cap-2

Prólogo

Condado de Tolosa

Las gotas de lluvia caían como puntas de flecha, de manera espesa y pesada. El viento del este entraba de costado por las calles de Tolosa, así que nadie osaba salir de su hogar. Una figura caminaba descalza, oculta tras un manto con el que se protegía a duras penas de la tormenta. Llamó al portón del templo de San Saturnino. La puerta de madera se entreabrió lentamente y detrás apareció un joven monje con hábito blanco, de rostro sereno, facciones angulosas y con la tonsura marcada en su cabello. Tenía la mirada apagada y los labios delgados, como si solo fueran un boceto inacabado. Dejó pasar al visitante y volvió a cerrar.

—Os están esperando —pronunció con un susurro de voz, y avanzó por la nave central.

El nuevo invitado le siguió por el templo sin mediar palabra. El eco de sus pisadas rebotaba en los sillares de los muros y un frío húmedo penetraba hasta los huesos. Los frescos de las paredes apenas se distinguían en la oscuridad. No obstante, una pintura mural iluminada por un cirio cercano captó la atención del viajero. Representaba a un toro subiendo una escalinata que estaba tirando a su vez del cuerpo de un hombre atado por los pies y con una mitra de obispo en la cabeza.

—El martirio de san Saturnino, el primer obispo de nuestra ciudad —comentó el monje blanco al verle interesado.

Él sabía perfectamente quién era el santo martirizado en época romana. Los paganos de Tolosa quisieron obligar al obispo a sacrificar un toro en honor de Júpiter. Sin embargo, él se negó. Los idólatras lo castigaron atándole al toro y picaron a la bestia para que corriera por las escalinatas del templo del dios romano. El cuerpo de san Saturnino fue despedazándose a lo largo de la carrera del animal. Cuando este se detuvo, el santo quedó muerto, desfigurado y abandonado, hasta que unas piadosas mujeres se compadecieron de él y lo enterraron en una profunda fosa. Un siglo después, hallaron su tumba y allí mismo se construyó una pequeña capilla con sus reliquias que fue transformada en el inmenso templo por el cual ahora caminaban.

Llegaron hasta el altar mayor, donde se abría una escalinata que conducía a una cripta. El joven monje le hizo un gesto para que descendiera, mientras él permaneció en la nave central. Con una luz tenue, el visitante bajó uno a uno los estrechos escalones de piedra hasta llegar a una sala cerrada con sencillas bóvedas de crucería. Avanzó unos pasos y vio frente a él la reliquia que contenía la cabeza del santo.

—Me alegro de que hayáis podido venir, Domingo de Guzmán. —Las palabras emanaban de la oscuridad.

—Es difícil negarse a una invitación de Arnaldo Amalarico, abad del Císter y legado papal —contestó mientras se quitaba el manto calado de agua y lo dejaba junto a una ménsula.

—Espero que este clima tan húmero y distinto al de Castilla no afecte a vuestra salud —comentó el legado papal, un hombre voluminoso, con una mirada pétrea e imponente.

—Llevo muchos años predicando por estas tierras y más al norte. —Domingo de Guzmán se secó las manos en su hábito—. La lluvia ya me es tan familiar como el sol que me vio nacer.

Otro clérigo apareció tras él. Sus pupilas azuladas, casi grisáceas, brillaban en un rostro agraciado y con una melena que reposaba en sus hombros.

—Bienvenido a Tolosa —saludó el nuevo personaje, que portaba un anillo refulgente en su mano.

—Obispo, siempre es un honor visitar vuestra ciudad. —Domingo de Guzmán se agachó para besar la joya, tal y como ordenaba el protocolo eclesiástico.

—Ya estamos los tres. —Arnaldo Amalarico tomó el mando—. Tras la muerte de mi compañero, ahora soy el único legado del santo padre en el Languedoc. Os he convocado aquí para informaros de que la cruzada ya está en marcha. En breve, su eminencia Inocencio III enviará el edicto, y hombres de todos los reinos de la cristiandad vendrán a luchar por Cristo.

—Excelente noticia. —El obispo de Tolosa abrió los brazos mostrando las palmas de sus manos para después juntar las yemas de los dedos a la altura de los labios.

—Me hubiera gustado no tener que llegar a este punto —añadió Domingo de Guzmán con gesto triste—, he intentado por todos los medios predicar en estas tierras la palabra del Señor.

—Pero ha sido inútil. Estos malditos herejes no escuchan —intervino Arnaldo Amalarico con determinación—, hacen más caso a esos perfectos cátaros que a los sacerdotes católicos. Y yo me pregunto: ¿por qué? ¿En qué nos hemos equivocado? ¿Qué hace que las gentes de estas tierras abracen esas enseñanzas del demonio?

—El origen del mal —musitó el monje castellano.

El obispo de Tolosa y el legado papal clavaron su mirada en el recién llegado.

—Esa es la clave de todo, el origen del mal —insistió con firmeza.

—¿Qué estáis diciendo? —El obispo de Tolosa, perplejo, parpadeó dos veces.

—¡El origen del mal! —exclamó Guzmán más efusivo—. Este mundo en que vivimos es cruel, las gentes pasan hambre, mueren de extrañas enfermedades, hay guerra, odio y muerte. Nosotros, los sacerdotes, somos los encargados de darles la paz a sus almas; afianzar su fe, asegurarles que existe Dios, un Dios bueno. Y que, si obedecen las Santas Escrituras, Él lo tendrá en cuenta el día de su muerte.

—Es una forma demasiado peligrosa de resumir la sagrada función del clero, ¿a dónde queréis ir a parar? —inquirió el obispo.

—Que ellos, en su ignorancia, se preguntan: si hay un solo Dios, ¿cuál es el origen del mal? ¿Quién es el responsable de su sufrimiento? ¿Ese mismo Dios que les decimos que es bueno y misericordioso? ¿Él es también el culpable de su dolor?

—El origen del mal… —repitió el obispo de Tolosa.

—Si son buenos cristianos, ¿por qué Dios los castiga?

—Ese no puede ser el motivo de que la herejía esté descontrolada y campe a sus anchas en el Languedoc, Domingo. —Arnaldo Amalarico dio varios pasos por el firme de la cripta hasta el relicario de san Saturnino.

—Discrepo.

—¿Cómo explicáis que en otras regiones cristianas la herejía apenas haya penetrado y, en cambio, aquí cabalgue sin control alguno?

—Porque aquí han encontrado una respuesta a esa pregunta.

—¡Qué! —exclamó el obispo.

—Lo que oís.

—Si eso es verdad, la Iglesia entera está en peligro —afirmó enérgico Arnaldo Amalarico—. ¿Y por qué aquí y no en ningún otro lugar?

—Por un libro —contestó Domingo.

—¿Qué tontería es esa? Un libro son solo palabras sobre papel.

—La Biblia es un libro, obispo —intervino Arnaldo Amalarico.

—¿No pretenderéis compararlos?

—No es la primera vez que un libro nos trae problemas. Pero Domingo, ¿a qué libro os referís? No pensaréis realmente que existe ese… —Arnaldo Amalarico se mordió el labio inferior—, ¿verdad?

—Sí.

—Eso lo explica todo, con su ayuda han podido persuadir a la nobleza, instruir a su clero y tener los argumentos para convencer al pueblo. —El obispo de Tolosa hablaba con temor en la voz—. Un libro puede ser muy peligroso.

—Eso es cierto —asintió Arnaldo Amalarico—, el conocimiento no puede estar al alcance del común, conocer es poder. Y el poder solo debe permanecer en manos de la Iglesia. No podemos dejar que cualquiera lea un libro; ni ese ni ningún otro.

Un tenso silencio inundó la cripta.

—Debemos encontrarlo y destruirlo.

—¿Cómo lo hacemos? —inquirió el obispo de Tolosa.

—¡Como sea! Si es necesario, quemaremos todo el Languedoc para que arda entre sus llamas —continuó el legado papal, que clavó su mirada en el relicario del santo—. La santa cruzada limpiará esta tierra de herejes, ya veréis. Debemos estar en marcha nada más comenzar el verano. —Puso su mano sobre la cabeza de san Saturnino—. Obispo, mientras tanto encargaos de combatir la herejía.

—¿Y cómo? Domingo ya nos ha explicado que la predicación no funciona con esos herejes.

—¡Con miedo! Cuando se siembra bien, este siempre crece y da frutos. Si no quieren a la Iglesia, entonces ¡que la teman!

PRIMERA PARTE
La cruzada

1209

1
Martín

Al norte de los Pirineos

Martín había dejado atrás su vida anterior para abrazar la de la lectura y la copia de manuscritos. Una labor que le apasionaba y con la que había descubierto la predilección por los libros y el conocimiento.

Y sin embargo, aquí estaba, cruzando los Pirineos por el paso de Viella.

Las razones que le habían sacado de su retiro eran irrechazables. Nadie en su lugar hubiera podido negarse. Así que cumplía su deber, pero no sus deseos.

Tenía frío, estaba cansado y molesto. Esto no era lo que anhelaba. Hacía ya varios años que se había retirado al monasterio de Poblet, lejos del mundanal ruido y cerca del mar, para trabajar como escribano en su scriptorium. Porque lo que más le reconfortaba de esta vida era la lectura.

Tras varias jornadas había llegado a las tierras del condado de Foix, los Pirineos quedaban atrás, como gigantes durmientes de cabeza blanca. El valle del Ariège era abrupto y con frondosos bosques de diversas especies de pinos. Descendió hasta abandonar las montañas y alcanzar la ciudad de Foix, amurallada y coronada por un esbelto castillo con tres torres, la mayor de ellas de planta circular. La población era bulliciosa y si dejaba volar su imaginación le llevaba a la Jaca de su niñez. Los montañeses no se diferenciaban mucho de los jaqueses y entre sus calles repletas de puestos de comida y pieles recordó sus primeros años de vida.

Qué lejos estaban ya.

Resultaba todo muy similar; solo el pelo corto y la barba rasurada de los hombres los distinguía de sus iguales del otro lado de los Pirineos.

Tenía que buscar una casa frente al castillo con una cruz curvilínea cuyos brazos finalizasen en tres puntas, representada solo por su contorno y terminada en círculos rellenos.

No le costó dar con ella. Se trataba de una casona de dos alturas, con el tejado a cuatro aguas. En la entrada había una estantería con albarcas de varios tamaños. Dentro del portal se disponían más estantes con botas y otros calzados. Llamó con tres golpes. La puerta se entreabrió y unos ojos castaños le miraron fijamente. Él sacó de su bolsillo un amuleto en forma de pata de oca que le habían entregado cuando le explicaron que debía dejar sus libros y salir de los muros del monasterio.

«¡Maldito sea ese día!».

La puerta se abrió lo suficiente para que pudiera entrar. En su interior, la casa tenía un amplio salón que disponía de chimenea. Allí reunidos había más de veinte hombres y mujeres, de largos cabellos y pies descalzos, que le miraron con expresión de sorpresa.

—Qué mala época nos ha tocado vivir para que tengamos que saludarnos con señas secretas si queremos sobrevivir. ¿Quién sois? —dijo un anciano, con una poblada barba y vestido de negro.

—Me llamo Martín. —No esperaba aquel recibimiento, así que a continuación sacó de nuevo la pata de oca.

—¿Quién os ha dado ese objeto? —preguntó el mismo hombre.

—Mi maestro antes de morir, y me dijo que podía venir aquí. ¿Vosotros sois…?

—Buenos hombres —se adelantó sin dejarle tiempo para terminar la frase.

—Yo quiero serlo. Mi maestro no pudo enseñarme mucho, murió al poco de acogerme —mintió Martín, que sentía cómo era observado por todos los presentes.

—Me alegro de que hayáis hecho tan largo camino para ello. —El anciano se acercó a él para verlo mejor y le cogió de los hombros—. Yo soy Antoine, perfecto de esta comunidad que vive en este valle de lágrimas, en este mundo de los sentidos. ¿De dónde sois?

—Del reino de Aragón, nací en Jaca —confesó entre dudas sobre si era correcto decirlo.

—He oído hablar de esa ciudad, pasad. Sentaos cerca del fuego. —El anciano le aproximó una silla que había junto a una tabla sobre caballetes que hacía las funciones de mesa—. Venís de muy lejos, estaréis cansado.

Martín saludó al resto de los presentes con un movimiento de la mano y una inclinación.

—Quiero aprender vuestras enseñanzas —se apresuró a puntualizar.

—Bien, pero no tan rápido; todo a su debido tiempo. Hugonet —el perfecto llamó a un hombre fornido que trabajaba en un cesto de mimbre en una esquina del salón—, por favor, daremos de comer a nuestro nuevo amigo.

Observó a aquellos hombres y mujeres. No vio mal alguno en sus rostros, al contrario, le llamó la atención que rebosaban una paz inmensa.

¿Por qué le habían advertido de que eran tan peligrosos?, se preguntó Martín.

2
Marie

Condado de Foix

El patio de armas del castillo se hallaba concurrido aquella mañana y los soldados del conde se esforzaban en sus prácticas con la espada. Se trataba de su guardia personal, cuarenta caballeros escogidos entre los más fuertes y valientes de sus territorios. Hombres fieles a la casa de Foix, hábiles con la espada y diestros montando a caballo. A su lado, unos veinte arqueros divididos en dos compañías hacían blanco en unas dianas colocadas sobre montones de paja. Estaban dirigidas por un gigantón de pelo rubio que llevaba un alargado arco curvo. Todo era agitación en la fortaleza. El propio conde de Foix revisaba las prácticas de sus infantes; se diría que se preparaban para una guerra.

No todos los entrenamientos sucedían en el patio de armas. En la azotea de la torre del homenaje, a más de cuarenta varas de altura, una pareja de caballeros cubiertos con sendos yelmos luchaban entre ellos. Se veían distintos a los integrantes de la guardia del conde, los dos combatientes eran de menor estatura, delgados y de complexión mucho más sencilla. No portaban pesadas armaduras, sino unas cotas de malla ligeras. Las espadas también eran diferentes, cortas y livianas, muy alejadas de las pesadas armas de los montañeses. Los ejercicios que practicaban eran de otro tipo: cintas, giros, tretas y siempre en constante movimiento. Nada que ver con los lances directos y agresivos de los infantes. Uno de ellos, el más delgado, atacó con habilidad intercambiando golpes sin descanso, haciendo retroceder a su adversario. En el último momento realizó un giro sobre sí mismo y se agachó para esquivar el contraataque de su rival, que perdió levemente el equilibrio al no encontrar donde impactar con su espada. Su contrincante le golpeó en el hombro y, acto seguido, se quitó el yelmo y dejó ver su rostro; era un hombre de tez morena y pelo rizado, con grandes ojos y una barba recortada.

—Muy bien.

—Pero si me habéis vuelto a ganar —lamentó mientras recuperaba la respiración. Y también se deshizo del yelmo, sin embargo, esta vez no era un hombre, sino una mujer la que surgió del anonimato. De largos cabellos recogidos en trenzas, con una mirada asimétrica, oscura y azulada al mismo tiempo.

—Marie, está bien que sepas defenderte, pero por mucho que estemos en el Languedoc, eres una mujer. No vas a combatir como un caballero nunca. Lo entiendes, ¿verdad? Esto es solo un divertimento.

—¿Y tampoco voy a poder ser lo suficientemente buena para ganaros?

—Recuerda que en los escombros del fracaso se encuentra la sabiduría con la que cimentar la victoria.

—Menos palabrería y empecemos de nuevo.

—De eso nada, hemos terminado por hoy —concluyó el maestro de armas.

Ambos se asomaron al almenado de la torre, desde donde se divisaba toda la ciudad de Foix y parte de los alrededores, en especial el valle del Ariège. La población había crecido mucho en las últimas décadas, ya que el comercio fluía sin parar. Aunque no estaba en la principal vía de comunicación entre las ciudades del Mediterráneo como Béziers, Narbona o Montpellier, su proximidad a Carcasona, Mirepoix y Tolosa la habían hecho prosperar.

—¿Habéis estado al otro lado de las montañas? —preguntó la joven dama.

—Sí, hace años. Foix llega hasta los Pirineos, en la otra vertiente de esos montes se encuentra el condado de Urgell, vasallo de Pedro de Aragón. Más al este se halla el de Barcelona y, más al oeste, el reino aragonés. Ya hace casi ochenta años que se unificaron formando la Corona de Aragón de la que Foix es también vasalla. Al conde le une una amistad personal con el monarca.

—Es su señor.

—Quizá el Languedoc tenga un único señor. Mientras tanto, seguirá siendo una tierra sin rey.

—El Languedoc es codiciado por todos.

—Así es, y todo lo que hay en su territorio. Pero también nos tienen miedo. —El hombre cambió el gesto de su rostro—. Ahora debo irme. Evita en lo posible ese giro de pie tan arriesgado y que tanto te gusta hacer. Dejas desprotegida la cabeza durante un instante. Si en combate adivinan ese movimiento, estás totalmente expuesta.

—Pero si nunca voy a combatir… Soy una mujer, ¿recordáis?

—Por si acaso, si Dios no lo quiera, ¡no hagas ese movimiento! ¿Me he explicado bien? —El maestro de armas la atravesó con la mirada.

—Disculpadme, no lo volveré a hacer —mintió la joven de la mirada bicolor.

3
Sébastien

Centro del reino de Francia

El sol brillaba con fuerza. Su padre y él llevaban largo tiempo soñando con ir a Tierra Santa. Sabían de lo duro y peligroso del viaje, sin embargo, no había nada que desearan más que unirse a una nueva llamada militar de la Iglesia. Cinco años atrás, su padre intentó acudir a la Cuarta Cruzada, en Oriente. Embarcó en Marsella rumbo a Messina, y desde allí hasta Chipre. No tuvo éxito. La cruzada cambió de objetivo y atacó Constantinopla. Él quedó aislado a las puertas de Jerusalén. Para volver al puerto de Marsella se alistó como marino en una galera veneciana. Tardó meses en saldar sus deudas y cruzar el Mediterráneo de vuelta a casa.

Por suerte, Dios había sido misericordioso y la nueva cruzada no se había convocado contra los sarracenos de Oriente, sino a escasas jornadas de distancia de su hogar, al sur del reino de Francia. Sin duda era una oportunidad que no podían desaprovechar. Todo el que se uniera a la llamada contra los herejes recibiría indulgencias y la remisión de sus pecados, no solo para ellos sino también para los seres queridos que llevaran en sus pensamientos. Qué mejor presente para toda su familia, especialmente para su madre, que había quedado al cuidado de sus tres hermanos pequeños en Île de France.

Aquella noche dormirían cerca de Montpellier, a una jornada de Béziers. Eran decenas de miles los voluntarios que, como ellos, se habían unido a la cruzada.

¡Resultaba tan emocionante!

Al llegar a la ciudad las puertas estaban cerradas y numerosos soldados las vigilaban. Al parecer su señor, el rey de Aragón, había prohibido la entrada de los cruzados. Extraña actitud para un católico la de no dar cobijo a un ejército de la Iglesia.

Y él maldijo a ese monarca, porque fue complicado encontrar un lugar donde dormir fuera de Montpellier. Por fortuna era verano y no había que preocuparse por el frío o la lluvia. Así que no les importó hacerlo al raso, en un cerro cercano a la ciudad. Lucía una noche típicamente estival, con un cielo despejado donde las estrellas brillaban con fuerza.

—Sébastien, ¿en qué constelación estaba hoy el sol? —preguntó su padre.

El muchacho miró al cielo y levantó la mano para dibujar de forma imaginaria la posición del astro rey durante el día. Dudó unos instantes, hasta que estiró el dedo índice señalando un lugar concreto en la infinidad del universo.

—Muy bien, pero no me has dicho qué constelación es.

El joven situó sus dos manos en el cielo y marcó dos estrellas centrales, como si fueran unos ojos; después, trazó a cada lado de ellas y, a mayor distancia, dos líneas que se inclinaron levemente hacia arriba y que terminaban en otras estrellas. Luego volvió a las dos estrellas centrales y dibujó otras dos líneas más largas, en dirección contraria a la anterior y de manera oblicua, hasta que se unieron a otros puntos de luz.

—Qué difícil, padre —respondió Sébastien—, creo que es la constelación del Cangrejo.

—Así es, se trata de una de las más complicadas. Sus estrellas apenas se aprecian —corroboró el antiguo marino—. Las dos primeras son los ojos; las otras dos, las pinzas; y las últimas, las patas del animal.

—¿Y qué significan? —inquirió el muchacho.

—Eso no lo sé —admitió su padre sonriente—, yo solo la aprendí para orientarme en el mar. Quizá no quieran decir nada.

—Hay gente que las interpreta, que lee el futuro en ellas.

—¡Tonterías! No te acerques nunca a esos adivinos y magos —advirtió su progenitor—. Una cosa es que te enseñe a leer las estrellas para que sepas orientarte y otra muy distinta que creas esas blasfemias. Dios ha dispuesto que el hombre se valga de los astros para medir las estaciones, los días y los años. No hables nunca con quien practica la adivinación, ni agorero, ni sortilegio, ni hechicero, ni mago ni quien consulte a los muertos, porque es abominación para con Dios cualquiera que hace estas cosas.

—Pero, padre, las estrellas tienen que existir por alguna razón, ¿por qué no para ayudarnos?

—¿Qué te he dicho, Sébastien? —Por primera vez su padre subió el tono de voz—. Para tomar una decisión, el cristiano verdadero no se fundamenta en averiguar si las estrellas están o no en posición favorable, ni cree en que la fecha y día de su nacimiento determina su carácter. Dios es el que tiene el control de todas las cosas y es Él quien nos ha dado inteligencia y capacidad para afrontar las situaciones de la vida y ser buenos hombres —afirmó cada vez más enfadado—. Quizá no hice bien en enseñarte. Ahora vamos a dormir, mañana nos espera una dura jornada.

Sébastien no dijo nada más. Conocía a su padre, sabía cuándo era mejor callarse y esperar a que las aguas volvieran a su cauce. Aquella noche se durmió contemplando la cúpula celeste, dibujando en su pensamiento todas las constelaciones que conocía e imaginando historias y leyendas sobre ellas. Aunque su padre no lo sabía, había indagado y preguntado en su ciudad natal por el significado de las constelaciones a los adivinadores que había siempre en el mercado. Ellos le habían contado increíbles historias, que él guardaba en secreto en su mente como auténticos tesoros.

4
Martín

Condado de Foix

Desde su llegada, Martín aprovechaba cada resquicio de tiempo para investigar y averiguar los secretos de aquellos hombres y también de la ciudad, gobernada por el conde de Foix. Un caballero que había participado en la última cruzada contra Tierra Santa, la cuarta que se realizó. Y que contaba con una buena mesnada de caballeros montañeses, duros y valientes. Había oído decir a unos campesinos que sus huestes tenían poco que ver con otras del Languedoc, en especial con las del acomodado conde de Tolosa. Los hombres de este se mostraban más predispuestos a participar en torneos y cortejar a las damas de la nobleza siguiendo las reglas del llamado «amor cortés», que a luchar en campo abierto.

—El conde de Foix ha colaborado con la cruzada contra los cátaros —le dijo un comerciante de cera—. Fue durante los meses de julio y agosto; sin embargo, en septiembre cambió de opinión y se enfrentó militarmente a los cruzados.

—¿Y eso? —inquirió Martín.

—Porque no son cruzados, sino invasores —respondió.

—¿Eso pensáis? —Martín se sorprendió de aquella respuesta.

—Eso piensan todos aquí.

En una de las comidas, cayó en la cuenta de que no había probado carne desde su llegada y preguntó a Antoine dónde había caza en aquellas montañas.

—Además de los votos de pobreza y de continencia, junto con la promesa de practicar todas las virtudes cristianas, no comemos nunca alimentos cárnicos y vivimos del trabajo de nuestras propias manos, como ordenaba san Pablo. —Antoine parecía ser un hombre de una paciencia infinita—. Ayunamos tres días por semana, durante los cuales solo nos alimentamos de pan y agua. Así purificamos nuestro cuerpo. Nos sometemos a cuaresma en tres periodos del año: Navidad, Pascua y Pentecostés.

—El trabajo manual es para los laboratores, no para la nobleza y el clero.

—Nosotros valoramos el trabajo, no lo consideramos infame. Mirad esta casa, es un lugar abierto, de paso. Acogemos a todo el que lo pide y no demandamos nada a cambio. Queremos, mejor dicho, debemos vivir de nuestro propio esfuerzo, sin limosnas ni diezmos.

—¿Y los nobles?

—Si quieren ser buenos hombres, también deberán trabajar. Aquí tenéis el ejemplo. —Señaló a una mujer de piel pálida, casi transparente, con el pelo rubio y desgastado, de aspecto vulgar, que arrancaba malas hierbas en el jardín detrás de la casa—. Su padre poseía títulos y tierras, sin embargo, ella está aquí con nosotros. Trabajando como cualquier otro.

—Es increíble —dijo abrumado Martín—. En vuestra casa hay nobles y siervos y comparten la mesa juntos.

—Para Dios todos somos iguales.

—Sí, es verdad. Lo que sucede es que yo no lo había visto antes en ningún otro lugar.

—Entonces es que no habéis estado en los sitios adecuados. No importa cómo o dónde haya nacido uno en este mundo, sino lo que somos en el otro. —Antoine miró a Martín a los ojos—. Debéis entender que no creemos en la violencia, por lo tanto, la nobleza no tiene que protegernos, ni luchar ni cazar animales. No admitimos tal práctica, nuestros cuerpos son prisiones de carne para nuestro espíritu. Igual que nuestra alma ha sido encerrada en un cuerpo de hombre o mujer, también puede serlo en uno animal.

Sin decir nada, Martín tragó saliva.

—Solamente podemos comer peces que, como bien sabéis, nacen de forma espontánea en los lugares con agua, sin copulación alguna.

Gentes que no comían carne; clero y nobleza trabajando con sus manos, creencia en la transmigración de las almas. No podía creer todo aquello. Sus ideas suponían destruir la estructura social, puesto que con ellos ni la nobleza ni el alto clero eran necesarios. Empezó a entender por qué resultaban tan peligrosos para Roma. Pero necesitaba saber más.

—¿Quién es el jefe de vuestra Iglesia?

—No hay sumo pontífice.

—¿Y el consolamentum en qué consiste exactamente? He oído hablar de él.

—Veo que estáis interesado y sois curioso —comentó el perfecto—. Es la recepción del Espíritu Santo consolador. Solo se puede recibir cuando se acepta la religión o cuando se muere.

—¿Es como el bautismo?

—No aprobamos que se bautice a niños que no saben el significado de ese sacramento. El consolamentum solo se practica a adultos, a petición expresa y si son dignos de él. Para ello deben superar antes un periodo de prueba.

Martín no dejaba de sorprenderse ante la coherencia de las palabras del perfecto y comprendió pronto por qué aquella herejía tenía tanto éxito. Además de la casa cátara, recopiló información de la ciudad de Foix.

En sus calles abundaban los trovadores, que recitaban canciones en lengua de oc, un idioma hermoso y armonioso, casi musical. Él no tenía problemas para entenderlo. Hablaba el aragonés, el catalán, la lengua de oíl de los francos, el provenzal y el latín. Y con su tío había aprendido algunas palabras de árabe, hebreo y portugués en los libros. Siempre había tenido facilidad para el aprendizaje de lenguas. Pero sin los escritos que su tío le había proporcionado cuando era un niño, nunca hubiera podido conocerlas.

El joven jaqués descubrió con sorpresa que el Languedoc era una tierra bella, impregnada de felicidad, de historias de amor, de juglares, de hombres y mujeres que vivían en paz. Y no el terrible lugar que se describía en las iglesias de su tierra, corrompido y decadente, para incitar a los católicos a unirse a la cruzada.

Precisamente, la actitud de las mujeres del Languedoc fue uno de los rasgos que más le sorprendieron. En Foix, hombres y mujeres eran tratados por igual. Había numerosas damas jóvenes sin marido y también viudas. Solo existían matrimonios antiguos, pero por lo que podía sospechar aquello no impedía que yacieran con otros hombres. Sin embargo, Antoine le había explicado que la procreación suponía traer nuevas vidas a este mundo material y corrompido. Por tanto, era un acto que te condenaba a proseguir la penitencia. Por mucho que el sexo se considerara pecaminoso, la realidad era que la mayoría no parecía cumplir con la castidad. A diferencia de la Iglesia católica donde se ocultaba, aunque era sabido que hasta los papas tenían hijos y amantes; aquí, en cambio, se trataba todo con naturalidad.

Él entendía lo difícil que resultaba la castidad y más en Foix. Las mujeres del Languedoc eran hermosas y con la piel pálida. Parecían dulces y a la vez cariñosas y amables. A pesar de ello ninguna había prendido su corazón.

Con el tiempo Martín fue poco a poco teniendo más autonomía en la casa. La mayor diferencia con el resto de los habitantes era que él no salía a predicar con sus compañeros, por lo que en muchas ocasiones se quedaba solo en ella, encargado de cuidarla y limpiarla.

Uno de esos días alguien llamó a la puerta y al abrirla se encontró con una preciosa joven que vestía una saya ajustada con cordones a ambos costados y con el arranque de las mangas en los hombros. Parecía más un adorno de tela que una manga. Las llevaba enrolladas en torno al brazo hasta el codo, dejando colgar la bocamanga. Su pelo lucía suelto y era negro como la noche. Esto último le perturbó. Él no estaba acostumbrado a ver aquel tipo de cabello en una mujer de Aragón. Allí las damas se recogían el pelo con recato en una toca, como mandaba la decencia y el decoro. En su tierra, estaba mal visto llevarlo suelto, ya que tal costumbre se relacionaba con la lujuria.

Los ojos de la dama también le sorprendieron. Eran extraños, uno oscuro y el otro claro. Sus mejillas estaban sonrojadas por el frío y sus labios eran gruesos y coloridos. La luz de la calle la iluminaba como a una princesa. Por un instante, él no supo qué decir y se quedó petrificado.

—¿Está Antoine? —preguntó la visitante con una voz dulce. La dama no obtuvo respuesta—. Puedo volver más tarde si no se encuentra en la casa ahora.

—No.

—Ah, bien, gracias. —La dama retrocedió para marcharse y su espléndida melena brilló bajo el sol hipnotizando a Martín.

—Perdona, ¡no! Quiero decir sí, ¡sí está! —El aragonés dio un par de pasos al frente.

La joven no pudo contener la risa, que contagió a Martín.

—Entonces ¿sí está? —preguntó ella con cara de no entender nada de lo que balbuceaba el muchacho.

—No, ha salido de viaje.

—¿Quién eres? —inquirió la dama con una expresión que evidenciaba cierta sorpresa y curiosidad—. Nunca te había visto antes por aquí.

—Soy Ma-Martín —tartamudeó nervioso.

—Hablas de una forma curiosa, ¿de dónde eres? —La muchacha se acercó de nuevo.

—Soy aragonés, de Jaca —contestó de manera más firme.

—Así que aragonés. ¿Y vives aquí?

—Sí, he venido hace unos días, estoy aprendiendo del perfecto.

—Me alegra que abraces nuestra fe. —La dama se dio la vuelta—. Dile a Antoine que marcho hoy a la casa del libro.

—¿La casa del libro? —inquirió confuso Martín.

—Sí, tú solo dile eso, él lo entenderá.

—Pero… ¿qué significa?

—Me gusta tu forma de hablar, es agradable —se rio ella mirándole fijamente.

Nunca ninguna mujer antes le había mirado así, y Martín se sintió confundido y contento al mismo tiempo.

—Entra, por favor. Puedo hacerte compañía mientras regresa.

—Debo irme, los míos salen ya —explicó, e hizo una mueca graciosa que dejó entrever que sí le hubiera gustado quedarse con Martín.

—¿No puedes esperar un poco?

En ese momento la llamó otra joven que la aguardaba a escasos pasos.

—Parece que no… —dijo él y sonrió—. ¿Es tu hermana?

—Sí… ¿cómo lo has sabido?

—Os parecéis mucho —contestó él nervioso.

—Hasta pronto, Martín. —Se marchó sin decir nada más.

Escuchó pronunciar su nombre y fue como si cada letra que susurraban aquellos labios se transformara en una caricia. Se quedó confuso y aturdido el resto de la mañana, durante la cual ayudó a cuidar a los niños de la casa y trabajó la tierra que había detrás, hasta que el perfecto volvió.

—Ha venido una joven a veros —le informó con una estúpida sonrisa en su rostro en cuanto lo vio.

—¿Quién?

Martín no se atrevía a explicar la belleza de la dama y no dijo nada.

—¿Era hermosa acaso? —preguntó sonriente Antoine.

—Sí, quiero decir, un poco —se contradijo y luego añadió—: Supongo que sí lo era.

—¿Morena?

Martín asintió.

—¿No tendría cada ojo de distinto color? —inquirió el anciano.

—Creo que sí. —Sabía perfectamente cómo era, aunque quiso disimularlo.

—¿Lo creéis? No es un rasgo demasiado frecuente. Por vuestra forma de actuar, deduzco que se trata de Marie. Es sobrina de un hombre de armas del conde.

—Me ha dicho que iba a la casa del libro.

—¿Ahora? —Antoine torció el gesto—. Espero que tenga cuidado.

—¿Por qué razón?

—Por… supongo que por nada. —Le dedicó una falsa sonrisa—. Venid, hoy os explicaré más sobre nuestra fe.

Pero el resto del día Martín solo pudo pensar en la joven. Nunca le había sucedido nada parecido, ¿por qué sería?

5
Sébastien

Dominios del Vizconde de Trencavel

Los cruzados se despertaron al alba. Había ganas de alcanzar el grueso de la cruzada. Tras acudir a una improvisada misa que dieron los numerosos clérigos que los acompañaban desde París, comieron los escasos víveres que aún les quedaban y salieron pronto hacia el sur.

Caminaron con buen paso toda la mañana. Formaban un grupo heterogéneo; la mayor parte eran francos, gente pobre pero que parecía honrada y devota. Algunos hombres iban acompañados de sus mujeres y niños, algo que al padre de Sébastien se le antojaba poco recomendable. La guerra no es buen lugar para críos, y un ejército tampoco lo es para mujeres.

Siguieron avanzando, cruzaron un vado y ascendieron una suave loma.

—Sébastien, ahí está Béziers. El primer objetivo de la cruzada —anunció su padre, un hombre de rostro expresivo, con abultadas cejas y ojos penetrantes. No demasiado alto, pero sí dotado de una notable corpulencia. Sin arrugas en la frente y con una barba poco poblada.

El joven miró con entusiasmo la ciudad que se abría ante sus ojos, rodeada de una larga muralla salteada por sobresalientes torres, con tejados rojizos en las casas y al fondo el azul del mar. Poco a poco su mirada se fue tornando más precavida y desconfiada.

Sébastien era diferente a su progenitor. Esbelto, pero falto de corpulencia física, si bien gozaba de movimientos ágiles y rápidos. Imberbe y con el cabello largo, sus ojos destacaban por ser de color miel con tonos verdosos, en recuerdo de los de su madre.

Nunca había estado en una batalla. Él, como su padre, era un humilde campesino. Vivían cerca de París, junto al Sena. No poseían tierras en propiedad y tenían que arrendarlas; además, no resultaban demasiado productivas y la última cosecha había sido mísera. Así que la cruzada también suponía una oportunidad de obtener algo de dinero con el que volver a casa y pagar las numerosas deudas acumuladas. No eran los únicos que pensaban en el botín, pues la mayoría de los ribaldos que los acompañaban hablaban sin cesar sobre las riquezas del Languedoc durante toda la travesía. Aseguraban que las ciudades del sur eran prósperas y que sus habitantes escondían valiosos tesoros en sus casonas. Todos esperaban hacer fortuna en aquella llamada del Señor. Ellos no; cogerían solo lo que se les ofreciera, nada más. Habían acudido a la santa cruzada por su fe.

—Es mejor que vayamos hacia el río —comentó uno de los hombres que habían venido con ellos desde París—. Allí cerca hay un puente que lleva a una de las puertas de la ciudad. Con suerte quizá se empiece el asalto por ahí y podamos entrar pronto, antes de que los caballeros se aseguren todo el botín para ellos.

—Algo nos dejarán —interrumpió el padre de Sébastien.

—Si por ellos fuera, no nos darían nada. Pero les seremos útiles en el asedio. Están cómodos sobre sus caballos, deseando que haya una batalla campal. Eso sí, en el asalto de una ciudad los que nos acercamos a las murallas bajo una lluvia de flechas y piedras somos nosotros. Los caballeros y sus mesnadas solo esperan a que se abran las puertas para entrar.

—Pues entonces vayamos a ese puente. —E hizo un gesto a su hijo para que avanzara—. ¿Cómo os llamáis?

—Gerond —contestó. Era un hombre de similar edad a la del padre de Sébastien. Con los ojos hundidos y la nariz respingona, conservaba abundante pelo y vestía una saya azulada. Parecía saber de lo que hablaba.

—¿Creéis que será fácil entrar? —preguntó Sébastien inquieto.

—Costará porque cuenta con poderosas fortificaciones y varios millares de habitantes en condiciones de defenderla —contestó Gerond—. Pero si encontramos un punto débil por donde poder abrir brecha, una vez dentro, los pobladores no tienen nada que hacer ante semejante ejército.

Sébastien había crecido con las historias de la cruzada de su padre y de tantos hombres que le acompañaron. Ahora podía ser partícipe de esas hazañas y que fueran otros los que las escucharan. El Languedoc no era Tierra Santa, pero era tierra de herejes.

Qué feliz estaba, dispuesto a dar su vida por la cruzada. ¿Qué más podía pedir el hijo de un campesino?

6
Martín

Condado de Foix

Subieron los escalones de madera que daban al segundo piso. Antoine abrió la puerta de una sala al fondo; luego acercó la vela a un cirio más grande que había sobre la mesa y la estancia se iluminó.

Era una auténtica biblioteca. Martín repasó con la mirada los códices y manuscritos que se apilaban en los estantes. Le vino a la mente el scriptorium de la catedral de Jaca o el del monasterio de Poblet.

El joven no pudo reprimirse y cogió uno de los volúmenes más grandes. Lo abrió y pudo comprobar que eran textos en latín, si bien desconocía su origen.

—Son traducciones de libros griegos que se conservan en Oriente —explicó el perfecto—. Han llegado hasta aquí gracias a la ayuda de los comerciantes de Narbona y también de la Lombardía. Gran parte del saber antiguo se perdió en Occidente, pero se preservó en Oriente. Hay buenos hombres que están traduciendo los textos griegos al latín para recuperarlo.

—Una fascinante labor —repuso Martín mientras seguía hojeándolos.

—Y peligrosa —añadió Antoine—. No todos quieren que la sabiduría salga a la luz.

—No os entiendo. ¿Por qué se iba a impedir tal cosa?

El perfecto calló y pasó sus dedos por algunos de los volúmenes, como si pudiera sentir lo que había escrito en su interior con solo tocarlos.

—Son textos no canónicos, prohibidos por la Iglesia —aclaró al fin el anciano.

El rostro de Martín se estremeció.

—Aristóteles, Orígenes, incluso de san Agustín cuando era joven —comentó Antoine mientras cogía uno de ellos—. Observad este. Se trata de la Ascensión de Isaías. Es un apócrifo del siglo II, traducido al latín de una obra griega proveniente de Tracia.

Martín acarició la rugosidad de la encuadernación y sintió el peso de las palabras que guardaba. Lo abrió y leyó algunos párrafos. Fue como si las letras tomaran relieve y se alzaran sobre las hojas de pergamino. Aquellos textos encerraban una amplia sabiduría.

—Necesitaría tiempo para poder leerlo con el detenimiento que merece.

—Su primera parte relata el martirio de Isaías, encarcelado y serrado en dos por orden del Manasés, hijo del rey de Judá. Al inicio de la segunda parte, que narra la ascensión del profeta, se explica la cosmogonía del universo con sus siete cielos. Lo más interesante es la continuación, que habla de la visión de Isaías una vez que ha llegado al séptimo cielo. —Antoine se detuvo—. Os advierto que está repleta de referencias no admitidas por Roma. En su visión, Isaías asegura ver a Jesús a quien reconoce como hijo de Dios Padre, por lo que es distinto e inferior. Dios se hace adorar por él, así como el Espíritu Santo, y le da órdenes.

—¡Eso es una blasfemia para la Iglesia! Destruye la Trinidad, ¡dice que Jesús no es Dios!

—Sí, ya os lo advertí. Cristo solo se encarnó en apariencia, es un ángel que toma únicamente la forma humana. —El perfecto dejó el texto al comprobar la cara de miedo de Martín.

—¿Y este? —El joven reaccionó y señaló otro de los libros.

—El Interrogatio Johannis, más conocido como La Cena Secreta. Es una copia de un texto que está en Carcasona y que a su vez reproduce otro que se encuentra en Concorezzo, en el Milanesado. En realidad, se trata de una traducción del original que proviene del reino de Bulgaria, donde se creó una comunidad religiosa llamada los bogomilos.

—¿Qué dice el texto? —Martín no podía reprimir su curiosidad.

—Es una de las bases de nuestras creencias —empezó a explicar el perfecto—. Se inicia con una cosmogonía que representa la organización del mundo celestial, con Dios y sus ángeles. A continuación, se relata la caída del más elevado de esos ángeles y la creación del mundo material, incluidos Adán y Eva. En los siguientes capítulos habla de Jesús y, por tanto, de la salvación. Y al final relata cómo será el fin del mundo.

—Parece… una pequeña nueva biblia.

—En cierto modo lo es, una alternativa a la de la Iglesia —afirmó el perfecto, que seguía repasando el libro—. Está escrita como un interrogatorio del apóstol y evangelista Juan, durante una cena secreta en el reino de los cielos.

—La Iglesia nunca habla de estos textos.

—Bueno, muchos de ellos sí son citados por los padres de la Iglesia, que los conocían muy bien. En los primeros siglos del cristianismo era frecuente leerlos y debatir sobre ellos, circulaban libremente. En aquella época la Iglesia buscaba la verdad, la salvación del hombre. —Se detuvo y miró fijamente a Martín—. Ahora solo busca el poder, está corrompida. Nunca admitiría un texto que moviera ni uno solo de los pilares donde se asienta su situación de privilegio.

»Leer es el mayor de los dones del hombre, la lectura es lo único que puede salvarnos. Los soldados tienen sus espadas, nosotros tenemos los libros.

»Martín, desde que te vi por primera vez sentí que eras especial —admitió Antoine, tratándolo con familiaridad—. Tienes el don de la perspicacia y un ansia infinita de aprender, y no es usual. Cuestionas cualquier tema y esa es la principal cualidad que te puede llevar a alcanzar la verdad. Piensa que todos nosotros somos unos ignorantes, solo Dios lo sabe todo.

»Eres crítico y eso es loable. Sé que nuestra fe te atrae, aunque a la vez tienes dudas. Hay algo que todavía te impide ver la luz con claridad, una sombra que se cierne sobre ti y que me intentas ocultar. Por ese motivo te enseño todo esto, porque creo que estás destinado a grandes metas y Dios te necesita a su lado.

El perfecto se dirigió al ventanal y metió la mano por detrás de la estantería, ante la cara de curiosidad de Martín. Al instante extrajo un libro poco ostentoso de un escondite que debía de haber en la pared y lo dejó sobre la mesa. Lo abrió por el principio y el joven se acercó intrigado para ver de qué se trataba. Posó sus ojos en él e intentó leerlo.

—Este texto está escrito en lengua romance.

—Así es —asintió el perfecto, que permitió que Martín siguiera leyendo en la lengua de oc.

—¿Es un texto religioso? —murmuró el joven—; no consigo identificarlo.

—No me extraña, es un tratado. El tratado de los buenos hombres.

—Queréis decir que es un texto que explica vuestra religión.

—Así es. Nuestras creencias, liturgia y fe.

El aragonés empezó a comprender la importancia de aquel libro.

—Y escrito en lengua de oc —puntualizó Antoine—. Son veinte páginas que resumen nuestra fe y su liturgia. Para que el pueblo pueda leerlo y entenderla.

—Si la Iglesia católica lo descubre os quemarán por ello. ¿Cuántos más como este existen?

—En realidad este es un resumen —respondió Antoine dando un gran suspiro—. El texto completo se conoce como el Libro de los Dos Principios y está en…

—¿En dónde? —insistió Martín.

—Lo que pensamos que era un lugar seguro. Ahora el ejército de la Iglesia romana se aproxima y temo que pueda apoderarse de él.

—¿La casa del libro? ¿Ese es el sitio a donde iba la joven que vino a veros el otro día, Marie?

—Me temo que sí… Los acontecimientos se han precipitado de forma inesperada, joven amigo —confesó, y la voz se le tornó triste—. Estos libros son las únicas fuentes de nuestra fe. Si nosotros desaparecemos, ellos deben sobrevivir. ¿Lo entiendes?

La pregunta le cogió desprevenido. ¿Por qué se la hacía?

El perfecto le mantuvo la mirada.

«¡Lo sabe!», pensó Martín.

Antoine le había descubierto. No había otra explicación. Pero entonces ¿por qué se lo contaba? ¿Qué sentido tenía revelárselo?

El cátaro se dio la vuelta y abandonaron la sala. Martín temió que en cualquier momento le lanzara una acusación, pero no lo hizo. Y regresaron a la rutina del día.

De hecho, nada cambió después de aquella revelación. Lo cierto es que Martín empatizaba cada vez más con aquel hombre que tanta paz y esperanza le transmitía. Con el pasar de los días en Foix entendía menos por qué eran perseguidos con saña por la Iglesia. Pero la existencia de aquel libro abría un abismo. Si esos textos se popularizaran, mucha más gente se uniría a la nueva fe.

—¿Por qué la Iglesia es tan violenta con los buenos hombres?

—Esa misma pregunta se la hace mucha gente —respondió el perfecto sosegadamente—. La Iglesia no es más que un grupo de hombres que dicen hablar en nombre de Dios. En realidad, son unos ambiciosos que ostentan un poder absoluto: el de la fe. El papa Inocencio III quiere que sea también militar y político. Y todo poder absoluto para no debilitarse, y por tanto perdurar, necesita inventarse adversarios a los que perseguir. A veces son los musulmanes, otras los judíos y ahora somos nosotros. La existencia de un enemigo común, una amenaza palpable para todos sus súbditos, hace más fuerte a la Iglesia. Consigue que los suyos se reagrupen y que los indecisos se unan a ella.

—Pero en el fondo vuestra fe sí es un peligro para Roma.

—Nosotros no atacamos a nadie. A la Iglesia le interesa siempre exagerar el enemigo —advirtió el perfecto—. ¡Herejes! ¿Sabes lo que significa la palabra herejía?

—Es griega.

—Sí, has acertado —dijo Antoine—. Significa aquel que puede elegir en libertad, eso es un hereje.

7
Sébastien

Béziers

Llevaban días apostados junto a las inmediaciones del puente de madera. Las siluetas de los defensores en las murallas ya se habían vuelto familiares durante la interminable espera. La puerta se hallaba fuertemente protegida por dos torres rectangulares. Los muros eran altos, pero Sébastien y su padre confiaban en entrar; no en vano formaban parte del ejército de la Iglesia. Dios estaba de su lado.

Un par de horas más tarde, las mesnadas de los caballeros norteños se encontraban listas para luchar. Los ribaldos esperaban las órdenes de los nobles para iniciar el asalto. Había corrido la voz de que el líder de la cruzada, el legado papal, había enviado como emisario al obispo católico de la ciudad para conseguir la rendición y la entrega de los cátaros que se refugiaban allí. Les había prometido que, si así lo hacían, la ciudad no sufriría daño alguno. La respuesta no tardó en llegar.

—¿Qué dicen? —preguntó el padre de Sébastien a Gerond, que venía de hablar con los sacerdotes que acababan de celebrar una misa.

—¿Tú qué crees? El obispo le ha contado al legado papal que los señores de Béziers no están dispuestos a entregar la ciudad ni a ninguno de sus habitantes. Han dicho que se dejarían ahogar en la mar salada antes de consentir tales proposiciones. Que prefieren morir como buenos hombres que vivir como cristianos de Roma.

—¡Herejía! —vociferó un individuo a una docena de pasos de ellos—. Béziers es un nido de herejes. ¡Debemos eliminarlos a todos!

El resto de los hombres respondió con gritos, al tiempo que alzaban sus armas y vitoreaban al improvisado orador.

—¡Cruzados! Por Jesús Nuestro Señor, ¡debemos acabar con esos herejes! —Aquel hombre que hablaba parecía dispuesto a tomar él solo la ciudad.

Sébastien ignoraba quién era. No debía de haber venido con ellos desde París porque le habría reconocido. No era posible pasar desapercibido con una cicatriz como la que recorría su mejilla. Por mucho que el pelo largo cubriera su rostro, no podía disimularla.

Mientras, frente a la ciudad, la poderosa caballería cruzada tomó posiciones. Su movimiento, con el golpeo de las armaduras y los pertrechos, hacía temblar la tierra. Los caballeros del norte montaban sus imponentes destriers, vigorosos sementales que valían más que muchas villas y cuya misión era acelerar en el último instante de la carga para desarbolar por completo las líneas enemigas. Sin embargo, en un asedio resultaban poco efectivos y su presencia era más bien intimidatoria.

Los varios centenares de sacerdotes que acompañaban a las huestes cruzadas empezaron a bendecirlos. Ningún cruzado debía entrar en combate sin estar en paz con Dios. Las trompetas sonaron y los clérigos se apresuraron a terminar la breve misa lo antes posible. En los rostros de los hombres arrodillados se percibía una mezcla de miedo y orgullo, sabedores de que podían morir, pero también de que si lo hacían serían recompensados por Dios, que los había llamado para la lucha.

—Es una locura atacar la ciudad. —Gerond resoplaba contrariado—. El duque de Borgoña no lo permitirá. Es un experimentado general, la máxima autoridad militar en este ejército. Él es quien aporta el mayor número de caballeros y sabe que es prematuro iniciar el asalto.

—¿Por qué?

—Sébastien, un poco de respeto —le corrigió su padre—. Gerond es mayor que tú y sabe de lo que está hablando.

—Dios agradece vuestras palabras, pero recordad que no será tan vehemente con la cobardía en este día —advirtió el hombre de la cicatriz, que seguía incitando a los ribaldos cercanos al puente y que había escuchado la advertencia de Gerond—. ¡Yo no pienso esperar aquí a que esos herejes se mueran de hambre!

La caballería y los peones ya formaban frente a las murallas de Béziers dispuestos para atacar. Los ribaldos empezaron también a tomar posiciones. Los que se encontraban más cerca de la ciudad eran ellos. El hombre de la cicatriz los había animado a avanzar hasta el puente, en el límite del alcance de las flechas de los defensores.

—Sébastien, ten cuidado y no olvides que, aunque estamos en guerra, debes comportarte como un buen cristiano.

—Sí, padre.

—Y siempre con honor. El honor es lo que nos hace hombres. Seremos pobres, hijo, pero mientras tengamos honor nadie nos podrá mirar por encima del hombro. —Y cogió a Sébastien del brazo—. Estoy orgulloso de que estemos aquí juntos y tu madre también lo está. Dios nos observa desde arriba y sabe que estamos luchando por él. La única manera de ser valiente es teniendo miedo. Recuérdalo. Si no tuvieras miedo serías un insensato.

—¡Al asalto!

Un grupo de unos cincuenta ribaldos avanzaron hasta la mitad del puente, sin dejar de lanzar insultos contra los defensores de las murallas. Media docena de ellos se quitaron las sayas y las calzas y enseñaron su trasero a los habitantes de la ciudad ante las risas de sus compañeros.

—Los están provocando —comentó Gerond—, esto es muy peligroso.

—Están insultando a santa María Magdalena —protestó el padre de Sébastien—, eso no está bien, es una blasfemia. ¿Por qué lo hacen?

—Yo tampoco lo entiendo, es ese hombre de la cicatriz… —respondió sorprendido Gerond—. Él lo dirige todo.

La puerta del flanco este se abrió y, para sorpresa de todos, decenas de milicianos de Béziers salieron, espada en mano, a castigar a los provocadores cruzados.

—Esos estúpidos han respondido a la provocación. ¡No puedo creerlo! —se alarmó Gerond.

—¡Cruzados! —gritó el hombre de la cicatriz al ver las puertas abrirse—. Dios ayuda a su ejército desde los cielos y ha obrado un milagro.

La milicia de Béziers salió envalentonada. Con agresividad hizo retroceder a los ribaldos que se habían acercado al puente insultándolos, y que eran hombres sin más armaduras que sus remendadas ropas, provistos de cuchillos y palos.

Sébastien y su padre observaban la escena sin saber qué hacer. Iban armados con espadas oxidadas y viejas, sin escudos ni protección. Y el resto de sus compañeros no iban mejor preparados. Si acudían a socorrerlos no podrían hacer frente a los milicianos, pero por otra parte las puertas de la ciudad estaban abiertas.

Entonces Sébastien vio cómo el misterioso individuo de la cicatriz se subía a una piedra y hacía extraños gestos con los brazos. De entre los árboles que bordeaban el río, salieron cientos de hombres bien armados. No eran campesinos ni ribaldos de París como ellos. Aquellos que corrían a por los milicianos eran mercenarios, hombres unidos a la cruzada sin otro motivo que hacer botín. Gentes peligrosas, criminales y forajidos. Bien pertrechados y protegidos por cotas de malla, empujaron a los milicianos de nuevo hacia la ciudad.

—¿Qué hacen los defensores? ¿Por qué no cierran la puerta? —dijo Sébastien.

—No quieren abandonar a los suyos a su suerte.

—¡Cerrad la puerta! —gritaron desde la muralla—. ¡Cerradla o moriremos todos!

Los guardianes no obedecieron la orden. Muchos de ellos tenían amigos y familiares entre los que todavía estaban extramuros. Confiaron en detener a los mercenarios lanzándoles toda clase de proyectiles desde las almenas.

No se percataron de la realidad.

Todo aquello era una trampa.

La caballería cruzada se lanzó a la ofensiva, poderosos caballeros norteños que habían luchado en cientos de batallas antes. Cuando sus caballos se ponían al galope, con sus pesadas armaduras y todo su potencial bélico, hasta la mismísima tierra rugía, los animales huían asustados y las murallas de la ciudad temblaban.

Desde lo alto de una de las torres que defendían la puerta lanzaron agua hirviendo a través de una buharda que abrasó a decenas de cruzados. Estos cayeron retorciéndose de dolor mientras su rostro se desfiguraba al mismo tiempo que eran pisoteados por sus propios compañeros. Los defensores no dejaban de disparar proyectiles, rocas y todo objeto que fuera susceptible de ser lanzado.

Entonces, Sébastien y su padre echaron a correr. Gerond iba delante de ellos. Parecía increíble, pero las puertas seguían abiertas y todos los cruzados se dirigían hacia ellas. No tardaron en alcanzarlas. Dos hombres cayeron a sus espaldas víctimas de las flechas y otro fue golpeado por una gran piedra en la cabeza a escasos tres palmos de Sébastien. Padre e hijo se agacharon y, casi de rodillas, continuaron avanzando mientras sus compañeros caían muertos o heridos. Un tremendo pedrusco impactó entre ellos separándolos. Sébastien rodó hasta chocar con el cuerpo inerte de un mercenario que todavía conservaba su escudo circular. No dudó en quitárselo e ir de nuevo al encuentro de su padre.

—¿Estás bien, hijo?

—Sí. —Levantó el brazo para que viera el escudo—. Ahora podremos protegernos.

—Muy bien, sigamos adelante. Aquí corremos peligro.

Los milicianos bajaron de las murallas para bloquear el acceso a las calles. Una treintena de ballesteros dispararon contra los mercenarios cruzados causando muchas bajas. Desde otros puntos de la ciudad llegaron refuerzos que consiguieron defender con éxito la entrada. La acumulación de cadáveres cruzados impedía el paso a los que venían detrás.

Entonces Sébastien volvió a ver al cruzado de la cicatriz. Dos milicianos se lanzaron contra él, que los esquivó y dio un profundo corte con su espada en el costado del primero de ellos. Cuando el segundo se precipitó hacia él, le clavó en la mandíbula un cuchillo que llevaba en su otra mano.

La puerta seguía sin cerrarse y al mismo tiempo llegaron más refuerzos del centro de la ciudad. Pero un grupo de caballería irrumpió en Béziers a sangre y fuego, arrasando tanto a peones cruzados como a milicianos.

—¡Cuidado! —Su padre le empujó, impidiendo que un caballero se lo llevara por delante—. Casi te mata.

Cientos de cuerpos se amontonaban en el suelo; la mayor parte de ellos eran compañeros suyos. Mientras, la caballería había llegado, arrollando y pisoteando a los peones sin importarle si eran defensores o cruzados, ni si estaban vivos o muertos.

—Vayamos hacia el centro de la ciudad —le ordenó su padre.

Sébastien caminaba entre los muertos intentando no mirar sus rostros, pero era inevitable y aterrador. Muchachos de su misma edad yacían en el suelo brutalmente asesinados y él se preguntaba si serían tan diferentes a él como para merecer tal castigo.

Por un momento, pensó que podría haber sido él quien ocupara ese mismo lugar. Observó a un viejo que agonizaba con una herida en el pecho. Era un anciano, demasiado mayor para empuñar una espada y sin embargo allí estaba, herido de muerte. Se indignó aún más al ver a su lado el cuerpo sin vida de un niño pequeño de unos cuatro o cinco años con un corte tan grande que le había medio amputado el brazo y la pierna derecha.

—Padre, los caballeros están matando a ancianos y niños.

—Lo sé, pero calla o nos matarán a nosotros también. —Corrió a taparle la boca—. Algunos hombres de la cruzada no son verdaderos cristianos. —Su padre se detuvo y lo empujó contra la pared de una casa—. Sé fuerte, en la guerra no hay lugar para las lágrimas. Empuña la espada con firmeza y no mires a tu alrededor. La muerte nos rodea; no le dejes ver tu cara o la recordará y pronto vendrá a por ti.

Entonces oyeron un grito desgarrador proveniente del final de la calle.

—¡Vamos! —Su padre le dio un enérgico golpe en la espalda y apretó el puño en alto para dar confianza a su hijo.

Corrieron hasta allí. Media docena de hombres se agolpaba en la puerta de una casona palaciega de dos plantas. Sébastien y su padre se abrieron camino para ver qué sucedía. En una habitación, cuatro hombres sujetaban a dos muchachas semidesnudas. La primera de ellas permanecía tumbada de espaldas en un jergón, sobre el cual había unos colchones rellenos de plumas. La otra estaba contra la pared entre dos alargadas arcas y al lado había una mesa rodeada de sillas.

—Pero ¿qué pretendéis hacer? —gritó el padre de Sébastien irrumpiendo en la sala.

—¿Tú qué crees? —le increpó uno de ellos, el más alto y barbudo, mientras los demás le ignoraban.

—¡Soltadlas! —Se volvió hacia el resto de los hombres allí presentes—.Y vosotros, si no queréis ser cómplices de sus pecados, marchad de aquí y recordad a lo que hemos venido. ¡A luchar por Dios y por la Iglesia!

Sus palabras tuvieron éxito entre los curiosos de la puerta, no así entre los cuatro hombres que retenían a las jóvenes, los cuales ni se inmutaron.

—Si quieres hay para todos. Pero si pretendes que las soltemos cometerás el mayor error de tu vida. —Y el barbudo levantó su espada amenazándolo.

Detrás de él, uno de sus compañeros cogió a la primera de las mujeres, la abofeteó con fuerza y luego le arrancó la camisa que llevaba. La joven quedó desnuda mostrando una piel blanca y delicada. Intentó taparse son las manos, pero el ribaldo la empujó contra el jergón. Ella se resistió, aunque nada podía hacer frente a su corpulencia. Rompió a gritar y llorar de forma descontrolada.

—Haz que calle o vendrán más estúpidos como estos —le ordenó el barbudo.

El hombre cogió su espada y se la clavó en la cintura.

—¿Mejor así, bruja? —Y se echó a reír.

La mujer calló y su cuerpo se hundió en un charco de sangre. Su cabeza quedó a un lado y en ella dos ojos abiertos y apagados para siempre.

—¿A que tú te vas a portar mejor? ¿O es que quieres terminar como ella? —le preguntó a la otra que permanecía en estado catatónico, con la mirada perdida, llorando y temblando.

Sébastien y su padre estaban paralizados. El muchacho fue a dar un paso al frente, pero el brazo de su padre se interpuso y una mirada suya le dijo que permaneciera en silencio.

—Qué animal eres, ahora somos cuatro para una —se lamentó el barbudo.

—Gritaba mucho…

—Pues haberle cortado la lengua, ¡idiota! Mátalas cuando hayamos terminado —le recriminó el que parecía estar al mando del cuarteto de ribaldos—. Llevo muchos días sin probar una mujer. Y estas brujas son de lo más apetecibles.

Los cuatro cruzados miraron a la joven que seguía con vida como lobos a su presa. Dos de ellos la sujetaron de los brazos. Ella temblaba, con el rostro desencajado. Sus ojos mostraban una infinita conmoción que le impedía articular palabra. No era temor lo que sentía, era aún peor. El miedo estaba ya dentro de ella. El barbudo se acercó con la boca abierta, la saliva a punto de rebosar sus labios ennegrecidos. Movía los dedos de la mano derecha como si ya estuviera acariciándola y su mirada era tan oscura como la noche.

Entonces el padre de Sébastien armó el brazo hacia atrás y cogió impulso a la vez que avanzaba hacia el barbudo. El asesino de la otra mujer se interpuso en su camino.

—¿Qué pretendes, infeliz? ¡Suelta esa espada!

No lo hizo y se la clavó en el pecho al asesino. Era la primera vez que veía cómo su padre mataba a un hombre. La vista inerte de la víctima le aterró, pero estaba orgulloso de la valentía de su progenitor.

—¡Atento, hijo! —Esta vez la mirada de su padre era distinta, estaba llena de fuerza y le pedía que le ayudara.

Los dos hombres que sujetaban a la mujer la soltaron. El padre de Sébastien ya contaba con ello. Así que no les dio tiempo a reaccionar y clavó su arma en las tripas del primero de ellos. Por desgracia, no llegó a tiempo de alcanzar al segundo. Sí lo hizo Sébastien, que interpuso su escudo circular entre la espada de su rival y la cabeza de su padre. A continuación, contraatacó con su arma hiriéndole en el hombro. No fue una herida mortal y este volvió a la carga. Sébastien se defendió bien con su escudo de los primeros dos golpes, pero su inexperiencia en combate resultaba evidente y empezó a retroceder.

Su padre fue directo a por el barbudo, quien cogió del suelo el arma manchada con la sangre de la muchacha muerta. De tal manera que tenía dos espadas, una en cada mano. Intercambiaron varios golpes, pero era un enfrentamiento poco igualado. El barbudo era más fuerte y sus golpes más peligrosos. Atacó de nuevo con las dos espadas, alternando golpes de una y otra, que el padre de Sébastien bloqueaba con dificultad.

Mientras tanto el muchacho conseguía sobrevivir gracias al escudo. Su espada no podía enfrentarse a la de su rival, más diestra y mejor forjada. Padre e hijo estaban en dificultades ante dos mercenarios mucho más experimentados y preparados que ellos. Entonces todo sucedió muy rápido. Sébastien resistió con el escudo un nuevo embate, mientras su padre forcejeaba con su rival, pero la lucha ya era desigual. Las espadas se golpearon en dos ocasiones, hasta que el filo de una de las armas del barbudo se introdujo entre las costillas de su padre. Por ese orificio, avanzó entre carne y vísceras hasta salir por su espalda, acompañada de una gran cantidad de sangre.

—¡No! —gritó Sébastien lleno de ira—. ¡Padre! ¡Padre!

El muchacho dejó de utilizar el parapeto solo para defenderse y atacó a su rival alternando su espada con golpes de escudo, de tal forma que su contrincante no podía aguantar el ritmo y se veía forzado a retroceder. Sin embargo, consiguió rehacerse y contraatacar, Sébastien se volvió a cubrir; acto seguido se agachó y estiró su arma todo lo que pudo hasta que la clavó en el abdomen de su adversario. Solo le alcanzó unos centímetros, los suficientes para que bajara la guardia. Un instante que aprovechó el joven para atacar de nuevo, esta vez en mejor posición, y darle un buen tajo en el brazo derecho. Su rival dejó caer la espada y quedó indefenso. Sébastien no tuvo opción de rematarle.

—¡Detrás de ti! —le advirtió la muchacha, que seguía arrinconada en la habitación.

El barbudo había dejado a su padre y le atacó por la espalda. Cuando creyó que iba a morir, una espada detuvo la acometida.

La joven había bloqueado el ataque con el arma de uno de los caídos.

—¡Qué! —El barbudo le propinó un puñetazo que la tumbó y volvió a armar el brazo.

Sébastien, lleno de ira por luchar contra el hombre que había llevado a su padre a las puertas de la muerte, puso toda su fuerza en un golpe que hizo perder una de las espadas a su oponente.

Antes de aquel día Sébastien le hubiera dejado vivir, ahora ya no.

Hay momentos en la vida que te cambian para siempre; para bien o para mal. Levantó su espada para darle muerte, pero entonces vio un brillo en los ojos de su rival y cómo las pupilas buscaban algo en su espalda. Por instinto, Sébastien no completó el ataque y se echó a un lado, viendo que una espada pasaba rozando su cabeza.

Apretó los dientes y atravesó sin compasión al contrincante que le atacaba por detrás. El hombre cayó de rodillas brotándole sangre por la boca y después se balanceó hacia delante. Sébastien tuvo que apartarse para que no se derrumbara sobre sus pies.

Alzó la vista en busca del barbudo, pero solo alcanzó a ver cómo huía por una ventana de la casa. Corrió a socorrer a su padre. La vida se le escapaba, ya solo era un fantasma que apenas podía gesticular palabra.

—Estoy orgulloso de ti, Sébastien.

—Callad, padre, guardad fuerzas. —Abandonó el escudo y la espada en el suelo.

—No, ya no hay nada que hacer. Me voy, pero sé que tú serás un buen hombre y llegarás lejos. Recuerda, hijo, sé un buen cristiano y mantén siempre tu honor. Es lo único que tenemos gentes como nosotros. Puede que no poseamos tierras ni títulos, pero mientras tengas honor podrás mirar a la cara a cualquier hombre poderoso. Recuérdalo.

Su cabeza cayó hacia atrás y dejó de respirar. Sébastien lo abrazó y se echó a llorar. Ellos, que habían venido hasta allí a combatir por su fe frente a los herejes, habían terminado separándose en una lucha a muerte contra mercenarios cruzados. Aquello no tenía que haber sucedido de esa manera, no era justo. Si habían acudido a la llamada de Dios por qué Él los trataba así. Alzó la vista y vio a la joven por la que su padre había muerto. Estaba tumbada, abrazada a la otra muchacha y meciéndola como si fuera una niña. Sollozaba sin consuelo. Hasta que dejó aquel cuerpo inerte y se giró hacia el muchacho. Él se dio cuenta de que tenía los ojos bicolor.

—Era mi hermana pequeña —confesó entre lágrimas. Sébastien no dijo nada—. ¿Por qué habéis venido a nuestra ciudad? ¿Qué os hemos hecho?

—Sois herejes, atacáis a Dios.

—¡Qué! Nosotros queremos a Dios. No hemos hecho jamás daño alguno a nadie. Y, sin embargo, habéis venido a nuestra tierra a matarnos.

Sébastien fue a responder, pero le costaba pronunciar las palabras. Agachó la cabeza y acarició con la palma de su mano el rostro sin vida de su padre. Después cerró sus párpados.

—¿Qué cristianos sois si permitís que maten a indefensos?

—Os hemos salvado. Mi padre ha muerto por ayudarte.

—Los vuestros han matado a los míos y a mi hermana, no os debo nada.

Entonces el barbudo irrumpió de nuevo en la casa acompañado de media docena de hombres armados.

—¡Ahí están! Esa es la bruja hereje y el otro es un traidor. Ella le ha engañado con un conjuro. ¡Hay que matarlos! —vociferó señalándolos con su espada.

Sébastien se incorporó y se puso en guardia con su arma en alto. Los hombres se rieron al verle. Era imposible que pudiera luchar contra todos ellos.

—Creo que pronto vas a hacer compañía a tu padre en el infierno, gusano.

—¡Corre! Por aquí —gritó la muchacha—, ven conmigo.

Sébastien observó a la joven que le indicaba un pasillo por donde huir y luego volvió a mirar a los siete hombres que avanzaban hacia él. Apretó los dientes. Echó una ojeada atrás y se percató de que la muchacha huía. Levantó su espada, se dio la vuelta y corrió tras ella.

8
Amalarico

Béziers

Los cruzados, espadas ensangrentadas en ristre, rodeaban la catedral ansiosos por entrar. Mientras tanto numerosos sacerdotes católicos con cruces en las manos pedían clemencia frente a las escaleras de acceso al templo para quienes se refugiaban en el interior.

—¿Qué hacemos, eminencia? —preguntó el duque de Borgoña—. La ciudad es nuestra, pero en la catedral se han refugiado gran cantidad de gentes y no podemos distinguir quiénes son católicos de los que no.

—Quemadlos a todos —contestó impasible Arnaldo Amalarico.

—¿Cómo? —se sorprendió el duque de Borgoña.

—Ya me habéis oído.

—Hay católicos en su interior, no todos son herejes —intentó explicarle el duque borgoñés—. Hay miles de personas ahí dentro.

—Es la voluntad de Dios —sentenció el legado papal con un tono sepulcral.

—Pero… —insistió el duque de Borgoña—, ya os he dicho que no podemos identificar a los cátaros de los que no lo son.

—Matadlos a todos, que Dios ya reconocerá a los suyos.

Entonces apareció el mercenario de la cicatriz en el rostro, el mismo que había convencido a los ribaldos para ir al puente y que después había instigado el ataque a la puerta de la muralla. Se acercó al legado papal con una antorcha y tras asentir con la cabeza se dirigió al templo seguido de varios peones portadores de más antorchas, madera, aceite y ropas. Varios hombres atrancaron la puerta para que no pudiera salir nadie, mientras el resto preparaba todo para que el templo ardiera. Pronto las llamas treparon por la fachada. Los cruzados trajeron más materiales combustibles y avivaron el fuego al máximo. Después, lanzaron antorchas por los ventanales hacia el interior. En pocos minutos todo se llenó de llamas, humo y gritos desesperados. La casa de Dios ardía desde sus cimientos, convertida en un macabro horno que se avivaba con las almas de tantos inocentes.

La combustión alcanzó tal temperatura que una de las torres reventó por la presión. Fue una enorme explosión que retumbó en toda Béziers. Una grieta creció desde la base hasta lo más alto de la torre llegando hasta el campanario, que no lo soportó y se vino abajo. Los muros de piedra del templo también se desplomaron uno detrás de otro, mientras dentro se consumían sin remedio miles de personas.

Horas después, el legado papal contemplaba la columna de humo elevarse varios cientos de pies sobre la ciudad. Ni una muestra de clemencia, ni un rastro de humanidad. El edificio no tardó en quedar reducido a polvo y ruinas. El incendio había sido de tal magnitud que las campanas de las iglesias se habían fundido y los cadáveres quedaron reducidos a cenizas.

—Una vez aniquilada Béziers, el siguiente paso es tomar Carcasona, la capital del vizcondado —comentó el duque de Borgoña que cabalgaba junto al legado papal alejándose de la ciudad. El viento del este traía un olor a carne quemada que hacía estremecer a los hombres—. Carcasona es famosa por su imponente cinturón de murallas. Espero que Dios no nos deje de lado después de lo que hemos hecho, eminencia.

—Este escarmiento que hemos dado hoy ablandará la resistencia de los habitantes de Carcasona. El miedo es un arma tan poderosa como el acero.

—Hemos acabado con toda una población. Veinte mil vidas han sido pasadas a cuchillo, independientemente de su edad, sexo y condición —le advirtió el duque de Borgoña con aire de reproche.

—Sí, la venganza divina ha sido majestuosa —afirmó orgulloso Arnaldo Amalarico.