Si Arthur Crockleford hubiera sido un anticuario normal, quizá esa noche nunca habría llegado.
Arthur estaba inclinado sobre su escritorio haciendo los preparativos finales. Acababa de pegar la última fotografía en su diario cuando oyó un ruido de neumáticos sobre los adoquines de la parte trasera de su tienda de antigüedades. Comprobó la hora en su reloj de péndulo georgiano. Adoraba ese reloj; era una de las primeras piezas que había adquirido en su carrera profesional, en un anticuario de Portobello Road. Las manecillas de latón marcaban la una y veintiocho minutos de la madrugada.
Se abrió la puerta trasera y una ráfaga de gélido aire nocturno recorrió el largo pasillo hasta la tienda, únicamente iluminada por la lámpara de su escritorio. Esa corriente helada le erizó los pelos de la nuca.
«Aquí están».
Estremeciéndose, estampó en su diario el punto final con su pluma estilográfica. El reloj marcó la una y media.
«Se acabó el tiempo».
Arthur se levantó y se apresuró hacia la escalera que llevaba a su apartamento, situado encima de la tienda. Sabía qué peldaños crujían y se saltó un par para evitar que le oyeran.
Solo sonó el chasquido de su antigua herida en la rodilla.
Se detuvo en lo alto de la escalera, escrutando las sombras de abajo y preguntándose cuál de ellos habría acudido. Todas las luces del apartamento estaban apagadas, de manera que se hallaba rodeado de una densa oscuridad.
Hizo un rápido recorrido por las habitaciones y comprobó que todo estaba en orden.
El ruido de unos pasos abajo, sobre el entarimado medieval, le provocó un escalofrío.
Durante décadas, había disfrutado de cada segundo de su vida secreta. Hasta El Cairo. Si hubiera adoptado otras decisiones y abandonado ese mundo clandestino, tal vez habría podido evitarse esa noche. Pero lo hecho hecho estaba, ¿no? Solo podía esperar que algún día Freya comprendiera. Y que no fuera demasiado tarde para arreglar las cosas.
Arthur volvió a bajar las escaleras, esta vez con la intención de que le oyeran.
En la penumbra, escrutó las antigüedades que le rodeaban. Cada una tenía su precio de venta, pero eso no significaba que quisiera desprenderse de ellas. Ver todos aquellos tesoros que amaba desató una oleada de furia en su interior, pero él sabía que se enfrentaba al fin a una lucha que no podía ganar. Se pasó la mano por el pelo gris y desgreñado, mientras se ajustaba el pañuelo con la otra. Si ese iba a ser el final, al menos Carole estaría orgullosa de que hubiera hecho un esfuerzo para morir con estilo.
—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? —dijo en voz alta confiando en que los vecinos le oyeran. Así se sabría con más precisión la hora de la muerte, si hacía falta.
Se situó junto a una mesa de caoba de tablero plegable, sobre la que reposaban dos de sus jarrones favoritos.
Tal vez debería haber tratado de dar la alarma. Tal vez debería haber gritado. Tal vez debería haber corrido al teléfono para llamar a la policía. Pero el lado más oscuro del mundo de las antigüedades le estaba alcanzando por fin y él aceptaba que no podía seguir esquivándolo eternamente. Era demasiado viejo para huir.
«Ahora todo queda en tus manos, Freya».
De la negrura del pasillo emergió una silueta. Arthur aguzó la vista. El intruso tenía el rostro cubierto de sombras, pero distinguió lo que hacía: estaba estirándose los guantes, comprobando que los llevaba bien puestos.
Luego, entró en la tienda, en la zona iluminada.
—No era a ti a quien esperaba —dijo Arthur.
Agatha Craven no sabía cómo mantener su promesa a Arthur. El viernes anterior, él le había entregado una carta y había insistido mucho en que hiciera exactamente lo que le pedía. Y siempre resultaba difícil decirle que no a Arthur.
Tres días más tarde, se enteró de que había muerto.
Ella sabía que debería haber acudido a la policía. De hecho, si hubiera decidido entregarles la carta, se la habría dado a su sobrino, que estaba en la comisaría de Suffolk, cuando se había pasado el día anterior a tomar un té. Pero no lo había hecho. Cuando supo por radio macuto que la policía consideraba la muerte de Arthur un trágico accidente y que podría ser enterrado esa misma semana, Agatha pensó que no había nada inapropiado en la situación. Era todo una triste y terrible coincidencia, y ella tenía la intención de mantener su promesa. Así que esperó a que Carole y Freya fueran al Teapot Tearooms para darles la carta.
Pero Carole y Freya no aparecían.
Era tremendamente inoportuno que tardaran tanto.
La carta había permanecido en su bolso durante todo el fin de semana. Agatha había considerado la posibilidad de llevársela a Carole, pero no era eso lo que había prometido. Le había prometido a Arthur que la entregaría cuando Carole y Freya entraran allí, y Agatha era una mujer de palabra.
Estaba haciendo los preparativos para el desayuno cuando vio que el viejo Mercedes de 1980 de Carole pasaba por delante y aparcaba un poco más allá en la calle principal. Agatha corrió a la cocina, donde tenía el bolso colgado detrás de la puerta, y hurgó en su interior hasta que tropezó con una esquina del sobre. Estaba algo arrugado, pero ella le echó la culpa a Arthur. Debería haberla enviado por correo. Se la guardó en el delantal y abrió la puerta del salón de té, en lo alto de la cual tintineó una pequeña campanilla.
«¿Dónde están? ¿Y si Arthur estaba equivocado y no vuelven a entrar aquí nunca más?».
Agatha inspiró hondo, tratando de sofocar el pánico, se alisó con las manos su moño gris y volvió a entrar en la cocina. ¿Por qué tenía que ser Arthur tan misterioso? Consideró la posibilidad, no por primera vez, de abrir el sobre con vapor. Pero no estaba segura de poder cerrarlo otra vez, y entonces ¿cómo iba a entregarla?
La carta ahora le pesaba en el bolsillo del delantal, pero de momento permaneció allí.
El Teapot Tearooms se hallaba en un pequeño edificio medieval rosado del centro de Little Meddington. Yo le había preguntado varias veces a Carole si realmente quería ir allí. Era el sitio al que Arthur solía llevarla y uno de los locales preferidos de ambos. Me inquietaba que la experiencia le resultara demasiado dolorosa, pero parecía totalmente decidida y preferí no discutir. Yo no había estado en el centro del pueblo hacía mucho. Evitando Little Meddington había conseguido evitar a Arthur y su tienda.
Al bajarme del coche, mi mirada se concentró de inmediato en un viejo que caminaba hacia nosotras. El temor se retorció en mi estómago. ¿Aún trataba de esconderme de Arthur, a pesar de que era imposible que estuviera allí?
Me obligué a aspirar una bocanada de aire fresco para relajarme. El sol reluciente de la mañana iluminaba las tiendas de la parte oriental del pueblo y me maravillé ante su belleza de otra época. Todo estaba tal como lo recordaba. La gente no cambiaba en esos lugares; prefería la dulce comodidad del anquilosamiento.
«Al fin soy libre, ahora que Arthur ya no está».
Carole cruzó la calle. Yo la seguí y le di alcance cuando ya estaba en la puerta del Teapot. Evidentemente, se movía en piloto automático. Sonó la campanilla, anunciándole nuestra llegada a Agatha.
—Salgo en un minuto —nos gritó desde la cocina—. ¿Eres tú, Carole? —Agatha asomó la cabeza por la puerta del fondo. Tenía las mejillas encendidas, seguramente por el calor de los fogones—. Siéntate, querida. —Y, al verme a mí, añadió—: Freya, ha pasado una eternidad, ¿no? Me alegro mucho de que estéis las dos aquí. —Asintió para sí misma—. Como tenía que ser.
Me volví hacia Carole frunciendo el ceño. Parecía un comentario bastante extraño por parte de Agatha, pero Carole ya se había ido a merodear en torno a una pareja de turistas que estaban apurando sus cafés y habían ocupado su mesa junto a la ventana mirador. Yo me mantuve al margen. Con su estilo característico, entabló conversación con la pareja, que era de Canadá, hablándoles de todas las atracciones locales y diciéndoles que debían ver sin falta la «iglesia Constable» antes de abandonar el pueblo.
Yo me entretuve un momento admirando los estantes llenos de piezas de vajilla rescatadas de las tiendas de beneficencia de la zona. Me acerqué a una delicada tacita con su plato de los años sesenta y deslicé el dedo por el borde de un plato Calypso de repostería de color pastel de los ochenta. Eran dos buenos ejemplos de la cantidad de piezas que acababan en la basura sin otro motivo que un cambio en la moda.
La pareja canadiense salió apresuradamente y Carole se instaló en la mesa. Durante mi juventud, habíamos pasado ahí muchas horas con Bridget, la madre de Agatha, que era entonces la propietaria y una mujer muy hospitalaria. En invierno, Carole iba a recogerme a la parada del autobús escolar y las dos veníamos al Teapot y nos apretujábamos junto a la estufa de leña mientras tomábamos chocolate caliente y bollitos tostados antes de volver a casa. Era un plan perfecto, porque Carole carecía de talento para la cocina y no era insólito que se le quemara incluso una pasta al pesto.
Agatha se nos acercó con una extraña expresión angustiada.
—¿Té y bollos? ¿O desayuno completo? —preguntó Carole.
—Un café solo será perfecto —dije sonriendo.
—Como en los viejos tiempos, ¿eh, Carole? —Agatha se interrumpió, frunciendo el ceño.
—¿Va todo bien? —pregunté.
Ella se estiró el delantal.
—Oh, sí, ahora todo perfecto. —Y, mientras se volvía hacia otro cliente, que le hacía señas para pedirle la cuenta, añadió—: Lo traigo todo en un minuto.
Al cabo de unos instantes, trajo las pastas de té y nos las puso delante en dos platos florales desparejados.
—Lamento el retraso —le dijo a Carole, aunque en realidad no había tardado en absoluto. Titubeó un momento y ambas la miramos—. Tengo algo para vosotras… Una carta.
Agatha sacó del bolsillo de su delantal un sobre azul con los bordes arrugados y nuestros dos nombres escritos a mano delante y lo dejó apoyado en el jarroncito con flores silvestres.
Ambas la miramos atentamente cuando nos explicó:
—Es de lo más extraño. Arthur vino aquí el viernes y me dijo que quería que pusiera esta carta a buen recaudo y que, si entrabais aquí las dos juntas, debía entregárosla. —Señaló el sobre y Carole lo cogió, lanzándole a Agatha una mirada inquisitiva—. Yo le pregunté por qué, claro. Vosotras no habéis estado aquí juntas hace veinte años. Pero él dijo categóricamente que vendríais. Luego…, bueno, ya sabéis lo que ocurrió el domingo por la noche. ¡Estaba esperando que os presentarais! —Agatha se mordió las uñas—. Quizá debería habérosla llevado, pero Arthur insistió mucho en que lo hiciera así.
Carole empezó a abrir el sobre y le sonrió.
—Has hecho lo que debías. Muchas gracias.
Agatha permaneció junto a la mesa mirando la carta. Carole, a punto de desplegar la hoja azul, se detuvo.
—Muchas gracias —repitió.
La mujer asintió y se retiró a regañadientes.
Carole abrió la carta sobre la mesa para que pudiéramos leerla las dos. Sentí una opresión en el pecho al ver las últimas palabras de Arthur.
Queridas Carole y Freya:
Si tenéis esta carta en vuestras manos es que todo ha terminado para mí.
Carole, querida, mi querida amiga, siempre echaré de menos tu chispa. Nos hemos divertido mucho, ¿no? Como aquella vez en Hong Kong por tu cumpleaños. ¡Ahora ha llegado el momento de volver a ponerse esos zapatos de baile!
Freya, sé lo difíciles que han sido las cosas para ti. Lo lamento mucho y creo haber encontrado el modo de que vuelvas a la carrera profesional para la que estás hecha. Pero, para ello, primero debes terminar lo que yo empecé. Me ha costado más de veinte años encontrar un objeto de inmenso valor. Me han revelado dónde está, pero parece que yo no podré hacerme con él. Consíguelo tú, Freya, y recuperarás tu vida y tu profesión. Siento no poder ser más claro. He sido traicionado y no puedo correr el riesgo de que se descubra esta carta. No se lo digas a nadie. No queda nadie en quien confiar. Sigue las pistas y sabrás a dónde debes ir. Te ruego que vayas allí, pero ten cuidado. El traidor seguirá cada uno de tus pasos.
Siempre quise contarte la verdad sobre El Cairo, pero entonces necesitaba que abandonaras la cacería de antigüedades y ahora parece que el destino ha decidido que no tenga la oportunidad de arreglarlo. Debes descubrir la verdad. Espero que, cuando sepas lo que ocurri? realmente, me perdones por la decisión que tuve que tomar.
Tu primera pista: más vale pájaro en casa que ciento en mano.
Con todo mi amor,
ARTHUR
El suelo pareció temblar ligeramente bajo mis pies y la taza se me escurrió de las manos y cayó con estrépito sobre el platito, derramando un poco de café. Carole me sujetó del brazo. Había mucho que asimilar. De entrada, el hecho mismo de que Arthur me escribiera una carta después de tanto tiempo. Pero era sobre todo el final lo que me había perturbado. Nada de lo que pudiera decir Arthur haría que le perdonara. Todo se había desmoronado a mi alrededor después de El Cairo, y toda la culpa había sido suya. No pensaba involucrarme en lo que hubiera estado tramando.
—¿Qué es esto? —La confusión y la indignación me habían dejado la boca seca. Alcé la mirada hacia mi tía, que estaba tratando de contener las lágrimas—. ¿Qué es lo que él empezó y yo debo terminar? No lo entiendo. ¿Y por qué ahora? ¿Por qué no me llamó o…? —Pero yo sabía por qué no me había llamado: porque no le habría respondido.
Carole meneó la cabeza y permaneció callada.
Se me hizo un nudo en la garganta. No iba a verme arrastrada nunca más a una «cacería de antigüedades» de Arthur.
—¿Y qué significa esa extraña alusión al «pájaro en casa»? Ni siquiera es eso lo que dice el refrán.
Las mejillas de Carole habían palidecido.
—Algo terrible pasó en esa tienda el domingo por la noche. Estoy segura —susurró—. Tú llegarás al fondo del asunto, ¿verdad? Aunque solo sea por mí. —Sus ojos se humedecieron.
No podía responder. Habría hecho cualquier cosa por mi tía. Pero ¿dejar que Arthur dirigiera el cotarro más allá de la tumba?
En conjunto, era demasiado.