PRÓLOGO
VALENTINA
Hoy es el gran día.
Desde hace un año trabajo en una agencia que organiza viajes de fin de curso para estudiantes. No es el empleo de mis sueños, pero me ayuda a mantener a mi familia. Todo apunta a que estamos ante las puertas de una gran crisis económica: está aumentando el paro, los sueldos no dejan de bajar, mientras que los precios no paran de subir… Hace unos meses despidieron a mis padres y mi hermana no puede pagar las facturas ella sola, así que no me quedó más remedio que buscar dinero incluso debajo de las piedras.
Tengo veinte años, en unos meses cumpliré veintiuno, y aunque mi objetivo era centrarme en las oposiciones para lograr mi sueño de entrar en el cuerpo de policía, debo dedicar gran parte de mi tiempo a reclutar a jóvenes y convencerlos de que nuestra agencia les venderá el viaje de sus vidas.
—¡Cariño! ¿Estás lista? Ya tienes el desayuno en la mesa. —La voz de mi madre proviene de la cocina, ella no tiene por qué madrugar, pero le gusta levantarse temprano y desayunar conmigo. Agradezco su compañía, puede que seamos una familia humilde, pero en mi casa jamás ha faltado una pizca de amor, y a pesar de que muchas veces nuestros padres no podían dedicarnos mucho tiempo porque se pasaban media vida trabajando, tanto mi hermana como yo nos hemos sentido siempre queridas y escuchadas.
—Sí, mamá, ahora mismo voy —respondo mientras termino de retocarme el maquillaje. Por las mañanas no suelo maquillarme, odio madrugar y me gusta aprovechar hasta el último minuto de sueño en la cama, pero hoy es un día importante y no he podido pegar ojo en toda la noche.
Nuestro jefe decidirá qué destinos y qué fechas asigna a cada uno de sus empleados. Puede parecer una tontería, pero os prometo que las propinas de los institutos privados y elitistas son mucho más sustanciosas. Y no solo eso, sino que los destinos también son mucho más apetecibles: las islas griegas, Cerdeña, Ibiza… Quienes consigan esos viajes tendrán un sueldo más alto asegurado, y eso lo sabemos todos.
—¿Qué destinos quieres que te toquen este año, cariño? —me pregunta mi madre cuando llego a la cocina y tomo asiento a su lado.
—Solo espero que no me toque Magaluf…
Magaluf es lo peor de lo peor. Alojan a los chavales en hoteles de mala muerte, rodeados de ingleses y alemanes que se pasan borrachos las veinticuatro horas del día. Mallorca es una isla preciosa, pero Magaluf parece el set de rodaje de una película de los años sesenta: drogas, alcohol, fiesta y descontrol.
—El año pasado fuiste y tampoco fue para tanto —responde mi madre mientras remueve su café. Lo que no sabe es que omití contarle un coma etílico, una pierna rota y la desaparición de varias carteras.
—Créeme, sí lo fue —susurro, y le doy un sorbo bien largo a mi vaso de leche.
—¿Y qué compañeros te tocarán esta vez? El año pasado te llevaste muy bien con todos.
—Sí, ojalá volviera a coincidir con Pablo y Sara.
En realidad todos mis compañeros son bastante agradables. Algunos son más resolutivos que otros, algo que se agradece mucho cuando estás de viaje con decenas de adolescentes, pero casi todos son amables y empáticos.
Casi todos, menos uno.
Vincent.
Odio a Vincent con cada centímetro de mi ser. Odio su voz, tan grave y profunda. Odio su personalidad, tan arrogante y pretenciosa. Odio su forma de caminar, ¿por qué anda como si su cuerpo flotase por el aire, acaso la gravedad no funciona con él? Odio hasta el olor que emana, el mismo de todos los hombres que engatusados por esos anuncios machistas creen que las mujeres caerán rendidas a sus pies si usan esos perfumes tan varoniles.
—Pues, ya sabes, Valentina, si lo proyectas seguro que pasa.
Entorno los ojos al escuchar a mi madre. Ella cree mucho en esa ciencia inexistente de la manifestación. Cree que si deseas algo con mucha intensidad, el universo te ayudará a conseguirlo. Ojalá funcionase, pero si así fuese seguramente no viviríamos en un piso diminuto en el peor barrio de la ciudad.
—Bueno, mamá, me voy a coger el bus —digo mientras le doy el último bocado a la magdalena que me estaba comiendo—. Nos vemos en un rato.
—Perfecto, cariño, quizá cuando vuelvas no estoy en casa. Voy a aprovechar la mañana para entregar varios currículums —responde mientras se levanta para acompañarme hasta la puerta.
—Te quiero. Cualquier cosa, llámame —me despido dándole un beso en la mejilla.
Mi madre sonríe y me guiña el ojo antes de cerrar la puerta. Sé que finge tranquilidad, pero por dentro está muy agobiada. Lleva un año buscando trabajo y no la han llamado ni una sola vez. Todas las empresas están despidiendo a sus empleados y la situación se está volviendo insostenible. Por lo menos mi hermana Olivia está fija en su trabajo. Estudió Derecho y la contrataron donde realizó las prácticas, y no me extraña, es una mujer inteligente y comprometida al máximo con su labor. Ella ya ha cumplido su sueño profesional, yo aún estoy muy lejos de lograrlo.
De pequeñas siempre fantaseábamos con formar equipo. Mi misión iba a ser encontrar a los malos y la suya conseguir meterlos entre rejas. La abogada y la policía limpiando la ciudad del crimen y del mal.
Son las ocho de la mañana, por lo que ella ya llevará una hora en la oficina, estoy tan orgullosa de mi hermana… Me la imagino en su bufete, con ese traje que le queda increíble y esa mirada intensa de ojos verdes que exige que le prestes atención. Ojalá algún día nuestro sueño de la infancia se cumpla, ojalá algún día pueda estar a su altura.
Por ahora me toca coger el bus, recorrerme toda la periferia urbana y descubrir a dónde tendré que llevar a todos esos adolescentes que logre reclutar. Cuantas más clases reúna, más dinero entrará en mi cuenta bancaria. Nuestra empresa va por comisión y los mejores vendedores pueden llegar a duplicar el sueldo de los peores. El año pasado conseguí ser la segunda empleada con más ventas, logré que ocho clases enteras contratasen nuestros servicios y, teniendo en cuenta que como media hay veinticinco alumnos por clase, conseguí un recuento total de doscientos clientes.
Solo me superó una persona.
El maldito Vincent.
Y por eso detesto a ese hombre.
No le odio por ser mejor que yo, podría asumir mi derrota si él hubiese jugado limpio, pero no lo hizo.
Yo estaba a punto de cerrar un acuerdo con un instituto entero. Cuatro clases de segundo de bachillerato iban a contratar un paquete que les llevaría de viaje a Lanzarote. Me encargué personalmente de ir en varias ocasiones al centro para presentarles el itinerario del viaje, el presupuesto final… Era un instituto con el que nuestra empresa no había trabajado antes, así que conseguirlo era todo un hito. Estaba asegurándole a TripJoy nuevos clientes a largo plazo y con ello también duplicaría mi sueldo.
Y entonces apareció él.
No sé cómo lo logró, quizá me escuchó comentándole a Sara que iba a cerrar ya el trato, quizá algún alumno se pasó por la empresa para buscar más información y se topó con Vincent… No sé cómo se las apañó para hacerlo, pero el muy sinvergüenza se presentó en el instituto en mi nombre y cerró el contrato alegando que, a partir de ese momento, él se encargaría de todo.
Me robó cuatro clases enteras.
Me robó más de cien alumnos.
Y eso significa que se quedó con un dinero que no le correspondía.
Dinero que tanto mi familia como yo necesitábamos más que nunca.
Jamás podré olvidar lo rastrero y mezquino que fue. Se llevó el mérito y las ganancias que me pertenecían únicamente a mí. Solo espero que esta vez no compartamos ningún destino; el año pasado ambos tuvimos que ir a ese viaje a Baleares y además de ser una persona horrible, es un monitor nefasto: demasiado permisivo, muy inmaduro, poco organizado… Esta vez no pienso permitir que se lleve ni un solo euro de las comisiones que consiga. Seré más discreta, no comentaré con nadie qué institutos nuevos planeo visitar.
Con la rabia que me provoca solo el pensar en Vincent, pulso con fuerza el botón del autobús para bajarme en la siguiente parada. Por suerte está justo al lado del edificio donde se encuentran las oficinas, así que después de caminar un par de minutos llamo para que la recepcionista me abra.
—Vaya, vaya… Así que este año vuelves a la carga —escucho a mi espalda mientras espero el zumbido de la puerta.
Quizá mi madre tenga razón y toda esa estupidez de manifestar las cosas se merezca algo de credibilidad. Pensar tanto en él ha provocado que el maldito universo me lo sirva en bandeja.
Vincent.
—Por desgracia veo que tú también —respondo sin disimular lo mucho que me desagrada su presencia.
La puerta por fin se abre y la empujo para pasar al vestíbulo. Sin mirar ni una sola vez hacia atrás, pulso el botón del ascensor. Me planteo subir por las escaleras, puesto que no me apetece nada compartir un espacio tan pequeño con él, pero mi orgullo no me lo permite.
No pienso subir andando hasta un noveno.
Me jodería darle el gusto de verme sudada y asfixiada por su culpa.
—¿Qué destinos quieres este año? —Vincent se dirige a mí como si no hubiese pasado nada entre nosotros. Como si no fuese un maldito ladrón y no hubiésemos compartido un viaje lleno de desgracias provocadas por él y resueltas por mí.
—Todos aquellos a los que no vayas tú —respondo sin mirarle a la cara, manteniendo la vista fija en las puertas metálicas que tengo frente a mí y que no se han abierto.
—Qué rencorosa eres…
Me hierve la sangre.
Su tono de voz consigue sacar lo peor de mí. Esa ironía mezclada con un toque de burla… Me encantaría gritarle lo insoportable que me parece, pero me muerdo el interior de la mejilla hasta hacerme sangre y guardo silencio. Me está provocando y me prometo a mí misma que no va a conseguirlo.
—Por fin —susurro cuando el ascensor se abre.
La musiquita ambiental que nos acompaña hasta el noveno piso no ayuda a que el silencio que hay entre nosotros sea menos incómodo. Vincent es un chulo de manual: con ambas manos en los bolsillos, apoyado contra la pared y con esa sonrisa de medio lado tan propia de él. Al principio pensaba que era una mueca, pero resulta que su boca está algo torcida porque tiene los nervios del lado izquierdo de la cara dañados desde que nació.
—Llegamos —dice dando una palmada al aire para después frotarse las manos. Es el primero en salir del ascensor, yo espero un par de segundos antes de seguirle.
Quiero marcar las distancias desde ya.
La oficina de TripJoy es grande y espaciosa, es la sede de Galicia, y desde aquí se lleva a cabo la supervisión de todos los viajes a escala autonómica. Nosotros somos los encargados de conseguir clientes, pero también hay un departamento que realiza las reservas de vuelos y hoteles, otro que lleva el marketing digital, el departamento legal… Voy saludando con la cabeza a todos los que me cruzo mientras me acerco al dispensador de agua; me muero de sed.
—¡Valentina! —exclama Sara cuando me ve—. Cuánto tiempo sin verte, es imposible quedar contigo si no es por trabajo —añade dándome un abrazo con el que casi consigue que me tire todo el vaso de agua encima.
—Ya sabes que apenas tengo tiempo… Pero me alegro muchísimo de verte, ojalá pudiéramos hacerlo más —respondo aún estrechándola entre mis brazos—. ¿Y Pablo? —pregunto cuando nos separamos.
—Ni idea, pero Luis llegará dentro de nada.
—Genial, cuanto antes empiece, antes se acabará —contesto terminándome el agua y tirando el vaso de plástico a la basura—. ¿Preparada?
—Preparadísima, seguro que nos tocan muchos viajes juntas.
Sara agarra mi mano y caminamos juntas hacia la sala de reuniones. Ya está casi llena, solo quedan cuatro asientos por ocupar: el del jefe, uno en la esquina de la mesa y otros dos al lado de Vincent. Por suerte, mi amiga conoce de primera mano mi animadversión por él, así que no tarda mucho en entender que es ella la que debe ocupar el que el señorito tiene al lado.
—Buenos días a todos y a todas. —Luis no se hace de rogar y llega a la hora acordada, tan puntual como siempre. Sara y yo nos damos cuenta de que Pablo todavía no ha aparecido, pero no nos sorprende. Lleva en su ADN lo de ser impuntual—. ¿Preparados para empezar la campaña veraniega? —pregunta sentándose en la silla que preside la mesa mientras ordena los papeles que portaba en las manos—. Hemos añadido nuevos destinos.
—¡Me pido uno de los nuevos! —exclama Vincent, aunque sabe perfectamente que no podemos adjudicárnoslos nosotros mismos.
El jefe se ríe.
Dios mío, es que encima le cae bien.
—No quiero quitaros mucho tiempo, así que iré diciendo las fechas y los destinos que os corresponden. Por favor, apuntad lo que os toque. Si tenéis alguna duda, esperad hasta el final. ¿Falta alguien por llegar? —pregunta echando un vistazo a los que estamos presentes.
—¡Yo, perdón! ¡Ya estoy aquí! —Un Pablo exhausto aparece por la puerta. Tiene la cara enrojecida y la respiración entrecortada, supongo que es la consecuencia de ir siempre con el tiempo pegado al culo.
Sara me mira mientras niega con la cabeza y se aguanta la risa.
—Hola, guapísimas —susurra cuando pasa por nuestro lado—. ¿Me he perdido algo?
—Lo interesante viene ahora —respondo notando como mi ritmo cardiaco comienza a acelerarse. Mi cartera necesita que me toquen buenos viajes y mi salud mental necesita que me toquen buenos compañeros.
Sara me coge de la mano por debajo de la mesa, sabe lo importante que es esto para mí. Luis comienza el reparto por orden alfabético, algo que me pone de los nervios, ya que tanto Vincent como yo somos de los últimos. Sara y Pablo coinciden en varios viajes y se dedican unas miradas de complicidad. Todos sabemos que esto es trabajo y no ocio, pero trabajar rodeada de personas que te caen genial siempre hace todo mucho más fácil y llevadero.
—Bien… Vamos con los últimos: Valentina y Vincent. Os he puesto juntos en casi todos. El año pasado Vincent vendió más plazas que nadie, pero he recibido varias quejas sobre su comportamiento durante los viajes, así que necesito equilibrar su irresponsabilidad con la monitora más responsable y eficaz: tú, Val.
La furia que siento me hace apretar tanto los dientes que en cualquier momento podría partirme una muela. No me lo puedo creer, o mejor dicho: no me lo QUIERO creer. Esto es lo peor que podía pasarme; el peor de los escenarios que me imaginé se ha hecho realidad.
—Os he puesto Mallorca la última semana de junio, Tenerife la segunda semana de julio y Cerdeña la tercera y, para finalizar, la primera semana de agosto os iréis a Ibiza —dice mirándonos alternativamente con una sonrisa de oreja a oreja. Supongo que en su cabeza es una idea estupenda: poner juntos al niñato zalamero que consigue vender plazas y a la chica responsable que logrará erradicar las quejas por su maldita falta de profesionalidad—. Además, tengo una noticia: este año será el último de Iago, nuestro supervisor jefe se jubilará cuando termine esta temporada.
—¡Nooo, Iago! —exclama Sara apenada.
—Qué mal… —dice Pablo llevándose la mano a la boca.
Toda la sala parece sorprendida con la noticia, pero yo sigo tan enfadada que la rabia que siento no deja espacio a la tristeza por despedir a nuestro supervisor. Iago es maravilloso, el compañero de trabajo que toda persona podría desear. Atento, servicial, gentil y tremendamente inteligente. No importa cuál sea el problema o su gravedad, él siempre tiene una solución.
—Sí…, a todos nos entristece despedirnos de él, pero ya tiene una edad como para seguir aguantándoos —dice quitándole hierro al asunto. Un par de risas traviesas hacen la situación menos dramática—. Lo bueno es que cuando él deje la empresa, necesitaremos un sustituto…
Su puesto es fijo.
Su puesto no implica responsabilizarte de nadie.
Su puesto tiene un sueldo que triplica el mío.
Mis ojos comienzan a iluminarse solo de pensar en lo fácil que se volvería mi vida si consiguiese ese ascenso.
—Y quiero que sea alguien de esta sala —concluye el jefe—. Sabéis que me encanta incentivaros a trabajar duro, así que este año quien venda más, se hará con el puesto.
—Entonces tendré que volver a ser el mejor —dice Vincent siendo tan insoportable como siempre y desbordando el vaso de mi paciencia.
—Te juro que este año ocuparás el puesto que te mereces. —Me prometí a mí misma no entrar al trapo, pero el odio que siento por él ha vencido al poco autocontrol que me quedaba.
—Bien. En ese caso, el año que viene te veré desde el puesto de mando.
—He dicho el puesto que mereces, no el que tu arrogancia te hace creer merecer…
El resto de la sala nos mira como si estuviésemos jugando un partido de tenis, guardan silencio deseando escuchar cuál será la siguiente contestación y quién de los dos acabará apuntándose un tanto. Vincent parece a punto de responderme, pero Luis no le deja proseguir.
—Calma, calma, calma… Al final solo vuestros actos definirán quién es el mejor vendedor de los dos —sentencia y se levanta dando por finalizada la reunión—. Solo tenemos que esperar cinco meses para saberlo.
Cinco meses para cerrar las plazas.
Seis para empezar los viajes.
Nueve para no tener que volver a aguantar a Vincent nunca más.
Joder, se me va a hacer eterno.
CAPÍTULO UNO
VINCENT
Seis meses después
Me he pasado medio año visitando institutos, convenciendo a chavales de que junto a mí vivirán el mejor viaje de su vida, haciendo uso de mi sonrisa y de mis encantos para engatusar a las indecisas, recopilando datos y recogiendo fotocopias, enviando correos electrónicos y recibiendo llamadas diarias… Pero por fin todo eso ha terminado.
Ya estamos en junio, el mes en el que todo nuestro trabajo da sus frutos: centenares de clientes viajarán con nosotros para despedir su año académico y desfasar como nunca antes lo han hecho. Y como no podía ser de otra manera, empezamos con el destino más caótico de todos: Mallorca.
Hace muchos años, cuando todavía era un crío, mis padres y yo siempre veraneábamos en esa isla. Nos hospedábamos en una zona poco turística, en un hotel precioso perdido entre hectáreas de prado seco. Lo recuerdo como un oasis, con esa piscina que daba a un horizonte perdido y esas palmeras que parecían rascar el cielo. Visitábamos calas de ensueño en las que el mar se teñía de unos azules que mis ojos jamás habían contemplado: en algunas partes, celeste; en otras, añil. También recuerdo los paseos que dábamos por esos pueblos recónditos entre altas montañas, los helados que nos tomábamos, las carreteras sinuosas, los atardeceres en los faros… Siempre volvíamos a Ámsterdam con el rostro lleno de pecas y la piel de los hombros enrojecida, deseando que el resto del año pasase a cámara rápida para poder volver a nuestra isla. Porque sí, la llegamos a sentir nuestra.
Tan nuestra que, cuando cumplí doce años, mis padres decidieron mudarse a España. Ya no se conformaban con estar durante el mes de agosto en Mallorca y durante diciembre en Galicia. Querían más, necesitaban sentir esa calidez que les abrazaba cuando entraban en territorio español.
Mi madre nació en Vigo, pero se mudó a los Países Bajos cuando recibió una oferta de trabajo muy tentadora. Le costó dejar a su familia, pero sentía que tenía que explorar esa oportunidad que la vida le había regalado. No pensaba quedarse muchos años en Ámsterdam, pero entonces conoció a mi padre y sus planes se resquebrajaron por completo. Su relación fue intensa desde el primer momento, de hecho, tan solo tardaron un par de años en traerme al mundo. Se amaban con locura, se querían de una forma incondicional, como si fueran los únicos humanos sobre la faz de la Tierra. Para ellos fue muy fácil comenzar una nueva vida en Galicia. Mi madre, al ser hija única, tenía una conexión muy fuerte con sus progenitores y los añoraba demasiado, por lo que volver a vivir en la misma ciudad que ellos le alegró enormemente. Por otra parte, mi padre, con su carácter neerlandés, enseguida se habituó al cambio, él no tenía una relación tan arraigada con sus padres, así que no le importó mucho dejarlos atrás. Sin embargo, a mí me costó un poco más. Nuevo colegio, nuevos amigos, nuevas costumbres… Por suerte, aprendí a hablar español a la par que inglés y neerlandés, por lo que la barrera del idioma ya la tenía superada.
Ahora amo Galicia con todo mi corazón. Siento que mi hogar está aquí y, a pesar de que también adoro a mi familia neerlandesa y de que me encanta haberme criado siendo bicultural, creo que me quedaré en estas tierras hasta el día en que me muera.
—Vincent, ¿has traído toda la documentación de tus chicos, una copia del seguro y de todos los billetes, el DNI, tu…? —La pesada de Valentina interrumpe mi monólogo interno para avasallarme con sus constantes preguntas. Desde que hemos llegado al aeropuerto no ha parado de revisar una y otra vez que lleva todo lo necesario y de contar si están todos los clientes.
—Sí —la interrumpo antes de que pueda continuar—. ¿Has traído tú el cargamento de tila que necesitarás para superar este viaje?
No soporto lo intranquila que es, vive con una ansiedad constante, como si en su cabeza no dejasen de proyectarse miles de posibles catástrofes que podrían suceder estos días.
—Aún mejor, he traído tapones para no tener que escucharte —repone colocándose en los oídos esas almohadillas tan incómodas.
Entiendo que esté resentida conmigo, el año pasado fui un auténtico capullo, pero ella no tiene ni idea de lo mucho que necesitaba la comisión de esas plazas. Jamás pienso reconocer lo mal que me porté, prefiero que siga odiándome porque, sinceramente, ella tampoco me cae bien. Siempre tan mandona, tan organizada, tan estricta… Puede que los padres no se hayan quejado de Valentina como monitora, pero los alumnos sí lo hicieron. Ella cumple el rol de poli malo, mientras que yo soy el poli bueno: Valentina los regaña por saltar de un acantilado, mientras que yo salto con ellos. Estos chavales nunca volverán a tener dieciocho años, nunca volverán a viajar con un grupo tan grande de gente de su edad y es probable que nunca más tengan la oportunidad de desfasar tanto como lo harán estos días. Ellos quieren libertad y yo estoy más que dispuesto a dársela; si algo aprendí de la cultura de mi padre es que cada individuo es completamente responsable de sus actos.
—Vincent, ¿los que tenemos maleta de cabina podemos pasar el control y esperar dentro? —me pregunta Alberto, uno de mis chicos.
—Sí, claro, no tenéis por qué hacer esta cola —respondo encogiéndome de hombros. Llevamos casi una hora esperando para facturar.
—De hecho, es mejor que esperemos todos juntos —dice Valentina uniéndose a la conversación. Vaya, parece que sus tapones son selectivos—. Así os darán vuestra tarjeta de embarque.
—Pero ya la tenemos impresa, tú nos las has dado cuando hemos llegado al aeropuerto —contraataca Alberto.
—Nos vemos en la puerta de embarque. Llévate a todos los que tengan maletas pequeñas y no quieran seguir esperando —intercedo, siendo el único monitor con algo de sentido común.
—Gracias, tío —dice dándome una palmada en el hombro, se la devuelvo con una sonrisa.
—Dios mío… —susurra Valentina negando con la cabeza.
—¿Tienes envidia de la confianza que tengo con mis clientes?
—No pienso caer en tus provocaciones —contesta ignorando mi pregunta y evitando el contacto visual.
—Qué aburrida eres —concluyo con esa sonrisa que sé que tanto odia. Cada vez que la esbozo, pone los ojos en blanco.
Una vez hemos facturado el equipaje y pasado el control, hacemos el conteo final antes de subir al avión. En este vuelo vamos un total de cuarenta clientes y dos monitores, pero en cinco horas saldrá otro en el que irán cuarenta más acompañados por Pablo y Sara. En total seremos ochenta chavales disfrutando y cuatro monitores supervisando.
Las casi dos horas de vuelo se me pasan volando, nunca mejor dicho. Me he dormido tan profundamente que incluso he llegado a babear. Soy esa clase de persona que podría dormir en cualquier lugar y en cualquier momento, no necesito más de dos minutos para conseguir dormirme como un bebé.
—¿Tenéis todas vuestras pertenencias? —pregunta Valentina alzando el tono de voz. Todos responden que sí—. Genial. Fuera de la terminal habrá un bus esperándonos. Seguidnos y no nos perdáis de vista.
Como si de un rebaño de ovejas se tratase, todos los adolescentes comienzan a seguirnos. Me ilusiona ver lo eufóricos que están, algunos han estado vendiendo dulces durante todo el año para recaudar el dinero suficiente para hacer este viaje. Mallorca es uno de los destinos más económicos de nuestro listado, los alojamos en hoteles bastante cutres de la zona de Magaluf y durante los cinco días que dura la experiencia hacen solo un par de actividades. El primer año que hice este viaje, descubrí lo mucho que puede cambiar un lugar dependiendo de cómo lo visites. Mallorca ya no me parecía ese paraíso inhóspito que mis padres me habían enseñado, sino que de repente se había convertido en una ciudad masificada llena de turistas irrespetuosos. Por una parte, me entristece que se lleven esta visión de la isla, pero, por otra, también estoy convencido de que su prioridad estos días será emborracharse y pasarse las horas de luz digiriendo las resacas que tendrán por todas esas horas de fiesta.
—Vale, cuando diga vuestro nombre levantad la mano, por favor —dice Valentina cuando todos estamos ya sentados en el autobús.
—Alberto, Ana, Belén, Carmen, Daniela, David, Ernesto, Esteban, Felipe, Gerardo, Gala, Héctor, Isabel… —Valentina recita los cuarenta nombres y confirmamos que estamos todos a bordo, así que por fin podemos arrancar.
—¿Has estado ya en este hotel? —le pregunto intentando ser agradable. Aunque me gusta mucho vacilarla, vamos a pasar juntos una semana y me gustaría poder establecer entre nosotros una cierta cordialidad.
—Sí, el año pasado.
—¿Y qué tal?
—Lleno de guiris borrachos, el bufet es mediocre, las habitaciones dejan bastante que desear y lo único destacable es que tiene un montón de piscinas con toboganes.
—No sabía que eras una chica tan divertida.
—Soy muchas cosas, Vincent —dice con un tono de voz que me pone en guardia para el ataque que sé que voy a recibir a continuación—. ¿Pero sabes lo que nunca seré? Una ladrona.
—¿Por qué no dejas atrás los errores del pasado? Este año ni siquiera he tenido que robarte clientes para ser el mejor vendedor.
La última vez que estuve en la oficina comprobé que mi nombre ocupaba el primer lugar en la lista de ventas, Valentina me seguía de cerca, pero aún estaba a diez ventas de alcanzar mi asombrosa cifra. Cuando lo revisé quedaba tan solo una semana para el cierre de plazas, así que es imposible que haya remontado, sin embargo, la mirada pícara que me dedica me eriza la piel y me hace sospechar que tal vez no deba cantar victoria tan pronto.
—¿Ves a los chicos sentados en la última fila del autobús? —me pregunta mirando hacia atrás.
—¿Los que están jugando a la consola?
—Exactamente. Cuenta cuántos son —me pide mientras se endereza en su asiento y se cruza de brazos. Luego tendrá la poca vergüenza de decir que yo soy un chulo, pero ella tampoco se queda atrás.
—Joder, son diez… —susurro al darme cuenta de que es justo la cifra que le llevaba de ventaja.
—Logré convencerlos para que se apuntaran en el último momento. No se llevan bien con el resto de su clase, pero al final conseguí que uno de ellos quisiese venir y los demás se animaron —me explica, orgullosa de su hazaña—. Hemos hecho las mismas ventas, Vincent —sentencia dedicándome una mirada asesina—. ¿De verdad crees que estaría tan tranquila si me hubieses ganado?
Aprieto los labios con frustración y rabia. Necesito ese ascenso y ese dinero. Estaba seguro de que lo había conseguido, de que el puesto ya era mío… Esto lo cambia todo. ¿Cómo decidirá nuestro jefe quién debe ascender y quién no? Si se fija en nuestra responsabilidad como monitores está claro que será ella la que se convierta en supervisora.
Mierda, no puedo permitirlo.
—Vaya, vaya…, parece que don Despreocupación se está poniendo algo nervioso —dice Valentina con un tono de voz tan molesto que me cuesta fingir que no estoy histérico—. Quizá este nuevo dato disminuya tus ganas de darle libertad a los chavales, no creo que el jefe quiera ascender al monitor que más comas etílicos lleva a sus espaldas.
—Puf… Lo del año pasado ni siquiera fue un coma etílico, solo se pasaron un poco con el alcohol… A todos nos ha ocurrido —digo intentando restarle importancia a lo que pasó.
—¡Hemos llegado! —anuncia el conductor y, a continuación, pega un frenazo que hace que tanto Valentina como yo nos golpeemos con los asientos de delante—. Disfrutad de vuestras vacaciones —añade abriendo las puertas.
Ambos bajamos del bus en completo silencio. Aunque me joda admitirlo, ahora mismo ella tiene mucha ventaja sobre mí. Es más responsable y mucho más resolutiva que yo. Su constante ansiedad le hace estar preparada para cualquier escenario que se nos presente. Si quiero volver a ser el número uno tendré que tomarme este viaje más en serio. Nada de beber con mis clientes, nada de salir de fiesta con ellos y se acabó eso de ser el monitor enrollado.
Esta vez no puedo permitírmelo.
Tardamos media hora en hacer todos los check-in, hoy los chavales tienen la tarde libre, puesto que debemos esperar a que lleguen los demás. La única actividad que hay organizada es la fiesta de bienvenida, que se celebrará en una de las discotecas más grandes de Magaluf.
—Recuerda que hemos quedado a las once y media en la recepción y que tu compañero de habitación llegará sobre las siete de la tarde —me explica Valentina. Hemos sido los últimos en recoger las tarjetas de nuestras habitaciones. Ella dormirá con Sara y yo lo haré con Pablo.
—Sabes que yo también soy monitor, ¿no? Estoy al día de los planes que tenemos por delante —respondo con una molestia algo impropia en mí. Me gusta provocarla, pero odio ser yo quien se pique.
—Permíteme dudarlo —sentencia mientras se aleja arrastrando la maleta por el pasillo. Por suerte, nos han dado habitaciones en alas opuestas del hotel, por lo que no tendremos que cruzarnos más veces de las estrictamente necesarias.
Cuando llego a mi habitación me sorprende ver lo descuidada que está. Las paredes son tan finas que se oyen los gritos de los demás huéspedes y encuentro pelos y motas de polvo por todas las esquinas. No es que yo sea muy exquisito, pero por lo menos podrían cumplir con la limpieza básica. Me dejo caer encima de la cama y noto como los muelles del colchón se me clavan en la espalda. Serán unos días largos, pero por suerte el siguiente destino es un paquete muy superior a este, por lo que tendremos unas condiciones mucho mejores.
Aprovecho lo que queda de tarde para dormir una pequeña siesta, deshacer la maleta y darme un baño rápido en la piscina. Valentina tenía razón, la piscina principal tiene varios toboganes que parecen divertidos. Observo lo bien que se lo pasan nuestros clientes: unos cuantos se tiran una y otra vez por los toboganes, otros están ligando en la zona de las hamacas, los frikis a los que Valentina consiguió reclutar se refugian en la sombra de las palmeras y siguen jugando con sus consolas…
—¡Ey, Vincent! —Uno de los chavales me ha visto y se acerca a mí con ilusión, me tratan como a uno más y me encanta que no me vean como alguien superior a ellos—. Hoy vendrás a la fiesta, ¿verdad?
—Claro, tengo que vigilar que no os paséis de la raya —respondo acatando mi nuevo rol.
—Pero ¡qué dices! Tú tienes que desfasar tanto o incluso más que nosotros.
—¡Eso, Vincent, nos dijiste que eras el alma de la fiesta! —exclama otro chico uniéndose a nuestra conversación.
—Venga, id a ducharos, que a las nueve abrirá el bufet y si tardáis en bajar, los guiris habrán acabado con toda la comida decente —les digo intentado desviar su atención.
—¡Vale, pero contamos contigo! —gritan mientras se alejan.
Yo también decido seguir mi propio consejo, recojo la toalla, me calzo las chanclas y pongo rumbo a mi cuarto para ducharme y prepararme. Cuando abro la puerta, me sorprende ver que Pablo ya ha llegado.
—Hola, Pablo, ¿qué tal el viaje? —le pregunto mientras nos estrechamos la mano.
—¡Muy bien! Llegamos un poco apurados, pero mis chicos se mueren de ganas de ir a la fiesta de esta noche —me contesta al tiempo que coloca su ropa en la parte del armario que le he dejado—. ¿Qué tal vosotros? Sé que hay un poco de tensión entre Valentina y tú…
Me asombra que Pablo sea tan directo conmigo. Sé que es obvio que entre nosotros existe una enemistad más que notable, pero me sorprende que saque el tema como si nada.
—Ella es muy buena monitora y eso es lo importante —respondo siendo todo lo educado que puedo ser.
Pablo se ríe y niega con la cabeza, sé que él es muy amigo de Valentina, el año pasado hicieron casi todos los viajes juntos y me consta que forman un buen equipo. Es evidente que sabe lo que hice, pero parece mantenerse al margen de la disputa.
—Bueno, me voy a duchar. No quiero llegar tarde al bufet y tener que comerme el par de salchichas frías que queden —digo mientras me dirijo al baño.
—No tardes mucho, yo también quiero darme un agua.
Y, en efecto, en menos de media hora ambos estamos preparados para bajar a cenar. La discoteca de esta noche no tiene código de vestimenta, así que no me he complicado mucho: me he puesto unos vaqueros anchos y una camiseta blanca que se ciñe a mi torso.
A pesar de que llegamos temprano, la comida que sirven en el hotel deja mucho que desear. Me decanto por coger dos muslos de pollo, patatas fritas y algo de arroz. El ambiente que se respira en el comedor es animado, la gente está deseando salir a darlo todo en la pista de baile. Mi vista recorre el espacio para encontrar una mesa en la que pueda sentarme a comer, Pablo ya se ha sentado con Valentina y Sara y, aunque la idea de unirme a su conversación no me convence demasiado, sé que sería muy extraño sentarme solo.
—Que aproveche… —digo amablemente mientras tomo asiento.
—Gracias —responden al unísono. Tras hacerlo, guardan un silencio incómodo, ya que antes de que yo llegase estaban hablando distendidamente.
—¿Interrumpo algo? —pregunto.
—¡Qué va! —responde Sara intentando aliviar la tensión. El año pasado hicimos muchos viajes juntos y nos llevamos genial, pero siempre que está su amiguita delante se vuelve más fría y distante—. Estábamos organizándonos para esta noche, cada uno se responsabilizará de una clase diferente.
Sé que está mintiendo y que probablemente Valentina estaría poniéndome verde, pero prefiero seguirle la corriente y evitar otra confrontación. El día de hoy se me está haciendo muy largo y no me apetece tener que aguantarla otra vez.
—Genial, creo que los míos darán bastante guerra…
—Y todavía más si su monitor los anima… —dice Valentina bajando el tono de voz lo suficiente como para que el comentario pase desapercibido, pero no tanto como para que no lo escuchemos.
—¿Tienes algo que echarme en cara? —le pregunto acomodándome en la silla.
—Lo tendré si pasa algo esta noche —responde apuntándome con el cuchillo que está usando para cortar la pechuga de pollo que tiene en el plato. Sus ojos se clavan en los míos, tenemos el iris del mismo color: un marrón aburrido y común.
—¿Es una amenaza?
—Anda, Vincent, empecemos con buen pie este viaje —sentencia devolviendo la mirada al plato.
—Eres tú la que no para de atacarme.
—Y eres tú el que no para de hacer las cosas mal.
—¿Bajo qué criterio?
—Bajo el mío.
—¿Y acaso tu criterio es absoluto y objetivo?
—¡Chicos, vamos a esforzarnos por ser un buen equipo! —exclama Sara interrumpiendo la conversación.
La verdad es que estábamos empezando a calentarnos demasiado, no podemos dejar en evidencia nuestra enemistad y más cuando estamos cenando rodeados de clientes. Clientes que, por cierto, se han percatado de la disputa.
Tanto Valentina como yo miramos a nuestro alrededor y nos damos cuenta de que nos hemos excedido. Muchos chavales se han girado para ver qué ocurría en nuestra mesa y ya han empezado los susurros y los codazos.
Qué incómodo.
—Yo ya he terminado, me voy a mi habitación —concluye Valentina levantándose. Tiene el plato medio lleno, pero supongo que preferirá dejar de verme la cara antes que acabar de comer.
—Te acompaño, bombón —añade Sara siguiendo sus pasos.
—Yo me quedo aquí con Vincent, nos vemos a las once y media en recepción.
Sus amigas le envían un beso volador y a mí me extraña bastante que él no se largue con ellas. Está claro que son un trío y el que sobra en la ecuación soy yo.
—Deberías intentar tener un poco más de paciencia con Valentina. —Pablo suelta su consejo cuando ellas están lo suficientemente lejos como para no oír nuestra conversación.
—Pablo, te juro que lo intento —respondo con sinceridad—. Es ella la que sigue dolida y rabiosa por lo que pasó hace un año. No quiero ser su amigo, su personalidad me horroriza… Solo quiero que mantengamos una relación laboral estable, sin rencores.
—Es muy rencorosa…
—No hace falta que lo jures, Pablo.
—Pero tú también fuiste muy perro.
—Sabes que vamos a comisión y yo necesitaba el dinero. —No me gusta hablar de mis movidas personales, de hecho no pienso darle más detalles sobre el asunto, pero tampoco quiero quedar como un frívolo. Si hice lo que hice fue porque tenía motivos para hacerlo.
—Ella también lo necesitaba.
Una parte de mí quiere preguntarle por qué, pero sería muy hipócrita, ya que yo no estoy dispuesto a explicarle mis razones.
—Aquí todos tenemos problemas, no voy a cuestionar los suyos, pero sí que voy a priorizar los míos —le explico intentando tener algo de empatía.
—Bueno… Yo solo os pido cordialidad, no quiero que vuestra enemistad perjudique el viaje.
—Estate tranquilo, Pablo —digo dándole un par de palmadas amistosas en el hombro—. Te prometo que yo no voy a provocarla más, pero si ella lo hace, pienso defenderme.
—Es entendible, pero Sara seguro que le dirá a ella lo mismo que te estoy diciendo yo a ti.
Extiendo el brazo para coger el vaso de agua y le doy un gran sorbo. Diga lo que diga Pablo, sé que Valentina no podrá aguantar dentro de su diminuto cuerpo las ganas que tiene de joderme la noche.
Y puede que yo no dé el primer paso, pero estoy dispuesto a dar los siguientes. Al fin y al cabo, el mejor monitor se llevará el ascenso y no creo que sea muy complicado sacar de sus casillas a la chica que necesita organizar hasta las horas en las que va a mear.
CAPÍTULO DOS
VALENTINA
—¡Es que no lo aguanto, te lo juro! —exclamo dejándome caer sobre la cama. Sara me observa sentada sobre el colchón de la suya—. Es insoportable, todo el rato tratando de sobrepasar el límite de mi paciencia.
—Bueno, Valentina, tú también le buscas las cosquillas…
—¡Solo respondo a sus provocaciones! ¡Es lo único que hago!
Sara me dedica una mirada en la que muestra su desacuerdo con lo que acabo de decir. Puede que tenga algo de razón, tal vez el rencor me haga actuar como una niñata, pero es que no puedo evitarlo. Es tan inmaduro que por mucho que trate de no ponerme a su nivel siempre acabo rebajándome.
—Ignórale y ya está —me pide Sara mientras se calza.
Son y cuarto y en quince minutos tenemos que estar en la recepción del hotel. La discoteca abre a las doce, pero entre que bajan todos los clientes y hacemos el recuento, siempre llegamos justos. Al ser un grupo tan numeroso las discotecas nos piden que estemos ahí a la hora de la apertura.
—Te prometo que lo intento —respondo levantándome para coger el bolso. Lo abro para revisar que llevo todo: cartera, teléfono, dinero en efectivo, la tarjeta del cuarto del hotel…—. Esta noche no pienso dirigirle la palabra más veces de las necesarias.
—¡Genial! Tengamos la noche en paz, por favor. —Sara no suena demasiado convencida, pero decide conformarse con una promesa que ni yo misma sé si podré mantener—. ¿Estás lista?
—Sí.
—Pues venga, nos vamos.
—¡Espera, déjame ir al baño! —digo dando marcha atrás. No tengo muchas ganas, pero prefiero vaciar ahora mi vejiga y así ir el menor número de veces a los baños de la discoteca. Siempre hay muchísima cola y están asquerosos…
Cuando termino, tiro de la cisterna, me lavo las manos y me miro en el espejo. No voy tan arreglada como me gustaría, apenas me he maquillado y me he puesto un vestido muy simplón: el típico negro que tienes de fondo de armario. El sol de junio ya ha despertado a las pecas que dormitan en mi cara el resto del año. Mi madre las odia, pero a mí me encantan. He decidido no alisarme el pelo y llevarlo con mis ondas naturales, en Mallorca hay tanta humedad que no habría servido de nada pasarme la plancha.
—¿Vas a tardar mucho? —pregunta Sara tras la puerta.
—¡No, enseguida salgo! —respondo terminando de colocarme el pelo.
Me paso las manos por el vestido para intentar quitar todas las bolitas que tiene pegadas, las típicas que le salen a la ropa desgastada. Me lo he puesto tantas veces que ya está para el arrastre, pero ahora mismo todo mi salario va destinado a ayudar en casa y no puedo permitirme ropa nueva.
—Ahora sí que sí —digo saliendo del baño.
Sara sonríe y ambas nos dirigimos a la recepción. Ella va guapísima, con un mono blanco que marca todas sus curvas y un recogido precioso que yo tardaría cinco meses y tres tutoriales de YouTube en aprender a hacer. Algo que me encanta de ella es que sabe sacarse mucho partido, conoce perfectamente la ropa que le queda bien, el tipo de maquillaje que le favorece, los peinados que potencian sus facciones… Yo no le doy tanta importancia a mi apariencia, pero no es porque no quiera, sino porque no sé qué hacer para mejorarla.
Algún día le pediré que me enseñe todos esos trucos que lee en las revistas que siempre lleva consigo a todas partes.
—¡Hola, chicas! Ya estamos todos —nos saluda Pablo en cuanto nos ve aparecer.
—¿En serio? ¡Qué puntualidad! —exclamo sorprendida, esto no suele pasar, siempre tenemos que esperar unos minutos por los más tardones—. Espero que seáis así de puntuales mañana cuando tengamos que coger el barco —añado dirigiéndome en tono jocoso a todos los chicos y chicas.
—¡La resaca que vamos a tener no nos lo va a permitir! —grita Julián. De los veinte clientes que llevo creo que será el más problemático. Es el líder de su clase, el que lleva la voz cantante y siempre lucha por llamar la atención de los demás.
—Ahora vamos a salir hacia la discoteca, seguidnos y, por favor, no os quedéis atrás. Necesitamos llegar todos juntos a la puerta —explica Vincent proyectando la voz para que todos le escuchen con claridad—. Una vez allí os daremos una pulsera a cada uno, incluye una consumición que podréis pedir en cualquier momento de la noche.
—¿Solo una? —pregunta Julián.
—El resto tendréis que abonarlas vosotros —contesta Sara.
—La discoteca cierra a las seis de la mañana, si alguien quiere regresar antes al hotel debe avisar a un monitor. Nadie, repito, NADIE, puede irse sin decírselo antes a alguno de nosotros. Habrá dos monitores dentro del local vigilando que todo esté bien y dos en la puerta por si alguien quiere marcharse. —Ahora soy yo quien toma el turno de palabra—: Y por supuesto nada de peleas, comas etílicos o faltas de respeto. Estamos aquí para disfrutar y pasarlo bien, no le fastidiéis la fiesta a nadie.
—Dicho esto, ¡QUE EMPIECE LA NOCHE! —exclama Vincent dando una palmada.
Qué pesado es con las palmaditas, de verdad.
La noche en Magaluf se caracteriza por estar llena de extranjeros que buscan desfasar todo lo que no desfasan en su país. Algunas calles parecen vertederos, llenas de vasos de plástico y botellas de alcohol. En el paseo de diez minutos hasta la discoteca ya oímos algunos piropos desde los balcones; si fuese sola, seguramente estaría cagada de miedo.
—Me apuesto cinco euros a que Julián la lía esta noche —dice Vincent. Todos los monitores vamos en cabeza, así que no hay ningún cliente que pueda oírnos.
—La apuesta más fácil de ganar de la historia, nadie va a apostar lo contrario —contesta Pablo entre risas. Creo que todos nos hemos dado cuenta de quién será el conflictivo este año.
—Yo apuesto diez a que nadie la va a liar —digo con seguridad.
—Lo que haces por llevarme la contraria… —susurra Vincent chasqueando la lengua.
—No es por llevarte la contraria, solo creo que todo está bajo control y que no tendremos ningún problema esta noche.
—Somos cuatro monitores para ochenta adolescentes más salidos que el pico de una mesa, ¿qué puede salir mal? —ironiza Sara.
Realmente todos han cumplido ya dieciocho años, pero para nosotros siguen siendo unos niños. Puede que no nos llevemos tanta diferencia de edad, pero estamos en etapas vitales muy pero que muy diferentes.
Cuando llegamos al antro en el que pasarán la noche vamos colocándoles las pulseras de papel en las muñecas. La discoteca está vacía, pero pronto se llenará con otros grupos. Hay muchas más empresas, además de la nuestra, que se encargan de organizar este tipo de viajes y todas eligen este local porque nos pone muchas facilidades.
—Listo, todos dentro —dice Pablo cuando acaba de poner la última pulsera—. ¿Os quedáis vosotras en la puerta y hacemos nosotros la primera ronda?
—Genial, así me fumo un piti —responde Sara sacando la cajetilla de su bolso—. Mierda, solo me queda uno.
—Deberías dejar esa porquería —digo alejándome un poco de ella para no tragarme todo el humo.
—Sabes que por mucho que lo repitas no vas a conseguir quitarme el vicio, ¿verdad? —me pregunta retóricamente mientras expulsa por la boca una maloliente humareda.
Niego con la cabeza mientras sonrío, se lo he repetido tantas veces que esta situación ya me hace gracia.
Odio el tabaco, odio a los fumadores y odio que esté tan normalizado el hecho de que puedas comprar veneno en cualquier estanco para ir matándote poco a poco. Puede que suene muy exagerado, pero si tuviese el poder para hacerlo, prohibiría fumar en cualquier espacio público. ¿Por qué tengo que ser fumadora pasiva y tragarme el apestoso humo de los demás? ¡Qué injusto!
—¿Cuántos crees que se quedarán mañana en el hotel? —pregunta Sara refiriéndose a que muchos clientes no querrán ir al barco por la resaca que tendrán.
—Diez o quince, como todos los años.
—Ya me jodería pagar por una actividad y después no hacerla…
—Muchos priorizan la fiesta, es su decisión, y para nosotros es más fácil.
—En eso tienes razón —concluye tirando la colilla al suelo.
—¡Oye, ni se te ocurra! —exclamo horrorizada—. Recógela. —Si algo me pone más nerviosa que los malditos fumadores son los fumadores que encima son unos guarros.
—Imagina lo mucho que te quiero para aguantar lo pesada que eres. —Sara me sonríe y se agacha para recoger la colilla—. Este lugar está lleno de mierda, no vaya a ser que esta pequeña colilla estorbe más de la cuenta… —dice con sarcasmo mientras se acerca a tirarla a la papelera que tenemos al lado.
En los primeros viajes que hicimos juntas me costó mucho entender su sentido del humor. Le encantan los dobles sentidos, es muy sarcástica y ama las ironías. Ahora hemos creado una sinergia muy interesante, no solo formamos un equipo increíble dentro de la empresa, sino que también congeniamos muy bien como amigas. Me entristece no verla más a menudo, a veces siento que estoy sacrificando amistades por no poder dedicarles el tiempo suficiente.
Pasamos el resto de la hora que tenemos que estar en la puerta cotilleando y poniéndonos al día. Yo no tengo mucho que contar, pero la vida de Sara está llena de historias salseantes: líos con chicos, traiciones familiares, nuevas amistades… Antes de que queramos darnos cuenta, Pablo y Vincent salen para relevarnos.
—Os toca entrar en la jungla —dice Pablo, que aparece con una copa en la mano. Al percatarse de que me he quedado mirándole, añade—: La primera y la última, lo juro.
—No podíamos desperdiciar la consumición gratis —le apoya Vincent, que también sujeta lo que parece un roncola.
—Vamos a por las nuestras —me susurra Sara.
Cuando llegamos a la pista de baile me abruma ver lo rápido que se ha llenado. La música está tan alta que retumba en mi interior y hace que mi cuerpo vibre en contra de mi voluntad. Todos bailan animados, rozando sus cuerpos con los de los demás, sudando y tirando parte de sus copas por culpa del zarandeo continuo. Observo cómo algunos se besan apasionadamente, hasta logro ver cómo sus lenguas se entrelazan como si fuesen serpientes. Otros son más discretos, arrimando su cuerpo poco a poco hasta conseguir pegarlo al de su acompañante por completo.
—¿Qué quieres beber? —me pregunta Sara, que ha conseguido un buen sitio en la barra.
—Agua.
—¿En serio? ¿Ni una copa?
—Nunca bebo cuando trabajo —le contesto agarrando su mano para que no nos separen. En las discotecas la gente es muy bruta, si no tienes cuidado te llevan por delante.
—Pues yo me voy a pedir un malibú con piña, algo ligerito.
Cuando por fin le dan su copa nos alejamos de la barra y nos ponemos a pasear por la pista de baile. Nuestra función es comprobar que todo esté bien y por ahora parece que no hay ningún problema a la vista. Nos encontramos a muchos de nuestros clientes y todos están muy contentos, la mayoría ya van bastante borrachos.
De repente, dos chicas se aproximan a nosotras. Juraría que pertenecen a la veintena de la que se encarga Sara. Están un poco pálidas y caminan dando tumbos, supongo que habrán bebido más de la cuenta.
—Queremos volver al hotel, nos encontramos fatal… —Una de ellas, la morena, se nos acerca mucho para que podamos escucharla con claridad. Me sorprende comprobar que su aliento no huele a alcohol, por lo que su malestar no se debe a la borrachera.
—¿Habéis bebido? —pregunto para asegurarme.
—No, no bebemos alcohol —contesta la pelirroja, que parece estar más espabilada—. Para gastar nuestras consumiciones nos hemos pedido dos refrescos.
Sara y yo nos miramos preocupadas. Ambas hemos hecho muchos viajes de este tipo y sabemos identificar muy bien cuando nos mienten como para saber que estas chicas no lo están haciendo.
—¿Qué os pasa? —les pregunto mientras nos vamos alejando de la pista de baile. Sara y yo las guiamos hacia una esquina donde las podremos escuchar mejor.
—Estamos muy mareadas, tenemos mucho sueño… —me explica una de ellas llevándose la mano a la cabeza. Las dos están muy idas y se nota que les cuesta más de la cuenta hilar las palabras.
—¿Con quién habéis estado esta noche? Sé que habréis bailado con mucha gente, pero decidme con quién habéis estado más tiempo. —Quizá no sirva de mucho, pero si me dan algunos nombres podré estar alerta y actuar si veo algo extraño.
—Con Esther, Claudia, Santi, Julián…
—También con Esteban y Carlos —añade la otra.
—Vale, os voy a acompañar al hotel para que podáis descansar… —les dice Sara mientras aprieta dos veces mi mano.
Sé lo que significa su gesto.
Todo apunta a que alguien las ha drogado.
Su testimonio parece sincero y, aunque ahora mismo puede que estén demasiado confundidas para llegar ellas mismas a esa conclusión, es bastante evidente que están bajo el efecto de alguna droga. Tanto Sara como yo sabemos que es mejor no decírselo todavía, se preocuparían demasiado y no es el lugar correcto para que les dé un ataque de pánico. Lo mejor es que Sara las acompañe al hotel y allí les explique lo ocurrido con calma y tranquilidad.
—Avisaré a Pablo para que venga a hacerte compañía —me susurra al oído mientras agarra a sus dos clientas.
Lo que parecía una noche tranquila está a punto de convertirse en una auténtica pesadilla. No es la primera vez que tenemos que lidiar con situaciones parecidas y sé todo lo que conlleva: visita al hospital, denuncia, y si el portador de la sustancia es uno de nuestros viajeros, la experiencia se acaba por completo para él.
Aunque debería esperar a que Pablo venga a ayudarme, mi impulsividad no me permite estar quieta. Una de ellas mencionó el nombre de Julián y de los chicos con los que siempre está y mi instinto me indica que seguro que tiene algo que ver con todo esto. Lleva desde el primer minuto dando la nota y actuando como un animal salvaje…
Camino por la discoteca, está tan llena que me cuesta desplazarme. Las luces de colores y los láseres que salen desde la cabina del DJ dificultan mucho mi búsqueda, pero Julián es muy alto y son sus casi dos metros los que me hacen encontrarle. Me acerco a él, pero mantengo las distancias, quiero ver cómo actúa sin que sepa que estoy observándole. Está ligando con una chica que no es de nuestro grupo. Le agarra la cintura y bailan muy pegados, a ella parece gustarle, pero cuando Julián baja la mano hasta su cadera y la aprieta más contra su torso, la chica le empuja levemente con las manos y niega con la cabeza. La situación podría quedarse ahí, en un intento de conquista fallido, porque una de las dos partes no está interesada, pero parece que él no entiende lo que significa un no.
Julián la vuelve a sujetar, esta vez con mucha más fuerza, e intenta darle un beso en la boca. La chica se gira para esquivar sus labios y él decide agarrarle el mentón para que no pueda zafarse de un segundo beso.
Es ahora cuando decido actuar.
No pienso permitir esto.
—¡JULIÁN! —grito consiguiendo que se sorprenda y se gire hacia mí. La chica aprovecha que está distraído para irse—. ¿Podemos hablar un momento?
—¿Qué pasa? —replica algo molesto por mi interrupción.
—Acompáñame.
—¿A dónde?
—Afuera.
—¿Estás de coña? No pienso salir. —Todos nuestros clientes saben que tienen que obedecernos, es una de las cláusulas del acuerdo que firman al contratar el viaje y algo que los monitores siempre repetimos en las reuniones. Sin embargo, en toda excursión hay algún niñato que se olvida de ello.
—No te lo estoy pidiendo, Julián. Te lo estoy exigiendo.
Odio ponerme así.
Odio tener que llegar a este punto.
—¿Y quién coño te crees que eres para venirme con exigencias? —pregunta mientras se ríe en mi cara. Esta situación comienza a ponerme nerviosa y aunque siempre intento guardar mi carácter bajo llave, ahora mismo amenaza con salir y dinamitar el lugar.
—Aceptáis venir a este viaje sabiendo que tenéis que hacernos caso —le explico mordiéndome la lengua con tanta fuerza que noto el sabor de la sangre—. Acompáñame un momento.
—Que no pienso acompañarte, joder. —Su tono de voz comienza a elevarse, me percato de que su mandíbula se mueve sin control y mis dudas sobre si ha consumido alguna sustancia o no se despejan por completo. Julián va puestísimo y eso complica todavía más las cosas—. Eres una amargada de mierda, dile a tu puto jefe que te suba el sueldo y deja de dar por culo —añade exaltándose todavía más.
—¡Ni se te ocurra hablarme así! —le grito mirándole a los ojos. Nadie va a ningunearme y menos un desgraciado como él.
—Te hablo como me sale de los cojones, zorra —dice dándome un empujón que logra desestabilizarme.
No sé muy bien cómo proceder ahora.
Estoy sola, rodeada de gente que no se ha dado cuenta de lo que está pasando y con un chaval que, aunque tenga tan solo dieciocho años, tiene la envergadura de uno de treinta. No tengo miedo, pero sé que físicamente no hay nada que pueda hacer. Podría seguir increpándole, pero no serviría de nada, solo conseguiría ponerle más violento y que la discusión empeore todavía más.
Entonces, noto que una mano se posa sobre mi hombro. En un primer momento pienso que es Pablo, ya que Sara me ha dicho que le iba a avisar, pero siento sobre mi piel el frío del metal y sé perfectamente que Pablo nunca usa anillos.
Es Vincent el que ha puesto su mano sobre mí.
—¿Tienes algún problema con Valentina? —le pregunta acercándose a él de una forma directa y amenazadora. Vincent es más bajito, pero su cuerpo duplica al de Julián—. ¿Me estás escuchando, gilipollas?
No debería hablarle así a un cliente.
Tampoco debería encarársele y sujetarle la cara como si estuviese a punto de pegarle un cabezazo.
Y mucho menos empujarle con un golpe en el pecho que consigue hacerle retroceder un metro.
—Vas a acompañarnos fuera ahora mismo.
Julián no dice absolutamente nada. Vincent le agarra por el brazo y lo pasea por la discoteca como si fuese un crío de cuatro años. Su agresividad se ha esfumado, tan solo baja la cabeza y nos acompaña a la salida como si su enfrentamiento conmigo nunca hubiese ocurrido. Me molesta muchísimo que haya tenido que venir Vincent a defenderme, me jode que mi presencia no sea suficiente para que un hombre me respete.
—Joder… —suelta Pablo cuando nos ve aparecer en la entrada del local.
—Iré con él al hotel y solucionaré todo esto —nos dice Vincent, que todavía sigue sin soltar el brazo de Julián—. Vosotros quedaos aquí por si alguien más quiere volver al hotel o por si pasa cualquier otra cosa.
—Habla con Sara, creo que esto tiene algo que ver con lo que le ha pasado a sus chicas —le susurro acercándome a su oído para que Julián no pueda escucharme.
—Lo sé —responde. Entonces, veo como es él quien se acerca a mi oreja para susurrarme algo—: Y tú vete preparando esos diez euros que me debes —añade para después alejarse con una sonrisa envenenada.
Hasta en los momentos más tensos y serios se las ingenia para seguir siendo un completo gilipollas.