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Capítulo 1

Un espejo roto. La silueta de un niño ahogándose en uno de los trozos de cristal. En otro, la figura de un adulto situado en el centro de un incendio. En los demás fragmentos no hay nada. Reflejan una superficie gris y homogénea. Me pregunto si habrá un significado oculto en esas piezas también.

Es la primera vez en toda la noche que me detengo frente a un cuadro, y eso que llevo más de una hora en la galería.

—¿Le gusta esta obra, señorita? —pregunta una voz grave y masculina a mis espaldas. No me giro para ver a quién pertenece.

—No —contesto, aún con los brazos cruzados—. Los trazos son imperfectos. Algunos son demasiado agresivos, otros carecen de sentimiento. Le falta armonía y coherencia.

Soy consciente de que el arte va de eso. De crear, de plasmar sentimientos, de desprenderte de aquello que habita en tus pensamientos, en tu corazón, bajo tu piel... Para algunas personas, el arte es una vía de escape. Es la única forma de librarse de sus demonios.

Pero no por eso tiene que gustarme.

—Y, aun así, ha decidido pararse a observarlo detenidamente. ¿Le importa si le pregunto por qué?

Esta vez sí que me doy la vuelta y entonces mis ojos se encuentran con los de un hombre de mirada dura e intimidatoria. Lleva puesto un traje negro e impoluto, sin una sola arruga. Su barba está recortada de forma igualada y limpia, y su cabello, encanecido y peinado con elegancia, tiene un aspecto tieso y brillante por culpa de algún producto de peluquería.

—No se parece al resto de las obras exhibidas en esta galería. Es un cuadro menos... pretencioso. Es como una nota discordante —explico.

Lo diferente llama la atención, es inevitable. Me habría parado a observarlo, aunque fuese completamente horrendo.

El hombre esboza una sonrisa satisfactoria. No es una expresión amable, sino llena de arrogancia.

—¿Es usted de las que opina que el arte moderno supera al tradicional?

—Soy de las que opina que la originalidad es importante en el mundo del arte. No creo que una obra sea peor o mejor por el simple hecho de seguir modas o tradiciones. De todas formas, dudo que mi opinión sea relevante, señor. El arte nunca me ha atraído especialmente.

—¿Qué la trae por aquí, entonces?

Aunque me ha hecho una sola pregunta, yo interpreto sus palabras como una forma de obtener varias respuestas. Abro mi pequeño bolso azul y busco el sobre que he guardado con mucho cuidado en el único bolsillo con cremallera. Noto que está un poco arrugado cuando lo saco, pero supongo que era inevitable.

Le muestro la carta al desconocido. Ambos nos quedamos contemplándola unos segundos antes de que proceda a explicarle qué es. De momento solo ve lo obvio: un sobre blanco sin remitente. Detrás se pueden leer mi nombre y mi dirección, pero eso no se lo muestro.

—Recibí esto hace unas semanas. —Vuelvo a guardar la carta en mi bolso—. Dentro venían dos invitaciones.

—Es curioso. —Su vista sigue fija en el lugar donde he puesto el sobre. Finalmente, la levanta y sus ojos castaños se vuelven a posar sobre los míos—. No acostumbro a ver a mujeres tan jóvenes en un lugar como este. Y menos a aquellas que admiten tan abiertamente no saber apreciar el arte.

—No he dicho que no sepa apreciar el arte. —Entrecierro los ojos al volver a fijarme en el cuadro—. Lo que he dicho es que es algo que no me atrae demasiado.

Entiendo el arte y por eso mismo no termino de cogerle el gusto. Las mejores obras provienen de los sentimientos más intensos y, por ende, no representan a la humanidad en su día a día.

Hay quienes creen que el arte es una especie de microscopio que te permite ver el interior del artista, con todos los secretos que se ocultan bajo las capas superficiales de su ser. Yo creo que carece de realidad. Es una exageración; nadie es tan profundo, ni tan brillante, ni tan oscuro.

—Mis disculpas.

—No se preocupe. Yo tampoco entiendo bien qué es lo que hago aquí.

—Ha dicho usted que recibió dos invitaciones, ¿verdad? —Asiento con la cabeza—. ¿Dónde está su acompañante?

Sé que lo que me está preguntando en realidad es «¿Estás sola o has venido con alguien más?». Lo cierto es que, aunque no me hubiera acompañado nadie, le diría que se trata de lo segundo.

—Probablemente siga contemplando los cuadros de la entrada. Siempre hace lo mismo.

Tobias es de esas personas que se para en cualquier tienda y, una vez dentro, tiene que mirarlo todo antes de salir. Si es una tienda de ropa, revisa todas y cada una de las prendas, no vaya a ser que la camiseta perfecta se encuentre colgada en alguna de las perchas que no ha visto. Si es un supermercado, recorre todos los pasillos de principio a fin, incluso los que solo tienen detergentes y otros productos de limpieza, y eso que no ha puesto una lavadora en su vida.

Suelto un suspiro y vuelvo a mirar al hombre.

—Parece que soy la única que ha recibido una invitación.

—Esta es una exposición exclusiva —asiente—. No se le permite entrar a cualquiera y tampoco se reparten entradas de forma gratuita.

—Me lo imaginaba —reconozco.

Justo entonces diviso a Tobias, que acaba de entrar en la sala en la que yo me encuentro. Se me hace raro verlo tan arreglado. En los siete años que llevamos siendo amigos, no lo he visto bien vestido ni una sola vez. Ahora viste un traje azul marino y lleva su melena rubia, la cual le llega por los hombros cuando decide lucirla suelta, recogida en un moño bien peinado que seguramente le quedaría fatal de no ser porque esta última semana se ha dejado algo de barba.

Me despido educadamente del hombre mientras mi amigo avanza hacia nosotros.

—Por fin te encuentro, cariño. —Tobias se aferra a mi brazo con fuerza y me da un sonoro beso en la mejilla. Freno el impulso de pasarme la mano por la zona que sus labios han tocado para deshacerme de la humedad que el beso ha dejado sobre mi piel.

Nos alejamos del desconocido y cruzamos un pasillo ancho que también cuenta con obras de arte decorando sus paredes.

—Podrías darme las gracias, al menos. —Me suelta el brazo y, entonces sí, me limpio la mejilla—. Ese sujeto te estaba comiendo con la mirada.

—No estaba interesado en mí, puedo asegurártelo. No de esa forma, al menos. —Veo que me mira confuso, así que procedo a explicarle lo que he percibido—: Lo más probable es que sea uno de los organizadores de la galería. No me estaba comiendo con la mirada, Tobias, me estaba juzgando.

—¿A ti? —pregunta, perplejo.

—Este lugar está lleno de ancianos extremadamente ricos y yo solo tengo veintitrés años. Desde su perspectiva, debo parecerle una niña. —Esbozo una mueca—. Además, me ha preguntado sobre la obra que estaba mirando, la del espejo quebrado. No hay que ser Sherlock para darse cuenta de que él la detesta; basta con escuchar la forma en la que habla de ella. Es de los que piensan que las nuevas generaciones se están cargando los pilares que sostienen nuestra sociedad.

—¿Ese cuadro lo ha dibujado alguien joven? —Señala en la dirección de la pintura, a pesar de que estamos demasiado lejos como para poder verla.

—Creo que sí, pero no estoy segura —admito—. Es raro que presenten obras de pintores jóvenes o poco conocidos en un sitio como este.

—Eso pensaba yo —murmuró—. En fin, espero que le hayas callado la boca mostrándole lo que te ha costado el vestido que llevas puesto.

Bajo la mirada de forma automática para mirarme. Llevo un vestido de color cerceta, ajustado en la cintura y acampanado en la falda. Está hecho con raso y las mangas son cortas y ajustadas. Es cierto que vale un montón, pero fue un regalo de mi abuela, que ya no sabe en qué gastarse el dinero.

—Pues no. Solamente le he preguntado sobre la invitación que recibí.

—No me fastidies, Vi —bufa—. ¿De verdad le has dicho que estamos aquí porque nos han invitado? ¡Eso es exactamente lo contrario a callarle la boca! Es como decirle: ni siquiera tengo el dinero que se necesita para pagar las entradas.

—¿Qué más da lo que piense ese tipo? Hemos entrado legalmente, no nos puede decir nada. —Me encojo de hombros—. De todas formas, tampoco se ha tragado lo de la invitación. Eso significa que la persona que me ha hecho venir hasta aquí no está relacionada con la exposición. O, por lo menos, no es lo suficientemente influyente. Habríamos recibido un trato mejor de ser así.

—¿Me dejas ver el sobre otra vez?

Vuelvo a sacarlo del bolso y se lo doy. Lo abre y lo cierra, como si eso fuese a proveernos de información valiosa, y después se queda mirando mi nombre, que está escrito a mano en la parte de atrás. La letra no coincide con la de nadie que conozca. Lo he comprobado.

—Es extraño. ¿Por qué te han enviado esto a ti, que ni siquiera vives en Londres?

Es una buena pregunta. He tenido que conducir durante una hora y media desde Oxford para llegar a la galería y, además, me he visto obligada a pedirles dinero a mis padres para reservar una habitación en un hotel decente. Tobias estaba seguro de que la invitación nos guiaría hacia un evento más especial. Pensaba que, una vez que entregásemos las entradas en la recepción, nos explicarían qué hacíamos allí exactamente. Ahora estoy empezando a pensar que debieron enviarme la invitación por error.

No obstante, cuando Tobias me devuelve el sobre y releo mi nombre y mi dirección, me cuesta pensar que se trate de una equivocación. Tampoco creo que sea algún tipo de broma. Estas entradas son ridículamente caras. ¿Quién compraría no una, sino dos, para dárselas a alguien sin un fin concreto?

—¿Crees que deberíamos irnos? —me pregunta, dubitativo—. Se me hace raro esperar sin saber exactamente qué es lo que estoy esperando. Ya hemos preguntado en recepción y nadie sabe nada. Llevamos casi dos horas aquí y no ha pasado nada interesante.

—A ti se te veía entretenido —le recuerdo, ya que hasta ahora estaba disfrutando la visita.

—A ti no, pero, sinceramente, ¿qué te divierte a ti, aparte de leer libros del tamaño de mi brazo sobre venenos? —se mofa. Quiero decirle que sus brazos son más finos que mis libros, pero dudo que aprecie el comentario—. Creo que va siendo hora de que volvamos al hotel. Me espera un baño caliente en el jacuzzi de nuestra habitación.

Echo un vistazo a mi alrededor. Había mucha más gente cuando llegamos. La sala está comenzando a vaciarse y parece lógico que nosotros nos vayamos también. No obstante, me frustra mucho irme sin obtener las respuestas que he venido a buscar.

—Puedes irte tú, yo me quedaré un rato más.

—¿Qué? Ni hablar. No pienso dejar que vayas por la calle sola de noche.

—Estaré solo una hora más. Si para entonces sigo sin saber por qué me han traído aquí, me rendiré y me reuniré contigo en el hotel. Cogeré un taxi para volver.

Me mira durante un largo rato. Parece que quiere decir algo más, pero sabe que es inútil discutir, así que termina dándose por vencido.

—Tienes batería en el móvil, ¿verdad?

Asiento con la cabeza.

—Llámame si pasa cualquier cosa, ¿vale? Promételo.

—Te lo prometo.

Lo acompaño hasta la puerta y, tras pedir su abrigo en recepción, me despido de él. Cojo uno de los folletos que regalan en el mostrador y me siento en el sofá redondo que hay en el centro de la exposición.

Espero media hora. Espero una hora más. Espero y espero durante lo que parece una eternidad, hasta que, finalmente, desisto y le envío un mensaje a Tobias en el que le digo que estoy de camino. Pido un taxi antes de salir a la calle y me abrazo a mí misma mientras espero a que llegue. Hace muchísimo frío y el vestido que llevo es demasiado fino.

Por suerte, el taxi no tarda en llegar. Me recoge en la puerta del edificio y, tras hacerle una pregunta al taxista para asegurarme de que me estoy subiendo al vehículo correcto, me deslizo en la parte trasera. No me pregunta la dirección de mi destino, pero, como ya la he indicado cuando he hablado con la compañía por teléfono, no le doy importancia.

Apoyo la cabeza contra el cristal de la ventana, cansada después de haber hecho un viaje hasta Londres para nada. Las calles por las que pasamos están poco iluminadas y me cuesta reconocerlas, pero para ir a la galería andando desde el hotel hemos pasado por callejuelas estrechas por las que un coche no puede circular, así que no me extraña que estemos tomando otra ruta ahora.

Lo que sí me extraña es lo mucho que estamos tardando en llegar. El hotel no está tan lejos, deberíamos estar ya allí o, al menos, a punto de llegar, pero no veo que el taxista tenga la intención de aparcar todavía. Supongo que habrá escogido un trayecto más largo para ganar algo más de dinero. Debe de conocer al tipo de gente que asiste a los eventos artísticos como en el que yo acabo de estar y sabe que son tan ricos que, para ellos, veinte libras no significan mucho.

Estoy tan convencida de que esa teoría es cierta que, cuando el taxi se para por fin y el conductor me dice que el viaje ya está pagado, me siento un poco confusa.

Yo no he pagado nada.

Aun así, le doy las buenas noches y me bajo del vehículo.

Es entonces cuando me doy cuenta de que no estoy frente a ningún hotel; estoy en una calle fría, oscura y vacía. El taxi se va y me deja allí sola y perdida.

Estoy segura de que le he dicho bien la dirección a la persona que antes me ha atendido por teléfono. ¿La anotaría mal? Maldigo en voz alta y saco el móvil del bolsillo para volver a llamarles. Tengo varias llamadas perdidas de Tobias, además de un montón de mensajes. Le digo que estoy bien, que el taxista se ha equivocado y me ha llevado a otro sitio, pero que no tardaré en llegar. Solo espero que sea cierto.

Estoy buscando otra vez el número de la empresa de taxis cuando un coche negro aparca de manera brusca cerca de mí. Justo cuando se abre la puerta del vehículo, una chica contesta mi llamada. Le explico mi situación, pero no llego a terminar la frase porque, de repente, alguien con manos grandes y fuertes me tapa la boca. El móvil se me cae al suelo mientras intento sin éxito zafarme del agarre de mi agresor. Me da un golpe en el estómago que me deja sin respiración y, a continuación, noto un pinchazo en el cuello.

Por primera vez en mi vida el pánico se apodera de mí. Aun siendo consciente de que no me va a servir de nada, hago lo posible por liberarme. Intento apartarlo de mí a base de patadas, puñetazos y empujones, pero sé que no voy a llegar muy lejos porque la droga que me han inyectado ya ha comenzado a hacer efecto. Me cuesta respirar y moverme.

Mi cuerpo se rinde antes de que yo le ordene hacerlo y entonces entiendo que estar perdida no significa no conocer el camino de vuelta a casa.

Estar perdida es tener la certeza de que ya no volverás.

Capítulo 2

Me duele todo. Tengo el cuerpo entumecido y también la sensación de que algo aprieta mis sienes con fuerza, aunque lo único que tiene contacto con mi cabeza en estos instantes es una almohada suave y mullida. El colchón sobre el que me hallo también es blando, pero no alivia el dolor de mis músculos.

«Joder —pienso—. ¿Dónde demonios estoy?».

Abro los ojos despacio, temiendo que cualquier movimiento brusco pueda agravar la situación, y descubro que estoy en una habitación de hotel. Una muy diferente a la que comparto con Tobias.

Las paredes blancas están desnudas, a excepción de la que tengo enfrente, que cuenta con un par de estantes llenos de libros. La cama es de matrimonio y tiene una mesita de noche al lado.

Es... un espacio sorprendentemente agradable. O lo sería si supiera qué demonios hago aquí. Pero las dudas pueden esperar. Buscaré respuestas cuando esté en casa, segura y tranquila.

Me obligo a levantarme de la cama y entonces me doy cuenta de que tengo algo pesado atado a mi tobillo, el cual sigue al descubierto ya que aún llevo puesto el vestido azul verdoso. Es una tobillera ancha e incómoda que tiene pegado un aparato rectangular. Me recuerda a los dispositivos electrónicos de arresto domiciliario.

El pánico se apodera de mí durante unos instantes, por lo que decido volver a sentarme. Cierro los ojos y respiro hondo. Intento relajarme —aunque todavía no esté muy segura de que hacerlo sea buena idea— porque necesito ser capaz de pensar con claridad. Ahora mismo, lo único que ocupa mi mente son las preguntas «¿Dónde estoy?» y «¿Qué hago aquí?». Se repiten sin orden ni control como si, por dentro, las estuviera gritando. La sensación de que algo me está apretando las sienes no ayuda. Siento que me va a explotar la cabeza.

Tengo que dejar esas dos grandes preguntas de lado por ahora. Es mejor hacerme una que pueda responder ya e ir subiendo escalones poco a poco hasta llegar a las otras.

Respiro hondo y me pongo en pie. Le echo un segundo vistazo a la habitación. Cerca de la enorme ventana que está justo en la pared del fondo hay un armario empotrado, y al otro lado de la cama, un escritorio alargado de color blanco y una silla sencilla de oficina.

Me paro frente a la ventana y observo el paisaje. Parece que estoy en medio de un bosque o de una montaña. Es el sitio perfecto para un secuestro; aquí nadie me oirá si pido ayuda. Al intentar abrir la ventana, descubro que lo consigo con demasiada facilidad. Podría escapar por ella si tuviera una cuerda y un sitio seguro donde atarla. El verdadero problema, en realidad, reside en el aparato que tengo atado al tobillo. Parece difícil de quitar y estoy segura de que me impedirá salir de aquí como quiero hacerlo.

Me muerdo el interior de la mejilla hasta hacerme daño. Si tuviera las manos y los pies atados, al menos conocería mis limitaciones, pero ¿este dispositivo, hasta qué punto me retiene?

Sacudo la cabeza, que sigue torturándome con un dolor punzante y me impide pensar con claridad. Es muy frustrante. No soy una persona que se altere con facilidad, pero ahora mismo siento claustrofobia. Me sudan las manos. Me cuesta respirar. Estoy débil, aturdida, y siento náuseas al pensar que alguien me ha encerrado en esta habitación.

Lo que más me perturba no es el hecho de estar aquí, sino no saber por qué.

Nada de lo que me ocurrió al salir de la galería de arte fue accidental. No me han secuestrado porque estuviera en el lugar equivocado, en el momento equivocado. Si acaso, eran los correctos (para quien sea que haya planeado todo esto).

Le ha salido bien.

Y yo no entiendo nada.

No sé qué pinto aquí, y detesto no saber.

La incertidumbre me inquieta incluso más que la sensación de estar atrapada.

«Reordena tus prioridades, Violet. Céntrate en encontrar la forma de salir de aquí. Ya buscarás respuestas más tarde», me recuerdo.

Hago una respiración profunda y luego otra más. No sirve de nada. Mi pecho sube y baja a un ritmo preocupante, y me tiemblan un poco las piernas. Necesito moverme. «Necesito salir de aquí».

Dubitativa, camino hacia el armario y lo abro. Está lleno de ropa. Saco una de las perchas y observo el conjunto que hay colgado en ella. Las prendas son nuevas y parecen de mi talla. Frunzo el ceño antes de dejarlas donde estaban. En una de las cajoneras de abajo descubro algo que no pensaba encontrar: mi bolso. Está casi vacío: solo contiene el sobre con la invitación a la galería de arte. Mi móvil, mis llaves, mi cargador portátil y el resto de cosas han desaparecido.

Resoplo. Sabía que no iba a encontrar nada útil, pero, aun así, comprobar que tenía razón me desanima.

Por si acaso, busco también en los cajones de la mesita de noche. Tiene dos, y el de arriba está cerrado con llave. La situación me recuerda a los juegos tipo escape room a los que me aficioné hace un tiempo con mi padre. Por suerte, el de abajo sí se puede abrir y, para mi sorpresa, no está vacío: hay una minitablet. Está impecable, como recién salida del embalaje, y tiene dibujado en la parte de atrás el logo de TecnoRed, una empresa tecnológica con la que estoy familiarizada. Me lo pienso bien antes de encenderla y, cuando lo hago, aparece en la pantalla un fondo neutro, de color negro, y cuatro aplicaciones con iconos sencillos.

CHAT, REGLAS, PLANO, INVESTIGACIÓN.

Entro a la primera y veo que hay varios contactos ya inscritos, aunque la mayoría de los chats están vacíos. El que está arriba del todo es el único que contiene un mensaje. Lo ha enviado alguien que se ha agregado a sí mismo como Equis.

El corazón me retumba en el pecho.

Incluso antes de abrir el mensaje, ya me he hecho a la idea de que no será nada bueno.

Y no me equivoco.

Equis: Bienvenida al juego de supervivencia, Violet.
Por favor, diríjase a la aplicación de reglas y lea cuidadosamente las normas del juego. Si tiene cualquier duda, acuda a este chat.
Estamos a su disposición las veinticuatro horas del día.

Un escalofrío me recorre la espalda. ¿Juego de supervivencia...? ¿Es algún tipo de broma? Tiene que serlo. Debe tratarse de un escape room hiperrealista al que alguien me ha apuntado sin consultármelo.

Vuelvo a leer el mensaje. No estoy segura de querer entrar en esa aplicación todavía, así que decido no clicar en reglas y entro en la aplicación de plano. Tal y como el nombre indica, se trata de lo que parece ser el plano del edificio en el que me encuentro. Tiene cuatro plantas. En la primera hay un salón, una cocina y dos habitaciones con unos nombres escritos dentro: «Kelly» e «Isaac». En la segunda hay cuatro nombres. El mío está escrito en uno de los rectángulos. Leo los demás. «Najwa», «Spencer», «Drew». La distribución de la tercera planta es parecida a la de la primera: dos habitaciones y dos salas comunes. En este caso, un gimnasio y una biblioteca, según pone. Por último, en la cuarta planta solo hay habitaciones, como en la segunda.

Supongo que eso quiere decir que no estoy sola en el edificio. Intuyo también que esos nombres, que son los mismos que hay agregados en mis contactos, tienen algo que ver con el juego de supervivencia del que hablaba Equis en su mensaje.

El último icono que me queda, aparte del de reglas, es uno con el dibujo de una lupa. Al clicar en él, descubro varias carpetas. «Caso uno», «Caso dos», «Caso tres»... Haciendo doble clic puedo cambiarles los nombres a los casos, y dentro de las carpetas hay un documento con varios títulos y espacios en blanco para rellenar. «Víctima. Arma homicida. Lugar de los hechos. Pistas: físicas, verbales, temáticas. Sospechosos. Notas». También hay una cámara y una galería donde se pueden almacenar las fotos relacionadas con cada caso.

Un escape room y una partida de Cluedo, todo en uno.

«Por favor, que de verdad solo sea un juego», pienso.

Ya solo me queda la aplicación que me han ordenado abrir, pero aun así busco otra alternativa, algo que me permita acceder a internet o comunicarme de alguna forma con la policía. No encuentro nada, y eso me da muy mala espina. A quien sea que haya programado la tablet no se le ha escapado nada. Lo que ves es lo que hay.

Supongo que solo me queda leer las reglas del juego.

Bienvenidos al juego de supervivencia

La tobillera que lleváis es electrónica. Se activará para inyectaros una dosis de veneno mortal en caso de que intentéis quitárosla o infrinjáis una regla.

¿En qué consiste el juego?

Habéis sido seleccionados para participar en un juego de supervivencia del que no podréis escapar sin mancharos las manos de sangre. En otras palabras, la única forma de salir con vida del edificio en el que estáis es asesinar a alguien sin ser descubierto. Vais a tener que convertiros en perfectos asesinos o en perfectos detectives.

Cuando suceda un asesinato, se llevará a cabo una votación en la que los participantes del juego tendrán que decidir a quién culpar. Si la mayoría de los votos son para el asesino, su tobillera electrónica se activará y solo él morirá. En caso de que el asesino no sea descubierto, sucederá lo contrario: se les inyectará el veneno a todos menos al asesino, que quedará libre.

Normas:

• Entre las 23.00 y las 9.00 horas, los jugadores no podrán salir de las habitaciones.

• Tras el descubrimiento de un cadáver, los participantes tendrán 48 horas para averiguar quién es el asesino. No obstante, si se reúnen los votos necesarios para dar por válida la votación antes de las 48 horas, se darán los resultados inmediatamente.

• El cuerpo seguirá disponible para su examinación durante las 48 horas. Después, será retirado del edificio.

• Es obligatorio participar en la votación.

• Queda prohibido abandonar el edificio por otros medios que no sean los contemplados por el juego de supervivencia.

• Queda prohibida la destrucción, total o parcial, de las cámaras de seguridad y los micrófonos.

• Los participantes están obligados a obedecer las órdenes de Equis.

Me quedo paralizada mientras trato de asimilar lo que acabo de leer. De repente, tengo la seguridad de que nada de esto es una broma y empiezo a sentir que me falta el aire. La tobillera parece pesar diez kilos más y la habitación ya no me parece tan grande.

No puedo estar atrapada. No puedo formar parte de este «juego», no puedo...

Respiro hondo, y esta vez noto cómo el aire me llena los pulmones. Lo dejo salir despacio.

Tengo que salir de aquí.

Dejo la tablet sobre la cama y sigo inspeccionando la estancia. En la entrada hay un pequeño pasillo con una puerta a la derecha. Sé que se trata de un baño antes de abrir la puerta. Hay una ducha pegada a la pared, un lavabo con armarios y un váter. Todo parece normal. A pesar de eso, hay algo que no termina de encajarme. Me fijo en las paredes grisáceas del baño, en el espejo que hay sobre el lavabo, en las toallas blancas colgadas junto a la puerta, en el aparato de ventilación y, finalmente, al lado de este..., en una cámara de vigilancia. Es redonda, pequeña y sutil, pero está ahí, observándome.

El pánico regresa, pero esta vez me deshago de él con relativa facilidad.

Salgo del baño e intento abrir la puerta de la habitación, sin muchas expectativas. No se abre, por supuesto. Ya me imaginaba que no iba a lograr nada con ese pobre intento. Resoplo y me siento en la cama. Clavo la vista en mis manos y después en mis muñecas. No tienen ni un solo rasguño. De hecho, no presento signos de haber sufrido una agresión en ninguna parte del cuerpo. Aparte del dolor provocado por la droga que me han inyectado, estoy bien. Eso debería tranquilizarme un poco.

Vuelvo a pasearme por la habitación, esta vez fijándome más en los detalles. Hay dos cámaras de seguridad, una en la entrada y otra en la esquina superior de la habitación, sobre el armario. Si las destruyo, estaré infringiendo las reglas y no me quiero arriesgar a ser víctima de las consecuencias... todavía, pero ¿podré taparlas...?

El sonido de una campana llena la habitación e interrumpe mis pensamientos. A continuación, oigo una voz distorsionada que sale de los altavoces que hay colocados en el techo.

«Parece que ya estáis todos listos. Voy a abrir las puertas de vuestras habitaciones y vais a hacer lo siguiente: miraréis bien el plano del edificio y os dirigiréis al salón, que está situado en la primera planta. Allí os reuniréis con el resto de los participantes. Buena suerte».

Escucho un clic proveniente de la puerta principal del cuarto. Miro mi tobillera durante unos segundos mientras trato de decidir si me creo o no que el aparato sea capaz de inyectarme una dosis de veneno mortal. A decir verdad, no me parece tan inverosímil. Supongo que debe llevar instalado un GPS que active el pinchazo instantáneamente si salimos del edificio. Lo que no sé es cómo diablos van a activarlo cuando se incumplan las demás reglas. ¿Lo harán manualmente? ¿Van a controlar nuestros movimientos con ayuda de las cámaras?

Prefiero no comprobarlo por mí misma, así que me pongo los zapatos de ayer, los cuales han dejado al pie de la cama, y después salgo de la habitación. Hay una puerta justo enfrente de la mía y alguien sale en el preciso instante en el que lo hago yo. Es una chica pequeña que lleva una sudadera negra, sin capucha, metida por la cintura de unos pantalones de pernera ancha. Un hiyab negro le cubre el cabello y el cuello, aunque puedo ver algunos pelitos rizados y oscuros que se salen de la tela justo encima de su frente.

Me mira y después gira la cabeza hacia mi derecha, así que la imito y me encuentro con otras dos personas. Esta vez, son chicos. El primero es alto (me saca más de una cabeza) y tiene el pelo de un tono de rubio muy oscuro, ligeramente ondulado y despeinado.

El otro llama más la atención. Su pelo es del mismo color que mi vestido —no sé si se aproxima más al verde o al azul— y sus cejas, gruesas y pobladas, aportan personalidad a su rostro, aunque el contraste con su escasa barba arruina un poco el efecto. Además, viste una sudadera con unicornios que vomitan arcoíris.

No intimida mucho.

Ninguno de los tres lo hace.

Parecen normales. Gente de mi edad que, a juzgar por sus posturas, tampoco saben cómo o por qué han acabado aquí.

Nos miramos los unos a los otros durante unos segundos. Sentimientos de desconfianza, preocupación e incertidumbre tiñen el rostro de la chica. Los otros dos son más difíciles de interpretar, pero es evidente que también están a la defensiva.

Mantengo una expresión neutra mientras espero a que alguno se mueva. No voy a ser la primera que se dirija hacia las escaleras y les dé la espalda.

Puede que ellos estén pensando lo mismo, porque los cuatro nos quedamos quietos durante lo que parece una eternidad.

Al final, es el rubio el que decide dar el primer paso y caminar hacia las escaleras. Tras un par de segundos, lo imitamos, asegurándonos de guardar bien las distancias entre nosotros.

Mientras bajamos al primer piso, se nos unen varias personas más, así que cuando llegamos al salón somos doce en total. Doce participantes.

Trago saliva con dificultad.

Algunos deciden esparcirse por el salón, pero yo me quedo cerca de la escalera, observándolo todo.

El salón es enorme. Una mesa cuadrada, flanqueada por tres sillas a cada lado, ocupa el centro del espacio. Su superficie refleja la luz suave que emana de la lámpara de diseño sobrio que cuelga del techo.

Las paredes, revestidas de madera oscura de roble, están pulidas y brillan, creando un contraste con el suelo de mármol que se extiende hasta los confines del salón.

Puede que estemos en plena naturaleza, pero este lugar no tiene nada de rústico. Irradia una elegancia moderna y minimalista a la que debería estar acostumbrada porque he crecido rodeada de lujos; sin embargo, solo consigue perturbarme.

Puede que se deba a las cámaras, ya que aquí hay incluso más que en la habitación en la que me he despertado y todas apuntan en nuestra dirección como si fuéramos parte de un estudio.

Quizá lo somos.

Frunzo mucho el ceño al pensar en ello. ¿En qué momento he pasado de ser la observadora a la observada? ¿Y quién es la persona que me está mirando? Por más que lo intente, no me deshago de la pregunta, y eso me provoca una sensación de descontrol a la que no estoy acostumbrada. Si no obtengo respuestas pronto, me volveré loca.

En un intento de distraerme, continúo examinando el salón hasta que vuelvo a escuchar el sonido de una campana seguido de la voz de Equis.

«Por favor, tomad asiento».

Sé que es una orden, aunque la haya pronunciado con educación. Soy la primera en sentarme en una de las sillas, concretamente en la que está más cerca de lo que parece ser la entrada al salón. Los demás me imitan al cabo de unos segundos.

La que se sienta a mi lado es una chica negra, de pelo largo, rizado y voluminoso. Su mirada está llena de determinación; sus ojos oscuros destellan con una intensidad apenas contenida. A diferencia de los demás, no parece asustada, sino más bien enfadada. Sus labios apretados y su postura rígida sugieren una impaciencia palpable, como si le molestase más que le estén haciendo perder su valioso tiempo que la situación en sí.

«Espero que todos hayáis leído minuciosamente las normas del juego. A continuación, os explicaré otras cuestiones que os vendrá bien conocer —anuncia la voz—. La primera es bastante evidente: las personas que os rodean son las demás participantes del juego. Os conviene conocer sus nombres, ya que es lo único en el plano que indica a quién le pertenece cada habitación. Agradeceréis esa información más adelante, os lo puedo asegurar».

El silencio que domina la habitación se espesa cuando la voz acaba de hablar. Las miradas se entrecruzan en la sala, todas cargadas de nerviosismo e inquietud. Incluso aquellos que aparentan seguridad, como la chica serena a mi lado o el chico de semblante imperturbable al otro extremo de la mesa, muestran signos de tensión palpable. Este último tarda unos segundos en apartar sus ojos —azules, fríos y calculadores— de los míos. Tiene la mandíbula tensa y sus manos, inmóviles sobre la mesa, delatan un estrés subyacente.

Me pregunto qué estará viendo él. ¿Un reflejo de su fingida indiferencia, quizá? No me gusta evidenciar mi ansiedad, pero supongo que es inevitable. La siento por todos lados, desde la coronilla hasta los dedos de los pies.

«Mientras estéis en este edificio, no os faltará de nada —prosigue la voz distorsionada—. Todos los días encontraréis en la entrada unas bolsas de comida con vuestros nombres. Ahí estará vuestro desayuno, comida y cena, más algunos aperitivos. Ahora mismo, vuestro menú del día se halla en la nevera de la cocina, que colinda con el salón. Podéis recogerlo cuando esta reunión termine».

La tensión persiste, como una sombra acechante. Me siguen sudando las manos, aunque al menos no me tiemblan. Es más de lo que puede decir la chica pequeña que está sentada en una de las esquinas. El cabello, de un tono rosa muy llamativo, le llega hasta el cuello, y se nota que ha pasado un tiempo desde la última vez que se lo decoloró, porque en las raíces su pelo es oscuro.

—¿Esto es un secuestro o son unas vacaciones pagadas? —Por primera vez, es uno de los presentes el que habla. Lo hace en un tono despreocupado, pero sus dedos tamborilean de forma nerviosa sobre la mesa.

Es el del pelo verde. El de la sudadera con unicornios. Junto con la de pelo rosa y otra chica que es rubia pero igual de pequeña, son los tres que menos encajan en este sitio. El primero, porque está lleno de color. Parece el tipo de persona que sonríe a todas horas, y resulta antinatural que no lo esté haciendo ahora. Ellas, porque irradian un aura inocente. Son como ovejas encerradas en una jaula llena de leones. Si no salimos de aquí pronto, alguien se las va a comer.

«Es un juego de supervivencia, pero llámalo como quieras —responde la voz, y luego continúa con su discurso—: Dentro de las bolsas de comida encontraréis también una tarjeta. Son las llaves de las habitaciones. Funcionan también de noche, pero os recuerdo que, si ponéis un pie fuera de vuestros cuartos durante el horario nocturno, la tobillera que lleváis se activará y moriréis».

La crudeza de esa última palabra hace reaccionar a varios. Se percibe un estremecimiento colectivo, como si el mensaje hubiera enviado un escalofrío por la columna vertebral de todos los presentes. Volvemos a intercambiar miradas. Creo que todos buscamos una confirmación de que lo que acabamos de escuchar no es real, aunque en el fondo sabemos que no vamos a encontrar tal consuelo.

Una chica de pelo negro se aferra con fuerza al borde de la mesa. El chico de semblante imperturbable frunce el ceño ligeramente, pero sus ojos permanecen fríos y calculadores. En los del chico de rasgos asiáticos, que está en un extremo de la mesa, se refleja un destello de preocupación fugaz, como si estuviera evaluando las implicaciones de la advertencia con una seriedad renovada.

—Eso de las tobilleras es una tontería. No me creo que esta cosa pueda matarnos —escucho decir a mi izquierda. La de los rizos mantiene su postura estoica, pero las manos apretadas sobre su regazo revelan una agitación que no logra ocultar por completo.

«Eres libre de comprobarlo», responde Equis, y aunque su tono sigue siendo cortés, percibo un atisbo de diversión en él.

La chica suelta un gruñido de frustración y veo un rastro de orgullo en su expresión que me hace pensar que es lo suficientemente temeraria como para hacerlo. Quizá no ahora, pero en cuanto su paciencia termine de agotarse será la primera en cometer un acto de rebeldía, así que decido hablar para quitarle esa idea estúpida de la cabeza.

—Teniendo en cuenta cómo son las instalaciones del edificio, la cantidad de cámaras de seguridad que hay, las minitablets, la forma en la que hemos sido secuestrados y toda la información que tienen sobre nosotros, es muy probable que el responsable de todo esto disponga de los recursos suficientes para crear un dispositivo en forma de tobillera capaz de matarnos.

—Yo de ti no me la jugaría —me apoya el de la sudadera de unicornios, esbozando una sonrisa rígida que se borra en cuanto la de los rizos le lanza una mirada fulminante.

«Todos los días, a las once menos diez de la noche, sonará una campana como la que habéis oído antes. Ese será vuestro aviso. A partir de entonces, tendréis diez minutos para dirigiros a vuestras habitaciones —prosigue la voz, y dejamos nuestra conversación a un lado—. Por la mañana, la campana sonará para indicaros que son las nueve y que podéis salir de vuestros cuartos. Eso es todo lo que necesitáis saber por ahora. ¿Alguna pregunta?».

—Tengo muchas —contesta una chica que también está sentada en mi lado de la mesa. Es la de pelo negro. Antes, cuando estaba bajando las escaleras con el resto, me ha parecido muy alta—. Para empezar, ¿quién eres y qué es todo esto? Está claro que te has gastado una fortuna en organizarlo, y no creo que vayas a sacar beneficio económico de ello.

«Limitad las preguntas a las dudas que tengáis en relación con las normas del juego», ordena la voz, ignorando la cuestión que acaba de plantear la chica morena.

Pasan unos minutos y nadie dice nada. Intento dar con alguna pregunta con la que pueda conseguir información útil, algo que me otorgue un mínimo de ventaja, pero sigo demasiado alterada como para pensar con claridad.

«Interpretaré vuestro silencio como que todo ha quedado claro. Bien. Entonces, permitidme que os dé un consejo: no os confiéis demasiado. La única forma de sobrevivir en este juego es poniéndoos a vosotros mismos por encima del resto».

Eso es lo último que dice Equis antes de que el altavoz se apague. Las doce personas que estamos reunidas alrededor de la mesa permanecemos quietos y en silencio. Repaso los rostros, tratando de grabarlos en mi memoria. La chica alta, la última que ha hablado, tiene una cara ovalada de labios carnosos y cejas perfectamente depiladas. Sus ojeras están oscurecidas por los rastros del maquillaje que anoche no se pudo quitar.

En el lado derecho de la mesa, aquel que se encuentra más cerca de las escaleras, están sentados el chico del pelo azul verdoso, la joven del hiyab y un chico delgado y pelirrojo. En realidad, no creo que «delgado» sea el adjetivo indicado para describirlo. Más bien, parece hecho polvo. Tiene las mejillas chupadas, los labios agrietados y unas ojeras muy marcadas que, en su caso, poco tienen que ver con el maquillaje. Parece sacado de una película de Tim Burton.

—Bueno, me parece que ya llevamos sentados un buen rato. —El que ha decidido romper el silencio es el chico alto que tiene la habitación en la misma planta que yo—. Ahora propongo que levantemos el culo de las sillas y empecemos a familiarizarnos con el entorno. Parece que vamos a pasar una buena temporada en este edificio.

—Ni hablar —dice rápidamente el rubio que hay sentado a su lado; el de los ojos fríos. Sus rasgos son finos, pero arrogantes, y tiene la piel lisa, de un tono tan claro que se asemeja al blanco de su camisa arrugada—. En las reglas no pone que esté prohibido encerrarme en mi habitación, así que yo pienso hacer justo eso hasta que alguien venga a rescatarnos.

—Eso puede llevar mucho tiempo... —dice una voz muy dulce que proviene de la otra oveja inocente que he mencionado antes. El cabello dorado le cae en ondas suaves que enmarcan unos rasgos delicados y expresivos.

—Como mucho, un par de semanas. Llevo por lo menos veinte horas desaparecido. Ahora mismo, mis padres deben de estar removiendo cielo y tierra para dar conmigo, y me da igual lo rico que sea ese tal Equis; no es el único con dinero y poder.

Nadie comenta en voz alta lo que todos acabamos de confirmar: que es un niño de papá con complejo de superioridad. Relajo un poco los hombros ahora que su frialdad ya no me preocupa tanto. No creo que sea peligroso; dudo que sepa emplear siquiera un cuchillo de cocina.

—Vale, tú puedes hacer lo que quieras, pero te recomiendo que, al menos, nos acompañes a la cocina —dice el chico de pelo verdiazul que ha roto el silencio antes—. No me mires así; lo digo por tu bien. Si no te das prisa en coger tu comida, alguien podría envenenarla.

El rubio le sostiene la mirada durante unos segundos y, finalmente, suelta una especie de bufido que interpretamos como un asentimiento. Aun así, pasan unos segundos hasta que alguien decide moverse por fin. La chica alta de pelo negro se levanta y mira en dirección a las puertas corredizas que separan el salón de la cocina. De verdad, es altísima. Medirá un metro ochenta, por lo menos, y los zapatos que lleva puestos —unos botines de diseño elegante y moderno— le deben sumar cinco o seis centímetros.

Echa a caminar sin esperar al resto y empuja las puertas de la cocina, que se deslizan suavemente para revelar un espacio amplio y luminoso.

Soy la siguiente en ponerse de pie y la segunda en entrar en la cocina. La pelinegra me dedica una mirada larga y evaluativa, pero la ignoro para centrarme en lo que nos rodea. El mobiliario es como el de cualquier cocina comunitaria: cuenta con dos microondas, un lavavajillas, un fregadero y un horno con fuegos. Junto a la pared se alzan dos enormes neveras de acero inoxidable, y en el centro de la habitación hay una isla con una encimera de mármol blanco y seis taburetes altos.

Todo está impoluto.

—La voz ha dicho que la comida está en la nevera, ¿verdad? —pregunta el peliverde, dirigiéndose ya a la puerta del frigorífico.

—Espera. —Lo freno con urgencia—. No toquéis nada aún. —Camino despacio y me sitúo todo lo cerca de la nevera que puedo sin pegarme demasiado a él—. Alejaos de la nevera. Yo os daré las bolsas. —Como cabía esperar, me gano varias miradas críticas por parte de los presentes—. Cuantas menos personas manipulen la comida, mejor.

Sé lo que están pensando («¿Y por qué la tienes que tocar tú, precisamente?»), pero me mantengo firme. No voy a dejar que alguien que no sea yo toque mi comida. Aunque dudo que ninguno de los demás haya venido a la cocina preparado para «manipular» en este momento alguna de las bolsas, no me pienso arriesgar. No sé nada de esta gente.

Por suerte —quizá porque la mayoría sigue en shock y son incapaces de reaccionar—, nadie objeta nada en voz alta y se me permite tomar el control que ansío sin oposición alguna.

Abro la nevera cuando todos se han alejado de ella y saco lo primero que encuentro: una bolsa de papel con un nombre escrito.

—Drew Winther —leo en voz alta.

—Soy yo.

El chico alto que tiene la habitación en la misma planta que yo da un paso hacia delante y, por primera vez, me fijo en él sin tener en cuenta al resto. Es difícil detallar bien un rostro cuando existen otros diez que debes memorizar, pero, durante ese breve instante, y sin pretenderlo, me olvido del resto y lo miro solo a él.

Su presencia impone debido a su altura, pero hay algo cálido en su expresión que produce una sensación de seguridad y comodidad. En otra situación, sería suficiente para bajarme la guardia.

En esta no. En esta me obligo a estar alerta y lo observo con mucho cuidado mientras se acerca. Tiene los ojos grises, enmarcados por pestañas largas y espesas, la nariz recta y los labios carnosos. Sobre la piel de sus mejillas se ven pequeñas cicatrices de acné; sutiles recordatorios de una adolescencia que está más que superada, porque tiene unos hombros anchos y unos bíceps definidos con los que alguien que aún está en el instituto solo podría soñar.

Es guapo. No debería reparar en ello, pero lo hago porque es inevitable. No tiene esa belleza superficial que se promociona en revistas y redes sociales, pero posee una atracción magnética que va más allá de los estándares convencionales. Es el tipo de persona que te pararías a mirar dos veces si te lo cruzaras por la calle. Luego te preguntarías por qué. Pasarías un largo rato reflexionando sobre lo que te ha llamado la atención de él, y así es como acabaría grabado en tu memoria.

Es lo que me está pasando a mí.

Y no me quedo solo con su apariencia, sino también con su nombre.

Drew Winther.

Al coger la bolsa, sus dedos rozan la piel de mi mano. Me sonríe justo antes de alejarse y dejar paso al siguiente.

Trago saliva, me obligo a dejar de mirarlo y saco otra bolsa de papel de la nevera.

—Oliver Palmer —digo con la voz un poco áspera debido a la sequedad de mi garganta.

Lo asocio a la falta de hidratación. No sé cuándo fue la última vez que bebí agua, pero está claro que mis secuestradores no pensaron en ello anoche, porque estoy sedienta.

Oliver resulta ser un chico fornido de piel oscura. Tiene los hombros anchos y unas piernas tan tonificadas que da la impresión de que podría correr diez maratones largas seguidas sin cansarse. Frente a él, con mi escasa altura y mi evidente falta de entrenamiento, me siento minúscula.

Voy entregando las bolsas una a una y eso me permite poner nombre a los rostros. El chico rubio y engreído se llama Elliot Hepworth. La del pelo rosa, Chloe Fisher. El que es delgado y pelirrojo, Isaac Fairbanks.

—Joder, esta gente nos ha investigado a fondo —señala Spencer, el chico de la sudadera de unicornios, al echarle un vistazo a su comida—. ¿Cómo demonios saben que soy vegano?

—Porque pareces un brócoli con ese pelo —se burla Sonny, la de las piernas infinitas que parecen más largas todavía porque lleva tacones.

—Han adaptado mi menú también. —Najwa enseña su comida, marcada como «vegetariana», mientras yo me bebo la mitad de una de mis botellas de agua. Han llenado una de las neveras solo con ellas; hay cuatro litros para cada uno.

—Todo un detalle por su parte, teniendo en cuenta que nos han secuestrado y que planean que nos matemos entre nosotros. —Spencer esboza una sonrisa sarcástica—. Ah, y aquí está la tarjeta de la que hablaba Equis. Tiene mi nombre grabado, qué guay. Ni siquiera en los hoteles de lujo te dan cosas así. —Mira impresionado la tarjeta blanca que venía en su bolsa. Yo tengo una igual—. Bueno, tampoco es que yo haya estado en muchos hoteles de lujo, la verdad. ¿Tú qué dices, Elliot? ¿En los hoteles de cinco estrellas cuidan tanto los detalles?

Le da un ligero codazo al rubio y creo que todos palidecemos un poco con la mirada que este le devuelve. Empiezo a pensar que el primer asesinato va a ocurrir antes de lo esperado, y no precisamente por culpa del juego.

—¿Sabes lo que tampoco hay en los hoteles de lujo? —interrumpe Sonny, salvando a Spencer de una muerte prematura, a la vez que se echa el cabello hacia atrás con elegancia—: Cámaras en los baños.

—¿No es ilegal grabar a la gente en un baño? —pregunta Chloe en ese tono tan dulce que me chirría en los oídos. No porque odie la suavidad que hay en ella, sino porque me choca pensar que alguien como ella esté aquí.

Nada de esto tiene sentido. Ninguno de nosotros debería estar aquí.

Pero es que esta chica parece frágil como el vidrio. Solo un sádico de manual la incluiría en un juego de supervivencia en el que, además, participa gente como Oliver o Elliot. El primero, porque, aunque lo envuelve un aura amable, podría aplastarla con un dedo. El segundo, porque tiene pinta de querer aplastar a todo el mundo.

—Nos han secuestrado y tenemos puestas unas tobilleras que, según el loco que nos tiene aquí encerrados, pueden matarnos. Llámame Sherlock, pero yo no creo que sean fieles seguidores de las leyes —señalo lo obvio.

Después me sitúo junto a la isla para revisar que mi comida esté en orden.

Todo viene en bandejas de papel cubiertas con una capa de plástico. Parecen bien selladas. Me aseguro de que no haya agujeros por los que hayan podido filtrar algún tipo de veneno, aunque no ver ninguno no me tranquiliza demasiado. El que ha preparado la comida podría haberla envenenado antes de empaquetarla. Además, tengo otro problema: la mayoría de la comida que viene en la bolsa se conserva en frío. No puedo llevármela a mi habitación.

Me muerdo el labio, pensativa. Podría renunciar a una parte del menú, dejarlo en la nevera y llevarme solo lo que sé que aguantará todo el día en buenas condiciones —es decir, una barrita energética, un plátano, una manzana y una chocolatina—, pero descuidar tanto mi alimentación no va a ser sostenible a largo plazo. Si tengo que afrontar riesgos, prefiero que sea ahora, cuando la gente no está lo suficientemente desesperada por salir de aquí.

—Violet Pierce. —La voz de Drew me acaricia la mejilla. Se ha colocado justo a mi lado, muy cerca de mi rostro, para poder ver lo que hay en mi bolsa y, ya de paso, leer mi nombre.

Me alejo un poco antes de darme la vuelta y encontrarme con su sonrisa, tan relajada y amable que me transmite desconfianza. No es que la perciba como una máscara, como una sonrisa falsa, meticulosamente trabajada; creo que es un gesto genuino, y eso es lo más alarmante.

—¿Has ordenado la comida que viene en la bolsa? Qué minuciosa.

He puesto lo que ya he decidido que será mi cena debajo de la bandeja que contiene la comida para el mediodía, y sobre esta he colocado los snacks.

—Me gusta que mis cosas estén organizadas —le digo, apartándome aún más de él.

No es del todo cierto. Soy organizada, pero la verdadera razón por la que lo he dejado todo tan bien puesto es porque, en caso de que alguien manipule lo que hay en la bolsa, quiero poder percatarme.

—Ya lo veo. —Pasea la mirada por mi ropa hasta llegar a mis zapatos, y después la levanta para clavarla en mis ojos verdes—. Siento lo de tu vestido. ¿Estabas en alguna especie de fiesta cuando te secuestraron?

Al principio, pienso que se refiere a lo arrugada y sucia que está la tela, pero entonces me doy cuenta de que una parte está rasgada.

—No. Acababa de salir de una galería de arte —respondo vagamente mientras me limpio la falda del vestido con la mano. ¿Dónde diablos me han metido para haberme manchado tanto? Necesito darme una ducha urgentemente.

Vuelvo a mirar a Drew, que mantiene una postura relajada y la vista fija en mí.

—¿Dónde estabas tú cuando te secuestraron?

—Volviendo de un evento mucho menos elegante que una exposición de arte. —Se apoya contra el borde de la isla con las manos metidas en los bolsillos.

Observo su ropa, que está completamente limpia y bien planchada, y luego les echo un vistazo rápido a las personas que nos rodean. Él es el único que no viste prendas arrugadas.

Como si pudiese leerme el pensamiento, añade:

—Me he despertado mucho antes de que abrieran las puertas de nuestras habitaciones. He tenido tiempo para ducharme y cambiarme de ropa.

Vaya. Sí que se ha tomado en serio lo de sentirse como en casa.

Me pregunto si yo habría hecho lo mismo en caso de que me hubiera despertado mucho antes de la llamada de Equis. Me habría costado quedarme quieta tras terminar de inspeccionar la habitación, pero no sé si habría sido capaz de darme una ducha. Estaría demasiado agitada. Demasiado alerta.

El chico que tengo delante no parece tan afectado. Es el único que no muestra signos de nerviosismo, ya sean sutiles como los de Kelly o evidentes como los de Chloe. Se le ve tranquilo, como si no lo hubieran secuestrado para obligarlo a participar en un juego mortal. Puede que no lo haya asimilado todavía. Si es así, no lo juzgo; cuesta creer que algo de esto sea real.

Sin embargo, no parece que ese sea el caso. Creo que, precisamente, le ocurre lo contrario: sabe que lo más inteligente es aceptar la situación en la que se encuentra para adaptarse a ella cuanto antes, y lo está haciendo de lujo.

No puedo dejar que su aura sosegada me confunda. Tiene que padecer algún tipo de trastorno antisocial si es capaz de mantenerse tan sereno en medio de todo este caos.

Sus ojos grises abandonan los míos para fijarse en lo que tengo detrás. Me giro instintivamente y me encuentro cara a cara con Chloe, la chica del pelo rosa.

—¿Puedo dejar la comida en la nevera? —Me muestra la bolsa de papel mientras busca una señal de aprobación por mi parte. Tengo que admitir que me gusta que me haya pedido permiso.

—Sí —asiento, y luego añado en voz alta—: Dádmelas cuando terminéis de coger lo que os haga falta.

Espero alguna queja, pero nadie me discute la orden. Habrán llegado a la misma conclusión que yo: es mejor que solo uno de nosotros manipule las bolsas de los demás. Si alguien resulta dañado por la comida, solo habrá una sospechosa: todas las acusaciones irán dirigidas hacia mí. Por ese simple motivo, dudo mucho que alguien quiera cambiarme el puesto.

En mi opinión, es un riesgo que merece la pena.

Lo coloco todo en la nevera a conciencia. Dejo un par de bolsas al fondo y, delante de estas, pongo la mía. Prefiero que no esté ni al final ni al principio, porque si alguien decide envenenar alguna, lo más probable es que escoja las que se encuentran en alguno de esos extremos.

Con las botellas de agua, que también están etiquetadas con nuestros nombres, hago algo similar.

—Listo —anuncio en voz alta.

—Habías propuesto que diésemos una vuelta por la casa juntos, ¿verdad? —dice Spencer, dirigiéndose a Drew.

—¿Acaso tenemos algo mejor que hacer? —Su voz es carismática. Es el tipo de voz que invita a prestarle atención, pero que también podría calmarte hasta dejarte dormido si empleara otro tono.

Al final, terminamos recorriendo juntos la casa. Eso sí, caminamos un poco separados, manteniendo una distancia prudente entre nosotros, solo por si acaso. Elliot, el chico rubio que dice ser hijo de padres adinerados, es el único que ha decidido encerrarse en su habitación en lugar de recorrer las plantas del edificio junto al resto.

En realidad, tampoco hay mucho que ver. La primera habitación en la que entramos se encuentra en la tercera planta, y es una biblioteca. Tiene el tamaño del cuarto en el que me he despertado y, aunque aquí no hay un aseo que ocupe un tercio de la sala, también está dividida en dos partes. El lado de la derecha está ocupado por estanterías que llegan hasta el techo y están repletas de libros. No necesito verlos de cerca para saber que la mayoría son nuevos; puedo saberlo por el color blanquecino que se ve en la parte superior de las páginas. Carecen de ese tono amarillento que los libros viejos poseen.

A la izquierda, justo enfrente de la puerta, hay solo una mesa de estudio con cuatro sillas, y al fondo, pegado a la ventana, un pequeño sofá que no llega a ser de dos plazas. Junto a él hay una caja de madera llena de revistas y periódicos.

Melissa avanza hasta el sofá. Al coger uno de los periódicos, los rayos de luz que se cuelan por la ventana iluminan sus rizos dorados.

—Espero que traigan nuevos periódicos todos los días, porque, si no, va a ser muy difícil enterarnos de lo que pasa en el exterior. —Le echa un vistazo a la primera página del diario, esboza una mueca decepcionada y añade—: Es de hace cinco años.

—No creo que nos vayan a dar los más recientes, sobre todo si salimos en alguno de ellos —razono sin moverme del sitio—. Lo más probable es que quieran aislarnos del todo para que no sepamos si nos están buscando o cómo de cerca están de encontrarnos. Sin desesperación, este «juego» —dibujo unas comillas con los dedos— no funcionaría.

Me dirijo a la estantería que hay pegada a la pared del fondo, a un metro de la ventana. Las obras están ordenadas por autor y muy pocas han sido escritas con el único fin de entretener. La gran mayoría son libros de texto como los que hay en la estantería de la que será mi habitación durante el tiempo que pase en este lugar.

—Esto no va a matar mi aburrimiento —se queja Hyun, el chico de los ojos rasgados, mientras frunce el ceño. Tiene la piel lisa, casi libre de imperfecciones, y el cabello negro y muy corto—. Y yo que me quejaba de los libros que me hacían leer en clase...

—Ya ves. Aquí no hay televisiones, ni juegos de mesa, ni..., qué sé yo, pinceles y pintura —protesta Oliver. Es la primera vez que lo oigo hablar, pero su voz es clara y está llena de seguridad—. Ni siquiera podemos descargarnos videojuegos en las tablets que nos han dado. ¿Qué diablos pretenden que haga hasta que nos rescaten?

—Planear el asesinato perfecto —respondo al instante. Drew, que sigue cerca de la puerta y no parece tener intención de entrar en la biblioteca, me mira sorprendido, pero, a diferencia de Chloe, que se ha puesto pálida solo de pensar en lo que he dicho, él no parece horrorizado por mi comentario. Quizá le sorprende lo directa que he sido—. Vamos, esto está lleno de información útil. —Cojo el libro que más me ha llamado la atención y leo el título en voz alta—: Toxicología clínica. —Lo vuelvo a dejar en su sitio, aunque me quedo con el título para regresar a por él más tarde, y agarro uno que se encuentra dos filas más abajo—. Mil formas de matar.

No de morir; de matar. Ni siquiera podría considerarse una indirecta.

—Pues, a no ser que encuentres algún tipo de veneno en la cocina, creo que no tienes mucho que hacer con el primer libro —señala Kelly. La antipatía está escrita en su rostro.

—O sí —la contradigo—. Aquí nadie va a hacer ninguna autopsia, así que cualquier veneno mortal serviría. El asesino no va a tener que preocuparse por lo que puedan encontrar en nuestros cadáveres, porque no tendremos muchas formas de saber cómo murió la víctima exactamente. —Chloe vuelve a estremecerse ante mis palabras. Esta vez ella es la única que me ofrece algún tipo de reacción. Vuelvo a mirar a Kelly, que mantiene la vista fija en mí, desafiante. Me da la impresión de que es de esas personas que lo convierten todo en una competición—. Además, te sorprendería la cantidad de alimentos que poseen algún tipo de sustancia tóxica. Las semillas de melocotón contienen cianuro, por ejemplo. Lo puedes extraer mediante un proceso complicado que igual encuentras explicado en alguno de estos libros.

Y ni siquiera tendríamos que irnos tan lejos. Ya lo dijo Paracelso: la dosis hace al veneno. Cualquier sustancia puede ser tóxica si se consume en cantidades suficientemente grandes, incluso el agua.

—Oye, ¿estáis seguros de dejar que esta —Spencer me señala con el índice— sea quien manipule las bolsas con nuestra comida?

—Tú misma lo has dicho, es un método demasiado complicado —me dice Kelly, ignorando el comentario de Spencer—. ¿Por qué va alguien a hacer todo eso cuando puede, sencillamente, coger un cuchillo de la cocina y apuñalar a su víctima?

—Porque los venenos son mucho más sofisticados que las armas blancas —respondo con sinceridad.

La gente normal no sabe usarlas. Solo consiguen dar puñaladas caóticas y provocar heridas imprecisas y torpes. Es una forma de violencia engorrosa que, además, lo mancha todo.

—Vale, tú mi comida no la tocas. —Spencer pone sus brazos en alto y da un paso hacia atrás, alejándose de mí—. Mira que siempre tengo que mirar dos veces los ingredientes de mi comida, pero esto es demasiado.

A Najwa, que está sentada en una de las sillas que rodean la mesa, se le escapa una carcajada nerviosa.

Yo me tenso un poco. He cometido un error al hablar del tema tan abiertamente. Estoy acostumbrada a ello por la carrera que estudio y porque siento una fascinación extraña hacia las sustancias tóxicas. Me encanta saber cómo funcionan y llevo reuniendo información desde que era pequeña. Mi madre me regaló un libro sobre plantas venenosas cuando apenas era una niña y yo he seguido llenando mis estanterías con obras sobre el mismo tema hasta el día de hoy. Tobias me critica a menudo por ello. Dice que no entiende cómo consigo que los chicos que traigo a casa se queden en mi cuarto después de ver mis libros, y yo siempre le respondo que no pasan el tiempo suficiente allí como para prestarle atención a lo que hay en mi estantería.

Se me forma un nudo en la garganta al pensar en mi amigo. Debe de estar pasándolo fatal con mi desaparición. Trago saliva y aparto la sensación desesperanzada que me ha invadido de golpe. Necesito mantener la compostura.

—No os habría dicho nada de esto si tuviese pensado envenenar la comida de alguno de vosotros —le informo—. Además, estoy segura de que me mantendréis vigilada mientras maneje las bolsas. En realidad, os acabo de hacer un favor al activar vuestras alarmas internas.

—Creo que lo mejor será que dejemos de hablar de esto —decide Oliver, señalando sutilmente a Chloe con la cabeza. La chica de pelo rosa está blanca como la nieve; da la impresión de que podría desmayarse en cualquier momento—. Deberíamos irnos a nuestras habitaciones para descansar un rato.

—Un rato o un día entero —dice Sonny. Está sentada frente a Najwa, con los codos apoyados en la mesa y la cabeza apoyada en las palmas de las manos—. Yo estoy agotada.

—A mí me encantaría irme a dormir para poder olvidarme de toda esta situación. Una parte de mí está segura de que al despertarme estaré otra vez en mi casa, muy lejos de aquí, y todo habrá sido una pesadilla. —Melissa suelta un suspiro al acabar de hablar.

La mayoría asiente despacio; es una forma silenciosa de admitir que ellos también se sienten así. Lo entiendo. Estamos vivos e ilesos, rodeados de todo tipo de comodidades. Puede que nos hayan secuestrado, pero no hay cuerdas limitando nuestros movimientos ni cintas adhesivas cubriendo nuestras bocas. Estoy en una biblioteca, rodeada de gente de mi edad. No es un escenario que difiera mucho de mi día a día, y por eso me cuesta tanto creer que estoy encerrada en un lugar contra mi voluntad.

El silencio reina en la biblioteca durante lo que parece ser una eternidad. La chica alta del pelo liso, Sonny, tiene razón: estamos todos agotados.

Cojo aire y lo vuelvo a soltar lentamente antes de mostrarme de acuerdo con ella, pero Hyun se me adelanta cuando voy a hablar:

—Vayámonos a nuestras habitaciones. Ya investigaremos más mañana.

Esta vez todos, incluida yo, asentimos con la cabeza. Nos encaminamos hacia la puerta y luego nos repartimos en pequeños grupos para dirigirnos a nuestros cuartos. No nos despedimos. No decimos nada en realidad.

Abro la puerta de mi habitación utilizando la tarjeta y, tras entrar, me aseguro de que esté bien cerrada. La cama sigue tal y como la dejé antes de irme: deshecha y sucia. Estoy segura de que mi estado es el mismo, así que camino hacia el armario, saco lo más cómodo que encuentro —una camiseta de algodón, la única prenda que no se parece a los conjuntos formales que uso para ir a clase— y me meto en el baño.

Nada más mirarme en el espejo, confirmo mis sospechas: estoy hecha un desastre. Me había maquillado para ir a la galería de arte, pero todo lo que queda de ese maquillaje son manchas oscuras alrededor de los ojos y una piel sucia y agrietada.

Dudo unos segundos antes de quitarme el vestido. Las cámaras que he visto antes me inquietan, pero no me queda otra. Me esfuerzo por moverme lo menos posible, cubriéndome con las manos, antes de meterme en la ducha. Como en un hotel, hay tres botes pequeñitos en un estante de plástico adherido a la pared. Champú, gel y acondicionador. Trato de no pensar en todas las formas en las que esos productos pueden dañar mi piel y abro el grifo de la ducha, dejando que el agua fría caiga sobre mí. Deshacerme de la suciedad de mi cuerpo logra calmarme un poco.

Sin embargo, cuando salgo del baño envuelta en una toalla y veo otra vez lo sucias que están las sábanas, me vuelvo a poner nerviosa. Las quito y las dejo en una esquina de la habitación. Después me pongo la ropa que he cogido del armario y me meto en la cama, tapada con el edredón sin funda. Me tenso cuando mi cuerpo entra en contacto con la tela y con el colchón de abajo, pero me repito a mí misma que esto es mil veces mejor que usar la ropa de cama que acabo de quitar.

Antes de quedarme dormida, cojo la tablet y me meto en la aplicación de chat. Presiono las teclas con rabia.

Yo: Necesito una aplicación nueva.
Algo que me sirva de alarma.

Equis tarda apenas unos segundos en responder.

Equis: Las aplicaciones que tenéis son las que hay.
No se os va a instalar ninguna más.
Dime la hora a la que quieres despertarte y programaré una alarma que se trasmitirá solamente por los altavoces de tu habitación.

Yo: Bien. Despiértame a las ocho en punto.

Nada más enviar el mensaje, recuerdo que mi vida está en manos de la persona a la que le estoy hablando. A la que le estoy dando órdenes. De repente, el peso de mi tobillera parece aumentar y vuelvo a sentir el roce de la correa en mi tobillo.

Me molesta no poder ver la reacción de Equis ante mis mensajes. Odio no contar con ninguna pista que me indique hasta qué punto se me permite tentar a la suerte. No obstante, estoy dispuesta a tensar la cuerda un poco más.

Yo: También voy a necesitar lavar mi ropa y mis sábanas.
Y algunos productos de aseo.

Le envío una lista con el nombre de los productos que tengo en mi casa y que llevo años usando. Casi puedo oír la voz de mi madre riñéndome. «Eres imperturbable, hasta que algo se escapa de tu normalidad», me diría, tal y como ha hecho mil veces antes.

Tiene razón.

Lo único capaz de hacer que pierda los papeles es el descontrol. No sé cuándo nos sacarán de aquí, pero, hasta entonces, necesito aferrarme a algo con lo que esté familiarizada. Y, sobre todo, necesito una rutina que me otorgue una falsa sensación de control.

Equis: La lavandería está en el primer piso.
Te enviaremos los productos de la lista cuanto antes.

A decir verdad, no esperaba recibir una respuesta tan receptiva ante mis caprichos.

Una ola de alivio y de preocupación recorre mi cuerpo.

No sé cuál de los dos sentimientos pesa más.

No respondo al mensaje. En lugar de eso, dejo la tablet sobre la mesita de noche y me acomodo otra vez en la cama, con el edredón cubriéndome hasta la altura del pecho.

Cierro los ojos y el cansancio se apodera de mí.

Minutos más tarde, estoy completamente dormida.

Capítulo 3

A las ocho en punto de la mañana, los altavoces de mi habitación reproducen una música tranquila que me despierta. Me sorprende que una melodía tan suave haya sido capaz de sacarme del sueño profundo en el que me hallaba sumida, pero lo importante es que ha sido suficiente, porque necesito salir de mi cuarto en cuanto las puertas de todas las habitaciones se desbloqueen.

Tengo que llegar al salón antes que el resto.

Una hora es tiempo de sobra para arreglarme, así que, tal y como lo había planeado, en cuanto escucho el clic de mi puerta, salgo disparada hacia las escaleras. No obstante, no soy la primera en llegar al salón. Kelly está sentada junto a la mesa, con el pelo largo y rizado atado en una especie de moño desordenado. No hay ni rastro de cansancio en la piel oscura de su rostro, solamente determinación. Me examina de arriba abajo cuando me ve bajar por las escaleras. No me pregunto qué es lo que ve en mí, porque la verdad es que no me importa.

—Buenos días —digo al pasar por su lado. A continuación me siento en una de las sillas; la que está justo al otro extremo de la mesa.

—Buenos días.

—¿Dónde está la comida? —pregunto, aunque supongo que ella tampoco ha tenido tiempo de revisar la cocina para ver si las neveras están aún más llenas que ayer.

—No lo sé. El hombre de la voz distorsionada lo vigila todo, ¿verdad? Igual le ha parecido un gasto innecesario, ya que todo lo que nos dieron ayer sigue intacto en la nevera.

Es posible. Yo no toqué nada de lo que había en mi bolsa —ni siquiera la barrita energética—, y la verdad es que la idea de comer ahora sigue sin atraerme. No es que no tenga hambre, es que no me fio de Equis ni de los once extraños con los que comparto este edificio.

—Pero he oído algo antes, sobre las ocho y media. Mi cuarto es ese de ahí. —Kelly señala el que se encuentra a unos pocos metros de la escalera. Me fijo entonces en algo que no me había llamado la atención hasta ahora: hay otra puerta justo al lado. Una que no da a ninguna habitación, si no me equivoco—. Creo que alguien ha abierto la puerta del salón, se ha metido dentro y luego se ha ido.

Entonces aparece Elliot. Hoy viste una americana sencilla azul marino y unos vaqueros de color gris claro. Avanza hasta la mesa, pero no se sienta con nosotras. En lugar de eso, permanece de pie cerca de la pared.

—¿Esperamos al resto o empezamos a investigar por nuestra propia cuenta? —pregunta Kelly con impaciencia.

—Lo segundo. Vamos a la cocina. —Me levanto y les hago un gesto con la cabeza a los dos para que me acompañen.

Me sorprende que solo seamos tres. ¿Es que a nadie más le preocupa que los otros puedan intentar matarlos? ¿O acaso no han sido capaces de despertarse?

Soy yo quien abre la puerta de la nevera cuando llegamos a la cocina, y me sorprendo un poco al ver lo llena que está. Hay bolsas nuevas en todas las bandejas. Están etiquetadas con nombres, como las de ayer. Busco la de Kelly, la de Elliot y luego la mía. Al sacarla, noto que pesa bastante más de lo que esperaba. Descubro el motivo en cuanto la abro: está repleta de botes. Jabones, acondicionadores, cremas... Está todo lo que pedí ayer.

Kelly coge uno de los productos y mi cuerpo entero se tensa. «No. Toques. Mis. Cosas», quiero decirle.

—«Gel de ducha suave para pieles sensibles» —lee en voz alta, y después se fija en otro de los botes. Esta vez sin tocarlo, dice—: «Champú para cabello seco, basado en hidrato orgánico de rosa daúrica silvestre y pino enano siberiano». —Me mira con una ceja enarcada—. ¿Estás segura de que esto es un champú? Parecen los ingredientes de una poción mágica o algo así.

Le quito mi gel de las manos con un gesto suave y lo vuelvo a guardar en la bolsa.

—Íbamos a tener que pedir jabones nuevos tarde o temprano, de todas formas —me justifico—. Los botes que nos han dado son enanos.

—No me gusta nada la idea de dejar mi comida aquí —murmura Elliot, que observa el frigorífico con el ceño fruncido, y yo no puedo hacer otra cosa que asentir.

A mí tampoco me hace gracia, pero estoy segura de que Equis no es tan generoso como para proporcionarme una mininevera si se la pido. Después de todo, al ponerles las cosas difíciles a los potenciales asesinos con los que convivo, estaría saboteando su propio juego.

—No te queda otra. Vas a tener que comer todos los días así: arriesgándote a que esa comida sea tu última. —La que le dice eso no es Kelly, ni tampoco yo. Es Sonny, que acaba de entrar en la cocina.

Ya no quedan rastros de maquillaje en su rostro; ahora está completamente limpio y, gracias a eso, sus ojos de color miel parecen brillar más. Tiene una peca en el labio superior, algo que no había notado el día anterior por culpa del pintalabios corrido que lo cubría. Tiene el cabello húmedo, como si acabara de salir de la ducha, y viste una blusa de seda que cae con gracia sobre sus hombros y unos pantalones oscuros de corte recto, complementados con un cinturón de cuero negro.

Una vez más, me sorprende lo alta que es. Mide más que Elliot, y eso que hoy no lleva tacones.

—Es parte del juego —añade—. Lo de volvernos paranoicos, digo.

Mientras ellos hablan, yo me acerco a los armarios. Hay vajilla de sobra: platos, vasos, tazas, fuentes, tazones... En otro de los cajones hay todo tipo de utensilios de cocina: tablas de cortar, una espátula, una espumadera, pinzas de cocina, peladores, ralladores y... cuchillos.

Cinco cuchillos afilados de diferentes tamaños y formas que no me tranquilizan en absoluto. Recuerdo lo que Kelly dijo y reconozco que no le faltaba razón: cualquiera podría utilizar uno de estos para apuñalar a otra persona.

Sonny abre mucho los ojos cuando ve que los cojo todos y me acerco a la ventana.

—Con vuestro permiso... —La abro y tiro todos los cuchillos.

—Hostia, Violet. —Sonny suelta una risotada—. Espero que a nadie le apeteciera matar el tiempo cocinando.

Justo entonces, Isaac, el chico delgado y pelirrojo que ayer apenas habló, sale de su habitación. Lleva puesta una camiseta gris que solo consigue acentuar su palidez y unos pantalones negros de chándal. Al vernos, viene a la cocina.

—Buenos días. —Tiene cara de querer morirse; parece un fantasma o una sombra. No sé si su humor se debe a que está recién levantado, a la situación o a que le da pereza la vida en general.

—Buenos días para quien los tenga —bufa Elliot.

Nos hemos ido a reunir los más amigables del grupo.

—Vuelvo en quince minutos —anuncio—. No toquéis nada.

Cojo mi bolsa y me marcho antes de que puedan decirme algo. Cuando llego al segundo piso, donde está mi cuarto, me encuentro con Drew, que acaba de salir del suyo. Su figura denota una tranquilidad que contrasta con mi prisa interior.

La luz de la ventana le da de lleno en la espalda y a mí me ciega un poco. Solo alcanzo a echarle un vistazo a su aspecto general: viste una sudadera gris y unos vaqueros oscuros, y el pelo, de un rubio apagado, le cae en mechones rebeldes sobre la frente.

—Hola. —Acompaña el saludo con un gesto relajado.

—Hola.

—Vienes del piso de abajo. —No es una pregunta, porque si lo fuese, la respuesta sería obvia. Mira la bolsa de papel que estoy sujetando—. ¿Alguna novedad?

—Han traído más comida esta mañana, antes de que abrieran las puertas de nuestras habitaciones.

—¿Y te la llevas a tu habitación? —Alza ambas cejas. Me fijo en sus ojos, grises y profundos.

—Eso estoy haciendo, sí.

No la dejaré allí porque el menú de hoy también necesita conservarse en frío, pero me he olvidado mi tablet en mi cuarto y, de todas formas, tenía que dejar los jabones en el baño. No obstante, Drew no necesita saber que la bolsa regresará a su lugar de origen dentro de un rato.

—Nos vemos —le digo, dirigiéndome a mi cuarto.

—Claro. Disfruta de tu desayuno.

Una vez que estoy en mi habitación, lo dejo todo sobre la cama y busco la tablet. En el plano de la casa no hay ninguna lavandería; es algo de lo que me he dado cuenta esta mañana. Equis dijo que estaba en el primer piso, pero, según el dibujo, ahí solo hay cuatro salas: las habitaciones de Kelly e Isaac, el salón y la cocina. ¿Significa eso que la puerta que hay junto a la escalera es la que lleva a la lavandería? ¿Y por qué no está incluida en el plano de la casa?

En el plano hay dibujado un saliente rectangular al lado de la escalera, pero no es lo suficientemente grande como para representar una habitación entera, por pequeña que pueda ser. No obstante, si eso no es la lavandería, ¿dónde puede estar?

Guardo los productos nuevos en el baño antes de regresar a la primera planta. Me dirijo directamente a la puerta que hay al lado de la escalera y giro el pomo. Se abre sin problemas, pero lo que hay detrás no es una lavandería y tampoco una habitación: son unas escaleras. Lo único que las ilumina ahora mismo es la luz proveniente del salón, así que, si me meto y cierro la puerta detrás de mí, me quedaré completamente a oscuras. Por suerte, aunque no haya ventanas, sí que hay un interruptor en la pared que me permite encender una pequeña bombilla.

—¿Qué es esto? —pregunta una voz masculina a mis espaldas. No necesito girarme para saber a quién pertenece; he hablado con él hace apenas diez minutos—. ¿Un sótano?

Asiento con la cabeza.

—Creo que la lavandería está ahí abajo.

—No sé si podemos entrar. —Me detiene antes de que dé un paso hacia delante. Su mano es enorme y cálida y me aprieta la muñeca con delicadeza—. Me fijé en esta puerta ayer, pero no pensé que pudiésemos abrirla. No está en el plano, así que es probable que tu tobillera se active si entras.

Frunzo el ceño. ¿Acaso cree que soy tonta?

—Hay un saliente en el plano del primer piso. Creo que cubre las escaleras.

—Pues... adelante —Me suelta y hace un gesto con la mano, invitándome a pasar, mientras me sonríe con picardía—. Las damas primero.

—Todo un caballero —ironizo.

Drew suelta una carcajada suave a mis espaldas.

Podría dejar que alguna de las otras diez personas bajara primero, solo por si acaso, pero estoy segura de que tengo razón en cuanto a lo del saliente, así que doy un paso hacia delante y comienzo a bajar las escaleras. Segundos más tarde, y tras confirmar que sigo viva, Drew decide seguirme.

Frente al último escalón encontramos otra puerta, la cual abrimos sin dificultades. Se trata de un pequeño cuarto sumido en la penumbra debido a la ausencia de ventanas. Tras presionar el interruptor de la luz, se enciende una pequeña bombilla que apenas ilumina la estancia.

—Parece que tenías razón. —Drew habla a mis espaldas.

Y sí: hemos dado con la lavandería.

En el centro de la habitación hay una tabla ancha de madera flanqueada por dos lavadoras y dos secadoras relucientes. Son modelos nuevos, a juzgar por su diseño y sus superficies, que brillan bajo la luz tenue de la lámpara. En la pared izquierda se alza un pequeño armario. Justo al lado, hay una pila con grifos. En la pared opuesta solo hay un tendedero, pero es tan largo que ocupa toda esa zona.

Drew se acerca al armario y revisa su contenido con curiosidad, permitiendo que yo también le eche un vistazo. En los estantes superiores encontramos un cubo con pinzas, un par de perchas y varios productos de limpieza dispuestos de manera ordenada. En la parte inferior hay una plancha con su respectiva tabla, una fregona y una escoba.

—Perfecto —digo en voz baja, satisfecha.

—Habría sido aún mejor encontrar una salida, pero sí, esto no está mal. ¿Avisamos al resto?

—Cuando haya terminado de lavar mis cosas —contesto, y Drew esboza una sonrisa complaciente. Tengo la impresión de que le hace gracia que sea tan directa y tan clara con mis intenciones.

Me sitúo frente a la lavadora y me doy cuenta entonces de lo complicado que parece todo. Tiene... demasiados componentes. Demasiados botones con dibujos y palabras que no entiendo. Pensaba que la lógica me serviría de guía, pero aquí hay mucho a tener en cuenta. ¿Qué son todos estos programas?

—¿Qué pasa? —pregunta Drew al verme tan desconcertada—. ¿No sabes cómo funcionan las lavadoras?

—Nunca he puesto una —admito un poco avergonzada. Se me dan bien otros quehaceres, pero en mi casa es mi padre el que se encarga siempre de hacer la colada para compensar su ineptitud en la cocina. Yo, como mucho, sé que hay que separar la ropa blanca de la de color—. ¿Dónde están las instrucciones?

—No creo que estén aquí. Habrán supuesto que todos sabemos poner lavadoras.

Dejo escapar un suspiro de frustración. ¿Cómo voy a lavar las sábanas de mi cama si no sé ni dónde se pone el detergente? No tengo ni idea de por dónde empezar, y tampoco puedo buscar un tutorial en internet. Espero que en la biblioteca haya un manual de instrucciones básico para las tareas del hogar, porque de lo contrario...

—¿Quieres que te enseñe a usarla? Es más fácil de lo que parece.

Miro a Drew. Tiene las manos metidas en los bolsillos y me observa con una mezcla de curiosidad y ternura. A lo primero estoy acostumbrada; lo segundo es nuevo. Me han descrito de muchas formas a lo largo de mi vida, pero nunca utilizando la palabra tierna. Estoy más acostumbrada a adjetivos como controladora, maniática, orgullosa o inalterable. Y, sin embargo, aquí está él, mirándome como si mi desconcierto y mi inutilidad para lavar la ropa le pareciera adorable.

No me gusta. Me hace sentir mimada y dependiente.

—¿A cambio de qué?

Ladea un poco la cabeza, pero su expresión no cambia. Él sí que es inalterable. Es la personificación de la serenidad, no solo por lo que parece sentir, sino también por lo que transmite. Hay algo en su mirada grisácea que inspira tranquilidad y confianza.

—No tengo nada mejor que hacer, Violet.

—No has desayunado.

—Puedo hacerlo luego. Esto no nos llevará más de cinco minutos.

Dudo un segundo, pero acabo aceptando porque no me queda alternativa y porque, en realidad, no es para tanto. Solo me va a enseñar a verter el detergente en el compartimento correcto y a presionar un par de botones.

Vuelvo a mi habitación y recojo todo lo que quiero lavar. Drew hace lo mismo y luego volvemos a encontrarnos en la lavandería. Entonces mete sus sábanas y su ropa sucia en una de las lavadoras y me indica que haga lo propio en la otra. Después empieza a explicarme lo básico.

Me descubro a mí misma prestando atención a detalles en los que no debería fijarme. Y no hablo de la lavadora. Hablo de él. Me cuesta definir lo que veo cuando le miro porque, aunque su expresión es suave, los rasgos angulosos de su rostro están lejos de serlo. Tiene los dedos largos y las uñas cortas y redondas. Al inclinarse para revisar que he seguido sus instrucciones correctamente, su cuello queda muy cerca de mi nariz, y una mezcla de olores cítricos y dulces inunda mis fosas nasales.

Es un aroma agradable, incluso más que el del detergente.

—Listo. Ahora solo hay que esperar a que termine de lavarse.

—¿Y eso cuánto tarda?

—Lo pone aquí. —Señala la pequeña pantalla del electrodoméstico—. Cincuenta y tres minutos.

Arrugo el entrecejo. Sigo sin poder programar alarmas desde mi tablet. ¿Voy a tener que estar pendiente del reloj hasta que esto acabe de lavarse?

—¿A qué viene esa cara? —Me mira sonriente. Es el único, aparte de Najwa, al que he visto sonreír. En el caso de ella, el gesto provenía del nerviosismo. En el de Drew, nace del entretenimiento y la comodidad—. ¿Se te ocurre un pasatiempo mejor que esperar pacientemente mientras ves cómo la ropa da vueltas dentro de la lavadora?

—Pues sí. —A lo mejor soy la única a la que le han dado todo lo que necesita para mantenerse ocupada, porque Drew alza una ceja y la curiosidad se refleja en su gesto. Sé que no tengo por qué darle explicaciones, y quizá no debería, pero la forma en la que me mira me impulsa a continuar—: Mi habitación está llena de libros útiles sobre medicina. Voy a pasarme la mañana estudiándolos.

—¿Porque estás interesada en la medicina o por lo que dijiste ayer sobre los venenos? —pregunta, y parece genuinamente interesado en mi respuesta.

Pero solo percibo eso: interés. No preocupación.

Sigue sonriendo como si me considerara inofensiva, pese a todo lo ocurrido ayer. Puede que él no se haya tomado en serio nada de lo que dijo Equis, pero ¿quién le dice que yo no? Podría estar desesperada por huir de este sitio y, si decidiera seguir las reglas del juego, él solo sería un daño colateral.

Estamos en un cuarto que nadie más conoce. He pasado por la cocina esta mañana. Drew no tiene forma de saber si he cogido algo más que mi comida, y tampoco sabe que he tirado los cuchillos por la ventana... Podría haberme quedado con uno, como Kelly sugirió ayer.

—No parece que te perturbe en exceso —señalo.

—Entonces ¿se debe a lo segundo?

—No. Estudio medicina y quiero mantener una rutina que se parezca a la que sigo normalmente.

No sé por qué le digo esto. Quizá porque tengo miedo de que crea que planeo envenenar a alguien. No quiero que me prohíban acercarme a la nevera por culpa de mi interés educacional.

La sonrisa de Drew se ensancha. Tendría que parecerme escalofriante bajo la escasa iluminación de la lavandería, pero casi parece que tiene luz propia.

—Vaya. Así que piensas seguir estudiando aun cuando te han secuestrado. Qué chica tan aplicada. —La risa suave que sale de sus labios me relaja los músculos.

Es entonces cuando me doy cuenta de que yo también me he metido en un cuarto oculto con una persona que tiene motivos para querer matarme. ¿Quién me dice a mí que Drew no está dispuesto a participar en el juego de Equis? ¿Quién me dice que no está desesperado por salir de aquí?

Retrocedo con el corazón acelerado. Drew no se mueve del sitio, pero sé que se da cuenta del repentino cambio en mi expresión corporal, porque hace dos segundos estaba relajada, y ahora estoy tensa como las cuerdas de una guitarra.

Doy otro paso hacia atrás. Esta vez, se mueve conmigo. Muy lentamente, avanza para volver a reducir la distancia que nos separa.

Un escalofrío me recorre la espina dorsal.

—¿Estás bien? —Su voz es suave como una canción de cuna. Su presencia es envolvente y relajante. Tiene el mismo efecto que una benzodiazepina.

Debería llevar mucho cuidado con él, porque es el tipo de persona que te hace bajar la guardia sin darte cuenta y, cuando vuelves a estar alerta, te encuentras... atrapada entre el armario y la lavadora, como me acaba de pasar a mí. Detrás tengo una pared, y delante lo tengo a él.

Se me ha disparado el pulso y lo noto en las sienes.

—Les he dicho a Kelly, a Elliot, a Isaac y a Sonny que volvería a la cocina en quince minutos. No los conozco mucho, pero dudo que sean la clase de personas que llevan bien la espera.

Me observa en silencio durante otros dos segundos, los cuales se me antojan eternos. Finalmente, dice:

—Estoy seguro de que tienes razón.

Se aparta un poco para dejar que pase por su lado sin necesidad de acercarme a él. Es un gesto considerado, pero no quiero darle muchas vueltas ni agradecérselo. Solo quiero salir de aquí.

La última sala que me queda por ver es un gimnasio. Decido ir a verlo antes de ponerme a estudiar, mientras mi ropa sigue lavándose en el sótano. Drew me ha dicho que tendré que bajar otra vez para que me enseñe cómo secar las cosas y, aunque la idea de quedarme a solas con él no me emociona, supongo que no me queda otra.

Subo al tercer piso y voy directa hacia la sala que está a la izquierda de las escaleras. Al entrar, me encuentro rodeada de máquinas que no he usado ni usaré en toda mi vida. Oliver y Kelly, por el contrario, parecen más que familiarizados con ellas. Kelly está ejercitando los brazos y las piernas en una máquina de remo. Me echa un vistazo con el rabillo del ojo y después sigue a lo suyo. Oliver, que estaba corriendo, disminuye la velocidad al verme y se baja de la cinta ergométrica para poder hablar conmigo. Su camiseta de tirantes está empapada de sudor, y la piel le brilla bajo la luz del gimnasio, que no es poca. Hay unas luces empotradas en el techo que van desde la puerta hasta el fondo de la sala.

—Hola —me saluda sonriente—. ¿Tú también vienes a entrenar?

Lo habrá preguntado con el único propósito de entablar conversación, porque es evidente que no estoy aquí por el deporte. Llevo puestos unos tejanos estrechos, una blusa de color rosa palo y los mismos zapatos que ayer: unas bailarinas negras.

—No, solo quería echarle un vistazo a la sala. —Me acerco a una de las máquinas. Está impecable. No veo ni un rasguño que dé a entender que ha sido usada antes—. Parece que la casa viene bien equipada.

—Es una pasada —dice—. Me alivia saber que no voy a perder la forma por estar aquí encerrado.

Asiento con la cabeza, un poco distraída porque sigo admirando todo lo que hay en el gimnasio. Oliver tiene razón: es una pasada, y no solo por las máquinas de alta calidad, sino también por lo que las rodea. El suelo es de goma resistente y amortiguadora. Una de las paredes está cubierta de espejos que amplían visualmente el espacio y que permiten verificar la forma y la técnica durante el entrenamiento. En otra hay una serie de estantes metálicos alineados donde hay pesas, mancuernas, bandas de resistencia y más accesorios de entrenamiento.

Estrecho un poco los ojos mientras examino esa parte concreta del gimnasio. Recibir un golpe con alguno de esos objetos pesados podría resultar letal. En caso de que las pesas o las mancuernas se utilizaran como arma, las sospechas irían dirigidas hacia Oliver principalmente. Estoy segura de que más de uno —como Drew, Hyun y Kelly— sería capaz de levantar las más pesadas, pero él es el único que podría usarlas para golpear a alguien con precisión.

—Si en algún momento cambias de opinión y te entran ganas de empezar a entrenar, esto te irá mejor que las máquinas —aprueba Oliver.

Debe haber pensado que estaba evaluando las pesas con interés deportivo. Me pregunto qué diría si supiera que, en realidad, estaba analizando su utilidad como arma letal.

—Como mucho usaré la cinta de correr, pero gracias por el consejo.

—Ah, sí. Esa no es muy complicada —se ríe. Es un sonido amable, aunque la conversación en sí esté siendo un poco incómoda debido a lo forzoso de la situación. No necesitaba que se acercara para hablar conmigo, y me gustaría decirle que prefiero que siga con su entreno mientras yo termino de examinar la sala, pero está siendo muy simpático y no quiero devolverle el favor con hostilidad—. De todas formas, si necesitas cualquier cosa, no dudes en preguntar. Trabajo como entrenador en un gimnasio, así que puedo enseñarte algunas cosas.

Casi esbozo una sonrisa. Si vuelvo a casa sabiendo lavar la ropa y levantar pesas, mis padres van a pensar que le han devuelto a una hija que no es la suya, y tendría que dejar de visitar a Tobias tan a menudo porque empezaría a pedirme que le ayudase con la colada.

Agradezco la oferta de Oliver y continúo revisando los instrumentos de la sala. Me hago una lista mental de todo lo que encuentro. Mientras tanto, Kelly sigue remando y Oliver no tarda en reanudar lo que estaba haciendo antes de que entrara en el gimnasio.

Me sorprende un poco que estos dos estén utilizando estas instalaciones tan pronto. Han pasado menos de veinticuatro horas desde nuestro secuestro y, en lugar de venirse abajo, han decidido matar los nervios y el miedo a base de cansar el cuerpo. Supongo que tiene más lógica que lo que he hecho yo: programar una lavadora.

El problema es que la situación me sigue pareciendo demasiado surrealista como para que mi subconsciente se la tome en serio. Spencer dijo de broma lo de las vacaciones pagadas, pero no iba tan mal encaminado. Estamos en un edificio de cuatro plantas, sin contar el sótano, por el cual nos podemos mover libremente. Los muebles son nuevos y tenemos una biblioteca y un gimnasio. Las neveras están llenas y mañana contendrán aún más comida y bebida. Ni siquiera me he visto obligada a prescindir de mis productos de aseo favoritos. ¿Qué clase de secuestro tan generoso es este?

Salgo del gimnasio con la intención de encerrarme en mi cuarto durante el resto de la mañana, pero el estómago me ruge justo antes de entrar, recordándome que llevo un montón de horas sin comer nada. Cedo a las demandas de mi cuerpo y termino bajando a la cocina, que ahora está vacía. En el salón sí que hay gente. Najwa, Melissa y Spencer están sentados junto a la mesa, charlando.

Los saludo brevemente antes de meterme en la cocina, y es ahí donde empiezo a ponerme nerviosa. Sigo sin querer probar bocado de lo que hay en la nevera, pero no tengo elección. Ayer bebí agua porque estaba deshidratada y no me quedaba más remedio. Hoy tengo el mismo problema con la comida... y también con todo lo demás. Tengo que usar platos, vasos y cubiertos que pueden haber sido manipulados por otras personas, y da igual las veces que los lave, porque la sensación de que algo se escapa de mi control no se va.

Me obligo a abrir la nevera. Tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano por no coger solamente las barritas energéticas y la fruta y dejar el resto de los alimentos donde están. Al final, termino cogiendo todo el desayuno: la fiambrera que contiene beicon, huevos y un par de tostadas, el tetrabrik de zumo de piña y la bebida cafeinada, que no es más que un café con leche, de ración individual, que viene en un vaso de plástico sellado.

Me consuela que sea un menú tan estándar. Sabían que Spencer era vegano y que Najwa no comía carne, pero solo conocen eso: datos superficiales. Nos han estado vigilando, pero no lo suficientemente de cerca como saber que siempre desayuno yogur con frutas o que me gusta que el café tenga un toque avainillado.

—¿Quieres desayunar con nosotros? —me pregunta Melissa cuando estoy a punto de subir las escaleras. Tiene mejor aspecto que ayer.

—Otro día, quizá. —Esbozo una sonrisa educada antes de marcharme del salón.

Desayuno sola y en silencio, con la única compañía de un libro abierto. Me cuesta leer mientras como, así que apenas he llegado a la segunda página cuando mi mente empieza a divagar.

Por primera vez en lo que llevo encerrada en este sitio, me permito pensar en todo lo que echo en falta. En un solo día no me ha dado tiempo a extrañar a nadie, pero sí que me gustaría poder contactar con mi familia, más por ellos que por mí. Conociendo a mis padres, sé que deben de estar de los nervios. Se me encoge el corazón cuando me imagino el miedo que deben de estar pasando.

Me gustaría poder decirles que estoy bien.

Porque es verdad: estoy bien. Hasta que la realidad nos golpee a todos en la frente, estaremos bien.

Me llevo un trozo de beicon a la boca y lo mastico lentamente, a la espera de que me ocurra algo malo solo por el hecho de haberlo ingerido. Me trago el trozo y aguardo unos minutos. No sucede nada. Si estaba envenenado, puede que la toxina sea de acción lenta. O, si se trata de un veneno instantáneo, puede que hayan jugado un poco con la dosis y nos lo estén racionando para así alargar un poco nuestro sufrimiento.

Suelto un suspiro y me como otro trozo de beicon.

Espero que mis padres se estén enfrentando a la situación con más optimismo que yo.

Al menos, consigo terminarme el plato sin sufrir tanto como esperaba. Supongo que eso significa que he superado la prueba y que no voy a perder la calma todavía.