A orillas del Tigris, en tiempos remotos
Más tarde, una vez pasada la tormenta, todos hablarán de la destrucción que causó, pero nadie, ni siquiera el rey, recordará que todo empezó con una sola gota de lluvia.
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Es una tarde de principios de verano en Nínive, con el cielo preñado de lluvia inminente. Un silencio extraño, sombrío, se ha instalado en la ciudad: los pájaros no cantan desde el amanecer; las mariposas y las libélulas se han ocultado; las ranas han abandonado sus sitios de reproducción; los gansos, intuyendo el peligro, están callados. Incluso las ovejas han enmudecido y orinan muchas veces debido al miedo. El aire tiene un olor distinto, penetrante, salobre. A lo largo del día se han ido acumulando sombras tenebrosas en el horizonte, como un ejército enemigo acampado para reunir fuerzas. Desde cierta distancia dan la impresión de estar sumamente quietas y tranquilas, pero es una ilusión óptica, un efecto visual: las nubes se aproximan sin parar impulsadas por un fuerte viento, decididas a anegar el mundo y darle una forma nueva. En esta región donde los veranos son largos y abrasadores, los ríos caprichosos e implacables, y el recuerdo de la última inundación aún no se ha borrado, el agua es al mismo tiempo el heraldo de la vida y el mensajero de la muerte.
Nínive es un lugar sin igual: la ciudad más grande y rica del mundo. Construida en una extensa llanura en la ribera oriental del Tigris, está tan cerca del río que por las noches los niños no se duermen arrullados por una nana, sino por el susurro de las aguas que lamen la orilla. Es la capital de un imperio poderoso, una ciudadela protegida por recias torres, majestuosas almenas, fosos de defensa, bastiones fortificados y murallas colosales, cada una de veintisiete metros o más de altura. Con una población de ciento setenta y cinco mil almas, es una joya urbana en la confluencia de las prósperas tierras altas del norte y las fértiles tierras bajas de Caldea y Babilonia al sur. Estamos en un año de la década de 640 a. e. c. y esta antigua región, pródiga en jardines perfumados, fuentes borboteantes y canales de riego, pero olvidada por las generaciones futuras, que la verán como un desierto árido y un miserable erial, es Mesopotamia.
Una de las nubes que avanzan hacia la ciudad esta tarde es más grande y oscura que sus compañeras, y más impaciente. Surca veloz la inmensa bóveda del cielo hacia su destino. Una vez allí frena la marcha hasta detenerse y flota a miles de metros por encima de un majestuoso edificio adornado con columnas de cedro, pórticos y estatuas monumentales. Es el palacio del norte, donde el rey reside con todo su poder y su gloria. La masa de vapor condensado se instala sobre la residencia imperial y arroja una sombra. Porque, a diferencia de los humanos, al agua poco le importan la posición social y los títulos de realeza.
Del borde de la nube de tormenta pende una única gota de lluvia, no más grande que una alubia y más ligera que un garbanzo. Durante un rato oscila precariamente, pequeña, esférica y atemorizada. Qué miedo da observar desde arriba cómo la tierra se abre cual una solitaria flor de loto. Aunque esta no será la primera vez: ha hecho ese viaje con anterioridad —subir hasta el cielo, descender a terra firma y elevarse de nuevo a las alturas—; aun así, la caída la espanta.
Recordad esa gota, por muy insignificante que pueda ser comparada con la magnitud del universo. En su minúscula esfera contiene el secreto del infinito, una historia única en su género. Cuando por fin se arma de valor, salta al éter. Ya está cayendo, rápido, cada vez más rápido. La gravedad siempre ayuda. Se precipita desde una altura de unos novecientos cuarenta metros. Solo tres minutos hasta que toque tierra.
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Abajo, en Nínive, el rey cruza una puerta doble y sale a la terraza. Estira el cuello por encima de la ornamentada balaustrada para contemplar el esplendor de la ciudad que se extiende hasta donde alcanza la vista. Fincas bien cuidadas, magníficos acueductos, templos imponentes, huertos ubérrimos, preciosos parques públicos, verdes campos y una casa de fieras con gacelas, ciervos, avestruces, leopardos, linces y leones. El panorama le llena de orgullo. Le gustan en especial los jardines, rebosantes de plantas aromáticas y árboles en flor: abetos, álamos, almendros, ciruelos, ébanos, granados, higueras, membrillos, moreras, nísperos, nogales, olivos, palisandros, palmeras datileras, perales, sauces, tarayes, terebintos... No gobierna solo el país y su pueblo, sino también los ríos y sus afluentes. Mediante la conducción del Tigris a través de una compleja red de canales, presas y diques, y el almacenamiento de agua en cisternas y embalses, él y sus antepasados han convertido la región en un paraíso.
El rey se llama Asurbanipal. Tiene una barba rizada y bien arreglada, la frente ancha, cejas pobladas y ojos oscuros, arqueados y delineados con kohl negro. Luce un tocado puntiagudo tachonado de joyas que refulgen como estrellas lejanas cada vez que les da la luz. Su túnica, de un azul intenso y del mejor lino, está bordada con hilos de oro y plata, y engalanada con cientos de brillantes abalorios, gemas y amuletos. En la muñeca izquierda lleva un brazalete con un motivo floral portador de buena suerte y protección. Reina sobre un imperio tan inmenso que lo llaman «el emperador de las cuatro partes del mundo». Algún día también se le recordará y reconocerá como «el rey bibliotecario», «el monarca culto», «el gobernante erudito de Mesopotamia», títulos que inducirán a la gente a olvidar que, aunque tal vez fuera extraordinariamente instruido y cultivado, no fue menos cruel que sus predecesores.
Ladeando la cabeza para otear el paisaje urbano, Asurbanipal respira hondo. No repara de inmediato en la tormenta que se prepara a lo lejos. Está absorto en la deliciosa fragancia que exhalan los jardines y las arboledas. Lentamente alza la vista hacia el cielo plomizo. Un escalofrío recorre su robusto cuerpo, y de pronto su pensamiento se ve asaltado por advertencias lúgubres y sombríos presagios. Algunos adivinos han augurado que Nínive está destinada a sufrir ataques y pillajes, a arder hasta los cimientos, y que los saqueadores se llevarán incluso las piedras. La magnífica ciudad desaparecerá de la faz de la tierra, afirmaron, y suplicaron que todos se marcharan. El rey se aseguró de silenciar a esos agoreros ordenando que les sellaran los labios y se los cosieran con hilo de tripa. Pero ahora un mal presentimiento le remueve las entrañas como la fuerza de la corriente de fondo de un río. ¿Y si las profecías se cumplieran?
Asurbanipal se sacude de encima la siniestra sensación. Aunque tiene infinidad de enemigos, entre ellos su propio hermano, de su misma sangre, no hay motivos para preocuparse. Nada podrá destruir esta gloriosa capital mientras los dioses estén de su parte, y no le cabe duda de que los dioses, por muy antojadizos e inconsecuentes que sean en sus tratos con los mortales, siempre acudirán en defensa de Nínive.
Entretanto, la gota de lluvia está a punto de llegar a la tierra. Al aproximarse, por un instante se siente tan libre e ingrávida que casi podría posarse donde se le antojara. A su izquierda se alza un árbol alto y sin ramas, una palmera datilera, cuyas hojas serían un precioso lugar de aterrizaje. A su derecha se extiende un canal de riego que atraviesa el campo de un agricultor, donde será bienvenida, pues ayudará a que crezca la cosecha de ese año. También podría depositarse en los escalones de un cercano zigurat dedicado a Ishtar, la divinidad del amor, el sexo, la belleza, la pasión y la guerra, así como de las tormentas. Sería un destino apropiado. Nerviosa, la gota aún no ha elegido dónde posarse, mas no importa; el viento decidirá por ella. Se levanta una súbita ráfaga que transporta la diminuta masa directamente hacia el hombre plantado en una terraza próxima.
Al cabo de un instante el rey siente que algo húmedo le cae en la cabeza y anida en su pelo. Molesto, intenta quitárselo con una mano, pero el ornado tocado se lo impide. Con el ceño un tanto fruncido, mira al cielo una vez más. Justo en el momento en que empieza a llover con ganas, da la espalda a las vistas de la ciudad y se refugia en su palacio.
Camina con altivez por las largas galerías oyendo el eco de sus propios pasos. Los sirvientes se arrodillan ante él sin osar mirarlo a los ojos. A ambos lados, antorchas llameantes tiemblan en sus altos soportes de hierro fundido. Su luz espectral barre los bajorrelieves esculpidos en yeso y pintados con colores vivos que cubren las paredes. En algunas escenas el rey, armado con un arco, lanza flechas aladas para cazar animales salvajes o matar a sus enemigos. En otras guía su carro ceremonial de dos ruedas fustigando a caballos enjaezados con adornos de tres borlas. Y en otras vierte libaciones sobre leones sacrificados: ofrendas a los dioses a cambio de su apoyo y protección. Todas las imágenes reflejan el esplendor del Imperio asirio, la superioridad de los hombres y la magnificencia del emperador. Apenas aparecen mujeres. Entre las excepciones, una escena en la que Asurbanipal y su esposa beben vino y disfrutan de un banquete en un jardín idílico mientras de las ramas de un árbol cercano, entre frutos maduros, cuelga la cabeza cortada de un enemigo de Asiria, el rey elamita Teumman.
Ajeno a la gota de lluvia que aún lleva en el pelo, el rey sigue caminando. Con paso enérgico cruza cámaras de suntuoso mobiliario y llega a una puerta tallada con recargados motivos. Es su lugar favorito del palacio: la biblioteca. No es una simple colección aleatoria de textos, sino su mayor creación, su orgullo, la ambición de toda su vida, un logro de alcance y escala inigualables. Más que cualquiera de sus otras hazañas, más importante aún que sus conquistas militares y sus victorias políticas, este será su legado para las generaciones futuras: un monumento intelectual como nunca se ha visto.
La entrada de la biblioteca está flanqueada por dos estatuas colosales, unas criaturas híbridas, mitad humanas, mitad animales. Los lamassu son espíritus protectores. Esculpidos en sendos bloques de piedra caliza, tienen cabeza de hombre, alas de águila y el cuerpo descomunal de un toro o un león. Dotados de las mejores cualidades de cada una de las tres especies, simbolizan la inteligencia humana, la perspicacia de las aves y la fuerza taurina o leonina. Son los guardianes de puertas que dan acceso a otros reinos.
Casi todos los lamassu del palacio tienen cinco patas, de modo que, vistos de frente, dan la impresión de estar firmes, mientras que contemplados de perfil avanzan con paso rotundo, dispuestos a pisotear incluso a los adversarios más temibles. En esta posición ambos pueden plantar cara a visitantes indeseados y mantener a raya cualquier mal que aceche en las sombras. Aunque no se lo ha dicho a nadie, el rey se siente más seguro y tranquilo teniéndolos cerca, motivo por el cual hace poco encargó a unos artistas que esculpieran otra docena de estatuas. Toda protección es poca.
Con tales pensamientos, Asurbanipal entra en la biblioteca. Sala tras sala, las paredes están forradas de arriba abajo de estantes que albergan miles de tablillas de arcilla colocadas en perfecto orden y organizadas por materias. Proceden de los lugares más diversos, próximos y lejanos. Algunas han sido salvadas del abandono, otras se compraron por una miseria a sus antiguos propietarios, pero buena parte de ellas se consiguieron por la fuerza. Contienen todo género de información, desde acuerdos comerciales hasta remedios medicinales, desde contratos legales hasta planisferios celestes... Y es que el rey sabe que para dominar a las otras culturas es preciso apoderarse no solo de sus tierras, cosechas y bienes, sino también de su imaginario colectivo, de su memoria compartida.
Apretando el paso deja atrás las secciones de la biblioteca dedicadas a augurios, sortilegios, rituales, remedios, maldiciones, invocaciones, lamentos, conjuros, himnos, fábulas, proverbios y elegías recogidos de todos los rincones del imperio. Se abre camino entre la amplia colección de tablillas relativas al uso de las entrañas de los animales sacrificados para adivinar el destino de los humanos y las intrigas de los dioses. Aunque tiene en gran estima la tradición de los arúspices y a menudo manda inmolar ovejas y cabras para que les lean el hígado y la vesícula biliar, hoy no quiere estudiar los auspicios. Se dirige a una apartada sala del fondo, medio oculta tras una cortina gruesa. En esta zona retirada no entra nadie salvo el rey y su primer consejero, un segundo padre para Asurbanipal, su maestro y mentor desde que era niño, un hombre de extraordinaria erudición.
En unas hornacinas abiertas en la entrada de este espacio privado hay lámparas de bronce donde arde aceite de sésamo que arroja volutas de humo. El rey elige una y corre las cortinas tras de sí. En el interior reina un silencio mórbido, como si los estantes hubieran estado conteniendo la respiración, esperándolo.
La gota de lluvia tirita. En la estancia, sin ventanas ni braseros, el frío es tal que teme congelarse y convertirse en cristales de hielo. Dado que hace muy poco que se ha transformado de vapor en líquido, no desea solidificarse todavía, sin haber aprovechado al máximo esta nueva fase de su vida. Pero no tiembla solo por eso. El lugar es inquietante, no pertenece a este mundo ni al otro, es una laguna entre lo terrestre y lo sobrenatural, un sitio a medio camino entre lo que está a la vista y lo que no solo es invisible, sino que además está destinado a permanecer así.
Asurbanipal entra en la sala con movimientos resueltos y diestros. En el centro hay una mesa y, sobre ella, una caja de cedro. El rey deja la lámpara a su lado y la luz esculpe en su cara sombras que acentúan las arrugas de las comisuras de los ojos. Como en un sueño, sus dedos acarician la madera, que todavía desprende el aroma del bosque de donde salió. Como en Mesopotamia apenas crecen coníferas de tan alta calidad, es preciso talarlas en los montes Tauro, tras lo cual se amarran en la cubierta de las embarcaciones que las transportarán por el río Tigris.
La caja contiene un poema. Un fragmento de una epopeya tan antigua y popular que se ha recitado sin cesar una y otra vez a lo largo y ancho de Mesopotamia, Anatolia, Persia y el Levante mediterráneo; una epopeya que pasó de abuelas a nietos mucho antes de que los escribas la copiaran. Es la historia de un héroe llamado Gilgamesh.
Asurbanipal conoce el poema como la palma de su mano. Lo ha estudiado desde que era príncipe heredero. Siendo el tercer hijo del rey, el más joven en la línea de sucesión, no cabía esperar que llegara a reinar. Por eso, mientras que sus hermanos recibieron instrucción en artes marciales, estrategia militar y tácticas diplomáticas, a él se le ofreció una magnífica formación en filosofía, historia, lecanomancia, lenguas y literatura. Al final todos —incluido él mismo— se llevaron una sorpresa cuando su padre lo prefirió como sucesor. Así pues, Asurbanipal ascendió al trono como el soberano más erudito y cultivado que el imperio había conocido. De las numerosas obras escritas que había estudiado desde la infancia, su favorita era y sigue siendo La epopeya de Gilgamesh.
El rey abre la caja, que contiene una única tablilla. A diferencia de las otras que pueblan la biblioteca, esta es de un color vivo: el azul de los ríos inquietos. Las palabras no están grabadas en arcilla marrón rojizo, sino en una placa de lapislázuli, la extraordinaria piedra que los dioses se reservan para sí. La escritura es primorosa, perfecta. El rey toca las incisiones con tanto cuidado y delicadeza que casi las acaricia. Lentamente se sumerge en los versos que ha leído una y otra vez, pero que todavía agitan su corazón como si fuera la primera:
El que vio el Abismo...
Vio lo que era secreto, reveló lo que estaba oculto,
nos trajo un relato de antes del Diluvio.
Unos reyes sienten debilidad por el oro y los rubíes, otros por las sedas y los tapices, y otros por los placeres de la carne. Asurbanipal adora los relatos. Está convencido de que, a fin de triunfar como dirigente, uno no tiene que embarcarse en viajes peligrosos como Gilgamesh. Ni convertirse en un guerrero conquistador musculoso y nervudo. Ni cruzar montañas, desiertos y bosques de los que pocos regresan. Solo necesita un cuento inolvidable que lo presente como héroe.
No obstante, por mucho que ame los relatos, no confía en los narradores, cuya imaginación, incapaz de quedarse quieta en un sitio, como el Tigris en primavera, cambia de curso de manera impredecible y serpentea describiendo curvas cada vez más amplias y revueltas inopinadas, salvaje e indómita hasta el final. Cuando creó esta biblioteca, sabía de la existencia de otras versiones de La epopeya de Gilgamesh. Copiado y recopiado por escribas a lo largo de los siglos, el poema aparecía en nuevas versiones. Asurbanipal envió a sus emisarios en busca de tablillas de todos los confines con la intención de reunir bajo su techo todas las posibles variantes. Confía en haber culminado esa asombrosa empresa. Sin embargo, la tablilla que guarda en la caja de cedro es distinta de las otras de su colección, no solo porque está escrita en una piedra preciosa en vez de en arcilla, sino también porque está manchada por la blasfemia.
El rey acerca el poema a la lámpara para examinar el texto conocido. El escriba que lo ha copiado, fuera quien fuese, ha llevado a cabo su tarea como cabía esperar, con excepción de una nota al final.
Esta es la obra de un aprendiz de escriba,
uno de los muchos bardos, rapsodas y narradores
que pisan la tierra.
Tejemos poemas, canciones y cuentos con cada hálito.
Recuérdanos.
Es muy raro que un escriba añada algo semejante, pero lo más perturbador es la dedicatoria que viene a continuación:
Ahora y siempre,
alabada sea Nisaba
La expresión del rey se endurece cuando lee las últimas palabras. Frunce el ceño y las sienes le palpitan con furia.
Nisaba, la diosa del arte de la narración, es un numen de una época pretérita, un nombre caído en el olvido. Sus días quedaron atrás, aunque en algunas partes remotas del imperio todavía la veneran unas cuantas mujeres ignorantes que se aferran a las viejas tradiciones. Otra deidad la sustituyó hace mucho. Hoy en día todas las tablillas del reino están dedicadas al varonil y poderoso Nabu, no a la etérea y femenina Nisaba. Así debe ser, cree el rey. La escritura es una tarea masculina y exige una figura viril, un patrón, un dios. Nabu se ha convertido en protector oficial de los escribas y en guardián de todo el conocimiento digno de ser preservado. A los alumnos de las escuelas se les enseña a concluir sus tablillas con la inscripción adecuada:
Alabado sea Nabu
Si la tablilla azul fuera antigua, una reliquia del pasado, la nota no sería conflictiva, pero el rey está seguro de que se trata de una pieza actual: la caligrafía es moderna. Con su empeño en venerar a una diosa olvidada y prohibida y desdeñar la autoridad de Nabu —y, por ende, las órdenes del rey—, el escriba que copió ese fragmento de La epopeya de Gilgamesh desobedeció a sabiendas la ley. Asurbanipal podría haber mandado destruir la tablilla, pero no se atrevió. Por eso el objeto transgresor debe mantenerse oculto en esa sala, aislado del resto de la biblioteca, no vaya a ser que las masas incultas lleguen a vislumbrarlo. No todas las palabras escritas están pensadas para los ojos de todos los lectores. Del mismo modo que no todas las palabras pronunciadas tienen que ser oídas por los fisgones. El pueblo no ha de saber jamás de la existencia de la tablilla azul, pues podría descarriarse. La rebelión de un único hombre, si no se frena y se deja impune, puede animar a muchos disidentes.
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Mientras la lluvia sigue cayendo en Nínive, el rey permanece encerrado en su biblioteca, enfrascado en la tablilla azul. Durante un rato se olvida de todo: de las conspiraciones de su hermano mayor en Babilonia para usurparle el trono, de las intrigas en la corte imperial, de las revueltas que hacen estragos dentro y fuera de las fronteras de su reino, en Anatolia, Media, Urartu, Egipto, Siria, Cilicia y Elam... Todo eso puede esperar. Nada debe perturbarlo cuando se abisma en las aventuras de Gilgamesh. Sin embargo, algo inesperado lo importuna hoy.
De la galería llega un súbito alboroto: ruidos estridentes, inquietantes. Con una mano sobre el puño de la daga y la tablilla aún en la otra, Asurbanipal sale como una flecha.
—¿Quién osa molestar al rey?
—Mi señor, mi sol, perdona la intromisión. —El comandante en jefe, hombre de pocas palabras, inclina la cabeza.
Tras él, cuatro soldados arrastran a un individuo vestido con una tela basta manchada de vómitos secos y sangre fresca. Solloza y se lamenta con frases incoherentes bajo la capucha de arpillera que le cubre la cara.
—Habla y justifica esta flagrante transgresión —ordena el rey.
—Mi señor, hemos capturado al traidor que llevábamos tiempo buscando. Ha confesado sus fechorías.
Un soldado quita la capucha al prisionero.
Una sombra de tristeza cruza el semblante de Asurbanipal y se disipa con la misma rapidez con que ha aparecido. Con los ojos entornados como si mirase algo que se alejara rápidamente en la distancia, Asurbanipal mantiene la vista fija en el cautivo, que ha sido su mentor, su maestro, su confidente, a quien ha estado más unido que a su mismísimo padre. Lo han apaleado y torturado de tal modo que tiene la cara deformada y un feo hueco, con pus y sangre resecos, donde antes estaban los dientes. Apenas se tiene en pie.
—Mi noble rey —dice el comandante en jefe—, por los dioses Assur, Ishtar, Shamash y Nabu, el primer consejero es un espía. Era él quien transmitía a tu hermano secretos vitales. Al principio se resistió a reconocer que había tomado partido por el enemigo. Insistió en negar sus delitos, pero le presentamos una prueba incontrovertible y no pudo seguir soltando mentiras.
El comandante rebusca en la bolsa que lleva colgada al hombro y saca una tablilla. Se la muestra al rey. Es una carta que el primer consejero dirigió al hermano de Asurbanipal para jurarle lealtad y ofrecerle apoyo; carta que demuestra sin asomo de duda la magnitud de su traición.
—¿Dónde la habéis encontrado? —pregunta el monarca con un tono tan seco como la madera de deriva.
—Entre las pertenencias de un soldado enemigo apresado cuando cruzaba la frontera. Llevaba consigo el sello del primer consejero y confesó que cumplía órdenes.
Asurbanipal se vuelve lentamente hacia el cautivo.
—¿Cómo has podido?
—Mi rey... —dice con voz ronca el encadenado, cuyo pecho resuena con cada respiración. Tiene el ojo izquierdo tan hinchado que no puede abrirlo, y el derecho, morado e inyectado en sangre, tiembla en la cuenca como un pájaro atrapado—. Recuerda que te trajeron a mí cuando eras tan solo un niño. ¿No fui yo quien te instruyó en la lectura, la escritura y la aritmética? ¿No te enseñé a deleitarte con las canciones y a componer poemas...? Clemencia, por los viejos tiempos...
—¡He dicho que cómo has podido!
El silencio se adensa en el aire.
—Agua... —murmura el cautivo. Suponen que pide que le den de beber, pero a continuación le oyen decir—: Es un regalo de los dioses; nos da vida, alegría y riqueza en abundancia, pero tú, mi señor, la has convertido en un arma mortífera. Ya no quedan peces en el río Ulai: lo has cegado con tantos cadáveres que ha adquirido el color de la lana teñida de rojo. Primero la sequía, luego la hambruna. Mi rey, tus súbditos se mueren de hambre. Las llanuras de Susa están sembradas de muertos y moribundos. He oído que harás lo mismo en Castrum Kefa...
Castrum Kefa, el «Castillo de Roca», la mayor ciudad amurallada, situada al norte de Nínive, junto al Alto Tigris. El rey parpadea al reconocer el nombre.
—¿No era tu padre de una aldea cercana? —pregunta.
—Mi pueblo... Has apostado guardias ante las fuentes para negarles el agua. Has envenenado los pozos. Las familias sacrifican a sus animales y se beben la sangre para saciar la sed. Las madres no tienen leche con que alimentar a sus hijitos. Mi rey, tu crueldad no conoce límites.
El comandante en jefe le asesta un puñetazo bajo las costillas. El cautivo se dobla y escupe sangre. Se endereza con una rapidez sorprendente. Su único ojo abierto se fija en el objeto que el rey tiene en la mano.
—Ah, la tablilla azul..., la pequeña blasfemia —dice con un amago de sonrisa que le levanta una comisura de los labios—. La estudiamos juntos por primera vez cuando mi rey era un joven príncipe. A mi señor siempre le ha gustado. ¿Nuestras lecturas de poemas no te dejaron recuerdos imborrables?
Si Asurbanipal también recuerda las tranquilas tardes de su niñez en que recitaba poesía con su maestro, no lo menciona.
—Gilgamesh... —prosigue el cautivo—. Quiso vencer a la muerte y con ese propósito viajó hasta los confines del mundo..., pero fracasó. No entendió que la única manera de convertirse en inmortal es vivir en el recuerdo una vez muerto, y que la única manera de vivir en el recuerdo es dejar una buena historia. Mi rey, ¿cómo es que has decidido que la tuya sea tan despiadada?
El comandante en jefe se adelanta y espera la orden de matar, pero Asurbanipal levanta la mano para detenerlo. Tras una inclinación de la cabeza, el comandante en jefe pregunta:
—¿Desea mi señor asestar el último golpe?
El cautivo se echa a llorar, un sonido apagado, digno, que surge de lo más profundo de su pecho y que es incapaz de controlar. Los soldados que lo flanquean mueven los pies, impacientes por oír la decisión del monarca.
Pero Asurbanipal no matará a su viejo maestro. Nunca le ha gustado encabezar ataques en campos de batalla. Prefiere organizar masacres, demoliciones, saqueos y violaciones en la seguridad de su trono o, como sucede a menudo, en la quietud de su biblioteca. Ha dirigido el saqueo de grandes urbes y la muerte por inanición de poblaciones enteras, sin dejarles más opción que comerse los cadáveres de sus parientes; ha arrasado ciudades pequeñas, reducido los templos a escombros, esparcido sal sobre campos recién arados; ha desollado a los cabecillas rebeldes, colgado de estacas a sus secuaces y alimentado con su carne a «las aves de los cielos y los peces del mar»; ha atravesado las mandíbulas de sus rivales con cadenas de perro y los ha encerrado en perreras; ha profanado las tumbas de los antepasados de sus enemigos para que ni siquiera los fantasmas duerman en paz. Ha ordenado esas acciones y otras muchas desde su cámara de lectura. No se ensuciará las manos. Al fin y al cabo, es un rey erudito, un sabio que ha estudiado presagios terrestres y celestiales. A diferencia de sus antepasados regios, sabe leer no solo la lengua acadia, sino incluso oscuros textos sumerios imposibles de descifrar para la mayoría. Puede debatir con los oráculos, los sacerdotes y los filósofos. No es un hombre dado a la fuerza bruta y la ira irrefrenable. Es un hombre de ideas e ideales.
Intuyendo las reservas del rey, el comandante en jefe se aclara la garganta y dice:
—Si mi señor me entrega su noble daga o me permite usar mi propio acero, traspasaré el traicionero corazón de este hombre.
—No hay necesidad —responde Asurbanipal—. No derramaremos su sangre.
En ese momento un levísimo soplo de esperanza anima fugazmente las desfiguradas facciones del prisionero.
Asurbanipal no mira a su mentor. Ha clavado los ojos en un bajorrelieve de la pared que se alza detrás del cautivo. Contempla la escena, una cacería en las llanuras de Nínive: a lomos de un caballo al galope, el rey empuña una lanza a punto de atravesar a un león que intenta escapar a su destino. Como movido por un hilo invisible, se encamina hacia el relieve. Una vez allí, saca una antorcha llameante de su soporte y la acerca. Las figuras cobran vida con la luz cambiante: el cazador, la lanza, la presa.
Con la tablilla azul todavía en la otra mano, el monarca vuelve la cabeza y pasa la antorcha a su comandante en jefe. Con una voz que impone obediencia, pronuncia una sola palabra:
—¡Quemadlo!
El rostro del comandante en jefe pierde el color. Titubea, pero solo un instante.
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Un hombre en llamas corre por las galerías del palacio del norte de Nínive. Mientras su cuerpo rebota en los murales que decoran las paredes, sus gritos, estridentes y desgarradores, resuenan en los pasillos y reverberan en los altos techos abovedados provocando escalofríos a los sirvientes. Sus chillidos desesperados escapan por las grandiosas puertas y llegan hasta los campos donde crecen en abundancia trigo y cebada, y hasta las calas de arena donde los botes de pesca descargan su captura diaria. Alteradas por los aterradores alaridos, las gaviotas que hace un rato se habían sumido en el silencio alzan el vuelo y planean sobre la ciudad en círculos aturullados.
Si el cautivo logra alcanzar las orillas del Khosr, un afluente del Tigris que serpentea por el centro de la ciudad, o la cercana puerta de Mashki, repleta de aguadores, es posible que se salve, pero, mientras corre tambaleante de un lado a otro dentro de su creciente infierno, se estrella contra un lamassu que protege la biblioteca real. Se estampa contra la pezuña anterior derecha y el fuego lo devora con una furia creciente.
En el pasado los poemas y los relatos dieron alegría a su vida, pues la lectura formaba parte de su ser en la misma medida que el instinto de respirar. Nada le procuraba más placer que instruir al joven príncipe, reclinarse con él sobre gruesos almohadones para conversar de literatura, leer La epopeya de Gilgamesh y maravillarse de las bellezas del mundo. ¿Acaso convirtió en un monstruo al niño de voz dulce y sonrisa amable, o el monstruo habitaba en el niño desde el principio? Nunca lo sabrá. Todo su cuerpo es un horno que abrasa las palabras hasta transformarlas en pavesas y reduce a ceniza todos los versos que ha estudiado.
Esta tarde, mientras Asurbanipal —el dirigente del imperio más rico del mundo, el último de los grandes soberanos del reino de Asiria, el tercer hijo varón de Asarhadón pero el elegido como heredero al trono, el predilecto de su padre, el mecenas y creador de una espléndida biblioteca que cambiará el curso de la historia— prende fuego a quien fue su maestro y quema con él sus recuerdos de la infancia, la gota de lluvia sigue cobijada en su pelo. Sola, pequeña y espantada, no osa moverse. Jamás olvidará lo que ha presenciado hoy. La ha cambiado... para siempre. En su forma elemental quedará una huella de este instante incluso muchos siglos después.
Se evaporará poco a poco a medida que las ondas de calor se eleven en el aire, mas no desaparecerá. Tarde o temprano esta minúscula bolita traslúcida de agua ascenderá al cielo azul. Una vez allí, esperará a que llegue su momento de regresar a esta atribulada tierra otra vez... y otra más.
El agua recuerda.
Son los humanos quienes olvidan.
H2O
El agua, la sustancia más extraña, el gran misterio.
Con un átomo de hidrógeno en cada punta de la base, ambos unidos a uno de oxígeno en el centro, es una molécula angular, no lineal. Si fuera lineal, no habría vida en la tierra... ni historias que contar.
Tres átomos se unen para formar agua: H–O–H.
Tres personajes confluyen a través de las fronteras del tiempo y el espacio, y juntos crean esta historia...
—O—
Arthur
A orillas del Támesis, 1840
El invierno llega pronto a Londres este año y, una vez que se presenta, se niega a marcharse. Las primeras neviscas caen en octubre, con temperaturas que descienden día tras día. El liquen que se cría en las paredes, el musgo que envuelve las piedras y los helechos que brotan de las grietas se cubren de escarcha que destella como agujas de plata. Preparadas para la época de frío, las orugas y las ranas permiten gentilmente que su cuerpo se congele, conformes con no deshelarse hasta la primavera siguiente. Apenas salen de los labios, plegarias y blasfemias se convierten en carámbanos que penden de las ramas peladas de los árboles. A veces tintinean con el viento: un tenue cascabeleo aislado. Sin embargo, pese al tiempo glacial, el Támesis no se solidifica como décadas atrás, cuando se convertía en una lámina de hielo tan dura que hacían caminar por encima, solo por diversión, a un elefante y se jugaban partidos de hockey de una orilla a la otra. Esta vez solo se han helado los márgenes, de modo que el agua sigue corriendo entre dos franjas de cristales blancos.
Que el día sea frío o cálido, ventoso o calmo poco influye en el olor que despide el río. Fuerte, acre y repugnante. Un hedor que se mete en los poros, se pega a la piel, penetra en los pulmones. El Támesis —«Tamesis», «Tems», «Tamasa», «el oscuro»—, antaño conocido por su agua fresca y su buen salmón, hoy tiene un color marrón turbio y sucio. Contaminado por los vertidos industriales, la basura en descomposición, los productos químicos de las fábricas, los cuerpos de animales muertos, los cadáveres humanos y las aguas residuales sin depurar, jamás en su larga vida había estado tan descuidado ni se había sentido tan solo y poco querido.
Un manto de polvo, hollín y ceniza flota sobre los campanarios, chapiteles y tejados de Londres, la ciudad más poblada del mundo. Todas las semanas una nueva oleada de personas llega con sus hatos llenos de sueños mientras las chimeneas arrojan más pesadillas al cielo. A medida que la capital crece y se expande más allá de sus límites, sus desechos, excrementos y desperdicios escapan por las rendijas como el relleno que se sale de un cojín viejo. Lo que no se quiere se tira al río. El bagazo de cerveza, la pulpa de las papeleras, las vísceras de los mataderos, las virutas de las curtidurías, los vertidos de las destilerías, los restos de los talleres de tintorería, los excrementos humanos de los pozos negros y el desagüe de los inodoros (nuevos inventos de los que disfrutan los ricos y privilegiados), todo va a parar al Támesis y mata los peces, mata las plantas acuáticas, mata el agua.
No obstante, el río da, y nadie lo sabe mejor que los llamados toshers. Incansables, hurgan y rebuscan en sus orillas. Con paciencia y determinación caminan kilómetros y kilómetros por el fétido lodo. Unas veces recorren el laberinto de alcantarillas que cruzan la ciudad escarbando en los arroyos de aguas residuales; otras, remueven los depósitos fluviales y rastrean a fondo las riberas. Exploradores de un mundo líquido, buscan objetos de valor tanto encima como debajo del suelo.
Suelen ponerse a trabajar cuando la marea baja y el viento amaina, de modo que la superficie del río es opaca y lisa como un espejo deslustrado que ya no refleja la luz. Siempre encuentran algo de valor oculto en los brazos de aguas turbias —pedazos de metal, monedas de cobre, cubiertos de plata y, de vez en cuando, un broche de cristal o un pendiente de perlas—, bienes preciados que cayeron por descuido en las calles y los parques londinenses y luego, tras verse arrastrados hacia las cunetas, emprendieron un camino largo y hediondo hasta las ondas del Támesis. Algunos de esos objetos seguirán viaje hacia Oxford y más lejos, mientras que otros permanecerán atrapados en el barro, enterrados bajo el espeso y resbaladizo légamo. Es imposible prever qué ofrecerá el río cada vez, pero se puede tener la tranquilidad de que no despachará a nadie con las manos vacías. Un tosher industrioso puede ganar hasta seis chelines al día.
No es solo una tarea asquerosa e inmunda, sino que además está erizada de peligros, sobre todo en el interior de los túneles del alcantarillado. Siempre es más sensato trabajar en grupo, pues resulta fácil perderse en los intrincados pasadizos subterráneos de Londres y no volver a salir. Además, los toshers corren el riesgo de que, mientras avanzan a tientas ahí abajo, se abra sin previo aviso una esclusa que dé paso a una inundación repentina de los desaguaderos y, si no tienen nada a lo que aferrarse o nadie que los agarre por el cuello, es posible que el torrente los arrastre y mueran ahogados, con los pulmones llenos de excrementos. Cabe igualmente la posibilidad de que den con una bolsa de gas que haya ido acumulándose bajo las capas de desechos, un encuentro de lo más desgraciado que puede provocar una explosión, como si se quemara pólvora, y enviarlos a una muerte instantánea o, peor aún, a una vida con lesiones dolorosísimas. El río quita. Nadie lo sabe mejor que los toshers.
En esa gélida mañana de finales de noviembre, una cuadrilla de ocho camina con dificultad por la orilla de Chelsea, en la ribera septentrional del Támesis, chapoteando con las botas en el cieno. Empuñan largos palos que clavan una y otra vez en el lodo para averiguar si hay algo útil enterrado. Las linternas atadas a sus pechos pintan cintas doradas ante ellos y dan a sus rostros una palidez fantasmal. Llevan la boca tapada con una bufanda enrollada para evitar los nocivos olores —no es que ayude mucho—, holgados abrigos de pana con bolsillos enormes y guantes gruesos para protegerse de la suciedad..., y de los ataques de las ratas, algunas del tamaño de un gato. Pero la última del grupo, una joven de sonrisa tímida y mejillas salpicadas de pecas, solo ha podido cubrirse con el abrigo la mitad de su abultado vientre. Aunque en avanzado estado de gestación, necesita trabajar. Además, la comadrona le ha asegurado que el bebé no nacerá hasta al menos dentro de otro mes.
La cuadrilla se acerca a un recodo del río donde un roble extiende sus ramas por encima del agua, casi postrado en el suelo. Mientras los otros escarban en el fango, la muchacha se detiene para recuperar el aliento. Se enjuga la frente, perlada de sudor pese al viento cortante.
Recorre con la mirada los surcos y las estrías de la corteza del roble. Qué raro que un árbol se retuerza de ese modo, como si tuviera una conversación íntima con el Támesis. ¿De qué podrían estar chismorreando? El pensamiento le arranca una sonrisa. Mientras reflexiona sobre ello, la atraviesa una punzada. Aguda, inesperada. Se le acelera el corazón, pero intenta no pensar en el dolor. De momento hoy la suerte no la ha acompañado; solo ha encontrado un anillo pequeño, de cuyo valor no podrá estar segura hasta que le limpie la mugre y lo lleve a un prestamista. De todos modos, se lo ha puesto, temerosa de perder su único tesoro.
Otro espasmo, este tan fuerte que casi la deja sin respiración. Sale del agua arrastrando los pies y camina fatigosamente hacia el árbol. El pecho le sube y le baja mientras se apoya en el tronco, agradecida de su insólita forma. La punzante contracción remite, pero regresa al poco con mayor intensidad aún. Se aprieta el vientre con la mano, incapaz de reprimir un sonoro gemido.
—¡Oh, Dios mío!
Otra tosher, una anciana bajita y robusta con bolsas azul traslúcido bajo los ojos, corre a su lado.
—¿Qué tienes, Arabella? ¿Estás bien?
—El niño... ¿Crees que ya viene? ¿No es demasiado pronto?
Ambas miran alrededor, una presa del pánico, la otra con disimulada preocupación.
Seguro que no, ahí no. Ninguna criatura querría nacer en un lugar húmedo y apestoso como ese, al lado de un río lleno de desechos y aguas residuales.
—¿Mando avisar a tu marido, cariño? —pregunta la anciana bajando la voz, pues ya intuye la respuesta.
Arabella vive en un barrio bajo no lejos de allí, en una parte de Chelsea conocida como el World’s End, el Fin del Mundo, con un carpintero tan bueno en su oficio que una vez el palacio de Buckingham le encargó que fabricara una cómoda para la realeza, aunque hoy en día, debido a su afición a la bebida, las manos le tiemblan tanto que apenas trabaja ya.
—¿Mi marido? —repite Arabella—. Hace semanas que no lo veo.
—De acuerdo, entonces nos apañaremos nosotras solas —dice la anciana intentando que la tristeza no se refleje en su voz—. Primero te llevaremos a casa y te pondremos cómoda, mocita.
Arabella asiente con la cabeza, pero su respiración es cada vez más anhelosa y superficial. Cuando intenta incorporarse, se tambalea y pierde el equilibrio por un instante. El rostro se le contrae más por el susto que de dolor. Un líquido cálido le chorrea por las piernas. Horrorizada, mira el charco que se ha formado a sus pies.
—Oh, Dios mío, oh, santo cielo..., ¡es demasiado pronto!
Los otros toshers han dejado de trabajar y la observan desde el borde del río. Uno grita por encima del ruido de la corriente:
—¡Eh! ¿Todo bien?
A lo que la anciana responde negando con un rápido movimiento de la cabeza.
—Estamos en un aprieto. Que Dios nos ayude.
—¿Qué farfullas?
—Digo que sería mejor que salieras de ahí y vinieras a echar una mano. ¡Corred, venid todos! ¡Ha roto aguas!
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Los toshers que se apresuran a ayudar y extienden caritativamente sus abrigos sobre la orilla lodosa del Támesis ignoran que en ese mismo instante otra mujer encinta de su primer hijo se ha puesto de parto en Londres. La reina Victoria, con solo veintiún años, tiene contracciones en una acogedora alcoba del palacio de Buckingham. Es un secreto a voces que Su Majestad detesta estar embarazada. Quejosa por tener que renunciar a los bailes y la equitación, no ve el momento de dejar atrás esa delicada fase de su vida. La joven monarca, a quien su esposo se dirige con el apelativo cariñoso de «Buena Mujercita», espera dar hoy a luz un varón, un heredero, a fin de terminar de una vez para siempre con los alumbramientos. Tiene al lado al príncipe Alberto, que le coge la mano y le murmura palabras de consuelo hasta que se une a los ministros del Gabinete, que esperan fuera. En un rincón está la cuna —de caoba de la mejor calidad y acolchada con seda verde esmeralda—, en forma de concha marina. La referencia naval es perfecta para el primogénito de la Reina de los Mares, reflejo de la gloria y el esplendor de Inglaterra, cuyo símbolo, la rosa blanca, está bordado en la colcha.
Cuando, tras unas horas atroces, nace la criatura regia, el médico esboza una sonrisa de pesar.
—Ay, majestad, es una niña.
La reina, aunque igualmente consternada, levanta una mano exánime.
—No importa. El próximo será un príncipe.
Por suerte, tiene una legión de niñeras entre las que escoger, todas con excelentes referencias.
Cuando, tras unas horas atroces, nace la criatura del río, una tosher grita alborozada:
—¡Gracias a Dios, Arabella, es un niño!
La joven madre se incorpora apoyándose en los codos y estira el cuello para mirar a su hijo. Los minúsculos deditos de las manos, los rosados deditos de los pies, las redondas mejillas: el recién nacido es hermoso. La muchacha rompe a llorar. ¿Qué posibilidades tendrá ese ser dulce e inocente en un mundo lleno de pecado, aflicción y sufrimiento?
—Anímate, mocita. ¿Qué es lo que te preocupa tanto, eh? —la reprende la anciana—. Tendrías que sentirte orgullosa: el niño está vivo y sano.
Pero Arabella llora tan desconsoladamente que apenas puede hablar.
—Vamos, vamos, estarás bien. Dinos, ¿qué nombre quieres ponerle? —le pregunta la anciana.
No hay respuesta.
Entonces los otros toshers, serviciales, meten baza.
—Ponle Támesis. Le viene que ni pintiparado —propone uno.
—Sí, y así de mayor será el Padre Támesis.
—Y si vive lo suficiente, algún día será el Abuelo Támesis.
—¿Qué tal Thomas? Se parece bastante a Támesis.
—Quia, ponle un nombre corriente, como Jack —interviene otro—. Yo he sido Jack, un hombre sencillo y trabajador, toda mi vida; no está tan mal.
—¡A mí me parece bastante malo!
—¿Y qué tal Albert? —apunta alguien—. Es lo bastante bueno para el marido de la reina, así que seguro que es lo bastante bueno para el chiquitín.
—¡Cierra el pico! Qué sandeces dices. —Es la anciana quien protesta ahora—. Un cagueta y un gallina, ¡eso es el príncipe Alberto, con todas sus ñoñerías! Si ni siquiera se declaró a Victoria, ¿no os acordáis? Fue ella quien le pidió matrimonio a él. No es el mejor marido para nuestra reina. ¡Ni siquiera sería bueno para mí!
Todos se ríen y se mofan, hasta que la vocecilla de Arabella se abre paso entre el griterío.
—¡Tiradlo al río!
Alguien ríe a carcajadas al suponer que se trata de otra broma sobre la realeza, cuya vida no puede diferir más de la de los toshers, pero el resto calla. El desasosiego se adensa en el aire mientras asimilan lo que esas palabras implican. Los toshers intercambian miradas culpables, como si por el mero hecho de haber oído algo tan espantoso hubieran pasado a formar parte de algo viciado e incomprensible.
La anciana rompe el silencio preguntando en un susurro:
—¿Qué dices, mocita?
—Arrojad el niño al agua. No puedo ocuparme de él. Que el Támesis cuide de mi hijo.
—¡Calla! Es pecado decir eso.
La joven madre se cubre el rostro con las manos y deja escapar un grito ahogado, gutural. No da crédito a lo que está a punto de decir, pero es incapaz de impedir que las palabras salgan a borbotones.
—No puedo quedarme con el pequeñín. A duras penas logro reunir los peniques necesarios para comprar mi propia comida. Paso hambre casi todos los días. Mi marido... no sirve para nada, ¡se junta con los de la peor calaña! Está siempre enfadado, siempre borracho, siempre mano sobre mano. Cuando pierde el conocimiento es una bendición. ¿Creéis que un hombre que pega a su mujer no va a hacer daño a su hijo? Mi pobre criaturita...
La anciana levanta el mentón y niega con la cabeza.
—Escúchame bien, mocita.
—No entiendes que...
—Sí, lo he entendido todo, y te digo que este niño alegrará tu vida, ¿me oyes? Lo presiento. Tú le das un poco de comida y un pedacito de amor, y él te devolverá mucho más. Aligerará tu carga y te llenará de orgullo. Ya lo verás: todo irá bien.
Arabella llora ahora a pleno pulmón. Sus hombros se agitan con cada sollozo y los dientes le castañetean por el frío y la desazón.
La vieja suspira. Ha oído a algunas comadronas quejarse de un mal misterioso llamado «locura puerperal». Dicen que ataca a las mujeres que acaban de ser madres y les roba el juicio y las sume en una desesperación tan profunda que no logran salir de ella. Sabe que para tratarla se necesitan purgantes, ventosas, sangrías y muchos opiáceos.
Se vuelve hacia los demás y les pregunta en voz baja:
—¿Alguno de vosotros tiene algo para levantarle el ánimo? La pobrecita está alicaída.
—Sí, dale un poco de esto —responde un hombre sacando un frasco de color marrón lodoso.
Láudano. Además de ayudar a calmar los nervios y aplacar el dolor, dicen que alivia los problemas femeninos. Aunque de sabor sumamente amargo, su olor es dulce e intenso, pues se elabora con canela, azafrán, alcohol y extracto de opio de semillas de adormidera.
Exhortan a Arabella a tomar un sorbo, y luego otro más por si acaso. Ella obedece. La cabeza le cae sobre el pecho, los brazos se le desmadejan. Exhausta y angustiada, la joven madre no tarda en precipitarse en un profundo sueño sin sueños.
Ahora los toshers se ven en un brete imprevisto. Con el padre no se sabe dónde y la madre medio aletargada, medio loca, ¿quién pondrá nombre al niño? El asunto no puede posponerse. Están demasiado cerca del río, lo que es un peligro. Desde tiempos inmemoriales los remolinos del Támesis albergan fantasmas, demonios necrófagos y otros seres horripilantes. Los espíritus diabólicos que flotan sobre las aguas a la caza de almas vulnerables pueden abatirse en cualquier momento sobre el recién nacido y llevárselo. Y si los espíritus optan por una actitud benévola, con toda probabilidad el espectro de William Kidd aparecerá de manera inopinada. Todo el mundo sabe que el infame pirata arde de rabia desde que lo ahorcaron encadenado y embadurnado de brea y dejaron pudrir su cuerpo durante tres años. Aunque ha transcurrido más de un siglo desde su ejecución pública, su furia no ha remitido, de modo que todavía ronda por esas orillas.
Dada la gravedad de la situación, los toshers concluyen que la tarea ha de recaer en ellos. La anciana aúpa al recién nacido y escudriña sus ojos azul grisáceo. Curiosamente, el niño le sostiene la mirada. Desde que ha llegado al mundo no ha llorado ni una sola vez.
—¡Eres una pulguita chiquita y muy rara!
—¿Por qué no lo llamamos así? —propone alguien—. Es un buen nombre. Pulguita será el primero y Chiquita el segundo. ¡Ya está!
—Quia, eso no sirve.
La anciana considera que el desventurado niño, falto de un padre cariñoso y una madre equilibrada, y con la desdicha de haber nacido al lado de un torrente de aguas residuales y excrementos, merece que le echen una mano. Están obligados a otorgarle un nombre augusto, un aliciente que le ayude a lidiar con las dificultades de la vida y no lo hunda aún más. Así pues, tras reflexionar un poco sobre el asunto, anuncia:
—Creo que debería ser audaz e impresionante. Sí, eso es, un nombre digno de un noble.
—¿Por qué no lo llamamos Su Majestad?
—¿Su Alteza Serenísima?
—¿Excelentísima Eminencia?
—¿Y qué tal Rey?
—Rey es bonito —opina la anciana. El rostro se le ilumina al ocurrírsele una idea—. ¡Rey Arturo sería aún mejor!
—Sí, ¡Rey Arturo, eso es!
—¡Alabado sea!
—¡Gloria a Dios!
—¿Como el Rey Arturo de la Espada en la Piedra?
—Diría que más bien como el Rey Arturo de las Cloacas.
—Y... y los Suburbios.
—Decidido está —declara el hombre que ha sacado el láudano.
Para brindar, da un tiento a la botella de ginebra que guarda bajo el abrigo y, tras limpiarse los labios, se la pasa a los demás.
—¡El Rey Arturo de las Cloacas y los Suburbios!
Y así es como algún día llegará a conocerse al niño nacido en Chelsea, en un recóndito paraje ribereño, al abrigo de las ramas bajas de un roble. Es un hijo del río y lo será toda su vida.
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Colocan al recién nacido sobre el pecho de su madre, pese a que ella sigue profundamente dormida. Bajo la mirada de todos, Arthur mama despacio, como por cortesía. Sobre un montón de abrigos extendidos sobre la tierra fría y fangosa, sin una cuna que lo cobije ni un techo que lo proteja, hace un puchero, pero no llora. Al contrario, se queda muy quieto, atento a los sonidos. Un hilillo de leche le resbala por una comisura de la boca.
Empieza a nevar de nuevo. Frenéticos remolinos de copos descienden del cielo en largas curvas inclinadas y relucen luminiscentes contra la luz mortecina. Al acercarse a la tierra adquieren un matiz azulado y giran en círculos que no se superponen ni les provocan mareos. Bailan con ánimo juguetón, como si invocaran a las almas errantes. El niño, que los observa con los ojos como platos, sonríe embelesado por la belleza de este mundo.
Al cabo de unos segundos uno de los copos piruetea con el viento en su veloz descenso hacia el suelo. Agua en su forma sólida. Una perla ingrávida formada en las profundidades de una inmensa concha celeste. ¿Es posible crear todo un universo a partir de algo tan pequeño y liviano?
Una vez, en un país muy lejano, ese copo de nieve fue una gota de agua. Atravesó un palacio suntuoso con una magnífica biblioteca y contempló jardines exquisitos, fuentes fabulosas y crueldades indescriptibles. Guarda dentro los recuerdos de sus vidas anteriores. Lleva impresa el aura de un rey asirio, como una huella invisible. Delicadamente desciende sobre la carita del recién nacido y cae entre sus labios abiertos.
En ese momento el niño siente en la lengua algo frío, quebradizo, un tanto metálico y muy muy estimulante. Junta los dedos y se mete el puño en la boca con la intención de atrapar esa maravilla..., y no lo consigue. Entonces llora por primera vez. Es su primer desengaño en la vida, su primera pena: no ser capaz de apoderarse de algo hermoso que lo ha acariciado un segundo e, igual de repentinamente, se ha derretido.
Una gota de leche, un copo de nieve. Los dos se mezclarán en su boca, y también en los recovecos más recónditos de su memoria. Algún día, cuando sea mucho mayor, alguien que nunca ha visto la nieve le preguntará qué sabor tiene y él, sin pensárselo ni un instante, responderá: «Sabe igual que la leche materna».
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El Rey Arturo de las Cloacas y los Suburbios no olvidará su nacimiento. Lo recordará con excepcional claridad y asombroso detalle: el estruendo del flujo de aguas residuales, la corteza de un roble torcido, la aspereza de los abrigos extendidos bajo su cuerpo, con los bordes deshilachados y roídos por las ratas y los ratones, la cascada de guedejas doradas sobre el hombro de la mujer que lo trajo al mundo pero que quería arrojarlo al Támesis, y, por encima de todo, la sensación de los cristales de hielo al disolverse en su lengua... Recuerdos fragmentarios que logrará ensamblar por muchos años que transcurran y por más dolorosa que sea la evocación. Porque este niño nacido el mismo día que la primogénita de la reina Victoria, y a quien una pandilla de toshers pone el nombre de un héroe legendario, es una criatura muy peculiar.
Arthur Smyth está dotado de una memoria —visual, verbal y sensorial— extraordinaria. Del mismo modo que una gota de lluvia o un pedazo de granizo, agua en cualquiera de sus formas, siempre recuerda, él nunca olvidará. Retendrá para siempre cuanto vea, oiga o perciba, aunque sea solo una vez. Una facultad prodigiosa, afirmarán muchos. Un regalo de Dios, se apresurarán a añadir otros. Pero también una terrible maldición, como no tardará en descubrir.
H—
Narin
A orillas del Tigris, 2014
En el sudeste de Turquía, una tarde de finales de primavera, bajo el dosel de un cielo azul diáfano, un grupo de yazidíes, ancianos en su mayoría, se reúne en la ribera del Tigris. Forman un semicírculo frente a una niña con un vestido blanco. Van a bautizarla con agua sagrada traída del valle de Lalish, en Irak.
La niña se llama Narin. Con nueve años cumplidos ese mes, es una chiquilla de rasgos delicados: frente ancha, nariz recta y cejas arqueadas sobre unos ojazos de color verde salvia que brillan de manera asombrosa. Mientras oye al jeque rezar por ella, repara en un pájaro que desciende en picado y se precipita hacia los arbustos, pero ignora de qué especie es. Mira a su abuela, que aguarda orgullosa a su lado. La anciana lo sabe todo sobre las aves y es capaz de imitar con absoluta precisión el canto de cientos de ellas, pero ese no es un buen momento para preguntarle. Narin centra de nuevo la atención en la ceremonia y espera en silencio, respetuosa. No vuelve a levantar la vista hasta que le rocían la frente con el agua bendita.
La primera gota le cae en una ceja y se desliza con dulzura hasta reposar en las pestañas, densas y rectas, de puntas broncíneas por el sol. Narin la retira y sonríe.
—Cordero de fe —dice el jeque—. Bendito sea por siempre tu camino.
La borra de los algodoncillos que crecen a sus pies tiembla con el repentino viento que sopla del río. En el silencio que los envuelve, Narin oye hablar a su abuela, cuya voz tintinea con un tierno eco.
—Cordero de fe, dilê min.
Dilê min, «corazón mío». Así expresa su cariño la abuela, convirtiendo su cuerpo en una anatomía del amor. Cuando echa de menos a Narin, dice: «Ven a sentarte conmigo, recodo de mi hígado»; cuando quiere levantarle la moral, dice: «Anímate, pulso de mi cuello»; cuando le prepara sus platos favoritos, dice: «Cómetelo todo, luz de mis ojos; si tienes la tripita llena, la mía se pone contenta», y cuando desea advertirle de que cada infortunio oculta una bendición, dice: «No olvides, alma mía, que si Dios cierra una puerta, abre otra. Por eso no debes desesperar nunca, aire de mis pulmones». Corazón, hígado, estómago, pulmones, cuello, ojos, alma... Es como si el amor, por su naturaleza fluida, por su fuerza fluvial, consistiera en la fusión de los límites, hasta el punto de que una persona ya no sabe dónde acaba su ser y comienza el de otra.
—Que la vida se porte bien contigo, niña, y que cuando no sea así salgas más fuerte —recita el jeque.
La segunda gota cae en el cuello del vestido de Narin; una pálida sombra redonda se forma en la tela blanca, como el centro de una ipomoea alba.
Mientras pasa el peso del cuerpo de un pie al otro, la niña mira inquieta alrededor esperando a medias que el mundo haya cambiado de algún modo ahora que la ceremonia casi ha concluido. Pero lo encuentra todo igual: las zarzas que se le enganchan en el dobladillo del vestido, las rocas escarpadas junto a la orilla, los trozos de hierba abrasada por el sol que se abren paso entre los guijarros, el olor a fango que despiden los sedimentos del río y persiste en sus fosas nasales... Todo sigue igual. Lo mismo ocurre con el semblante de los adultos, contentos y al mismo tiempo preocupados por ella. Los mayores no saben disimular la inquietud, aunque sorprende que se les dé tan bien ocultar la alegría y la curiosidad. En cambio, con los niños sucede lo contrario. Diplomáticamente silencian la angustia y esconden la pena, pero les costará no manifestar su entusiasmo. Eso significa hacerse mayor, en una definición simple: aprender a reprimir las expresiones de felicidad y regocijo.
A Narin se le da bien guardarse para sí sus preocupaciones, y eso que tiene muchas. Hoy está disgustada porque su padre no ha podido asistir a su bautismo. Como es un músico muy popular y solicitado, que toca el qanun en bodas y ceremonias de circuncisión a lo largo y ancho de la región, a menudo no le queda más remedio que embarcarse en giras de varios días. Viaja mucho no solo por Turquía, sino también por Irak, Líbano y Siria, y siempre regresa con anécdotas divertidas que contar. Luego vuelve a marcharse. Narin entiende que, por mucho que la quiera, su padre no puede quedarse demasiado tiempo en un sitio. La gente dice que actúa así desde que perdió al amor de su vida: la puerta de la vida se abrió para Narin la misma tarde, a la misma hora, en que se cerró para su madre. Desde entonces, pese a los intentos de buscarle pareja, el hombre se niega a volver a casarse y la abuela cría a la niña.
La abuela lo es todo para ella.
—Que esta agua consagrada traiga bondad y benevolencia a tu vida, y te proteja de las adversidades. —El jeque levanta la mano, a punto de echar la tercera y última gota—. Que...
Un retumbo ensordecedor, como salido de las entrañas de la tierra, ahoga las últimas invocaciones. Sobresaltados, todos se giran en la misma dirección.
Un buldócer. Un gigante mecánico de color amarillo sucio que empieza a salpicar barro. Después de que su motor cobre vida con un rugido, se pone en movimiento al otro lado del claro vomitando nubes de humo negro al aire limpio. Entre chirridos y gruñidos se dirige hacia ellos haciendo temblar el suelo, con su voluminosa pala en alto, lista para atacar.
Últimamente están por todas partes. Desde que el Gobierno turco decidió construir una presa de gran envergadura en esta zona, las inmensas llanuras del Tigris se han llenado de un ruido insoportable e incesante: el de los trabajadores que martillean, detonan, taladran, barrenan, templan metales y talan árboles. Es una operación polémica, a la que se oponen por igual ecologistas y agricultores de la región. Empresas extranjeras, interesadas al principio por el lucrativo proyecto, han retirado su apoyo ante la inquietud por los derechos humanos, el patrimonio cultural y la destrucción del medio ambiente. Aun así, las obras no se han paralizado. Todas las mañanas, a lo largo de la orilla, excavadoras, volquetes y buldóceres retumban arrastrando montones de basalto, arcilla y caliza para crear los cimientos de lo que algún día será la mayor central hidroeléctrica del país.
Una vez que la presa de Ilisu esté acabada, se habrán visto desplazadas unas ochenta mil personas y se habrán evacuado más de doscientos pueblos y cuarenta aldeas. Cuando comenzaron las obras, obligaron a los campesinos, kurdos en su mayoría, a abandonar sus casas y les expropiaron los campos y los huertos, lo que los sumió en la desesperación. El Gobierno les ingresó en el banco una suma simbólica a cambio de las tierras confiscadas. Muchas familias, como la de Narin, no han tocado el dinero, pues se niegan a aceptar semejante trato miserable. Algunos planean demandar a las autoridades, pero la población de la zona es pobre y el Estado, demasiado poderoso. Los juicios duran años y años, y no siempre terminan a favor del demandante. Sea como sea, la construcción sigue adelante.
Hasankeyf, un asentamiento antiguo a orillas del Tigris, en el pasado conocido como Castrum Kefa, el «Castillo de Roca», acabará anegado en cuanto el nivel del agua ascienda a sesenta metros. Sus peñas calizas y sus cuevas creadas por el hombre, sus inexplorados lugares históricos y sus insondables secretos desaparecerán bajo un lago artificial. Una presa destinada a durar cincuenta años (la esperanza de vida de una mula) borrará una historia de doce mil. La región, que alberga iglesias, capillas, mezquitas, monasterios, sinagogas y santuarios, ya ha perdido buena parte de su patrimonio. La mayoría de la población local emigró a las ciudades, próximas y lejanas, donde se los tragaron las corrientes de la vida urbana y se desvincularon de las tradiciones que siempre los habían sustentado. En general los viejos se quedaron y pospusieron su marcha hasta el ultimísimo momento; fue a quienes más les costó despedirse de sus recuerdos.
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El buldócer se detiene delante del grupo, apenas a unos centímetros de Narin. El conductor, que gasta un bigote caído, tira de la palanca del freno y se asoma por la ventanilla.
—¿Qué hacéis reunidos aquí? ¡Largo! Órdenes del Gobierno.
—Efendi, estamos a punto de acabar —dice el jeque—. Le agradeceríamos que tuviera la amabilidad de esperar unos minutos.
—¿Acabar qué? —pregunta el otro con una expresión de recelo—. ¿Qué estáis haciendo aquí?
El jeque frunce los labios, reacio a contar al desconocido que están en mitad de una ceremonia de bautismo.
—Vivimos aquí —se limita a responder.
—Pero no por mucho tiempo. ¿Por qué no os habéis ido aún? Tenéis órdenes de marcharos a las ciudades. El proyecto irá más deprisa si no hay gente a la vista. Nos estáis retrasando.
La anciana avanza un paso y cruza los brazos.
—¿No puedes ir a excavar allá, hijo?
—¡No, no puedo! Hoy me apetece trabajar aquí —replica el hombre, enfadado al ver que una mujer le planta cara.
—¿No da igual dónde empieces? —insiste la anciana. La posición de su mandíbula refleja determinación—. A fin de cuentas, vais a cavar toda la zona.
—No pienso moverme, mujer. Será mejor que os vayáis, largo todos, o presentaré una queja diciendo que habéis impedido a un funcionario hacer su trabajo. Entonces sí que tendréis problemas.
Sin esperar respuesta, el hombre mete la cabeza en el vehículo. Cuando se dispone a arrancar el motor, susurra algo para el cuello de la camisa, tan bajito que nadie lo oye, pero Narin, que está a su lado, le lee los labios.
—¡Asquerosos adoradores del diablo hijos de puta!
Un segundo después el rugido del vehículo vibra en el aire, un ruido que se impone tras la calma inicial.
Durante unos instantes de desconcierto el grupo, que continúa plantado en el sitio, observa cómo el buldócer remueve la tierra y extrae de la ribera del Tigris materia de aluvión agitando los huesos de animales antediluvianos y piedras durmientes que han contemplado miles de años de la historia de Mesopotamia. El vehículo va de aquí para allá, atrapa entre sus fauces tubérculos que cuelgan como monstruosos dientes arrancados, y desentierra las raíces de árboles talados hace mucho.
—Apartémonos un poco —indica el jeque por encima del estrépito—. No queremos problemas.
Lo siguen en silencio río arriba, en fila india y arrastrando los pies, en busca de un sitio donde el ruido no sea tan intenso.
—¿Qué tal aquí? —propone señalando un claro—. Parece un buen lugar.
Forman de nuevo un semicírculo sin dejar de sentir la mirada colérica del conductor del buldócer, que escudriña cada uno de sus movimientos a través de la ventanilla.
—Más vale que nos demos prisa —advierte el jeque, incapaz de disimular su nerviosismo. Levanta el frasquito con el resto del agua sagrada y retoma su posición—. Mi niña, que tu...
Apenas pronuncia esas palabras, el hombre santo se interrumpe, pálido el semblante. El buldócer avanza hacia ellos. La poderosa máquina se acerca de manera inquietante, baja la pala y empieza a excavar, de modo que les resulta imposible oírse.
Una vez más, se alejan.
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—Me temo que ese hombre no va a dejarnos en paz —dice el jeque—. Lo hace a propósito; quiere intimidarnos.
—No deberíamos haber venido. Está claro que no era buena idea —apunta un vecino.
Por lo que a él respecta, el ritual podría haberse celebrado tranquilamente en la aldea; no había necesidad de desplazarse a la orilla del Tigris, ya que a ellos no se les exige la inmersión total en agua corriente como a los mandeos, discípulos de Juan el Bautista, pero la abuela de Narin se empeñó en que estuvieran cerca del río y, como cualquiera atestiguará, es una mujer testaruda.
Lo ideal, reconocen todos, es que la ceremonia del bautismo, mor kirin, se celebre en Lalish, en el templo más sagrado de la fe yazidí, oculto en un valle tranquilo entre colinas ondulantes al norte de Mosul, en Irak. Narin debería llevar una guirnalda de flores blancas en la cabeza: narcisos, vincas, gardenias. Debería beber de la fuente sagrada de Zamzam y luego recibir el bautismo en Kaniya Spî, el «manantial blanco», el único lugar de la tierra que se mantuvo a salvo y limpio cuando Dios envió el Gran Diluvio. El manantial formó milagrosamente un remolino, lo que lo libró de mezclarse con el agua fangosa y sucia de las riadas, de modo que permaneció por siempre puro.
Sin embargo, las circunstancias de la familia les han impedido llevar a la niña a Irak. No tenían dinero; nunca era un buen momento. Además, desde hace bastante tiempo la salud de Narin se ha ido deteriorando. Por eso este año le han traído agua del venerado valle de Lalish, dentro de un frasquito sellado y confiado a un qawwal. Hay que bautizarse a la edad más temprana posible, las niñas antes que los niños, pero no es raro que se inicien en la fe ya mayores si están enfermos o no pueden viajar.
—Podemos volver dentro de un rato —dice el jeque—. O podemos continuar la ceremonia en la aldea.
—O quizá sea una señal —apunta la abuela de Narin—. No estaba destinada a hacerse.
Las arrugas de la frente del jeque se acentúan.
—¿Qué dices?
—Tal vez la última gota no estaba destinada a caer. —La anciana niega con la cabeza—. El momento o el lugar no eran propicios.
—¿Deseas retrasar la ceremonia, Besma?
La anciana asiente con un leve gesto.
—Sí, respetado jeque.
Un estremecimiento de inquietud recorre al grupo.
—Pero ¿no te das cuenta de que tu nieta se hace mayor? —interviene un vecino—. Tendría que haberse bautizado hace tiempo.
—Es cierto —dice otra vecina—. Además, si lo pospones, aunque solo sea un par de semanas, quizá la próxima vez ya no nos encuentres aquí. Las cosas van de mal en peor. ¿Quién sabe cuántos de nosotros seguiremos en la aldea mañana?
La construcción de la presa ha afectado a la población de la zona, con independencia de su credo, religión y tribu, pero, para la diminuta comunidad yazidí, a la tristeza de perder su tierra ancestral se añade el miedo a ser objeto de discriminación en los lugares de reasentamiento. Dejar el hogar nunca es fácil, pero resulta mucho mucho más difícil para quienes no tienen adónde ir.
En las últimas décadas su aldea se ha secado y marchitado, y sus bordes se han encogido como los de un pergamino chamuscado. Muchas familias se marcharon a Europa y se convirtieron en inmigrantes en países donde el sol no levanta su dorada cabeza durante meses seguidos. Algunos vuelven de vacaciones en verano para ayudar a reparar las fuentes y los santuarios, pero ninguno planea regresar para siempre. En aldeas y pueblos donde sus antepasados se contaban por millares, solo quedan unos cuantos yazidíes. La abuela siempre dice que será de las últimas en irse. No puede abandonar sus alfóncigos. Pero sobre todo no puede separarse del río. De vez en cuando camina por esas riberas lamentándose de que vayan a anegar el suelo que pisa, a borrar miles de años de historia, consciente de que son sus últimas plegarias al Tigris.
Una vez hubo en Hasankeyf y sus alrededores una importante y floreciente comunidad yazidí unida por las costumbres y la fe en la misma medida que por las historias y las canciones. Su número menguó con cada decenio de privaciones, migraciones y conversiones forzadas. Hoy solo quedan doce yazidíes en su aldea, y mañana también ellos se habrán ido.
—Estaba pensando... —dice la abuela con expresión a la vez fiera y cariñosa—. Narin es el latido de mi corazón, la luz de mis ojos. Dios sabe lo que significa para mí. Siempre quise que se bautizara en el sagrado valle de Lalish, no aquí, donde no paran de cavar la tierra y el Tigris está en peligro... —Agita la mano hacia el río y deja la frase suspendida en el aire.
El jeque respira hondo.
—¿Quieres llevar a la niña a Irak?
—Sí, venerable jeque. Hasta ahora no hemos podido viajar, pero mi yerno ha recibido invitaciones para cantar este verano en Mosul, en tres bodas por todo lo alto. Tal vez podamos acompañarlo. Hablaré con él, a ver qué le parece. Si está de acuerdo, podría salir bien. De todos modos, os doy las gracias por haber venido hoy.
Tras estas palabras, la anciana abre una bolsa. Contiene dulces envueltos en papel metalizado de colores, que reparte entre los presentes para agradecerles su asistencia al sagrado acontecimiento.
—Que Dios bendiga vuestros pies, vecinos. Que sus dedos jamás tropiecen con un guijarro.
—Lo mismo te digo, alma anciana —dice el jeque con un suspiro.
De uno en uno abrazan a Narin y, aunque la ceremonia no ha podido completarse, le dan regalos: una bolsita de romero seco, un frasquito de aceite esencial de clavo, un bote de bálsamo de rosas, un tarro de mermelada de albaricoque, una guirnalda de flores fragrantes... Por último, el jeque le entrega la botellita del valle de Lalish, que la niña, consciente de su importancia, guarda con cuidado en el bolsillo de su vestido.
—Deberíamos ponernos en marcha —dice un vecino.
La aldea no queda lejos, pero el calor de la tarde, mucho más intenso ahora, quizá ralentice sus pasos.
—Adelantaos vosotros —indica la abuela de Narin—. Ya os alcanzaremos.
Esta vez sus palabras no sorprenden a nadie. Todos saben que a Besma le encanta estar cerca del Tigris y nunca pierde la oportunidad de pasar ratos en sus orillas, como si una fuerza invisible la atrajera hacia él. Cada vez que va a la zona, se lleva consigo a Narin. Le enseña el nombre de las plantas, así como sus usos medicinales y culinarios. Juntas recogen resina de los árboles, que extienden sobre bandejas y cuencos de madera a modo de barniz. Buscan raíces, hojas y cortezas con que elaborar tintes.
—Llevaremos los regalos a vuestra casa para que tengáis las manos libres —dice el jeque—. Pero tened mucho cuidado. No os retraséis.
—Estaremos bien, honorable jeque, no se preocupe. Enseñaré a Narin a recoger espadañas; es la época.
Una vecina se inclina hacia ella y le susurra:
—Besma, querida, ¿seguro que quieres ir a Irak? Eres vieja, Narin no está bien, pobrecita..., y he oído decir que las carreteras son peligrosas.
—Sí, pero ¿cuándo no lo han sido? Que yo recuerde, nunca. ¿Cuándo dejó de haber problemas en Mesopotamia? Jamás ha habido un buen momento para viajar —asegura la anciana con expresión reconcentrada—. ¿No crees que la niña debería vivir en su plenitud la experiencia del sagrado Lalish mientras todavía pueda?
Narin fue una niña sana y tranquila al nacer. Cuando todavía no era consciente de que no tenía madre, mostraba ante la vida una infinita curiosidad y avidez de descubrimientos. Criada con leche de cabra, sopa de yogur agrio e infusiones de hierbas, agarraba las cuentas para ahuyentar los malos espíritus que su abuela había colgado sobre la cuna, reía al ver las muecas que hacía su padre y, más tarde, perseguía a las gallinas por el patio o saltaba alegre las zanjas. Pero antes de que empezara a ir al colegio la atacó una enfermedad que avanzó rápidamente, y desde el año pasado su mundo auditivo ha ido reduciéndose tras periódicos zumbidos y pitidos en los oídos. Está perdiendo la facultad de oír. La transición de los sonidos al silencio será lenta y gradual pero irrevocable.
El médico que la atendió en el hospital universitario de Diyarbakır les aconsejó que se prepararan. Dentro de tan solo ocho meses Narin se habrá quedado sorda. Una enfermedad genética rara. Primero desaparecerá la capacidad de percibir sonidos de alta frecuencia. Poco después le costará entender las conversaciones en las que varias personas hablen a la vez. No sucederá de golpe, sino de manera dolorosamente paulatina. Su espectro audible empezará a disminuir por los márgenes exteriores, como un telón que se cierra tras el último acto de una obra. Un día no muy lejano Narin descubrirá al despertarse que el coro de mitos, cogujadas, golondrinas y lavanderas blancas ha cesado. No volverá a captar el grito de alegría de un bebé ni el pitido de un tren que se pierde en la distancia, y tampoco el balido de los corderos recién nacidos; solo oirá los sonidos que perduren en sus recuerdos.
La abuela cree que antes de que llegue ese día la niña debería oír los pájaros, los murmullos y las oraciones del sagrado valle de Lalish por primera y última vez. Narin debería contemplar el único lugar de la tierra donde la desesperación se transforma en esperanza y hasta las almas más solitarias encuentran consuelo.
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Después de que los demás se hayan marchado, la anciana y la niña caminan junto al río con sus sombras al lado. Dejan atrás los rodales de marcieguillas y sortean densos matorrales de cañas y juncos. Avanzan a un ritmo constante y entre un paso y otro oyen el croar de las ranas, el zumbido de los insectos. De vez en cuando se detienen a examinar la flora. En los fértiles suelos aluviales del Tigris crece en abundancia una vegetación variada. Guiando los dedos de Narin, la abuela le enseña a reconocer las plantas solo por el tacto. La niña aprende que las hojas son muy complejas. Unas son correosas y tienen las venas hundidas; otras son lisas, cerosas, y algunas están cubiertas de vello suave, como adolescentes que lucieran un bigote incipiente.
—Abuela...
—¿Hummm...?
—Cuando sea sorda, ¿olvidaré tu voz?
—¿Cómo va a ser eso posible? El oído nunca olvida lo que el corazón ha oído.
—No sé qué quiere decir eso.
—Quiere decir que mi voz seguirá siempre contigo, incluso después de que yo ya no esté. Porque me llevas grabada aquí... y aquí... —La abuela le toca las sienes—. Así ocurre cuando amamos a alguien: guardamos su cara detrás de los párpados y sus susurros en los oídos, y por eso al cabo de los años, cuando dormimos como troncos, todavía la vemos y los oímos en nuestros sueños.
Con la cabeza ladeada, Narin reflexiona. Es un pensamiento reconfortante, aunque un tanto enigmático, pero a esas alturas ya no duda de que la abuela es siempre maravillosamente enigmática. Suspendida en la calidez de la compasión de la vieja, por un instante de sosiego que apenas dura un suspiro olvida lo que ha estado inquietándola. El momento pasa y la niña dice:
—El conductor del buldócer... no era un hombre bueno.
—No, corazón mío.
—Nos ha insultado.
La abuela la mira fijamente, perpleja. Narin se muerde el labio inferior como siempre que algo le preocupa o desconcierta.
—¿De qué estás hablando, niña?
—Nos ha llamado adoradores del diablo.
El semblante de la anciana se ensombrece.
—No pronuncies esas palabras.
—Pero ¿por qué nos dijo eso?
—A lo mejor quería decir otra cosa, ¿no?
La niña niega con la cabeza.
—No, creo que no. Y no es la primera vez que lo oigo. Pasó también en el hospital. Me pidieron que esperara en el pasillo mientras baba hablaba con el médico. Un limpiador pasó y dijo: «¿Qué hacen aquí estos asquerosos y viles adoradores del diablo?». Hablaba de nosotros.
Una codorniz canta entre los matojos: una solitaria sucesión de gorjeos. Cuando calla, la anciana pregunta:
—¿Se lo contaste a tu padre?
—No, no quería que se pusiera triste. —Narin junta las manos sobre el regazo—. ¿Por qué nos llaman así?
—Escucha, alma mía, algunos dicen cosas sobre nosotros que no son ciertas. Lanzan mentiras dañinas y calumnias hirientes. No tienen derecho a hacerlo, pero lo hacen. No nos denigran porque nos conozcan bien, sino todo lo contrario: no nos conocen lo más mínimo.
—Pero eso no tiene sentido. ¡Yo no voy por ahí diciendo cosas feas sobre gente que no conozco!
—Claro que no, porque eres sensata.
La respuesta no satisface a Narin. Ella no quiere ser sensata. Quiere entender por qué la gente es como es y si puede cambiar.
Al percibir su decepción, la abuela abre otra bolsa. Dentro, envueltos en una tela para que no se enfríen, lleva panes de pita, cada uno untado con mantequilla de oveja y relleno con queso a las hierbas. La anciana los hace todas las mañanas, al romper el alba, en el patio, sentada en un taburete. Con las manos convierte la masa en redondeles, que lanza sobre el tandoor y cuece hasta que quedan crujientes y esponjosos. Sabe que a la niña le encantan.
—Come, Narin. Cuando tenemos la tripa ligera, el corazón nos pesa.
La chiquilla muerde el pan de pita, y el sabor de las hierbas y la mantequilla se mezclan en su lengua.
—Es que no entiendo... —dice mientras mastica despacio.
—Mira, este mundo es un colegio y nosotras, sus alumnas. Todos estudiamos algo al pasar por él. Algunas personas aprenden amor, bondad. Otras, maltrato y brutalidad, me temo. Pero los mejores alumnos son los que adquieren generosidad y compasión al hacer frente a las penalidades y la crueldad. Los que deciden no infligir a los demás lo que ellos sufren. Y lo que aprendemos es lo que nos llevamos a la tumba.
—¿Por qué nos odian tanto?
—El odio es un veneno que se sirve en tres tazas. La primera, cuando alguien desprecia a quienes desea, y solo porque quiere tenerlos en su poder. ¡Es por arrogancia! La segunda, cuando alguien aborrece a quienes no entiende. ¡Es por miedo! Y el tercer tipo..., cuando alguien odia a aquellos a quienes ha hecho daño.
—Pero ¿por qué?
—Porque el árbol recuerda lo que el hacha olvida.
—¿Qué quiere decir eso?
—Quiere decir que las cicatrices no las lleva quien ocasiona el daño, sino quien lo recibe. La memoria es lo único que tenemos. Si quieres saber quién eres, has de aprender las historias de tus antepasados. Desde tiempos inmemoriales se ha malinterpretado, difamado y maltratado a los yazidíes. La nuestra es una historia de dolor y persecución. Nos han masacrado setenta y dos veces. El Tigris enrojeció con nuestra sangre, el suelo se secó con nuestra aflicción..., y aun así no han dejado de odiarnos.
Narin hunde la mano en el bolsillo del vestido y saca el frasquito traído del valle de Lalish. Lo alza hacia el sol y siente la caricia de la luz reflejada en la superficie de cristal. Luego lo vuelca y espera a que caiga la última gota. Agua en su forma líquida. Ella no lo sabe, pero esa gota fue una vez, en un país muy lejano, un copo de nieve. Cruzó lo que en aquel tiempo era la ciudad más grande y rica del mundo, con chimeneas que vomitaban nubes de humo y de azufre. Contempló el nacimiento de un niño, la fuerza de otro río. Pese a ser efímera, lleva consigo los recuerdos de sus vidas anteriores. Delicadamente se posa en la mano de la niña, temblando.
Con la gota en la palma como si fuera una valiosa perla, Narin se siente inundada por una ola de tristeza. Parece que todo se acerca a su fin. Hasankeyf pronto quedará anegada debido a la nueva presa. Ella ya no podrá ir a buscar hierbas y raíces con su abuela. Algún día también perderá el oído..., igual que perderá la tierra que siempre ha conocido como su hogar.
La chiquilla guarda silencio. La anciana calla igualmente. A su lado, el río corre, rápido y furioso, haciendo rodar los guijarros como si fueran dados.