Índice
PRÓLOGO
1. TORMENTA
2. UN ASESINO
3. CUIDADO CON LO QUE DESEAS
4. CONSECUENCIAS
5. JUEGOS PELIGROSOS
6. COMERSE AL ENEMIGO
7. SIN ARREPENTIMIENTOS
8. EN LA BOCA DEL LOBO
9. CUERDA FLOJA
10. LO TOMAS O LO DEJAS
11. PISA EN FALSO
12. HASTA TU ÚLTIMO ALIENTO
13. TU BRILLO
14. JUEGO DE FUERZAS
15. LA NOCHE DE LOS VELOS
16. INESPERADO
17. OJOS DE SERPIENTE
18. SECRETOS AL DESCUBIERTO
19. MÁS FUERTE
20. JUGAR CON FUEGO
21. GOLPE DE REALIDAD
22. LA GRAN FARSA
23. SIN RETORNO
24. IMPULSO PELIGROSO
25. DESBANDE
26. VERDADES QUE MATAN
27. EN JAQUE
28. SIN MÁSCARAS
29. CELOS
30. DOS CARAS
31. GOLPE BAJO
32. MARCAS IMBORRABLES
33. EMBARRO
34. ASFIXIA
35. INFERNAL
36. EXTRA EN EL BAÑO
37. ESCORPIÓN A LA VISTA
38. PUÑALES Y TRAICIONES
39. EXTRAÑOS
40. UNA TRAMPA
41. FUEGO Y HIELO
42. HERIDAS ABIERTAS
43. EL OLFATO DEL ÁGUILA
44. EN CAÍDA
45. CICATRICES AMARGAS
46. TRAICIÓN
47. RUMBO A LA MUERTE
48. DISPARA
49. RENACER EN MÁSCARAS
50. SOMBRAS
51. ETERNO
52. ESPINAS
53. SINSABORES
54. FANTASMAS QUE OSCURECEN
55. GRIS OBTUSO
56. LA SANGRE
57. AL FILO DEL ABISMO
58. RICARDI
59. JUEGOS DE SANGRE
60. LA LEYENDA
61. EL ÁNGEL Y EL DIABLO
62. EL PRINCIPIO DEL FIN
63. PURGA
64. BALAS Y PASIONES
65. FINALES
EPÍLOGO
Legal
Sobre la autora
Sobre este libro
Advertencia de contenido +18.
No apto para personas sensibles.
Ella no es cualquier mujer, es una leyenda

PRÓLOGO
Sobrevivió. Debería estar muerta al igual que su padre después de los disparos que le hice, pero la inesperada llegada de la policía la salvó y hoy está a punto de ascender al clan más poderoso de la mafia siciliana. Eso hiere mi honor y ofende mi sangre.
Puedo soportar cualquier cosa en el mundo menos el fracaso. Enciendo mi puro ante la mirada de más de veinte hombres que bajan la cabeza al verme. Saben quién soy, a qué he venido y por qué estoy aquí después de más de diez años lejos de Italia.
Sus rostros obedientes permanecen en silencio mientras la llovizna fría recoge el eco de unos pasos que se detienen detrás de mí con cautela, como si hubieran estado esperándome desde hace mucho tiempo.
—Bienvenido a Italia, mi señor.
Sé quién es sin girarme. Me limito a exhalar el humo de mi puro mientras tomo mi arma y los recuerdos vuelven a golpearme, trayendo a mi memoria la redada, los gritos, el rostro vendado de la chiquilla y esos labios que no puedo sacarme de la mente. Sobre todo, la forma en que ágilmente escapó de la muerte, aunque no pudo escapar del peso de su pasado.
—En unos días cumple veintiún años…, y está en Roma. Se rumorea que La Hermandad le cederá el clan muy pronto.
Sus palabras son una inyección de adrenalina, alimento vivo para un depredador como yo que no va a quedarse con las ganas cuando tenga hambre. El pasado no perdona los errores ni tiene contemplaciones. Las mentes fuertes no se rinden ante el fuego, ya que el jodido infierno es lo único que conocen. Después de años en el exilio, es hora de tomar lo que me pertenece. Incluyéndola a ella.
—Ha sabido jugar muy bien sus cartas, pero ahora arriesga más de lo que cree, señor R…
—Adrian Petrov —volteo mientras su mirada se mantiene inquieta.
Era lo que estaba proyectado a ser y lo que seguiría siendo para ellos.
—¿Sabe realmente quién es ella?
Una cría que corría despavorida ante una balacera. Una tonta que no supo ni cómo defenderse ante las balas y que dejó morir a su padre mientras el shock la paralizaba por completo. Por supuesto que lo sé.
—Su belleza solo es un gancho para la obsesión de sus enemigos —añade y detiene mi paso—. Los asfixia hasta que mueren y caen a sus pies para luego sacar sus verdaderas garras. Parece noble, buena, frágil, pero es solo una arpía.
El sabor del whisky todavía persiste en mi lengua, al igual que las ganas que tengo de ella. Clavo una daga en la fotografía borrosa que yace en el suelo mientras la lluvia parece consumirla.
—Cuida tus ojos de los suyos, tus labios de los suyos, tu polla de su increíble cuerpo de sirena. Recuerda que hasta las mentes más fuertes pueden caer bajo la pasión de la belleza. Ella no es cualquier mujer, es una leyenda.

1.
TORMENTA
Adrian
23 de julio. Periferia di Roma, Villa Regina
Una noche más, pero no cualquiera. Mis dedos se deslizan por el cristal de la botella mientras bebo el último sorbo de whisky. El alcohol pasa por mi garganta, quema mi ansiedad, soborna mi paciencia y aumenta mis ganas mientras observo desde el auto la absurda fiesta de máscaras en Villa Regina, mansión de los Simone, que reúne a la élite más grande de la mafia siciliana. Es la noche negra, conocida por ser la prueba más importante para un heredero en ascenso.
El humo de mi puro hace explosión en mi lengua mientras juego con la sensación de tener lo que busco entre mis manos. Después de años viviendo en Europa del Este, de dejar fuera a cada líder de la mafia que se atrevía a desafiarme, estar en suelo italiano me vuelve trizas el hígado a causa del pasado que todavía pesa y cuyas cicatrices no olvido.
El león es el rey de la jungla, joda a quien le joda. Nadie lo destruye. Nadie lo turba. Nadie lo enfrenta. Desaparece cuando tiene que hacerlo, esperando el mejor momento para enterrar sus garras hasta que la presa sea más vulnerable, apetecible. Y por fin, ha llegado el momento de saldar cuentas.
—¿Todo está listo?
—Tal y como lo ordenó, mi señor —indica uno de mis hombres, para luego hacerse invisible.
La gran farsa empieza ahora.
Aprieto fuerte los dedos en el volante para calmar, en algo, la ansiedad que me abruma. Una señal se activa y las luces del auto parecen más brillantes al entrar en una zona prohibida: la mansión dorada de los Simone. Mientras tanto, el lujo se desborda por todas partes, junto al sonido estridente de una gran fiesta descomunal.
—Todavía hay tiempo para volver y atacar con ejércitos —dice Erick, mi mano derecha y hacker personal, por el auricular en un tonito que me incómoda—. Alguien como tú no debería ensuciarse las manos personalmente, menos aún cuando le acechan múltiples proyectiles.
—Tan predecible —respondo con fastidio.
Noto francotiradores en las esquinas, por lo que finjo sin emoción ser la máscara que tardé mucho tiempo en volver creíble. Creo negocios fantasmas con ellos bajo el apellido Petrov desde hace años, un supuesto aliado que se ha entrometido lo suficiente con el enemigo como para no dar la cara hasta ahora, tener un acceso creíble a estos rituales y, de alguna manera, hacerlos dependientes de mis inversiones.
La huella falsa hace su trabajo y me da luz verde. El cordón secreto de seguridad me indica que nada ha cambiado en la ciudad. Roma sigue apestando al igual que sus líos entre mafias.
Cuidan a la arpía hasta de lo que respira, tanto, que ni siquiera la organización más grande de criminales puede llegar a ella porque el padre fue lo suficientemente inteligente como para protegerla. Italia se ha convertido en el país más poderoso para la mafia, constituida por dos clanes sangrientos: los Simone, que gobiernan el sur, y los Ricardi, en el norte. Ambos son enemigos mortales con grandes negocios de drogas exóticas que compiten desde hace décadas.
La noche negra pone en jaque a los Ricardi, están a punto de perder toda posibilidad de liderazgo por el ascenso de la hija de su enemigo, por lo que la paranoia es grande. Hoy es el día en el que tiene que demostrar que es digna.
—Signore, su antifaz.
Un tipo de baja estatura irrumpe cuando estaciono y deslizo la máscara en mis ojos mientras saco la llave de mi auto, un Bugatti Veyron Sport negro de colección, que no deja de mirar con asombro.
El lugar está lleno de mierda y más mierda como esperaba. De reojo, veo a los espías camuflados como meseros por cada esquina mientras me acerco a los señoriales jardines que bordean la mansión tradicionalmente siciliana, todo un espectáculo de lujo.
El piso de piedra mantiene el estilo mediterráneo, la villa verde le da color a la noche y la piscina central la hace ver más grande mientras paso cerca de la manada de retrasados que bailan luciendo trajes ridículos, tratando de captar la atención de la prensa comprada que solo muestra la cara más bonita de la élite.
—Caballero —los flashes me ciegan y un reportero se acerca—, ¿me permite hacerle una pregunta?
—No.
Le dispararía a este pedazo de mierda ahora, pero el poco tiempo del que dispongo lo uso para explorar el perímetro, por lo que no lo pierdo en estupideces.
Avanzo solo un poco, evitando a los fotógrafos y las miradas incesantes de lo que parecen cotorras hablando de sus uñas. No soy el tipo de hombre que hace relaciones sociales o coquetea con cualquiera solo para clavarle la polla; me follo a mujeres expertas, que sepan tragar lo que quiero y complacerme cuando se me antoja, por lo que la idea de entablar conversaciones hipócritas que me den algún tipo de ventaja nunca ha sido de mi agrado.
Evito a la plebe que cuchichea cuando paso cerca y asiente con una sonrisa que no correspondo. Quiero terminar de una vez por todas con mi objetivo esta noche… que anda escondida, de seguro, muerta de miedo. ¿El problema? Todas las mujeres llevan antifaces, una jugada inteligente, hasta que me doy cuenta de que la mansión está dividida en dos partes y que la gente, en su mayoría, es distraída a propósito para cumplir las apariencias.
—¿Tienes el acceso al área VIP? —escucho a dos mujeres hablar cerca.
—No me he cogido a nadie todavía. No entras a dicha área si no coges con alguien o haces un trío, y mucho menos si no te drogas.
—¿Y si pasa algo? No saldremos vivas. Nadie es invencible, Donato Simone murió por balazos certeros al corazón de quién sabe qué asesino.
—Esta mansión está mejor cuidada que el mismo palacio de Roma. Nadie se atrevería a armar una balacera, sería imposible. A por ello, perra. Consigamos a alguien.
Aprieto los dientes entendiendo la maniobra. Los manipulan bajo excusas ridículas que todos se tragan. La invitación a la élite de la mafia tenía que darse para cumplir con las tradiciones y hacer negociaciones importantes, pero a ella solo llegan los vulnerables: drogados, inútiles, gente que no implique una amenaza esta noche.
Vaya fiestita.
Saboreo el éxtasis y casi puedo oler el riesgo al aproximarse la medianoche. El reloj avanza al igual que mis ansias. Me demandará un segundo disparar y tres escapar, por lo que evalúo áreas de emergencia situadas en medio de los arbustos, pero el móvil me vuelve a vibrar de forma incesante y finjo contestar al leer el mensaje en clave.
¿Estás en Italia y no me avisaste? Sabes dónde encontrarme. Te espero con las piernas abiertas, mi niño.
Lo descarto, no me apetecen corridas rápidas ahora.
Levanto la mirada hacia un punto fijo en la azotea, donde un tipo con la garra de león tatuada en la mano me devuelve la mirada, anticipando el escape. Luce como los soldati de los Simone, pero es parte de los míos y su mirada carga ansiedad. Son las once y cuarenta y cinco de la noche. Hay más de trescientas personas, pero ni rastros de ella. No hay más tiempo.
Me abro paso entre la gente. La tradición italiana dicta que la heredera organice la fiesta para demostrar su poder y se quite la máscara para el sello de sangre en el fuego. Las campanas sonarán en quince minutos y luego del festín, todo habrá acabado. Será rápido. Extremo. Doloroso para La Hermandad italiana quedarse sin su candidata favorita.
Continúo caminando, ignorando nuevas miradas territoriales hasta llegar al punto que quiero. Espero solo unos segundos, finjo fumar un cigarrillo, todavía con el antifaz de cuero negro en el rostro, ansioso de liberar el arma que roza mi carne. Cruzo uno de los jardines, evito las cámaras móviles y me acerco al acceso de la mansión en silencio, mostrando el anillo que llevo en el dedo.
—Señor.
El imbécil del guardia palidece.
El apellido Petrov ha adquirido popularidad en el círculo italiano, así que no es difícil para mí entrar donde quiera. En diez pasos estoy dentro y pronto el ajetreo me abruma junto con el caos que estalla.
Por fuera, la fiesta luce tranquila, pero por dentro es un infierno. Mujeres exóticas pasan a mi lado sonriendo, hombres fornican sin pudor en las esquinas, luces estrafalarias ciegan mis ojos; pero lo peor no es eso, sino la maldita música de porquería.
¿No se supone que la tradición italiana prohíbe la música norteamericana? Deberían sonar violines en lugar de basura. El horror me invade. La nueva reina de la mafia, una chiquilla que acaba de cumplir veintiún años, destierra las costumbres tradicionales con gustos mediocres.
Son las once y cincuenta de la noche; aprieto mi mandíbula con fuerza.
Cada paso que doy reaviva heridas del pasado mientras mi mano roza las armas que oculto. En cada inhalación recuerdo mis pesadillas, la venganza y el reloj indica que esto terminará para siempre. Un depredador como yo no pierde, solo guarda la mordida, así como lo ha hecho el clan que creyeron desterrar por años cuando solo se trata de una jugada maestra.
—¿Quién es ese semental? —cuchichean unas mujeres.
—No sé, pero se ve comestible. Apuesto a que no es cualquiera.
La sangre me hierve cuando notan mi presencia al adentrarme por el marco de las puertas doradas. La música estridente no deja de fastidiarme, abunda el olor a hierba, pero lo peor es cuando dos chicas se vuelven una piedra en el zapato al tratar de ponerse a mi vista. Se muerden los labios acortando la cercanía, tocándose las tetas, pestañeando como si fueran prostitutas para cazar al mejor idiota con dinero cuando mi objetivo es una presa más grande.
Ignoro sus voces de cotorras. Recorro el salón principal adaptado a las preferencias de quien debería hacer su entrada por las puertas del brazo de su tío, pero el ambiente de libertinaje abunda, sobre todo en aquellos cuartos de cristal donde fornicar a la vista de todos parece ser la novedad de la fiesta.
—¡Fóllala! ¡Destrózala! ¡Córrete! —gritan dementes drogados.
—¡Apuesto a que no se corre!
—¡Que se corra!
—¿Quién se une al festín? Señoras y señores, un trío a la vista.
Los payasos se masturban cuando miran y no me interesa ver cómo sus insignificantes pollas se alzan. No hay nada tradicional aquí. Tampoco rastros ni luces de su presencia. Y esto empieza a preocuparme.
¿Será que ha escapado de nuevo? Imposible. Hay un maldito globo gigante con el símbolo del águila junto a un conteo regresivo que marca la hora cero a la medianoche.
«La perra de la mafia», como la llaman, resulta ser una incógnita, aunque no por mucho. Estos tipos están aquí para verla. Casi nadie conoce su rostro y para la mafia sigue siendo un misterio su presencia. Dicen que es buena en el arte del engaño y, aunque La Gata se empeña en negarlo, lo que dicen de ella empieza a intrigarme.
—Adrian, la organización sabe que estás en Italia, van a investigarte.
La voz de Erick vuelve a sonar en el auricular casi invisible en mi oreja.
—Hackea códigos de las puertas para mi escape. Voy a continuar lo que inicié un día.
—Esto se va a ir al carajo —insiste—. Sabrán quién eres en realidad, y no solo Bianca.
—Es una orden.
No sé si fue buena idea contar con Erick, pero es la única jodida persona en la que puedo confiar en Italia.
El reloj marca las once y cincuenta y cinco minutos. La impaciencia me está consumiendo. Hay movimientos extraños en la parte delantera y la seguridad intercambia miradas. Notarían que no soy un simple invitado si no estuvieran tan ocupados en dar la vida por la arpía, así que aprovecho la oportunidad.
—Señores, preparen sus máscaras… —la voz de un mayordomo se alza entre la gente, aumentando la alegría de todos.
A las doce todos revelarán sus caras. Suelto una media sonrisa con el cuerpo encendido, la adrenalina me sube al deslizar mis dedos cerca de mi arma lista para dispararle en la cabeza mientras mis pies caminan hacia una pasarela improvisada.
Sufrirá. Sucumbirá. Suplicará. Las deudas de sangre se cobran con sangre. Los juramentos se cumplen, así como el honor que los alimenta.
Mi respiración se acelera a medida que los segundos avanzan. Esquivo a la gente, manteniendo el enfoque en un punto hasta que un diminuto cuerpo de avispa me bloquea.
¡Maldita sea!
Mis reflejos casi le fracturan el brazo cuando grita.
—¡Perdón! ¿Te conozco? —la cotorra que cree que sus tetas son agraciadas me frena cuando me aparto.
Once de la noche con cincuenta y ocho minutos.
Mierda.
—¡Apuesto a que te conozco! Estabas en la fiesta de Willy, ¿cierto? Un hombre como tú no se olvida nunca. ¿No tienes… hambre?
Enarco una ceja mientras ella sonríe y menea la lengua.
—No como carne podrida, tampoco follo focas. Largo.
Se queda con la boca abierta y avanzo.
La gente se mira mientras los segundos transcurren. Los hijos de la élite más preciada intentan congraciarse, sus miradas de imbéciles reflejan que solo tienen una polla en el cerebro.
La paciencia es una virtud que me cuesta alcanzar. Años siendo una farsa, un Petrov para el mundo, tejiendo hilo a hilo la estrategia, cuando mi único objetivo tras aquel umbral debe terminar rápido, con una bala en el cráneo y punto.
Se supone que saldrá por la puerta grande como toda heredera de la mafia, siguiendo las tradiciones, con la música típica de fondo y un vestido formal de diamantes que la haga verse como una muñeca, pero el tiempo se agota y no hay indicios de nada.
Falta solo un jodido minuto. Me posiciono en el ángulo correcto, tomo mi arma sin que lo noten mientras vuelvo a activar el micrófono que me conecta con Erick.
—Armas listas, prepara mi salida.
—¡Estás demente!
Mi única misión es salir de este jodido lugar que está mejor cuidado que la Casa Blanca. Camino enfocando la gran puerta donde hay movimientos. Y son solo segundos, malditos segundos.
—Adrian, algo está mal —insiste Erick.
—Detalla el panorama —digo y mantengo la frialdad.
—Estamos siendo interrumpidos.
Me detengo.
La fiesta sigue en su auge, el tumulto se alza con aparente fanatismo cuando, de pronto, las luces se apagan e iluminan la zona lateral y un fuego emana de las paredes.
¿Qué carajos?
Los escoltas apuntan a algo que parece desconocido, y se mueven corriendo hacia el bullicio. Intento quedarme quieto, pero soy empujado por la gente que quiere ver el... ¿espectáculo?
—Con ustedes…, ¡Peligro! —dice una voz.
Los gritos eufóricos de la gente me hacen voltear, y mis ojos se congelan atraídos por la presencia de una silueta semidesnuda que desciende del techo agarrada de una soga. Está cubierta únicamente con tiras plásticas amarillas que llevan inscritas las letras de Peligro.

No hay voz que se pronuncie ni aliento que se sostenga. El humo se despliega y solo se escuchan sus tacones estampar fuerte en el suelo mientras se mueve bailando de una manera tan sensual que deja a los escoltas y presentes con la boca abierta.
¿Qué... mierda?
Menea sus caderas en círculos, estirando sus glúteos de forma atrevida. La luz todavía es tenue. Tapa su rostro con sus manos y yo no puedo moverme. Luego camina abriéndose paso entre la gente hasta que la música suena de improviso y los gritos se alzan.
La jodida arpía acaba de romper las tradiciones. Acaba de joder las leyes de la mafia.
El reloj marca que es medianoche.
Un antifaz cubre su rostro hasta que por fin se descubre, soltándose el cabello, entre la algarabía de la gente. Chispas artificiales salen de todos lados, proyectando el número veintiuno, y todo pasa en cámara lenta. La miro de frente, ella me mira... Me quedo perplejo y retornan los recuerdos: la batida, los gritos, la bala directa al corazón de su padre. Ella, la venda en sus ojos, sus labios...
—Ondas de calor, Adrian. ¡Largo! ¡Sal de ahí! —grita Erick.
Tarde. No me iré sin la presa.
El sonido de disparos se proyecta en la sala. Empieza una balacera. Arrugo la nariz entre la sorpresa y la rabia, dispuesto a acabar con el juego, pero todo se descontrola. Mi cuerpo reacciona antes que mis pensamientos. Las luces se apagan de nuevo, y el caos se forma cuando la gente se da cuenta de que los hombres con pasamontañas no son parte del espectáculo, sino de una matanza.
¡¿Quiénes son esos malditos hijos de puta?!
—Erick… —presiono el reloj, pero nadie responde. Entonces me doy cuenta de que esta noche no soy su único verdugo.
Los tatuajes de serpientes resaltan. Los Ricardi están jodiéndole la vida de nuevo. Se oyen gritos cuando matan a quemarropa. No hay distinción por nadie: hombres, mujeres, ancianos. Incluso la gente del servicio termina acribillada en un charco de sangre, mientras colapsan las salidas. La gente corre despavorida y, cuando menos lo pienso, la pierdo de vista.
Esta vez no, jodida arpía. Serás mía.
Disparo y acabo con cualquiera que se me ponga de frente mientras me adentro en los pasillos. Una gota de sudor fluye por mi rostro caliente. La rabia invade mi cabeza mientras visualizo las sombras. Muy inteligente, pero no por mucho. Mi boca se seca mientras cuido mis pasos y puedo sentir su aroma..., el mismo perfume que llevaba el día en que maté a su padre.
—Fuoco! —gritan.
Tres balas en su cráneo y me deshago de un escolta. Los demás retroceden ahogándose pero no les doy ni un jodido segundo para que entiendan que están muertos, ya que les acabo de disparar en la garganta.
Mis pasos son firmes y mi impaciencia crece. Las balas suenan cada vez más lejos, pero las sorpresas siempre llegan en momentos inoportunos. Estiro la mano sin siquiera mirar, disparando al soldado que apunta desde la columna. Cae y percibo pequeños pasos descalzos que corren hacia las habitaciones, por lo que clavo mis ojos en los ventanales siguiendo mis instintos y puedo olerla.
Éxtasis. Terror. Honor y sangre. Mi pulso se acelera, así como las ganas. La adrenalina fluye por mis venas. Solo quedan tres puertas. Camino con los ojos en blanco hasta que giro la perilla de una y alguien me golpea, desatándose una pelea.
Movimientos limpios: estómago, antebrazos, cadera. Entonces suelto una risa por lo patética que se muestra mientras la acorralo contra la pared de un tirón, sujetando su cuello hasta que mis ojos casi se deshacen con lo que veo… el impacto entra como una bala.
Brujería, ojos azules, labios rojos comestibles y rostro de porcelana desatan el pecado como un maldito hechizo.
Detengo una navaja en su mano directa a mí. Aprieto aún su muñeca, siendo inevitable no respirar cerca de sus labios. Su pecho sube y baja en silencio, dejándome ver lo delicada de esa cinta al mostrarme el monte de sus senos, por lo que le brindo mi sonrisa más irónica.
Ágil, para mi sorpresa, y quiere matarme. Si la dejo mover un dedo, me clavará el cuchillo. Así que, en un descuido, la agarro entre mis brazos, inmovilizándola.
La dejo así..., cerca. Así…, asquerosamente caliente contra mí mientras me pongo duro al rozar uno de sus muslos.
—No..., por favor. No lo hagas.
Implora con una voz cálida. Y por alguna estúpida razón me quedo quieto, excitado por su aparente miedo. Pero toda esa bondad se transforma en mentira en dos segundos cuando me golpea y cambia los papeles del juego.
—¡¿Quién, maldita sea, eres?! —pregunta.
Logro devolverle el impulso; le clavo las piernas contra la pared mientras me golpea con los codos, reiniciando la lucha. De manera astuta termina sacando una pistola camuflada en sus pechos para apuntarme a la cabeza, y… todo en ella se rompe.
El jodido plástico explota, soltando las tiras amarillas. Queda desnuda ante mis ojos con un arma bien plantada en mi cabeza mientras mis dientes se tensan.
Monumento caliente, pechos rosados y perfectos. Hembra furiosa de curvas asesinas que impactan, acribillan y consumen. Es inevitable que no se me hinche la polla, así como el deseo que tengo por someterla.
Es maldita, malditamente hermosa. Un arma de doble juego.

2.
UN ASESINO
Adrian
Quema. Bianca Simone quema, es lo único de lo que estoy seguro.
Mis músculos se tensan a medida que su aliento se mezcla con el mío. Sus ojos arden, incluso cuando tiene el arma apuntándome, sin dejar de clavarme la vista. Se siente acorralada a pesar de tener ventaja.
Todas sus terminaciones nerviosas colapsan. Puedo sentir cómo se estremece con mi tacto, cómo no pestañea al observarme. Los dedos se me agarrotan y el frenesí nos ataca: somos dos extraños a punto de matarse.
Debería acabar con ella ahora. Asfixiar su jodida garganta con mis manos o, quizás, tomarla hasta que grite auxilio. Me divierte ver ese rostro de ángel a la defensiva, escondiendo el pánico.
—¡Ni siquiera lo intentes! —amenaza cuando me muevo.
Frunzo el ceño, dejando que disfrute de sus últimos minutos. «Solo mátala», pienso. El miedo es algo que un depredador aprende a oler, y lo disfruto. La miro, su pecho sube y baja en silencio debido a la pelea, el corazón le late tan rápido que me pregunto a cuántos tipos se habrá follado, con cuántos habrá experimentado esos pasos sensuales o a qué clase de rata habrá estafado en su jodida vida.
Sus ojos azules hechizarían sin dificultad si no se tiene la cabeza fría. Podría compararla con una serpiente venenosa, esas alimañas que parecen indefensas, pero son traicioneras. Por eso no dejo de verla.
—¿Nunca has visto el cuerpo de una mujer o qué? —susurra descarada y sonrío.
—Hay zorras mejores.
—Mantén tu distancia —ordena, tratando de intimidarme con el arma, pero el pánico la evidencia—. Pon tus manos adelante. ¡Ahora!
—Dispara —digo, trabajo en sus miedos—. Son más grandes tus tetas que tu valentía.
Cierra los labios y permanece quieta. Le he golpeado el ego. Retiene el aire como si le pesara. Entonces, en un acto repentino, suelta un tiro y rio mientras aprieto su muñeca para detenerla.
—Porco! —insulta.
—Puttana! —le respondo.
Forcejeamos. Me da empujones bruscos y me resulta inevitable no sentir cómo sus pezones se erizan, cómo la jodida respiración se me altera mientras en mi cabeza sigo gritando «Dispara», pero no puedo dejar de ver ese puto trasero agitarse.
Ni siquiera sé cuánto tiempo pasa. He visto cientos de tipas desnudas, putas que me abren las piernas rogando que las monte, pero esta es… diferente.
—¿Quién eres? —insiste.
—¿Te vas a poner a llorar?
Otro maldito disparo se estrella contra la pared cuando estira su brazo en defensa, y debo confesar que es hábil para escurrirse. Entra en modo defensivo mientras escucho pasos que se acercan. Sonríe y posiblemente tenga dos segundos para dispararle, dos malditos segundos para acabar con todo, pero las fichas ya no son las mismas. Su seguridad aumenta. Quienes estaban de mi lado (espías y falsos guardias) empiezan a suicidarse al verse descubiertos y...
¡Maldita sea! Si no hubiera sido por los Ricardi ya la hubiese matado. La sangre me hierve al advertir de reojo que las luces infrarrojas de los francotiradores vuelven hacia nosotros con una alarma de emergencia. Hay suficientes testigos en la casa y ya no hay distracciones. La arpía me vio sin máscara, y si saben quién soy, todo se habrá ido al carajo.
—Estás muerto.
Siento pasos por el pasillo, grita y la clavo tan fuerte contra la pared que su cuerpo resuena. Su respiración se acelera y no me quita la vista, tampoco se rinde con el cuchillo. Los escoltas están armados como una verdadera banda de terroristas y trotan hacia nosotros lo más rápido que pueden.
—¿Extrañando a tus niñeras con balas?
Sonríe.
—Un día caerás de rodillas ante mí y vas a tragarte todas tus malditas palabras.
Bufo y la suelto de golpe, por lo que sus rodillas tambalean mientras se sostiene de la pared. Y, aún de espaldas contra la puerta, dejo que entren los bastardos armados que montan un operativo, apuntándome, mientras ella se cubre con una manta.
—¡Manos arriba! ¡Ríndase ante el ejército de los Simone! —habla un idiota y empieza a cansarme. Me quedo quieto mirándolo con ironía.
—Señorita, ¿está bien? —pregunta otro, haciéndoles señas a los demás.
—Sí.
—Identifícate —grita un guardaespaldas—. ¡He dicho que te identifiques!
Se escucha un sonido raro, como de un animal intentando hablar, y de reojo lo único que noto es a una anciana que entra llorando, activando su pulsera de emergencia. Colma a la arpía de abrigos para que termine de cubrirse.
—Está bien, Cyra. Estoy bien, cálmate.
Bianca la abraza y la anciana me devuelve una mirada endemoniada. No hace nada más que señas porque es muda. Probablemente es la vieja sirvienta de los Simone a la que, según cuentan, le cortaron la lengua para que no dijera sus más sucios secretos, lo que no me sorprendería de esta pandilla de bastardos dementes.
—¡Levante las manos y camine! —ordena un guardaespaldas. Río, ningún fracasado me dará órdenes, las órdenes las doy yo—. ¡Le dije que levantara las manos! —insiste haciendo que mi paciencia se rompa.
Todos mis sentidos están alertas y sé que debo mantener la cautela, pero no lo soporto. Apenas se acerca, lo esquivo y le quito el arma sin que pueda disimular su sorpresa.
—¡No se atreva! ¡Abajo! ¡Le he dicho que…!
Disparo.
Los hombres restantes empiezan una batida sin detenerse. Se acercan a mí con sus armas y mis brazos siguen los instintos criminales a los que estoy acostumbrado. Dos, tres, cuatro ineptos fuera de juego. Exprimiría sus pelotas, pero no hay tiempo. Me veo entretenido con el imbécil al que le acabo de hundir la daga entre los ojos, y luego con los otros idiotas a los que termino destrozándoles los dientes a puñetazos.
—¡Refuerzos! —es lo último que dice el enano espía que corre hacia la puerta antes de que le dispare.
La alarma vuelve a activarse y el protocolo sigue su proceso. Las puertas se cierran y tratan de sacar a Bianca, pero la arpía se empeña en querer ver cómo destruyo a sus perritos y le levanto la cara con ironía. Le doy un último disparo en la sien al jefe de la guardia, y una docena más llega para apuntarme.
—¡Bajen las armas! —grita alguien por detrás—. ¿Tú... quién demonios eres?
Un anciano me señala con el dedo. Cinco hombres lo protegen. Miro a la prostituta que uno de sus guardaespaldas lleva atada, con la que seguramente estaba follando. Lo presumo por su aspecto desagradable.
Leonardo Simone... Las fotografías no le hacen justicia, es patético en persona. Al verlo, siento un asco que me revuelve las tripas.
Es el hermano del viejo Donato, la peor lacra de la mafia. Su sangre es tan maldita que pudriría todo lo que tocase. Sin embargo, no tengo más opciones. Me mantengo frío por fuera, mientras por dentro ardo en deseos de venganza. Si los mato, habrá problemas. Estoy en su terreno, con su gente, y toda la mierda que se me ocurre hacerle alertaría a la jodida Hermandad, que lo único que haría sería presentarlos como víctimas, lo cual perjudicaría mis planes.
—Adrian Petrov —dice.
—Leonardo Simone —le respondo.
Observo fijamente el cuerpo de Bianca, quien me mira con recelo al volver sus ojos hacia mí. El viejo disimula sus emociones, hace una seña y sus hombres intentan tomar a Bianca, pero apenas les levanta la mano, se detienen.
—Pido un consenso —espeta furiosa.
—No ahora —contesta el tío—. Yo me encargo. Vete.
Llena de ira, trata de insistir, pero el poder todavía lo tiene el tío. Así que se abre paso entre los matones que ni siquiera la tocan. La siguen con armas en mano mientras la mirada del asqueroso anciano no se despega de la mía, como si fuéramos dos animales que se juran muerte.
—Despachen a la zorra, que me espere en la habitación. Atenderé algunos asuntos interesantes antes —dice en tono sarcástico, refiriéndose a la puta que tienen en custodia.
Está claro que la respuesta del anciano ha sorprendido a todos los presentes, y debo reconocer que estoy intrigado. Esperaba una lluvia de balas con la que tendría que lidiar, pero ha sido más inteligente. Desconfía de mí, no es idiota, pero todo depredador con un poco de astucia evalúa a su oponente antes de atacarlo.
Le sorprende. Pero, sobre todo, le interesa tener cerca a un Petrov, a un miembro de una «familia» que le ha aportado millones de euros durante años. Sus ojos se centran en los míos como si fuese una especie rara y extinta.
—¿Vino?
No respondo.
—Con la sangre más exquisita de todas, un enemigo derrotado en tu propio territorio. Salute —continúa analizando mi reacción para luego dar un sorbo—. Así mueren todos, pensando que pueden destruirnos cuando los Simone somos el legado destinado a la victoria.
—La tierra está llena de depredadores —digo sarcástico.
—¿Es lo que crees?
—Es la ley en la mafia. Quien no muerde, es mordido. Quien cree que nunca será mordido, es al que primero destruyen.
Sonríe, asintiendo.
—Las cuerdas siempre estarán flojas para quienes lo intenten, por supuesto. La juventud de ahora es arriesgada, tiene el hocico tan suelto que solo despotrica estupideces, pero los impulsos no siempre te llevan por el buen camino, ¿no lo crees?
Se escucha el sonido de personas pidiendo clemencia, y por el ventanal se ve a la gente de los Ricardi, quienes iniciaron la balacera, siendo torturada. Uno a uno, los obligan a que se traguen sus extremidades. A otros les dan por el culo, mientras les cortan el cuello. Los últimos son descuartizados vivos mientras el viejo disfruta de la escena.
—Dios sane sus almas —bendice el maldito haciendo la señal de la cruz—. Oraremos por sus pecados. Esto los liberará. Vuelen, almas perdidas. Es en lo que terminan todos nuestros enemigos. Lástima que algún día nos veremos en el infierno.
Sigo manteniéndome en silencio.
El anciano piensa que me va a amilanar, pero solo me río. El mayor defecto de un competidor es pensar que está ganando porque el otro aparenta no ser un riesgo. La mayor virtud del vencedor es dejar que el enemigo baje la guardia. Y yo soy un riesgo excelente.
—Me vale un pito tu sarcasmo —concluyo—. No tengo tu tiempo. Al grano, ¿qué quieres?
Tuerce sus labios con astucia. El viejo Donato está muerto, pero todavía queda este imbécil conocido por traficar mujeres en Europa. No tiene esposa ni hijos. Su fortuna no es mayor que la de su hermano. Sin embargo, su hambre de poder es aún mayor en todos los sentidos. Y, por lo que veo, la careta que creé años atrás empieza a dar sus frutos.
—Esperaba tu llegada, pero no de esta manera. No había oído de los Petrov en años desde que hicimos negocios y decidieron invertir en otros giros. Tu entrada fue más la de un enemigo que la de un amigo, burlaste mi seguridad de forma impecable y, por lo que veo…, lo que dicen de ti es cierto.
—Lo que digan o no, no es de tu incumbencia.
No sabe quién soy en realidad, pero su mirada desconfía. Se le caería el culo si sospechara mi procedencia. Juré con sangre no tener de frente a los Simone más de dos minutos, por lo que esta estúpida conversación comienza a inquietarme.
—Estás en mis terrenos. ¿Eres consciente de que con solo tronar los dedos podría matarte?
—O quedarte sin armada. Eliminar gusanos es mi mejor pasatiempo.
Sonríe.
—Ya veo que no es nada fácil intimidarte, tampoco le temes al peligro, muchacho. Llegaste en el momento preciso, camuflándote en mis pasillos de escape y, por alguna razón, mantuviste a Bianca lejos del enemigo. Si se hubiera quedado en los salones principales, entonces estaría muerta. ¿Debería agradecértelo o preguntarte las razones?
Lo miro sin emoción. ¿De verdad piensa que salvé a su sobrina? Su lenguaje no verbal me hace creer que realmente no tiene dudas.
Menudo idiota.
—La respuesta es obvia. Todos tenemos intereses.
Eleva una ceja como si estuviese complacido.
—Los Ricardi, nuestros enemigos, acaban de cavar su tumba con este ataque. Esta es la gota que colmó mi paciencia y la excusa perfecta para deshacernos de ellos.
Hace una pausa, estudiándome.
—Se viene una crisis y vamos a tener que afrontarla —continúa—. La Hermandad, que por años ha intercedido para evitar un ataque frontal, no verá con malos ojos que los exterminemos en caso de que se demuestre su culpa. Los hijos de puta mataron a mi hermano, ahora intentan evitar que una Simone se corone en el reino, por lo que la guerra será inminente y necesito mis mejores armas —me mira fijamente—. Únete a mí.
Sus ojos se oscurecen, y los míos se enfocan en lo idiota que se ve al pedirme ayuda. Para él, soy un Petrov, hijo de una familia de aliados, un asesino con habilidades que le conviene explotar hasta que se canse. Para mí, esto es como haber pisado excremento en el lugar menos indicado o que me hayan atrapado a punto de atacarlos. Es perder el honor.
—No soy el mandadero de nadie, mucho menos el escudo de nenitas con balas —detallo a sus soldati—. ¿Qué ganaría yo con todo esto? Las peleas entre clanes italianos no me incumben, perdería más ganándome enemigos.
—El mundo podrá decir que eres un aliado de los Simone.
—Mi imperio no lo necesita.
—Tu imperio depende de mis negocios.
—¿El mío o el de ustedes?
Sigo su juego, siendo firme en el cuento que se han tragado todos estos años.
—Si lo que te preocupa es mancharte, no lo harás por apoyarme. Es derecho de un Simone de sangre real matar a su enemigo. Lo único que quiero es coaliciones con gente que me convenga y, de paso, ponerlos en jaque. Bianca ahora es una chica muy americana. Sabe pelear, es escurridiza, pero... es mujer —enreda su lengua, riendo—. Y, en comparación con mi difunto hermano, soy de los que piensa que las hembras tienen desventajas si no hay quien las dirija. Te daré todos los negocios de droga que desees, además de un par de hectáreas en el Congo.
—¿Y si no quiero?
—No te conviene tener a un Simone de enemigo.
—Tampoco sucumbir ante el capricho de nadie.
—Siempre que mis animales no estén hambrientos como para alimentarlos con tu cuerpo y que el mundo te quiera dar la espalda. Si eres lo suficientemente inteligente deberías saber lo que te conviene.
Trato de apaciguar mi incomodidad en mis facciones. Los Simone mataron a mi familia. Los Simone robaron un poder que no les corresponde. Los Simone no tienen ni idea de a quién tienen al frente. La idea de estar cerca de ellos me pudre.
—Soy un tipo ocupado.
—Ningún negocio será más rentable que los míos.
—No me lío con niñas idiotas.
—No me interesa lo que pienses de Bianca —ahora se enfurece—. No tengo tiempo para tus decisiones. O lo tomas o mueres. Arruinaré cada jodida conexión que tengas en el mundo —su voz resuena mientras me río por dentro.
Que me arruinen conexiones con falsos negocios me tiene sin cuidado. Ver la ansiedad en sus ojos, la preocupación y su desesperación por haber vulnerado lo que creían seguro, sí me regocija, aunque… eso me perjudique.
Lo primero que harán es esconder a la zorra ahora que los Ricardi atacaron y no puedo volver a perderla de vista.
—Eres inteligente, muchacho —parece leerme la mente mientras sonríe—. No me decepciones.
Levanto la mirada sin emoción, notando de reojo el proyectil que podría doparme desde la esquina de la sala oscura. Se creen grandes cuando su poder se formó bajo las riquezas de otros, se jactan de ser letales cuando no son nadie, pero yo no soy cualquiera que les baja la cabeza.
Doy cinco pasos hasta llegar al anciano, quien en su precaria autoridad me sonríe sin decir más palabra. Apesta a cigarro y droga, y tiene en el cuello un tatuaje de un águila acribillando a una serpiente. Sus escoltas levantan las armas amenazándome, como si yo fuese un patético rehén al que intentan reducir con miedo, hasta que despliego mi arma contra ellos.
No puedo controlar la ira. No puedo permitir que acierten en mis intenciones. Hay mucho en juego ahora: el honor, la venganza y la sangre valen más que cualquier cosa en el mundo.
Si no logré deshacerme de Bianca ahora, estando dentro de su reino, todo será más lento pero seguro. Si me niego, sospecharán más de lo que me conviene. Ahondarían en mí, porque no tendrían la intención de dejarme vivo. Este es un cara a cara con la única puta opción que me queda, así que dejo que crea que me tiene en sus manos.
«Ser un simple asesino es menos letal que el regreso del líder de un clan que creyeron muerto y que quiere destruirlos», pienso.
—Buona fortuna, ragazzo.
El viejo acaba de meter en su vida a un enemigo que cree estar muerto. Han caído, pero no soporto el hecho de tenerlos cerca.
Bianca
—Deberías dejar de meterte en problemas. Un día de estos me vas a matar por tanto lío.
Cyra, la mujer que me ha cuidado desde que era una cría, habla por medio de señas que miro de reojo y apabullan mi cabeza.
—Estás poniendo demasiado en riesgo. Te dije que tus ideas iban a traer consecuencias graves. ¡Se suponía que tenías que agradar a los hijos de la élite y así ganar puntos para la aprobación de tu ascenso al clan! Pero no…, vas y haces tus cosas, rompiendo las reglas de nuevo.
No le he tomado interés desde que llegamos a mi habitación porque no puedo quitarme de encima la rabia contra ese hombre. Por lo tanto, mi vista deambula entre la ventana y las señas de Cyra.
—Esta fiesta debió ser la antesala a tu coronación como sucesora de los Simone. Era tu oportunidad para demostrarles que tienes el carácter de tu fallecido padre, para tener su aprobación, ascender al poder rápidamente y deshacerte de tu tío, pero solo quedaste en ridículo. Ahora van a pensar que fuiste débil al dejar que el enemigo entrara a tu casa fácilmente.
Inhalo y exhalo rápido, haciendo un puño.
—Cyra, no estoy de humor ahora.
—A la fiesta asistieron familiares de los siete miembros de La Hermandad. Se frenaron los intercambios comerciales y negocios de droga por la batida porque todos salieron huyendo —vuelve a recriminar—. Reza para que no se haya muerto algún hijo de familia importante, para que tengas el apoyo de ellos después de haber hecho esas escenitas obscenas en una fiesta que debió ser tradicional y no un puterío barato…
—¡Bueno, ya basta!
—¿Qué te pasa?
El choque de las manos de Cyra empieza a exasperarme. Estoy irritada, con una ira en la garganta que no puedo contener por la batida y encima por el imbécil que se atrevió a desafiarme. Ha pasado ya casi media hora y su cadáver no sale.
Mi tío no le disparó cuando pudo hacerlo, me quitó poder con su maldita cara, pidiéndome que me fuera cuando tenía derecho a estar presente. El sinsabor todavía quema, pero aún más la espera. Lo único que se puede ver son las sobras de cuerpos mutilados por la piscina, en los jardines, las gradas de mármol e incluso hasta en las entradas, pero nada de ese hombre.
—¿Me estás viendo, Bianca?
Se hace notar poniendo su cuerpo frente al mío, todavía con aquel vestido azul como si fuese una simple sirvienta.
—Sí.
—Pudieron haberte matado.
Sus ojos se enrojecen de miedo. Quizá sea la única jodida persona en el mundo a quien le importo, por lo que trato de tener paciencia con ella.
—Ya no le temo a la muerte. No cuando vengo sobreviviendo desde que di mi primer respiro.
La cara se le llena de lágrimas mientras niega con la cabeza. La destrucción es inminente, Emilio Ricardi lo hizo de nuevo, como cada cosa que me importa.
Sabía que esta noche La Hermandad debía dar su aprobación para mi ascenso en la mafia y ahora me dejó en ridículo quebrando una seguridad imponente.
Desde que tengo uso de razón han sido nuestros enemigos mortales. Sus palabras aún calan en mi mente: «Voy a destruir todo lo que tocas, todo lo que sueñas y amas».
Nunca entenderé el odio desmedido de nuestras familias, tampoco la necesidad bárbara de destruirse a sí mismas, puesto que nadie habla del pasado como si fuese prohibido, tampoco de la existencia de sus miembros más que para trazar planes contra ellos y ahora el riesgo es mayor.
—Lo importante es que estás bien —sonríe y hace señas con sus manos—. Tal vez mañana vuelvas a Estados Unidos, estoy segura de que don Leonardo no permitiría que estés en peligro en Italia nuevamente. Encontrarán la manera de tomar el clan lejos.
—No lo creo. Desde que padre murió la amenaza ha sido aún más evidente, por lo que Estados Unidos ya no es seguro para mí ahora.
—Peor si no agradas a La Hermandad, que sigue pensando que desde que tu padre murió los Simone pierden poder —lanza la indirecta y vuelvo a pensar en ese círculo de idiotas: «Protectores de la paz entre sus miembros», como se hacen llamar, una Hermandad conformada por un grupo de hombres (cuya identidad pocos conocen), con el fin de velar por el cumplimiento de las leyes de la mafia y que solo vive de los diezmos de los clanes.
—Ya te dije que no me interesa —vuelvo a mirar hacia la ventana—. Nada ni nadie me va a garantizar seguridad, ni siquiera una fortaleza como esta. Villa Regina era considerada un palacio indestructible y, ya ves, un hombre acaba de romper todas nuestras barreras.
El silencio cala en mi cabeza cuando no vuelvo a despegarme de la ventana y noto de reojo que Cyra tiembla. Ha vivido cosas horribles aquí, sabe lo que significa el hecho de que nos vean vulnerables.
—Mejor olvídalo —suelta aire—. Ni siquiera pude sostenerle la mirada. Sus ojos te destruían cuando intentabas verlo, parecía el diablo, pero tendrá su merecido. No te preocupes.
La puerta suena y el guardia entra a hacer su chequeo de rutina, sin que pueda sacarme de la cabeza a ese hombre. Su mirada, su voz, su mente criminal y aspecto rudo no se apartan de mi mente. No parecía ser un simple hijo de la élite italiana. Nadie con un entrenamiento normal se movería de esa manera, lo que me hace pensar que es alguien superior en todos los sentidos. Pude ver los gemelos en su traje, el reloj, el porte y el atuendo costoso. Con su metro noventa y tantos, cabello negro, piel bronceada y ojos grises verdosos, es un tipo asquerosamente... extraño e interesante. Pero ya debería estar su cadáver junto los otros.
Mis ojos se paralizan al ver una sombra cruzar el jardín en dirección al estacionamiento. No… no puede ser.
Ha sobrevivido. Lo dejaron con vida, o quizá fue él quien dejó vivo a mi tío..., algo que nunca había sucedido.
Mis cejas se tensan al igual que las de Cyra y clavo mis uñas en la palma de mi mano con ira. Nadie que entre en Villa Regina como detractor sale con vida después de un ataque. Me enfurece su caminar ególatra. Se detiene en seco al abrir la puerta y es consciente de que lo estoy observando, pero no se esconde. Por el contrario, me ignora.
El malnacido no tiene ni un mísero rasguño. Entra en su coche, un Bugatti de colección valorado en millones de dólares, y desaparece saliendo de la mansión con total libertad mientras mis ojos siguen fijos en el aire.
—No lo mataron... —suelto, sin poder creerlo—. ¡No mataron a ese imbécil!
—Al parecer es alguien que su tío conoce —responde el jefe guardia—. El hecho de que haya salido ileso ha dado de qué hablar no solo entre la guardia real de Villa Regina, sino también entre los sobrevivientes. Parece que es alguien que le interesa. Su nombre es Adrian Petrov, es lo que murmuran los empleados por los pasillos.
Adrian Petrov... ¿Quién era en realidad ese hombre?

3.
CUIDADO CON LO QUE DESEAS
Adrian
La cabeza de la mujer de manos bonitas cayó al suelo mientras giraba su vista hacia un niño que yacía escondido en una puerta del armario, con lágrimas en los ojos. Unos brazos le abrieron las piernas, escuchando palabras que no se entendían. El humo empapó su vista y el sudor empezó a deslizarse por su cara aterrada y en silencio. No sabía si correr o simplemente esperar a que se fueran, porque ninguno se dio cuenta de su presencia.
«No», era la palabra que pronunciaba la mujer, apenas audible. «No», fue la palabra que retumbaba en sus recuerdos. «No», se guardaba en el fragmento de tiempo mientras observaba cómo la cabeza de «las manos bonitas» era cortada con un machete, mientras reían y se aprovechaban de su cadáver, embistiéndola de forma violenta, pasándose el cráneo de quien más confiaba en el mundo hasta que el olor a gasolina casi lo hizo desmayarse.
Un incendio. El águila y la serpiente, siempre presentes ambos animales. Tatuajes en el brazo, manos y tobillos. Un anillo de plata y otro de oro. Cadenas, muchas cadenas. Escenas borrosas que le gustaría recordar. Silencio y muerte.
Me acabo hasta la última gota de whisky para volver al saco de boxeo, harto de aquellas imágenes en mi cabeza. Casi destruyo a puñetazos la pesada bolsa negra mientras vuelvo al presente. El sudor me empapa la cara, las gotas que caen por mi cuello parecen incendiarme y llego a un punto en el que no puedo controlar mi fuerza.
Mierda.
Me detengo solo cuando el saco cae en medio de las sombras de mi ático en Roma, bajo el reflejo de las luces de un bar que genera destellos a lo lejos. La cabeza me duele cuando pienso, pero las pesadillas han sido recurrentes al pisar esta ciudad y el ejercicio es lo único que me calma.
—Dime que saliste vivo. No puedo acceder a tu ubicación... Hay problemas. ¡¿Por qué no contestas?!
Me doy una ducha rápida tratando de ignorar el maldito zumbido que empiezan a reproducir varios de los quince audios de Erick en mi dispositivo móvil especial, cuya función permite reproducir el mensaje sonoro una sola vez antes de eliminarlo.
—La organización lo sabe todo. Tuvieron espías en la fiesta. Te vieron. Creen que estás traicionándolos… ¡¿Entraste al despacho de los Simone?! ¡¿Qué carajos hiciste?!
Apago esa mierda. Me pongo unos vaqueros sin ropa interior mientras regreso a la sala, eligiendo las armas que llevaré conmigo, hasta que huelo un perfume particular desplegándose por el aire. Es ella.
—Nunca me avisaste que llegaste a Roma —se altera y esquivo su intento de golpe, conteniendo su muñeca con un cuchillo en la mano, sin voltearme—. Tan letal como apetecible. Nunca decepcionas…, mi niño.
Una sombra aparece bajo la luz cenital con un traje ajustado mientras mis ojos vuelven a ella. Se ve un poco más vieja, sin embargo, no deja de ser llamativa. La Gata sabe lo que quiere y va a por ello. No importan los años que tenga, sus casi cincuenta se notan, pero aún luce con tanta vitalidad y maldad como si fuese una chiquilla.
Es alta, delgada, de piel bronceada y con un cuerpo trabajado que podría hacer que cualquiera se infarte, pero hoy, justo hoy, no tengo ni una jodida pizca de paciencia.
—¿Qué pretendes, Tormenta?
«Tormenta». Así es como me llaman algunos. Nadie conoce mi nombre real, ese ha sido mi apodo desde que la organización me reclutó después de la muerte de mis padres cuando solo tenía cinco años.
La ORSE, una organización secreta de intereses de la mafia formó a niños de la calle. Algunos huérfanos, otros robados, bastardos sin rumbo cuyas vidas utilizó a su antojo con el fin de convertirlos en la peor pesadilla del mundo, siendo La Gata su líder desde que era casi adolescente.
—¿No vas a decir nada?
—No tengo por qué darte explicaciones.
Le doy una advertencia y pretendo irme, pero pone su cuerpo delante de mí, desafiándome.
—¿A qué demonios estás jugando? Ya me enteré de lo que hiciste. Teníamos un acuerdo.
—Teníamos, esa es la palabra correcta.
Aprieta los labios.
—No puedes desligarte de tus juramentos. Estás marcado por la organización. Nos debes lealtad.
—Cuando las partes pactan cumplir con algo y no lo hacen, los acuerdos no importan —digo.
—Los Simone no son fáciles de vencer, pero ya te he dicho que estamos cerca —se excusa, furiosa—. Nosotros somos los responsables de su cabeza, no tú. No tenías por qué acercarte a ella.
No me meto en sus mierdas mientras ellos no lo hagan con las mías, pero este en particular es un interés de ambos.
La ORSE también se dedica a destruir cabezas de la mafia y he colaborado con ellos. Soy parte de la alianza y aporto no solo dinero, sino también poder con intereses claros debajo de la mesa. Sin embargo, los Simone han sido un dolor de cabeza para muchos durante décadas, ya que nadie en Italia ha podido vencerlos. En especial La Gata, quien toda la vida ha tenido una obsesión particular con la hija de Donato Simone.
Su desesperación es clara, se nota en cómo le irrita las manos cuando se acerca y… joder, ya no soporto su perfume. Hace mucho tiempo dejó de interesarme como mujer, por lo que trato de apartarla, pero como buena cazadora, no saca el dedo del renglón tan fácil.
—Estamos en problemas. Te hiciste visible al enemigo arruinando nuestras jugadas. El hecho de que estés aquí asusta a muchos. Teníamos acuerdos con los clanes menores, no ibas a meterte en asuntos italianos. Amenazas a los clanes, todos ellos saben de tus alcances y… —se exaspera—. ¡Maldita sea, Adrian! ¡Deja de ignorarme! Se supone que íbamos a entrar en acción cuando los planes estuvieran seguros.
—¿Y cuándo iban a estar seguros? ¿Cuando La Hermandad la proclame como líder del clan? Han pasado meses y la organización solo se ha dedicado a rascarse las pelotas. No necesito improvisados a mi lado.
—Cuida tus malditas palabras —dice entre dientes—. Recuerda de dónde vienes.
Claro que recuerdo de dónde vengo, a quién realmente pertenezco y cuáles son mis verdaderos orígenes, pero no todos los grandes juegos se ganan hablando. La Gata es una zorra astuta, ambiciosa y vengativa, por lo que confiar en ella es lo último que haría cualquier persona que la conozca.
—Muerdes la mano de quien te dio de tragar —asevera—. Te salvamos la vida.
—La organización nunca ha sido una beneficencia para nadie. Son lo que son gracias a todos los huérfanos de la calle que reclutaron, a las victorias que ganamos, y les he dado suficientes millones como para cerrarles el hocico —la tomo del brazo, amenazando—. Ya no cuentas con el apoyo de nadie, ni siquiera de los otros. Sin mi protección, ustedes no son más que simples títeres queriendo jugar en las grandes ligas, así que no olvides con quién estás hablando. Me encargaré de Bianca a partir de ahora y quedas fuera.
—¿Bianca? Ya no es la «zorra», ahora la llamas por su nombre.
—Largo.
—¡No has cometido un error en todos estos años! Tienes el universo a tus pies, una fortuna millonaria en tus manos, haces y deshaces en el mundo como quieres. Un hombre como tú no necesita ensuciarse en trabajos... menores. ¿Cuáles son tus intenciones reales?
Vengar mi honor por la sangre que derramaron los Simone, el clan que le arrebataron a mi familia, la mujer a la que violaron mientras le cortaban la cabeza.
Pero La Gata no sabía quién era en realidad. Ella se había dedicado a envenenar a todos los bastardos que crecimos en la organización contra el poder más grande de Italia, cuando yo ya tenía suficientes razones para odiarlos.
—Vete.
—¿Qué vas a decir? ¿Que eres un simple asesino que se convertirá en aliado? —ríe sin humor—. ¿Cuánto crees que te durará esa maldita mentira? Pones en jaque a la mafia cuando se te antoja, controlas negocios sucios de naciones enteras. ¡Eres el jodido hijo de puta que con solo mover un dedo gobierna lo que quiere! Todo el oriente sabe quién eres, alguno de los suyos te descubrirá.
—¿Por qué no te tomas un descanso, Gata? La edad empieza a pesarte.
Pega sus labios con fuerza, furiosa.
—Hijo de puta —se mantiene cerca, inhalando pesadamente, todavía con su mano agarrando la mía, entonces sus ojos me muestran lo que le atormenta—. No quiero que la toques, ni que la mires ni que la pienses —dice, bajando sus dedos por mis marcas—. Eres mío hasta tu asquerosa muerte. No podría compartirte con ella. No con ella.
El deseo es visible cuando sus pezones se erizan en el traje de cuero que lleva ajustado a su pecho. Desde que era un adolescente vengo follándomela, pero ya no lo encuentro divertido. En el pasado me excitaba ver sus tetas grandes bailando en el aire sobre mi polla. Era una de esas mujeres que un jovencito no podía rechazar: madura, con experiencia y dispuesta, capaz de hacer que me corriera con su boca tantas veces como podía en una noche, pero ahora... era diferente.
—Cógeme, Adrian —implora—. Te he extrañado tanto…, mi niño —ruega.
—¿Qué te hace pensar que te lo mereces?
—Arrogante. Maldito. Tan basura como siempre... Me vuelves loca —con sus uñas me recorre el hombro—. ¿Todavía desconfías de lo que puedo hacerte? —acaricia mi polla sobre la tela de mi pantalón con la otra mano—. Te dije que te esperaría con las piernas abiertas y ahora vas a saber lo que hace esta boca contigo.
Saca la lengua tanteando la punta en la hendidura de mi cuello y luego se desliza por la línea vertical pasando por mi torso desnudo, gimiendo cuando nota las marcas de mi pecho, porque sabe lo que significan.
Su sonrisa enaltece la lujuria en sus ojos. Es hábil para provocar, como una perra que está siempre dispuesta. La miro sin moverme mientras se acomoda, arrodillándose como una linda gatita sumisa mientras baja el cierre de mi pantalón con los dientes hasta que me la toma.
—Qué hambre… —susurra.
Su palma se desliza por mi extensión mientras empieza a hacer círculos en la punta con su lengua. Babea con experiencia. Mientras se la introduce de a pocos, sus dedos comienzan a apretar mis testículos, para luego chuparme como un delicioso helado.
—Tan grande, gruesa, caliente… —trata de metérsela completa.
Disfruto de su mamada mientras introduzco mis dedos en su cabello, mirándola estremecerse. Empuja sus labios en mí logrando que mis venas se hinchen, aumentando el ritmo, saliendo y entrando varias veces para tratar de aplacarse al mismo tiempo que jadea.
Sabe lo que me gusta y levanta la mirada con viveza. Cada succión va mejorando el espasmo, sobre todo porque tiene una boca flexible y una garganta profunda que se traga todo sin hacer arcadas, manteniendo la respiración suave mientras me mira como zorra.
Gime, ahora abriendo más la boca, sus manos apretando aún más mis testículos, queriendo que la llene, pero sigue trabajando en mi placer cuanto quiero, como quiero y de la forma que se me antoja hasta que me muevo.
—Mmm…
Se queja cuando le clavo un fuerte empujón. Cierro los ojos sintiendo su saliva, pero de alguna manera todo se vuelve confuso cuando en medio de las sombras el recuerdo de una mujer con antifaz aparece.
Su máscara, las luces cenitales rojas y la cinta que se rompió frente a mi vista explotan como una bomba asesina, además de los ojos azules que clavan su mirada en los míos, su cuerpo desnudo contorneado, la respiración agitada que hizo que su pecho subiese y bajase de manera perversa.
Estoy dividido entre el éxtasis y la razón mientras La Gata sigue dándome servicio con su boca. El enojo es algo que me sobrepasa, por lo que empujo fuerte, triturando su garganta y por más que quiera dejar de pensar en la fruta prohibida, me corro enterrando mis dedos en su cuero cabelludo casi asfixiándola.
Joder.
Clavo los ojos en la mujer que tengo al frente extasiado, como si renegara de lo que acabo de hacer, frenético por lo que vi en mis pensamientos.
—Jamás rompes las reglas conmigo. Te corriste en mi boca y quiero pensar que es porque otra no te dio lo que mereces.
La ignoro y voy por más whisky. Mi garganta quema apenas siento la lengua ardiendo, la tráquea seca, mis fosas nasales expandiéndose ante la cruda curiosidad de La Gata, quien se limpia incrédula tratando de cambiar el tema.
—Pasaremos largas noches aquí… solitos.
—No lo creo —tomo su mano cuando intenta tocarme—. Será mejor que te vayas.
Me irrita tener gente aquí, por lo que camino hacia el ascensor poniendo la clave para que se largue.
—Ryan está furioso, toda la organización también, sobre todo por los diamantes que no se han encontrado y que de seguro los Simone tienen en su poder. Habrá consecuencias después de todo esto.
—Claramente no es algo que me interese.
—¿Qué tienes, Adrian? Me fastidia tu maldita frialdad conmigo. Te fuiste un día y no regresaste en años. Desapareciste del mundo, incluso de mí, y ahora que pisas suelo italiano... rompes nuestros acuerdos.
El ascensor llega al piso y la tomo del brazo, esperando que desaparezca.
—Mátala, sáciate y luego… entrégamela —pone sus labios encima de los míos—. Mantendremos la paz de ese modo. Quiero su maldito cadáver, apuñalarla yo misma, pero… no te atrevas a jugar conmigo, que hoy somos aliados, pero como enemiga no querrás tenerme.
Retrocede tratando de no perder el equilibrio cuando la empujo hacia las puertas que se van cerrando con una clara advertencia mientras mi mente no deja de pensar en otra que… me exaspera de golpe.
No puedo quitármela de la cabeza.
Bianca
Un día después. Villa Regina
La gran escalera de mármol me sabe a infierno cuando la bajo. Tanteo un terreno que no conozco. El atentado de la fiesta trajo consecuencias, el ambiente de la casa se mantiene cargado desde ayer y lo único que sé es que hay graves problemas a la vista, por lo que se ha citado al concejo de la mafia con urgencia.
Mis ojos se cruzan con quienes esperan en silencio al llegar al primer piso. Los criados ni siquiera me miran, a las justas los miembros de clanes sicilianos menores me abren paso en una línea recta y trato de inhalar profundamente cuando los murmullos parecen ser evidentes.
—Está en problemas —dicen—. Es una pena que haya sobrevivido ella y no el amo Donato.
—De nada nos sirve que sea bonita si va a arruinarlo todo. Una mujer no puede gobernarnos.
—Tranquilos, algo hará Leonardo Simone, por eso nos citó aquí —aseveran los viejos—. Seguro la manda al exilio o le vuelve a dar una golpiza.
Me sonríen y no puedo evitar que se me tensen los dientes. Villa Regina es una fortaleza (además de una mansión de lujo) demasiado extensa como para soportar tanto tiempo a esta gente de porquería, por lo que trato de poner mi mente en blanco.
—Camina —susurra Lion Lombardi, quien fue el consejero de mi padre y ahora de mi tío, mientras me toma del brazo de golpe—. Un escándalo se armó por la matanza en la fiesta, los chismes en Roma saltaron y, a pesar de que se intentó frenar la habladuría de la prensa, no se pudo evitar que la información en redes sociales se expandiera. Estamos en crisis por tu culpa, así que no esperes un gran recibimiento después de haber puesto en jaque a la cabeza y seguridad de todos.
—Gracias por la motivación —ironizo.
—Motivación vas a encontrar cuando te enfrentes a lo que te toca. Nadie confía en ti ahora.
La presión de su mano contra mi brazo me hace avanzar a regañadientes mientras el chismerío sube.
—Adelante.
Mantengo la cara seria cuando los ojos de Leonardo Simone se clavan en los míos sin demostrarle que me importa. Mientras más vulnerable seas ante los ojos de un alfa, más querrán hacerte pedazos, y es lo que él ha esperado toda su vida porque nunca me ha querido.
Las concubinas dejan de besarlo mientras se levanta del trono de oro y con señas les indica que se vayan. Algunos soldati se acercan con armas y trato de no mirarlos porque sé que quiere intimidarme. Parece que vamos a la guerra. Hace mucho que no preparan sus uniformes de entrenamiento. ¿Qué demonios está pasando?
Mi mirada vuelve al anciano que me sonríe tratando de calar en mi cabeza.
—¿Debería matarte?
—No serías el primero en llorar, supongo.
Le da una calada a su puro y noto que el anillo de oro con el águila tatuada, que pertenecía a mi padre, reluce ahora en su dedo.
—La Hermandad considera que no eres apta para recibir la corona Simone. Sabías en lo que te metías al querer manejar tú sola la fiesta, entendías que era tan importante como ganar una guerra para demostrar poder y solo propiciaste habladurías en el gremio. Te dejaste herir por un Ricardi. Ahora te ven como la simple mierda que eres.
—De la cual también se beneficiaron —suelto y no tardan en volver los cuchicheos—. Ahora podremos decir que ellos empezaron primero y atacarlos, La Hermandad no se meterá, además no fue mi culpa.
—¡Es responsabilidad de un líder velar por la seguridad de sus invitados! —se exalta—. ¡Solo demostraste tu incapacidad! La gente no te respetará si no eres capaz de defenderte a ti misma, ¿cómo esperas que los demás crean en ti? Anoche se tendrían que haber cerrado tratos importantes, alianzas para el gremio con extranjeros. ¿Y qué hubo? ¡Pura sangre!
—Atacaron de improviso.
—Con mi hermano vivo nunca tuvimos una falla.
—¿Y dónde quedaste tú, tío? También eres un Simone y muy viejo como para no verte la cara.
Enfurece. El bullicio se eleva. Toda esta gente es machista, me odian.
—Vamos a ver cuánto dura ese maldito hocico de mierda.
—Pues tendrás que acostumbrarte o regresarme a Nueva York, pero eso no te conviene ahora que el poder será mío.
—¿Según quién?
—Según los estatutos.
—Que también indican que el clan se ejerce cuando el heredero demuestra fuerza, inteligencia y garra para dominarlo, pero tú no has cumplido ninguna de esas reglas. La Hermandad no te quiere. Tu gente no te quiere. No eres más que una zorra fracasada con lengua de serpiente y ahora pagarás las consecuencias.
Las risas suben mientras más gente se apaña a los costados. Es tradición para los Simone arreglar los asuntos del pueblo con el pueblo, desde los terratenientes que trabajan los sembríos de droga hasta los clanes menores de Sicilia que viven en Roma.
—¿Qué haces? —me suelto cuando veo que traen a las sirvientas que designaron para mí, junto a sus hijos llorosos.
—Divertirme.
—Tú no eres mi padre para tomar decisiones así —asevero, tratando de detener la próxima bala, mientras la gente disfruta viendo la sangre como si fuera un acto de circo. Arengan para que los maten, apuestan por sus extremidades mientras el llanto de las sirvientas se intensifica y...
Cierro mis ojos. Siento el balazo en sus cráneos, la garganta no deja de picarme por el enojo, porque él sabe que es lo que más odio en el mundo y aun así no parará por nada.
—Soy el nuevo rey en transición, hago y deshago lo que quiero como se me antoje —se escuchan gritos, los cuerpos son pateados entre la gente—. El idiota de mi hermano de alguna manera creía en ti y en tu belleza, pero para mí eres una estúpida más del montón, así que he decidido traer soluciones.
Sonríe, elevando la cabeza mientras habla fuerte.
—Designé a alguien sobre tu cabeza.
—¿Qué dices?
—Uno de nuestros aliados será tu superior ahora —determina—. Y si se me antoja, podría convertirlo en el nuevo líder del clan Simone.
Los murmullos se alzan.
—Signore, esta es una humillación —dice Lion—. No puede nombrar mandos que no sean de sangre Simone, es tradición.
—Tampoco puedo tirar por la borda siglos de poder solo por simples mierdas que tratan de engañarme —es una clara indirecta—. En más de cincuenta años, los Ricardi jamás lograron tocarnos públicamente, y ahora una maldita falla bastó para darles acceso a nuestros enemigos. Quién sabe qué otros artilugios tengan.
—No hubo ningún robo.
—Pero sí esperanza. Les hemos dado una esperanza a nuestros enemigos al demostrarles que con Bianca tenemos un lado vulnerable y eso es aún peor; por lo que se tomarán decisiones a mi manera —asevera—. Conozcan a Adrian Petrov, su superior a partir de ahora.
Todos guardan silencio al resonar sus pasos. Los presentes se congelan cuando la imagen de un hombre de rostro frío y pedante aparece de manera abrupta en el área de consensos populares y parece que me dan un bofetón mental cuando lo miro.
La garganta me cruje al igual que el enojo. No puede ser. A la luz es distinto que en la noche con sombras, por lo que solo finjo desinterés sin poder dejar de mirarlo. Sus ojos son terriblemente dominantes. El cabello negro resalta sobre su piel blanca que no hace más que engrandecer su físico perfecto, porte, tamaño y el flechazo es mortal cuando sus ojos se encuentran con los míos, porque parece que una chispa arrasa de golpe.
Mierda.
Pasa la mirada a otra como si fuese nadie y rápidamente le quito la vista apretando los dedos. Un golpe de calor inunda mi pecho, no sé si por rabia. Las concubinas lo ven como si quisieran comérselo, las sirvientas se sonrojan temblando, pero es aún peor que quienes parecían estar en desacuerdo terminen aceptando la idea al conocerlo y no, no es algo que me guste.
—Los Petrov han sido nuestros aliados desde hace más de quince años. Los Ricardi atacaron sus tierras, al igual que las nuestras, por lo que no solo nos unen lazos de venganza y de dinero, sino también de sangre. Además..., tendría edad para ser mi hijo —bromea mi tío mientras se me atasca un nudo en la garganta.
Las arengas se suman mientras un revuelo se arma de repente cuando se habla de los Ricardi y el contraataque. La gente quiere sangre, durante años una guerra fría se ha mantenido entre ambas familias, pero ahora han dado la excusa perfecta para ir por lo que siempre hemos querido: las tierras del norte.
Exhalo hondo sofocada entre el enojo y la impresión que me causa ese hombre. No lo soporto ¡Ni siquiera quiero mirarlo y no sé por qué diablos estoy haciéndolo de reojo! La sonrisa de mi tío se mantiene cuando lo exhibe a su lado como si ya fuese el nuevo líder del clan, lo cual solo hace que mi hígado explote.
¡Horas antes ese tipo quiso matarme y le ha importado un carajo!
A mí no me engaña, en sus ojos hay un fuego atrapado. Nos mira como si fuéramos excremento, como si quisiera matarnos de una barrida cuando se supone que debería ser un aliado, y necesito hallar una estúpida salida. Su presencia complica mis planes, lo que había estado buscando desde que pisé Roma, por lo que los ojos de mi nana se cruzan con los míos. Ella está a punto de llorar por el pánico.
—Los Ricardi tendrán una entrega de droga importante en unos días —suelta mi tío—, pero hay que desplegar más hombres de los que hayamos pensado antes.
—¿Quién asegura que no es una provocación? —dice un terrateniente.
—Pasará lo que tenga que pasar —refuta mi tío—. Adrian comandará esta maldita guerra a partir de ahora.
—Que vamos a ganar —determina mirándome—. Sin novatas al mando.
El sinsabor se siente como ácido en la lengua cuando el imbécil pide que me retiren de la reunión del concejo, a la par que mis pies se embarran en el lodo que termina de fastidiarme la mañana entre burlas.
Las risas no las soporto, aunque quiera, ya que todo cambia de golpe. Lo que antes se hacía ya no se hace, se han reorganizado las reglas, equipos de ataque y al parecer estoy metida en todo esto cuando me llevan a las áreas de entrenamiento donde tratan a los soldati con ejercicios extremos.
—Colabore —dice el jefe de los soldati—. Aquí se queda.
—Pero… la señorita Simone no es un soldado, es… —dice otro al verme.
—Fueron órdenes del nuevo superior y hay que cumplirlas.
«El nuevo superior». Ja. Maldito idiota. Nadie me va a quitar lo que es mío.
Los soldati no se atreven a tratarme mal, pero tampoco me dejan quieta. Si el viejo Leonardo Simone quería humillarme, no les voy a dar el gusto. Levanto la cara sin emitir más emoción que el jadeo por los ejercicios y aún no se me quitan de la cabeza los problemas.
—¡Todos! —indica un soldado—. Cinco vueltas a la redonda. Y usted, siete sin descanso.
—¿Qué? —pregunto.
La cara me arde de la ira.
—Fueron órdenes del nuevo superior, señorita. Mejor obedezca y no se queje que tal vez esto sea pasajero. Nadie aquí quiere a otro que no sea de sangre Simone.
Para todos es incómodo lo que sucede, los extraños no son bien recibidos a menos que sean de la raza y ningún soldado puede creer que esté en la arena junto a ellos al pasar los minutos, aún más cuando un idiota ególatra es ahora el nuevo superior a cargo de nuestros enemigos cuando debería estar yo al mando.
La desconfianza se suma, al igual que el duro entrenamiento. Me digo mentalmente que puedo soportarlo mientras el tiempo pasa, mis ligamentos lo sufren, y cuando por fin culmino las vueltas ya no aguanto.
—Señorita Simone, cinco series de veinte planchas. Los demás, pueden tomar un descanso. Esas… fueron las órdenes.
Voy a contestar, pero el hombre susurra, rogando.
—Por favor…, me cortarán la cabeza. Obedezca.
Los ojos miedosos del otro soldado, que apenas se atreve a levantar la mirada, me irritan, por lo que vuelvo al ruedo sabiendo que tarde o temprano explotaré y no será nada bueno.
Una hora transcurre y cada minuto se va tornando agonizante con el sol que quema mis brazos. Cada inhalación se va volviendo un martirio. El día me sabe a mierda, la garganta me arde de tanto respirar por la boca y, si no paro, voy a desmayarme, por lo que me aparto desesperadamente de la fila para hidratarme cuando ya no puedo.
—Señorita Simone…
Ignoro los comentarios del supervisor mientras me tiro agua a la cara hasta que, de pronto, el sonido de una bala interrumpe mis pensamientos, haciendo que la botella que me iba a beber explote y me empape las piernas.
—No quiero nenas aquí. Si no van a aguantar el ritmo, entonces dense un maldito balazo antes de que mis manos caigan sobre las suyas.
Su voz ronca hace que los demás lo sigan como corderitos. Avanza con gran actitud prepotente y se queda en un lugar privilegiado sin mirarme. Lo odio, y no sé si es por chispa, adrenalina o sentido de competencia, pero mis ojos no dejan de observarlo.
—Señorita Simone. Eh… El señor Petrov ha dado una orden.
Tiene que mandar a su maldito lacayo para hablarme.
—Por favor, yo… —continúa.
—¡Cierra la boca! —exploto.
Los dientes me chocan al igual que los músculos superiores. Separan a grupos por su desempeño: unos empiezan a entrenar tiros de bombas con bolas de metal y a otros simplemente nos hacen seguir corriendo bajo el sol abrasador. El sudor empapa mi frente mientras el short apretado que me puse esta mañana empieza a incomodarme. No tengo más que un sujetador rojo vino dentro de una camiseta blanca de tirantes. Me lo puse por la premura del llamado en la mañana. Algo pasa que se me afloja y cuando levanto la vista, sus ojos me están mirando.
—Dos vueltas más —ordena con claras ganas de molestarme—. A los flojos hay que remediarlos. Los otros que sigan con sus cosas.
Mi mandíbula cruje al igual que mis piernas, y una oleada de calor parece ondear por mi cuerpo cuando siento que alguien me mira sin siquiera levantar la vista.
—Preparen sus cuchillos. Tiro al blanco ahora —demanda el imbécil—. Todos.
Los demás utilizan dagas para darles a las trampas escondidas en los árboles, y cuando me doy cuenta, hay cráneos regados por todas partes. Son las cabezas de las sirvientas que ejecutaron esta mañana, al igual que otros inocentes. El demente ordenó hacerlo a propósito para molestarme y no lo soporto.
—¡Cuidado! —grito.
Una bola de metal roza su brazo y todos parecen paralizarse cuando levanta la mano, dándose cuenta de que salió de la mía.
—Ups. No sé disparar, tampoco lanzar bolas. Lo siento.
Ironizo levantándole el mentón con un claro mensaje. Sus ojos grises se vuelven oscuros, la mirada parece calcinarme con solo verme, pero en ningún momento bajo la cabeza. Por el contrario, trato de mantenerme firme.
—¿He cometido algún error, profesor? —continúo, sonriendo—. Se supone que estás aquí para liderar matanzas, que esta es la gente que debes entrenar para ganar batallas. ¿O debería llamarte maestro?
—Estoy aquí para ganar una guerra, no para enseñar a sumar a niñas idiotas.
Todos palidecen.
—Parece que el rey de los matones no supo esquivar una simple bola.
—Carga tu bala, ese es tu objetivo —señala el cráneo de una mucama—. Vamos a ver qué tan fracasada eres.
Hijo de puta, mil veces bastardo.
—Dispara —asevera mientras el mandadero me acerca un arma.
—No sé disparar.
—Del cariño nadie sobrevive, mucho menos con apego a las personas. Error número uno, niña idiota. Dispara.
Me quedo callada, sonriendo.
—No te lo estoy preguntando ¡Es una maldita orden!
—Error número dos, profesor. Mostrarle al enemigo una de tus debilidades: la paciencia.
Chispas salen de su mirada cuando lo provoco. Este hombre es como un torbellino de ira que no controlo. Me cae fatal, su pedantería me provoca darle la contra.
El enojo no solo se nota en sus ojos, sino en los pasos que da, acortando nuestro espacio. Nadie se mueve mientras se acerca. Parece que todos temblaran con solo verlo pasar. Y cuando se detiene a centímetros de mí, ahogo un jadeo en mi garganta.
Está muy cerca, demasiado para mi gusto.
Es más alto de lo que parece. Su colonia me golpea las fosas nasales. No le quito la vista en ningún momento, porque eso espera que haga. Los tipos como él utilizan cualquier arma para atacar, siendo la mental la peor de todas. Así que cuando toma el arma para dármela, acepto el reto. Es inevitable que mis dedos toquen los suyos... Y disparo.
La bala sale llena de ira, porque fue su cabeza la que imaginé en ese cráneo. Hasta que da justo en el blanco, provocando los aplausos de los soldati. Pero todo acaba cuando el imbécil toma otra arma y barre con cinco de golpe, opacándome.
—Un tiro mediocre.
Ni siquiera deja de mirarme y desactiva todas las trampas juntas, en una barrida perfecta. Su mano todavía está estirada, los rostros de todos impresionados, y es como si quisiera restregarme en la cara que no soy nadie.
—Así que eres de armas tomar, Rambo.
—¿Qué me dijiste?
—Rambo, ¿no les llaman así a los tipos rudos?
Sus ojos arden.
—Vamos a ver qué tan deplorable eres tú cuando acabes chillando, jodida arpía.
«Arpía». Suelto una risa.
—No te voy a dar ese gusto. No me verás caer nunca.
—Qué seguras se ven las fracasadas cuando no saben ni dónde esconderse.
—No más que los idiotas con ínfulas de líder, por supuesto.
Se escucha el silbido en masa de los demás chismosos mientras la intensidad sube.
—¡Se acabó el recreo! No quiero nenas lloronas aquí. ¿Qué miran? ¡Todos, a los campos de tiros! ¡Fuera!
Los demás se van, pero yo no.
—He dicho todos. ¿No has oído?
—¿Por qué estás aquí? ¿Cuál es tu verdadera intención? —lo encaro—. A mí no me engañas tan fácil. Puedes hacerlo con esta gente, incluso con mi tío, pero yo no me creo tus mentiras. Voy a descubrir tus verdaderas intenciones. Las caídas duelen más cuando estás en lo alto.
—No me digas —ironiza.
La proximidad es peligrosa cuando nuestros ojos se encuentran. No sé en qué momento terminamos tan cerca, casi rozándonos.
—Hoy te declaro la guerra, Adrian Petrov.
Sus ojos me destruyen.
—Buena suerte con ello, Bianca Simone. Empezó tu pesadilla.
—Cínico.
Toma mi muñeca cuando intento empujarlo, y el contacto de su piel con la mía genera chispas. Su mano es grande, sus dedos gruesos, largos, tan peligrosos que...
—Cuidado con esa boca, que yo no te voy a permitir majaderías.
—Ya veremos quién gana.
—Las fracasadas como tú nunca tienen suerte. Al final… terminan siendo nadie.
Nuestros labios están cerca y me mira la boca como si quisiera rompérmela.
Hijo de puta. Algo en mí se retuerce. Sus ojos grises se incrustan en los míos, el aire se me hace pesado cuando la adrenalina se desata, el impulso me gana y mis manos terminan encima de las suyas en un empuje de cuerpos que hace que caigamos de golpe en una pendiente de barro.
El olor a tierra se cuela por mis fosas nasales. La caída dolió, pero más sus palabras. Mis codos están lastimados por el impacto. Intento tomar sus puños, pero el desgraciado es muy alto como para frenarlo, y en un intento de zafarme, mi cuerpo vuelve a balancearse contra él, siendo inevitable que gire encima suyo.
Mis caderas quedan atrapadas en las suyas. Mi cabello le cae en el rostro y cada vez que me muevo, me presiono contra él, por lo que me mantengo en silencio. Me doy cuenta de que ya no me mira solo la cara, también los pezones que parecen dibujarse en mi ropa húmeda.
—¿Qué pasó, Rambo? —susurro—. ¿No has olvidado mi cuerpo?
—Prometo destruirte, niña.
—Hazlo.

4.
CONSECUENCIAS
Bianca
No sé qué demonios pasa por mi cuerpo que se agarrota cuando siente la dureza de sus músculos. Sus ojos poseen un raro color que no puedo dejar de mirar, aunque me moleste. Este tipo es totalmente un animal, pero hay algo en él que me llama: su agresividad cuando me mira, su voz ronca cuando está cerca, su necesidad de lastimarme.
«Adrian Petrov». Por años he escuchado su apellido en negocios de la familia, pero nunca creí que fuera tan abominable. La primera regla del ser humano es no confiar en el otro, y lo único que sé es que este no es para nada un simple idiota, sino un peligro.
¿Por qué un hombre que supuestamente lo tiene todo tendría que trabajar en esto? Poder no le falta, dinero le sobra.
La garganta me quema y parece que el gris de su iris se hace más oscuro. Ojos cambiantes…Vaya. El misterio abunda por donde se mire, mucho peor las marcas y tatuajes que parecen nacer en alguna parte de su pecho.
Averiguaré sus verdaderos movimientos antes de que se dé cuenta, porque para eso fui entrenada. Por lo pronto, lo único que sé es que me odia. Puedo verlo en sus ojos cuando me mira, en la expresión de sus labios cuando camino, y cuando tensa sus manos al rozar mi cuerpo.
Domina sus emociones, lo hace perfectamente.
No reacciona rápido al estímulo de una mujer, y eso es de profesionales. Los hombres son tan predecibles... No cualquiera se queda tan quieto bajo la presencia de una figura femenina que vio desnuda días antes. Mantengo mi mirada fría mientras observo su rostro, le miro los labios carnosos y... me niego a pensar que sea gay. El aroma que emana de su cuerpo me deja quieta, atontada... Su aliento a whisky caro es envolvente, aún más cuando el aire que exhala rebota sobre mis labios y...
—¿Necesita ayuda, señor? —uno de los criados aparece y la sensación es como si nos hubieran pillado en algo indecente.
—No —me hace a un lado con fuerza—. Ha terminado la sesión por hoy.
—¿Qué pasará con los soldati de bajo rendimiento?
—Elimínalos.
—¿Cómo?
—Que los mates. Las ratas más débiles tarde o temprano estarán donde les corresponde.
Su indirecta es clara, pero no hago más que contener el aire. Ni siquiera me dirige la mirada y ya lo estoy odiando de nuevo. Se va con su estúpido caminar ególatra mientras mis uñas se entierran en la arena de la rabia. El sirviente no sabe qué hacer.
—¡No me toques!
Trata de ayudarme, pero lo esquivo. Levantarme duele por el golpe, mi cuerpo parece estar destruido por el trabajo físico, pero eso no me detiene. Si cree que con esto me vence, se equivoca. Esta fue la primera batalla de muchas que le voy a dar así me arda el hígado.
El sol parece quemar aún más al pasar de las horas y la gente me mira como si hubiera salido de un basurero cuando llego a la casa, malhumorada y llena de mugre. Nadie me habla, es claro que parte del clan sigue rechazándome, y solo Cyra me observa desde el pie de las escaleras, seria, fingiendo ser un ama de llaves cortante.
—Fuera —hace señas con los dedos mientras se apresura a llegar hasta mí, cambiando de mirada cuando nos dejan solas.
—¿Qué pasa?
Algo sucede, sus manos tiemblan cuando trata de decirme algo.
—Es que…
—¡Bianca! —la voz de Leonardo Simone retumba, haciendo que Cyra salte de miedo.
Baja la cabeza al sentir su contacto.
—Necesito hablar con mi sobrina. ¡Fuera de mi vista, vieja metiche!
Se va cual animal asustado, dejándome inquieta.
—Creo que no has entendido que Cyra no es tu perro ni tu criada para que la trates como se te antoje.
—Es solo una simple sirvienta, su vida no vale nada, pero como es tu cómplice es natural que la defiendas.
Suelta una sonrisa irónica.
—¿Qué tal tu nuevo superior?
—Ese hombre no es mi nada.
—¿Segura? —me mira de arriba abajo—. Se nota que te ha puesto en jaque. Por fin alguien coherente hará tu trabajo y, quién sabe, tal vez se quede en tu lugar.
—No me provoques.
—¿Es una amenaza? —suelta el anciano—¿Tú me estás amenazando?
Tengo que inflar el pecho para no ceder ante mis impulsos, más aún cuando se acerca susurrando en mi oreja y ese olor a cigarro impregnado en su ropa empieza a irritarme.
—Antes de ponerme un dedo encima, créeme, estarás bajo tierra, cara —sus dedos se hunden en mis cachetes cuando vuelve a mirarme—. Voy a darte una oportunidad para que digas la verdad.
—¿De qué estás hablando?
—Mis hombres han notado movimientos extraños desde que llegaste a Roma. Te has reunido con gente y tengo pruebas. Mis cámaras te han rastreado en el centro de la ciudad y que yo sepa no tienes permitido entablar amistades, así que quiero una explicación ahora.
—La edad te hace alucinar —finjo una risa.
—No te creo.
—Ese es tu problema, no el mío.
—Juegas a ligas mayores, yo mismo te mataré si te atreves a conspirar con otros para traicionarme. Y una traición no solo implica hacer algo en contra de mí, sino también de la dinastía Simone. Peor aún después de habernos dejado en ridículo.
—Tienes mi fidelidad absoluta, pero eres tú quien se empeña en crear esta brecha entre nosotros trayendo un impostor para intimidarme.
—Ese impostor es mejor que tú en todos los sentidos y permanecerá con nosotros hasta que me demuestres lo contrario.
—Te he demostrado que puedo. No confías en mis capacidades.
—¡Me has demostrado más debilidades que fortalezas! Y que no puedo confiar en una doble cara que nunca ha estado de mi lado.
—Buscas exiliarme, poner a otro en el trono para hacer lo que se te antoje, yendo contra las leyes de la mafia que tanto alabas.
—Cuidado con lo que dices, maldita puta. Tú no eres nadie para venir a criticarme.
Aprieta mis cachetes, hundiendo dolorosamente sus dedos.
—¿Qué es lo primero que harías si te cedo el clan? ¿Eh? ¿Matarme? —continúa—. ¿Hacer lo que te venga en gana bajo tus ideales de justicia y libertad para todos? ¿Compadecerte de los niños torturados? ¿De las pobres víctimas que la mafia toma solo para calmar tu conciencia? ¡De la compasión no se vive! Pero parece que no has aprendido nada, eso es lo único que has demostrado —asevera, sonriendo con ira.
Me quedo en silencio, observando sus ojos y comprobando que reflejan lo mismo que los de mi padre: ambición, maldad, egocentrismo. Siento asco atrapado por dentro.
—Suéltame.
—¿Sigues pensando que algún día serás libre? Pobre idiota. Querías tomar el poder para poder escapar sin que nadie te persiga.
No contesto y puedo sentir su aliento cuando se acerca a mi rostro.
—Eres nuestra, Bianca Simone, a ver si lo entiendes —dice—. Tú no tienes voluntad propia. Le perteneces a la mafia, los herederos sicilianos nunca escapan de su destino y aquí tu misión es una, porque para eso fuiste soñada, diseñada y... concebida. Te miro y no lo creo…
Afloja los dedos de mis cachetes, bajando su mano por mi cuello hasta apretarme la garganta. Apenas puedo pasar saliva cuando se detiene para olerme, como si fuera una fruta deliciosa.
—Una cara bonita con la rebeldía por delante. Tan… igual a ella —continúa, sonriendo—. Si fueras más inteligente, serías todo lo que la mafia temería, amore mio. Con tu belleza podríamos llegar lejos, ser un equipo, juntos gobernar el mundo entero, pero… tú eres la que siempre me da la espalda. Parece que olvidas que soy lo único que tienes y que no ha querido abandonarte. Ya no tienes padre y tu madre… nunca te quiso.
Golpe bajo.
Inhalo profundamente sin bajar la mirada, sabiendo a lo que se refiere. Mi madre me dejó con solo días de nacida. A sus cortos quince años, la compraron para engendrarme, pero en esta casa nadie habla de ella. Desde pequeña, he escuchado historias sobre su belleza: «Una bruja mística cuya hermosura te hacía doler de solo mirarla». Sin embargo, nadie ha dado con su paradero desde que escapó aterrorizada al bosque queriendo huir de la mafia.
Sigue siendo una incógnita que pesa, y él lo sabe. Presiona la herida, apuñalando el dolor con su ego. Bien dicen por ahí que es mejor no mostrarte débil, porque nunca sabes cuándo lo usarán en tu contra.
—No he terminado —dice, sujetándome del brazo cuando me muevo—. Hay trabajo para ti pronto, así que prepárate. Y ojalá te mueras en el intento.
—No te preocupes. No te daré ese gusto tan fácil.
Borro la falsa sonrisa cuando ya no me mira porque apenas aguanto todo lo que cargo. Cuando estoy sola, suelto una bocanada de aire mientras el ardor en mis mejillas aumenta sabiendo a lo que me enfrento.
«Trabajar» no solo implica seguir el negocio de las creaciones de drogas exóticas que dejó mi padre, sino también meterse en otros líos. Las cosas empiezan a ponerse difíciles, por lo que cada paso que doy tiene que ser extremadamente cuidadoso. Al llegar a los pasillos veo cómo nuevos guardias se unen a la seguridad. No los había visto antes por aquí. Y mi calma se desvanece cuando me agarran sin ningún tipo de respeto por los brazos.
—¡¿Qué les pasa?! —forcejeo, pero es inútil cuando son más de tres los que me empujan.
—Por órdenes de su superior debe permanecer en su habitación.
Mis planes empiezan a ponerse en jaque, sobre todo porque ya no estoy sola. Con ese imbécil, estoy siendo vigilada constantemente y cualquier movimiento en falso puede arruinarme. Me arrastran hasta dejarme dentro como si fuera nada y, cuando escucho un ruido desde la puerta de mi baño, enseguida lanzo un cuchillo con ira.
—¡Alto ahí!
Pero me doy cuenta de que es Cyra y mi corazón late desesperadamente.
—¡Nana! ¡Pude haberte matado! Pensé que eras…
—¿Quién?
Jadeo, extasiada.
—Nadie —cambio de tema—. ¿Estás bien?
Está llorando. Sus manos tiemblan.
—Sí, sí. Me quedé escondida aquí cuando vi que unos matones entraban por el área trasera. Quise avisarte lo que sucedía, pero ya no pude, me han estado siguiendo, esa gente es la nueva seguridad que ha traído ese hombre. Algo tiene coludido con tu tío.
—¿Qué?
—Te andan investigando. Escuché cuando hablaba por teléfono, pidiendo información de tus movimientos contables. Parece que hay problemas con entregas de droga, así que está fiscalizando todo: lo que gastaron en tus huidas a Estados Unidos, inversiones extranjeras, negocios de tu padre y, además, otro le informaba sobre tus movimientos de dinero en bancos suizos.
—¿Cómo?
—Han… empezado a sospechar de ti, Bianca. Seguro sabe de los negocios a escondidas que tenías con otros.
Tenso la mandíbula.
—Así que ese idiota quiere jugar rudo.
—Estamos en problemas, ese tipo no me da confianza.
—Tampoco a mí, pero no me queda otra que fingir acatar todo lo que ordene, al menos hasta que las cosas se calmen. No tengo aliados aquí y no pueden sospechar lo del escape.
Palidece.
—¿Sigues queriéndote ir? ¡¿No te das cuenta de que ya no puedes hacer más?! No puedes escapar de la mafia. La última vez que lo hiciste terminaste en un hospital casi muerta.
—Cuando no tienes a nadie en el mundo para defenderte solo te queda hacerlo contigo misma. Y a mí ya me han golpeado mucho como para no seguir luchando.
—Hija…Deberías olvidarte de esa idea. Mejor…, quedémonos aquí, haz todo lo que te pida tu tío y…
Los ojos se le hacen agua.
—Siempre has tenido un miedo desmedido a los hermanos Simone y nunca has pensado realmente en ti, Cyra. ¿Para qué quieres quedarte a su lado? Fueron ellos quienes te cortaron la lengua en tu juventud. Fueron ellos los que orillaron a mi madre hasta que escapó. Fueron ellos los que te quitaron al hijo que no conociste. ¿Y a pesar de eso, sigues inclinando la cabeza? —digo enojada.
Ella rompe a llorar.
—Entiende que esto no es solo por mí, sino también por ti. Han puesto a ese Adrian como superior, ya no tengo ningún poder. Tengo que irme antes de que nos maten. Si estás de mi lado, te daré libertad y prometo que lucharemos por encontrar a tu hijo.
—Es que… tengo mucho miedo. Nadie ha salido de aquí con vida y si te pasa algo yo…
Me da un abrazo que no puedo rechazar mientras evito acercarme a la ventana para que no nos miren; de lo contrario, Leonardo Simone podría considerar utilizarla para controlarme.
El llanto se vuelve fuerte, aunque no pueda hablar. Si antes tenía ira acumulada, hoy se vuelve insoportable. Cyra ha sido víctima de mi familia y, aun así, tiene un corazón gigante para mí. Es una mujer valiente. Quizás su motivación al principio fue quedarse junto a la dinastía Simone para descubrir el paradero del hijo que le arrancaron, pero estoy segura de que hay cosas aún más fuertes que no me ha contado. Es la única explicación que encuentro.
—Escúchame, nana, estaré bien, lo prometo —le sonrío, limpiándole las lágrimas—. Necesito que me cubras esta noche. Tengo que salir de aquí.
—¿Estás loca?
—Voy a recuperar el dinero que me queda antes de que ese imbécil sepa más de lo que ya intuye. Hay pozos donde guardo efectivo, bancos secretos en Roma cuyos candados los tiene un externo por seguridad. Si ya desde hoy Adrian Petrov invade la casa, mañana será tarde.
Abro uno de los armarios, meto algo de ropa dentro de una maleta y preparo mis armas sin darle tiempo de aceptar.
—¡No te puedes ir!
Cyra trata de frenarme.
—Confía en mí, nana. Volveré antes de que amanezca. Ya lo hemos hecho antes, no pasará nada.
Se lleva la mano a las sienes sin decir nada más. Sabe que no voy a dejar de insistir y solo niega con la cabeza mientras me ayuda a salir de la mansión. Aprovechamos que mi tío tendrá la noche ocupada con sus concubinas y el cambio de guardia para escapar. Los hombres de ese idiota son todavía novatos, por lo que es fácil moverme por los pasillos secretos que ellos desconocen. Desciendo escaleras hacia las bóvedas de comida, compruebo que las cámaras no me están vigilando como siempre y, cuando veo que no viene nadie, retiro algunos ladrillos que me permiten salir sin problemas, mientras ajusto la sudadera con capucha que llevo puesta.
La noche se siente más oscura en las calles desoladas de Roma y debo confesar que, aunque sea peligroso salir sin seguridad, lo disfruto. El olor a libertad se siente delicioso y la brisa helada del viento impactando en mi rostro me tranquiliza.
Me cuesta media hora llegar en autobús a donde quiero. El sonido de las calles al entrar al barrio de Trastevere enciende mi alma. Es un lugar de buena música y comida en Roma donde la gente disfruta. Me aseguro de que nadie me siga al entrar en el callejón que busco. Llevo vaqueros, la sudadera, una camiseta sencilla y la maleta que todavía sostengo en mis manos. Procuro pasar desapercibida. Finalmente, encuentro una puerta falsa y me sumerjo en un laberinto de piedra que me lleva al área que parece un espacio alternativo de arte. Hay grafitis, escultores y bailarines que convierten las calles en un mundo divertido.
—Ciao, preciosa. ¿Bailamos?
Coquetean y yo coqueteo. Extranjeros desbocados danzan sobre las mesas, se drogan y gritan, tomando el lugar como si fuera una gran fiesta mientras un hilo de recuerdos arremete en mi mente.
«¡No! ¡Por favor, no me rompas las piernas!».
Dolor. Gritos. Sueños rotos.
Respiro profundo queriendo no exaltarme. Recordar el pasado solo me crea un nudo en la garganta y parece inevitable ver las imágenes en blanco y negro: una niña de doce años que empezó a causar revuelo con su baile, cuyas maestras realmente apreciaban su danza y que amaba bailar donde pudiera, hasta que llegó a oídos de mi padre.
Donato Simone fue un hombre precavido, sabía que esto empezaba a apasionarme y si seguía podría rebelarme. Yo era la pieza clave de su lucha contra los Ricardi, el mejor soldado que podía controlar a su antojo. Por eso me rompió las piernas cuando era aún muy joven, pretendiendo que con eso iba a frenarme, aunque… no contó con que iba a recuperarme.
La voz aguda de un cantante me hace volver a la realidad. Me gustaría socializar un poco, pero no hay tiempo. Giro la vista de cuando en cuando, cuidándome la espalda. Apenas noto un letrero maltrecho de tatuajes, me apresuro hacia otro pasadizo que conecta con una quinta privada donde escucho un ruido.
—¡Eh, tú! ¿De parte de quién vienes? —pregunta un hombre alto de barba espesa.
—De parte de David.
Me mira de arriba abajo, sonriendo y hace un gesto para que pase.
La gente ni siquiera me presta mucha atención cuando entro; algunos bailarines salen con patinetas, otros con atuendos llamativos. Rápidamente me desvisto, quedando en shorts y top para entrar en la sala como si fuera una más de las bailarinas, hasta que mis ojos brillan de entusiasmo.
Bendita escena orgásmica. El baile sensual es algo que siempre me ha fascinado.
Las chicas están completamente idas, drogadas, poseídas por la música, bailando en tacones junto a quien busco, David, mi exinstructor de danza, amigo desde que bailaba en secreto en Nueva York y socio en negocios clandestinos.
—No puedo creer lo que veo. Peligro está aquí —sonríe, acercándose—. Te hacía en Estados Unidos.
—Te hacía en Dubái controlando mis negocios —suelto, poniéndome al ritmo de la música.
Nadie debería sospechar nada.
—Destinos de la vida —se pone detrás de mí—. ¿Problemas?
—Muchos. Necesito que me des el dinero que me guardaste, es una emergencia. Y que me ayudes a huir. Solo iré por mi nana.
—¿De verdad vas a escapar?
—No tengo mucho tiempo, David. Necesito ya las llaves de las bóvedas y los accesos a los pozos.
—Siempre hay tiempo para la danza. Dame esa rabia, muñeca sexy —susurra—. Úsala.
De un tirón, me pone en el centro. Es inevitable que el ritmo me tome de impulso. Las miradas de las demás se vuelven extrañas cuando me empujan. De repente, hay un apagón y solo se enciende una luz roja cenital, y las ganas atoradas por moverme parecen salir con fuerza.
«Maldición, bailar es lo que más amo hacer en este jodido planeta», pienso.
No tengo muchas oportunidades para hacerlo, pero es adictivo. Las demás asienten cuando me miran y se abren cuando tomo el centro, mientras mi maldito trasero parece sacar ventaja con movimientos oscilantes. Subo, bajo, me toco.
Mis manos vagan por mis senos hasta mi cuello, al mismo tiempo que mis piernas se abren, y en un segundo suelto mi cabello para atrás, meneándome. Las otras chicas se me unen, pero en vez de estar separadas, perreamos juntas con tacones, y la imagen frente al espejo es casi una orgía artística.
Me libera. Dios, sí.
Seguimos pareciendo conectadas. La adrenalina se despliega en mi pecho mientras otras mujeres se besan detrás de mí y, cuando subo la mirada, el flash de la cámara de David me ciega los ojos.
—Diosa, tendrías que mirarte —se acerca, tomándome de la cintura, hasta que la música se corta de golpe y se escucha un estruendo que me hace ver en cámara lenta.
Balas, gritos despavoridos de las bailarinas, shock en el rostro de David, pero aún más en el mío al ver unos ojos que conozco salir de la sombra, como si hubiera estado esperándome.
Adrian.
Mi rostro palidece, la boca se me seca, pero es aún mayor su furia hacia la dirección de sus ojos: las manos de David en mi cintura. Este me suelta y...
—¿Quién eres? ¿Cómo demonios te atreviste a entrar aquí? No te acerques —retrocede mi exinstructor—. No permitiré que le hagas daño.
No, no, no...
Adrian da tres pasos frente a él y la hombría de David desaparece cuando lo mira, se hace pequeño ante su porte y sube las manos temblando.
—Yo no hice nada... —masculla aterrado, suplicando—. Yo…
Y le da un tiro en la frente mientras su sangre me salpica.
El horror invade mi cabeza y me quedo quieta mirándolo. Voltea sin culpa, limpiándose las manos como si le apestaran, asegurándose de destruir el móvil con su pie para luego tomarme del brazo a la fuerza.
¡Maldito enfermo!
Mi boca se queda entreabierta por la letalidad de la bala, mis ojos lo miran y se llenan de lágrimas. ¡David está muerto! Clavo mis uñas en su piel, pero ni así me suelta. Me empuja hacia la calle como si fuera una perra barata y lucho poniendo mi peso, pero para él no es nada.
—¡Suéltame! —grito, ahogándome en medio de la lluvia, pero le importa nada.
Estoy tan cansada que no lo pienso dos veces y lo golpeo. Intento sacar mi frustración y me arrastra contra un viejo callejón de piedra que apesta a basura para sujetarme con su peso.
—Cierra esa maldita boca o verás las consecuencias.
Sus ojos me miran y puedo notar que el nudo de su garganta se eleva. Mi respiración cambia. El contacto es irritante. No controlo la ira; mi piel se calienta, mi mente arde cuando debería estar tomando otra actitud, pero es que no lo soporto.
—Vete de aquí.
—Yo hago lo que me da la gana… porque quiero y puedo.
La lluvia cae torrencialmente y mis pezones se enduran al estar en contacto con su piel, pero es aún peor la imagen que veo: sus ojos oscureciéndose.
—¿Ibas a huir con ese tipo? ¿Crees que de verdad te convenía?
—¿Qué dices? ¡Ni siquiera lo conocías!
Saca las llaves de los pozos, mis tarjetas de los bancos suizos, un pasaporte falso con mi nombre que él guardaba y…
—¿Buscabas esto?
…Los tira en el charco de lluvia.
Lo sabe.
—¿Sabes lo que hace un cazador cuando quiere atrapar a su presa? —agrega, arremetiendo contra mí cuando me muevo—. Espera…, porque los más débiles terminan cometiendo los mismos errores. Sin duda, la vieja muda cayó primero. Te dijo todo lo que quería que hicieras mal para atraparte.
Me sostiene cuando intento zafarme.
—¿Qué pasa? —agrega—. ¿Te vas a poner a llorar? ¿Cómo crees que reaccione tu tío cuando sepa que la futura líder de su clan planeaba huir de la mafia?
—Maldito imbécil.
—Esa boca... —me mira los labios—. Cuida esa maldita boca que solo desata catástrofes.
Esto no tenía por qué salir de esta manera. Yo no debía estar aquí, él no tenía por qué haber descubierto mi secreto, el dinero, mi vía de escape.
Veo de reojo los alrededores y no hay posibilidades, el aguacero lleva ríos de sangre por los cadáveres de quienes estaban aquí. Los mató a todos.
—¡Suéltame!
—Cuando tu superior habla, te mantienes en silencio.
—Jamás voy a inclinar la cabeza, ni siquiera en tus sueños.
Lleno de ira, me clava fuerte contra la pared del callejón y... ¡Qué demonios me pasa! Otra vez estamos a milímetros, otra vez regresa la sensación de estar desnuda ante sus ojos, sintiendo una punzada entre las piernas.
Lo odio, lo odio tanto…
—Cuidado con lo que haces. Te tengo en mis manos, Bianca Simone —susurra muy cerca de mi boca..., lo hace ronco, profundo, con su nariz rozando la mía—. Los simples corderitos no juegan a ser lobos. Y yo no ladro..., muerdo.
Lo empujo una vez más, pero esta vez el control se me escapa de las manos. El choque hace que rebote contra él mientras sus dedos ahora siguen la línea de mi silueta y, en un intento de atacarme, me toca… yendo hacia el sur sin detenerse.
Mis labios se endurecen. Mi corazón se congela cuando siento su mano frenar en mi nalga, apretándola, disfrutando del dolor que puede provocar en mis ojos, entonces un impulso peligroso me embarga. Es extraño, insano, como si no tuviera alma pero sí… deseo. No sé qué demonios hago cuando mi mano se detiene en su rostro perfecto..., tocándolo, y todo se paraliza de golpe.