siempre_tuyo-3

1

Briana

Lo llaman «doctor Muerte».

Jocelyn me miraba con gesto dramático desde el otro lado del mostrador del control de enfermería, donde yo estaba sentada frente al ordenador de las historias clínicas, registrando a mis pacientes.

La miré por encima de la pantalla y puse los ojos en blanco.

—Dale un respiro —dije sin dejar de teclear—. Lleva aquí once horas. Es su primer día.

—Pues justo por eso —susurró—. Tiene una tasa de mortalidad del cien por cien.

Resoplé, pero no volví a levantar la mirada.

—No puedes llamarlo así. Solo nos faltaba que los pacientes oigan a las enfermeras cuchichear sobre un tal doctor Muerte.

—¿Podemos llamarlo doctor Eme?

—No.

—¿Por qué?

—Porque doctor Eme suena a un supervillano.

Jocelyn resopló.

—Vale, pero ahora en serio. Alguien debería investigar el tema. ¿Seis pacientes muertos?

Miré la hora en mi reloj.

—Trabajamos en Urgencias, Jocelyn. Tampoco es tan raro.

—¿No se supone que eres la jefa del servicio? ¿No es tu trabajo investigar cosas como esta?

Acabé de teclear y la miré.

—El doctor Gibson todavía no se ha jubilado y la junta no ha elegido aún a su sustituto, así que no, no es mi trabajo.

—Pero lo será, porque vas a conseguirlo. ¿No crees que deberías empezar a actuar como jefa y ponerle fin a esta carnicería? —insistió al tiempo que se echaba hacia atrás y cruzaba los brazos por delante del pecho.

Sentía las miradas de un montón de enfermeras más, observándome con disimulo desde todos los rincones de la planta. Habían enviado a Jocelyn en calidad de embajadora. Cuando a las enfermeras les daba por algo, era imposible hacerlas cambiar de opinión. Pobrecillo. No iba a gustarle trabajar aquí.

Solté un largo suspiro.

—El primer paciente era un anciano de noventa y seis años con problemas de corazón. El segundo tenía ochenta y nueve, acababa de sufrir un ictus y tenía orden de no reanimar. También había un herido en un accidente de coche; le eché un vistazo a las radiografías y solo Dios podría haberlo salvado. El cuarto paciente tenía una herida de bala en la cabeza, que no necesito recordarte que es mortal en un noventa por ciento de los casos. A su llegada, estaba en coma, sin señal de actividad cerebral. El quinto era un enfermo terminal de cáncer y el sexto tenía tal infección que prácticamente estaba muerto cuando llegó. —La miré a los ojos—. Él no tiene la culpa —insistí—. A veces ocurre.

Ella apretó los labios.

—A veces. Pero no el primer día —replicó.

Tuve que darle la razón. La probabilidad era un poco baja. Pero…

—Mira…, envíame a todos los pacientes nuevos, ¿vale? —dije con tono cansado—. Solo le queda una hora. Y nada de llamarlo doctor Muerte. Por favor.

Jocelyn me miró.

—Es un borde, que lo sepas.

—¿Qué ha hecho? —le pregunté.

—Le dijo a Hector que guardara el móvil en la taquilla. Tú no nos obligas a hacer eso.

—¿No está Hector viviendo una ruptura épica con Jose? Seguro que está mirando el móvil cada cinco segundos. Es probable que yo también le hubiera dicho que lo guardara.

La puerta de la habitación ocho se abrió y salió un hombre blanco pelirrojo con pijama negro. Estaba de espaldas a mí, así que no pude verle la cara. Lo vi quitarse los guantes y arrojarlos a una papelera de residuos peligrosos. Se pellizcó el puente de la nariz, respiró hondo y echó a andar, arrastrando los pies y con la cabeza gacha, hacia los vestuarios.

Hector salió de la habitación detrás de él y nos miró. Levantó siete dedos mientras aspiraba el aire por la boca con cara de circunstancias.

Jocelyn me miró con cara de «te lo he dicho», y yo meneé la cabeza.

—Nada de doctor Muerte. Y vete ya. Haz algo productivo.

Ella hizo un mohín, pero acabó yéndose.

Me llegó un mensaje al móvil y lo saqué.

Alexis

Quiero ir a verte el 19.

Tecleé mi respuesta:

Yo

Estoy perfectamente.

No era verdad. Pero no iba a permitir que mi mejor amiga, que además estaba embarazada, abandonara la felicidad de sus primeros días de casada para venir a hacerme compañía en la tétrica casa embrujada en la que se había convertido mi vida. La quería demasiado como para condenarla a ello.

Me llamó antes de que hubiera soltado siquiera el móvil.

Me levanté, entré en una habitación vacía y acepté la llamada.

—Te he dicho que estoy bien —dije.

—No. Voy a ir a verte. ¿A qué hora sales?

—Alexis… —gemí—. Lo único que quiero es fingir que es un día como cualquier otro.

—No es como cualquier otro día. Es el día en que se hace oficial tu divorcio. Es importante.

—No voy a hacer ninguna tontería. No voy a llamarlo borracha. No voy a pillarme una cogorza y acabar vomitándome en el pelo.

—Me preocupa más que le lances unos cuantos cócteles molotov a las ventanas.

Resoplé.

—Supongo que es una preocupación legítima —murmuré.

En lo referente a Nick, no tenía precisamente un historial de calma y racionalidad. Me gustaría decir que reaccioné con serenidad y clase cuando descubrí que me había estado poniendo los cuernos, que fui la personificación de la dignidad mientras me enfrentaba a una traición y a un dolor inimaginables. Pero, en realidad, se me fue la puta cabeza. Tiré la alianza por el retrete y le regué las plantas con lejía. Después llamé a su madre para hacerle saber la clase de hombre que había criado…, y eso fue solo el comienzo. Me sorprendí a mí misma con los niveles de rencor a los que estaba dispuesta a llegar. El broche final de mis vengativas maquinaciones fue tan vergonzoso que le había prohi­bido a Alexis mencionarlo jamás.

—A menos que tengas una cita, iré a verte —dijo.

—Ja. Sí, claro. —Me senté en una camilla y apoyé la frente en la mano libre.

Desde que me separé de Nick, había sufrido algunas de las peores citas de la historia de las apps para ligar. La cantidad de basura que encontré en Tinder durante ese último año era tan desoladora que en comparación Nick parecía un príncipe azul.

—¿Todavía no ha habido suerte? —me preguntó Alexis.

—El mes pasado salí con un tío que llevaba un alcoholímetro instalado en el coche por orden judicial porque lo pillaron conduciendo borracho. Me pidió que soplara en el chisme para que el coche pudiera arrancar. Con otro quedé para tomar un café y se presentó con una esvástica tatuada en el cuello. La mujer del último con el que quedé, que yo ni sabía que existía, se presentó en el Benihana y le preguntó si eso era lo que estaba haciendo con el dinero que decía que necesitaba para el material escolar de los niños. Me había dicho que no tenía hijos.

Alexis debió de quedarse blanca.

—Qué asco.

—No sabes la suerte que tienes por haber encontrado a Daniel. En serio. Hazles un sacrificio a los dioses del amor para agradecérselo. —Comprobé la hora en el reloj—. Tengo que irme, estoy de turno. Te llamo cuando salga.

—Vale. Pero llámame de verdad —dijo.

—Te llamaré, de verdad.

Colgamos. Me quedé un momento mirando la pared. Había una gráfica de la escala del dolor con caritas de distintos colores sobre cada nivel. Una verde sonriente sobre el cero. Una roja llorando sobre el diez.

Clavé los ojos en el diez.

Había conseguido no pensar mucho en el día 19. La esperanza era que si no me centraba en la fecha, tal vez tuviese suerte y cayera en la cuenta del día en cuestión cuando ya hubiera pasado. Las cosas no iban a cambiar mucho una vez que pusiéramos fin al proceso de divorcio. Nick y yo llevábamos un año separados. Lo del 19 solo era la forma de hacerlo oficial.

Aunque de todos modos…

Tal vez Alexis tenía razón y no debería ir sola. Por si acaso el momento se acercaba sigilosamente y me daba un puñetazo en una teta.

La última hora de trabajo fue tranquila. Atendí al único paciente que vino y nadie más murió. Sin embargo, para ser justos, se trataba de nuestro paciente habitual, el tío del nunchaku, con otra conmoción cerebral, así que la suerte parecía sonreírme.

Me disponía a fichar cuando volvió Jocelyn.

—Oye, Gibson quiere hablar contigo antes de que te vayas. —Le brillaban los ojos—. ¡Ha llegado el momento! —exclamó—. Va a darte el puesto.

Gibson era el jefe del servicio de urgencias del hospital Royaume Northwestern. Se jubilaba ese mes, aunque técnicamente lo había hecho hacía casi un año. Alexis se quedó con su puesto y él se fue. Pero, un mes más tarde, ella renunció para mudarse al pueblecito de su marido, en medio de la nada, y abrir su propia clínica, así que Gibson regresó.

—La junta todavía no ha votado, así que lo dudo —repliqué—. Pero gracias por la confianza.

Sin embargo, lo razoné un momento y pensé que a lo mejor sí que iban a darme el puesto. Ninguna persona salvo yo se había ofrecido a ocuparlo. No se había presentado nadie más. ¿Para qué necesitaban votar? ¿De qué otra cosa iba a querer hablarme Gibson si no era de eso?

Enfilé el pasillo hacia el despacho de mi jefe, un poco emocionada. Aceptar el ascenso supondría una tonelada de trabajo. Seis días a la semana, ochenta horas o más. Pero estaba preparada. Mi vida era el hospital Royaume Northwestern. Ya puestos, que me exprimieran al máximo.

Le di unos golpecitos al marco de la puerta.

—Hola. ¿Querías verme?

Gibson levantó la mirada y me sonrió con calidez.

—Pasa.

Estaba sentado a su mesa, con el pelo canoso muy repeinado. Me recordaba a un abuelito cariñoso. Me caía bien. A todo el mundo le caía bien. Llevaba toda la vida en el puesto.

—Cierra la puerta —dijo mientras firmaba un documento que acababa de leer. Me senté en la silla frente a él. Gibson apartó todo el papeleo con el que había estado lidiando y me sonrió de oreja a oreja—. ¿Cómo estás, Briana?

—Bien —contesté con alegría.

—¿Y tu hermano, Benny?

Asentí.

—Tan bien como se puede esperar.

—Bueno, me alegro de oírlo. Qué mala suerte tuvo. Pero cuenta con un equipo médico estupendo.

Asentí de nuevo.

—El Royaume Northwestern es el mejor hospital. Hablando de eso, estoy deseando empezar…, aunque eso no significa que quiera que te marches —añadí. Se rio entre dientes—. ¿Va a haber una votación? —pregunté—. No se presenta nadie más.

Entrelazó los dedos sobre el abdomen.

—Bueno, de eso quería hablarte. Quería decírtelo en persona. He decidido retrasar mi jubilación unos meses más.

—¡Ah! —Intenté disimular la decepción—. Vale. Tenía entendido que Jodi y tú os mudabais a una villa en Costa Rica.

Se rio de buena gana.

—Pues sí, pero la jungla puede esperar. Me gustaría que todos tuvierais tiempo para conocer al doctor Maddox antes de proponer una votación. Me parece justo.

Parpadeé.

—Lo siento. ¿A quién?

Señaló con la cabeza en dirección a Urgencias.

—Al doctor Jacob Maddox. Ha empezado hoy. Ha sido jefe de Urgencias en el Memorial West durante estos últimos años. Un tío estupendo. Muy preparado.

Me quedé muda durante diez segundos.

—¿Vas a retrasar la votación? ¿Por él?

—Para que el equipo lo conozca.

—Para darle ventaja —repliqué con contundencia.

Mi reacción pareció sorprenderlo.

—No, para ser justo. Ambos sabemos que estas circunstancias tienden a favorecer al más popular, y se merece una oportunidad.

Lo miré sin dar crédito.

—No me lo puedo creer. Vas a retrasar la votación para que tenga más posibilidades de ocupar el puesto. Llevo diez años aquí.

Me miró muy serio.

—Briana, tengo que pensar en lo mejor para el servicio. Siempre es preferible contar con distintos candidatos. Conseguir el puesto porque eres la única opción disponible no tiene mérito alguno.

—No sería por eso. Claro que tengo méritos. Tengo diez años de méritos.

Me miró con expresión paciente.

—Recuerda que Alexis tuvo competencia. La competencia es sana. Si eres la indicada para el puesto, será tuyo dentro de tres meses.

Me quedé allí sentada, intentando respirar pausadamente por la nariz. Tuve que echar mano de toda mi fuerza de voluntad para no soltar: «¡Lo llaman doctor Muerte!».

—Solo son tres meses —siguió Gibson—. Luego votaremos, y yo me iré a alguna playa a beber cócteles servidos en un coco y espero que tú también acabes donde quieres estar. Disfruta de la calma antes de la tormenta, tómatelo con tranquilidad. Aprovecha para pasar más tiempo con Benny.

Solté el aire despacio para tranquilizarme.

Seguro que Gibson tenía alguna relación con el tal doctor Muerte. Debían de ser amigos. Probablemente jugaban al golf o algo así. El tufo a nepotismo era importante. Pero ¿qué alternativa tenía? Si Gibson había decidido no jubilarse todavía, yo no podía hacer nada.

—Gracias por avisarme —repliqué con sequedad.

Me puse en pie y salí. Nada más subir al coche, llamé a Alexis.

—Odio al nuevo —le dije en cuanto contestó.

—Hola a ti también.

—Lo llaman «doctor Muerte». Se ha cargado a siete pacientes hoy. ¡A siete! En su primer día.

—Bueno, son cosas que pasan. —Parecía distraída.

—Y no te lo pierdas: Gibson va a retrasar su jubilación para darle la oportunidad de conseguir el puesto de jefe. Los putos tíos apoyándose entre sí, está claro.

—Ajá —murmuró ella.

Guardé silencio durante un segundo. Luego exclamé espantada:

—¡Ay, Dios! ¿Os estáis enrollando? ¡Que estoy al teléfono! —Daniel y ella siempre estaban uno encima del otro. Prácticamente solo se separaban para comer. Me froté una sien—. ¿Puedes echarle un poco de agua fría y hablar conmigo? Estoy en mitad de una crisis.

—Lo siento, espera. —Susurró algo que no alcancé a oír y soltó una risilla. Y luego él lanzó otra en respuesta.

Puse los ojos en blanco y esperé. Ese año entero iba a darme la excusa para convertirme en una villana, lo tenía clarísimo.

Oí que al otro lado de la línea se cerraba una puerta y al instante Alexis dijo:

—Vale. Aquí me tienes. Cuéntamelo todo.

—Pues que el nuevo es un pez gordo que viene del Memorial West. Creo que allí era el jefe, así que Gibson quiere retrasar la votación para que todos puedan conocerlo mejor. El tío es un capullo, las enfermeras lo odian…

—Bueno, si las enfermeras lo odian, no tienes por qué preocuparte.

—¡Es que eso es lo de menos! ¿Crees que Gibson haría esto si el nuevo fuera una mujer?

La oí pulsar los botones de un microondas.

—Pues…, sí. Creo que sí. Gibson es bastante justo. No me lo imagino convirtiendo esto en una cuestión sexista.

—Se supone que estás de mi parte.

—Y lo estoy. A ver, es imposible que no lo consigas. Te ha hecho un favor. Acaba de regalarte un verano sin estar metida en Urgencias ochenta horas a la semana. Benny te necesita. Es mejor que estés disponible estos meses mientras se adapta.

Guardé silencio. Tal y como iban las cosas con mi hermano, tenía las mismas posibilidades de verlo en Urgencias que en casa. Me tragué el nudo que siempre se me hacía en la garganta cuando pensaba en él.

—A ver, ¿cómo es el nuevo? —me preguntó Alexis, cambiando de tema a propósito.

—No tengo ni idea —murmuré—. Es como un espectro que se oculta en las sombras. Cuando estoy a punto de entrar en una habitación donde está él, sale por la otra puerta. Le he visto la nuca un par de veces, pero nada más.

—¿No te presentaste cuando llegó?

—A ver, iba a hacerlo. Pero llegaron varios casos de golpe en cuanto entré. Y cuando la cosa se calmó, no lo encontré. Creo que se esconde en el armario de la limpieza y solo sale para declarar la muerte de algún paciente.

—Mira —dijo ella, retomando el tema—. Todo el mundo te quiere. Vas a conseguirlo, no importa quién se presente contra ti. Y al tío nuevo le doy un mes. Las enfermeras se lo comerán vivo. Al final del verano serás la primera jefa salvadoreña en la historia del Royaume, te lo prometo.[1]

Alexis era trilingüe. Inglés, español y lengua de signos estadounidense. Era inteligente, filántropa de renombre mundial procedente de una familia prestigiosa y, además, optimista.

La oí abrir la puerta del microondas.

—Oye, cuando vaya, te llevaré unos scones —dijo.

Y ahora, encima, le había dado por la repostería. Tuve que sonreír pese al mal humor. Que Alexis hiciera scones era comparable a que yo fuese al bosque a por leña: como ver a una rana criar pelo. Había cambiado muchísimo al conocer a Daniel, y para mejor.

Coloqué el codo en la ventanilla y apoyé la cabeza en la mano. Sentí que me calmaba poco a poco. Mi mejor amiga siempre me tranquilizaba. A veces odiaba que pudiera hacerlo. Había momentos en los que solo quería cabrearme y dejar que la rabia me impulsara hacia delante. Agradecía mucho mi capacidad de mantenerme furiosa, sobre todo durante el último año. La ira es un combustible poderoso. Muy motivador en ocasiones. Fortificante.

El único problema de la ira es que prende rápido y con fuerza. Y se consume en nada.

La tristeza tarda más en consumirse. Igual que la pena. Y que la decepción.

Comprendí que eso era lo que temía que pasara el día 19. Mi divorcio sería definitivo, mi rabia se extinguiría y me quedaría solo con lo que quedaba de mí.

Que no era mucho.

2

Jacob

Me detuve en el aparcamiento y me quedé allí sentado, mirando por el parabrisas, sin tener claro si debía irme o no.

Amy y Jeremiah querían hablar conmigo.

En realidad, llegados a aquel punto, solo había un motivo para que quisieran hacerlo. Sabía cuál era. Llevaba meses esperándolo. Experimenté un alivio morboso al saber que por fin íbamos a acabar con aquello. Miré con desánimo el letrero del edificio.

ASADOR BAD AXE.

Ese era el sitio que habían escogido para hacerlo: un puñetero restaurante con una zona para lanzar hachas. ¿Allí iban a soltar la bomba? El lugar de la reunión era casi tan horrible como la noticia que estaba a punto de recibir.

Habría mucho ruido. Habría borrachos. Despedidas de soltera y grupos celebrando algún cumpleaños a gritos para hacerse oír por encima de la música. Era el típico lugar que parecía lleno a rebosar, como si hubiera personas sentadas unas encima de otras. La gente se tropezaba entre sí, los baños estaban sucios y abarrotados, y las mesas, pegajosas. Era como la versión adulta de un Chuck E. Cheese —esas pizzerías donde los niños celebraban el cumpleaños—, pero con alcohol y universitarios insoportables.

Sentí que el corazón empezaba a latirme con fuerza ante la idea de entrar.

Jamás pisaba un bar a menos que me arrastraran. Jeremiah debería saberlo. Era mi hermano, sabía que no me gustaban esos sitios, que me sobreestimulaban y me agobiaban. Pero suponía que se había dejado llevar por Amy…, y aquel lugar le pegaba. Mucho. Cuando me llevaba a un sitio de ese estilo, se quedaba pasmada si quería irme lo antes posible y decía algo como «¡Pero si es famoso por las alitas! Te encantan las alitas, ¡por eso te he traído!». Como si una buena salsa búfalo compensara todo lo demás.

No me extrañaba que me hubiera dejado.

Era aburrido, reservado e imposible de entender. Incluso después de dos años y medio juntos.

Me removí en el asiento. Debería irme. Decirles que hablaría con ellos más tarde. Estaba tan agotado que apenas podía pensar con claridad. Ese día había empezado un nuevo trabajo. Había perdido a todos los pacientes a los que había atendido.

Me froté las sienes. Me sentía como el ángel de la muerte. En mi trabajo es inevitable que muera gente. Es imposible salvar a todo el mundo, y es de ingenuos pensar que se tiene algún control sobre lo que llega por esas puertas correderas. Pero ¿durante el primer día?

Las enfermeras me odiaban. Había percibido durante todo el turno el odio que irradiaban. Ninguno de los otros adjuntos se había acercado a saludarme.

Me había costado tomar decisiones durante las últimas doce horas. Dejar el Memorial West para trabajar en un nuevo hospital, renunciar a mi puesto de jefe, empezar de cero. En teoría parecía una buena idea, pero era posible que hubiera sobrestimado mi capacidad de adaptación. Me sentía sin rumbo, como si me zarandeara en un mar agitado y los capitanes de los barcos que pasaban a mi lado se burlaran de mí en vez de lanzarme un salvavidas.

Entrar en ese restaurante infernal acabaría con la poca energía que quedaba en mi ya agotada alma.

Tal vez podría aplazar el encuentro hasta el día siguiente. Pero si me iba, Amy y Jeremiah creerían que estaba dolido. Que no lo había superado. Que era incapaz de manejarlo. Aunque les explicara que lo que me afectaba era el sitio y no las noticias, no me creerían. Había salido con Amy durante años y no había logrado que entendiera mi ansiedad, ¿por qué iba a hacerlo en ese momento?

Ojalá hubiera un piloto automático que pudiera activar como acostumbraba a hacer en el trabajo. Una memoria muscular que me guiara en cada movimiento. Pero no, tendría que hacerlo todo yo solo. Tendría que estar presente. Ser plenamente consciente.

Solté un largo suspiro, apagué el motor de la camioneta y me bajé para recorrer con renuencia la distancia hasta el restaurante. La jefa de sala, una chica con un aro en la nariz, me llevó hasta una mesa del fondo, donde mi exnovia y mi hermano pequeño estaban sentados juntos.

Antes de verme se estaban riendo, inclinados el uno hacia el otro; pero en cuanto me vieron, se separaron de un salto.

Se me revolvió el estómago al verlos juntos.

Ya no eran bienvenidos a la cena familiar mensual en casa de mis padres, así que no me había visto obligado a presenciarlo con mis propios ojos hasta ese momento. Podría vomitar.

Me senté e intenté parecer relajado.

—Hola. Siento llegar tarde.

Amy se mordió el labio como acostumbraba a hacer cuando se ponía nerviosa.

—No pasa nada. Pensábamos que te habías entretenido para tomarte algo con tus nuevos compañeros de trabajo. Ya sabes, como celebración por el primer día y tal.

Resoplé para mis adentros.

—Gracias por venir —añadió ella.

Asentí.

Pum.

Pum.

Pum, pum, pum.

Hachas golpeando paredes.

Ya sentía la visión de túnel que precedía a un ataque de ansiedad y me pregunté cuánto tiempo me quedaba hasta verme obligado a ponerme en pie e irme, fuera apropiado o no.

Ellos siguieron sentados, mirándome como si no supieran cómo empezar.

Miré el reloj.

—Mañana empiezo muy temprano… —mentí.

Amy asintió con la cabeza en silencio.

—Vale. Lo siento. —Se colocó un mechón de pelo detrás de una oreja—. En fin, es que no sé cómo decirte esto…

—Os vais a casar —la interrumpí.

Vi la confirmación en su gesto de disculpa antes de que dijera una sola palabra.

Al final asintió.

—Nos vamos a casar.

Pum. Pum, pum, pum.

Risas, gritos, el tintineo de los cubiertos al golpear los platos. A alguien se le cayó un vaso, se hizo añicos y todos aplaudieron. Lo que sucedía a mi alrededor pareció cernirse sobre mí, pero conseguí sonreír de una forma que me pareció auténtica.

—Enhorabuena —dije—. ¿Habéis fijado una fecha?

Amy miró a Jeremiah y él le sonrió.

—Estamos pensando en julio —contestó.

Asentí.

—Bien. Es un buen mes. En fin, estoy deseando veros en el altar. —Me sorprendió parecer tan estoico.

Amy se lamió los labios.

—Todavía no…, no se lo hemos dicho a nadie. Hemos pensado que deberías ser el primero en saberlo.

—Gracias —repliqué—. Pero no era necesario. Estoy seguro de que todos se alegrarán muchísimo. —Volví a mirar el reloj—. Hay demasiado ruido aquí para mí. Creo que voy a irme. Enhorabuena. Y avisadme si puedo ayudar en algo.

Me miraron agradecidos. No sé qué esperaban. Tal vez creían que, pese a la elegancia con la que había manejado el asunto hasta el momento, aquello podría ser la gota que colmara el vaso. Sin embargo, estaba decidido a mantener la compostura. Mostrarme difícil e indignarme no cambiaría las cosas. Y ellos no querían hacerme daño.

Aunque me lo estuvieran haciendo.

Me puse en pie y me esforcé por salir del restaurante a una velocidad normal. Los golpes me perseguían, y cada uno de ellos era como un disparo en los talones.

Sentí que había logrado superar el inminente ataque de ansiedad cuando salí al aire fresco de abril, me incliné sobre las rodillas y empecé a jadear allí en la acera.

Así que por fin estaba sucediendo. La mujer que amaba había pasado página. Se casaba con otro.

Y ese otro era mi hermano.

Al día siguiente estaba en el hospital, entre paciente y paciente, cuando me llamaron al móvil. Era mi hermana mayor, Jewel. Miré la llamada entrante con una resignada sensación de horror.

Tendría que lidiar con la onda expansiva de la noticia por capas. Mis sentimientos al respecto, y luego los de los demás, caerían sobre mí como agua helada una y otra vez hasta empaparme.

Me metí en el almacén de suministros y acepté la llamada.

—Jewel.

—¡Es increíble! —exclamó—. No voy a ir, que lo sepas. Que se jodan.

—¡Que se jodan! —repitió de fondo Gwen, su mujer.

Me froté la frente con cansancio.

—Gwen, no pasa nada.

—Jacob, claro que pasa, es normal estar molesto. —La voz de mi madre.

—Yo tampoco voy —gritó una cuarta persona. Mi otra hermana, también mayor que yo, Jill.

—¡Ni yo! —Jane, la más pequeña.

Amy y Jeremiah debían de habérselo dicho a toda la familia.

—Tu padre está aquí —anunció mi madre.

—Jacob, aquí me tienes si quieres hablar —dijo él desde algún lugar más alejado que el que ocupaban las mujeres.

Seguramente lo habían obligado a participar en la llamada. Las manifestaciones dramáticas no eran su estilo.

—Se lo han buscado ellos solitos —añadió Jewel—. Nadie de la familia va a ir.

—Yo sí. Me alegro por ellos —mentí—. Y tengo la intención de apoyarlos por completo —dije con sinceridad—. Y espero que vosotros también lo hagáis.

Todas cogieron aire, indignadas, al unísono.

—¿Cómo es posible que estés de acuerdo con esto? —preguntó Jewel—. Empezaron a salir menos de tres meses después de que cortarais. Es asqueroso.

—Es de mal gusto, tío. —Walter, el marido de Jill.

Toda la pandilla. Perfecto.

Me senté sobre una caja de papel higiénico.

—En serio, estoy bien —insistí mientras me pellizcaba el puente de la nariz.

—No lo estás —me contradijo Gwen—. ¡Son gilipollas! ¿Cómo es posible que esperen que vayas? ¿Cómo es posible que esperen que vaya alguien de la familia?

—No creo que esperen nada —repuse con cansancio—. Pero que no los apoyéis no va a cambiar las cosas. Si me invitan a la boda, iré. Aunque vosotros no lo hagáis.

—Jacob —dijo mi madre con tiento—, siempre has sido diplomático. Me encanta ese rasgo de tu carácter, pero no tienes por qué obligarte a pasar por esto. Está bien poner ciertos límites.

—Mamá, estoy perfectamente. Lo he superado. He pasado página.

—¿Cómo has pasado página? —me preguntó Jewel—. No has salido con nadie desde que ella se fue.

—Tal vez se está encontrando a sí mismo —susurró Jill de fondo—. No necesita salir con nadie para pasar página.

—¡Sí que lo necesita! —masculló Jewel—. Si no se está acostando con otra, es que sigue obsesionado con ella…

—No sabemos si se está acostando con alguien o no —terció mi madre—. Que no haya traído a nadie a casa no significa que no lo haga, ¿verdad, Jacob? Aunque creo que el sexo después de una ruptura puede ser maravilloso para la autoestima, es habitual comportarse de forma un poco arriesgada si la separación ha sido traumática. Estás usando protección, ¿verdad? Ya sabes lo que opino del aceite de coco como lubricante, es muy cicatrizante para la vagina, pero acaba rompiendo los preservativos.

—¿Y el aceite de pepitas de uva? —preguntó mi padre a lo lejos—. ¿También es malo para los condones? A mí me gusta. Es muy suave.

—Vale, ¿os cortáis un poco, por favor? —protestó Jewel.

—Vuestro padre y yo somos seres sexuales —dijo mi madre—. No finjamos que no sabemos cómo habéis llegado hasta aquí.

Cerré los ojos con fuerza. Aquello era el infierno.

—Jacob, ¿te estás acostando con alguien? —me preguntó Jill—. Creo que deberíamos dejarlo claro.

Levanté una mano.

—¿Sabéis qué? Sí. Me estoy acostando con alguien.

La mentira fue tan inesperada que parecía que la hubiera soltado otra persona. ¿Y por qué lo había dicho? No tardé en entender el motivo.

Era uno de esos embustes destinados a hacer sentir mejor a otra persona. Como decirle a un moribundo que todo iba a ir bien cuando estaba claro que no era el caso. Una mentira piadosa. Para todos.

Creo que en el fondo mi familia ansiaba apoyar la boda. Todos querían a Amy y a Jeremiah. Solo estaban molestos por principios y por mi bien, no porque los odiaran a ellos. Lo que odiaban era lo que me habían hecho sentir. Era obvio que mientras yo no tuviera pareja sería el ex despechado que necesitaba su protección e indignación. Amy y yo nunca volveríamos a estar juntos, así que ¿qué sentido tenía? ¿Por qué esa resistencia en mi honor? Yo no la compartía.

Amy y Jeremiah se casarían con el apoyo de mi familia o sin él. Y tendrían hijos, y esos hijos no tendrían culpa de nada. Aunque toda la familia rechazara a mi hermano y a mi exnovia durante el resto de su vida, eso no cambiaría las cosas. Así que si tenía que soltar una mentira piadosa para desviar la atención, eso haría.

—¿Estás saliendo con alguien? —preguntó Jill—. ¿Con quién?

—Una compañera del trabajo —contesté, esperando que lo dejaran.

—¿Del Royaume? —preguntó Jewel—. ¿Por eso dejaste el Memorial West?

—Pues…

—¡Todos pensábamos que renunciaste para no tener que trabajar con Amy porque tenías el corazón roto y estabas triste! —Jill parecía emocionada—. Pero ¿te fuiste porque estás enamorado y quieres estar cerca de ella?

Parpadeé.

—¿Sí?

Se oyó un «¡Oooh!» colectivo.

—¿Cuándo podremos conocerla? —preguntó Jane con entusiasmo.

—No… No lo sé —balbuceé—. Todavía no estoy preparado para presentársela a nadie. Es algo muy reciente.

Podía sentirlas eufóricas al otro lado de la línea. Joder. Ya no me dejarían tranquilo.

—Escuchadme —dije, poniéndome el teléfono en la otra oreja—. No tengo el menor problema con la boda. Lo he superado y me alegro por ellos.

—¿Traerás a tu novia? —me preguntó Gwen con una sonrisa en la voz.

—Supongo… Si todavía estamos juntos, sí.

Más chillidos.

Oí el dramático suspiro de Jewel.

—Vale —dijo—. De acuerdo. Supongo que, como a ti te parece bien, ya no lo veo tan mal. Pero sigo sin estar emocionada.

—A mí me gustan las bodas —terció Jill—. Pero tienes razón, sigo enfadada con ellos —se apresuró a añadir.

Meneé la cabeza.

—No te enfades con ellos. A ver, tengo que irme. Estoy de turno.

—¿Nos vemos el 19 para cenar? —preguntó mi madre—. Yo quiero lasaña, pero tu padre a lo mejor ahúma un asado de cerdo.

—Sí, estaré allí para la cena —respondí.

—¿Puedes traer una botella de vino?

—Sí, llevaré vino.

—Vale. ¡Te quiero!

Todos se despidieron al unísono y colgaron. Me coloqué el teléfono en el muslo y me llevé las palmas de las manos a los ojos.

Cuando llegara el momento, tendría que decirles que había cortado con mi novia imaginaria. Pero, con un poco de suerte, mi mentira aliviaría la presión mientras tanto. A lo mejor dejaban de mirarme por fin como si estuviera a punto de desmoronarme.

Que sí, que la ruptura había sido trágica. Pero al menos me quedé con el perro.

Me levanté a rastras, salí del almacén de suministros… y me choqué con alguien. Solté un «¡Uuuf!» al tiempo que el teléfono salía volando y acababa estrellándose contra el suelo.

La persona que me había golpeado no se detuvo. Al contrario, se apartó de mí y siguió corriendo por el pasillo hacia las habitaciones de los pacientes.

—Qué coño… —murmuré, cogiendo el móvil. La pantalla estaba rota—. ¡A ver si miras por dónde vas! —grité molesto.

Ella ni siquiera volvió la cabeza. Una enfermera me miró mal, como si el gilipollas fuera yo.

¿Todo el mundo era así de maleducado en ese hospital? ¿Se podía saber qué les pasaba?

Miré con tristeza mi móvil. Todavía funcionaba, pero la esquina estaba destrozada. El final perfecto para la peor semana de mi vida. Apreté los dientes.

Eché a andar por el pasillo en la dirección en la que corría la mujer. No tenía exactamente un plan concreto. ¿Iba a dejarle claro lo que opinaba de que la gente corriera por los pasillos? ¿Exigirle que me pagara la reparación de la pantalla?

Me asomé a las habitaciones de una en una hasta que la encontré. Estaba junto a la cama, de espaldas a mí, hablando con un chico.

El paciente estaba gris. Llevaba un catéter de diálisis en el pecho. La piel que lo rodeaba se hallaba enrojecida e hinchada.

—¿Por qué no me has llamado? —le estaba diciendo al chico—. Esto está infectado. —Se movió a su alrededor, comprobando sus constantes vitales—. Podrías haber acabado con una septicemia. Es muy peligroso. —Le sacó un termómetro de la boca y meneó la cabeza—. Benny, no puedes dejar que las cosas lleguen a estos extremos. Cuando te pase algo, tienes que decírmelo.

En ese momento me di cuenta de que me estaba entrometiendo en algo privado y me dispuse a salir, pero apareció una enfermera por detrás de mí con una enorme máquina de diálisis, obligándome a entrar en la habitación. Me aparté y me quedé de pie junto a la pared mientras ella la acercaba a la cama.

—Me duele… —susurró el tal Benny.

—Lo sé —dijo la mujer con más suavidad—. Te daré antibióticos y analgésicos. —Le puso una mano en la cabeza—. En un momento soñarás con cuando tenías dieciséis años y te desmayaste borracho en un maizal por culpa del Jägermeister.

Ahogué una risa desde mi rincón, y ella se volvió y me vio allí de pie.

—Esto…, ¿necesitas algo?

Dios. Era guapísima. Era tan guapa que me desarmó. Por un segundo me olvidé de lo que estaba haciendo allí. Pelo castaño largo recogido en un moño despeinado. Grandes ojos marrones. Pestañas espesas.

En ese momento mi ansiedad hizo acto de presencia. Una violenta mezcla compuesta por los traumas de cuarto de secundaria, el nerviosismo por hablar con una chica atractiva y el estrés de conocer a una nueva compañera de trabajo en un entorno laboral hostil, estando en una habitación en la que no debería estar. Me quedé paralizado.

Era algo que no solía sucederme mientras trabajaba. Controlaba bastante bien la ansiedad en el hospital. Me sentía seguro y confiado en mis interacciones con mis compañeros y subordinados. Era un médico excelente, pero esa mujer me ponía nervioso solo con mirarme. Y me estaba observando fijamente, molesta e impaciente. Sentí que mis habilidades sociales caían en picado, como el electrocardiograma de una víctima de infarto.

Carraspeé.

—Eh…, te has tropezado conmigo allí atrás —dije con torpeza.

Ella parpadeó como si le estuviera diciendo la cosa más insignificante del mundo.

—Vale. ¿Lo siento?

—No deberías correr por los pasillos.

Me clavó la mirada.

Se me empezó a secar la boca.

—Es que era jefe de Urgencias en el Memorial West y sé que es muy fácil que los accidentes…

Sus ojos relampaguearon.

—Sí, conozco tu currículo, doctor Maddox. Gracias por el consejo. Ahora, si no te importa, me gustaría quedarme a solas con mi paciente.

Echaba chispas por los ojos. Benny me estaba mirando. Hasta la enfermera me miraba.

Me quedé allí un segundo más. Luego salí de la habitación. Sentí que el cuello se me ponía colorado por la vergüenza. ¿Cómo se me había ocurrido entrar así? «¡Por Dios, Jacob!».

Volví a mi lado de Urgencias y seguí repasando una y otra vez todo el incómodo encuentro, obsesionado con lo que debería haber dicho o hecho.

«Soy imbécil».

No debería haber abordado el tema delante de un paciente. Eso era lo primero. Quizá debería haber empezado diciéndole que me había roto el teléfono, para que supiese que no estaba allí solo con la intención de echarle la bronca por correr por el pasillo.

«Quizá debería haberlo dejado pasar».

Sí, eso habría sido lo mejor. Porque en ese caso no habría habido ningún encontronazo. Debería haber dicho que me había equivocado de habitación e irme.

Por Dios, era un imbécil. Estaba consiguiendo convertirme en la persona más odiada del hospital Royaume Northwestern sin apenas esforzarme.

Después de tantos años de terapia sabía que estaba dándole demasiadas vueltas al asunto. Que aquella conversación seguramente no habría sido relevante para ella, aunque a mí me parecía lo más vergonzoso que me había pasado en la vida. Dentro de diez años estaría tumbado en la cama y abriría los ojos de golpe al recordar la incredulidad con la que me había mirado. A mí, el tío que había tenido la osadía de entrar en la habitación de su servicio de urgencias y de echarle la bronca por haber salido corriendo para atender a un paciente crítico, al que obviamente conocía y por el que se preocupaba.

Pasé la segunda mitad del día muriéndome de la vergüenza. La ansiedad me perseguía como una corriente eléctrica, una corriente baja y constante que sentía debajo de la piel. Un instinto de supervivencia que se disparaba y me atormentaba, diciéndome que huyera. No podía escapar de ella ni calmarla.

Normalmente, los ansiolíticos me ayudaban a mantener el equilibrio, pero los medicamentos tenían un límite. Era yo quien debía controlar el estrés y utilizar las técnicas que había aprendido en terapia. Y lo más importante: necesitaba llevar un estilo de vida tranquilo. Eso era lo que pensaba que estaba haciendo al cambiar de trabajo, al dejar atrás la situación tóxica del Memorial West con Amy y Jeremiah, al tomar una decisión que era mejor para mi salud mental.

Pero no, ahora me había tocado esto.

Sabía que era callado y taciturno, y que eso no me ayudaba a ganarme la simpatía de las enfermeras de mi turno, que ya eran distantes, pero estaba tan metido en mis pensamientos que no podía evitarlo. Había cambiado el suplicio de ver a Amy y Jeremiah por el de tener un equipo que me odiaba a muerte.

Siempre me había costado hacer amigos. Me ponía nervioso en entornos sociales desconocidos, lo que me llevaba a meter la pata o retraerme, así que a la gente le costaba trabajo llegar a aceptarme. Quizá necesitara un poco más de tiempo en este entorno. Aunque algo me decía que este lugar era distinto. La gente me parecía demasiado cerrada. Me sentía como si estuviera otra vez en el instituto. Yo era el marginado y continuaría siéndolo, sobre todo si seguía cagándola constantemente. Y ni siquiera sabía cómo parar.

Me quedaba una hora más de turno, pero necesitaba un descanso. Mi batería mental volvía a estar agotada. No quería encontrarme con esa mujer en la sala del personal, así que volví al almacén de suministros.

Sin embargo, no estaba vacío cuando entré.

3

Briana

Atendí a Benny y conseguí mantener las lágrimas a raya en todo momento.

Una vez que estuvo cómodo, hice una rápida escapada hacia la llorería.

Me gustaba llorar en el almacén de suministros que quedaba junto al despacho de Gibson. Tranquilo, poco transitado. Había una caja de papel higiénico en la que me gustaba sentarme, y el contenido de las estanterías actuaba como aislante acústico para que nadie pudiera oír cómo me desahogaba.

Era incapaz de contar las veces que había llorado en ese almacén. Allí era donde lloraba cuando perdía a algún paciente. Allí lloré cuando me dijeron que Benny tenía insuficiencia renal terminal. Allí lloré por Nick. Incluso lloré un poco por la traidora de Kelly, la «amiga» que se pasó dos años acostándose con mi marido entre almuerzo y almuerzo conmigo. Pero en ninguna de esas ocasiones me habían pillado. Hasta ese día.

La puerta se abrió y entró un hombre. Nada más cerrar, se dio media vuelta y me vio allí sentada, moqueando y con el pelo pegado a las mejillas.

El doctor Muerte.

Nos miramos sorprendidos durante una fracción de segundo… y luego salió por patas.

Solté el aliento que había estado conteniendo y volví a enterrar la cara entre las manos.

Cómo no iba a violar ese tío la santidad del almacén. Menudo imbécil.

Me había gritado poco antes. A ver, que sí, que me choqué con él porque iba corriendo, así que lo entendí. Pero después me siguió a la habitación de Benny para echarme la bronca por correr por los pasillos. Primero le extendieron la alfombra roja para que intentase quitarme el trabajo y luego aquello. Era increíble…

La puerta volvió a abrirse y entró de nuevo. Cerró la puerta, se acuclilló frente a mí y me ofreció una toalla húmeda.

—Para la cara —me dijo con delicadeza—. Está templada.

Esos ojos castaño claro tenían una expresión tan agradable y cautivadora que casi se me olvidó lo mal que me caía. Casi.

Tardé un momento en aceptar la toalla.

—Gracias. —Sorbí por la nariz.

Él esbozó una sonrisa fugaz y asintió. Pero no se fue. Se sentó en el suelo, con la espalda pegada a la puerta.

Me quedé mirándolo sin dar crédito. Quería que se fuera. El almacén parecía abarrotado con él dentro, y no iba a seguir llorando mientras estuviera allí sentado.

Aunque entonces me di cuenta de que tal vez quería asegurarse de que me encontraba bien. Supuse que sería raro que me diera una toalla y se fuera, en plan «Que disfrutes de la llorera».

Solté un suspiro resignado y me presioné la toalla templada contra los ojos. Me alivió bastante, lo confieso.

—¿Estás bien? —me preguntó en voz baja.

Resoplé y asentí, mirando a cualquier parte menos a su cara.

Se le había subido el pantalón negro del pijama y podía verle los calcetines grises. Con un estampado de perritos marrones. Supongo que era el tipo de tío que se ponía calcetines modernos.

Llevaba un reloj inteligente negro. Tenía los brazos pecosos y tonificados, como si hiciera ejercicio. Se había colgado el estetoscopio al cuello y llevaba la tarjeta identificativa del hospital enganchada a la camisa. Cuando llegué a sus ojos, descubrí que él también me estaba mirando. Necesitaba afeitarse, porque ya le había crecido la barba, y tenía una espesa mata de pelo castaño cobrizo. No era feo. En absoluto.

Desconfiaba de los hombres guapos por principios. Nick era guapo, y fíjate adónde me había llevado eso…

Tenía los ojos enrojecidos y me pregunté si le estaría yendo el día tan estupendamente como a mí. A lo mejor también iba allí a tomarse un respiro.

—Bueno —dijo—, ¿vienes aquí a menudo?

Solté una carcajada seca por el chiste.

—El mejor sitio para llorar de todo el hospital —contesté con la voz ronca.

—A mí me gustaba la escalera del Memorial West.

Asentí.

—También es una buena opción. Demasiado eco para mi gusto, pero es una buena alternativa a un almacén de suministros si eres claustrofóbico.

—Las salas de guardia también están bien —comentó.

—Demasiado lejos de Urgencias. Me gusta la llorería. Queda lo bastante cerca como para desahogarte durante una crisis ines­perada a mediodía.

—Esas son mis preferidas —replicó con voz cansada.

Así que su propósito era esconderse.

Guardó silencio un momento.

—Soy Jacob —dijo por fin.

—Briana.

Después nos callamos de nuevo.

Había algo reconfortante en el silencio, una especie de entendimiento.

Me recordó a un viaje de mochilera que hice unos años antes. Nick no quiso acompañarme, así que fui sola. A esas alturas sabía muy bien por qué no quería ir. Su momento favorito para ponerme los cuernos era cuando yo estaba en una montaña en algún lugar sin cobertura para el móvil. En fin, a lo que iba. Que justo después del amanecer emprendí la ruta Superior Hiking Trail en Minnesota y me encontré con un oso en el camino. Nos detuvimos para mirarnos. Él con sus garras y sus dientes. Yo con mi espray antiosos. Pero ninguno se movió para herir al otro, y la única explicación que puedo dar es que llegamos al acuerdo mutuo de sernos inofensivos y compartir el espacio. Eso fue lo que sentí. Una tregua silenciosa y tácita.

Tal vez no fuese tan mala persona. No parecía horrible. Parecía cansado. Un poco vulnerable.

—¿Lo conoces? —me preguntó en voz baja—. ¿Al paciente de diálisis?

Solté el aire despacio.

—Es mi hermano pequeño —contesté.

—¿Qué lo causó? —preguntó.

—Una enfermedad autoinmune. Apareció de la nada.

Nos quedamos en silencio. Él apoyado en la puerta y yo sentada en la caja de papel higiénico.

—Bueno, podría ser peor —dijo al cabo de un momento—. Con la diálisis puede vivir décadas.

Regresé al presente de golpe.

«Podría ser peor».

Estaba harta de que me soltaran tópicos.

«Dios tiene un plan».

«Todo sucede por un motivo».

«Lo que no te mata te hace más fuerte».

Pues no, no es así. A la mierda todo.

No había ninguna razón por la que esto le tuviese que suceder a Benny. No era el plan de Dios, y no lo iba a hacer más fuerte. ¿Y sabes qué? Que sí, que podría ser peor. Pero ¿a quién le importa? Ese era el comentario más ridículo de todos. Benny tenía todo el derecho a odiar lo que le estaba pasando. Tenía todo el derecho a llorar por la vida y el cuerpo que había perdido, y a enfadarse por ello, sin importar que hubiera otras muchas circunstancias peores que la suya.

—¿Por qué coño querría vivir décadas sometiéndose a diálisis? —solté—. Tiene veintisiete años. Quiere viajar a Las Vegas con sus amigos si les da por ahí, beber cerveza, conocer chicas y acostarse con ellas sin avergonzarse de los tubos que le salen del pecho.

Levantó una mano.

—No me refería…

—Espero de corazón que no le pase nada similar a ninguno de tus seres queridos. ¡Ni a ti! Y de verdad espero que no les digas estas chorradas a tus pacientes. —Me puse en pie—. Déjame salir.

Él soltó un largo suspiro y hundió un segundo la cabeza entre las rodillas. Después se incorporó y se alejó de la puerta.

Me detuve justo antes de abrirla.

—Y otra cosa. Creo que lo que estáis haciendo Gibson y tú es muy poco ético. Pero tranquilo. No pasa nada. —Lo miré a los ojos—. Este es mi equipo. Este es mi hospital. No te darán el puesto, sin importar a quién tengas moviendo los hilos.

Salí dando un portazo.

4

Jacob

No tenía ni idea de lo que estaba hablando. Ni idea. Y no pensaba preguntárselo. Esperé unos segundos antes de salir del almacén de suministros para darle la oportunidad de que se alejara. Después hice todo lo posible por quedarme en mi lado de Urgencias durante lo que me quedaba de turno.

Me pregunté si podría seguir en ese puesto. Lo estaba pasando fatal allí. Lo estaba pasando fatal en el Memorial y seguramente también lo pasaría fatal en cualquier sitio al que fuera. A lo mejor mi vida se había convertido en eso, en existir sin más y en detestar cada minuto.

Se me pasó por la cabeza que tal vez Amy había hecho bien al darse por vencida conmigo. ¿Cómo iban a quererme cuando ni siquiera caía bien?

Terminé con mi último paciente y me dirigía al vestuario cuando Zander salió de la habitación siete, en la que estaba Benny.

—¡Maddox! —Me sonrió—. Aquí estás. Iba a buscarte.

El doctor Zander Reese era nefrólogo. Un especialista renal muy bueno. Y era mi mejor amigo. Fuimos compañeros de habitación en la facultad de Medicina y también mientras hacíamos la residencia. Él fue uno de los motivos por los que cambié a este hospital. Saber que tenía a alguien aquí era un plus. Me alegraba de ver por fin una cara conocida, una que no me miraba con el ceño fruncido.

¿Zander era el nefrólogo al cargo de Benny? Miré por encima de su hombro hacia la habitación, pero la cortina estaba echada al otro lado de la puerta corredera de cristal.

Me pregunté si Briana seguiría allí. Probablemente.

Tenía la sensación de que debía disculparme por el comentario en el almacén de suministros, pero parecía que cuanto más hablaba, más lo empeoraba todo.

Zander me dio una palmada en un hombro.

—Oye, siento no haberte visto ayer, colega, pero tenía que hacer la ronda entre los pacientes de diálisis. —Señaló con la cabeza hacia el final del pasillo—. Gibson me ha mandado a buscarte. Ya has terminado, ¿no? ¿Te apetece una copa? Hemos pensado en ir a Mafi’s, al otro lado de la calle.

Me gustaba Mafi’s. Sobre todo porque ya había estado allí. Seguramente Zander lo había escogido por ese motivo.

Los lugares que ya conocía me resultaban menos estresantes porque ya me hacía una idea de lo ruidosos que iban a ser, de cuánta gente habría. No tendría que preguntarle a nadie dónde estaba el servicio.

A veces buscaba en Google un sitio solo para obtener toda la información posible antes de ir. Para hacerme una idea de qué pedir y dónde aparcar. O si tenía que asistir a una cena importante o a una fiesta, me pasaba por el sitio el día anterior, para sentirme más ubicado y menos estresado cuando llegara, antes de verme obligado a enfrentarme a un gran evento social.

Eso también lo he hecho aquí. Visité el Royaume dos veces antes de aceptar el traslado. Zander estaba aquí, y yo conocía a Gibson, conocía el trabajo, y sentía que el cambio sería cómodo.

Sin embargo, a veces ni con la investigación más exhaustiva logras saber de verdad dónde te estás metiendo.

Zander esperaba mi respuesta.

En circunstancias normales después del día que había tenido, querría irme a casa. Pero necesitaba una interacción social positiva para no darle vueltas y vueltas a la última que había tenido. Si no interponía algo entre lo que había pasado y yo, me obsesionaría con ello el resto de la noche.

—Claro —contesté—. Deja que me cambie. Nos vemos allí.

Me encontré con ellos en el restaurante media hora después. Gibson me hizo señas con una sonrisa afable para que me acercara. Era una de esas personas que le caía bien a todo el mundo.

Gibson y yo teníamos mucha historia. Nunca habíamos trabajado juntos, pero habíamos desempeñado el mismo trabajo durante los últimos años y coincidimos en bastantes conferencias como para llegar a conocernos bien. Además, conocía a mi madre. Como la mayoría de los médicos. Era una médica muy respetada por méritos propios.

Me sonrió mientras me sentaba.

—Maddox, ¿qué tal vas en tu nuevo trabajo?

—Bien —mentí.

—¿Y cómo está Amy? —me preguntó.

—Bien. Cortamos hace ocho meses.

Levantó una ceja.

—Uf. No lo sabía. Lo siento. ¿De ahí el traslado?

Cogí una carta y la miré, aunque no me hacía falta. Ya la había leído online.

—En parte sí —contesté—. De hecho, se va a casar. Con Jeremiah.

Zander me clavó la mirada.

—¿Lo dices en serio?

—Me temo que sí.

Gibson se echó hacia atrás.

—¿Y qué dice tu madre al respecto?

—Más de la cuenta —murmuré.

Zander asintió con la cabeza en mi dirección.

—Al menos te has quedado con el perro —comentó.

—Ya te digo.

Adopté a Teniente Dan cuando Amy y yo estábamos juntos. Era mi perro, pero lo compartíamos por igual y Amy lo quería tanto como yo. Casi esperaba que me pidiera la custodia compartida, pero por suerte no opuso resistencia. Ahora que lo pienso, no opuso mucha resistencia en casi nada. No había nada por lo que oponer resistencia. Nunca llegamos a vivir juntos, no tuvimos hijos.

Miré a Gibson por encima de la carta.

—Oye, quería preguntarte una cosa. Hay una doctora, una tal Briana… Zander, creo que estás tratando a su hermano.

—La doctora Ortiz —dijo Gibson con cierto titubeo—. ¿Te está dando problemas?

—No. Me ha comentado algo de que habías movido los hilos por mí… Parecía molesta. ¿Sabes de qué va el asunto?

Soltó el aire por la boca.

—Aspira a sustituirme cuando me vaya. Le mencioné que había retrasado mi jubilación para que el personal tuviera la oportunidad de conocerte antes de la votación para elegir al próximo jefe. No le hizo mucha gracia.

Apreté los labios y asentí. En fin, ya tenía la explicación.

—No me interesa el puesto, Gibson.

Eso pareció sorprenderlo.

—¿No? Supuse que intentarías conseguirlo. Has bajado bastante de categoría al venir.

—Mis días como jefe se acabaron. He venido para simplificar mi vida. —Y estaba fracasando estrepitosamente…

Suspiró.

—Vale. En fin, respeto tu decisión.

—Parece un poco injusto que retrases la votación por mí —seguí—. Entiendo por qué se siente frustrada.

—Bah, daría igual —dijo Gibson, restándole importancia—. No es por menospreciarte, porque estoy seguro de que pelearías con uñas y dientes, pero sería una avalancha a su favor por mucho que esperemos. Su equipo la quiere con locura y es una profesional increíble.

—En ese caso, ¿por qué retrasar la votación? —le pregunté.

Cogió su carta y empezó a ojearla.

—No me gusta la imagen de que se presente sin oponente. Le resta validez a su victoria, y no quiero que vayan cuchicheando por ahí que ha conseguido el puesto porque no había nadie más. Es injusto para ella y no es una buena manera de llegar a una posición de liderazgo.

Zander asintió con la cabeza varias veces.

—Así que la pones a competir con un rival de su categoría… y dejas que lo machaque. —Parecía impresionado—. Me gusta. —Me señaló con la cabeza—. Una putada para ti, pero me gusta.

A mí también me gustaba. No la parte de ser el perdedor, sino el razonamiento. Al menos su intención había sido buena.

—Por noble que parezca, tendré que bajarme del carro —dije.

Gibson asintió con la cabeza.

—Entendido. En fin, de todas maneras voy a quedarme un poco más por si aparece alguien lo bastante valiente como para desafiarla. Y, la verdad, agradezco el par de meses extra. Todavía no estoy preparado para irme. Renunciar después de veinte años es muy fuerte. ¿Y pasar el día entero con Jodi? No sé si estoy listo para eso.

—No lo estás —replicó Zander—. Hazme caso. Yo me paso la vida deseando que mi marido se vaya de viaje para jugar al curling y poder disfrutar de un poco de paz.

Gibson meneó la cabeza por encima de la carta.

—Supongo que no se acepta un trabajo como este si eres feliz en casa. A menos que estés en tu situación. Supuse que a Amy le daba igual, ya que te veía en el trabajo de todas formas.

—No le daba igual —mascullé, sin añadir nada más—. Y la verdad, allí tampoco quería el puesto de jefe. Se puede decir que mi equipo me empujó para conseguirlo. No es lo mío.

Gibson agitó una mano para restarle importancia a mis palabras.

—Si te empujaron a conseguirlo, sí que es lo tuyo. Eres diplomático, justo y no te van los dramas. Te respetaban. De hecho, Briana es igual. Aunque un poco más testaruda.

Zander levantó un dedo para llamar a la camarera.

—Briana será una buena jefa…, si es que te marchas de una puñetera vez.

Gibson soltó una risilla.

—¿Cómo va la ansiedad? —me preguntó Zander—. No es fácil ser el nuevo.

—Va bien —mentí una vez más.

—Empezar un trabajo nuevo debe de ser un infierno para ti —siguió Zander—. La versión adulta de plantarte delante de la clase y presentarte.

Resoplé. Era justo eso. Pero estando desnudo y después de que mi perro se hubiera comido los deberes.

Por suerte nuestra camarera se acercó antes de que tuviera que añadir nada. En lugar de primer plato, Zander ordenó un entrante de cada para compartir, pero yo me pedí una ensalada. Probaría lo que trajeran, pero no me atiborraría de fritos y sal.

Cuando mi salud mental se resentía, seguía un régimen de autocuidados estricto. En cuanto empezaba a notar la sensación de que algo iba mal, como si me envolviera la estática, me esforzaba de forma consciente en hacer ejercicio y dormir lo suficiente. Dejaba el alcohol, el azúcar y los carbohidratos, e intentaba ingerir alimentos más sanos. Escribía en un diario. Todo eso ayudaba. Y en ese momento necesitaba toda la ayuda que pudiera encontrar. Estaba tambaleándome al borde de un precipicio, intentando no caerme. Amy y Jeremiah, mi familia, mi nuevo trabajo…, todo me empujaba hacia el abismo.

Nos llevaron las bebidas, para ellos unos cócteles y para mí agua con gas y lima. Empezaron a contar anécdotas de pacientes mientras yo disfrutaba de la distracción, tranquilamente sentado. Me alegraba de haber ido. Lo necesitaba. Un recordatorio de que había gente a la que yo le caía bien.

Este tipo de interacciones no me agotaban. Me conocían. No se tomaban a pecho que me quedara callado para escuchar sin más. No se ponían pesados por que no bebiera alcohol, algo que a mí tampoco se me pasaba por la cabeza hacerle a los demás. Nunca se saben los motivos de otra persona para no beber.

Esos amigos eran fáciles. No todos lo eran.

No todo el mundo te demanda el mismo esfuerzo. Había gente que me quitaba más energía que otra. Mi padre, por ejemplo, era muy tranquilo. Podía pasarme días con él en su taller sin sentir la necesidad de tomarme un descanso. Jill y Jane también eran así. Pero ¿mi madre, Jeremiah y Jewel? Eran personas de alta energía capaces de agotarme en cuestión de minutos. Solo los toleraba en pequeñas dosis.

Amy era quien tenía la energía más alta de todos. Con ella nunca había silencio. Tenía que llenar cada segundo.

Al principio me gustaba. No tenía que mostrarme simpático ni forzar una conversación. Ella lo hacía todo y yo podía quedarme tranquilo escuchándola mientras me reía de sus anécdotas porque no necesitaba que contribuyera con nada. Escuchar era mi contribución. Cuando asistíamos a fiestas, ella se encargaba de la conversación con todo el mundo y yo solo tenía que estar presente. Me quitaba presión. Mi familia la adoraba. Era fácil. Creo que mi personalidad tan retraída la hacía sentirse escuchada, el centro de atención, tal como le gustaba. Y eso tenía el efecto contrario en mí. Hacía que yo me sintiera invisible, que era lo que me gustaba a mí.

Sin embargo, un día caí en la cuenta de que yo lo sabía todo de ella, pero que ella no sabía nada de mí. Nada. Y me sentía solo, aunque estaba con alguien. Así que por fin hablé con ella del tema y… en fin. Que pasó lo que tuvo que pasar.

Gibson le hizo un gesto con la cabeza a Zander.

—Me ha parecido ver hoy a Benny.

—Sí. Se le ha infectado el catéter.

Enderecé la espalda.

—Briana me ha hablado de él —dije, interesado de repente en la conversación—. Enfermedad autoinmune.

—Tío, qué mala suerte ha tenido el pobre. De estar sano a acabar con una insuficiencia renal en año y medio.

—¿Su hermana va a donarle un riñón? —pregunté.

Zander bebió un sorbo de su bourbon.

—No es compatible. De momento, nadie lo es.

Gibson meneó la cabeza.

—Pobre chaval. Perdió el trabajo y su novia cortó con él.

—Eso me cabreó un huevo —dijo Zander al tiempo que inclinaba su vaso hacia Gibson.

—¿Por qué cortó con él? —quise saber.

—No supo adaptarse a la situación —contestó Gibson—. La cosa no pintaba nada bien desde el principio y no quiso esperar a ver qué pasaba.

Meneé la cabeza.

—¿Cuánto tiene que esperar un paciente como él para un trasplante? No creo que sea mucho.

Zander negó con la cabeza.

—Depende. Podemos estar hablando de tres a siete años. Pero tiene un tipo sanguíneo poco común. El menos común, de hecho. Así que puede que a él se le alargue más.

Me apoyé de nuevo en el respaldo de la silla.

—Más de siete años —susurré—. Dios, es que ni me lo imagino. —Con razón su hermana estaba tan preocupada.

No quise ser insensible con el comentario de la diálisis. Mi intención era la de consolarla diciéndole la verdad. La diálisis lo mantendría vivo. Pero su calidad de vida se resentiría mientras tanto. Lo que había pasado ese mismo día era un buen ejemplo.

Además de la montaña rusa de su salud, se pasaría enganchado día sí y día no a una máquina de diálisis cuatro horas al día. No podía tomar muchos líquidos, ya que su cuerpo sería incapaz de eliminarlos. Nada de sopa, de sandía o de helado. Nada de copas con los amigos. Ni siquiera una Coca-Cola. Nada salado, porque no podía procesar el sodio, nada frito. No podría hacer lo que yo estaba haciendo en ese momento: comer un aperitivo cualquiera sin pensármelo.

—¿No dañará su enfermedad autoinmune el riñón trasplantado? —pregunté.

Zander se encogió de hombros.

—Lo tenemos controlado. La probabilidad de recurrencia es solo del diez por ciento. Llevará una vida normal si consigue un donante. Pero no tengo muchas esperanzas.

Me quedé callado un buen rato.

Recordando lo que dijo Briana, que su hermano solo quería ser normal. Yo sabía bien lo que era que un factor externo controlase tu vida. Mi ansiedad también era limitante. Pero ¿lo de Benny? Eso tenía que ser duro. En especial para alguien tan joven.

¿Qué estaba haciendo yo a los veintisiete? Me fui de mochilero al Machu Picchu con Zander, y de acampada a menudo. Cosas que daba por sentadas. Cosas que serían imposibles con la diálisis, desde luego.

—Tiene más oportunidades de conseguir un donante muerto —siguió Zander—. Pero el órgano no durará tanto y los resultados no son tan buenos. Hay mayor riesgo de rechazo. Lo ideal sería que consiguiera un donante vivo, pero ningún miembro de la familia es compatible, y con su tipo sanguíneo…

—¿Cómo es la recuperación para el donante vivo? —quise saber.

—No muy dura. Un par de semanas. ¿Por qué? ¿Te lo estás pensando?

—Lo he tenido en mente después de lo de mi madre.

—Ah, sí, se me había olvidado —dijo Zander—. Eso fue… ¿Cuándo? ¿Hace veinte años?

Asentí.

—Más o menos.

Mi madre tenía lupus. Le diagnosticaron insuficiencia renal cuando yo estaba en el instituto. Pero no llegaron a incluirla en la lista de espera para un trasplante porque su mejor amiga, Dorothy, se ofreció a darle uno. Mi madre tuvo suerte. Nunca tuvo que pasar por diálisis.

Por aquel entonces éramos demasiado jóvenes, así que ninguno pudo ayudar, y mi padre no era un buen candidato por culpa de su hipertensión.

El gesto me conmovió muchísimo.

—Me prometí que cuando tuviera la edad apropiada devolvería el favor —dije.

—¿Cuál es tu tipo sanguíneo? —me preguntó Zander.

—0.

Enderezó la espalda.

—Donante universal. —Me dio la impresión de que me observaba con más atención—. ¿Algún problema de salud?

Negué con la cabeza.

—No.

—¿Quieres que hagamos la analítica? ¿Solo para comprobarlo? Sin compromiso. La familia no lo sabrá.

Me lo pensé un momento.

¿Qué había de malo en comprobarlo? Puede que acabara siendo incompatible y siempre podía negarme.

Me encogí de hombros.

—Sí, claro.