ADVERTENCIA
Esta obra pertenece al género dark romance, un tipo de narrativa que explora relaciones, temas y situaciones moralmente complejas, intensas y, a menudo, perturbadoras.
Los personajes de este género suelen habitar en mundos oscuros y violentos donde las normas del amor y la justicia no se aplican de la misma manera que en una novela de romance tradicional. Si bien este género no es para todos, quienes lo conocen y disfrutan entienden que es un espacio literario que no busca incentivar, justificar u ofender, sino narrar historias ficticias.
Boss aborda elementos relacionados con la mafia rusa, un entorno donde la violencia, el control y los dilemas éticos son parte de la vida cotidiana de los personajes principales; por lo tanto, la historia está recomendada para lectores mayores de 21 años. Esta no es una etiqueta para justificar su contenido, sino una advertencia seria sobre la naturaleza descarnada de los temas que aborda, tales como violencia gráfica, escenas sexuales explícitas, torturas físicas y psicológicas detalladas, trastornos mentales, traumas severos, entre otros.
Es fundamental comprender que una clasificación +21 abarca múltiples aspectos sensibles más allá de los mencionados anteriormente. Si alguno de estos temas te resulta incómodo, te invitamos a reflexionar sobre si esta obra es adecuada para ti.
Nota: Para esta obra, la autora ha construido su propio mundo donde algunas ciudades, los concursos de patinaje artístico sobre hielo, las estructuras militares y las organizaciones mafiosas, son elementos diseñados exclusivamente para este universo ficticio.
El mundo nunca entenderá que el cielo
está lleno de seres hermosos, pero en el infierno abundan
los seres irresistibles.
Preludio
El arrastre del hacha se ahoga entre truenos inclementes. Gotas de lluvia descienden por mi espalda mientras mis dedos se cierran sobre los cabellos empapados de las cabezas que sostengo. Aprieto e inhalo hondo antes de detener el paso en la puerta del comando militar improvisado de Múnich.
—Según la radio, tendremos tormenta toda la noche —dice el soldado frente a las pantallas. Teclea sin mirarme—. ¿Conseguiste café?
—No había —contesto y se vuelve hacia mí. Esperaba a uno de sus colegas y estoy lejos de ser eso.
Su mirada se congela en las cabezas que dejo caer a mis pies. Pálido, mueve la vista hacia el arma que reposa sobre una de las mesas. Sabe que no llegará a tiempo. La navaja que desenvaina en un intento de defensa le será tan útil como un rezo.
Avanzo hacia él, esquivo por la izquierda, lo agarro del pelo y estrello la cabeza contra el acero de la mesa más cercana. El impacto del golpe le revienta la cara. Lo arrojo al suelo. Arranco una pata de la mesa, el metal se tuerce, cruje en mis manos y, antes de que él logre recobrar el aliento, se la hundo en el pecho, directo al corazón. Sus ojos se abren, la vida se extingue en su mirada con la sangre inundando la boca. La tormenta ruge afuera, engulle sus últimos jadeos.
Camino al panel donde apoyo su tarjeta de acceso al sistema. Tecleo el nombre de mi hermana: Sasha Romanova. Mi tiempo es limitado. Las fotos se despliegan en la pantalla. No tiene que haber nada de ella aquí. Murió baleada por una agente y la muy perra ahora se jacta. Se burla del acontecimiento. Vamos a ver qué tanto le dura la sonrisa.
En el mundo existe una guerra de poder entre la mafia y la milicia. Las bajas son por parte y parte; sin embargo, este caso no es uno más. Se han violado los códigos y estoy ansioso por cobrar. No estoy donde estoy por dejarme ver la cara por otros.
En mi organización, todo tiene un precio; y la mirada de la Bratva es una maldición que pesa sobre los hombros de aquellos que osan desafiar su poder.
Conecto el pendrive que elimina todo rastro de información relevante sobre Sasha. Una vez limpio el campo, se inicia la partida.
Recojo las cabezas y abandono el lugar consciente de que este juego… apenas empieza.

Aquí, tu dolor
es nuestra moneda
y tu miedo,
nuestro alimento.



PARTE UNO
Sangre


1
Romanov
Boss
El ansia reverbera por dentro como lava caliente, crece y se anida en mi tórax. No se disipa, no mengua, solo crece con cada maldita flor blanca sobre la mesa. No están ahí por gusto, están para presenciar una sentencia: la mía.
«La afamada teniente Rachel James elimina a Sasha Romanova» ha sido el gran titular de los periódicos durante semanas. ¿Quién es la ejecutora? Una maldita perra que lleva años creyéndose intocable. Y es buena, no he de negarlo. La conozco bien, es uno de los mejores soldados de la milicia.
Su jugada habría sido digna de respeto, pero la tupáya cometió un error: en lugar de dejar las cosas quietas y saborear su triunfo en silencio, me ha llamado a restregarme la victoria en la cara. Envió flores a modo de burla, convirtiendo la muerte de mi hermana en su espectáculo personal.
Ahora vamos a ver quién ríe más.
Desabrocho los tres primeros botones de la camisa blanca. Quise quedarme quieto, mantenerme en las sombras y observar cómo se desplomaba en su propio ego. Mas a ella se le antojó jugar y quien provoca a la Bratva nunca sale invicto.
Inhalo el denso olor del incienso. Echo los hombros hacia atrás y empuño el arma que descansa en el altar de roble.
—Hora de conocer al nuevo juguete de la mafiya. —Inserto las balas.
Miro al hijo que engendré siendo un crío: Vladímir Romanov. A sus veinte años, se erige como uno de los mejores cazadores de la Bratva. Lo entrené para ser mi sucesor y, hoy en día, su nombre es tan temido como el mío.
—No quiero equivocaciones en esto. —Desactivo el seguro—. No estaré en paz hasta no ver a esa hija de perra lamentándose.
—Tú solo ordena y yo obedeceré.
Muevo la cabeza. Gira la ruleta y las dos fotos clavadas se desdibujan en el movimiento.
¿Qué duele más? La familia, y por ese sendero va encaminada mi venganza. Si toman como juego lo mío, yo tomo lo suyo y así vemos quién se divierte más. La gran diferencia es que no voy a ofender con trucos idiotas: yo haré que esa zorra se acuerde de mí, siempre.
Apunto hacia la madera. La ruleta de vueltas en un murmullo siniestro. Se tambalea como si el diablo estuviera atrás, ansioso por saber quién será la víctima. Tiro del gatillo, la bala vuela y el juego se detiene con un tiro certero que elige y marca a mi próxima presa.
—Emma James. —Vladímir arranca la foto.
No escondo la mueca de hastío. La suka de Rachel James tiene dos hermanas y me ha tocado la peor: una maldita niñata de dieciocho años sin relevancia, peso, ni buen futuro.
Le arrebato la imagen impresa a Vladímir. Emma James reposa con los pies sumergidos en un lago. El cabello negro le cae suelto por los hombros. Le sonríe al sol mientras sostiene los lentes oscuros sobre su cara.
—Es la nueva presa y el león tiene ganas de comer. —Se deleita el Underboss.
Quiero a toda esa familia destruida. El destino ya eligió y la rata menor ya está condenada a la hoguera.
—Ve por ella.
—Como demandes, padre. —Vladímir se retira, erguido. La trenza rubia se mece en su espalda.
Un disparo sería una salida demasiado fácil. La Bratva no se conforma con lo simple, se asegura de dejar huellas. Emma James va a morir, pero primero será sometida a horrores que harán que la muerte le parezca el mejor de los regalos.
El Ejército le lame el culo a la valiente teniente, mientras que la mafia le teme por sus asombrosas hazañas. Veamos qué tan poderosa se seguirá sintiendo cuando le devuelva a su hermanita en un cajón.
Con la ley del talión, así es como se cobrará esta deuda. Yo perdí a mi hermana, ella perderá a la suya. Ojo por ojo, diente por diente. El calvario terminará con un tiro en la frente.
—La cacería ha empezado, señor —anuncia uno de mis byki.
Tomo asiento en la silla de roble negro. Las tallas de las estrellas de ocho puntas resplandecen bajo la luz del fuego.
El olor a pólvora persiste, mezclándose con el incienso que arde en un candelabro de hierro en forma de cruz. Las cenizas flotan en el aire, siendo el recordatorio de que aquí todo se transforma en polvo, salvo la jauría.
Contemplo el fuego. En la mafia rusa soy Dios, el gran Pakhan, el más alto cabecilla, el ser que lidera a toda la hermandad. No tengo grupos, secciones o partes de la mafiya, Bratva, mafia roja o como la quieran llamar.
Desde lo alto, manejo todo con un puesto, un apodo, un título, que todos veneran: el Boss.
Soy rey, amo y ejecutor. Peste, plaga y revolución.
Romanov es el apellido que cargo, y no soy el único con historia en la sangre: también la tiene mi adversaria.
Rachel James, aparte de ser una teniente condecorada, es la hija de Luciana Mitchels. Un motivo más para despreciarla.
Las Mitchels portan en las venas una maldición que embelesa. Hombres poderosos han caído por ellas, cegados por su belleza. Dicen que su apellido hace postrar a los grandes. Me consta. He visto a gigantes desplomarse y a líderes perder la cabeza.
Conmigo no funciona. Lo sé, porque las he tenido enfrente. No me inclino, no babeo, no me arrastro. Solo observo desde lo alto cómo otros lo hacen. Por eso soy quien soy en mi mafia.
Saboreo lo que está por venir. La venganza es un juego peligroso donde pagan justos por pecadores, y Emma James será un ejemplo más del afamado dicho: la mafia rusa no cede, no perdona, no olvida.
2
¿No sabes quién soy?
Emma
Bien, aquí estamos. Hay que hacerlo. Parece difícil, pero mi madre no crio a una débil. Yo puedo.
Hace calor y mi teléfono suena en alguna parte con la alarma de los mensajes que ahora no puedo atender.
—¿Nerviosa? —pregunta el soldado frente a mí—. Te veo pálida.
—¿Yo? —suelto a reír con frescura—. No seas crédulo, soy así.
—¿Segura?
—Sí, así que continúa.
Se saca la camisa y me mentalizo; me va a desflorar. Sí, por estúpido que se oiga, quiero saber qué se siente tener un pene en mi vagina. Estoy harta de ser la única que no ha follado de mi grupo. Mi compañero del comando se acerca despacio y apoya las manos sobre mis muslos. Sonrío, coqueta. Sus labios tocan los míos al momento de abrirse paso dentro de mi boca. Lo hace despacio, calmado. Me está teniendo paciencia, porque le he dicho varias veces que sí y luego me arrepentí.
Recorre mi cuello al momento de bajar. Respiro hondo y dejo que se aleje para desapuntarse el vaquero. ¿Estoy húmeda ya? No. Veámosle el pito a ver qué pasa. Procede y su ropa interior amarilla aparece; es un color poco sexi para un calzoncillo, ¿no se le ocurrió considerarlo antes de comprarlo? Da igual, lo importante es lo que guarda adentro. Mete la mano en la tela, saca su pene y… La chispa se desvanece. No era lo que esperaba. Suspiro. De todas formas, sirve. Se acerca a besarme y esta vez me repugna. Parece que este soldado no me gusta mucho. Las paredes negras me acorralan, su saliva me asquea y su lengua se convierte en un tentáculo baboso.
—Tu turno. Demuestra lo mucho que me deseas y báilame un poco.
—Va.
Cambia de lugar conmigo. Se sienta en la orilla de la cama para observar mis movimientos. Juego con el borde de mi camiseta y balanceo las caderas. El gesto lo enloquece. Ansioso, se toca y… Agarro la mochila del sofá y corro a la salida lo más rápido que puedo. Los patines que cuelgan de la correa chocan en mis muslos mientras me apresuro a la puerta como alma que lleva el diablo.
—¡Emma! —me grita Martin en la escalera—. ¡No seas calienta pelotas!
Cruzo el umbral hacia el porche delantero. El idiota prende las alarmas y las rejas empiezan a cerrarse.
—¡No seas imbécil, Martin!
—¡Emma! —Sale a medio vestir.
—¡Ya no quiero! —le grito sin detener el paso—. ¡Así que déjame ir!
La reja se cierra a pocos metros y se sacude cuando la trepo al ver que Martin trata de alcanzarme.
—Siempre haces lo mismo.
—¿Para qué me crees?
—No sé ni para qué pierdo el tiempo contigo, maldita tonta. —Patea el gnomo del jardín.
Le saco el dedo medio y se devuelve a su casa.
—¡Te estaba usando! —le grito antes de que desaparezca—. ¡Y tu pito es raro!
—¡Ve a llorarle a tu papi, fracasada!
No contengo la carcajada en lo alto de la reja. Estrella la puerta a la hora de encerrarse y la risa me saca lágrimas. Lo divertido se acaba con la llegada de la patrulla que da vueltas en el vecindario
—Señorita, ¿qué hace? —Baja un oficial del patrullero—. Está invadiendo propiedad privada.
—No —lo corrijo mientras me bajo—, estoy saliendo de una propiedad privada.
Mis zapatillas de deporte levantan un rastro de polvo al aterrizar. Acomodo la mochila y me recojo la melena negra en una coleta improvisada.
—El dueño activó la alarma —indica el policía.
Le hago un gesto con el índice para que se acerque. Es un hombre mayor. Viene hacia mí con las manos en la cintura.
—Lo dejé frustrado y está respirando por la herida, pero ya me voy.
Me abro paso, pero el intento queda a medias cuando el otro oficial se me atraviesa.
—Tendrá que acompañarnos a la estación.
Rick James es lo primero que se me viene a la mente. Le sonrío al hombre. Este permanece serio y a la cabeza se me viene algo peor: Luciana Mitchels.
—Calma, todo en la vida tiene solución y este malentendido no es la excepción.
—A la patrulla.
Me llevan contra el capó, donde sacan las esposas. Varios transeúntes se detienen a mirar. El pulso se me dispara al oír el clic de las manillas de metal en mis muñecas. ¡Mi padre me va a matar si sabe que salí a perder la flor!
—¡No lo vuelvo a hacer! —Peleo con las esposas—. Oficial, míreme, ¿parezco una criminal? Soy un angelito.
Me vuelvo hacia los policías.
—¡El maldito de Martin solo está enojado porque me asqueó su pito!
El hombre arruga la cara. Suplico en vano, porque me meten al auto a las malas y encienden la sirena. ¿Qué le voy a decir a mi papá? Pataleo, desesperada.
—Oficial, usted no sabe quién es mi familia, lo mejor es dejarme ir —trato de conciliar a través de las rejillas—. Si no me libera, mi hermana vendrá a patearle el trasero y pueden despedirlo por esto.
No miento. Desquiciada, o como sea que acabo de mostrarme, mi nombre es Emma James y soy la hija menor de Rick James y Luciana Mitchels. Mis padres no son personas normales que trabajan ocho horas al día y se quejan del dolor de espalda por estar demasiado tiempo en una oficina. ¡No tengo esa suerte!
Toda mi familia paterna pertenece al Ejército, y no a cualquier división: a la FEMF, la unidad de operaciones encubiertas más poderosa e importante de la justicia. Para el civil común, es una entidad inexistente; para los criminales de alto nivel y los servicios de inteligencia, es quien rige toda la milicia.
Mi padre es un general retirado y mi hermana mayor, una teniente de renombre. Gente intachable, héroes de guerra, símbolos de disciplina y honor.
Si el comando se entera de que fui arrestada, no querrá sacarme de su lista negra el día que deba regresar. Se supone que los miembros del Ejército deben dar el ejemplo… y yo no lo estoy dando.
Me bajan del vehículo y ruego que se desate el apocalipsis, que lleguen los siete jinetes a quemar la iglesia. Se supone que no puedo salir de mi casa y, heme aquí, siendo arrastrada a la estación de policía.
—Le di una oportunidad y no me creyó —le advierto al oficial—. Ahora se atiene a las consecuencias. Soy una persona importante.
—¿Me está amenazando?
—Estoy siendo benevolente, advirtiendo con justa causa.
Un grupo de personas discute por multas de tránsito en la pequeña comisaria. Deslizan las rejas, me quitan las esposas y, en cuanto el oficial se pega al teléfono con mi licencia en la mano, cierro los dedos alrededor de los barrotes.
—¡Oficial, por favor! —Sacudo las rejas—. No sabía que dejar un pito parado se consideraba delito.
Voy a matar a Martin por esto; es un inmaduro.
—Señor, dispáreme —le pido al oficial que circula por los pasillos—, eche mi cuerpo en un depósito de basura, pero no deje que mi padre me vea aquí.
Sacudo los barrotes, exasperando a todo el mundo. Esta ciudad es un nido de gente cotilla y los chismes vuelan. Mi madre me va a comer viva, apenas se entere de esto. Ya me han castigado tres veces este mes. Debí haberme ido a desayunar con Death al club de los peleadores. Ahora estaría tranquila en alguna mesa bajo el sol y no aquí.
Ya me imagino el discurso de mamá. Dirá que Sam nunca le da estos dolores de cabeza. También dirá que hago quedar mal a Rachel en su campaña política. Crecer tiene ese problema: la gente se vuelve más exigente y menos indulgente con nuestras fallas. Mamá es así, Sam también; excepto Rachel: ella sería la única capaz de regañar al oficial por detenerme en lugar de llevarme directo a casa.
—Oficial, por favor…
Callo cuando Rick James, más conocido como mi padre, aparece, furioso, después de cuarenta minutos de lloriqueos. Papá es el progenitor con el que todos sueñan; sin embargo, cuando se enoja, lo mejor es comprarse un ticket a P. Sherman, Calle Wallaby 42, Sídney. Sí, no existe. Pues, ¡la piedad en los castigos de mi papá tampoco!
El oficial le extiende la mano a modo de saludo. Ya ha debido mirar mi historial y descubrir quién es y quién soy, así que ha podido deducir que mi lápida dirá:
«Murió al ser enterrada viva por su propio padre».
—General James, esta jovencita dice que es su hija y fue hallada colgada en una reja. El dueño de la casa llamó a denunciarla por invasión a propiedad privada.
Mi padre me mira y sonrío, mostrándole los dientes como si fuera lo más gracioso del mundo.
—Nos ha estado amenazando con su familia y hermana…
—¡No la conozco! —Se devuelve—. Póngale un overol y llévenla a trabajar al desierto.
—¡Papá! —Me aferro a los barrotes—. No me quieres, ¿cierto?
Regresa y le sonrío otra vez. Me ama, no tengo dudas, pero cuando se enoja es un monstruo que ahuyenta hasta el más valiente coyote.
—¿Por qué estabas colgada en una reja? ¿Y por qué amenazas con el nombre de tu hermana? No puedes hacer eso.
—No amenacé a nadie, solo estaba bromeando. —Frunzo los labios a través de los barrotes en busca de un beso y su mano agarra mi boca sin la más mínima ternura.
—¿Qué hacías en esa propiedad?
—Estaba con un amigo. Es un idiota.
—¿Follando? Si estabas follando, Emma…
—¡Claro que no! —si le digo que sí, se infarta—. Es un hombre que no tiene pito.
—Hace un momento dijo otra cosa —interviene el oficial.
—Pruébelo. —Lo miro—. Tenga cuidado a la hora de acusarme.
El hombre niega con la cabeza antes de irse.
—Moriré un día de estos por tu culpa —sigue mi papá—, y en tu conciencia quedará mi muerte. Todo el tiempo es un lío diferente.
—No lo vuelvo a hacer.
—Siempre me dices lo mismo.
—Estas son tonterías que se me ocurren cuando estoy ovulando —le resto importancia—. No volverá a pasar. Sácame y llévame a casa, ¿sí? El calor me está matando.
Se pasa las manos por la cara.
—Abra la puerta de la celda, oficial. Lamento las molestias causadas. —Se acerca al escritorio—. A esta niña me la obsequiaron al nacer, tuvo varias caídas en la infancia y no tiene idea de lo que hace.
Abren la reja y el policía me devuelve mis pertenencias. Camino hacia el vehículo de mi padre, mientras los escoltas del Ejército se alistan para seguirlo.
Me acomodo en el asiento delantero y papá se pone al volante.
—No puedes salir sola, desprotegida y sin previo aviso. —Azota la puerta—. ¿En qué demonios estabas pensando?
—Llevaba días encerrada. Necesitaba salir y respirar aire fresco.
—No es momento para salidas, ya te lo he dicho.
—Si espero el momento adecuado, será cuando me haga vieja y esté en un geriátrico. —Le muestro los patines—. No practico hace semanas; paso el día encerrada en cuatro paredes.
—Ya hemos discutido este asunto y no entraré en debate otra vez. —Arranca—. No te quiero volver a ver afuera. Llamaré a los padres de ese tal Martin y les diré que mantengan lejos a su hijo o no responderé por mis actos.
Se extiende en la reprimenda. Empieza a recordar quienes somos, el porqué de las medidas estrictas.
Rachel llama y el general contesta sin desviar la mirada del volante.
—Hola, cariño —la saluda—. Dime que están bien mis nietos y tú.
Mi hermana mayor es el gran orgullo de mi padre. Es teniente de la FEMF y pertenece al comando de Londres. La adoro, y si alguien encarna a una Wonder Woman real de carne y hueso, esa es ella. En el Ejército, la consideran una de las mejores en su rango. Sobrevivió a la mafia italiana, a la droga que la tuvo fuera de combate por dos años y a la recaída que vino después. No ha permitido que nada la venza. Es hermosa, inteligente y una estratega entrenada para operar en las misiones más exigentes.
Ha sumado grandeza al apellido James, demostrando por qué somos una de las familias más respetadas de la milicia. Muchos la consideran una leyenda y me incluyo entre las personas que lo hacen.
La historia de mi hermana es un ejemplo de vida. Hace poco contrajo nupcias con uno de los coroneles más importantes de la FEMF y esperan dos bebés. Desde que se enteró, es la mujer más feliz del mundo.
El deseo de la mayoría es que algún día sea tan asombrosa como ella, pero no he tenido mucha suerte.
—¿Estás descansando como se te pidió? —indaga papá con el teléfono en altavoz—. Leí que los embarazos de alto riesgo requieren estar muy atentos a todo. Si notas cualquier señal de alarma, llámame de inmediato. Si tienes demasiado trabajo, envíamelo. Puedo ayudarte en lo que necesites.
—¿Está Em, ahí? —inquiere ella—. ¡Hola, cariño!
Le pregunto por los bebés. No me gusta presumir, pero soy su hermana favorita.
Papá me interrumpe para hablar sobre lo importante: las últimas noticias. El Ejército sigue la pista de las grandes cabezas de la mafia. Rachel y su marido, como soldados de élite, están en la primera línea. Viven en una contienda constante con grupos criminales. Ambos aspiran a ser los próximos jerarcas de la rama y la suma de todo nos ha convertido en una de las familias más resguardadas de la FEMF.
—Todo está bien, papá. Los llamaré en la noche —responde mi hermana—. Cuídense, ¡los amo!
Entramos al vecindario de casas con aire campestre. Cuando muestran algún barrio estadounidense en las películas, es igual a la imagen que veo justo ahora, con todo y su atardecer. Por supuesto, en esas películas abundan las amas de casa felices, los camiones de helado correteados por los niños, los pies de manzana en las ventanas. En este vecindario es poco lo que se hornea, pues solo viven espías retirados.
Mi papá se estaciona frente a la casa James.
—¡Em! —me llaman desde el otro lado de la acera.
—¡Death!
El chaleco de cuero deja a la vista los brazos musculosos cubiertos de tatuajes. Tiene un par de golpes en la cara; marcas frescas de alguna pelea reciente. Cruza la calle corriendo para saludarme.
—Está castigada, lo siento. —Papá me aleja—. Ahora no puede atender visitas.
—Solo hablaré con ella un minuto, señor James.
—Ahora no, Death. —El general me arrastra a su lado sin darme opción—. Mejor ve a que te revisen esos golpes. No se ven nada bien.
Mi amigo se queda a un par de pasos. Con señas, le indico que textearé después. Pelea en las jaulas mortales; a mis padres no les hace gracia que nos vean juntos.
—Tiene que alinear las llantas de su auto, señor James —dice—. ¿Quiere que lo ayude?
—No, Death. Puedo hacerlo yo, gracias.
Le lanzo un beso y él sonríe antes de irse con las manos en los bolsillos. Camino a la puerta con papá atrás, quien actúa como si fuera alguna criminal.
—¡Emma está castigada! —grita en la sala—. ¡Lavará la cocina esta noche y aseará a los caballos durante lo que queda del año! ¡No saldrá y tampoco tendrá visita! ¡Cero prácticas de patinaje!
Sujeto el asa de mi mochila.
—Vuelves a salir y te cambio la cama por un ataúd. —Revisa la hora—. Y no cualquier ataúd, uno al que le pueda poner candado para que no te escabullas.
Se acerca a bajarme la blusa. La prenda llega más arriba del ombligo.
—No más con esta ropa. Hay demasiados soldados rondando y no me deja estar tranquilo.
Me dirijo a la escalera.
—Cámbiate. Está muy corto ese short.
Mi casa es una prisión y mi vida es un desastre. Con los patines colgando, subo las escaleras en busca de mi alcoba. A mis dieciocho años no tengo los títulos, la inteligencia, la audacia y mucho menos los honores que tienen los integrantes de mi familia. A mi edad, mi madre formaba parte de un importante proyecto en la NASA, cuando recién cursaba el primer año de la universidad y ya prometía ser una de las más inteligentes científicas de su generación. Con dieciocho años, mi hermana mayor era una cadete prometedora. Sam, la segunda hija de mis padres, era una de las mejores estudiantes de la universidad de medicina donde asiste. En cambio, yo… lo único de lo que puedo presumir es del sartén que me gané el año pasado en el supermercado.
Guardo el uniforme que tengo sobre la cama. Por seguridad, debo estar un año fuera de la milicia. No se me permitió protestar la decisión y tampoco era que pudiera; para muchos, no le estaba haciendo justicia a la reputación de mi apellido. Mi padre fue uno de los mejores, igual que mi abuelo, mis tíos y primos. Al parecer, la inteligencia es un gen dominante en esta familia… Excepto en mí, dicen algunos. No he podido destacarme en la ciencia como mi madre, ni en las filas como mi padre.
Suelto los patines para guardarlos. Practico patinaje artístico sobre hielo desde que tengo tres años. Es más que un deporte, más que una afición: es una parte de mí. Ocupa mis días, lo respiro, lo siento en cada músculo. Absorbe gran parte de mi tiempo y de mis pensamientos. Aunque aún no le he visto frutos, nunca lo he podido dejar. Es difícil explicar la manera en que me eleva. Siempre he pensado que es mi don especial de nacimiento.
Recojo el desorden que hay en mi habitación y acomodo el retrato familiar sobre la encimera. Resguarda la fotografía de nuestra última visita a la playa. Estamos los cinco: mamá, papá, Rachel, Sam y yo: los James Mitchels.
—Saliste sin escoltas y sin permiso. —Mi madre se cruza de brazos bajo el umbral de la puerta.
—Llevaba tres días encerrada. Salí por aire fresco.
—Dejamos claro que, por este año, no habría salidas. —Entra—. Tenemos cientos de problemas encima, ¿se te olvidó?
—No se me hace justo tener que estar encerrada tanto tiempo. Tengo la vida social de una anciana.
—Quejas y quejas. ¿Empiezo yo con las mías? Porque puedo ponerme a hablar de las últimas notas o de cómo te has estancado en la academia.
—No estoy estancada, es solo una mala racha —He pedido cambios para probar suerte en otro lado y se niegan a moverme—. Y no estaba haciendo nada malo cuando salí. Fue el idiota de Martin quien…
Su mano alzada me obliga a callar.
Si la belleza se midiera en joyas, mi madre sería un diamante, igual que mis hermanas y todas las mujeres de su familia.
—Tengo jaqueca. —Me tumbo en la cama—. Ya sé que estoy castigada, no gastes energía regañándome.
—No quiero volver a ver a ese peleador afuera. —Abandona el dormitorio.
Como es, seguro no me hablará en días. Su mejor arma contra mí es la indiferencia.
El atardecer incendia el cielo en tonos naranjas. La brisa fresca se cuela entre las cortinas púrpuras y me dedico a mirar el tapiz de mi techo. Hace unos años alguien me dijo que había nacido para cosas grandes. Creo que la adivina me robó veinte dólares.
—¡Nos vamos a Tucson! —exclama papá desde la escalera—. Regreso mañana en la tarde. Emma, no olvides alimentar al potro nuevo.
Cuando un soldado cae, los de honor van a despedirlo.
El tic tac del reloj marca el ritmo de mis latidos. Los párpados me pesan, el sueño me sume. Duermo hasta que la vibración del teléfono me saca del sopor.
Somnolienta, estiro la mano y tanteo el móvil en la mesita de noche.
—Prisionera 333 —contesto.
—¡Emma! —exclaman en la línea—. Tienes diez minutos para estar aquí.
—Estoy encarcelada, Ashley —le recuerdo a mi compañera del comando.
—¡Al diablo eso! —exclama, emocionada—. Hay una fiesta en Sonora, ¡¿y adivina qué?! El primo de un tío de un amigo tiene una avioneta. Nos llevará y nos dará un pase directo.
—¿Quién? —Saco los pies de la cama.
—No importa quién es. Trae tu culo y un disfraz al aeródromo. —El rugido de la motoneta suena al otro lado del teléfono—. Estarán todos los cadetes de la tropa allí. Fiesta privada, licor gratis y DJ en vivo. ¿Necesitas más razones?
Suelta los detalles mientras camino a la ventana que da a la calle. Mantengo el teléfono en la oreja. Anocheció y el viento ligero mece las ramas de los mezquites de la casa de enfrente.
—¿Qué vas a hacer en casa? Nada. —Ashley insiste, impaciente—. La juventud es oro, ¿quieres desperdiciarla en la cama o en una fiesta? Debemos ir. Da igual si te castigan. Siempre lo hacen.
Muevo la cabeza cuando veo la sombra que se oculta detrás de los árboles. El viento levanta las hojas de la calle, un susurro frío recorre mi nuca y cierro las cortinas de golpe.
—¿Emma?
—Voy para allá. —Cuelgo.
En una mochila, guardo rímel, sombras, gloss, delineador y perfume. Con la misma prisa, abro el armario y saco uno de mis vestidos de patinaje. Busco zapatos que combinen y me enfundo en una sudadera. No tengo rastreador. Mi cuerpo rechazó el último implante y el nuevo aún no llega, así que papá no tiene forma de localizarme. Bajo a cenar y me dejo ver por la empleada. Sam aún no llega de la universidad.
Regreso a mi dormitorio, revuelvo la cama, escondo las almohadas bajo la frazada, enciendo el televisor y subo el volumen. Todos saben que puedo pasar horas frente a una pantalla. Volveré antes que mis padres. Ni se enterarán de que salí. Cierro con llave y cuelgo el letrero de «No molestar» en la perilla. Me escabullo por la ventana y aterrizo en la calle. Desde la acera, echo a correr hacia el aeródromo en donde espera la avioneta.
3
El olfato del león
Vladímir
¿Hay algo más asqueroso que la especie humana? Lo dudo. La mayoría son aves de carroña, sanguijuelas chupasangre, y ante mí tengo a un grupo bastante grande.
Coloco dos líneas de coca sobre la baranda. Tapo un orificio y aspiro en plena discoteca. El sabor amargo se abre paso, rasga mi garganta y elevo el mentón tras carraspear. Nada cambia. Nada mejora. Solo duermo lo que me pudre por dentro.
En la monarquía de la mafia roja, se nace siendo malo; te forjan para ello. Tu sonajero es el puñal que manda a fabricar el Pakhan. El hecho tiene más peso cuando tu padre es dicho sujeto. Las palabras lástima o compasión no existen en mi entorno, menos cuando se es el heredero de la Bratva. Con veinte años ya tengo una promesa, un sello y un juramento: soy el Underboss, el cachorro del león.
—Esta cultura norteamericana es bastante interesante —murmura Salamaro.
Apoyado en el tubo de acero, el sovetnik de la organización escudriña a la multitud. No está aquí por casualidad, su trabajo es estar cerca del poder, guiar a quienes lo sostienen hoy y a quienes lo heredarán mañana.
—Pensé que solo Sodom era tan liberal. —Bebe de su whisky.
La fiesta está en su punto álgido. La plebe se retuerce entre luces intermitentes, disfrazados de hadas, demonios, animales. El dueño ha convertido esto en un burdel árabe mal iluminado con toldos dispersos, cojines desperdigados, rincones donde la gente entra a follar cada vez que le apetece. Limpio la punta de mi nariz. Apesta a pólvora, cerveza y sudor rancio. La gente disfruta como si el mundo fuera el lugar más asombroso del planeta. Para Emma James dejará de serlo en un par de minutos. Viajé desde Rusia a América, llegué a Sonora hace tres horas y mi presa está en el área. Los amigos la sacaron de Phoenix. Le estoy siguiendo la pista hace días e intervine el teléfono de aquellos que forman parte de su entorno. He estado al tanto de todos sus movimientos y ahora quiero que mis hombres la torturen antes de llevarla a mis tierras.
Uno de mis hombres mueve la cabeza para indicarme su sitio. La observo desde el balcón del pub. La vibración de la música se extiende, golpea las paredes en un pulso acelerado que atrapa a la gente en su frenesí. Emma James sacude la cabeza, mientras mueve los brazos al aire. No es ritmo: es puro desenfreno dentro de un vestido que escupe destellos en cada salto.
Da vueltas con una botella de tequila en la mano y grita enloquecida.
—Su energía me llega hasta acá —dice Salamaro.
—Esperen aquí.
Saco el pasamontañas, oculto bien el cabello rubio bajo la tela, dejando solo expuestos los ojos y la boca. En la manga de la chaqueta, escondo el haladie de doble filo. Voy a hundirlo en su abdomen, a sentir la resistencia de la carne antes de que ceda. Podría matarla de inmediato, pero no, la muerte es un favor y yo no estoy aquí para concederle nada.
Los patéticos que me rodean se pasean con máscaras y tubos fluorescentes en el cuello. Camino con cautela; no quiero levantar sospechas. Tampoco quiero que las mujeres me unten su sudor de putas. Varias me miran con segundas intenciones, pero no les devuelvo la cortesía. He venido a herir en nombre de mi tía. Esquivo, solo me limito a abrirme paso hacia mi objetivo. Comparto el pensamiento del Boss, habría preferido llevarme a la otra y no a esta, la que menos vale. Al tomarla, más bien le estoy haciendo un favor a la familia.
La discoteca se estremece en furor. Plebe. Fracasados con vidas mediocres sin nada mejor que hacer. Emma James baila de espaldas con un traje de bailarina o cirquera. No tengo claro qué clase de vestido basura carga. Se ajusta a su cuerpo. El haladie frío reposa en mi palma y, sin prisa, me deslizo entre la muchedumbre. El humo brota del suelo, elevándose en un velo artificial. Un ebrio se estrella en mi espalda cuando tropieza, empuja mi cuerpo hacia delante y Emma James se vuelve hacia mí. Su rostro queda a centímetros del mío y retrocedo un paso.
La luz la enmarca en flashes intermitentes. Su piel resplandece entre sombras danzantes. El aroma que me alcanza no pertenece a este sitio. No es sudor, ni licor barato, ni perfume empalagoso. Es algo más vivo, más puro.
Me mira sonriendo. El rugido de la multitud se hunde en el fondo, las sombras pierden su forma. Salta agitando el cabello azabache. Sus manos caen en mi cuello y la carcajada que brota de sus labios lo congela todo. Se lanza hacia mí sin aviso y captura mis labios en un beso al que no me da tiempo de reaccionar. Su lengua suave se desliza dentro y su sabor estalla en mi paladar. El roce es una descarga, un pulso vivo que me suspende y entra a mi sistema como una dosis de nicotina después de días sin fumar. Las luces parpadean. Todo el mundo grita. Las larvas en mi cerebro se retuercen. Miles de susurros irrumpen en mi oído y empujo a la mujer. No sé cómo puede ser tan insolente.
—¡Qué disfraz más original! —grita ebria
¿Disfraz? Baila sin dejar de reír, mientras yo sigo anclado en el mismo sitio. No debí meterme esa coca barata, que me ha nublado el juicio en lugar de aclararlo. Su boca entreabierta me da sed y me abalanzo hacia ella en busca de otro beso. Ella corresponde. Sujeta mis manos cuando me aferro a su cara, el calor agobia y su pelvis se contonea contra mí. Siento que beso a cuatro mujeres al mismo tiempo. Mi mirada encuentra la suya y la beso dos, tres veces más. No sé. La droga ha tomado control total. Estorbamos en la pista y ni con eso separo mis labios de los suyos. Un tirón se aloja en mi entrepierna y, confundido, paso la mano por la erección que no había visto desde los catorce años. Su espíritu vivo me atrapa en un estado de suspensión que no desaparece. Me ata a su boca, anulando el ruido en mi cabeza. Solo me deja con un impulso nítido: desnudarla.
Aprieto su mano y la traigo conmigo. Ella me sigue, mareada, sin oponer resistencia. Nos meto en uno de los toldos colgantes y cierro los velos tras nosotros. Debería sacar el cuchillo y hundírselo en el abdomen, pero su aliento sigue en mi boca, su sabor en mi lengua. Cuando me doy cuenta, ya estoy besándola de nuevo. El vestido se desliza sobre sus piernas al caer sobre los cojines de terciopelo. Sus caricias suben por mis costillas y cada ondulación de su cuerpo me enreda en un estado complicado de manejar. No sé qué estoy haciendo; tampoco entiendo por qué no la he apuñalado y por qué mi pene se ha puesto tan duro.
Me acaricia el torso y la detengo al sentir sus dedos deslizarse hacia donde no deben. El intenso azul de sus ojos me arruga el entrecejo. Me besa y mi pecho resuena en un galope sonoro que golpea mis oídos al ritmo de recuerdos que nunca dejan de acechar.
Tormenta, granizo, relámpagos. Jadeos, sombras, espectros que no duermen.
Sacudo la cabeza. No quiero pensar. Desabrocho el pantalón, bajo el bóxer y saco mi erección. Deslizo las bragas con una sola mano y me acomodo entre sus piernas. Paseo la cabeza de mi pene entre los pliegues húmedos de su sexo. Ella rasga con la boca el preservativo escondido entre sus pechos, me lo entrega y me lo pongo, urgido. Sus nervios se mezclan con los míos mientras lidio con las voces de mi cabeza: Noch Prizrak.
Un escozor me quema la nariz, las lágrimas nublan el entorno: Noch Prizrak. Esa noche, ese instante, ese momento…
Aprieto los párpados. Sujeto el pene enfundado en látex y lo coloco en su entrada. Es un animal pequeño que se mueve bajo mi pecho. Está inquieta y yo también. Ambos compartimos el mismo brío. Empujo la pelvis hacia delante y sus dedos se cierran en mi camisa cuando percibo su barrera. El ligero quejido, cargado de dolor, es un sonido extraño en medio del calvario de mi cabeza.
No deseo oír su llanto ni sus quejas de primera vez. Poseo su boca y mi lengua danza con la suya, en tanto mi capullo se esfuerza por entrar, por romper y quebrantar lo que no me da vía libre. Duele, arde, mi paciencia se agota y con un fuerte empellón me hundo en ella, disfrutando de su angosta vulva. Su expresión se deforma en una mueca de dolor. No me detiene. Ajusta su postura, ella quiere esforzarse sin entender que no tiene que hacerlo. Llegar hasta aquí ya es demasiado, ya es un premio, una garantía para quien ha venido a apuñalarla y… tal vez lo haga mientras la folla. El dolor y la incomodidad persisten; sin embargo, la sigo besando como si eso pudiera disfrazar el desastre que es todo esto.
Esto no es lo que se me ordenó. Estas no son las creencias que me inculcaron. «El león nunca folla con la presa». Me sonríe y aprieto mi haladie. «Tengo que hacerlo». Separa los labios, acaricia mi cuello con ternura, se comporta como si fuera especial. No lo es. Ella es una puta barata. Intenta quitarme el pasamontañas y no la dejo. Ya fue suficiente. Acabo en el preservativo, saco mi pene de su entrepierna y le bajo la mano. Se inclina hacia mis labios y atrapo su cuello.
Se retuerce, patalea, forcejea con la desesperación de quien acaba de notar que los monstruos sí existen y tiene a uno encima. Mi agarre la aprisiona, le roba el aire hasta que su cuerpo cede y la inconsciencia la deja quieta. La suelto. Una mariposa reposa dibujada sobre su mejilla izquierda. Cuesta apartar la vista. Parece que tuviera un reflector escondido en algún lado. Nadie resplandece así. Parpadeo; he olvidado que sigo bajo los efectos de la maldita droga.
Me limpio la punta de la nariz, retiro el preservativo manchado de sangre y me reacomodo el pantalón. La maniobra no tomará mucho. Sin perder tiempo, cubro sus partes, la levanto y paso su brazo izquierdo sobre mi cuello. La saco de los toldos. Las miradas se desvían rápido. Para ellos, soy solo otro cabrón sacando a una ebria del lugar. Con o sin mí, iba a terminar así. A nadie le resulta raro.
El pulso no se me normaliza. Salimos de la discoteca. Las calles arden en la negrura de la noche. El calor atrapado en el asfalto sube en oleadas pesadas, mezclándose con el polvo que cubre cada puta superficie. No hay viento. Los faros de los coches proyectan una luz sucia y amarillenta que me calcinan los ojos. Alargan sombras deformes en el pavimento agrietado. Mi gente ya espera adelante. Le entrego a la puta. Salamaro informa que el punto de encuentro está listo y pongo todo en marcha. Me muevo a mi siguiente parada: un edificio de concreto en mitad de la nada, vacío y viejo. Las puertas abiertas dejan escapar el aire rancio. Mis hombres arrastran a la presa adentro y los dejo avanzar. Necesito un respiro. Un segundo a solas. Me quito el pasamontañas. El sudor se mezcla con el polvo y las hebras de cabello se me pegan al cuello. La chaqueta me asfixia, está impregnada con el olor de Emma James. Jadeo. Saco el sobre de coca, sacudo la mano temblorosa y amontono el polvo blanco en el dorso. Aspiro todo. Me calcina la garganta, me incendia las fosas nasales y pone a latir mi cabeza. Me jode, pero es lo único que me separa del vacío.
El desasosiego me envuelve en un abrazo oscuro. La droga se asienta en mi sistema y, en lugar de calmar la tormenta en mi mente, la agita, expande y empeora. El hueco alojado en mi pecho se abre entre inhalaciones.
Capturé a la presa. Debería sentirme bien, esto alegrará a mi padre. Lo que no le gustará es saber que la toqué, que me la follé como un puto imbécil sin cabeza. La satisfacción se ensucia con el error. No pensé, no medí, no me detuve. Ahora tendré que enfrentar su mirada.
Me agarro la cabeza. Las pesadillas me atacan despierto. Pateo la basura; necesito que mi mente se desconecte y no lo hace. Por el contrario, traen la cara de mi madre. Los recuerdos acechan en la penumbra con garras y dientes afilados. Sus súplicas rebotan en mi cráneo. Perforan. Escuecen. Su cadáver, iluminado por los rayos, quedó marcado a fuego en mi memoria. Siempre vuelve al compás de la melodía de la granizada.
Las paredes se tambalean a mi alrededor. El hedor a fango podrido asciende por mis entrañas como si algo dentro de mí se estuviera descomponiendo. La última noche con mi madre se despliega en mi cabeza: muebles volcados, gritos; siento el acero frío del arma en mi mano y la veo caer de rodillas frente a mí después del disparo. Los espectros de la noche me atacan dormido y la culpa no me da tregua cuando estoy despierto. Nunca me voy a perdonar por lo que le hice.
Clavo la cabeza en la pared fría. El concreto absorbe la llamarada que me incinera. Mi madre era una mujer de la Bratva y me amaba como ninguna.
—Ya despertó, leoncillo —me avisa uno de mis hombres.
Me enderezo la chaqueta y sorbo lo que me queda en la nariz. Subo la rampa de la fábrica. Ignoro todo, incluso el hecho de que estuve dentro de ella.
La tienen en la segunda plataforma de la fábrica. El byki me indica el lugar.
—¡Hola! —Oigo desde el corredor gris—. Señor secuestrador, ¿puedo ir al baño? Tengo que orinar.
No me dejo ver. Paso entre las columnas de concreto en completo silencio. Llego hasta Salamaro, que espera detrás de un ventanal.
Emma James está esposada a un asiento con una lona negra en la cabeza.
—Oigan, en serio, no quiero una infección en la vejiga. —Se sacude en la silla—. ¡Es molesto!
—¿Crees que esto es un juego, niña? —pregunta el hombre frente a ella.
Le arranca la lona.
—Te vamos a sacar los intestinos.
—¿Y recién me entero? Haberme dicho que debía cagar en la discoteca —alega con las manos atrás—. Ahora se llevarán una mala imagen de mí cuando ensucie todo esto de mierda.
Aprieto el puño, conteniendo el impulso de acabar con esto de una vez. ¿Qué mierda cree? ¿Qué esto es un circo? El mango del haladie ya está en mi mano y Salamaro, con la mano, me pide calma.
—¿Sabes quiénes somos? —la confronta.
—¿Los Power Rangers? —Chasquea la lengua—. Algo me dice que tú eres el rosado. Oigan, después de medianoche, el DJ suele poner…
El puñetazo la calla a media oración.
—Ok, ya no es gracioso. —Escupe la sangre.
—Tenemos un mensaje para tu hermana —dice el hombre de la Bratva—. Lo grabaremos y se lo haremos llegar en alta definición. Será el primero de muchos.
La puta de la silla pone los ojos en blanco, aburrida, y él la sujeta del mentón.
—Le dirás que, por matar a Sasha, has sido encadenada a la ley de los nuestros y arrastrada a nuestro infierno. A partir de hoy, tu calvario comienza…
—Oh, espera un momento, el golpe no me deja retener tanto. Solo capté que, por matar a una tal Lupe… ¿Qué era lo otro?
Salamaro frunce el ceño y me froto la cara. Es una maldita cirquera.
—Dejaré que mi colega te muela a golpes —dice el asesino sin apuro—. Será él quien te refresque la memoria.
Sale del salón, dejándola sola. Los pasos del otro byki retumban en el pasillo, pesados y certeros.
Le dicen «la Máquina», porque su padre le reventó la cara a golpes hasta dejarlo irreconocible. Para muchos, es un monstruo; pero, para la Bratva, la mejor de las herramientas. Las víctimas no olvidan su trabajo.
El frescor me recorre, apenas cruza el umbral. Ahora sí veré a esa puta mearse encima. El cabello le cuelga enmarañado sobre la cara, el vestido está hecho jirones a la altura del pecho, la boca le sangra y el pómulo violáceo. Parece un despojo divino, una criatura alada estrellada contra el suelo, rota, sucia, sin gloria. Los pasos se aproximan cada vez más y la imagen debería complacerme, pero la satisfacción se disuelve cuando rompe en carcajadas, como una desquiciada.
Su carcajada me arranca el mareo de un zarpazo. El sovetnik frunce más el ceño; comparte mí misma confusión. La máquina se queda a medio camino con la cámara en su mano.
No hay otra explicación. Está ante una loca.
—Perdón, perdón —dice ella entre risas—. Esperaba a alguien con un puto triciclo al estilo Saw ¡Qué falta de originalidad! Ahora entiendo por qué el sujeto que me raptó fue disfrazado de secuestrador. La cabeza no le dio para nada más.
El asesino ajusta la cámara en la base, se planta frente a la puta y le cruza la cara con dos bofetones. La puta no para de reírse ni cuando la toman del cabello para obligarla a mirar de frente.
—Rachel —el byki extiende la mano para encender la cámara—, mira lo que tenemos aquí: a tu hermanita. Salúdala, preciosa.
—¡Hola, cielo! —suelta con desfachatez, lanzando un beso a la cámara—. Los Power Rangers me secuestraron…
El soldado de la Bratva le pone un cuchillo de trinchar en la garganta.
—Tenemos un mensaje para ti.
—Me trajeron aquí porque mataste a una tal Lupe —dice.
¡Me está tocando las pelotas! No puedo enviar un mensaje así.
—Emma —la máquina aprieta hasta que ella gime—, no sé qué mierda te metiste, pero sigue así y te haré rogar por un final rápido. Estás tentando a la muerte, zorra.
—Claro que no. Y, para que veas, terminaré con esto de una vez, porque de verdad tengo muchas ganas de mear.
Mira a la cámara. El soldado de la organización da un paso atrás sin soltar el cuchillo.
—Rachel, estos tipos me secuestraron porque mataste a no sé quién —dice frente al lente—. No te preocupes, ya solté las esposas y voy a patearles el culo.
—¿Qué?
Le muestra las esposas a la Máquina y él se abalanza sobre ella, quien hunde ambos pies en el abdomen del byki. Echa el cuerpo hacia atrás con un impulso sagaz, da la vuelta con la silla, agarra el respaldo y se lo estrella al guardaespaldas en la cara con un golpe demoledor. El asiento se desbarata. Mi mandíbula se descuelga. ¿Qué carajos? Salamaro desenfunda el arma y lo detengo. No hace falta desperdiciar balas en una idiota que acaba de firmar su sentencia a la tortura más dolorosa. El asesino la va a destrozar a golpes y no va a poder detenerlo. La Máquina se sacude la madera, blande el cuchillo y va por ella, que se lanza de frente, se para en dos manos y gira en el aire al realizar una voltereta. El byki se frena, desconcertado.
—En el hielo se ve más bonita.
El soldado ataca, pero la puta se agacha, esquiva y le muerde la muñeca. El cuchillo cae, ella lo atrapa en el aire y se lo clava en el muslo.
—¡Zorra!
Patea la arena, la nube de polvo le da en la cara y emprende la huida.
—Cucaracha de porquería. —Saco mi arma.
Se escabulle por una de las puertas, mientras atravieso la otra con el pasamontañas. El segundo byki sale de las oficinas del fondo con los pantalones enredados en los tobillos, parpadeando como un idiota.
—¡¿Qué diablos ha pasado?!
Pongo los ojos en la zorra que corre pasillo arriba. Voltea, le apunto, disparo y se lanza al suelo. La bala impacta contra la pared. Sigue corriendo. Voy tras ella. La Máquina me lleva por delante, enceguecido por alcanzarla primero. Agarra el arma y se la arrebato. No puede matarla. Lo rebaso, esa zorra es mía.
Es veloz. Se desvía por uno de los pasillos y desaparece entre las estructuras de metal y concreto. Llorará por esto. Los dos byki se me pegan a la espalda y frenamos en la entrada de la sala de costales de cemento. Ahí está, parada sobre un borde polvoriento, junto a una ventana rota. Le apunto y la muy zorra me mira, levanta las manos y me muestra los dedos del medio antes de arrojarse de espaldas al vacío.
Malnacida, infeliz.
—¡Vayan por ella! —Empujo a mis hombres—. ¡Tráiganla!
Se lanzan a través de la ventana. Desde arriba, los veo caer en la pila de arena donde aterrizó la puta. Ya está en movimiento, corriendo entre bloques y vigas caídas. No escapará. Hundo los dedos en mi melena, mi cabeza es un nudo. Su perfil me la mostraba de una forma y ahora me encuentro con esto. Doy media vuelta y salgo. Salamaro aguarda en el estacionamiento.
Los dos hombres llegan media hora después sin nada sobre su hombro.
—La perdimos.
Estrello los puños en el capó de la camioneta. ¡Se me ha ido como arena entre las manos!
—Calma, leoncillo —pide el sovetnik—. Este es solo un primer intento. La próxima vez, trae más hombres y cierra todas las salidas.
No me entra en la cabeza el descaro de esa puta. Su burla, su osadía. La opresión en la garganta me estrangula. El pecho me sube y baja, descontrolado. Descargo los puños contra el capó. El golpe retumba en el metal y lo abolla bajo el peso de mi furia.
Juro por mi madre que voy a hacerla pedazos.
Emma
Por novena vez en el día, reviso las ventanas. Ajusto bien todos los seguros y corro las cortinas. No dejo ni un resquicio. Cualquier ruido que oigo me pone en pie. No importa si es real o imaginario, si proviene de la casa o de mi cabeza; me levanto a revisar que todo esté bien.
Hace días intentaron secuestrarme en Sonora y aún no tengo claro cómo conseguí escapar de esa fábrica de bloques. De no ser un soldado, mi destino hubiese sido otro. Corrí hasta la pista con el miedo incrustado en los huesos. Mis compañeros estaban por despegar y no sé qué hubiese sido de mí de no llegar a tiempo. No dije nada. Aunque tuviera la cara llena de golpes, me limité a sentarme en la última silla y mantener la boca cerrada.
Si mis padres se enteran de que mi desobediencia me puso en peligro, me pondrán una cadena de perro en el cuello y me amarrarán a la cama. La empleada les contó que no estaba en casa y, al llegar, me estaban esperando en la pista de aterrizaje. Fui reprendida delante de todo el mundo y tuve que inventar una pelea para justificar las heridas. Desde entonces no me hablan.
Tomo asiento frente a mi laptop.
—¿Dices que era candente? —pregunta Ashley en la pantalla—. ¿Qué tanto?
—Bastante. —Me echo un puñado de golosinas a la boca.
Me vieron besar a un extraño. No tenía sentido negar que le abrí las piernas. Lo que sí me avergüenza decir es que intentó secuestrarme después de follarme.
—¿Y ya lo llamaste?
—No estoy interesada. Obtuve lo que quería, ¿para qué más?
—¿No podías perder la flor como una persona normal? ¿Con el amor de tu vida, como lo hace casi todo el mundo?
—Un agente de la FEMF escaló cuatro pisos y rompió una ventana para follarse a mi hermana mayor, ¿qué esperas? —Arrugo la bolsa en mi mano—. Y esa misma hermana le vomitó encima al perro del sujeto, estando ebria. En mi familia nada es normal, así que no pidas imposibles.
—¿Qué han dicho tus padres sobre la salida?
—No me dirigen la palabra.
—Pronto se les pasará.
—En uno o dos milenios, tal vez.
—Debo irme. El comando programó una visita al cuerpo policial y no la puedo posponer. Si te aburres, pásate por mi casa después de las diez. Conseguí un par de botellas de Jim Beam. Están bajo mi cama, listas para ser destapadas.
Alza la mano en señal de despedida, y cierro la pantalla. Ashley Faxon es una soldado en el comando y experta en malas ideas. Se escondió cuando vio a mis padres para evitar que alertaran a los suyos.
Reviso el móvil: hay dos mensajes de Tyler. Lo conocí en Londres. Trabaja como escolta del coronel. Vino unos días a Phoenix y desde entonces hablamos a menudo. Tengo un chat donde lo incluí a él y a Death. Suelo enviarles música, fragmentos de película o lo que me encuentre en la red. Ambos están al servicio del marido de mi hermana y sé que no tienen días fáciles. Me envía una foto desde el comando londinense y le respondo con una mía antes de ir al armario. Sigue desordenado, igual que mi vida. Todos decían «los dieciocho son lo mejor del mundo». Mentira.
Saco los vestidos que ya no me quedan. Debo renovar. Tengo algunos ya en mente y los compraría si tuviera presupuesto. No sacar buenos resultados en el hielo ha hecho que mis padres se vuelvan más estrictos a la hora de invertir en mí. Las hermanas de mamá dicen que no deben consentir mis caprichos. Pagan una que otra pista privada cuando les ruego y me escudo en el clásico «no me entienden».
Limpio los patines y organizo las cintas de los concursos en los que he participado. No quiero pensar en Sonora. Por mi tranquilidad, he decidido arrinconar el hecho en lo más recóndito de mi memoria.
Termino de ordenar y llevo el cesto de ropa sucia a la habitación de Sam. Está leyendo sentada frente a su escritorio gris. El cabello liso, partido por un perfecto camino en el centro, cae sobre su blusa antes de recogerse en una coleta baja. Su cuarto no se parece en nada al mío. Donde yo tengo un tapizado floral, el suyo es azul marino. En mis paredes cuelgan posters de ciudades icónicas; en las suyas, biografías de mujeres honorables.
—¡Limpieza! —canturreo bajo el umbral—. ¿Necesita que limpie su alcoba, mademoiselle?
—Estoy estudiando, sal y cierra la puerta.
Se sumó a la lista de los enojados, así que no insisto. Odia las interrupciones cuando está sumergida en los asuntos de su universidad. Si Rachel es el orgullo de mi padre, Sam es el de mi madre. Ocupa los primeros lugares; siempre es citada en los discursos sobre excelencia académica. Tiene como meta alcanzar el mismo nivel que mi madre y mis tías. Su biblioteca es prácticamente un archivo de la historia familiar: reportajes, columnas y notas dedicadas a las Mitchels.
Su activad favorita es ir de vacaciones con ellas.
Bajo a la primera planta, dejo el cesto de ropa sucia frente a la lavadora y reacomodo los muebles. Lo hago cada seis meses para que la casa se vea diferente. Reemplazo las flores de los jarrones. El jardinero me conoce y se asegura de dejarme los mejores ramos.
—¿Ya vieron estas calas? Las separaron para mí —le cuento a la empleada, mientras aspira las cortinas—. Nadie, en este vecindario, tiene flores como las nuestras. Un privilegio que, por supuesto, solo yo consigo.
No me contesta; mamá le prohibió hablar conmigo. Luciana Mitchels no es una mujer fácil de contentar. Una vez pasó un mes enojada porque, sin querer, hice caer a una de mis tías y tuvo que ir al hospital.
Lleno todos los jarrones, incluso el que está en el estudio de papá. Organizo las carpetas sobre su mesa. Está retirado, pero su mente sigue en el Ejército, más ahora que el marido de Rachel aspira a ser ministro en la FEMF. Sacudo la placa que le otorgaron cuando aún no tenía ni una sola cana. El tiempo no lo ha vuelto menos apuesto: sigue siendo un hombre bien parecido, digno de la belleza de mi madre. La insignia de la NASA de mamá brilla en la vitrina junto a las condecoraciones de papá, los reconocimientos de Rachel y el primer diploma de Sam. El más reciente es el de servicio a la ciudadanía. Se lo otorgaron a mi madre por su labor en obras benéficas.
La vitrina también resguarda las medallas de Harry, el mejor amigo de Rachel, que creció con nosotros como un miembro más de la familia. Murió en combate hace algunos años. No han sido buenos tiempos para mi apellido.
Concluyo los quehaceres y salgo a trotar al terreno detrás de la casa. Son veinte hectáreas de área resguardada, parte de la propiedad de mis padres. Lo recorro desde niña. El ejercicio físico siempre ha sido una parte de mi vida, por el Ejército y mi deporte. Entrenar me despeja, me ordena las ideas. Corro todos los días y, cuando el tiempo lo permite, me pierdo durante horas explorando el terreno.
El sol cae de lleno sin una nube que lo filtre. Lo siento en la nuca, en los hombros, en la espalda, quemando a través de la tela de mi camiseta. Hasta la tierra parece exhalar calor. Phoenix se siente como un infierno, aun en invierno. Mi zancada remueve el polvo que flota, perezoso, antes de asentarse de nuevo.
La cara todavía me duele al tocarla, y también distintas áreas de mis brazos. Acelero el paso. Estaba tan ebria la noche de la fiesta que es poco lo que recuerdo, aunque tampoco me esfuerzo por hacerlo.
En mi adolescencia, imaginaba que mi primera vez sería diferente, algo que valiera la pena guardar. Un lugar bonito, una canción que, años después, al escucharla, me hiciera sonrojar. Conseguí todo lo contrario.
Quemo tiempo en las caballerizas por la tarde y, en la noche, me preparo un baño de pétalos. Tengo un mini televisor en el baño y lo uso para ver programas de moda mientras me exfolio la piel, tallo mis hombros o me relajo en la bañera. Mi cuerpo trabaja duro entre las prácticas y el entrenamiento. A veces olvidamos lo mucho que hacen nuestros órganos y músculos para mantenernos en pie. Yo prefiero recordarlo y por eso lo consiento, para que no me falle.
Me aplico crema en los pómulos. Escojo mi pijama favorito y enciendo un par de velas aromáticas. Cambié las sábanas en la mañana; huelen a lavanda.
—Sus padres desean verla —dice la empleada en la puerta—. La esperan en el comedor.
Dejo las almohadas donde estaban y, descalza, cruzo el pasillo de madera.
Es raro el llamado. Todos están en modo «finjamos que Emma no existe».
Mis padres y Sam aguardan en el comedor. Un sobre blanco descansa en el centro de la mesa y solo espero que no hayan tomado mi orina sin avisar para hacerme una prueba de embarazo y que, para colmo, resultara positiva o algo así.
—¿Juicio familiar?
—Martin Beckett le ha dicho a todo Phoenix que folló contigo —empieza mi madre —. ¿Lo sabías?
—Es mentira. Está dolido porque no hice lo que él quería.
—¡Gente del vecindario te vio entrando a su casa!
—Pero es mentira, no estuve con él.
—La avioneta en la que viajaste a México era robada —suelta papá—. El supuesto piloto huyó. Sus permisos eran falsos. Encima, no era un profesional.
—No sabía eso…
—Todavía tienes la cara amoratada por los golpes que te dieron en esa maldita fiesta. Tenías prohibido salir de esta casa y no acataste la orden.
—No sabía lo de la avioneta. —La cabeza me duele—. En todo momento pensé que era del piloto. Todos creíamos lo mismo. Ashley dijo que el sujeto era conocido.
Mamá me pide callar. El silencio acusatorio se hace perpetuo a lo largo del comedor.
—Papá —ninguno me mira a la cara—, te juro que no lo sabía.
Me gusta sentirme libre, hacer lo que quiero, pero no me gusta verlos así porque amo a mi familia. Son lo mejor que tengo. Papá siempre ha velado por todos, ha trabajado duro para que nunca nos falte nada. Y mamá… mamá es la mujer que todas las jóvenes de Phoenix admiran y yo tengo la suerte de decir que es mi madre.
—Lo lamento. Sé que estuvo mal, lo reconozco. —Apoyo la mano en el respaldo de la silla y los miro uno a uno, buscando un poco de tregua—. No quiero seguir peleando, hagamos las paces. Prometo que no volverá a pasar.
Papá sacude la cabeza y, sin mirarme, desliza el sobre blanco hasta mi lugar.
—No fue una decisión sencilla de tomar, pero, por el bien de todos, pasarás tu año sabático fuera de la milicia en Alaska —dice, firme—. El coronel sugirió el lugar. Es seguro. Aquí te metes en un problema distinto cada semana y estoy a punto de volverme loco. Necesitas aprender a comportarte.
¿Alaska? Un ardor punzante quema mis ojos, obligándome a parpadear.
—Tus actos aquí terminarán en una tragedia —continúa papá—. Debo estar atento a Rachel y no me ayudas. No puedo estar en todas partes. En Alaska, nadie te conoce. Conseguí una casa y un cupo en una academia de patinaje para que no digas que no te apoyamos.
Rompe el sobre y coloca la hoja sobre la mesa. «Dream on Ice» dice en el logo membretado.
—No serán vacaciones. Solo pagaré lo indispensable: las clases, la comida y el hospedaje. Darte más dinero es darte alas para que hagas lo que no debes.
En la parte superior de la carta, la dirección es clara: «North Pole, Alaska».
—Me vas a enviar a un basurero…
—¿A dónde quieres ir? ¿A Tailandia? —Se levanta, exasperado—. En North Pole tendrás la libertad que tanto quieres. Como bien dijiste, es un basurero, nadie te conoce y no necesitas escoltas que levanten sospechas. Estarás lejos, fuera del radar. Mantener un perfil bajo implica evitar riesgos y complicaciones. Es lo mejor para todos.
—No quiero ir, yo…
—La decisión está tomada. —Se me prohíbe hablar—. Partes en dos días.
Todos se levantan de sus sillas y siento las lágrimas arderme en el pecho. Alaska. Intento hablar con papá y no quiere.
—No me retractaré. Te irás y obedecerás.
Lo conozco tanto como para saber que esta decisión la tomó el mismo día que me vio bajar de esa avioneta. Apoya los labios en mi frente antes de subir.
—Créeme, esto me duele más a mí que a ti.
Un vacío se forja en mi estómago. Está de más alegar. Diga lo que diga, será un rotundo no. Subo las escaleras y los sollozos me acompañan en toda la escalera. Cierro la puerta de mi habitación y mamá la abre a los pocos segundos.
—No quiero más quejas de tu parte, Emma.
Entra a dejar el boleto de avión sobre la mesa.
—Quiero que aproveches este tiempo lejos y lo tomes como una oportunidad para reflexionar, centrarte y madurar. —Me hace mirarla—. Cuando demuestres que has aprendido, hablaremos de tu regreso.
Ni la falda ligera, ni la comodidad del hogar, logran restarle elegancia. Se ve impecable, igual que siempre. El descuido no existe en su mundo, lo que la convierte en la envidia de todas las amas de casa. Se acerca a besar mi mejilla. El ardor en la nariz se intensifica cuando acaricia mi cabello. A su lado, nadie dudaría que soy su hija. Heredé casi todo de ella, menos el carácter. Ahí es donde chocamos. Mis tías dicen que somos polos opuestos y por eso discute más conmigo que con mis hermanas.
—Prométeme que te comportarás y que estaré orgullosa de ti en unos meses.
Asiento. Me da una palmada en la cabeza antes de irse. La puerta se cierra y lo único que hago es mirar el boleto de avión.
4
North Pole
Emma
North Pole / Alaska
Una hora más y mi trasero habría quedado pegado al asiento del avión. No dormí nada. Como si no fuera suficiente con salir de mi casa, he tenido que viajar al lado de un anciano que no paraba de toser. No me atreví a cerrar los ojos; me daba miedo que se transformara en zombi, hombre lobo o algo parecido. ¿Estoy siendo exagerada? No. Solo dos tipos de personas elegirían como destino este rincón olvidado por Dios: alguien que huye de alguna una maldición, o alguien con algún virus mortal que decidió fallecer en aislamiento total para no contagiar al resto de la nación.
Arrastro las ruedas de la maleta a través del aeropuerto. Acomodo mi gorro de lana y me trago el nudo en la garganta al encontrarme con el letrero de «Bienvenidos a North Pole». Salir de casa fue más difícil de lo que creí: lloré en el hombro de mis padres, en el auto, en el baño del avión… Por poco y lloro también sobre el anciano moribundo.
Camino a través de las tiendas de recuerdos vacías, paso el control de seguridad y cruzo la sala principal, que parece más a una terminal de transporte terrestre que a un aeropuerto.
Subo el cierre de mi chaqueta, las indicaciones dadas fueron tan estrictas que viajar sola no era negociable. Por justas razones, mis padres advirtieron que mantenga un perfil bajo. Cero compañías, cero distracciones. Está prohibido llamar la atención, involucrarse en algún escándalo o cruzar los límites. Mi madre me dio tres discursos sobre la importancia de madurar. Papá me pidió seis veces que, por favor, me portara bien y Sam me recordó que a mi edad ya la felicitaron tres veces en la universidad.
Paso por el control migratorio. Con todo en mano, avanzo hacia la salida. El aire ártico me recibe con una bofetada helada y el bolso de mano se me resbala de los dedos al ver que el paisaje frente a mí no se parece en nada al de las postales de casas coloridas que suelen regalarse en Navidad. Lo que tengo delante es una carretera negra que se pierde en la niebla. No hay un alma a la vista, solo el bramido distante de lo que supongo son ovejas. Hay tanta bruma que ni eso puede distinguirse.
Encorvo la espalda envuelta en la ráfaga helada que me hace tiritar hasta los dientes. El frío me entume las manos y el rostro. Siento que agujas se entierran en mis muslos mientras arrastro el equipaje hasta la parada de taxis. Uno de los conductores me ayuda a subir las maletas y me dan ganas de frotarle la panza en agradecimiento. Si tardo un minuto más afuera, caeré tiesa.
—Lléveme a esta dirección, por favor. —Le entrego el trozo de papel que me dieron en Phoenix.
El taxi arranca y, cuanto más avanza, más se marchitan mis ánimos. Las calles, cubiertas de grafitis, parecen gritar el tedio de quienes viven aquí. ¿Acaso llovieron piedras? La mayoría de las tiendas exhiben vidrios rotos y cadenas de las que cuelgan candados oxidados.
El taxista me observa a través del espejo retrovisor, sus ojos rebotan entre la carretera y mi rostro, como si tuviera un mapa tatuado en la frente. No despega su atención de mí más de dos segundos y me pregunto si es una costumbre local conducir sin ver para no perder de vista al pasajero.
—¿Y ya fue al baño hoy? —pregunto para aligerar al ambiente.
Asiente con la frente arrugada y sonrío. Estiro los labios, pese a que quiero lanzarme del auto en movimiento, subirme a un unicornio y cabalgar a la velocidad de la luz de vuelta a mi ciudad.
—Genial —suspiro.
La basura vuela frente a las fachadas decrépitas de los edificios viejos. Me arde el cuello y palpo el nuevo rastreador que me colocaron ayer en la nuca. El dolor ha estado punzando toda la mañana. El conductor mantiene su incómodo escrutinio hasta que, veinte minutos después, entramos a un vecindario de casas escondidas tras verjas cubiertas de nieve.
—Es la casa gris —dice el sujeto antes de bajar a ayudarme con las maletas.
El viento me corta las mejillas y se cuela por la piel expuesta. Los dedos me arden, la nariz me gotea y siento los labios tan secos, que temo que se me partan si vuelvo a hablar. En la acera, observo la casa de dos pisos con marcos descoloridos y plantas marchitas que parece mirarme en silencio.
—¿Se va a quedar aquí o está de paso? —pregunta el conductor.
—Viviré con mi novio exconvicto —digo para alejarlo—. Gracias por traerme, ha sido muy cordial.
Le pago, se va y me mentalizo que no ganaré nada si me dejo arrastrar por la amargura. Estoy en Alaska, ¡hay nieve! No estaré muerta de calor, el pescado ha de ser barato y, si tengo suerte, hasta podré adoptar a algún lindo oso polar. Avanzo hacia la casa y…
Mi culo impacta contra el suelo cuando resbalo en la acera congelada, ¡maldita sea!
—¿Emma James? —pregunta la anciana que aparece en la puerta.
—Sí, buen día —alzo la mano a modo de saludo mientras me levanto—. Me caí; me aporré un poco el culo, pero estoy bien.
—Ese tipo de calzado no se puede usar aquí, es muy resbaladizo. —Se acerca a ayudarme con el equipaje—. ¿Su padre no le dio mis sugerencias?
Sí, me las dio, pero insistí en traer mis botas felpudas porque combinan con mi gorro: son del mismo material suave y mullido que va acorde con mi estilo invernal. La mujer agarra mi mochila, la sigo a la casa de puertas abiertas y el resto de mis ánimos salen corriendo por la ventana al percatarme del interior.
Las paredes desnudas no tienen vida y los muebles tapizados parecen sacados de un documental de los años setenta. ¿Quién en su sano juicio coloca cortinas negras en un lugar donde la luz es un bien preciado?
Siento que no puedo vivir aquí; daña mi aura.
—Mi nombre es Constance.
—¿Tiene algún apodo o nombre cariñoso?
—Señora Constance —contesta, seria—. El desayuno lo servimos a las siete, el almuerzo a las doce, la cena a las seis y después de las ocho de la noche aseguramos la puerta.
—¿No cree usted que un poco de azul cielo y blanco les daría más vida a las paredes? —La sigo—. Esa pared de allá se vería muy bien con cuadros de ciudades icónicas.
Callo con la mala mirada que me dedica.
—No me haga caso, lo vintage también hace parte de la moda actual.
Me guía a la alcoba y una mujer de pelo corto, ropa ancha y zapatos de hombre, se vuelve hacia mí, apenas entro.
—Ella es Julia, tu compañera. Ya te abrió espacio en el closet. La cama de la izquierda será la tuya.
—¿Qué tal? —Entro a darle la mano—. Soy Emma.
Me consuela saber que no estaré sola. Tengo una compañera y un televisor tan antiguo que probablemente transmitió la muerte de Jesucristo.
La dueña de la casa se retira y mi compañera se toma su tiempo para examinarme. Se fija en mis botas felpudas y mis guantes de lana mientras muevo mi maleta a la cama. Al parecer, estudiar a la gente sí es una costumbre en este lugar.
—¿Noruega? —pregunta.
—¿Disculpa?
—Piel de porcelana, cabello negro, ojos azules —comenta—. ¿De qué muñequería te escapaste?
—Mi madre es noruega y yo nací en Estados Unidos. ¿Tú?
—Aquí.
—¿Estudias, trabajas? —Abro la maleta—. Estaré varios meses en este lugar, me sería útil conseguir un trabajo o algo que hacer.
—Las mujeres como tú no pueden trabajar aquí —bufa—. ¿A qué viniste?
—A estudiar en la academia de patinaje. ¿Puedes encender el televisor? Estaría bien algo de sonido…
No me deja terminar, se encamina a la puerta sin contestar. Pongo mi aporreado culo en la cama y, en silencio, paseo la vista por el cuarto austero: una mesa de noche, un escritorio y paredes grises que podrían pertenecer a cualquier internado. Saco el móvil y un nudo se me forma en la garganta al ver los mensajes de Death. No tuve tiempo de despedirme y ahora el chat está lleno de sus palabras, frases como «vas a poder, concéntrate y lo lograrás». «Iremos a la playa a festejar tu regreso». Escribo respuestas que la falta de señal se niega a enviar. El pecho se me oprime. «Calma, Emma». «Ve el lado positivo, Emma». Me repito que esto es lo mejor; aunque ahora no lo parezca, es así, porque las peleas con mamá eran cada vez más frecuentes y a veces necesitamos distancia para extrañar lo que nos rodea. Como cuando creí odiar a Sam a los catorce: proclamaba no soportarla hasta que se fue a un retiro estudiantil. La eché tanto de menos que preparé una cena para su regreso. Al volver, pasamos tres semanas sin discutir, todo un récord entre ambas.
Para cuando vuelva a casa, una cena familiar no será suficiente: habrá mucho más que celebrar.
Desenvuelvo los patines. Afilé las cuchillas antes de venir, ya que el hielo será difícil de domar en este lugar.
La tarde transcurre como si pasaran dos siglos. La señora Constance apenas habla y mi compañera aún menos. La primera se limita a dar instrucciones sobre el horario de lavado, los cambios de sábanas y las horas en que debe reinar el silencio. La segunda no hace otra cosa que evaluarme durante el almuerzo insípido. De la cena, solo pruebo tres bocados y, pasadas las siete, meto los brazos en una chaqueta. Mi estómago gruñe por algo que no sea atún sin sabor.
—¿A dónde vas? —pregunta Julia al verme buscar las llaves.
—Voy por frituras. ¿Te traigo algo?
Sujeta mi brazo pasos antes del umbral y me sienta en la cama.
—Ya son más de las ocho. —Cierra las cortinas—. La puerta se asegura a las ocho por algo.
La casera informa que la entrada principal ya tiene candado. Al parecer, comer algo decente no será un privilegio que podré darme esta noche. Bajo la mirada atenta de mi compañera, me cambio la chaqueta por el pijama.
—¿No había una academia en otra ciudad? —pregunta mientras mueve las almohadas de su cama—. ¿Por qué eligieron esta?
—Condenas de la vida.
Me desenredo el cabello en la cama. En el comando, irse a dormir con nudos era un error imperdonable: perder tiempo deshaciéndolos por la mañana, solía terminar en regaños por llegar tarde a la formación. Mi compañera de cuarto observa lo que hago.
—Córtatelo, aquí las mujeres no llevamos melena. —Saca las tijeras de la cajonera—. Sé cortar, ¿te ayudo?
—Gracias, pero prefiero conservarlo como está.
Entro a las sábanas y ella no se acuesta, se queda de pie en medio de la habitación con las tijeras en la mano.
—Duerme bien y no me apuñales con eso, por favor. Tengo práctica mañana temprano.
El sueño me vence, apenas toco la almohada.
A la mañana siguiente, abro los ojos esperando que todo haya sido un sueño. No lo es. Los golpes de la casera me dejan claro dónde estoy. Quedarme es inevitable y ponerle mi mejor energía a esto es el mejor regalo que me puedo dar.
Me doy una ducha y, envuelta en mi albornoz amarillo, comienzo a maquillarme mientras mi compañera se prepara para salir a trabajar. Su ropa es igual a la de ayer: pantalón ancho, camiseta larga y botas de leñador.
—¿Sucede algo? —pregunto al sentir su mirada en mi nuca.
—No. —Arregla su mochila—. De la escuela, ven para acá. En la cajonera hay películas y libros. Puedes usarlos, si los necesitas.
—Gracias.
Mi pulso se mueve al trazar el delineado. Sacudo la mano y hago un nuevo intento. Vestida, echo los patines en la mochila, me pongo el gorro de lana y conecto los auriculares en mis oídos. Salgo sin hacer ruido; quiero saltarme el desayuno sin dar explicaciones. Abro la puerta de la sala y North Pole me dice «hola» una vez más.
Las casas del vecindario se suceden una tras otra. Todas con pintura descascarada y cortinas cerradas. Los únicos en la calle son los ancianos que caminan en las aceras congeladas.
Echo a andar. Mi aliento se materializa en largas nubes de vaho. Alzo el gorro de mi chaqueta y me obligo a moverme para aislar la hipotermia. Finjo ser una rapera y muevo las manos como una cantante afro que se rebela en contra de los estigmas de la sociedad. ¿Por qué no fui una rapera negra? Envidio su arte, su voz y su melanina.
Atravieso el parque desolado del pueblo y, a lo lejos, aparece la fachada blanca de la academia. Mis ánimos se encienden al ver gente de mi edad.
Corro hacia las escaleras dobles.
—¿Emma James? —Un hombre espera por mí en la entrada—. Peter Cavani, tu instructor.
Mira a todos lados antes de hacerme pasar. Las ventanas altas de arco iluminan el corredor. Las bombillas industriales cuelgan en cadena del techo. Los estudiantes caminan entre los pasillos de ladrillo rojo y tableros de corcho llenos de avisos semanales. El instructor barbado me estrecha la mano antes de recibir las formas diligenciadas por papá.
Me da un recorrido por las instalaciones, no está mal. Es más grande que la academia de Phoenix. Cuatro niñas pequeñas calzan sus patines sobre una alfombra y sonrío cuando se regañan la una a la otra por no saber cómo amarrarlos.
El instructor se retira para que vaya a cambiarme. Con un leve gesto de cabeza, saludo a los estudiantes que se mueven en un desfile de abrigos negros y marrones. Soy la única mujer de cabello largo en los corredores: las que me rodean lo llevan al estilo bixie, corto y a la altura de la barbilla. Sus miradas caen sobre mi falda corta, las medias bucaneras y las botas de piel de oveja.
En el baño, me pongo el uniforme gris que encuentro en el casillero y dejo el gorro blanco sobre mi cabeza. No estoy segura de si los accesorios están prohibidos, pero me niego a quitármelo. No quiero verme como si estuviera en un instituto.
Estiro media hora junto a las gradas antes de reunirme con mis compañeros.
—Emma —me llama el instructor—. Muéstranos lo que sabes, por favor
Me deslizo dentro de la pista y el frío escala por mi cuerpo en una ráfaga de electricidad pura al dar la primera vuelta. Solía tener largos debates con Sam por esto; no me creía cuando le contaba que el hielo y yo tenemos algo especial. Según ella, son invenciones de mi cerebro, nervios disfrazados de «magia». Doy los primeros saltos una vez que entro en calor. Dicen que nuestra alma se ríe a carcajadas con nuestras aficiones. Lo sientes cuando el pecho se te hincha al tocar una guitarra, cuando suspiras al leer tu libro favorito, cuando agitas las caderas con el baile o cuando ejecutas un salto triple en una pista de hielo.
—Suaviza tus giros —me advierte el instructor—. Están un poco bruscos y, como en tu anterior academia, aquí preferimos la fluidez y la sutileza en todo movimiento.
Reduzco la velocidad. En la pista pública, suelo experimentar a mi manera, pero las academias tienen sus reglas, sea en Phoenix o Alaska, y no les gusta pasarlas por alto. Una patinadora se acerca a mostrarme la técnica estándar y paso las siguientes dos horas viéndola patinar.
En el receso, desvío la atención hacia las noticias sobre las ligas colosales. En el mundo del patinaje existen competiciones regionales, nacionales y los tradicionales circuitos internacionales. Por encima de todo, se encuentran las ligas colosales: un espacio donde solo los extraordinarios pisan su hielo. «Los escogidos por los dioses» solía decir el viejo Morris en su programa sobre deportistas extraordinarios. «Los nacidos para asombrar en el hielo». Las grandes ligas requieren esfuerzo; las colosales, solo son alcanzadas por los verdaderos prodigios.
Mi día se resume en ver a mis compañeros practicar. No comentan nada sobre concursos próximos o presentaciones locales.
—¡Es todo por hoy! —choca las manos el instructor—. Nos vemos mañana a la misma hora.
Después de cambiarme, encuentro el teléfono público en el pasillo e introduzco un par de monedas. Mi celular sigue sin cobertura y la espera de los mensajes me está volviendo loca. Marco el número de casa y le doy un resumen a mi madre de la casa, el clima polar y la señora Constance. Ella me pone al tanto de lo excelente que le está yendo a Sam en su proyecto de investigación y de lo último que han comentado los médicos sobre el embarazo de Rachel.
—No hay buena cobertura. Les escribiré cuando pueda —digo—. No olviden cambiar las flores de los jarrones.
Cuelgo y aprovecho para llamar a Death.
—Todos los días pienso en ti —me dice—. Te quiero mucho, pequeñuela.
—Yo te quiero más —suspiro.
—Todo esto va a pasar rápido, ya lo verás.
Carraspeo. Sé que está por entrar en una pelea, así que no quiero robarle mucho tiempo. Le envío dos besos al aire y termino rápido la llamada. Marco el número de Tyler para finalizar el reporte de «aún no me congelo». Al ser el escolta de mi hermana, suelo enterarme de todo lo que sucede a su alrededor. Tiene una forma única de contar anécdotas diarias.
—¿Quieres que te vaya a visitar un par de días? Tengo horas acumuladas, puedo pedirlas e ir a verte.
—Tengo prohibidas las visitas y este no es un buen lugar. —Aprieto la bocina del teléfono—. Mejor guárdalas para cuando esté de regreso.
El pitido me ensordece cuando se acaban los créditos, no tengo más monedas, así que no me queda más alternativa que devolver la bocina a su lugar. Me engancho la mochila en el hombro y conecto los audífonos mientras busco la puerta.
El viento me tambalea, apenas salgo. Sia inunda mis oídos al bajar las escaleras de la academia. Los estudiantes ya han abandonado las instalaciones. Tarareo The greates. Trotando, atravieso la calle, el coro de la canción me hace chasquear los dedos y…
Callo de golpe con el impacto del auto que me levanta en plena carretera. La mochila cae de mi hombro y mi mente queda en blanco al colisionar contra el pavimento.
Vladímir
Sodom/ Alaska
Si salto del risco, ¿cuánto tardará mi cráneo en reventar contra el suelo? De niño, me hacía esa pregunta a diario.
¿Sería instantáneo o tendría que arrastrarme con la cabeza abierta, sintiendo cómo la vida se escurre lentamente de mis manos? El pensamiento me hunde mientras contemplo el abismo. El viento gélido de las montañas me aprieta las costillas, succionando hasta el último rastro de calor. Entorno los ojos, el resplandor de la nieve me ciega. Subo la mirada hacia las colinas blancas que me vieron nacer.
El dominio de la Bratva se extiende por toda Rusia y hasta el corazón de este continente solitario. Fue vendido hace siglos y ni el tiempo, ni la historia, han podido librarlo de las cadenas de la mafia roja. Sodom es tierra de criminales. Tierra de los Romanov. Vivimos entre civiles, siendo el león blanco oculto tras las montañas; el monstruo cuyo nombre nadie se atreve a pronunciar y el mismo que cientos adoran.
Si te apetece entrar a una cantina y acabar con todo, puedes hacerlo porque eres un Romanov. Si se te antoja atrapar una mujer, desnudarla y penetrarla en plena calle, puedes hacerlo porque eres un Romanov. Puedo enterrarle un tiro a quien quiera y nadie dirá nada porque soy un Romanov.
Sodom no está en ningún mapa; ser un criminal de renombre te permite modificar hasta el maldito globo terráqueo, si te apetece.
Es irónico. De nada me sirve todo este poder si no puedo tener a Emma James en mis manos, agarrarla por ese cuello de avestruz, sentir su pulso vacilar bajo mis dedos, mirarla de frente y sumergirme en el océano de sus ojos. Una vez bajo mi control, su mirada pasará de azul a negro. Tendrá el mismo color de mi alma.
Se arraigó en mi mente como una plaga. Su risa no deja de sonar en mis oídos.
Salamaro se aproxima en silencio con las manos metidas en el gabán negro.
—¿Ya la tienes?
—Sabes que es un caso perdido intentar raptarla en Phoenix —dice—. Ese no es nuestro territorio y el coronel tiene ojos en cada esquina.
—Es inútil lo que hace, porque la teniente pagará su deuda de cualquier forma. —No aparto los ojos de las colinas—. Nadie escapa de las condenas de la Bratva.
—Sospecho que sacaron a Emma James de Phoenix. Nadie la ha visto.
—Envía a más hombres. Quiero a esa inútil aquí lo antes posible.
Regreso a la fortaleza. No tendré paz hasta que esto termine. Seré el próximo gran cabecilla y, como Underboss, debo cumplir y punto.
Atravieso las puertas de la propiedad donde crecí, subo las escaleras alfombradas y, en la esquina del corredor, diviso la puerta de mi habitación entreabierta.
Nadie entra sin mi permiso. Corro y la puerta cruje al estrellarse contra la pared. Sobre la cama, un vestido marrón yace arrugado. El televisor encendido esparce una melodía que reconozco al instante y, en la pantalla, mi madre aplaude entre vítores, vanagloriada por la hermandad.
—Si no fuera por ti, ella estaría aquí —dice desde el sofá de la esquina—. Si no la hubieras matado, me haría compañía.
De la penumbra emerge el rostro de mi único hermano: Maksim. Nunca pierde la oportunidad de echarme en cara lo que pasó hace años. Tira el mando del televisor y aterriza junto al vestido. No soporto ver esa prenda.
—Mataste a madre y no has sido capaz de cobrar la muerte de Sasha. —Se acerca con esa sonrisa de mierda que me crispa los nervios—. Ha de estar repudiándote en su tumba.
El nombre de Sasha me muerde por dentro. Los susurros de «no fue tu culpa» resurgen en mi memoria. Su ausencia es otro agujero que no ha dejado de sangrar.
—¡Sal de aquí!
La música del festejo desentierra las voces en mi cabeza, arrastrándome al pasado. Regreso al momento… al instante en que mi mundo dejó de tener sentido.
—¿Qué diría la Bratva si sabe de tu problema? —me confronta.
Con dieciocho años, ya me iguala en estatura.
—Me das lástima, Vladímir. Todos te ven como el próximo Boss despiadado. Dudo mucho que llegues a algo. No estás completo, esto no sirve para nada…
Me agarra los testículos. Lo empujo tres pasos atrás. Aprieta el puño, lanza el golpe, lo esquivo, lo aplasto contra el suelo y le reviento la cara a puñetazos. He estrangulado desde los doce años. Parece que olvidó cuántas vidas he apagado.
—¡Mataste a mi madre! —Me ruge.—. ¡Me la arrebataste, me dejaste solo!
Las risas del video me arañan los oídos, flotan en la habitación a todo volumen. El sudor se desliza por mi espalda, pegándome la camisa a la piel. Maksim no se defiende, solo soporta los golpes como el bastardo que es. Ya cumplió su cometido: arruinarme el día. Sabe lo que hace. Conoce mi aversión a esa canción; sabe lo que me hiere todo lo relacionado con ella. La sangre brota con cada impacto. No es suficiente. Llevo la mano atrás, cierro los dedos en el haladie y lo empuño. Esta pelea hoy se acaba para siempre.
—¿Qué haces? —El Boss me aparta de un empujón.
Caigo junto a la cama. Las lágrimas me queman la cara y las escondo de mi padre.
—Aquí no quiero contiendas —sentencia y el silencio se impone al instante.
Una sola mirada de mi padre basta para hacerlo retroceder lejos.
—¡Levántate! —le dice el Boss.
Maksim se pone de pie, frotándose el cuello y yo no levanto la vista del suelo.
La nuca me arde. Arreglo la ropa con manos torpes, sacudo el abrigo y limpio el sudor de mi cara. No puedo verme así. El aire se me escapa de entre los dientes. La culpa se enrosca en mis entrañas. No debí perder el control. Mi padre lo vio y no estoy siendo digno. No puedo respirar, pero finjo que sí. Tengo que ser como él, no lo opuesto.
Su mirada se clava en mí y mis piernas ceden. Caigo de rodillas, beso su mano y presiono la frente contra el dorso. Debe saberlo. Debe entender lo que significa para mí, lo mucho que esto me pesa.
—Dime cómo lo arreglo, padre. No quiero que te enojes.
Permanece erguido. Un leve gesto y Maksim se va sin rechistar. Yo sigo inmóvil, aferrado a la mano del máximo jefe de la Bratva. Soy su primogénito; y, para mí, él lo es todo. Desde niño he entrenado a su lado. Me instruyó, me endureció, me hizo lo que soy. Sin él, no sería nada. La barbilla me tiembla sin control cuando se acuclilla frente a mí.
—Todo lo de tu madre es tiempo pasado. No hay razón para que siga afectándote, Vladímir. Ya lo habíamos dejado claro.
Muevo la cabeza, dándole la razón. Es cierto lo que dice; sin embargo, a mí me duele y arde cada maldito día de mi vida.
—Sal de esa prisión. Tú eres amo, no esclavo.
—Sí, padre.
Se marcha. Odio que me vea así. Me pongo de pie, busco el sobre de coca y esparzo el polvo sobre la mesa. Tapo una fosa nasal y aspiro. La dosis le prende fuego a lo poco que queda de mí. El video sigue rodando. La imagen se distorsiona, los colores se saturan; la sonrisa de mi madre se estira deforme. Arranco el cable del televisor. El zumbido en mis oídos persiste atrapado en mi cabeza como un insecto que no deja de revolotear. Bajo las escaleras, subo a la camioneta y aprieto el volante hasta que mis nudillos palidecen. El motor se enciende, rodeo la fuente de piedra, cruzo las rejas de acero y la fortaleza desaparece en el espejo retrovisor.
Me interno en el tramo de bosque. El follaje denso oscurece los vidrios del auto, las llantas aplastan charcos estancados, musgo podrido, ramas quebradas. La droga me encierra en su jaula de cuatro paredes y atravieso Sodom. El camino solitario me recibe, acelero, dejo atrás North Pole y, cincuenta kilómetros después, desvío el vehículo hacia el camino sin pavimentar. Los árboles cubiertos de nieve me dan la bienvenida. Entre sus sombras, aparece la granja abandonada que me calcina la espalda.
Freno, bajo del auto y camino hacia el porche. Me dejo caer en los escalones, saco el sobre y aspiro más coca. Mi madre amaba este lugar, me traía aquí de pequeño.
Durante horas, miro a la nada. El viento ulula entre las grietas de la casa, arrastrándome hacia su interior cubierto de telarañas. Saco las pastillas del bolsillo, las trago en seco y me dejo caer en la vieja cama. Las pesadillas van y vienen. Los gritos, reclamos y el frío de un entierro. Me veo junto al Boss en el funeral, la multitud rodeaba el ataúd de mi madre.
Sasha estaba allí. Siempre estuvo. Su mano pesaba sobre mi hombro. No me soltó en ningún momento.
No debió irse tan pronto. Necesito su mano ahora. Los recuerdos se disuelven y las alucinaciones toman su lugar. Los minutos se convierten en horas y estas en nada. Las pesadillas dictan el ritmo y yo solo sigo la corriente. Los espectros me rodean. Sus garras perforan mi cráneo. Sus dientes buscan mi cordura. La oscuridad tiene peso esta noche. Tiene forma. Mi cuerpo se hunde en el colchón; no puedo mover los brazos ni flexionar los dedos. Las paredes se alargan. Un crujido. Luego otro.
Una presencia se desliza en la penumbra, intangible, pero real.
El rostro de Emma James parpadea entre las sombras, filtrándose en el delirio. Su sonrisa persiste clavada en mi memoria, igual que su mirada antes de desvanecerse en la noche. Los espectros se retuercen en mi cabeza, mientras ella se mueve entre sombras, como un intruso en mi infierno personal. Duermo.
Al mediodía, el mareo me empuja fuera de la cama. Tengo el cuerpo entumecido y la garganta reseca. Aspiro dos líneas más antes de salir. Las llaves resbalan de mis dedos. Maldigo. Las recojo y subo a la camioneta. Dejo el frasco de pastillas en el asiento del copiloto, enciendo el motor y arranco. North Pole se abre frente a mí, blanco y monótono. Es una mancha interminable de nieve y asfalto. El móvil que zumba en la guantera me vuelve consciente de mis tareas. En media hora debo reunirme con mi gente. El teléfono enloquece con una ráfaga de mensajes en la pantalla, reviso por encima y lo que veo me hunde el pie en el acelerador. No puede ser.
Aprieto el volante con la noticia. Las pastillas resbalan del asiento, ruedan en la alfombra y me inclino a recogerlas. Las agarro. El mundo se me oscurece por una fracción de segundo al regresar arriba y, de un momento a otro, siento el impacto del cuerpo que arrollo con la camioneta.
5
Jauría
Emma
Un dolor punzante estalla en mi sien. No puedo abrir los ojos. La cabeza me late como si un martillo hubiera encontrado su blanco perfecto en mi cráneo. Siento los codos en carne viva, nunca había tenido la boca tan seca y mis costillas protestan cada vez que intento respirar.
Hago un esfuerzo por separar los párpados. La luz tenue de una lámpara me ciega y manchas negras bailan ante mis ojos. Enderezo la cabeza. El tapiz desconocido de un techo se balancea sobre mí, ¿dónde estoy? Estoy acostada sobre sábanas negras e intento hallar el porqué de estar rodeada de paredes que parecen de otro siglo. Dios. Apoyo las palmas en la cama; esto no se asemeja en nada a un hospital, tampoco una estación de policía. Un sofá de cuero reposa bajo ventanales adornados con cortinas pesadas.
—¿Hola? —Mareada, toco la gaza en mi frente —. ¿Hola?
No seas tonta, Emma. ¿Quién me va a contestar? ¿El monstruo del armario? Soy la única persona aquí.
Me duele la espalda al sacar los pies de la cama. Mi ropa está completa, pero mis zapatos han desaparecido. Paseo los ojos por la habitación. Una cajonera antigua y un escritorio masivo descansan contra los muros tapizados. Mis pies se hunden en la alfombra de piel de animal, mientras camino a la puerta. La nieve azota las ventanas y el sonido del viento es lo único que rompe el silencio espeso. Poso la mano en la perilla dorada que cede sin problemas. El halo de luz amarilla del corredor cubre mis pies al momento de abrir la puerta, despacio.
—¿Hola? —Asomo la cabeza en el pasillo que se extiende a izquierda y derecha.
Un bombillo ilumina el corredor tapizado de rojo. Avanzo hacia la derecha, en medio del silencio absoluto. Candelabros antiguos proyectan sombras en la alfombra y cuadros victorianos cuelgan en los muros. ¿Dónde diablos desperté? ¿En la casa de Drácula?
Una escalera doble me frena. La misma desciende hacia la negrura total. No tengo idea de cuánto tiempo estuve inconsciente. Por el ardor en las heridas de mis codos, diría que horas y no días. No importa, quien me atropelló debe darme un televisor nuevo si no quiere una demanda.
—¡Buenas noches! —digo y nadie contesta—. ¿Hola?
Regreso por el pasillo bordeado de puertas cerradas. Al final, un nuevo corredor se extiende a la derecha. Dos puertas dobles dominan el fondo y la luz teñida de sombras se mueven bajo el umbral.
Me acerco. La madera maciza de las puertas se alza, imponente.
—¡Ho…! —intento hablar, pero las palabras mueren en mi garganta al oír el gemido femenino que emiten al otro lado.
—¡Suka! —exclama una voz masculina. Profunda. Cruda—. ¡Suka!
El sonido retumba más oscuro. Más salvaje. Los jadeos se funden con el tono áspero y el pecho se me acelera ante la melodía obscena. Sujeto mis dedos, la madera de la puerta se yergue sobre mí como dos guardianes de una época pasada, cuyo único objetivo es separar la frontera de este mundo y el siguiente. Los jadeos se convierten en súplicas desesperadas.
Mi mente grita «aléjate», pero mis piernas avanzan por voluntad propia. Un paso. Otro.
—Segodnya ya khochu krovi…
Recuesto la mano en la madera. Los ojos me arden, ansiosos, por ver qué se esconde detrás. Solo un vistazo rápido, me prometo. La puerta pesada cede despacio bajo mi palma, una rendija se abre y la imagen de adentro me paraliza: una mujer voluptuosa cuelga desnuda, atada y amordazada sobre una X de madera en el centro de la habitación. El cuerpo moreno se exhibe en la cruz como un sacrificio. Un collar de hierro le envuelve el cuello y las puntas sobresalen en forma de picos de acero. Un par de aros metálicos aprisionan sus muñecas y tobillos. Un escalofrío me baja por la espalda al ver los grandes senos que se balancean, torturados por pinzas negras que le muerden los pezones, sujetos a cadenas que tiran sin piedad. El sudor le hace brillar la piel oscura. Sus muslos abiertos exponen el sexo cubierto de rizos negros y un péndulo cuelga entre sus labios vaginales. Sujeta su clítoris.
¡Corre, Emma!, me grito en silencio. Muevo un pie, pero el otro se resiste cuando una sombra nubla la rendija. Mi cuello se dobla hacia atrás en un intento de abarcar la altura del hombre que aparece descalzo y con un mero vaquero puesto. Su magnífica espalda acapara mi visión: hombros amplios, músculos que descienden bajo la piel dorada y culminan en hoyuelos perfectos.
Una larga trenza castaña cae sobre su columna. Mueve una mano enguantada y los omóplatos se le contraen al mover los hombros hacia atrás. Un nudo se forma en mi vientre cuando aprieta la fusta en su mano derecha. Se acerca a la mujer encadenada y el piso parece moverse con cada uno de sus pasos. ¿Cuánto mide?
—Suka —la voz profunda pone mis vellos en punta. ¿Qué es suka?
Pasea el látigo por la cara de la mujer, lento. La estudia como quien evalúa un trozo de carne antes del corte. Ella aprieta los puños, pero no se mueve. El cuero desciende, roza la curva de sus senos antes de detenerse dos segundos. El primer azote rompe el silencio y un «zas» seco me hace brincar el pecho ante la violencia del impacto. La mujer grita y él no para. El latigazo siguiente es más tenaz y otros cinco lo acompañan con la misma furia. La sangre le brota de los poros, el cuero castiga su piel y, bajo la cadena que cuelga entre sus muslos, un hilo transparente emerge de su sexo y desciende por el péndulo metálico hasta caer en gotas húmedas sobre el suelo.
No consigo verle el rostro al hombre que castiga; aun así, la fuerza de su figura descalza se impone bajo la luz tenue. Sus pasos marcan un ritmo lento en el momento en que comienza a rodear la base de madera. Pego la cara en la rendija, ansiosa por saber qué rostro tiene el ser que habita tras esa espalda y esa voz.
Toma posición detrás de la mujer. Su rostro desaparece en la curva de su cuello y las manos, envueltas en cuero, arranca las pinzas que cuelgan de sus pezones. No hay piedad en su toque; se apodera de sus pechos, los aprieta y hunde los dedos en su carne de una manera bruta y ordinaria. El cuero de los guantes baja por su abdomen en una lentitud cruel y los gemidos de la morena se convierten en gritos al sentir la proximidad en su parte más vulnerable. Él despega la nariz de su cuello y mi sexo se aprieta cuando levanta la cara y, por una fracción de segundo, me permite ver parte del hermoso rostro que se graba en mi cabeza.
Me alejo del umbral lo más rápido que puedo con el corazón martilleándome en los oídos. Corro hacia el final del pasillo. Giro la cabeza con miedo, convencida de que me persiguen. Las puertas permanecen cerradas. Doblo en la esquina del corredor y me estrello de frente contra el cuerpo sólido que me lanza al suelo.
Apoyada sobre los codos, alzo la vista y un hombre se yergue sobre mí. El cabello, largo y dorado, le cae sobre la chaqueta de cuero negro. Sus ojos vacíos me miran desde arriba, apagados, ausentes, como si su alma estuviera en cualquier parte menos en su cuerpo.
—Lo siento. —Un escalofrío recorre mis brazos—. Me desperté en la alcoba y no encontré a nadie…
La voz se me apaga. Aunque sea la atropellada, él está mucho peor que yo. Los ojos inyectados de sangre apenas parpadean; los nudillos lastimados y las grietas de sus labios blancos lo hacen ver como si acabara de salir de algún desierto helado.
Se agacha frente a mí. Es bello; pese a las medias lunas bajo sus ojos, posee el tipo de atractivo que los antiguos griegos inmortalizaban en sus lienzos. En cuclillas, estudia los ángulos de mi rostro, limpia la punta de su nariz y, despacio, deja escapar un suspiro melancólico que me comprime las entrañas.
—¿Estás bien? —Siento que le hablo a un cuerpo sin vida
Mueve la cabeza de un lado al otro en un gesto negativo. No tengo idea de qué hago aquí, quién me trajo y por qué no me han dado una explicación. Lo peor es que, pese a todo, se me hace ilógico correr o empezar a gritar. El cuerpo del hombre sin alma se desploma contra la pared a mi izquierda, recuesta la espalda y comienza a estrellar la cabeza contra el tapiz. Un sobre de cocaína cae al suelo; la causa de su estado marchito brilla en la alfombra: es dependiente. Le tiemblan los labios, su rostro pierde toda dureza y las lágrimas emergen al sujetarse la cabeza. Los sollozos son truenos en mi pecho cuando la imagen del hombre bello es reemplazada por la de un ser hecho pedazos. El cuadro del corredor se mueve bajo los golpes.
—Mne ochen’ zhal’, mama —dice y me incorporo a sujetarle los hombros cuando estrella la cabeza con más fuerza.
La lógica me grita que escape, pero el azote en mi pecho se opone, exclamando lo contrario. Una persona en su estado podría cometer una locura.
—Oye. —Atrapo su cara entre mis manos—. Calma…
El escalofrío regresa y viaja por mis muñecas. Toda persona transmite algo al tocarla y él… está helado. Sus manos se aferran a las mías como un náufrago, como un niño al que no quiere que lo suelten. Las lágrimas le devastan el rostro y trago saliva al sentir su melancolía envolviéndonos a los dos. ¿Qué le pasó? No le veo heridas físicas, solo el par de ojos que suplican por misericordia.
—Tranquilo, no voy a hacerte daño. —Lo tranquilizo.
Acaricio sus mejillas. No todos los días ves a un hombre de su porte en un estado tan susceptible. No pierde de vista mi rostro y el agarre en mis manos se suaviza poco a poco al limpiarle las lágrimas con el pulgar.
—Está bien. —le sonrío—. El llanto no reprime, sino que libera.
Me pongo en pie y lo ayudo a levantarse. Se tambalea, mareado, y abrazo su espalda para darle estabilidad. En el Ejército, presté ayuda benéfica en albergues con pacientes sumidos en las drogas. Sé lo complicado de este estado: Rachel fue dependiente y entiendo lo que las adicciones pueden hacerle a una persona. No soportaría la idea de que a ella le hubieran negado ayuda en un momento como este.
Lo guio a la alcoba donde me desperté, lo siento sobre la cama y, con cuidado, le quito los zapatos antes de acostarlo. Me acerco a la puerta y asomo una vez más la cabeza en el pasillo, esperando encontrar a alguien: un sirviente, la madre, quien sea. El silencio reina y el lugar sigue desierto.
El sujeto hurga en sus bolsillos, lucha por ponerse de pie y lo obligo a recostarse de nuevo. No confío en lo que haría si lo dejo solo. Me tumbo a su lado y la figura esbelta se vuelve estatua. Su cabeza reposa en la almohada; los pómulos marcados destacan en su piel pálida que, lejos de restarle a su apariencia, le dan una rara belleza gris que parece hecha para ser observada en silencio. El cabello dorado, largo y liso, descansa sobre la tela como un río de oro apagado. Papá dice que los ojos son las ventanas del alma y los suyos son como la vista hacia un bosque marchito y desolado.
No es culpa de él, las dependencias menguan el brillo, la fuerza y las ganas de vivir.
—¿Quieres que te abrace para que te sientas mejor?
No responde y me pregunto si siquiera entiende lo que digo. No tengo certeza, pero algo me dice que necesita el abrazo. Corro el cuerpo hacia el suyo, pongo la cabeza sobre su pecho y rodeo su torso con mi brazo.
¿Dónde estoy? No tengo idea.
¿Es un día raro? Obviamente sí.
¿Desistí de mi tele? No, ahora quiero una más grande.
La imagen del hombre tras la puerta me atraviesa y cierro los dedos en el cuero de la chaqueta. Lo que presencié arde en mi memoria, ¿quién era? Nunca había visto a alguien tan… Cierro los ojos. Lo mejor es dormir e irme mañana a primera hora antes de que mis padres colapsen. El frío me encoge, el sueño pesa en mis párpados y me rindo sobre el torso del hombre. Espero que no me asfixie con la almohada mientras duermo.
El hielo acaricia mis cuchillas suaves como la seda. Me deslizo con los brazos abiertos y siento que vuelo, que dejo atrás cualquier peso. La brisa toca mi rostro y, por un instante, soy parte del viento. No importa cuánto duelan mis pies, cuánto ardan mis muslos; siempre vuelvo, siempre tengo tiempo para esto. Me impulso hacia arriba, el aire me sabe a libertad. El giro es perfecto hasta que caigo y el hielo se quiebra bajo mis pies. Una grieta atraviesa la superficie y, antes de que pueda reaccionar, todo se hunde.
Abro los ojos. El tapiz del techo que vi hace unas horas aparece una vez más en mi campo de visión. La necesidad de orinar punza en mi vejiga. Alzo la cabeza, el cabello enmarañado me cae sobre el rostro. Aturdida, localizo la puerta del baño y apresuro el paso hacia la puerta abierta. Los huesos me duelen peor que ayer. Mi espalda protesta al sentarme en el retrete. ¿Qué hora es? La luz gris se filtra a través de la rejilla del baño y doy por hecho que ya amaneció.
La casera debió avisar a mis padres que desaparecí. Seguro deben estar pensando mil maneras de castigarme.
Me alzo las bragas, arreglo la falda y me recojo el cabello. Uso el índice para lavarme los dientes.
En el dormitorio, busco mis zapatos mientras la nieve cae tras los ventanales. No están bajo la cama de cedro, ni en el closet de roble que bien podría ser el armario de Narnia. ¡¿Dónde diablos están?! Si no aparezco pronto en North Pole, mis padres van a saturar las líneas telefónicas con su mensaje favorito: «¡¿Por qué nunca estás donde se te ordena?!». Papá debe estar en su noveno infarto y mamá en su quinto ataque de histeria.
Busco en la cajonera, al otro lado de la cama. Vacía. Me incorporo, giro y me llevo la mano al pecho cuando veo al hombre que ayudé ayer, parado como un espectro cerca de la puerta. Mantiene los labios sellados y las manos dentro de la chaqueta.
Se ve mejor que ayer, con la ropa limpia, el rostro sin lágrimas y el cabello más cuidado que el mío.
—Ayer, alguien me atropelló como un fucking venado. —digo—. ¿Sabes quién fue? Quiero una remuneración.
El rostro, inexpresivo y severo, me evalúa a través de las pestañas rubias. ¿Se olvidó de que lloró frente a mí?
—Fue tu culpa —dice serio.
—¿Mi culpa? ¿Me estás diciendo que salté sobre el capó de un vehículo en plena avenida?
Entrecierro los ojos al notar que acaba de delatarse.
—¿Fuiste tú, maldito topo? —Doy un paso hacia él—. Aprende a conducir; tu imprudencia casi acaba con mi carrera artística.
—Emma James. —dice y el estómago se me hunde al oír la manera en que pronuncia mi nombre completo—. Deberías agradecer estar aquí y no en el cementerio.
Sonríe, y no veo nada gracioso en su comentario. Sobrio, me da la sensación de haberlo visto en algún lado.
—¿Quién eres?
—Tu peor pesadilla.
Tuvo que haber visto mi identificación, por eso sabe mi nombre. Asiento en silencio y él me rodea mientras estudia los detalles de mi atuendo. Es el mismo hombre de ayer, pero diferente: ya no hay lágrimas ni vulnerabilidad; solo un cascarón vacío que intensifica mis ganas de irme.
Diviso la sombra de mis zapatos y mochila tras las cortinas. Me acerco a buscarlos, consciente de la mirada que sigue mis movimientos. Meto los pies en mis zapatillas y sujeto mi mochila.
—¿Puedes llevarme a casa, peor pesadilla? —le digo.
Se endereza, impasible. Del hombre indefenso de ayer solo queda una máscara de antipatía.
—¿Cómo es tu nombre? —Mi cerebro insiste en haberlo visto en algún lado.
—Underboss, leoncillo, asesino —contesta—. ¿Qué frase quieres que ponga en tu lápida, Emma?
Intento forzar una risa, pero los nervios la sofocan. Me señala la puerta y el aire vuelve a mis pulmones. Me va a dejar ir. Podré comer el atún de la señora Constance.
—Espero que hayas descansado bien anoche —dice el hombre que sale conmigo y abrazo mi bolso.
Muevo los pies lo más rápido que puedo, bajo las escaleras y la puerta principal brilla como un faro de libertad. La imagen me empuja hacia delante. Saldré a la calle. Abandonaré estos muros. Detengo los pies a cuatro pasos del umbral y nadie abre. Dos sombras se aproximan a mi espalda. Giro el cuerpo hacia ellas y la vista se me oscurece con el golpe que me arroja al suelo.
La nariz me sangra, el dolor de cabeza estalla y el sujeto de cabello largo me agarra del cuello, dejándome a su altura.
—Conóceme, Emma, soy Vladímir Romanov. —El nombre me hiela la sangre—. Primogénito de Ilenko Romanov, el Boss de la Bratva y hermano de la mujer que la perra de tu hermana mató a sangre fría.
—¿Qué quieres?
—Venganza.
6
Underboss
Emma
Los brazos me fallan al intentar sostener el peso de mi propio cuerpo. Las palmas me arden sobre el concreto helado y cada intento por respirar es un cuchillo entre mis costillas. He sido encerrada en un cuarto de animales salvajes que me han insultado, denigrado y escupido hasta cansarse. Reclaman por algo que no hice y, según ellos, debo pagar. Su furia ha caído sobre mi cara, sobre los ojos que no puedo abrir.
Aparto las lágrimas que se me escurren por las mejillas y trago la sangre espesa que inunda mi boca. No les voy a rogar, ni voy a bajar el mentón como quieren; voy a mostrar lo más bonito que tengo y es mi sonrisa. En algún momento se cansarán.
Consigo poner las rodillas en el suelo y una patada al estómago me devuelve la espalda al concreto.
—Vamos, muñeca. —Acercan una cámara—. Quiero escuchar una bonita súplica.
Sacudo la cabeza. Que me golpeen todo lo que quieran, no van a sacarme nada. Buscan humillarme, hacerme rogar, quieren que mi hermana me vea decir: «ven por mí». No va a pasar. Ella ya ha sufrido lo suficiente, ya ha atravesado sus propios calvarios. La amo y no pienso cargarla con más. Tampoco arrastraré el apellido de mi familia. Vengo de soldados honorables que nunca se dan por vencidos y yo no seré la primera. Resistiré y luego escaparé.
Una nueva patada en las costillas me arranca el aire y me arroja contra la pared. El carcelero se aparta y la sombra de Vladímir se cierne sobre mí con las manos ocultas en su chaqueta.
—¿Te molestaría subir la temperatura del calefactor? —digo entre jadeos—. ¿O al menos poner algo de música? Este lugar es deprimente.
No responde y me limpio la sangre de los labios. Me recuerda a mis antiguos instructores, serios y sin una pizca de sentido del humor.
—Queríamos a tu otra hermana, Sam James —dice—. Esa, al menos, tenía algo de valor. Podría presumirse como un trofeo; en cambio, tú… no vales ni un rublo.
—Las personas no se definen en precios, ¿sabes? —Me duele respirar—. Y de ser así, nadie en el mundo podría comprar lo que vale mi espíritu. De hecho, creo que son de esos espíritus que ya no se hacen… Si vas a la fábrica de espíritus y exiges «¡Deme uno como el de Emma!», te dirán: «No, joven, se nos acabaron hace 18 años».
Se agacha, cierra los puños en mi blusa y me levanta de un tirón. Las piernas me fallan, entumecidas. Mis extremidades se han adormecido. Lo único que siento es la presión de sus manos sobre mí y la furia de su mirada ámbar, que no se cansa de evaluarme.
—¿Follar conmigo era parte del plan en tu intento de rapto? —digo solo para los dos—. Algo me dice que no.
Golpea mi espalda en el concreto.
—Tu haladie. —Bajo los ojos a lo que porta en la mano—. Lo tenías esa noche.
Todo el mundo tenía cuchillos falsos y armas de utilería; en un primer momento pensé que la suya era una más.
—No pierdas tiempo en guardarte las súplicas; pronto saldrán solas de tu boca. —Ignora lo que acabo de decir—. Nadie sobrevive al calvario de la Bratva y menos cuando yo soy el verdugo.
Me pone el brazo en la garganta.
—Te mataré después de darme el gusto de decir que un Romanov humilló como se le antojó a una James —dice—. Entonces tu apellido ya no será tan grande, tu belleza no será inalcanzable y tu hermana, pese a tener el mundo besándole los pies, pagará por haberse metido con la Bratva. Perderá a su bella e inútil hermanita.
El aire que exhala choca en la punta de mi nariz.
—Eso no va a pasar —contesto, débil—. No voy a suplicar y te vas a equivocar, porque de aquí a que quieras matarme, ya te habrás enamorado de mí.
Se me ríe en la cara.
—Pero yo no me enamoraré de ti y ahí estará la falla en tu fabuloso plan.
—Eres más estúpida de lo que creí.
—Ayer estabas triste, ¿por qué?
—Cierra la puta boca. —Arroja mi cuerpo al rincón.
Sus hombres se agrupan a su espalda en el cuarto de paredes corroídas y símbolos grabados en piedra.
—Hoy, en el decimoséptimo día del calendario rojo, la Bratva dicta sentencia y la condena de Emma James comienza.
Las palmadas llueven sobre su espalda, acompañadas de adulaciones.
—Hoy honras a la Bratva, al Boss y a Sasha.
—¡Llévenla a los calabozos!
Me agarran del cabello y tiran de mí. Vladímir se limpia la nariz con el dorso de la mano antes de que me arrastren afuera como un animal.
—Quiero verla hecha mierda, tal como los soldados que han pasado por aquí.
Los guardias me levantan en el pasillo, abren una puerta de hierro metros más adelante y el corazón se me estrella en las costillas.
—Camina, puta. —Me empujan hacia delante como una prisionera.
Una hilera de escalones destartalados me conduce a un corredor donde los calabozos de piedra se alinean de lado a lado. La humedad gotea desde el techo y corre por las grietas del suelo. Bombillas sucias titilan y ojos rojos brillan adentro de las celdas. No son pocas, sino cientos de miradas cautivas que se agolpan tras las rejas de hierro oxidado.
Los hombres se acercan a los barrotes.
—Démosle la bienvenida a Emma James —anuncia el guardia—. ¡La nueva esclava de la Bratva!
Abren la celda y una patada en la espalda me lanza al interior. Caigo de bruces junto al colchón mugroso. A menos de un metro, un retrete de cemento con manchas oscuras completa el cuadro.
—Saluda a tu nuevo hogar.
—¿Podemos decorar nuestras celdas en Navidad? —Me levanto—. De poder, quiero que mis luces sean azules.
Me encesta un puño en la boca.
—Entiendo, no son de espíritu navideño.
Tengo celdas a la derecha, a la izquierda y al frente. Espacios reducidos, húmedos, llenos de cuerpos grandes agazapados en las sombras. Hombres de rostros curtidos y barbas espesas que parecen no haber visto el sol en años. Sus ojos se concentran en mí desde el silencio, tan quietos que dan miedo. No hay ni una sola mujer aquí.
—Como ya oyeron, mi nombre es Emma. —Alzo la mano a modo de saludo—. Cuando vaya a mear, les agradecería que se voltearan. Los modales hacen al hombre, caballeros.
Ninguno se mueve de su lugar.
—Cuando se sientan cómodos, pueden decirme cómo quieren que me dirija a ustedes, nobles convictos. —Me acerco a la reja—. ¿Alguno desea empezar ya? ¿Cómo es tu nombre?
Le pregunto al hombre sentado junto a la reja y no obtengo respuesta. Ni siquiera un movimiento que me indique que me ha escuchado.
Me siento en el colchón curtido, el dolor de la golpiza se ha quedado alojado en mis huesos. Siento la cara como si cargara una máscara de cemento encima. Las cámaras en el techo me apuntan. Ratas cruzan entre ríos de orina estancada y guardo las manos entre los muslos. El llanto empuja desde adentro, pero lo retengo. No voy a romperme, no aquí. Si lloro, me veré como una niña mimada, y en este sitio no puedo permitirme serlo.
—¿Y llevan mucho tiempo aquí? —pregunto—. ¿Semanas o meses?
El silencio es absoluto. Los guardias pasan con dos cadáveres y me convenzo de que todo estará bien porque no seré uno más. Solo tengo dieciocho años, aún no he hecho ni la mitad de las cosas que deseo hacer. No le he dado un motivo a mis padres para sentirse orgullosos, no he llevado a Death a conocer los Alpes como tanto quiere, no he tenido un beso de película y no he patinado lo suficiente.
—Emma. —Un mastodonte de cabeza tatuada desliza la reja—. ¿Lista para la primera sesión?
Se cruje los nudillos.
—Me han dicho que eres una zorra barata que abre las piernas por un trago.
Arroja la chaqueta de cuero a un lado.
—El animal defectuoso de los James. —Aprieta el puño contra la palma, probando su firmeza—. La mancha en el apellido.
Me levanto. Si me agarra en el suelo, le será más fácil matarme. El impacto del golpe en el pecho cae como un mazo de hierro, dejándome sin aire. Me estrella en la piedra y no me da tiempo de reaccionar; entierra el puño en mi nariz. El calor de la sangre se escurre por mis labios y se derrama sobre la blusa.
—¡La puta de Phoenix! La vergüenza de la familia honorable. ¿Te apetece chuparme la verga, ramera?
—No, gracias.
Los golpes me derriban y me encojo sobre la piedra por instinto. Cubro los órganos vitales y protejo las piernas. Si me llega a dañar de manera permanente, jamás volveré a pisar una pista. Oídos sordos, mente en el hielo. Un golpe mal recibido y me quiebra. Un mal giro y nunca más patino.
Aprieto los dientes y contengo los sollozos. Las patadas cesan, pero el respiro no dura nada: me lleva contra la pared y me lanza una bofetada que me gira la cabeza a un lado. La palma abierta arde en mi piel, golpe tras golpe.
—Bienvenida al infierno, ramera, ¿lista para suplicar? ¿Para pedirle a tu hermanita que venga a sacarte de aquí?
Niego y enfurece más. Las mejillas se me adormecen, el labio me sangra a raudales y regreso al suelo cuando las piernas me fallan.
—Primera sesión: lista. —Me lanza la última patada al vientre—. Te veo mañana, perra.
—Ok.
Me ayudo con los barrotes al momento de levantarme.
—Estoy bien. —Escupo sangre—. Han de pensar que esto es doloroso. No se engañen. Duele más la crítica del jurado en las competencias. Esos malditos arrojan comentarios que te destrozan con unas cuantas palabras.
El silencio continúa. Me dejo caer sobre el colchón. Tengo los músculos vueltos puré y las lágrimas se me salen solas. No estoy acostumbrada a esto. El entrenamiento militar es duro, pero no llega a este nivel, ni a este tipo de maltrato.
Las luces de las linternas se filtran entre los barrotes. La sangre seca se adhiere a la piel y no tengo la energía que se requiere para quitarla. Los platos chocan con el suelo, la comida se reparte como si fuera desperdicio para animales. A todos les arrojan algo, menos a mí. El estómago me gruñe, los párpados me pesan. El entorno pierde nitidez y no consigo mantenerme consciente.
¿Cuánto tiempo pasa? ¿Minutos? ¿Horas? No tengo la manera de saberlo. Solo sé que nunca en la vida me había dolido tanto el cuerpo. La sombra de un hombre me tapa: alto, atlético, rubio. Es Vladímir Romanov. El frío de la celda empeora.
Atrapa un pedazo de pan y me lo arroja a la cara. El trozo me golpea la mejilla antes de rodar por el suelo.
—Lo agradezco, pero la levadura no es conveniente en mi deporte.
—Come.
—No. Ya lo besó el diablo.
Me clava la bota en el brazo y el dolor explota desde el hueso hasta los músculos. La presión es tanta que por un momento le temo al quiebre del hueso. Templo los dientes con los ojos llorosos.
—El orgullo es un mal aliado para un esclavo.
—Yo no soy una esclava.
Retira el pie y, antes de que pueda registrar el alivio, me levanta de la blusa. Mi visión se llena de manchas blancas, no sé si por el mareo o por la presión en el cuello. Parpadeo hasta recuperar el foco. Debo verme horrible, aunque él no luce mejor. Estoy llena de golpes, pero él es quien parece desangrarse por dentro. Carga una expresión inerte, una mirada que, lejos de ser filosa, es puro desgaste; el sufrimiento contenido en un cuerpo que parece doler cada vez que respira.
—¿Quién te lastimó? Tienes una herida bastante grande adentro, ¿lo sabes?
—La puta cree que puede leer almas. —El guardia que pasa suelta una carcajada—. Deja de decir idioteces y cierra la boca. Desde ahora, solo la abrirás para rogar.
El tenue rayo de luz que viene de afuera ilumina su rostro desencajado. Le tiemblan las manos y el sudor le perla la frente.
—No podías dormir. Por eso bajaste, ¿verdad? Quieres mi compañía.
—No. Eres mi mascota y necesitaba venir a divertirme contigo.
—¿Cómo en la discoteca?
—No recuerdo nada de la discoteca. Olvido a las zorras con las que me acuesto.
—Mientes y está bien, no soy nadie para obligarte a decir la verdad. —Estar de pie es un suplicio.
—No hay verdad. —Ríe con sorna.
—Si la hay, y lo lamento. Lamento mucho que te hayan lastimado. No sé qué fue, pero debió doler bastante como para dejarte así, sin alma.
Manos heladas, ojos vacíos, rostro melancólico. No carga con una simple cortada; lo de él es algo grande. Una herida enconada, una quemadura de tercer grado que ha de arderle todos los días.
Cierra el puño, listo para estampármelo en la cara.
—No hará que te sientas mejor maltratándome —le digo—. No va a apagar lo que te mata desde adentro y golpear a alguien indefenso no te da poder, te lo quita.
Agarra mi cara. Los dedos largos se sienten más fríos que los barrotes de atrás.
—Las personas como tú son las que más me divierten: fingen ser fuertes y luego no son más que una burla. Mendigan cuando se les quiebra la voluntad.
Me lanza al colchón y me pone la rodilla en el estómago.
—Espero que una rata se coma la mitad de tu cara mientras duermes. —dice—. Buenas noches, pequeña puta.
—Descansa.
Se larga. No puedo evitar los quejidos, ni acomodar el cuerpo sin que todo me duela por dentro. Si tuviera que definir la agonía de mis huesos en un color, diría rojo vivo. Un verdugo golpea las rejas con su porra; el cansancio me sume en la inconsciencia.
Al abrir los ojos, hallo un nuevo carcelero dando vueltas. ¿Es un nuevo día? Parece que sí.
Presiono las palmas en la superficie y me impulso temblorosa hasta sentarme. Me duele todo; aun así, lo soporto. Permanecer acostada es perjudicial para mi estado. Mis extremidades protestan al incorporarme porque tengo los músculos rígidos donde han encestado las patadas. Apoyo un pie, luego el otro. Me inclino hacia delante y consigo levantarme.
—Señores, buenos días. —Coloco las manos en mi cintura—. Les ruego que sean educados y no hagan comentarios entre ustedes sobre mi aspecto. Nadie se ve bien sin una ducha.
Lo único audible es el sonido de las goteras cayendo. Las personas a mi alrededor no contestan. Giro hacia la cámara de la esquina y alzo la mano.
—Buenos días, Vlad —le digo a la luz roja. De seguro me observa desde el otro lado.
Miro al frente, respiro hondo y enderezo el torso. Mis músculos son cables de acero frío y siento el peso del esfuerzo sobre mis costillas. No puedo permitir que el dolor me agarrote e inmovilice. He tenido caídas desde que empecé a entrenar y sé que, si no me muevo, me costará el triple reponerme. Aprieto los dientes, levanto los brazos para armar un arco y entrelazo los dedos por encima de la cabeza. Me paro en puntillas y cuento hasta veinte.
—Patino desde niña —les hablo a los prisioneros que me observan—. Mi sueño es ser una patinadora profesional. ¿Ustedes practican algún deporte?
Silencio. Ni un murmullo.
—¿O les gusta alguno? ¿Fútbol americano, basquetbol, lucha libre?
El silencio persiste.
Troto en mi sitio; el impacto de los saltos aviva el suplicio. El estómago me arde. Aprieto los puños mientras entro en calor. Impulso el cuerpo hacia delante, me paro sobre las manos, elevo las piernas hacia el techo y mantengo el equilibrio durante cinco segundos. Luego apoyo los pies en la piedra, lista para intentarlo otra vez, pero un guardia se detiene frente a mi celda.
—Deja de hacer eso y muévete al rincón.
Lo ignoro, culmino el salto y me sostengo en un solo pie.
—¡Al rincón! —Desliza la reja.
—Debo entrenar. Mi cuerpo no se puede oxidar porque…
—¡Al rincón!
La patada en el pecho me tumba en la piedra. El carcelero de ayer entra con un taser, me lo presiona en la espalda y la descarga me arquea el cuerpo. No contengo el grito. La corriente quema y se arrastra por mis nervios en un incendio bajo la piel que me deja temblando.
—¿Dónde quedó la sonrisa? El juego ya no es tan divertido, ¿eh?
La lluvia de golpes vuelve sin piedad y no sé cuántos aguanto antes de que todo se vuelva negro.
La celda está en penumbras cuando despierto. Me cuesta respirar. Algo tibio resbala por la mejilla, ¿sangre? ¿Lágrimas? No tengo idea. No puedo mover el cuerpo durante horas, el ardor en la espalda por la piedra se intensifica y, como puedo, me arrastro al colchón donde, una vez más, pierdo la conciencia.
La imagen de mi hermana me acompaña en el limbo; aquella tarde en que la vi caminar hacia el altar. Hermosa, como de costumbre. Ese día lloré porque sabía que iba rumbo a uno de sus sueños. Al fin, la vida la estaba recompensando después de tanto sufrimiento. Meses antes, había tenido una recaída que le quitó las ganas de vivir, y el coronel con el que se casaba se las devolvió.
—Emma James —la voz de Vladímir me trae de vuelta.
No hay forma de saber si es de día o de noche, la celda siempre luce igual.
—Déjame adivinar —le digo a Vladímir—. Ibas a despertarme con un beso, te intimidé a último momento y por eso me has despertado.
Saca mi móvil del bolsillo y se sienta a mi lado.
—La casera que contrataron tus padres ahora trabaja para mí. —Enciende la pantalla—. Conseguí a alguien con tu mismo perfil que seguirá tu rutina. También asistirá a tus clases. Le puse tu rastreador. Nadie de afuera sospechará de que estás aquí. Si alguien abre la boca, la lista de cadáveres será extensa. Empezaré con los de la academia.
Entra a mi buzón de voz.
—Respondo los mensajes tal como lo harías tú. No es muy difícil imitarte, pequeña puta.
Teclea.
—Jugaremos contigo. —Una mueca burlona se asoma en su rostro—. Tu familia creerá que todo va bien y, en el momento en que menos lo esperen, recibirán pedazos de ti junto a las cintas de tu calvario. Será un golpe directo, una bomba difícil de digerir, porque tendrán todo cuando ya no podrán hacer nada. Me imagino al titular: «La mafia rusa destroza el apellido James». «La hija menor fue ejecutada en honor a Sasha Romanova».
—No le he hecho nada a nadie. No conocía a tu tía, ni fui culpable de su muerte. Y mi hermana…
—Tu hermana es una perra que se metió con la persona equivocada. No importa si tuviste que ver en esto o no. La ruleta giró y cayó sobre ti. Eres la presa marcada, mi esclava y mi nuevo juguete.
—Hablemos de algo diferente. ¿Cómo estuvo tu día? ¿Hiciste algo interesante aparte de observarme?
—¿Por qué te observaría? Das asco y vergüenza.
—Un baño lo resolvería.
—Lo tuyo no lo borra el agua. Naciste en una familia «ilustre» y no eres nadie entre ellos. Lo único que sabes hacer es hablar idioteces y dar saltos de cirquera.
Se acuesta a mi lado sin perder de vista mi rostro. Está drogado, se le nota en la mirada vidriosa. Su mano fría me quita el cabello de la cara. No ha de tener más de veinte años y parece un hombre de mil.
Cierro los párpados. No he comido y necesito ahorrar energía.
Un suspiro apagado escapa de sus labios y me siento como una pieza de museo, un objeto que no se cansa de estudiar. Presiona la mano en mi pecho, no con fuerza, sino con la delicadeza de quien necesita asegurarse de que algo sigue latiendo. No hay deseo en el contacto, solo una especie de necesidad marchita. Apoya los labios sobre los míos. En silencio, toca mi cara y me llena de caricias apagadas, de besos tristes. Si la decadencia tiene un rostro, es el suyo.
—No quedará nada de ti —se ríe y el gesto se oye vacío—. Haré que te pese el haber nacido.
—¿Así como a ti te pesa existir? —Abro los ojos.
Las hebras doradas le cubren parte de la cara. Es bello, a pesar de estar muerto por dentro.
—Si fuera tú, me abstendría de hablar. No me conoces ni tampoco a esta mafia.
Se apoya en mis costillas al levantarse, hundiendo el talón de la mano sin el menor cuidado. El dolor me mantiene despierta y, horas después, tras el cambio de guardia, reúno fuerzas para incorporarme. Saludo a los reclusos y les pregunto si durmieron bien. El silencio sigue siendo mi única respuesta. Se limitan a mirarme mientras realizo elongaciones.
—Tengo una rutina de ejercicios que me ayuda a mantenerme en forma —les comento—. ¿Quieren que les explique para qué sirve cada ejercicio?
—A la pared, zorra. —advierte el carcelero—. No me hagas enseñarte los modales.
—Es difícil no aburrirse en este hueco apestoso a mierda. Debo entrenar o nunca voy a ganar una medalla…
—Lo único que vas a ganar es un ataúd. —Patea la reja—. ¡Al rincón, ahora!
Continúo con lo mío y el sujeto entra, exhibiendo los brazos cubiertos de tinta.
—Si uno de nosotros habla, tú te callas y obedeces —espeta—. ¿Está claro, esclava?
—No soy una esclava… —Mi respuesta se corta con el golpe que me hace trastabillar.
—Sí, lo eres. —Sus dedos se enredan en mi pelo y tira hasta que el cuero cabelludo arde—. Eres la esclava de la mafia rusa.
El taser me muerde las piernas. Cada intento por levantarme se apaga a puñetazos. Me niego a quedarme en el suelo; no puedo acostumbrarme a él.
El estómago, revuelto por la comida rancia, y el cuerpo ya no me responden como antes con el paso de los días. Cada vez me cuesta más moverme, respirar; sin embargo, hago un esfuerzo por ponerme en pie.
Veo cadáveres desfilar frente a mi celda: muñecas abiertas, cuerpos hinchados por los golpes. Escucho los gritos de los carceleros hasta en mis sueños y las descargas del taser se vuelven parte de mi día. Hoy no es la excepción: la sesión termina con mi cuerpo tendido sobre la piedra helada, entumecido y anestesiado por el dolor.
—Voy a intentar mover el pie —les comento a los presos—. ¿Lo estoy moviendo ahora? ¿Alguien puede decirme? —pregunto.
No hay respuesta. Mis extremidades no reaccionan y temo a que los choques eléctricos desencadenen daños graves. Dejan un plato de comida a mi lado y no lo puedo tocar porque sigo sin funcionar.
—¿Ahora, compañeros? —vuelvo a preguntar—. ¿Alguno de mis dedos tiene movimiento?
Me siento como un animal muerto en mitad de la carretera. Vladímir entra y me arrastra hasta el colchón. La sensibilidad regresa poco a poco. Por primera vez en días, agradezco algo.
—No más estiramiento ni piruetas de cirquera barata —dice—. Eres un fiasco en el patinaje y en la milicia. No pierdas el tiempo.
Trago con esfuerzo el pan que me mete en la boca.
—Tus padres te han escrito. Sigo contestando por ti —continúa—. Me limito a imitar tus mensajes llenos de purpurina y estupideces. La mujer de North Pole aún sigue con tu rastreador. Deben pensar que por fin maduraste, que dejaste de comportarte como una ramera. Toda la academia está bajo amenaza y palidecen siempre que aparezco.
—Gracias por contestar.
Me alivia saber que mis padres no están sufriendo. Cuando la mafia italiana secuestró a mi hermana mayor, quedaron destrozados. Fue un periodo triste para todos. Han pasado años y aún viven con miedo.
—Pregúntale a Sam cómo está —inhalo hondo—. Ella me hace sentir como una tonta a veces porque es muy inteligente, ¿sabes? Pero nos amamos y sé que debe extrañarme.
—No es que te haga sentir como una tonta, lo eres —bufa, con desprecio—. Eres basura sin mérito, sin medallas, sin nada que valga la pena. Me empuja el último trozo de pan en la boca y se va sin más.
El tiempo avanza y cada día es peor. No me dejan cerrar los ojos. Apenas intento descansar y algo impacta contra mi cuerpo: un vaso, un plato vacío, cualquier cosa al alcance de sus manos.
Hablo con los presos. Les doy los buenos días, lanzo preguntas al aire, pero solo recibo silencio. El taser drena la poca fuerza que me queda y los gases que arrojan a la celda me irritan la piel.
—Tu amigo Tyler nunca se calla —dice Vladímir, sentado a mi lado—. Te envía mensajes todos los días. Le he respondido. Espero que le duela saber que moriste después de una humillante tortura.
Los ojos me escuecen por el gas y no dejo de toser.
—Intentas fingir que todo esto te da igual y no es cierto. Te estás desmoronando. Ya no tienes la misma fuerza; lentamente adoptas la apariencia de una esclava.
Mi garganta se aprieta al verme: los días sin ducha me están cobrando el precio. Tengo la piel sebosa y el cabello lleno de grasa. Verme así no le hace bien a mi estado anímico.
—Tu hermana es una heroína en los diarios de la FEMF. Junto a su querido esposo, le hace frente a la mafia. ¿Sabrá que su marido es un criminal igual a los que sigue? Lo dudo. Vive su vida soñada mientras tú estás aquí.
La cabeza me pesa tanto que termino apoyándola en la piedra.
—Ellos hacen desastres y tú eres quien paga la cuenta. —Se levanta.
Me froto las muñecas contra los ojos, el escozor es insoportable. Vladímir suelta un grito en su lengua materna. Le pasan un balde de agua y me lo lanza directo a la cara.
—Duerme bien, pequeña puta. —Cierra la reja—. Si es que puedes.
Mi verdugo llega horas después. Los golpes en la cara me dejan el ojo izquierdo lagrimeando. No pierdo la conciencia esta vez y, pegada la reja, les hablo a los prisioneros sobre los lugares que he visitado y de los restaurantes que sirven el mejor pastel de carne en Arizona. También cuento sobre los logros de mamá, de lo bien que le quedan las parrilladas a papá y de lo bien que la pasé en la boda de mi hermana.
—¿De dónde son ustedes? —pregunto—. ¿Alguno ha estado en Arizona?
No hay respuesta.
La falta de sueño repercute, la mugre se vuelve un lastre y los golpes me apagan más rápido. No quiero perder la esperanza. Si lo hago, muero y no puedo morir sin haber volado alto.
Tres veces al día me recuerdan que ya no soy una persona, que mi vida se terminó y ahora soy su esclava. Me sacan en cara lo que hizo mi hermana y entran a tratar de grabar las súplicas que no doy. Saludo desde la cama como si estuviera en un lugar cualquiera y no en una celda que apesta a orina.
—No quiero que mi familia tenga un mal recuerdo de mí —les comento a los reclusos.
Más cuerpos desfilan frente a mi celda. Los golpes de las siguientes sesiones me dejan tendida en el suelo, incapaz de volver al colchón. Mi abuelo decía que debemos agradecer hasta lo más mínimo. Ahora lo entiendo. Daría todo por mi cama, por un plato de comida decente.
Despierto después de estar un milenio en la inconsciencia y me quedo en el suelo hasta reunir la fuerza suficiente para ponerme en pie.
—Buenos días, caballeros —saludo como siempre, aunque no sé si es de día o de noche—. Soñé que ganaba una medalla de oro. ¿Será una señal? Lo tomaré como un «sí». No puedo dejar que se me mueran los ánimos, es lo único que me queda: ánimos y algunas monedas en mi cochinito en Phoenix.
Las lágrimas me empañan la vista cuando el silencio vuelve a ser mi única respuesta. Nunca contestan, pero hoy siento que me haría bien escuchar algo distinto a los insultos de siempre. No hay luz al final del túnel, ni siquiera una mísera chispa, y eso me preocupa. Trago el nudo que tengo en la garganta, cierro los ojos y me concentro en mi rutina de estiramientos.
Las piernas me tiemblan al momento de incorporarme. El número de barrotes frente a mí se duplica por el mareo. Intento hacer un giro y me estrello contra la piedra. No puedo quedarme en el suelo. Si dejo de moverme, seré uno de los cadáveres que arrastran por el pasillo.
Mis rodillas ceden en cada intento por levantarme y las obligo a estabilizarse.
—Deja eso, puta —advierte el carcelero al verme de pie—. Hoy no tengo paciencia.
—Solo serán cinco minutos.
Me preparo para el salto. Abre la celda y saca el taser de su chaqueta de cuero negro con cuello de lana.
—Solo cinco minutos. —Alzo las manos—. Los necesito.
—Cinco mil voltios es lo que vas a tener.
Retrocedo, pero la varilla de metal me alcanza y el chispazo me parte en dos. La corriente me sacude desde la columna hasta los dientes. Las piernas se me doblan y caigo. Lo conecta una segunda vez y la electricidad explota en mis nervios, arrancándome el grito que me desgarra las cuerdas vocales. No lo controlo. Mi cuerpo se convulsiona sin control.
—Esta carga te mata, o te mata, perra. Ya no te soporto. —Las luces naranjas cambian a rojo vivo y me deslizo lejos.
La piel de los codos se me abre mientras huyo. Las dos agujas de hierro chispean al momento de venirse sobre mí, entonces cierro los ojos, la adrenalina del miedo me envuelve las venas, me preparo para lo inminente y…
El impacto no llega.
—Ona tolkó devushka, ostav’ yey v pokoye!
Abro los ojos. Un prisionero ha atrapado al guardia por el cuello y lo arrastra contra las rejas. El carcelero patalea, su rostro enrojece y golpea desesperado el brazo que lo asfixia, pero el reo no afloja. Aprieta. Tira. Sostiene hasta que el cuerpo pierde toda resistencia y cae como un saco.
Dos guardias irrumpen en la escena. Uno me agarra del cabello y la prisión estalla en gritos. Voces en distintos idiomas rugen al unísono. Las rejas tiemblan; los barrotes crujen bajo el peso de los presos que golpean con toda su furia. Los matones de la prisión intentan imponer control y sus voces quedan sepultadas bajo el rugido de la revuelta. Llaves tintinean. Pasos resuenan en los pasillos. Más rusos tatuados emergen de las sombras, desenfundan armas y disparan contra las celdas que se suman al motín. Los barrotes no dejan de sacudirse y los alaridos se multiplican. Las bombas de gas estallan a lo largo del corredor y el humo denso me quema la garganta. Desde lo alto, entre el estruendo y el caos, alguien patea puertas y grita mi nombre.
La FEMF. Mis esperanzas se encienden. Han venido por mí, debieron notar que no soy la de los mensajes.
—¡Papá! —Me pego a los barrotes y saco las manos—. ¡Papá!
Más gases caen, la cabeza me da vueltas y tanto ruido solo puede ser por parte de la fuerza especial.
—¡Estoy aquí! —Sacudo el brazo a través de las rejas—. ¡Papá!
El humo me asfixia, el mareo me deja las rodillas en el suelo, el sudor empieza a bajarme por el cuello y, segundos después, no veo más que oscuridad.