El libro que tienes en las manos es un manual de terapia cognitiva, la forma de psicoterapia más eficaz según todos los estudios. Existen nada menos que dos mil investigaciones publicadas que la avalan.
A mí me cambió la vida cuando la descubrí hace veinticinco años. Y también se la ha cambiado a millones de personas.
Se trata de una nueva manera de pensar, de ver el mundo; una filosofía de vida radical. Pero atención: sólo funcionará si te la aplicas al máximo.
Hay gente que ya tiene esta mentalidad metida en las venas. Son fuertes y felices de fábrica; parece que de pequeños se hubieran caído en la marmita de la poción mágica, como Obélix. En varias ocasiones me he encontrado a esta clase de personas en mis conferencias. Suelen levantar la mano para intervenir: «Rafael, ¡todo lo que dices es obvio!». Y yo les respondo: «Es obvio para ti, amigo, y me alegro. Pero, créeme, la mayoría no tiene tu mentalidad».
La buena noticia es que la fortaleza emocional se puede aprender. Eso sí, todos los días tendrás que zambullirte un rato en una marmita —como la de Obélix— para empaparte de estos nuevos principios, revisar tu diálogo interno, estudiar, visualizar y persistir durante meses.
Y entonces empezará a obrarse la magia. Notarás que cada día estás más contento. Que ya casi no te enfadas. Los inconvenientes de la vida pasarán inadvertidos. Nuestro nivel energético aumentará como nunca. Tendrás muchas ganas de emprender proyectos. Tu discurso habrá cambiado: en vez de quejarte, te concentrarás en lo positivo. Incluso harás de psicólogo con la gente de tu entorno.
Estos son los maravillosos frutos de hacerte más fuerte y feliz.
Es posible que algunas ideas de este libro no te convenzan. Tal vez pienses que están totalmente equivocadas. Hasta es posible que las califiques de disparates. Calma: se trata de un rechazo inicial normal. Incluso bueno.
Estas ideas son diferentes y aportan algo NUEVO. Precisamente esa novedad es la que lo cambiará todo. ¿De qué te serviría recibir una información que ya tienes?
Mi consejo es que dejes el juicio en suspenso durante un tiempo, intentes comprender bien cada uno de los conceptos y, sobre todo, los pongas a prueba.
Todas las ideas que aparecen en este libro han sido validadas: sabemos que FUNCIONAN, que nos cambian la mentalidad. No son ocurrencias espontáneas, sino bombas potentísimas cuidadosamente fabricadas.
Y, como descubrirás enseguida, en esta vida no hay nada capaz de quitarnos la felicidad si tenemos la mentalidad correcta. Descúbrelo tú también.
El método
El poder de la mente
¡El poder de la mente es increíble y maravilloso!
Llevo toda la vida dedicado en cuerpo y alma a trabajar con la mente de las personas. He profundizado en muchas escuelas terapéuticas y he atestiguado más de mil casos clínicos. A pesar de contar con casi tres décadas de experiencia, la mente, esa entidad intangible creada por el cerebro, sigue asombrándome constantemente. Y uno de los campos más sorprendentes es el de la psicosomática, es decir, las enfermedades del cuerpo creadas por el cerebro.
Veamos un impresionante caso que relata la neuróloga británica Suzanne O’Sullivan en su libro Todo está en tu cabeza:
Entonces conocí a Brenda. Aquella primera vez, como en la mayoría de nuestros encuentros posteriores, estaba inconsciente. Brenda había acudido a urgencias tras padecer varios ataques epilépticos. El médico de guardia la había examinado y había dispuesto que la ingresaran.
Estábamos en la planta cuando llegó. Todo el mundo retrocedió del susto al ver la camilla avanzando a toda prisa por el pasillo hacia nosotros. Brenda había permanecido estable en urgencias, pero, mientras el camillero la conducía a la sala de ingresos, le habían vuelto a comenzar las convulsiones. El camillero y la enfermera que la acompañaban habían echado a correr. En la sala se le colocó enseguida una máscara de oxígeno, mientras dos enfermeras intentaban sin éxito ponerla sobre un costado. La camilla había detenido su avance frente a la sala de enfermería y el resto de los pacientes y sus familiares se asomaban para curiosear qué sucedía. Apareció entonces una enfermera con una jeringuilla cargada de diazepam y me la entregó para que se la administrase a Brenda. Intenté agarrarle el brazo, pero, con la agitación, se me escapaba todo el rato de la mano.
Acudió un segundo médico a ayudarme y logramos sujetarle el brazo, pese a que se rebelaba contra nosotros. Le administré despacio la inyección. Nos apartamos y esperamos a que hiciera efecto, pero no se produjo ningún cambio. Notaba todos aquellos ojos clavándoseme en la nuca y sentí un gran alivio cuando el otro médico solicitó a gritos que llamaran al anestesista. Brenda llevaba experimentando convulsiones intermitentes durante diez minutos cuando llegó el equipo de cuidados intensivos; el único medicamento que podíamos suministrarle de manera segura en aquella sala se lo habíamos administrado ya dos veces, en vano. Toda la sala suspiró de alivio al ver al camillero y al anestesista darle la vuelta a la camilla de Brenda y llevársela de allí a toda prisa.
Me costó reconocer a Brenda cuando la vi al día siguiente. Estaba en la unidad de cuidados intensivos, intubada, con la respiración controlada mediante un ventilador. Un segundo tubo le entraba por la nariz y descendía hasta su estómago. Tenía los ojos cerrados con esparadrapo y el cabello recogido en una coleta bien tensa. Seguía teniendo convulsiones descontroladas, motivo por el cual se le había inducido un coma. Cada vez que el médico de cuidados intensivos probaba a retirarle la sedación y despertarla, las convulsiones comenzaban de nuevo. Durante los dos días que siguieron se le administraron medicamentos antiepilépticos en dosis cada vez más elevadas. Y en el transcurso de aquellos dos días, Brenda se volvió cada vez más irreconocible. Su piel se volvió cerúlea y pálida y se le hinchó muchísimo el estómago, pero las convulsiones no mejoraban.
Al quinto día nos reunimos todos alrededor de su cama y la observamos. La especialista en neurología había solicitado estar presente la siguiente vez que le retiraran la sedación. Al cabo de solo diez minutos empezaron a aparecer las primeras señales del despertar de Brenda. Tosió mientras intentaba arrancarse el tubo de respiración y empezó a aferrarse con las manos a cualquier cosa que estuviera a su alcance.
—Brenda, ¿cómo te encuentras? Estás en el hospital, todo está controlado —la tranquilizó la enfermera con un apretoncito en la mano.
Brenda abrió los ojos con un rápido parpadeo y volvió a estirar del tubo de respiración.
—¿Podemos retirárselo? —preguntó la enfermera, pero el médico de cuidados intensivos contestó que todavía no.
Brenda miró fijamente a los ojos a la enfermera, a quien identificó al instante como la persona más amable de aquella habitación. Tosió y se le empezaron a deslizar lágrimas por el rostro.
—Has tenido un ataque epiléptico, pero ya ha pasado.
La pierna izquierda de Brenda empezaba a temblar de nuevo.
—Vuelve a tener convulsiones. ¿La sedamos otra vez? —preguntó alguien.
—No —respondió la neuróloga especialista.
Para entonces, el temblor se había propagado a la otra pierna y se había vuelto más virulento. Brenda, que había abierto los ojos en señal de alerta, volvió a cerrarlos despacio. A medida que las convulsiones fueron subiéndole por el cuerpo, la máquina que calculaba el descenso de sus niveles de oxígeno empezó a pitar tras ella.
—¿Ya? —inquirió una voz tensa, con una jeringuilla cargada en mano, lista para inyectarla.
—Esto no es un ataque epiléptico —respondió la especialista, tras lo cual se produjo un intercambio de miradas—. Retírenle el tubo traqueal —añadió.
—Pero la saturación de oxígeno ha descendido —replicó alguien.
—Sí, porque contiene la respiración. Respirará de nuevo dentro de un momento.
Con el rostro rojo, Brenda arqueó la espalda hacia atrás mientras sus extremidades se agitaban violentamente. Permanecimos todos alrededor de su cama, conteniendo también la respiración, por empatía.
—Esto no es un ataque epiléptico, es un pseudoataque —informó la neuróloga, y mientras lo hacía, para nuestro inmenso alivio, Brenda tomó una respiración profunda.
Media hora más tarde, Brenda estaba consciente y sentada en la cama, con grandes lagrimones resbalándole por las mejillas. Aquélla fue la última vez que la vi y la única en que la vi plenamente consciente. Brenda y yo nunca intercambiamos una palabra.
Más tarde, aquel mismo día, mientras me hallaba en la sala del hospital donde los médicos tomábamos el café, con otros colegas en prácticas, les expliqué el caso de Brenda.
—¿Sabéis esa mujer que ha estado anestesiada gran parte de la semana en cuidados intensivos? Pues al final no tiene epilepsia. ¡No le pasaba nada!
Transcurrirían varios años antes de que yo fuera consciente del peligro que había afrontado Brenda. Y aún tardé algo más en entender lo injustas que habían sido mis palabras hacia ella. A lo largo de mi formación posterior comencé a entender mejor los trastornos psicosomáticos. Sin embargo, hasta que no completé las prácticas no acabé de madurar como médico.
¿Pseudoepilepsia? ¿Qué es eso?
Se trata ni más ni menos que de un trastorno psicosomático, un problema físico generado por la mente. No hay ninguna enfermedad orgánica, aunque lo parece. Y puede ser verdaderamente espectacular.
Brenda desconcertó a muchos médicos experimentados hasta que, por fin, una neuróloga se dio cuenta de que sus convulsiones, por salvajes que fuesen, no estaban provocadas por una disfunción del cuerpo. Sólo estaban en su mente.
Tras una larga carrera, la doctora O’Sullivan ha determinado que, en realidad, más del 50 % de los pacientes que acuden al especialista con ese cuadro padecen un trastorno psicosomático.
Hasta hace muy poco, los profesionales de la salud pensábamos que las enfermedades psicosomáticas eran una rareza. Sin embargo, cada vez tenemos más datos que apuntan a lo contrario: son muy pero que muy frecuentes. De hecho, prácticamente todos padeceremos una enfermedad de esta clase a lo largo de nuestra vida, pero no tendremos ni idea de que es una creación de nuestra mente. ¡Yo mismo tuve una pseudolesión de espalda durante veinte años, un lumbago que desapareció cuando me di cuenta de que no era real!
En 1997, la Organización Mundial de la Salud estudió la frecuencia de los síntomas psicosomáticos en ambulatorios de quince ciudades del mundo. Su conclusión fue la siguiente: el 20 % de los pacientes que llegan al médico presentan síntomas sin explicación médica. ¡El 20 %! Es una cifra enorme, son millones de casos. Y, atención, lo más seguro es que se quede muy corta.
Hace unos diez años, uno de mis seguidores me envió un mensaje que decía: «Rafael, lee este libro, te sorprenderá». Y apuntaba un título: Migraña, una pesadilla cerebral, del doctor Arturo Goicoechea.
Me extrañó la recomendación, ya que creía que la migraña no tenía nada que ver conmigo. Sabía que mucha gente padece esos duros dolores de cabeza, que pueden alargarse hasta un par de días y que, muchas veces, requieren tomar enormes cantidades de analgésicos, incluso potentes opiáceos. Pero nada más. Hasta aquel día, pensaba que la migraña era un tema neurológico, no psicológico.
Como tengo la costumbre de, al menos, ojear todo lo que me aconsejan, compré el libro. Nunca se sabe dónde encontraremos la próxima joya. Y, literalmente, tras la primera página ya estaba enganchado. Cuando acabé el libro, di un suspiro y enseguida le escribí al amable seguidor: «¡Ostras, amigo, muchas gracias por la recomendación! En efecto, he flipado con el libro».
El autor de esa joya, Arturo Goicoechea, es un neurólogo —ya jubilado— que se fue dando cuenta de que, en realidad, muchos de sus pacientes con migrañas no tenían un problema médico como pensaba todo el mundo. El problema real era que su mente se había vuelto hiperprotectora y enviaba erróneamente dolor.
Su mente los interpelaba a ellos mismos de esta forma: «No sé si tienes una lesión, pero, por si acaso, te voy a enviar dolor. Recógete en casa y no hagas nada». Es decir, la mente producía dolor porque prefería pecar de hiperprotectora que de negligente.
Y así el doctor Goicoechea empezó a tratar a esos pacientes de una forma revolucionaria: con psicoeducación en vez de con fármacos, enseñándoles a hablar a su propia mente para convencerla de que ese dolor no era necesario. Y comenzó a tener resultados espectaculares.
En algunos ambulatorios de Vitoria, en el País Vasco, llevan años aplicando ese psicotratamiento con unos resultados de «curación» de alrededor del 80 %. «Curación» entre comillas porque en realidad no había nada que curar desde un punto de vista médico, sino que sólo era cuestión de desmadejar una madeja mental.
Mi aventura en el mundo de la psicosomática prosiguió. Poco después de leer el libro del doctor Goicoechea conocí a Séfora Bermúdez, una coach antimigraña que colgaba historias de éxito en YouTube. Séfora es exmigrañosa y discípula del doctor Goicoechea.
A continuación, comparto uno de sus impresionantes testimonios, un fragmento de una entrevista que puede consultarse en el canal de YouTube de Séfora. En la entrevista conocemos a Ángel, un amable septuagenario que hizo desaparecer la migraña tras nada menos que ¡cincuenta y ocho años de penosa convivencia con el dolor! No tiene desperdicio.
SÉFORA: Ángel, ¿durante cuántos años has tenido migraña?
ÁNGEL: Empezaron con doce o trece años. Estaba jugando a pala en el frontón y, de repente, se me paralizó el brazo derecho. Me asusté mucho. Cuando llegué a casa, mi madre me dijo que era migraña, porque ella también tenía y sabía identificarlas. Y ahí se me pasó.
S.: Ése fue tu primer ataque. Pero la cosa fue a más, ¿verdad? Cuando te conocí, tenías ataques diarios. Con sesenta y ocho años, tenías ataques de migraña ya al despertar.
Á.: Al principio, tenía pocas crisis. Quizá cuatro o cinco al año. Pero eran terribles. Me tiraba dos o tres días vomitando con unos dolores que eran muy difíciles de aguantar. Con el paso del tiempo, las migrañas se hicieron más frecuentes, aunque un poco más suaves. En los últimos años, había meses que tenía veinte o veinticinco días de migraña. El dolor no era tan agudo, pero me incapacitaba para conducir y cuando alcanzaba cierto nivel ya no podía ni hablar.
S.: Toda una vida con estos síntomas y un día, navegando por internet, descubriste el enfoque del doctor Arturo Goicoechea.
Á.: Al principio no me creía lo que decía. Pensaba: «¿Cómo va a ser la migraña que padezco algo mental si llevo casi sesenta años sufriéndola, si tengo familiares con migraña, si siempre que he ido al hospital me han dado fármacos...? ¡Qué cosa más extraña sería si todo eso fuese una creación de mi mente!».
S.: Leíste el libro del doctor Goicoechea —Migraña: una pesadilla cerebral— y decidiste hacer un trabajo terapéutico conmigo.
Á.: Sí. Dudaba mucho porque hay muchos timos por ahí, pero me decidí porque este enfoque tenía sentido. Y, fíjate, desde febrero no he vuelto a tener ninguna. ¡Después de toda una vida de migrañas!
S.: ¿Cómo ha sido el proceso?
Á.: En una primera fase, y tras unos cuantos meses de trabajo, se me quitó el 80 % de las migrañas. Me quedaba alrededor de un 20 %, pero era muy molesto porque me aparecían al despertar. Es decir, me levantaba ya con dolor de cabeza. No sabía qué hacer en esos casos, pero tú me diste unas pautas para antes de dormir, y finalmente tanto las migrañas como las pautas fueron desapareciendo.
S.: ¿Y tu familia qué opina, al no verte dolorido por casa?
Á.: A mí me parece que no se lo creen mucho. Mi mujer se lo está empezando a creer. Yo opino que me ha tocado la lotería, porque, después de sesenta años, es increíble que me haya sacado esto de encima. Me parece increíble que no se hable más de la psicosomática, porque este tema afecta a mucha gente. Yo me he pasado casi sesenta años de médico en médico, yendo a neurólogos, psiquiatras..., y nadie me daba una solución. ¡No entiendo que no se hable más de ello! Espero que mucha gente joven se cure de este tipo de migraña y no tarde sesenta años como yo.
Ya hace unos ocho años que tropecé con el libro del doctor Goicoechea, y desde entonces no he dejado de descubrir casos como el de Ángel, gente que ha superado las migrañas más martirizantes. Y personalmente también he conocido a decenas de sorprendentes exmigrañosos.
Pseudoepilepsia, migrañas diarias, lumbago... ¡y mucho más! La mente puede generar todo tipo de pesadillas que llegan a confundir a grandes profesionales médicos. Pero, como veremos a lo largo de este libro, la mente y su increíble creatividad también pueden hacer lo contrario: crear un universo bello, pacífico y abundante. Sí, el paraíso en el que todos deseamos vivir.
La clave está en aprender a usar la mente a nuestro favor, programarla para crear emociones beneficiosas y no martirizantes. Porque, como ya hemos visto, puede hacer ambas cosas. Sin duda, ¡podemos aprender a quedarnos sólo con lo bueno (casi siempre)!
¿Has visto alguna vez el Sol al atardecer? ¡Seguro que sí! ¿Te has fijado en su magnífica redondez, anaranjada y enorme, mientras hace su camino final hacia el horizonte? ¡Qué visión tan preciosa!
Pero ¿sabrías adivinar por qué se ve tan grande? Piénsalo: esa misma mañana, allí, en lo alto del cielo, se veía mucho más pequeño, ¿no? ¿Cómo es que ha cambiado de tamaño?
Si tu respuesta es que por la tarde, en su órbita diaria, el Sol está más cerca de la Tierra y por eso se ve más grande, te equivocas. Resulta que tanto por la mañana como por la tarde el Sol se encuentra prácticamente a la misma distancia de nuestro planeta.
La razón de que se vea de diferente tamaño es ¡tu mente! Se trata de una ilusión óptica. ¡Una enorme ilusión!
En realidad, el Sol tiene el mismo tamaño, pero tu cerebro te hace verlo más grande o más pequeño de forma arbitraria. Esa variación se debe a que está más bajo en el atardecer y puedes compararlo con otros objetos (como el mismo horizonte, los árboles o los edificios que se recortan en él). Y, en comparación a todo eso, tu mente te lo hace ver más grande. En cambio, cuando el Sol está en lo alto, la mente no tiene con qué compararlo y te lo hace ver más pequeño.
La primera vez que me explicaron este fenómeno me quedé atónito. ¿Cómo es posible que nuestra mente invente de tal forma? ¿Cómo no nos damos cuenta de que se trata de una ilusión? Y no sólo eso: lo más impactante es que todo el mundo en la Tierra tiene la misma alucinación perceptiva.
La respuesta es que nuestra mente inventa y crea de forma constante TODO lo que percibimos. Y los científicos que estudian la percepción hace mucho que lo saben. La realidad no es lo que creemos que es.
Una de las ilusiones ópticas más famosas es lo que se conoce como el tablero de ajedrez de Adelson por el nombre de quien la publicó, Edward H. Adelson, profesor de Ciencias de la Visión en el Instituto de Tecnología de Massachusetts.
En la siguiente ilustración podemos ver dos casillas, la A y la B, que parecen de tonalidades diferentes. Lo sé: ¡jurarías que son distintas! Sin embargo, comprobaremos que son exactamente del mismo color. Es tu mente la que te hace verlas diferentes.
A continuación, coge una tira de papel que tape toda una línea de cuadraditos.
Todavía las ves diferentes. Muy bien. Ahora coge más tiras y úsalas para rellenar todas las casillas que rodean los cuadraditos A y B.
Observa la siguiente ilustración. De repente, ¡se ha obrado la magia! Los ojos dejan de ver las casillas A y B de distintos colores. El cerebro los diferenciaba sólo por el contexto, es decir, por el contraste con los otros cuadraditos y la sombra del tubo cilíndrico.
Puedes repetir el ejercicio tapando el tablero con tiras de papel que hayas hecho tú mismo y te darás cuenta de que no hay trampa ni cartón.
La conclusión es que la mente nos hace ver cosas según le conviene. Ninguna de nuestras percepciones se corresponde con una realidad objetiva. Nada es lo que parece. Nada —ni siquiera el Sol— es como creemos que es.
Podríamos pasarnos horas alucinando con diferentes ilusiones (ópticas, olfativas, táctiles...) y lo comprobaríamos una y otra vez: nuestra mente es una fabuladora descomunal, aunque no nos demos cuenta de ello. ¡Qué ilusos!
Pero eso, como veremos, abre una puerta maravillosa: con esa misma inventiva, podremos convertir nuestra vida en algo intensamente gozoso en vez de algo preocupante. Sí, la felicidad depende sólo de nosotros. Si aprendemos a usar la mente a nuestro favor, a hacer que alucine una realidad hermosa, todo cambiará. Éste es el contenido de este libro.
En este capítulo hemos aprendido que:
• La mente es superpoderosa a la hora de inventarse la realidad.
• Todo lo que percibimos es más bien una ilusión, incluso el tamaño del Sol.
• Puede crear pseudoepilepsias, migrañas y todo tipo de síntomas.
• Y también puede crear estados de felicidad profundos: eso es lo que vamos a aprender.
Transformarse es posible
Era un maravilloso vergel. Prados, bosques y un río ancho y lleno de burbujeante vida. Lo habitaban cientos de jóvenes de veinte a treinta años. Chicos y chicas sonrientes, abrazándose a cada rato. Su look era el típico de los setenta: pelo largo, barbas bíblicas, ropas de colores centelleantes... Todo muy hippy.
Pero, además de hippies, aquellos muchachos eran unos trabajadores incansables. De hecho, estaban construyendo entre todos nada más y nada menos que una ciudad: cómodas casas, centros recreativos, bellos parques... y hasta un enorme lago artificial. Los que sabían algo de construcción dirigían a los demás, que aprendían a toda velocidad. Exudaban entusiasmo.
Esos jóvenes imparables formaban parte de la comunidad de Osho, un gurú hindú que se había propuesto crear una gran comuna en Estados Unidos a imagen y semejanza de la original, que había fundado en su Pune natal, en la India.
Iba a ser un lugar abierto a todo el mundo, donde poder hacer cursos de meditación, trabajar el desarrollo personal o, simplemente, convivir: jugar, enamorarse, trabajar por la comunidad, alimentarse saludablemente y desarrollar una espiritualidad lúdica.
En la docuserie Wild Wild Country, producida por Netflix, se explica la historia de aquella comuna, que, por cierto, acabó como el rosario de la aurora. Los vecinos del pueblo más cercano se pusieron histéricos y quisieron prohibir esa «ciudad de libertinaje». La respuesta fue un despropósito surrealista que acabaría con el sueño de todos. La mano derecha de Osho, una muchacha pasada de vueltas, acabó procesada por intento de asesinato, y el lugar fue clausurado por el FBI.
Nunca he sido especial seguidor de las enseñanzas de Osho. Hace años leí alguno de sus libros y me parecieron interesantes, pero no me engancharon como a muchos otros. Cuando vi Wild Wild Country lo que me llamó la atención no fue la rocambolesca batalla que se entabló con los vecinos paletos, sino las declaraciones que hicieron los exmiembros del grupo décadas después de todo aquello.
En el documental, los exmiembros de la comuna son ya personas maduras con vidas burguesas convencionales: abogados, informáticos, médicos..., pero todos recuerdan aquellos años como los más felices de su vida. Incluso lloran con nostalgia por la plenitud de aquellos días.
Si no lo has visto aún, búscalo esta misma noche en Netflix. Te sorprenderá la historia. Pero fíjate especialmente en ese detalle: ¡los jóvenes de Osho rebosan felicidad! Y no te pierdas que, décadas después, los mismos protagonistas recuerdan todo aquello como lo más maravilloso de su vida.
Esa experiencia —y muchas otras que se desgranarán en este libro— demuestra algo de suma importancia: todos podemos activar una forma especial de ver el mundo, capaz de colmarnos de alegría. Todo está en nuestro pensamiento, en nuestra mente.
Los jóvenes seguidores de Osho comprobaron que existe una programación mental para la plenitud, el entusiasmo, la armonía mental, la ligereza, la alegría, la fortaleza, el humor, el buen talante y la flexibilidad. Y está siempre a nuestro alcance. Es el producto de una serie de creencias acerca del mundo y de nosotros mismos, un estilo de pensamiento que todos podemos adquirir.
Siempre me han interesado las sectas. No porque quiera ingresar en una. Al contrario, toda la vida he sido bastante alérgico a los dogmas. Lo que me fascina de las sectas es su capacidad para transformar la vida de los adeptos.
Cuando era un joven estudiante de psicología ya me planteaba la posibilidad de aprovechar ese potencial de transformación para el bien personal de cada persona. ¿Podría uno convertirse en su propio gurú? ¿Podríamos montarnos nuestra propia unisecta, formada por una sola persona y comandada por uno mismo?
Cuando descubrí la psicología cognitiva, me di cuenta de que la respuesta era afirmativa. ¡Podemos llevar a cabo un lavado de cerebro personal en pos de la alegría y la libertad! Convertirnos en gurús de nosotros mismos.
Esto mismo estudiaremos en este libro: el ABC de la filosofía que nos hará vivir en una comuna personal; las creencias que, una vez asumidas en profundidad, nos harán sentir casi siempre felices y a gusto con la vida.
A continuación, exploraremos este magnífico e ilusionante sistema de creencias.
Todo lo genera nuestra mente. El bien y el mal. Lo bueno y lo malo. La gloria y el desastre. El juego está dentro, no fuera. Aunque, una y otra vez, nos parezca lo contrario.
Nos llaman por teléfono para decirnos que nos han concedido el Premio Nobel y experimentamos un subidón inmediato. Nos dan la carta de despido y nos deprimimos al instante. Las emociones asociadas a esos dos acontecimientos parecen lógicas y provocadas directamente por los hechos. Pero no es así. Es sólo una especie de ilusión óptica.
Nuestra infelicidad está sólo en nuestra mente, en nuestra cabecita que piensa y valora todo el tiempo: «¿Estoy bien o estoy mal?», «¿Mi posición es maravillosa o es una condena?».
Hace siglos, muchos filósofos se dieron cuenta de que, por increíble que parezca, lo que nos afecta no es lo que nos sucede, sino lo que nos decimos acerca de ello. Y eso lo cambia todo. Nuestro diálogo interior es el director absoluto de esta obra de teatro.
En una ocasión tuve una paciente, Ana, a la que su novio acababa de dejar. Tenía tan sólo diecinueve años y estaba muy triste. No comía. No tenía ganas de salir con sus amigas. La vida era un páramo sin su amor. En un momento dado, le pregunté:
—¿Cuánto tiempo llevabais juntos?
—Un año —respondió con cara larga.
—Y, antes de conocerlo, ¿cómo era tu vida? —inquirí.
—¿Antes? —dijo Ana, extrañada por la pregunta—. Mi vida era... buena. Sí, muy buena.
—¿Y no te parece curioso que hace tan poco fueses feliz y, de repente, ahora sientas que te falta algo y no puedas estar bien? ¿Qué ha sucedido para ese cambio tan radical?
—¡Hombre, Rafael! Pues que he probado lo bien que se está en pareja, al lado de alguien que te ama. Y, ahora, una vez saboreada esa felicidad, no puedo estar bien sin ella —respondió con decisión.
¡Ajá! Ana no estaba deprimida porque su novio la hubiese dejado, sino porque comparaba dos situaciones (estar sin pareja y estar emparejada) y su cerebro, de forma despiadada, emitía una serie de veredictos: estar en pareja es genial y no estarlo (tras probarlo) es horrible.
¡Ana no estaba mal por lo que sucedía, sino por el ejercicio mental que hacía! Si no hubiese conocido nunca a ese chico, habría seguido feliz con su vida de soltera. Es decir, la misma situación (estar soltera) no sería objeto de ninguna valoración negativa.
Y es que la clave de la felicidad, una y otra vez, son nuestras valoraciones, nuestras comparaciones. Y, siendo así, ¿por qué no aprender a valorar las cosas de manera que siempre salgamos ganando? ¿No sería eso la piedra filosofal de la felicidad?
Hace más de veinte siglos, antes de la época de los romanos, pensadores de diversas procedencias llegaron a la conclusión de que así era. La filosofía estoica fue la precursora de la terapia cognitiva, que es la base de este libro: una bomba de potencia descomunal capaz de darnos armonía allá donde estemos, sea cual sea la situación en la que nos encontremos.
Hace muchos años, John, un filósofo estoico británico y buen amigo mío, trataba de ilustrarme sobre cuánto nos afectan los pensamientos, nuestras creencias, lo que nos decimos. Me puso un impactante ejemplo que nunca olvidaré.
Estábamos en el jardín de su bonita casa, tomando té, cuando, de repente, me hizo entrar en el salón. Sacó una cinta de vídeo VHS, de esas de los años noventa, y la metió en el reproductor. La pantalla parpadeó un poco y apareció en la tele la grabación de una competición de remo, la famosa regata de Oxford contra Cambridge.
—Vamos a mirar esto, Rafael. A ver qué te parece —dijo.
Bastante intrigado, puse mucha atención. Esperaba presenciar algo llamativo, pero acabó la regata y no había apreciado nada especial.
—¿Qué tal, Rafael? ¿Algo que decir? —quiso saber, ufano.
—Hum, creo que nada —respondí lentamente, con la sensación de que estaba fallando en algo—. Ha ganado el equipo que viste de azul.
—Exacto. Pero, dime, ¿ha ganado con mucha diferencia o poca? —preguntó.
—¡Por muy poca diferencia! Un metro y medio, como mucho.
—Muy bien. Ahora dime: ¿qué pinta tiene el equipo que ha perdido? —inquirió John mientras rebobinaba la cinta para volver a ver el final.
—¡Están agotados! Dejan caer el cuerpo, estiran los brazos hacia delante, bajan la cabeza... —describí todo lo que veía.
—¿Y los ganadores? —insistió John.
—Están riendo y abrazándose. Algunos gritan frases de júbilo... —seguí describiendo.
—Y ¿acaso parecen cansados? —preguntó John con una sonrisa pícara.
—¡No, no! ¡Es verdad! ¡Los ganadores están frescos, como si estuvieran listos para remar de nuevo, mientras que los perdedores no pueden ni salir de la embarcación! —exclamé, atónito.
Los dos equipos habían hecho casi exactamente lo mismo. Habían remado casi con la misma fuerza. La diferencia era mínima. De hecho, a simple vista eran prácticamente idénticos. ¡Se parecían mucho! Mismos hombros fuertes, mismas espaldas anchas, mismas piernas de hierro... ¡Hasta el mismo peinado! Lo único que cambiaba era que su mente, en ese momento, se decía cosas diferentes: «¡Aleluya! ¡Somos los ganadores!» o «¡Maldición! ¡Acabamos de perder!».
Y esa valoración —y sólo eso— dejaba a unos exhaustos y a otros tan frescos.
John y yo pasamos el resto de la tarde charlando sobre el poder del pensamiento sobre las emociones ¡e incluso sobre nuestro cuerpo!
En este capítulo hemos aprendido que:
• Todos podemos convertirnos en nuestros propios gurús y transformar nuestro mundo particular en un vergel.
• Lo evaluamos todo mediante un mecanismo de comparación.
• Podemos aprender a comparar de forma que salgamos siempre ganando.