Una media luna de cristalina blancura asomaba en el cielo. Eran precisamente esas noches iluminadas por la luna en cuarto creciente las más idóneas para estudiar.
La fuerza que emanaba de la luna, en su gradual crecimiento hasta convertirse en llena, insuflaba energía en todo aquello que también se encontrase en pleno desarrollo bajo el cielo, impulsándolo.
Por dicha razón, era en esas noches en cuarto creciente cuando el Café de la Luna Llena abría sus puertas para celebrar sus reuniones de estudio.
Una amplia planicie dentro de un extenso parque bañado por la luz lunar acogía nuestro remolque del Café de la Luna Llena, con su suave y cálida iluminación. Los participantes tomaban asiento ante unas mesas dispuestas en abanico frente a la luz, alrededor del maestro: el gran gato tricolor.
Además de maestro, también era dueño del Café de la Luna Llena y, por si fuera poco, astrólogo.
Al anochecer, teñida de violeta oscuro la cúpula celeste, soplaba la suave brisa de un recién inaugurado invierno. Nada podía alterar la paz del ambiente de estudio bajo aquella acogedora luz.
Todos los que se daban cita aquella noche mantenían una conexión primordial entre sí: eran mensajeros de las estrellas. Su pequeño problema consistía en que, faltos de conocimiento de nada que no fuese ellos mismos, necesitaban de ocasionales sesiones de preparación bajo la tutela del maestro.
Sobre cada una de las mesas, a disposición de cada alumno, descansaba un vaso de limonada de luz de luna.
Elaborada con limones bañados por la luz lunar, tenía un gusto ácido y dulce que traspasaba los sentidos hasta llegar al fondo. Era altamente recomendable para quienes, terminada la jornada de trabajo, regresaban a sus casas y, cómo no, para aquellos aplicados estudiantes que se disponían a comenzar su sesión de estudio.
—¡El color de esta limonada es igual que el de mi pelo! —exclamé entre risas, mientras me acariciaba el cabello y me llevaba el vaso a los labios. Al poco, alcé la mano mirando al maestro—. ¡Maestro, tengo una pregunta!
—Dime, Afrodita.
—El paso de la era de Piscis a la de Acuario se produjo en el 2000, ¿no es así? ¿Cómo es posible que solo unos años después, en el 2020, el mundo se haya vuelto tan turbulento?
El maestro asintió con la cabeza y deslizó la mirada por los asistentes.
—¿Alguien conoce la respuesta? —preguntó.
Un joven pelirrojo apoyó las manos sobre la mesa y se puso en pie.
—La era de Piscis terminó en el año 2000. Entonces comenzó la de Acuario. El motivo por el que arrastramos muchos de los problemas de la era de Piscis es que seguimos en un ciclo del elemento Tierra. Sin embargo, en diciembre de este 2020, este ciclo llega a su fin y, en 2021, comienza un ciclo de Aire. El año 2020 ha manifestado los efectos de ese cambio.
Tras lo dicho, el joven pelirrojo tomó asiento de nuevo.
Se llamaba Ares. Tenía un rostro viril y el pelo de un rojo brillante como el fuego, al igual que el iris de sus ojos.
—Ar, me has sorprendido. Veo que te has aplicado en el estudio —susurró Hermes, de pelo plateado y aspecto asexuado. Tenía fama de joven guapo.
—¿Harías el favor de llamarme por mi nombre completo? —protestó Ares—. Ar se puede confundir con Her, la primera sílaba de tu nombre.
—Pues nada, a mand… Ar —replicó Hermes, riendo, ante la mirada furibunda de Ares.
Tampoco el maestro, que había oído la réplica, pudo evitar una risa sofocada.
—Ares, tu respuesta es correcta —concedió el maestro—. Así es. El siglo XIX nos trajo el ciclo de Tierra durante más de doscientos años.
Fruncí el ceño. Nunca había oído hablar de aquello.
—Pero, si estoy en lo cierto, la era de Piscis se inició tras la era anterior —señalé— y se prolongó dos mil años, hasta el 2000. ¿Qué es todo eso de los ciclos de la Tierra y del Aire?
Mi inocente desconcierto debió de reflejárseme en el rostro, porque Hermes, sentado a mi lado, me miró boquiabierto.
—¿No sabes nada de eso? ¿Cómo te las has arreglado para atender a los clientes todo este tiempo?
—Conozco cualquier cosa referente al horóscopo, la alineación de planetas, todo. Los misterios me son revelados y yo los transmito, como una sacerdotisa.
—¿Por intuición?
—¡Nada de intuición! Soy fiel a lo que me dicta el universo.
A pesar de la seguridad con que respondí, me sentí incómoda y me encogí en mi asiento.
—De acuerdo, de acuerdo —zanjó Hermes con un resoplido.
«Tan insolente como siempre», pensé.
Ares lanzó una nueva mirada fulminante a Hermes.
—Afrodita es muy sensible. ¡Se merece más respeto! —bramó.
—Lo que tu digas —respondió Hermes con desgana.
—Volvamos al asunto que nos ocupa —terció el maestro al tiempo que echaba mano de su reloj de bolsillo. En apariencia, aquel reloj era como cualquier otro, pero en ocasiones podía ser algo más que un reloj común.
Las constelaciones de Piscis y de Acuario se dibujaron en el cielo nocturno.
—Como bien ha dicho Ares, durante alrededor de dos mil años, hasta el 2000, fue la era de Piscis. Ahora nos hemos adentrado en la de Acuario. Preguntémonos qué caracteriza a Acuario: el equinoccio de primavera. El equinoccio de primavera estaba en Piscis, pero ahora se ha trasladado a Acuario.
—¡El equinoccio de primavera! —exclamé, asintiendo con la cabeza sin comprender nada.
—El cambio de estación conlleva cambios en la ropa que llevamos y en nuestros hábitos —continuó el maestro—. Cambia, en definitiva, el modo en que vivimos. De la misma manera, el paso de una era a otra trae consigo las más diversas transformaciones.
Contuve las ganas de volver a preguntar; de momento, era mejor mantener la boca cerrada y escuchar.
El maestro vino a decirnos que, durante la era de Piscis, los cuatro elementos —Fuego, Tierra, Aire y Agua— sufrieron transformaciones.
El primero de los elementos es el Fuego, asociado a los signos del zodiaco Aries, Leo y Sagitario.
El segundo, la Tierra. Sus signos son Tauro, Virgo y Capricornio.
Aire es el tercero. A él pertenecen los signos Géminis, Libra y Acuario.
Finalmente, el cuarto: Agua. Sus signos son Cáncer, Escorpio y Piscis.
A los cambios que se producen de un elemento a otro se los llama «mutaciones». Estas suceden aproximadamente una vez cada doscientos años.
—Os preguntaréis cómo suceden dichas mutaciones…
El maestro, que había estado caminando a paso ligero, se detuvo y apoyó las manos en los hombros de Cronos, un hombre de mediana edad y aspecto inteligente, enfundado en un traje, y de Zeus, una rolliza mujer de mediana edad y aspecto agradable.
—Saturno y Júpiter[1] tienen un gran poder de influencia sobre la sociedad. Ambos se alinean una vez cada veinte años, fenómeno que recibe el nombre de «Gran Conjunción».
«Conjunción» era la palabra que usaban los astrólogos para referirse a la alineación entre planetas.
Anoté diligentemente en mi cuaderno: «Gran Conjunción».
—Saturno y Júpiter se juntan una vez cada veinte años… —musité.
—Dicho así… —protestó Cronos, frunciendo el ceño.
—Deja a la chica expresarse —medió Zeus, riendo divertida.
—Así es —confirmó el maestro, moviendo la cabeza en señal de asentimiento—. Saturno y Júpiter entran en conjunción una vez cada veinte años. Lo interesante es que, una vez cada doscientos años, cambia la posición en que se alinean. Digamos que pasan de una posición de Fuego a una posición de Tierra. Así, desde comienzos del siglo XIX hasta el año 2020, ambos han estado agrupándose bajo los signos de Tauro, Virgo y Capricornio, asociados al elemento Tierra. Sin embargo…
El maestro dio cuerda dos veces a su reloj de bolsillo.
—Durante los últimos días del mes de diciembre de 2020, Saturno y Júpiter se alinearon bajo el signo de Acuario, asociado al elemento Aire. A partir de ese momento y a lo largo de los siguientes doscientos años, entrarán en conjunción bajo los signos de Géminis, Libra y el mencionado Acuario, es decir, signos de Aire.
Apenas dijo aquello, el reloj de bolsillo brilló y proyectó dos constelaciones sobre el firmamento nocturno.
Al comprenderlo, me puse en pie.
—Ahora lo entiendo. Lo ha explicado perfectamente. Por favor, permítame hacer un resumen a mi manera.
Sin dilación, comencé a exponerlo con mis propias palabras.
Piscis había dominado nuestra era, desde el año 0 hasta el año 2000. En dicho escenario, el foco iba pasando de Fuego a Tierra, después a Aire y luego a Agua.

El escenario no cambiaba, solo lo hacía el foco. Con cada cambio, se transformaba el ambiente reinante.
Durante los doscientos años aproximados transcurridos desde los albores del siglo XIX hasta nuestros días, el foco había puesto de relieve el elemento Tierra, mientras —bajo esa misma luz del elemento Tierra— el turno de Piscis llegaba a su fin.
Cayó el telón para Piscis y, al volver a levantarse, el escenario lo ocupó Acuario. Comenzaba su historia.
Pero la luz que iluminaba el escenario seguía siendo la del elemento tierra, y, debido a ello, los espectadores apenas se dieron cuenta del comienzo de un nuevo turno. Al fin y al cabo, un mismo foco de luz implicaba un mismo ambiente reinante.
Fue en las postrimerías del año 2020 cuando, por fin, se produjo un salto de luz: el foco dejó de estar dominado por el elemento Tierra para empezar a estarlo por el elemento Aire. En ese momento los espectadores se percataron del cambio de turno, de que allí, sobre el escenario, había un nuevo actor, por decirlo así.
—El foco de luz del elemento Aire baña el escenario y este se llena del color del signo Acuario —concluí.
—Muy bien —elogió el maestro mientras asentía con la cabeza, complacido con mi explicación—. Continuando con el ejemplo de Afrodita, podemos decir que los meses anteriores al traspaso del foco de luz del elemento Tierra al elemento Aire, es decir, casi todo el año 2020, han sido una época de transición. Y un cambio esencial de ciclo como ese tiene ecos en la sociedad, transforma su estructura. De ahí que, últimamente, hayan estado produciéndose acontecimientos que quiebran el sentido común. Durante algunos años, después de uno de estos cambios de ciclo, se produce cierta confusión y desorden. Nosotros, mensajeros de las estrellas, tratamos de ofrecer una humilde guía a la humanidad, que ha quedado un poco desorientada, y de alumbrar su camino. Si lo logramos, habremos cumplido con nuestro cometido.
Atentos a las palabras del maestro, asentimos con la cabeza en silencio.
—Ya queda poco para diciembre de 2020. Nos encontramos en un momento muy delicado para los humanos. Así pues, este año, una vez más, abriremos de manera extraordinaria el Café de la Luna Llena para la Nochebuena.
Se nos iluminó el rostro al escuchar decir eso al maestro.
En principio, el Café de la Luna Llena se abría —en correspondencia con su nombre— solamente las noches de luna llena.
Este año de 2020, sin embargo, abriría sus puertas de manera especial en la noche del 24 de diciembre, aunque no hubiera luna.
—Celebraremos una cena de Navidad también este año, ¿verdad?
—¡Por supuesto!
Zeus y yo nos sentíamos radiantes de alegría. Hermes, a nuestro lado, se encogió de hombros.
—Qué ganas de fiesta tenéis las chicas —comentó. Como era habitual, solo él permanecía lacónico ante la cercanía de la Navidad. Su rostro expresaba una total falta de interés por las fiestas, pese a lo cual participaba sin falta, año tras año, en la celebración de la Navidad: era una persona íntegra.
El maestro nos contemplaba satisfecho. Entornó sus finos ojos.
—Una cosa más. Por fin, a finales de año, creo que podré cumplir la petición de él y la de ella.
Fruncí el ceño. ¿A qué se refería?
—Aah —musitó Selene asintiendo con la cabeza, como si hubiera captado la idea—. Con «ella» se refiere a aquella pequeña de hace veintiún años, ¿verdad?
—¿Eh? ¿Hace veintiún años…? —pregunté.
—¡Claro! Aquella pequeña amiga nuestra nos hizo una petición antes de salir de viaje. Sí…, se acerca el momento.
—Así es —confirmó el maestro, moviendo la cabeza arriba y abajo.
—Y con «él» se refiere a lo de aquella petición de hace catorce años, ¿cierto? Catorce…, múltiplo de siete. Qué raro, ¿no? —Uranos sonrió y apoyó la mejilla en la mano antes de continuar—: Los múltiplos de siete mantienen una conexión profunda en este universo. Bueno, no es que sea tan raro.
—Uranos, tú completas tu ciclo una vez cada siete años —dijo el maestro.
—Sí —contestó Uranos—. Y el tío Cronos me pone a prueba cada siete años.
—¿Tío? —intervino Cronos—. ¿Cuántas veces tengo que repetir que tan solo se trata de un pequeño desafío? —Resopló algo molesto.
—Pues eso: una prueba.
Ante la subida de tono de la conversación, el maestro terció para apaciguar los ánimos.
—Retomemos nuestro tema —instó—. Y después explicaré eso de las peticiones. Por el momento, creo que las circunstancias nos obligarán a celebrar más eventos especiales, además de la Nochebuena. Así que os pido que no os relajéis.
—¡Descuide, maestro! —dijeron todos al unísono.
—No sé a qué se refiere el maestro, pero pondré lo mejor de mi parte —comenté, llena de entusiasmo, cerrando el puño.
Hermes me miró con frialdad.
—Me parece muy bien —dijo—, pero, Afrodita, ¿te encuentras bien?
—¿Eh?
—No entiendes ni los principios más básicos del horóscopo. ¿Qué has estado haciendo en vez de estudiar?
Me dio donde más dolía y volví a encogerme en mi silla.
—Como ha dicho Ares, soy muy sensible y…, en vez de estudiar el firmamento, he estado liada con las cartas del tarot y…
Al oír mi intento de excusa, Zeus soltó una risita sofocada. Tenía el pelo largo, envuelto en una redecilla color castaño, y transmitía el aura de una cantante de jazz.
—Ares también ha dicho que una sensibilidad y unas ganas de divertirse como las tuyas merecen ser cultivadas —señaló Zeus—. No como Hermes…, siempre tan pendiente de estudiar.
—¡Zeus! —Me puse en pie y la abracé.
—¿Te das cuenta, Afrodita? Ese es precisamente tu punto fuerte.
—¡Gracias, Zeus! Tienes razón, me encanta pasarlo bien. Por eso me gustaría que, la próxima vez, el Café de la Luna Llena abriera sus puertas en un lugar luminoso y colorido.
—Opino lo mismo, y, aprovechando que estamos en invierno, no estaría mal que nos ubicásemos en un lugar con iluminación navideña.
Hermes nos observaba con un mohín de desagrado. Resopló y corrigió la posición de sus gafas.
—Zeus, siempre te pones de parte de Afrodita.
—Claro, somos amigas.
—Por supuesto —ratifiqué al instante.
Cronos y Hermes se miraron entre sí y se encogieron de hombros, como si aquello fuera más de lo que podían soportar.
Ares intervino.
—La amistad es elogiable, ¿o no?
Ares era muy joven, todavía conservaba el aire de un adolescente, y siempre me apoyaba, a pesar de su carácter un poco brusco.
Tuve el deseo de destacar una de sus cualidades. Alcé el rostro.
—Por cierto, maestro, ¿cómo le gustaría vivir en esta nueva era de Acuario que va a acompañarnos tanto tiempo?
—Hum —gruñó el maestro con una inclinación de cabeza—. Lo más importante será conocerse mejor a uno mismo.
Mientras todos asentíamos, Hermes dijo:
—Debemos comprobar nuestra carta astral y comprender qué tipo de persona somos. De ese modo, vivir se hace más fácil.
—Por supuesto —intervine—. Pero debe de haber una manera más sencilla de comprenderlo. Como aprendiz de astrología, a veces me gusta consultar con un astrólogo callejero, pero una carta astral son palabras mayores. Ni siquiera los astrólogos callejeros saben hacerla.
—En tal caso, debes saber qué tipo de desafío te aguarda en la vida —apuntó Cronos.
—Te refieres a una simple prueba, ¿no? Qué aburrimiento.
Le di la espalda.
—¿Qué…, qué aburrimiento…? —Cronos se quedó sin palabras.
Todos los demás se rieron de nosotros dos.
Incluso Selene, con su melena lisa y negra, reía.
—Lo primero que debes hacer para conocer tu esencia es saber mi posición en el firmamento —dijo. Su voz era un suave murmullo.
Cuando cantaba ópera sacaba un poderoso torrente de voz, pero en situaciones normales emitía un tono apenas audible.
—Tu posición, ¿eh…? —repliqué—. Para la maestra Serikawa la luna había entrado en la Casa 4, que representa el hogar, y… —Recordé a la mujer que nos había visitado y tomé nota.
—Así es —confirmó Selene—. Mi posición a lo largo de las constelaciones también merece un poco de atención.
—Te refieres a los signos lunares, ¿verdad? La constelación en que te encuentras situada a cada momento.
«Los signos lunares merecen atención», apunté.
—Bien, tratemos el siguiente asunto: cómo conocerse a uno mismo… —habló el maestro y, en ese preciso instante, me pareció que la luna brillaba con mayor intensidad. Había alcanzado su cénit en la bóveda celeste.
Por efecto de ello, todos nosotros fuimos adoptando una apariencia gatuna. Selene se transformó en una gata negra, Hermes en un siamés, Ares en un abisinio, Zeus en una maine coon, Cronos en un tuxedo, Uranos en un singapura, y yo en una gata persa blanca.
Nuestros ojos brillaban a la luz de la luna y todos nos volvimos para mirar al maestro.
Fruncí el entrecejo. En aquellas palabras que el maestro acababa de pronunciar había algo que no me encajaba.
—¿Eh? Pero, maestro, ¿no es obvio? Las personas se conocen a sí mismas, ¿o no? —inquirí.
—Bueno, el mundo está lleno de gente que cree conocerse —susurró Selene, que se había acercado hasta mi lado— pero que, en cuanto escarba en su interior, se siente perdida.
—Ah, ¿sí? —Parpadeé.
Selene asintió con vehemencia.
—Es lo que llamamos la Puerta del Cielo —indicó Zeus, sonriente, al tiempo que asentía con la cabeza.
—Vaya… —exclamé con un suspiro.
Entonces habló el maestro:
—Conocerte a ti mismo es conocer tus deseos más profundos.