Capítulo uno. Made in the AM

Capítulo uno

Made in the AM

Suelen decir que la muerte de un artista puede ocurrir dos veces. Y la primera sucede cuando abandona su arte.

Tengo un cuadro incompleto colocado en mi pared. El lienzo blanco tiene una silueta pintada a medias, eso es todo. Mi yo artista no ha muerto, pero está agonizando. Nunca había dejado un cuadro sin terminar. Este fue el primero y desde entonces no he podido pintar nada más.

Es casi un ritual nocturno colocarme mi camisa gastada y llena de manchas de pintura, pararme frente a este cuadro con mi pincel en la mano y decirle: «Este es el día en el que te terminaré». La otra parte del ritual, por supuesto, es resignarme, darme cuenta de que ese no será el día, y volver a guardar mis pinturas para repetir lo mismo a la noche siguiente.

Mi concentración en la nada se interrumpe en cuanto la puerta de mi cuarto se abre de par en par y golpea contra la pared. Por ella entra Vanesa, que lleva un vestido celeste lleno de lentejuelas.

—Entonces es verdad… —murmura en cuanto me ve. Suspira, se abanica y mira hacia el techo fingiendo que quiere evitar derramar sus inexistentes lágrimas—, no puedo creerlo, mi mejor amiga me abandona.

Suelto una risa dejando mis utensilios sobre el piso.

—¿No puedes creer que no vaya al lugar al que durante varios meses te dije que no iría? —pregunto.

Ella se lanza a la cama y se deja caer de manera teatral, como si mis palabras le dolieran. No puedo contener la risa, me acerco y me tiro a su lado.

—Lo siento, no pienso gastar parte de mis ahorros en el concierto de una banda que ni siquiera conozco.

—Es que tú no lo entiendes. No es un concierto, es algo así como una experiencia religiosa.

Una sonrisa se extiende por mis labios.

Por esto me encanta tener a Vanesa en mi vida. En este momento estaría decaída porque han aumentado los días en los que he dejado de pintar. Pero ella, con su brillo y su particular entusiasmo, no me permite siquiera pensar en eso.

El problema con Vanesa es que ella no es solo una fan más, es «la fan». Su fanatismo bien podría denominarse «acoso». Y lo peor de todo esto es que no ama a una banda o a un artista en específico, ama a media industria musical.

Por lo general, si tengo la oportunidad, la acompaño a los conciertos, incluso si no me gusta el artista o no lo conozco. Ese tipo de eventos me parecen divertidos, pero en este caso es diferente. Los chicos de Made in the AM, a pesar de llevar poco tiempo en el mundo de la música, ya son una de las bandas más importantes. Ganaron un concurso y, aunque desaparecieron durante un tiempo, comenzaron a tener fans. Cuando reaparecieron y lanzaron su primera canción, batieron récords. Su álbum vino casi de inmediato y se convirtió en uno de lo más escuchado de las últimas décadas. Por supuesto, una banda así agotó los boletos en la misma hora en la que salieron a la venta. Vanesa dice que es posible conseguir entradas de reventa, pero no quiero ni imaginar cuánto tendré que pagar por comprarlas de último minuto. Nunca cometería ese crimen de odio contra mi cuenta bancaria.

—Prometo acompañarte cuando su carrera esté algo deteriorada y vendan los boletos a precios razonables. —Le lanzo un beso, ella bufa y se pone de pie.

—Te odio —farfulla mientras desliza las manos por su vestido en un intento de cubrir un poco más sus piernas. Hace una mueca de ligero desagrado.

—Luces bonita, pero pareces algo incómoda.

—No quiero lucir cómoda, quiero lucir explosiva, como la fan de moral cuestionable que no dirá nada si la meten al backstage.

—¿Volviste a leer esos fanfics? —pregunto, achicando los ojos.

—Este era diferente —declara emocionada—; ellos eran directores de cine y ella una actriz rebelde. Así que un día, en medio del set, cuando se dieron cuenta de que no se había aprendido sus líneas, de castigo le azotaron con su… —Vanesa coloca las manos en la pelvis y yo agito las mías obligándola a que se calle.

—¿Sabes qué? No me digas más, me convenciste, lo leeré, suena bastante prometedor —miento, y carraspeo—. Vane, creo que si no quieres llegar tarde deberías ir ahora.

—Mierda, sí. ¿Irás a la fiesta?

—Sí. —Me incorporo.

Lo divertido de los conciertos que tenemos en mi ciudad es que, cuando el resto de los amigos de Vanesa tampoco pueden ir, hacen una fiesta al mismo tiempo llamada «suicidio colectivo». Suele ser entretenida, aunque en algún punto de la noche, sin falta, siempre hay alguna persona a la que le gana el sentimiento y comienza a llorar por no poder conocer a sus ídolos. Por lo demás, es increíble.

—Bien, me iré en taxi para no tener que buscar estacionamiento. ¿Tomas mi auto y pasas por mí a la salida del concierto?

—Está bien, igual no quiero llegar tan temprano.

Se acerca corriendo para dejar un beso en mi cabeza. Me arrebata mi teléfono y, en cuestión de segundos, lo conecta al altavoz.

—Escúchalos, te gustarán. Conozco tus gustos. —Teclea en mi celular con rapidez—. Mi meta para su próximo concierto es que seas una groupie más y vayas conmigo.

—Cuidado, que te los quito —bromeo. Mi voz se deja de escuchar y la habitación se inunda con el sonido de una batería y una guitarra.

Vanesa saca la lengua de manera infantil y me regresa mi celular.

—Te veo más tarde —grita, y asiento.

En cuanto se va, desbloqueo mi teléfono para quitar la lista de reproducción, pero me detengo cuando la voz del cantante comienza a sonar. Todos los instrumentos lo acompañan y es una combinación simplemente increíble. Es imposible clasificar su género, son una combinación de muchos.

Comienzo a recoger mis pinceles y sonrío al notar que no me estoy sintiendo tan mal como de costumbre. Creo que a mi tristeza también le gusta la voz del vocalista de MITAM.

Dicen que la música es capaz de generar reacciones químicas en nuestro cerebro, como dopamina. Esta noche, Made in the AM me ha ayudado a saber que ese dato es muy real.

Descargo el álbum completo y dejo que suene mientras me visto. Al final, termino bailando frente a mi ventana, viendo las luces de la ciudad y dándoles a mis vecinos el peor concierto privado que han escuchado en su vida.

Edith

Jude, ¿sí vendrán a la fiesta?

Leo el mensaje de la amiga de Vanesa y ni siquiera me molesto en abrirlo, porque no tengo idea si iremos. Se supone que el concierto daba inicio a las ocho, pero, según el mensaje de Vanesa (que no he leído hasta que no he estado a dos minutos de allí), el concierto ha comenzado dos horas tarde.

Llevo una hora de pie debajo del inmenso panorámico de MITAM. Algunos papás esperan a sus hijas quejándose de la poca profesionalidad de la banda. Al principio no sabía de lo que hablaban, pero me ha bastado un minuto en internet para entenderlo.

@CrónicasdeHollywood:

Al parecer el concierto de #MITAM no ha dado inicio debido a un incidente entre el bajista y el guitarrista.

Esta información no es oficial, pero la ha facilitado @Cres, un insider que desde hace años ha revelado información importante de los proyectos secretos de MITAM. Así que podemos decir que la fuente es fiable y la información posiblemente es verídica.

A las fans eso no les ha importado. Sus gritos, estoy segura, se pueden escuchar a kilómetros. El ambiente es una completa locura, incluso las fans que no han logrado entrar están afuera gritando emocionadas.

Ver tanta euforia me reafirma en que ha sido una buena decisión dejar el carro algo alejado de aquí.

Mi teléfono vuelve a sonar con tres mensajes de Vanesa.

Vane

Están tocando la última canción.

Leo el mensaje y comienzo a alejarme de la entrada principal para evitar la aglomeración. En cuanto estoy a una distancia prudente, me recargo en el muro para poder ver las dos fotos que me ha mandado.

La primera es de un chico que mira al cielo, parece estar completamente sudado o mojado y, contra todo pronóstico, eso lo hace lucir bastante atractivo. Lleva una camisa blanca arremangada, que se transparenta, se pega a su definido cuerpo y deja ver gran parte de los tatuajes que cubren sus brazos y su pecho. Ahora entiendo la cantidad absurda de dinero que pagó Vanesa. Prácticamente parece que si extiende la mano podría tocarlo, y algo me dice que lo hizo.

La segunda foto me hace soltar una carcajada. La cara de Vanesa llena la pantalla, parece tomada desde abajo, lo que hace que luzca más graciosa; ella está gritando o llorando, quizá ambas cosas.

«Avísame cuando…».

Mientras escribo el mensaje, una fuerte sensación de vértigo me invade y pierdo fuerza en mis piernas. Cuando tengo el culo en el piso, me doy cuenta de que no me he mareado; la pared se ha movido… Y no es una pared, más bien parece una puerta corrediza.

—Mierda —murmura un chico colocándose frente a mí—. ¿Estás bien?

—Auch. —Es lo único que atino a responder. Contengo las ganas de palparme el trasero mientras tomo la mano que me ofrece y con su ayuda me pongo de pie. Con pena, veo que se me ha caído mi pobre teléfono y tiene la pantalla rota—. Estoy bien.

—Lo siento —dice agachándose y tomando mi celular—, te lo pagaré.

Niego restándole importancia. Mi subconsciente quiere salir de mi cuerpo y darme una bofetada, porque mi economía no está en condiciones de reparar un teléfono.

—No debí recargarme en la puerta como si nada, pero en mi defensa he de decir que parece una pared cualquiera.

Observa un segundo sobre su hombro y me mira con una sonrisa sarcástica en los labios.

—¿El letrero no te dio una pista? —pregunta mientras apunta hacia atrás.

En cuanto veo lo que señala, siento una oleada de calor por mi cuerpo y mi rostro. A medio metro un letrero indica: «Puerta en servicio».

—No traigo mis lentes —miento con descaro en un patético intento de parecer menos idiota.

El tipo parece notar mis nervios, pero, por educación, no dice nada, solo asiente mientras suelta una risa.

—Me tengo que ir —digo abochornada. No espero su respuesta, giro sobre mis talones y huyo.

—Espera —me alcanza y se coloca frente a mí—, permíteme pagarte, por favor.

—No es necesario, de verdad —digo mientras mi yo interior llora y se viste de negro para rendirle luto a la pantalla de mi teléfono.

—Si no aceptas dinero, entonces déjame pagarte de otra manera —propone. No respondo nada, así que continúa—. Te invito a una fiesta. —Sonríe con suavidad mientras el radio que tiene en su cintura suena en alerta, pero lo apaga al instante.

—Gracias —sonrío, cruzándome de brazos—, pero voy a otra fiesta. En realidad, solo estoy esperando a una amiga. —Señalo hacia el concierto.

Sonríe con diversión, casi como si mis palabras hubiesen sido un chiste. Continúo mirándolo sin saber qué decirle. Mi silencio le borra la sonrisa, ahora me observa con confusión. Su confusión me confunde a mí. Por un interminable segundo escanea mi rostro, casi como si esperara encontrar algo más.

Mi teléfono vibra y lo saco de mi bolsillo. El mensaje de Vanesa aparece de inmediato.

Vane

Ya saldré :(

—Debo irme —repito pasando por su lado. Esta vez no me detiene. Mientras avanzo, me giro y me doy cuenta de que continúa en el mismo sitio.

Su expresión, que sigue siendo de perplejidad, me da ternura. Por dos segundos medito la opción de invitarlo para que venga con nosotras. Una parte de mí cree que es una mala idea, pero soy la reina de las malas ideas, así que suspiro y doy media vuelta para acercarme.

—Mmm, quizá te suene raro, pero ¿te gustaría venir? —pregunto en cuanto estoy frente a él.

—¿Qué? —murmura, y frunce el ceño.

—A la fiesta —explico con lentitud—, conmigo.

Como no responde, confirmo que definitivamente ha sido una mala idea.

—Claro —responde para mi sorpresa—. ¿Quieres que invite a alguien? —pregunta mientras parece medir mi reacción.

Suelto una risa y me encojo de hombros.

—Claro, si tú quieres.

—No quiero —contesta casi de inmediato.

Lo observo alucinada, sin entenderlo. ¿Con qué fin lo pregunta, entonces?

—Ok, en cuanto salga mi amiga, nos vamos. Si quieres, podemos irnos todos juntos y cuando acabe la fiesta te regresamos aquí, o tú nos sigues.

El tipo solo sonríe y asiente.

—Voy a dejar unas cosas y te veo aquí.

—Te veo aquí —repito mientras lo observo alejarse con rapidez.

Parece pensar en algo, porque se detiene y regresa trotando.

Suelto una risa sin poder evitarlo. Debemos parecer idiotas yendo y viniendo.

—Elliot —se presenta, y me tiende la mano; la tomo y sonrío.

—Judith.

Asiente y retoma su camino. Esta vez no se detiene.

Por un segundo, me planteo si irme y dejarlo botado. Podría decirle a Vanesa dónde estoy estacionada y pedirle que ella se acerque al auto.

Pero no lo hago. Me quedo allí viendo a las personas que salen del recinto. Después de lo que me parece una eternidad, logro distinguir a mi amiga medio ebria, llorando y demasiado feliz. Muy extraño, pero muy Vanesa.

—Ha sido el mejor concierto de mi vida —grita, y suelta un hipido. Río dándole un suave masaje en la espalda—. Toqué a Alex, Dios, ¡es tan guapo! —Levanta la mano como si fuera un objeto sagrado.

—Seguro que se ha enamorado de ti, pero, por respeto a sus fans, no ha mostrado mucho interés —bromeo, y ella llora más. En cualquier otra circunstancia me preocuparía de su llanto, pero no es la primera vez que se pone así.

Siempre que salimos de un concierto, ella llora. Lo llama «depresión posconcierto» y está provocada por la nostalgia que siente cuando este acaba.

—¿Todo bien? —La voz preocupada de Elliot suena detrás de mí. Asiento mirando a mi amiga.

—Ella es Vanesa —la presento. Me giro hacia ella, pero no presta atención, está ensimismada viendo las fotos de su celular. Rasco mi ceja sintiéndome apenada—. Vanesa, él es Elliot, vendrá con nosotras a la fiesta.

Ni siquiera me responde, continúa con la vista fija en la pantalla mientras se tambalea de manera sutil.

—¿Seguro que está bien?

—Tranquilo, está perfecta. —Me encojo de hombros mientras tomo el brazo de mi amiga y la sostengo por todo el camino para evitar que se caiga en cualquier momento. Elliot, en silencio, nos sigue detrás—. No tengo idea de cómo está el ambiente, pero casi siempre es bueno —menciono refiriéndome a la fiesta.

—Tranquila, traje las entradas de la fiesta que te dije antes, en caso de que…

Vanesa pasa de ebria a sobria en un segundo. Su pequeño y tambaleante cuerpo se abalanza hacia mí y me empuja con fuerza. Por unos segundos pierdo el equilibrio, pero logro recomponerme.

—¿Dónde conseguiste eso? —pregunta, arrebatándole las entradas a Elliot, quien da un paso atrás ante el entusiasmo de Vanesa.

—Un amigo —musita, algo incómodo.

Ella lo observa en silencio para después echarse a llorar de nuevo. Genial, ahora creerá que somos unas locas.

«Lo siento», gesticulo hacia el chico. Él sonríe tranquilizándome de manera instantánea.

—Es que él… —lloriquea refiriéndose a Elliot—, él se parece al… No sé, quizá es su nombre.

La observo confundida sin entender sus balbuceos. La poca atención que tenía en Elliot pasa a segundo plano de nuevo. Sus ojos brillan mientras observa las entradas con completa devoción.

—¡Vamos! —grita, llamando la atención de varias personas. La tomo con fuerza del brazo, obligándola a continuar caminando.

—¿Qué demonios te pasa?

—Es una fiesta posconcierto, Bennett, quizá… Dios, ¿sabes lo que cuesta conseguir estas cosas? ¡Ni siquiera están a la venta! Casi siempre los chicos se encuentran allí, siempre que acaban se van a directos a… —se detiene un segundo al quedarse sin respiración por lo rápido que habla—, no solo podría tenerlos cerca, podría incluso hablarles, por favor, Jude, hago lo que quieras.

—¿Y la fiesta de tu amiga? —farfullo mientras quito la seguridad del auto. A mí en realidad me da igual, pero es una de las mejores amigas de Vanesa, y siempre espera que ella vaya.

—Son Made in the AM, lo entenderá.

Abro la puerta del auto obligándola a entrar al asiento trasero. Por lo general, cuando ha bebido se queda dormida; así que llevarla delante sería peligroso. Elliot sube al asiento del copiloto y me regala una sonrisa. Solo espero que no se arrepienta de habernos invitado por la actitud tan descontrolada de mi amiga.

Estamos a años luz del tipo de fiesta que nosotras frecuentamos. Las nuestras son en el patio de alguna amiga, con una bocina y, como máximo, una mesa plegable. Aquí, ya solo en la entrada, el piso y las paredes están llenos de luces.

Al recoger nuestras entradas, nos colocan una pulsera fluorescente para poder pasar y nos dan una caja con el nombre de la banda impreso en ella. Vanesa abre la suya casi de inmediato. Dentro hay ropa, un jersey, una camisa, un disco, fotografías, pines, y no logro ver más.

Dentro del lugar, todo es aún más impresionante. El logo de la banda está por todas partes iluminado con luces de neón. Hay mesas llenas de bebidas y varias cabinas fotográficas. Todo es simplemente alucinante.

—Al fin, estás aquí. —Escucho una voz detrás de mí. Un chico castaño se acerca a Elliot con apuro—. ¿Leíste los mensajes? Han estado buscándolo y no sabemos dónde…

Elliot hace un sutil gesto de negación y entonces el castaño por fin parece darse cuenta de nuestra presencia. Guarda silencio y su postura cambia.

—Vuelvo en un momento. —Elliot habla por encima de la música. Asiento viendo cómo se aleja junto a su amigo.

Vanesa no tarda en jalarme con ella.

—Te juro que, si mañana despierto y esto es un sueño, me suicido —advierte. Río viendo el montón de vasos acomodados y alineados sobre una barra. Vanesa agarra uno de ellos y se lo bebe de fondo. La observo consternada.

—Mejor pide que te preparen algo nuevo en la barra, eso no sabes lo que puede ser…

Pasa por mi lado, ignorándome olímpicamente. Se dirige a un chico rubio, lo toma del brazo y él se gira con brusquedad hacia ella. Abro los ojos de par en par. Parezco igual o más confundida que el pobre rubio.

Vanesa vuelve con el rostro decepcionado.

—Necesito encontrar al menos a uno.

—Suerte —declaro, alejándome; me sostiene del brazo y me obliga a volver a su lado.

—Tú me ayudarás, dos pares de ojos son mejor que uno —afirma.

Miro hacia el techo con dramatismo.

No creo que en esta situación cuenten mis ojos si ni siquiera conozco los rostros que buscamos; aun así, la sigo. No es que tenga muchas opciones. Durante más de media hora me hace caminar en círculos, sin ningún éxito.

—Necesito un shot —anuncia, deteniéndose al fin.

—Yo necesito ir al baño —murmuro, soltándome de su agarre. Para mi suerte no opone resistencia y me deja ir.

—Como sea, veré si puedo sacarle información al bartender.

Se despide y mientras la veo ir hacia la barra me giro y camino en dirección contraria. Me muevo entre las personas dirigiéndome hacia los pasillos.

Me doy la vuelta de vez en cuando observando por encima del hombro, solo para asegurarme de que Vanesa no me sigue. Por supuesto que no planeo dejarla sola, pero necesito un respiro de estar dando vueltas por el lugar.

No veo a Elliot en todo el rato, supongo que se ha ido. Lástima, era lindo. Llego a un pasillo vacío. Aquí la música casi no se escucha, al fondo solo hay una inmensa puerta de metal sin picaporte.

Doy media vuelta, pero entonces un fuerte estruendo me hace sobresaltarme y por inercia me pego a la pared. La pesada puerta metálica se abre con lentitud y sale un chico uniformado.

Está tecleando en su teléfono y tan absorto en lo que escribe que ni siquiera nota mi presencia cuando pasa frente a mí. En su espalda puedo leer: Seguridad Privada.

Observo con desconfianza la puerta que continúa haciendo un ligero chirrido mientras va cerrándose de forma anormalmente lenta.

Suelto un suspiro y me giro para volver, pero de pronto el silencio desaparece. Detengo mis pasos al escuchar una guitarra eléctrica. Reconozco la canción que suena: «Sweater Weather», de The Neighbourhood. Por unos segundos me quedo de pie, disfrutando de la melodía.

Doy un paso atrás para volver a la fiesta, pero el sonido es hermoso e hipnotizante por completo. Amo el arte en todas sus formas, y esa manera de tocar la guitarra es exactamente eso.

La puerta de metal está a punto de cerrarse y el sonido cada vez es más tenue. Sin embargo, mis pies avanzan solos y justo antes de que termine de cerrarse la detengo.

Observo el interior del lugar y veo unas elegantes escaleras de cristal que bajan a un sótano. No luce como en las películas de terror, de hecho, todo lo contrario. Cada peldaño está iluminado con una luz cálida. Intento ver un poco más, pero la oscuridad no me lo permite.

Vuelvo la vista hacia el pasillo, pero no hay nadie. ¿Esta área seguirá siendo parte de la fiesta? Creo que solo hay una manera de averiguarlo. Bajar no parece buena idea, pero, como dije antes, soy la reina de las malas ideas.

Capítulo dos

Escondite

Recorro las escaleras tratando de hacer el menor ruido posible. En cuanto llego al último escalón me percato de que es un sótano muy amplio, pero no hay nadie.

El sonido ha parado de manera abrupta. ¿Sería una bocina?

Hay instrumentos por todo el lugar y está ligeramente desordenado. No soy capaz de ver mucho, ya que la luz está apagada y solo se encuentran encendidas algunas tenues. Así que decido regresar.

—¿Qué haces aquí?

Me sobresalto y me doy la vuelta asustada, llevándome la mano al pecho. Mi corazón bombea con rapidez por el sonido inesperado de la voz masculina.

—Lo siento —murmuro haciendo un barrido visual por todo el sitio sin lograr ver a nadie.

—No me respondiste.

—¿Qué? —balbuceo.

—¿Qué haces aquí? —repite con lentitud y algo de humor en su tono.

—Me escondía —admito enfocando la vista al fondo de la habitación, justo hacia donde sale la voz.

El desconocido suelta una risa ronca mientras enciende una pequeña luz, que me deja ver su silueta.

—¿De quién?

—De mi mejor amiga —respondo con honestidad—. Ella es algo intensa, me ha arrastrado por toda la fiesta para buscar a un grupo de idiotas que… —me freno en seco. Debo callarme o terminaré hablando y hablando sin parar—. De una amiga —digo de nuevo, como si de esa manera se hubiese borrado todo lo que dije antes.

El chico se pone de pie mientras deja a un lado su guitarra. Es alto, no sé si es la oscuridad, su voz, su postura o su estatura, pero impone muchísimo, incluso entre sombras.

Se acerca a donde estoy y por fin puedo verlo.

—¿Grupo de idiotas? —pregunta con una sonrisa.

Se recarga en la pared girando la cabeza hacia mí con curiosidad, lo que hace que varios mechones de su cabello ondulado caigan en su frente.

La cercanía provoca que su sutil y embriagador olor golpee mis sentidos. Aspiro con suavidad intentando adivinar qué es. ¿Perfume, loción, gel de baño? Estoy tentada de preguntarle qué es para rociarlo en mi almohada.

Lleva un suéter negro que combina a la perfección con el color de su cabello. Sus ojos, en apariencia grises, me observan con ligera suspicacia. Parece que me analiza, como si desconfiara o como si quisiera ver a través de mí.

—Los de la banda de esta fiesta —aclaro, algo avergonzada.

—Oh —sonríe de lado con cierto brillo en los ojos—, ese grupo de idiotas.

—También creí que la fiesta continuaba aquí abajo —añado en voz baja.

—En realidad, esta es un área prohibida, nadie tiene permitido el acceso aquí, por eso la puerta solo se abre por dentro —explica—. Básicamente burlaste la seguridad del edificio.

¿Que yo hice qué?

—Entonces…, tú tampoco deberías estar aquí —afirmo con la esperanza de que diga «exacto» y admita que también entró sin autorización, ambos nos guardemos el secreto y adiós.

Pero no pasa eso. Incluso antes de que responda con palabras, su sonrisa lo hace por él. Lo último que necesito son más problemas… Así que, en mi cabeza, busco rápidamente una solución. Casi escucho un coro angelical cuando tengo una idea. No lo pienso, solo me llevo la mano al bolsillo. Él intenta hablar, pero antes de que lo haga levanto la mano y coloco un billete frente a su cara. Su rostro se tiñe de confusión mientras alterna su mirada entre el dinero y yo.

—Estoy comprando tu silencio. —Carraspeo sintiendo como mis mejillas comienzan a sonrojarse—. Solo tengo veinte dólares.

Se mantiene serio e inmóvil, pero después de unos segundos toda su postura se rompe y de manera repentina estalla en una risa incontrolable. El calor me sube desde el cuello hasta el rostro. Me alegra que no pueda verme, porque estoy segura de que en este momento parezco un fósforo.

No puedo creer que hasta su risa sea atractiva. Quiero golpearlo solo para asegurarme de que sea real.

—Es una propuesta tentadora —murmura con diversión—, pero estoy bien. —Da un paso atrás y sonríe—. Bueno, adelante. —Extiende su mano hacia el interior del sótano dejándome pasar—. Dijiste que te estabas escondiendo, puedes hacerlo aquí. Este lugar es el mejor para eso, tenía referencias perfectas… hasta hoy.

Yo continúo inmóvil y niego.

—Dijiste que aquí no permiten el acceso a nadie.

—Bueno, ser uno de los dueños del edificio me da ciertos privilegios, como decidir si alguien puede o no entrar aquí.

Al escucharlo, mi vergüenza aumenta. ¿Acabo de intentar chantajear al dueño del edificio con veinte dólares? Bien. Esto no es para nada humillante.

—Si quieres puedes irte, y si te quedas no tendrás problemas —dice.

Mi cuerpo se relaja y los nervios desaparecen tan rápido como habían llegado. Podría girarme e irme, pero la curiosidad me gana.

Camino por el lugar observando las cosas. Pero lo que más me interesa es él; lo miro de manera discreta, y me fijo en cómo gira con una facilidad impresionante una baqueta entre los dedos.

—¿Así que también tocas la batería? —pregunto sorprendida.

Él detiene el movimiento de sus dedos y suelta una casi imperceptible risa.

—En realidad nada.

—¿Solo la guitarra? —pregunto, observando el instrumento en el rincón.

—Estoy aprendiendo un poco, sí.

—¿Un poco? —Suelto una risa irónica ante sus palabras—. ¿Modestia real o quieres hacerte el interesante?

La diversión en mi voz es evidente. Lo poco que he escuchado me ha dejado claro que no es un aprendiz, sabe lo que hace.

—Un poco de ambas. —Recarga su espalda por completo en el sofá y extiende sus brazos por el respaldo. No sé por qué, pero tengo la sensación de que todo lo que digo le causa gracia.

Me muerdo el labio para dejar de sonreír y camino hacia el bonito piano que se encuentra en uno de los extremos de la sala. A diferencia de los otros instrumentos, este se nota que no lo han usado en mucho tiempo. Levanto con cuidado el panel polvoriento para observar el teclado.

—¿Tuyo? —pregunto. Un ruido detrás llama mi atención. Creo que escucho pasos, así que me giro para ver lo que es, pero toda mi atención se va directa hacia el pelinegro que se ha acercado por completo a mí. Es muy alto, tengo que levantar el rostro para poder mirarlo a los ojos.

—Este sí —responde. Vuelvo la vista al piano y observo una etiqueta dorada con el nombre Mason M. escrito en ella.

—¿Es tu nombre? —pregunto mientras me hago a un lado para dejar que saque el largo banquillo. Veo la sombra de una duda en su mirada. Es tan sutil y momentánea que por un segundo dudo que haya sido real.

Finalmente, con una sonrisa suave asiente.

—Ahora tú sabes mi nombre y yo no sé el tuyo. Estoy en clara desventaja —replica mientras se acomoda en el banquillo.

—Judith —respondo—. Jude.

—Jude —repite después de mí.

¿Por qué mi nombre suena tan jodidamente bien en sus labios?

Fijo mi vista en las teclas del piano ignorando el rumbo de mis pensamientos.

—Así que ¿tocas?

—Algo así. Cuando mi mamá supo que me gustaba la música, me obligó a tomar clases de piano —continúa tocando teclas al azar—. Al principio lo odié, después encontré en ello una motivación.

—¿Cuál? —pregunto, limpiando de manera superficial el polvo.

—Impresionar a las chicas —contesta con una sonrisa divertida.

Ruedo los ojos conteniendo una risa.

—Impresióname con tus dotes musicales.

—No sé si debo —dice pensativo—, escucharme tocar puede ser altamente adictivo.

Recargo los codos sobre la orilla de la caja y coloco el rostro entre las palmas de las manos.

—Creo que puedo manejarlo.

Se pasa la lengua entre los labios y su sonrisa se hace más amplia.

Me siento una acosadora al fijar mi vista en su boca húmeda. Parpadeo obligándome a apartar la mirada.

Sus manos se posan sobre las teclas. Toda mi atención se centra en esa zona de su cuerpo. Tiene tatuajes hasta en la punta de los dedos. Su suéter de manga larga no me deja ver sus brazos, pero podría jurar que los tiene tatuados también.

Finalmente comienza a tocar. Me bastan dos segundos para reconocer la canción.

— ¿Es en se…?

—Sssh. —Me hace callar mientras continúa tocando el tema de Harry Potter. Después de un minuto se detiene y eleva su mirada hacia mí—. ¿Y bien?

—Decepcionante.

Suelta una risa mientras coloca una mano sobre su pecho como si estuviese ofendido.

—Retráctate, ¿qué clase de persona humilla a quien le comparte su escondite?

Me mordisqueo el labio inferior mientras me aclaro la garganta y contengo mis ganas de reír.

—Estoy anonadada, creo que me he enamorado —concluyo, con toda la seriedad que me es posible.

—Naturalmente. —Se encoge de hombros con la diversión bailando en su sonrisa, se mueve hacia un extremo del banquillo y palmea el lado vacío.

Me acerco y me siento su lado. ¿Por qué demonios estoy así de nerviosa?

—Así que… ¿Eso aprendiste? —pregunto. Asiente, luciendo orgulloso. Suelto una risa negando—. Tu mamá debe estar decepcionada.

Enseguida, su sonrisa se apaga y asiente distraído.

—Sí…, lo estaba. En realidad, eso fue de las últimas cosas que me dijo antes de morir.

«Rápido —grita mi subconsciente—, finge una convulsión».

Me autoabofeteo mentalmente y lo observo. Sin lugar a dudas, el premio a la más idiota del año es mío.

—Lo siento —me excuso con rapidez, sintiéndome apenada.

—Tranquila, no pasa nada.

—Lo lamento, no debí…

Se gira hacia mí mirándome con gracia.

—Está bien, de verdad, no puedes adivinar. —Toca un par de teclas sin orden—. ¿Estás distrayéndome?

—¿Qué? —titubeo confundida.

—Hace un segundo declaraste tu enamoramiento por mí y ahora cambias el tema. Francamente, parece que estás distrayéndome. —Sonríe y yo hago lo mismo. Mi vista se dirige hacia los hoyuelos que se marcan en sus mejillas.

—Traté de no ser muy obvia —murmuro, acariciando las teclas. Sin saber qué más decir, toco un par de notas.

No sé mucho de música, pero he amado tocar el piano desde que tengo ocho años, aunque no sonó bien hasta que tuve doce.

—¿Así que ahora tú intentas enamorarme a mí?

Suelto una risa tocando las mismas notas. Inicio un bucle familiar, justo como recordaba. Llevo años sin tocar el piano, pero, al parecer, no lo he olvidado.

Confiando en mi memoria, comienzo a tocar «I Love You», de Riopy. El miedo a equivocarme me obliga a comenzar lento, pero los sentimientos que me genera tocar esta composición terminan ganando. Abandono por completo el ritmo lento, dejándome llevar y permitiendo que mis dedos recorran las teclas.

La magia de los sonidos me lleva consigo y, como siempre, me traslada a otro plano.

Cierro los ojos para dejarme llevar por la hermosa melodía; hacerlo me permite disfrutar más de la sensación física que me genera tocar cada escala, cada intervalo y cada acorde.

Había olvidado lo que me encanta está composición.

Había olvidado lo estimulante que es para mí.

Y he olvidado… que tengo a alguien sentado a mi lado.

Detengo mis dedos de manera abrupta, sintiendo el calor subir por mi rostro. Intento ignorar la vergüenza que me invade, me giro hacia él y entrelazo mis manos.

—¿Enamorado? —pregunto, siguiéndole el juego.

—Completamente —responde con una bonita sonrisa.

Así de cerca y gracias a la luz bajo la que estamos, puedo percatarme de algo que me asombra de inmediato.

Sus ojos.

Sin pensármelo, elevo mi mano hacia los mechones de cabello que caen de manera desordenada en su frente y los echo hacia atrás solo para asegurarme de que no es un efecto de la luz, pero no, allí están, con claridad.

Sus ojos son un espectáculo impresionante; ambos son grises, pero uno es oscuro y el otro es claro.

—Tienes heterocromía —murmuro, observando fascinada los distintos tonos.

Parpadea luciendo desorientado.

—¿Cómo…? —Suspira, interrumpiéndose a sí mismo, se pasa la mano por el cabello y se despeina—. Olvidé que no traía… —De nuevo se detiene y se queda en un silencio incómodo.

—Me gustan tus ojos —digo sin pensar.

Él sonríe abiertamente observándome con fijeza. La situación pasa de incómoda a divertida en segundos.

La luz se enciende cegándome por un momento y coloco una mano en mis ojos intentando cubrirlos.

—¿Jude?

Parpadeo al escuchar la voz y me pongo de pie de un salto, enfocando mi vista nublada en el chico que está parado al inicio de las escaleras.

—Elliot, hola —digo, algo descolocada—, creí que te habías ido.

—Pensé lo mismo —responde, y entonces ve a Mason—. Así que aquí estabas.

¿Se conocían?

—Finge que no me has visto —pide.

Sí, se conocen.

—Vanesa está buscándote, parece preocupada —habla esta vez dirigiéndose a mí.

—Mierda, lo siento. —Miro a Mason—. Gracias por dejarme estar aquí un rato. —Sonrío con naturalidad; él no dice nada, solo asiente.

Me giro y siento nuestros nudillos rozándose; es un toque suave, lento, una sutil despedida.

Comienzo a caminar hacia Elliot, que me observa con curiosidad.

—Judith —me llama Mason detrás de mí. Me detengo y miro hacia él mientras siento a Elliot tomar mi brazo. A pesar de su agarre, no me muevo. Niega ligeramente y sonríe—, creo que mi canción ha sido mejor que la tuya —suelta de pronto. Sonrío al escucharlo y asiento de acuerdo con él.

—Perfectamente podrías ser el próximo exponente de la música —bromeo, provocando que sonría.

Sigo a Elliot, pero mis ojos se encuentran con los de Mason y, antes de que pueda dejar de verlo, me regala una última sonrisa.

Dejo mi café humeante sobre la mesita frente a mí y subo el volumen del programa del chef Rogers.

—Me va a explotar la cabeza —se queja Vanesa desde el pasillo de su habitación—, baja eso.

—Nunca —me burlo, y tomo mi teléfono. Me sorprendo al ver la notificación.

Elliot me ha enviado un mensaje.

Después de la fatídica noche de ayer, en la que lo único que hicimos después de que me encontrase fue arrastrar a Vanesa ebria al departamento, creí que lo último que querría sería volver a hablarme. En su lugar, y siendo honesta del todo, yo no lo hubiera hecho.

Pero aquí está él, mandando un mensaje de buenos días.

—¿Quién es ese? —pregunta Vanesa tirándose a mi lado envuelta en una manta.

—Elliot —murmuro, y abro el mensaje para responderle.

—¿Quién? —insiste mientras se estira para agarrar mi café.

—El chico de anoche —respondo con obviedad.

—¿Es lindo? —pregunta mientras le quito mi café.

Suelto una risa mirándola con incredulidad.

—¿No lo recuerdas? Casi lloras cuando lo viste.

—Estaba demasiado borracha —se queja haciendo un mohín—. Nunca más, tengo una resaca de muerte.

—Siempre dices eso —digo con sorna mientras respondo un simple «buenos días».

—Como sea, tengo hambre. —Tira su teléfono al sofá y camina a la cocina.

Elliot responde en ese momento.

El del concierto

Me quedé con ganas de saber lo que es una fiesta «suicidio colectivo».

Río ligeramente y me muerdo el labio.

Yo

No es la gran cosa, quizá un día te lo muestre, te advierto que no es tu tipo de ambiente.

El del concierto

Mi tipo de ambiente no es el de ayer, si eso crees.

El teléfono de Vanesa comienza a vibrar a mi lado.

—Tu teléfono —grito mientras respondo a Elliot.

El del concierto

Entonces ¿cuál es?

—¿Me están llamando? —pregunta, asomando su cabeza por la puerta de la cocina. Giro el teléfono para poder ver la pantalla.

—Sí, es tu mamá —digo mientras leo la respuesta entrante en mi teléfono.

El del concierto

Quizá un día te lo muestre.

Suelto una risa bloqueando mi teléfono.

—Ah, da igual, me habla para regañarme, seguro. Solo cuelga —responde sin más volviendo a la cocina.

Río con incredulidad. Yo quizá no tengo unos padres a los que rendirles cuentas, pero sí tengo un hermano sobreprotector al que no podría ignorar y vivir para contarlo. Tomo su teléfono y, como me ha dicho, cuelgo la llamada. Al ver su fondo de pantalla, parpadeo varias veces. Pero no, el rostro del chico sigue pareciéndome muy familiar. Quizá por la oscuridad no logré apreciar por completo cada rasgo de su cara, pero podría jurar que era él. Era Mason.

—¿Qué pasa? —murmura Vanesa con preocupación sentándose a mi lado.

—Creo que ayer hable con él —afirmo, apuntando a su pantalla.

—¿Qué? —grita, soltando su sándwich. Se incorpora y se coloca de rodillas sobre el sofá—. ¿Cómo? ¿En qué momento?

—Ayer, escon… buscando el baño —carraspeo ligeramente—, me encontré a un chico y se parecía mucho a él. —Vanesa me observa con la boca abierta sin moverse ni un ápice.

—¿Conociste a Alex? —Sus palabras apenas son audibles.

¿Alex? Niego.

—Se llamaba de otra manera —digo mientras observo su rostro en el teléfono—, sus ojos también eran diferentes, de colores distintos…

Ella vuelve a sonreír notándose más aliviada. Toma de nuevo su sándwich y se sienta a mi lado.

—No era él —responde convencida—. Aunque pudo inventarse otro nombre, lo sé por lo de sus ojos…, él no los tiene diferentes.

Me muestra una foto del mismo chico, pero enfocada en sus ojos. Son grises claros, ambos exactamente iguales.

Niego y sonrío.

—Sí, me confundí —confirmo, mirando la foto unos segundos más de los necesario.

Quizá es de esos casos en los que dos personas comparten rasgos similares; quizá después de todo sí estaba medio ebria. Mi vista vuela a sus manos tatuadas. La duda vuelve a instalarse en mí, pero prefiero ignorarla completamente.

Después de todo, ¿qué probabilidad hay de que fuese él? Y si lo fuera, ¿qué importancia tendría? Es posible que no vuelva a verlo nunca en mi vida.

—Quería contarte algo. —Cambio el tema mientras ella bloquea su teléfono. Me estiro para tomar la carpeta que tengo sobre la mesita y se la entrego.

Vanesa la toma entre sus manos y comienza a leer. Conforme los segundos pasan, una sonrisa suave se dibuja en sus labios, pero Vanesa es todo menos suave, así que suelto un quejido.

—Es una mala idea —digo.

—¿Qué? No —responde de inmediato mientras muerde su sándwich—, es una idea increíble.

—Es una mala idea —repito sintiéndome con menos confianza.

Ella niega muchas veces y hace un puchero.

—Es una idea muy muy buena. Para empezar, nunca debiste alejarte de lo que te gusta hacer.

Sus palabras provocan que la bilis suba por mi garganta. Mi enojo burbujea y quiero gritarle: «No es que quisiera alejarme, ellos me obligaron a hacerlo».

—Lo sé. —Es lo que respondo en su lugar porque prefiero simplemente darle la razón.

Tomo mi carpeta de nuevo y suelto un suspiro tembloroso mientras releo mi formulario de inscripción para varias escuelas de arte.

No puedo evitarlo, me repito una y otra vez: «No te ilusiones, por favor».

Capítulo tres

Confianza

SEIS MESES DESPUÉS

Me ilusioné. No importó qué tanto me ordené no hacerlo. Lo hice.

Cuando mandaba mi trabajo a las universidades, ellos volteaban a verme y una chispa de esperanza crecía en mi interior…, pero, cuando veían mi nombre, me retiraban cualquier oportunidad.

Al menos descubrí que soy masoquista. No encuentro otra razón de por qué aún mantengo la cuenta de los días en los que mi vida solo ha sido una decepción tras otra. En una semana se cumple medio año desde que decidí volver a intentar retomar mis estudios en cualquier escuela de arte. Creí que la gente se habría olvidado de mi pasado y de todo en lo que estuve involucrada, pero no fue así.

Medio año de intentar, medio año de no lograr nada.

Me recargo por completo contra la puerta del baño mientras observo el correo de nuevo. Las expresiones «lamentamos» y «cancelación de oferta de beca» son las que más resaltan.

Mi carrera no ha iniciado y ya está acabada. Yo estoy acabada. Pasé de tener las mejores ofertas a estar en la lista negra en el mundo del arte. Todo gracias a Douglas, mi exnovio. Fue como si mi vida fuera una fila de piezas de dominó. Conocerlo fue la pieza que empujó el resto.

Abro la puerta del baño y me sobresalto al encontrar a Vanesa al otro lado. Su teléfono está frente a mi cara con una videollamada en curso.

—Antes de colgar, por favor, escúchame —habla Elliot en el otro lado de la pantalla. Su cabello está revuelto y parece cansado.

Vanesa alza el pulgar de acuerdo con él.

Bueno…, también se cumplen seis meses desde que acepté ser amiga de Elliot Park.

Después de esa fiesta posconcierto a la que fuimos, pensé que perderíamos comunicación por completo, pero no pasó. Me buscó durante un mes. Al principio, yo estaba poco dispuesta a dejarlo entrar a mi vida, ya que quería concentrarme en todo lo que haría para intentar entrar a una universidad.

Pero Elliot es bastante persistente. Así que la desconfianza, renuencia y confusión que sentía se fueron disipando poco a poco. Me siguió invitando a fiestas y a bares, y terminamos besándonos en medio de una pista de baile. Una noche y muchas otras que continuamos viéndonos.

A pesar de que era divertido estar con él, mi decisión respecto a tener novio no había cambiado. No quería salir con nadie. Y no pensaba llevar el tema más lejos. Pero Elliot es muy firme en lo que quiere. Y, bueno, también ayuda que es lindo… Coincidíamos en muchas cosas: teníamos gustos, intereses e incluso pensamientos similares. Era como si leyera mi mente. Congeniar con él fue bastante sencillo. Hasta hace un par de meses…

Aunque mi humor es una mierda y lo único que quiero hacer es acostarme en mi cama, tomo el teléfono de su mano y camino con rapidez a mi habitación.

—¿Cómo conseguiste que te desbloqueara? —susurro, cerrando la puerta detrás de mí.

Respiro hondo un par de veces al darme cuenta de como mi rostro luce rojizo en una clara señal de que he llorado. Trago saliva esperando que no me haga preguntas.

Su expresión indiferente me tranquiliza. Bien, ni siquiera lo ha notado.

—No lo hizo —responde encogiéndose de hombros. Frunzo el ceño tocando la pantalla del teléfono para ver desde dónde está marcando.

El nombre «Alexander» con mil emoticonos de corazón adorna la pantalla.

—¿Le has dado el número de tu jefe? —pregunto alucinada. Él asiente y suelta un suspiro—. No sabes en qué lo metiste.

—No importa, Alex no responde números que no conoce. —Parece un poco avergonzado al decir eso.

—Se te da lo de ocultar cosas…

Elliot siempre me dio mi tiempo: no tuve que explicarle mi miedo al compromiso, no le molestaba que no le hablara o que no respondiera de inmediato y, además, tenía muchísimo espacio porque gracias a su trabajo se la pasaba casi siempre fuera de la ciudad.

Llegó un punto en que éramos algo así como novios, pero sin oficializarlo por completo. Sencillamente, me gustaba su compañía y él parecía disfrutar de la mía. Aunque nuestra relación cada vez se volvía más formal, en realidad no conocía mucho de su vida; de hecho, cada vez que sacaba el tema, él lo desviaba por completo. No indagué más porque, si él respetaba lo que no me gustaba, yo tenía que respetar lo que a él tampoco le parecía. Y notaba que el tema de su vida privada era algo que no se podía tocar.

No conocía su historia, pero al menos lo conocía a él.

Mantuve nuestra relación no-relación en secreto, ni siquiera Vanesa lo sabía, mucho menos mi hermano Jace. Quería que, si me fallaba como Douglas lo había hecho, al menos esta vez podría sufrir en silencio, sin las miradas de pena siguiéndome a todos lados.

Siendo honesta, también lo escondía un poco porque Elliot tiene treinta y cuatro años y, aunque yo pronto cumpliré veinte, sigue llevándome trece años. Mi hermano no aceptaría nuestra relación ni de broma.

A pesar del cuidado que siempre tuve, Vanesa era mi compañera de piso, así que fue imposible evitarlo. Por más precavida que fui, un día lo encontró en nuestra sala. Ya lo había visto antes, pero esa vez fue completamente diferente porque Vanesa estaba sobria.

En cuanto lo vio se puso a gritar como loca. Elliot, sin embargo, lucía sereno, como si ese comportamiento fuera normal. Y así lo supe, de pronto entendí todo. Sus conversaciones extrañas cuando nos conocimos, lo inaccesible que mantenía su vida personal, el por qué a veces tenía que salir durante semanas, por qué no tenía ninguna red social… Elliot es el guardaespaldas de Alexander, el vocalista de Made in the AM.

Esa noche me aceptó que pensaba que, como todas las chicas que se le ponían en frente, yo también lo buscaba por puro interés. No me molestó que lo creyera al inicio, me enojó que siguiera pensándolo, porque me demostraba que seguía sin confiar en mí.

Le pedí que se fuera y corté la comunicación con él por casi dos meses. Sin embargo, él no dejó de insistir ni un solo día. Vanesa me apoyó todo el tiempo, pero ahora parece que me ha vendido por el número de teléfono de alguien que ni siquiera le va a responder.

—Lo siento —habla Elliot, sacándome de mis pensamientos—. No es que no te tenga confianza, desde que te conocí me gustaste, por eso te invité a la fiesta. Después me di cuenta de lo increíble que eres, pero no quería bajar la guardia… No sabes lo frustrante que es estar siempre siendo ilusionado por alguien que parece interesada en mí, y verla al poco tiempo salir de la habitación de alguno de la banda fingiendo que ni siquiera me conoce. Sé perfectamente que tú no eres así, pero también sé que ellos son increíbles: son famosos, ricos, las chicas los encuentran irresistibles, y yo a su lado soy nada.

—No digas eso —murmuro con el ceño fruncido.

—Confiaba en ti…, lo hago, pero mis miedos me estaban jugando una mala pasada. No quería perder a la chica de la que estoy enamorado.

Me quedo inmóvil mirando fijamente la pantalla. ¿Qué acaba de decir?

Parpadeo sintiéndome aturdida. Enamorado. ¿Está enamorado? ¿Cuánto tiempo tiene que pasar para saber si estás enamorado? ¿Yo estoy enamorada? Me gusta su compañía. ¿Eso es enamoramiento? ¿Cómo se supone que alguien sabe que está enamorado? ¿Y si lo estoy y no lo sé? ¿Estoy dispuesta a iniciar una relación real? ¿Estoy lista?

Su expresión de ligera decepción lanza una punzada de culpa a mi pecho. No merece esto. Fui una tonta al no escucharlo desde el principio, su comportamiento no fue más que el resultado del trauma de sus relaciones pasadas; yo más que nadie debería entenderlo.

—Entonces, ¿pedirte entradas VIP será imprudente de mi parte? —bromeo, pero su cara me deja claro que no lo ha captado. Suelto una risa y niego—. Es una broma, Elliot, lo siento.

Sonríe ligeramente luciendo aliviado y asiente.

—Te perdono si me dejas pasar.

—¿Qué? —farfullo.

Su cámara enfoca la puerta principal de mi departamento.

—Abre, por favor.

Bloqueo el teléfono caminando hacia la entrada.

—Te he extrañado tanto —dice en cuanto abro la puerta. Con una sonrisa inmensa se acerca a mí envolviendo mi cuerpo entre sus brazos. De pronto soy consciente de que de verdad lo había extrañado.

Elliot me hace sentir bien, y para mí eso es amor.

—Y yo a ti —murmuro, tomando un poco de distancia.

La fuerte risa de Vanesa se escucha por todo el pasillo.

En cuanto cruzamos la puerta de mi cuarto me toma por el brazo, me pone frente a él y me pega a su cuerpo. Me toma por la nuca y, sin perder tiempo, unimos nuestros labios.

Mi corazón bombea con fuerza.

—No quiero perderte —susurra contra mis labios.

Quiero decirle algo como «no lo harás», pero mis nervios están a tope. En todo el tiempo que llevamos viéndonos nunca hemos cruzado ningún límite y, aunque a veces nuestros besos aumentaban de intensidad, jamás pasó a más.

En este momento no siento ese control que siempre he tenido. Su proximidad, su lenguaje corporal, sus caricias, todo se siente intencionado.

Una de sus manos acuna mi trasero pegándome a su dureza.

—Eres tan hermosa…

Sonrío tomando esta vez la iniciativa y lo beso. Elliot lleva mucho tiempo cerca de mí y me ha demostrado que no piensa hacerme daño. Así que, con eso en mente, me dejo llevar.

Eleva una de sus manos hacia mi camisa y saca esta por mi cabeza. Su boca viaja a mi escote y deja besos húmedos sobre mis pechos. El calor y la humedad aumentan en mí.

Se separa un poco para quitarse la camisa. Paso mis dedos por su cuerpo trabajado. Me gusta, y darme cuenta de que puedo centrarme en eso me relaja. Desabrocha su pantalón y sonríe. Su sonrisa es diferente a la habitual. Su mirada, la atmósfera, todo…, y no estoy segura de que eso me esté gustando. Inspiro hondo intentando tranquilizarme. El olor de su colonia quema mi nariz.

No tengo que ser un genio para darme cuenta de que no es más que mi miedo haciendo eco. Me permito disfrutar sus caricias. Cierro los ojos dejando que me desnude. Sus movimientos se vuelven más bruscos y su respiración más pesada. Sus dedos acarician mi sexo por encima de las bragas. Me lamo los labios sintiendo su respiración caliente golpeando contra mi piel.

Entonces se separa, abro los ojos para ver cómo se desabrocha el pantalón. Con cada movimiento los nervios van aumentando. Mi cuerpo tiembla y no estoy segura de que sea por excitación. Me duele el estómago y las náuseas me sacuden. Una capa de sudor comienza a esparcirse por mi cuerpo, pero no tengo calor.

Elliot toma su miembro sonriendo de lado y mi pánico se dispara. Me intento despegar de la pared, pero entre risas me detiene por la cintura.

—¿A dónde vas, bonita?

Lucho contra el miedo que crece en mi interior. «Es solo sexo, es solo sexo», me repito en un intento por tranquilizarme.

Elliot no se parece para nada a ninguno de los chicos con los que he estado antes. Es tierno, es amable, es atento, es con mucho el tipo de chico por el que muchas morirían…, por el que yo debería estar muriendo en este momento.

Cierro los ojos al sentir su dureza contra mi entrada. Lo empujo logrando esta vez salir de entre sus brazos.

—Espera —pido, intentando cubrirme con mis manos—, no puedo.

—¿Qué sucede? —pregunta entre jadeos.

No me siento capaz de hablar, así que solo niego.

Elliot se coloca detrás pasando su mano por mi cuerpo. Si me ha entendido, no lo parece. Su risa ronca resuena en la habitación. No es de burla, es una risa simple, pero una ligera ola de enojo me invade.

—Tranquila.

—No —murmuro, y tomo su muñeca para que no intente bajar por mi cuerpo.

—¿Qué pasa, eres virgen? —pregunta, haciendo que lo mire a la cara.

Su curiosidad me toma desprevenida, así que bajo la guardia y niego.

Con un ligero empujón me tumba sobre la cama y se coloca sobre mí. Su mano va directa a mis bragas; esta vez aparta la tela para tocarme sin rodeos. Cierro los ojos y siento sus dedos en mi piel.

—Estás tan mojada —susurra sobre mis labios—, estás lista para mí.

No digo nada, no puedo hacerlo. Me he paralizado por completo, pero él no lo nota, está ocupado volviendo a colocar su miembro en mi entrada.

En cuanto lo siento, mi cabeza finalmente se calla y mis pensamientos de huida se detienen. Es como si mi mente hubiese desconectado por completo y me hubiese dejado sola, sola con sus jadeos.

Él se desliza dentro de mí de manera lenta, sin prisa. Mis párpados se cierran con la misma fuerza que mis puños. Trato de contar el tiempo en mi cabeza, pero me pierdo después de un par de minutos.

No intento pararlo, sé que no funcionará, así que rodeo con mis brazos su cuello, incitándolo a que continúe, porque cuanto antes termine, más rápido acabará todo.

Mi vista conecta con mi cuadro incompleto. Lleva años allí, pero me da la sensación de que la silueta que pinté cada vez está más caída, como si estuviese derritiéndose. Mantengo los ojos sobre la pintura y no los aparto en ningún momento.

Espero que Elliot acabe pronto, pero no lo hace; sin embargo, cuando termina, me envuelve en su cuerpo, me abraza, me besa, me acaricia y me acurruca contra él. Me repite una y otra vez lo enamorado que está de mí y yo en respuesta le sonrío.

Quizá es todo el tema de la universidad, quizá me siento muy sensible, no lo sé, pero, en cuanto se queda dormido, le doy la espalda y sin poder evitarlo lloro en silencio.

Después de aquello, la parte más complicada de iniciar una relación con Elliot fue Vanesa. Casi tuve que venderle mi alma con tal de que no lo molestara. No quería que Elliot sintiera que la gente se le acercaba solo para usarlo, como si lo más valioso de él fuese para quien trabaja.

Dos meses. Ese es el tiempo que oficialmente Elliot y yo llevamos saliendo.

Ha finalizado el descanso que la banda había tomado, así que Elliot vuelve a la ciudad. Estoy nerviosa después de tanto tiempo. Como si lo hubiese invocado, su coche se estaciona frente a mí.

—¿Y tus lentes? —pregunta con sarcasmo.

—¿No piensas olvidarlo nunca? —pregunto, subiendo a su auto. Él niega con una sonrisa mientras se abalanza hacia mí, me envuelve entre sus brazos y se separa un poco para darme un pequeño beso.

—Te extrañé.

Sonrío enternecida y beso sus labios de nuevo.

—Yo a ti.

Se aleja y enciende el auto.

—Debo moverme rápido —explica—. Tenemos algo que hacer.

—Ah, ¿sí? ¿Qué cosa? —pregunto confundida.

Él continúa con la vista fija al frente y tamborileando sus dedos contra el volante.

—Quiero que conozcas en donde vivo —dice sin más.

Lo miro fijamente con algo de ilusión. ¿De verdad está confiando en mí?

Entre los temas intocables, dónde vive es uno de ellos.

—Entonces… ¿puedo preguntarte cosas de tu trabajo? —Me giro hacia la ventana con algo de miedo de incomodarlo.

Sin embargo, continúa tranquilo.

—Claro.

No tengo ni que pensar qué pregunta hacer, llevo tiempo con esas dudas.

—¿Corres peligro en tu trabajo?

—No me ha tocado tener que lidiar con personas peligrosas, solo con fotógrafos insistentes, chicas con alma de velocistas, cosas de ese tipo.

—Entonces no es peligroso —deduzco, pero Elliot niega.

—Puede serlo, pero estoy capacitado para saber qué hacer. Uno de los requisitos para poder formar parte de su seguridad es haber estado en las fuerzas armadas. Y para ser uno de los cuatro escoltas principales, como es mi caso, tienes que haber formado parte de las fuerzas de unidades y operaciones especiales.

No sé qué es lo que me tiene más sorprendida, si la información o el caer en la cuenta de que no conozco para nada a Elliot.

Él suelta una risa al ver mi cara.

—Así que, tranquila, un grupo de fans y unos pocos periodistas no suponen un problema para nosotros —alardea—, y, la verdad, somos más sus niñeros.

—¿Sus niñeros? —Río divertida.

—Sí, nuestro trabajo es evitar que se metan en escándalos.

—¿Cuántos son?

—¿Quiénes?

—Los de la banda —respondo con obviedad, gira a verme un segundo con la confusión plasmada en el rostro. De inmediato vuelve su vista al frente.

—¿De verdad no los conoces?

—Sí los conozco, conozco su música, y algunas canciones incluso me gustan, pero jamás les he prestado atención a ellos.

No miento.

A excepción de One Direction, mi fuerte no son los grupos. Yo soy más de solistas, y la verdad es que mi fanatismo se inclina un poco más a los actores y especialmente a las cantantes.

—Son cuatro —responde mientras baja la ventana y extiende su mano hacia un escáner. Después de unos segundos, el portón eléctrico comienza a abrirse.

No soy capaz de mantener la conversación. Se me corta la respiración al reconocer exactamente en donde estamos. Este tipo de zonas suelo evitarlas porque hay muchas personas. Es uno de los rascacielos más imponentes de la ciudad. Solo verlo es increíble. Las luces cálidas se elevan iluminando cada piso. Todo el exterior parece de cristal.

Elliot estaciona y, cuando bajo, me observa de pies a cabeza.

—Me gusta tu ropa —dice, jugando con los bordes de mi falda. Le sonrío. Parece pensativo mientras pasa sus dedos por los patrones de líneas moradas, después de unos segundos asiente—. Vamos.

Elliot se dirige de inmediato a su cajuela y saca algo de allí.

Yo miro alrededor. No sé por qué, pero estoy nerviosa. El lugar luce familiar, pero estoy segura de que nunca he estado aquí.

Elliot se acerca y me toma la mano para llevarme a su lado. Cruzamos la puerta de cristal y nos dirigimos al ascensor.

—Haremos una breve parada antes —dice, entregándome su suéter—. Póntelo —pide.

Lo observo extrañada.

—No tengo frío.

—Abajo hace frío —explica sin mirarme. Asiento y me lo coloco mientras el elevador comienza a moverse.

El suéter me queda grande y me siento algo ridícula, pero, cuando Elliot gira a verme, sonríe complacido. Toma el cierre de su suéter y lo abrocha subiéndolo casi por completo.

Las puertas se abren y lo primero que nos da la bienvenida es una voz lejana.

Frunzo el ceño, pero Elliot no me da oportunidad de preguntar. Sale del elevador y entra en el pasillo, yo lo alcanzo de inmediato. Cuando llegamos al fondo de este, se detiene un segundo y gira a verme un poco. Una sonrisa tranquilizadora se extiende por sus labios.

—Ya habíamos estado aquí.

—¿Cómo? —pregunto confundida, pero lo comprendo en cuanto giramos por el pasillo, porque entramos a una habitación grande, llena de luces. Y…, ay, no.

¡Es el lugar de la fiesta! Cuando bajé a este sótano, lo hice por unas escaleras, no por un elevador.

Ahora que lo veo con luz da mil veces mejor sensación. Todo el espacio está decorado en rojo, negro, gris y blanco. Parece un estudio de grabación.

¿Cómo es que no noté nada de esto la noche en la que estuve aquí?

Hay varios discos dorados pegados a la pared, guitarras y diferentes instrumentos. Por inercia, mis ojos viajan al piano, que continúa en el mismo lugar que aquella noche.

—Do you got plans tonight? I was hoping I could get lost in your paradise. (¿Tienes planes esta noche? Esperaba poder perderme en tu paraíso.) —La melódica voz proviene de un chico que está tumbado sobre lo que parece ser una mesa de billar.

—Deberían cambiar de vocalista —dice Elliot a mi lado para llamar su atención. Tengo el impulso de detenerme al ver cuatro cabezas girando a la vez hacia nosotros.

El chico que estaba cantando se incorpora y, en cuanto me ve, sonríe ampliamente.

Su cabello castaño está en completo desorden, pero no se ve mal para nada. Lo que más me llama la atención es la cicatriz de la parte derecha de su rostro. Es delgada e inicia por encima de su ceja hasta la mitad de su pómulo. Sus ojos también resaltan mucho, creo que es por los rastros de delineador negro que tiene en ellos. Sin embargo, las pulseras kandy que lleva y el collar de perlas y caritas felices que cuelga de su cuello rompen con el aura de chico malo. Parece que lo suyo es ir algo descoordinado.

Todo él me resulta inquietante. Su porte grita una advertencia silenciosa que no soy capaz de leer. Sin embargo, su sonrisa y su mirada parecen sinceras. Su brazo derecho está a la vista, así que puedo ver tatuajes dispersos por su piel.

—Me alegro de no interrumpir nada —dice Elliot mientras el castaño da un salto, se pone de pie y comienza a acercarse a mí—, quería presentarles a Judith…

—Mucho gusto, mi nombre es Paxton —me toma la mano y me la besa—, guitarrista de día, lo que quieras de noche.

—… mi novia —termina de decir Elliot, lo que hace que uno de los chicos de atrás suelte una risa burlona hacia Paxton. El castaño bufa y le saca el dedo medio al que se ríe sin girar a verlo.

—Guitarrista de día, un hombre ocupado de noche. ¿Cuál era tu nombre? ¿Te molesta si te llamo Merlina? Me recuerdas a ella, así te diré.

Mantengo la boca abierta intentando decir algo, pero habla tan rápido que no puedo interrumpirlo.

La presencia de estos cuatro impone bastante, me hacen sentir pequeñita sin siquiera tenerlos cerca.

El chico que se ha reído se acerca a nosotros palmeando el hombro de Paxton. Creo que es el que más llama la atención, no solo por sus rasgos asiáticos, sino por su forma de vestir, una combinación de clásico y moderno. Parece sacado de otra época o de una revista de modelaje.

—¿Merlina? —le pregunta a Paxton.

El guitarrista asiente convencido y me mira, inspeccionán­dome.

—Mírala y dime que su cara de seriedad no te recuerda a Merlina Addams.

Intento como puedo no reírme, pero es imposible no esbozar una sonrisa.

Bueno, no conozco a los demás, pero al menos sé que el guitarrista es divertido.

—¿Addams? ¿Te refieres a Wednesday Addams?

La cara de indignación de Paxton es un poema.

—No voy a llamarle Wednesday, no suena bonito.

—O podrías llamarle por su nombre.

Paxton niega con tanta vehemencia que su cabello ondulado se agita despeinándose… más.

Ok, ¿en qué momento se inició un debate sobre cómo nombrarme?

—Mi mamá era latina y ella me presentó a Wednesday como Merlina, así que para mí así se llama y así le diré. —Gira a verme y sonríe—. ¿Estás de acuerdo, Merlina? —pregunta, pero no puedo responder porque asiente de inmediato—. Está de acuerdo, mira su sonrisa.

—Él es Levi —habla Elliot, interrumpiéndolos. Apunta hacia el chico asiático que está junto a Paxton.

Levi me dedica una sonrisa amable e inclina ligeramente la cabeza hacia mí a modo de saludo, con las manos detrás de la espalda. No sé qué tiene, pero me transmite mucha tranquilidad y buenas vibras.

—Mucho gusto, Judith. —Su voz tiene un contraste suave y profundo. Juzgando por apariencia, él es el más alejado de los estereotipos de integrantes de una banda—. Permíteme presentarte a Aiden, el hermano de Paxton. —Levanta la mano hacia atrás apuntando hacia un sofá en donde hay un chico rubio sentado.

Nos observa en silencio con el desinterés plasmado en su rostro. No hace el amago de levantarse, ni siquiera nos sostiene la mirada más de dos segundos. Levanta la mano y mueve los dedos en un intento de saludo.

Oficialmente, he encontrado las personificaciones del Yin y el Yang. Paxton irradia energía, pero Aiden parece bastante serio y tiene las palabras «no te me acerques» escritas en la cara. Sus rasgos son definidos; su cabello, lacio y rubio, está acomodado hacia atrás y permite ver a la perfección sus ojos increíblemente azules. Su estilo es más relajado que el de Levi. Es casual, pero elegante. No sé si es por su piel tan pálida, pero sus labios, sus mejillas e incluso su nariz tienen un ligero sonrojo que parece natural.

¿Por qué todos son ridículamente atractivos?

Un movimiento a su lado llama mi atención: un chico pelinegro se acerca con rapidez a nosotros. Mi respiración se detiene y, aunque externamente me mantengo en la misma posición, cómo me siento es otra historia.

«Creo que me he confundido». No, no lo hice. Había pasado tiempo, pero sabía que era él. No me lo había imaginado, no estaba ebria, no fue una ilusión por la oscuridad, era él, el chico que conocí esa noche: Mason.

Ahora que de nuevo lo tengo de frente, puedo asegurarlo.

Su cabello ondulado continúa del mismo largo cayendo por su frente y viste una camisa negra que me permite ver sus brazos cubiertos por tatuajes. Parece un auténtico integrante de una banda de rock. El único detalle diferente que noto con respecto a esa noche son sus ojos: ambos son gris claro, del mismo color.

Me obligo a no bajar la vista a pesar de su escrutinio, no quiero parecer demasiado interesada. No es que lo esté, pero, honestamente, sí estoy alucinando un poco.

Han pasado meses y, casi como si fuera ayer, mi mente decide recordarme el momento exacto en el que le dije que eran un grupo de idiotas. No me jodas. ¡¿Le dije idiota en su cara?! Casi jadeo cuando recuerdo mi intento de comprar su silencio por veinte dólares. Tierra, trágame, por favor.

Como si pudiera leer mis pensamientos, una suave sonrisa se desliza por sus labios.

—Creí que nunca seríamos dignos de conocerte. —Gira su cabeza levemente escaneándome de pies a cabeza. Su actitud impasible es reemplazada por una sonrisa divertida, que no tengo idea de cómo tomar—. Es un placer conocerte, soy Alexander Macovei.

Extiende su mano hacia mí, elevo la mía para tomarla y un escalofrío me invade al sentir el frío de sus anillos en contacto con mi piel. Al parecer no se acuerda de mí, y eso es bueno, no podría con la vergüenza.

Alexander. Su nombre hace eco en mi cabeza; no es Mason como dijo, es Alexander.

Antes de poder decir cualquier otra cosa, un hombre entra detrás de nosotros soltando un par de aplausos y dándome un susto de muerte.

—Tus baquetas —dice el hombre colocándose frente a Levi, que sonríe agradecido. Después de eso se gira ofuscado apuntando hacia el rubio.

—Aiden, si vas a estar rompiendo inventario, necesito que me digan para reemplazarlos.

Sospecho quién es el hombre, incluso antes de saber nada. Elliot me ha hablado de él porque es uno de sus principales jefes. Su estilo ejecutivo, la manera en la que camina y la seguridad con la que regaña y observa a todos gritan: manager.

¿Qué demonios sucede? ¿Es que aquí todos son atractivos?

—Lo siento, Isaac —se disculpa Paxton—, lo he intentado convencer de que rompa huesos y no instrumentos.

Por primera vez en todo este tiempo, Aiden esboza una ligera sonrisa mirando a Paxton fijamente. El señor, en cambio, rueda los ojos.

—Deja de ensañarte con la batería de Levi —ordena sin quitarle la vista de encima a Aiden.

—No es con la batería —habla por primera vez.

El tono de su voz es ronco, bajo y lento. Parece estar aburrido no, lo siguiente.

El que supongo que es Isaac parece estar acostumbrado a eso, porque los ignora y observa su reloj.

—Bueno, ¿qué esperan? —espeta—. Comiencen.

—¿Quieren quedarse? —nos pregunta Alexander. Isaac se gira y nos mira por primera vez, sonríe con amabilidad antes de volver por donde vino y salir con rapidez.

Elliot no dice nada, pero su mirada está fija en mí esperando que yo sea la que responda. Llevo mi mano a la suya para entrelazarlas.

—Ha sido un gusto poder conocerlos, y gracias por la invitación, pero tenemos planes.

Paxton, que se encuentra detrás de Alex golpeando las baquetas de Levi entre sí, se detiene en seco, se da la vuelta y me mira.

—Creí que habíamos tenido un momento y ahora ¿nos rechazas? —pregunta ofendido. Suelto una ligera risa.

Elliot me abraza por la cintura mientras planta sus labios en mi sien.

—Será en otra ocasión —dice Levi, pasando el brazo por el cuello de Paxton, jalándolo hacia sí y dejándome allí sola con Elliot y Alexander.

—Más tarde vengo —avisa Elliot al pelinegro. Él asiente, se gira y se va con los demás. Nosotros nos marchamos. Me es imposible no volver la vista hacia el vocalista.

Él me observa, así que nuestras miradas conectan de inmediato. Me dedica una sonrisa ladina antes de que doblemos el pasillo y lo pierda de vista.

Al llegar al ascensor, frente a Elliot me coloco de puntas para alcanzar su rostro. Acaricio suavemente sus mejillas. Le doy un fugaz beso a modo de agradecimiento porque por primera vez confía en mí. Y sé que, aunque no sea intencional, eso le cuesta.

En silencio, mientras subimos a su departamento, me prometo no fallarle, porque él no se lo merece y porque jamás me haría nada malo…

«Nunca imaginé cuán equivocada estaba».