Comunicado oficial

Comunicado oficial

Año 2084

A partir de este momento, cualquier habitante de la ciudad subterránea de Unter, sin distinción de edad o de nivel, podrá postularse para convertirse en ciudadano de la cúpula de El Núcleo.

Normas del proceso:

1. Cada persona dispondrá de una única oportunidad para presentarse.

2. ERIS realizará la selección de los candidatos más aptos a través de los implantes de identificación.

3. El proceso constará de cinco pruebas que medirán habilidades específicas.

4. Todas las fases serán retransmitidas en directo para garantizar su transparencia.

5. Solo un candidato será elegido en cada ciclo.

El Núcleo os espera.

Donde hay orden, hay progreso.

NATHANIEL ROCHELDY,

El Canciller de El Núcleo

119 años después

Informe de actualización

✦ [SISTEMA: ERIS]

Fecha del informe: año 2203

Años desde El Día Cero: 120

Años desde El Colapso: 42

✦ [POBLACIÓN]

Población activa: 72.522

Índice de resistencia: 1,2 %

✦ [ESTRUCTURA]

Niveles 01-05: Clase alta

Niveles 06-24: Clase media

Niveles 25-36: Clase baja

Niveles 37-42: Control suspendido

✦ [SELECCIÓN]

Ciclos ejecutados: 298

Duración por ciclo: 4-6 meses

Supervivientes por ciclo: 0-1

1

EL PLAN

—Soy Nova. Nova Black. Nivel 3. Módulo 99.

Jodido dron de seguridad.

La esfera flota delante de mí con un zumbido. Veo mi reflejo en su lente principal mientras el resto de los ojos enfocan, parpadean y giran como si calcularan patrones invisibles.

Los segundos mientras escanea me parecen eternos hasta que el implante de mi antebrazo se pone verde bajo la piel.

El dron flota un segundo más, como si el sistema supiera que algo no encaja. Cuando por fin se eleva, respiro hondo y compruebo que la capucha y la mascarilla que ocultan mi cara por completo siguen en su sitio.

Hoy no puedo llamar la atención.

Acelero el paso por el corredor mientras trato de quitarme de la cabeza que mi implante ilegal siga fallando.

Lo hace apenas un segundo antes de reiniciarse, pero es tiempo suficiente para atraer a cualquier dron de seguridad a veinte metros a la redonda.

¿Cómo se supone que voy a superar La Selección?

Otro dron pasa zumbando a mi lado, pero esta vez no se detiene. Esquivo a las masas agolpadas alrededor de las pantallas comunitarias como una marea ansiosa.

—¡Destrózalo! ¡Mátalo ya!

Me aparto cuando un hombre con brazos biónicos da un paso atrás y zarandea a su compañero. Veo la adrenalina recorrer su rostro al mirar la pantalla.

—¡Cuidado!

Dos niños descalzos se me cruzan y me hacen tambalear por encima de la plataforma sur del Nivel 22. Veo brillar los implantes en sus sienes. No sé por qué sigue sorprendiéndome después de tanto tiempo.

Todos en Unter llevan alguna modificación biónica.

Todos menos yo.

Trato de abrirme paso entre la marabunta histérica para llegar a las escaleras. A pesar de la mascarilla, siento cómo la humedad condensada se mezcla con el olor a sudor y a cuero sintético que desprenden sus ropas.

Agarro de manera inconsciente el pequeño disco metálico que cuelga de mi cuello. Mi pase de retorno al Nivel 3. Bajar es fácil, pero subir…

No es solo que Unter parezca un laberinto vertical de corredores metálicos subterráneos, sino que moverse entre según qué niveles es una tortura. Los montacargas no permiten trayectos entre niveles extremos, así es como ERIS mantiene controlada a la población. Subir desde el Nivel 42, el más profundo, implicaría cambiar varias veces de ascensor y enfrentarse a controles obligatorios.

Siempre me ha parecido un diseño mal ejecutado, una pérdida de tiempo.

Por suerte, yo nunca he bajado más allá del Nivel 22. Tampoco podría, lo tengo prohibido. Según Thalius, por mi seguridad.

Pero pronto no importará. No volveré a moverme entre niveles. No subiré a más montacargas. Incluso puede que estas sean mis últimas horas en Unter.

Me desvío por un pasillo estrecho y poco iluminado, pegada a la pared para evitar un par de conductos que gotean. El acceso al montacargas está a pocos metros.

—Control de identificación.

Mierda.

Me giro lentamente. Supervisores. Los delata la ridícula gorra con visera y el típico uniforme azul con el número de nivel. Todos llevan un visor sobre el ojo izquierdo conectado al lector de implantes del antebrazo. Del cinturón les cuelga un táser eléctrico a modo de arma de descarga.

—¿Nivel?

Solo tiene que escanearme para saberlo, pero quiere oírlo de mi boca.

—Nivel 3. Tengo el pase de retorno aquí.

Cojo el disco por el cordel y lo sitúo a la altura de sus ojos. El más alto de los dos levanta una ceja, me agarra el brazo derecho de manera brusca y aprieta su antebrazo contra el mío.

—¿Motivo del desplazamiento?

El bajito patea una de sus piernas biónicas y mira con rabia a su compañero.

—¡Déjala en paz, Kirk! Nos lo estamos perdiendo. Se nota que viene de arriba, ¿es que no la ves? Lleva ropa buena.

El tal Kirk lo ignora y repite la pregunta manteniendo el tono frío.

—¿Motivo del desplazamiento? Y descúbrete la cara, esto es un control oficial de identificación.

Totalmente de acuerdo. Un maldito control sin sentido. Pero obedezco sin discutir y siento la humedad pegarse a mis mejillas al bajarme la mascarilla hasta el cuello.

—Visita al CSV. ¿Quieres el nombre del enfermo terminal o te basta con eso?

Su gesto se suaviza. Se escucha un doble pitido desde su lector de implantes y entrecierra los ojos para leer mi ficha.

Estoy a punto de meterme en problemas.

—Nova Black. Diecinueve años. Nivel 3. Sin…

Se escuchan abucheos a lo lejos y el otro supervisor se altera.

—¡Vamos, Kirk! He apostado cien créditos por Roth, qué mínimo que ver El Duelo en directo.

Kirk deja de leer para mirarlo. Asiente.

—Todo en orden. —Se gira hacia mí y alarga el brazo para señalar el camino—. Feliz fin de ciclo.

Repito su frase con una sonrisa forzada antes de colocarme de nuevo la mascarilla.

—Sí, feliz fin de ciclo…

Giro sobre mis talones y avanzo hacia el montacargas. Un pequeño lector parpadea junto a la ranura de identificación. Saco el disco y lo deslizo por el escáner. Las compuertas se abren con un chasquido y el olor a óxido y a aceite quemado me da una bofetada al entrar. No hay mandos ni botones, solo el control por voz.

—Nivel 6.

La voz neutra de ERIS responde de inmediato.

Autenticación confirmada. Ascenso en curso.

El montacargas se sacude y comienza a subir. Nivel 21. Nivel 20. Nivel 19. Me sujeto de la barra lateral cuando se detiene con un golpe seco al llegar a mi destino.

Salgo al Nivel 6 y cruzo corriendo la plataforma norte hasta alcanzar las escaleras auxiliares para subir los tres niveles que me quedan.

En el mío, silencio. Apenas un par de personas ven El Duelo frente a las pantallas comunitarias. El resto prefiere disfrutar del espectáculo desde sus módulos individuales.

Paso el antebrazo por el lector y la puerta del módulo 99 se desliza con un zumbido, antes de cerrarse a mis espaldas. El brillo de la pantalla es tan fuerte que tengo que entornar los ojos.

—¿Cómo van? —Me quito la mascarilla y echo la capucha hacia atrás—. ¿Alguna novedad?

Thalius gira la cabeza. Puedo ver el cansancio en sus ojos hundidos. ¿Cuántos días lleva sin dormir? Su pelo ralo y blanco contrasta con la placa de metal que le recorre la mitad del cráneo.

—Está a punto de ocurrir… No le doy más de una hora. Lo que está claro es que La Selección del nuevo ciclo será mañana. —Sigue observándome en silencio. Cuando vuelve a hablar, baja la mirada—. Has ido a verlo, ¿verdad? No deberías haber salido hoy…

Asiento sin moverme del sitio y cambio de tema.

—¿Una hora? Yo le doy quince minutos. Va a ganar Roth.

Dos hombres pelean a muerte entre ruinas antiguas. Arminas ha perdido su brazo derecho y lucha con el izquierdo a modo de lanza. Un primer plano lo enfoca y ahogo un grito al ver cómo Roth lo embiste y le arranca una oreja.

—He sido generosa con los quince minutos…

En la parte inferior derecha de la pantalla aparecen mensajes de la audiencia a gran velocidad. Logro leer uno antes de que desaparezca: «¡Esta noche duermes en El Núcleo, Roth! Y si quieres, en mi cama». Qué sutil.

Y entonces la oigo, la voz dulzona y empalagosa de Évora traspasando la pantalla.

«¡Cyrus, Cyrus, Cyrus! ¿Roth acaba de romperle el otro brazo? No sé cómo estaréis vosotros, pero yo no puedo dejar de mirar. Este final está a la altura de todo el ciclo, ¿verdad?».

Chasqueo la lengua disgustada y me acerco al armario que oculta la sala clandestina de entrenamiento.

Paso por el hueco irregular excavado a mano que hace de puerta y echo un vistazo al que ha sido mi hogar desde siempre.

El familiar zumbido de los estabilizadores de corriente que mantienen viva la sala me da una paz que pocos comprenderían. Aquí me han entrenado. Me han formado. Me han preparado para lo que está a punto de ocurrir.

Recorro la sala con la mirada como si fuera la última vez que voy a verla, centrándome en cada mancha de óxido, en cada detalle.

Me acerco a la estera del centro y pongo una mano sobre el saco de boxeo torcido colgado junto a la gruesa cuerda por la que tantas veces he trepado día y noche durante años.

Miro hacia arriba y siento vértigo al ver el símbolo pintado en el techo. Por nuestro bien, más me vale que sea la última vez que estoy aquí.

Cruzo la estera y camino hacia mi lugar favorito. Recorro con los dedos los lomos plastificados de los libros en papel. Thalius ha sido muy claro con esto, no puedo llevarme ninguno.

Los libros no deberían estar aquí. Ni yo debería haberlos leído una y otra vez hasta memorizarlos. Pero da igual. Cuando todo esto termine, otros podrán leerlos también.

La voz de Thalius resuena a mis espaldas y me devuelve a la realidad.

—Acaba de pasar. Tenías razón, ha ganado Roth.

Sabía que era cuestión de minutos y aun así la noto. Una punzada de ansiedad me recorre el cuerpo. Trago saliva como si mi garganta se hubiera quedado seca de repente.

Thalius frunce el ceño, lo que hace muy visibles las arrugas de su frente, me mira con una mezcla de compasión y tristeza que me hace apretar los puños.

—Voy a entrenar una última vez para despejar la mente.

Thalius niega con la cabeza y da un paso hacia mí.

—El resto opina que debemos repasar el plan. Estarán al llegar.

—¿Repasar el plan? —Alzo una ceja—. ¿En serio quieren repasar el plan?

—Venga, Nova… Es más por ellos que por ti. Todos están… —Hace una pausa y suspira—. Estamos nerviosos. Es una manera de sentirnos útiles hasta el final.

Repasar el plan. ¿Puede haber algo más ridículo? Llevo escuchando cada paso del plan desde los siete años.

Thalius se acerca cruzando la estera.

—Gracias, Nova. De verdad, por todo. —Está a punto de darme un abrazo, pero se contiene y me pone una mano en la cabeza para revolverme el pelo—. Voy a echarte de menos dando la lata por aquí, niña.

Sonrío y señalo el centro de la sala.

—Lo que no vas a echar de menos es que te dé una paliza sobre la estera día sí, día también, viejo.

Thalius suelta una carcajada y esta vez me atrae hasta su pecho para envolverme con sus grandes brazos.

—Ha sido un honor entrenarte. Ya sabes que eres como una hija para mí. —Me da un sonoro beso en la coronilla y baja la voz a un susurro—. Sé que lo que te pedimos supone un peso enorme, pero también sé que solo tú puedes con él.

Esta vez sonrío débilmente mientras me aparto.

—Lo sé, no hace falta que…

Escucho a lo lejos el sonido del timbre. Cuatro tonos. Son ellos. El Consejo de Némesis.

Sigo a Thalius hacia la habitación principal del módulo. Primero entra Alira, seguida de Bronte y Taira al final. Miro hacia la puerta esperando ver a Kieran.

Alira se gira hacia mí, como si supiera en lo que estoy pensando. Arruga la nariz y se aparta la larga trenza negra salpicada de canas.

—Seguro que viene más tarde a despedirse. —Levanta la mano y me acaricia la mejilla—. Ya sabes cómo es…

Le aprieto la mano sin decir nada. Claro que sé cómo es su hijo. Básicamente es el único amigo que tengo. Y más le vale aparecer antes de La Selección o no se lo perdonaré nunca.

Uno por uno vamos pasando por el hueco hacia la sala clandestina. Los cinco nos ponemos en círculo mirando hacia el símbolo del techo y esperamos las palabras de Thalius.

Memini, ergo sum.

Todos respondemos al unísono.

Advenit Némesis.

Supongo que lo voy a echar de menos.

Me paso las siguientes tres horas asintiendo mientras los cuatro me recuerdan paso a paso el plan, como si no me lo supiera de memoria. Empiezo a estar harta de sus miradas compasivas cada vez que se dirigen a mí.

Después de una larga pausa, Bronte se aprieta las sienes con los dedos biónicos. Sus ojeras forman dos semicírculos morados que delatan su cansancio.

—Nova, de verdad, gracias por…

—¡Ya basta! —Me levanto de golpe y la silla cae detrás de mí—. Como me deis las gracias una vez más… Pero ¿qué os pasa hoy? ¿En serio confiáis en mí para esto?

Taira toma la palabra con voz suave. Es la más anciana de Némesis, más incluso que Thalius. Su ojo izquierdo biónico es rudimentario y gira en ángulos poco naturales antes de enfocarse en mí.

—Querida, llevamos veinte años preparando solo la primera parte del plan, qué voy a contarte. Solo queremos que entiendas lo mucho que agradecemos tu… —piensa un momento en la palabra antes de pronunciarla— sacrificio.

Ahí está. La jodida palabra.

—Lo único que debe importarte a partir de mañana es sobrevivir lo suficiente como para lograrlo. —Bronte entrelaza las manos y agacha la cabeza hasta que la punta de su nariz le roza las yemas de los dedos—. Y por supuesto que confiamos en ti.

—Con nuestra vida, Nova. —Alira me mira fijamente mientras asiente—. Con las más de setenta mil vidas de Unter, de hecho.

Vale, quizá las miradas de compasión no estaban tan mal. De repente siento una presión en el pecho. Esas son muchas vidas dependiendo de mí. Siempre ha sido así, no es que me pille por sorpresa. Pero ahora va a ocurrir.

Todas las dudas explotan a la vez en mi mente. ¿Y si ERIS no me selecciona? ¿Y si muero en La Criba? ¿Y si no consigo benefactor? ¿Y si alguien me descubre?

Thalius pone una mano en mi hombro.

—Todo irá bien. Recuerda quién eres. Memini, ergo sum.

Le contesto de manera automática.

Advenit Némesis.

Estamos a unas horas de descubrirlo.

Me despierto con los ojos clavados en el techo del módulo. No puedo dormir. El corazón me late más rápido de lo que debería. Sin pensarlo demasiado, me ajusto la capucha y salgo al corredor con pasos ágiles y silenciosos.

Al alcanzar el extremo del pasillo, alzo la vista hacia la pared de metal y roca que conecta los primeros niveles. Doy un salto y me agarro a una de las tuberías que recorren algunos tramos de manera horizontal. Empiezo a escalar, colocando los pies en las hendiduras que no están cubiertas por el metal.

Cuando llego a la plataforma, me siento en el borde y respiro hondo. Es una repisa inestable, pero me da una vista privilegiada de los cinco niveles iniciales de Unter. Siempre vengo aquí a pensar.

Miro hacia abajo y no puedo evitar recordar la primera vez que me permitieron salir del módulo. Tenía catorce años. Por un momento pensé que me ahogaba, como si alguien hubiera colocado un yunque invisible sobre mi pecho. ¿Cuánto avancé? ¿Dos? ¿Tres metros? Y volví corriendo hacia el módulo para sentirme a salvo.

Pero la curiosidad ganó al miedo. Y escalar por primera vez me hizo sentir que había nacido para algo más que para sobrevivir dentro de un módulo estrecho.

Me inclino hacia atrás y apoyo la cabeza en la pared irregular. Desde aquí puedo ver los resúmenes en bucle del recién terminado ciclo de Las Pruebas que muestran algunas de las pantallas comunitarias. Siento angustia al ver a los candidatos.

Los conozco a todos. ¿Quién no? Llevamos meses viéndolos luchar, aliarse, traicionarse, reír y llorar frente a las cámaras. Y mañana otros mirarán esas pantallas y verán mi cara en ellas.

Pienso en Kieran y, por un momento, siento la urgencia de ir hasta su módulo para aporrear la puerta y pedirle explicaciones. No puedo creer que la persona a la que más voy a echar de menos haya decidido ignorarme. Y justo en el momento en el que más necesito uno de sus abrazos. O una de sus estúpidas bromas. O incluso una pelea cuerpo a cuerpo sobre la estera.

Sonrío al pensar que siempre ganaba él cuando éramos pequeños. Pero ya no. Ni siquiera con su brazo biónico como ventaja. Me he desvivido por entrenar mañana y noche para cumplir con el plan. Para ganar las Pruebas.

Miro el cilindro de cristal reforzado que conecta Unter con El Núcleo a través de la plataforma del Nivel 5. Es la única manera de llegar hasta la élite y la zona de entrenamiento. Más arriba, las chispas del campo electromagnético parpadean como una advertencia y me hacen entrecerrar los ojos.

Son un recordatorio letal de que aquí abajo no hay salida.

Nadie abandona Unter.

A menos que, como espero que ocurra en unas horas, ERIS te elija para entretenerlos a todos.

2

LA SELECCIÓN

La Selección comenzará en 15 minutos.

La voz de ERIS resuena por nuestro módulo cuando anuncia el momento que llevo esperando desde que tengo uso de razón.

—Hoy cuatro de los nuestros se postularán contigo. Con suerte podremos meter algún aliado para ayudarte a llegar lo más lejos posible.

—¿Solo cuatro?

Miro a Thalius sorprendida mientras me coloco la capucha y me ajusto la mascarilla antes de salir. Al poner un pie fuera del módulo, lo oigo de inmediato. Ruido. Mucho ruido. Voces, pisadas, gritos. Huele a día de La Selección.

—Sí, solo cuatro aliados. El resto se ha echado atrás. Pero no me sorprende, Nova. Ya lo he visto otras veces. A la hora de la verdad, por muchos ideales que tengas, dar tu vida por los demás no es algo que todo el mundo esté dispuesto a hacer.

Supongo que yo no soy todo el mundo…

—Son candidatos potentes. Por estadística, debería entrar uno contigo.

Si es que entro…

Suelto una risa nerviosa y Thalius se gira para mirarme.

—¿Estás bien?

Asiento mientras trato de no tropezar con la gente sentada sobre las escaleras que llevan al Nivel 5. Hoy es el único día en que los habitantes de otros niveles pueden subir sin restricciones.

Por eso todos los supervisores se pasean por los corredores principales. Mires donde mires hay drones de seguridad flotando sobre nuestras cabezas.

El aire es denso y caliente, como un aliento pegajoso.

La Selección comenzará en 5 minutos.

Por favor, que no falle mi implante ilegal de identificación. Siento los bordes duros e irregulares de aleación reciclada pulsando de manera intermitente bajo la piel. ¿O son mis latidos?

El Nivel 5 está a rebosar. Es la primera vez que estoy fuera en un día de La Selección. El calor es insoportable. La masa de cuerpos me empuja hacia la pared.

Oigo un zumbido sobre mi cabeza y veo decenas de drones cámara dispersarse por todas partes. Son iguales que los de seguridad, pero más pequeños, del tamaño de la palma de mi mano.

Me abro paso a codazos y estoy a punto de caer al chocar contra un grupo de figuras arrodilladas que forman un círculo.

Son mecanitas. No sé mucho sobre ellos, apenas lo que Thalius me ha contado. Solo que adoran las modificaciones biónicas y al sistema central por encima de todo. Van cubiertos de implantes oxidados y placas rudimentarias soldadas directamente sobre la carne. Vienen de los últimos niveles. Y si pasan La Selección, suelen dejarse matar en La Criba como tributo a ERIS.

—Que nos elija, que nos funda, que nos devore…

La voz no sale de una garganta, vibra desde un altavoz insertado en su cuello.

Un par de ellos alzan las manos cuando paso cerca. Tienen los dedos fundidos en una sola pieza, como garras sin filo. Sostienen una ofrenda absurda, una especie de esfera rota de dron con telas quemadas dentro.

—El alma debe liberarse. Solo entonces alcanzaremos la unidad con el sistema.

Fanáticos.

Las pantallas flotantes proyectan la misma cuenta atrás: 3:00, 2:59, 2:58. Cada segundo golpea mi pecho.

Tres minutos.

Solo tres minutos para que La Selección comience.

Los candidatos postulantes empiezan a colocarse sobre la plataforma. Intento avanzar, pero noto cómo Thalius busca mi mano y me hace girar para susurrarme al oído. Habla tan rápido que me cuesta seguirle:

—Aprovecha tu velocidad y tu inteligencia. Controla tu carácter. Mantén a raya los impulsos. Mente fría, Nova.

Asiento mientras oigo la cuenta atrás. Sesenta segundos. Aprieto su mano y me giro, pero vuelve a tirar de mí.

—Y recuerda: cuidado con Adrien Solterra, es el más peligroso de todos. Mantén las distancias con su candidato, porque si Solterra te considera una amenaza, podría comprometer nuestro plan.

—Lo sé, Thalius. Lo sé todo.

Veinte segundos. Susurro un «gracias» que no llega a escucharse. Me subo a la plataforma junto al resto y miro a mi alrededor. ¿Cuántos postulantes somos? ¿Más de cien?

Tres…, dos…, uno…

Protocolo iniciado. Fase preliminar de La Selección. Tiempo estimado de conexión: inminente.

La voz neutra de ERIS resuena por todos los niveles y las pantallas dan paso a Cyrus y Évora. Llevan cinco años presentando las Pruebas y son, de lejos, los más histriónicos que han pasado por el cargo.

Los odio. Odio su piel sin imperfecciones típica de El Núcleo, sus ropas blancas y plateadas, sus sonrisas falsas y la maldad disfrazada de interés con la que tratan de sonsacar a los candidatos sus trapos sucios para ganarse a la audiencia.

«¡Hola, hola! ¿Nos echabais de menos?».

Évora lanza besos invisibles en sincronía con el barrido de la cámara. Su cara perfecta está enmarcada por un flequillo recto blanco platino. Lleva el pelo liso a la altura de su afilada mandíbula.

«Cyrus, ¿lo dices tú o lo digo yo? ¿Juntos?».

Évora agarra la mano de Cyrus y ambos levantan los brazos al mismo tiempo mientras gritan:

«¡Bienvenidos a un nuevo ciclo de Las Pruebas de Unter!».

La multitud ruge y aplaude. Por un momento siento ganas de salir corriendo.

Cyrus enseña su perfecta dentadura de un blanco artificial que hace juego con su pelo engominado y brillante. Los profundos hoyuelos se marcan a cada lado de la comisura de sus labios gruesos. Al soltarse de Évora, se pasa las manos por la chaqueta plateada del traje.

«Pero antes de empezar…, hablemos de nuestro más reciente campeón».

La pantalla se divide y aparecen los últimos segundos de Roth con el puño levantado en el aire. Su mirada tiene un punto de locura. No puedo evitar preguntarme si terminaré igual que él.

La multitud vuelve a rugir.

«Roth no solo nos dio un gran espectáculo. No, no, no. El dedo índice de Évora se mueve de izquierda a derecha mientras abre mucho sus ojos azules—. Demostró tener las cinco habilidades que valoramos en El Núcleo. Que son… ¡Quiero escucharlas! ¡Venga, decídmelas!».

Pone su mano alrededor de su oreja y todo el mundo empieza a gritar agitando el puño con cada palabra.

—¡Fuerza! ¡Inteligencia! ¡Resistencia! ¡Velocidad! ¡Estrategia!

«Y, por encima de todo —prosigue Cyrus con tono solemne—, ha demostrado estar dispuesto a cualquier cosa por conseguir llegar hasta El Núcleo. Ha dejado claro, sin lugar a dudas, que merece formar parte de la élite. Y yo os pregunto, postulantes, ¿tenéis vosotros lo que hay que tener para ser los siguientes?».

Las pantallas muestran las imágenes que todos nos sabemos de memoria. El Núcleo, la luminosa y perfecta ciudad que descansa bajo una cúpula bioclimática a cien metros por encima de nuestras cabezas.

Veo con aburrimiento cómo muestran los cuidados jardines verticales encaramados a sus blancos corredores. Los huertos hidropónicos imposibles de replicar aquí abajo. La inmensa cúpula de cristal perlado que envuelve un vestíbulo perfecto lleno de zonas de ocio y escaleras mecánicas. El premio por superar las Pruebas.

«Esto es lo que le espera al ganador. —La imagen cambia y aparece de nuevo Évora con los brazos en cruz—. Una vida de abundancia. Créditos ilimitados. Gloria eterna en El Núcleo. Porque ya lo sabéis: donde hay orden, hay progreso».

La reacción es inmediata, como si hubieran activado un resorte en cada una de las personas que me rodean. Todas repiten la frase de Évora con devoción:

—¡Donde hay orden, hay progreso!

Aprieto los puños para contener la rabia.

«Miraos los unos a los otros. Venga, rápido. Solo cincuenta subiréis hasta El Atrio hoy. Y solo veinticinco sobreviviréis a la primera noche. ¿No es emocionante?».

Sí, muy emocionante…

Hago lo que dice y miro a mi alrededor. Casi todos los postulantes tienen esa edad incómoda, típica de los candidatos de las Pruebas: lo bastante adultos como para llevar años entrenando, lo bastante jóvenes como para no haberse atrevido a presentarse a La Selección hasta ahora.

¿Cuántos se postulan solo para recibir los créditos transferibles que ERIS entrega a sus familias? ¿Cuántos lo hacen pensando que realmente llegarán a El Núcleo?

No hace falta mirar dos veces para saber que la mayoría viene de los niveles más bajos. Llevan prendas desiguales, armaduras improvisadas, tejidos reciclados que han pasado por demasiadas manos.

He intentado vestirme para no llamar la atención, pero el contraste es inevitable. Mi chaqueta impermeable de tela técnica resalta frente al chaleco sucio lleno de parches mal cosidos del postulante que tengo enfrente.

La luz azulada se activa sobre nuestras cabezas.

Iniciando La Selección. Implantes requeridos para el escaneo. Verificación de candidatos en curso.

La orden de ERIS me hace reaccionar. Levanto el brazo como el resto mientras oigo a Évora susurrarle a Cyrus:

«Me encanta este momento, es mi favorito».

Escucho el primer clinc, un sonido metálico que anuncia el cambio de color en los implantes de identificación. No es inmediato en todos los candidatos. Miro mi brazo con la ansiedad golpeando mi pecho. Si se pone rojo, tendré que salir de la plataforma y nuestro plan habrá fracasado antes de empezar.

Los descartados se apartan, algunos gritan insultos, otros lloran de rabia. Me cuesta escuchar la voz de Cyrus por encima del ruido.

«Rojos fuera, verdes dentro. ¡Y ya tenemos a nuestros primeros candidatos!».

Un hombre cerca de mí lanza un grito gutural de victoria mientras choca sus brazos biónicos con fuerza. Oigo a Évora pronunciar nombres y datos de candidatos, pero yo solo puedo sentir mis latidos. El brazo me tiembla.

«Ya casi los tenemos a todos. Cuarenta y ocho, cuarenta y nueve…».

Empiezo a respirar con dificultad cuando oigo las palabras de Cyrus. Cierro los ojos antes de escuchar el último clinc.

Que sea verde, por favor, solo pido eso.

«Y cincuenta. ¡Ahora sí!».

Me miro el antebrazo. El implante parpadea en color verde bajo mi piel. Respiro hondo. Estoy dentro.

«Por el amor de ERIS, Cyrus. ¿Ves lo mismo que yo?».

De repente, me veo en todas las pantallas. La capucha y la mascarilla me cubren el rostro por completo, como si fuera un borrón negro en el que solo destaca la franja que deja visible mis ojos verdes y apagados. Los candidatos más cercanos se apartan extrañados para ganar distancia y verme mejor.

Justo debajo de la imagen aparecen mis datos. Cyrus los lee despacio, como si no creyera lo que dicen:

«Nova Black, diecinueve años. Nivel 3. Sin modificaciones. Sin estadísticas. ¿Es un error? Ya es raro que alguien del Nivel 3 se postule, pero esto…».

Oigo los susurros a mi alrededor, varios dedos me señalan. Évora rompe el silencio. Siento todas las miradas sobre mí.

«Nova, querida, quítate la capucha y la mascarilla. Tenemos muchas ganas de conocerte».

Obedezco y me descubro lentamente. Miro hacia las pantallas y veo mi rostro perlado por el sudor, los largos mechones de pelo castaño pegándose a mis mejillas, los ojos verdes brillando bajo las luces que proyecta la plataforma.

Évora se lleva las manos a la boca.

«Ay, no. ¡Qué lástima! Mírala, Cyrus, tan joven. ¿Y sin modificaciones, dices? Entonces no creo que… ¿Cómo es posible que la haya elegido?».

Me quito el sudor de la frente con el dorso de la mano mientras veo a Cyrus negar con la cabeza. Su expresión deja claro lo que piensa: no voy a pasar de esta noche. Pero se equivoca.

Cuando vuelve a hablar, no menciona nada más sobre mí. Mejor.

«Que ERIS guíe vuestro camino, candidatos. El Atrio os espera. Feliz inicio de ciclo».

Sobre la plataforma elevadora solo quedamos los cincuenta candidatos elegidos por el sistema. Los descartados nos miran con envidia desde abajo, mezclados con el resto de los espectadores.

Una pared de cristal desciende con un zumbido y sella la plataforma encerrándonos dentro. El suelo de metal tiembla bajo nuestros pies y emite un chirrido. Ascendemos despacio.

Trato de buscar a Thalius a través del cristal y lo encuentro hablando con un grupo de personas. Alira se apoya en su hombro. ¿Está llorando? Todos se giran para mirarme. Siento su angustia clavada en mi pecho mientras la plataforma sigue subiendo.

Los cuento. Son cuatro. Los cuatro aliados. Sus expresiones me confirman lo que estoy pensando: ERIS los ha descartado a todos menos a mí.

—Joder…

Estoy dentro, sí. Pero estoy sola.

3

EL ATRIO

Mientras ascendemos la roca oscura da paso al mármol blanco. El cristal se desliza y un olor potente a desinfectante me golpea de lleno. Aquí no huele a óxido ni a aceite quemado como en Unter. El aire es tan estéril que me seca la boca.

Salgo de la plataforma junto al resto de los candidatos y oigo cómo nuestros pasos resuenan con un eco amplificado en el vestíbulo. El Atrio es solo la antesala de El Núcleo, una zona intermedia donde entrenar y prepararnos para Las Pruebas, pero el ambiente de perfección me abruma. Todo es demasiado grande, demasiado blanco.

Primer encuentro con los benefactores.

Horas para La Criba: doce.

La voz de ERIS me parece reconfortante y familiar en un lugar tan diferente.

Miro las altas columnas de mármol que suben enroscándose hasta perderse en el techo. Las escaleras en espiral conectan las galerías que rodean el vestíbulo a distintos niveles, como si fueran balcones de observación.

Me giro al escuchar la voz afectada de Évora y veo que una gran pantalla flotante ha aparecido detrás de nosotros. Los drones cámara zumban por todas partes.

«Y ahora, antes de La Criba, nuestros queridísimos benefactores bajarán a echar un vistazo. Ya sabéis que les encanta poner el foco en sus candidatos favoritos antes de verlos en acción».

Juego en desventaja. ¿Quién querría ser benefactor de una candidata sin modificaciones?

Por suerte, este es solo un primer contacto.

Se esperarán al final de La Criba para reclamar a su candidato favorito. Y, para entonces, espero haberles demostrado lo que soy capaz de hacer.

Suspiro y me coloco junto al resto de los candidatos sobre los círculos individuales de luz azulada que han aparecido en el suelo.

Los diez benefactores descienden desde las galerías superiores. Bajan las escaleras con paso lento, casi coordinado. Tanto hombres como mujeres visten el típico traje de corte militar azul oscuro, pero cada uno con su estilo. Corsés, camisas de distintas texturas, hombreras plateadas, botones de acero.

Al verlos desfilar, parece mentira que hayan pasado por lo mismo que nosotros. Que vivieran en Unter. Que sean los campeones de ciclos anteriores.

Me pierdo en mis pensamientos mientras se pasean entre el resto y miro hacia arriba preguntándome a cuántos metros de distancia estará El Núcleo.

—¿Qué es esto? ¿ERIS ha vuelto a meter descartes?

Esa voz.

Irónica, afilada, con una arrogancia que me revuelve el estómago. Giro sobre mis talones sabiendo perfectamente a quién pertenece.

Adrien Solterra.

Las manos en los bolsillos de los pantalones, los pies cruzados. Por encima de la chaqueta entallada con botones plateados asoma el cuello metálico y brillante, la famosa modificación biónica que le recorre la columna vertebral.

Todo en él es una provocación. La postura relajada. La media sonrisa permanente. La mirada de desdén. Me observa con una mezcla de superioridad y aburrimiento.

Se aparta un mechón de pelo oscuro de la frente y sus ojos grises me recorren de los pies a la cabeza.

—Nova Black. Diecinueve años. —Lee los datos de mi ficha arrastrando las palabras, proyectando su voz para que resuene por todo el vestíbulo—. Nivel 3. ¿Sin modificaciones? ¿Es una broma?

«Cuidado con Adrien Solterra, es el más peligroso de todos». Ahora mismo me gustaría gritarle a Thalius que lo que me parece es un arrogante de mierda.

Da un paso hacia mí para invadir mi espacio personal y su perfume me envuelve. Nunca he olido nada igual. Es casi hipnótico. Parece darse cuenta de lo que estoy pensando y amplía su sonrisa.

Lo observo en silencio con los puños apretados. Tiene los ojos más claros de lo que siempre me han parecido en pantalla. Son penetrantes, con el borde del iris negro. Desde esta distancia puedo entender por qué Adrien Solterra se ha convertido en símbolo de atractivo y poder de El Núcleo.

—Si sigues mirándome así, voy a tener que cobrarte un par de créditos, candidata.

Dos benefactores junto a él le ríen la gracia y noto la sangre subir a mis mejillas. Da un paso adelante y comienza a rodearme como un depredador a su presa mientras habla con otro de los benefactores.

—¿Qué me dices, Patrius? Parece mentira que ERIS la haya seleccionado. Mírala, es tan…

Esa sonrisa burlona, esos brazos cruzados, ese tonito de superioridad. No puedo más. Que le den. No voy a permitir que me humille.

—¿Tan qué? ¿Humana?

La candidata a mi izquierda reprime un grito y los benefactores tras él se miran sorprendidos por mi atrevimiento. Solterra alza una ceja y amplía su sonrisa antes de atacar.

—Iba a decir vulgar, pero humana también me vale.

Hijo de…

Acorta el espacio entre los dos y se inclina para bajar un tono la voz.

—Dime, Nova Black, ¿eres una suicida o tienes algo que merezca la pena ver?

Le aguanto la mirada y levanto la barbilla para demostrarle que no me intimida. Tardo un par de segundos en responder.

—Lo descubrirás en La Criba.

—Interesante. —Ladea la cabeza, evaluándome—. Sería una pena que te quedaras en nada, ¿no crees?

Da un paso atrás y vuelve a meterse las manos en los bolsillos antes de darme la espalda.

«¡Qué momento tan intenso! ¿Qué opináis, queridos espectadores? ¿Es el gran Adrien Solterra demasiado duro con la joven Nova Black o solo está siendo realista? ¡Mandad vuestros mensajes, os leemos!».

La voz de Évora me recuerda que nuestra conversación no ha sido privada. Miles de personas en Unter y en El Núcleo han visto cómo Adrien Solterra me humillaba antes incluso de empezar Las Pruebas.

Genial.

Cyrus se inclina hacia la cámara como si fuera a compartir un secreto.

«Yo diría que Solterra está jugando, como siempre… Y ahora, veamos las primeras apuestas. ¿Quién está en cabeza?».

Entrecierro los ojos para ver los nombres en la pantalla y me busco en la lista de los cincuenta candidatos empezando por el final. No me hace falta leer mucho. Soy la última.

Un debut estelar, aunque no los culpo.

Cuando el último benefactor vuelve a las galerías, el círculo bajo mis pies se apaga y la voz de ERIS resuena sobre nuestras cabezas.

Desplazamiento obligatorio al pasillo norte. Vestuarios habilitados para la fase de preparación. Acceso temporal autorizado a la sala común de descanso y a la sala de entrenamiento general. Vigilancia en curso.

«¡Bueno, pues ya lo habéis oído! A prepararse, candidatos. Cyrus y yo nos morimos de ganas de conoceros».

Empezamos a caminar hacia el corredor principal, pero nos detenemos al ver aparecer una hilera de figuras que avanza en perfecta sincronía.

Son los asistentes. Clones fabricados en El Núcleo con material sintético. Sin pelo, sin cejas, con la misma expresión neutra y ausente.

Llevan trajes de una sola pieza tan blancos como su piel. Lo único que destaca son las bandas metálicas alrededor de las muñecas y el código numérico a un lado del pecho.

Sé que los crearon para vigilar y asistir en todo tipo de tareas imposibles de automatizar, pero preferiría no tenerlos cerca. Verlos en persona me produce escalofríos.

Dos de ellos dan un paso adelante y nos escoltan hacia los vestuarios a través de un ancho corredor.

Cruzo la puerta de la enorme sala con bancos alargados. Sobre ellos hay casilleros hexagonales con pequeñas pantallas en las que aparecen nuestros nombres. Encuentro el mío y recojo una bolsa con ropa de mi talla recién impresa. Aún está caliente. Traje de combate, mudas y un par de botas.

La mayoría empieza a desvestirse sin pudor y a tirar en los cubos las ropas de Unter. Busco uno de los baños esquivando a candidatos que me miran con una mezcla de curiosidad y asco.

El baño es enorme en comparación con el pequeño aseo que tengo en el módulo 99. Suelto mis cosas y apoyo ambas manos en el mármol de la repisa.

Todo está pasando muy rápido.

Me miro a los ojos a través del reflejo del espejo circular.

—Puedes hacerlo, Nova.

«Oh, claro que puedes, querida».

La voz de Évora me hace soltar un grito.

—Pero ¿qué…?

Évora y Cyrus me miran sonrientes desde una pantalla flotante sobre mi cabeza.

«Perdona la intromisión en un momento tan íntimo, pero queríamos aprovechar que estás sola para hacerte unas… preguntitas. Cortitas, solo una o dos. ¿Te parece?».

—¿Ahora? ¿En serio?

Mi voz suena más agresiva de lo que debería. Se supone que tengo que ganármelos. A ellos, a los benefactores y a la audiencia.

Cyrus se cruza de brazos. Su voz está llena de cinismo.

«Si te molestamos, tenemos otros cuarenta y nueve candidatos con los que hablar…».

Évora le da una palmada en la espalda.

«No seas tan antipático, Cyrus. Está encantada de charlar con nosotros. ¿Verdad que sí, Nova, bonita?».

Me fuerzo a sonreírle mientras asiento.

«¿Lo ves? Así que, dinos, ¿crees que vas a pasar La Criba? Porque estás la última en las apuestas. No es que yo dude de ti, pero…».

Cyrus la corta.

«Pareces la más débil. Hace años que no estábamos tan intrigados por una decisión de ERIS».

—Lo sé, pero mi aspecto juega a mi favor. Ahora mismo el resto de los candidatos piensa que…

Bajo la voz como si fuera a contarles un secreto y Évora se acerca a la cámara.

«¿Qué piensan? ¡Ay, dinos!».

—Como Cyrus ha dicho, todos piensan que soy la candidata más débil. Pero cuando me vean en acción, sabrán lo equivocados que estaban. Quién sabe, quizá pase de la posición cincuenta a la número uno.

Évora empieza a dar palmadas de aprobación hasta que parece darse cuenta de algo.

«Pero… ¿cómo vas a combatir si no tienes modificaciones? ¿Cómo te defiendes?».

—Me manejo muy bien con varas, lanzas y objetos afilados.

Cyrus alza una ceja.

«Y dime, querida…, ¿de dónde vas a sacar una lanza en La Criba?».

Sonrío y les guiño un ojo.

—Soy buena improvisando.

Cuando desaparecen, empiezo a desvestirme sin dejar de mirar a todos lados, por si vuelven.

El tejido del traje de combate es más ligero de lo que había imaginado. Es negro salvo por unas finas líneas moradas que recorren el pecho, las caderas y los brazos. Los refuerzos en los hombros y en el estómago son sólidos, lo justo para protegerme sin entorpecer mis movimientos.

Cuando salgo del baño, lo único que puedo ver es un enorme brazo biónico que me bloquea el paso.

—Mirad a quién tenemos aquí… La princesa sin modificaciones del Nivel 3.

El candidato me saca más de dos cabezas. Su voz suena grave y áspera. Dos líneas verticales de metal le recorren ambos lados de la cara.

Detrás de él hay otros dos candidatos riéndole la gracia. Ella tiene un porte letal, con los ojos delineados en púrpura, y el pelo rubio rapado deja ver una placa de metal que le cubre parte del cráneo.

El otro es más joven que yo y tiene cara de crío. Un dispositivo le rodea la cabeza. Lo forman dos piezas enormes fundidas con sus orejas a modo de auriculares biónicos.

La mujer da un paso hacia mí y se abanica la cara con una mano, justo frente a su nariz.

—¿Qué pasa, princesa? ¿Te has cagado encima antes de empezar? ¿Por eso has entrado al baño?

Los tres vuelven a reírse a carcajadas. El de los brazos biónicos me acerca una mano a la barbilla y me la levanta con el dedo índice antes de que pueda reaccionar.

—Es una lástima que seas carne de Criba.

Imbécil.

Con un movimiento rápido, me deslizo bajo su brazo y echo a andar.

—¿A dónde te crees que vas, princesa?

Le saco un dedo sin mirar atrás.

—Que te den.

Ya veremos quién ríe después de La Criba.

LA CRIBA

PRIMERA PRUEBA

Habilidad destacada: fuerza

Tasa media de supervivencia: 50 %

4

LA CRIBA

«¿Por qué ERIS los selecciona si van a morir ese mismo día en La Criba? No lo entiendo».

Sacudo la cabeza al pensar en la primera vez que vi una muerte en directo. Tenía siete años. Traté de taparme los ojos y de encogerme como si pudiera desaparecer tras mis rodillas, pero mi padre no me lo permitió. Me forzó a mirar cada segundo.

«Algún día serás tú la que esté allí luchando por su vida, ¿lo entiendes? Y escúchame bien: vas a pasar La Criba. Y luego, uno por uno, los vencerás a todos».

Sí, voy a pasar La Criba.

Lo susurro en voz alta para creérmelo.

—Vas a pasar La Criba…

—¿Cómo dices?

Miro hacia mi izquierda y veo los ojos curiosos de un chico no mucho mayor que yo sentado junto a mí en el banco del corredor.

—Soy Rowen.

Alarga la mano con intención de estrechar la mía. Dudo antes de corresponder.

—Oye, parece que no salimos ganando en las apuestas, ¿eh?

Señala con la barbilla hacia una de las pantallas flotantes. Rowen Dunne y Nova Black son los últimos nombres de la lista. Somos los dos candidatos a la cola de los cincuenta.

Sonrío débilmente. Está claro por qué compartimos destino. Lleva unos implantes biomecánicos en las piernas, pero están hechos con piezas recicladas.

Desde su mejilla izquierda hasta el puente de su nariz cruzan dos cicatrices finas. Su pelo rubio cae en mechones descuidados sobre sus pequeños ojos azules. Es alto, pero no tiene el porte intimidante de otros candidatos. Lo miro tratando de esconder la lástima que me provoca y parece leerme la mente.

—Ya. No creo que pase La Criba… Como para llegar a El Núcleo con esta chatarra.

Se da un golpe en las piernas y flexiona una de ellas. Su rodilla emite un chirrido molesto.

—Entonces ¿por qué te has presentado?

Me arrepiento de la pregunta nada más hacerla. La mirada de Rowen se ensombrece.

—Mi padre necesitaba los créditos.

Nos quedamos en silencio. Tengo que aprender a mantener la boca cerrada.

Rowen me sonríe con tristeza.

—No lo culpo. Solo espero que no se gaste los cinco mil créditos en algo que lo mate antes de tiempo. Ya me entiendes…

Lo entiendo mejor de lo que cree.

Candidata Nova Black.

Respiro hondo y me pongo de pie. Oigo a Rowen desearme suerte mientras me acerco a la puerta doble por la que han entrado otros candidatos antes que yo.

Nos han repartido en dos grupos, así que al menos sé que no tendré que competir contra Rowen. Todavía.

La Criba es la única prueba que ocurre por turnos. ERIS nos elige un oponente y nos enfrentamos a vida o muerte contra él. Por eso esta noche solo veinticinco candidatos dormiremos en El Atrio. No nos permiten ver los duelos en directo, así que la espera es angustiante.

La puerta se desliza y entrecierro los ojos para acostumbrarme a la tenue luz azulada. La sala está prácticamente vacía y la iluminación proviene de una pantalla holográfica situada sobre la mesa.

La voz de ERIS me sobresalta.

Bienvenida, candidata Nova Black. Antes del inicio de Las Pruebas es obligatorio que firmes el documento de exención de responsabilidad. Este acto confirma tu aceptación de los términos y condiciones establecidos por el sistema.

Frunzo el ceño. ¿Que firme qué? Veo aparecer mi nombre en la pantalla junto a las palabras «Declaración de responsabilidad y consentimiento» en letras grandes y claras.

—¿De qué va esto?

Este documento exime a El Núcleo, a los organizadores de Las Pruebas y a tus benefactores de cualquier responsabilidad sobre tu integridad física y mental durante el proceso.

ERIS hace una pausa breve antes de continuar:

También certifica que has sido seleccionada de acuerdo con los criterios del sistema y que no podrás abandonar Las Pruebas una vez iniciadas. Por favor, acerca tu implante al escáner.

Tremenda estupidez. Otra señal clara de que el sistema está desfasado, como si tuviéramos los mismos derechos que hace un siglo.

—¿Acaso tengo opción?

Siempre hay opción, candidata Nova Black.

La luz del escáner parpadea de manera insistente. Doy un paso adelante y extiendo el brazo, colocándolo sobre la luz.

Por favor, acerca tu implante, candidata Nova Black.

—¡Ya lo hago!

Implante no detectado. Acerca tu implante, candidata Nova Black.

Aprieto el implante con fuerza contra el escáner. Empieza a emitir una luz roja.

—No, espera. Un momento. ¡Por favor!

No puede terminar todo aquí. Aún no. Es injusto que después de tanto tiempo…

Implante detectado. Firma completada.

La luz vuelve a ser azul y respiro sintiendo que la presión del pecho se libera.

Confirmado. La candidata Nova Black ha firmado el contrato de exención de responsabilidad.

Vale, acabo de firmar un documento interminable sin leerlo. Pero lo único que me importa es que sigo dentro de Las Pruebas.

No me da tiempo a pensar mucho más en protocolos sin sentido. Escucho un zumbido y veo la abertura rectangular que ha aparecido en una de las paredes lisas.

Candidata Nova Black, entra y colócate el brazalete morado sobre el brazo izquierdo.

El habitáculo es angosto y cerrado. Recojo el brazalete del suelo al mismo tiempo que la pared se cierra a mi espalda. El interior es asfixiante. Huele a sudor y está cubierto de manchas de sangre. Empieza a moverse de manera brusca. Desciendo.

La Criba comenzará en cinco minutos. Prepárate, candidata Nova Black.

Me obligo a inhalar y exhalar con lentitud tratando de calmar mi mente, repasando todo lo que sé sobre La Criba. Me han entrenado para esto. No pienso morir aquí.

Objetivos de La Criba: sobrevivir a cualquier ataque en el camino. Encontrar al candidato oponente. Eliminar al candidato oponente. Obtener el brazalete del candidato oponente.

El ascensor se detiene con un golpe seco. Antes de que la puerta se abra, ERIS me habla una última vez.

Candidata Nova Black, tienes treinta segundos antes de que lleguen. Lo que buscas está a la izquierda, doce pasos por delante de tu ubicación inicial.

—¿Lo que busco?

No responde.

Salgo al pasillo de piedra oscuro y estrecho. La única luz proviene de las débiles líneas fluorescentes en el suelo que marcan el camino.

Toso al respirar el aire denso y húmedo. El resto de las pruebas tienen lugar en espacios ultratecnológicos ubicados en El Atrio. Pero La Criba no. Siempre ocurre en uno de los corredores inutilizados de las profundidades de Unter, muy por debajo del Nivel 42.

Avanzo un par de pasos y me detengo en seco al oírlo. Es un sonido metálico, un repiqueteo que parece aumentar por segundos, como si se acercara.

Miro a mi alrededor tratando de mantener la calma. Primer paso, conseguir un arma antes de que me destrocen.

Lo tenía previsto, solo debo encontrar una tubería suelta, una rejilla mal fijada. Cualquier trozo de metal que corte y pese.

Y entonces recuerdo las palabras de ERIS.

«Lo que buscas está a la izquierda, doce pasos por delante de tu ubicación inicial».

Los sonidos metálicos suenan peligrosamente cerca. Doy los pasos y veo los conductos llenos de óxido a la altura de mis tobillos. Empiezo a patear una de las largas tuberías con fuerza para arrancarla.

Quedan unos segundos. Tengo el ruido casi encima.

—¡Vamos, joder!

Dos drones araña salen de las sombras con sus patas largas y articuladas golpeando el suelo con un fuerte ruido metálico. Son de acero oscuro, casi negro, y mucho más grandes de lo que imaginaba. Su único ojo brilla con un resplandor azul.

Consigo arrancar la tubería con una última patada. Corro hacia la pared más cercana y utilizo el impulso para saltar sobre ella mientras los drones cargan contra mí a una velocidad increíble.

El primero levanta una de sus patas afiladas intentando alcanzarme, pero giro en el aire y esquivo el ataque por centímetros. Aterrizo detrás de él y golpeo con todas mis fuerzas la articulación de una de sus patas. No se cae. Se gira hacia mí con una agilidad antinatural, quedándose a milímetros de mi cara.

Me tambaleo mientras el otro dron me flanquea y extiende una garra que logra rasgar la tela de mi traje a la altura del brazo. Gruño sintiendo el escozor del corte. Salto hacia atrás calculando la distancia y aprovecho el momento en el que ambos están alineados.

Con un movimiento fluido, corro de nuevo hacia una pared y la utilizo para impulsarme en el aire. Giro sobre mí misma y con un grito de esfuerzo, clavo la tubería en el ojo central del primer dron. El metal atraviesa el núcleo brillante y el dron da dos pasos antes de desplomarse con un chispazo de luces azuladas y humo.

El otro dron salta hacia mí con todas sus patas y me obliga a rodar por el suelo. Siento cómo una de sus garras corta el aire justo donde estaba mi cabeza un segundo antes.

Me levanto sin soltar la tubería y aprovecho el desbalance del dron para lanzarme sobre él. Con un golpe hundo la tubería en el punto donde las patas se unen con el resto del cuerpo. La máquina emite un sonido agudo, casi como un chillido, antes de desplomarse.

Me quedo inmóvil entre los restos metálicos, escuchando mi respiración agitada resonar por el corredor. Mi pecho sube y baja a un ritmo frenético. Las manos me tiemblan por la adrenalina.

Avanzo con pasos rápidos hasta que el corredor se ensancha y llego a una sala amplia pero igual de oscura. Está llena de restos de máquinas polvorientas que parecen no haberse usado en años. Trato de avanzar, pero el impacto del otro candidato me tira al suelo, arrancándome la tubería de las manos. La veo rodar lejos.

Jadeo sintiendo el peso de mi oponente sobre la espalda con una presión que me corta la respiración. Logro girarme para esquivar un puño metálico que destroza el suelo a milímetros de mi cara. Ruedo y me pongo de pie lo más rápido que puedo.

—¿En serio? ¿La cría sin modificaciones del Nivel 3?

Lo miro y doy un paso hacia atrás. Es la primera vez que veo a alguien con púas insertadas en la piel. Le recorren el dorso de ambos antebrazos hasta las manos de acero, que brillan bajo la luz azulada.

—No sabía que me lo pondrían tan fácil… —Suelta una carcajada y aprovecho para buscar mi tubería entre las sombras de la sala. Demasiado lejos—. ¿Quieres una muerte rápida o les damos un buen espectáculo?

No respondo. Miro la tubería. Él también.

Los dos salimos corriendo, pero antes de que pueda alcanzarla, carga contra mí para derribarme. Salto hacia atrás justo a tiempo y el golpe destroza una máquina oxidada.

Es lento, mucho más que yo. Pero su fuerza es brutal. Un solo golpe directo a los órganos y estoy muerta.

Me lanzo de nuevo hacia la tubería deslizándome por el suelo para alcanzarla. Mis dedos rozan el metal, pero justo cuando estoy a punto de agarrarla, siento su mano fría rodeando mi tobillo para tirar de mí hacia atrás.

Arroja mi cuerpo con fuerza y me estrello contra la pared. Me llevo una mano a las costillas y reprimo las ganas de gritar de dolor.

Lo veo avanzar lentamente como un depredador disfrutando del momento.

—¿No tienes nada más para mí, niña? Me aburres. —Mira hacia arriba, como si hablara con la audiencia—. ¿A vosotros también os aburre?

Aprovecho que está distraído para impulsarme hacia delante y patear con fuerza su rodilla. Logro desestabilizarlo lo suficiente como para frenarlo un par de segundos y recuperar la tubería.

Se gira lanzando otro puño directo que apenas logro frenar. El impacto contra mi brazo es como un martillazo. Estoy segura de que acaba de fracturarme varios huesos a la vez. El dolor es insoportable, pero me obligo a seguir moviéndome.

Parar ahora significa morir.

Soy más rápida que él, mucho más. Tengo que aprovecharlo. Y solo se me ocurre un movimiento para vencerlo.

Ruedo sobre mí para tomar impulso y subir a una de las máquinas cercanas. Desde allí salto sobre su espalda y estrangulo su cuello con mis piernas, montada sobre él.

Se mueve de un lado a otro como una bestia furiosa, pero yo mantengo mi agarre. Con un esfuerzo sobrehumano, logro inclinar mi cuerpo hacia atrás sintiendo el dolor insoportable de todos los huesos fracturados. Reprimo las ganas de vomitar.

Alzo la tubería y grito con todas mis fuerzas mientras clavo el borde punzante en la base de su cuello, a la altura de la nuca. El candidato deja escapar un sonido gutural y se tambalea.

Mantengo la tubería en su lugar, empujándola más y más hasta que por fin cae de rodillas. Intenta agarrarme con un último esfuerzo, pero doy un salto hacia atrás y aterrizo en el suelo.

Él se desploma hacia delante, completamente muerto.

Me quedo de pie a su lado, con mi brazo roto colgando inútil y las costillas fracturadas apretándome los pulmones.

Miles de ojos están viendo este momento, no puedo flaquear ahora. Me agacho y saco el brazalete del candidato caído para mostrárselo a los drones cámara con el puño en alto.

Ganadora de La Criba: candidata Nova Black.

Vuelvo al ascensor apoyándome por las paredes del largo corredor. Cuando se abre, me dejo caer dentro doblando las rodillas.

Estadísticas actualizadas. Candidata Nova Black. Nivel 3. Diecinueve años. Sin modificaciones. Estado: lesiones graves. Radio fracturado, cúbito fracturado, costillas 4, 5 y 6 fracturadas, omóplato fracturado. Ratio de interés del público: ochenta y dos por ciento.

Sonrío al escuchar el porcentaje antes de desmayarme.

5

EL BENEFACTOR

Escucho la voz histriónica y dulzona de Évora antes de abrir los ojos.

«… van a elegir a su candidato estrella. ¿Habéis hecho vuestras apuestas?».

Me incorporo de inmediato. Estoy tumbada en una camilla flotante de la que sobresale un brazo robótico. Me inyecta algún tipo de sustancia blanca directamente en el antebrazo.

La cuenta regresiva que aparece en la pantalla es de ocho horas, pero no pienso quedarme aquí durante la selección de los benefactores.

Me pongo de pie con dificultad y me apoyo en la camilla. Parpadeo al ver mi reflejo en una superficie metálica. Estoy hecha un asco. Mi cara y mi traje siguen manchados de la sangre seca que me salpicó cuando clavé la tubería en…

El rostro pálido del asistente reflejado a mi lado me sobresalta. Me giro de manera brusca. Está ahí, de pie, mirándome sin emociones, con las muñecas plateadas y los números 0 y 7 grabados sobre el uniforme blanco.

—Debe permanecer en la unidad médica, candidata Nova Black.

—Necesito salir un momento. —Me llevo una mano a las costillas y reprimo un jadeo. El dolor sigue siendo insoportable—. Ahora vuelvo, ¿vale? No voy a perderme… ¿Por qué me sigues?

Salgo al corredor vacío y el asistente me imita. Avanza a la misma velocidad que yo, como si tratara de copiar mis movimientos.

Escucho la voz de Cyrus en otra de las pantallas.

«Y ahora es el turno de Adrien Solterra. ¿Quién será el afortunado? ¿Drax, quizá? ¿Golovich?».

Cada movimiento me provoca múltiples punzadas de dolor. Llego al vestíbulo agarrándome el brazo lesionado con el asistente pegado a mi espalda.

Todo el mundo mira hacia las galerías superiores.

Un primer plano de la cara de Solterra aparece en las pantallas flotantes. Está de pie en la galería del primer nivel, con los brazos abiertos y las palmas de las manos apoyadas sobre la barandilla. Se inclina hacia delante en silencio.

—Reclamo a la candidata Nova Black.

¿Qué ha dicho? Siento un pitido en el oído.

¿Adrien Solterra ha dicho mi nombre? No puede ser.

La mayoría de los candidatos murmuran y se giran buscándome con la mirada. Las pantallas proyectan una imagen mía congelada en el momento exacto en que clavo la tubería en la nuca del otro candidato. Desvío la mirada.

«¡Lo sabía! ¡Sabía que la elegiría! A nuestro Adrien le encantan los retos. Estoy tan emocionada. Ay, Cyrus me va a dar al…».

Solterra la corta. Su voz arrogante y carismática resuena por la sala.

—No me gustan los retos, Evy. Lo que me gusta es ganar.

Sus ojos me encuentran. Le sostengo la mirada agarrándome el brazo roto hasta que se gira para volver con el resto de los benefactores. Siento que voy a desmayarme en cualquier momento.

—La candidata Nova Black debe regresar a la unidad médica de inmediato.

El asistente insiste. Intento ponerme derecha para incorporarme, pero las piernas me flaquean.

Alguien me agarra y hace pasar mi brazo sano por encima de sus hombros, aunque la diferencia de altura hace que tenga que ponerme de puntillas para avanzar.

—Ha sido una locura. Acabo de ver la repetición y estoy flipando con los saltos y la tubería reventándole la cabeza. Y cómo te has subido a la espalda… ¿Perdona? Joder, se me ponen los pelos de punta.

Rowen habla muy rápido, como si la adrenalina de su propia pelea todavía siguiera en su cuerpo. Lo miro de reojo y logro ver dos cortes profundos en su pecho. Él también está cubierto de sangre seca. Sus piernas metálicas chirrían mientras me arrastra de vuelta a la unidad médica.

El asistente nos sigue en silencio.

—¿Cómo te hace sentir que te haya elegido el mejor benefactor? Adrien Solterra, qué fuerte. ¿Te lo puedes creer? Toma ya. Adrien Solterra. Soy muy fan, ese tío siempre gana.

Quiero que se calle, pero no tengo fuerzas para responderle. Me tumba en la camilla y el brazo robótico reacciona de inmediato volviendo a inyectarme el líquido blanco.

—Bueno, pues… ¿hablamos luego? Eres increíble, Nova. Yo sigo el último en las apuestas. Pero ya somos veinticinco. Y tú estás la tercera. ¡La tercera! ¡Y eras la última! Que se jodan.

Cierro los ojos agradeciendo que me deje sola. ¿La tercera en las apuestas? Suena genial, pero estoy tan cansada que no puedo ni sonreír.

El grito de mi oponente perfora mis tímpanos como un eco desgarrador que parece rebotar dentro de mi cabeza. Me despierto bañada en sudor frío.

Abro los ojos, todavía con la angustia martilleando mi pecho, y me incorporo de golpe. ¿Estoy en una cama? Por un momento me parece haber vuelto al módulo 99. Tengo que esforzarme por recordar que sigo en El Atrio.

Me llevo una mano a las costillas, ya no me duelen apenas. Flexiono el brazo varias veces para comprobar que ha sanado bien, aunque siento unas agujetas horribles y el implante me arde.

Pongo los pies en el suelo frío mirando a mi alrededor. El módulo individual es pequeño y práctico. Hay un escritorio con pantalla, un armario, un pequeño baño y la cama. Todo decorado en blanco y metal.

Me miro las piernas, ya no llevo el traje de combate. Es un conjunto básico de camiseta y pantalón negros. Mis manos están limpias, pero es como si aún sintiera la textura cálida y pegajosa de la sangre entre los dedos.

La idea me cruza la mente como un rayo.

He matado por primera vez.

Da igual cuánto me hayan entrenado para esto. Ese candidato existía, respiraba, tenía familia. Era un ser humano, no solo mi oponente. Y tengo la sensación de que este malestar tan horrible me acompañará el resto de mi vida.

El zumbido de la puerta al deslizarse hacia un lado interrumpe mis pensamientos y aparece el rostro inexpresivo de uno de los asistentes. Me recorre un escalofrío por la espalda al pensar que uno de ellos me ha traído hasta la cama. Seguramente él. O eso. Lo que sea.

—El benefactor Adrien Solterra requiere la presencia de la candidata Nova Black en su sala privada de inmediato.

—¿De inmediato? ¿Tiene que ser ahora mismo?

No parpadea. Vuelve a indicar las instrucciones de manera monótona.

—El benefactor Adrien Solterra requiere la presencia de la candidata Nova Black en su sala privada de inmediato. No es opcional.

Suspiro.

—¿Puedo cambiarme al menos?

—No.

Lo pillo. Primera demostración del poder de mi benefactor. Él ordena, yo obedezco.

Me calzo las botas y sigo al asistente hasta el vestíbulo de El Atrio, el mismo lugar donde horas antes Solterra ha pronunciado mi nombre. Aún estoy en shock. Se supone que debía alejarme de él y estoy a punto de entrar en su jodido módulo.

Empiezo a subir las escaleras circulares de mármol hacia las galerías superiores. Mi implante emite un pitido antes de que las puertas del primer nivel se abran y la voz de ERIS se escuche sobre nuestras cabezas.

Módulos privados de los benefactores.

El asistente me deja frente a una de las puertas y se marcha en silencio, como si flotara. Oigo un sonido extraño al otro lado y apoyo la oreja.

¿Es música? No puede serlo. Al igual que los libros, la música está prohibida en Unter. Eso y cualquier otra forma de entretenimiento. Para consumir algo, ya tenemos Las Pruebas.

Aunque cada ciclo dure de cuatro a seis meses, las pantallas nunca se apagan. Veinticuatro horas. Trescientos sesenta y cinco días. Termina un ciclo, empieza otro. Sin descanso. Sé que hay clubs clandestinos en los últimos niveles, pero yo jamás…

La puerta se abre y me caigo al suelo.

—¿Espiando detrás de las puertas, candidata?

Levanto la mirada y veo a Solterra sentado en un sofá negro con expresión aburrida. Hace girar un vaso lleno de líquido ámbar.

Me pongo de pie con movimientos rápidos y me sacudo la ropa.

—Eres tú el que me ha hecho llamar.

Su módulo es diez o quince veces más grande que el mío. El diseño no tiene nada que ver con el resto de El Atrio. Las paredes están revestidas de paneles negros y dorados con delgadas líneas de luz blanca que fluyen entre los bordes.

Cerca de mí hay un escritorio de metal con dos sillas de un material que no reconozco. Junto a Solterra se alza un largo mueble bar de acero y cristal con estantes iluminados. Las botellas tienen formas y colores distintos. Al fondo puedo intuir una enorme cama, pero la iluminación tenue y cálida hace que no vea el resto del módulo con claridad.

—¿Quieres que te haga una visita guiada o qué?

Imbécil.

Deja el vaso sobre la mesa y se pone de pie. El cuello metálico reluce por encima de la chaqueta entallada con ribetes plateados.

—Nova Black, la sensación del momento.

La réplica me sale sola.

—Adrien Solterra, el rey del espectáculo.

Suelta una risa suave y se cruza de brazos.

—Nadie me habla así, ¿sabes? Digamos que por aquí arriba son un poco… lameculos. No es que me queje.

Alarga la mano y coge una manzana roja de un cuenco metálico. El crujido de su mordisco me hace salivar.

Esa manzana no está impresa. Lo sé por su color. Incluso a esa distancia. Solterra parece leerme la mente y sus ojos brillan con una chispa de diversión.

—¿Quieres una?

Sin esperar mi respuesta me lanza otra manzana y la pillo al vuelo. La acerco a mis labios y cierro los ojos para inspirar su aroma. El jugo dulce y ácido me llena la boca al dar el primer mordisco.

Joder. Dejo escapar un gemido de placer.

—Dale las gracias a los cultivos hidropónicos de El Núcleo. —Solterra empieza a girar la manzana sobre su mano, observándola—. Es curioso, ¿verdad? Que no haya créditos suficientes en Unter para conseguir una simple manzana.

Me limpio la boca con el dorso de la mano mientras me relamo. Estoy en el módulo del famoso Adrien Solterra hablando sobre manzanas. Surrealista.

Mueve la muñeca izquierda y la pulsera metálica típica de los benefactores activa una pantalla flotante. Aparecen en bucle los momentos más intensos de mi intervención en La Criba. Me veo saltar sobre los drones tomando impulso desde una de las paredes.

Solterra se mete las manos en los bolsillos y cruza las piernas, apoyándose sobre el borde de su escritorio.

—Te confieso que aposté a que te mataba un dron araña en menos de quince segundos. —Lo miro indignada mientras sigo devorando la manzana—. Nunca pierdo una apuesta. Pero está claro que contigo me equivoqué. Me has descolocado. A todos. Y eso es perfecto.

—¿Perfecto? ¿Para quién?

—Para mí, para ti, para Las Pruebas. —Se endereza y sigue hablando con ese tono de soberbia que detesto mientras se desabrocha los puños de la chaqueta—. Mira, tus saltitos acrobáticos quedan genial en cámara, hay que potenciar eso. Pero tienes que ganarte a la audiencia.

Da un par de pasos hacia mí cerrando la distancia que nos separa. Me obligo a no reaccionar cuando su perfume me envuelve de nuevo.

Se inclina hacia mí.

—Me he enamorado de Nova Black. —Siento su respiración chocar contra mis labios y el corazón se me acelera—. Es lo que quiero que digan todos y cada uno de los habitantes de El Núcleo y de Unter.

Respondo con la voz entrecortada.

—¿Que se… enamoren de mí? ¿Eso es lo que importa?

—Eso es lo único que importa. La audiencia no quiere candidatos. Quiere historias. Quiere emociones. Y ahora mismo tú eres un misterio, algo que no encaja en sus esquemas.

—¿Y qué se supone que hago con eso? ¿Sonreír a los drones cámara?

Se ríe mientras da un paso hacia atrás.

—No. Tu trabajo es convertirte en alguien a quien no puedan olvidar. —Da media vuelta y se apoya de nuevo en su escritorio—. Ya sabes cómo funciona esto: si no te ven, no existes. Y si no existes, no sobrevives.

Vuelve a girar su muñeca y la pantalla cambia al listado de apuestas. Como dijo Rowen, soy la tercera. El primero es Kal Drax y el segundo Rys Golovich. Aún no sé quiénes son.

—¿Sabes cuántos candidatos en la historia de Las Pruebas han logrado pasar de la cola a los primeros puestos tras La Criba?

Creo saber de lo que está hablando. Solo hay otro candidato al que subestimaron pero que terminó ganando. Y lo tengo justo delante.

—Dos. —Pronuncio el número sin apartar la mirada—. Tú y yo.

—Muy bien. Chica lista.

Empiezo a entender por qué me ha reclamado. Soy una amenaza. No quiere que gane con otro benefactor.

—¿Cuántos años tenías cuando quedé campeón en mi ciclo? ¿Cinco? ¿Seis? —Frunce el ceño como si calculara mentalmente—. Seis. Imagino que lo recuerdas.

Mierda. Todos los niños en Unter maman Las Pruebas desde su nacimiento. Pero yo no. El primer ciclo que vi fue el siguiente al suyo. Pienso rápido en los datos que sé de Solterra antes de responder. Por suerte, su fama le precede.

—Claro que lo recuerdo. Te convertiste en el campeón más joven de la historia, destacando por tu agilidad, inteligencia y capacidad de liderazgo. Luego te incorporaste inmediatamente como benefactor. Tienes un ratio de ganadores tres veces mayor que el resto.

Lo suelto rápido y de corrido, esperando que le sirva. No sé mucho más sobre él, aparte de que es un capullo arrogante. Si me pregunta algo concreto, tendré que improvisar.

Se ríe y pasa una mano por su pelo.

—¿Tienes complejo de ERIS? Parece que te lo hayas aprendido de memoria.

Me encojo de hombros y se inclina hacia mí. Respiro aliviada por el cambio de tema.

—Hablemos de las normas.

—¿Normas?

Mi candidata, mis normas, Black. Si quieres ganar, obedéceme. Siempre.

Recalca los pronombres posesivos con esa media sonrisa de superioridad en los labios.

Su soberbia me quema por dentro. Camina hacia la mesa y vuelve a coger el vaso de cristal que tenía al principio.

—A partir de ahora hablarás solo con los candidatos que yo te diga. Tienes prohibido entrenar, comer y confraternizar con nadie sin mi permiso.

Da un sorbo antes de seguir hablando.

—No metas a nadie en tu módulo, me da igual las ganas que tengas de tirarte a otro candidato.

Suelto un bufido.

—¿También te tengo que pedir permiso para ir a mear?

Bebe otro sorbo sin dejar de mirarme fijamente. Odio hasta el dedo meñique que tiene levantado.

—Aquí arriba tienes que pedirme permiso hasta para respirar. ¿Te queda claro?

—No hablar, no comer, no entrenar, no fornicar. Clarísimo.

—Perfecto. Mañana te convocaré para analizar juntos al resto de los candidatos. Y a ver si empiezas a mostrar un poquito más de gratitud. Eligiéndote te he hecho el favor de tu vida.

No puedo con él.

Si esto va a ser así durante lo que queda de ciclo, casi prefiero morir en la siguiente prueba.