Agradecimientos

Agradecimientos

El pasado de este libro fue accidentado, puesto que una tercera parte de él surgió a la vez que escribía otra obra. (Estaba esperando a que me llegara una lista de indicaciones de la editorial, creo que sobre la última entrega de La Rueda del Tiempo). Me vi obligado a dejar de trabajar en este volumen para sumergirme en el otro.

Para cuando retomé este, mi visión original de una nueva trilogía protagonizada por Wax, Wayne y Marasi había cambiado, de modo que el primer tercio de la novela requirió una ingente cantidad de retoques y modificaciones para encajar con los dos posteriores a medida que los iba escribiendo. Deposité una confianza tremenda en el excelente ojo crítico de mi editor, Moshe Feder, mi agente, Joshua Bilmes, y mi asistente editorial, el Instantáneo Peter Ahlstrom. Un agradecimiento muy especial también para mi editor en el Reino Unido, Simon Spanton.

Además, mi grupo de escritura resultó, como siempre, imprescindible. En él se incluyen Emily Sanderson, Karen y Peter Ahlstrom, Darci y Eric James Stone, Alan Layton, Ben «por favor, a ver si esta vez escribes bien mi nombre» Olsen, Danielle Olsen, Kathleen Dorsey Sanderson, Kaylynn ZoBell, Ethan e Isaac Skarstedt, y Kara e Īsaac Stewart.

Organizamos una lectura beta relámpago, y fueron varias las personas atentas que aportaron sus extraordinarios comentarios. Entre ellas, Jory Phillips, Joel Phillips, Bob Kluttz, Alice Arneson, Trae Cooper, Gary Singer, Lyndsey Luther, Brian T. Hill, Jakob Remick, Eric James Stone, Bao Pham, Aubree Pham, Steve Godecke, Kristina Kugler, Ben Olsen, Samuel Lund, Megan Kanne, Nate Hatfield, Layne Garrett, Kim Garrett, Eric Lake, Karen Ahlstrom, Isaac Skarstedt, Darci Stone, Īsaac Stewart, Kalyani Poluri, Josh Walker, Donald Mustard III, Cory Aitchison y Christi Jacobsen.

Ha sido increíblemente satisfactorio asistir al desarrollo del apartado artístico de mis novelas a lo largo de los años. Siempre he tenido la descabellada intención de incluir muchas más ilustraciones de lo habitual, más o menos todas las que me dejen. Son tres los maravillosos ilustradores que lo han hecho posible en este volumen. La cubierta es obra de Chris McGrath, y me encanta su interpretación de los personajes. Mi buen amigo y ahora director artístico a tiempo completo, Īsaac Stewart, se encargó de los mapas y de los símbolos, además de la esmerada maquetación del pasquín. Los dibujos que salen en él son obra del siempre excelente Ben McSweeney.

En JABberwocky, mi agencia, gracias a Eddie Schneider, Sam Morgan, Krystyna Lopez y Christa Atkinson. En el Reino Unido, un aplauso para John Berlyne, de Zeno Agency.

En Tor Books, muchísimas gracias a Tom Doherty, Linda Quinton, Marco Palmieri, Karl Gold, Diana Pho, Nathan Weaver, Edward Allen y Rafal Gibek. Ingrid Powell se encargó de la corrección. La revisión de galeradas recayó sobre Terry McGarry, y el narrador del audiolibro es mi lector predilecto, Michael Kramer. Otros profesionales de ese formato que se merecen mi agradecimiento son Robert Allen, Samantha Edelson y Mitali Dave. Para Adam Horne, mi nuevo asistente adjunto, esta es la primera vez que su nombre sale mencionado en un libro. ¡Bien hecho, Adam!

Por último, gracias de corazón a mi familia, como siempre. Una esposa maravillosa y tres niños pequeños que todavía no entienden muy bien por qué los libros que escribe papá tienen tan pocos dibujos.

La Edición X aniversario de este libro, publicada por Dragonsteel, no habría sido posible sin el tiempo y el talento que le dedicaron mi director editorial, Peter Ahlstrom, nuestra gurú de InDesign, Kristy S. Gilbert, y mi director creativo, Īsaac Stewart. También quiero reconocer el trabajo de todos los artistas que crearon ilustraciones nuevas para ese volumen, cuyos nombres y aportaciones figuran en la página de créditos. Muchas gracias por vuestra cuidada y hermosa representación de mis mundos y personajes.

Estos libros son el fruto de la colaboración de muchas personas en Dragonsteel Entertainment. Karen Ahlstrom ajustó la continuidad haciéndole algunos cambios al calendario de Scadrial. Kara Stewart y su equipo de logística siguen haciendo su magia para que os lleguen los libros, ocupándose del servicio al cliente y llevando nuestra librería en línea. Adam Horne, nuestro entusiasta interno de la encuadernación en cuero, os hace llegar las noticias de formas creativas. Emily Sanderson y Kathy Sanderon se encargan de que todo el mundo esté a gusto y de que todos tengamos las herramientas y las instalaciones necesarias para hacer su trabajo.

También querría dar las gracias a nuestro representante de imprenta, Bill Wearne, y a todas las personas que dedican largas horas a imprimir, manufacturar y encuadernar estas ediciones especiales.

Un enorme agradecimiento a nuestros lectores gamma, que revisan todo el trabajo y nos hacen sugerencias sensatas y certeras. Les dais a nuestros libros un pulido adicional.

Y a todas las personas que habéis leído, disfrutado y regalado estos libros a lo largo de los años, vuestro apoyo es lo que de verdad hace posibles estas ediciones. Tenéis mi más sincero agradecimiento.

Prefacio

En el boletín anual State of the Sanderson de 2014 anuncié que había dedicado la segunda mitad de ese año a escribir Sombras de identidad, pero además hice una confesión.

También había escrito su secuela.

Antes de que empecéis a señalarme con el dedo y decir que soy un robot, os diré que tenía un motivo muy bueno para hacer lo que hice. El caso es que estaba costándome mucho volver a entrar en Sombras de identidad. Había escrito la tercera parte del libro en 2012, entre revisiones de Un recuerdo de luz. Y a veces me cuesta mucho regresar a un libro o a una serie cuando he pasado mucho tiempo apartado de su trama.

Así que volver a Sombras de identidad después de dos años fue un proceso lento, y me resultó mucho más fácil ponerme a escribir su continuación, Brazales de Duelo, para refrescar el contacto con el mundo y los personajes. Hecho eso, ya fui capaz de retroceder a Sombras de identidad y terminarlo. Lo curioso del tema es que crear juntos estos dos libros de la serie Mistborn supuso más o menos la mitad de la escritura que un solo libro de El Archivo de las Tormentas. Ya podéis empezar con los chascarrillos sobre que escribo novelas adicionales en secreto cuando no hay nadie mirando.

Sombras de identidad se publicó un año después y en las entrevistas me hicieron la misma pregunta de siempre que saco un libro: ¿de qué trata? Anticipándome a ella, yo mismo me había preguntado lo mismo. ¿Qué es Sombras de identidad?

La respuesta es complicada.

Desde el inicio, Mistborn estaba planeada como una serie de continuidad, en la que mostraría la alomancia a lo largo de distintas épocas. Al principio la serie iba a consistir en tres trilogías, cada una de las cuales cubriría una era diferente en la historia de Scadrial: la era preindustrial, la moderna y la espacial. Sin embargo, tardé poco en darme cuenta de que quería explorar otras historias ambientadas entre esas trilogías, y así nacieron los libros de Wax y Wayne, que transcurren en el equivalente a nuestros principios del siglo XX. Son lecturas rápidas y divertidas… pero también introducen algunas cosas muy muy importantes que se avecinan en el mundo de Mistborn.

Esta segunda era de Mistborn comienza con Aleación de ley, y os sugiero que empecéis por ese libro si aún no lo habéis leído. Está planteado como otro punto de entrada al mundo de Mistborn añadido a la trilogía original, pero en un principio no iba a ser el inicio de una segunda trilogía. Lo ambienté unos pocos siglos después de los acontecimientos de El Héroe de las Eras y con él pretendía explorar lo que era vivir en un mundo en el que la saga épica original se había convertido en la base de los mitos y leyendas de la sociedad.

Al terminar Aleación de ley, decidí que quería seguir escribiendo sobre Wax y Wayne en una serie que funcionara como contrapunto a El Archivo de las Tormentas, algo que tuviera más ritmo y enfoque. Así que me senté y esbocé una trilogía propiamente dicha protagonizada por los mismos personajes, una trilogía cuyo primer libro es Sombras de identidad.

Aleación de ley fue más bien una casualidad afortunada e improvisada. La trilogía que sigue a esa novela estaba planeada con más intención, como un medio para mantener vivo el mundo de Scadrial en la mente del lector mientras trabajaba en la extensa serie de El Archivo de las Tormentas.

Sombras de identidad se relaciona directamente con Aleación de ley, pero hay un propósito en el lugar hacia donde lleva a los personajes, apuntando a un arco de tres novelas. Brazales de Duelo, el segundo libro de ese arco, salió solo unos pocos meses después de Sombras, y el último volumen, El metal perdido, acaba de publicarse, completando así la Era Dos de Mistborn.

De modo que, volviendo a la pregunta que planteaba al inicio de este prefacio, ¿qué es Sombras de identidad? Es la continuación de las aventuras de dos alomantes procedentes de los Áridos que se ven absorbidos por la política y los crímenes de la gran ciudad. Es como si Clint Eastwood tuviese poderes mágicos como pistolero y protagonizara una versión de CSI ambientada en la Nueva York de la década de 1910, acompañado por su compinche Simon Pegg, que interpreta a un carterista lascivo y apenas reformado con la capacidad de detener el tiempo. Salpicándolo todo con algunos cameos procedentes de la trilogía original de Mistborn.

Pero, más que eso, es el principio de una trilogía dentro de una serie, publicado tras una novela independiente con los mismos personajes que, a su vez, es una secuela de una trilogía original con otros personajes distintos.

Comprenderéis que esto, a veces, resulta difícil de explicar.

Por tanto, ¿qué es Sombras de identidad? Es muchas cosas, pero sí que os prometo que es alucinante.

Mapa de la cuenca de Elendel y los áridos del norte

Mapa de la ciudad de Elendel donde aparecen los mismo lugares destacados que en mapa a color anterior

Sombras de identidad

Sombras de identidad

1

DIECISIETE AÑOS DESPUÉS

Winsting sonrió mientras contemplaba la puesta de sol. Hacía una noche estupenda para sacarse a subasta.

—¿Tenemos preparada la habitación de seguridad? —preguntó, apoyado ligeramente en la barandilla del balcón—. Por si acaso.

—Sí, mi señor.

Flog llevaba puesto su ridículo sombrero de los Áridos, además de un guardapolvo, pese a no haber puesto un pie fuera de la Cuenca de Elendel en toda su vida. A pesar de su deplorable gusto en el vestir, el hombre era un guardaespaldas extraordinario. Winsting se aseguraba de tirar de sus emociones de todas formas, no obstante, potenciando así sutilmente la lealtad de su empleado. Toda precaución era poca.

—¿Mi señor? —preguntó Flog, lanzando una mirada a la cámara que tenían detrás—. Ya han llegado todos, mi señor. ¿Estáis preparado?

Sin perder de vista el sol que se ocultaba tras el horizonte, Winsting levantó un dedo para silenciar a su guardaespaldas. El balcón, sito en el Cuarto Octante de Elendel, daba al canal y al Eje de la ciudad, por lo que tenía buenas vistas al Campo del Renacimiento. Las estatuas de la Guerrera Ascendente y el Último Emperador proyectaban sombras alargadas en el exuberante parque, donde, según las fantasiosas leyendas, se habrían descubierto sus cuerpos sin vida después del Gran Catacendro y la Ascensión Final.

El aire estaba cargado, aunque la brisa helada que soplaba procedente de la bahía de Hammondar, un par de millas al oeste, atemperaba en parte el bochorno. Winsting tamborileó con los dedos en la barandilla del balcón, paciente, enviando pulsos de energía alomántica para moldear las emociones de los ocupantes de la habitación a su espalda. O por lo menos, de los que fuesen tan necios como para no haberse puesto un sombrero forrado de aluminio.

«De un momento a otro…».

La bruma se alzó ante él, al principio como minúsculas motas en el aire, que se propagaron como la escarcha sobre una ventana. Los zarcillos se extendieron para entrelazarse unos con otros, convirtiéndose en arroyos y luego en ríos de actividad cuyas corrientes fluctuaron y cubrieron la ciudad como un manto. Envolviéndola. Consumiéndola.

—Noche de bruma —observó Flog—. Trae mala suerte, ya lo creo que sí.

—No seas idiota —replicó Winsting mientras se ajustaba el pañuelo del cuello.

—Está vigilándonos —insistió Flog—. Las nieblas son sus ojos, mi señor. Por Ruina que es cierto.

—Majaderías supersticiosas.

Winsting se giró y entró en la habitación a zancadas. Tras él, Flog cerró las puertas del balcón antes de que la niebla pudiera infiltrarse en la fiesta.

La veintena aproximada de personas, junto con los inevitables guardaespaldas, que se entremezclaban y conversaban allí pertenecían a un grupo selecto. No eran solo importantes, sino que diferían extraordinariamente entre sí, pese a sus sonrisitas calculadas y su inane palabrería. Winsting prefería rodearse de rivales en ocasiones así. Que se vieran los unos a los otros, y que cada cual comprendiera cuál era el precio de perder la puja por su favor.

Se paseó entre ellos. Por desgracia, muchos llevaban sombrero, y el revestimiento de aluminio los protegería de la alomancia emocional por mucho que Winsting hubiera asegurado personalmente a cada invitado que nadie traería aplacadores ni encendedores consigo. Por supuesto, había omitido hacer mención alguna a sus propias capacidades. Que los demás supieran, Winsting no era alomante.

Lanzó una mirada al fondo de la habitación, donde Blome estaba atendiendo la barra. El hombre negó con la cabeza. Ninguno de los presentes estaba quemando metal. Excelente.

Winsting se acercó a la barra, se dio la vuelta y levantó las manos para llamar la atención de los congregados. El gesto dejó al descubierto los relucientes gemelos de diamantes que lucía en los puños de su almidonada camisa blanca. Los engarces, ni que decir tiene, eran de madera.

—Damas y caballeros —dijo—, bienvenidos a esta pequeña subasta. La puja empieza ahora mismo, y terminará cuando haya escuchado la oferta que más me satisfaga.

No dijo nada más; el exceso de cháchara perjudicaría el dramatismo. Winsting se adentró en la sala y aceptó la copa que le ofrecía uno de sus criados. Se disponía ya a mezclarse con la multitud, pero titubeó mientras observaba a los invitados.

—Edwarn Ladrian no ha venido —musitó, negándose a llamarlo por su ridículo sobrenombre, «Señor Conjunto».

—No —corroboró Flog.

—¡Me has dicho que estaban todos aquí!

—Todos los que confirmaron su asistencia —replicó Flog, que cambió el peso de su cuerpo de un pie a otro, incómodo.

Winsting frunció los labios, pero, por lo demás, disimuló su desilusión. Estaba convencido de que su oferta había intrigado a Edwarn. Aunque quizá Ladrian hubiera comprado a otro de los señores del crimen presentes en la sala. Una posibilidad a tener en cuenta.

Se dirigió a la mesa del centro, sobre la cual reposaba el motivo principal de la reunión de esa noche: el cuadro de una mujer reclinada. Lo había pintado Winsting con sus propias manos; cada vez se le daba mejor.

El cuadro carecía de valor, pero, a pesar de todo, las personas que llenaban la sala le ofrecerían ingentes sumas de dinero a cambio de él.

El primero en abordarlo fue Dowser, quien dirigía casi todas las operaciones de contrabando en el Quinto Octante. Ensombrecía la barba de tres días que le cubría las mejillas un bombín que, con todo descaro, había omitido dejar en el guardarropa. La hermosa mujer que llevaba del brazo y el elegante traje hacían poco por adecentar a alguien como Dowser. Winsting arrugó la nariz. La mayoría de los invitados eran escoria indeseable, pero al menos los demás tenían la decencia de disimularlo.

—Es más feo que pegarle a un padre —dijo Dowser, con la mirada fija en el cuadro—. Es increíble que vayas a hacernos «pujar» por esto. Es un pelín descarado, ¿no?

—¿Preferiría usted que fuese totalmente franco, señor Dowser? —preguntó Winsting—. ¿Le gustaría que lo proclamara a los cuatro vientos? «Págueme, y a cambio recibirá un año de votos favorables por mi parte en el Senado».

Dowser miró de reojo a los lados, como si temiera que los alguaciles pudieran irrumpir en la habitación de un momento a otro.

—¿Se ha fijado en los tonos de gris de esas mejillas? —preguntó Winsting con una sonrisa—. Representan la naturaleza cenicienta de la vida en un mundo precatacéndrico, ¿hum? La mejor de mis obras hasta la fecha. ¿Tiene ya alguna oferta? ¿Para iniciar la subasta?

Dowser optó por no decir nada. Ya pujaría, tarde o temprano. Hasta el último de los presentes había dedicado semanas a hacerse de rogar antes de aceptar la invitación a ese encuentro. La mitad de ellos eran señores del crimen, como Dowser. Los demás pertenecían al mundo del propio Winsting, lores y damas pertenecientes a las casas más nobles, aunque no por ello menos corruptos que los señores del crimen.

—¿No tiene miedo, Winsting? —preguntó la mujer que iba del brazo de Dowser.

Winsting arrugó el entrecejo. No la reconocía. Delgada, de cortos cabellos dorados y grandes ojos que le conferían una expresión aniñada y extraordinariamente alta.

—¿Miedo, querida? —preguntó Winsting—. ¿De la gente de esta habitación?

—No. De que su hermano descubra… a qué se dedica.

—Me conoce perfectamente —replicó Winsting—. Se lo aseguro.

—El mismísimo hermano del gobernador —dijo la mujer—, pidiendo sobornos.

—Si en verdad le sorprende eso, querida, debe de haber vivido muy recluida. En este mercado se han vendido peces mucho más gordos que yo. Quizá se dé cuenta cuando llegue la siguiente remesa.

Aquel comentario suscitó el interés de Dowser. Winsting sonrió al ver girar los engranajes tras la mirada del hombre. «Sí —pensó Winsting—, acabo de insinuar que mi propio hermano podría ser susceptible de dejarse sobornar». Quizá eso impulsaría a Dowser a pujar con más brío.

Winsting se alejó en dirección a un criado para seleccionar uno de los diminutos quiches de gambas que portaba en su bandeja.

—La acompañante de Dowser es una espía —susurró a Flog, que nunca se apartaba de su lado—. Quizá esté en nómina de los alguaciles.

—¡Mi señor! —se sobresaltó Flog—. Hemos comprobado una y mil veces a todos los asistentes.

—Pues esta se os ha escapado —dijo Winsting, aún en voz baja—. Me apostaría toda mi fortuna. Síguela después de la reunión. Si se separa de Dowser, por el motivo que sea, asegúrate de que sufra un accidente.

—Sí, mi señor.

—Y, Flog, otra cosa —añadió Winsting—: procura ser eficiente. No quiero que pierdas el tiempo intentando encontrar un lugar donde la niebla no tenga ojos. ¿Entendido?

—Sí, mi señor.

—Excelente —dijo Winsting, sonriendo de oreja a oreja mientras se encaminaba plácidamente hacia donde lo esperaba lord Hughes Entrone, primo y confidente del gran señor con el que compartía apellido.

Dedicó una hora a socializar, y las pujas comenzaron a llegar de forma gradual. Algunos de los asistentes se mostraban reacios. Habrían preferido entrevistarse con él de uno en uno y transmitirle sus respectivas ofertas en la intimidad antes de regresar a los bajos fondos de Elendel. Señores del crimen y nobles por igual, aquellas eran la clase de personas que preferían soslayar los temas sin abordarlos de frente, sin decir a las claras lo que pensaban. Realizaron sus ofertas, no obstante, y sin racanear. Al término de la primera ronda de conversaciones, Winsting hubo de esforzarse por disimular la emoción. Ya no tendría que seguir limitando los gastos. Si su hermano pudiera…

La detonación fue tan inesperada que, al principio, achacó el estruendo a que algún criado debía de haber roto algo. Pero no. Fue un ruido demasiado brusco, demasiado ensordecedor. Winsting no había oído nunca un disparo entre cuatro paredes y no sabía lo impactante que podía llegar a ser.

Se quedó boquiabierto. La bebida se escurrió entre sus dedos mientras buscaba el origen de la detonación. Se produjo otro disparo, y otro más. Se convirtió en una tormenta de ellos, a medida que las distintas facciones comenzaban a atacarse entre ellas en una cacofonía letal.

Sin darle tiempo a gritar para pedir ayuda, Flog lo agarró del brazo y tiró de él hacia la escalera que descendía a la cámara de seguridad. Uno de sus otros guardaespaldas se desplomó contra la puerta que tenía ante él, con la mirada desorbitada fija en la sangre que le empapaba la camisa. El moribundo dejó a Winsting hipnotizado hasta que Flog logró ponerlo en marcha de nuevo y lo empujó en dirección a la escalera.

—¿Qué ocurre? —preguntó Winsting mientras otro guardia cerraba la puerta de golpe tras ellos y giraba la llave en la cerradura. Apretaron el paso para bajar por el lóbrego pasadizo, iluminado por lámparas eléctricas espaciadas a intervalos regulares—. ¿Quién ha disparado? ¿Qué ha sucedido?

—No hay forma de saberlo —respondió Flog. Sobre sus cabezas continuaban restallando las detonaciones—. Ha sido muy rápido.

—Alguien se ha puesto a disparar —dijo otro guardaespaldas—. Puede que Dowser.

—No, ha sido Darm —lo corrigió otro—. He oído el primer disparo salir de su grupo.

Fuera como fuese, era un desastre. Winsting vio que su fortuna agonizaba cubierta de sangre en el suelo. Le sobrevino una arcada cuando por fin llegaron al pie de la escalera, que desembocaba en una puerta semejante a la de las cámaras acorazadas. Flog lo empujó al otro lado y dijo:

—Tengo que volver arriba, a ver si consigo solucionar algo. Averiguar quién ha sido el responsable.

Winsting asintió con la cabeza, cerró la puerta y echó la llave. Se sentó en una silla a esperar, inquieto. La habitación, un búnker de pequeñas dimensiones, contaba con vino y otras comodidades, pero no estaba de humor para ellas. Se retorció las manos. ¿Qué diría su hermano? ¡Herrumbres! ¿Qué iban a decir los periódicos? Tendría que silenciar lo ocurrido, aunque no sabía cómo.

Transcurridos unos instantes, alguien llamó a la puerta con los nudillos y, cuando Winsting fue a la mirilla, vio a Flog. Tras él, un reducido equipo de guardaespaldas vigilaba el hueco de la escalera. El tiroteo de la planta superior había cesado ya, aunque desde allí abajo los disparos no habían sonado más que como suaves chasquidos.

Winsting abrió la puerta.

—¿Y bien?

—Han muerto todos.

¿Todos?

—Hasta el último —asintió Flog mientras entraba en la cámara.

Winsting se dejó caer en la silla.

—Quizá sea lo mejor —murmuró, buscando algún hilo de luz en aquel tenebroso desastre—. Así nadie podrá involucrarnos. ¿No podríamos escurrir el bulto? ¿Ocultar nuestras huellas de alguna manera?

Difícil empresa. El edificio era propiedad suya. Lo relacionarían con todas esas muertes. Necesitaba una coartada. Diablos, al final sí que iba a tener que acudir a su hermano. Esto le costaría el escaño, sin duda, aunque la población no se enterase nunca de lo que había ocurrido. Se recostó contra el respaldo de la silla, frustrado.

—¿Y bien? —preguntó—. ¿Qué opinas?

En respuesta, unas manos hicieron presa en su pelo, tiraron de su cabeza hacia atrás y con toda eficiencia le rajaron la garganta expuesta.