Introducción
Lo importante no es cuánto tiempo estás cayendo, sino cómo aterrizas.
La Haine (1995),
Mathieu Kassovitz
La Haine es una película francesa que comienza con una voz en off que narra la historia de un hombre que se precipita desde un piso 50. El tipo, según va cayendo, repite sin cesar para tranquilizarse: «De momento todo va bien, de momento todo va bien». Nosotros somos ese tipo.
Viajamos a toda velocidad montados en un coche de última generación pisando el acelerador como si nos fuese la vida en ello. Nuestra única obsesión es ir más rápido, llegar más lejos. Pero desde hace tiempo los mapas ya nos advertían de que, si seguíamos a la misma velocidad y en la misma dirección, acabaríamos llegando a un precipicio, no podríamos girar y terminaríamos despeñados. Ahora ya no hace falta que nos lo digan los mapas: ya vemos el precipicio en el horizonte. De hecho, algunos ya se están precipitando por él. Pero nosotros preferimos seguir pisando el gas.
De momento todo va bien, de momento todo va bien.
Si la historia de nuestro mundo fuese una película, los humanos solo apareceríamos en los últimos segundos para provocar el desenlace. De los millones de años que lleva existiendo la Tierra, nosotros solo llevamos siendo verdaderamente relevantes desde hace apenas diez mil años, que sepamos. Lo que es casi un ridículo suspiro en la historia de nuestro planeta. Y de esos diez mil años, en tan solo doscientos hemos acelerado el final de todo.
Somos como niños que, tras encontrar un libro milenario, decidimos garabatear sus últimas páginas sin comprender que cada hoja contiene la sabiduría acumulada de épocas enteras.
El apocalipsis ya no necesita jinetes: tiene algoritmos, tiene microplásticos, tiene la temperatura del planeta subiendo como la fiebre de un enfermo terminal. Y mientras tanto, nosotros, adictos a la dopamina de las notificaciones, consumimos el fin del mundo en dosis de 280 caracteres. Cada crisis es «la más importante de la historia» hasta que llega la siguiente, diez minutos después. Vivimos en un estado de emergencia permanente que, de tan permanente, ya ni siquiera nos alarma.
Un revolucionario ruso dijo que hay décadas en las que no pasa nada y semanas en las que pasan décadas. Pero nosotros hemos roto esa ecuación: vivimos en un presente perpetuo donde todo sucede y nada cambia, donde cada segundo contiene el peso de un siglo pero se evapora antes de que podamos procesarlo. El futuro se ha convertido en una amenaza de la que huir; el pasado, en un trauma del que escapar o que idolatrar acríticamente; y el presente, en una cárcel de urgencias que nunca terminan de ser importantes porque siempre hay una nueva esperándonos a la vuelta de la esquina.
Es el gran espectáculo de la civilización tardía: nos hemos convertido en espectadores de nuestra propia extinción, comentaristas profesionales del desastre, expertos en diagnosticar la enfermedad mientras rechazamos cualquier cura que implique cambiar nuestra forma de vida. Porque eso es lo verdaderamente aterrador: no es que no sepamos lo que está pasando; lo sabemos perfectamente y hemos decidido que el precio de salvarnos es demasiado alto si implica tomar ciertas decisiones. Y así, mientras el mundo arde, nosotros debatimos sobre el color de las llamas.
Civilización o barbarie
Empecemos por el final: la barbarie está ganando.
No la barbarie de las hordas salvajes y el caos que imaginaban nuestros antepasados. La nuestra es más sofisticada: viste traje de marca, cotiza en bolsa y tiene cuenta en Islas Caimán. La nuestra destruye el planeta con hojas de cálculo, mata con algoritmos y celebra la miseria ajena con champán francés.
En Silicon Valley diseñan aplicaciones para que no tengas que mirar a los ojos al repartidor que te trae la cena. En Davos discuten el futuro de la humanidad sin ningún humano que gane menos de seis cifras. En las salas de juntas se aplaude cuando sube la acción después de despedir a miles de empleados. Esta es la nueva barbarie: eficiente, optimizada y con excelente marketing.
Durante siglos, «civilización o barbarie» fue el mantra favorito del colonialismo. Era la coartada perfecta: nosotros (o nuestras élites, mejor dicho) teníamos catedrales, códigos civiles y cubiertos de plata; los otros tenían recursos naturales y la mala suerte de vivir encima de ellos. El argumento servía igual para bendecir la conquista de América que para justificar el reparto de África en Berlín. Para «pacificar» Argelia o para «democratizar» Irak. Siempre la misma estafa con distinto envoltorio.
La diferencia es que hoy ya no pueden mantener la farsa.
Antes podían disfrazar la barbarie de misión civilizadora; el saqueo, de progreso; el genocidio, de educación. Tenían el monopolio del relato. Pero ahora, con el planeta en llamas, con la desigualdad en máximos históricos, con la democracia convertida en parodia, ya no cuela. La máscara se ha caído. Ya no pueden pretender que la concentración obscena de poder es meritocracia. Ya no pueden fingir que la extracción infinita es crecimiento. Ya no pueden hablar de orden mientras siembran el caos, de estabilidad mientras todo se desmorona, de futuro mientras devoran el presente.
Y, precisamente porque la máscara se ha caído, podemos recuperar estos términos y usarlos con honestidad por primera vez.
Rosa Luxemburgo habló de «socialismo o barbarie» cuando el capitalismo industrial devoraba Europa. Para ella, la disyuntiva era clara: o superábamos el capitalismo o caeríamos en la destrucción mutua. Era una cuestión de sistemas económicos, de lucha de clases, de revolución contra reforma.
Un siglo después, la disyuntiva es a la vez más modesta y desesperada. Ya no estamos debatiendo entre sistemas económicos alternativos. No estamos eligiendo entre revolución o reforma. Estamos en algo mucho más básico: defender los últimos restos de vida civilizada —la posibilidad misma de lo común, de lo público, de lo compartido— frente a una barbarie que avanza sin siquiera necesitar una ideología clara.
Ya no es «socialismo o barbarie». Es algo más elemental: civilización o barbarie. Mantener espacios donde la lógica del beneficio no lo devore todo. Preservar instituciones que todavía funcionen para las personas y no contra ellas. Defender la idea misma de que podemos decidir colectivamente sobre nuestro destino. Son mínimos de supervivencia, no máximos revolucionarios.
El tiempo se agota. Los científicos nos dan una década para cambiar el rumbo del cambio climático. Los economistas (los honestos) advierten de que la próxima crisis hará parecer un juego de niños a la del 2008. Los sociólogos documentan cómo se deshilachan los lazos que nos mantienen juntos. Los fascistas afilan sus cuchillos.
Este libro no es un manual de supervivencia individual. Para eso ya existen miles de gurús vendiéndote cursos para hacerte millonario si eres pobre o refugios nucleares en Nueva Zelanda si eres rico. Este libro trata sobre la única salida real: la colectiva. Porque la civilización no es un lugar al que llegar, sino algo que construimos juntos o no construimos en absoluto.
La pregunta no es si queremos civilización o barbarie. La pregunta es si tendremos el coraje de admitir en cuál estamos viviendo ya, y si tendremos la fuerza para construir la alternativa antes de que sea demasiado tarde.
Y un spoiler: es más tarde de lo que crees.
Cruzar el Rubicón
El Rubicón es un río escasamente profundo del nordeste de Italia. Aparentemente es sencillo de cruzar. Un simple paseo de orilla a orilla. Sin embargo, a lo largo de los siglos ha prevalecido la frase «cruzar el Rubicón» para referirnos a un momento decisivo, un paso audaz e irreversible hacia lo desconocido. La expresión se remonta a cuando el Rubicón era un río que ejercía de frontera natural entre Roma y la Galia Cisalpina. Cruzarlo le supuso a Julio César desafiar a Roma y dar un paso hacia lo desconocido. Antes de hacerlo, César contempló las aguas tranquilas del Rubicón, que más que una frontera física se había convertido en una frontera mental, y pronunció las famosísimas palabras que retumbarían en la eternidad de la historia: «Alea iacta est» (la suerte está echada).
Hoy en día, las fronteras siguen estando en nuestras cabezas. Pero cruzamos una media de cinco Rubicones a la semana. Quemamos etapas con una rapidez pasmosa. Esta velocidad vertiginosa de cambio y toma de decisiones plantea una pregunta inquietante: ¿estamos reflexionando de verdad sobre las consecuencias de nuestras acciones o simplemente reaccionando a un mundo que cambia más rápido de lo que podemos procesar? La frecuencia con la que nos enfrentamos a decisiones trascendentales puede estar erosionando nuestra capacidad para distinguir entre lo verdaderamente importante y lo meramente urgente.
Una vez que César cruzó el Rubicón, no solo cambió su propio destino, sino el de toda Roma. La guerra civil que siguió a ese paso transformó la República en un imperio bajo su liderazgo. Esas decisiones, impulsadas por ambiciones y visiones, dieron forma a siglos de historia europea y mundial.
En la actualidad, estamos parados en las orillas de nuestro propio Rubicón metafórico. Vivimos en una era de avances tecnológicos sin precedentes, desafíos medioambientales, cambios sociopolíticos y una interconexión global que determinará el futuro de la humanidad. Las decisiones que tomemos en las próximas décadas no solo definirán nuestro legado, sino también el mundo que dejaremos a las generaciones futuras.
Tomemos como ejemplo la inteligencia artificial. Estamos en un punto donde esta tecnología tiene el potencial de revolucionarlo todo, desde la medicina hasta la economía. Pero ¿cómo la moldeamos? ¿Dejamos que siga su curso sin restricciones o establecemos límites éticos? Al decidir, estamos cruzando nuestro Rubicón tecnológico.
El cambio climático es otro Rubicón ambiental. Con cada tonelada de CO2 que emitimos, nos acercamos a un punto de no retorno. Las decisiones que tomemos ahora, ya sea para mitigar su impacto o adaptarnos a sus consecuencias, determinarán el futuro de nuestro planeta.
Políticamente, vemos naciones en encrucijadas, lidiando con cuestiones de identidad, soberanía y los derechos fundamentales de sus ciudadanos. Las decisiones de los líderes y sus votantes sobre estos asuntos en este preciso momento están redefiniendo el mapa geopolítico del mundo, un Rubicón más que debemos reconocer y afrontar.
Al igual que César, no podemos prever todas las consecuencias de nuestras acciones. Sin embargo, sabemos que las elecciones hechas en situaciones críticas pueden transformar la trayectoria de la historia. Mientras continuamos nuestro viaje a través de este libro que recién empiezas a leer, debemos reflexionar sobre las encrucijadas a las que nos enfrentamos y cómo nuestras decisiones determinarán el futuro. Porque, como César, una vez que crucemos, no habrá vuelta atrás.
Hobbes vs. Rousseau
El primero al que, habiendo cercado un terreno, se le ocurrió decir «Esto es mío» y encontró gentes bastante simples como para creerle, fue el verdadero fundador de la sociedad civil. ¡Cuántos crímenes, guerras, asesinatos, miserias y horrores habría evitado el género humano si alguien hubiera arrancado las estacas, rellenado la zanja y gritado a sus semejantes: «Guardaos de escuchar a este impostor; estáis perdidos si olvidáis que los frutos son de todos y la tierra de nadie»!
Jean-Jacques Rousseau
En una tarde soleada de 1755, Jean-Jacques Rousseau paseaba por el bosque de Saint-Germain cuando tuvo una epifanía que cambiaría el curso del pensamiento occidental. «De repente —escribió más tarde—, me sentí deslumbrado por mil luces». En ese momento de claridad, Rousseau concibió la idea que plasmaría en su famoso Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres: la noción de que la civilización, lejos de ser un progreso, había corrompido al ser humano.
«Todo se echó a perder —reflexionó Rousseau— cuando el primer hombre cercó un terreno y se atrevió a decir: “Esto es mío”». Con esta frase, el filósofo ginebrino lanzó un desafío a siglos de pensamiento que habían equiparado la civilización al progreso. Rousseau desarmó esa fábula. Mostró que lo que llamábamos progreso podía ser, al mismo tiempo, una nueva forma de esclavitud. Que, bajo el barniz de cultura y leyes, se escondían jerarquías más feroces que cualquier estado natural. Que la civilización no había nacido para proteger a los débiles, sino para blindar la propiedad de los fuertes. En lugar de igualdad, produjo dependencia; en lugar de fraternidad, competencia; en lugar de libertad, cadenas.
Esta visión contrastaba radicalmente con la de Thomas Hobbes, quien un siglo antes había descrito la vida de nuestros antepasados como «sucia, salvaje y breve». Hobbes imaginaba un «estado de naturaleza» brutal, donde la vida era una guerra constante de todos contra todos. Para él, la civilización, aunque implicase fuerza y autoritarismo, era el remedio a esta existencia miserable.
Pero ¿quién tenía razón? ¿Era la civilización la salvadora de la humanidad o su bárbara corruptora? La respuesta, como suele ocurrir, es más compleja de lo que ambos filósofos imaginaron.
A lo largo de la historia, la civilización se ha convertido en sinónimo de paz y progreso, mientras que la vida «salvaje» se ha asociado a la guerra y la decadencia. Sin embargo, la evidencia arqueológica e histórica sugiere que, durante la mayor parte de nuestra existencia como especie, la realidad era justamente la contraria.
Los últimos estudios antropológicos indican que muchas sociedades cazadoras-recolectoras, lejos de vivir en un estado de guerra perpetua, mantenían una existencia relativamente armoniosa y saludable. La agricultura y el surgimiento de las primeras ciudades, de forma paradójica, trajeron consigo nuevas formas de desigualdad y sufrimiento.
En ese sentido, fue la civilización la que trajo el horror. Hasta bien entrado el siglo xix, al menos tres cuartas partes de la población mundial eran siervos de un hombre poderoso. Más del 90 por ciento de la población trabajaba en el campo bajo duras condiciones y más del 80 por ciento vivía en una situación de extrema pobreza. Como escribió Rousseau: «El hombre nace libre, pero en todas partes vive encadenado».
Durante milenios, la civilización fue, para la gran mayoría de los humanos, un desastre. La aparición de las ciudades, los estados, la agricultura y la escritura trajo más sufrimiento que prosperidad a la gran mayoría de la gente. Si comprimiéramos la historia de la civilización en 24 horas, las primeras 23 horas y 45 minutos habrían sido un martirio colectivo.
Pero, entonces, algo cambió. En los últimos dos siglos —un mero parpadeo en términos históricos—, hemos alcanzado niveles de progreso que habrían parecido milagrosos a nuestros antepasados. En los últimos 15 minutos de nuestro día metafórico de 24 horas, la humanidad ha dado un salto cuántico.
En este breve periodo, hemos acabado con la mayoría de las enfermedades infecciosas (hoy en día, las vacunas salvan anualmente más vidas de las que se habrían salvado en el siglo xx si no hubiera habido ninguna guerra). Somos más ricos que nunca (la cantidad de personas que viven en condiciones de extrema pobreza en el mundo entero ha descendido por debajo del 10 por ciento). Y quizá lo más sorprendente es que vivimos en el periodo más pacífico de la historia. En la Edad Media, un 12 por ciento de la población de Europa y Asia moría de forma violenta. En los últimos cien años, sin embargo, ese dato ha descendido al 1,3 por ciento en todo el mundo, y eso incluyendo una guerra mundial. En la actualidad, en Estados Unidos es el 0,7 por ciento, y en un país como España, que puede ser representativo de Europa, esa cifra está en un mero 0,1 por ciento anual.
Entonces, ¿quién tenía razón, Hobbes o Rousseau? La respuesta es que ambos acertaron en parte y se equivocaron en parte. Hobbes no se equivocaba al ver en la civilización un medio para mejorar la condición humana, pero subestimó la capacidad de las sociedades «primitivas» para vivir en armonía. Rousseau, por otro lado, acertó al criticar las desigualdades y opresiones que la civilización había traído consigo, pero no pudo prever los avances monumentales que estaban por venir.
La lección que podemos extraer de este debate es que la civilización, como cualquier creación humana, es simplemente una herramienta. Puede usarse para oprimir o para liberar, para crear desigualdades o para resolverlas. Por eso el desafío que enfrentamos hoy no debería ser elegir entre civilización o barbarie, sino decidir qué tipo de civilización queremos construir. Y, aunque parezca contraintuitivo, algo de eso aprendimos en la Segunda Guerra Mundial.
El callo de la civilización
El 7 de septiembre de 1940, a las cuatro y media de la tarde, el cielo de Londres se oscureció con algo que no eran nubes. Eran 348 bombarderos alemanes volando en formación perfecta, como una bandada de pájaros metálicos cargados de muerte. Los londinenses que alzaron la vista vieron el sol eclipsado por las alas de la Luftwaffe. Algunos corrieron a los refugios. Otros se quedaron mirando, hipnotizados por el espectáculo de su propia destrucción inminente.
En los despachos del poder, la élite británica contenía la respiración. No por las bombas —esas ya se esperaban—, sino por lo que vendría después. Winston Churchill había calculado que tres o cuatro millones de londinenses huirían despavoridos hacia el campo. Los psiquiatras habían preparado hospitales especiales para las oleadas de enloquecidos que el terror produciría. Los generales temían que Londres se convirtiera en una ciudad devorada por el pánico y saqueada por sus propios habitantes convertidos en bestias.
Todos compartían la misma certeza: bastaban unas cuantas bombas bien colocadas para que el barniz de la civilización se resquebrajara como la cáscara de un huevo. Y debajo esperaba la barbarie, esa vieja conocida del ser humano, lista para salir.
Esto lo explica Rutger Bregman en su libro Dignos de ser humanos. Allí muestra cómo Hitler, Churchill, Roosevelt y tantos otros compartían en su momento la misma visión hobbesiana de la naturaleza humana: que bajo el barniz de la civilización se escondía la barbarie, esperando una excusa para salir a la superficie. Se apoyaban en Gustave Le Bon, el famoso psicólogo de las masas que había escrito que, en una emergencia, el ser humano desciende «varios peldaños en la escalera de la civilización» y se abandona al pánico y la violencia. Si las bombas caían, pensaban, la gente se transformaría en hordas salvajes, incapaces de mantener el orden.
Pero lo que sucedió fue exactamente lo contrario. Aquel fatídico día de septiembre de 1940, los bombarderos alemanes cruzaron el canal de la Mancha y descargaron su carga mortal sobre Londres. Aquel «Sábado Negro» marcó el inicio del Blitz: nueve meses en los que cayeron más de ochenta mil bombas que dañaron un millón de edificios y causaron más de cuarenta mil muertos. Si alguna situación podía confirmar las profecías de Le Bon, era esa. Sin embargo, lo que los observadores encontraron en las calles de Londres desmentía todos los pronósticos.
El psiquiatra canadiense John MacCurdy, tras visitar un barrio obrero arrasado, describió la escena con sorpresa: «Los niños seguían jugando en las aceras, la gente seguía regateando con los comerciantes, un agente de policía dirigía el tráfico con cara de aburrimiento… Nadie se molestó siquiera en mirar al cielo». Otro testigo relató cómo una pareja tomaba tranquilamente té en su cocina mientras las ventanas vibraban por las bombas. «Ah, no. Y, aunque tuviéramos miedo, ¿de qué nos serviría?», respondieron cuando les preguntaron si estaban aterrorizados.
El humor británico, lejos de evaporarse, se agudizó. En los escaparates destrozados por las bombas, aparecían carteles: estamos más abiertos que de costumbre. En un pub, alguien escribió: nuestras ventanas han desaparecido, pero nuestro ánimo es excelente. La vida, lejos de paralizarse, siguió adelante con una mezcla de resignación y sorna. Las fábricas continuaron produciendo, los trenes siguieron circulando y, sorprendentemente, los hospitales psiquiátricos levantados para acoger multitud de traumatizados permanecieron vacíos. La salud mental, de hecho, mejoró: bajó el alcoholismo y descendió el número de suicidios.
Bregman lo resume con una paradoja: mientras caían bombas, la civilización no descendía varios peldaños, como predecía Le Bon, sino que ascendía. Se reforzaba. Los londinenses bautizaron la experiencia con un giro casi humorístico: «Hoy ha sido un día muy blitzy, ¿verdad?». Y, al terminar la guerra, muchos recordaban con nostalgia aquellos meses de solidaridad, cuando daba igual ser rico o pobre, de izquierdas o de derechas: lo importante era resistir juntos.
El mismo fenómeno se repitió en Alemania, pese a que la propaganda británica insistía en que los alemanes carecían de «vigor moral» y no aguantarían «ni la cuarta parte» de lo que habían soportado los ingleses. Tras el infierno de Dresde, un psiquiatra germano recogió testimonios que hablaban incluso de euforia: «Cuando terminó el bombardeo, me sentía pletórico de energía y me encendí un puro». Los informes del propio servicio de seguridad nazi confirmaban la misma impresión: solidaridad, calma, vecinos ayudando a vecinos, jóvenes de las Juventudes Hitlerianas sacando heridos de los escombros.
Las investigaciones posteriores fueron concluyentes. Un equipo de economistas aliados descubrió que los bombardeos no solo no habían quebrado la moral alemana, sino que probablemente habían fortalecido la producción bélica: entre 1940 y 1944, la fabricación de tanques se multiplicó por nueve, y la de aviones de combate, por catorce. Lo que se suponía iba a ser la gran arma psicológica resultó un fiasco. «Poco a poco empezamos a comprender que habíamos descubierto uno de los mayores errores de cálculo de la guerra», reconoció un economista estadounidense.
La lección que trata de defender Bregman es clara. Todos —Hitler, Churchill, Roosevelt, los generales y los psicólogos— habían caído en la misma trampa: creer que la civilización es apenas una capa fina que se resquebraja con facilidad. Hobbes, desde su siglo xvii, les habría dado la razón: cuando el miedo golpea, el ser humano se transforma en lobo. Pero la realidad histórica del Blitz británico y de los bombardeos alemanes contradijo de lleno esa visión. No emergió la barbarie, sino la cooperación. No apareció el caos, sino la organización espontánea.
Bregman lo formula con una metáfora precisa: la civilización no es un barniz frágil, sino un callo que se endurece con los golpes. A cada bomba que caía, en vez de fracturarse, la sociedad se volvía más resistente. Ese callo no es exclusivo de los británicos, como suele creerse: no es cuestión de «resistencia inglesa», sino de humanidad compartida. Cuando todo se derrumba alrededor, la gente común suele sacar lo mejor de sí misma.
Y, sin embargo, incluso ante la evidencia, los gobiernos decidieron no aprender la lección. Los estrategas aliados siguieron bombardeando ciudades, convencidos de que, aunque Londres hubiera resistido, «los otros» —los alemanes, los vietnamitas después— sí sucumbirían al pánico. Medio siglo más tarde, Estados Unidos lanzó sobre Vietnam tres veces más bombas que todas las que se habían lanzado sobre Alemania. El resultado fue el mismo: resistencia, solidaridad, obstinación.
Este error de cálculo —esta fe irracional en el pánico como motor político— sigue viva hoy. Creemos que un colapso ecológico, una crisis económica, una catástrofe climática desatará lo peor de nosotros, que bastará con un apagón para que la sociedad se convierta en un campo de batalla. Es la sombra de Hobbes todavía sobre nosotros. Pero si algo muestran las ruinas de Londres y Dresde es lo contrario: cuando el mundo tiembla, lo que emerge no es necesariamente la barbarie, sino la humanidad.
En los meses del Blitz, una periodista americana escribió en su diario: «No dejan de sorprenderme el valor, el sentido del humor y la amabilidad de la gente ordinaria bajo condiciones que no difieren mucho de una pesadilla». Esa frase podría ser el epitafio de la visión hobbesiana de la civilización.
Porque lo que demostró el siglo xx bajo el fuego fue que no somos tan frágiles como nos gusta creer. Somos más fuertes, más civilizados, más humanos de lo que la élite política y militar estaba dispuesta a admitir. Y tal vez esa sea una de las pocas buenas noticias que nos regala la historia: que, incluso en medio de la tormenta, la civilización puede crecer, no como un barniz delicado, sino como un callo que se endurece con la adversidad.