El mundo de Malaz nació en 1982 y, a partir de ese momento, su historia fue tomando forma poco a poco: durante las excavaciones arqueológicas de verano y los inviernos pasados en Victoria (Columbia Británica), mientras estudiábamos Escritura creativa, en Winnipeg y en Saltspring Island, allá donde Ian (Cam) Esslemont y yo nos cruzáramos durante el tiempo que fuera. Escribimos de manera conjunta los guiones de varios largometrajes y ya entonces quedó claro que ambas creatividades eran complementarias; en los descansos que nos tomábamos de la escritura, jugábamos con el mundo de Malaz.
Cuando nos planteamos por primera vez la idea de escribir obras de ficción ambientadas en ese mundo, nos pareció obvio que tendríamos que repartirnos la inmensa historia que habíamos elaborado a lo largo de los años. Y eso hicimos. Desde la publicación de Los jardines de la Luna, he escuchado y leído las preguntas de los admiradores que querían saber más del antiguo Imperio, el Imperio del emperador Kellanved y su compañero, Danzante. Y una y otra vez me preguntaban lo mismo: ¿vas a escribir sobre esos primeros tiempos de la historia del Imperio? O bien, ¿vas a escribir algo sobre la Guardia Carmesí? Y siempre he sido firme en mi respuesta: no. La razón es obvia.
Es un mundo imaginario inmenso, demasiado grande como para que un solo escritor pueda describirlo aunque le dedique toda su vida. Pero dos escritores… bueno, eso es otra cosa. La dedicatoria de Los jardines de la Luna era para Ian C. Esslemont. «Mundos que conquistar, mundos que compartir». Creo que no podría haber dejado mi deseo, ni mi intención, más clara. Cierto, ha llevado un tiempo; esta, la primera obra de Cam ambientada en Malaz, ha tardado en llegar. Nuestros viajes vitales divergieron durante un largo periodo y otras exigencias tuvieron ocupado a Cam: la familia, los estudios de posgrado y demás. Pero yo siempre tuve fe, siempre supe que no tardaríamos en disfrutar de una sorpresa y todo un regalo, y esta novela, La noche de los cuchillos, es el primer capítulo de este mundo compartido que los dos habíamos imaginado hace años.
La noche de los cuchillos no es una obra de ficción escrita para complacer a los admiradores de este mundo. Dimos forma al mundo de Malaz a través del diálogo; nuestro juego era como una novela y con temas que eran, con una frecuencia abrumadora, brutales y trágicos. Otras veces había comedia, por lo general muy graciosa. Nos batimos en duelo en el terreno de la moderación y el absurdo y nos empeñamos en confundir los tropos del género, de los que todos habían abusado. El espíritu de todo eso ha impregnado todas y cada una de las novelas que he ambientado en el mundo malazano. Y también impregna los escritos de Ian Esslemont sobre ese mismo mundo imaginario. Dicho eso, la novela que sostienes en las manos posee su propio estilo, su propia voz. La historia entera se desarrolla en el lapso de un solo día y una noche, y es exquisita. Los lectores de mi obra reconocerán el mundo, el ambiente, la oscuridad; verán a los personajes de La noche de los cuchillos como simples actores entretejidos en el mismo tapiz enmarañado, verán el relato como un trozo ensangrentado más de la historia imaginada. Y nos aguardan muchas cosas más.
Hasta este mismo día continuamos trabajando en la historia del mundo malazano, seguimos estudiando los detalles, confirmando la secuencia de acontecimientos, discutiendo los temas, el subtexto, y asegurándonos de la consistencia de los personajes que se repiten. Seguimos trabajando la línea del tiempo y los destinos de un sinfín de personajes, muchos de los cuales nadie más conoce todavía. Y discutimos los argumentos más tortuosos y, como bien saben los lectores de Malaz: El Libro de los Caídos, si algo abunda en este mundo son los argumentos tortuosos.
Desde el principio de la serie sobre Malaz, yo escribía para un público de una sola persona: Cam. Y él me ha correspondido. Así pues, el diálogo continúa; solo que ahora hay otros, y también nos prestan sus oídos. Al fin pueden escuchar ambos extremos de la conversación.
Esperamos que resulte entretenida.
STEVEN ERIKSON
Winnipeg, Canadá, 2004


Los malazanos
Emperador Kellanved: Gobernador ausente del Imperio de Malaz.
Danzante: Señor de asesinos y guardaespaldas de Kellanved.
Torva: Señora del cuerpo imperial de asesinos, la Garra.
Tayschrenn: Mago supremo imperial.
Temple: Soldado malazano.
Corinn: Maga, miembro del regimiento de los Abrasapuentes.
Ceniza: Exoficial del regimiento de los Abrasapuentes.
Sello: Antiguo sanador del ejército malazano.
Dassem Ultor: Paladín y primera espada del Imperio.
Caza: Oficial de la guarnición de la fortaleza de Mock.
Hattar: Guardaespaldas de Tayschrenn.
Virola: Miembro de la Espada, la guardia personal de Dassem.
Zarigüeya: Asesino imperial, una garra.
Habitantes de la isla Malaz
Gallera: Propietario de la posada del Colgado.
Anji: Criada de la posada del Colgado.
Kiska: Una joven que aspira a servir al Imperio.
Lubben: Guardián de las puertas de la fortaleza de Mock.
Pescador: mago de la isla de Malaz.
Agayla: Comerciante de especias y maga de la isla de Malaz.
Trenech: Cliente habitual de la posada del Colgado.
Faro Balkat: Cliente habitual de la posada del Colgado.
Obo: Mago de la isla de Malaz.
Otros
Caminante del Filo: Anciano habitante del reino de Sombra.
Jhedel: Prisionero del reino de Sombra.
Oleg Vikat: Estudioso de las sendas.
Surgen Ress: Último paladín de la Ciudad Sagrada.
Pralt: Líder del culto de Sombra.
Jhenna: Guardiana jaghut de la Casa de Muerte.
Mar de las Tormentas, sur de la isla de Malaz
Estación de Osserc
Año 1154 del Sueño de Ascua
Año 96 del Imperio de Malaz
Último año del reinado del emperador Kellanved
El corsario de dos palos Sueño de Rheni había puesto rumbo nordeste a toda vela, velas forzadas contra el viento. El capitán Murl se aferraba a la barandilla de popa y observaba la tormenta que se cernía sobre su barco. Puesto al límite, el casco gemía de forma ominosa y las cuerdas entonaban las notas más altas que Murl había oído jamás.
La tormenta se había hinchado como un muro de noche por el sur, un frente sólido de nubes negras que ondeaban sobre las olas azotadas por el viento. Pero no era la tormenta lo que preocupaba al capitán Murl, por muy antinatural que fuese su origen; el Sueño de Rheni había surcado los mares más peligrosos conocidos por los timoneles jakatanos, desde el septentrional mar de Kalt hasta los azotadores vientos alisios del Límite, al sur de Stratem. No, lo que hundía dedos de pavor en su corazón eran los destellos de color azul que centelleaban como esquirlas de hielo entre las olas en la base del aquel revuelto frente de nubes. Nadie hablaba jamás de haberlos visto tan de cerca. Nadie que hubiera vuelto.
«Jinetes», los llamaban Murl y los demás timoneles. Demonios del mar y jinetes de la tormenta, para otros. Seres de mar y hielo que se habían apropiado de aquel estrecho paso y no toleraban incursiones de nadie. Solo sus ancestros jakatanos conocían cuáles eran las ofrendas apropiadas para sobornarlos y conseguir una travesía rápida al sur de la isla de Malaz. ¿Por qué entonces los perseguían los jinetes? ¿Qué podía tentarlos para llevarlos tan al norte?
Murl le dio la espalda al viento que lo castigaba. Su primo, Tuerto, luchaba por controlar el rumbo con las piernas muy abiertas y los brazos temblando sobre la amplia rueda del timón. Cuando el barco se inclinó hacia delante al meterse en el seno de una ola, Murl se sujetó con más fuerza para protegerse de la caída y del atronador impacto.
—¿Acaso nos olvidamos de alguna de las ofrendas? —gritó por encima del rugido del viento.
Sin apartar la mirada de la proa, Tuerto negó con la cabeza.
—De ninguna —exclamó—. Hemos probado con todas. —Miró furioso, por encima del hombro y clavó en su primo un ojo azul pálido—. Todas salvo la última.
Murl se estremeció. Se fue acercando al centro del barco pasando las manos por las cuerdas de guía. La cubierta ya era terreno traicionero, lacada como estaba por una capa de hielo. La escarcha, arrastrada por el viento, afilada como agujas, le ensangrentaba el cuello y las manos. «Todas salvo la última». Pero ese era un rito que él jamás llevaría a cabo. ¡Por el frío abrazo de Chem, cada alma que viajaba a bordo del Rheni era pariente suyo! Murl recordó la única vez que había presenciado ese rito: la cabeza morena del pobre muchacho se mecía sobre las olas, los brazos pálidos se aferraban con desesperación al agua. Tuvo un escalofrío, a causa del aire gélido y de algo peor. No, eso él no tenía valor para hacerlo.
Murl se agachó junto a una figura delgada atada al mástil principal, derrumbada como si estuviera dormida. Estiró una mano entumecida por la fría espuma salada y acarició una mejilla pálida. «Ah, Rheni querida, lo siento tanto. Fue demasiado para ti. ¿Quién podría esperar ser capaz de calmar una tormenta como esta?».
El hielo crujió junto a Murl cuando su primer oficial, Hoggen, chocó contra el mástil y después lo rodeó con un brazo.
—¿Quieres que saque las armas?
Murl contuvo una carcajada maniaca. Escudriñó con atención a Hoggen para ver si el hombre hablaba en serio. Por desgracia, eso parecía. La escarcha le cubría de un blanco brillante la barba y tenía la mirada apagada. Era como si el tipo ya estuviera muerto. Murl gimió para sí.
—Adelante, si no queda más remedio. —Después entornó los ojos y miró la cima del mástil. Vio una forma sentada a horcajadas del travesaño, entre el mástil y el madero. Algo destelló sobre los pantalones, la camisa y los brazos, una capa de hielo que lo iba a sepultar—. Y dile al joven Topo que se baje de ahí.
—El muchacho no responde. Creo que el frío ha acabado con él.
Murl cerró los ojos contra la espuma del mar y abrazó el mástil.
—Estamos frenando —comentó Hoggen con tono inexpresivo.
Murl apenas lo oyó con aquel viento. Podía sentir la ropa empapada consumiéndole todo el calor vital. Se echó a temblar de forma incontrolable.
—Hielo en las velas. No tardarán en rasgarse.
—Hay que batirlas. Derribarlo todo.
—Prueba todo lo que te plazca.
Con una tos seca, Hoggen se afanó por alejarse del mástil. Murl no se soltó. No le parecía mal, decidió, que su fin llegara allí, con Rheni, en el barco que había bautizado en su honor. Bueno, prácticamente estaba rodeado de toda su familia, hasta el leal y aplicado Hoggen era pariente político suyo. Murl bajó la mirada. Cómo anhelaba acariciar aquel cabello largo y negro que temblaba y tintineaba como un puñado de carámbanos.
—¡Jinete a babor! —gritó alguien. Aturdido, a Murl le sorprendió que algún tripulante continuase lo bastante consciente como para dar la alarma. Giró la cabeza y guiñó los ojos entre la espuma que lo salpicaba todo muy por encima de las regalas.
Pasaban cabalgando sobre olas de una altura que duplicaba la de los mástiles, olas que chorreaban hielo y escarcha. Y entonces Murl lo vio, una deslumbrante figura de color zafiro que surcaba la superficie: con casco, armadura y una lanza alta de hielo dentado apoyada en la cadera. Su montura parecía mitad bestia, mitad ola agitada. Murl tuvo la sensación de que le dirigía una mirada oscura e inescrutable tras un barbote de hojuelas congeladas. Y luego, con la misma rapidez, el jinete se hundió en el agua y regresó al mar picado. A Murl le recordó a unas ballenas gamen azules que saltaran ante la proa. Otro rompió la superficie un poco más allá. Y después otro más. Surcaban las olas a la altura del Sueño de Rheni, pero no parecían ser conscientes de su presencia. ¿Eran hombres o la antigua raza jaghut, como algunos afirmaban? Murl los observó con una extraña sensación de indiferencia, como si le estuviera pasando a otra persona.
Un tripulante, Larl, se apoyó en la barandilla y levantó una ballesta para apuntar al jinete más cercano. El cuadrillo disparado se perdió en el aire. Murl sacudió la cabeza. ¿Qué sentido tenía? Ya estaban todos muertos. No podían hacer nada. Entonces recordó el escorpión persiguepopas, se apartó del mástil de un tirón y se lanzó hacia popa. Tuerto continuaba al timón, rígido, con los brazos muy abiertos y la mira fija. Murl rodeó con un brazo entumecido el arma que se sostenía sobre el pedestal y agarró la manivela. El hierro le mordió la carne como si estuviera al rojo vivo y le arrancó trozos de piel de la palma de la mano cuando luchó con el mecanismo.
—¿Qué quieren? —le gritó Murl a Tuerto. Las lágrimas se le congelaban en los ojos y lo cegaban. El escorpión no cedía. Dio un tirón para apartar la mano del hierro candente. La sangre se congeló como jirones de tela roja. Tuerto no respondió. Ni siquiera se volvió. Murl se arrojó sobre el timón y metió un brazo entre los radios.
Tuerto jamás volvería a responder. De pie, rígido ante el timón del Sueño de Rheni, el timonel continuaba con la vista clavada en la noche que caía, el único ojo que le quedaba blanco de escarcha. La camisa y los pantalones traqueteaban al viento, congelados y duros como láminas de madera.
Horrorizado, Murl se lo quedó mirando, y en los ojos indiferentes de Tuerto, ojos que contemplaban distancias ignotas, encontró la respuesta. A los jinetes, ellos no les importaban nada. Estaban allí por otra razón, para responder a una llamada no humana, para continuar hacia el norte entre la tormenta, un ejército invasor que arrojaba todo su poder contra lo único que los había confinado durante tanto tiempo en aquel estrecho paso: la isla de Malaz.
El barco gimió como una bestia torturada. La proa subió y bajó en el agua, cargada de hielo y medio sumergida bajo una ola. El golpe arrancó las manos de Murl del timón. Cuando la espuma se aclaró, Tuerto era el único que quedaba para pilotar aquella tumba congelada rumbo al norte. Las velas cayeron, rígidas, y se hicieron pedazos contra la cubierta. El hielo cubrió mástiles y suelos, y ciñó el barco como un corazón oscuro en el interior de un risco congelado que continuaba precipitándose entre los gemidos y el oleaje.
Con todo, la tormenta continuaba dirección al norte como una marea que abarcara todo el horizonte. De su negrura emergió una flotilla de montañas de color esmeralda en las que se habían grabado profundas grietas, la nieve de sus cimas resplandecía bajo las últimas luces.
Como imparables máquinas de asedio construidas para humillar continentes enteros, se lanzaban hacia delante. A sus flancos, los jinetes se abalanzaban con las lanzas levantadas y apuntando al norte.
Un viento débil gemía sobre una llanura inmensa de arenas compactas sembrada de rocas volcánicas negras donde bailaban y vagaban remolinos de polvo. Estos levantaban penachos de color ocre, que se desvanecían sin dejar rastro solo para cobrar, de repente, forma con un torbellino en otra parte. Cruzaba la llanura, cuyas direcciones se extendían todas hacia un horizonte anodino, idéntico, monótono, una figura que arrastraba la cojera lenta de un tullido.
Como un seguidor juguetón, un torbellino se abalanzaba sobre la figura y la envolvía en una lámina tortuosa de polvo pardo que se arremolinaba a su alrededor. La figura continuaba caminando sin inmutarse, sin levantar la mano ni girar la cabeza. El derviche de polvo volvía a girar y se alejaba deslizándose por una ruta en espiral sin rumbo fijo. La figura avanzaba en línea recta, la torcida pierna derecha abría un surco en la arena con cada paso que daba. La figura vestía los restos harapientos de lo que en otro tiempo podría haber sido una tela gruesa sobre una armadura de cuero y escamas. Los brazos desnudos colgaban desecados y curtidos, convertidos en poco más que huesos tapados con cuero. Bajo un yelmo de bronce cubierto de verdete, el rostro desvelaba solo pozos vacíos, la nariz una caverna abierta, los labios secos y retraídos dejaban al aire unos dientes cariados. Una espada oxidada le colgaba a la espalda.
A lo lejos apareció una mancha oscura, pero la figura continuó su laboriosa marcha, avanzando bajo un cielo que permanecía apagado y aplastado por la calima, donde siluetas que semejaban pájaros barrían el cielo antes de perderse en las nubes. Solo una vez se detuvo aquel personaje. Miró a un lado y se irguió un momento, inmóvil. Muy lejos, el horizonte se había alterado. Una luz pálida y plateada brillaba sobre el azul más oscuro, como el espejismo de unas montañas lejanas. Se la quedó mirando y después continuó.
La mancha distante se convirtió en un montículo y el montículo en un menhir. La figura fue cojeando sin desviarse hasta los pies de una hoja de granito que le doblaba la altura antes de detenerse. Esperó y miró el menhir mientras los remolinos de polvo cruzaban de un lado a otro la llanura. Unas estrías verticales abrían la piedra como las marcas de las garras de una bestia feroz. Unos símbolos plateados, finos como cabellos, dibujaban una espiral que bajaba y rodeaba la herida de la piedra. La figura se arrodilló con gesto rígido y la estudió más de cerca, no los glifos, sino la hechura de color marrón y caoba que había encorvada en la base del menhir.
La joroba cambió de postura y levantó una cabeza de escamas quitinosas carente de cabello. Unos ojos almendrados de oro ardiente se encendieron y cobraron vida. Un pecho ancho de placas angulares se hinchó con un aliento nuevo.
—Todavía con nosotros, después de todo, Jhedel —comentó la figura agachada. Su voz era el aliento seco de la tumba. Se irguió.
—Yo también me alegro de verte, Caminante del Filo.
Caminante del Filo se volvió a medias y examinó la llanura a través de unas cuencas vacías que clavaron la mirada en aquella magulladura plateada y azul.
Jhedel giró la cabeza y gimió. Estiró una pierna de placas blindadas y letales espolones astados, después flexionó los anchos hombros. Tensó el cuerpo y se dispuso a levantarse de un tirón, pero fracasó. Los brazos le desaparecieron tras la espalda, hundidos hasta las muñecas en el granito desnudo del menhir.
—¿Qué te trae por aquí?
Caminante del Filo se giró otra vez.
—¿Ha pasado algo por aquí, Jhedel?
Los colmillos amarillos de Jhedel destellaron con lo que quizá fuera una muestra de humor tranquilo.
—El viento. El polvo. El tiempo.
—Lo pregunto porque se acerca algo. Lo percibo. ¿Has…?
Los ojos ambarinos se entornaron.
—Sabes que este pequeño círculo es todo mi mundo ahora. ¿Has venido a mofarte?
—Sabes que yo estoy constreñido por límites igual de opresivos.
Jhedel miró a Caminante del Filo de arriba abajo.
—No desde donde yo estoy sentado. Pobre Caminante del Filo. Lamenta su esclavitud. Sin embargo, aquí estabas ya mucho antes de que llegaran aquellos a los que asesiné para tomar el Trono. Y aquí continúas mucho después de la desaparición de aquellos que me confinaron a su vez, aquellos de los que ya nadie se acuerda. He oído cosas sobre ti… Rumores.
—El poder que percibo es nuevo —dijo Caminante del Filo, como si el otro no hubiera hablado.
—¿Algo nuevo?
—Es muy posible.
Jhedel frunció el ceño, como si no supiera muy bien qué pensar de lo nuevo.
—¿Ponen a prueba el reino?
—Sí. ¿A ti qué te parece?
Jhedel levantó la cabeza y olisqueó el aire a través de una nariz con ventanas muy estrechas.
—Algo con un corazón de hielo y otra cosa… Algo astuto, oculto, como un reflejo borroso.
—Observa el Trono, creo.
Jhedel lanzó un bufido.
—No lo creo. No después de todo este tiempo.
—Se acerca una conjunción. Yo estoy aquí por la Casa. Es posible que se atente contra ella. Quién sabe, quizá terminen liberándote.
—¿Liberándome? —soltó de repente Jhedel—. Ya te enseñaré yo mi liberación. —Metió las piernas bajo las caderas y se estiró con un esfuerzo, las garras de los pies se hundieron en el polvo. Le temblaron los hombros. Las placas quitinosas de los brazos crujieron y se estremecieron.
Durante un tiempo no pareció pasar nada. Caminante del Filo lo observó en silencio. El polvo resbalaba por los lados labrados del menhir, que pareció vibrar. Un estallido de luz plateada sobre el monolito deslumbró a Caminante del Filo. Giró como un rayo por la espiral de glifos plateados, entre destellos, y fue cobrando velocidad y tamaño a medida que descendía, hasta que Caminante del Filo apartó la cara del fuego abrasador.
Jhedel lanzó una risa aguda y perturbada.
—Aquí viene —gritó por encima de la catarata rugiente de poder hinchado que se fundía sobre él.
La bola de poder se estrelló contra Jhedel, que lanzó un chillido. La tierra se combó. Caminante del Filo se vio lanzado al suelo. El polvo y la arena dibujaron un remolino perezoso bajo el viento suave. Cuando se despejó, Jhedel yacía inmóvil junto a la base del menhir. El humo se escapaba de las ranuras de los ojos y de la mandíbula inerte.
El rostro sin carne de Caminante del Filo continuó impasible. Guardó silencio un momento, después se incorporó un poco y se quedó agachado.
—¿Jhedel? ¿Me oyes? ¡Jhedel!
Jhedel gimió.
—¿Te acuerdas?
Tirada, la criatura asintió con aire pensativo.
—Sí. Ese es mi nombre. Jhedel. —Se encogió de hombros en el polvo.
—¿Recuerdas quién te confinó?
—Quienesquiera que fueran, hace ya mucho tiempo que han desaparecido.
—Yo los recuerdo. Eran…
—¡No me lo digas! —Jhedel se incorporó de un salto—. Prefiero recordarlo yo. Me da algo que hacer. Espera… Recuerdo algo… —Apartó las piernas de Caminante del Filo con una sacudida y lanzó un siseo—: ¡Un rumor sobre ti!
Caminante del Filo dio unos pasos vacilantes para alejarse del menhir.
Tras un momento, Jhedel lo llamó.
—Vuelve. Por favor. Libérame. Está en tu poder hacerlo. ¡Lo sé!
Caminante del Filo no respondió. Solo siguió caminando.
—¡Libérame, maldito seas! ¡Tienes que liberarme!… ¡Maldito seas!
Jhedel dio unos tirones salvajes a los brazos. El polvo flotaba como un pañuelo alrededor del menhir. Entre el polvo, los glifos brillaban como la filigrana más delicada calentada al rojo vivo.
—¡Te destruiré! —bramó Jhedel—. ¡A ti y a todos los que han llegado después! ¡A todos!
Se retorció otra vez y chilló su rabia y su dolor. Cuando el suelo vibró, Caminante del Filo se tambaleó. Volvió la vista y miró el menhir. En la base, algo se agitaba y palpitaba entre una nube de tierra levantada a patadas. Un penacho de polvo se alzaba hacia el cielo.
Caminante del Filo continuó caminando. Era tarde y el tiempo y el baile celestial de los reinos no esperaba a nadie. Ni siquiera a entidades tan perturbadas y potentes como la que permanecía atrapada tras él. Cuando conversaban en momentos más lúcidos, era capaz de recordar su nombre completo: Jhe’Delekaaran, y que otrora había gobernado todo aquel reino como monarca. Amo soberano de los que’tezani, habitantes de las regiones más remotas de Sombra. Y por muy loco que estuviese, Jhedel tenía razón en una cosa: había pasado mucho tiempo desde que el Trono había estado ocupado por última vez. Con la llegada de cada conjunción, esa ausencia preocupaba a Caminante del Filo. Pero esa vez lo que más lo intrigaba era algo tan excepcional que casi no había llegado a reconocerlo… el potencial enroscado del cambio.