Música

La música es una constante en mi vida y ha sido una fuente de inspiración para esta historia, así que aquí os dejo la playlist.

Todo lo que quiero eres tú

Mia

«Champagne Problems» — Taylor Swift

«Complicated» — Olivia O’Brien

«where is my mind (piano version)» — your movie soundtrack

«Once Upon a December (piano version)» — William Haviland

«Once Upon a December» — Liz Callaway

«August» — Taylor Swift

«Fade Into You» — Mazzy Star

«I Want You to Want Me» — Letters to Cleo

«Nobody Gets Me» — SZA

«loml» — Taylor Swift

«So Long, London» — Taylor Swift

«But Daddy I Love Him» — Taylor Swift

«Who’s Afraid of Little Old Me?» — Taylor Swift

Jack

«My Heart Is Home» — Upstate

«To Build a Home» — The Cinematic Orchestra

«Stop Crying Your Heart Out» — Oasis

«Fast Car» — Luke Combs

«Love, LA» — Joey Myron

«Sharks» — Imagine Dragons

«Snowman (piano version)» — Riyandi Kisuma

«Kiss The Girl» — Brent Morgan

Los dos

«All I Want for Christmas Is You» — Mariah Carey

«Je te laisserai des mots» — Patrick Watson

«Christmas Tree Farm» — Taylor Swift

«Starman» — David Bowie

«Come On! Let’s Boogey to the Elf Dance!» — Sufjan Stevens

«Fortnight» — Taylor Swift ft. Post Malone

«Santa Claus Is Comin’ to Town» — Teodor Seti

«Santa Tell Me» — Pam Hill

«Everlasting Love» — Love Affair

Nota de la autora

El catorce de marzo de 2023 tenía que enviar el manuscrito de «Yo también» no es «Te quiero». Estaba con las correcciones finales cuando una secuoya milenaria (como me gusta llamarla a mí) se cayó sobre el tejado de mi casa. Tuvimos que mudarnos a toda prisa porque se rompió el techo y había riesgo de derrumbe. Aquella noche, cuando envié el manuscrito alumbrada por las velas (nos habíamos quedado sin electricidad, pero al menos tenía datos en el móvil) dije de broma: «Voy a escribir una historia sobre una escritora a la que se le cae un árbol en su casa y un bombero» y, bueno, aquí estoy unos cuantos meses después.

1

Mia

Cinco años y siete meses más tarde

Cualquier plan es mejor que acudir a la lectura del testamento de tu padre.

Observé la fachada del ayuntamiento de Sunnyside a través de la ventanilla del coche de alquiler. La lluvia caía con fuerza y el viento de finales de noviembre agitaba con violencia las ramas desnudas de los árboles de la plaza.

Estaba cansada. Me había pasado la noche de Acción de Gracias metida en un vuelo nocturno, en el que apenas había dormido, y después había conducido una hora desde el aeropuerto de Reno. A eso había que sumarle el cambio horario de Nueva York a California.

Respiré hondo.

Todavía no podía creerme que mi padre hubiese fallecido de un infarto a los sesenta años. Habían pasado tres meses y, desde entonces, me había refugiado en la escritura y en la vida de mis personajes. No quería entrar al ayuntamiento y que me leyesen sus últimas voluntades, recordándome que su pérdida era real.

Consulté la hora en el reloj del salpicadero. Faltaban dos minutos para las nueve de la mañana, que era la hora a la que me había citado el albacea.

Tragué saliva intentando deshacer el nudo de la garganta. Me bajé del coche y el otoño frío me dio la bienvenida. Cerré la puerta y crucé la plaza corriendo bajo la lluvia.

Me detuve debajo del tejadillo del edificio para secarme la cara con la manga de la chaqueta y justo sonó mi móvil. Al sacármelo del bolsillo me topé con varios mensajes de Chelsea. Mi amiga me había mandado ánimos virtuales en forma de gifs. En el primero salían Rachel y Monica de Friends abrazándose, y en el segundo aparecía Chris Hemsworth, uno de mis amores platónicos, sonriendo.

Cuando entré en el ayuntamiento, el malestar creció en mi interior. Caminé con los ojos clavados en la pantalla, contestando a Chelsea, y me estampé contra la espalda de una persona. Ahogué una exclamación por el susto y el móvil se me resbaló de las manos. Un instante después, bajé la vista al suelo. A mis pies estaba mi teléfono, un vaso de papel de la máquina expendedora y los restos de un café.

—Lo siento —me disculpé a la par que me agachaba para recoger el desastre—. Puedo comprarte otro café si…

—¿Mia?

Un escalofrío me atravesó la piel al oír esa voz áspera y grave. La última vez que Jack Halliday pronunció mi nombre fue la noche que rompimos, cinco años atrás.

Desde entonces solo habíamos coincidido una vez: hacía tres meses, en el funeral de mi padre. Aquel día lo vi a lo lejos, a través de la seguridad de los cristales oscuros de mis gafas de sol, y no intercambiamos palabra.

Había fantaseado con nuestro reencuentro un par de veces. En mi imaginación, yo llevaba un vestido rojo y el cabello rubio recogido en un moño elegante, y él se quedaba con cara de gilipollas al verme despampanante y se arrepentía de haberme dejado escapar. En la realidad, llevaba unos vaqueros desgastados que tenían un roto en la rodilla, las Converse rosas llenas de barro y el pelo mojado por la lluvia.

Su mano enorme y varonil apareció en mi campo de visión para recoger el vaso. Atrapé el móvil y me incorporé de golpe, como si hubiese recibido un latigazo en mitad de la espalda.

Jack se irguió y nos quedamos cara a cara.

Levanté la cabeza deseando encontrarme con una persona del atractivo de una piedra y me llevé un chasco. El chico que me había roto el corazón había dado paso a un hombre de treinta y un años que me observaba con atención. Jack me sacaba una cabeza de altura. Seguía teniendo el pelo de protagonista de novela romántica, aunque parecía algo más largo de lo que recordaba. Su cabello marrón chocolate estaba húmedo por la lluvia y llevaba los rizos peinados hacia atrás. Su rostro se veía más maduro; tenía alguna línea de expresión finísima en la piel aceitunada y una barba de varios días ensombrecía su mandíbula cuadrada, dejando libres sus pómulos marcados. Vestía una sudadera azul marino del cuerpo de bomberos de Sunnyside que se tensaba a la altura de sus hombros, vaqueros y botas. Su complexión era robusta y atlética. En resumen: estaba increíblemente bueno.

Tuve la sensación de que el vestíbulo empequeñecía ante su presencia imponente, que parecía ocupar toda la estancia. Y eso no se debía a que Jack tuviese la espalda ancha, sino a que yo era muy consciente de la fuerza gravitacional que lo rodeaba y que atraía a todo el mundo en su dirección.

Cuando nuestros ojos se encontraron, el corazón se me aceleró y el tiempo se ralentizó. El verde de su mirada se veía más oscuro bajo aquella iluminación amarillenta. Sabía que a la luz del sol sus ojos color miel parecían más verde oliva que avellana, y que cuando sonreía se le formaba un hoyuelo encantador en la mejilla derecha. En aquel instante, le rodeaba un aura de cansancio y no había ni rastro del hoyuelo.

Algo en su mirada penetrante e hipnótica me atrapó y, entonces, un millón de recuerdos me pasaron por la mente:

Jack y yo sentados en el tejado de casa de mis padres, hablando sobre nuestros sueños. Jack dándome mi primer beso en el porche del Polaris. Jack colándose en mi habitación por la ventana. Jack consolándome en el velatorio de mi madre. Jack llevándome a caballito por el embarcadero.

Mis instintos se pusieron en alerta cuando despegó los labios carnosos para hablarme.

«¡Vete!», me pidió mi corazón magullado.

—Llego tarde. —Lo sobrepasé, sin darle tiempo a responder.

Crucé el vestíbulo como si me persiguiesen los Vulturi y subí las escaleras a toda prisa, con el pulso acelerado y las emociones a flor de piel.

Al llegar a la primera planta, giré a la derecha y me dirigí al despacho del alcalde. La puerta estaba abierta. Me quedé paralizada en el umbral; dentro estaba Tom, conversando con mi madrastra. Carol rondaba los sesenta años. Era una mujer morena de facciones delicadas, algo más bajita que yo y vestía con ropa colorida. A simple vista todo en su apariencia era inofensivo, pero yo no me dejaría engañar por su amabilidad, ni por su sonrisa conciliadora, ni por el reno adorable de su jersey.

Salí de mi estupor cuando Jack se materializó a mi lado y me preguntó:

—¿Vas a pasar?

Resoplé incrédula. ¿De verdad mi padre le había dejado algo en herencia a Jack?

El alma se me cayó a los pies cuando Tom confirmó mis sospechas al decir:

—Buenos días. Os estábamos esperando.

«Genial».

Durante unos segundos contemplé la posibilidad de una huida rápida. Como si adivinase mis intenciones, Jack me hizo un gesto con la mano, señalando el interior del despacho.

—Después de ti —comentó para cederme el paso.

«Malditos sean él y sus modales».

Cuadré los hombros, entré en la sala en contra de mi voluntad y rehusé mirar a Carol.

—Buenos días —dijo ella con su voz dulce.

—Buenos días —musité por educación.

Había tres sillas frente al escritorio. Ocupé el asiento derecho, que estaba al lado de la ventana, porque era el más alejado de Carol.

No aparté los ojos de mis uñas pintadas de rojo vibrante mientras Jack se sentaba en la silla contigua a la mía.

Ellos mantuvieron una conversación trivial sobre el clima y yo guardé silencio. Conocía de toda la vida a las tres personas con las que compartía la sala y, sin embargo, me sentía una extraña entre ellas. Incómoda, paseé la vista por la estancia. El despacho no era muy grande. Las paredes color crema estaban iluminadas por la luz cálida de la lámpara. En el centro había un escritorio de madera robusta, sobre él descansaba una pila de documentos, un bote de bolígrafos y una taza roja en la que podía leerse: SUNNYSIDE, EL PUEBLO FAVORITO DE SANTA.

El albacea, que también era el alcalde y había sido mi profesor de matemáticas, se aclaró la garganta para reclamar nuestra atención. Me fijé en que las canas comenzaban a conquistar su cabello oscuro.

—Bueno, estáis aquí porque, como albacea de Douglas, voy a proceder a la lectura de su testamento —comentó Tom, poniéndose las gafas de ver.

Sacó un abrecartas en forma de espada de un cajón y abrió un sobre naranja. Se me revolvió el estómago al verle extraer una hoja pulcramente doblada del interior. Me removí en el asiento y crucé una pierna por encima de la otra, buscando una posición que me hiciese más cómodo el momento.

—Última voluntad y testamento de Douglas Summers —comenzó a leer Tom.

Me quedé rígida. El corazón me retumbaba con fuerza dentro del pecho y me sudaban las palmas de las manos.

—Yo, Douglas Summers, lego el Polaris Lodge de la siguiente manera: a mi hija, Mia Elizabeth Summers, le dejo un setenta por ciento de la propiedad, a Caroline Woods le dejo un veinte por ciento, y a Jack Halliday le dejo el diez por ciento restante.

—¿Qué? —Salté de la silla y miré al albacea boquiabierta.

Por su parte, Tom me devolvió una mirada impasible. Al darme cuenta de que aquello iba en serio y de que no era una broma de cámara oculta, me embargó una oleada de indignación.

Estaba abrumada y la única válvula de escape que encontré para soltar mis sentimientos fue el enfado.

—¿Cómo que hemos heredado el Polaris los tres? —exclamé más alto de lo que pretendía—. ¡No puede ser! ¡Tiene que tratarse de un error!

—Mia —Tom se dirigió a mí—, no hay ningún error —continuó sin perder la calma—. Estas eran las últimas voluntades de tu padre. Douglas quería que tú heredases un setenta por ciento del Polaris Lodge, y que el resto se repartiese entre Carol y Jack.

Negué con la cabeza, incrédula, y, durante un instante, volvió a reinar el silencio tenso. La presión que sentía en el pecho parecía aumentar por momentos. Se me cerró la garganta y una gota de sudor frío me bajó por la nuca. Me estaba agobiando. Mucho.

El testamento de mi padre era tan ridículo que no sabía si echarme a reír a carcajadas o a llorar desconsolada. Nos habíamos distanciado un poco, pero siempre imaginé que, al ser hija única, heredaría yo sola el bed and breakfast que compró y regentó con mi difunta madre.

Con veintitrés habitaciones, el Polaris Lodge era un alojamiento que ofrecía desayuno y un ambiente íntimo y acogedor. Era perfecto para disfrutar de la auténtica experiencia californiana en Sunnyside, un pueblecito tranquilo situado a orillas del idílico lago Tahoe, lejos del ajetreo y del caos de la ciudad. Desde que tenía memoria, aquel lugar había sido el sueño y el sustento de mi familia. Había crecido rodeada de huéspedes, viendo a mis padres dedicarse en cuerpo y alma a su negocio. Algunos de los mejores momentos de mi vida habían sucedido allí. Por todo eso, me costaba entender que mi progenitor les hubiese dejado parte de la propiedad a las dos últimas personas con las que querría relacionarme.

Caroline Woods había sido la mejor amiga de mi madre y había aprovechado su muerte para liarse con mi padre. Y Jack Halliday era el hombre que me había herido al romper sus promesas. Teniendo estos detalles en cuenta era lógico que estuviese alucinada y disgustada.

—Quiero impugnarlo —aseguré rotunda—. Es evidente que mi padre no estaba en sus cabales cuando redactó el testamento.

—Mia, te aseguro que tu padre estaba en plenas facultades cuando repartió la herencia —me contestó Tom—. Y, ahora, si eres tan amable, te ruego por favor que te sientes para que pueda continuar con la lectura.

Me quedé allí plantada, sin saber qué hacer.

—Mia, siéntate —intervino Jack pasados unos segundos.

Me mordí la lengua para no mandarle a la mierda.

Cogí aire de manera profunda y lo solté despacio por la nariz, intentando serenarme. Apreté los puños y me volví para encararlo.

Jack estaba muy serio, su ceño fruncido propiciaba que un par de arrugas adornasen su frente.

—Por favor… —añadió suavizando el tono.

Tragué saliva, desconcertada, y rompí el contacto visual antes de delatar lo afectada que estaba. Tan pronto como me senté, lo oí suspirar aliviado.

A esas alturas de la película solo quería que Tom terminase de leer y salir corriendo de ahí. 

El alcalde de Sunnyside se subió las gafas por el puente de la nariz y volvió a centrar los ojos en el papel que sostenía.

—Prosigo —nos informó—. Ruego que esta vez no haya interrupciones.

Me di por aludida con el comentario, pero no repliqué.

—Además, hago los siguientes legados específicos de los bienes —continuó el albacea—. Lego a mi hija, Mia Elizabeth Summers, la casa adyacente al Polaris ubicada en el 241 de Lake Avenue. Por último, lego la colección de bolas de nieve a Caroline Woods.

Apreté los labios y guardé silencio. Los ojos me escocían, pero conseguí apañármelas para controlar las lágrimas. Lo último que quería era echarme a llorar delante de ellos. La colección de bolas de nieve era algo que hacíamos mi padre y yo, y ¿él se la dejaba a Carol?

Me dolían sus decisiones, pero ya no podía hacer nada. Con la mirada perdida, tiré de uno de los hilos deshilachados del roto de mi vaquero.

Tom siguió leyendo los artículos del testamento, pero mis pensamientos lo eclipsaron sin querer. Su voz fue desapareciendo y dio paso al sonido de la lluvia que caía a raudales. A través de la ventana, se veía el cielo lleno de nubes grises. Varios transeúntes cruzaban la plaza apresurados bajo sus paraguas. La llovizna había dado paso al diluvio universal.

El día que me fui de Sunnyside para no volver era la víspera de Nochebuena y también llovía. Visualicé la imagen en mi mente a la perfección: caminaba con el corazón lleno de agujeros y con las ruedas de la maleta hundiéndose en el barro.

Volví al despacho cuando Tom pronunció mi nombre.

—Sobre Mia recae un setenta por ciento…

—Perdón —lo interrumpí, mirándolo—. ¿Qué recae sobre mí?

—La deuda del préstamo que pidió tu padre para rehabilitar el Polaris asciende a cuatrocientos veintiocho mil dólares con veintitrés centavos —repitió Tom— y se os asigna en la misma proporción que el reparto de este.

Abrí los ojos sorprendida.

El Polaris se había quemado aquel verano, en medio de un incendio devastador que asoló parte de la propiedad. Por suerte, los bomberos llegaron a tiempo y nadie resultó herido, aunque hubo bastantes pérdidas materiales y gran parte del bed and breakfast quedó reducido a cenizas.

—Pero ¿no lo cubría casi todo el seguro? —pregunté atónita. Eso era lo que me había dicho mi padre.

—El seguro solo cubrió la reconstrucción de la estructura del edificio —me contestó Jack—. Tu padre tuvo que pedir un préstamo para la restauración del interior.

«Madre mía, papá…».

Me llevó unos segundos calcular que me correspondería asumir unos trescientos mil dólares.

No me di cuenta de que la lectura había terminado hasta que Carol se estiró para coger la copia del testamento que le entregó el albacea.

—Gracias, Tom —le dijo con dulzura. Luego, tuvo la osadía de dirigirse a mí—: Mia, cielo, ¿tienes un momento?

—Lo siento, tengo prisa —respondí levantándome y sin mirarla.

Formulé una despedida rápida y salí escopetada de la sala.

—¡Mia, espera! —Jack me llamó y yo aceleré el paso.

Necesitaba estar sola para ordenar mis pensamientos. Lo último que había esperado al llegar a Sunnyside era encontrarme la sorpresa de heredar el Polaris junto a mi madrastra y mi exnovio. Había contado con la posibilidad de cruzármelos. A fin de cuentas, el pueblo era pequeño. Pero había imaginado que, si los veía, sería de lejos y que no tendría que interactuar con ellos.

—¡Mia, por favor! —exclamó Jack.

Bajé las escaleras de mármol a toda velocidad. Por desgracia, sus pisadas retumbaron detrás de mí. Al llegar al vestíbulo, no corrí por vergüenza y porque algunas caras conocidas nos observaban con atención.

—¡Buenos días, Jack! —El vigilante de seguridad alzó la mano para saludarlo.

Esa distracción me serviría para dejarlo atrás. El Jack que conocía era demasiado cortés como para no detenerse a saludar a alguien. Bordeé el árbol de Navidad que estaban colocando un par de empleados en el centro y empujé la puerta de cristal que daba a la calle.

Al salir, me estremecí por el viento y me encogí bajo la chaqueta de flecos.

Sin pensármelo mucho, di un paso al frente y me interné en el aguacero. En cuestión de tres pasos, me calé hasta los huesos y lamenté no haber traído un paraguas.

—¡Mia, joder! —La voz de Jack volvió a sonar a mi espalda—. ¿Quieres parar, por favor?

Apenas di un par de pasos más cuando él se interpuso en mi camino. Chasqueé la lengua fastidiada y me detuve de manera súbita para no darme de bruces contra su pecho. Eché la cabeza hacia atrás para mirarlo a la cara. Él medía un metro ochenta y seis y yo, con las Converse de plataforma, rozaba el metro setenta.

—Te has dejado tu copia del testamento —dijo, alargando un sobre blanco en mi dirección.

Se lo arrebaté y me lo guardé en el bolsillo interno de la chaqueta para protegerlo de la lluvia.

Estaba tan ocupada mirándolo con frialdad que tardé unos segundos en comprender que ya no me estaba mojando. Jack sujetaba un paraguas negro, tan grande que nos cubría a ambos. Sus dedos largos se cerraban con tanta fuerza alrededor del mango que tenía los nudillos blancos.

—¿Tienes un segundo? —me preguntó.

—No tengo nada que hablar contigo —contesté de manera brusca.

—Yo contigo sí. ¿Por qué no vamos a tomar un café? —Señaló su camioneta rojo cereza—. Hay un par de cosas que Carol y yo queremos comentarte.

—¿Carol y tú? —Di un paso atrás mientras negaba con la cabeza.

El agua volvió a caer sobre mí.

Jack avanzó un paso y me cubrió de nuevo con el paraguas. Al parecer, su cabezonería seguía intacta. Por la determinación de su mirada sabía que, si me iba, me seguiría hasta el coche. Lo mejor para mi bienestar mental era cortar esa situación cuanto antes.

—Tengo muchísima prisa —me apresuré a añadir—. Lo que sea puedes decírmelo aquí.

Él asintió con la mandíbula apretada y me dijo:

—En realidad, solo quiero saber qué tienes pensado hacer con tu parte del Polaris. Sigo con la reforma y…

—¿Cómo que sigues con la reforma? —lo corté, sin comprender.

—Sí. Me estoy encargando de las últimas cosas. Queda poner a punto las habitaciones, pintar, instalar la iluminación, amueblar y eso. Pero vamos, no te preocupes, que yo me ocupo de todo.

—No entiendo nada. ¿Por qué sigues con esto?

—Porque tu padre y yo estábamos trabajando en ello. Él quería reabrirlo dentro de tres semanas, justo antes de Navidad, y yo le prometí que lo conseguiríamos a tiempo. Carol y yo queremos seguir adelante con su plan.

Me quedé de piedra. La temperatura de Sunnyside descendió un par de grados y el frío se coló bajo mi ropa empapada. Sabía que Jack estaba ayudando a mi padre, pero creía que todo aquello se había paralizado tras su fallecimiento.

—¿Te parece bien reabrir el veinte de diciembre, para Navidad? —La voz cautelosa de Jack resonó por encima de la lluvia que amortiguaba su paraguas.

Estaba en vilo, mirándome fijamente. Era como si lo que yo respondiese fuese lo más interesante del mundo. Una enorme sensación de incomodidad se adueñó de mí. No quería que me observase así. No quería dejarme arrastrar por los recuerdos. Solo quería marcharme y procesar toda la información.

Me forcé a tragar saliva para deshacer el nudo de la garganta y ser capaz de contestar.

—Eso tendrás que hablarlo con el siguiente propietario —informé con la mayor indiferencia posible.

—¿Qué?

Jack se quedó pálido y parpadeó confundido. Parecía que acababa de arrojarle un cubo de hielos a la cara.

Opté por ir al grano y decirle la verdad:

—Jim Blackheart me ha hecho una oferta para comprar el Polaris. Tengo una reunión con él dentro de cinco días, aquí. Voy a venderle mi parte, pero tranquilo, estoy segura de que os contactará para comprar las vuestras también.

Y, sin más, aproveché su perplejidad para marcharme antes de que me alcanzase nadie.

2

Jack

Tres semanas para la reapertura del Polaris

Me quedé ahí plantado mientras Mia se alejaba contrariada. Había pasado las últimas cuarenta y ocho horas mentalizándome para que el reencuentro no me afectase. Como sospechaba, no había servido de nada. Tenerla cerca había reavivado viejas costumbres. Tragué saliva y me obligué a reprimir el impulso de acompañarla con el paraguas hasta su coche.

Hacía unos minutos, en el despacho de Tom, había buscado las diferencias entre la mujer que me observaba con recelo y la aspirante a escritora que se había marchado herida tantos años atrás. Al verla, me había quedado sin aliento, como si alguien me hubiese dado un puñetazo en el estómago. Mia seguía siendo preciosa. Tenía la cara ovalada, los ojos azules y almendrados y la nariz respingona salpicada de pecas diminutas. Para mí, que me la sabía de memoria, las diferencias eran evidentes: llevaba el pelo más rubio y un poco más largo, tenía varios pendientes nuevos en el lóbulo derecho, vestía de una manera más informal y una capa de resentimiento empañaba su mirada. No sabía si su sonrisa seguiría siendo dulce y enigmática y, dada la indiferencia con la que me había tratado, dudaba que fuese a descubrirlo en un futuro próximo.

Por el rabillo del ojo vi a Carol detenerse a mi izquierda, pero yo no aparté la mirada de Mia, que, en aquel momento, se subía a un sedán gris.

—¿Cómo estás? —oí que me preguntaba, con su característico tono de voz amable.

Me encogí de hombros por toda contestación.

«Ni idea», esa era la respuesta más sincera que podía darle.

Estaba hecho un lío y conmocionado tras el regreso de Mia.

Era normal que Carol me preguntase. Todos los habitantes de Sunnyside sabían que Mia y yo habíamos estado juntos seis años, y que unas Navidades me dejó y se fue para no volver.

Cuando el vehículo gris desapareció de mi vista, me volví hacia la izquierda. Carol me observaba expectante bajo su paraguas azul estampado de galletas de jengibre. La mujer tenía la edad de mi madre, algunas canas adornaban su pelo oscuro y tenía arrugas alrededor de los ojos marrones. Con su carácter afable, era una de las personas más queridas del pueblo. En los últimos tiempos habíamos trabajado mucho juntos. Yo me había volcado en la reforma del Polaris, y ella se había asegurado de que no me faltase comida o cualquier cosa que necesitase mientras estaba allí. Supongo que esa era nuestra manera de lidiar con el vacío que había dejado Douglas en nuestras vidas.

—Podría haber ido peor, ¿no? —me preguntó.

Odiaba ser yo quien le diese la noticia.

—Quiere vender su parte —informé en tono monocorde.

Ella dejó caer los hombros con un suspiro. Acto seguido, se me enganchó del brazo.

—¿Por qué no vamos a desayunar? —propuso mientras tiraba de mí—. Tienes pinta de necesitar un café.

Unos minutos más tarde estacioné mi pick-up roja frente a The Dam Cafe. Eran las diez de la mañana de un viernes y, como siempre, el aparcamiento estaba hasta los topes. Reconocí varios coches, entre ellos el de Marge, la bibliotecaria, y el de Pete, el repartidor de correos. Esperaba que no me preguntasen por la lectura del testamento, ellos eran los encargados de que las noticias volasen en el pueblo.

Seguía lloviendo sin tregua, así que, al bajarnos de la camioneta, Carol y yo echamos mano de nuestros paraguas. Cuando nos detuvimos bajo el tejadillo para cerrarlos, me fijé en que le habían colocado un gorro de Santa Claus al oso tallado en madera que tenían al lado de la puerta.

El local en forma de cabaña era uno de los puntos de encuentro favoritos. Era un sitio pequeño en el que te rellenaban la taza de café cuando se te acababa y en el que podías conversar con los vecinos. Además, una de las camareras era mi hermana pequeña, Ivy.

La campanita sonó cuando abrí la puerta. La sostuve para que Carol pasase primero.

Al internarme en el local, el olor a bollería me abrió el apetito por arte de magia. Dejé el paraguas en el paragüero de la entrada y colgué el abrigo mojado en el perchero. Luego, saludé con un gesto de cabeza a un par de vecinos y me acerqué a mi hermana, que intentaba colgar una guirnalda de pino sobre la barra.

—¡Jack! —Ivy sonrió al verme—. ¡Hola, Carol! —Soltó el adorno dentro de una caja en la que podía leerse NAVIDAD, y se adelantó para saludarnos.

Le dio un beso a Carol en la mejilla y se volvió para abrazarme.

—¿Qué tal el trabajo? —me preguntó al estrujarme con fuerza—. ¿Muchas salidas o pudiste disfrutar del pavo de Acción de Gracias?

—Tranquilo. Solo tuvimos que salir una vez. ¿Tú qué tal, canija?

—Deja de llamarme así. Ya no tengo seis años —me recordó al apartarse.

—Ya, pero sigues siendo del tamaño de un llavero —bromeé.

Ivy y yo no nos parecíamos en nada. Ella era menuda y más inquieta que un minion, y yo era fuerte y de carácter tranquilo. Lo único que teníamos igual era el color marrón oscuro del pelo.

—Me habéis pillado colocando los adornos navideños —nos dijo a Carol y a mí—. Este año somos los últimos con la decoración.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó Carol.

—Ay, pues ahora que lo decís, sí.

Entre los dos la ayudamos a colgar la guirnalda con lazos rojos y luces en el borde de la barra de madera. Acto seguido, Ivy le entregó a Carol un set de bolas navideñas para que adornase con ellas el arbolito de la esquina. A mí me dio el calendario y un par de guirnaldas artificiales. Colgué la corona de cedro que tenía el efecto de nieve escarchada en la parte exterior de la puerta, y la corona formada por piñas y pequeñas bayas rojas en la interior. Sobre la repisa de roble que estaba al lado de la entrada dejé el calendario que marcaba la cuenta atrás hasta Navidad. El cartel de madera tenía el borde rojo y las letras en blanco. Coloqué las piezas para que rezase: 26 DÍAS PARA LA LLEGADA DE SANTA.

—¡Muchas gracias! —nos dijo Ivy contenta cuando acabamos—. Sentaos y ahora os llevo el desayuno. Hoy invita la casa por haberme ayudado.

Carol y yo nos dirigimos a la única mesa que quedaba libre al fondo del local y nos acomodamos. Desde que le había dado la noticia de Mia su mirada se veía más apagada. Nunca pensamos que quisiese desprenderse de la casa en la que había crecido.

—Bueno… —empecé—. ¿No vas a decir nada?

—¿Te ha dicho por qué quiere venderlo? —me preguntó ella.

—No. Solo me ha comentado que le ha hecho una oferta un tal Blackheart y que va a quedar con él dentro de cinco días.

Su cara cambió en ese instante.

—¿Jim Blackheart? —interrogó, preocupada.

—¿Mia quiere vender el Polaris? —Esa voz estrangulada era la de mi hermana.

Por fortuna, los villancicos sonaban a todo volumen.

—¿Quieres bajar la voz? —le recriminé.

—Perdón. —Ivy puso cara de circunstancia.

Aunque el Polaris Lodge estuviese cerrado tras el incendio, daba empleo a unos cuantos vecinos. Además, varios negocios dependían de él. No quería que se esparciese un mensaje de alarma entre los habitantes de Sunnyside. Necesitaba centrar mi tiempo y mi energía en la reforma y no en calmar las aguas.

Mi hermana colocó delante de mí un plato con un sándwich de mantequilla de cacahuete y mermelada y un café solo. Frente a Carol dejó un trozo de bizcocho de chocolate y una infusión. Después, se puso en cuclillas al lado de la mesa.

—¿Podéis contarme qué está pasando? —Esa vez Ivy habló en un susurro.

Había varias palabras para describir a mi hermana: carismática, insolente, persuasiva y cotilla. La adoraba, pero se iba de la lengua con una facilidad asombrosa. Yo odiaba ser partícipe de las habladurías, pero, teniendo en cuenta que había heredado parte del negocio estrella del pueblo, quería contárselo.

—Venga, no voy a decírselo a nadie —insistió.

Claudiqué y, entre murmullos, le relaté lo que había ocurrido en la lectura del testamento de Douglas.

—Jim Blackheart… El nombre me suena de algo —confesó Ivy, pensativa, cuando terminé.

—No es la primera vez que ese hombre intenta comprar el Polaris —informó Carol.

La observé sorprendido.

—Antes de verano le hizo una oferta a Douglas, pero él la rechazó de inmediato —continuó la mujer—. Estoy segura de que le habrá ofrecido a Mia una cantidad generosa.

—Un momento… —empecé, cayendo en la cuenta—. ¿No es el mismo hombre que compró la casa rural de Dollar Point?

—Sí —asintió Carol.

Ivy abrió la boca horrorizada y entonces lo entendí. Hacía unos años Jim Blackheart compró la casa rural más famosa del pueblo de al lado. La convirtió en un hotel de lujo y, pese a que le prometió al antiguo dueño que mantendría a los empleados, los despidió de manera fulminante. Los huéspedes adinerados se encapricharon de la zona, comenzaron a comprar casas y eso hizo que se encareciese el pueblo. Como consecuencia, algunas familias se vieron forzadas a mudarse y Dollar Point perdió su esencia.

—Jack, no puedes dejar que Mia le venda su parte a ese capullo para que se lo regale a una corporación hotelera —farfulló Ivy convencida.

—Lo sé, tengo que hablar con ella.

En aquel instante, la campanita de la entrada sonó, avisando de la llegada de nuevos clientes, y mi hermana tuvo que ausentarse.

—¿Te ha dicho Mia dónde va a hospedarse estos días? —me preguntó Carol con suavidad.

La casa que había heredado, aquella en la que había vivido con su familia, estaba en la parte trasera del Polaris.

—Imagino que se quedará en el Polaris… —contesté—. Te lo puedo confirmar en un rato, pensaba pasarme por allí para instalar los grifos que faltan.

—Jack, acabas de salir de un turno de trabajo de cuarenta y ocho horas, vete a casa a descansar. Mañana será otro día.

Abrí la boca para protestar, pero ella se me adelantó.

—Seguro que Mia también querrá descansar después de un viaje tan largo. Hablaremos con ella —me prometió—, pero ahora no es el momento.

La miré sin comprender. Para mí, aquel momento era tan bueno como cualquier otro. De hecho, el tiempo corría en nuestra contra. Estaba a punto de decírselo cuando ella agregó:

—La prisa nunca es buena consejera. La muchacha acaba de enterarse de que su padre ha repartido la herencia familiar con nosotros, necesita digerirlo.

—¿Por qué estás tan tranquila?

¿Es que acaso Carol no tenía un nudo en el estómago como yo?

—Porque estoy convencida de que, al final, hará lo correcto. Es testaruda, como lo era su padre, y tiene el corazón igual de grande que lo tenía él —me contestó calmada.

Guardamos silencio unos segundos. La pregunta que quería hacerle a Carol cada vez me pesaba más en el pecho.

—No comprendo por qué Douglas me ha dejado parte del Polaris —apunté.

—Lo hizo para agradecerte todo el tiempo que estabas invirtiendo en ayudarlo. ¿No te avisó?

—No. Solo me dijo que quería compensarme cuando acabásemos, pero pensé que se refería a invitarme a una cerveza, no a incluirme en su herencia.

Carol se limitó a sonreír.

—En cualquier caso, yo le ayudaba porque quería, no porque esperase recibir nada a cambio. —Me sentí en la obligación moral de aclararlo.

—Lo sé, y él también lo sabía.

Cuando dos días atrás recibí la citación para la lectura del testamento, me sorprendió mucho. Tras leerla, sospeché que heredaría algo, pero jamás imaginé que sería parte de su negocio. Y, siendo sincero, lo único que ocupó mis pensamientos fue el reencuentro con Mia.

—Eras una persona muy importante para él —prosiguió Carol con dulzura—. Siempre quiso mucho a tu familia, pero eso ya lo sabes.

Centré la mirada en el café humeante que tenía delante.

El padre de Mia también había sido muy importante para mí. Había estado presente en mi vida desde que era pequeño. Él y mi padre habían sido uña y carne desde el colegio. Douglas fue el padrino en la boda de mis padres, y mi padre lo fue cuando Douglas se casó con Stella, la madre de Mia.

Siempre que se estropeaba algo en el Polaris mi padre, que era el carpintero del pueblo, ayudaba a los Summers a arreglarlo. Falleció en un incendio cuando yo era poco más que un adolescente. Aquel año Douglas me contrató para que le echara una mano durante el verano. Decía que necesitaba a alguien que reparase las pequeñas cosas que se iban rompiendo y que yo había heredado ese talento de mi padre. Siempre he sospechado que me ofreció el trabajo porque sabía que el dinero hacía falta en mi casa. Al terminar el verano, me renovó para darles apoyo en la temporada de invierno. Poco a poco fue encontrando excusas para mantenerme en nómina.

Douglas fue como un mentor para mí, y le estaría eternamente agradecido. Por ello, y por todo lo que representaba el Polaris para mí, encontraría la manera de convencer a Mia de que no se deshiciese de él.

Pausa

Me descalcé en el porche delantero y dejé en la parte cubierta el paraguas, el abrigo mojado y las botas embarradas. Vivía en un lugar tranquilo, rodeado de bosque y de aire puro. Mi casa era modesta, tan solo contaba con una habitación. Todos los muebles los había hecho yo, estaba orgulloso de haber creado un ambiente rústico y acogedor. Había convertido el garaje en un taller de carpintería en el que las horas pasaban en cuestión de minutos. Por las noches cenaba y leía frente a la chimenea de piedra del salón, con la única compañía del chisporroteo del fuego. Las ventanas de la parte trasera daban al antiguo embarcadero, que estaba en desuso, y a las aguas cristalinas del lago Tahoe. ¿Qué más podía pedir?

Nada más entrar, encendí la chimenea. Después, subí a mi habitación y saqué del armario una camisa roja de cuadros y un pantalón vaquero. Me desnudé, eché el chándal reglamentario a lavar y entré al baño para darme una ducha rápida con la que esperaba evaporar a Mia de mis pensamientos.

Era bombero en Sunnyside, lo que se traducía en que trabajaba cuarenta y ocho horas seguidas, en las que me quedaba en la estación por sí había que salir, y luego libraba cuatro días del tirón. Durante el mes de diciembre solo trabajaría uno de cada cuatro, y usaría los que me quedaban de vacaciones para seguir avanzando en la reforma del Polaris. Desde hacía unos meses, al salir del turno, desayunaba en la cafetería y me iba directo al bed and breakfast. Aquel día había contado con hacer lo mismo. Jo­seph me había llamado la tarde anterior para informarme de que había recibido los grifos en su ferretería. Quería ir a por ellos para instalarlos en el Polaris. En ese instante, el recuerdo de la mirada gélida que me había dedicado Mia antes de irse se coló en mi mente. Cerré los ojos y metí la cabeza debajo del agua caliente. Pese a que tenía planes, la voz de la razón se impuso y decidí hacerle caso a Carol. Era obvio que lo último que le apetecería a Mia sería verme, y por ello lo mejor sería dejarle algo de espacio y visitarla al día siguiente.

Pausa

Un poco más tarde, estaba en la cocina, preparándome un té para llevármelo al taller, cuando divisé el coche de policía de Paxton aparecer por el camino de tierra que daba a mi casa. Le di la espalda a la ventana y saqué otra taza del armario para él.

Paxton me conocía desde siempre. Teníamos la misma edad y habíamos crecido juntos. Era la definición andante de la sensatez. Le costaba perder los estribos, pero cuando se ponía serio era implacable. En aquel momento, era policía en Sunnyside y aspiraba a ser el sheriff del condado algún día.

Estaba sirviendo el Earl Grey cuando oí la puerta de la entrada abrirse.

—Buenos días —saludó Paxton.

—¿Qué es eso de que tu exnovia va a venderle el Polaris a una corporación maligna? —Me sorprendió oír el tono malhumorado de Blaze.

—Buenos días, no sabía que tú también ibas a venir. —Alcé la voz sin voltearme mientras vertía el líquido en la segunda taza.

Donde Paxton era tranquilidad, Blaze era todo lo contrario. Su carácter se parecía más a un incendio descontrolado e imprevisible. Tenía un par de años más que nosotros y llevaba solo tres viviendo en el pueblo. Le conocí el día que le trasladaron a nuestro cuerpo de bomberos. Teníamos el mismo turno de trabajo y, antes de que me sumergiese de lleno en la reforma, se pasaba la mitad del tiempo en mi casa. Podía decirse que le veía más que a mi madre, y eso que vivía a diez minutos en coche de ella.

No tenía sentido preguntarles cómo se habían enterado. En el pueblo las noticias corrían tan rápido como la pólvora. Aunque estaba bastante seguro de que las palabras que había usado yo eran «corporación hotelera» y no «maligna».

A mi espalda, el suelo de madera crujió bajo las pisadas de Paxton y de Blaze. Cuando me di la vuelta con las dos tazas de té en la mano, ya tenía delante a mis mejores amigos. Blaze tenía el pelo oscuro aplastado por la lluvia y la sudadera del cuerpo de bomberos mojada. Estaba cruzado de brazos y me observaba con una mueca de desaprobación en el rostro.

—Entonces los rumores son ciertos —comentó Paxton al ver que no contestaba.

Al contrario que Blaze, me miraba con una mezcla de compasión y curiosidad. La placa que llevaba en el pecho de su chaqueta negra relucía bajo los halógenos de mi cocina, y su cabello rubio asomaba por debajo de la gorra bordada del cuerpo de policía.

—No es una corporación maligna —respondí calmado—. Se lo quiere vender a Jim Blackheart.

—¿El que compró la casa rural de Dollar Point y la convirtió en un resort horroroso? —preguntó Paxton, incrédulo.

—El mismo —contesté con un asentimiento.

—Pero ¿cómo puede querer venderle el Polaris a ese cabronazo? —Blaze hablaba indignado.

—¿Seguimos en el taller? —Señalé la puerta con la cabeza.

La cocina no era la parte más espaciosa de la casa. Además, tenía que continuar cortando tablones de madera para llevármelos al Polaris.

Alargué el brazo y le tendí una taza de té a Paxton. Cuando hice amago de darle otra a Blaze, este negó con la cabeza y me sobrepasó para sacar una cerveza de la nevera.

El taller era algo así como mi santuario. Allí podía evadirme labrando la madera. De las paredes colgaban mis herramientas. En el centro tenía un banco de trabajo grande y robusto. El ambiente olía a serrín y a barniz. Nada más entrar me situé detrás de este y ellos se quedaron enfrente.

—Douglas me ha dejado un diez por ciento del Polaris —les informé a la par que sacaba una cinta métrica de un cajón—. A Ca­rol le ha dejado un veinte, y a Mia, un setenta.

Paxton se mantuvo en silencio mientras que Blaze dijo:

—Vamos, que tu ex puede hacer con el Polaris lo que le dé la puñetera gana.

Me mordí el carrillo por dentro al asentir.

—He hablado con ella después de la lectura del testamento —proseguí—. Le he contado que Carol y yo queremos reabrirlo para la temporada de Navidad, y ella me ha dicho que tiene la reunión con Blackheart en cinco días.

—¿En cinco días? —Blaze alzó la voz y se pasó la mano por el pelo castaño—. Tío, habla con ella ya. No puedes dejar que se lo venda a ese cerdo. Tendrá el porcentaje mayoritario y lo tirará abajo para hacer un spa o cualquier mierda para pijos.

—¿Crees que no lo sé? —le pregunté en tono duro.

El lago más famoso de California atraía turistas en todas las épocas del año. El Polaris estaba muy bien localizado: a tan solo diez minutos en coche del lago Tahoe y a pocos minutos de la carretera que subía a las pistas de esquí. En verano se llenaba de gente con ganas de hacer senderismo, desconectar y darse un baño en sus aguas azules. En invierno se abarrotaba de huéspedes aficionados a la nieve y al esquí. Aunque el plato fuerte era la Navidad. La demanda en aquellas fechas señaladas era tal que las reservas se abrían con un año de antelación. Y para eso faltaban tan solo tres semanas…

—Me pasaré a verla mañana… —continué—. Igual cambia de idea si le cuento lo que ha hecho el impresentable de Blackheart en Dollar Point.

—Es una pena que quiera desentenderse de Sunnyside así, con lo feliz que ha sido aquí… —comentó Paxton—. Aunque la entiendo, ya no tiene nada que la ate al pueblo: se ha muerto su padre, hace años que no está contigo y, hasta donde sé, las cosas le van de lujo en Nueva York.

En lugar de contestar me dediqué a medir el trozo de madera que tenía sobre la mesa. Luego, hice varías marcas con un rotulador para saber por dónde tenía que cortar. Cualquier cosa que me distrajera del recuerdo de lo que habíamos sido Mia y yo era suficiente.

—¿Qué tal va la reforma del Polaris? —me preguntó Paxton, cambiando de tema.

—Ya casi está —contesté mientras cogía las protecciones de la estantería.

—Llevas semanas diciendo lo mismo. ¿Qué queda por hacer?

—Un par de cosillas —respondí. Paxton arqueó una ceja—. ¿Quieres una lista?

—Sí.

—Me falta revestir los suelos y las paredes de la sección de las habitaciones. Tengo que hacer las puertas, instalar los grifos de la planta superior, que, por cierto, ya han llegado a la ferretería, amueblar las habitaciones, revisar el sist…

—Pero eso es muchísimo —me interrumpió él sorprendido.

—Qué va, lo hago en nada.

Mis amigos intercambiaron una mirada significativa.

—Te pongas como te pongas, vamos a ir a ayudarte —aseguró Blaze.

Durante el momento en el que guardamos silencio empecé a oír más alto el paso del tiempo de mi reloj de pulsera. Me puse las gafas protectoras para usar la sierra circular. Estaba a punto de colocarme los cascos cuando Blaze dejó su botellín de cerveza sobre mi espacio de trabajo.

—¡Ya sé cómo salvar el Polaris! —exclamó mi amigo—. ¡Eso es!

Por su cara, supe que oiría una idea pésima.

—¿Y si Mia tuviese algo que la atase al pueblo? —Blaze me miraba como si hubiese tenido una idea de un millón de dólares.

—¿Qué estás insinuando? —le pregunté con cautela.

—Estoy insinuando que podrías recordarle lo feliz que era aquí.

Me costó unos segundos entender por dónde iban los tiros. La sonrisa imprudente que me dedicó mi amigo me puso los pelos de punta.

—¡Ni hablar! —Me quité las gafas y negué con la cabeza—. No voy a conquistarla para que no venda el Polaris…

—Bueno, yo no estaba pensando en eso —me cortó Blaze.

—Entonces ¿qué quieres decir? —cuestioné sin comprender.

—Lo que sugiero es que todos seamos majísimos con ella y hagamos que estos cinco días sean tan buenos que no quiera venderlo. —Bordeó el banco y me dio una palmada en el antebrazo—. Aunque, ahora que lo dices, ligártela me parece una idea brillante…

—No contéis conmigo. —Paxton se negó en redondo—. Si soy simpático con ella, será porque me salga natural, y no para conseguir algo a cambio.

Blaze puso los ojos en blanco antes de preguntar un:

—¿Jack? —Sabía que yo jamás accedería a algo así, por eso añadió—: Ten en cuenta que es por el bien de todos.

Me quedé un instante pensativo.

Creía que, si Mia vendía el Polaris, a la larga se arrepentiría. Aunque, si se había marchado y nunca había regresado, sería porque en Nueva York era más feliz, ¿no?

Suspiré.

Todo aquello era un lío enorme.

Lo único que tenía claro era que si la gestión del Polaris caía en las manos equivocadas, Sunnyside correría la misma suerte que el pueblo colindante. Si había algo que pudiese hacer para evitar que eso sucediese, debía intentarlo.

—¿De verdad te lo estás planteando? —Un Paxton incrédulo interrumpió el hilo de mis pensamientos—. Jack, no puedes hacerle eso.

—¿Y ella sí puede putearnos vendiendo el Polaris? —le contestó Blaze.

—Estamos hablando de Mia, la conoces de toda la vida… —continuó Paxton, mirándome—. ¿No crees que ya ha sufrido bastante?

Paxton había sido testigo de todas las fases de mi relación con Mia; desde que empecé a fijarme en ella cuando era un adolescente, pasando por las tardes en las que le decía: «Eh, Pax, ¿sabes qué? Algún día me casaré con esa chica», siguiendo con la ruptura devastadora hasta llegar al funeral de su padre, cuando ella no quiso ni hablarme.

Mi amigo tenía razón. Si me acercaba a Mia con ese fin, sufriríamos ambos. Tenerla de mi lado era fundamental, pero no quería usarla. Prefería ser sincero.

 —Voy a hablar con ella ahora mismo —aseguré—, pero nada más. No voy a engatusarla ni nada de eso.

Tenía fe en que bajo esa mirada distante y desconfiada todavía estuviera esa mujer cálida, creativa, amable y nostálgica dispuesta a escucharme, porque no tenía ni un segundo que perder.

3

Mia

Conduje por la carretera principal de Sunnyside mientras le daba vueltas a lo que me había dicho Jack. Tenía la cabeza hecha una maraña de pensamientos: el cabreo, la confusión y la incredulidad campaban a sus anchas por mi mente. Primero, me enteraba de que no era la única heredera del Polaris, y luego, de que Jack y Carol querían reabrirlo antes de Navidad y prácticamente a mis espaldas.

Sentí una punzada amarga en el pecho.

En realidad, no sabía de qué me sorprendía. Solía pensar que Jack era un hombre de palabra y me llevé una sorpresa desagradable cuando, tras seis años de relación, me demostró lo contrario.

Ambos habíamos fantaseado mil veces con irnos a vivir a Nueva York. Cuando tenía veintitrés, me surgió la oportunidad de mudarme allí para escribir en una revista. Antes de que aceptase el trabajo, Jack y yo trazamos un plan: primero iría yo de avanzadilla, y él solicitaría plaza en el cuerpo de bomberos de Nueva York según terminase la academia. El problema fue que, cuando acabó, se comprometió a arreglarle el tejado a la señora Green. Luego llegaron las grietas en las paredes de la casa de los White. Al terminar, se puso manos a la obra con la valla de la granja de los Smith. Y si no era eso, se había roto algo en el Polaris.

Yo intentaba ser comprensiva, todos aquellos trabajos más el sueldo que le pagaba mi padre le permitirían mudarse conmigo. Tras meses de espera en los que él encontraba excusas para retrasarlo, la distancia comenzó a causar estragos en la relación. Cada vez hablábamos menos y algo iba marchitándose poco a poco en mi interior.

Los días previos a nuestro reencuentro fueron los peores. Después de siete meses sin vernos, yo regresaba a casa para pasar las navidades y él estaba más distante que nunca. La situación me entristecía y enfadaba a partes iguales.

Me presenté en Sunnyside por sorpresa, un día antes de lo previsto, y descubrí que mi padre estaba saliendo con la mejor amiga de mi madre. Encontrarme a Carol en la cocina del Polaris preparando las famosas galletas navideñas de mi madre y cantando villancicos con mi padre como si nada fue un golpe duro de encajar. Yo seguía llorando su pérdida y ¿él ya la había reemplazado?

Dolida, acudí a Jack en busca de consuelo. Enterarme de que él ya lo sabía y que llevaba meses ocultándomelo, fue la gota que colmó el vaso. Esa traición se me clavó en el corazón como un puñal y sacó a la luz la frustración que llevaba meses acumulándose.

Jack era la persona en la que más confiaba, la que nunca me mentiría y la misma que, pese a haberme prometido que estaríamos juntos siempre, todavía me tenía esperando en Nueva York. Había llegado el momento de tener la conversación. Le echaba de menos y la situación se había vuelto insostenible. Con los ojos llenos de lágrimas, le pregunté si tenía intención de mudarse. Cuando me dijo que acababa de comprometerse con otra reforma y que le habían ofrecido una plaza como bombero en Sunnyside, me sentí la chica más tonta del mundo. Estaba cansada de luchar sola por una relación que ya no tenía futuro. El peso de la traición me parecía imperdonable, así que rompí con él.

Tras confirmar que más gente estaba al tanto de la relación de mi padre con Carol me sentí muy tonta. Esa misma noche, me marché de Sunnyside y juré no volver. Con el paso del tiempo las aguas se calmaron entre mi padre y yo, pero Carol siempre fue un tema tabú entre nosotros y uno de los principales motivos por los que nunca regresé.

Y ahí estaba, cinco años después, observando a través de la ventanilla el pueblo que me había visto crecer. Estábamos a finales de noviembre y Sunnyside se preparaba para las fiestas. Casi todos los vecinos tenían una guirnalda colgada en la puerta, figuras del soldado de El cascanueces, de Santa Claus y los renos o bastones de caramelo gigantes desperdigadas por los jardines delanteros. Los escaparates de las tiendas estaban repletos de regalos envueltos y las farolas lucían lazos rojos. Allí todo el mundo se tomaba la Navidad tan en serio como para poner hasta cuernos de reno en el coche.

Al llegar a las afueras, giré a la derecha para coger un acceso secundario, dejando el lago Tahoe a mis espaldas. El Polaris estaba en medio del bosque, cerca de la carretera que subía a lo alto de la montaña. Para llegar, tenía que conducir varias millas por aquel camino de tierra rodeado de pinos y de campos silvestres.

El cristal frontal comenzó a empañarse, dificultando mi visión. Pulsé el botón que quitaba el vaho y subí la calefacción porque me estaba congelando. La lluvia caía sin descanso, y el parabrisas chirriaba por encima de la voz de Olivia O’Brien, que versionaba «Complicated», una de mis canciones favoritas de Avril Lavigne.

En cuanto vi el cartel de madera rectangular que rezaba con letras blancas POLARIS LODGE y debajo BED AND BREAKFAST, reduje la velocidad.

El Polaris no tardó en quedar a la vista. El cielo gris se cernía sobre él, dándole un aspecto fantasmagórico. Me sobrecogió ver el jardín delantero vacío y descuidado. Normalmente por esas fechas mi padre ya habría hecho el despliegue de luces y figuras navideñas.

El edificio era una casa grande de estilo rústico que imitaba una cabaña, con las fachadas de madera oscura y los techos inclinados de tejas verde musgo. Estaba dividido en dos secciones de distintas alturas. La izquierda, que era donde se encontraban las áreas comunes como la recepción o el comedor, y la derecha, que era más alargada, ya que albergaba las habitaciones de los huéspedes repartidas entre las dos plantas. Todas ellas contaban con su respectivo balcón desde el que admirar el bosque y la montaña.

El incendio había tenido lugar a finales de junio.

Mi padre me contó que el fuego se había originado en la cocina por una fuga de gas y que se había expandido rápidamente hacia la derecha del edificio, con lo que afectó a las habitaciones de los huéspedes en su totalidad. Tanto es así, que esa sección se derrumbó pasto de las llamas. El simple recuerdo de las fotos que me envió me produjo un escalofrío. Aquel día, se me rompió el alma al ver mis raíces arder. Al principio, me aseguró que no tenía nada de lo que preocuparme porque el seguro cubriría los gastos de la reforma. Luego, me dijo que tenía que pedir un pequeño préstamo para pagar la parte que no cubría el seguro y que, tan pronto como la reforma terminase, el Polaris reabriría sus puertas por todo lo alto y con ello recuperaría el dinero invertido. Dos meses después, falleció a causa de un infarto repentino.

Conforme me acercaba, los árboles dieron paso a un claro y pude observar el bed and breakfast al completo. Desplacé la vista hacia la derecha y me encontré con que habían reconstruido la sección de las habitaciones. En la esquina del inmueble todavía había colocado un andamio, y parte del tejadillo estaba recubierto con un plástico.

Paré el coche en el aparcamiento de tierra, justo frente a la entrada de recepción. El viento y la lluvia me azotaron sin clemencia cuando me bajé. Eché a correr por el caminito de piedra y temblé de frío. El aire era puro, olía a tierra mojada y a vegetación.

Cuando subí los escalones del porche se me puso la piel de gallina y se incrementó el ritmo de mis latidos. Me detuve en la parte cubierta y miré alrededor. Alguien había quitado las mecedoras y el felpudo con el logo del negocio. En el suelo había marcas blancas de lo que parecía ser la rueda de una carretilla y huellas de pisadas.

Durante unos segundos, permanecí allí plantada, con la vista clavada en la puerta.

Cogí el pomo vacilante y me temblaron las piernas cuando empujé la madera. Al adentrarme en la recepción, me chocó que no me envolviese el aroma a flores frescas ni a galletas. Respiré hondo y arrugué la nariz por el olor a polvo.

—¿Hola? —pregunté a la oscuridad—. ¿Hay alguien?

Nadie contestó.

Lo único que rompía la quietud era el sonido de la tormenta.

Tanteé la pared en busca del interruptor; cuando se hizo la luz, me quedé impactada. Aquella era una de las partes que había sobrevivido al fuego y esperaba encontrarla tal cual la recordaba. Sin embargo, aquella estancia fría distaba mucho de la recepción llena de vida de mis recuerdos. Las paredes estaban vacías, y el suelo, recubierto de un papel protector de color marrón.

El mostrador de admisión seguía estando a mano izquierda, y la chimenea de piedra, a la derecha. Habían retirado todos los muebles y en su lugar había una carretilla, una escalera abierta, multitud de tablones de madera apilados y cajas.

Imaginé que así debió de sentirse Anastasia cuando regresó al castillo de los Románov de adulta. En mi caso, nadie cantaba «Una vez en diciembre». No sentí la calidez de volver al hogar, ni vi a los fantasmas de mis seres queridos bailar a mi alrededor, pero sí que un millón de recuerdos danzaron por mi cabeza. Vi a mi padre atendiendo a los huéspedes con una sonrisa detrás del mostrador mientras mi madre les ofrecía sus famosas galletas, visualicé una versión más joven de Jack subido en la escalera y cambiando una bombilla de la lámpara en forma de araña, y también me vi a mí, sonriendo y escribiendo en un rincón.

Sentí que el techo se me venía encima. El nudo que me oprimía la garganta se ciñó aún más alrededor de mi campanilla. De pronto, la copia del testamento que guardaba en el bolsillo pesaba una tonelada.

Al ser consciente de que una sensación desoladora se estaba apoderando de mí, decidí refugiarme en la seguridad de mi habitación. La casa de mis padres estaba ubicada en la parte trasera de la propiedad y conectaba con la recepción por un pasillo. Para acceder a ella tenía que cruzar la puerta que estaba tras el mostrador de admisión.

El papel que recubría el suelo crujió bajo mis pies e intensificó el ruido de mis pisadas.

Me escurrí tras el mostrador y el corazón se me hundió un poco más dentro del pecho; la foto de mi familia que colgaba de la pared ya no estaba.

Abrí la puerta y me enfrenté a un pasillo oscuro. De pequeña, lo atravesaba corriendo porque creía que lo habitaba un fantasma. Cuando se lo conté a mi padre, él lo llenó de fotos nuestras. Creía que al verlas no me daría tanto miedo pasar. Su estrategia funcionó desde el primer momento.

Encendí la luz y di un paso al frente. Las paredes estaban desnudas, lo único que quedaba de mis recuerdos eran los ganchos que habían sujetado los marcos.

En aquel instante, la realidad recayó sobre mí: estaba sola en un lugar al que jamás podría volver a llamar hogar. Ese pensamiento me hizo detenerme. Mi padre me había contado que la casa no se había visto afectada por el incendio. Allí dentro todo debería seguir como siempre, pero que me estuviese agobiando no era buena señal. Había días en los que aquello todavía me parecía una pesadilla horrible.

De repente, me sentía una extraña y estaba asustada. Cuando entrase en casa, el peso de la palabra «huérfana» recaería sobre mí, y no estaba preparada para ello.

Con los ojos empañados, retrocedí lo andado y traspasé la recepción en sentido opuesto. Prefería ver cómo estaba el resto del Polaris antes de decidir dónde soltar mis pertenencias.

Intentando serenarme, me dirigí a la sección de las habitaciones. En aquel pasillo había cajas y listones de madera por todas partes. Anduve con cuidado de no pisar nada y me asomé al primer cuarto. Los techos no eran muy altos y faltaban por colocar algunos tablones de madera en las paredes. En el centro había una cama con la colcha azul oscura, al lado una mesita de noche y una lámpara de pie en un rincón. La ventana daba a la parte trasera; desde ahí se veía el bosque de pinos y la montaña al fondo.

Eché un vistazo a las habitaciones contiguas; todas estaban vacías. El panorama en la planta superior era peor; la mayoría tenían los suelos y las paredes sin revestir y ni siquiera tenían puertas.

Regresé a la única estancia amueblada de la planta baja. Era la más cercana a la recepción. Aquel espacio sería perfecto para pasar la noche. Al día siguiente, ya vería qué hacer.

Dejé la bolsa de viaje y la chaqueta sobre el colchón y pasé al baño. Era pequeño y tenía un plato de ducha. Solté el neceser y la toalla sobre la encimera de madera clara y me desvestí.

Bajo el agua reviví la lectura del testamento, visualicé la cara perpleja de Jack y también pensé en lo que sentiría mi madre al ver el estado del Polaris. Llegado un punto decidí que, como no tenía ganas de lidiar con nadie más, compraría provisiones y pasaría los días siguientes encerrada, escribiendo.

Poco después, salí del baño envuelta en una toalla. Necesitaba desahogarme, así que llamé a Chelsea. En Nueva York eran tres horas más y se había cogido el día para aprovechar el Black Friday, por lo que supuse que estaría a punto de pillarla comiendo.

—Hola —saludé con voz apagada cuando descolgó.

—Uy… Estás fatal —adivinó—. ¿Qué ha pasado?

Tenía el superpoder de detectar mi estado de ánimo con tan solo una palabra. Ella era mi mayor apoyo en Nueva York. Nos conocimos el día que entré a trabajar en la revista. Se ofreció a enseñarme la ciudad y enseguida nos hicimos inseparables.

—Me he encontrado con Carol y con Jack en la lectura del testamento.

Ella ahogó una exclamación por encima del ruido del tráfico.

Chelsea estaba al tanto de todo. Además, ella fue la que me acompañó al funeral de mi padre y quien se encargó de hacer de guardaespaldas para que nadie se me acercase.

—Mi padre me ha dejado un setenta por ciento del Polaris —dije mientras caminaba descalza por la habitación. Era una de esas personas que no podían estarse quietas al hablar por teléfono—. El resto está dividido entre Carol y Jack.

—¡No me lo puedo creer!

—Yo tampoco —confesé derrotada—. ¿En qué estaba pensando? ¡Esto era nuestro, algo que hizo con mi madre! —El enfado resurgió en mi interior—. ¿Cómo ha podido dejarles una parte a ellos?

—No lo sé. Que le deje algo a Carol todavía…, pero a Jack no lo entiendo.

Puse el manos libres y solté el teléfono sobre el colchón para buscar algo de ropa en la bolsa.

—Imagino que Jack y él estaban más unidos que cuando me fui —continué—. Hasta donde sé, estaba ayudando a mi padre con la reforma… Aun así, me parece indignante…

—Claro que es indignante. Y un poco raro. Muy unidos tenían que estar para ponerle como heredero al Trono de Hierro.

En otro momento, me habría reído de la broma.

—Ah, y no te lo pierdas —comenté al tiempo que me embutía en los vaqueros—. Jack me ha cogido por banda después de la lectura y me ha dicho que sigue reformando el Polaris porque Carol y él quieren reabrirlo para Navidad. ¿Te lo puedes creer?

—¿Qué dices? ¿Y qué vas a hacer?

Había pasado muchas noches en vela pensando qué destino darle al negocio de mi familia y había llegado a la conclusión de que no tenía sentido reabrirlo sin mis padres. El Polaris era suyo. Era su trabajo, su vida y su sueño. A mí me dolía estar ahí. Ya no me quedaba nadie en Sunnyside. Además, mi vida estaba en Nueva York, donde tenía una carrera literaria que retomar. No podía hacerme cargo de aquello y abandonar el sueño por el que tanto había luchado. Lo mejor para mí era venderlo y cerrar aquel capítulo de mi vida.

—Venderlo —contesté, poniéndome la camiseta blanca—. No quiero estar aquí sin mis padres y tampoco quiero que regenten su negocio Carol y Jack. Además, el Polaris tiene una deuda de cuatrocientos mil dólares. A mí me tocaría pagar unos trescientos mil…

—¡Madre mía! —Chelsea elevó tanto la voz que agradecí no tener el teléfono pegado a la oreja—. Pero ¿tu padre no te dijo que lo pagaba todo el seguro?

—Resulta que el seguro no lo cubría todo. Por eso tuvo que pedir el préstamo…

—Tú no tienes tanto dinero, ¿no?

—Claro que no. —Saqué la cabeza por el cuello del jersey verde botella.

Mi carrera como escritora de novela romántica estaba despegando. En verano había entrado en la lista de los más vendidos de The New York Times por primera vez, pero con el dinero que había ganado hasta el momento no estaba ni cerca de poder cubrir esa cifra.

—¿Y puedes vender tu parte igualmente? —quiso saber.

—Supongo que sí.

Hacía unos días Jim Blackheart, un inversor inmobiliario, se había puesto en contacto conmigo. Me habló sin paños calientes y me dijo que, gracias a sus contactos, sabía que mi padre había pedido un préstamo y que tendría lugar la lectura del testamento. Igual que yo, él también había asumido que sería la única heredera y me había hecho una oferta para comprar el Polaris y la deuda que tuviese, según sus palabras textuales: «Sea la cantidad que sea».

—Debería llamar a Jim —reconocí—, aunque imagino que el dinero no es un problema para él. Supongo que también querrá comprar las partes de Jack y Carol.

Me senté en el colchón para ponerme los calcetines más gorditos que tenía.

—¿Ya le has dicho a Jack que quieres venderlo?

—Sí. Ya sabes cómo soy. Se lo he soltado en cuanto he podido. Por su cara, no se lo esperaba.

—¿Cómo estás después del reencuentro con él? —se interesó Chelsea.

Cerré los ojos y agradecí que mi amiga no me viese la cara.

—Bien —intenté fingir indiferencia.

—Mia, venga ya... Has vuelto a hablar con tu ex, después de cinco años, y ¿no tienes nada más que decirme?

Guardé silencio unos segundos y claudiqué con un suspiro.

—Nos hemos chocado y le he tirado el café.

—¿Como en una comedia romántica?

—No. Las comedias románticas son divertidas y entrañables. Este reencuentro ha sido lo contrario… En realidad, no tengo claro cómo me siento. Se me ha removido un poco todo. Esta situación es una mierda. No quiero volver a cruzármelo, Chelsea.

—Me imagino… Bueno, piensa que solo tienes que aguantar unos días. Antes de que te des cuenta estarás en un avión rumbo a Nueva York y volverás a casa. Intenta ver el lado positivo; puedes tomarte estos días como unas minivacaciones en la montaña. Puedes aprovechar para pasear a orillas del lago, leer mientras respiras aire puro y descansar.

Inspiré hondo.

Todo eso sonaba muy bonito.

—Me encantaría, pero tengo que avanzar con el manuscrito. De hecho, he pensado comprar algo de comida y encerrarme a escribir.

—Es un buen plan, eso siempre te ayuda.

—¿Qué tal tus compras del Black Friday? —le pregunté para cambiar de tema.

—Bien. He arrasado en Urban Outfitters y en Victoria’s Secret. Ahora voy a pasarme por la librería, te mando una foto con los libros que tengan en oferta.

—Vale. Genial. Por cierto, he avanzado Los siete maridos de Evelyn Hugo en el avión.

—Mia, ¿te has vuelto a saltar las metas?

—Puede. —Me reí ante su tono de fingida indignación.

—Yo no sé por qué seguimos haciendo lectura conjunta si siempre haces lo que quieres.

—Que conste que también he visto una peli para no seguir avanzando el libro.

—¿Cuál has visto?

Cualquiera menos tú.

—¿Otra vez?

—No eres la más indicada para hacer esa pregunta. La habrás visto unas mil veces.

—Cierto… La culpa es del rostro precioso de Glen Powell.

Solté otra risita.

—Bueno, te dejo, anda, que voy a ver si me paso por el supermercado —le dije.

—Llámame si necesitas algo.

—Lo haré. Te quiero.

—Y yo a ti.

En cuanto nos despedimos, me encaminé a la cocina del Polaris. Estaba pegada a la sección de las habitaciones y se accedía a ella a través de la recepción. Era enorme y la habían reformado al completo; habían mantenido los tonos neutros y el estilo rústico de su predecesora. Había una isla de madera clara en el centro, a juego con la encimera y con las vigas que estaban a la vista. Las tres ventanas que había sobre la encimera daban al bosque de pinos de la parte trasera.

Me adentré en la estancia para inspeccionar los cajones y los armarios. Allí encontré todos los utensilios necesarios para cocinar. En la nevera había varios botes de mermelada casera de arándanos, mantequilla de cacahuete, beicon, huevos y leche fresca. En el armario encontré varias cajas de té Earl Grey, un paquete de café y pan de molde. Sobre la encimera descansaba una bolsa de rafia llena de las manzanas favoritas de Jack: verdes y ácidas. Aquel rastro de alimentos era el indicador de que él pasaba por ahí con regularidad. Un recuerdo de él sentado en el porche, comiéndose una manzana y sonriéndome, me vino a la mente.

«¿Ya estás pensando en él otra vez?».

En ese instante se me ocurrió preparar galletas de mantequilla. La repostería era algo que solía hacer con mi madre y que me relajaba. Seguir una receta al pie de la letra me ayudaría a alejar la mente de Jack y del testamento.

Salí de la cocina esperando no encontrármelo en el supermercado.