A modo de prólogo
Durante dieciocho meses escribí sobre la felicidad y, al poco de finalizar mi trabajo, la vida me propinó uno de esos golpes «tan fuertes» que «abren zanjas oscuras / en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte», según las palabras de César Vallejo en Los heraldos negros.
Cuando Maestros de la felicidad comenzó a circular por las librerías y fui invitado a distintas ciudades para hablar del libro, sentí que la vida ponía a prueba mi elogio del optimismo. Durante semanas, quizá meses, viví un doloroso conflicto interior. Dividido entre lo que decía y lo que sentía, experimenté la sensación de ser un impostor. ¿Me había equivocado? ¿Acaso la vida solo era ruido y furia, como asegura Shakespeare en Macbeth? ¿Se podía ser feliz en un mundo saturado de guerras, hambrunas, catástrofes naturales y enfermedades? ¿Sería mejor no haber nacido o poner fin a todo con un gesto fatal?
En algunos momentos pensé que sí, que el sufrimiento era la nota más característica de la vida y que la nada constituía la mejor alternativa para huir del dolor. Sin embargo, en mitad de la tormenta, cuando la adversidad mostraba su faz más amarga, surgieron inesperados islotes de dicha. Siempre recordaré con gratitud el rostro de Vivien Leigh en el pequeño televisor de un hospital durante una noche aciaga. Contemplar los ojos verdes de la actriz me recordó que ninguna catástrofe puede borrar la belleza de este mundo. Obstinada e indomable, siempre asoma por una esquina, invitándonos a abrazarla.
Unos días después, cuando ya había abandonado el hospital, el mar de la estepa castellana, con sus crestas verdes, amarillas y ocres, volvió a mostrarme la belleza del pequeño rincón del cosmos que sirve de morada a nuestra especie. Al observar un álamo blanco, con su tronco salpicado de musgo y sus ramas desnudas, impacientes por acoger las hojas de la próxima primavera, pensé que la belleza era mucho más que un fenómeno estético. El sol que bañaba esa cálida mañana de invierno me decía que aquel álamo, una espiral de blancura enredada en el aire, era un signo de la verdadera naturaleza del mundo.
Aunque la vida duela en ocasiones hasta el extremo de despertar el anhelo de no ser, alberga un don asombroso que puede curar todas las heridas. Me refiero al amor, que se hizo visible con ese álamo blanco y su capacidad de evocar los paseos de mi juventud con Piedad, mi mujer. Al pie de un álamo blanco, la alegría se respira sin esfuerzo. Solo hay que mirar su tronco, similar a un chorro de espuma, y percibir su impulso ascendente. En esa cercanía no caben la angustia, el miedo o la incomprensión. El amor no es un simple afecto, sino la fuerza que nos arraiga a la vida y el cauce que nos comunica con todo lo existente. Gracias al amor, el porvenir no es un puñado de ceniza a punto de ser aventado, sino una luz que empuja a la oscuridad hasta despeñarla por el horizonte.
Pienso en Piedad, y el amor que siento por ella desmonta las argucias del pesimismo. Al principio solo éramos dos extraños, dos desconocidos que se debatían con la incertidumbre y la pena, pero desde hace cuatro décadas nos une un suave yugo, una atadura que nos hace libres y nos ayuda a deslizarnos entre las sábanas sin el temor a despertar y notar que la soledad no se ha movido de nuestro lado.
No importa el tiempo, no importan las horas ni los malentendidos, sino lo vivido. Y lo vivido es indestructible. El amor nos salva a diario. Soporta los golpes más fuertes y sobrevive a las tempestades más implacables. El amor me devolvió el júbilo con el que escribí Maestros de la felicidad, pese a que los meses posteriores a su publicación trajeron tristeza, dolor y miedo.
Casi todas las tardes Piedad y yo caminamos entre sauces, castaños y chopos. Los árboles se han convertido en nuestros amigos. Al llegar a una laguna, nos rodean los gansos y las ocas, blancos, enormes, un poco insolentes. Suplican comida, pero no llevamos nada. Después de un rato pierden el interés y prosiguen su camino, primero dispersos, luego en hilera. Siento que mi alma los acompaña un rato, con la inocencia del niño que aún no ha descubierto la precariedad de su existir. Solo el ser humano sabe que algún día será tierra, polvo, ausencia, pero creo que el amor nos exime de ese destino. El amor es aire, espuma, latido, aurora invicta que hace retroceder a las sombras.
Piedad y yo a veces nos detenemos en un merendero con mesas de hierro y madera vieja. Cerca hay un parque infantil, pero sin niños. Nos sentimos acompañados, pese a que muchas tardes nadie se cruza con nosotros. Los pájaros nos observan y nos toman muy en serio. A veces interrumpen su canto para escuchar cómo hablamos de la epifanía de la carne, de ese pequeño infinito de revelaciones y complicidades, cercanías y transparencias, anhelos y claridades. Cuando contemplamos las montañas lejanas y sus cumbres puntiagudas, nos parecen un mirador para los que celebran la existencia del mundo. En una ocasión nos encontramos con un juguete de plástico, presumiblemente de un niño que lo había extraviado. Era un coche de colores, y desapareció en mi mano cuando la ahuequé para comprobar si el tamaño de la esperanza podía albergar un corazón humano.
Si dentro de unos años alguien se acerca a los campos por los que paseamos a diario, escuchará el eco de lo que hablamos, nuestra convicción de que la muerte no es nada para dos almas unidas por el amor. ¡Cuánta razón tenía Jorge Guillén! El mundo está bien hecho. Y está bien hecho porque rebosa amor. Ese amor que aviva sin descanso la llama de la felicidad y al que dedico este libro.
Me disculpo de antemano, pues las páginas que he escrito son insuficientes para reflejar las distintas caras del amor, la fuerza más revolucionaria del universo y el don que nos reconcilia una y otra vez con la vida. Aventuro que los lectores serán indulgentes, pues saben que los escritores somos poca cosa. Como dice mi admirado Zoki, apenas traperos que comercian con palabras.
1
Solo vive quien ama
Solo vive quien mira,
[…] solo vive quien besa.
Luis Cernuda,
Donde habite el olvido
¿Se debe empezar a narrar una historia cuando se desconoce el desenlace? Pienso que es inevitable, pues detrás de cada libro se esconde la peripecia del ser humano que lo escribe, y esa peripecia siempre es incierta. Cuando escribo estas líneas, la inevitable incertidumbre que acompaña al hecho de vivir se ha acentuado en mi día a día.
Hace unos meses mi rutina sufrió un grave descalabro por la irrupción de una enfermedad temida y maldita: el cáncer. Piedad, mi mujer, necesitará pasar por el quirófano y someterse a un largo tratamiento. El pronóstico es bueno, pero la aparición del cáncer nos ha recordado algo que solemos olvidar para vivir libres de angustia y miedo: la fragilidad de la existencia.
La filosofía nos ha advertido desde sus orígenes sobre la precariedad de la vida, pero desde hace un siglo hemos olvidado esa lección. El anhelo de seguridad ha prevalecido sobre la necesidad de reflexionar sobre nuestra vulnerabilidad. Hasta Nietzsche, la filosofía occidental resolvió este conflicto mediante la fe. Durante casi dos milenios la esperanza de una vida sobrenatural aplacó el miedo y la angustia. Ese consuelo se esfumó cuando Marx, Nietzsche y Freud, maestros de la sospecha, proclamaron que Dios solo era una ficción de la especie humana. Muchos lo presumían desde que Immanuel Kant elaboró argumentos casi irrefutables para demostrar que la metafísica nunca sería una ciencia. Podemos especular con lo que hay más allá de la experiencia, pero nunca podremos conocerlo.
En el siglo xix Schopenhauer exploró un camino alternativo a la fe: cultivar el desapego para poder soportar la caducidad de todo lo que vive. No era una idea nueva, sino una enseñanza que el filósofo extrajo de la sabiduría oriental, orientada a la búsqueda de la paz interior. En Occidente, los estoicos, hoy tan de moda, postularon algo similar. El infortunio se hace más tolerable si no establecemos lazos demasiado intensos con lo contingente. El sabio aspira a la autonomía, no ligándose a nada que pueda perder. En una época que ha dado la espalda a las religiones tradicionales, las enseñanzas de la sabiduría oriental y el estoicismo se han vuelto muy populares. Sin embargo, no han logrado neutralizar la angustia existencial que se ha apoderado de Occidente desde 1945. La chimenea de Auschwitz y las ruinas de Hiroshima todavía desprenden un humo negro incompatible con la serenidad, y la actualidad no proporciona razones sólidas para el optimismo: cruentas guerras en Ucrania, Sudán y Gaza, pandemias, desastres naturales, cambio climático, crisis del modelo democrático, auge de los populismos.
Afortunadamente, el ser humano no está restringido a lo inmediato y material. Gracias a la imaginación, puede afrontar la vida desde una perspectiva estética. La ficción no es una forma de evasión, sino una especie de estrato geológico que añade espesor a la realidad. Entre esos estratos, cabe citar la literatura, la pintura, la música, la escultura, el teatro, el cine. Piedad y yo hemos aprovechado esas capas, que ya son indisociables del devenir humano, para sobrellevar la tormenta que se ha desatado sobre nuestras vidas.
El cine del Hollywood dorado se ha mostrado especialmente balsámico. Contemplar a Scarlett O’Hara paseando con su pamela amarilla por los jardines de Los Doce Robles o a Rick apurando un cigarrillo con su esmoquin blanco en la puerta de su café de Casablanca nos ayuda a olvidar las visitas al hospital y nos recuerda que la vida, pese a sus imperfecciones, es una fuente de goce y plenitud. Un wéstern de John Ford, una comedia de Billy Wilder o una película de suspense de Hitchcock pueden ser la mejor terapia para combatir el desánimo. La felicidad no es una cumbre inaccesible, sino algo sencillo. A veces solo es necesario pulsar el mando a distancia de un televisor y escuchar las primeras notas de una banda sonora legendaria, sabiendo que en unos segundos aparecerán Cary Grant, Gene Tierney o Montgomery Clift.
Piedad y yo hemos superado los sesenta años y el ayer viaja con nosotros. Eso no significa que desdeñemos el presente, sino que el hoy está preñado de recuerdos que añaden profundidad a nuestras vivencias. Se dice que vivir significa ir perdiendo cosas, pero yo tengo la impresión de que el tiempo pasado, lejos de restar, suma y enriquece. Ahora, cuando paseo por la áspera llanura que circunda mi casa y veo las montañas azules a lo lejos, ya no son tan solo una visión que incorpora una nota de luminosidad a la monotonía de un paisaje desértico, sino una imagen que trae a mi memoria las mañanas en el parque del Oeste, escenario de mi niñez y juventud, cuando yo intuía en la sombra de los cedros y el rumor de un pequeño arroyo la huella de un remoto paraíso. Los años transcurridos son pinceladas que incrementan la textura de la vida, no brochazos que borran indistintamente lo banal y lo más querido. Vivir es agregar textura, no desechar y olvidar.
La ficción —literaria, oral o cinematográfica— es tan necesaria como el aire que respiramos. ¿Quién podría vivir sin escuchar historias? Se auguró la muerte del libro, pero el libro se resiste a morir y sigue alumbrando relatos que seducen a millones de personas con el poder de aplacar sus insatisfacciones y sus temores. Las ilusiones son el motor de la existencia. ¿Quién podría encarar la rutina, con sus desengaños y limitaciones, sin sueños capaces de sortear las barreras del tiempo y el espacio? ¿Quién no fantasea con superar los límites que acotan nuestra vida? Somos la única especie que conoce su condición mortal y no nos hemos resignado a nuestra finitud. De una manera u otra, nos rebelamos contra esa perspectiva soñando con un horizonte más vasto, con una plenitud desconocida que revoque El triunfo de la Muerte augurado por Pieter Brueghel el Viejo en su famoso óleo expuesto en el museo del Prado de Madrid. Según el pintor flamenco, nada escapa a la muerte: las ciudades son pasto del fuego, los barcos naufragan, campesinos, soldados y reyes caen abatidos por un ejército implacable de esqueletos armados con guadañas. Sabemos que todas las historias acaban, pero ¿eso nos permite afirmar que la vida solo es un breve parpadeo carente de sentido? Tal vez sea un breve parpadeo, pero también es una semilla que fructifica al final del viaje por el tiempo y el espacio. ¿Y qué es lo que determina que fructifique o se malogre? El amor. Amor a los otros, a la vida, al bien, a la belleza.
El amor impugna el pesimismo de Shakespeare, según el cual la existencia solo es ruido y furia, un cuento sin significado narrado por un idiota. El amor que yo siento por mi mujer —ahora herida—, por mis padres y hermanos —desaparecidos hace tiempo pero aún muy vivos en mi memoria—, por mis amigos —siempre dispuestos a espantar las sombras que a veces nos envuelven—, por las palabras —un manantial que jamás se agota— y por la vida —un mosaico de belleza inagotable— no es una simple emoción, fruto del largo proceso evolutivo de nuestra especie, sino lo que ha dado sentido a mi existencia. Sin amor, mi vida estaría vacía. El amor no es algo efímero, sino una forma de plenitud. El amor de Romeo y Julieta se celebra siglo tras siglo porque nos parece inmortal, pese a su final trágico. En el óleo de Brueghel el Viejo, los amantes se enfrentan a la Muerte. Es cierto que su gesto resulta inútil, pero su desafío es muy elocuente. Aparentemente se limitan a ignorarla, pero su actitud, lejos de ser simple inconsciencia, sugiere que no creen en ella, pues están convencidos de que su amor no quedará reducido a polvo y olvido.
Vivimos para el aquí y ahora, pero el amor siempre apunta al mañana. Pero ¿qué es el mañana? ¿Esa eternidad que la ciencia solo considera una quimera, una fantasía infantil que no soporta el contraste contra la realidad? Digamos que el mañana no es el paraíso esbozado por las distintas tradiciones religiosas, sino la persistencia de las cosas especialmente valiosas. «No es el amor quien muere, / somos nosotros mismos», escribe Luis Cernuda en su libro Donde habite el olvido (1934). Morimos nosotros, sí, pero no el amor. No son los versos de un hombre religioso, sino de un poeta que no quería saber nada de «tristes dioses crucificados». «Solo vive quien mira, […] solo vive quien besa», afirma Cernuda. Solo muere realmente quien deja de amar. Amar y vivir son verbos sinónimos, acciones complementarias que nos conectan con el mundo y nos revelan la impotencia del odio, un sentimiento estéril y autodestructivo.
En el Banquete, Platón pone en boca de Aristófanes la idea de que el amor surge de la nostalgia de la unidad primordial del ser humano. En los orígenes no existía lo masculino y lo femenino. Ambas esferas convivían firmemente unidas, pero se escindieron y, desde entonces, anhelan volver a fundirse. Según Aristófanes, amor es el nombre para el deseo y persecución de la integridad perdida: «Nuestra raza solo podría llegar a ser plenamente feliz si lleváramos el amor a su culminación y cada uno encontrara el amado que le pertenece retornando a su antigua naturaleza». Esta idea del amor se asocia a la diferencia sexual.
En la Grecia clásica se toleraba lo que hoy se llama pederastia. Los adolescentes del sexo masculino se relacionaban con varones adultos que ejercían sobre ellos un magisterio intelectual, moral y emocional. Al no poder acceder a las mujeres, confinadas en el gineceo, el vínculo entre maestro y discípulo muchas veces desembocaba en la intimidad sexual. El desdén imperante por el sexo femenino explica que se idealizara ese tipo de relaciones. El adolescente o efebo encarnaba un ideal de belleza basado en la armonía, la proporción y el equilibrio. Las relaciones sexuales entre hombres adultos, en cambio, se consideraban inaceptables, pues carecían de ese componente estético y pedagógico.
Al margen de estas cuestiones, la teoría de Aristófanes no ha perdido validez si prescindimos de la diferencia sexual y hablamos de individualidades. El yo está incompleto hasta que se une al tú. La alteridad es el espacio donde se consuma la plenitud del ser humano. El otro puede llegar a ser el infierno, pero sin el otro, la vida pierde su sentido. Incluso los anacoretas que se retiran al desierto o a una cueva buscan incansablemente al otro. La alteridad es un concepto con un campo semántico muy extenso. Cada uno determina dónde puede buscar esa alteridad complementaria que aportará a su existencia individual el calor, la intimidad y la complicidad, sin las cuales se experimenta una dolorosa sensación de estar inacabado.
Platón expone su concepción del amor mediante Sócrates, y Sócrates, quizá por no querer atribuirse un protagonismo excesivo, elige a la sacerdotisa y profetisa Diotima de Mantinea para exponer su teoría. Diotima sostiene que Eros no es un dios, sino algo intermedio entre lo mortal y lo inmortal. Fue engendrado por Poros y Penía durante el banquete donde se celebraba el nacimiento de Afrodita. Embriagado de néctar, Poros se durmió en el jardín de Zeus, y Penía aprovechó su estado para yacer con él. De ese encuentro nació Eros. Poros representa la pobreza, la escasez, y Penía, la astucia, el recurso, con su arte para superar los problemas. Eros no es delicado y bello, sino «duro y seco, descalzo y sin casa». Siempre está al acecho de lo bello y lo bueno. Es valiente, audaz e ingenioso: «Un formidable mago, hechicero y sofista». A veces florece y vive; otras muere, pero siempre reaparece. Su naturaleza lo sitúa a medio camino de la sabiduría y la ignorancia. El amor es «el deseo de poseer siempre el bien» y se manifiesta como anhelo de inmortalidad. Su esencia es la tensión creadora, la generación permanente de vida. El ser humano se perpetúa mediante las obras, la fama, los hijos.
Según Platón, el alma es lo más digno de amarse, no el cuerpo. La belleza del cuerpo es algo insignificante. Eso sí, el amor no debe ser restrictivo. No ha de fijarse exclusivamente en un individuo, sino abrirse al «mar de lo bello». Hoy en día no podemos reducir el amor al alumbramiento de nuevas vidas, pero sí debemos asociarlo al esfuerzo creador y solo podemos ratificar que el alma —o, si se prefiere, la mente, el espíritu, la personalidad— es lo más digno de ser amado. El amor no puede ser excluyente. Es evidente que se proyecta de forma prioritaria sobre otro sujeto, pero su impulso debe ir más allá. Platón utiliza el «mar de lo bello» para referirse a la belleza en sí misma, ese bien imperecedero que trasciende lo particular, pero lo cierto es que el amor no se materializa mediante abstracciones, sino confrontando miradas.
Según el filósofo judío Emmanuel Lévinas, la mirada del otro nos interpela de forma abrupta e inmediata para demandar respeto, afecto y cuidado. El amor nos revela que el hombre no es un ser-para-la-muerte, como decía Heidegger, sino un ser-para-el-otro. El amor nos rescata de la irrelevancia y la contingencia. Al amar, expandimos nuestro ser y nos sustraemos al ciego devenir de una existencia sin propósito.
El amor es una chispa que nos lleva más allá del estrecho recinto del ego, una vivencia que ensancha nuestra mirada y nos abre a los otros. Para ser con plenitud, hay que descentrarse, liberarse del yo, que nos recluye en un pequeño círculo de ambiciones banales, como el anhelo de fama, éxito o dinero, bienes siempre precarios y de escaso calado.
Thomas Merton, escritor contemplativo, poeta, místico y teólogo, escribió entre 1965 y 1968 una serie de ensayos, Love and Living, que se publicaron póstumamente. Monje de la abadía trapense de Nuestra Señora de Getsemaní, se enamoró de una estudiante de Enfermería mientras se recuperaba de una intervención quirúrgica en la espalda y reflejó esa experiencia en uno de sus ensayos sobre el amor:
De repente he comprendido una cosa: que nada cuenta excepto el amor y que una soledad que no es simplemente la total apertura del amor y la libertad no es nada. El amor y la soledad son la única base de la madurez y la libertad verdaderas.
La soledad de la que habla Merton no es esa soledad no deseada que ha adquirido rango de epidemia, sino una forma de vida fructífera basada en la introspección y la meditación. No está relacionada con la misantropía, sino con el deseo de comunicarse con los estratos más profundos de la vida. El amor es algo similar. No es «una necesidad, un apetito, un deseo ardiente, un hambre que exige ser satisfecha», sino el camino ineludible para lograr la realización personal: «No puedo encontrarme a mí mismo en mí, sino en el otro». Por eso, la misión del poeta, el artista y el profeta, educados e inspirados por el amor, es enseñarnos a amar.
La razón de ser de este libro es cumplir ese mandato. Y ese mandato solo puede materializarse con una escrupulosa humildad, pues lo primero que aprenden los poetas, los artistas y los profetas es que el yo solo es una cáscara vacía sin el tú. El yo y el tú mueren, como advierte Cernuda, pero cuando se funden se transforman en nosotros, es decir, en amor, y el amor es más fuerte que la muerte. ¿Quién se atrevería a asegurar que Romeo y Julieta están muertos? Su idilio ha sobrevivido a todos los que conspiraron contra él y ha puesto de manifiesto que las fuerzas de este mundo nada pueden contra el poder del amor.
2
La medicina como acto de amor
La medicina no solo es ciencia, sino también arte […]. La calidez humana, la compasión y la comprensión pueden ser más valiosas que el bisturí del cirujano.
Louis Lasagna, versión modernizada del juramento hipocrático
Mientras escribo estas líneas, Piedad encara su tercera semana de radioterapia. Ya ha pasado por una sesión de quimioterapia. El tratamiento se parece a una pendiente helada. La escalada es penosa, pero a veces aparece una cornisa que permite descansar y disfrutar de un rayo de sol. Yo no me separo de su lado. La ayudo a desvestirse, la conforto con palabras de aliento, estrecho su mano mientras el cisplatino circula por su cuerpo, pero también me derrumbo en ocasiones y lloro como un niño.
Me dicen que sea fuerte, pero Susana Garrido, la psicóloga especializada en atención a pacientes oncológicos, objeta que es una exigencia absurda. Ni el paciente ni los familiares deben plantearse la enfermedad como una lucha, sino como algo que ha sucedido y que debe afrontarse racionalmente. No se puede pedir una actitud heroica, especialmente desde fuera, cuando se contempla el problema con la perspectiva relajada del que no ha experimentado ningún menoscabo en su salud. Los que aconsejan fuerza y entereza deben cambiar su discurso y limitarse a escuchar, acompañar y transmitir afecto. Ni sermones ni consejos. Solo gestos de cariño.
Afortunadamente, los enfermeros y auxiliares que se ocupan de la radioterapia y la quimioterapia cuidan a los pacientes mostrándose comprensivos y afectuosos. Algunos médicos no actúan con la misma delicadeza, quizá por su carácter o porque creen que es suficiente ser un buen profesional. La insensibilidad en un médico es una gravísima carencia, pues los pacientes, además de cuidados especializados, necesitan cercanía y comprensión. Desgraciadamente, a veces las facultades de Medicina descuidan este aspecto. Olvidan que —según el juramento hipocrático fijado en 1948 por la Convención de Ginebra— los profesionales de la salud no son simples técnicos con un alto grado de especialización, sino personas que «consagran su vida al servicio de la humanidad». En 1964 el doctor Louis Lasagna elaboró una nueva versión del juramento que subrayaba la necesidad de no descuidar el aspecto emocional:
Recordaré que la medicina no solo es ciencia, sino también arte, y que la calidez humana, la compasión y la comprensión pueden ser más valiosas que el bisturí del cirujano o el medicamento del químico.
¿Por qué algunos médicos no prestan demasiada atención a estas palabras? El necesario distanciamiento emocional no es una justificación convincente, pues siempre es posible encontrar un equilibrio entre el cariño por el otro y el cuidado emocional de uno mismo.
Los médicos fríos son un reflejo del tiempo que nos ha tocado vivir, donde un individualismo exacerbado ha deteriorado los lazos sociales y el sentimiento de comunidad. Las ciudades no cesan de crecer, pero la concentración de millones de personas en grandes urbes de cristal y hormigón no ha favorecido la comunicación y la empatía. Paradójicamente, el agrupamiento se ha convertido en un fenómeno disgregador. Nadie conoce a nadie. En mitad de la masa, el individuo solo es un punto minúsculo e insignificante. La cultura del encuentro, favorecida por las antiguas plazas y por la costumbre de sacar las sillas a la calle, ha sido sustituida por la cultura del aislamiento. Los apartamentos funcionan como celdillas o compartimentos estancos. A veces muere alguien y los vecinos tardan años en descubrirlo. Los médicos no viven de espaldas a esta dinámica y a veces perciben a sus pacientes como potenciales intrusos en una intimidad que se esmeran en preservar. Cada uno cuida su burbuja como si su supervivencia dependiera de un aislamiento perfecto.
Domingo Picornel, mi bisabuelo, fue médico rural en la España de finales del xix y principios del xx. Conservo muchas fotografías de sus años como estudiante y médico en ejercicio. Cuando se encontraba en la facultad, exhibía una barba corta y cuidada que le imprimía aspecto de filósofo estoico. Dicen que era un hombre sereno, optimista y compasivo. Conoció a Ramón y Cajal, se libró de ser enviado a la guerra de Cuba —quizá sus padres, mis tatarabuelos, pagaron las 1.500 pesetas de la redención en metálico— y se afilió a la Unión Republicana de Toledo. En su fotografía de recién casado, su barba recortada se ha transformado en un bigote unido a dos largas patillas que caen hasta el pecho. Hoy produce estupor esa moda, pero en su momento se consideraba un signo de distinción y elegancia.
Mi bisabuelo siempre vivió en Puente del Arzobispo, un pueblo de Toledo. Conservo una pequeña cartilla de 1898 que acredita su condición de subdelegado de Medicina de la provincia. En esas fechas apenas tenía pelo en la cabeza y su semblante expresaba cierto pesar. Es comprensible, pues en un año había perdido a su joven esposa, a su hijo mayor —un niño de unos diez años del que conservo una fotografía en la que aparece montado sobre un gigantesco triciclo—, a sus padres y a su suegra. Todos vivían juntos, lo cual hizo que la sucesión de pérdidas en un periodo tan corto se volviera particularmente dolorosa. Mi bisabuelo nunca volvió a casarse. Prefirió buscar consuelo en el trabajo y en el cuidado de sus dos hijas de ocho y seis años. ¿Qué podía hacer un médico en esa época frente a la enfermedad? Aún no había antibióticos ni vacunas y la cirugía todavía constituía un procedimiento de alto riesgo, pues no se atribuía la importancia necesaria a la higiene y se carecía de instrumentos precisos.
Domingo Picornel ejerció su profesión durante unas décadas en las que causaban estragos las infecciones, la tuberculosis y la llamada gripe española. Muchos partos finalizaban con la muerte de la madre y el recién nacido. Nacer y morir parecían verbos intercambiables, sinónimos de una dolorosa gramática. ¿Cómo era mi bisabuelo? Solo dispongo de los testimonios de sus hijas, Rosa y Mercedes, y su yerno Antonio Acevedo, también médico. Los tres destacaban su templanza y generosidad. Me han contado que muchas veces no cobraba por sus servicios, pues las familias más humildes, muy abundantes en una España pobre y atrasada, no podían pagarle y, lo que es peor, carecían de medios para comprar medicinas o comer adecuadamente. Al parecer, mi bisabuelo tuvo que abandonar precipitadamente el sepelio de su propio hijo porque un niño agonizaba en un pueblo cercano. A pesar de que acudió de inmediato, no pudo salvarlo y regresó a su casa ahogado por la tristeza y la impotencia.
Murió en 1930, con setenta años. Aún tuvo tiempo de asistir a la muerte de su nieto Antonio, un niño de cuatro años que habría sido el hermano mayor de mi madre, María Rosa. Ella apenas conservaba recuerdos de mi bisabuelo, pero oyó historias que elogiaban su entereza y buen humor. En una fotografía aparece en sus brazos. Domingo sonríe en un patio con una gigantesca higuera que proyecta su sombra sobre un muro blanco, semejante al que describe Azorín como ejemplo de belleza elemental y austera. En cambio, mi madre lloriquea, con uno de esos berrinches inexplicables de los niños muy pequeños, cuyas emociones resultan incomprensibles para los adultos. Es una de las últimas fotografías de mi bisabuelo. No parece un hombre derrotado, pero sí fatigado por sus interminables jornadas a caballo recorriendo un pueblo tras otro, a veces solo para unirse al duelo de las familias y aportar unas palabras de consuelo.
Pienso que mi bisabuelo no solo tenía apariencia de filósofo estoico. Todo indica que seguía —probablemente, de forma inconsciente— las enseñanzas de la Stoa, la escuela fundada por Zenón de Citio en Grecia en el año 300 a. C. Estas se basan en la convicción de que el cosmos obedece al Logos o Razón. Nada sucede en vano. Nada es injusto o innecesario. Cada acontecimiento forma parte de una cadena perfectamente lógica. El sabio asume este hecho y afronta la adversidad con entereza, pues entiende que cada evento es una pieza necesaria de la economía del cosmos. El Logos no es perverso o irracional. Simplemente, no puede eludir las reglas de lo posible. El universo es racional e inteligible, pero sus leyes incluyen sucesos que preferiríamos no soportar, como las enfermedades, los cataclismos naturales y la muerte. Es un gesto de sabiduría aceptarlo y apreciar la vida tal como es, con sus dones y sus desdichas.
Aventuro que mi bisabuelo compartía la convicción de Séneca de que la felicidad nace del ejercicio de la virtud y no de la acumulación de bienes materiales o de la satisfacción de las pasiones elementales. El mal puede acarrear ciertas ventajas, pero a la larga solo produce frustración y malestar. Amar, cuidar, sanar, nos hace dignos de ser felices, pues la dicha no es un derecho, sino algo que se consigue mediante una conciencia satisfecha. El estoicismo es, sobre todo, un humanismo. «El hombre es cosa sagrada para el hombre», escribe Séneca. «Los hombres han nacido los unos para los otros. Instrúyelos o sopórtalos», afirma Marco Aurelio.
El filósofo estoico busca la imperturbabilidad, la ataraxia, la autonomía frente a las contingencias, pero no es impasible ante el dolor ajeno. Pienso que esa era la filosofía de mi bisabuelo. Gracias a esa forma de entender la vida, pudo soportar las pérdidas que salpicaron su vida y el dolor que contempló en una España azotada por la tuberculosis, la desnutrición, el raquitismo, la pobreza y la gripe. Republicano y liberal, Domingo Picornel siempre soñó con el progreso y las reformas sociales. Al igual que los estoicos, pensaba que ser un buen ciudadano es un imperativo moral.
Nuestra época parece muy alejada de los valores estoicos. No moderamos las pasiones. Concedemos una importancia desmedida a los bienes materiales. No reaccionamos con serenidad ante las desgracias. Raramente nos implicamos en proyectos de reforma social. Nos sentimos huérfanos y desorientados en una época carente de certezas y convicciones. Por eso los estoicos nos atraen tanto. Nos gustaría poseer su ánimo templado, su sabiduría existencial y su espíritu cívico.
El estoicismo no es una simple escuela filosófica, sino una actitud vital que ha traspasado siglos y ha llegado hasta nosotros con todo su poder de seducción. Sus enseñanzas son una valiosa herramienta para sobrellevar las tempestades del presente. De momento nos limitamos a estudiar sus textos, pero aún no hemos interiorizado sus lecciones. No debemos desalentarnos por eso, pues —como advirtió Séneca— «hace falta toda una vida para aprender a vivir». Domingo Picornel aprendió a vivir a base de golpes. El contacto con la enfermedad y la muerte no le hizo insensible. Soportó los zarpazos del destino con coraje, sin conseguir que le arrebataran la alegría de vivir ni el amor por los demás.
Siempre que pienso en mi bisabuelo, acude a mi cabeza el cuadro del pintor e ilustrador británico sir Samuel Luke Fildes titulado El doctor, un óleo sobre lienzo realizado en 1891. Expuesto en la Tate Gallery de Londres, con unas dimensiones notables (166 x 242 cm), muestra el interior de la cabaña de un pescador del noroeste de Escocia iluminada por una lámpara que crea un fuerte contraste entre la claridad y la penumbra. En primer plano aparece un médico sentado que observa a una niña gravemente enferma. Con una barba cuidada, el pelo levemente canoso y la barbilla apoyada en la mano izquierda, escruta a su paciente. Pálida e inexpresiva, la niña parece moribunda. Con los ojos cerrados, la cabeza hundida en una almohada y uno de los brazos extendido, descansa sobre dos sillas que desempeñan la función de lecho. Todo sugiere que sufre una infección avanzada, tal vez tifus. Al fondo, sumidos en las sombras, los padres aguardan expectantes y angustiados. La madre llora sobre una mesa situada junto a una ventana, donde se aprecian los primeros destellos del alba, y el padre, consternado pero con entereza, apoya su mano en el hombro de su esposa, intentado transmitirle algo de calma.
Se trata de una familia humilde, con una sola estancia como vivienda. No es un detalle irrelevante, pues en aquella época los médicos de la Inglaterra victoriana no solían atender a las clases más desfavorecidas, especialmente de madrugada. Sin embargo, el galeno parece haber pasado la noche en vela, luchando por la vida de la niña enferma. Un frasco de medicamento y unos papeles que quizá contienen fórmulas magistrales atestiguan su compromiso con la familia. La luz del amanecer que asoma por la ventana sugiere que la niña está superando la crisis. No sucedió así con el hijo de Fildes, que falleció con un año de fiebres tifoideas.
El cuadro adquirió enseguida una gran popularidad. De hecho, se organizó una gira para que pudiera exponerse en las principales localidades del Reino Unido. La obra no es una simple pieza de gran valor artístico. En realidad, debe interpretarse como un manifiesto a favor de una medicina humanista y compasiva, y como una crítica a los doctores que realizan su trabajo de forma fría e impersonal. El cirujano W. Mitchell Banks elogió la intención del óleo:
¿Qué no le debemos al señor Fildes por mostrarle al mundo al médico típico como a todos nos gustaría que se mostrara: un hombre honesto y amable, haciendo todo lo posible para aliviar el sufrimiento? […]. Una biblioteca de libros escritos en su honor no haría lo que esta imagen ha hecho y hará por la profesión médica. Gracias a ella, los corazones de nuestros semejantes son más propensos a acogernos con confianza y afecto.
Fildes retrata al médico como un héroe que pone sus conocimientos al servicio de los más pobres. Dicen que mi bisabuelo era así. Al igual que el doctor del cuadro de Fildes, concibió la medicina como un acto de amor, y he podido comprobar que la mayoría de los profesionales de la sanidad no han abandonado hoy en día ese camino.
Cuando Piedad acude a las sesiones de radioterapia, las enfermeras y los técnicos que se ocupan de ella actúan con enorme delicadeza y un cariño sincero. Se me vienen a la cabeza los nombres de Beatriz e Irene, enfermeras, y de Dani y Cristina, técnicos de Radiología. Siempre cordiales, siempre cercanos, siempre dispuestos a prodigar calor humano. No son los únicos que se comportan de ese modo. Pulsar el botón que permite el acceso a la zona de radiología oncológica produce angustia y malestar. La puerta se abre y, a los pocos metros, hay un quirófano. Después, un largo pasillo comunica con unas cabinas donde los pacientes se desvisten y se ponen una bata azul. El pasillo está adornado con un paisaje que pretende contrarrestar el desasosiego que siempre causa un hospital. Sin embargo, lo que realmente aplaca la inquietud no son los árboles, el cielo resplandeciente y los campos verdes que decoran la pared, sino la sonrisa de los profesionales que acogen a los pacientes. Su empatía no es artificial. Se nota su preocupación por el dolor ajeno y su vocación de aliviarlo. Saben que «la medicina no solo es ciencia, sino también arte, y que la calidez humana, la compasión y la comprensión pueden ser más valiosas» que la máquina más sofisticada. Cuando acuden a buscar a Piedad, le cogen el brazo con suavidad o apoyan la mano en su hombro, como hace el padre afligido del cuadro de Fildes con su esposa. Dani a veces la invita a bailar y da unos pasos, incitándola a imitarlo. Después se alejan juntos hablando como viejos amigos hasta desaparecer por una esquina. Más allá, fuera de mi campo de visión, están los equipos de alta tecnología, cada vez más precisos y eficaces.
En esos momentos pienso que nuestra especie no ha logrado sobrevivir a todas las calamidades del pasado gracias a su inteligencia, sino a su capacidad de amar. Se tiende a subrayar el trabajo de los médicos, sin reparar en la valiosa aportación del resto del personal sanitario. En el día a día del paciente, los enfermeros, los auxiliares y los celadores desempeñan un papel más intenso y directo. Son el rostro cotidiano que proporciona alivio y esperanza. Su cercanía es una caricia fresca que mitiga el miedo y la incertidumbre. Su presencia es tan esencial como el aparato más sofisticado, pues constituye la evidencia de que nuestra supervivencia depende de la generosidad y la compasión de los otros. El amor es el verdadero motor del progreso, y su escasez o desaparición, lo que podría llevarnos a la extinción. La savia de la vida es el amor, no el poder, como creyó Nietzsche, un hombre desdichado que nunca conoció la experiencia del amor correspondido.
3
Los valles verdes de Chile
La mayoría de la gente es buena.
Rutger Bregman,
Dignos de ser humanos
Siempre me he sentido muy atraído por la historia de los jóvenes uruguayos que en 1972 sobrevivieron a un accidente de aviación en la cordillera de los Andes. Todas las gestas de supervivencia son un precioso ejemplo de obstinación y coraje, salvo que incluyan actos de egoísmo y violencia. Hace años pude ver ¡Viven! (Frank Marshall, 1993) y la película me impresionó. Basada en el libro de Piers Paul Read, acentúa el protagonismo de Nando Parrado y Roberto Canessa, los dos jóvenes que cruzaron los Andes durante diez interminables días, desafiando a unas montañas que se habían cobrado la vida de infinidad de alpinistas experimentados. Carecían de equipo y experiencia, pero lo lograron, asombrando al mundo.
Hace poco leí La sociedad de la nieve, el libro del escritor y periodista uruguayo Pablo Vierci que ha hilado los testimonios de los dieciséis supervivientes para ofrecernos un relato objetivo y completo. El director y productor de cine Juan Antonio García Bayona ha trasladado la obra a la pantalla, profundizando en la trágica experiencia de vivir 72 días en el fuselaje de un avión estrellado en un glaciar. Espero que nadie me malinterprete, pero creo que esa historia conmueve a tantas personas y se mantiene viva cincuenta años después porque todos hemos sentido en algún momento que nos hallábamos confinados en el fuselaje de ese avión.
El accidente del vuelo 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya es una alegoría del sufrimiento humano y de la determinación de sobrevivir en los peores escenarios. Pienso que podría decirse algo similar de la experiencia de la deportación a los campos de exterminio de la Alemania nazi o el gulag soviético. Nuestra especie siempre busca el amor y la belleza, incluso en los paisajes más sombríos y aterradores.
El cáncer es ahora nuestro fuselaje. O si se prefiere, la alambrada que nos ha confinado en un territorio áspero y hostil. Piedad y yo sufrimos a diario, anhelando llegar a los valles verdes de Chile y recobrar ese bienestar que nos ha arrebatado la enfermedad.
Se ha aventurado muchas veces que, en una situación de caos, el ser humano volvería a actuar como una criatura primitiva y violenta. En ausencia de normas e instituciones, imperaría la ley del más fuerte y los débiles serían esclavizados o exterminados. Regresaríamos a ese hipotético estado de naturaleza donde no hay civilización, sino una guerra ciega y despiadada de todos contra todos.
Es lo que sucede en El señor de las moscas, la novela publicada en 1954 por William Golding, novelista y poeta británico galardonado con el Nobel de Literatura en 1983. Un grupo de estudiantes ingleses que viaja en avión se estrella en una isla desierta y no sobrevive ningún adulto. Poco a poco los límites y las normas se evaporan, y se crean clanes que luchan a muerte por el poder. Con el cuerpo pintarrajeado y armados con lanzas, los niños y adolescentes matan a un jabalí, le cortan la cabeza y la clavan en una estaca convirtiéndola en un símbolo de la ruptura definitiva con el viejo orden moral que les inculcaron. Al final, uno de los clanes incendia la isla para acorralar al clan rival y exterminarlo. Solo la aparición de un barco de la Armada inglesa impide que se consuma la masacre.
Lo sucedido en el accidente de los Andes desmiente esta visión tan sombría del ser humano. Lejos de prevalecer el abuso del más fuerte, los supervivientes colaboraron entre sí y se protegieron mutuamente. Lo primero que aprendieron es que para sobrevivir al frío necesitaban abrazarse, darse calor, apretarse unos contra otros. Lejos de envilecerse o hundirse en el pesimismo, el sufrimiento y la perspectiva de la muerte acentuaron su dimensión espiritual. Poco antes de morir, Arturo Nogueira, un joven de veintiún años que jugaba al rugby en el Old Christians, escribió una carta dirigida a su familia y a su novia, pidiéndoles que no cayeran en el desaliento o la tristeza: «Fuerza, que la vida es dura, aunque merece vivirse, aun en el sufrimiento. Valor». Su padre, fiel al deseo de su hijo, publicó el 3 de enero de 1973 una carta en el diario La Mañana de Uruguay que destacaba «la inmensa lección de solidaridad, coraje y disciplina» que había significado la asombrosa historia de supervivencia de aquellos jóvenes. Su ejemplo incitaba a «dejar de lado [los] mezquinos egoísmos, [las] desmedidas ambiciones, [el] desinterés por nuestros hermanos».
La película de Bayona se centra en la figura de Numa Turcatti. Fue el último en morir y mantuvo hasta el final una actitud ejemplar. «Siempre estuvo pendiente de la angustia de todos —afirma Coche Inciarte, uno de los supervivientes—. Irradiaba paz, jamás claudicó, cuando él se acercaba yo sentía como si bajara Jesucristo, con la misericordia a flor de piel, en la mirada. No sé de dónde sacaba tanta fuerza». Roberto Canessa, que por entonces estudiaba segundo de Medicina y salió ileso del accidente, señala que en «la sociedad de la nieve los códigos eran completamente diferentes a la sociedad de los vivos, donde lo que se apreciaba no era algo material, sino intangibles como ser todos iguales, pensar en el grupo, ser fraternos, prodigar afectos o abrigar ilusiones». Según Canessa, la sociedad de la nieve fue un «experimento de comportamiento humano único que funcionó gracias a los cinco conceptos más sencillos que puedo imaginar: equipo, persistencia, afectos, inteligencia y, sobre todo, esperanzas».
La profecía de William Golding, inspirada tal vez en el pesimismo antropológico de filósofos como Maquiavelo, Hobbes, Nietzsche o Freud, según los cuales la civilización solo es una precaria membrana que contiene a duras penas nuestra inclinación natural al egoísmo y la violencia, fue desmentida por el comportamiento de los veintinueve pasajeros del vuelo 571 que sobrevivieron al impacto inicial contra los picos de la cordillera de los Andes. «En la montaña —asegura Canessa— vi gestos de generosidad y entrega como jamás volví a ver en mi vida. Y esos gestos, en particular de gente malherida, que sabía que moriría, te obligaban a dar todo de ti, hasta la última gota de tu sangre».
La generosidad de los supervivientes malheridos se manifestó en la determinación de transmitir confianza a los que se habían librado de las lesiones graves y aún gozaban de autonomía. Arturo Nogueira, con las dos piernas rotas, se dirigió a Canessa y le dijo: «Qué suerte tienes tú, Roberto, que puedes caminar por los demás». Al escuchar esas palabras, Canessa sintió que lo imposible —alcanzar los valles verdes de Chile— era posible y que esa peripecia no era una gesta individual, sino un esfuerzo colectivo. Con el cuerpo intacto y una mente que no había sucumbido a la desesperación, Canessa comprendió que era una de las personas del grupo capaz de atravesar la cordillera de los Andes. «Cuando asumes esa idea —reflexiona—, te empiezas a convertir en los sueños y las ilusiones de los otros, y caminas por ti y porque los demás han depositado en ti una confianza que ni tú mismo tienes, porque manejas una información y una realidad que ellos no pueden conocer ni percibir».
En El malestar en la cultura, un ensayo de 1930, Sigmund Freud sostiene que la civilización constituye una pesada carga para nuestro instinto, pues lo obliga a reprimir sus pulsiones destructivas para garantizar la convivencia. Hemos renunciado a satisfacer nuestros impulsos primarios a cambio de paz y prosperidad, dos elementos esenciales para la supervivencia, pero esa renuncia resulta dolorosa y frustrante para los estratos más profundos de nuestra mente. La conciencia o superyó ejerce una violencia sistemática sobre el inconsciente, y causa un agudo malestar que solo se alivia en situaciones de crisis o en la realización de las fantasías sadomasoquistas, donde rebajamos al otro a la condición de mero objeto, sin otra finalidad que proporcionarnos placer.
Durante las guerras, las normas de la civilización quedan en suspenso. Los soldados pueden matar, saquear y violar, y se les premia por ello. Los que observan los acontecimientos desde fuera, lejos del campo de batalla, se horrorizan con esas conductas, pero los que luchan contra el enemigo y logran infligirle el máximo sufrimiento experimentan una ebriedad indescriptible. En esos escenarios el ser humano actúa de forma natural, instintiva, libre de imperativos que ahogan su libertad.
Las tesis de Freud actualizan la fábula de Robert Louis Stevenson sobre el doctor Jekyll y mister Hyde. En su célebre relato, publicado en 1886, Stevenson describe al doctor Jekyll como un filántropo. Sin embargo, su conducta ejemplar solo le causa una aguda insatisfacción interior. De ahí que invente un brebaje para transformarse en mister Hyde, un hombre perverso que golpea hasta la muerte a un anciano y arrolla a una niña, disfrutando enormemente con el dolor ajeno. A diferencia del doctor Jekyll, Hyde es feliz, pues solo obedece a su instinto.
¿Se equivocaban Freud y Stevenson o enunciaban una verdad incómoda? La conducta de los pasajeros del vuelo 571 durante 72 días en los Andes sugiere que el psicoanalista y el fabulador se equivocaban. El historiador holandés Rutger Bregman sostiene que «la mayoría de la gente es buena». No por fruto del azar, sino por el largo proceso de aprendizaje de nuestra especie, que ha sobrevivido en un entorno hostil gracias a la cooperación y no a la competencia.
En grandes catástrofes como el hundimiento del Titanic y los atentados del 11-S abundaron los comportamientos heroicos. Muchas personas sacrificaron sus vidas por salvar a extraños. ¿Por qué? Porque ayudar a los otros nos fortalece y nos hace sentir bien. Los torturadores y asesinos siempre son seres infelices y atormentados. En cambio, las personas compasivas mueren y viven en paz, como Numa Turcatti, que expiró con un papel en las manos donde había copiado una frase del Evangelio de Juan: «No hay un amor más grande que el dar la vida por los amigos».
En Milagro en los Andes, Nando Parrado evoca a Numa con estas palabras:
Aunque la mayoría no lo conocíamos antes del accidente, se había ganado rápidamente la amistad y admiración de todos los supervivientes. Numa dejaba sentir su presencia a través de actos heroicos silenciosos. Nadie luchó tanto, nadie nos inspiró tanta confianza y nadie mostró tanta compasión por quienes más sufrían.
El señor de las moscas y El extraño caso del doctor Jekyll y mister Hyde solo son ficciones. Por el contrario, Numa existió realmente. Su conducta acredita la bondad del ser humano y como argumento es mucho más fiable que cualquier fantasía o teoría. Rutger Bregman no es un ingenuo al afirmar que «la mayoría de la gente es buena». El amor está en nuestra naturaleza. El odio no. El odio es una desviación provocada por ideas y emociones tóxicas, como la ambición de poder, la codicia, el fanatismo, el miedo, el narcisismo o el resentimiento.
La idea de la selección natural se hizo muy popular en el siglo xix. La vida es una lucha incesante y solo sobreviven los más fuertes. Es un procedimiento cruel, pero gracias a él se perfeccionan las especies. Esta teoría se ha revelado muy dañina cuando se ha trasladado al ámbito de la moral y la política, pues se ha empleado como argumento para justificar la eugenesia, el asesinato, el racismo, la esterilización forzosa y la competencia salvaje por los recursos.
Los antropólogos han apuntado que la supervivencia de nuestra especie no es fruto de la competencia, sino de la cooperación. La ayuda mutua no es un despilfarro, sino un mecanismo extraordinariamente eficaz para garantizar la continuidad de la vida. La experiencia nos ha enseñado a ser empáticos. El afecto, la creatividad, la amistad, el amor, el anhelo de comprensión, el placer estético o la compasión no son meras excrecencias químicas, sino las grandes enseñanzas de la evolución. Lo natural no es humillar y torturar, sino cuidar y acoger, como hicieron los supervivientes de la tragedia de los Andes o como los voluntarios que ofrecen su ayuda en las guerras o las catástrofes naturales. Su número siempre es muy superior al de los saqueadores y desalmados que aprovechan estas circunstancias para agravar el sufrimiento de las víctimas.
En su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura de 1980, el poeta polaco de origen lituano Czesław Miłosz apuntó que las «ideas abyectas de dominación sobre los hombres, similares a las de dominio sobre la naturaleza, condujeron a paroxismos de guerra y revolución, subyugando a millones de seres humanos y destruyéndolos física y espiritualmente». Los totalitarismos fueron derrotados, pero lograron una victoria que ha pasado desapercibida: «la pérdida total de la memoria como estado permanente del espíritu». «¿Y no representa esto acaso un peligro —se pregunta Miłosz— más grave que la ingeniería genética o la aniquilación del medio ambiente?».
La memoria es la fuerza que nos protege de la barbarie. Miłosz reconoce que como la mayoría de sus contemporáneos experimentó la tentación del nihilismo, pero su poesía siempre ha sido honesta, y aun en tiempos oscuros, siempre intentó transmitir la utopía de un reino de paz y libertad. No habría sido posible «sin la amistad de Oscar Miłosz, escritor, diplomático y primo lejano» que le enseñó «el viejo amor a los hombres» y la importancia de la piedad, la soledad y la indignación. Dado que «no somos más que eslabones entre el pasado y el porvenir», debemos «mantenernos libres de tristeza e indiferencia», pues solo así lograremos dejar un legado fecundo a las nuevas generaciones. Caminar por la tierra «es difícil», admite Czesław Miłosz, pero un cerezo en flor debería ser suficiente para comprender que el universo, con todo su espanto, no es el sueño de un idiota, sino un feliz acontecimiento.