El pasado de este libro fue accidentado, puesto que una tercera parte de él surgió a la vez que escribía otra obra. (Estaba esperando a que me llegara una lista de indicaciones de la editorial, creo que sobre la última entrega de La Rueda del Tiempo). Me vi obligado a dejar de trabajar en este volumen para sumergirme en el otro.
Para cuando retomé este, mi visión original de una nueva trilogía protagonizada por Wax, Wayne y Marasi había cambiado, de modo que el primer tercio de la novela requirió una ingente cantidad de retoques y modificaciones para encajar con los dos posteriores a medida que los iba escribiendo. Deposité una confianza tremenda en el excelente ojo crítico de mi editor, Moshe Feder, mi agente, Joshua Bilmes, y mi asistente editorial, el Instantáneo Peter Ahlstrom. Un agradecimiento muy especial también para mi editor en el Reino Unido, Simon Spanton.
Además, mi grupo de escritura resultó, como siempre, imprescindible. En él se incluyen Emily Sanderson, Karen y Peter Ahlstrom, Darci y Eric James Stone, Alan Layton, Ben «por favor, a ver si esta vez escribes bien mi nombre» Olsen, Danielle Olsen, Kathleen Dorsey Sanderson, Kaylynn ZoBell, Ethan e Isaac Skarstedt, y Kara e Īsaac Stewart.
Organizamos una lectura beta relámpago, y fueron varias las personas atentas que aportaron sus extraordinarios comentarios. Entre ellas, Jory Phillips, Joel Phillips, Bob Kluttz, Alice Arneson, Trae Cooper, Gary Singer, Lyndsey Luther, Brian T. Hill, Jakob Remick, Eric James Stone, Bao Pham, Aubree Pham, Steve Godecke, Kristina Kugler, Ben Olsen, Samuel Lund, Megan Kanne, Nate Hatfield, Layne Garrett, Kim Garrett, Eric Lake, Karen Ahlstrom, Isaac Skarstedt, Darci Stone, Īsaac Stewart, Kalyani Poluri, Josh Walker, Donald Mustard III, Cory Aitchison y Christi Jacobsen.
Ha sido increíblemente satisfactorio asistir al desarrollo del apartado artístico de mis novelas a lo largo de los años. Siempre he tenido la descabellada intención de incluir muchas más ilustraciones de lo habitual, más o menos todas las que me dejen. Son tres los maravillosos ilustradores que lo han hecho posible en este volumen. La cubierta es obra de Chris McGrath, y me encanta su interpretación de los personajes. Mi buen amigo y ahora director artístico a tiempo completo, Īsaac Stewart, se encargó de los mapas y de los símbolos, además de la esmerada maquetación del pasquín. Los dibujos que salen en él son obra del siempre excelente Ben McSweeney.
En JABberwocky, mi agencia, gracias a Eddie Schneider, Sam Morgan, Krystyna Lopez y Christa Atkinson. En el Reino Unido, un aplauso para John Berlyne, de Zeno Agency.
En Tor Books, muchísimas gracias a Tom Doherty, Linda Quinton, Marco Palmieri, Karl Gold, Diana Pho, Nathan Weaver, Edward Allen y Rafal Gibek. Ingrid Powell se encargó de la corrección. La revisión de galeradas recayó sobre Terry McGarry, y el narrador del audiolibro es mi lector predilecto, Michael Kramer. Otros profesionales de ese formato que se merecen mi agradecimiento son Robert Allen, Samantha Edelson y Mitali Dave. Para Adam Horne, mi nuevo asistente adjunto, esta es la primera vez que su nombre sale mencionado en un libro. ¡Bien hecho, Adam!
Por último, gracias de corazón a mi familia, como siempre. Una esposa maravillosa y tres niños pequeños que todavía no entienden muy bien por qué los libros que escribe papá tienen tan pocos dibujos.
La Edición X aniversario de este libro, publicada por Dragonsteel, no habría sido posible sin el tiempo y el talento que le dedicaron mi director editorial, Peter Ahlstrom, nuestra gurú de InDesign, Kristy S. Gilbert, y mi director creativo, Īsaac Stewart. También quiero reconocer el trabajo de todos los artistas que crearon ilustraciones nuevas para ese volumen, cuyos nombres y aportaciones figuran en la página de créditos. Muchas gracias por vuestra cuidada y hermosa representación de mis mundos y personajes.
Estos libros son el fruto de la colaboración de muchas personas en Dragonsteel Entertainment. Karen Ahlstrom ajustó la continuidad haciéndole algunos cambios al calendario de Scadrial. Kara Stewart y su equipo de logística siguen haciendo su magia para que os lleguen los libros, ocupándose del servicio al cliente y llevando nuestra librería en línea. Adam Horne, nuestro entusiasta interno de la encuadernación en cuero, os hace llegar las noticias de formas creativas. Emily Sanderson y Kathy Sanderon se encargan de que todo el mundo esté a gusto y de que todos tengamos las herramientas y las instalaciones necesarias para hacer su trabajo.
También querría dar las gracias a nuestro representante de imprenta, Bill Wearne, y a todas las personas que dedican largas horas a imprimir, manufacturar y encuadernar estas ediciones especiales.
Un enorme agradecimiento a nuestros lectores gamma, que revisan todo el trabajo y nos hacen sugerencias sensatas y certeras. Les dais a nuestros libros un pulido adicional.
Y a todas las personas que habéis leído, disfrutado y regalado estos libros a lo largo de los años, vuestro apoyo es lo que de verdad hace posibles estas ediciones. Tenéis mi más sincero agradecimiento.
En el boletín anual State of the Sanderson de 2014 anuncié que había dedicado la segunda mitad de ese año a escribir Sombras de identidad, pero además hice una confesión.
También había escrito su secuela.
Antes de que empecéis a señalarme con el dedo y decir que soy un robot, os diré que tenía un motivo muy bueno para hacer lo que hice. El caso es que estaba costándome mucho volver a entrar en Sombras de identidad. Había escrito la tercera parte del libro en 2012, entre revisiones de Un recuerdo de luz. Y a veces me cuesta mucho regresar a un libro o a una serie cuando he pasado mucho tiempo apartado de su trama.
Así que volver a Sombras de identidad después de dos años fue un proceso lento, y me resultó mucho más fácil ponerme a escribir su continuación, Brazales de Duelo, para refrescar el contacto con el mundo y los personajes. Hecho eso, ya fui capaz de retroceder a Sombras de identidad y terminarlo. Lo curioso del tema es que crear juntos estos dos libros de la serie Mistborn supuso más o menos la mitad de la escritura que un solo libro de El Archivo de las Tormentas. Ya podéis empezar con los chascarrillos sobre que escribo novelas adicionales en secreto cuando no hay nadie mirando.
Sombras de identidad se publicó un año después y en las entrevistas me hicieron la misma pregunta de siempre que saco un libro: ¿de qué trata? Anticipándome a ella, yo mismo me había preguntado lo mismo. ¿Qué es Sombras de identidad?
La respuesta es complicada.
Desde el inicio, Mistborn estaba planeada como una serie de continuidad, en la que mostraría la alomancia a lo largo de distintas épocas. Al principio la serie iba a consistir en tres trilogías, cada una de las cuales cubriría una era diferente en la historia de Scadrial: la era preindustrial, la moderna y la espacial. Sin embargo, tardé poco en darme cuenta de que quería explorar otras historias ambientadas entre esas trilogías, y así nacieron los libros de Wax y Wayne, que transcurren en el equivalente a nuestros principios del siglo XX. Son lecturas rápidas y divertidas… pero también introducen algunas cosas muy muy importantes que se avecinan en el mundo de Mistborn.
Esta segunda era de Mistborn comienza con Aleación de ley, y os sugiero que empecéis por ese libro si aún no lo habéis leído. Está planteado como otro punto de entrada al mundo de Mistborn añadido a la trilogía original, pero en un principio no iba a ser el inicio de una segunda trilogía. Lo ambienté unos pocos siglos después de los acontecimientos de El Héroe de las Eras y con él pretendía explorar lo que era vivir en un mundo en el que la saga épica original se había convertido en la base de los mitos y leyendas de la sociedad.
Al terminar Aleación de ley, decidí que quería seguir escribiendo sobre Wax y Wayne en una serie que funcionara como contrapunto a El Archivo de las Tormentas, algo que tuviera más ritmo y enfoque. Así que me senté y esbocé una trilogía propiamente dicha protagonizada por los mismos personajes, una trilogía cuyo primer libro es Sombras de identidad.
Aleación de ley fue más bien una casualidad afortunada e improvisada. La trilogía que sigue a esa novela estaba planeada con más intención, como un medio para mantener vivo el mundo de Scadrial en la mente del lector mientras trabajaba en la extensa serie de El Archivo de las Tormentas.
Sombras de identidad se relaciona directamente con Aleación de ley, pero hay un propósito en el lugar hacia donde lleva a los personajes, apuntando a un arco de tres novelas. Brazales de Duelo, el segundo libro de ese arco, salió solo unos pocos meses después de Sombras, y el último volumen, El metal perdido, acaba de publicarse, completando así la Era Dos de Mistborn.
De modo que, volviendo a la pregunta que planteaba al inicio de este prefacio, ¿qué es Sombras de identidad? Es la continuación de las aventuras de dos alomantes procedentes de los Áridos que se ven absorbidos por la política y los crímenes de la gran ciudad. Es como si Clint Eastwood tuviese poderes mágicos como pistolero y protagonizara una versión de CSI ambientada en la Nueva York de la década de 1910, acompañado por su compinche Simon Pegg, que interpreta a un carterista lascivo y apenas reformado con la capacidad de detener el tiempo. Salpicándolo todo con algunos cameos procedentes de la trilogía original de Mistborn.
Pero, más que eso, es el principio de una trilogía dentro de una serie, publicado tras una novela independiente con los mismos personajes que, a su vez, es una secuela de una trilogía original con otros personajes distintos.
Comprenderéis que esto, a veces, resulta difícil de explicar.
Por tanto, ¿qué es Sombras de identidad? Es muchas cosas, pero sí que os prometo que es alucinante.




Waxillium Ladrian, vigilante de la ley a sueldo, pasó una pierna sobre la grupa de su yegua para bajar al suelo y giró sobre los talones en dirección a la cantina.
—Vaya, hombre —dijo el chico, desmontando de un salto a su vez—. No se te ha enganchado la espuela en el estribo ni nada.
—Aquello pasó solo una vez —replicó Waxillium.
—Ya, pero es que fue supergracioso.
—Quédate con los caballos —le ordenó Waxillium, arrojándole las riendas—. No ates a Devastadora. A lo mejor me hace falta.
—Vale.
—Y no robes nada.
El muchacho, de facciones aniñadas pese a sus diecisiete años de edad, con apenas una sombra de pelusilla en las mejillas aunque llevara semanas intentando dejarse barba, asintió con gesto solemne.
—Prometo no mangarte nada tuyo, Wax.
Waxillium suspiró.
—No es eso lo que te he dicho.
—Pero…
—Tú quédate con los caballos. Y procura no hablar con nadie.
Waxillium negó con la cabeza mientras entraba en la cantina, notando un brío en su paso. Estaba llenando un ápice su mente de metal, reduciendo en torno al diez por ciento de su peso. Era una práctica habitual para él de un tiempo a esa parte, desde que se quedara sin peso almacenado en el transcurso de una de sus primeras cacerías, unos meses antes.
La cantina, ni que decir tiene, era un tugurio cochambroso. En los Áridos casi todo estaba polvoriento, roto o raído. Cinco años llevaba ya allí, y seguía sin acostumbrarse. Cierto, había dedicado la mayor parte de esos cinco años a intentar ganarse la vida como oficinista, alejándose cada vez más de los centros de población en un intento por evitar que lo reconocieran. Pero, en los Áridos, incluso las principales zonas habitadas eran más sucias que Elendel.
Y allí, en la frontera con la civilización, el término «suciedad» se quedaba corto para describir el estilo de vida reinante. Los hombres con los que se cruzó en el local, encorvados en sus asientos, apenas alzaron la vista a su paso. Esa era otra particularidad de los Áridos. Tanto las plantas como las personas eran más pinchudas y crecían sin separarse mucho del suelo. Hasta las voluminosas acacias, que a veces sí que alcanzaban cierta altura, daban una sensación dura, acorazada.
Apoyó las manos en las caderas y paseó la mirada por la estancia, esperando llamar la atención. No tuvo éxito, lo cual lo irritó. ¿De qué servía ponerse un elegante traje de ciudad, pañuelo de color lavanda incluido, si después nadie lo miraba siquiera? Por lo menos tampoco cuchicheaban a sus espaldas, como los de la última cantina.
Con la mano encima de la culata, Waxillium encaminó sus pasos hacia la barra. El camarero era un individuo alto por cuyas venas debía de correr sangre terrisana, a juzgar por su complexión esbelta, aunque a sus refinados primos de la Cuenca les daría un soponcio si lo viesen royendo un grasiento muslo de pollo mientras utilizaba la otra mano para servir una jarra. Waxillium se esforzó por contener las náuseas; el concepto de higiene que imperaba allí era otra particularidad a la que no terminaba de acostumbrarse. En los Áridos se consideraba pulcro a todo quien se acordara de restregarse las manos contra los pantalones en el momento entre hurgarse la nariz y estrecharte la mano.
Waxillium esperó. Luego esperó un poco más. Luego carraspeó. Por fin, el cantinero se acercó a él sin apresurarse.
—¿Sí?
—Busco a un hombre —dijo Waxillium en voz baja—. Se hace llamar Granito Joe.
—No lo conozco.
—¿Que no…? Pero si es el forajido más célebre de los alrededores.
—Pues no lo conozco.
—Pero…
—Se vive más seguro sin conocer a la gente como Joe —lo interrumpió el camarero, antes de pegarle otro bocado al muslo de pollo—. Pero tengo un amigo.
—Menuda sorpresa.
El camarero lo fulminó con la mirada.
—Ejem —carraspeó Waxillium—. Perdón. Continúe.
—Mi amigo podría estar dispuesto a conocer a personas de las que otros no querrían saber nada. Llegar hasta él llevará algo de tiempo. ¿Vas a pagar?
—Soy un vigilante de la ley —respondió Waxillium—. Actúo en nombre de la justicia.
El cantinero parpadeó. Despacio, metódico, como si le requiriera un esfuerzo consciente.
—Entonces… ¿vas a pagar?
—Le pagaré, sí —suspiró Waxillium, repasando para sus adentros todo lo que seguirle la pista a Granito Joe le había costado ya. No podía permitirse volver a quedarse sin blanca. Devastadora necesitaba una silla nueva, y allí a él los trajes le duraban un suspiro.
—Bien —dijo el camarero, indicándole por señas que lo siguiera.
Recorrieron el establecimiento en zigzag, sorteando mesas y rodeando el piano, que estaba al lado de una columna, entre dos mesas. No parecía que lo hubieran tocado desde hacía siglos, y alguien le había puesto encima una hilera de jarras sucias. Entraron en una habitación pequeña junto a la escalera. Olía a polvo.
—Espera aquí —dijo su guía antes de salir y cerrar la puerta a su espalda.
Waxillium se cruzó de brazos mientras echaba una ojeada a la única silla que había en el cuarto. La pintura blanca había empezado a pelarse; no le cabía la menor duda de que, si intentaba sentarse, terminaría con la mitad pegada a los pantalones.
Comenzaba a sentirse cada vez más cómodo con los habitantes de los Áridos, ya que no con sus particulares costumbres. Los meses que llevaba allí cazando recompensas le habían mostrado que no faltaban las buenas personas, mezcladas con el resto. Sin embargo, emanaba de todos ellos un obstinado fatalismo. Desconfiaban de la autoridad y a menudo rechazaban a los vigilantes, aunque eso conllevara permitir que alguien como Granito Joe continuase arrasándolo todo y saqueando a placer. Sin las recompensas que ofrecían el ferrocarril y las empresas mineras, nunca iba a…
La ventana se sacudió. Waxillium se detuvo, cerró los dedos en torno a la culata de la pistola que colgaba de su cinto y quemó acero. El metal propagó una tibieza punzante por su interior, como si acabase de beber algo demasiado caliente. A su alrededor se extendieron varias líneas azules que, desde su pecho, señalaban la ubicación de las fuentes de metal cercanas, varias de las cuales se encontraban justo al otro lado de la ventana con postigo. Otras apuntaban hacia abajo. Esa cantina disponía de sótano, algo poco habitual en los Áridos.
Podría empujar contra esas líneas en caso de necesidad, para alejar de sí mismo el metal con el que estaban conectadas. De momento, se limitó a observar mientras una varilla se deslizaba entre la ventana y el marco y ascendía para forzar el pestillo. La ventana traqueteó y se abrió.
Una muchacha vestida con pantalones oscuros entró en el cuarto de un salto, rifle en mano. Enjuta, de facciones angulosas y con un puro sin encender entre los dientes, a Waxillium le sonaba de algo. Se levantó, al parecer satisfecha, y se giró para cerrar la ventana. Al darse la vuelta, lo vio.
—¡Diablos! —exclamó mientras trastabillaba de espaldas, dejando caer el puro y levantando su rifle.
Waxillium desenfundó la pistola y preparó su alomancia, deseando haber encontrado alguna manera de repeler las balas. Podía empujar el metal, sí, pero no era tan rápido como para detener los disparos, a menos que empujase la pistola antes de que se apretara el gatillo.
—Oye —dijo la mujer—. ¿Tú no eres el que mató a Peret el Negro?
—Waxillium Ladrian —respondió él—. Vigilante a sueldo.
—Venga ya. ¿Eso es lo que dices para presentarte?
—Pues claro. ¿Por qué no?
En vez de contestar, la mujer levantó la cabeza de la mirilla del rifle y se quedó un momento observándolo.
—¿Un pañuelo? —dijo al cabo—. ¿En serio?
—Viene a ser mi asuntillo —respondió él—. Así en plan caballero cazarrecompensas.
—¿Para qué quiere un «asuntillo» un cazarrecompensas?
—Es importante labrarse una reputación —replicó Waxillium, levantando la barbilla—. Todos esos forajidos la tienen. De uno a otro confín de los Áridos, la gente ha oído hablar de hombres como Granito Joe. ¿Por qué no iba a hacer yo lo mismo?
—Porque es como pintarse una diana en la frente.
—El riesgo merece la pena —dijo Waxillium—. Aunque, hablando de dianas…
Agitó el arma en el aire e inclinó la cabeza en dirección a la de la muchacha, que dijo:
—Vas tras la recompensa que ofrecen por Joe.
—En efecto. ¿Tú también?
Ella asintió.
—¿Nos la repartimos? —preguntó Waxillium.
La joven suspiró, pero bajó el fusil.
—Vale. Pero habrá porción doble para el primero que le meta una bala en el cuerpo.
—Pensaba capturarlo con vida.
—Bien. Así tendré más oportunidades de cargármelo antes. —La chica le sonrió mientras se acercaba a la entrada de la habitación, furtiva—. Me llamo Lessie, por cierto. Entonces, ¿Granito está aquí, en alguna parte? ¿Lo has visto?
—No. —Waxillium se reunió con ella en la puerta—. Le he preguntado al dueño del local y me ha traído aquí.
Lessie se volvió hacia él.
—Le has preguntado al dueño del local.
—Claro. He leído las historias. Los cantineros siempre lo saben todo, y… y estás meneando la cabeza.
—En este tugurio todos están al servicio de Joe, don Pañuelo —dijo Lessie—. Diablos, la mitad de los vecinos de este pueblo lo están. ¿Y tú vas y le preguntas al camarero?
—Creo que ya he respondido a esa pregunta.
—¡Herrumbre! —La muchacha entreabrió la puerta y miró fuera—. En el nombre de Ruina, ¿cómo te las apañaste para cargarte a Peret el Negro?
—Ya será para menos. Es imposible que toda la cantina esté…
Dejó la frase inacabada al escrutar a su vez por la rendija de la puerta. El larguirucho que atendía la barra no se había ido corriendo a buscar a nadie. No, se hallaba en la sala principal del local, señalando en dirección a la puerta y apremiando a los distintos bellacos y bribones a levantarse y armarse. Parecían reacios y algunos gesticulaban furiosos, pero muchos de ellos ya habían desenfundado.
—Maldición —susurró Lessie.
—¿Salimos por donde has entrado? —sugirió Waxillium.
La respuesta de la joven consistió en cerrar de nuevo la puerta con sumo sigilo, empujarlo hacia dentro de la estancia y correr en dirección a la ventana como una exhalación. Se agarró al alféizar para saltar fuera, pero restallaron detonaciones a su alrededor y volaron astillas del marco de la ventana.
Lessie maldijo y se tiró al suelo. Waxillium se agachó junto a ella mientras exclamaba:
—¡Un francotirador!
—¿Siempre eres tan perspicaz, don Pañuelo?
—No, solo cuando practican el tiro al blanco conmigo. —Waxillium se asomó por encima del quicio de la ventana, pero el francotirador podría estar oculto en una docena de escondites cercanos—. Tenemos un problema.
—He ahí de nuevo esas agudísimas dotes de observación.
Lessie empezó a arrastrarse por el suelo en dirección a la puerta.
—Me refería a que lo tenemos en más de un sentido. —Waxillium siguió a la muchacha, agazapado—. ¿Cómo les ha dado tiempo a apostar un francotirador? Debían de estar al corriente de mi llegada. El pueblo entero podría ser una trampa.
Lessie maldijo entre dientes mientras él llegaba a la puerta y la entreabría de nuevo. Los matones estaban discutiendo en voz baja y gesticulando en dirección a ella.
—Se ve que me toman en serio —dijo Waxillium—. ¡Ja! Mi reputación está dando sus frutos. ¿Lo ves? ¡Están asustados!
—Enhorabuena —replicó ella—. ¿Crees que me darán alguna recompensa si te pego un tiro?
—Tenemos que llegar a la planta de arriba —dijo Waxillium, con la mirada fija en la escalera que se hallaba justo al otro lado de la puerta.
—¿Qué conseguiríamos con eso?
—Bueno, para empezar, todos los individuos armados que quieren matarnos están aquí abajo. Preferiría cambiar de aires, y esa escalera será más fácil de defender que este cuarto. Aparte de eso, quizá encontremos una ventana por la que escapar en la otra cara del edificio.
—Ya, si te apetece saltar desde tan arriba.
Saltar no constituía el menor problema para un lanzamonedas como Waxillium, que podría soltar un trozo de metal y empujar contra él para frenar su caída y aterrizar sano y salvo. También era feruquimista y podía valerse de sus mentes de metal para reducir su peso mucho más de lo que lo estaba haciendo en esos momentos, aligerándose hasta casi flotar.
No obstante, sus capacidades no eran muy conocidas y Waxillium prefería que continuasen así. Los rumores sobre sus milagrosas supervivencias habían llegado hasta sus oídos, y le gustaba el aura de misterio que los envolvía. Se especulaba con que era un nacido del metal, cierto, pero mientras la gente no supiera exactamente de qué era capaz, la ventaja seguiría estando de su parte.
—Mira, voy a intentar llegar corriendo a la escalera —informó a la mujer—. Si tú prefieres quedarte aquí abajo y abrirte paso a balazos, estupendo. Me proporcionarás la distracción ideal.
Lessie le lanzó una miradita de reojo y sonrió de oreja a oreja.
—De acuerdo. Lo haremos a tu manera. Pero como nos acribillen a tiros, me debes un trago.
«Sí que me suena de algo», pensó Waxillium. Asintió, contó hasta tres en voz baja, cruzó la puerta corriendo y apuntó con la pistola al matón que tenía más cerca. El hombre saltó de espaldas cuando Waxillium disparó tres veces… y falló. Las balas se incrustaron en el piano, provocando una nota discordante con cada impacto.
Lessie salió a la carrera tras él hacia a la escalera. El heterogéneo repertorio de bellacos levantó sus armas entre gritos de sorpresa. Waxillium echó atrás la pistola para apartarla de su alomancia y empujó un poco contra las líneas azules que, partiendo de él, señalaban a los hombres que había en la sala. Los matones abrieron fuego, pero el empujón había desviado sus armas lo suficiente como para alterar su puntería.
Waxillium subió por la escalera detrás de Lessie, huyendo de la tormenta de disparos.
—Por todos los diablos —jadeó Lessie cuando hubieron llegado al primer rellano—. Estamos vivos.
Lo miró con las mejillas encendidas, y algo chasqueó como una cerradura en la mente de Waxillium.
—Yo a ti te conozco —dijo.
—Te equivocas —replicó ella, apartando la mirada—. Sigamos…
—¡El Toro Llorón! —exclamó Waxillium—. ¡Eres la bailarina!
—Ay, Dios del Más Allá. —La muchacha reanudó el ascenso, encabezando la marcha—. Lo recuerdas.
—Sabía que solo estabas fingiendo. Ni siquiera Rusko contrataría a alguien con semejante descoordinación, por muy bonitas que tuviera las piernas.
—¿Podemos ir a tirarnos ya por alguna ventana, por favor? —preguntó ella, escudriñando el piso de arriba en busca de matones.
—¿Qué haces aquí? ¿Vas detrás de alguna recompensa?
—Bueno, algo así.
—¿Y en serio que no sabías lo que te iban a…?
—Doy esta conversación por finalizada.
Una vez en la planta de arriba, Waxillium aguardó un momento a que una sombra en la pared anunciara que alguien los seguía por la escalera. Disparó de inmediato al maleante y falló de nuevo, pero obligó al hombre a retroceder. Oyó imprecaciones y discusiones procedentes de abajo. Quizá los parroquianos de la taberna estuviesen a sueldo de Granito Joe, pero tampoco eran demasiado leales. Los primeros en subir por esos escalones recibirían un balazo, seguro, y a ninguno de ellos le apetecía arriesgarse.
Eso le proporcionaría a Waxillium un respiro. Lessie se coló en una de las habitaciones y pasó junto a una cama vacía con un par de botas al lado. Abrió de golpe la ventana, que estaba en la fachada opuesta al francotirador.
Ante ellos se extendía el pueblo de Erosión, una solitaria colección de comercios y hogares que parecían esperar agazapados —en vano— el día en que al ferrocarril por fin se le antojase extender sus dedos tan lejos. A media distancia, unas pocas jirafas se dedicaban a mordisquear las hojas de los árboles; el único indicio de vida animal en la extensa planicie.
La caída desde la ventana era vertical y no había tejado al que trepar. Lessie observó el vacío con suspicacia. Waxillium se metió los dedos en la boca y emitió un estridente silbido.
No pasó nada.
Volvió a silbar.
—Pero ¿se puede saber qué diablos estás haciendo?
—Llamar a mi yegua —respondió Waxillium antes de silbar otra vez—. Podemos dejarnos caer en la silla y escapar al galope.
Lessie se quedó mirándolo.
—Lo dices en serio.
—Pues claro. Hemos practicado la llamada.
Una figura solitaria apareció en la calle a sus pies: el joven que había estado siguiendo a Waxillium.
—Esto… ¿Wax? —lo llamó el chico—. Devastadora no se despega del abrevadero.
—Diablos.
Lessie volvió a mirarlo.
—¿Le has puesto a tu yegua el nombre de…?
—Es un poquito demasiado mansa, ¿vale? —la atajó Waxillium mientras se encaramaba al alféizar—. Se me ocurrió que llamarla así podría servirle de inspiración. —Ahuecó la mano para formar una bocina y, dirigiéndose al muchacho, exclamó—: ¡Wayne! ¡Tráela hasta aquí! ¡Vamos a saltar!
—Y un cuerno —protestó Lessie—. ¿O te crees que esa silla de montar es mágica y va a impedir que le partamos el espinazo a tu yegua al caer?
Waxillium titubeó.
—Bueno, he leído que hay gente que lo hace…
—Ya. Mira, se me ocurre una idea. ¿Por qué no llamas a Granito Joe, os plantáis los dos en una calle y libráis un bonito duelo con el sol en lo alto, a la antigua usanza?
—¿Crees que daría resultado? Me…
—No, no daría resultado en la vida —restalló la joven—. Eso no lo hace nadie, porque es una idiotez. ¡Ruina! En serio, ¿cómo conseguiste cargarte a Peret el Negro?
Se sostuvieron la mirada durante unos instantes.
—Pues… —empezó Waxillium.
—Rayos, lo pillaste en el cagadero, ¿verdad?
Waxillium le dedicó una sonrisa radiante.
—Eso mismo.
—¿Y no le dispararías también por la espalda?
—Más valientemente de lo que nunca haya disparado un hombre a otro por la espalda.
—Ja. Quizá aún tengas remedio.
Waxillium señaló la ventana con la cabeza.
—¿Saltamos?
—Venga. ¿Qué más da partirse las dos piernas antes de que la acribillen a una? Ya que hemos empezado esto, don Pañuelo, sigamos hasta el final.
—Creo que no nos pasará nada, doña Liguero Rosa.
Lessie enarcó una ceja.
—Si vas a identificarme por mi vestuario —dijo Waxillium—, no veo por qué no iba a poder hacer yo lo mismo.
—Ni una palabra más al respecto, jamás. —Lessie respiró hondo—. Bueno, ¿qué?
Waxillium asintió mientras avivaba sus metales, preparándose para sujetarla y ralentizar la caída de ambos lo justo para dar la impresión de que habían sobrevivido al salto de milagro. En el proceso, sin embargo, se percató de que una de sus líneas azules, tenue pero gruesa, estaba moviéndose y apuntaba al otro lado de la calle.
«La ventana del molino». En su interior había algo a lo que el sol estaba arrancando destellos.
De inmediato, Waxillium agarró a Lessie y la obligó a agacharle. Una fracción de segundo después, una bala pasó silbando sobre sus cabezas y fue a incrustarse en la puerta, en la otra punta de la habitación.
—Otro francotirador —siseó la muchacha.
—Tus dotes de observación son…
—Calla —lo atajó Lessie—. ¿Qué hacemos ahora?
Waxillium frunció el ceño mientras le daba vueltas al interrogante. Echó un vistazo al agujero de bala y estimó la trayectoria que había seguido. El francotirador había apuntado demasiado alto. Aunque Waxillium no se hubiera agachado, con toda probabilidad no le habría pasado nada.
¿Por qué apuntar tan alto? El movimiento de la línea azul que llevaba al fusil indicaba que el francotirador había corrido para ponerse en posición antes de disparar. ¿Sería que había apuntado demasiado deprisa o quizá existía algún otro motivo más siniestro? «¿Para abatirme del cielo, en cuanto saliera volando por la ventana?».
Oyó pasos procedentes de la escalera, pero no vio ninguna línea azul. Renegó mientras corría hacia la puerta para mirar. Había un grupo de hombres subiendo con cautela, y no eran los matones normales y corrientes de abajo. Aquellos llevaban camisa blanca ajustada, lucían finos bigotes e iban armados con ballestas. No llevaban encima ni una pizca de metal.
¡Herrumbres! Sabían que Waxillium era un lanzamonedas, y Granito Joe tenía un equipo de asesinos esperándolo.
Regresó a la ventana y agarró a Lessie del brazo.
—¿Tu informador te dijo que Granito Joe estaba en este edificio?
—Sí —respondió la muchacha—. Está aquí seguro. Le gusta andar cerca cuando se reúne una banda; prefiere tener controlados a sus hombres.
—Este edificio tiene sótano.
—¿Y?
—Espera un momento.
La agarró con las dos manos y rodó al suelo, haciendo que la joven soltara un gañido y una maldición. Sujetándola encima de él, incrementó su peso.
Tenía una gran cantidad acumulada en su mente de metal, después de pasar semanas cargándola. Lo extrajo todo, multiplicando su peso muchas veces en un instante. El suelo de madera empezó a resquebrajarse antes de desplomarse de repente por debajo de ellos.
Waxillium cayó mientras su elegante atuendo se desgarraba y se precipitó surcando el aire, tirando de Lessie tras él. Cerró los ojos con fuerza y empujó los centenares de líneas azules que había a su espalda, las que llevaban a los clavos del suelo de la planta baja. El empujón propulsó los clavos hacia abajo, destrozando el piso y abriendo una vía hasta el sótano.
Atravesaron el suelo de la planta baja en medio de una lluvia de polvo y astillas. Waxillium logró frenar su descenso con un empujón de acero, pero aun así se estrellaron con dureza contra una mesa que había en el sótano.
Soltó algo a medio camino entre un gemido y un bufido, pero se obligó a retorcerse para quitarse de encima los maderos rotos. Se sorprendió al ver que las paredes del sótano tenían paneles de madera noble y lámparas moldeadas a semejanza de voluptuosas mujeres. La mesa contra la que habían caído lucía un impecable mantel de color blanco, pero había quedado muy maltrecha, con las patas destrozadas y la superficie quebrada en ángulo.
Había un hombre presidiendo la mesa. Waxillium consiguió levantarse en medio de los escombros y apuntar con una pistola al tipo, de facciones toscas y oscura tez gris azulada, señal de que por sus venas corría sangre de koloss. Granito Joe. Debían de haber interrumpido su cena, a juzgar por la servilleta que llevaba encajada en el cuello de la camisa y la sopa derramada que empapaba la mesa hecha añicos delante de él.
Con un gemido, Lessie se dio la vuelta y se sacudió las astillas que le cubrían la ropa. Al parecer, su rifle se había quedado arriba. Waxillium empuñaba la pistola con firmeza sin perder de vista a los dos guardaespaldas que, embozados en sendos gabanes, se hallaban detrás de Granito Joe, un hombre y una mujer; hermanos, según tenía entendido, y tiradores de primera. Saltaba a la vista que la caída de Waxillium los había sorprendido, porque, aunque tenían la mano apoyada en sus armas, no habían desenfundado.
Waxillium tenía la ventaja de estar apuntando a Joe, pero, si disparaba, los hermanos lo abatirían en un abrir y cerrar de ojos. Quizá no hubiera planificado aquella línea de ataque todo lo bien que habría debido.
Joe rebañó con la cuchara los restos de su cuenco roto, enmarcado por manchas de sopa roja en el mantel. Logró recoger un poco y llevárselo a los labios.
—Tú —dijo tras sorber la sopa— deberías estar muerto.
—Deberías plantearte la posibilidad de cambiar de matones a sueldo —replicó Waxillium—. Los de ahí arriba no valen gran cosa.
—No me refería a ellos —continuó Joe—. ¿Cuánto hace que estás aquí, en los Áridos, causando problemas? ¿Dos años?
—Uno —contestó Waxillium, que llevaba más tiempo allí arriba, pero no había empezado a «causar problemas», por emplear las palabras de Joe, hasta hacía poco.
Granito Joe chasqueó la lengua.
—¿Te crees que nunca había pasado nadie como tú por aquí, hijo? ¿Con la mirada cargada de asombro, el cinturón abrochado bajo sobre la cadera y las espuelas nuevecitas y relucientes aún? Llegado para rescatarnos de nuestro bárbaro modo de vida. Vemos a decenas como tú todos los años. Solo que los otros tienen la decencia de aprender a dejarse sobornar o de palmarla antes de estropear demasiado las cosas. Pero tú, no.
«Está intentando ganar tiempo —se dijo Waxillium—. Espera a que bajen los hombres de arriba».
—¡Soltad las armas! —exclamó, sin dejar de apuntar a Joe—. ¡Soltadlas o disparo!
Los dos guardaespaldas no se movieron. «No hay líneas de metal en la de la derecha —pensó Waxillium—. Ni en Joe tampoco». El de la izquierda llevaba pistola, quizá confiando en que su velocidad desenfundando superaría a un lanzamonedas. Seguro que los otros dos tenían modernas ballestas de mano guardadas en las fundas. De un solo disparo, hechas de madera y cerámica. Diseñadas para exterminar a lanzamonedas.
Aun con su alomancia, Waxillium no podría acabar con los tres sin que le dispararan. Una gota de sudor comenzó a resbalar por su sien. Lo tentó la idea de apretar el gatillo sin más, pero lo matarían si lo hacía. Y todos lo sabían. Aquello era un empate, pero sus enemigos iban a recibir refuerzos.
—Aquí no pintas nada. —Joe se inclinó hacia delante, con los codos apoyados en la mesa destrozada—. Vinimos a este lugar para escapar de la gente como tú. De vuestras reglas. De vuestros prejuicios. No sois bienvenidos.
—Si eso fuese cierto —replicó Waxillium, sorprendido por la firmeza de su voz—, nadie acudiría a mí llorando porque has matado a sus hijos. Quizá no necesitéis las leyes de Elendel aquí arriba, pero eso no significa que podáis prescindir de las normas. Como tampoco significa que los hombres como tú podáis hacer lo que os apetezca.
Granito Joe negó con la cabeza y se levantó, llevando la mano a su arma.
—Estás fuera de tu elemento, hijo. Aquí todo el mundo tiene un precio. De lo contrario, no encaja. Sufrirás una muerte lenta y dolorosa, igual que le ocurriría a un león en esa ciudad vuestra. Lo que voy a hacer hoy es un acto de misericordia.
Joe desenfundó.
Waxillium actuó de inmediato y dio un empujón alomántico contra las lámparas de la pared a su derecha para apartarse. Las lámparas estaban bien atornilladas, por lo que su empujón lo lanzó hacia la izquierda. Giró la pistola y apretó el gatillo.
Joe sacó su ballesta y disparó una saeta, pero el tiro falló, surcando el aire donde había estado Waxillium. Su propia bala acertó, para variar, e impactó en la mujer, que ya había desenfundado su ballesta. Se desplomó y, cuando Waxillium se estrelló contra la pared, empujó para arrancar el arma de la mano del otro guardia mientras disparaba.
El empujón de Waxillium, por desgracia, también provocó que su propia pistola se le escurriera entre los dedos, pero la envió rodando hacia el segundo guardaespaldas. El arma voladora se estampó contra el rostro del segundo guardaespaldas y lo derribó.
Waxillium recuperó el equilibrio y miró a Joe, que, al otro lado de la habitación, parecía haberse quedado estupefacto por la eliminación de sus escoltas. No había tiempo para pensar. Waxillium corrió frenético hacia el fornido descendiente de los koloss. Si consiguiera encontrar algún metal que utilizar como arma, tal vez…
A su espalda resonó el chasquido de un arma. Waxillium se frenó en seco y miró atrás, por encima del hombro, a Lessie, que lo apuntaba con una pequeña ballesta de mano.
—Aquí todo el mundo tiene un precio —repitió Granito Joe.
Waxillium contempló fijamente la flecha, con su punta de obsidiana. ¿Dónde había llevado escondido algo así? Tragó saliva despacio.
«¡Pero si se ha puesto en peligro al correr conmigo escalera arriba! —pensó—. ¿Cómo podría estar…?».
Joe estaba al corriente de lo de su alomancia, no obstante. De modo que ella también. Lessie era consciente de que Waxillium podría impedir que los matones apuntaran bien cuando había subido con él la escalera.
—Ya era hora —dijo Joe—. ¿Quieres explicarme por qué no le has disparado en la sala de la cantina donde lo ha llevado el tabernero?
Lessie, en vez de responder a Joe, siguió atenta a Waxillium.
—Te lo advertí —observó al cabo de un momento—, la cantina entera estaba a sueldo de Joe.
—Eh… —Waxillium volvió a tragar saliva—. Sigo pensando que tus piernas son muy bonitas.
La joven lo miró a los ojos. A continuación, exhalando un suspiro, movió la ballesta y disparó a Granito Joe en el cuello.
Waxillium parpadeó mientras el gigantón se desplomaba en el suelo, gorgoteando mientras se desangraba.
—¿Y ya está? —dijo Lessie, fulminando con la mirada a Waxillium—. ¿Eso es todo lo que se te podía ocurrir para hacerme cambiar de opinión? «Tus piernas son muy bonitas». ¿En serio? Ay, Pañuelo, qué mal vas a pasarlo por estos lares.
Waxillium exhaló un suspiro de alivio.
—Por Armonía, creía que me ibas a disparar de verdad.
—Debería haberlo hecho —refunfuñó la muchacha—. Me parece increíble que…
Interrumpió a Lessie un estrépito en la escalera. La caterva de bellacos de arriba por fin había reunido el valor necesario para bajar en tromba. Al menos media docena de ellos irrumpieron en la habitación, armas en ristre.
Lessie se abalanzó sobre la pistola del guardaespaldas caído.
Sin darse apenas tiempo a pensar, Waxillium hizo lo que le pareció más natural y adoptó una pose melodramática en medio de los escombros, con un pie en alto y Granito Joe sin vida a su lado, abatidos los dos guardaespaldas. Aún caía una fina llovizna de polvo procedente del boquete practicado en el piso de arriba, iluminada por el sol que entraba a raudales por una ventana.
Los matones se detuvieron. Contemplaron el cadáver de su líder y luego miraron a Waxillium boquiabiertos.
A continuación, como chiquillos a los que hubieran descubierto intentando llevarse las galletas de la despensa, bajaron las armas. Los más adelantados intentaron escabullirse abriéndose paso a empujones entre los que tenían detrás y, batiéndose en atropellada huida, todos volvieron a subir estruendosamente las escaleras. El cantinero, que se había quedado solo, fue el último en retirarse.
Waxillium se giró para tenderle la mano a Lessie, quien permitió que tirara de ella para ponerse de pie y miró hacia la estampida de bandidos acobardados, cuyas botas retumbaban en la madera mientras se apresuraban a huir. Instantes después, en el edificio volvía a reinar el silencio.
—Vaya —dijo Lessie—. Eres más sorprendente que un asno bailarín, don Pañuelo.
—Tener un asuntillo ayuda —observó Waxillium.
—Ya. ¿Crees que debería conseguirme un asuntillo?
—Conseguirme un asuntillo fue una de las decisiones más importantes que tomé al llegar a los Áridos.
Lessie asintió con la cabeza despacio.
—No tengo ni idea de qué estamos hablando, pero suena a cochinada.
Lessie miró más allá del cadáver de Granito Joe, que yacía con la mirada vidriosa en un charco de su propia sangre.
—Gracias —dijo Waxillium—. Por no asesinarme.
—Je. Pensaba cargármelo tarde o temprano y llevarme la recompensa por su cadáver.
—Ya, bueno, pero me extrañaría que planearas hacerlo delante de toda su banda, atrapada en un sótano sin vías de escape.
—Cierto. Eso ha sido una idiotez por mi parte.
—Entonces, ¿por qué lo has hecho?
Ella seguía mirando el cadáver.
—En nombre de Joe he hecho muchas cosas de las que me arrepiento, pero, que yo sepa, nunca he disparado contra nadie que no se lo mereciera. Si te hubiera matado…, en fin, habría sido como acabar también con lo que representas. ¿Me explico?
—Me parece que capto el concepto.
Lessie se masajeó el cuello, donde un trozo de madera rota le había dejado un jirón de piel ensangrentado al caer.
—Para la próxima, eso sí, estaría bien no armar tanto estropicio. Me gustaba esta cantina.
—Se hará lo que se pueda —prometió Waxillium—. Pretendo cambiar las cosas aquí. Si no en todos los Áridos, por lo menos en este pueblo.
—En fin —dijo Lessie, acercándose al cadáver de Granito Joe—, estoy segura de que, si algún piano malvado pensaba atacar la ciudad, ahora se lo pensará dos veces, teniendo en cuenta tu pericia con esa pistola.
Waxillium hizo una mueca.
—Lo… lo has visto, ¿verdad?
—Semejante proeza no se ve todos los días. —La muchacha se arrodilló y registró los bolsillos de Joe—. Tres disparos, tres notas distintas, y sin rozar ni a un solo bandido. Hace falta destreza. A lo mejor deberías dedicarle menos tiempo a tu asuntillo y más a tu pistola.
—Eso sí que ha sonado a cochinada.
—Bien. Detesto ser grosera sin proponérmelo.
Con una sonrisa, Lessie sacó la cartera de Joe, la lanzó al aire y la agarró al vuelo. Sobre ellos, por el agujero que Waxillium había practicado en el edificio, asomó una cabeza equina, seguida de otra más pequeña, adolescente y cubierta por un bombín demasiado grande.
Devastadora los saludó con un resoplido.
—Ahora vienes, claro que sí —se lamentó Waxillium—. Qué yegua más tonta.
—En realidad —replicó Lessie—, si sabe que no le conviene andar cerca cuando te metes en un tiroteo, yo diría que es la yegua más lista del mundo.
Waxillium esbozó una sonrisa y le tendió una mano a Lessie. Cuando la joven se la estrechó, la atrajo hacia sí y los elevó a ambos de los escombros siguiendo una línea de luz azul.


DIECISIETE AÑOS DESPUÉS
Winsting sonrió mientras contemplaba la puesta de sol. Hacía una noche estupenda para sacarse a subasta.
—¿Tenemos preparada la habitación de seguridad? —preguntó, apoyado ligeramente en la barandilla del balcón—. Por si acaso.
—Sí, mi señor.
Flog llevaba puesto su ridículo sombrero de los Áridos, además de un guardapolvo, pese a no haber puesto un pie fuera de la Cuenca de Elendel en toda su vida. A pesar de su deplorable gusto en el vestir, el hombre era un guardaespaldas extraordinario. Winsting se aseguraba de tirar de sus emociones de todas formas, no obstante, potenciando así sutilmente la lealtad de su empleado. Toda precaución era poca.
—¿Mi señor? —preguntó Flog, lanzando una mirada a la cámara que tenían detrás—. Ya han llegado todos, mi señor. ¿Estáis preparado?
Sin perder de vista el sol que se ocultaba tras el horizonte, Winsting levantó un dedo para silenciar a su guardaespaldas. El balcón, sito en el Cuarto Octante de Elendel, daba al canal y al Eje de la ciudad, por lo que tenía buenas vistas al Campo del Renacimiento. Las estatuas de la Guerrera Ascendente y el Último Emperador proyectaban sombras alargadas en el exuberante parque, donde, según las fantasiosas leyendas, se habrían descubierto sus cuerpos sin vida después del Gran Catacendro y la Ascensión Final.
El aire estaba cargado, aunque la brisa helada que soplaba procedente de la bahía de Hammondar, un par de millas al oeste, atemperaba en parte el bochorno. Winsting tamborileó con los dedos en la barandilla del balcón, paciente, enviando pulsos de energía alomántica para moldear las emociones de los ocupantes de la habitación a su espalda. O por lo menos, de los que fuesen tan necios como para no haberse puesto un sombrero forrado de aluminio.
«De un momento a otro…».
La bruma se alzó ante él, al principio como minúsculas motas en el aire, que se propagaron como la escarcha sobre una ventana. Los zarcillos se extendieron para entrelazarse unos con otros, convirtiéndose en arroyos y luego en ríos de actividad cuyas corrientes fluctuaron y cubrieron la ciudad como un manto. Envolviéndola. Consumiéndola.
—Noche de bruma —observó Flog—. Trae mala suerte, ya lo creo que sí.
—No seas idiota —replicó Winsting mientras se ajustaba el pañuelo del cuello.
—Está vigilándonos —insistió Flog—. Las nieblas son sus ojos, mi señor. Por Ruina que es cierto.
—Majaderías supersticiosas.
Winsting se giró y entró en la habitación a zancadas. Tras él, Flog cerró las puertas del balcón antes de que la niebla pudiera infiltrarse en la fiesta.
La veintena aproximada de personas, junto con los inevitables guardaespaldas, que se entremezclaban y conversaban allí pertenecían a un grupo selecto. No eran solo importantes, sino que diferían extraordinariamente entre sí, pese a sus sonrisitas calculadas y su inane palabrería. Winsting prefería rodearse de rivales en ocasiones así. Que se vieran los unos a los otros, y que cada cual comprendiera cuál era el precio de perder la puja por su favor.
Se paseó entre ellos. Por desgracia, muchos llevaban sombrero, y el revestimiento de aluminio los protegería de la alomancia emocional por mucho que Winsting hubiera asegurado personalmente a cada invitado que nadie traería aplacadores ni encendedores consigo. Por supuesto, había omitido hacer mención alguna a sus propias capacidades. Que los demás supieran, Winsting no era alomante.
Lanzó una mirada al fondo de la habitación, donde Blome estaba atendiendo la barra. El hombre negó con la cabeza. Ninguno de los presentes estaba quemando metal. Excelente.
Winsting se acercó a la barra, se dio la vuelta y levantó las manos para llamar la atención de los congregados. El gesto dejó al descubierto los relucientes gemelos de diamantes que lucía en los puños de su almidonada camisa blanca. Los engarces, ni que decir tiene, eran de madera.
—Damas y caballeros —dijo—, bienvenidos a esta pequeña subasta. La puja empieza ahora mismo, y terminará cuando haya escuchado la oferta que más me satisfaga.
No dijo nada más; el exceso de cháchara perjudicaría el dramatismo. Winsting se adentró en la sala y aceptó la copa que le ofrecía uno de sus criados. Se disponía ya a mezclarse con la multitud, pero titubeó mientras observaba a los invitados.
—Edwarn Ladrian no ha venido —musitó, negándose a llamarlo por su ridículo sobrenombre, «Señor Conjunto».
—No —corroboró Flog.
—¡Me has dicho que estaban todos aquí!
—Todos los que confirmaron su asistencia —replicó Flog, que cambió el peso de su cuerpo de un pie a otro, incómodo.
Winsting frunció los labios, pero, por lo demás, disimuló su desilusión. Estaba convencido de que su oferta había intrigado a Edwarn. Aunque quizá Ladrian hubiera comprado a otro de los señores del crimen presentes en la sala. Una posibilidad a tener en cuenta.
Se dirigió a la mesa del centro, sobre la cual reposaba el motivo principal de la reunión de esa noche: el cuadro de una mujer reclinada. Lo había pintado Winsting con sus propias manos; cada vez se le daba mejor.
El cuadro carecía de valor, pero, a pesar de todo, las personas que llenaban la sala le ofrecerían ingentes sumas de dinero a cambio de él.
El primero en abordarlo fue Dowser, quien dirigía casi todas las operaciones de contrabando en el Quinto Octante. Ensombrecía la barba de tres días que le cubría las mejillas un bombín que, con todo descaro, había omitido dejar en el guardarropa. La hermosa mujer que llevaba del brazo y el elegante traje hacían poco por adecentar a alguien como Dowser. Winsting arrugó la nariz. La mayoría de los invitados eran escoria indeseable, pero al menos los demás tenían la decencia de disimularlo.
—Es más feo que pegarle a un padre —dijo Dowser, con la mirada fija en el cuadro—. Es increíble que vayas a hacernos «pujar» por esto. Es un pelín descarado, ¿no?
—¿Preferiría usted que fuese totalmente franco, señor Dowser? —preguntó Winsting—. ¿Le gustaría que lo proclamara a los cuatro vientos? «Págueme, y a cambio recibirá un año de votos favorables por mi parte en el Senado».
Dowser miró de reojo a los lados, como si temiera que los alguaciles pudieran irrumpir en la habitación de un momento a otro.
—¿Se ha fijado en los tonos de gris de esas mejillas? —preguntó Winsting con una sonrisa—. Representan la naturaleza cenicienta de la vida en un mundo precatacéndrico, ¿hum? La mejor de mis obras hasta la fecha. ¿Tiene ya alguna oferta? ¿Para iniciar la subasta?
Dowser optó por no decir nada. Ya pujaría, tarde o temprano. Hasta el último de los presentes había dedicado semanas a hacerse de rogar antes de aceptar la invitación a ese encuentro. La mitad de ellos eran señores del crimen, como Dowser. Los demás pertenecían al mundo del propio Winsting, lores y damas pertenecientes a las casas más nobles, aunque no por ello menos corruptos que los señores del crimen.
—¿No tiene miedo, Winsting? —preguntó la mujer que iba del brazo de Dowser.
Winsting arrugó el entrecejo. No la reconocía. Delgada, de cortos cabellos dorados y grandes ojos que le conferían una expresión aniñada y extraordinariamente alta.
—¿Miedo, querida? —preguntó Winsting—. ¿De la gente de esta habitación?
—No. De que su hermano descubra… a qué se dedica.
—Me conoce perfectamente —replicó Winsting—. Se lo aseguro.
—El mismísimo hermano del gobernador —dijo la mujer—, pidiendo sobornos.
—Si en verdad le sorprende eso, querida, debe de haber vivido muy recluida. En este mercado se han vendido peces mucho más gordos que yo. Quizá se dé cuenta cuando llegue la siguiente remesa.
Aquel comentario suscitó el interés de Dowser. Winsting sonrió al ver girar los engranajes tras la mirada del hombre. «Sí —pensó Winsting—, acabo de insinuar que mi propio hermano podría ser susceptible de dejarse sobornar». Quizá eso impulsaría a Dowser a pujar con más brío.
Winsting se alejó en dirección a un criado para seleccionar uno de los diminutos quiches de gambas que portaba en su bandeja.
—La acompañante de Dowser es una espía —susurró a Flog, que nunca se apartaba de su lado—. Quizá esté en nómina de los alguaciles.
—¡Mi señor! —se sobresaltó Flog—. Hemos comprobado una y mil veces a todos los asistentes.
—Pues esta se os ha escapado —dijo Winsting, aún en voz baja—. Me apostaría toda mi fortuna. Síguela después de la reunión. Si se separa de Dowser, por el motivo que sea, asegúrate de que sufra un accidente.
—Sí, mi señor.
—Y, Flog, otra cosa —añadió Winsting—: procura ser eficiente. No quiero que pierdas el tiempo intentando encontrar un lugar donde la niebla no tenga ojos. ¿Entendido?
—Sí, mi señor.
—Excelente —dijo Winsting, sonriendo de oreja a oreja mientras se encaminaba plácidamente hacia donde lo esperaba lord Hughes Entrone, primo y confidente del gran señor con el que compartía apellido.
Dedicó una hora a socializar, y las pujas comenzaron a llegar de forma gradual. Algunos de los asistentes se mostraban reacios. Habrían preferido entrevistarse con él de uno en uno y transmitirle sus respectivas ofertas en la intimidad antes de regresar a los bajos fondos de Elendel. Señores del crimen y nobles por igual, aquellas eran la clase de personas que preferían soslayar los temas sin abordarlos de frente, sin decir a las claras lo que pensaban. Realizaron sus ofertas, no obstante, y sin racanear. Al término de la primera ronda de conversaciones, Winsting hubo de esforzarse por disimular la emoción. Ya no tendría que seguir limitando los gastos. Si su hermano pudiera…
La detonación fue tan inesperada que, al principio, achacó el estruendo a que algún criado debía de haber roto algo. Pero no. Fue un ruido demasiado brusco, demasiado ensordecedor. Winsting no había oído nunca un disparo entre cuatro paredes y no sabía lo impactante que podía llegar a ser.
Se quedó boquiabierto. La bebida se escurrió entre sus dedos mientras buscaba el origen de la detonación. Se produjo otro disparo, y otro más. Se convirtió en una tormenta de ellos, a medida que las distintas facciones comenzaban a atacarse entre ellas en una cacofonía letal.
Sin darle tiempo a gritar para pedir ayuda, Flog lo agarró del brazo y tiró de él hacia la escalera que descendía a la cámara de seguridad. Uno de sus otros guardaespaldas se desplomó contra la puerta que tenía ante él, con la mirada desorbitada fija en la sangre que le empapaba la camisa. El moribundo dejó a Winsting hipnotizado hasta que Flog logró ponerlo en marcha de nuevo y lo empujó en dirección a la escalera.
—¿Qué ocurre? —preguntó Winsting mientras otro guardia cerraba la puerta de golpe tras ellos y giraba la llave en la cerradura. Apretaron el paso para bajar por el lóbrego pasadizo, iluminado por lámparas eléctricas espaciadas a intervalos regulares—. ¿Quién ha disparado? ¿Qué ha sucedido?
—No hay forma de saberlo —respondió Flog. Sobre sus cabezas continuaban restallando las detonaciones—. Ha sido muy rápido.
—Alguien se ha puesto a disparar —dijo otro guardaespaldas—. Puede que Dowser.
—No, ha sido Darm —lo corrigió otro—. He oído el primer disparo salir de su grupo.
Fuera como fuese, era un desastre. Winsting vio que su fortuna agonizaba cubierta de sangre en el suelo. Le sobrevino una arcada cuando por fin llegaron al pie de la escalera, que desembocaba en una puerta semejante a la de las cámaras acorazadas. Flog lo empujó al otro lado y dijo:
—Tengo que volver arriba, a ver si consigo solucionar algo. Averiguar quién ha sido el responsable.
Winsting asintió con la cabeza, cerró la puerta y echó la llave. Se sentó en una silla a esperar, inquieto. La habitación, un búnker de pequeñas dimensiones, contaba con vino y otras comodidades, pero no estaba de humor para ellas. Se retorció las manos. ¿Qué diría su hermano? ¡Herrumbres! ¿Qué iban a decir los periódicos? Tendría que silenciar lo ocurrido, aunque no sabía cómo.
Transcurridos unos instantes, alguien llamó a la puerta con los nudillos y, cuando Winsting fue a la mirilla, vio a Flog. Tras él, un reducido equipo de guardaespaldas vigilaba el hueco de la escalera. El tiroteo de la planta superior había cesado ya, aunque desde allí abajo los disparos no habían sonado más que como suaves chasquidos.
Winsting abrió la puerta.
—¿Y bien?
—Han muerto todos.
—¿Todos?
—Hasta el último —asintió Flog mientras entraba en la cámara.
Winsting se dejó caer en la silla.
—Quizá sea lo mejor —murmuró, buscando algún hilo de luz en aquel tenebroso desastre—. Así nadie podrá involucrarnos. ¿No podríamos escurrir el bulto? ¿Ocultar nuestras huellas de alguna manera?
Difícil empresa. El edificio era propiedad suya. Lo relacionarían con todas esas muertes. Necesitaba una coartada. Diablos, al final sí que iba a tener que acudir a su hermano. Esto le costaría el escaño, sin duda, aunque la población no se enterase nunca de lo que había ocurrido. Se recostó contra el respaldo de la silla, frustrado.
—¿Y bien? —preguntó—. ¿Qué opinas?
En respuesta, unas manos hicieron presa en su pelo, tiraron de su cabeza hacia atrás y con toda eficiencia le rajaron la garganta expuesta.