—Y, por favor, no me odiéis, no soy un ogro —dijo mi tío abuelo Claude mientras salía de nuestro piso y se dirigía hacia la escalera.
En el umbral, el tío Claude, o Claudio, como se le conocía entonces en Italia, glosaba las palabras que había usado su hermana unos meses atrás en Egipto al intentar quitarles hierro a desagradables rumores familiares que corrían sobre él. «Tiene buen corazón, dejad de pensar que es un ogro», decía ella mirándonos directamente a mí y a mi hermano, y valiéndose de una palabra que parecía sacada, sobre todo, de cuentos de hadas. «Sí, tiene mal carácter, pero es que es impulsivo, como todos, ¿no?», añadía sobre el hombre al que íbamos a ver en cuanto nuestro barco atracase en Nápoles. «Impulsivo» era una palabra que denotaba mucho más tacto para describir a un hombre cuyos arranques de ira se habían quedado grabados para siempre en la memoria de quienes lo conocían. La tía Elsa debía de haberle escrito desde Egipto para contarle que estábamos muertos de miedo por verlo.
Al usar la palabra «ogro» aquel día, en el umbral, el tío Claude había hallado una manera taimada y maliciosa de darnos el recado de que, gracias a la incansable correspondencia de la tía Elsa, estaba muy al tanto de lo que decíamos de él entre nosotros, en Egipto. La tía Elsa era una bocazas. No podía evitarlo y era la primera en reconocer que hablaba más de la cuenta. «Je suis gaffeuse», soy una metepatas. Debía de haberle contado un sinfín de cosas sobre nosotros: lo mucho que se peleaban mis padres, a todas horas, cómo nos peleábamos mi hermano y yo en nuestro cuarto y, por supuesto, lo malos que éramos con la tía Elsa y el poco respeto que le teníamos a una mujer de ochenta años largos a punto de quedarse ciega. Como para no querer dejarnos claro que estaba más que al tanto de todo lo que sucedía en la familia…
En las cartas que nos mandaba hablándonos de Roma, la descripción del tío Claude sobre el piso de tres habitaciones que se ofrecía a alquilarnos había sido bastante sincera y precisa. Según nos escribió, cerca había un parquecito, un supermercado, un centro comercial, toda clase de colmados y cuatro cines que, por desgracia, solo programaban películas dobladas, pero uno se acostumbraba con facilidad. Nos iba a encantar Roma, estaba seguro. Mi abuela —su hermana, mayor que la tía Elsa, su otra hermana— le había escrito para contarle que me interesaba la historia. Mi tío me escribió con la promesa de enseñarme los rincones famosos y no tan famosos de la ciudad, que tanto turistas como lugareños desconocían. Como sucedía con muchas cosas, añadió, para Roma hace falta más de una vida, ni siquiera dos bastan; nada comparado a nuestra cloaca particular: Alejandría.
Lo poco que yo sabía de Roma lo había averiguado gracias a un mapita del consulado italiano de Alejandría. Las calles aledañas a nuestra futura casa portaban nombres majestuosos sacados de la Eneida de Virgilio: via Enea (Eneas), via Turno (Turno), via Camilla (ditto), mientras que via Niso (ditto) desembocaba directamente en via Euralio (ditto también), como si los de planeamiento urbanístico ya supieran que, como en el relato épico de Virgilio, el amor de Niso por Euralio jamás habría soportado que estuvieran separados. Yo no esperaba toparme con Camilla o Turno preparándose para la batalla o ciñéndose las correas de las corazas, pero sí que sabía que el peso legendario e histórico permeaba en todas las facetas de Roma. Por contraste, a ojos de mi tío, Alejandría era una cloaca. Me tocaba ver mundo.
Me gustaba el sentido del humor del tío Claude, un humor sin concesiones. Se veía hasta en los sobres, que siempre llegaban a Alejandría con dos palabras en mayúsculas y subrayadas bajo nuestra dirección: EN FRANCÉS. En efecto, les ponía las cosas fáciles a nuestros censores egipcios —que revisaban todo el correo que llegaba del extranjero—, pues así le podían pasar la carta al responsable de leer correspondencia en francés. También era su manera de anunciarle al censor de turno que no habría nada ni comprometedor ni incriminatorio en la carta, ya que, al declarar el idioma en el que estaba escrita, dejaba claro que ya sabía perfectamente que la leerían. De hecho, el censor siempre abría las cartas de Claude, las leía y luego estampaba un sello en el lateral del sobre por donde lo había abierto para que el destinatario supiera que la habían revisado. Me gustaba el enfoque de Claude, al más puro estilo «carta robada», esconder la prueba a simple vista. Había conseguido que las autoridades egipcias no supiesen nada de la cuenta de mi padre en Suiza; en sus cartas decía que le había parecido que la tía Berta estaba muy animada tras ver a su nieta a salvo después de sus breves vacaciones en Grecia. La «tía Berta» no era sino la banquera de mi padre en Ginebra, nieta de un correo diplomático griego de fiar que se encargaba de canalizar fondos al extranjero. Con el tiempo, se vio que el griego no era tan de fiar, se embolsó buena parte de los fondos de las cuentas suizas y luego se largó con su familia a Brooklyn. El tío Claude, abogado con experiencia y contactos en Suiza, se enteró del robo y mandó un telegrama a Egipto para comunicárselo a mi padre: «Nuestra querida Berta enferma grave stop nieta tan desolada que no responde stop».
El tío Claude era sabio, avispado y tenía una disoluta capacidad para el subterfugio y los chanchullos. Recuperó algo del dinero por medio de la Interpol, pero la mayoría desapareció, o eso dijo él. Mi padre nos inculcó que debíamos mostrarnos eternamente agradecidos, pero no fiarnos de él jamás. Entretanto, le había pedido al tío que nos diera una paga mensual.
Aquella decisiva mañana, desde el puente de nuestro barco, eché un vistazo por si el tío Claude había venido a recogernos a Nápoles, pero no estaba seguro de que el hombre que había atisbado en el muelle fuese él. El barco no había amarrado todavía y el sol me cegaba. Únicamente distinguía grupos dispersos de personas abarrotando el puerto, portamaletas, personal de las navieras y de aduanas, pero también amistades y familiares que debían de haber viajado desde todos los rincones de Italia para recibir a allegados a los que llevaban años sin ver. Mi único recuerdo del tío Claude se remontaba a mis primeros años de infancia, cuando me sentaba en su regazo en el asiento del conductor y él me dejaba fingir que era yo quien conducía su antigualla de cuatro ruedas que toda la familia había apodado «el coche fúnebre», y que seguimos llamando así mucho tiempo después de su repentina huida de Egipto. Recordaba su pelo negro ondulado, su sombrero, sus singulares gafas de sol con tapaojos de tela oscura enmarcando la montura y el castañeteo que hacía con los dientes para imitar la manivela que giraba a izquierda y derecha, una y otra vez, para abrir y cerrar el parabrisas mientras ponía cara de perplejidad con la intención de divertir a los niños. Yo no tendría más de tres años. No lo había visto desde el día que nos había llevado a mi abuela y a mí de vuelta desde la playa para ir a comer al gran piso cuya matriarca todavía era su madre, mi bisabuela. El coche, con los asientos pelados, hundidos, con costuras en relieve de cuero viejo, me había intrigado, ya que nunca había visto ni mucho menos me había subido a un coche tan sumamente antiguo. Sabía cómo lo apodaban, pero me habían dicho que ojito con decirlo delante de él.
El «coche fúnebre» se quedó como apodo pensado para burlarnos de la tacañería crónica del tío, un rasgo que compartía con sus ocho hermanos, entre ellos, mi abuela y la tía Elsa. Todos preferían considerar su tacañería como una forma de frugalidad adquirida tras años de penurias que se remontaba generaciones, pero todos los que conocían a la familia, de mi madre a la criada más joven, llamaban a las cosas por su nombre tras extender la mano con el puño cerrado, algo que significaba poco menos que avaricia; avaricia pura, obstinada, incurable, enconada; gente de la hermandad del puño cerrado. Aquella rama de la familia no tiraba ni regalaba nada, y acumulaba trastos —de recuerdo— tiempo después de que los objetos hubiesen cumplido con su propósito, para después justificar su reticencia a tirarlos usando ese dicho francés, «on ne sait jamais», nunca se sabe, que quiere decir que uno nunca sabe cuándo va a necesitar algo que ha tirado o cuándo un amigo con el que se ha perdido la relación puede acabar siendo útil.
En cuanto a aquella atemporal carraca cuadrada, acabó en el desguace, igual que acabaron en la basura su sombrero, sus gafas de sol con tapaojos y la pequeña manivela para el parabrisas cuyos engranajes castañeteaban y que hacía ruidos toscos. Él habría esperado a vendérselo todo incluso al peor postor, pero la policía egipcia le seguía la pista por haberse llevado fondos a Suiza. Un conocido lejano le dio el soplo justo a tiempo. El tío Claude escapó por la puerta de la cocina y nunca le volvieron a ver el pelo por allí.
Mi madre repasó el muelle con la mirada una vez más y se convenció de que el hombre al que habíamos atisbado no podía ser el tío Claude.
—Va demasiado bien vestido —dijo.
El tío nunca se hubiese gastado dinero en ropa buena. Luego reparó en otro hombre que le pareció marcadamente juif, pero entonces volvió a cambiar de opinión. Algo después, un hombre que esperaba algo alejado pareció reconocerla y empezó a saludarla con entusiasmo. A mi madre no le resultó lógico:
—Si nunca le caí bien y yo no lo aguantaba —dijo.
Resultó que aquel señor saludaba a otra persona que estaba apoyada en la barandilla justo a nuestro lado, y cuyo nombre gritó con desesperación:
—Rina, Rinaaaa.
—No es él —zanjó mi madre—. Aparte, esto de venir a buscarnos sería muy poco propio de ese viejo roñoso. Con la gasolina que se gasta en el trayecto desde Roma, imposible.
Además, no le importábamos tanto como para hacerse ese viaje. Mi madre, mi hermano y yo éramos los últimos en irnos de Egipto —a excepción de mi padre y la tía Elsa—, y el tío Claude nos había recordado en incontables ocasiones en sus cartas que ya había viajado a Nápoles un montón de veces para recoger a todos los familiares que habían ido llegando —suegros, sobrinas, sobrinos, además de un porrón de hermanos—. No podíamos esperar que fuese al puerto cada vez. Como concluimos que no vendría a recibirnos, mi madre nos recordó que la gente del servicio de refugiados nos llevaría a un campamento de tránsito. Me tocaba traducirle, añadió, con una mueca amenazadora cuyo sentido no se me escapó. Todas las clases con profesores particulares italianos de los últimos años en Egipto ya podían empezar a demostrar que habían valido la pena.
—Tú céntrate en lo que dicen, no en lo que crees que dicen. Intenta que no se den cuenta de que estoy sorda o nos estafarán. —Luego, al ver que estaba nervioso, añadió—: Hemos sobrevivido a cosas peores, saldremos de esta.
Ahora que estábamos a punto de poner un pie en Europa, si por ella fuera, que Egipto se hundiese en la miseria y siguiese atrapado en su ziballah —esa palabra árabe que seguíamos usando y que significaba «basura»—. La única preocupación de mi madre era mi padre, que se había quedado allí y seguía a merced de las veleidades de la policía egipcia, famosa por ser despiadada, en especial con los judíos.
La pista definitiva para determinar que el hombre que había en el muelle solo podía ser el tío Claude no fue su pelo negro ondulado ni la sonrisa maliciosa y sinuosa que se acomodaba en su rostro en los viejos álbumes familiares. Esos rasgos habían desaparecido por completo. Fue su parecido repentino e inesperado con su hermano Nessim, mucho mayor, que había fallecido en Egipto a los noventa y dos, un par de años atrás. En Claude ya no quedaba ni rastro de su pelo negro y ondulado de 1996 y, cuando lo vi quitarse el sombrero varias veces para saludarnos desde lejos, enseguida recordé que, como su hermano, estaba completamente calvo y hacía el mismo desagradable mohín cuando no se molestaba en sonreír; tenía la misma nariz ganchuda, tan curvada que parecía un cruce entre un águila calva y un loro sin plumas. Sigmund Freud, excepto por la barba.
Un detalle más me indicó que el hombre de la chaqueta de tweed con adornos cosidos, sombrero de fieltro y corbata color guinda que esperaba en el muelle tenía que ser, por fuerza, de la familia. Cuando nuestro barco por fin amarró y ya vimos bien al tío, lo observamos sacar un pañuelo blanco del tamaño de un gallardete grande y empezar a ondearlo con un gesto tan resueltamente obsoleto que solo podía salir del cine clásico de Hollywood: él, como mi abuela y la tía Elsa, se había quedado encerrado en un universo anterior a la Primera Guerra Mundial en el que la gente ondeaba pañuelos. Era un movimiento sutil y delicado, capaz de transmitir esperanza, alegría, una señal de bienvenida, a la par que podía adaptarse también para la pena, la desesperación moderada y los funerales. Los Cohène (con la è de rigueur acentuada proclamando su falso linaje francés) siempre habían tenido su manera de hacer las cosas. No le veían sentido a seguir las modas del momento. El mundo tendría que amoldarse a sus usos y costumbres, como siempre.
Sus usos y costumbres, no obstante, no solo es que estuviesen pasados de moda, sino que se habían extinguido. Ellos se negaban a aceptarlo y seguían optando por la cortesía, pero no tanto por el candor; por el buen gusto, pero no la moral recta; siempre juzgaban a la gente no tanto por lo que decían o hacían, sino por cómo sujetaban el cuchillo y el tenedor. Todo, sin duda, de otros tiempos.
Aquella mañana, más tarde, cuando le dije al tío que hacía poco me habían matriculado en un colegio americano en Egipto, la idea le pareció una ridiculez. Tendría que haber ido a uno italiano, no a uno estadounidense. Cuando le expliqué que cabía la posibilidad de que nos mudáramos a Estados Unidos, estalló en carcajadas como si hubiese dicho el mayor disparate del mundo.
—¿Qué? ¿Haceros americanos? Estáis en Italia, muchacho, te vas a comportar como un italiano y vas a convertirte en italiano, como todo el mundo. Nada de charlatanería yanqui por aquí. Estados Unidos es un país que ha nacido de manera artificial, ¿o no lo sabías?
Sabía que no me convenía llevarle la contraria o contestar. Mi hermano también se quedó callado, aunque de los dos él era, de lejos, el que estaba más enamorado de la cultura americana, el cine americano, la música americana: de todo lo de allí. En Egipto había conseguido comprarle unos Levi’s de segunda mano a un compañero de clase estadounidense, le encantaban los malvaviscos asados, que había descubierto siendo cub scout, e incluso había conseguido abastecimiento regular de palotes marca Juicy Fruit.
—¡Vaya farsa! —exclamó mi tío—. Los muchachos ya no tienen personalidad, solo quieren ser soldaditos GI —farfulló para el cuello de la camisa mientras íbamos a aduanas, aunque yo estaba seguro de que pretendía que oyéramos cada sílaba. Me quedé callado, sin apenas darme cuenta de que, en el mundo de Claude, el silencio no frenaba los ataques, sino que les daba pie.
*
Tal y como nos había advertido su hermana, el tío Claude era «impulsivo», pero resultaba difícil de entender cómo alguien podría ser cruel con parientes de sangre que habían sido expulsados de su país y llegaban a Italia con una mano delante y otra detrás, totalmente desamparados, sobre todo tratándose de una madre sorda con dos hijos que nunca antes habían viajado. La opinión de mi padre sobre él era más cauta, en buena medida porque, como nos había dicho, tampoco quería influir en la imagen que nos haríamos de él; véase, cabía esperarse lo peor. En cierto momento, mi padre se sinceró:
—Piense lo que piense Elsa, puede ser un pedazo de bestia.
Pero mi madre no se iba a arredrar:
—No hace ninguna falta asustar a los chicos.
—No los estoy asustando, solo les digo que se anden con ojo con él —replicó mi padre.
—Si tan horrible es tu tío, harías bien en venir con nosotros para protegernos, en vez de quedarte en Egipto.
—Me quedo porque hay un sinfín de cosas que salvar en los dos meses que faltan para la expulsión —contestó, a punto de perder los nervios.
Pero mi madre no aflojaba:
—¡Salvar, dice! ¡Y un pimiento! Sé perfectamente por qué y por quién te quedas —protestó—, y todo el mundo sabe quién es y dónde vive.
No era la primera vez que la oía quejarse de las infidelidades de mi padre, a lo que mi abuela daba la respuesta neutral y lánguida que tantas veces le había oído suspirar: «Es una maldición familiar», decía, tras lo que añadía que la tenían sus cinco hermanos, su marido y todos los hombres a los que había conocido, incluyendo a su padre. A mi madre no la consolaban mucho esas palabras. No le hacía falta leer en los posos del té para saber lo que nos aguardaba en Europa.
—Llegaremos como pobretones a una ciudad de la que nada sabemos, mientras que él se lo pasa pipa en Egipto.
Estábamos preparados para los horrores de la vida en un campamento de refugiados una vez que pisáramos Nápoles y, en repetidas ocasiones, distintas personas que habían pasado por allí nos habían puesto sobre aviso de que cada cual se limpiaba el plato antes de devolverlo a la cantina, que había que comer lo que te servían sin quejarte y usar un retrete estilo turco. Y, si había piojos, añadía la tía Elsa —a la que siempre le gustaba ponerse en lo peor, como para llevarse una grata sorpresa si al final no sucedía—, pues habría piojos y liendres. ¿Quién no había sobrevivido a unos piojos un par de veces en la vida? Tanto ella como su hermana habían pasado dos guerras mundiales, habían visto las masacres a los armenios y habían sufrido desplazamientos forzosos; el más peligroso, cuando la tía Elsa tuvo que escapar de Lourdes en camino hacia Marsella durante la guerra, en circunstancias tan inmundas que el agua potable era más valiosa que el pan y el jabón. En cuanto a los piojos… «Lo que hemos visto visto está…», otro dicho de los suyos que venía a decir: «No nos hagas revivir lo que nos alegramos de olvidar».
Mi madre no contestaba cuando le decían esas cosas de los piojos y las liendres, aunque sí que confesaba que le preocupaban las sábanas sucias y las toallas mugrientas. No sabía italiano y, siendo sorda, necesitaría que se lo interpretase todo. Había preparado dos maletas de piel de tiburón auténtica en las que había metido de todo para ir tirando dos semanas. Nos habían dicho que un autobús nos llevaría al campamento de refugiados, por lo que los tres contábamos con hacer el trayecto con las maletas en el regazo. Nos habían hablado de Nápoles. Más nos valía no perder de vista las maletas en ningún momento.
El tío Claude, en efecto, estaba esperándonos cuando bajamos por la pasarela. Había salido de Roma muy temprano y le había pisado a fondo en la autopista para llegar a tiempo.
—No está mal para un viejo de setenta años, ¿no? —soltó.
Su acento en francés era el mismo que el de su difunto hermano, pero el agudo falsete de su voz fue sin duda sorprendente. Mi madre apenas entendió una palabra, pero sonrió con cortesía, gesto que él tuvo a bien interpretar como la manera de acobardarse de una mujer intimidada ante la proclamada virilidad de sus maneras.
Con una risilla, nos explicó que íbamos a la aduana, pero que la aduana en Italia no era el rito de paso salvaje de Egipto. Haciendo un esfuerzo por decir algo amable y mostrar agradecimiento, mi madre me pidió que le dijera que le encantaba el tiempo que hacía en Italia. Le encantaba la brisa marina de Nápoles; se había criado cerca del mar, por lo que le traía recuerdos de su infancia en Egipto.
Él me oyó, pero dijo que Egipto ya era agua pasada.
—Aquí el aire es italiano. Nada de nostalgia, por favor. Si os tenéis que arrepentir de algo —añadió—, es de no haberos marchado años antes.
Alguien de aduanas se acercó con un conocimiento de embarque y nos preguntó si éramos los ocupantes del camarote de tercera clase número 6. Sí, somos nosotros, contesté yo. Los agentes de aduanas, me dijo, habían hecho el recuento de maletas: treinta y una en total. Le expliqué a mi madre lo que me había dicho y añadí:
—Y estas dos. —Yo sostenía una, mi hermano, otra.
Al oír cuántas maletas llevábamos, el tío Claude se dio una fuerte palmada en el muslo y, a los pocos segundos, se había puesto todo colorado y nos estaba soltando una buena filípica:
—Pero ¿dónde pensáis meter todas esas maletas? ¿En mi coche?
El aduanero, que le había dado a mi tío un lápiz finísimo y mordido para firmar el conocimiento de embarque, de inmediato intentó calmarlo diciéndole que las maletas se quedarían almacenadas y luego se mandarían al cabo de tres o cuatro semanas a la dirección que facilitásemos.
—¿Acaba de decir treinta y una? —preguntó Claude levantando un decibelio más la voz.
—Dottore, por favor —contestó el aduanero—, no se ofenda. He dicho de tres a cuatro semanas.
—¡Treinta y una!
Pensé que mi tío le iba a pegar. Con tono de disculpa, el aduanero añadió:
—De tres a cuatro semanas, dottore.
De nuevo, el tío Claude soltó un grito furibundo, si bien más fuerte esta vez. No había margen de error: no le gritaba al agente, sino a mi madre, que no entendía casi nada de lo que gritaba mi tío, y yo estaba tan aturdido de tanto grito que me quedé congelado. El tío Claude, a pleno pulmón, le preguntó en qué narices estábamos pensando al traernos treinta y una maletas a Italia. ¿Qué diantres llevábamos ahí dentro? ¿Un piano de cola? ¿Un coche? ¿Un tanque? ¿Qué? Mi madre, tras entender lo que había provocado aquel estallido de ira, se limitó a decir:
—Ropa. Y puede que… ¿algo de platería?
—¡Platería! ¿Estáis locos? Os podrían haber arrestado en Egipto por contrabando.
Habíamos sobornado a los aduaneros de allá para que nos dejasen pasar, le explicó mi madre.
—¿Que los habéis sobornado? ¿Y con eso pensabais que os librabais de que os arrestaran? Hace diez días no eran más que vendedores ambulantes y rufianes, y vosotros, o igual fue tu marido o la cabeza hueca de mi hermana, ¿ibais a sobornarlos?
Luego llegó el coup de grâce.
—¿Y yo por qué me tengo que mezclar con esta panda de idiotas? Oray Kapa. Basta! —profirió en turco, luego en italiano, tras lo que tiró al suelo el lápiz que le acababa de dar el aduanero y entonces, en un arranque todavía más violento, valiéndose del talón duro del zapato, lo aplastó varias veces.
Una parte de mí quiso que mi madre le devolviese los gritos para que oyera de lo que es capaz una mujer sorda cuando la llevan al límite. No conocía a nadie que pudiera rivalizar con los gritos de mi madre.
Pero, si mi madre se hubiese puesto a chillarle, él nos habría abandonado allí y no nos hubiese vuelto a dirigir nunca más la palabra. Ella lo sabía y nosotros también, por eso ni mi hermano ni yo intentamos traducirle lo que el tío gritaba.
*
El aduanero le pidió a mi tío que lo acompañase a una oficina para firmar los formularios de puesta en libertad, pero mi tío Claude le dio su boli BIC a mi madre para que firmase ella misma. Los dos se dirigieron al despacho mientras mi hermano y yo nos quedábamos vigilando las maletas, apiladas en horizontal en una fila que ocupaba la mitad de un hangar largo, grande y mugriento lleno de decrépitos y ajados cachivaches. En ese momento, cada maleta parecía más pequeña que en el gran salón formal que en su día había servido para que mi bisabuela recibiese visitas.
En el atestado hangar de Nápoles yo no le perdía ojo a las maletas y, por un instante brevísimo, pensé que algunas estarían incluso felices de verme de nuevo, mientras que otras, mirando hacia el otro lado, habían decidido ignorarme, tal vez porque, tras haber pasado demasiado tiempo en nuestro viejo salón, estaban molestas por que las hubiésemos abandonado con unos mozos que hablaban un idioma que ninguna maleta era capaz de entender: napolitano; una lengua que me costaría años comprender y que acabaría por adorar. Las miré, como si las azuzara para que reconocieran mi presencia, pero las henchidas cajas de cuero estaban decididas a no contestar.
Recuerdo cuando llegaron a casa: trastos boqueantes tirados con todo el descaro, boquiabiertos, en el gran salón. Eran de cuero grueso, industrial, se cerraban con un par de cinturones grandes que pasaban por dos anchas trabillas de cuero cosidas a la propia maleta para que no se moviesen. La normativa de aduanas egipcia prohibía que llevaran candado, ya que los agentes querían revisar el contenido de todos los equipajes. Sin embargo, al cruzar la frontera egipcia nadie nos pidió que las abriéramos, ya que estaban satisfechos con la perspectiva de recibir un soborno cuando se marchara mi padre y otro cuando lo hiciera la tía Elsa.
A todos nos sabía mal por la tía. Su vista empeoraba, pero no les pedía a los criados que la ayudaran a hacer maletas; tampoco estaba dispuesta a pedir ayuda a los pocos amigos griegos e italianos que quedaban en Alejandría. No quería a nadie por allí metiendo las narices. «Je suis indépendante», decía cada vez que alguien le preguntaba por su parsimonia congénita y su perenne estatus de viuda. Nunca había querido casarse con nadie más después del vago de Victor, que llegó a su vida como una exhalación, se casó con ella y luego murió, porque, como decía mi abuela con gesto socarrón, «ese prefería morirse». El marido de mi abuela también había preferido morirse antes de hora. De hecho, todos los que se habían casado con alguien del clan Cohène habían hallado en la muerte la salida perfecta para un matrimonio en el que lo que daba el pego de ser amor había consentido pasar un par de noches simbólicas, pero ni un segundo más.
Cuando mi madre le preguntó a la tía Elsa cuántas maletas iba a necesitar, Elsa contestó que se apañaría con cinco. Mi madre no la creyó, pero le hizo caso. Compró el equipaje a un mercader de la place Mohamed Ali; encargó treinta maletas. Diez para nosotros, diez para mi padre, cinco para mi abuela y cinco para la tía Elsa. Entonces ni sospechábamos que al cabo de un par de semanas encargaríamos más del doble; el dueño de la tienda nos dijo que no tenía más a la venta, que solo le quedaban unas pocas de piel de tiburón, más ligeras y que cabían bien bajo la cama. Mi madre le había rogado que le consiguiera más maletas grandes, pues se avecinaba nuestra fecha de expulsión. El comerciante se lo prometió. Al fin y al cabo, era el mismo señor que nos había comprado todos los muebles, tanto los de la casa de la ciudad como los de la playa, y nos había pagado una birria por todo cuanto poseíamos. No hubo discusión, no hubo regateo; en cuanto dijo el precio que quería pagar y mi madre lo aceptó, se llevó la mano al bolsillo interior de la chaqueta, sacó una gran cartera de cuero, contó a buen ritmo un fajo de billetes y le dio en mano a mi madre la suma acordada. Pasados unos días, desaparecieron nuestros muebles y casi todo lo que el Gobierno no había requisado ya. No me quedé a ver el desmantelamiento de nuestro piso, pero, cuando puse un pie en casa, me sorprendió encontrar las estancias peladas, los suelos sin alfombras; solo la marca blanca de cuadros ausentes en las paredes amarillentas. Los muebles del comedor habían desaparecido y la cocina estaba desnuda como un recién nacido. Contaba con ver a nuestro cocinero, Abdou, pero una de las puertas de servicio estaba cerrada y había montones de basura donde antes habían compartido espacio la nevera y el horno, como primos hermanos obligados a separarse. Mi madre quiso que lo viera. ¿Por qué?, le pregunté. «Comme ça», porque sí. La explicación no se me olvidó en la vida. Aquellas dos palabras expresaban todo lo que llevaba dentro.
Lo único que se echaba en cara era haber aceptado el precio del comerciante. Tendría que haberle pedido más. Él llevaba dinero encima, se lo había visto. Y lo habría pagado. Pero ese hombre nos había desplumado. Mi madre, conocida por ser una dura regateadora en el mercado, había cogido lo que él le había ofrecido y hasta le había dado las gracias. Cuando ya lo has perdido todo y se te ha acabado el tiempo, te quedas con lo primero que te ofrecen.
No sé por qué, pero tenía todo el sentido del mundo que el señor que nos había comprado los muebles también nos vendiese maletas. Estaba metido en el negocio de estafar a extranjeros y luego verlos marchar con los equipajes que les vendía. El dinero que pagaba por los muebles lo recuperaba vendiendo maletas. La expulsión sumaria de extranjeros y judíos era una medida adicional pensada para cerrar esos tratos e impedir que la gente se retractase de la venta o quisiera volver atrás.
No es de extrañar que las maletas me evitaran la mirada siempre que intentaba buscar algo de complicidad en ellas. No hacían más que estar ahí, biliosas y amargadas, como si yo fuese culpable de una siniestra fechoría y ahora les tocara a ellas pagar el pato. «¿Por qué nos has traído aquí?», parecían decir, «¿qué será de nosotras ahora?». Me hacían preguntas que bien me podría haber formulado yo a mí mismo. «¿Qué estoy haciendo aquí?». Como las maletas, estábamos desnortados, sin tierra, y me di cuenta de ello por primera vez mirando aquellas formas de cuero con cinturones que esperaban en filas desordenadas en el hangar, hinchadas, pesadas y asustadas, como vacas tristes aguardando su turno, recelando de todo, convertidas en el gato feral que ya ha visto demasiado maletas y no está por la labor de ofrecer una mirada simpática.
*
Tras firmar los papeles, mi madre salió de la oficina con el tío Claude y me informó de que debíamos ir al campamento de refugiados para firmar más papeles y declarar que teníamos residencia en Roma y no necesitábamos quedarnos en Nápoles.
Los tres nos metimos en el coche del tío. No era el «coche fúnebre», sino un Alfa Romeo, un modelo reciente, no abiertamente ostentoso, pero, sin duda, de gama alta. Nuestro tío exudaba holgura, tal vez incluso riqueza y su loción de afeitado tenía un olor agradable. Habría sido un tacaño en su día, pero ya no era de la hermandad del puño cerrado, como todos decían. Se había vuelto un patricio y se comportaba de manera que buscaba que se le notara.
En el bus de refugiados recorrimos un sinfín de calles y callejas, remontamos una colina y seguimos avanzando hasta que, transcurridos veinte minutos, llegamos al campamento. Aquella imagen debió de horrorizar a mi madre y, una vez que bajamos del coche, se echó a llorar. Hizo cuanto pudo por ocultar las lágrimas, pero uno de los trabajadores del campamento se le acercó y le dijo en italiano:
—No se preocupe, signora, aquí no somos judíos.
Debió de querer decir bandidos, criminales, maleantes, asesinos.
No me vi con fuerzas de traducírselo, pero la mirada bienintencionada de aquel señor transmitía empatía y compasión, tal vez incluso pena. Humildemente, ella asintió varias veces para darle las gracias. Mi tío, que había pasado la Segunda Guerra Mundial, y más con un apellido inconfundiblemente judío, no reaccionó. O bien no oyó lo que había dicho el guardia o fingió no haberlo oído. Éramos los primeros en la cola del registro. Mi tío se limitó a decir ante el mostrador:
—Hay mucha cola, así que daos brío, por favor. Estoy al cargo de estos tres y ya les he ofrecido vivienda en Roma.
Sus palabras desprendían cortesía y deferencia, pero su tono era tan autoritario, incluso imperioso, que la joven del mostrador se preguntó si también debía dirigirse a él como dottore. Como me había contado mi padre en Egipto, el tío había dominado el arte de asumir incontables máscaras, pero no era consciente de cuándo se las quitaba y se las ponía. La joven siguió hablándole de usted. «¿Quiere el dottore esto?, ¿le parece al dottore lo otro?».
En el campamento me fijé en lo que parecía una mujer muy pobre lavando a su criatura desnuda bajo un grifo de exterior que estaba suelto. Llevaba sombrero y una andrajosa bata de estar por casa. Me miró, luego dejó que asomara una sonrisa tímida y cohibida, avergonzada de que esa fuera la única manera que tenía de lavar a su criatura.
Reconocí a varios pasajeros de nuestro barco. No había cruzado palabra con ellos ni tenía ni idea de que iban a ser refugiados del campamento. Entre ellos había una mujer con la que había evitado hablar. Se nos acercó y no hubo manera de zafarse. Madame Marie había sido nuestra aya durante unos dos años antes de que otra madame Marie la sustituyese. Era italomaltesa y estaba esperando a viajar en un barco que la llevase a Malta, donde confiaba en que la contrataran como intérprete. Como muchos alejandrinos de pura cepa, hablaba francés, inglés, griego e italiano. También había trabajado como esteticien en Alejandría, una de sus clientas era mi abuela; fue así como acabó contratada en casa. La mujer esperaba ganarse la vida como esteticista en Malta para complementar sus ingresos como intérprete. Nunca me cayó bien y siempre me pareció una fuente de chismorreos y maldades en casa, malmetía para que el cocinero y la criada se pelearan, incluso mi padre y mi madre. Me hizo feliz que mi madre, por fin, le diera dos meses de sueldo y le dijese que no volviera a poner un pie en nuestra casa. Al contrario que mi padre, que la habría echado en privado, mi madre le enseñó dónde estaba la puerta delante de mi hermano y de mí.
Le dijimos hola de forma respetuosa, a la vez que ella nos saludó con cortesía reticente, y, mientras esperábamos a que mi madre y mi tío terminaran de firmar los formularios, la mujer se me acercó, se llevó la mano al bolsillo derecho de su holgada falda y, como acostumbraba a hacer cuando volvíamos del colegio, nos dio a cada cual un caramelo envuelto en celofán que llevaba escrito tanto en inglés como en árabe el nombre del confitero, Nadler. Mi hermano, que no sabía cómo darle las gracias a madame Marie, la abrazó con el caramelo aún en la mano, mientras que yo le di las gracias y, sin saber qué más hacer, fingí estar buscando a mi madre. Nuestra antigua aya se retiró sin decir nada y volvió con el grupo de gente que había conocido en el barco. No volví a verla.
Lo que me sorprendió al fijarme en el redondo caramelo amarillo cuyo sabor a papaya me encantaba fue que aún era capaz de leer árabe. Tenía la impresión de que, una vez que llegara a Italia, se me borraría todo. Olvidaría quién era o lo que había aprendido en Egipto.
Pero, bien al contrario, para mi asombro, me di cuenta de que nada había cambiado al cruzar de una orilla a la otra del Mediterráneo. Yo seguía siendo yo y la persona que había sido unos días antes no se había volatilizado. Quería olvidar quién era, pasar página, ser una persona nueva, pero seguía siendo el mismo y no me gustaba.
*
Mi madre y el tío Claude salieron por fin de la oficina. Mi tío volvió a calarse el sombrero y sonrió:
—A Roma que nos vamos.
Cómo iba a saber yo entonces que estaba a punto de empezar la peor hora de mi vida.
Todo sucedió bastante rápido, cuando el tío intentó salir de Nápoles e ir en dirección norte, por la autostrada del Sole, la autopista relativamente nueva que unía Nápoles y Roma. El problema, no obstante, fue encontrar la entrada a la autostrada.
En un primer momento, mi tío detuvo el coche y, dirigiéndose a un guardia de tráfico, sacó la cabeza por la ventanilla y, con su voz aguda, gritó un «scusi, vigile», y procedió a pedir indicaciones para llegar a la autopista. El alto y elegante vigile, vestido de blanco, con un casco ahusado también blanco, pivotó con la ágil elegancia de una bailarina de ballet, bajó la cabeza educadamente hasta la altura de la ventanilla del conductor y le explicó de forma escueta el camino a mi tío, que le dio las gracias y siguió conduciendo. Pero, al llegar a una encrucijada, cuesta arriba, volvió a pensar que se había perdido y decidió preguntar a otro policía. «Scusi, vigile», y, de nuevo, las indicaciones volvieron a parecerle incomprensibles, golpeó el volante con ambas palmas y se puso a gritar, primero al coche, luego a Nápoles, que tildó de pozo de inmundicia lleno de golfillos y criminales, luego proyectó su furia contra nosotros tres. Yo era un imbécil redomado, me dijo, con conocimientos de italiano de un niño de nueve años; mi hermano, un sapo bobalicón que igual estaba tan sordo como mi madre, y, ya por último, mi madre, que tendría que haberle puesto un poquito más de empeño para ayudarlo con las indicaciones, pero, claro, no entendía ni media porque los analfabetos de sus padres la habían puesto a cargo de unos médicos que se habían encargado de que siguiera siendo una aberración, una sordomuda condenada a la sordomudez para el resto de su miserable e insignificante vida. Mi madre no tenía ni idea de qué le estaba diciendo, pero, a tenor de la tez colorada y la mandíbula que se le salía hacia fuera, podía inferir que estaba furiosísimo.
En el siguiente cruce: «Scusi, vigile», voz aguda, deferencia afectada e inquieta incomprensión. A esas alturas, mi hermano y yo estábamos casi a punto de partirnos de risa, pero, al oír a mi hermano cuchichearme algo, mi tío se volvió y, levantando de nuevo la voz con una mirada fulminante llena de puro veneno, dijo:
—Vosotros dos, comeos el caramelito y cerrad la boquita.
Cualquier excusa para el humor se desvaneció en un instante en el asiento de atrás. Pero, hasta hoy, las palabras «scusi, vigile» han seguido siendo una fuente de diversión y horror entre ambos.
En cierto momento, el vigile había sugerido tomar la sinistra, girar a la izquierda, pero mi tío había torcido hacia la derecha. Así que, pensando que sería útil, le recordé que el guardia de tráfico había dicho izquierda, no derecha, tras lo que siguió una andanada de insultos:
—Métete la lengua en esa boquita de idiota que tienes y no te atrevas a volver a decir nada en mi coche. Tú qué vas a entender nada, menos aún las instrucciones de un vigile —luego, farfullando para el cuello de la camisa, añadió—: Fracasados e imbéciles, los tres, la madre, el hijo y el espíritu idiota. —Véase, yo.
Nunca en mi vida, ni antes ni después, he vivido un ataque así. El problema con esa clase de violencia cuando se imparte de manera tan implacable es que deja marca y al final uno se lo acaba por creer. Durante mucho tiempo me creí todo lo que me dijo aquel día. Aunque intentaba no dejarme vencer por su matonismo, siempre tenía la sensación de que me había calado y que juzgaba cada imperfección, cada fracaso, real, imaginado o futuro, y no había manera de esconderse de todo eso. Yo era un loro, no sabía distinguir la derecha y la izquierda, era un retrasado y, por encima de todo, un fracaso, algo que temía desde que escribí mi primer poema a los diez años. Trataba de un esclavo fugado que sabe que no tiene opciones y que, más pronto que tarde, lo atraparán, porque la familia romana a la que pertenecía seguro que intentaba dar con su paradero. Mirando el Mediterráneo, no sabe si huir hacia la derecha o la izquierda; clava los ojos en la playa y piensa en su mujer y sus hijos, y está tentado de entregarse, pero algo lo frena. Tiene hambre, necesita comer, y, aunque sabe que está condenado, no puede dar media vuelta. Lo encontrarán y, por pura diversión, lo matarán. Así que sigue huyendo, sin saber qué le aguarda.
Así me recibió Italia.
*
Al final, salimos de la ciudad y seguimos por la autopista.
—¡Esos vigili memos no conocen ni su propia ciudad! ¡Tiene que venir otro de fuera a enseñarles sus propias calles, su propia historia y su propio idioma!
Mientras conducía, mi tío decidió poner a prueba mi lógica y mis conocimientos de matemáticas, y me formuló un acertijo, que recuerdo vagamente, pero era algo así: si un coche hace ochenta kilómetros por hora y adelanta a otro que va a cuarenta, ¿cuánto tendría que acelerar el coche más lento para llegar al destino X si quiere llegar a la vez que el vehículo más rápido?
No entendí la pregunta ni supe dar con una respuesta. Le dije que conocía la fórmula, pero que en ese momento justo no caía.
—No necesitas ninguna fórmula, no te lo sabes y punto. ¿Por qué no me dices: «Tío Claude, no lo sé»?
Luego, aguijoneado por algún insecto maligno, le pidió a mi hermano que declinase un sustantivo en latín, el que quisiera. Mi hermano le dijo que no sabía latín, pero que acababa de empezar a estudiar por su cuenta.
—Pues entonces no sabes nada, muchacho. Él no sabe matemáticas, tú no sabes latín y está claro que aquí ninguno sabéis italiano, ya que no habéis entendido lo que decían los vigili.
Tuve la tentación de decirle que él tampoco los había entendido, pero me quedé callado. Aun así, no aflojó y, dirigiéndose a mi hermano, preguntó:
—¿Cuál es el plural de house?
—¿Houses? —contestó mi hermano, más con tono de pregunta que de afirmación, sin estar ya seguro.
—No, se pronuncia ausis. ¿Y el plural de esto? —me dijo señalándose la frente.
—¿Foreheads? —Como mi hermano, yo también vacilé.
—Casi perfecto, solo que la hache se aspira. Ya veo que el inglés tampoco es uno de tus fuertes. A ver, dime, ¿qué te estás leyendo últimamente?
Le dije que me estaba leyendo Los griegos, de H. D. F. Kitto.
—E chi è ’shto Kitto? —¿Y ese quién es? ¿Un gatito?, preguntó con acento romano burlesco—. ¿Autor de una novela de detectives?
Antes de escuchar mi explicación, empezó a burlarse del nombre con toda clase de rimas en italiano, riéndose cada más fuerte con cada rima que se le ocurría.
—Vitto fritto, zitto zitto, fritto misto, letto sfitto.
Mi madre, al verlo reírse y sin darse cuenta de que estaba machacando a sus hijos de manera sistemática con burlas y maldades, fingió una sonrisa muda para armonizar con su resplandeciente alegría, cosa que le hizo pensar al tío que estaba de acuerdo con él y le guiñó el ojo de forma cómplice.
—Hasta tu madre piensa que eres bobo, ¡hasta tu madre!
En cierto punto de la autopista, decidió que había que parar en un bar de carretera. Aparcó y, mirando a mi madre, arracimó los dedos de la mano izquierda para signar la palabra «comida». Mientras cerraba el coche y nosotros empezábamos a andar hacia el bar, me pasó un brazo tentativamente por el hombro que yo habría aceptado de buena gana como gesto conciliador, de «no nos hagamos mala sangre», si no me hubiese empujado por la puerta giratoria con un nuevo arranque de desprecio, como queriendo decir: «No te quedes ahí como un pasmarote, sé un hombre y avanza. ¿Acaso no has visto jamás una puerta giratoria?». Entré en silencio en el bar. No me di la vuelta, pero estaba seguro de que se le habría pasado por la cabeza darme una colleja.
Desde aquel instante, me juré que un día escupiría sobre su tumba.
Claude pidió un plato y su vino favorito, Rosatello il Ruffino. Mi madre pidió un bocadillo de jamón. Nosotros pedimos espaguetis con salsa de tomate porque no sabíamos de qué eran las otras salsas de la carta. Y, para tomarnos un postre rápido, mi hermano y yo pedimos un helado de fresa. Claude, un cuenco de frambuesas. Animó a mi madre a pedir lo mismo. Sabiendo que era un tacaño, mi madre declinó la oferta, pues otro postre haría subir la cuenta. Yo sabía que a mi madre le encantaban las frambuesas, pero también lo que se le estaba pasando por la cabeza. Aún estaba hambrienta. Al ver cómo doblaba la servilleta de tela y la apartaba, me supo mal por ella. Él me dijo que le dijese a mi madre que, al comer jamón, había que quitar siempre la grasilla, que era algo que él había hecho siempre. Me tomé mi tiempo para transmitir el mensaje.
—¡Que se lo digas!
Se lo dije. Pero ella enseguida captó la hostilidad en el aire y se limitó a asentir y a susurrarme que le dijese que se fuera al carajo. A esas alturas, mi madre también había decidido que escupiría sobre su tumba.
Unos años más tarde, mi tío murió en un glamuroso hotel en Montecarlo.
Nunca vi su tumba.
*
Ya era tarde cuando llegamos a via Clelia. Enseguida me di cuenta de que era un barrio obrero —muchos autobuses atestando la arteria principal de via Appia Nuova, tienduchas grises y mal iluminadas por todas partes y tanto hollín en los edificios que el tiempo lo había descolorido—. La grandeza de la Roma imperial no tenía cabida allí. La propia via Clelia era fea, estaba sucia y, al caer la tarde, parecía tristona. Pensé que era un barrio para gente pobre; no era un campamento de refugiados, pero tampoco parecía mucho mejor. No dije nada, mi madre tampoco, mi hermano estaba totalmente pasmado en el coche. Cuando aparcamos y abrimos la puerta, vimos a un grupo de muchachos gritones jugando al calcio en la acera.
El tío Claude subió las escaleras con nosotros, mi hermano y yo cargamos dos maletas. Abrió la puerta del piso amueblado que nos subarrendaba y me llegó un aroma de algo entre el incienso y el serrín viejo, como si no lo hubieran ventilado en semanas. Hacía mucho calor allí. El tío abrió una ventana y lo único que oí fue el sonido de los mismos muchachos jugando abajo. Luego le dio a mi madre las llaves, dijo que hiciéramos copias en la ferramenta, la ferretería, que había al final de la calle. Añadió que no había tenido tiempo para pedirle a Grazia, la portinaia, nuestra portera, que nos comprara lo básico, pero que, si nos dábamos prisa, aún llegábamos al supermercado de via Appia Nuova, dos manzanas más abajo. Allí había de todo. Grazia tenía instrucciones para traernos ollas y sartenes y una pequeña nevera, que, por alguna razón, había guardado en su sótano. Uno de sus hermanos había prometido subirlo todo en cuanto volviese de trabajar aquella tarde.
—Esta gente es más vaga… —dijo el tío. Añadió que se pasaría al cabo de tres o cuatro días, pues era miembro de un club de golf en via Appia Antica, que quedaba cerca y tenía muchas obligaciones allí—. Me han dado una posición importante como miembro del club porque soy judío. Aquí estamos en un mundo totalmente diferente. ¡¡¡Y vosotros que os queréis ir a Estados Unidos!!!
Otra pulla.
Dijo que le mandaría un telegrama a mi padre aquella misma tarde para avisarlo de que habíamos llegado bien.
Cuando ya estaba a punto de marcharse, se acordó de darle algo de dinero a mi madre para comprar comida. Al salir de Egipto, solo le habían permitido llevarse el equivalente a cinco dólares y se había gastado lo que teníamos para comida en la tienda de tentempiés del barco. De nuevo, el tío nos recordó que teníamos que darnos prisa, que el supermercado igual nos cerraba; en tal caso, nos tocaría comprar algo en la tienda de la esquina o ver qué había para picar en el café restaurante de al lado. Explicó que, cada mes, nos entregaría cierta cantidad de dinero sacada de la pequeña cuenta suiza de mi padre, que él tutelaba.
—No es una mina de oro, ni mucho menos, eso que quede claro —añadió. Luego, antes de cerrar la puerta, nos miró bien mirados y dijo algo que nos dejó totalmente pasmados—: Y, por favor, no me odiéis, no soy un ogro.
Sonreí, educado, como para decirle: «¿Cómo puedes pensar algo así?». Pero no me prestó ni la más mínima atención. Asintió tres veces con la cabeza, como si lo hubiesen indultado. A sus ojos, hacer propósito de enmienda, aunque fuera de manera superficial, expiaba el crimen.
Cuando salió por la puerta, mi madre, que tenía un don para la mímica, imitó el gesto del tío cuando había intentado hacerle carantoñas a la criatura del campamento de refugiados. Mi hermano y yo nos partimos de risa. Mi hermano imitó su imitación, y yo aún me reí más, pero estábamos agotados.
Era nuestra primera noche en Roma y la actitud de mi tío no solo me había hecho odiar ya la ciudad, sino que la idea de vivir en aquel pisito levantó una oleada de tristeza que nadie era capaz de contener. Nos quedamos mirándonos en lo que parecía ser un salón y no dijimos nada. No sé cuánto rato estuvimos así, pero, cuando volví a mirar por la ventana, ya estaban encendidas las farolas de la calle. Así es aquí la noche, pensé. Sentí todo el peso de la oscuridad y no me lo pude sacudir. Deseé que no hubiese llegado tan pronto. No estaba listo todavía. Quizá era mucho más tarde de lo que pensaba. Quizá necesitábamos tiempo antes de enfrentarnos a nuestra primera noche en Roma. En cierto momento, mi madre encontró un interruptor y la luz ayudó, pero la sensación opresiva y triste no se iba y era más fuerte a medida que crecía la oscuridad. Cuando nos levantamos y fuimos a la cocinita cuya ventana trasera ya daba a la noche, ocultando todo lo que había más allá, nos dimos cuenta de que ni siquiera queríamos saber, mucho menos ver, qué vista ocultaba la negrura.
Lo que sentí en aquel momento no fue pena, ni siquiera enfado con mi tío. Sentí el aturdimiento persistente e indefinible que a veces se apodera de ti y no te abandona. No sientes nada porque no hay nada que sentir, el dolor sigue haciendo esfuerzos por salir, está por venir, vendrá, pero nunca en el momento que esperas. Intenté sentir pena, en vez de dolor; la pena era más fácil porque era fáctica y pensable; pena por lo que se ha perdido, por quienes habíamos sido y por lo que habíamos dejado atrás, por las viejas costumbres que estaban destinadas a morir, pero todavía no; pena por mi padre, que seguía en Egipto y tal vez acabara arrestado con a saber qué cargos inventados antes siquiera de poder reunirse con nosotros; pena por mi madre sorda, que no sabía ni media de italiano y estaba tan rota y a la deriva como mi hermano y yo. Me sentí como un niño que se ha soltado de la mano de su madre y está perdido y desamparado en mitad de un centro comercial gigantesco a punto de cerrar, salvo que yo sí sabía italiano y mi madre no, yo era el adulto y ella la niña.
Aquella noche sí que fuimos al supermercado. Era la primera vez que íbamos a un sitio así o que empujábamos un carrito de la compra o que no distinguíamos las monedas. Nos gustó. Solo habíamos visto supermercados en las películas americanas. Pero no teníamos hambre. Solamente queríamos dormir y que se acabara aquel día. El piso tenía tres habitaciones y una pequeña alcoba, pero aquella noche los tres dormimos en la misma cama.