvió a su sitio.

Neverra se puso de nuevo a mi lado, me rodeó con un brazo y se recostó contra mí.

La mirada que Samkiel me lanzó estaba cargada de una furia que nacía del miedo.

—Lo que has hecho ha sido temerario, ¿te das cuenta?

Asentí.

—Podrías haber muerto.

—Lo sé, pero, por ella, cualquier cosa. Sabías muy bien que no iba a detenerme ni a descansar hasta encontrarla, por muchas reglas y obligaciones que nos impusieras. Sé que desobedecer órdenes se considera traición, y si consideras que…

—Me alegro de que estés bien —me interrumpió.

Me tocó a mí quedarme paralizado cuando me abrazó. Sonreí contra el hombro musculoso. Me apretó y luego me soltó. Y eso fue todo. Se dio media vuelta y entró en la sala principal. Todos lo seguimos, conteniendo la respiración.

Imogen le cogió el brazo libre a Neverra, como en los viejos tiempos, y se inclinó hacia ella para hablarle en susurros.

—No sabes lo que te echaba de menos. Me has dejado aquí sola con Cameron y Xavier. Casi no lo cuento.

—¡Eh, que te he oído! —gritó Cameron.

Neverra se echó a reír y sentí que la normalidad de la charla la relajaba.

Una vez dentro de la sala de conferencias, vi cajas contras las paredes, algunas todavía abiertas y medio llenas de libros, pergaminos y papeles.

—¿Nos vamos? —pregunté.

—Sí —respondió Samkiel. Ocupó el asiento en la cabecera de la mesa—. Pero, antes, quiero hacer unas cuantas preguntas. Tengo que escribir todo esto, pero no saldrá de aquí, ¿entendido?

Asentimos, y Neverra ocupó el asiento contiguo al de Samkiel. Nos sentamos mientras abría una carpeta grande y nos miraba.

—Haldnunen ha muerto.

Se hizo el silencio hasta que Cameron lanzó un silbido.

—¿Has matado a un Rey de Yejedin? —A Samkiel casi le cayó la pluma de la mano.

—No. Fue Dianna. —Me incorporé en la silla—. Tendrías que haberlo visto. Cómo pelea. Se mueve igual que tú, Samkiel, pero es más letal. ¿Qué le has enseñado?

Tragó saliva, pero vi en sus rasgos un atisbo de satisfacción. Seguro que la consideraba una irresponsable, pero estaba orgulloso de ella.

—Poca cosa. Me he limitado a perfeccionar lo que ya sabía.

Todos callaron, como si los dominase la conmoción. Ni a Cameron le salían las palabras. Samkiel miró a Neverra.

—Te voy a hacer unas preguntas, pero podemos parar en el momento que digas si no te ves con fuerzas, ¿entendido?

Nev asintió, pero noté que me presionaba el muslo con la mano. Se la cubrí con la mía para alentarla. Sabía que necesitaba estar conectada a mí para recordar que era real, que todo era real, que todos estábamos aquí.

—¿Qué puedes decirme del lugar donde te encontrabas? ¿Qué pasó?

Neverra suspiró y me apretó el muslo con más fuerza.

—Era un día como otro cualquiera. Gabriella estaba un poco impaciente por estar encerrada allí. Logan se había ido contigo, así que decidimos salir un rato. El plan era desayunar, tomar una de esas bebidas de frutas con burbujas y que viera a Rick. Sé que hice mal, pero ya lo había colado unas cuantas veces para que se vieran, así que no era nada nuevo. En ausencia de Dianna, Gabriella estaba muy sola. El caso es que estábamos preparándonos, cantando una canción que le obsesionaba, cuando llamaron a la puerta y fui a abrir. No reconocí a aquel hombre, pero por su energía supe que era un vampiro. Dijo que se llamaba Drake y que venía de tu parte.

Vi que a Samkiel le palpitaba una vena en la sien. Se tapó la boca con las manos. No era la primera vez que le veía poner aquella cara, y recordé cómo había perdido la cabeza al saberse el causante de todo aquello. Rabia, rabia pura, que emanaba de él en oleadas.

—Casi no había terminado de abrir la puerta cuando Gabriella vino corriendo y lo abrazó. Eran viejos amigos, o eso me pareció. Nos dijo dónde estabais Dianna y tú, y lo que había pasado. Le contamos lo que íbamos a hacer. Sentí que algo iba mal, pero no hice caso. Pensaba que venía de tu parte. Gabby lo conocía y era obvio que lo apreciaba. Me confié…

Neverra hizo una pausa y cerró los ojos para tragar saliva. Apretó más la mano contra mi muslo y se estremeció con el esfuerzo de controlar sus emociones.

—¿Quieres que hagamos una pausa, Neverra? —preguntó Samkiel, y nunca lo había respetado y querido tanto.

Neverra negó con la cabeza y respiró hondo. Luego, abrió los ojos y carraspeó para aclararse la garganta antes de seguir.

—Salimos juntos. Habíamos quedado con Rick en la cafetería. Estábamos en la cola para pedir, charlando. No sentí su presencia, pero, de repente, allí estaba Kaden. Fue muy rápido, demasiado. Me desperté encadenada en Yejedin. Gabriella estaba encadenada a mi lado y no paraba de llorar. A poca distancia de nosotras, en el suelo, vi a Rick, muerto, lleno de golpes y arañazos, como si se hubiera resistido.

Le apreté la mano a Neverra, más cerca de ella que nunca al verla tan atormentada.

—No sé cuánto tiempo estuvimos allí. Traté de consolarla, pero estaba destrozada por lo de Rick, y solo pensaba en Dianna y en mí. Intenté todo lo que se me ocurrió para distraerla y calmarla mientras estábamos allí sentadas, esperando, y lo cierto es que ella me ayudó a mí tanto como yo a ella. Típico de Gabby: tenía un corazón de oro. Nos tuvieron allí muchas horas, puede que un día entero. No sabría decirlo.

Neverra se detuvo y cogió aire, se secó la cara con la mano.

—Ya basta por hoy, Neverra.

Samkiel había dejado de escribir y amagó con cerrar el libro. Era obvio que no quería alterarla más. Pero Neverra lo detuvo con un ademán.

—No, tienes que saber esto. Voy a contarlo todo, y tú lo vas a escribir. —Respiró hondo y soltó el aire poco a poco. Le insuflé fuerzas a través de nuestro nexo, hice que sintiera cómo la rodeaba mi amor—. Entonces llegó Kaden. Pensé que se me iba a llevar a mí también, pero solo se la llevó a ella. No volví a verla, y supe que había pasado lo peor que podía pasar. Yejedin entero se estremeció, Samkiel. Tembló, y no fue cosa de Kaden. Lo sé en lo más profundo de mi ser. Sé que parece una locura, pero te juro que oí el grito de Dianna, y algo cambió en Yejedin. Los seres que me vigilaban también se dieron cuenta. Parecían nerviosos y asustados. Me dejaron allí sentada durante no sé cuánto tiempo. Recuerdo el sonido de unas máquinas o algo así. Parecía una fundición, y el aire olía a hierro y a sangre. No sé qué está preparando. No lo vi en ningún momento, pero por lo que oí, por lo que percibí, parece muy grande.

—Es cierto —intervine—. Había muchas armas. Si Kaden las está fabricando para un ejército, nos superarían en número incluso si contáramos con todos los habitantes de Onuna.

Samkiel se acomodó en el asiento, lo que hizo crujir la silla.

—De acuerdo.

Neverra me apretó la mano.

—Es despiadado, Samkiel. Nunca he hablado tan en serio. No siente el menor remordimiento por lo que ha planeado hacer y no le importa quién se interponga en su camino. Ella es lo único que le importa. Kaden va a venir a por Dianna. Los he oído hablar, la necesitan para algo. No sé qué era, pero creo que empieza por E… No estoy segura. Había mucho ruido, entre las máquinas y aquellos seres…

Le acaricié el dorso de la mano para reconfortarla.

—Gracias, Neverra —dijo Samkiel.

Cerró el libro y se levantó. Neverra asintió y cogió aire con la respiración entrecortada. Los demás nos incorporamos también.

—Volveremos al Consejo de Hadramiel y nos quedaremos allí. Nada de lo dicho aquí puede salir de estas paredes. Yo seré el que hable con el consejo y les cuente lo que ha pasado. ¿Entendido?

Todos asentimos.

—Bien. Haced las maletas. Vincent se encargará de que su equipo cuide de la Ciudad de Plata en nuestra ausencia. Ya he levantado el toque de queda y las prohibiciones, dado que la mayor parte de la amenaza ya no existe…

—¿Dónde está Dianna? —preguntó Neverra—. ¿Cómo está?

Samkiel se interrumpió a media frase y bajó un poco la cabeza.

—En términos modernos se está… eh… curando. Sigue dormida.

—¿Todavía?

—Sí. —Nos miró y apretó los labios—. Ha pasado una semana desde que volvisteis.

Cameron me lanzó una mirada traviesa. Sacudí la cabeza y lo miré tratando de fingir enfado. Xavier dejó escapar una risita.

—¿Una semana? —casi gritó Neverra—. ¿Por qué no nos lo dijisteis, por qué no nos habéis avisado? Os habría ayudado antes.

—Logan y tú ya habéis ayudado suficiente. Además, dadas las circunstancias, lo más importante es que paséis tiempo juntos.

—Quiero verla. Tengo que decirle una cosa.

Samkiel titubeó, pero al final asintió.

—De acuerdo, cuando despierte.

Neverra asintió, y eso puso fin a la reunión. Me cogió la mano de nuevo mientras salíamos de la sala tras él. Noté que los demás no dejaban de mirarla como si ellos también tuvieran miedo de que volviera a desaparecer si se atrevían a parpadear.

—¿Tienes hambre? —le susurré.

—Por los dioses, sí.

Sonreí de oreja a oreja y me volví a los demás.

—Vamos a buscar algo de comer. Nos vemos aquí enseguida.

Todos asintieron y se despidieron para seguir los pasos de Samkiel.

Una vez los hubimos perdido de vista, a medio camino de nuestro cuarto, miré a Neverra.

—¿Qué tienes que decirle a Dianna?

Neverra se miró las manos y el nexo que nos unía me hizo sentir el dolor que la devoraba.

—Un mensaje que le dejó su hermana.

2. Samkiel

Las ruinas de Rashearim

La luz del sol bañaba el nuevo suelo que había creado hacía una semana, cuando volví a Rashearim cargando con Dianna. Estábamos en mi hogar, solo que ya no se encontraba en ruinas. Lo reconstruí por completo. Desaparecieron los agujeros creados por unos poderes que había sido incapaz de contener, y el follaje crecido ya no amenazaba con invadirlo todo. Remodelé el interior a imagen de los lugares que ella había conocido y disfrutado. Dianna iba a quedarse aquí hasta que yo supiera qué hacer con ella, y quería que estuviera a gusto.

El consejo no iba a perdonarle lo que había hecho. No sabían nada del pesar, del dolor. Pero yo me negaba a entregársela a nadie, y menos aún a ellos. La reunión con la Mano había ido bien. Todo lo que nos había dicho Neverra se quedaría encerrado en mi diario. Todos los instintos me gritaban que había algo que subyacía a todo aquello, algo que aún no había visto, y no iba a confiar en nadie de fuera de la Mano. Se me partía el alma solo de pensar en lo que había sufrido Neverra, pero lo peor era que pensaba que era por mi culpa. Yo había confiado en los Vanderkai, había enviado a Drake. Dianna había pagado el precio más alto, y a Logan casi le había costado todo.

«Me has cogido».

Las palabras que me había dicho tras caer por el portal aún resonaban en mi cabeza. Había vuelto a mí, y yo la había cogido. Ethan me había avisado en aquella engorrosa mansión de que no la dejara caer si no iba a estar ahí para sostenerla; la miré allí, dormida, y me di cuenta de que, de pronto, sostenerla, protegerla, era lo único que me importaba.

—Emanas culpa en oleadas, solo que los ojos mortales no la detectan —dijo Roccurrem detrás de mí.

—Da gracias por que no te haya desintegrado todavía —le espeté.

—Te aseguro que mis intenciones para Dianna, para ti y para los dominios no pueden ser mejores. Haré todo lo que pueda por vosotros hasta donde me sea dado interferir.

Me senté al borde de la enorme cama y la observé dormir. Tenía las manos sobre el pecho, que subía y bajaba. Estaba limpia y su ropa ya no era un montón de andrajos sucios. La había curado en cuanto había podido, pero llevaba una semana sin apenas moverse.

Roccurrem, de nuevo con su forma mortal, la miró con las manos entrelazadas a la espalda.

—¿Qué le pasa? ¿Qué le sucede? —Las palabras se me escaparon contra mi voluntad. Ya sabía la respuesta, no entendía por qué necesitaba oírla de sus labios.

Dianna cambió de postura y un mechón de pelo le cayó sobre la mejilla. Se lo recogí detrás de la oreja sin casi rozarle la piel. Era muy importante para mí, más de lo que quería reconocer, y hasta se lo había dicho sin poder contenerme. Sabía que no debía, que iba a hacer más daño que bien, pero perdí el control. De hecho, no sabía si quería controlarme.

Le acaricié la sien tal como me había hecho ella en aquellas noches largas y amargas. Era consciente de que era una ig’morruthen, un ser diseñado para la destrucción, mi enemiga jurada. El mundo entero lo sabía, pero, en aquel momento, solo parecía una mujer inocente a la que Kaden había tratado de hacer cruel.

—Ha utilizado sus poderes al máximo. Por decirlo de manera sencilla, se ha consumido.

Le volví a poner la mano sobre la frente, a un centímetro. La luz revoloteó en la palma, pero no atrajo ninguna negrura. No vi un fuego que se alzara hacia mi poder. Llevaba toda la semana anterior haciéndolo, y el resultado siempre era el mismo.

—¿Cuánto va a durar? —Aparté la mano—. ¿Ha sucedido esto antes, en el pasado?

—No que yo sepa, mi señor. No es habitual ver poderes como los tuyos, como los suyos. No sabemos cómo funcionan, ni siquiera por qué. Todo depende de ella. Ha proyectado una cantidad de energía extraordinaria para abrir un portal desde Yejedin. Pese a sus mil años de edad, un poder de esa magnitud debe controlarse, debe entrenarse. Desde la muerte de su hermana, se ha guardado demasiada rabia y dolor dentro, no los ha procesado. Puede tardar días. Puede tardar meses o años, puede que no salga nunca de este estado.

Suspiré y la miré.

—Le he curado las heridas y pensé que iba a despertar, pero lleva así días enteros.

—Lo que la aqueja no es físico, sino emocional. Lo siento, los dones de Unir no sanan eso.

Estudié el rostro de Dianna, el ceño que fruncía en respuesta al sueño que estaba viviendo.

—Lo mejor para ella es que se quede aquí —siguió—. Al menos hasta que se encuentre mejor, y hasta que el consejo y tú hayáis decidido. Aquí estará a salvo. Los únicos que conocen este lugar son los miembros de la Mano, y morirían antes de traicionarte.

—¿Sigues siendo el consejero de los dioses, Roccurrem? Ha pasado mucho tiempo.

—Eso parece. Aunque admito que me parece peculiar verte tan fascinado con un ser vivo. Al parecer, hacía falta una tentación fogosa para domar al indomable.

Domar… ¿Eso me había hecho Dianna? Me parecía una palabra insuficiente para definir lo que sentía. No me había domado. Me había curado, incluso sin darse cuenta.

—Puedes volver al consejo, Roccurrem. Diles a los demás que volveré cuando Dianna despierte.

—¿Vas a contarle tus sueños?

Lo miré.

—No, y tampoco hace falta que ellos se enteren.

—¿Aunque sean una premonición de tu muerte inevitable?

—Aunque lo sean. Quiero que estén alerta si las cosas llegan a eso. —Volví a mirarla a ella, siempre a ella—. Quiero que todos estén en alerta.

Se quedó en silencio un minuto, y supe que veía los posibles resultados de mis decisiones. No se movió.

—Cuando lo sepa, se pondrá furiosa.

Las pesadillas me acosaban día tras día. Veía mi esencia arrancada del cuerpo, mi luz derramada en el cielo, las puertas que se abrían para dejar paso a los ejércitos más vastos. Entraba en otro dominio, y el frío gélido se me clavaba en los huesos.

—No te corresponde a ti preocuparte por lo que vaya a sentir Dianna. Vuelve a los salones del consejo.

—¿Es una orden, rey dios?

Le clavé una mirada fría.

—¿Te ha parecido que fuera una sugerencia?

—Muy bien.

Asintió con un ademán breve y miró por última vez a Dianna antes de desaparecer en un torbellino nebuloso de estrellas.

Era ridículo sentir celos. Logan había dicho que no había expresado con claridad mis sentimientos cuando Dianna y yo estábamos juntos, y tenía toda la intención de corregirlo en cuanto fuera posible. También sabía que, en su dolor, había pasado tiempo con mortales. No la juzgaba por ello, pero me dolía. Una parte de mí se rompió cuando me enteré de que había compartido su cuerpo con otros tras nuestros momentos juntos. No estaba acostumbrado a un sentimiento como aquel.

Los mortales no deberían preocuparme. Sabía que, en lo tocante al sexo, mis logros eran muy superiores a los suyos. Solo había empezado a dudar tras estar con ella: me había sentido nervioso desde el principio. Bastaba con una palabra suya para que sintiera un revoloteo en las tripas; nunca había experimentado nada parecido. Me afectaba como nunca me había afectado nadie.

Las intenciones de Roccurrem no parecían perversas, pero sentía que era muy egoísta con el tiempo de Dianna. Hasta en aquella condenada mansión de vampiros, lo quería todo. Toda su risa, sus sonrisas, toda su atención. Sí, sin duda, egoísta. Quería que recurriera a mí, no a él, ni a los mortales. A mí.

En cuanto el aire se calmó tras la partida de Roccurrem, me incliné hacia delante y puse la frente contra la de ella.

—Despierta, por favor. No me importa que me odies, que estés furiosa, que grites. Como si me deseas la muerte. Pero necesito que despiertes. Te necesito aquí, conmigo.

3. Dianna

–¡Tenemos que irnos de aquí! ¡Vienen más! —gritó Neverra.

Nos abrimos camino entre los irvikuva que habían llegado hasta nosotros. Nunca había visto una horda de aquella magnitud. Eran un enjambre que oscurecía el cielo y se lanzaba sobre nosotros mientras salíamos de la fábrica en llamas. Bajamos a la carrera por los escalones, nos metimos por los túneles, tratamos de encontrar el camino de vuelta a la cueva por la que habíamos entrado.

Me detuve con el costado, el hombro, el cuerpo entero ardiendo. Logan y Neverra me flanquearon con las armas listas. Traté de recobrar el aliento, pero estaba débil y el cuerpo me empezaba a fallar. ¿Cómo iba a matar a Kaden? ¿Cómo le iba a hacer pagar lo que le había hecho a Gabby, a nosotros, si apenas era capaz de mantenerme en pie? El odio y la rabia me galopaban por las venas. Y allí estaba, corriendo por otro túnel, esta vez huyendo de él. Algo dentro de mí se rompió. No. No volvería a ser ella. Nunca más.

—¿Dónde está la piedra?

Neverra y Logan me miraron con un brillo celestial azulado en la piel. Los irvikuva nos tenían rodeados. Les encantaba la caza y estaban cada vez más cerca.

Logan se metió una mano en el bolsillo. Abrió mucho los ojos con gesto sombrío.

—Eh…

—¡Logan! —Solo me faltó gritar—. ¿La has perdido?

—¿Qué piedra? —preguntó Neverra.

—Dianna hizo que Camilla fabricara una piedra para transportarla. Me la dio para que te sacara de aquí, pero creo que se me ha caído durante la batalla.

Neverra se volvió hacia mí e inclinó la cabeza hacia un lado.

—¿Nos ibas a salvar?

Puse los ojos en blanco y me metí entre ellos.

—Eso ya no importa. Sin la piedra, estamos atrapados, sin salida. Tampoco importa, porque, por si fuera poco, nos hemos perdido.

—Tiene que haber otra salida —dijo Logan con voz desesperada. Miró a su alrededor como si existiera una puerta secreta que nos llevara de vuelta a Onuna.

Me puse la mano en la cabeza y describí un círculo lento, como si me diera miedo dejar de moverme. Neverra agarró a Logan por el brazo.

—¿Y un portal?

—Dudo que Samkiel pueda oírnos desde aquí, Nev.

Los alaridos de los irvikuva se hicieron más intensos. Neverra bajó la cabeza y me señaló con un ademán.

—Él, no. Ella.

—¿Yo? —La miré, incrédula—. Por si os habéis dado un golpe en la cabeza y se os ha olvidado, yo no tengo el poder de abrir portales a otros dominios.

El rostro de Logan se iluminó como si hubiera oído lo que Neverra no había dicho en voz alta.

Neverra se acercó más a él con los ojos llenos de esperanza.

—No, pero Kaden sí es capaz, y tú tienes el mismo poder.

Intenté no pensar en el aire despreocupado con que lo había dicho. Me quemaba por dentro saber que era portadora de una parte de su poder, y que esa parte trataba de convertirme en algo semejante a él. Y peor aún era la sospecha de que tal vez siempre había llevado dentro la semilla de un monstruo sanguinario, de que tal vez su poder no había hecho más que despertarla.

—Puedes hacerlo, de verdad. —La mano de Neverra en el hombro me arrancó de tan oscuros pensamientos—. Eres mitad tú y mitad él, y por lo que me contó tu hermana también eres testaruda y decidida cuando te propones algo. Así que proponte esto y no necesitaremos piedras mágicas. Solo te necesitamos a ti. Te necesitamos, Dianna, igual que te necesitaba Gabby. Así que no puedes morir hoy. No lo hagas por ti, hazlo por nosotros…

—Pues a ella le fallé, así que…

—¡No! No le fallaste y no nos vas a fallar.

Sus palabras proporcionaron alivio a una parte de mí.

—Aunque tuviera el poder, no sé cómo utilizarlo.

Logan se frotó la barbilla.

—Samkiel siempre dice que, cuando entrenaba con su padre, tenía que visualizar a dónde quería ir. Imagínate una puerta que llega al lugar donde quieres estar. Pero no la abres con las manos, sino con tu poder. Visualízala y deséalo más que ninguna otra cosa.

—Qué tontería —bufé—. Ni siquiera sé a dónde ir.

—Lo sabes muy bien. —Neverra me miró a los ojos—. Piensa en el lugar donde te sentirás a salvo. Donde todos estaremos a salvo.

Logan asintió y tuve la sensación de que mantenían una conversación en secreto.

—Piensa en casa.

—Y deprisa, por favor —añadió Neverra.

Las líneas que tenía bajo los ojos brillaron con más intensidad, pero estaba concentrada en un punto detrás de mí. Reparé en lo silenciosa que la cueva estaba de pronto, y me volví a mirar. Varios pares de ojos de un rojo vivo nos observaban desde el final del túnel, sobre unas bocas abiertas en enormes sonrisas voraces. Los irvikuva lanzaron alaridos y se dirigieron hacia nosotros.

—¡Corred! —ordenó Logan con la voz que me imaginé que utilizaba en el campo de batalla.

Bajamos a la carrera por el pasadizo pese a que todos los músculos aullaban gritos de protesta mientras forzaba el cuerpo mucho más allá de sus límites. Íbamos tan deprisa que apenas rozábamos el suelo. Logan lanzó una bola de energía cobalto al tiempo que yo proyectaba otra de fuego. Chocaron y el túnel se estremeció, los irvikuva que iban al frente de la horda se vaporizaron, y los siguientes estallaron en llamas. Chillaron y cayeron, pero los que venían detrás arrollaron los cadáveres. No había sido inútil, pero tampoco suficiente.

Doblamos una esquina y salimos a una cueva mucho más grande. Frené de golpe, entre Logan y Neverra. Había más ojos rojos en la oscuridad. Retrocedimos, pero los irvikuva que nos seguían llegaron por el corredor. Bloquearon la entrada, aunque no atacaron. Estábamos atrapados.

—Mierda —mascullé al fijarme en el lugar donde estábamos.

Entendí al momento por qué se habían detenido nuestros perseguidores. Ya habían cumplido su misión, que era llevarnos a ese lugar.

Un zumbido sordo resonó en la caverna, un soniquete que yo había llegado a detestar. Unos pasos pesados se acercaron sobre la piedra y los irvikuva abrieron paso.

—¡Bravo, Dianna! Has llegado a Yejedin. Estoy muy orgulloso de ti. Lo malo es que tu viaje termina aquí, nena.

Esa voz… Sentí un escalofrío que me recorrió de arriba abajo y se me erizó el vello por todo el cuerpo. Kaden salió de entre las sombras y lo vi todo rojo. La sangre me palpitó en las orejas y la fiera que llevo dentro se alzó para concentrarse en su presa.

Iba a hacerlo pedazos. Di un paso hacia él, y Neverra y Logan avanzaron conmigo. Las piezas de la realidad encajaron.

—Oooh. —Sacudió los hombros con miedo impostado—. Parece que quieren protegerte. Con todo lo que has hecho. Qué maravilla.

Neverra y Logan hicieron un ademán con la muñeca y las armaduras les cubrieron el cuerpo. Era verdad, me estaban protegiendo. Se me encogió el corazón.

—Es lo que hace la familia —dijo Neverra mientras hacía girar una espada en la mano—. No lo que haces tú.

Kaden la miro, con aire burlón.

—Vaya, pero si la zorra llorica tiene lengua.

Logan alzó la espada y apuntó a Kaden con ella.

—Y tú te vas a quedar sin ella por hablarle así.

La carcajada de Kaden sonó como si se divirtiera de verdad.

—Por favor, guardad esos juguetes. Me insultáis si os consideráis capaces de pelear conmigo y ganar.

—Solo hay una manera de averiguarlo —propuso Logan al tiempo que agarraba el arma con más fuerza.

—Nos íbamos ya —dije mientras me interponía entre Kaden y Logan para atraer su atención.

Estaba perdiendo fuerza y el cuerpo se me rebelaba, pero no podía permitir que acabara con ellos.

—¡Pero si acabas de volver a tu hogar!

—Ya sabes lo que se dice. El hogar está donde está el corazón, y tú tuviste la amabilidad de arrancármelo.

—Cuánta poesía. Echaba eso de menos.

Sopesé las opciones: dejarlo hablar y hablar mientras intentaba invocar un portal o provocar un jaleo que lo distrajera y nos permitiera salir. Me decidí por lo segundo. Para hacer lo que tenía en mente necesitaba hasta el último ápice de fuerza que me quedaba. A una parte de mí le daba igual morir, pero quería que Logan y Neverra sobrevivieran.

Las llamas me brotaron de las manos e iluminaron la cueva. Hasta entonces no me había fijado en los irvikuva del techo. Nos superaban en número de manera abrumadora.

—Vamos a calmarnos todos —dijo Kaden al tiempo que se acercaba un paso con las manos aún en los bolsillos—. Lo noto. Todo lo que has gastado, todo lo que has hecho mal. El poder tiene límites, Dianna, hasta un poder tan inmenso como el nuestro. No durarías ni un segundo.

Me encogí de hombros.

—Como ha dicho Logan, solo hay una manera de averiguarlo.

Lancé una mano hacia delante y la otra hacia atrás para intentar alzar un muro de fuego a ambos lados de nosotros. Solo necesitaba mantenerlo lo justo para buscarles una salida. El fuego rugió y llenó el túnel en ambas direcciones. Los irvikuva chillaron y estallaron en llamas cuando los tocó. Brazos y patas volaron por los aires y se convirtieron en cenizas cuando liberé todo lo que me quedaba dentro. Logan agarró a Neverra y se arrodilló junto a mí, la protegió con su cuerpo, pero las llamas no se acercaron a ellos. Las paredes de fuego nos rodearon, se alzaron hasta el techo de piedra, acabaron con más bestias.

«Se abrirá una elección ante ti, y tendrás que decidirte. Si escoges con generosidad, el camino está predeterminado. Si eliges la venganza…, el resultado será desolador».

La voz de Roccurrem me resonó en la cabeza.

Miré a Logan y a Neverra. Estaban inmóviles, concentrados en mí, cogidos de la mano y esperando órdenes. Estaban dispuestos a quedarse, a morir, por mí. La necesidad de salvarlos se enfrentó a la parte de mí que pedía a gritos venganza.

Era imposible matar a Kaden y salvarlos. Tenía que elegir: la venganza que deseaba con tanta ansia o la vida de dos personas a las que Gabby había querido.

«Son mis amigos».

Las palabras de Gabby me resonaron en el subconsciente. Lo iba a intentar. Por ella. Era la decisión que mi hermana habría querido que tomara. No la había salvado, pero podía salvar a dos personas a las que amaba.

Miré a Kaden, y algo dentro de mí se quebró.

Un cerrojo en una puerta en una casa se movió, y lo abrí un poquito.

—Ha llegado la hora, Dianna. Es tu momento. Estoy aquí. Lanza contra mí toda la rabia y todo el odio que te han reprimido hasta ahora. Soy lo que perseguías, ¡ven a por mí! —gritó Kaden por encima del rugido de las llamas y el retumbar de la caverna que se desplomaba. Me estaba distrayendo, buscando una ocasión. Sabía con todas las fibras de mi ser que, si dejaba que llegara hasta mí, no me dejaría ir jamás—. No vas a tener otra ocasión. Solo esta.

Bajé la pared de llamas que tenía a la espalda y concentré el poder que me quedaba en imaginar a dónde quería ir. ¿Cuál era el lugar más seguro que conocía? El espacio se desgarró y Kaden abrió mucho los ojos al comprender lo que hacía. Abrí un portal en el tejido mismo de Yejedin, y una herida de mi interior que creía cerrada se abrió de nuevo.

—Entonces, nunca lo sabré.

Me volví hacia la luz que se derramaba del portal y empujé a Logan y a Neverra al otro lado. Kaden lanzó un rugido y sentí que el aire se comprimía cuando se lanzó hacia mí. Y caí.

Fueron unos momentos, como mucho unos segundos. No caí contra una superficie dura, ni contra una carretera, ni en otro mundo. Me encontré de pronto en brazos de Samkiel, contra su pecho. Su olor familiar me llenó los pulmones y un nudo tenso que tenía dentro se aflojó.

Había caído, y Samkiel me había sostenido.

Quise transportarnos a un lugar seguro y el portal me llevó directa a él. Y era cierto, ¿a dónde más podía ir?

Alcé la vista hacia el portal y vi la cueva llena de ojos color rojo sangre que me miraban con odio. La expresión espantosa de Kaden, cargado de rabia, fue lo último que divisé antes de que se cerrara.

Me eché a llorar. Le había fallado.

De nuevo.

Había vuelto a elegir, y no había elegido a Gabby.

De nuevo.

Y me odié por ello.

Divisor decorativo

Abrí los ojos en una habitación llena de luz. Me incorporé despacio y miré a mi alrededor, me pasé las manos por el pelo para apartármelo de la cara. La estancia era gigantesca y me resultaba familiar, aunque nunca había estado allí, de eso estaba segura.

Se me abrieron los ojos como platos al caer en la cuenta. Era la habitación del sueño de Samkiel, solo que intacta, entera. Antes había agujeros en las paredes y en el techo, fruto de sus reacciones violentas cuando peleaba en sueños. Había una columna en cada esquina; todas eran de intrincado diseño, y se alzaban curvas y serpenteantes para derramarse como lianas poco antes de llegar al techo. En la realidad, era más grande que en los sueños, inmensa, digna no de un rey, sino de un dios.

Se abría hacia un armario oculto tras una pared que describía una curva para salir de la habitación. Había dos cómodas, a ambos lados de un arco de madera tallada por el que podía pasar Samkiel sin necesidad de agachar la cabeza. A un lado de la estancia se veían sillones mullidos con mantas sobre el respaldo. Tenía el corazón acelerado desde que me había despertado; mi cuerpo ya era consciente de algo que mi mente aún no alcanzaba a entender. Ya no estaba en Onuna. Estaba en Rashearim.

Sentía un latido sordo en la cabeza y me la froté con las manos. Los recuerdos entrechocaban. Había caído a través de un portal a sus brazos. ¿Me encontraba en una situación tal que tuvo que alimentarme de nuevo? ¿Era esto otro ensueño de sangre?

Aparté a un lado las mantas y casi tuve que reptar hasta el borde de la cama para salir. Allí cabían ocho personas sin problemas y, a juzgar por su aspecto, era completamente nueva. Un camisón de un blanco deslumbrante se me enroscó a los pies descalzos. El encaje y el diseño entrecruzado eran sin duda típicos de Rashearim. Estaba limpia. Ni rastro de la sangre y mugre de Yejedin. ¿Me había lavado él, en persona? Me ruboricé.

Noté el suelo frío bajo los pies al recorrer la estancia. Llegué a un vestíbulo desde el que una escalera descendía hacia el piso inferior. No se oían ruidos ni susurros, como en sus otros sueños, pero no me quitaba de encima la sensación de no estar a solas. Sentí un escalofrío que me recorría la columna y me di la vuelta casi pensando que iba a ver a alguien detrás de mí, pero no había nada. Lo atribuí al hecho de despertar en un lugar desconocido y empecé a bajar por la escalera. Iba pasando la mano por la pared gris para conservar el equilibrio. Me recogí el borde del camisón y me detuve al llegar al último peldaño.

—Joder. —La palabrota se me escapó entre dientes.

Estaba equivocada. Aquello no era una casa. Era un puto castillo. El techo se alzaba tan alto que tenía que echar la cabeza hacia atrás para verlo. Había candelabros de pared cada tres metros, resplandecientes a la luz que entraba por la ventana abierta.

Si aquello era un ensueño de sangre, ¿qué se suponía que tenía que ver?

Algo se agitó detrás de mí y el movimiento del aire hizo que un cabello me acariciara la mejilla. Me di la vuelta y me encontré ante una muralla de músculos, con la nariz a un centímetro de los mejores pectorales del dominio. Alcé la vista hacia la columna poderosa del cuello, la paseé por la línea firme de la mandíbula para contemplar la belleza serena de los ojos de Samkiel. Estaba igual que en Onuna, no como en Rashearim. No llevaba armadura, nada de pelo largo ondulado, ni una cohorte de guardias a su alrededor.

—¿Por qué no para esto de una vez? —El corazón se me aceleró en el pecho y el miedo me invadió, me obligó a retroceder un paso—. No quiero seguir soñando contigo. No puedo —dije con voz temblorosa.

Inclinó la cabeza hacia un lado y se adelantó.

—¿Sueñas conmigo?

Hice una mueca cuando sentí un dolor agudo como un clavo en el centro de la cabeza. Me llevé las manos al cráneo y me tambaleé. Una mano sólida, cálida, me agarró por el codo y me sostuvo. Sentí su contacto. Noté el calor que irradiaba de la palma, y supe que no era un sueño.

—¿Dianna?

Traté de concentrarme en él, pero veía su silueta difusa, como un espejismo.

—Estás borroso.

Se me empezó a ir la cabeza y me tambaleé al borde de la inconsciencia. Me preparé para el dolor de la caída, pero no llegué a chocar con el suelo. Unos brazos fuertes me cogieron mientras la oscuridad, ya conocida, me envolvía de nuevo. Mentiría si dijera que el breve momento que lo experimenté no fue grato. El abrazo de Samkiel era tan cálido, tan reconfortante… Llevaba demasiado tiempo perdida, sintiendo solo frío y soledad. Lo último que pensé antes de quedar inconsciente fue lo en paz que me encontraba, y eso fue lo que más miedo me dio.

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«No vas a tener otra ocasión…».

El dolor se me clavó en la sien.

«… te enamoraste de él mientras Kaden se apoderaba de tu hermana…».

Dejé escapar un gemido y me di la vuelta en la cama al tiempo que me tapaba la cabeza con una almohada.

«… recuerda que te quiero…».

«… quieres vengarte por la muerte de una hermana que ni siquiera era de tu sangre…».

Dentro de mi cabeza las voces susurraban, suplicaban, gritaban.

«Se te está acabando el tiempo».

Mascullé palabrotas, di vueltas y más vueltas. Si pudiera hacerlo parar… Oí unos pasos y la cama se hundió a mi lado. Un dolor me volvió a perforar el cerebro y dejé escapar un gemido. Una mano cálida se me posó en la frente. Me quedé inmóvil y el dolor sordo se disolvió, y una calma relajante me bañó el cuerpo. Suspiré con la sensación de que podía sobrevivir a aquello, y volví a quedarme dormida.

Divisor decorativo

Un rayo cálido de sol me acarició el rostro y me sacó del sueño. Me desperecé y me senté aún con los ojos entrecerrados, pero los abrí de golpe al recordar dónde estaba. Aquello no era un sueño. Me in­­cliné hacia delante y me froté la cara con las manos. Al menos, las voces se habían esfumado y no me dolía la cabeza. ¿Qué me estaba pasando? Me tumbé de costado, envuelta en las sábanas de seda.

Conseguí enfocar la vista y de inmediato un dolor me atenazó el pecho y la habitación empezó a darme vueltas. Allí, en un ornamentado marco de plata, había una foto de Gabby y yo en la playa.

Se me cortó la respiración. Le había prometido que volveríamos a aquella playa cuando encontrara el libro. Era la única foto que Kaden me había permitido conservar en Novas. La cogí y acaricié con los dedos el rostro sonriente de mi hermana. Noté que me escocían los ojos, pero apreté los labios de ira.

Necesitaba respuestas, y quedarme en la cama en un mundo que no era el mío no me las iba a conseguir. Sin soltar el marco de la foto, salí de la cama. En la habitación corría la brisa que entraba por una ventana grande y los rayos de sol bailaban sobre el suelo. Caminé hacia la puerta descalza, sin hacer el menor ruido. Unas voces me llamaron la atención en el piso inferior y bajé por las escaleras, furiosa, con el largo camisón arremolinado a la espalda.

Las voces subieron de volumen. Reconocí la de Samkiel. La voz de mujer pertenecía a Imogen.

Un recuerdo afloró a la superficie sin mi permiso y sentí un dolor desgarrador. Me detuve en seco y me sujeté la cabeza. La noche en que fui a ver a Kaden solo para encontrarlo con otra. Fue la primera vez, pero luego hubo otra, y otra más. Así me enseñó que el amor no era para seres como nosotros.

Eché mano de la ira para ocupar el lugar del dolor y erguí los hombros, y agarré con un poco más de fuerza el marco de la foto. Bajé por la escalera sin importarme si me oían o no. Si aquello no era un sueño, quería marcharme de allí, de aquel mundo. Se me iba la cabeza, pero no presté atención y crucé el vestíbulo muy erguida.

Aquello no era una casa, era un puto palacio, tan inmenso que cabían mil personas o más, y tendrían espacio para moverse sin apreturas. Las paredes ya no se estaban desmoronando, sino que relucían con una calidez de la que había carecido el espacio desolado en el que Samkiel vivió.

La luz entraba por un ventanal a mi derecha y proyectaba un brillo dorado sobre los sillones y el gran sofá del centro de la estancia. La chimenea ocupaba una pared casi completa, y las plantas en macetas añadían toques de color y frescor.

Pasé junto a la zona de estar mientras la ira crecía dentro de mí ante la belleza de aquel lugar. Su animada conversación se apagó cuando entré en la cocina. Era una mezcla extraña de estilos de Onuna y Rashearim que, sin embargo, funcionaba muy bien. Imogen sacaba frutas y otros productos de una bolsa, mientras Samkiel, apoyado contra la isla, sonreía ante algo que la mujer había dicho que a mí no me interesaba lo más mínimo. ¡Qué fácil le sería volver a eso! Lo que tenían era lo que a él le hacía falta, lo que se merecía, no lo que le daba yo, dolor y oscuridad.

Me vio y se incorporó despacio con el ceño fruncido de preocupación.

—Te has despertado. ¿Cómo estás? ¿Aún te duele la cabeza?

—¿Qué es esto? ¿De dónde lo habéis sacado? —Agité la foto en el aire sin hacer caso de las preguntas.

Imogen dejó de sacar fruta de la bolsa. Se puso rígida, probablemente porque recordaba lo que había sucedido la última vez que nos habíamos visto. ¿Lo iba a defender con tanta ferocidad como yo? Noté la punzada de los celos, una reacción que no me gustó.

Samkiel arqueó una ceja y bebió un sorbo de lo que fuera que estaba bebiendo.

—De Novas —respondió.

Imogen lo miró, luego me miró a mí, y retrocedió un paso.

—¿Has ido a Novas?

—Sí. Te he buscado por todas partes.

Bajé la foto sin darme cuenta de lo que hacía.

«Por todas partes».

Las palabras me retumbaron en el subconsciente. Había vuelto a aquella puñetera isla por mí.

—¿Estás de coña? ¿Esto va de hacerme sentir algo? Porque no da resultado —le espeté.

—Solo quería que estuvieras bien, y la foto…

—Una foto de mi hermana muerta no me va a hacer sentir bien.

Se volvió hacia Imogen, que parecía un cervatillo paralizado por las luces de un coche en lugar de la guerrera celestial que había demostrado ser.

—Gracias por las provisiones, Imogen. Enseguida iré a la sala. Diles a los demás que se preparen, por favor.

Asintió y se inclinó con una sonrisa que le iluminó el bello rostro. Hice una mueca. Desapareció en un relámpago de luz azul, y me quedé de nuevo a solas con Samkiel.

—Siento haberte interrumpido con tu novia. ¿O ella es tu mujer? ¿O tu prometida? Me pierdo con tantas mentiras.

Vi que se le contraía un músculo en la mandíbula.

—Es mi consejera, dado que asesinaste al anterior.

—¿Tu consejera? ¿Así lo llamáis en Rashearim?

Samkiel se llevó la copa a los labios para ocultar la sonrisa, pero no lo consiguió.

—Como ya he dicho, Imogen no es mi novia, ni mi prometida, ni mi esposa. Estarías mejor informada sobre el compromiso fallido si hablaras conmigo y no con mis enemigos.

—No me importa. —Estampé la foto contra la encimera.

—Vaya mala leche gastas. Debe de ser que te encuentras mejor —dijo Samkiel.

Dejó la copa y se inclinó para poner el resto de la fruta en la cesta.

—¿Sabes lo que pienso ahora mismo? —pregunté con los ojos entrecerrados.

—Lo sabré cuando me lo cuentes —respondió indiferente a mi rabia, y aquello solo sirvió para molestarme todavía más.

—Pues pienso que quiero marcharme. Llévame de vuelta —exigí.

—No.

Suspiré y levanté las manos.

—¡Dioses, esa sigue siendo tu palabra favorita!

Salí a toda prisa de la cocina y recorrí el vestíbulo en busca de la salida, pero solo conseguí llegar a otra habitación. En esta había un enorme escritorio lleno de pergaminos. Vi cuadros en las paredes y libros alineados en los estantes. Cerré la puerta de golpe y me di la vuelta, recorrí a zancadas aquel puñetero palacio buscando la manera de salir. Abrí una puerta tras otra sin encontrar más que armarios y habitaciones. Una daba a un patio, pero cerrado por un muro muy alto.

Se me escapó un gruñido de frustración y volví a entrar en la cocina. Me aparté un rizo de la mejilla con gesto impaciente y lancé una mirada asesina a Samkiel, que estaba apoyado contra la isla de la cocina, concentrado en morder una fruta de pulpa verde oscuro.

—¿Has terminado? —preguntó.

—Déjame salir de este lugar de mierda —le espeté al tiempo que plantaba las manos contra la encimera.

—No. —Me miró y dio otro mordisco a la fruta sin alterarse.

Se me fueron los ojos hacia la puerta que había junto a la enorme nevera. Al otro lado vi un vestíbulo envuelto en sombras. Por eso no había encontrado la salida, porque estaba detrás de él. Lo miré y se detuvo a medio bocado.

—Ni se te ocurra.

Eché a correr.

Oí que la fruta caía sobre la encimera y sus pisadas fuertes detrás de mí nada más salir de la cocina. Un rayo de luz rasgó la oscuridad del vestíbulo y apareció delante de mí para tratar de detenerme. Me agaché y avancé unos centímetros más antes de que unos brazos poderosos me agarraran por detrás y me obligaran a dar la vuelta. Me sujetó contra la pared y me retuvo con su cuerpo, me sujetó las muñecas una con cada mano, a ambos lados de la cabeza. Sentí su aliento en la mejilla, su olor me envolvió.

Resoplé para apartarme el pelo de la cara y lo miré con odio.

—Si no me sueltas, te voy a destrozar la garganta a dentelladas.

—En cuanto te vi la primera vez supe lo que eras. Todo dientes, zarpas y rabia. Una fiera riztur. —Se acercó más a mí—. Una verdadera tigresa.

Lo insulté en eoriano.

Le noté una risa incontenible en la mirada y se acercó aún más, pegó el cuerpo al mío como si estuviéramos hechos el uno para el otro. Inclinó la cabeza y me dio acceso al cuello, a una tentación de músculos y de piel bronceada. La boca se me hizo agua con un hambre que llevaba mucho tiempo sin sentir.

—Venga. Prueba.

—¿Qué? —Me humedecí los labios.

—Vamos, adelante. No me tientes diciendo cosas que luego no vas a hacer. —Me miró de reojo—. No es propio de ti, Dianna.

Me lancé con la velocidad de una víbora y cerré la boca contra la columna fuerte del cuello. Rocé la piel con los dientes, pero no me bajaron los colmillos. Le pasé la lengua por la garganta y lo lamí, sentí cómo se le aceleraba el pulso. Me arqueé contra él y el calor palpitante que sentía entre los músculos me exigió más. El dolor de cabeza se esfumó, suplantado por otro: un hambre que yo me negaba a saciar. Le aparté la boca de la garganta y me relamí.

—No puedes, ¿verdad? —Lo mismo que me había dicho cuando peleamos. El muy hijo de puta. Tenía la voz ronca, como si él también tuviera que luchar contra la necesidad que ardía entre nosotros.

—Cállate —dije, y traté de no fijarme en que las palabras me salían en un jadeo—. ¿Qué me has hecho?

Samkiel me soltó y retrocedió un paso. El deseo dejó paso a la ira.

—Es insultante que des por hecho que te podría hacer daño, y más algo tan repulsivo como arrebatarte los poderes.

Se me secó la garganta, entre otras cosas.

—¿He perdido los poderes?

—Puede. En términos mortales, te has consumido.

Me llevé una mano al pecho.

—¿Eso es posible?

—Es la primera vez que lo veo. Aún estoy investigando.

Recordé los libros amontonados sobre el escritorio, a unas pocas habitaciones de allí. ¿Había buscado la manera de curarme, de ayudarme?

Me concentré en mí misma, en mi interior. Samkiel estaba en lo cierto. No sentí la chispa, el calor que por lo general notaba cuando invocaba el fuego. Lo miré. Aún se le veía en el cuello el brillo de la humedad de mi boca, junto con un enrojecimiento tenue allí donde lo había mordido con fuerza. Sentí un cosquilleo de placer, como si a una parte de mí le gustara ver mi marca en él. Sofoqué el pensamiento a toda prisa.

—Quiero ver a Roccurrem.

No debí decir eso. Se le tensaron los hombros y su expresión se volvió sombría.

—No.

—No puedes impedirme estar con él.

—No es tuyo y no puedes estar con él. No es una mascota a la que le das órdenes. Si necesitas ayuda o quieres preguntar algo, yo te ayudaré —dijo Samkiel entre dientes.

—No quiero tu ayuda —le escupí.

Samkiel retrocedió un paso y el dolor le oscureció los hermosos ojos.

—Aun así, no lo verás. No seguirá satisfaciendo tus caprichos.

Ya no tenía dientes ni garras, pero aún me quedaba el veneno. Solté un bufido y me crucé de brazos.

—¿Eso es lo que te molesta? ¿Crees que Reggie se ha ocupado de mí en todos los sentidos?

De nuevo, no debería haberlo dicho.

El cielo se oscureció y el viento aulló para dar voz a la rabia que Samkiel se negaba a descargar. Sentí el roce de su energía, y una parte de mí la disfrutó. Notar que su poder me envolvía no me provocó miedo, sino que me incendió la sangre de deseo. Era un dios, hecho de tormentas y de guerra, y era magnífico. Y yo lo detestaba.

—Pues al principio di por hecho que te habías llevado a Roccurrem para que te proporcionara placer. No querrías a Camilla después de lo que había hecho, así que, según la lógica, tenía que ser él. Reconozco que tuve celos. Soy lo bastante hombre como para admitir que me dolió la facilidad con que me sustituiste. Pero luego supe que no se trataba de eso. No. Lo que no soportabas era estar a solas con tus pensamientos. Lo entiendo. A mí me pasa lo mismo. Pero he aprendido que nadie te puede sacar de esto hasta que llega el momento y estás preparado. Mientras, solo somos muletas, no lo que te hace falta para sanar.

—No le pido ayuda a nadie, y menos a ti —escupí.

—Ya me he dado cuenta —me replicó.

No me trataba con guantes de seda. No retrocedió. Todo lo contrario, parecía deleitarse con cada una de mis llamaradas, y disfrutaba al hacerme arder.

—Mi hermana ha muerto, Samkiel. Nada de lo que he hecho tiene que ver contigo.

—No se trata de ella. Estuve contigo, Dianna. Lo sabes.

Me aparté de la pared.

—Solo me ibas a detener.

—Sí, para que no te hicieras daño. —Sacudió la cabeza y abrió los ojos con expresión implacable—. ¿Qué has conseguido? Tanta venganza, tanta muerte, ¿qué has logrado? No la has recuperado. Los dos sabemos bien que no la vas a recuperar.

Le lancé una bofetada, pero me agarró la muñeca.

—Te detesto.

Se acercó un paso y se inclinó hasta poner la nariz a un centímetro de la mía.

—No me importa.

—Suéltame.

La palabra me salió como un susurro; era una orden o tal vez una súplica. No supe si quería matarlo o besarlo, y me detesté por desear lo segundo, aunque solo fuera un instante. El corazón me latió demasiado deprisa, demasiado fuerte, y luego adoptó un ritmo más pausado para sincronizarse con el suyo.

Me pasó el pulgar por la muñeca con suma delicadeza antes de soltarme.

—Te habría seguido a donde fueras, Dianna. Solo tenías que pedirlo. Pero, en vez de eso, me utilizaste. Utilizaste todo lo que sabías de mí para hacerme daño, para herir a mi familia, a mis amigos. Me atacaste sin pensarlo dos veces con cosas que te había confiado. Me han clavado cuchillos, me han torturado, casi me han decapitado, todo al servicio de mi hogar y de mi reino, pero nada me ha hecho nunca tanto daño como tú. Nada.

Bajé la vista, incapaz de hacer frente a su dolor.

—Si esperabas una disculpa, te vas a quedar sin ella.

—No. Puedo soportar tu ira y tu odio. Lo único que quiero es que te cures. Sé qué camino estás recorriendo y, por duro que resulte, lo único que puedes hacer es seguir adelante. Y si tengo que ser yo el que te lo demuestre, sea, porque no me voy a quedar mirando sin hacer nada mientras te destrozas.

Las palabras me estallaron en el pecho, me cortaron la respiración y me desgarraron el corazón ya herido. Me ardieron los ojos y una presa amenazó con romperse, con liberar unas emociones que había tratado con todas mis fuerzas de enterrar. Lo detesté por eso. ¿Cómo se atrevía a hacerme sentir solo por estar en su presencia? Detesté que las palabras que había dicho fueran como un ariete contra el muro que con tanto esfuerzo había alzado durante los últimos meses. Detesté que me importara tanto, joder. Así que hice lo que había hecho siempre: reaccionar como una serpiente venenosa, toda ella colmillos letales.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Retenerme aquí mil años para que me regodee en la culpa y llore por mi familia muerta, igual que tú?

No se desencadenó una tormenta y el mundo no se estremeció cuando se lo dije. No mordió el anzuelo. Se limitó a mirarme a los ojos fijamente. Éramos un objeto inamovible y una fuerza imparable. No teníamos miedo el uno del otro, pero amenazábamos con despedazarnos.

Inclinó la cabeza hacia un lado. Fue lo único.

—¿La has llorado, siquiera?

—¿Qué? —mascullé entre dientes.

—Estoy seguro de que no. Has estado demasiado ocupada tratando de llenar ese vacío interior con sangre, muerte y mortales que no te merecen. Has estado haciendo de todo con tal de seguir adelante porque sabes que en el momento en que te detengas, todo te va a caer encima. Así que atacas porque la rabia es mejor que el dolor. Es mejor que revivir los recuerdos, buenos y malos, las risas y las sonrisas, todo lo que dijiste y lo que podrías haber dicho. Es mejor que saber que no, por mucha carne y sangre que destroces en tu venganza, nada cambia el hecho de que la has perdido para siempre.

Le lancé otra bofetada y esta vez le di de pleno. Fue tan fuerte que me dolieron la muñeca y la palma de la mano. Sabía que la había visto venir y me podía haber detenido, pero no lo hizo.

—Te odio.

—Muy bien. —Me cogió la mano y me dio un beso en la palma—. Al menos sientes algo. ¿Qué más? Dímelo.

—Vete a la mierda. —Aparté la mano de un tirón.

Samkiel se acercó un paso más, ocupó todo mi espacio personal. Choqué de espaldas contra la pared y tuve que echar la cabeza hacia atrás para mirarlo. El todopoderoso rey dios me miró desde arriba con unos ojos abrasadores de los que había desaparecido todo atisbo de suavidad. Aquello me provocó una descarga eléctrica por dentro. Puso los antebrazos contra la pared, a ambos lados de mí, y noté su cuerpo caliente, enorme, abrumador. No tuve miedo de él. Nunca lo había tenido. El miedo no era nada que sintiéramos el uno del otro.

—¿Me necesitas? ¿Te ayudará? Di por hecho que te habías quedado satisfecha en Onuna. —Un filo de plata le bordeó el iris de los ojos y no quise recordar lo que aquello significaba—. Pero, vista la furia con la que me besaste la última vez, diría que los mortales a los que permitiste que te tocaran no te proporcionaron lo que querías. Así que doy por hecho que sigues necesitada, mi Dianna.

Me paseó los ojos por el rostro y más abajo, y el cuerpo entero se me calentó. Hacía mucho que no oía sus provocaciones y solo me faltó ronronear. Me presionó con su cuerpo y se me tensaron los músculos del vientre. La rabia dejó paso a algo mucho más intenso y peligroso para los dos.

Una culpa arrolladora me golpeó y lo aparté de un empujón. Retrocedió y me dejó aire para respirar, pero no mucho.

—¿Qué pasa, ahora vas a criticarme por cómo me curo las heridas?

—¿Criticarte? No, claro que no. Lo que he hecho para impedirme sentir supera con mucho a lo que hayas podido hacer tú. Es la verdad, tendrías que vivir mil años para darme alcance. —Soltó un bufido—. Y es cierto, no te diré cómo te tienes que curar. Pero podrías haberme utilizado a mí, Dianna, por todos los dioses. Te lo habría permitido, y lo sabes. Cualquier cosa, cuando quisieras, como quisieras. Solo tenías que decirlo.

El cuerpo se me estremeció con el esfuerzo que tuve que hacer para no echarme en sus brazos y aceptar lo que me ofrecía. Me moría por dejar que me tomara allí mismo, contra aquella puñetera pared. Y sabía que lo decía en serio. Me había demostrado lo bien que podía distraerme. Pero eso no iba a servir para curar lo que estaba roto, destrozado, furioso, en mi interior. Nada me podía ayudar para eso.

—Qué bien. —La voz no me salió tan firme como quería—. Pero paso, gracias. ¿Te importa apartarte?

Se le dibujó una sonrisa en el rostro cuando vio que se me demoraban los ojos en sus labios. Eso solo sirvió para que lo detestara todavía más. Se inclinó hacia delante y contuve el aliento, segura de que iba a poner a prueba mis convicciones y demostrar que estaba mintiendo. Y mentiría si dijera que no entreabrí los labios con expectación. Estaba a un pelo de distancia de mí cuando se apartó de golpe y fue hacia el vestíbulo. Respiré hondo y traté de recuperar la compostura que me quedaba, y de convencerme de que no me había llevado una decepción. Me aparté de la pared y eché a andar tras él.

Samkiel recogió unos papeles de la mesa en la otra habitación, y también una chaqueta que había colgado del respaldo de una silla.

—Volveré dentro de tres días.

—¿Tres días? —La voz me salió aguda, e hice una mueca.

—Sí. Tengo que ponerme al día con el consejo. Llevas una semana inconsciente, y solo has despertado a ratos.

¿Había estado inconsciente una semana? Traté de procesarlo, pero todo el rato volvía a la misma información. ¿Y además tenía que quedarme tres días? ¿Allí? ¿Sola? Me clavé las uñas en las palmas de las manos. No, imposible. No me iba a dejar aquí, a solas con mis pensamientos. Me ahogaría.

—No puedes dejarme aquí tanto tiempo.

Metió los brazos en las mangas de la chaqueta y los bíceps tensaron el tejido. Se me fueron los ojos más de la cuenta y me costó apartar la vista.

—Claro que puedo, y no vas a estar sola. La Mano cuidará de ti. Aquí hay comida, ropa…, todo lo que puedas necesitar. Me he encargado.

Solo entonces encajaron todas las piezas y se me cortó la respiración. Samkiel no había recreado aquel inmenso lugar para él. Lo había hecho para mí. Sentí dentro una calidez que creí haber enterrado con Gabby.

Y un cerrojo en una puerta en una casa se sacudió.

—… solo hace falta que digas mi verdadero nombre si tienes aunque sea el menor dolor de cabeza, y volveré antes de lo previsto.

Me di cuenta de que no lo había estado escuchando.

—No soy tu mascota, Samkiel. —Erguí los hombros—. No me vas a encerrar, y no me voy a quedar quietecita.

Se arregló el cuello de la chaqueta y bajó los brazos.

—Claro que sí. Nos rodean unas cuarenta hectáreas de bosque. Tardarías varias semanas en llegar a la ciudad, y eso si no se te come alguna fiera antes.

—Entonces, ¿estoy prisionera? —Me crucé de brazos—. ¿La próxima vez me vas a poner unas esposas?

—¿Por qué? ¿Te apetece?

Me puse roja y lamenté al instante haberlo dicho. Cambié de tema.

—¿Cuánto tiempo tengo que quedarme aquí?

—Eres una criminal en Onuna y en Rashearim. Así que, o bien te quedas aquí, o bien te pudres en una celda bajo los salones del consejo.

—¿Qué?

Frunció el ceño.

—¿Qué pensabas que iba a pasar cuando asolaste Onuna y por poco no destruyes el mundo? Todos los actos tienen consecuencias, Dianna.

Me crucé de brazos con tanta fuerza que estuve a punto de romperme una costilla. Samkiel cogió un fajo de papeles y un libro, y luego dio un paso hacia mí.

—¿Te importaría responderme a una pregunta? ¿Con sinceridad?

Puse los ojos en blanco.

—¿Otra vez estamos con ese juego?

Samkiel no dijo nada. Se quedó allí, mirándome, esperando.

—Bien. Pregunta —gruñí. Sabía que me había salido un tono petulante, pero no me importó. Se iba a marchar, dejándome allí.

—No pensabas volver conmigo, ¿verdad?

Oí el dolor en su voz y una parte de mí sufrió por él, pero era consciente de que no tenía otra elección. Se merecía algo mejor.

—No.

Asintió y se dio la vuelta.

—Habrías sido feliz —le dije mientras se alejaba—. Solo tenías que dejarme ir y no mandar a tus guerreros. Todo esto habría terminado, y habrías podido hacer este puñetero castillo para tu legítima reina.

Samkiel volvió la vista con un brillo de plata en los ojos tormentosos.

—Si crees que habría sido feliz en un mundo sin ti, es que eres tonta.

En realidad, esperaba una respuesta airada. Era lo que recibía siempre tras un ataque. Pero no aquello. No, aquello era mucho peor. Extinguió hasta el último rastro del fuego y la rabia que me sustentaban. Aparté la vista.

—Ahora mismo, este es el lugar más seguro donde puedes estar. Por mucho que me odies, no permitiré que te pudras en una celda. No podría soportarlo. Así que te voy a dar todo el espacio que necesites mientras trato de averiguar todo lo demás.

No miré hacia atrás mientras sus pisadas se alejaban. Un relámpago de luz brillante pasó al otro lado de la ventana y volví a estar a solas. Me froté la cara y pensé en todo lo que había sucedido en los últimos días, meses, horas.

Bajé las manos y miré a mi alrededor, la enorme habitación. Las paredes color verde oscuro con ornamentos dorados, los candelabros centelleantes, los muebles cómodos y lujosos, todo era un dechado de hermosura. Me fijé en una manta que había sobre el brazo de un gran sofá. En la mesita, al lado, había un vaso, y en el suelo, a mano, una pila de libros. Samkiel había dormido allí. Alcé la vista y traté de recordar la distribución del segundo piso. El sofá estaba justo debajo de la cama en la que me había despertado. Habría escuchado el menor sonido que hiciera. Sentí que se me atenazaba el corazón y una ráfaga de emociones trató de abrirse camino a través de mis escudos.

Me aparté del sofá incapaz de procesar lo que significaba todo aquello. Me senté junto a la ventana, entre cojines mullidos, para contemplar el hermoso día. Las montañas lejanas se burlaban de mí y las nubes rosadas acariciaban las cumbres. Sería una prisión, pero era muy bonita.

Apoyé la barbilla en la mano y suspiré mientras pensaba qué podía hacer allí. El sol acariciaba el bosque, pero no vi pájaros entre los árboles, ni animalillos que corretearan.

¿Por qué no se olvidaba de mí, como todo el mundo? Maldito fuera, y maldita fuera yo por darle importancia. Oí a mi espalda el sonido delator de un portal al abrirse, y me levanté para volverme hacia los pasos que se acercaban.

—¿Se te ha olvidado algo? ¿O quieres empezar otra pelea absurda por…?

Me detuve en seco al ver a Neverra en la entrada.

Sola.

—Hola.