Nota del autor

NOTA DEL AUTOR

La Segunda Guerra Mundial es el mayor conflicto bélico que hemos vivido los seres humanos. Solo dos décadas después del final de la Primera Guerra Mundial, las potencias europeas volvieron a enfrentarse en el campo de batalla. En esta ocasión, el escenario no fue solo el continente europeo, sino que los combates se trasladaron a Asia, África y casi todos los rincones del planeta. Hubo más actores, enfrentados en bloques, que involucraron a su población civil y a sus ejércitos en episodios de una crueldad que no se había vivido hasta ese momento. Las imágenes de los campos de concentración, de los millones de muertos en el frente ruso y de los quemados por las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki no deben desaparecer de nuestra memoria y tienen que ser conocidas por nuestros hijos.

Las cifras de la Segunda Guerra Mundial le confieren esa terrible excepcionalidad: hubo entre cincuenta y setenta millones de muertos; algunas fuentes elevan esa valoración hasta los cien millones. El número de heridos y mutilados superó los treinta millones.

El mapa geopolítico, que ya había sido modificado con el final de la Primera Guerra Mundial —que supuso la desaparición del Imperio austrohúngaro—, cambió en 1945 tras la firma de los tratados de Yalta y Potsdam. El mundo quedó dividido en bloques: comenzó la Guerra Fría, que duró más de cuatro décadas. El final de los fascismos no implicó el de los totalitarismos, pero sí que permitió a una buena parte de las naciones europeas consolidar sus democracias, demasiado frágiles en los años anteriores al conflicto. Nada volvió a ser igual. Ha habido más guerras, en diferentes partes del mundo, y durante el pasado siglo la amenaza de un enfrentamiento nuclear fue muy real, pero quizá ha sido el recuerdo aterrador de lo que ocurrió en Leningrado, Okinawa o Dachau lo que ha impedido dar el paso definitivo hacia una nueva contienda como la que se vivió en la Segunda Guerra Mundial. Por eso es tan importante tener presente todo lo que ocurrió entonces.

Este libro sobre la Segunda Guerra Mundial, al ser un conjunto de efemérides, está organizado por meses. El lector que quiera seguir un retrato más lineal de los sucesos puede ayudarse de la cronología general al final de esta obra. Este carácter fragmentario remarca varios de los objetivos que me propuse a la hora de escribirlo: aportar diferentes matices, ampliar el campo de visión, tirar del hilo que rodeó a unos y a otros, observar a los protagonistas desde diferentes puntos de vista. La extrema crueldad del Holocausto judío nos impide en ocasiones acercarnos a otras persecuciones que hubo durante la guerra: la de los gitanos, homosexuales, minorías étnicas y presos políticos. Me ha parecido necesario destacar el sufrimiento de todo ellos en estas páginas, igual que el de todos aquellos civiles que fueron víctimas de masacres indiscriminadas. También es importante que no queden en el olvido las atrocidades cometidas contra las mujeres, sin distinciones de bandos, y es obligatorio reconocer el horror de las esclavas sexuales chinas, pero también el de las alemanas, sometidas a violaciones cuando su país fue derrotado. Los bombardeos fueron terribles para los civiles aliados y también para los del Eje. No podemos lamentarnos por los ataques alemanes contra las ciudades inglesas y obviar lo ocurrido en Dresde o Tokio. Algunas efemérides son anteriores a la cronología de la Segunda Guerra Mundial, y otras posteriores. Me ha parecido necesario agregarlas para comprender cómo se llegó a ese punto de no retorno y qué ocurrió con los criminales que planificaron la «solución final».

La guerra que cambió el mundo se centra en anécdotas, historias, batallas y grandes relatos, aunque también en los más pequeños. Esa mezcla, en la que a veces se cuelan realidades ficcionadas —transmitidas a través de los medios de comunicación de la posguerra y las obras artísticas, y que se han consolidado al reproducirse en miles de textos publicados en internet—, espero que sirva al lector para descubrir momentos desconocidos de la guerra y de los personajes que participaron en ella, y, sobre todo, para impulsar sus ganas de profundizar en el tema. En la bibliografía hay una buena relación de libros que complementan esta obra. Por supuesto, los de Antony Beevor y Max Hastings, pero también los de divulgadores españoles tan reconocidos e interesantes como Jesús Hernández. No solo los ensayos sirven para comprender lo que pasó. También es de gran ayuda acudir a obras literarias indispensables como el Diario de Ana Frank, Suite francesa (Irène Némirovsky), Sin destino (Imre Kertész) o Una mujer en Berlín (anónima). Animo al lector a ser curioso, a investigar sobre los hechos que se narran en el libro, a saber más de personajes como Heinz Guderian, Wilhelm Canaris, Lilya Litvyak, Simon Wiesenthal, Virginia Hall o Jean Moulin, y a ver documentales como Noche y niebla (Alain Resnais) y series como Hermanos de sangre (HBO Max). Tenemos la obligación de saber qué pasó para que algo así no se repita jamás. Cada día que toleramos una postura autoritaria, la existencia de un Gobierno no democrático o un ataque militar contra población civil indefensa, estamos dando un paso en dirección a un nuevo desastre.

ENERO

Operación Bodenplatte, el último ataque de la Luftwaffe

Peter Brill —un joven piloto que amaba volar por encima de todas las cosas— había sido entrenado para pasar a la posteridad como uno de los grandes héroes de Alemania durante la Segunda Guerra Mundial, a pesar de que no fue un nazi convencido. El objetivo que le habían encomendado era tan ambicioso como irreal: bombardear la ciudad de Nueva York. Brill fue llevado a Torún (Polonia) junto con otros cinco compañeros para completar un adiestramiento en el Heinkel He-177 Greif —el bombardero de mayor autonomía de la aviación alemana, aunque no la suficiente como para cruzar el Atlántico sin repostar combustible—. Todo se hizo en el más estricto de los secretos. Tanto es así que Peter Brill no contó los detalles de su misión ni siquiera a sus familiares y amigos; solo lo hizo al final de su vida, cuando superaba los ochenta años, en un documental. Los planes de Adolf Hitler para realizar un ataque en suelo estadounidense nunca se llevaron a cabo, pero Brill sí que pudo participar en otra importante misión, una de las últimas de la Luftwaffe: la operación Bodenplatte. La jugada tampoco le salió bien al Führer.

El día 1 de enero de 1945, despegaron de aeródromos alemanes varios centenares de aviones del tipo Focke-Wulf Fw 190 y Messerschmitt Bf 109 para asestar un duro correctivo a las fuerzas aéreas aliadas en los Países Bajos, Bélgica y el noroeste de Francia. Hermann Göring, comandante en jefe de la Luftwaffe, había encargado al general de aviación Werner Kreipe destruir el mayor número posible de aviones de la RAF y la USAF (Real Fuerza Aérea británica y Fuerza Aérea de Estados Unidos, ambas por sus siglas en inglés), un arriesgado movimiento que permitiría a los ejércitos terrestres nazis tomar el control en la batalla de las Ardenas, que se libraba desde mediados del mes anterior. El plan de Göring comenzó bien, los aviadores se levantaron de madrugada y pudieron despegar con buen tiempo —el factor sorpresa había funcionado y se pudieron realizar en escaso margen de tiempo más de mil vuelos—, pero pronto surgió el primer gran inconveniente: el gran secreto que rodeaba esta operación hizo que la comunicación con el general al mando de las baterías antiaéreas alemanas fuera demasiado lenta. Muchos de los cazas de la Luftwaffe fueron abatidos por fuego amigo, tanto a la salida como al regreso. También hubo problemas con las coordenadas, y un tercio de los grupos de cazas no consiguieron llegar a su objetivo o atacaron posiciones irrelevantes. Además, la visibilidad empeoró durante los vuelos. Todos estos factores permitieron a los aliados despegar para combatir a sus enemigos en el aire. La operación Bodenplatte acabó siendo un completo desastre para la Luftwaffe por el gran número de bajas, pero, sobre todo, por su incapacidad para reparar y sustituir los aviones derribados. Algo que los norteamericanos consiguieron hacer en solo unos pocos días con sus aeronaves.

En el último año de la guerra, Peter Brill participó en cincuenta misiones, incluida la operación Bodenplatte. Nunca fue derribado, pero fue detenido al final del conflicto y estuvo preso durante tres años en un gulag soviético. El piloto alemán consiguió sobrevivir a las duras condiciones de su internamiento —temperaturas bajo cero, falta de alimentos y unos durísimos trabajos forzados—, pero cuando regresó a Alemania se encontró un país dividido en dos, que no reconocía y repudiaba después de las historias del genocidio que le habían contado sus captores en Siberia. Peter Brill emigró a España, donde vivió en un anonimato que solo rompió poco antes de morir.

Jean Moulin, el gran héroe de la resistencia, es lanzado en paracaídas sobre Francia

En julio de 1938, por iniciativa del presidente de Estados Unidos Franklin Delano Roosevelt, se celebró la Conferencia de Evian para buscar alternativas para los judíos que estaban sufriendo las consecuencias de las políticas antisemitas en Alemania. Uno de los pocos líderes entusiastas con la idea fue uno de los dictadores más crueles y sanguinarios de Hispanoamérica, Rafael Leónidas Trujillo. El gobernante dominicano llegó a ofrecer asilo en su país en torno a cien mil judíos. Al final, solo mil llegaron a este país de las Antillas, pero alrededor de cinco mil obtuvieron un visado dominicano que les permitió escapar del nazismo. El resto de los participantes en la Conferencia de Evian fueron muy conservadores en sus propuestas, y algunos incluso rechazaron cualquier acogida. Entre 1933 y 1945 llegaron a Latinoamérica varios miles de refugiados, y el número aumentó después del final de la guerra; la mayoría acabaron repartidos entre Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay. También cruzaron el Atlántico un buen número de criminales nazis como Adolf Eichmann y Josef Mengele. Entre ese grupo de genocidas estaba uno de los asesinos más temidos, Klaus Barbie, el Carnicero de Lyon. Este oficial alemán fue el responsable de la muerte de cuatro mil personas y de la deportación al campo de exterminio de Auschwitz de otras siete mil. Entre sus víctimas, se encontraba el gran héroe de la resistencia francesa, Jean Moulin, al que torturó personalmente.

El día 2 de enero de 1942 Jean Moulin llegó a la Provenza para poner en marcha un plan para unir a todos los grupos de la resistencia francesa bajo el mando del general Charles de Gaulle. Moulin, que había sido el prefecto —funcionario público representante del Estado en un departamento— más joven de Francia, era un firme defensor de la República. Esas convicciones le valieron ser encarcelado al principio de la contienda, con Francia ocupada por los nazis, cuando se negó a firmar una declaración que acusaba a unos soldados senegaleses de la muerte de varios ciudadanos franceses, que, en realidad, habían sido asesinados por los alemanes. Moulin fue expulsado del cuerpo de funcionarios y al poco tiempo marchó a Londres para unirse a la lucha de la Francia Libre. Moulin regresó a su país —tras ser lanzado en paracaídas sobre el macizo de Alpilles — y entró en contacto con Emmanuel d’Astier, Jean-Pierre Lévy y Henry Frenay. Solo este último puso reparos a las intenciones de centralizar todas las células en una única organización. En enero de 1943 el MUR (Movimientos Unidos de la Resistencia) era un hecho y el Ejército Secreto también. El siguiente objetivo fue incluir en ese aparato político y militar a los partidos y a los sindicatos. La policía secreta les siguió la pista y consiguió atrapar a uno de sus colaboradores, Jean Multon, que se convirtió en el confidente que permitió la detención de Jean Moulin por la Gestapo.

Pero Jean Moulin no fue el único que decidió no bajar los brazos. Ante las situaciones más dramáticas y peligrosas, siempre hay mujeres y hombres valientes que deciden actuar, aunque sean conscientes de que perderán la vida en su intento de conseguir la libertad para su pueblo. Entre ese grupo de héroes y heroínas —la mayoría olvidados— que se opusieron al nazismo destacó una cántabra, Marina Vega de la Iglesia. Esta española fue una de las espías más importantes en la lucha contra el nazismo. Cuando tenía solo trece años tuvo que marcharse de España al comienzo de la Guerra Civil. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, en lugar de huir a México desde Francia como le habían propuesto, decidió unirse a la resistencia y se convirtió en la guía encargada de llevar a judíos del país galo hasta Madrid, donde organizaba un segundo viaje a Argel. Después de 1945, Marina se convirtió en una experimentada cazadora de nazis. Hubo más exiliadas españolas de la Guerra Civil que ayudaron a los franceses, como Constanza Martínez, Conchita Grangé y Neus Català; todas ellas realizaron un importante trabajo de enlaces entre los diferentes grupos de la resistencia. La sobrina del general De Gaulle, Geneviève de Gaulle-Anthonioz, también participó en esta labor. Geneviève, que al principio de la guerra era una estudiante de la Sorbona, realizó acciones de boicot, ejerció de enlace y escribió artículos con el seudónimo de Gallia. En 1943 fue detenida y trasladada al campo de concentración de Ravensbrück. Aunque consiguió salir con vida de allí, esta experiencia la marcó para siempre. El resto de su existencia lo dedicó a luchar contra la pobreza. Geneviève de Gaulle-Anthonioz fue una de las primeras mujeres en recibir la Gran Cruz de la Legión de Honor francesa.

Cuando Jean Moulin —que operaba bajo el nombre en clave de Rex— fue detenido, comenzó su martirio. Durante casi tres semanas de cautiverio, Klaus Barbie dirigió sádicas torturas que llevaron a Moulin al estado de coma. El dirigente de la resistencia aguantó el tormento sin delatar a sus compañeros. Barbie, frustrado por no conseguir una confesión, envió al prisionero a París, pero Moulin murió en el tren que lo transportaba a la capital de Francia a la altura de Metz. Años después, sus restos fueron enterrados con todos los honores en el Panteón de París, donde también se encuentran otros héroes de la lucha contra el nazismo como Germaine Tillion, Pierre Brossolette y la mencionada Geneviève de Gaulle-Anthonioz. Klaus Barbie consiguió eludir ser juzgado por sus crímenes en Núremberg. Primero fue informante de la inte­ligencia estadounidense, que le ayudó a escapar a Sudamérica, y luego fue espía para la RDA (República Democrática Alemana) durante su estancia en Bolivia. El criminal nazi tuvo más suerte que aquellos emigrantes a los que no ayudaron los países participantes en la Conferencia de Evian. La llegada de la democracia a Bolivia supuso su extradición a Francia. Allí, Barbie solo fue juzgado por las deportaciones de civiles, pues crímenes como el de Jean Moulin ya habían prescrito. El Carnicero de Lyon fue sentenciado a cadena perpetua. Nunca se arrepintió de lo que hizo: «Estoy orgulloso de haber sido comandante del mejor cuerpo del Tercer Reich. Y si volviera a nacer mil veces, mil veces sería lo que fui».

Los japoneses entran en Manila. El general MacArthur se marcha, pero jura que volverá

Hay un montón de expresiones militares adaptadas al lenguaje común: «OK» —zero killed, «cero muertos», surgida durante la guerra de Secesión de Estados Unidos para informar de las bajas en combate—; «vete a la porra» —en los campamentos se colocaba un bastón (porra) donde debían acudir los soldados arrestados—; o «ser una bicoca» —que hace alusión a la exitosa batalla librada por los tercios de Carlos I en la localidad milanesa de Bicoca, donde murieron más de tres mil soldados suizos y solo hubo una baja española—. La frase bélica que más ha calado en el imaginario popular —y que puede aplicarse actualmente para simbolizar ese término tan de moda que es «resiliencia»— la pronunció un general norteamericano de cinco estrellas en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial: «¡Volveré!».

El día 2 de enero de 1942 las fuerzas japonesas tomaron Manila, la capital de Filipinas, un Estado libre asociado de Estados Unidos en aquel momento. Desde el ataque a Pearl Harbor, la posición de la marina norteamericana había quedado debilitada en el archipiélago. Al frente de la defensa de Filipinas estaba uno de los militares más carismáticos y también arrogantes del ejército estadounidense, Douglas MacArthur —hijo de un héroe de la guerra de Secesión que vivió su infancia en cuarteles y se graduó de forma brillante en West Point—, que contaba con más enemigos que amigos entre sus compañeros de armas y en la Administración estadounidense. Su desesperado intento por defender estas islas estaba abocado al fracaso; el Gobierno de Roosevelt daba por perdido este territorio y veía como prioritario defender a su aliada Australia de un posible ataque nipón. Aunque MacArthur se negaba a dejar Corregidor, tuvo que hacerlo después de recibir la orden del presidente. El 20 de marzo de ese mismo año, unos meses después de la derrota en Filipinas, el general MacArthur pronunció un discurso en Terowie (Australia Meridional), en el que pronunció la frase que le ha hecho pasar a la posterioridad: «I Shall Return!» («¡Volveré!»). En realidad, y para ser más precisos, el American Caesar —como lo llamaban sus detractores para aludir a su megalomanía— dijo: «Salí de Bataán, ¡y volveré!». El «¡Volveré!» —también usado en ocasiones como «¡Volveremos!»— se convirtió en un mantra para sobrellevar los momentos más duros de la guerra en el Pacífico, en los que la victoria japonesa parecía inevitable.

Douglas MacArthur fue muchas cosas, buenas y malas, pero lo que no se le puede negar es que era un hombre de palabra. El día 20 de octubre de 1944, MacArthur regresó a Filipinas como había prometido, y como no podía ser de otra forma dio otro discurso. En esta ocasión sus palabras fueron todavía —si eso era posible— más solemnes: «Aquí estoy de nuevo. Gracias al favor del Altísimo, nuestras tropas pisan tierra filipina, tierra bañada por la sangre de nuestros dos pueblos». Todavía quedaban unos cuantos meses hasta la rendición nipona, pero la llegada de MacArthur fue un hito decisivo en el camino hacia la victoria norteamericana.

Batalla de Suomussalmi, guerra de guerrillas en la nieve

Unas condiciones de aparente superioridad no aseguran la victoria. David, un joven pastor, solo tenía una piedra y una honda cuando se enfrentó al gigante guerrero filisteo Goliat, al que acabó derrotando. ¿Solo una honda? En realidad, esta era un arma muy potente a la que David supo sacar su máximo rendimiento. En un combate cuerpo a cuerpo, el filisteo habría destrozado al israelita; por esa razón, este último aprovechó su ventaja: pelear fuera del alcance de los fuertes brazos de Goliat. En la guerra de Invierno ocurrió algo parecido. Iósif Stalin y Adolf Hitler firmaron el 23 de agosto de 1939 el Pacto Ribbentrop-Mólotov, que llevaba el nombre de los ministros de Asuntos Exteriores de ambos países. Este acuerdo de no agresión tenía un clausulado secreto: la división de Europa oriental entre las dos potencias. Así, la Unión Soviética y Alemania decidieron, unas semanas antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, quién se quedaría con los países bálticos, Besarabia y Polonia. Stalin anhelaba de forma especial el territorio ocupado por Finlandia, y en noviembre de ese mismo año atacó a sus vecinos. Pero el dictador ruso no debía de haber leído la Biblia o, al menos, no se acordaba en ese momento de la historia de David y Goliat.

El día 8 de enero de 1940 terminó la batalla de Suomussalmi, uno de los episodios más famosos de la guerra de Invierno. El Ejército Rojo superaba en hombres y también en armamento al cuerpo militar de Finlandia, pero no estaba preparado para una guerra de guerrillas en la nieve. Los esquiadores finlandeses se infiltraban sin problemas en las líneas enemigas y conseguían cortar las líneas de suministro con gran facilidad. En ese terreno los escandinavos, a pesar de sus escasas armas y municiones, consiguieron doblegar a los soviéticos. Entre todos esos luchadores fineses destacó Simo Häyhä, un francotirador que acabó él solo con la vida de quinientos soldados del Ejército Rojo. El alto mando soviético había ordenado no quedarse en Suomussalmi —por el riesgo que suponía verse aislados en una zona de lagos congelados y rutas de difícil tránsito para los acorazados—, pero el comandante Selendsov decidió hacer caso omiso a sus superiores. El 7 de diciembre, los finlandeses comenzaron el ataque a las unidades rusas. En solo un mes consiguieron derrotarlos utilizando tácticas de comando.

Después de más de cien días de enfrentamiento, Finlandia acabó firmando el Tratado de Paz de Moscú. El país escandinavo perdió un 10 por ciento de su territorio: parte de Carelia, todo el istmo y el norte de Ládoga, la región de Salla y cuatro islas; además la península de Hanko se convirtió en una base militar soviética. A pesar de las concesiones, Finlandia consiguió no ser invadida por la gran potencia rusa y mantener su independencia. La diferencia entre el número de muertos en uno y otro bando fue descomunal: veinte mil finlandeses frente a doscientos mil rusos —que sumaron una cifra total de bajas de ochocientos mil—. La victoria de Stalin fue a los puntos —como dirían en boxeo—, pero, en realidad, fue algo peor que eso: Hitler tomó buena nota de las debilidades del Ejército Rojo y un año después puso en marcha la operación Barbarroja: la invasión nazi de la URSS.

En Suomussalmi, David no pudo noquear a Goliat, pero sí dejarlo malherido. El arma secreta de los finlandeses no fue una honda, sino su inquebrantable decisión de mantener su independencia. Pero la paz duró poco tiempo, y en junio de 1941, coincidiendo con la operación Barbarroja, comenzó la guerra de Continuación que llevó a rusos y finlandeses —colaboradores del Eje por oposición a la Unión Soviética— a luchar hasta la caída del nazismo.

Proceso de Verona, la vendetta del Duce

Acabar con el nepotismo fue una de las obsesiones de Benito Mussolini cuando llegó al poder. Sicilia era un lugar donde esa práctica era bastante común. El Duce, un convencido estatalista, puso como prioridad acabar con los tratos de favor a familiares y amigos en la administración de la isla. Para llevar a cabo su plan encargó a Cesare Mori —el Prefecto de Hierro— la difícil labor de acabar con ese tipo de arreglos. Mori utilizó toda la fuerza a su alcance y no dudó en enfrentarse con la mafia para conseguirlo. Pero el nepotismo estaba enquis­tado en la sociedad italiana desde hacía muchísimo tiempo, extendido por todos los estamentos del poder: el político, el social y también el religioso. De hecho, fue un papa —el español Alfonso de Borja, convertido en Calixto III cuando fue elegido para liderar la Iglesia de Roma— el que dio toda una clase maestra a los italianos de cómo utilizar el cargo en beneficio personal para colocar en los órganos de gobierno a sus parientes. Ni los Colonna ni los Orsini podían imaginar que el nuevo pontífice —al cual habían elegido para un mandato provisional, por su avanzada edad, al no conseguir designar a un sucesor sin romper el equilibrio de poder entre las dos familias— iba a lograr colocar en puestos de gobierno a todos los miembros de su clan de Valencia en un tiempo récord. El que obtuvo el mejor puesto en ese festival de regalos fue su sobrino Rodrigo, que años más tarde fue también papa con el nombre de Alejandro VI. Mussolini, a pesar de sus principios, acabó cediendo al chantaje de la familia al promocionar a su yerno, el conde Ciano.

El día 8 de enero de 1944 tuvo lugar el Proceso de Verona, un juicio político contra los miembros del Gran Consejo Fascista que, en el mes de julio del año anterior, habían ordenado destituir a Benito Mussolini de sus funciones y ponerlo bajo arresto. Poco después de encarcelar al Duce, el Gobierno dirigido por el mariscal Pietro Badoglio decidió romper el Pacto de Acero —firmado en 1939 por Galeazzo Ciano y Joachim von Ribbentrop—. La ruptura de la alianza con los nazis precipitó la invasión de Italia por las fuerzas del Tercer Reich. El ejército alemán liberó de su cautiverio a Mussolini y, siguiendo las órdenes de Hitler, puso en marcha la República Social Italiana (RSI), conocida como la República de Saló. Una de las primeras decisiones fue juzgar a los políticos que habían actuado contra el Duce. Solo pudieron capturar a seis de los diecinueve miembros del Gran Consejo Fascista; el resto estaban refugiados en la zona bajo dominio aliado. Entre esa media docena de prisioneros que fueron llevados a la corte de Vero­na estaba el yerno de Mussolini, Gian Galeazzo Ciano.

El padre de Gian Galeazzo, el almirante Costanzo Ciano, fue un héroe de guerra que se convirtió en uno de los colaboradores más leales de Benito Mussolini, al que acompañó en la Marcha sobre Roma que dio lugar el fin del sistema parlamentario italiano. Gian Galeazzo, siguiendo el ejemplo de su progenitor, se sumó también al partido fascista, y se convirtió en el hombre de confianza de Mussolini después de casarse con su hija, Edda. Su carrera política fue vertiginosa: ministro de Propaganda en 1935 y de Asuntos Exteriores en 1936. El conde Ciano consiguió fama internacional al convertirse en uno de los artífices de los Acuerdos de Múnich, los tratados entre las grandes potencias que permitieron retrasar el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Pero estos logros no impi­dieron que fuese una figura odiada entre sus compañeros. Tampoco era muy querido por los nazis por su oposición a la entrada de Italia a la guerra. Cuando en 1943 los alemanes liberaron a Mussolini, la única opción era huir con su familia. Gian Galeazzo Ciano eligió España para su exilio, pero durante la escala que hizo su vuelo en Alemania fue detenido. Hitler se cobró su venganza y lo envió de vuelta a Italia, donde el conde fue juzgado en Verona por un tribunal formado siguiendo las órdenes de su suegro. La instrucción fue rápida. El general De Bono, Giovani Marinelli, Carlo Pareschi, Luciano Gottardii y Gian Galeazzo Ciano fueron sentenciados a la pena capital y Tullio Cianetti a treinta años de prisión. Los cinco condenados a muerte fueron ejecutados la mañana del 11 de enero de 1944. Hasta el último momento, la hija de Mussolini intentó pedir, sin éxito, clemencia para su marido, pero el dictador italiano se negó a recibirla. El conde Ciano y sus compañeros fueron atados a unas sillas y colocados de espaldas al pelotón de fusilamiento. Según los testigos, en el último momento, el conde Ciano giró la cabeza para mirar a los ojos a sus verdugos.

Operación Sonnenblume, el prólogo del Afrika Korps

En 1944 Erwin Rommel tuvo que librar en Europa la batalla más difícil: intentar parar la invasión de Normandía. Su plan para evitar un posible desembarco aliado —en el que pedía llevar los acorazados a las playas— chocaba con la opinión de su superior, el mariscal Von Rundstedt, que propugnaba mantener los tanques en el interior. Ambos, así como el resto del mando alemán, estaban equivocados en un mismo punto: pensaban que los aliados llegarían por Calais. Al final, se decidió dejar los acorazados a medio camino entre la costa y la capital de Francia. El Día D quizá habría sido distinto si le hubiesen hecho caso al conocido como Zorro del Desierto, el general que consiguió hacerse dueño de África durante los comienzos de la Segunda Guerra Mundial y que fue uno de los militares más estudiados por su habilidad en la guerra con tanques, y respetado por sus adversarios.

El día 11 de enero de 1941 Hitler ordenó la operación Sonnenblume («girasol» en alemán), que consistió en el envío de tropas alemanas al norte de África. Se trataba de un movimiento táctico: Libia no era un lugar estratégico, pero la llegada de una fuerza acorazada de bloqueo a Trípoli evitaría la debacle de Mussolini. Hitler temía que el Duce —su aliado más relevante en Europa— pudiese tener problemas para seguir al frente del Gobierno si las tropas italianas eran derrotadas. Esa situación podía ser aprovechada por los británicos para entrar en Francia y los Balcanes a través de Italia. El dictador italiano había realizado en septiembre del año anterior una arriesgada ofensiva en el norte de África con consecuencias fatales. Su ataque contra Egipto tuvo una respuesta contundente por parte de los aliados: en las semanas siguientes, ciento quince mil soldados italianos fueron capturados y cuatrocientos tanques fueron destruidos. Erich von Manstein fue el elegido inicialmente para llevar a cabo la operación Sonnenblume, pero al final lo sustituyó Rommel, que había conseguido una merecida fama durante la batalla de Francia, en los albores de la guerra. El control de Rommel del Afrika Korps cambió el curso del conflicto en este continente. El general alemán, al frente de la 5.ª División Motorizada Ligera y la 15.ª División Panzer, después de afianzar la posición defensiva en El Agheila, decidió pasar al ataque. Varios miles de soldados británicos fueron capturados y el resto huyó al importante puerto de Tobruk, donde Rommel comenzó un sitio que duró más de lo esperado y que cambió de mano en varias ocasiones. Hasta junio de 1942, después de la batalla de Gazala, Tobruk no fue ocupada por los nazis.

La operación Valquiria, que tuvo lugar el 20 de julio de 1944, fue un fracaso. Claus von Stauffenberg falló al accionar la bomba y el intento de golpe de Estado se vino abajo. El nombre de Erwin Rommel estaba en la lista de los conspiradores que habían intentado acabar con Hitler en un atentado. Aunque no quedó claro si fue uno de los ideólogos del intento de magnicidio, se cree que tenía conocimiento de su preparación. El Führer decidió no incluirlo en el proceso que se siguió contra los oficiales que habían intentado asesinarlo, y le dio la opción del suicidio para salvaguardar su honor y evitar represalias contra su familia. Una pastilla de cianuro acabó con la vida de uno de los militares más admirados de la historia.

Conferencia de Wannsee, los nazis planean el Holocausto

Usamos la palabra genocidio con demasiada facilidad. Casi como un recurso retórico. Cualquier suceso horrible cometido en una guerra merece ahora este apelativo. En ocasiones, se emplea para un ataque terrorista o una serie de asesinatos que han impactado a la sociedad. Pero lo que diferencia un genocidio —palabra formada por el término griego genos (raza) y el latino cidio (acción de matar)— de cualquier otro crimen no es solo la cantidad de víctimas, sino que haya una planificación previa para acabar con un grupo determinado de personas por su raza, ideología o religión —incluso por su actividad económica, como ocurrió en Ruanda; los hutus eran agricultores y los tutsis, ganaderos—. También es necesario que exista una intención especial para hacerlo, ese matiz es el que hace de este un delito único. Fue un judío polaco, Raphael Lemkin, el primero en emplear este concepto cuando Hitler elaboró las primeras medidas antisemitas.

El día 20 de enero de 1942 tuvo lugar la Conferencia de Wannsee. A las afueras de Berlín, los jefes de las SS (Schutzstaffel, el escuadrón de protección al servicio del Tercer Reich) y los altos funcionarios del Gobierno nazi se reunieron en una antigua villa industrial, situada en el lago del mismo nombre y transformada por las SS en residencia de invitados. En esta reunión, los mandos nazis planearon el Holocausto. El orden día, firmado por Hermann Göring, era claro y conciso en sus objetivos: «Los pasos organizativos, logísticos y materiales para una solución final de la cuestión judía en Europa». El lenguaje usado en este protocolo estaba lleno de eufemismos, aunque su finalidad no era otra que perpetrar un asesinato en masa sin precedentes en la historia de la humanidad. Los quince dirigentes nazis allí reunidos solo necesitaron una hora y media para aprobarlo.

Antes de esta fecha, ya se habían llevado a cabo numerosas persecuciones contra los judíos: les habían boicoteado sus negocios y los habían encerrado en guetos y hecho prisioneros en los primeros campos de concentración. Durante la guerra en el frente ruso, los Einsatzgruppen (equipos móviles de matanza) habían cometido asesinatos en la frontera soviética. Pero hasta ese momento no se habían definido unos métodos para su exterminio. En la Conferencia de Wannsee también se estableció cuál sería el sistema para transportar a los judíos desde los países ocupados por Alemania hasta los campos de exterminio, de qué forma serían separados por sexos y cómo se les organizaría por trabajar en la construcción de caminos.

Había dos personas que conocían de principio a fin este macabro plan. Reinhard Heydrich, el segundo oficial al mando de las SS después de Heinrich Himmler, y Adolf Eichmann, su fiel escudero. Ambos diseñaron la solución final, el exterminio de los judíos de los territorios europeos dominados por Alemania. Reinhard Heydrich —que pasó a la posteridad como el Carnicero de Praga y al que Hitler llamaba «el hombre del corazón de hierro»— explicó a sus colegas cómo serían las deportaciones a los campos de exterminio en Polonia y en Bielorrusia, y también la forma de matarlos: por inanición, en cámaras de gas y por fusilamientos. Para llevar a cabo su estrategia de aniquilación, Heydrich contaba con su hombre de confianza: Adolf Eichmann. Se estima que durante el Holocausto murieron seis millones de personas, aunque la intención de Heydrich era acabar con la vida de once millones.

Desde sus primeros años en las filas del partido nazi, Adolf Eichmann dirigió la represión contra la población judía. Al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, en 1939, se encargó de la organización y la logística para el transporte de los presos desde los guetos —en los que habían marginado a la población hebrea en las naciones conquistadas por el Tercer Reich— hasta los campos de concentración. Antes de la Conferencia de Wannsee se valoró crear unas reservas —en lugares como Madagascar— a las que trasladarlos, pero esa idea fue desechada. Al finalizar la guerra, Eichmann fue capturado, pero pudo huir y estuvo escondido en la Baja Sajonia hasta 1950. Desde allí viajó hasta Argentina, donde permaneció con una identidad falsa hasta que fue secuestrado por el Mossad. Fue juzgado en Israel por crímenes de guerra, y también condenado y ejecutado en la horca el 31 de mayo de 1962. Eichmann fue el único participante que pagó con su vida por la Conferencia de Wannsee. De los quince jerarcas nazis reunidos para poner en marcha la solución final, nueve murieron antes del final de la guerra —incluido Reinhard Heydrich, asesinado en la operación Antropoide—. Del resto, cuatro no llegaron a ser juzgados y únicamente Wilhelm Stuckart —uno de los autores intelectuales de las leyes antisemitas— acabó en la cárcel después de ser condenado en los juicios de Núremberg. Suckart salió de prisión en 1949 y murió al poco tiempo en un accidente de tráfico, aunque según algunas teorías pudo tratarse de un atentado.

La villa donde se celebró la Conferencia de Wannsee ha sido transformada en un museo memorial, donde se puede visitar una exposición permanente sobre el exterminio judío. Además, se organizan días de estudios y seminarios que analizan el proceso que llevó a los nazis a poner en marcha la solución final. Gracias a la insistencia de Raphael Lemkin, al acabar la Segunda Guerra Mundial, y después de los juicios de Núremberg, se consiguió que el genocidio —definido por el Tribunal Penal Internacional para Ruanda como «el crimen de crímenes»— fuese un delito reconocido por el derecho internacional.

El final de la Guardia de Hierro en Rumanía

En la serie de Amazon Prime Hunters, el protagonista, Meyer Offerman (interpretado por Al Pacino), dirige un equipo de cazadores de nazis en el Nueva York de la década de los setenta. Esta ficción está inspirada en hechos reales. Hubo muchos nazis que huyeron a otros países para esconderse, pero también un buen número de personas que se resistieron a que sus crímenes quedaran impunes. Todavía en el siglo XXI se han conocido nuevas historias del exilio de estos criminales de guerra. Como la que descubrieron Josep Bargalló y Montserrat Palau a través de un comentario en la red social Facebook. El político y la periodista comenzaron a investigar quién estaba realmente enterrado en una tumba del cementerio de la localidad tarraconense de Torredembarra. Aunque el nombre de la lápida era Radu Barbulescu, pronto dedujeron que en realidad quien estaba allí sepultado era el nazi Horia Sima, jefe de la organización fascista Guardia de Hierro.

El día 21 de enero de 1941, la Guardia de Hierro fue expulsada del poder en Rumanía después de su fallido intento de golpe de Estado para derrocar a Ion Antonescu. Hitler—que había confiado en dicha Guardia para llevar a cabo las deportaciones y matanzas de judíos— no les apoyó en esta ocasión y prefirió mantener al general en el poder. Este fue el fin de la Guardia de Hierro, que fue ilegalizada al acabar la Segunda Guerra Mundial. El antecedente de esta organización fascista fue la Legión de San Miguel Arcángel, fundada por Corneliu Zelea Codreanu en 1927, que destacaba por su radical antisemitismo y sus teorías ultranacionalistas. En 1931 Codreanu puso en marcha una rama paramilitar conocida como la Guardia de Hierro. Sus integrantes, los legionarios, iban uniformados con trajes verdes en los que lucían la cruz triple —un símbolo del martirio, la barra de una prisión—. Después de la muerte de su líder, sus acciones se volvieron más violentas y descontroladas. Corneliu Zelea Codreanu fue ejecutado en 1938, pero su cadáver no fue encontrado hasta dos años más tarde por sus seguidores. En ese momento, Rumanía vivía una época de gran tensión después de la huida del rey Carlos II. El nuevo hombre fuerte del país, el general Ion Antonescu, ordenó investigar los crímenes cometidos por el antiguo Gobierno. Muchas de las figuras políticas y los máximos responsables de los cuerpos de seguridad del Estado fueron condenados y arrestados en la prisión de Jilava, donde pasaron a ser custodiados por los legionarios de la Guardia de Hierro. Ante el temor a represalias, los prisioneros pidieron que fueran los militares los encargados de vigilarlos. Pero los legionarios se anticiparon a un posible cambio de guardianes, entraron en las celdas de los partidarios de Carlos II y los asesinaron. En total, murieron sesenta y cuatro personas en la cárcel de Jilava y otra media docena en otros lugares de Rumanía. Esta matanza supuso la ruptura de la alianza entre la Guardia de Hierro y Antonescu.

Aunque en España la vida de Horia Sima transcurrió en el anonimato, este militante fascista siguió vinculado a grupos ultraderechistas —Blas Piñar le prologó su obra El hombre cristiano y la acción política, publicada en la editorial del grupo político español de ultraderecha Fuerza Nueva— y no renunció a su sueño de refundar la Guardia de Hierro en su país. Horia Sima murió después de uno de los viajes que realizaba para intentar reactivar la organización fascista, en circunstancias extrañas. Y es que todo lo que rodeó a la Guardia de Hierro fue siempre tétrico y oscuro.

Operación Shingle, desembarco en Anzio

A George S. Patton lo llamaban el general «sangre y agallas». Sus tácticas militares eran brillantes y consiguieron grandes resultados en la lucha contra los nazis, pero al militar norteamericano le perdían las formas. Apasionado de los perros bull terrier, trataba mejor a estos animales que a muchos de sus soldados. En el verano de 1943, durante la invasión de Sicilia, Patton acudió a varios hospitales de campaña en Mesina. Durante sus visitas, increpó, empujó y propinó varias patadas a algunos de los enfermos, que según el general debían estar en el frente y no recibiendo cuidados médicos. Su comportamiento fue castigado por sus superiores, y Patton no volvió a dirigir ningún destacamento hasta el desembarco de Normandía. Esta circunstancia tuvo una consecuencia fatal para los aliados: Patton había sido elegido para llevar a cabo una importante misión, la operación Shingle, y tuvo que ser sustituido por un militar menos agresivo y más conservador, el general Mark Clark.

El día 22 de enero de 1944 se inició el desembarco de Anzio —un pueblo situado a solo sesenta y dos kilómetros de Roma—, que dio lugar a una batalla que se prolongó hasta el 24 de mayo de ese año. El objetivo de esa acción militar era romper la línea Gustav, una división defensiva que iba desde el mar Adriático hasta el Tirreno y cortaba en dos el sur de Italia. Los aliados eran incapaces de avanzar en Montecassino, y por mediación de Winston Churchill decidieron enviar una fuerza hacia el norte para poder romper esa franja fortificada. La operación Shingle llevó a cuarenta mil soldados estadounidenses hasta las playas de Anzio y Nettuno. El plan era rodear a los alemanes y embolsarlos después de juntar sus fuerzas con las británicas de Montgomery en la cordillera del Lacio. La llegada a la playa de Anzio fue un paseo triunfal. No hubo ninguna oposición al desembarco. En poco tiempo, las fuerzas aliadas tenían bajo su control un terreno de doce kilómetros de extensión. Todo parecía indicar que su siguiente destino sería Roma —donde no había tropas nazis suficientes para defender la ciudad—, pero los militares al mando decidieron optar por una táctica más precavida, y su error fue aprovechado por el mariscal Kesselring. Los soldados alemanes llegaron desde el norte de Italia, y también de los Balcanes, y consiguieron contraatacar. Los aliados sufrieron tres mil quinientas bajas —entre las cuales hubo novecientos muertos— durante los cuatro meses que pasaron hasta que pudieron romper el cerco alemán.

Hay pocas dudas sobre lo que hubiese pasado si Patton hubiese sido el responsable de la operación Shingle. Cualquiera se lo imagina dirigiéndose hacia Roma al frente de sus hombres al poco de poner el pie en la playa de Anzio. El general norteamericano, querido y odiado a partes iguales, dijo que no pensaba morirse hasta que se ganase la guerra y tuvo razón. El 21 de diciembre de 1945 un tanque, con los frenos rotos, impactó con el jeep en el que viajaba Patton, que falleció como consecuencia de las heridas. La gran cantidad de enemigos que se había ganado durante sus años de servicio llevó a pensar en la idea de un sabotaje. Desde su estatua en West Point, Patton sigue atemorizando a los nuevos reclutas como en su día hizo con varios soldados en Mesina. Curiosamente, según estudios psiquiátricos posteriores, George S. Patton pudo sufrir la misma fatiga de combate que esos soldados a los que pateó por considerarlos unos cobardes.

Maria Mandel, la bestia de Auschwitz

Todos necesitamos redención. Incluso las asesinas más terribles. Eso debió de pensar Stanisława Rachwałowa cuando Maria Mandel se acercó hasta ella para pedirle perdón. Ambas estaban presas en la cárcel Montelupich de Cracovia (Polonia). Cuando se conocieron años atrás, las circunstancias habían sido muy diferentes: Mandel era la jefa de campo de Birkenau, la persona de confianza de Rudolf Höss —el comandante del campo de exterminio—, y Rachwałowa era una prisionera —detenida entonces por conspirar contra las fuerzas nazis y ahora por hacerlo contra los comunistas—. Stanislawa no se atrevió nunca a sostenerle la mirada a Mandel; sabía cuál era el castigo. El destino escribe giros de guion inesperados, y ahora era la bestia de Auschwitz quien, de rodillas, la miraba a los ojos.

El día 24 de enero de 1948, un día después de ese encuentro entre víctima y verdugo, Maria Mandel fue ejecutada. La horca fue el final para una de las asesinas más sanguinarias de la Segunda Guerra Mundial y de la historia de la humanidad.

Maria Mandel nació en Münzkirchen, un pequeño municipio de Austria cercano a la frontera con Alemania. Curiosamente, fue despedida de uno de sus primeros trabajos por no estar implicada con la ideología nacionalsocialista. Solo necesitó un par de años para convertirse en una de las máximas defensoras de los valores de los nazis. En 1938 entró a formar parte del personal del centro de detención de Lichtenburg. Y un año más tarde, Mandel fue trasladada al campo de concentración de Ravensbrück —donde solo había mujeres prisioneras—, el lugar donde las guardianas trabajaban por primera vez antes de ser enviadas a otros destinos. Sus jefes quedaron impresionados por su gestión y la recompensaron con un ascenso a supervisora. En total, hubo cinco mil quinientos centinelas de las SS encargados de vigilar, torturar y matar a los prisioneros; tres mil setecientos de esos guardianes fueron mujeres. A diferencia de los hombres, ellas no solían formar parte del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP, por sus siglas en alemán).

El siguiente puesto de Maria Mandel fue en el complejo de Auschwitz, adonde llegó en el otoño de 1942. Al poco tiempo, Mandel fue nombrada Lager (líder) de Birkenau. En este campo de exterminio, Maria se convirtió en la persona más temida por los presos —a muchos de los cuales convertía en sus mascotas— debido a su extrema crueldad, que le valió el apelativo de La Bestia. Una de sus obsesiones era la limpieza. Por este motivo, realizaba tareas de desinfección durante la madrugada: sacaba a los judíos desnudos de los barracones para esterilizar las instalaciones; muchos morían de congelación durante esos trabajos. Ella era la encargada de supervisar la selección de quienes debían ir a las cámaras de gas. Según algunas estimaciones, esta guardiana pudo firmar la sentencia de muerte de medio millón de personas. Durante su estancia en el campo de exterminio polaco, Mandel siguió cultivando su amor por la música, que la llevó a crear la Orquesta de Mujeres de Auschwitz. Las mejores intérpretes eran reclutadas para tocar piezas de los compositores arios durante los diferentes momentos del día: la revista de la mañana, los trabajos forzados, las torturas, la selección de presos que iban a ser enviados a las cámaras de gas.

Maria Mandel no fue una excepción. Hubo más mujeres que desempeñaron su oficio de guardianas con la misma crueldad y sadismo. Irma Grese, El Ángel Exterminador, se paseaba por el recinto, armada con un látigo y una pistola, para seleccionar a los elegidos para cumplir con su cuota de asesinatos diarios. Dorothea Binz, La Binz, fue responsable de la muerte de cien mil personas, la mayoría mujeres y niños; esta supervisora fue una de las más estrechas colaboradoras de Mandel en las torturas a los prisioneros. Juana Bormann, La Comadreja, fue una antigua misionera que dio muestras de una especial brutalidad: entrenaba a perros para atacar y matar a mordiscos a los prisioneros incapaces de realizar los trabajos forzosos. Hermine Braunsteiner, La Yegua de Madjanek, se dedicaba a dar patadas —coces— en el estómago a las reclusas hasta que morían por los golpes. También era aficionada a dar latigazos a los reos en la cara. Hermine tuvo mejor suerte que sus compañeras y pudo escapar a Estados Unidos, donde rehízo su vida hasta que fue descubierta por el implacable cazador de nazis Simon Wiesenthal. Hubo doce millones de mujeres que pertenecieron a asociaciones afiliadas al régimen nazi. La gran mayoría eran mujeres independientes, sin necesidades económicas, que no ayudaron por obligación ni al dictado de ningún hombre; ellas, como dejó claro Himmler, eran «iguales y camaradas». En el caso de las guardianas de los campos de exterminio, la pregunta es la misma que nos hacemos acerca de los soldados, los funcionarios y los políticos que participaron en el Holocausto: ¿por qué personas aparentemente normales, pacíficas, sin un pasado delictivo, se convirtieron en asesinos despiadados que mutilaron, violaron y mataron de forma sádica?

Al final de la guerra, Maria Mandel fue transferida de Auschwitz al complejo de Dachau, de donde escapó cuando llegó el ejército de Estados Unidos. Pero los militares estadounidenses siguieron su rastro hasta Austria, donde consiguieron apresarla. Maria Mandel fue reclamada por Polonia para ser juzgada por sus crímenes: se la acusó de ser la responsable de medio millón de muertes. La Bestia no admitió ninguno de los cargos que se dirigieron contra ella, y en todo momento argumentó que solo se dedicó a cumplir con las órdenes de su superior, el jefe del complejo de Auschwitz Rudolf Höss. Pero esas explicaciones no le sirvieron de nada y Mandel fue sentenciada a morir en la horca. Sus últimas —extrañas— palabras fueron: «¡Viva Polonia!».

Batalla de Holtzwihr, el día que Audie Murphy se convirtió en el gran héroe del ejército norteamericano

Los héroes han existido siempre. Los necesitamos para formular nuestras narrativas. Y cuanto más adversas son las condiciones a las que se tienen que enfrentar, más disfrutamos con sus hazañas y valoramos su coraje. Si Leónidas hubiese liderado un poderoso ejército en las Termópilas, solo sería un militar más, pero todos le recordamos con devoción porque con unos centenares de espartanos consiguió, contra todo pronóstico, frenar durante varias jornadas a los miles de soldados persas. Cuando, por fin, los «inmortales» del rey Jerjes consiguieron acabar con la resistencia de los Trescientos de Leónidas, había nacido una leyenda. En la Segunda Guerra Mundial hubo muchos civiles y soldados que fueron señalados como héroes por su valor en combate y también en la retaguardia: Oskar Schindler, un empresario alemán afiliado al partido nazi que durante el Holocausto logró rescatar a mil doscientos judíos de las cámaras de gas; Desmond Doss, un objetor de conciencia de fuertes convicciones religiosas que, junto con su unidad médica, consiguió salvar la vida de un centenar de compañeros en Okinawa; Saburō Sakai, el piloto samurái, que desobedeció la orden de derribar un avión donde viajaban mujeres y niños, por su estricto sentido del honor; y Job Maseko, el sudafricano que hundió él solo un buque alemán en Tobruk, pero que no recibió la Cruz Victoria, la más alta condecoración al valor, por ser negro. El gran héroe de la Segunda Guerra Mundial para los estadounidenses fue un soldado que batió todos los récords en el campo de batalla, Audie Murphy.

El día 26 de enero de 1945 tuvo lugar la batalla de Holtzwihr, un sangriento combate que sucedió durante el episodio bélico conocido como Bolsa de Colmar, que enfrentó a franceses y norteamericanos con el ejército alemán, desde el 20 de enero hasta el 9 de febrero de ese año, en los alrededores de esta ciudad de Alsacia. La región había sido objeto de disputas entre Alemania y Francia desde los tiempos del emperador Napoleón III, cuando al finalizar la guerra entre franceses y prusianos pasó a depender de estos últimos. Al acabar la Primera Guerra Mundial, Alsacia-Lorena fue incorporada de nuevo a Francia, pero en 1940 fue anexionada por los nazis. Este territorio tenía un alto valor simbólico para Hitler y deci­dió defender cada metro con todo el arsenal del que disponía en aquel momento. A principios de año, el Führer puso en marcha la operación Nordwind, una de las últimas grandes ofensivas en el frente occidental. Su objetivo era claro y contundente: destruir en su totalidad al ejército de Estados Unidos. El fracaso del ataque aéreo simultáneo de la operación Bodenplatte condicionó el éxito de este plan de ofensiva terrestre. El general Eisenhower decidió aprovechar la situación para seguir con su plan de agrupar el mayor número de fuerzas posibles junto al Rin antes de avanzar hacia el corazón de Alemania. Pero el duro invierno y la solvente línea defensiva organizada por los germanos complicaban la acometida aliada. Hitler parecía suspirar aliviado, pero no podía imaginar que un soldado de solo 1,65 metros de altura, y unos escasos cincuenta y cinco kilos, iba a masacrar a su infantería y a sus acorazados.

Cuando Japón atacó Pearl Harbor, muchos jóvenes norteamericanos decidieron alistarse en el ejército para defender a su país de la amenaza nipona y sus socios en el Pacto del Eje: Alemania e Italia. Entre esos muchachos estaba Audie Murphy, que no pudo cumplir su sueño de entrar en los paracaidistas al ser rechazado por su estatura. El soldado tejano, después de cumplir con su instrucción, fue enviado a Europa. Su primera misión tuvo lugar durante la invasión de Sicilia. Al poco tiempo, Murphy se convirtió en una leyenda de la Segunda Guerra Mundial: fue reconocido con la más alta distinción de su país, la Medalla al Honor; recibió treinta y dos condecoraciones en Estados Unidos, cinco en Francia y una en Bélgica; y obtuvo dos Estrellas de Plata y tres corazones púrpuras. En total, Audie Muphy participó en trescientas misiones, pero su gran momento de gloria lo vivió en Holtzwihr, durante la Bolsa de Colmar. Tenía solo diecinueve años cuando su nombre quedó grabado en las páginas de la historia de su país. El día anterior a la batalla librada en Holtzwihr, Murphy fue herido en la pierna por un impacto de metralla lanzada desde un mortero. Pero la responsabilidad —había sido designado oficial al mando— no le permitió abandonar a sus hombres. El 26 de enero los alemanes concentraron las fuerzas en el pueblo —doscientos cincuenta soldados de la 2.ª División de Montaña y seis carros de combate— y avanzaron hasta el bosque donde los estadounidenses intentaban resistir en clara inferioridad. Murphy ideó una línea defensiva donde los cazacarros tenían un papel fundamental para intentar acabar con los tanques alemanes. El avance de los nazis fue demoledor, pero el joven no estaba dispuesto a rendirse. Ordenó a sus hombres que se pusieran a cubierto, dejó su fusil y se subió a un M-10 y comenzó a disparar, protegido por el humo que le hacía invisible a sus enemigos. Desde un teléfono consiguió organizar el fuego de artillería y resistió en su puesto hasta que tuvo que abandonar el cazacarros que estaba en llamas. Los alemanes comenzaron a retroceder hacia el pueblo. Aunque estaba malherido, el teniente reorganizó a sus hombres para liderar el contraataque. Un único hombre había conseguido una de las hazañas más prodigiosas de la contienda. El 2 de junio de ese año, en Austria, Audie Murphy recibió ante sus compañeros de armas la Medalla de Honor del Congreso de Estados Unidos por su gesta en Holtzwihr.

Durante la guerra hubo actores que se alistaron en el ejército —Clark Gable, James Stewart, Lee Marvin y Tyrone Power, entre otros—, y soldados que se convirtieron en actores, como fue el caso de Audie Murphy. El antiguo héroe de guerra protagonizó más de cuarenta películas, la mayoría de ellas westerns. El más famoso de esos filmes fue Regreso al infierno (1955), en el cual se interpretaba a sí mismo. Pero su vuelta a la vida civil tuvo sus complicaciones, y el héroe de guerra sufrió estrés postraumático. Esto le puso en contacto más tarde con los veteranos de Corea y Vietnam, a los que defendió ante el Gobierno para reclamar su protección. Murphy murió en un accidente de aviación el 28 de mayo de 1971. Si todavía era posible, su leyenda se hizo más grande. Aunque él había dispuesto un sepelio humilde, el militar fue enterrado con todos los honores en Arlington. Su tumba es la segunda más visitada después de la de John Fitzgerald Kennedy, que también sirvió en la Segunda Guerra Mundial.

Liberación de Auschwitz-Birkenau

Desde mayo de 1940 hasta otoño de 1943, Rudolf Höss vivió en una lujosa villa junto a su esposa, Hedwig Hensel, y sus hijos. Tenían un bonito jardín, una piscina para refrescarse en verano, ricos alimentos y un buen número de criados que los atendían. Su vida era idílica, casi un paraíso; al otro lado del muro estaba el infierno. A solo doscientos metros de la mansión en la que vivía el jerarca nazi estaban situadas las cámaras de gas donde eran asesinados los prisioneros del complejo Auschwitz-Birkenau.

El día 27 de enero de 1945, se produjo la liberación de Auschwitz por parte del Ejército Rojo. Este campo de concentración y exterminio se había convertido en el epicentro del Holocausto, el lugar donde se llevaron a cabo la mayoría de los asesinatos que los nazis habían previsto cuando planearon la solución final en la Conferencia de Wannsee. En realidad, Auschwitz no era un campo de concentración, sino la suma de varios de ellos y también de otros de exterminio: Auschwitz I, Auschwitz II-Birkenau y Auschwitz III-Monowitz. Además, había cuarenta y cuatro subcampos, donde los internos de Auschwitz trabajaban en macrogranjas. Este lugar situado en Polonia —a pocos kilómetros de Cracovia— fue diseñado para poner en la práctica el proyecto del Tercer Reich de acabar con los judíos del continente. Rudolf Höss, Arthur Liebehenschel y Richard Baer —bajo la supervisión de Heinrich Himmler— fueron los directores de este complejo, donde se ejecutó a más de un millón de mujeres y hombres. Casi la totalidad de las personas confinadas en estos campos de exterminio fueron judíos polacos y húngaros, aunque también hubo de otras nacionalidades, así como un buen número de gitanos y presos políticos. De los 1.096.000 judíos deportados murieron 960.000; de los 140.000 polacos no judíos fallecieron 74.000; y de los 23.000 romaníes perecieron 21.000. Auschwitz fue el destino de Ana Frank y de sus familiares, del escritor italiano Primo Levi y de la novelista ucraniana Irène Némirovsky. Auschwitz-Birkenau tuvo la tasa más alta de muertes de los campos de exterminio nazis. Este hecho motivó que los mandos de las SS cambiaran la forma de identificar a los prisioneros. Al principio asignaban a cada uno de ellos un número de serie que se cosía en su uniforme —solo a los elegidos para realizar trabajos; los que habían sido señalados directamente para ir a las cámaras de gas no eran registrados—. Más tarde, se marcó con bolígrafo en la ropa y, finalmente, ante la gran cantidad de muertes que dificultaba las identificaciones, se procedió a tatuarlo primero en el pecho y después en lado externo del antebrazo izquierdo.

El 7 de octubre de 1944 se produjo un alzamiento de los presos de Auschwitz. Unos doscientos internos iniciaron una rebelión al enterarse de que los iban a matar. Los amotinados acabaron con la vida de tres de sus guardianes y volaron por los aires el Crematorio IV y una cámara de gas situada al lado. Los explosivos habían sido introducidos en el campo por las mujeres judías que realizaban trabajos forzados en una fábrica cercana. La represión de las SS fue brutal: ejecutaron a los que participaron en el sabotaje y ahorcaron también a las mujeres que habían introducido la dinamita. Cuando los alemanes fueron conscientes del imparable avance del Ejército Rojo, decidieron parar los asesinatos en las cámaras de gas y desmontar sus instalaciones. A sesenta mil de estos prisioneros los obligaron a ir hacia el oeste, a Gliwice —a cincuenta y cinco kilómetros—, o hacia el este hasta Wodzisław —a sesenta y tres kilómetros—, en unas condiciones infrahumanas. Durante estas marchas de la muerte, muchos reclusos fallecieron por el frío extremo, el hambre y las enfermedades. Los guardias de las SS tenían órdenes de disparar a los que no pudieran caminar. Una vez en sus destinos, fueron subidos en trenes con rumbo a otros campos como los de Buchenwald, Mauthausen y Dachau. Los nazis querían borrar las huellas del Holocausto. Cuando los rusos entraron en Auschwitz solo había unos miles de prisioneros —famélicos, desorientados y demacrados por el horror al que habían sido sometidos—, pero lo que sí encontraron fueron cadáveres apilados en los barracones, toneladas de ropa y cabellos humanos. Hasta la primavera —cuando cesaron los combates en esa parte de Polonia—, la situación de los supervivientes no se vio aliviada y fue entonces cuando pudieron recibir víveres y mejoró la atención médica para los heridos. El día de la liberación de Ausch­witz se convirtió en el Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto.

En 1943 Rudolf Höss fue relevado en sus funciones por la corrupción generalizada en el complejo de estos campos de concentración y exterminio. Pero en mayo del año siguiente fue reclamado de nuevo para coordinar y supervisar una gran matanza. Durante la llamada operación Höss, en apenas cincuenta y seis días fueron trasladados hasta Auschwitz 460.000 judíos húngaros, la mayoría de los cuales acabaron en las cámaras de gas. Al acabar la guerra, el Animal de Auschwitz intentó esconderse, pero fue arrestado por las fuerzas británicas gracias a la investigación de Hanns Alexander —que estaba obsesionado con dar con el paradero del jefe de Ausch­witz—. Höss fue apaleado y torturado en dos ocasiones durante su cautiverio, donde redactó una declaración de culpabilidad de la cual no se retractó en Núremberg. El oficial alemán fue juzgado una segunda vez por sus crímenes en Polonia, condenado a muerte y ejecutado el 16 de abril de 1947, a escasos metros de aquella lujosa mansión, con piscina y criados, de la que había disfrutado cuando era el comandante de Auschwitz. Aunque esta vez él estaba al otro lado del muro, como sus víctimas.

Creación de la Milicia Francesa, la némesis de la resistencia

Pierre Laval estaba convencido de que su admirado caudillo le ofrecería protección, pero el general Francisco Franco no se puso al teléfono cuando el antiguo jefe de Gobierno del Régimen de Vichy le llamó para pedir asilo en España. Tampoco le hizo caso su amigo José Félix de Lequerica, ministro de Asuntos Exteriores en ese momento. Dolido por el trato recibido, Laval esperó en el castillo de Montjuic hasta que se hizo efectiva su deportación a Francia a finales de julio de 1945. Laval —un político que había proclamado su pacifismo en sus principios, y que evolucionó desde el socialismo hacia una posición populista que lo llevó a apoyar a los fascismos— fue juzgado y condenado a muerte. Aunque insistió en su inocencia, renunció a su defensa. El general De Gaulle se negó a conmutar la pena capital por una cadena perpetua. Pierre Laval, el político que se había hecho famoso por su lapidaria frase «Yo deseo la victoria de Alemania porque, de lo contrario, el bolchevismo se extenderá mañana en todas partes», intentó mantenerse en pie cuando fue conducido ante el pelotón de fusilamiento, aunque se encontraba muy debilitado por los efectos del veneno que había ingerido, días atrás, para intentar suicidarse.

El día 30 de enero de 1943 el Gobierno de Vichy, liderado por Pierre Laval, puso en marcha la Milicia Francesa, un grupo paramilitar creado para combatir la resistencia. Esta organización, convertida en la policía política del régimen, llegó a sumar treinta mil miembros, que colaboraron de forma estrecha con la Gestapo. Al frente de la Milicia Francesa, Laval puso a uno de sus hombres de confianza, Joseph Darnand. Este antiguo héroe de la Primera Guerra Mundial comenzó a establecer vínculos con la extrema derecha en la década de los años veinte, cuando entró a formar parte de Acción Francesa —un movimiento nacionalista que pedía la restauración de la monarquía y del catolicismo como religión del Estado—. Darnand transformó el Servicio de Orden Legionario (SOL) en la Milicia Francesa siguiendo las instrucciones de los dirigentes nazis. Su objetivo fue acabar con socialistas, comunistas y judíos, y su gran obsesión, destruir la resistencia durante la Segunda Guerra Mundial. La Milice Française actuó en la zona libre —controlada por el Gobierno de Vichy— y en la ocupada —la Francia dominada por el ejército alemán—, y fue muy beligerante contra los maquis —ciudadanos franceses que habían sido llamados a realizar trabajos en las fábricas alemanas y decidieron huir para convertirse en guerrilleros— en episodios bélicos como los de Glières y Vercors.

Durante los años en los cuales estuvo activa, la Milicia Francesa destacó por su excesiva crueldad con los detenidos, con los que utilizó de forma recurrente la tortura para obtener información sobre la resistencia. Cuando Joseph Darnand se convirtió en ministro del Interior, en noviembre de 1943, intensificó su relación con la Gestapo y pasó a organizar las deportaciones masivas de judíos hacia los campos de exterminio. Durante el año siguiente, ante la inminente llegada de las fuerzas aliadas, el mariscal Philippe Pétain —el jefe del Gobierno de Vichy— intentó distanciarse de los actos cometidos por la Milice Française. Muchos de los miembros de esta organización permanecieron fieles a sus ideales fascistas hasta el final: un grupo se atrincheró en el hotel Majestic de Lyon y otro en la alcaldía de París; todos fueron abatidos. Joseph Darnand huyó primero a la localidad alemana de Sigmaringa y luego a Merano, donde fue capturado por los estadounidenses. El político ultraderechista fue juzgado por los crímenes cometidos por la Milicia Francesa y condenado a muerte por colaboración con el enemigo y alta traición. Darnand fue fusilado dos días antes que su jefe Pierre Laval.

El último discurso de Hitler

«Guerra o paz», no había otra opción; ni para Alemania ni para el mundo. En septiembre de 1938 lo dejó claro en el Sportpalast de Berlín: «Mi paciencia se ha acabado». En su discurso no hay un «nosotros», sino un «yo». La retórica persuasiva del fascismo, tanto a nivel de discursos como a nivel de la difusión en medios de comunicación, fue clave para el auge y el triunfo de este movimiento en Italia y Alemania. El mensaje inicial de los nazis se basaba en el odio hacia los judíos y los comunistas. A través de la manipulación y la mentira se buscaba el control total de la población. Una vez avanzada la guerra, el objetivo fue desmoralizar al enemigo. En aquella ocasión, el Führer no solo estaba reclamando los Sudetes —las regiones fronterizas checoslovacas— para Alemania, estaba desafiando a las potencias europeas desde la posición moral de ser la única persona en posesión de la verdad. Una semana más tarde de aquel discurso, británicos y franceses decidieron que la ocupación de esos territorios era un mal menor, y permitieron a Hitler sentar las bases de la futura anexión de los Sudetes en un documento. El británico Neville Chamberlain y el francés Édouard Daladier, confiados en haber evitado la guerra, celebraron como un gran triunfo los Acuerdos de Múnich, pero Winston Churchill no pensaba lo mismo e hizo unas declaraciones proféticas: «Y no crean ustedes que este es el fin. Esto es solamente el comienzo. Hemos preferido el deshonor a la guerra, y ahora tendremos el deshonor y también la guerra».

El día 30 de enero de 1945, Hitler dio su último discurso, unos meses antes de su muerte. El líder nazi comenzó su disertación evocando su llegada al poder doce años antes, cuando el presidente del Reich, Paul von Hindenburg, le nombró canciller al haber conseguido el 38 por ciento de los votos en las elecciones y no alcanzarse ningún acuerdo entre el resto de los candidatos. Continuó apelando al Tratado de Versalles y las consecuencias que tuvo en la economía alemana, uno de los argumentos de más peso a los que se aferraron los nazis para capitalizar el descontento de la población. Sus siguientes palabras fueron para denunciar al bolchevismo —el Ejército Rojo estaba cada vez más cerca de Berlín—. En su discurso de 1945, Hitler pronunció una frase sorprendente: «Desde 1933 solo nos dieron seis años de paz». El jefe del Tercer Reich se liberaba de cualquier responsabilidad en la Segunda Guerra Mundial y se mostraba como una víctima. También destacaba el éxito logrado al haber evitado que el comunismo se extendiera por Europa y conseguir parar la «conspiración mundial judía». Conforme avanzaba en su oratoria, la grandilocuencia se apoderó de su discurso, apelando a una Alemania eterna, al Todopoderoso —al que nombró en diversas ocasiones— y a un mandamiento que obligaba a su país a seguir con la lucha. «Vamos a superar esta miseria», apuntó Hitler al final, antes de insistir en la lucha entre el este, representado por los soviéticos, y el oeste, defendido por los alemanes.

El 30 de abril de 1945 hubo un encendido discurso, pero no fue obra del Führer, sino de una de las enfermeras del búnker, donde estaba escondido junto a sus más estrechos colaboradores. La mujer, enardecida por la presencia de Hitler —envejecido y enfermo por las consecuencias del atentado que había sufrido—, soltó una retahíla de arengas prediciendo una victoria segura del nazismo. Pero Hitler —que ya había diseñado su suicidio, con pastillas de cianuro y una pistola, junto a Eva Braun, y había encargado al coronel Günsche supervisar que el veneno hiciera su efecto—, rechazó los ánimos de la mujer y le contestó: «Hay que aceptar el destino como un hombre».

FEBRERO