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LA DIABETES:
UNA DE LAS EPIDEMIAS DEL SIGLO XXI
1. INTRODUCCIÓN
La diabetes se puede definir como un conjunto heterogéneo de patologías que convergen en una enfermedad metabólica crónica, caracterizada por niveles elevados de glucosa en sangre (glucemia), que con el tiempo conducen a un daño importante en varios órganos (corazón, vasos sanguíneos, ojos, riñones y nervios).
En las últimas décadas la diabetes se ha convertido en un verdadero caballo de batalla para la sociedad. Su aumento imparable está generando una importante preocupación en los ciudadanos, la comunidad sanitaria y los responsables del diseño de las políticas de salud públicas. Se trata de un enorme desafío sanitario que afecta también a la economía. Esto se debe a su alta prevalencia, al aumento de la mortalidad que produce, al incremento en el riesgo de padecer otras enfermedades ocasionadas por las complicaciones de la enfermedad, a que es una enfermedad que dura toda la vida y a la gran cantidad de recursos sanitarios que consume.
Las causas que conducen a la enfermedad son múltiples. Entre ellas hay elementos genéticos y medioambientales. La conjunción de ambos grupos de factores es lo que interviene en la aparición de la enfermedad. No obstante, aun hoy día, a veces es difícil discernir cuál es el peso que tienen ambos tipos de factores en el desarrollo y la evolución de la enfermedad.
En general, el progreso imparable de la diabetes podemos achacarlo a un envejecimiento de la población, al incremento de la urbanización y al aumento de la obesidad y la inactividad física.
Actualmente, la enfermedad no es curable, pero existen numerosos tipos de tratamientos que permiten controlar la diabetes y que los pacientes puedan llevar una vida productiva, útil, satisfactoria y no muy diferente a la de las personas que no la padecen. Al tratarse de una enfermedad crónica es muy importante llevar un buen control de la diabetes usando todas las herramientas que nos proporcionan la ciencia, la medicina y la tecnología. También resulta fundamental una correcta educación diabetológica. Esto es, que el paciente y su entorno conozcan la enfermedad y cómo evoluciona en su organismo, algo necesario para conseguir el objetivo terapéutico más importante: un buen control de la glucemia. Debido a que la evolución de la diabetes es variable y diferente en cada paciente, entender la enfermedad y saber usar los recursos adecuados para tener un grado de control metabólico correcto es primordial. Además, el conocimiento proporciona libertad a los pacientes, así como una mayor calidad de vida.
Finalmente, la investigación de la enfermedad y sus complicaciones es constante. Esto hace que cada año aparezcan novedades que permiten un mejor control y tratamiento de la enfermedad. Si echamos la vista atrás unos cincuenta años, es indudable que el abordaje de la enfermedad hoy en día es muy diferente. En la actualidad hay más medicamentos que permiten regular la glucemia mejor y reducir las complicaciones, así como avances tecnológicos en los sistemas de monitorización de la glucemia y la administración de la insulina. Además, se están desarrollando terapias para prevenir la diabetes tipo 1 (DM1) y programas de prevención de la diabetes tipo 2 (DM2), y la educación diabetológica es prácticamente una realidad. Estos avances han hecho posible que en los pacientes la esperanza de vida y su calidad sea indudablemente mejor.
La diabetes siempre ha estado presente en mi vida de una forma u otra. De hecho, el día que yo nací, a mi padre lo ingresaron en el hospital porque acababa de debutar con diabetes tipo 1 y, según cuenta mi madre, una vez que lo estabilizaron, le dieron un breve permiso para ir a verme antes de volver a su habitación del hospital.
Posteriormente, cuando me fui haciendo mayor pude comprobar como la vida de toda la familia giraba bastante alrededor de la enfermedad. Estamos hablando de principios de la década de los setenta. En esos años veía como mi padre se medía la glucemia con tiras reactivas y después con los primeros glucómetros, usaba una jeringa de cristal que hervía, junto con la aguja, en un pequeño recipiente como el que tenían los practicantes para ponerse la insulina de cerdo. Cuidábamos la alimentación, teníamos un horario de comidas y seguíamos una vida bastante ordenada. También comprobé como vivir con diabetes podía llegar a ser un reto e incluso una experiencia de cierto aislamiento en la sociedad, que además afectaba a la calidad de vida de las personas que padecían la enfermedad. Entendí la importancia que tiene el conocimiento de la enfermedad por parte de los pacientes, ya que es una enfermedad crónica que permea casi todas las capas de la vida de la persona y de los que están a su alrededor. Descubrí como ser capaz de manejar la enfermedad y tomar decisiones sobre la misma daba más libertad. Posteriormente, cuando estudiaba Medicina me di cuenta de la importancia que tenía la investigación en la mejora de la calidad de vida de los pacientes. Por eso, cuando terminé los estudios decidí dedicarme a la investigación de la diabetes y desde ese día he continuado en esa senda hasta hoy.
Afortunadamente, muchas cosas han cambiado para bien en la vida de los pacientes con diabetes durante los últimos cuarenta años. No obstante, las razones para escribir este libro son las mismas que cuando estaba en la facultad de Medicina: concienciar a la sociedad y los poderes públicos sobre la enfermedad, educar y empoderar a los pacientes, señalar la importancia de la prevención de la enfermedad, tratar de ser un apoyo para los pacientes, resaltar la relevancia de la investigación y, en definitiva, lanzar un mensaje de esperanza, porque, aunque aún queda mucho camino por recorrer, la ciencia de hoy es la práctica clínica del mañana.
2. La diabetes a lo largo de los siglos
2. 1. Los primeros tiempos
La humanidad conoce la diabetes desde hace muchos siglos. De hecho, probablemente sea una de las enfermedades más estudiadas a lo largo de la historia de la medicina.
La primera mención conocida sobre la diabetes, aunque no con ese nombre, aparece en el papiro Ebers, descubierto en Tebas en 1862. Se trata del documento médico más grande que se conserva del antiguo Egipto y que básicamente puede considerarse un tratado de farmacología de esa época. Aunque su redacción tuvo lugar alrededor del año 1500 a. C., se sabe que en parte también se trata de una recopilación de textos más antiguos, que se remontan hasta el año 3000 a. C. Existen otros papiros, como el de Lahun (2000 a. C.), que también hacen referencia a la enfermedad. En esos papiros, los antiguos egipcios no son capaces de identificar a la diabetes como una enfermedad o entidad específica, pero sí describen pacientes que presentan una serie de síntomas que coinciden con los de la diabetes (sed, grandes cantidades de orina y pérdida de peso) y proponen tratamientos [1].
En la antigua literatura médica hindú y china también aparecen alusiones a la diabetes. En el siglo V a. C., un afamado médico de la India llamado Súsruta describe en su tratado Samhita una enfermedad que denominó orina dulce (madhumeda), no solo por su sabor, sino también porque era capaz de atraer a las hormigas. Este médico incluso señaló que la enfermedad afectaba principalmente a las castas ricas y que se debía al excesivo consumo de alimentos, especialmente el arroz y los dulces. Súsruta no fue el único en percibir estos hechos, ya que otro cirujano hindú, Charaka, también describió la diabetes en los mismos términos. En los textos de estos médicos se establecen dos tipos de diabetes: una que aparece en los jóvenes y que conduce a la muerte, y otra que se daba en las personas de cierta edad y obesas. En China, en el siglo I d. C., Zhang Zhong Jing, conocido como el Hipócrates chino, se refirió a una enfermedad que causaba sed y grandes pérdidas de orina y peso.
En el mismo periodo, los médicos griegos Rufo de Éfeso y Galeno de Pérgamo describieron de nuevo una enfermedad específica que tenía los síntomas ya indicados. Galeno denominó la enfermedad «diarrea urinosa». Estos médicos también diferenciaban entre dos formas concretas de la enfermedad. Un siglo después el médico griego Areteo de Capadocia hizo la primera descripción concreta de la enfermedad e introdujo el término «diabetes», que proviene del verbo griego diabaino, «pasar a través de», haciendo alusión a la gran cantidad de fluidos que corrían por el cuerpo y que orinaban los pacientes. Areteo también propuso un tratamiento que consistía en una dieta restrictiva [2].
2. 2. Desde el siglo X hasta el XVII
Posteriormente, entre los siglos VII y XI d. C., en diferentes textos médicos chinos y árabes se describe la diabetes cada vez con más detalle. De hecho, Avicena, en su libro El canon de medicina, describe la diabetes y también menciona algunas de sus complicaciones, como el coma hipoglucémico y la gangrena. Algunos años después, el médico andalusí almorávide Maimónides vuelve a describir la diabetes de una manera muy clara y explica la acidosis ocasionada por la diabetes [3].
Trescientos años después, Paracelso identificó la presencia de un residuo blanco en la orina de los pacientes y pensó que era sal que se acumulaba en los riñones y que conducía a la eliminación elevada de orina (poliuria) y la sed, considerando que la diabetes era una enfermedad renal.
Ya en el siglo XVII el médico inglés Thomas Willis introdujo el término «diabetes mellitus», que también denominó coloquialmente como «the pissing evil», que se podría traducir como «orinando como un diablo». Este término lo acuñó para distinguir esta forma de diabetes de otra enfermedad llamada diabetes insípida. La diabetes insípida se produce por un problema en la secreción o el funcionamiento de la hormona antidiurética. Esta hormona tiene como misión regular la cantidad de agua del organismo controlando el líquido que los riñones excretan. Su ausencia conlleva a la eliminación de una gran cantidad de orina diluida. Así pues, Willis describió dos formas diferentes de diabetes: i) la diabetes insípida y ii) la diabetes mellitus, por la que también se orinaba mucho, pero los pacientes tenían una orina dulce y por eso le añadió a la enfermedad el apellido mellitus, palabra latina que viene del griego melli, que significa «miel». Willis atribuyó la enfermedad a un problema de la sangre más que de los riñones. También describió la enfermedad de una forma muy detallada, indicó que era una consecuencia de los malos hábitos alimentarios, sugirió un tratamiento dietético y finalmente describió la neuropatía diabética (un daño en los nervios causado por la diabetes) como una de las complicaciones de la enfermedad. Otro médico inglés, Thomas Sydenham también señaló que la diabetes era una enfermedad sistémica de la sangre ocasionada por una digestión inadecuada de los alimentos que se excretaban por la orina [4] [5].
2. 3. Los siglos XVIII y XIX y principios del siglo XX
Cien años más tarde, Matthew Dobson demostró experimentalmente que la orina de los pacientes con diabetes contenía azúcar. Su hipótesis era que el azúcar se acumulaba en la sangre por algún problema en la digestión y de ahí pasaba a los riñones y luego a la orina [6] [7]
Poco a poco, el conocimiento de la enfermedad fue avanzando y, en 1778, Thomas Cawley, al realizar una autopsia a un paciente con diabetes, descubrió un páncreas atrófico y fue el primero en relacionar la enfermedad con este órgano. En 1797, John Rollo, un cirujano de la Real Artillería inglesa, describió el olor a acetona en los pacientes y propuso como tratamiento dietas restrictivas en carbohidratos y libres de grasas y proteínas, que en realidad eran dietas hipocalóricas.
Las investigaciones del médico y fisiólogo francés Claude Bernard suponen otro hito importante en los avances en el conocimiento de la diabetes, ya que descubrió los fundamentos del metabolismo de la glucosa y el papel del hígado en este proceso [8] [9].
A la luz de los descubrimientos de Cawley, Rollo y Bernard, a finales del siglo XIX y principios del XX, hubo una serie de médicos europeos y norteamericanos que para tratar la diabetes usaban dietas hipocalóricas con muy pocas cantidades de hidratos de carbono o incluso su ausencia. Entre ellas destacaban la dieta de Bouchardat, diseñada por el farmacéutico francés Apollinaire Bouchardat, y la dieta Allen, descrita por el médico norteamericano Frederick M. Allen [10] [11]. Ambas dietas estaban basadas en un ayuno muy drástico, la ingesta de pocos carbohidratos y el consumo principalmente de grasas y proteínas.
2. 4. La era preinsulina
Dado que la ciencia avanza gracias a las aportaciones de otros científicos, a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX se produjo un gran avance en los campos de la anatomía, la histología, la fisiología y la química que llevarían al descubrimiento de la insulina.
Una aportación fundamental fue el descubrimiento, en 1869, de los islotes pancreáticos por el joven médico alemán Paul Langerhans mientras realizaba su tesis doctoral. Este patólogo descubrió que en el interior del páncreas exocrino, la parte encargada de la digestión y absorción de grasas y proteínas, había unas estructuras celulares esféricas dispersas. A estas estructuras, en 1893, el histólogo francés Édouard Laguesse les puso el nombre de islotes de Langerhans. Por esa misma época, en 1889, Oskar Minkowski y Josef von Mering comprobaron a través de experimentos que al quitar el páncreas (pancreatectomía) a animales de experimentación se reproducían los síntomas de la diabetes. Se observaba que la glucemia subía en sangre (hiperglucemia) y había una presencia alta de glucosa en la orina (glucosuria). Estos investigadores llegaron incluso a trasplantar, debajo de la piel, trozos de páncreas en perros pancreatectomizados y comprobaron que la hiperglucemia remitía durante algún tiempo. De hecho, Minkowski intentó curar la diabetes inyectando extractos de páncreas. Durante esa década y la siguiente, médicos de diferentes países usaron la aproximación de inyectar extractos de páncreas con la idea de curar la diabetes [12] [13].
Después, muy a principios del siglo XX, sir Edward Albert Sharpey-Schafer descubrió que los islotes pancreáticos secretaban una sustancia que podía regular el metabolismo de la glucosa. El médico belga Jean de Meyer, en 1909, le puso el nombre de insulina a esta sustancia, que viene de la palabra «ínsula» o «isla», haciendo referencia a que se producía en los islotes pancreáticos.
El médico e investigador francés Eugène Gley y el rumano Nicolae Constantin Paulescu realizaron unas aportaciones fundamentales para el descubrimiento de la insulina. El doctor Gley fue capaz de aislar islotes de Langerhans y obtener un extracto de ellos. Al inyectarlo en perros diabéticos, sin páncreas, demostró que los síntomas de la diabetes mejoraban bastante y que disminuía la glucosuria. En 1916, el doctor Paulescu realizó unos experimentos similares llegando a las mismas conclusiones. Paulescu llamó a su extracto «pancreatina» [14] [15].
Llegados a este punto se había demostrado que los islotes pancreáticos producían una sustancia que tenía efectos antidiabéticos. El problema era cómo aislar esa sustancia del resto del páncreas. En 1912, el doctor E. L. Scott, que trabajaba en el laboratorio Carlson en Chicago, casi lo consigue usando un extracto del alcohol para obtener la insulina.
2. 5. El descubrimiento de la insulina
En 1920, el cirujano canadiense Frederick Banting, tras todos los avances explicados hasta ahora, se interesó por la diabetes y comenzó a trabajar en el laboratorio del profesor John Macleod, en la Universidad de Toronto. A Banting le atraía particularmente un trabajo del doctor Moses Barron que establecía una relación entre los islotes de Langerhans y la diabetes. En el verano de 1921, Banting convenció a Macleod para que le asignara un ayudante para su objetivo de aislar la sustancia que producían los islotes pancreáticos y que reducían los niveles de glucosa en sangre. La persona designada fue el joven estudiante de medicina Charles Best. A lo largo de ese verano, ambos investigadores, y en ausencia de Macleod, que estaba de vacaciones en Escocia, fueron capaces de obtener un extracto que denominaron «isletina». Cuando el extracto se inyectaba en perros diabéticos, sin páncreas, era capaz de disminuir rápidamente la glucemia y la glucosuria e incluso de mantener vivos durante meses a los perros con diabetes. Al volver Macleod de sus vacaciones se dio cuenta de la importancia de los descubrimientos y destinó más recursos a estas investigaciones [16] [17].
La isletina tenía varios problemas relativos a su estabilidad, toxicidad y solo funcionaba cuando se administraba por vía intravenosa. Con el fin de mejorar y purificar el extracto, Macleod fichó, en diciembre de 1921, al bioquímico James B. Collip. En el plazo de un mes, Collip fue capaz de obtener un extracto purificado y sin efectos tóxicos a partir de páncreas de buey y cerdo. Esto abría la puerta para los primeros ensayos en humanos.
La primera administración de insulina a una persona se llevó a cabo en enero de 1922, en el hospital de Toronto. Se trataba de un niño de catorce años (Leonard Thompson), severamente enfermo de diabetes. Thompson mejoró de la diabetes y vivió trece años más hasta que murió de neumonía. Otros pacientes que también recibieron este tratamiento innovador fueron Elizabeth H. Gossett, de once años, que vivió hasta los setenta y cuatro, y el médico Joe Gilchrist [18] [19].
Banting, Best y Collip patentaron la isletina y transfirieron todos los derechos de la patente a la Universidad de Toronto por un dólar, con la condición de que el dinero que se recaudara por la explotación de la patente se destinara a la investigación.
Dado que la Universidad de Toronto era incapaz de atender la creciente demanda de insulina, la compañía Eli Lilly ofreció su ayuda a la universidad y comenzó a producir grandes cantidades de insulina, que al poco tiempo comenzaron a comercializar. En Europa, en 1924 se fundaron el laboratorio de insulina Nordisk y la fundación sin ánimo de lucro Nordic Insulin. Un año después se creó el laboratorio Novo Therapeutic. Al poco tiempo, todas estas instituciones y empresas europeas se unieron formando la compañía Novo Nordisk.
En 1923, Banting y Macleod recibieron el Premio Nobel de Fisiología y Medicina. Como el premio no incluyó a Best ni a Collip, esto generó polémica y problemas en el laboratorio de Macleod. Banting repartió parte de su premio con Best y Macleod hizo lo mismo con Collip. Otro aspecto conflictivo que rodeó a este premio es si debería haberse incluido en él al doctor Paulescu, que había aislado la pancreatina y demostrado su efecto sobre la regulación de la glucemia varios años antes [20] [21].
3. EPIDEMIOLOGÍA DE LA DIABETES MELLITUS
La última edición del Atlas de la Diabetes, de la Federación Internacional de Diabetes (IDF, por sus siglas en inglés), indica que la incidencia de la diabetes está creciendo muy rápidamente. Esto es lo mismo que decir que el número de personas con diabetes se encuentra en continuo ascenso. La incidencia mide la velocidad a la que enferma la población y se calcula dividiendo el número de casos nuevos de una enfermedad por el total de personas de la población de estudio en un periodo de tiempo determinado.
En este sentido, la predicción de la IDF para personas entre veinte y setenta y nueve años es que, entre 2021 y 2045, la incidencia mundial de la diabetes subirá un 46 %, lo que significa que el número de pacientes con diabetes se duplicará. Los valores de crecimiento de la incidencia son diferentes según las zonas del mundo, oscilando entre un 13 % en Europa y un 134 % en África [22]. Estas diferencias se deben a que los datos de incidencia recogen los valores de la DM2, que es la más frecuente de todas las formas de diabetes (entre el 80 y el 95 % de los casos), y se ha comprobado que, a medida que en una sociedad mejora el nivel de vida, sube la incidencia de DM2. Como veremos posteriormente, la DM2 es una forma de diabetes en la que el páncreas no produce suficiente insulina y el cuerpo es menos sensible a esta.
Dentro de las proyecciones que hace la IDF para el año 2045, el número total de pacientes con diabetes (entre veinte y setenta y nueve años) en el mundo irá creciendo desde los 537 millones que había en 2021 hasta los 643 millones en 2030 y alcanzará los 783 millones en 2045. Las estimaciones que se hacen señalan que prácticamente todo el incremento en los casos de diabetes tendrá lugar en los países con producto interior bruto (PIB) bajo o medio, ya que en ellos se espera un mayor crecimiento de la población y una subida del nivel de vida. Además, la IDF calculó que en 2021 había otros 541 millones de personas con unos valores de glucosa en ayunas altos. Esto se denomina glucemia basal alterada y forma parte de lo que se conoce como prediabetes. Esta cifra es importante porque, si las personas con prediabetes no se cuidan, en un plazo no superior a diez años pasarán a engrosar las estadísticas de pacientes con diabetes. Otros datos demoledores ofrecidos por la IDF son que en 2021: i) 6,7 millones de personas, entre veinte y setenta y nueve años, murieron por causas relacionadas con la diabetes. Esto supone entre el 8 y 9 % de la mortalidad por todas las causas para ese grupo de edad, situando la diabetes entre las diez principales causas de muerte; ii) 1,2 millones de niños y adolescentes padecían DM1; iii) la hiperglucemia durante el embarazo afectaba a una de cada seis mujeres embarazadas, y iv) el 45 % de los pacientes con DM2 desconocían que padecían la enfermedad. Estas cifras en Europa son del 38 % [23].
La epidemiología para estudiar cómo afecta una enfermedad a una población usa dos herramientas: la incidencia y la prevalencia. Este último concepto analiza la proporción de personas enfermas en una población específica con respecto al número total de individuos, en un momento o periodo de tiempo concreto. Se calcula dividiendo el número de casos de personas con la enfermedad entre el número total de personas de la población.
Según un estudio publicado por la revista The Lancet en junio de 2023, en 2021 había 529 millones de personas en el mundo con diabetes, con una prevalencia global del 6,1 %. Esto significa que una de cada quince personas del planeta padecía diabetes. Los varones tenían una prevalencia ligeramente superior a las mujeres. Las zonas del mundo con mayor prevalencia eran Oceanía (12,3 %) y África y Oriente Próximo (9,3 %). La diabetes fue especialmente evidente entre ancianos (mayores de sesenta y cinco años), ya que las tasas de prevalencia para ese rango de edad fueron del 20 %. En el caso de personas algo mayores (entre setenta y cinco y setenta y nueve años), la prevalencia era del 24 %. Hay que señalar que estas cifras de prevalencia se corresponden fundamentalmente con la DM2 (96 % de todas las diabetes) [24]. Los datos también muestran las grandes diferencias existentes entre las distintas regiones del mundo.
La proyección mundial de personas con diabetes en 2050 será de 1.310 millones, lo que significa una cifra casi tres veces superior. Es decir, se espera que en el 2050 una de cada siete personas padecerá diabetes. Además, para esa fecha, en 204 países, la prevalencia de la diabetes será superior al 10 % [25]. Este incremento estará conducido por un aumento de la DM2, pues su número se espera que sea de 1.270 millones de personas. En el caso de la DM1 se calcula que haya un discreto aumento de la prevalencia, pasando de un 0,2 % de la población total en 2021 a un 0,3 % en 2050 [26].
En los grupos de edad inferiores a veinte años, la prevalencia de la diabetes en 2021 era baja (menos del 1 %) y refleja especialmente los casos de DM1. En 2021 el número de personas, en el mundo, con DM1 era de 8,4 millones, de los cuales 1,5 millones eran menores de veinte años. En el caso de Europa Central y Asia, el número de pacientes era de 2,9 millones (365.000 menores de veinte años). En España, los números se mantenían en torno a 204.000 personas (17.150 menores de veinte años).
Con respecto a los datos de la DM2 en España, la información disponible procede de un gran estudio que se publicó en 2012 y que se denominó el «Estudio di@bet.es». Según este, el 13,8 % de la población española padecía DM2. Esto supone más de cinco millones de personas. Casi la mitad de estos pacientes (el 6 %) desconocían que tenían la enfermedad. A esto hay que sumarle que un 14,8 % de la población española tenía prediabetes. Al igual que pasa en el resto del mundo, la DM2 es más frecuente en hombres que en mujeres y se incrementa de forma significativa con la edad. En el grupo de edad entre setenta y cinco y setenta y nueve años, las cifras de prevalencia de la DM2 eran algo superiores al 30 %, estando unos seis o siete puntos por encima de la media europea [27].
En el estudio de The Lancet ya señalado se hizo una cuantificación del peso de los factores de riesgo atribuibles a la DM2. Se analizaron dieciséis posibles factores de riesgo. El más importante, con mucha diferencia, era tener un índice de masa corporal elevado (IMC). El IMC es una medida que relaciona el peso de una persona con su estatura y se utiliza para saber si una persona tiene sobrepeso u obesidad. A este le seguía, con la mitad de riesgo, una mala alimentación. Muy por debajo de los anteriores estaban los factores medioambientales, el tabaco y el sedentarismo [28].
Al igual que pasa con otras enfermedades, existen unas desigualdades evidentes con respecto a la prevalencia de la diabetes. En 2021, dentro de los países más ricos, la prevalencia de la diabetes era 1,5 veces más alta que en las poblaciones con las rentas más bajas. Esto no solo afectaba a la prevalencia de la enfermedad, sino que también resulta evidente en cuanto a las complicaciones de esta, su mortalidad y la calidad de vida de los pacientes [29].
Como hemos podido ver, las cifras mundiales de diabetes son alarmantes y las expectativas de crecimiento de la enfermedad parecen poco halagüeñas. Esto hace que la diabetes, y particularmente la DM2, sea un problema de salud pública importante. A todo esto hay que sumarle las personas que se encuentran en situación de prediabetes, que o bien desconocen que la padecen, o bien no le prestan la suficiente atención. La cuestión es que la DM2 y sobre todo la prediabetes son prevenibles y también potencialmente reversibles, en especial la prediabetes y en algunos casos la DM2, si se tratan en los estadios iniciales de la enfermedad. Conocer las cifras de la prediabetes y diabetes y diseñar estrategias de salud pública para luchar contra ellas es fundamental. Finalmente, para poder llevar a cabo correctamente este reto hay que conocer muy bien los factores de riesgo y saber cómo afectan a las diferentes poblaciones.
4. El coste económico y social de la diabetes
El impacto económico de la diabetes es enorme y afecta tanto a los países y sus sistemas de salud como a los pacientes y sus familiares.
Cuando se habla de los costes económicos de una enfermedad hay que considerar los directos y los indirectos. Los primeros están ocasionados por el diagnóstico, el tratamiento médico y sus complicaciones. Los costes indirectos son los debidos a la pérdida de la productividad de los pacientes (absentismo laboral, pérdida de productividad y mortalidad prematura).
Según la última edición del Atlas de la Diabetes de la IDF, los costes directos globales de la diabetes en 2021 fueron de casi un billón de dólares y se espera que superen esta cifra para el 2030 [30].
La distribución de los costes directos de la diabetes varía según las diferentes regiones del mundo. En general, el gasto sanitario es mayor en las zonas del mundo con países que tienen una mayor población y un PIB más elevado. El registro más alto en 2021 fue en la zona de Norteamérica y el Caribe, seguidos del Pacífico oeste y Europa. Si hacemos una distribución por países los tres primeros fueron Estados Unidos, China y Brasil, con un gasto sanitario que oscilaba entre los 379.000 y los 43.000 millones de dólares. Dentro de Europa el ránking fue Alemania (cuarto del mundo), Reino Unido (sexto), Francia (séptimo), España (noveno) e Italia (décimo). Los países europeos gastaron entre 41.000 y 15.000 millones de dólares. En España el coste fue de 15.500 millones de dólares.
Si ponemos los datos en forma de gasto por paciente (dólares/paciente), los números para las tres zonas del mundo antes mencionadas fueron 8.209, 1.204 y 3.086, respectivamente. Cuando las cifras se muestran en forma de gasto por paciente, el listado de países no coincide con los del gasto sanitario total atribuible a la diabetes. Los tres primeros países fueron Suiza, Estados Unidos y Noruega, con valores entre 13.000 y 11.000 dólares. Del listado de países con mayor gasto sanitario total de Europa, solo Alemania aparece en la lista de los diez países que tienen un mayor gasto sanitario por paciente, ocupando la novena posición. En el caso de España, el gasto medio anual por paciente en 2021 fue de 2.817 euros [31]. Hay que señalar que la media de Europa en gasto por paciente fue de 2.893 euros por país. Así pues, no existe una relación entre el coste sanitario total de un país atribuible a la diabetes y el que hay por paciente.
Por regla general, un paciente con diabetes tiene un gasto médico 2,6 veces superior al de una persona sin la enfermedad.
En nuestro país, el Sistema Nacional de Salud dedica actualmente a la atención de la diabetes 5.809 millones de euros. Esto supone el 8,2 % del total del presupuesto sanitario. Algo más de la tercera parte de este presupuesto se debe a las complicaciones de la enfermedad. El cálculo que se ha hecho con respecto a los costes indirectos de la diabetes asciende a 2.800 millones de euros. Dado que las complicaciones de la enfermedad aparecen como consecuencia de un control metabólico de esta inadecuado y tardío, es fundamental invertir recursos en conseguir un control estricto de la enfermedad y un diagnóstico precoz de la diabetes. En este sentido, un estudio reciente indica que un control adecuado de la DM2 en los primeros cinco años tras el diagnóstico podría suponer un ahorro de 185 millones de euros durante ese periodo de tiempo. Es decir, una reducción del 8,7 % del gasto total generado por la DM2 [32].
Otro aspecto importante que considerar de la diabetes es el coste social de la enfermedad. Esto se refiere al impacto que una enfermedad tiene en la sociedad más allá del gasto médico. Influye en una serie de factores que se desarrollan con independencia de los pacientes e impactan en la propia comunidad y el bienestar general de una sociedad. Entre estos factores están los siguientes: i) la afectación funcional de las personas, que se puede extender a muchos ámbitos de su vida personal, emocional, familiar y laboral y que incide sobre su calidad de vida; ii) el esfuerzo y tiempo dedicados por los cuidadores de los pacientes y sus familiares, con el consiguiente impacto físico y emocional; iii) los posibles estigmas y discriminaciones, y iv) el posible estrés que una enfermedad crónica puede ejercer sobre los sistemas sanitarios. Como cabe suponer, el coste social de la diabetes resulta difícil de medir. No obstante, hay estudios que lo hacen. En un intento de cuantificar el coste social de la enfermedad, hay investigaciones que estiman que es dos veces más alto y si los pacientes tienen complicaciones derivadas de la enfermedad asciende a cuatro veces más [33].