INTRODUCCIÓN
Bienvenida a mi castillo
La frase que cambió mi realidad para siempre no fue de una complejidad tremenda, ni estaba llena de dobles y triples significados. Es tan sencilla que, al compartirla contigo, me parece demasiado humilde, pero es la mía, es mi principio, y es por aquí por donde necesito empezar. Mi vida cambió el día que entendí que todo se construye así:

Un ladrillo al día.

Me había pasado media vida esperando a que fuera lunes para mejorar mis hábitos, a que llegara septiembre para cambiar de ambiente o a que empezara el nuevo año para abrir un capítulo diferente, y todo ello con la intención de que la nueva etapa fuera radicalmente distinta, claro. Quizá te suene de algo. Si he de ser sincera —ahora que puedo y que el tiempo me ha otorgado bastante perspectiva—, admitiré que, en realidad, no hacía nada para cambiar nada.
Mis intenciones eran buenas, de verdad. ¿No lo son todas, acaso? No me gustaba sacar malas notas, detestaba sentirme como la «oveja negra» de mi familia, siempre enfadada, odiaba no sentirme orgullosa de mí misma en ningún aspecto, hasta me molestaba el hecho de no tener hobbies o aficiones. Es horrible sentir que no tienes identidad alguna. Me sentía como una hoja arrastrada por el río: los días iban pasando y me iban golpeando de un lado a otro, conduciéndome por la vida, pero sin un objetivo y sin ningún tipo de control.
Por aquel entonces, antes de que las cosas cambiaran, yo tendría unos dieciséis o diecisiete años. Y el resumen de mi vida era que estaba permanentemente triste, muy triste. Estaba enfadada con el mundo. Me sentía minúscula. Y con todo ese cóctel de emociones, la única manera que encontraba de expresar mi dolor era mediante la ira.
Desde entonces, he crecido en todos los sentidos. Por eso, ahora puedo mirarme con ojos compasivos y tranquilizadores: he entendido que tenía una herida emocional muy profunda, y que eso era lo que me llevaba a comportarme así. He conseguido un hito, pero si estoy escribiendo estas páginas es para contarte cuál ha sido el camino que me ha traído hasta aquí.
Mis padres no entendían nada, claro está. Vengo de una familia en la que hablar de emociones solo se convirtió en asignatura obligatoria cuando empecé a generar conflictos en casa. Hasta ese momento, solíamos hacer con la «mierda» acumulada lo mismo que muchas otras familias antes y después de nosotros: esconderla bajo la alfombra.
El problema era que conmigo eso no funcionaba. Nunca. Yo removía hasta el último centímetro de la casa con tal de sentirme escuchada. Era reivindicadora, luchadora, guerrillera… Y todo ello a pesar de que mi hermana mayor siempre me decía que era estúpida, que tenía que aprender a «salirme con la mía»; una forma de decir que lo inteligente sería fingir, pretender que cumplía con lo que mis padres esperaban de mí y luego, cuando no mirasen, hacer lo que me diera la gana.
Pero yo no podía hacer eso. Guardaba demasiado rencor, demasiados sentimientos de inferioridad que me impedían comportarme como si todo estuviera bien. Tenía frente a mí un puzle de miles de piezas por resolver, pero no sabía ni por dónde empezar.
Con diecisiete años, mi madre me animó a pisar por primera vez la consulta de un psicólogo. Ella trabajaba en un instituto y el jefe de estudios le había recomendado a este profesional porque hacía algo llamado «mediación familiar». Así que allí fui, un poco en contra de mi voluntad, la verdad sea dicha, con un aspecto que lo decía todo: el pelo muy corto y teñido de rubio pollo, una chaqueta vintage de segunda mano que me había costado cuatro euros en el Rastro de Madrid y mucho mucho desorden emocional.
Mario me abrió la puerta. Mi familia me acompañó, pero, una vez allí, les tocó quedarse fuera, en la sala de espera del centro.
Ya te he dicho que yo cargaba con un puzle imposible de montar. Pues verás, la sensación que tuve al sentarme allí y escuchar a Mario por primera vez fue como lo que sientes cuando le quitas el plástico a la caja del puzle, la abres y le das la vuelta: miles de trocitos de lo que yo era cayeron encima de la mesa que nos separaba; algunos incluso rodaron hasta el suelo y acabaron desperdigándose por toda la sala. Así me sentí.
Mario se puso manos a la obra y, poco a poco, fue dando la vuelta a cada una de aquellas pequeñas y confusas piezas, mostrando su cara. Yo, sin tener ni idea de lo que estaba haciendo, le seguí el juego.
Lo que ahora comprendo de aquella primera sesión fue que estábamos empezando a ordenarlo todo… desde el principio. Así comenzamos a construirme, pieza por pieza. Ladrillo a ladrillo.
Siempre he utilizado la analogía del castillo, la fortaleza, para referirme a las personas. Me parece una manera muy visual y enriquecedora de distribuir las complejidades que forman parte de la vida de alguien, con sus estancias, sus habitaciones, su estructura única, su decoración…

Todas ellas engloban lo que en definitiva somos, un castillo único e inigualable. Irrepetible.

Cuando hablo de tener una buena autoestima, también hago uso de esa analogía. Es un concepto abstracto, difícil de definir, pero estoy segura de que más o menos todas tenemos una idea final parecida al respecto.
Lo primero y más importante, la razón auténtica por la que he querido —necesitado, incluso— escribir este libro, es para adentrarme en el complejo mundo del autoconcepto. Mi deseo es que juntas, tú y yo, podamos descubrir cómo es tu fortaleza, ese castillo que es solo tuyo. Y, sobre todo, quiero que repasemos si realmente es como te gustaría que fuera o si acaso hay cosas que debes empezar a cambiar. Digamos que redecorar es necesario a veces, ¿no te parece?
No te asustes. Nadie tiene una fortaleza perfecta o «terminada» para el resto de su vida. De hecho, este es el primer ladrillo que vamos a colocar hoy:

La autoestima se construye,
se modifica y es cambiable.

La autoestima es el conjunto de percepciones, pensamientos, sentimientos, evaluaciones y conductas que tenemos respecto a nosotras mismas, al lugar que ocupamos frente a los demás y al mundo en general. Si entendemos eso, deberíamos llegar rápido a la comprensión de que, en realidad, la autoestima es algo variable, voluble, modificable… En definitiva: algo que nos construimos.
Y en la medida en que se cimenta cada día, depende también de factores externos a ti: con qué personas te rodeas, cuál es tu entorno habitual, cómo se comporta tu red de apoyo y muchas cosas más.
Así pues, la autoestima comienza a construirse dentro de uno mismo, pero se ve expresada en conductas y decisiones que tomamos frente a los demás. Esto puede suponer, muchas veces, hacer cosas contrarias a las que hacías antes solo por no experimentar sentimientos desagradables.
Si pudieras elegir, ¿construirías tu fortaleza, la casa en la que vas a vivir de por vida y de la que quieres hacer un hogar, en mitad de un barrio peligroso lleno de delincuencia, criminalidad y conflicto? ¿Tal vez pegada a la autopista, escuchando a cada segundo los atascos, los pitos y los coches sin parar?
Estoy segura de que, si pudieras escoger, lo harías en otro tipo de entorno para tu vida. Un prado verde, un pueblito tranquilo cerca de la naturaleza, un lugar acogedor en las montañas o quizá un espacio fresco con una playa cerca… Sí, estoy segura de que en esto estaremos de acuerdo.
Pero ¿sabes qué pasa? Que muchas veces hemos nacido y hemos crecido precisamente en esos barrios donde quedarnos nos está haciendo daño, pero el ser humano es animal de costumbres y, aunque parezca mentira visto desde fuera, lo cierto es que a menudo nos duele salir de un lugar que durante mucho tiempo hemos llamado hogar. Peor todavía, lo más frecuente es que ni siquiera seamos capaces de contemplar la opción de alejarnos, de poner distancia con todo aquello que nos hace daño. Sencillamente, se encuentra tan arraigado dentro de nosotras que sentimos que nos fallamos al dejarlo atrás.
Por eso decimos que la autoestima nace dentro.

La autoestima es la luz de una linterna que se enciende en lo más profundo de tu fortaleza.

Es muy abajo, donde hace demasiado tiempo que no entra un rayo de luz, en las mazmorras, donde se esconden todas las creencias limitantes y arraigadas que te hacen creer que no puedes irte, que debes quedarte, que no tienes nada mejor que ofrecer al mundo, que nadie fuera de allí te va a querer… Todo ello se forja allí abajo y se limita en la superficie.
Sin embargo, la luz de esa linterna encendida en las mazmorras hace que podamos empezar a observar, a comprender, a interpretar. Puede guiarte en tu recorrido por la fortaleza que habita en tu mente y que vamos a recorrer en estas páginas.
Vamos a cambiar las cosas de lugar. Quizá te des cuenta de que allí abajo almacenabas infinidad de cajas llenas de recuerdos desagradables, inseguridades heredadas y miedos que ya no tienen sentido, que no quieres que sigan lastrando (ni definiendo) tu presente.
Entonces será cuando, poco a poco, día a día, te sentarás a ordenar ese castillo, proyectando luz donde antes solo había oscuridad. Así es como tu fortaleza comenzará a transformarse.
Es normal que te dé un poco de miedo empezar este recorrido. No sabes lo que vas a descubrir a lo largo del viaje. Yo tampoco quería hacerlo. De hecho, bajé a mis mazmorras por primera vez con diecisiete años, aterrada por todo lo que me iba a encontrar. Las mías, por ejemplo, estaban llenas de monstruos y seres que se habían hecho muy poderosos con el paso del tiempo.
Tenía miedo a desatar su poder y me limitaba a mirar hacia otro lado, pero cada vez me resultaba más y más complicado ignorarlos. Me gritaban en mitad de la noche, me hacían sentir enfadada con el mundo porque no estaba en paz. Había una guerra en mi interior. Se fueron apoderando de mí, haciéndose más resistentes y distorsionando mi realidad. Me despertaron ansiedad, muchísima, trataba de callarlos constantemente, pero cuanto más los escondía más pequeñita me sentía. Me hicieron pensar que nadie me querría, que no era merecedora de cariño, que por más que hiciera nunca iba a ser suficiente. Me obligaron a tirar la toalla porque me había acostumbrado tantas veces a fallarme que sentía que mi voluntad ya no tenía fuerza.
Esos seres estaban destrozando mi castillo. Habían nacido conmigo, pero nunca me había atrevido a escucharlos, educarlos y, mucho menos, entrenarlos para aprender a convivir con ellos. Se me hizo bola el trabajo de canguro de monstruos, y acabaron cogiéndome el brazo y subiéndose a mi nuca.
Mi castillo a los diecisiete años era sombrío y estaba desordenado. No había armonía en su decoración porque todo era un caos, me limitaba a tener múltiples personalidades dependiendo de con quién me juntara para no sentir nunca rechazo. Mis habitaciones estaban juntas, la cocina era un desastre y el baño estaba atascado.
Quizá no sepas de lo que te hablo ahora mismo. Pero igual que yo bajé a aquellas mazmorras, tú y yo haremos un recorrido profundo por tu castillo para recolocar, reajustar y dar luz. Y al igual que en aquel momento mi psicólogo Mario me acompañó en el proceso, yo quiero darte la mano y hacerlo contigo.

Bajar a aquellas mazmorras dolió, porque me di cuenta de muchas cosas.

A lo largo de los años, y en muchos casos sin darme cuenta, había acumulado heridas emocionales que llevaban tiempo almacenadas, que se habían convertido en cicatrices molestas. Había sufrido decepciones por parte de personas cercanas que había pasado por alto, que se habían puesto por encima de mí y me habían dejado huella. Convivían allí diversas inseguridades y miedos no trabajados que venían de todo un linaje anterior a mí y que me habían inculcado desde pequeña: sentimientos de soledad y de miedo al rechazo de mis iguales, que durante mis primeros años de vida se habían ido alimentando de un temor profundo a no ser querida… Esos eran mis monstruos. Algunos de ellos ni siquiera eran reales. Pero allí estaban.
Tomar consciencia de lo que había allí abajo, por un lado, me produjo mucho dolor, pero por otro, mucha comprensión y entendimiento sobre mí misma. Y gracias a ese gesto, a ese punto de dar luz a la oscuridad, pude comenzar a tomar decisiones más congruentes con el castillo que quería tener y el lugar en el que quería vivir.
Estoy segura de que a medida que vayas leyendo, irás identificando también cuáles son tus mazmorras e incluso qué esconden. Puede que hayas pensado en muchas ocasiones que los monstruos no son importantes y que, si no se les hace caso, terminan callándose. Pero por experiencia propia y profesional, de antemano te garantizo que no funciona así.
Hay que reeducarlos y aprender a convivir con ellos, no tenerles miedo o pretender ignorarlos. Acaban encontrando la manera de escapar, tarde o temprano, pero eres tú quien tiene el poder de amaestrarlos para que dejen de molestarte.
Mis primeros monstruos
Antes de adentrarnos en tu castillo, quiero contarte la historia de alguien muy especial para mí. Es importante que entiendas lo que ha supuesto para mí ponerles cara y nombre a algunos de mis monstruos, porque puede que incluso alguno de ellos te resulte familiar. Con el tiempo y la práctica como psicóloga, he acabado por descubrir que muchos de nuestros monstruos se parecen entre sí más de lo que podríamos llegar a imaginar.
La primera se llama Dolly. Lleva toda la vida conmigo, pero realmente no fue hasta que cumplí once años cuando se hizo más poderosa y la conocí casi a la fuerza.
Siempre he sido nadadora. Soy la hermana pequeña de María (ella me saca casi seis años) y desde pequeñitas hemos practicado natación. Ella destacó muy rápido y de una manera exponencial frente a otros niños y niñas. Con ocho años ya estaba federada en el club de natación, por lo que se podría decir que gran parte de mi infancia me la pasé intentando ser tan buena como ella (spoiler: nunca lo conseguí) y acompañando a mis padres a todas las piscinas de la península para verla competir.
No todo fue eso, no me malinterpretes: mi infancia tuvo otras cosas y vivencias increíbles, pero esta es una parte de mi pasado que se ha quedado a vivir conmigo más tiempo del que hubiera podido pensar a simple vista, y el sentimiento de inferioridad que me provocó en su día fue incrementándose a medida que yo crecía.
Como iba diciendo, conocí a Dolly durante una competición en el campeonato de Madrid cuando tenía once años. La prueba a la que me enfrentaba eran 200 m libres, un total de ocho idas y vueltas en una piscina de 25 m.
Recuerdo que vinieron mis padres y mi tía Amelia a verme aquel día. Yo estaba tan nerviosa que no podía enfocar la vista, y antes de tirarme al agua, eché un último vistazo a las gradas para asegurarme de que seguían allí. Cuando sonó el pitido de salida y me sumergí en el agua, la ansiedad se apoderó de mí. Me fallaba la fuerza de los brazos, de las piernas, por más que sacaba la cabeza a respirar, parecía que no entraba el suficiente oxígeno a mis pulmones. Apenas llegar al tercer largo y tocar la pared, me paré en seco.
Me eché a llorar.
Estaba teniendo un ataque de ansiedad, eso lo sé ahora.
Recuerdo que no fui capaz de levantar la mirada hacia las gradas, porque no quería ver la cara de decepción de mis padres y de mi tía, que habían venido a verme esperando encontrar a otra campeona como mi hermana y en cambio solo me tenían a mí.
En ese instante conocí a Dolly: el miedo a ser siempre peor que mi hermana. A ser siempre comparada con ella y, sabiendo que nunca podría estar a su altura, a no tener el amor de mis padres por culpa de eso.
Pero Dolly no ha sido ni mucho menos mi único descubrimiento.
También quiero presentarte a Anna. Ella también lleva toda la vida conmigo, pero la conocí al cumplir trece años, durante las vacaciones de verano en el apartamento de la costa de Valencia con mis abuelos.
Allí, como cualquier niña de mi edad, tenía un grupito de amigos con los que salía por las tardes y por las noches dando vueltas arriba y abajo a lo largo del paseo marítimo. Lo típico: pasear, bañarse, jugar al fútbol, botellones, probar sustancias… Para mí era completamente nuevo. Nadie me había hablado nunca de todo aquello, así que lo descubrí por cuenta propia. Cómo se fumaba, qué eran los porros, la desinhibición que te producía el alcohol…
Yo lo único que sabía era que aquello estaba mal, pero no tenía ningún lugar seguro al que acudir, nadie a quien contárselo para solventar mis dudas, pues sabía cuál iba a ser la reacción si mencionaba algo de todo aquello en casa: gritos y castigos, e incluso violencia. Así que me limité a hacer lo mismo que los demás: procurar que no me pillaran.
Una de esas noches que estaba con mi amiga Raquel en la playa, también nos juntamos con un grupo de chicos. Entre ellos estaba Alberto, mi crush del momento. En serio, estaba loca por él. Ya te puedes imaginar el panorama: mayor que yo, tenía dieciséis, llevaba un pendiente de chico malo en la oreja, el pelo castaño claro con rizos, ojos verdes y pestañas largas… En mi cabeza, era como el prota perfecto de una peli romántica.
Nos pusimos a jugar y, llegado un punto, decidieron puntuarnos físicamente a mi amiga y a mí del 1 al 10. Empezaron por el cuerpo y luego fueron a la cara, dando diferentes puntuaciones entre ellos, opinando sobre nuestras piernas, cinturas, tetas, labios… Me sentí muy incómoda, pero no sabía cómo frenarlo. Además, dentro de mí quería saber qué nota me daba Alberto.
En aquel momento, lo que podría parecer un juego de niños despertó a Anna. Uno de los chicos dijo claramente la nota que le daba a mi cuerpo: un 8. Según su criterio, me faltaban tetas. Rápidamente otro de ellos, en un tono que todos pudimos escuchar (sí, también Alberto), dijo riéndose que eso era mucha nota. Que era guapa, pero tenía tripa de bebé. No tenía el vientre plano y se me sobresalía como a los bebés desde debajo del ombligo. Para rematar la broma, me preguntó si acaso estaba embarazada.
Recuerdo que aguanté sin llorar, pero hoy en día sigo sin explicarme cómo lo conseguí. Ellos continuaron jugando sin darle importancia, pero a partir de aquel momento y sin darme cuenta, dejé de comer en casa de mi abuela. Empecé a perder peso rápidamente y a sentirme mejor con mi cuerpo: «Por fin Alberto se fijará en mí», pensaba.
Me miraba en el espejo todo el rato, me agarraba mi odiada lorza que sobresalía de la tripa y la estiraba con fuerza hasta que me hacía daño. Me prometía a mí misma que hasta que no me la quitara no iba a comer.
Anna nació del rechazo hacia mi cuerpo que otros me despertaron por pensar que era un objeto de subasta. Y me lo creí. Acepté la nota que me daban y en mi cabeza se implantó la idea de que cuanto más delgada estuviera, más nota obtendría y más deseada sería. No era lo suficientemente buena y debía esforzarme para tener un cuerpo mejor.
Aquellos dos monstruos condicionaron gran parte de mi adolescencia y no fue hasta llegada mi etapa adulta cuando aprendí a entenderlos y a integrarlos como parte de mi historia, que había marcado el comienzo, pero era mi responsabilidad que no siguieran apoderándose de mi castillo.
Claro que muchas veces Dolly y Anna condicionaron mi vida: la primera relación de pareja que tuve fue muy tóxica, llena de conductas desadaptativas en torno al amor romántico, celos e infidelidades. También condicionaron mis amistades, porque no comprendía que los vínculos tenían que estar basados en el respeto, en la sinceridad y en el apoyo, por lo que en mi grupo de amigas soportaba que se rieran unas de las otras con tal de no sentirme sola en los recreos. Una de ellas incluso se acostó con mi pareja de aquel momento. También condicionó mi manera de ser frente a los demás, siempre empeñada en gustar a los chicos y en ser disruptiva allá donde fuera. Estaba enfadada con el mundo y mi castillo por dentro se desmoronaba, pero tenía que seguir aparentando ser la chica mala o la gente se daría cuenta de mi vulnerabilidad y de mi dolor. Y yo no podía consentir eso.
Y en mi casa… buscaba el conflicto porque era una manera de boicotearlo todo a mi alrededor y darles a mis padres un motivo de peso para que reconfirmaran lo que yo pensaba sobre mí: «Nunca será tan buena como su hermana María». Así que, desde la ira y el sentimiento de inferioridad, me empeñaba en que tuvieran razón.
Como iba diciendo, las cosas han cambiado mucho desde aquel momento. Bajé por primera vez a aquellas mazmorras junto a Mario, que sostenía una linterna encendida, y comenzamos a ordenar. Me acerqué a Dolly y a Anna, poco a poco, con curiosidad y con miedo, pero al cabo de un tiempo me di cuenta de que realmente eran inofensivas. Se habían hecho fuertes a medida que pasaba el tiempo, pero en su interior escondían el dolor de una niña que sentía que no era suficiente.
Todas ocultamos en nuestro interior monstruos que nacieron desde la grieta producida del trauma de venir al mundo. Algunos son de nacimiento, porque son heredados. Otros van apareciendo a medida que nos abrimos y descubrimos qué es la vida. Normalmente es una mezcla: llegamos con los monstruos, pero su crecimiento se dispara exponencialmente a raíz de un suceso que confirma su existencia y los mantiene con vida. Se alimentan de los miedos y las inseguridades que aparecen después y van, poco a poco, adueñándose del castillo.
Seguro que si te paras a pensar ahora reconoces en ti a algunos de ellos.
¿CÓMO SE LLAMAN TUS MONSTRUOS?
Te animo a que hagas este mismo ejercicio: identifica a tu propio monstruo.
Identifica qué partes de tu historia han marcado un patrón de comportamiento. Puede que no las recuerdes todas, pero estoy segura de que, si piensas bien, eres capaz de identificar algunos momentos anclados en una parte de tu cerebro olvidada; probablemente en el cajón de cosas que nadie quiere abrir porque huele mal.
Quizá fue la primera vez que suspendiste un examen y en casa te castigaron. A partir de ese momento el monstruo del miedo al fracaso comenzó a apoderarse de ti y la posibilidad de traer una mala nota te generaba una ansiedad disparada por los exámenes y una presión insostenible.
O quizá fue porque un profesor de baile te llamó gorda. O porque una profesora de matemáticas te dijo que eras tonta y jamás llegarías a nada. Puede incluso que fueran tus amigos o amigas, haciéndote el vacío y castigándote con el silencio, los que hicieran que el monstruo se despertara.
O el divorcio de tus padres por una infidelidad, cuando te hicieron decidir en qué bando estabas, desestructuró tu idea de familia y te hizo sentir sola y enfrentada a tus figuras de apego.
Como ves, todas tenemos monstruos. Te propongo que los identifiques y les pongas nombres, que imagines su aspecto incluso, para que ahora en tu edad adulta veas cuándo se expresan. En tus relaciones afectivas, en tu vida laboral por miedo a fallar a tu jefe, en tu economía, en la necesidad de aprobación y reconocimiento externo…
• ¿Cómo se llaman tus monstruos?
• ¿Qué forma tienen? (Tamaño, color, dientes puntiagudos y piel de dragón dura…)
• ¿Cuándo salen de las mazmorras y se apoderan de tu castillo?
• ¿Habláis el mismo idioma? ¿Os entendéis?
• ¿Cómo sueles actuar cuando aparecen?
Te animo a responder a estas preguntas a medida que vas avanzando.
Comienza el viaje
Sin que apenas te lo plantearas, ya nos hemos adentrado en tu fortaleza y dado los primeros pasos de este recorrido. Poco a poco iremos subiendo escaleras y recorriendo todas las áreas que la conforman.
He querido comenzar presentándote un poco mi castillo, mostrándote mis propias mazmorras para que no te asustes. Es normal que haya cosas feas: las mazmorras suelen estar desordenadas al comienzo.
Como comprenderás, nadie nace sabiendo cómo vivir y muchas veces las condiciones externas tampoco favorecen que nos desarrollemos como seres humanos adaptativos. Pero no te preocupes, en este viaje por el interior de tu fortaleza, comprenderás por dónde empezar y cómo recuperar la armonía de ese hogar que es tu mente.
El libro se desarrolla a lo largo de nueve capítulos en los que encontrarás teoría, técnicas de mejora y de afrontamiento y los materiales necesarios para que construyas y decores tu propia fortaleza, pero con las mejores guías de actuación para que no te pierdas. Comenzaremos, como ya has visto, por la parte más baja y oscura para así ir subiendo y recorriendo los entresijos de esta construcción: tu personalidad, los mejores hábitos para una vida plena, el amor, la sexualidad, el estrés crónico de bajo grado como una de las peores enfermedades, la familia y las herencias emocionales, los vínculos afectivos y la soledad, y, por último, la muerte.
Te darás cuenta de que al final de algunos de los capítulos comparto un espacio de invitación práctica con otras compañeras de profesión que han recorrido conmigo parte de esta fortaleza, ayudándome a levantarla con sus ladrillos y herramientas. Ellas forman parte del equipo de Psicorendimiento, mi proyecto personal, que tiene como objetivo compartir nuestra pasión por la psicología con el mundo.
Comenzó a formarse hace unos años en mi cuenta de Instagram (@luciawesom) y un pódcast con un pequeño micrófono de solapa que me fue abriendo un camino en este complejo campo mientras continuaba formándome como psicóloga sanitaria. Hoy en día, ya no estoy sola. Psicorendimiento no soy solo yo, somos los cientos de personas que han pasado por aquí en la búsqueda de una mejor versión y un espacio de entendimiento y apoyo.
Laura, Beatriz, Lourdes, Irene, Andreea y Lidia son mi equipo. Además, mi amiga y compañera Sara también ha sido una pieza clave en la construcción de este libro. Con ellas el viaje se ha convertido en una aventura.
Ahora sí, que comience la tuya.
