Agradecimientos

Agradecimientos

Este libro se publica el año que señala el décimo aniversario de la serie Mistborn. Teniendo en cuenta todos los demás proyectos en los que he estado implicado, ¡yo diría que seis libros en diez años son un auténtico logro! Todavía recuerdo los primeros meses en los que me dedicaba a escribir la trilogía con todo mi empeño, esforzándome por crear algo que de verdad atestiguara lo que soy capaz de conseguir como autor. Mistborn se ha convertido en una de mis sagas insignia, y espero que este volumen os parezca digno de ingresar en el canon.

Como siempre, este libro ha contado con el esfuerzo de numerosas personas. Tenemos las extraordinarias ilustraciones de Ben McSweeney e Isaac Stewar: este último se ocupó de los mapas y los iconos, mientras que todas las ilustraciones del pasquín son obra de Ben. Además, ambos contribuyeron en gran medida a los textos de El Nuevo Ascendiente, y el propio Isaac escribió la parte de Nicki Savage; puesto que la idea consistía en presentar a Jak alquilando sus servicios, quisimos darle una voz distinta a ese relato. ¡Creo que salió de maravilla!

La ilustración de cubierta es obra de Chris McGrath en Estados Unidos, y de Sam Green para la edición británica. Ambos artistas llevan mucho tiempo implicados en esta serie, y nunca dejan de superarse a sí mismos. Mi editor ha sido Moshe Feder, en Tor, y Simon Spanton se encargó de coordinar el proyecto en el Reino Unido para Gollancz. Entre los agentes implicados en el proyecto se cuentan Eddie Schneider, Sam Morgan, Krystyna Lopez, Christa Atkinson y Tae Keller, de Jabberwocky en Estados Unidos, todos ellos supervisados por el la asombroso Joshua Bilmes. En el Reino Unido podéis darle las gracias a John Berlyne, de Zeno Agency, un tipo increíble donde los haya que se dejó la piel durante años para conseguir que mis libros penetraran por fin en el mercado británico.

En Tor Books, querría darles también las gracias a Tom Doherty, Linda Quinton, Marco Palmieri, Karl Gold, Diana Pho, Nathan Weaver y Rafal Gibek. Las labores de corrección recayeron sobre Terry McGarry. El narrador del audiolibro es Michael Kramer, mi favorito profesional… que debe de estar ruborizándose ahora mismo, puesto que no le queda más remedio que leer estas líneas en voz alta para quienes las estéis escuchando. En Macmillan Audio, gracias también a Robert Allen, Samantha Edelson y Mitali Dave.

Controlar la continuidad, realizar observaciones sobre la revisión en general e innumerables labores más recayeron sobre el Inmaculado Peter Ahlstrom. Otros miembros de mi equipo son Kara Stewart, Karen Ahlstrom y Adam Horne. Y, por supuesto, mi encantadora esposa, Emily.

En esta ocasión nos hemos apoyado más de lo normal en los lectores beta, puesto que el libro no tuvo ocasión de pasar por nuestro grupo de escritura. Ese equipo lo conformaron: Peter Ahlstrom, Alice Arneson, Gary Singer, Eric James Stone, Brian T. Hill, Kristina Kugler, Kim Garrett, Bob Kluttz, Jakob Remick, Karen Ahlstrom, Kalyani Poluri, Ben «¡Yuju, este libro va dedicado a mí, mirad lo importante que soy!» Olsen, Lyndsey Luther, Samuel Lund, Bao Pham, Aubree Pham, Megan Kanne, Jory Phillips, Trae Cooper, Christi Jacobsen, Eric Lake e Isaac Stewar. (Por si alguien siente curiosidad, Ben fue uno de los miembros fundadores de mi grupo de escritura original, junto con Dan Wells y Peter Ahlstrom. Informático de profesión y el único de nosotros que no aspiraba a trabajar en el mundo editorial, durante muchos años ha sido mi amigo y un valioso lector. También fue quien me introdujo en la serie de videojuegos Fallout, cosa que también es de agradecer). En la comunidad de correctores de pruebas se incluyeron la mayoría de los nombres anteriores, además de Kerry Wilcox, David Behrens, Ian McNatt, Sarah Fletcher, Matt Wiens y Joe Dowswell.

¡Caray, vaya lista! Estas personas son estupendas, y si comparáis mis primeros libros con los últimos, creo que os daréis cuenta de que la contribución de toda esta gente ha sido crucial no solo para exterminar las erratas, sino también para ayudarme a ajustar la narrativa. Por último, sin embargo, querría daros las gracias a vosotros, los lectores, por acompañarme durante estos diez años y por aceptar tan de buen grado las extrañas ideas que os lanzo. Todavía no hemos cruzado el ecuador de la evolución que tengo planeada para Mistborn. No veo el momento de que descubráis lo que os espera, y en este libro es donde algunos de los misterios comienzan a desvelarse por fin.

¡Que lo disfrutéis!

Plano a color de la ciudad de Elendel e inmediaciones. El recuadro del título indica que está trazado «a partir de mediciones exactas tomadas en el año 341 por el Cantón de Cartografía». La ciudad tiene forma de rueda de carro, dividida en octantes por radios que son los canales y parten del Campo del Renacimiento, un espacio verde en el centro. El radio horizontal de la rueda es el río Puerta de Hierro, que desemboca en la bahía de Hammondar al oeste. Hay algunas localizaciones señaladas con letra manuscrita: En el Primer Octante, la calle Madion. En el Segundo Octante, la mansión Tekiel. En el Tercer Octante, la casa de Ranette. En el Cuarto Octante, muchísimos lugares, entre los que destacan el parque del Humedal, la mansión Ladrian y la comisaría. En el Quinto Octante, el edificio Columna de Hierro, la mansión Cett y el paseo Demoux. Abajo a la derecha, en la misma letra manuscrita, pone: «Amiga mía, anotado con localizaciones tal como pediste». El texto lo firma Nazh.

De fondo, el símbolo alomántico del latón (una media luna inclinada atravesada por un clavo, con dos muescas a media distancia a los lados). Sobre él se ve el antebrazo de una estatua de piedra, cortado, con el puño cerrado, cubierto casi del todo por un brazal metálico de diseño fluido y enrevesado.

Mitad derecha de un mapa tridimensional de Nueva Seran, ciudad construida a lo alto sobre las terrazas de piedra de un acantilado, comunicadas por funiculares. En la Parte Alta están la mansión Shores, el Trío y el hotel Puerta de Cobre. En la Parte Media, el cementerio del Distrito Nuevo de Seran. El río Seran discurre por la Parte Baja de la ciudad. 

De fondo, el símbolo alomántico del latón (una media luna inclinada atravesada por un clavo, con dos muescas a media distancia a los lados). Sobre él se ve el antebrazo de una estatua de piedra, cortado, con el puño cerrado, cubierto casi del todo por un brazal metálico de diseño fluido y enrevesado. 

Primera parte

1

Mientras se apresuraba a bajar los escalones exteriores de la taberna convertida en escondrijo, Waxillium Ladrian tuvo que sortear el ajetreo de alguaciles en uniforme marrón que correteaban de acá para allá.

El amanecer, además de disipar la niebla, anunciaba el cambio de guardia. Se miró el brazo, donde una bala había abierto un agujero de considerable tamaño en el puño de su camisa antes de perforar el lateral de la chaqueta. Esa la había notado pasar.

—¡Eh! —lo llamó Wayne, correteando para alcanzarlo—. Qué plan más redondo, ¿eh?

—Ha sido el mismo que se te ocurre siempre —dijo Wax—. El de utilizarme a mí como señuelo.

—¿Qué culpa tendré yo de que a la gente le guste dispararte, socio? —replicó Wayne mientras llegaban al carruaje—. Alegra esa cara. Estás aprovechando tus talentos, como decía mi abuela que deben hacer todas las personas de provecho.

—Preferiría que la «disparabilidad» no fuese mi talento.

—En fin, uno ha de apañarse con lo que tiene. —Wayne se apoyó en el carruaje mientras Cob, el cochero, le abría la puerta a Wax—. Por eso yo siempre pongo carne de rata en el estofado.

Wax se asomó al interior del carruaje, con sus elegantes cojines y su refinada tapicería, pero no subió.

—¿Vas a estar bien? —preguntó Wayne.

—Claro que sí —dijo Wax—. Ya es la segunda vez que me caso. Empiezo a ser todo un experto.

Wayne sonrió.

—Ah, ¿conque funciona así? Porque, que yo haya visto, casarse es lo único en lo que la gente empeora cuanto más lo hace. Bueno, eso y estar vivo.

—Wayne, ha sonado casi profundo.

—Maldición. Yo apuntaba a perspicaz.

Wax permaneció con la mirada fija en el interior del vehículo. El cochero, que todavía estaba sujetándole la puerta, se aclaró la garganta.

—Bonita soga te estás echando al cuello —observó Wayne.

—No te pongas melodramático —dijo Wax, agachándose para montar en el carruaje.

—¡Lord Ladrian! —sonó una voz a su espalda.

Al mirar atrás, Wax vio que un hombre alto vestido con un traje marrón oscuro y pajarita se abría paso entre un par de alguaciles.

—Lord Ladrian —repitió el desconocido—, por favor, ¿me concede un momento?

—Tómeselos todos —contestó Wax—. Aunque tendrá que ser sin mí.

—Pero…

—Nos vemos allí —dijo Wax con un asentimiento a Wayne.

Dejó caer un casquillo de bala y se impulsó por los aires. ¿Para qué perder el tiempo con un carruaje?

Con la placentera sensación del acero ardiendo en su estómago, empujó contra una farola eléctrica, encendida pese a ser ya de día, y ganó aún más altura. Elendel se desplegó a sus pies, una ciudad prodigiosa tiznada de hollín, humeante desde cien mil chimeneas distintas de hogares y fábricas. Wax empujó contra el armazón de acero de un edificio en construcción y emprendió una serie de saltos para cruzar el Cuarto Octante.

Sobrevoló un parque de carruajes de alquiler, con sus ordenadas filas de vehículos aguardando silenciosos, y los trabajadores del turno de mañana levantaron la cabeza hacia él cuando pasó por delante. Uno de ellos lo señaló con el dedo; quizá le había llamado la atención su gabán de bruma. Los mensajeros lanzamonedas no eran difíciles de ver en Elendel, y que hubiera gente surcando el aire rara vez despertaba mucho interés.

Unos cuantos saltos más llevaron a Wax sobre una serie de almacenes distribuidos en apretadas hileras. Wax se emocionaba con cada nuevo impulso. Era increíble que la experiencia aún pudiera parecerle tan maravillosa. La brisa en el rostro, la efímera sensación de ingravidez cuando alcanzaba la cima de cada arco…

Demasiado pronto, sin embargo, tanto la gravedad como el deber reclamaban su puesto. Wax abandonó el distrito industrial y sobrevoló unas calzadas más elegantes, pavimentadas con brea y grava para formar una superficie más lisa que los adoquines por la que circularan todos aquellos condenados coches de motor. Distinguió sin problemas la iglesia supervivencialista, con su gigantesca cúpula de acero y cristal. Allá en Erosión se habían conformado con una modesta capilla de madera, pero eso no era ni por asomo lo bastante majestuoso para Elendel.

La estructura estaba diseñada para permitir que los fieles contemplaran las brumas nocturnas en todo su esplendor. Wax pensó que, si querían verlas, acabarían antes saliendo a la calle. Pero quizá estuviera pecando de cínico. Al fin y al cabo, la cúpula, compuesta de segmentos de cristal instalados entre soportes de acero con aspecto de gajos de naranja, podía abrirse hacia dentro en ocasiones especiales y permitir que la niebla cayera sobre la congregación.

Aterrizó en el depósito de agua de un tejado, enfrente de la iglesia. Cuando la construyeron, quizá la cúpula era lo bastante alta como para hacer sombra a los edificios de los alrededores. Seguro que había exhibido un perfil espectacular. Pero cada vez se construían edificios más y más altos, y la iglesia se veía empequeñecida por el entorno. Wayne sabría encontrar una metáfora ahí, en alguna parte. Grosera, lo más probable.

Wax se quedó de pie sobre el depósito de agua, desde el que se dominaba la iglesia. Bueno, pues ya estaba allí, por fin. Sintió que le daban unos espasmos en el ojo, y un dolor le atenazó el pecho.

«Creo que ese mismo día ya te amé. Qué ridículo, pero qué sincero…».

Seis meses antes, había apretado el gatillo. Aún podía oír la detonación.

Enderezó los hombros y se armó de valor. Ya había sanado de esa herida una vez. Podía hacerlo de nuevo. Y si eso le dejaba el corazón encostrado de cicatrices, quizá fuera lo que necesitaba. Saltó desde lo alto del depósito de agua y soltó un casquillo de bala contra el que empujó para aminorar su caída.

Una vez en la calle, anduvo a zancadas junto a una larga hilera de carruajes. Los invitados habían llegado ya: los preceptos supervivencialistas dictaban que las bodas debían celebrarse a primera hora de la mañana o entrada la noche. Wax saludó con la cabeza a varias personas al pasar, y no pudo evitar la tentación de desenfundar la escopeta y apoyarla en su hombro mientras subía la escalera a saltos y abría la puerta ante él con un empujón de acero.

Encontró a Steris en el recibidor, deambulando de un lado para otro, con un estilizado vestido blanco que había elegido porque las revistas decían que estaba de moda. Con el cabello trenzado y el maquillaje aplicado por una profesional para la ocasión, estaba realmente guapa.

Sonrió al verla. Su ansiedad, su nerviosismo, se derritió un poco.

Steris alzó la mirada al entrar Wax y corrió a su lado.

—¿Y bien?

—No me han matado —dijo él—, cosa que no está mal.

Steris miró el reloj.

—Llegas tarde —dijo—, pero no demasiado.

—¿Lo… siento?

Era ella la que había insistido para que participase en la redada. La había incluido en sus planes, de hecho. Así era vivir con Steris.

—Estoy segura de que has hecho todo lo posible —dijo ella, tomando su brazo. Estaba cálida, temblorosa incluso. Steris podía ser muy reservada, pero, al contrario de lo que asumían algunos, no carecía de sentimientos—. ¿Qué tal la redada? —preguntó.

—Ha ido bien. Sin víctimas mortales. —Caminó con ella hasta una habitación lateral, donde Drewton, su ayuda de cámara, aguardaba junto a una mesa cubierta por el traje de novio blanco de Wax—. Sabrás que, participando en una redada la mañana de mi boda, lo único que consigo es reforzar la imagen que la sociedad tiene de mí.

—¿Qué imagen?

—La de rufián. —Wax se quitó el gabán de bruma y se lo entregó a Drewton—. La de bárbaro de los Áridos sin apenas civilizar que maldice en la iglesia y se presenta armado en las fiestas.

Steris lanzó una mirada de reojo a la escopeta, que Wax había tirado al diván.

—Te gusta jugar con la percepción que tiene la gente de ti, ¿verdad? Incomodas a los demás a propósito, para dejarlos de­sequilibrados.

—Es uno de los pocos placeres sencillos que me quedan, Steris.

Waxillium sonrió mientras Drewton le desabrochaba el chaleco y se lo quitaba, seguido de la camisa, dejándolo con el torso desnudo.

—Ya veo que estoy incluida en el grupo de personas a las que intentas incomodar —dijo Steris.

—Uno ha de apañarse con lo que tiene.

—¿Por eso siempre pones carne de rata en el estofado?

Wax titubeó un momento antes de seguir entregándole prendas a Drewton.

—¿A ti también te lo ha dicho?

—Sí. Cada vez estoy más convencida de que ensaya sus frases conmigo. —Steris cruzó los brazos sobre el pecho—. Pequeña sabandija.

—¿No vas a esperar fuera mientras me cambio? —preguntó Wax, divertido.

—Dentro de menos de una hora estaremos casados, lord Waxillium. Creo que podré soportar verte desnudo de cintura para arriba. Y a modo de apunte, el que profesa la fe de los caminantes eres tú. La mojigatería forma parte de tus creencias, no de las mías. He leído sobre Kelsier. Según mis estudios, me extrañaría que le importara si…

Wax se desabrochó los botones de madera de los pantalones. Steris se ruborizó, antes de volverse un poco y terminar dándole la espalda. Continuó hablando un momento después, algo aturullada.

—En fin, por lo menos accediste a una ceremonia como es debido.

Wax sonrió mientras se sentaba en ropa interior y dejaba que Drewton le diera un somero afeitado. Steris se quedó donde estaba, escuchando. Al final, mientras Drewton retiraba la espuma de las mejillas de Wax, preguntó:

—¿Has traído los colgantes?

—Se los di a Wayne.

—¿Se los…? ¿Qué?

—¿No querías algún contratiempo que otro en la boda? —dijo Wax, levantándose y cogiendo los otros pantalones que le traía Drewton. Se los puso. No acostumbraba a vestir de blanco desde que había vuelto de los Áridos. Allí fuera era más difícil mantenerlos limpios, lo que hacía que mereciera la pena llevarlos—. Supuse que esto podría servir.

—Quería contratiempos planificados, lord Waxillium —replicó Steris—. Las cosas no perturban si las entiendes, te preparas para ellas y las controlas. Wayne es más bien lo opuesto a todo eso, ¿no te parece?

Mientras Wax terminaba de abrocharse los botones, Drewton descolgó su camisa de una percha cercana. Steris se giró de inmediato al percibir el sonido, cruzada todavía de brazos, y siguió hablando como si no hubiera pasado nada, resistiéndose a reconocer que su prometido pudiera haberle sacado los colores.

—Menos mal que encargué hacer copias.

—¿Has hecho copias de nuestros colgantes de boda?

—Sí. —Steris se mordisqueó el labio un momento—. Seis juegos.

—¿Seis?

—Los otros cuatro no llegaron a tiempo.

Wax sonrió mientras se abotonaba la camisa y dejó que su ayuda de cámara se encargase de los puños.

—Eres única, Steris.

—En términos estrictos, también lo es Wayne. O Ruina, ya puestos. Pensándolo bien, como cumplido deja bastante que desear.

Wax se puso los tirantes y se quedó quieto para que Drewton le arreglara el cuello de la camisa.

—No lo entiendo, Steris —dijo, envarado mientras el ayuda de cámara trabajaba—. Te preparas tan a conciencia para que las cosas se tuerzan… como si supieras y esperaras que la vida es impredecible.

—Sí, ¿y?

—Y el caso es que lo es. Así que lo único que consigues preparándote para los contratiempos es garantizar que saldrá mal otra cosa diferente.

—Me parece un punto de vista de lo más fatalista.

—Gajes de haber vivido en los Áridos.

Wax la observó. Estaba resplandeciente con ese vestido, cruzada de brazos, tamborileando en el izquierdo con el índice de la mano derecha.

—Es solo que… me siento mejor si lo intento —dijo Steris—. Así, aunque todo se tuerza, por lo menos habré hecho algo por evitarlo. ¿Te parece que tiene algún sentido?

—La verdad, creo que sí.

Drewton dio un paso atrás, complacido. Complementaban el traje un chaleco muy elegante y un pañuelo para el cuello, ambos negros. Todo tradicional, como Wax prefería. Las pajaritas eran para los agentes de ventas. Se puso la chaqueta y los faldones le rozaron las pantorrillas. Luego, tras un instante de vacilación, se ciñó el cinto y metió a Vindicación en su funda. Había ido con pistola a su última boda, así que, ¿por qué no a aquella? Steris asintió con aprobación.

Por último, los zapatos. Un par nuevo. Serían atrozmente incómodos.

—¿Llegamos ya lo bastante tarde? —preguntó Wax a Steris.

Ella consultó el reloj de la esquina.

—Tenía planeado que saliéramos de aquí dentro de dos minutos.

—Ah, estupendo. —Wax la tomó del brazo—. Así podemos ser espontáneos y llegar temprano. Bueno, tarde-temprano.

Steris se cogió de su brazo y dejó que la condujese hacia la entrada de la cúpula y la iglesia propiamente dicha. Drewton caminaba tras ellos.

—¿Estás… seguro de que quieres seguir adelante con esto? —preguntó Steris, deteniéndolo antes de tomar el pasillo que comunicaba con la cúpula.

—¿Te han entrado dudas?

—De ninguna manera —respondió Steris al instante—. Este enlace será sumamente beneficioso para mi casa y mi prestigio social. —Envolvió la mano izquierda de Wax en las suyas—. Pero, lord Waxillium —prosiguió, bajando la voz—, no quiero que te sientas acorralado, y menos después de lo que sucedió hace unos meses. Si deseas echarte atrás, lo aceptaré como tu voluntad.

El modo en que le apretaba la mano mientras pronunciaba esas palabras transmitía un mensaje muy distinto. Pero ella no pareció darse cuenta. Mirándola a los ojos, Wax se descubrió confuso. Al principio, cuando accedió a aquella boda, lo había hecho empujado por el sentido del deber para con su casa.

Pero estaba notando cambiar sus emociones. El modo en que Steris lo había apoyado los últimos meses durante el duelo… El modo en que lo miraba en esos momentos…

Herrumbre y Ruina. De verdad le tenía aprecio a Steris. No era amor, pero Wax dudaba que alguna vez volviera a amar. Tendría que bastar con eso.

—No, Steris —dijo—. No deseo echarme atrás. No sería… justo con tu casa, después de todo el dinero que habéis invertido.

—El dinero no…

—No te preocupes —dijo Wax, dándole un leve apretón en la mano—. Me he recuperado lo suficiente de mi tragedia. Soy lo bastante fuerte como para seguir adelante con esto.

Steris se disponía a replicar algo cuando sonó un golpe en la puerta y Marasi asomó la cabeza para ver cómo iban. La joven, de pelo moreno y facciones más suaves y redondeadas que Steris, se había pintado los labios de un rojo intenso y llevaba un atuendo progresista: falda plisada con una chaqueta de botones ceñida.

—Por fin —dijo—. La gente empieza a ponerse nerviosa. Wax, ha venido un hombre que quiere verte. He intentado librarme de él, pero… en fin…

Entró en la habitación y sostuvo la puerta abierta para revelar al mismo desconocido delgado de antes, con su traje marrón y su pajarita, esperando con las empavesadoras en la antecámara que daba a la cúpula en sí.

—Usted —dijo Wax—. ¿Cómo ha llegado aquí antes que Wayne?

—Sospecho que su amigo no va a venir —respondió el hombre.

Se situó junto a Marasi, la saludó con una inclinación de cabeza y cerró la puerta, dejando fuera a las empavesadoras. Se volvió y le lanzó a Wax una pelota de papel arrugado.

Tintineó cuando Wax la atrapó al vuelo. Al desplegarla, vio que dentro estaban los dos colgantes de boda. Garabateadas en el papel se leían las palabras: «Voy a agarrarme tal tajada que no podré ni mear recto. Feliz boda y tal».

—Qué imagen tan preciosa —observó Steris, recogiendo el colgante de Wax con una mano enguantada de blanco mientras Marasi miraba por encima de su hombro para leer la nota—. Por lo menos no se le han olvidado.

—Gracias —le dijo Wax al hombre de marrón—, pero, como puede comprobar, estoy bastante ocupado casándome. Lo que necesite de mí puede es…

El rostro del hombre se volvió traslúcido, revelando los huesos de su cráneo y la columna vertebral debajo.

Steris se quedó rígida.

—Santo espíritu —susurró.

—Santo incordio —dijo Wax—. Dile a Armonía que se busque a otro esta vez. Estoy ocupado.

—Que le diga a… Armonía… —musitó Steris, con los ojos desorbitados.

—Me temo que ahí radica el problema, en parte —repuso el hombre de marrón mientras su piel recuperaba la normalidad—. Armonía lleva una temporada distraído.

—¿Cómo puede Dios estar distraído? —preguntó Marasi.

—No estamos seguros, pero nos tiene preocupados. Le necesito, Waxillium Ladrian. Tengo un trabajo para usted que le resultará interesante. Comprendo que debe marcharse a la ceremonia, pero si después pudiera atenderme un momento para…

—No —lo atajó Wax.

—Pero…

No.

Wax tiró del brazo de Steris, pasó por delante de Marasi a zancadas y abrió las puertas, dejando atrás al kandra. Habían transcurrido seis meses desde que aquellas criaturas lo manipularan, lo embaucaran y le mintieran. ¿El resultado? Una mujer muerta en sus brazos.

Hijos de perra.

—¿De verdad era uno de los Inmortales Sin Rostro? —preguntó Steris, mirando atrás.

—Sí. Y, por motivos evidentes, no quiero tener nada que ver con ellos.

—Paz —dijo Steris, agarrándole el brazo—. ¿Necesitas un momento?

—No.

—¿Seguro?

Wax se detuvo de golpe. Steris esperó mientras él tomaba aliento y lo expulsaba despacio, desterrando de su mente la atroz, espantosa escena de él arrodillado en un puente a solas, sosteniendo a Lessie. Una mujer a la que sabía que no había llegado a conocer nunca de veras.

—Estoy bien —le dijo a Steris, apretando los dientes—. Pero Dios no debería haber enviado a nadie a buscarme. Y menos hoy.

—Tu vida es… muy extraña, lord Waxillium.

—Lo sé. —Wax reanudó la marcha y se situó con ella junto a la última puerta que los separaba de la cúpula—. ¿Preparada?

—Sí, gracias.

¿Tenía los ojos… llorosos? Era la primera vez que veía esa expresión de emoción en ella.

—¿Y tú estás bien?

—Sí —respondió Steris—. Perdóname. Es que esto es… más maravilloso de lo que había imaginado.

Empujaron las puertas, que al abrirse revelaron la cúpula resplandeciente y la luz del sol que la atravesaba a raudales para bañar a la multitud que estaba esperándolos. Conocidos. Parientes lejanos. Costureras y forjadores de su casa. Wax buscó a Wayne con la mirada y se sorprendió al no encontrarlo, a pesar de la nota. Era la única familia de verdad que tenía.

Las empavesadoras se les adelantaron correteando para espolvorear pequeños puñados de cenizas sobre el pasillo alfombrado que recorría el perímetro de la cúpula. Wax y Steris echaron a andar con paso majestuoso, presentándose a los invitados. No había música en las ceremonias supervivencialistas, pero de unos braseros crepitantes con hojas verdes encima emanaban volutas de humo en representación de las brumas.

«El humo asciende mientras la ceniza cae», pensó Wax, rememorando las palabras del sacerdote en las ceremonias supervivencialistas a las que había asistido de joven. Trazaron un círculo completo alrededor de la congregación. Por lo menos la familia de Steris había hecho acto de presencia, incluido su padre. El hombre, de facciones rubicundas, dedicó a Waxillium un entusiasta saludo con el puño en alto cuando desfilaron por su lado.

Wax se descubrió sonriendo. Aquello era lo que Lessie había querido. Bromeaban una y otra vez sobre la sencilla ceremonia caminante que habían tenido, terminada a caballo para escapar de una turba enfurecida. Lessie había dicho que algún día lo obligaría a hacerlo como se debía.

Destellos en el cristal. El silencio del público. Pasos sobre una alfombra jaspeada de ceniza gris. La sonrisa de Wax se ensanchó mientras miraba a su lado.

Pero, por supuesto, allí estaba la mujer equivocada.

Casi tropezó. «Serás imbécil —se dijo—. Concéntrate». Aquel era un día importante para Steris; lo mínimo que podía hacer era no estropeárselo. O, mejor dicho, no estropeárselo de un modo que ella no hubiera previsto. Significara lo que significara eso.

Por desgracia, mientras recorrían el último tramo por la nave redonda, su malestar creció. Sentía náuseas. Estaba empapado de sudor. Mareado, como la sensación que tenía las pocas veces en que se veía obligado a huir de un asesino y dejar a inocentes en peligro.

Todo ello lo obligó, por fin, a reconocer una verdad difícil. No estaba listo. No era por Steris, ni por el entorno. Sencillamente no estaba preparado para aquello.

La boda significaba dejar ir a Lessie.

Pero no le quedaba otra salida, y debía ser fuerte. Apretó los dientes y subió con Steris al altar, donde el sacerdote los esperaba flanqueado por dos columnas que sostenían jarrones de cristal con flores de voluntad de Mare. La ceremonia se basaba en los antiguos preceptos larstaístas, extraídos de las Creencias renacidas de Armonía, un volumen de las Palabras de Instauración.

El sacerdote comenzó a hablar, pero Wax no era capaz de escuchar. Estaba insensibilizado, rechinando los dientes, la mirada fija al frente, todos sus músculos tensos. Habían encontrado un sacerdote asesinado en esa misma iglesia. Muerto a manos de Lessie cuando enloqueció. ¿No podrían haber hecho algo por ella, en vez de enviarlo a él tras su pista? ¿No podrían haberle avisado?

Fuerza. Wax no iba a huir. No iba a ser un cobarde.

Aunque sostenía las manos de Steris entre las suyas, era incapaz de mirarla. En vez de eso, volvió el rostro hacia arriba para contemplar el firmamento tras la cúpula de cristal. Los edificios bloqueaban casi toda la vista. Había rascacielos en dos lados, con sus ventanas resplandecientes al sol de la mañana. Aquel depósito de agua desde luego le tapaba el cielo, aunque empezó a moverse mientras lo observaba y…

¿A moverse?

Horrorizado, Wax vio que las patas bajo el gigantesco cilindro metálico se doblaban, como para arrodillarse, desplazando poco a poco su enorme carga a un costado. La parte de arriba se desgarró, vertiendo toneladas de agua en una oleada torrencial.

Atrajo a Steris hacia él de un tirón, le rodeó la cintura con un brazo firme, se arrancó el segundo botón del chaleco y lo dejó caer al suelo. Empujó contra ese único botón metálico y se proyectó junto a Steris fuera del altar mientras el sacerdote daba un chillido de sorpresa.

El agua impactó contra la cúpula, que resistió durante una fracción de segundo antes de que un sector se abriera con un chasquido, al franquear sus goznes el paso a la impetuosa oleada.