Interludio

Se vieron por primera vez en la Sauna, rodeados de montones de ropa. El aire era denso y caliente; estaban en uno de los pocos lugares que proporcionaba calor en el implacable invierno polaco. Allí los trabajadores sumergían la ropa en calderos humeantes y veían cómo el vapor se elevaba y salía por una ventana. Allí, rodeados de harapos sucios y gastados, un chico y una chica se conocieron.

Él tenía diecisiete años, la cabeza rapada y la cara redonda. Pese a todo, estaba relativamente bien alimentado. Llevaba el uniforme a rayas limpio y bien entallado, impecable. Tal vez esto fuera parte de su atractivo: destacaba. En un mundo de rayas, se suponía que no habías de destacar. Tenías que vivir según las normas, mezclarte como una sombra a punto de desaparecer.

A veces, por la noche, lo hacían bajar de su litera de madera para que cantara. Su voz de tenor era hermosa, operística. En su día le había hecho ganarse al público en su ciudad natal. Ahora se había quedado en solista, aunque seguía siendo una especie de estrella.

Cuando ella aparecía, él casi era capaz de olvidar dónde estaba. Verla le proporcionaba algo por lo que mirar al futuro. Medía metro cuarenta y ocho, era bajita pero robusta, de piernas musculosas y rostro ancho y anguloso enmarcado por un espeso cabello castaño que todavía crecía. De lejos parecía modesta, fácil de ignorar; de cerca era todo lo contrario. Sus ojos hundidos, marrones como los de él, eran vivos y despiertos, pero tenía una sonrisa fácil. Se movía con una seguridad que no abundaba en aquel entorno.

Al posar la vista en ella, notó un aleteo.

Le estaba mirando una chica.

La mirada de la joven se entretuvo en él, estaba seguro de ello.

Allí metido, era fácil olvidar que todavía existía su antiguo mundo, un mundo de posibilidades, de promesas… de deseo.

Al verla lo recordó.

La joven no debería de haber estado allí, en la parte solo para hombres del recinto. Sin embargo, se había acostumbrado a colarse en lugares en los que no debía estar.

Tenía veinticinco años y sabía lo que quería. Ya era así de niña y todos los años que habían pasado no la habían hecho cambiar. Si acaso, su tenacidad no había hecho más que aumentar.

No es que creyera en correr riesgos innecesarios. En un mundo de caos, anhelaba estructura y orden, lógica y razón. Pero aquel lugar conseguía que hicieras lo que menos te esperabas. Conseguía que los riesgos para tu vida parecieran razonables. Tal vez porque allí nada era razonable.

La joven tenía su vía de escape, su arte; sin embargo, estaba sola. El chico del otro lado de la sala tenía una cara agradable. Parecía dulce, ansioso. Había algo en él que la hacía querer volver, que la hacía ser temeraria.

Era invierno en Birkenau, el campo de concentración más grande y mortal en Auschwitz.

PRIMERA PARTE

Obertura

1

«Cosas de poca monta»

Rosa Spitzer tenía que dar a luz en medio de una revolución.

Era principios de octubre de 1918 y las calles habitualmente tranquilas que rodeaban su piso de Pressburg bullían de actividad: una multitud de soldados eslovacos regresaba de la guerra. Un viento amargo agitaba los robles y abedules de la ciudad y el aire gélido del otoño presagiaba el duro invierno que estaba por llegar.

A Rosa, de cabello oscuro, no le quedaba mucha más alternativa que quedarse en casa, y no solo por el clima. A medida que la Gran Guerra se acercaba a su fin, el Imperio austrohúngaro se iba desmoronando y algunos soldados eslovacos que desde hacía mucho se sentían molestos con la vida bajo el control húngaro regresaban a Pressburg con una ira acumulada durante generaciones. Saqueaban tiendas y restaurantes del centro adoquinado de la ciudad. Los amotinados acusaban al Imperio austrohúngaro de tiranía y opresión, y asaltaban las cárceles militares para liberar a los reclusos, en su mayoría delincuentes comunes, para que se unieran a ellos en su lucha por la ciudad.

El vigésimo primer cumpleaños de Rosa llegó y pasó, con su fecha de parto inminente. Afuera, las tensiones iban en aumento. Los nacionalistas eslovacos no eran los únicos interesados en un estado independiente. Los alemanes étnicos, que desde hacía mucho tiempo eran una minoría en la región, ya soñaban con un «renacimiento nacional».

En toda Europa los antisemitas culpaban de todas sus desgracias a los judíos, antiguos chivos expiatorios de pérdidas y sufrimientos. Algunos veteranos eslovacos coreaban «¡Abajo los judíos!» y acusaban a sus vecinos judíos de ser agentes provocadores, espías y agitadores para los magiares, los húngaros étnicos. Prendían fuego a las tiendas y negocios judíos de toda la ciudad. Entretanto, muchos magiares culpaban a los judíos de la derrota militar, mientras que otros los acusaban de lucrarse durante la guerra. Rosa, su esposo Vojtech y su hijo por nacer se contaban entre aquellos cuyas muertes se exigía por las calles.

El 10 de noviembre, Rosa dio a luz a una niña, Helen Zipora. Su familia la llamaría Hilanka, pero con el tiempo ella preferiría una abreviatura de Zipora, que significa «pájaro» en hebreo. Zippi, pronunciado «tsippi», evocaba movimiento, un nombre muy adecuado para un mundo cuyos contornos comenzaban a difuminarse.

Cuando Zippi tenía tres meses, las legiones checoslovacas, fuerzas voluntarias que habían luchado en la Gran Guerra y que estaban decididas a formar un estado unido, llegaron a Pressburg armadas con ametralladoras y bayonetas, y apuntaron a una multitud compuesta por socialdemócratas alemanes y magiares que se oponían a la nueva nación. Murieron siete amotinados.

Después de eso, las cosas mejoraron temporalmente.

Para el primer cumpleaños de Zippi, Pressburg ya no existía. Ahora la ciudad se llamaba Bratislava y formaba parte de un nuevo Estado independiente conocido como Checoslovaquia. Los alemanes y los magiares seguían siendo minorías y cada aspiración nacionalista, un ascua que ardía justo bajo la superficie de la ciudad. El Partido Popular Eslovaco, que anhelaba la autonomía eslovaca, continuaba teniendo influencia. De momento los judíos de Bratislava vivían en paz.

Una de las repercusiones más importantes de la nueva constitución fue que el checo pasó a ser el idioma oficial del país. Hasta entonces sus habitantes hablaban eslovaco y alemán. Zippi continuó hablando el alemán, su lengua materna, en casa, pero también dominaba el húngaro y el eslovaco y estudiaba francés y hebreo en el colegio.

Para Zippi, la infancia fue idílica. En los bochornosos días de verano se bañaba al sol en las orillas del Danubio y aprendía a nadar en las aguas de una piscina fluvial de treinta metros de largo junto a una playa de grava natural. En los meses más fríos hacía senderismo por los montes del Bajo Tatra y disfrutaba de paseos en barca a los pies del Castillo de Bratislava.

La familia de clase media de Zippi era pequeña en comparación con las de sus vecinos, que en muchos casos tenían hasta cinco o seis hijos. Aparte de sus padres, Zippi solo tenía a su hermano, Sam. Casi cuatro años menor que ella, el chico había nacido lleno de energía, con las entradas del pelo en forma de viuda, como su padre, y los ojos grandes y curiosos.

Su familia podría haber crecido más, pero cuando Zippi tenía seis años y Sam tres, Rosa enfermó. Los Spitzer se fueron de vacaciones a una ciudad balneario que estaba dos horas al norte de Bratislava, donde se creía que los manantiales naturales trataban las dolencias reumáticas, una categoría amplia en la que, en aquel momento, parecía encajar la enfermedad de Rosa. Con un traje de baño y el cabello oscuro recogido en dos moños apretados a lado y lado de la cabeza, Zippi se sentó en una orilla de arena y entornó los ojos ante una cámara. Era delgada y delicada, su sonrisa era tímida, casi una mueca, como si presintiera las tragedias que estaban por llegar.

Cuando la tuberculosis golpea, los síntomas iniciales pueden ser sutiles. Las víctimas pueden sufrir escalofríos y agotamiento. A veces experimentan dolores. No es hasta que escupen sangre que la enfermedad se manifiesta con demasiada claridad. A menudo quedan confinados a la cama, incapaces de realizar siquiera las tareas más pequeñas, exhaustos por el esfuerzo de dar unos pocos pasos por un cuartito.

Los Spitzer tenían pocas opciones a su disposición. Los antibióticos aún no eran viables. Sin embargo, en las tierras remotas de Europa del Este habían surgido los sanatorios, centros modernos donde institucionalizar a los enfermos y aliviar su dolor.

Así fue como Rosa, de veintiocho años, fue a un sanatorio especializado ubicado en un rincón de la pintoresca cordillera del Alto Tartra. Allí, Rosa disfrutaría de aire fresco y una dieta nutritiva. Y lo más importante, aquel entorno evitaría que su enfermedad se propagara aún más antes de consumir a su huésped.

La enfermedad de Rosa hizo caer en picado a su familia. Vojtech estaba demasiado afligido para cuidar de sí mismo, mucho menos de sus dos hijos. Sam era demasiado pequeño para entender las repercusiones de la partida de su madre. Aun así, era imposible que no sintiera que le habían arrebatado algo enorme, que su vida ya nunca volvería a ser la misma. Zippi, por aquel entonces una niña precoz de seis años, estaba sola en lo que debió de ser un momento desconcertante y aterrador. No solo se había ido su madre, sino que su padre tenía dificultades para seguir adelante.

Sin embargo, en la Checoslovaquia de la década de 1920 era habitual que la familia extendida viviera cerca y ayudara a recoger los pedazos cuando golpeaba el desastre. Fue así como la familia directa de Zippi se fragmentó: la niña se mudó con sus abuelos maternos, al fondo del rellano del piso de su padre. A Sam, de tres años, lo enviaron a vivir con sus abuelos paternos a otro edificio. Y en un abrir y cerrar de ojos la pequeña familia de Zippi y Sam se dispersó, como cenizas por la superficie de un río.

En 1927, después de más de un año lejos de casa, Rosa sucumbió a la tuberculosis. La abuela de Zippi, Julia Nichtburger, intentó llenar el vacío lo mejor que pudo. Pequeña y discreta, Julia era una trabajadora incansable de labios finos y mejillas hundidas. Mientras aún lloraba la muerte de su hija mayor, decidió que se dedicaría al cuidado de su nieta. Lipot Nichtburger, marido de Julia y abuelo de Zippi, un anticuario local serio y ceñudo, dejó la crianza de la niña a su esposa. La pareja estaba acostumbrada a estar siempre ocupada y a tener la casa llena de gente, pero para cuando Rosa murió siete de sus hijos se habían marchado para formar sus propias familias y habían dejado el nido casi vacío.

Quedaba el más joven de los hijos, Leo, casi diez años mayor que Zippi, y que desempeñaría el papel de hermano suplente encantador. A los dieciocho años, Leo tenía una amplia red de amigos y pasatiempos. Sin embargo, también tenía planes para el futuro, planes que lo mantenían ocupado y que al final lo llevarían lejos de Bratislava y de su joven sobrina medio huérfana, que a los ocho años estaba aprendiendo a habituarse a la soledad.

A los treinta y cinco años, Vojtech, el padre de Zippi, era viudo, y esto no estaba bien. Al cabo de un año de la muerte de Rosa, Julia Nichtburger tuvo una conversación con su afligido yerno. Ya era hora de seguir adelante con su vida, le dijo, de encontrar una buena mujer y volver a casarse. Cada día era más viejo y quedándose solo no se hacía ningún favor ni a sí mismo ni a sus hijos. Julia había vivido suficiente como para saber que había que ser prácticos.

Vojtech se tomó las palabras de su suegra muy en serio. Sastre de lujo de orejas prominentes, llevaba el pelo engominado hacia atrás y el oscuro bigote cuidadosamente recortado. Al cabo de dos años de la muerte de Rosa, Vojtech volvió a casarse. En 1929 la pareja dio la bienvenida a un hijo; cuatro años después, darían la bienvenida a otro.

La familia volvió a reorganizarse. Sam, que entonces tenía casi siete años, se unió a la nueva familia de su padre. Los adultos acordaron que Zippi, de diez años, se quedaría con Julia y Lipot. Zippi, su padre y Sam volvían a estar bajo el mismo techo, pero en diferentes pisos del mismo rellano. Su relación nunca sería la misma. Mientras que Sam se sentía el intruso con sus dos medio hermanos pequeños, Zippi soportaba el dolor del abandono en solitario.

El mejor remedio, descubrieron los hermanos, era mantenerse ocupados.

Cada semana, los Nichtburger se reunían en la sala de estar de Julia para disfrutar de conciertos privados, siguiendo la Hausmusik, una tradición de origen alemán que era popular entre las familias intelectuales de Europa occidental. Un cuarteto de cuerda interpretaba operetas, un tío tocaba la mandola, otro la mandolina y un vecino la guitarra. Las composiciones que interpretaban iban desde la obra del austrohúngaro Franz Lehár hasta la del maestro húngaro Emmerich Kálmán.

Zippi quiso unirse a ellos. Tocaba el piano, pero era la mandolina lo que la deslumbraba. Tío Leo sugirió que la probara. Desde el instante en que acarició sus cuerdas, Zippi quedó prendada. La mandolina era compacta y perfecta para que los dedos de una intérprete menuda la tocaran, fácil de transportar y producía un sonido elegante, dulce y de una potencia sorprendente. Tío Leo le presentó a su profesor italiano, y Zippi, siempre perfeccionista, se entregó a la práctica. En cuestión de meses, el profesor había invitado a Zippi a unirse a su orquesta de mandolinas como la única niña entre adultos. La popular obertura de Orfeo en los infiernos, de Jacques Offenbach, una composición de arreglos sofisticados y solos sutiles que culminan en un cancán alegre y galopante, era una de sus favoritas. El conjunto sonaba en la emisora de radio local y actuaba por la ciudad y en localidades cercanas.

En invierno, la temperatura bajaba hasta menos un grado y una nube blanca descendía del cielo oscuro y cubría de nieve la ciudad. Mientras la comunidad judía desfilaba disfrazada por las calles para celebrar el Purim, tío Leo y Zippi salían de misión con sus mandolinas. Llamaban a las puertas de los amigos y tocaban canciones judías, una música que la orquesta de mandolinas nunca tocaría. Llevaban consigo una caja azul, algo habitual entre los judíos sionistas, para recolectar donaciones para la compra de tierras en Palestina. Para cuando regresaban a casa la caja estaba llena.

Eso no quiere decir que Zippi o su familia fueran unos judíos especialmente devotos. Habían crecido en la calle Zámocká, cerca de la plaza principal de Bratislava y no lejos del río Danubio. Si hubieran querido acudir a rezar, la sinagoga de la calle Zámocká, un templo morisco del siglo XIX, estaba a solo unos pasos calle abajo. Pero ni Sam ni Zippi se preocupaban de asistir a los oficios si podían evitarlo. Zippi se pasaba una vez al año para decir el kaddish, la oración del doliente, por su madre; Sam optaba por pasar los fines de semana jugando al fútbol.

Aunque la familia no era practicante, sí que era sionista. Tío Leo era un miembro devoto de Hashomer Hatzair, «joven vigilante», una organización sionista que contaba con unos setenta mil miembros entre Europa, América del Norte y del Sur y Palestina. El grupo había arraigado en Polonia tras la Primera Guerra Mundial, cuando muchos judíos laicos jóvenes se habían encontrado con trabas profesionales, educativas y sociales al intentar integrarse en la vida polaca. Consiguió relevancia tras una oleada de más de mil pogromos, masacres violentas dirigidas a grupos raciales o religiosos concretos, durante la guerra civil ucraniano-polaca de 1918 y 1919, en los que más de cien mil judíos murieron y otros seiscientos mil se convirtieron en refugiados.

Tío Leo presentó a Zippi y a Sam al grupo, cuya misión se había convertido en preparar a sus miembros para ir a Palestina. Pero a ninguno de los dos hermanos les interesaron las conferencias dogmáticas; no aspiraban a convertirse en líderes sionistas. Zippi y Sam estaban en el grupo por las excursiones al campo, por divertirse: los miembros hacían senderismo, practicaban deportes y estaban en contacto con la naturaleza.

Zippi llevaba una buena vida. Si bien echaba de menos a su madre y a menudo se sentía como una niña entre adultos, no veía conflictos, no sentía hostilidades y no conocía restricciones. De momento estaba a salvo y libre.

De adolescente, Zippi soñaba con ser botánica. Amaba la naturaleza y tenía una mente analítica. Julia le inculcó que podía hacer cualquier cosa que quisiera. Según su constitución, la nueva Checoslovaquia daba a las mujeres más igualdad política, social y cultural, y eso incluía un mejor acceso a la educación. Julia tenía la esperanza de que Zippi se beneficiara de libertades de las que la generación anterior nunca había disfrutado.

El mejor lugar para estudiar botánica era Moravia, donde la población estaba constituida en su mayoría por unos tres millones de alemanes de los Sudetes, alemanes étnicos que vivían en la región que se extendía a lo largo de la frontera del norte de Checoslovaquia. Durante años habían soñado con un estado nacionalista y cuando Hitler se convirtió en canciller, en 1933, cuando Zippi tenía catorce años, esos alemanes de los Sudetes abrazaron con entusiasmo el nacionalsocialismo y los temas antisemitas de los que el partido hacía proselitismo. La plataforma radical de extrema derecha del Partido Nazi de Hitler prohibió a los judíos la ciudadanía alemana y la participación en la prensa; se boicotearían las tiendas judías de toda Alemania y los judíos fueron excluidos de las universidades del país.

Así las cosas, estudiar botánica en Moravia era imposible para Zippi, y todo el discurso sobre nuevas libertades no era tan realista después de todo. En lugar de eso, Julia preparó a su nieta para el matrimonio. Zippi aprendió valerosamente a coser un botón, cocinar y limpiar. Pero ella nunca se conformaba con los conocimientos básicos. También se enseñó en bordado fino, dibujo y pintura.

Entonces, un día, se dio cuenta de cuál era su vocación. Zippi pasaba junto a la ventana de un taller cuando vio a una mujer diseñando letreros publicitarios. Intrigada, Zippi se detuvo, entró y preguntó por el propietario. Quería saber más sobre lo que estaba haciendo aquella mujer. Se enteró de que el taller hacía anuncios para cines, bancos, exposiciones y ferias comerciales. Sus empleados realizaban letras de vidrio y diseñaban letreros. Bueno, aquello sí que era emocionante. Zippi era hábil con las manos y le gustaba el arte. Había encontrado su carrera.

Sin perder tiempo, Zippi informó al propietario que sería su aprendiz. Trabajaría duro: estudiaría las herramientas, las combinaciones de colores, las complejidades del diseño y los patrones, y aprobaría los exámenes que hiciera falta. El hombre no tenía nada que perder, pero se negó. El diseño gráfico no era para mujeres, dijo. La mujer de la ventana principal era su esposa y era la única empleada que tenía.

A Zippi no le interesaban las estadísticas de empleados; ella quería aprender diseño gráfico, así que insistió.

Cansado, el dueño de la tienda le dijo que si aprobaba los exámenes la aceptaría como aprendiz.

Y fue así como, a los catorce años, Zippi abandonó la orquesta de mandolinas. Se centró en sus estudios y asumió varias tareas como aprendiz, trabajando con una modista y para el taller de moda local, donde pintaba anuncios y carteles. En tanto que mujer y judía, tenía dos puntos en su contra, pero Zippi sabía lo que valía. Exigía, y aparentemente le pagaban, salarios iguales a los de sus colegas masculinos. Con su sueldo, Zippi se daba el gusto de comprar una colección de zapatos y abrigos a medida. Se daba cuenta del peso que tenía la buena presencia y se vestía bien. Estaba decidida a tener éxito en su nueva carrera.

Bratislava, una de las ciudades más grandes de Checoslovaquia, rebosaba de posibilidades. Las familias de los pueblecitos agrarios cercanos enviaban a sus hijos a Bratislava para que se embarcaran en profesiones que iban desde barberos hasta médicos, pasando por maestras de guardería. Los viernes por la noche, Zippi tenía previstas cenas con estudiantes de fuera de la ciudad que se unirían a la comida familiar. Anhelaba tener discusiones interesantes, sobre todo con estudiantes de medicina que provenían del extranjero. Mientras que la mayoría de los judíos de Bratislava se ganaban la vida en los negocios y las finanzas, a Zippi la atraían los intelectuales y los artistas.

La propia Zippi, tras pasar tres años en un instituto público para niñas, continuó sus estudios en una clase avanzada de una institución mixta y acabó siendo la única estudiante femenina de la única escuela de artes gráficas de Bratislava. Aprendió una caligrafía intrincada para carteles y a hacer arte con vidrio. Estudió los matices del uso del diseño para transmitir mensajes. Se comprometió a aprender su oficio y se graduó como la mejor de su clase.

Entre sus estudios, su trabajo profesional y el cada vez más ocupado calendario de Hashomer Hatzair, Zippi tenía poco tiempo libre. No le interesaban las conferencias que organizaba Hashomer Hatzair sobre los revolucionarios Lenin y Marx y, si bien valoraba las clases sobre los aspectos prácticos de cómo defenderse en la naturaleza, que abarcaban desde cómo vivir en entornos comunitarios hasta cómo cultivar tierras en un ambiente semiárido desértico, la agenda socialista cada vez más ferviente del grupo no era de su agrado. En última instancia, su objetivo era enviar miembros a Palestina para trabajar en un kibutz y cultivar la tierra. Y, de hecho, en 1933, tío Leo partió hacia Palestina para trabajar en una plantación de naranjos. Ni Zippi ni Sam tenían intención de unirse a él. Su hogar, pensaban, estaba en Checoslovaquia.

El programa de conferencias de Hashomer Hatzair requería asistencia las noches entre semana y los domingos. Pero Sam soñaba con llegar a jugar al fútbol en la liga local algún día, y su práctica dominical no era negociable. Además, estudiaba diseño de interiores y hacía de aprendiz en el almacén de alfombras de otro tío. Estaba orgulloso de su trabajo. Con su tío, equipaba algunas de las instituciones arquitectónicas más renombradas de la ciudad, incluida la Sala de los Espejos, la sala más famosa del Palacio del Primado. Renunció a su afiliación a Hashomer Hatzair sin pensarlo mucho.

Zippi continuó siendo miembro pero con una advertencia: si le pedían que abandonara sus estudios y se fuera a Palestina, también abandonaría la organización. No veía motivo para abandonar Bratislava. Por no hablar de que Zippi no tenía intención alguna de destrozarse las manos con el trabajo agrícola. Sus manos eran su sustento. Y amaba su sustento.

Sin embargo, no tardaría mucho en empezar a preguntarse si había tomado la decisión correcta.

Más allá de su pequeño mundo, las cosas no iban bien. En Bratislava, las noticias sobre el ascenso al poder de los nazis se habían convertido en una parte inquietante de las emisiones radiofónicas diarias. En Breslavia, entonces ciudad alemana, a los abogados judíos no se les permitía acceder a los juzgados. Poco después, los jueces judíos fueron destituidos de sus cargos. Mientras tanto, un boicot incitado por los nazis contra los productos y negocios judíos se extendió por toda Alemania. En la puerta de las tiendas alemanas aparecieron carteles rojos que rezaban: «Negocio cristiano alemán reconocido». Otros letreros advertían: «Quien compra al judío apoya el boicot extranjero y destruye la economía alemana».

No contentos con incitar al terror económico, algunos alemanes nazis recurrieron a la violencia. Una noche, unos civiles armados con rifles sacaron a rastras de la cama y de casa a un respetado rabino de Múnich con el objetivo de someterlo a escarnio. Incluso los judíos estadounidenses que estaban de turismo en Berlín se convirtieron en blanco: a uno de ellos le obligaron a beber aceite de ricino hasta que se desmayó.

La mayoría de los judíos de Bratislava no podían creer que Alemania, una nación civilizada, fuera capaz de tales insultos y violencia. Pero las señales de advertencia se hacían cada vez más evidentes. Las leyes raciales de Núremberg, promulgadas en 1935, proclamaron que los judíos eran de una raza diferente y podían ser perseguidos por la ley. Tras esta declaración, Bratislava se convirtió en una puerta para los refugiados judíos polacos y alemanes que huían de una Europa cada vez menos hospitalaria. Los abuelos de Zippi acogían a refugiados para cenar y escuchaban, atónitos, sus aterradoras historias. Muchos se unían a Hashomer Hatzair, que los ayudaba a cruzar las fronteras, con la esperanza de llegar a la relativa seguridad de Hungría y conseguir alcanzar Palestina. En su mayoría fueron bien recibidos en los países vecinos de Alemania, pero a medida que crecía su número, esa bienvenida se fue desgastando. Muchos alquilaron barcos de vapor hacia Palestina, donde aspiraban crear un lugar seguro, un Estado judío. La experiencia de Zippi en las artes gráficas la habría convertido en la candidata perfecta para falsificar documentos para aquellos refugiados, pero si contribuyó a su huida de ese modo, no lo documentó.

Los brotes violentos estaban cada vez más cerca de casa; las tensiones étnicas que se habían ido gestando desde la creación de Checoslovaquia ahora brotaban hacia la superficie. Poco después del ascenso al poder de Hitler, cobró impulso el Partido Popular Eslovaco, un movimiento político nacionalista. El partido, dirigido por el sacerdote católico Andrej Hlinka, se había opuesto a la nueva nación de Checoslovaquia desde el principio. Rechazaba la idea de permitir que la historia y el idioma eslovacos fueran eclipsados por la cultura checa. A sus partidarios, principalmente católicos, les molestaba la inmigración de intelectuales húngaros y checos, muchos de ellos judíos. Veían la multietnicidad de Checoslovaquia como una amenaza, y sus inclinaciones antirreligiosas y socialistas como una aberración. Anhelaban un territorio eslovaco autónomo con sus propias tradiciones y sus propios valores.

Con el ascenso de Hitler, el Partido Popular Eslovaco pasó de ser una mayoría silenciosa a una agresiva. La retórica y la violencia antisemitas, que se habían confinado a pequeños pueblos del este, despertaron entonces en Bratislava. En 1936, los estudiantes estallaron en violentas manifestaciones antisemitas durante la proyección de la película folclórica judía Le Golem. Los manifestantes, armados con petardos y bombas fétidas, rompieron ventanas de casas judías y paralizaron Bratislava durante días, en una manifestación escalofriante de lo que estaba por venir.

Con esta nueva realidad incipiente, Sam se sintió atraído por la izquierda política y se involucró en trabajos de resistencia, que al principio denominó «cosas de poca monta». Distribuía folletos con información sobre actividades subversivas. Conocido por su espíritu aventurero y por ser un enfant terrible con las mejores intenciones, ayudaba a amigos de Hashomer Hatzair y a colegas del sindicato en el almacén de alfombras de su tío. Nunca hacía preguntas: cuanto menos supiera, mejor estaría, lo sabía, menos probabilidades habría de que lo torturaran para que revelara secretos si lo atrapaban.

Seguramente fue por aquel entonces cuando Zippi empezó a salir con Tibor Justh, un judío de Nitra, ciudad a unos cien kilómetros al este de Bratislava con una comunidad judía de larga tradición. Tibor era tres años mayor que Zippi y, a diferencia de ella, estaba involucrado en la política de la zona. Zippi presentó a Tibor a su hermano. Los dos jóvenes, ambos idealistas obstinados, encontraron puntos en común.

Una tarde, Tibor le preguntó a Sam si podía visitar el almacén de alfombras donde trabajaba Sam. Era un espacio grande y de fácil acceso, y Tibor quería saber si de vez en cuando algunos hombres podían pasar la noche en el trastero subterráneo. Sam no lo dudó.

A partir de entonces, cada noche alrededor de las diez, un grupo de jóvenes entraba en el almacén desde las oscuras calles y se iba al amanecer.

Mientras tanto, Zippi no levantaba la vista y trabajaba. Una instantánea de 1938 la capta sonriendo a la cámara con falda y tacones mientras está subida a una escalera de mano en la acera. Tiene las mangas remangadas mientras pinta letras en la ventana del Palacio Luxor de Bratislava.

Zippi pintando letras en las instalaciones del Palacio Luxor de Bratislava, 1938.

Cada día practicaba su habilidad, perfeccionaba su técnica. Acumulaba conocimientos sobre su oficio y lo anotaba en un cuaderno. Esperaba que esa experiencia la llevara a tener una carrera satisfactoria, una vida laboral en la que se abriera camino como mujer y como judía. En cierto sentido, tenía razón.

2

El fin de una era

Cuando David Wisnia era pequeño, comenzó una historia de amor con la ópera que duraría toda su vida. A los nueve años, luciendo su propio esmoquin, se dirigía a la estación de autobuses que había cerca de su casa, junto con sus padres y sus dos hermanos, para ir a la gran ciudad a visitar el Gran Teatro de Varsovia. Era un niño seguro de sí mismo, de cabello castaño oscuro corto, y estaba acostumbrado a vestir bien, a que las miradas se posaran en él.

Varsovia no quedaba lejos de la pequeña ciudad polaca de Sochaczew, donde vivía él —el viaje en autobús duraba menos de una hora—, pero bien podría haber sido otro mundo. Al principio, más allá de la ventanilla del autobús los cielos oscuros envolvían ciudades silenciosas parecidas a la suya. Los pueblecitos estaban rodeados de vastos campos verdes salpicados aquí y allá de vacas erráticas. Polvorientos caminos de tierra conectaban casitas de madera. Al fondo se extendían densos bosques de pinos y abedules.

Pero a medida que el autobús se alejaba hacia el este y después giraba ligeramente hacia el norte, el paisaje iba cambiando. El cielo se iluminaba con el resplandor de las farolas. Los edificios eran más altos que los de Sochaczew, pero aun así elegantes. Hechos de ladrillo y piedra, su arquitectura era elaborada, sofisticada. En Varsovia las vías y las calles adoquinadas estaban bien cuidadas. Las plazas estaban adornadas con fuentes de agua y parterres de flores. En octubre de 1935, el recién pavimentado Washington Boulevard se había convertido en la arteria de tráfico más grande de la ciudad y había llenado titulares en todo el mundo. Tranvías rojo sangre, carruajes tirados por caballos y Cadillacs abrillantados compartían las carreteras.

Varsovia era el centro cultural de Polonia, el autoproclamado «París del Norte». En sus rincones se escondían teatros estilizados e íntimas salas de espectáculos; músicos callejeros desperdigados que rasgueaban la guitarra y tocaban la armónica; mujeres sonrientes con vestidos arrugados y pañuelos descoloridos cubriéndoles el pelo vendían ramos de fragantes flores.

Allí, alojado en un majestuoso edificio neoclásico del centro de la ciudad, estaba el Gran Teatro, sede de uno de los escenarios más grandes del mundo. La ópera había sido renovada en 1933 bajo la dirección de Janina Korolewicz-Waydowa, una excantante que creía firmemente que bajar los precios era la mejor manera de salvar el teatro. El experimento funcionó; la asistencia se disparó. Cuando los Wisnia acudían a ella, los oídos entrenados de David se sintonizaban con los intérpretes, el tono de las contraltos y las sopranos, el rico vibrato que ondulaba por toda la sala. La mayoría de los cantantes eran polacos. Eran suficientemente buenos, pero a David no le parecían excelentes.

Y David quería ser excelente. Su padre, Eliahu, era aficionado a la ópera. Él y su esposa, Machla, habían incentivado a David para que apreciara la música desde pequeño, y con diez años ya memorizaba melodías con entusiasmo, leía libretos y cantaba. De los tres hijos de la familia, David era el mediano, y también el favorito, y él lo sabía. A veces le preocupaba que la atención de sus padres pusiera celosos a sus hermanos.

A los siete años, David dominaba el piano y era capaz de acompañarse cantando. La ópera era un segundo idioma. En su juventud, David había memorizado «E lucevan le stelle», un aria cargada de emoción de Tosca, la tragedia romántica de Giacomo Puccini. Soñaba con convertirse en un famoso cantante de ópera en Estados Unidos. Su convicción no hizo más que crecer cuando, hacia los ocho años, actuó en el mayor escenario de su corta carrera. En el escenario del Kinomeva, uno de los mayores cines de Sochaczew, David y su amiga de la escuela Sara Lewin interpretaron la canción hebrea «Shnei Michtavim» («Las dos cartas»), un poema operístico. Narraba un intercambio de cartas entre una madre polaca y su hijo, que se había mudado a Jerusalén. Sara, siete años mayor que David, interpretaba el papel de su madre. En un estribillo evocador, madre e hijo luchaban contra el dolor de la separación: la madre en la diáspora y el hijo habiendo abrazado su nuevo hogar y decidido a hacerse una vida en Jerusalén. Con los ojos brillantes y la voz fuerte, David se aferró al momento, exultante. Sentía que allí era donde pertenecía.

Era 1934, aproximadamente un año después de que la Alemania nazi comenzara a promulgar sus leyes antisemitas y a difundir su propaganda, y Polonia y Alemania acababan de firmar un acuerdo de no agresión. Los dos países prometieron cooperar entre sí hacia la garantía de una «paz duradera». El poema «Shnei Michtavim», musicado por el compositor ruso Joel Engel una década antes, reflejaba el espíritu sionista que fluía entre los jóvenes judíos de Polonia.

Al terminar la actuación, el público se puso en pie y aplaudió. David y Sara estaban radiantes. No tenían forma de saber que nueve años después revivirían aquella canción, esta vez fuera del escenario y en un lugar muy diferente.

La vida hasta aquel momento había sido buena en Sochaczew, al menos para quienes disponían de medios para disfrutarla. Los Wisnia vivían en un edificio de tres plantas en la calle principal de la ciudad junto con los abuelos maternos de David. David y sus dos hermanos, Moshe y Dov, compartían habitación y sus abuelos ocupaban la planta baja. Su casa era de las pocas de la ciudad que tenían teléfono propio, lo que la convertía en una parada popular para amigos y vecinos.

Eliahu trabajaba duro para poder ofrecer lo mejor a su familia. Cada domingo iba en autobús hasta Varsovia, donde tenía una tapicería. Mientras tanto, Machla y su hermana Helen cuidaban de la casa y de los niños. De vez en cuando, David acompañaba al trabajo a su abuelo, fabricante de ataúdes. Escuchaba a su patriarca bromear con sus empleados, un puñado de hombres que con el paso de los años se habían convertido en amigos cercanos. David admiraba a su abuelo, un caballero, siempre elegante con su perilla característica, siempre con un cepillo en la mano para colocarse bien el pelo.

Los viernes Eliahu regresaba a casa para disfrutar de un oloroso festín de sopa de pollo con fideos caseros y albóndigas de matzá. Cada semana, David observaba cómo su tía Helen preparaba el plato y cortaba el pollo con amor. Además de ayudar con los niños, la tía Helen también hacía las veces de cocinera de la familia. Después de su tradicional cena de sabbat, David cantaba en el coro de la única sinagoga de la ciudad. Los sábados por la mañana volvía a cantar. David, el miembro más joven del coro, se había convertido en solista a los siete años.

Pero aunque David y su familia disfrutaban de una buena vida en Sochaczew, se veían obligados a mirar constantemente por encima del hombro. Ser judío en la Polonia de los años treinta era estar en un estado de inquietud permanente.

En este sentido, Sochaczew era bien representativa de lo que pasaba en las ciudades pequeñas polacas. Los aldeanos se burlaban de los judíos con el insulto despectivo Jid. Un policía local pegó a los niños judíos en una feria mensual donde los granjeros locales vendían vacas y caballos. A los compradores se los recibía con letreros que rezaban: «Si le compras a un judío, eres un perro». Las burlas y los ataques llevaban siglos ocurriendo de forma intermitente y en ocasiones explotaban en violencia homicida: los infames pogromos que, prácticamente de la noche a la mañana, podían provocar la devastación material y la muerte de muchos judíos polacos. Sochaczew había sido en su día predominantemente judía y tenía un centro jasídico, pero su población judía había disminuido porque muchos residentes emigraban a Varsovia o se marchaban de Polonia, a menudo a Palestina. Para la década de 1930, de los trece mil quinientos habitantes de Sochaczew, solo aproximadamente un cuarto eran judíos.

La primera experiencia antisemita de David había tenido lugar al empezar el colegio público, cuando tenía cuatro años. Se negó a arrodillarse durante las oraciones escolares. En el recreo, sus compañeros de clase le pegaron. Su padre lo sacó de la escuela esa misma semana y lo trasladó a una prestigiosa escuela privada, Yavneh, donde se impartían clases en hebreo y en polaco. Fue así como David entró en un mundo aislado dentro de la comunidad judía, una esfera protegida que nutriría su confianza en sí mismo y su deseo de actuar.

Para los Wisnia, la idea de mudarse de su pequeña ciudad polaca a Estados Unidos no era descabellada. Una de las hermanas de Machla, la tía Rose, se había mudado a Brooklyn con su esposo e hijos hacía años. Para David, eso significaba posibilidades. Y su querida tía Helen, que ayudaba a criarle, planeaba reunirse con su hermana mayor en Nueva York. ¿Por qué no podían ir todos?

El principal obstáculo era el padre de David. A Eliahu no le gustaba Estados Unidos, una tierra donde los niños no respetaban a sus mayores, se burlaban, y donde el dinero era dios. En Varsovia tenía un negocio sólido, una casa. Estaban cómodos. Solo los campesinos se marchaban de Polonia, le dijo a su hijo, aquellos que no tenían nada por lo que quedarse.

Aun así, David le suplicaba. Pese a que apenas había cumplido diez años, tenía la sensación de que el peligro acechaba. Sabía que en Polonia durante décadas se había marginado a los judíos económica y políticamente, pero sin duda la hostilidad hacia ellos se estaba poniendo al rojo vivo, y además había otras señales de advertencia. En 1936, los estudiantes de la Universidad de Varsovia organizaron huelgas de hambre exigiendo que se segregara a los judíos, un precedente que ya se había sentado en otros campus cercanos. David señalaba los rumores que circulaban, las emisiones radiofónicas que advertían de una guerra inminente. Incluso en Varsovia se hacían preparativos. Por la noche los funcionarios comprobaban si la ciudad estaba lista con sirenas y redobles de tambor. Apagaban las farolas y dejaban la ciudad a oscuras para «comprobar la disciplina de la población», informaban los periódicos.

Pero las discusiones de David con su padre no fueron a ninguna parte. En cambio, en 1937, cuando David tenía once años, Eliahu Wisnia trasladó a su familia a Varsovia, lo que ponía fin a su desplazamiento semanal. Los Wisnia establecieron su nuevo hogar en un piso grande y elegante de una cuarta planta de la calle Krochmalna, cerca de la tapicería de Eliahu. Estaban a pocos pasos de un enclave judío empobrecido compuesto principalmente por judíos tradicionales que hablaban yidis, comerciantes y zapateros. Sin embargo, los Wisnia evitaban hablar yidis, una lengua vernácula que los judíos adinerados consideraban una forma vulgar del alemán. Ahora los Wis­nia hablaban casi exclusivamente polaco. En su escuela judía sionista privada, el Tarbut, David estudiaba tanto hebreo como polaco.

A pesar de todo, la carrera de canto de David seguía siendo una prioridad. Al principio actuaba en la sinagoga de Nożyk, una de las cinco congregaciones más grandes de la ciudad, que acogía a unos seiscientos feligreses. Pero Eliahu quería más visibilidad para su hijo. La Gran Sinagoga de la calle Tłomackie era una de las mayores de Europa. Su cantor, Moshe Koussevitzky, era un tenor talentoso que contaba con seguidores. David se unió a su tutela en 1938.

La Gran Sinagoga de Varsovia, donde David Wisnia actuó de niño.

Mientras su formación como cantante avanzaba, la esperanza de David de ir a Estados Unidos se volvía menos viable. Las cuotas estadounidenses para nuevos inmigrantes habían bajado hasta niveles récord. Durante décadas, los nativistas habían presionado al Congreso para protegerse contra una «invasión extranjera». Ya en 1924, una cuota de ascendencia nacional limitaba a los inmigrantes del sur y el este de Europa, así como a los de África y Asia. En la década de 1930, los nativistas se centraron en un nuevo lema: «¡Los niños de Estados Unidos son problema de Estados Unidos! ¡Los niños refugiados de Europa son problema de Europa!». Los estadounidenses aún se estaban recuperando de la Gran Guerra y el país luchaba contra una depresión. Una encuesta Gallup de 1939 reveló que la mayoría de los estadounidenses no querían más inmigrantes, y menos procedentes de Europa. Ese mismo año un senador de Carolina del Norte presentó un proyecto de ley que pedía detener por completo toda inmigración a Estados Unidos durante diez años.

La puerta a Estados Unidos estaba a punto de cerrarse de un portazo. Pero antes, la tía de David, Helen, consiguió llegar a Nueva York y reunirse con su hermana Rose justo a tiempo. Helen se marchaba a vivir el sueño, a solo unos metros del río Harlem, en el South Bronx, en el 750 de Grand Concourse. David memorizó su nueva dirección. Su cariñosa tía, la mujer que lo había cuidado desde su nacimiento, que se había pasado los viernes enseñándole cómo hacer su caldo especial de fideos, se había ido. Pero David mantenía la esperanza. Se repetía la dirección. Ya se reuniría con ella.

El jueves 31 de agosto de 1939, David celebró su bar mitzvá. Tenía trece años: según la tradición judía, oficialmente un hombre. Dirigió el oficio en su sinagoga y disfrutó de una pequeña celebración en la sala trasera del edificio. Se repartieron los refrigerios festivos típicos a los adultos, whisky y vino, y todo el mundo disfrutó del pastel, el pan challah y el arenque.

Tras eso, la celebración continuó en casa de los Wisnia. David miró alrededor de la abarrotada sala de estar y sintió la presencia de cientos de invitados que habían asistido en su honor para la ocasión. Se percató, maravillado, de que la comunidad judía al completo estaba allí para brindar por él. Saboreó la mermelada de naranja, reservada para ocasiones especiales, y los dulces, los pasteles, los chocolates. El día estuvo lleno de dulzura. El novio de la tía Helen, que se había quedado atrás al marcharse ella a Nueva York, le regaló su primer reloj. David estaba entusiasmado. Se estaba aventurando en una nueva etapa de su vida.

David Wisnia en su bar mitzvá el 31 de agosto de 1939.

En aquel piso de la calle Krochmalna el ambiente era festivo, pero abajo, en las calles de Varsovia, la atmósfera veraniega se hacía especialmente sofocante. Muchos polacos intentaban ignorarlo. ¿Quién en su sano juicio habría imaginado que Alemania atacaría a Polonia? En todo caso, los ingleses y los franceses protegerían a sus aliados polacos, o eso esperaban muchos en Varsovia.

Se habían publicado por toda la ciudad avisos de una «movilización general», y aquel día, el del bar mitzvá de David, Polonia finalmente dio el dramático paso de poner en marcha a sus tropas para prepararse para la guerra. Era innegable: la amenaza nazi se acercaba cada vez más a casa. Los hombres polacos de edades comprendidas entre veintiún y cuarenta años fueron llamados al servicio militar. El futuro de Polonia estaba amenazado.

En aquel momento, sin embargo, nada de eso importaba. David llevaba meses estudiando para su bar mitzvá. Había memorizado su parte de la Torá, había practicado sus lecturas y las había presentado a la perfección. Resultó que él y su familia estaban celebrando el fin de una era.

Cuando David se despertó a la mañana siguiente, la celebración y la sensación de euforia y orgullo que había tenido la noche anterior todavía estaban frescas. Le dolía el estómago; tal vez había comido demasiados dulces, pensó. Por la ventana oyó el sonido creciente de lo que parecía un enjambre de abejas enojadas. David se levantó para intentar ver de dónde venía aquel extraño zumbido. Sus hermanos aún dormían.

Fuera, David vio escuadrones de aviones plateados pasar velozmente en forma cerrada por el cielo fresco de la mañana. Corrió al dormitorio de sus padres y zarandeó a su padre hasta despertarlo.

Eliahu aún no estaba del todo consciente cuando David le contó lo que había visto. Aquellos aviones no eran polacos, subrayó David a su padre. Sabía qué aspecto tenían los aviones polacos.

Eliahu yacía con los ojos húmedos en su cama. Todavía estaba amaneciendo, la luz del sol apenas comenzaba a entrar por la ventana. Dentro de casa, el mundo seguía estando tranquilo, en paz.

David intentó transmitir la importancia de lo que acababa de ver hacía solo un momento, tan cerca. Polonia no contaba con aquel tipo de aviones, repitió, exaltado. Los aviones que había visto eran mucho más sofisticados. Eran extranjeros.

Pero Eliahu no se movió. «Vuelve a la cama», dijo. Solo son maniobras, entrenamientos de la fuerza aérea.

Era cierto, los días anteriores los pilotos polacos habían estado entrenando. Pero David sabía qué aspecto tenían sus aviones, y sabía que no eran como los que acababa de ver.

Tenía razón. Unas horas antes, tropas alemanas vestidas con uniformes del ejército polaco habían atacado una emisora de radiodifusión alemana de Gleiwitz y luego una ciudad fronteriza alemana del límite sur de Polonia. La BBC transmitió el supuesto ataque polaco en cuestión de horas. El engaño se utilizó para justificar la invasión alemana de Polonia.

A las 5.11 de aquella mañana, Hitler había hecho una proclamación que resonó en todo el mundo. Acusó al pueblo polaco de perseguir a los alemanes. Advirtió que la nación alemana «respondería a la fuerza con la fuerza».

Poco después de que Eliahu dijera a su hijo que volviera a la cama, las sirenas antiaéreas sonaron por toda Varsovia. Por un breve instante, la ciudad se volvió gris. La niebla y las nubes protegieron la ciudad de los repentinos ataques aéreos. Una nueva realidad se cernía sobre ellos: los Wisnia, los demás 1,3 millones de habitantes de Varsovia y el mundo en general.

3

«Iba de farol»

Se suponía que era un momento feliz.

Zippi y Tibor se habían prometido. Era 1938, el mundo se estaba desmoronando, la realidad perdía su forma y, aun así, ellos dos se atrevían a planificar un futuro juntos.

Entonces murió la abuela de Zippi, Julia. Fue una muerte en paz, sin complicaciones, a los setenta y dos años. Pero Julia había sido el punto de apoyo de Zippi, su seguidora más ferviente y su modelo a seguir. Le había enseñado tanto… Y ahora se había ido.

Al morir la madre de Zippi, once años antes, Julia había hecho ver a Zippi que la vida no se detenía para amoldarse a la pena, y que ella tampoco debía hacerlo. Julia, siempre alegre y curiosa, consumidora insaciable de libros y periódicos, siempre con ganas de aprender más, siempre ansiosa de incorporar nuevas caras a su vida, había transmitido todas aquellas pasiones a su nieta. Zippi la honraría. Seguiría adelante con su vida. Al menos Julia no tendría que ver cómo el prometedor futuro de Bratislava era dolorosamente desmantelado.

El ascenso de Hitler representaba una amenaza existencial para Checoslovaquia. Alemania había estado observando los Sudetes, territorio del norte de Checoslovaquia ocupado por unos 2,8 millones de alemanes sudetes. Ahora se había convertido en un pretexto para que Alemania cruzara de forma provocadora las fronteras de Checoslovaquia.

A diferencia de la mayoría de los países de Europa del Este, que habían cedido ante el fascismo sin apenas luchar, el gobierno checoslovaco no se movería. Cuando Hitler había intentado forzar a Checoslovaquia a ceder el control de los Sudetes, el gobierno había respondido con un rotundo no. En cambio, cogió por sorpresa a Alemania movilizando a sus hombres de hasta cuarenta años. El ejército alemán se retiró. Aquel agosto, la revista Fortune se maravilló de que «el pequeño país de Checoslovaquia, un enclave democrático en el corazón de la autocrática Europa Central», se hubiera enfrentado a Hitler y hubiera evidenciado que Hitler «iba de farol». En septiembre, el primer ministro checoslovaco Jan Syrový, un general de cuatro estrellas, juró que su ejército, considerado una de las fuerzas más poderosas de Europa, «defenderá nuestras libertades hasta el final».

Pero el bastión no resistiría. A pesar de su potencia, el ejército checoslovaco no pudo contra la máquina de guerra de Hitler sin el apoyo occidental. No solo se encontró con el silencio, sino que de hecho también fue socavado: el 30 de septiembre de 1938, Alemania, Italia, Gran Bretaña y Francia firmaron el Acuerdo de Múnich, por el cual los Sudetes pasaban a estar bajo control alemán.

El general Syrový volvió a dirigirse a su nación, esta vez con el corazón roto. No tenía elección, dijo. Checoslovaquia era, después de todo, un «país pequeño» y en solitario no podía hacer mucho. El gobierno checoslovaco se rindió a las condiciones del Acuerdo de Múnich: los Sudetes se incorporarían a Alemania.

Envalentonado, Hitler empezó a allanar el camino para un estado eslovaco «independiente». La nación unificada comenzaba a desmoronarse; el presidente checoslovaco Edvard Beneš dimitió y huyó a París, dejando al general Syrový como el líder de facto del país. Una oleada de soldados checos y eslovacos huyó a otros países de Europa del Este, mientras que otros escaparon a Gran Bretaña.

La amenazadora nube del nazismo se acercaba, proyectando su sombra. Una a una, las libertades y oportunidades que habían brotado durante la vida de Julia serían arrebatadas. En noviembre de 1938, la Universidad de Bratislava echó a quinientos estudiantes judíos con la excusa de que eran «comunistas». Zippi se había sacado la carrera justo a tiempo. Con el título de diseñadora gráfica estaba lista para convertirse en la primera mujer de Bratislava en trabajar en ese campo.

Muchos judíos se habían negado a creer que las acciones horripilantes del pujante nazismo que se relataban en Europa del Este los alcanzarían a ellos. Pero el antisemitismo que había ido calando en la región durante siglos no hizo más que intensificarse. La persecución de los judíos había quedado reducida en gran medida a los pueblos pequeños, pero ahora los actos de terror y la propaganda se estaban extendiendo a metrópolis refinadas y cultas.

El sentimiento antisemita se propagó entre los eslovacos, muchos de los cuales se unieron ansiosamente a las filas de la Guardia de Hlinka, el ala miliciana del Partido Popular Eslovaco, una fuerza llamada así en honor al fundador del partido, el sacerdote católico Andrej Hlinka. El diario The Slovak, dedicado al Partido Popular Eslovaco, justificaba sus acciones: «Teníamos, y todavía tenemos, motivos no solo para mirar a los judíos con reserva y desagrado, sino que también podemos culparlos con razón de los fracasos y desastres que han traído a nuestra nación».

En las calles de Bratislava se respiraba la sensación amenazante de la Europa de la era de la Primera Guerra Mundial. Se destrozaban las tiendas judías. A las mujeres les aterraba salir solas de noche. Cada vez había más guardias de Hlinka por la ciudad: matones que parecían una versión de ópera bufa de los milicianos fascistas italianos y que deambulaban por las calles con uniforme negro, botas altas oscuras y sombrero en forma de barco con ribetes dorados y una borla. Una noche, un amigo de Zippi regresó a casa de una reunión de Hashomer Hatzair con la nariz ensangrentada tras una bronca con unos provocadores que le habían salido al paso por el camino. La vida judía y checa en Bratislava se estaba volviendo insoportable.

Un retrato de Zippi de perfil y otro de Tibor Justh también de perfil

Zippi y Tibor Justh se hacían fotografías mutuamente como parte de su formación en artes gráficas y fotografía.

Zippi era la única mujer y la única judía que trabajaba en su prestigioso estudio alemán de doce personas. Pero el trabajo duró poco. Al ser judía, el estudio se vio obligado a despedirla.

Zippi fue encadenando una serie de trabajos extraños: enseñaba habilidades prácticas de diseño gráfico a judíos y pintaba placas de matrícula, letreros, carteles, anuncios y señales de calle. Aunque los judíos eran marginados de la sociedad, los diseñadores gráficos capacitados escaseaban y había demanda de ellos. Aun así, por mucho que trabajara y por muy buena que fuera en su trabajo, no podía escapar de su identidad judía y lo que eso significaba en aquel nuevo mundo.

En marzo de 1939, Eslovaquia declaró formalmente su independencia de Checoslovaquia. La nueva nación estableció un gobierno títere apoyado por el Tercer Reich y en apariencia encabezado por Jozef Tiso, el sacerdote católico que se había convertido en líder del Partido Hlinka tras la muerte de Andrej Hlinka en 1938. Checoslovaquia ya no existía. Beneš intentó formar un gobierno checoslovaco en el exilio en París, pero el gobierno francés se negó a reconocerlo. En su lugar, apoyó al embajador checoslovaco en Francia, Štefan Osuský, quien ya había establecido un ejército checoslovaco en París. Si bien ambos hombres querían una Checoslovaquia reunificada, Osuský tenía un programa más eslovaco que Beneš. En julio, tras la caída de Francia, Beneš restableció el gobierno checoslovaco en el exilio en Londres, donde fue reconocido por los Aliados, con Osuský como ministro.

Casi inmediatamente después del desmantelamiento de Checoslovaquia, los Spitzer perdieron su casa. La Guardia de Hlinka ordenó que los judíos se desplazaran al antiguo Barrio Judío. Los Spitzer dejaron atrás su piso y sus muebles, y se mudaron a una habitación compartida en un edificio en ruinas.

Mientras tanto, Sam asumió papeles más importantes dentro de su trabajo de resistencia. Ayudó a los voluntarios judíos de las Brigadas Internacionales, que habían viajado desde Palestina para luchar contra el fascismo en España en 1936 y no habían podido regresar a casa. La mayoría se había convertido en presos políticos en campos de internamiento próximos a los Pirineos. Escondía a refugiados dentro de grietas de los Pequeños Cárpatos, cerca de Bratislava, y distribuía alimentos y panfletos con actualizaciones desde la clandestinidad.

Con el aumento de las políticas y la violencia antisemitas, Palestina se volvió atractiva. Sam tuvo el impulso de comprar una bicicleta de carreras y un carnet de identidad falso y planeó viajar por Hungría, llegar como pudiera a Turquía y finalmente a Palestina, pero la bicicleta se rompió antes de cruzar siquiera una frontera. Él se lo tomó con calma y abortó la idea con la misma rapidez con que la había abrazado. En su lugar, intensificó su trabajo clandestino y se unió a la Obrana Národa, una organización de resistencia checa que hacía estallar dinamita en las carreteras para detener a los soldados alemanes que intentaban entrar en Eslovaquia.

Las «cosas de poca monta» en que antes estaba involucrado iban aumentando de tamaño.

El prometido de Zippi, Tibor, también desempeñaba su papel. Había sido conductor del regimiento antiaéreo del ejército checoslovaco y entonces redobló sus esfuerzos con el movimiento clandestino. Trabajaba tanto con soldados checoslovacos como con grupos juveniles judíos para oponer resistencia al fascismo. Se unió a una red secreta conocida como Misión Checa. Supervisada por el gobierno checoslovaco en el exilio, la operación tenía su base dentro del consulado francés en Budapest y trabajaba con una organización de refugiados polacos en Hungría. Proporcionaba a los refugiados y a los combatientes checoslovacos documentos falsificados y transporte para cruzar las fronteras y unirse a los Aliados. Además, Tibor trabajaba con miembros de Hashomer Hatzair y con checoslovacos no judíos. Tenía dos objetivos: librar a su país del fascismo y ayudar a los refugiados a huir a Palestina.

Aunque Zippi no estaba activamente involucrada en el trabajo de resistencia, entendía lo que estaba en juego. Tenía veintiún años: había tiempo. La boda podía esperar.

4

«Nadie los va a vencer»

Muchos de los habitantes de Varsovia hicieron las maletas para abandonar la ciudad tras la invasión alemana de Polonia. Los afortunados, quienes tenían carretas y caballos, llevaban cajones llenos de ropa. La mayoría simplemente cogía lo que podían llevar a cuestas. Otros se marcharon sin nada. Querían dirigirse hacia el este, donde tenían la esperanza de que las fuerzas alemanas no hubieran llegado todavía, pero una gran parte de ellos no logró llegar lejos. Las vías del tren habían sido destruidas; los trenes, los puentes y los coches se habían convertido en objetivos. Toda la región se había sumido en el caos. Desde su piso, los Wisnia oían el incesante fuego de artillería.

Una semana antes, la Alemania nazi y la Unión Soviética habían anunciado por sorpresa la firma del Pacto Ribbentrop-Mólotov, un compromiso de no agresión entre las dos fuerzas. Sin embargo, con ese pacto los líderes de ambos países también acordaron en secreto la división de Polonia y cada una estableció su propia esfera de influencia.

Si bien Hitler nunca tuvo la intención de cumplir su compromiso de no agresión, sí que tenía un objetivo en común con Stalin: deshacerse del judaísmo. Los enemigos de los soviéticos fueron sometidos a los gulags, una red de campos de trabajos forzados establecida por primera vez en 1918 por el líder bolchevique ruso Vladimir Lenin para aterrorizar a los opositores de la Revolución rusa. Con Stalin, esa red se expandió exponencialmente con el pretexto de acelerar la industrialización de la Unión Soviética. En regiones remotas, lejos de sus familias, los prisioneros étnicos y políticos trabajaban a destajo en proyectos de infraestructura en condiciones de frío extremo y con poca comida. La mayoría no duraba mucho. Algunos judíos creían que los métodos alemanes no podían ser mucho peores que los soviéticos.

La radio había sido durante largo tiempo un elemento fijo en casa de los Wisnia. Durante la primera semana de septiembre de 1939, transmitía una corriente constante de advertencias de ataques aéreos. Mientras tanto, cientos de aviones alemanes salpicaban el cielo y soldados alemanes asediaban las puertas de la ciudad. Una iglesia fue alcanzada durante una misa de domingo por la mañana. Aquella tarde, decenas de feligreses desconsolados se arrodillaron sobre los bancos de la iglesia destrozados, cubriéndose el rostro con las manos. El altar estaba roto, rodeado de cenizas y brasas, y no había techo sobre sus cabezas.

Varsovia estaba sitiada.

En las calles, voluntarios polacos construían barricadas en un intento de fortificar su ciudad, de prepararse para oponer algo de resistencia contra los alemanes que los rodeaban. Fuera de casa de los Wisnia, los niños llevaban máscaras improvisadas de algodón y gasa que cosían las madres, desesperadas por protegerlos de la inhalación de humo y polvo. Cayeron bombas en un hospital judío y los rabinos llevaron a los niños a unas trincheras antiaéreas que habían excavado los pacientes del hospital. «Podrías poner en hora el reloj según los bombardeos», dijo un fotógrafo británico a un reportero. Pero las ametralladoras antiaéreas de los polacos y sus intentos de resistencia no eran rival para la artillería alemana.

En septiembre bombardearon el Barrio Judío, justo cuando los judíos habrían celebrado el Rosh Hashaná, el Año Nuevo judío. Bajo los escombros se amontonaban edificios destrozados y partes de cuerpos retorcidas. Columnas de humo denso y gris se elevaban y obstruían la visión de la carnicería. Arrasaron manzanas de edificios; quienes habían pasado toda una vida en la ciudad ya no podían encontrar el camino a casa.

Un tercio de Varsovia quedó destruida.

Aquel primer mes bajo asedio, David y su familia permanecieron en casa durante las horas del día, cuando tenían lugar la mayoría de los bombardeos. A veces se escondían en el sótano o en un refugio cercano. La tierra bajo ellos temblaba y el edificio de al lado fue destruido, pero de alguna manera el piso de los Wisnia se mantuvo indemne. «Si logramos sobrevivir un poco más —se decían a sí mismos—, tal vez, solo tal vez, vengan a rescatarnos los británicos y los franceses».

Por la noche, David y su familia se sumaban a la búsqueda de comida. Hombres, mujeres y niños hambrientos deambulaban de refugio en refugio y formaban colas en la puerta de las panaderías. David hacía la cola del azúcar con el corazón agitado; los ataques aéreos y los bombardeos no parecían disminuir. El precio de los bienes básicos se había triplicado o cuadruplicado, y las provisiones de alimentos menguaban; aunque Eliahu había acumulado algo de arroz y azúcar, pronto se agotaría. El arroz dulce se convirtió en el nuevo alimento básico de la familia.

El 28 de septiembre de 1939 Varsovia se rindió. En la ciudad ardían unos quinientos incendios. En las últimas veinticuatro horas del asedio murieron más de tres mil personas. La ciudad, en su día reluciente, yacía entre cenizas.

Unos días después de la derrota, por la mañana temprano, Eliahu llevó a David y a su hermano mayor, Moshe, a ver el desfile de la victoria de Alemania. David vio a los hombres marchar al ritmo de los tambores con la ametralladora apoyada en el hombro; alzaban las piernas al unísono, derecha, luego izquierda, levantando polvo con sus botas de cuero. Los soldados que llevaban casco montaban unos caballos altos y bien alimentados, y saludaban a su Führer, cuya mirada estoica no vacilaba mientras observaba, satisfecho de sus fuerzas. Oleadas de vehículos blindados, tanques y artillería pasaban en formación mientras los aviones sobrevolaban la escena. Los polacos asistían desde los márgenes.

—Nadie los va a vencer —dijo David.

—¿Qué dices? —respondió Eliahu ante el comentario de su hijo—. Inglaterra es poderosa.

Solo el tiempo lo diría.

Entretanto, se apartaron la metralla, los fragmentos de vidrio y los edificios destruidos. La violencia más evidente terminó. Y empezó una nueva fase de terror.

Para quienes no habían perdido a nadie, que no habían tropezado con cuerpos que había en el suelo bajo ellos, cuyas casas no habían sido completamente destruidas, la vida pasó a una nueva rutina que casi se parecía a la normalidad. Los colegios públicos estaban prohibidos para los judíos, pero David regresó a sus clases privadas. Su padre volvió al trabajo.

David veía letreros en alemán y polaco dirigidos a los judíos: OS TRATAREMOS COMO A TODOS LOS DEMÁS POLACOS SI DEJÁIS DE ENGAÑAR A VUESTROS VECINOS, MENTIR Y PROPAGAR PIOJOS Y EL TIFUS. David estaba confundido. No conocía a nadie que tuviera piojos, ni sabía nada de vecinos que engañaran. A medida que las fuertes críticas contra los judíos se fueron intensificando, David empezó a no salir de casa a menos que fuera necesario.

Pero los judíos ya no estaban a salvo ni siquiera en su propia casa. Los oficiales de las SS aparecían en la puerta de los judíos ricos para quitarles los muebles. Hacían redadas nocturnas aleatorias en hogares judíos. A punta de pistola, ordenaban que se les entregara el dinero y las joyas. Aparecían carteles en los postes de la calle y en los escaparates: JUDÍOS, PIOJOS, TIFUS. Su mensaje estaba claro: los judíos eran una amenaza para la salud pública. Les empezaron a restringir zonas de la ciudad; de repente, varios parques, tiendas y calles les estaban prohibidos. Para finales de septiembre, determinados tranvías estaban designados «SOLO PARA JUDÍOS».

El 12 de octubre de 1940, unos altavoces recién instalados en los postes de la calle por toda la ciudad cobraron vida con un anuncio: Varsovia iba a ser dividida en tres barrios, el alemán, el polaco y el judío. Todos los residentes, salvo los alemanes, tenían hasta fin de mes para mudarse al barrio que les había sido designado. Tendrían que dejar atrás todo lo que no pudieran llevar consigo.

Habían pasado trece meses desde el bar mitzvá de David. El Gran Teatro, donde una década atrás su familia y él habían disfrutado cautivados por la música, ahora era un montón de escombros. Sus sueños de cantar ópera en Estados Unidos empezaban a parecer un cuento de hadas, un deseo pasado.

Varsovia era una ciudad al borde del abismo. Polacos y judíos abarrotaban las calles de adoquines. Sin aliento, empujaban carritos y carretillas por las calles, llevando consigo lo que podían. «El hogar» era un objetivo en movimiento. En cualquier momento cambiarían los límites, les requisarían los pisos, un nuevo decreto de expulsión exigiría que se marcharan apresuradamente. Preparados para mudarse, se aferraban únicamente a lo esencial. El resto, lo que quedaba atrás, era botín para los alemanes. Mesas, sillas, camas, ropa de hogar, y en ocasiones álbumes de fotos, se convirtieron en reliquias abandonadas de vidas pasadas.

En octubre de 1940, durante un periodo de dos semanas, ochenta mil polacos cristianos fueron obligados a abandonar sus casas para dejar espacio a los ciento cuarenta mil judíos a los que se había ordenado trasladarse a ellas. Aquello se convirtió en la recién designada zona de cuarentena de Varsovia, el Barrio Judío. El área ocupaba unas cuarenta hectáreas, aunque su tamaño fluctuaría y acabaría abarcando cerca de ciento cincuenta y dos hectáreas de espacio residencial. El gueto estaba delimitado por muros de tres metros coronados con alambre de espino.

David y su familia no tuvieron que mudarse porque ya vivían dentro de los límites del gueto. Sin embargo, pasaron de ser siete a ser el doble. Acogieron a una tía, a un tío, a dos bebés y a otra familia.

Para entonces, Varsovia, en su día una ciudad brillante, de música y belleza, se había transformado en un montón de suburbios cerrados con barreras. Cada día se levantaban nuevos muros. Los residentes se preguntaban si las puertas del gueto se quedarían abiertas. ¿Podrían salir y visitar otros barrios, ir a sus puestos de trabajo fuera de la zona? ¿O quedarían acordonados y aislados? Nadie lo sabía. David siguió yendo a clase dentro del gueto, pero no podía continuar cantando en el coro de la Gran Sinagoga: habían clausurado el templo y este se había convertido en un depósito de muebles saqueados.

El padre de David, Eliahu, se aferró a las riendas de su negocio tanto tiempo como pudo, pero no pudo evitar que los alemanes acabaran arianizándolo y a él lo dejaran sin trabajo. Desesperado por encontrar un sustento, Eliahu buscaba comida extra que pudiera llevar a casa para sus tres hijos en crecimiento, su esposa y sus suegros.

Pero Eliahu era ingenioso. Descubrió que había oficiales alemanes que no estaban tan resueltos a matar judíos como otros. Eliahu se congració con uno de aquellos alemanes menos amenazantes. De joven su padre le había enseñado carpintería y ahora le dijo a un sargento de la Luftwaffe que era carpintero y que estaba dispuesto a ofrecer sus servicios. La Luftwaffe era la fuerza aérea de la Wehrmacht, las fuerzas armadas de Alemania. Si bien Hitler era su comandante en jefe, los soldados de la Wehrmacht no necesariamente eran miembros del Partido Nazi (oficialmente el Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores).

El sargento le dio a Eliahu trabajo en el Aeropuerto de Varsovia-Oke˛cie, un aeródromo para el ejército alemán. A partir de entonces, un camión alemán llevaba y traía a Eliahu del trabajo tres veces por semana. A cambio, regresaba a casa con más pan y patatas. Durante un tiempo, eso salvaría la vida de su familia.

David, que en 1940 era un chico de catorce años alto y de pelo claro, hacía todo lo posible por echar una mano. Cuando no estaba en el colegio se ofrecía como voluntario para hacer chapuzas, rondas con una escoba, barrer el polvo del gueto; otros días fregaba. Así podía llevar a casa más sobras de comida. Y al mantenerse ocupado conseguía evitar el cuerpo de élite de los nazis, conocido como la Schutzstaffel («escuadrón de protección»), las SS.

En 1925, Hitler había creado las SS, un grupo selecto de nazis que habían jurado lealtad al mismo Führer. Sus miembros seguían a Hitler y a figuras de alto rango del Partido Nazi a mítines y hacían de guardaespaldas personales. Sus responsabilidades crecieron, tanto en la campaña como en la recopilación de información, y empezaron a estar cada vez más interconectados con el Partido Nazi. Se formó un sistema jerárquico y Heinrich Himmler, un granjero de pollos flaco, con gafas y de aspecto débil, ascendió a través de funciones en la campaña política y en la recopilación de información. En 1929 fue ascendido a líder nacional de las SS. En sus manos, las SS se convirtieron en una bestia polifacética. Para 1940 controlaba los principales vehículos nazis para ejercer el terror, incluida la Gestapo, la policía secreta que aterrorizaba a los llamados enemigos del Reich, así como los campos de concentración y exterminio. Las SS también tenían su propio brazo militar: las Waffen-SS, que trabajaban en paralelo con la Wehrmacht.

Himmler también creó la Oficina de Raza y Asentamiento de las SS, cuyas funciones incluían entrenamiento ideológico para los miembros de las SS, investigación de las nuevas incorporaciones y filtrado de cónyuges de los oficiales de las SS según criterios raciales. Se evaluaba a los numerosos aspirantes en función de características físicas, incluido el color de ojos, las medidas corporales y si cumplían con el requisito de linaje nórdico. Básicamente, los miembros de las SS se convirtieron en guardianes de la raza alemana, autorizados para tiranizar, y en última instancia eliminar, al impuro, al infrahumano. La mayoría de ellos disfrutaba del deber.

En su mayor parte, las SS y la Gestapo gobernaban en el gueto de Varsovia, pero lo hacían junto con oficiales de la Wehrmacht y de las SS y la administración civil alemana. Para la organización, las SS nombraron un Judenrat, o Consejo Judío, que básicamente haría de intermediario entre las SS y los judíos. Los Judenräte eran responsables de ejecutar las directivas de las SS, a menudo decretos discriminatorios y crueles dirigidos a su propia comunidad. Los Judenräte también organizaban el mantenimiento del gueto, controlaban a los judíos y movilizaban la mano de obra judía.

Con todo, los soldados alemanes y las SS seguían estando en el lugar, atormentando a los judíos. A veces elegían a judíos al azar para realizar trabajos manuales extenuantes. Algunos tenían que cargar grava en camiones o construir muros. En lugar de ganar alimentos, recibían golpes con porras de goma.

Las calles cada vez estaban más concurridas. A cada día que pasaba llegaban carros llenos de familias procedentes de cerca y de lejos: ciento cincuenta judíos de Berlín, unos cuantos de provincias vecinas. Los recién llegados se apretujaban en pisos que ya estaban atestados. Las colas serpenteaban por las calles delante de las pocas tiendas que todavía vendían pan. Hombres, mujeres y niños regateaban para conseguir comida.

El 16 de noviembre de 1940, un sabbat, el gueto se cerró oficialmente. Siguieron el pánico y la agitación. En cada esquina del gueto pusieron guardias que exigían identificación y decidían quién podía cruzar las puertas. Los guardias alemanes aprovechaban la oportunidad para molestar a los peatones. De camino al colegio, David veía a los nuevos guardias de las SS reírse mientras ordenaban a unos ancianos judíos que hicieran flexiones y gimnasia, o que cantaran y bailaran para entretenerlos. Los miembros de las SS tenían pistolas y porras, y estaban ansiosos por usarlas; los judíos ya no tenían más que su hambre y sed, y hacían lo que se les mandaba.

Un día, las tiendas del Barrio Judío se quedaron sin pan ni productos alimenticios; además, les cortaron el suministro de alimentos procedentes de otros barrios. Los cristianos caritativos cruzaban para pasar pan de contrabando para sus amigos judíos. Uno que se atrevió a lanzar un saco de pan por encima de un muro fue asesinado en el acto. Los Wisnia, como todos los residentes del gueto de Varsovia, dependían del racionamiento, por lo general de unas ochocientas calorías diarias por persona compuestas de patatas y pan. Los cuerpos se iban haciendo más pequeños, más débiles, hasta que dentro de ellos desaparecía la vida.

Un año antes se había aprobado una normativa que exigía que los judíos de diez años en adelante llevaran en la manga derecha un brazalete blanco con la estrella de David. La estrella debía tener al menos diez centímetros de ancho y ser visible en la distancia. Quienes incumplieran la normativa serían encarcelados. A quienes llevaban el brazalete sucio o arrugado se los multaba. En los quioscos de la calle de los Wisnia vendían los brazaletes obligatorios.

David llevaba el suyo con orgullo, desafiante.

Para enero de 1941, el gueto ocupaba el 2,4 por ciento de Varsovia y albergaba el 30 por ciento de la población de la ciudad. Las condiciones que había en aquel espacio congestionado llevaban a actos de desesperación, a afectaciones propias de manicomio. Al quedarse sin opciones, las familias con niños esqueléticos imploraban alimentos frente a los juzgados. Un hombre murmuraba chistes y dichos ingeniosos a cambio de comida o dinero. Otro cantaba mientras su esposa empujaba un cochecito por las estrechas calles y recolectaba donaciones. Los habitantes del gueto se convirtieron en profesionales del contrabando de alimentos: niños intrépidos vestidos con harapos, jóvenes desafectos que ya no tenían nada que perder aprendieron a distraer a los guardias alemanes y polacos para entrar y salir a hurtadillas por las puertas.

Vendedores ambulantes y residentes del gueto en el gueto de Varsovia, 1941.

El gueto se estaba convirtiendo en una trampa mortal, y no solo por los disparos que acababan con muchas vidas al azar. El hambre era un gran asesino. El tifus, al principio una excusa inventada para aislar a los judíos del resto de la ciudad, pasó a ser una realidad por culpa de las condiciones de hacinamiento y falta de higiene. Las calles apestaban a enfermedades humanas y desperdicios. Con los refugiados que fueron transportados a Varsovia desde las provincias exteriores llegó un brote de piojos. Un invierno especialmente severo remató la pesadilla en la que se había convertido la vida.

Se volvieron habituales las incursiones aleatorias. Ver una limusina negra en cualquier momento del día o de la noche era mal asunto. A menudo, un oficial de la Gestapo llenaba la limusina de blancos humanos a los que disparar en el centro de la ciudad. Las familias se despertaban con fuertes golpes en la puerta de su casa seguidos de figuras que agitaban rifles y porras. La presa, acabada de despertar, aturdida y desorientada, era arrastrada a la calle y ejecutada. Los disparos formaban parte del telón de fondo de la ciudad.

Una mañana, David se despertó y descubrió que su hermano mayor, Moshe, había huido sin previo aviso para que su familia tuviera una boca menos que alimentar. Moshe se había ido a Otwock, un pequeño pueblo a menos de veinticinco kilómetros al sureste de Varsovia, donde vivía un tío suyo. Cuando las cosas eran normales, la familia disfrutaba de sus vacaciones de verano en Otwock. Ahora solo podían esperar que Moshe hubiera pasado inadvertido en su huida. Los intentos de fuga fallidos implicaban un tiro en el acto.