
Me encantaba correr. Nunca me sentía tan libre como cuando corría contra el viento con el sol en la cara y sin un lugar especial al que ir.
Pero correr huyendo de mi ex mejor amigo porque se le había metido en la cabeza hacerme un nudo con las piernas no me hacía la misma gracia.
—¡Cuando te pille, te machacaré, Hector!
Pensé en tres o cuatro contestaciones que gritarle, pero no podía desperdiciar fuerzas si quería mantenerme por delante de Blake Nesbitt. A él también le gustaba correr, y lo conocía lo suficiente como para saber que era algo más rápido que yo.
Todo había empezado en el vestuario. Acababa de quitarme el uniforme de la escuela y ponerme la ropa de gimnasia cuando Blake me atacó sin motivo. Me sorprendió tanto que caí hacia un lado, lo que fue providencial para evitar el puñetazo. ¡No podía creer que quisiera pegarme! Nunca había visto que intentara pegar a nadie. Me volví hacia los demás chicos en busca de ayuda, pero todos miraban a otro lado, demasiado asustados como para interponerse entre Blake y yo. En vista de que no podía esperar ayuda, me escurrí hacia la puerta.
En cuanto estuve fuera, esprinté como un loco hacia la pista de atletismo, buscando un lugar en el que esconderme. No podía dejar que Blake me pillara, si quería sobrevivir. Podía correr hacia las gradas, pero eso no iba a darme mucha protección, o podía probar a ir hacia los árboles del final de la pista, pero si el entrenador me pillaba allí, Blake pasaría a ser el menor de mis problemas.
Había otro lugar en el que podía esconderme. Más allá de la pista estaba la antigua rectoría, un edificio de dos plantas con ventanas mugrientas que gritaba «¡Soy una casa encantada!». Era el último vestigio que quedaba en pie de la primera escuela católica de Saint Lawrence, construida en la década de 1950. Según los rumores, por la rectoría se paseaba un fantasma, y yo esas cosas me las creía, lo mismo que la mayoría de chicos de Saint Lawrence. En circunstancias normales, no me habría acercado a más de diez metros de ese lugar, pero esperaba que el miedo que Blake tenía a los fantasmas lo hiciera desistir de seguirme. Cuando llegué a la casa, me detuve para recuperar el aliento.
¡Hector! ¡Por aquí!
Ahí sí que dejé de respirar. El aire caliente y húmedo se hizo gélido. Se me puso la carne de gallina en los brazos y se me erizaron los pelos del cogote. Miré alrededor para cerciorarme de que ningún otro chico me estaba gastando una broma. Pero no, estaba solo ahí detrás de la rectoría, y no reconocía aquella voz. Me rechinaba en los oídos, y sentía como un dolor en el cerebro.
¡Date prisa, Hector!
Me estaba imaginando cosas. Tenía que ser eso. Porque la alternativa era que el fantasma de Saint Lawrence me estaba hablando. Y sabía mi nombre.
Un grito desde la pista me sacó de mi estupor. Blake se acercaba. No sabía qué hacer. ¿Seguir a un fantasma al que no podía ver o arriesgarme a enfrentarme a mi examigo? No tenía ni idea de lo que quería de mí el fantasma, pero las intenciones de Blake estaban muy claras.
¡Por aquí, Hector!
Escogí al fantasma.
Rápidamente, pero con mucho sigilo, fui hacia la parte posterior del edificio, pegadito a la pared. Cuando se había fundado Saint Lawrence, la rectoría era el lugar en el que vivían los curas. Ahora, la escuela la usaba para almacenar mesas, libros de texto, equipamiento deportivo y todo el material que no necesitaban en el edificio principal. Nunca había estado allí. Los estudiantes lo teníamos prohibido. Derrick Boyd juraba que se había metido una vez y que había visto arañas tan enormes como balones, escurriéndose por todas partes, y que en las paredes crecía una capa negra y gruesa de moho. Según Derrick, además, su hermana era una androide, sus padres eran falsificadores de arte internacional y él había capturado un tiburón blanco un día que pescaba en la playa, así que dudaba que realmente hubiera estado alguna vez en la rectoría.
Tampoco parecía que yo fuera a conocer esos interiores. La puerta estaba cerrada, y aunque empujara con fuerza, no se movía lo más mínimo.
—Si hay alguien ahí, que me deje entrar, ¡por favor!
Unas persianas cegaban las ventanas de la planta baja, tal vez para mantener alejados a los intrusos como yo.
Según parecía, no había remedio para mí. Yo era como esa tostada demasiado quemada que no puedes salvar por mucho que la embadurnes de crema de cacahuete. Sentí que me ahogaba una oleada de desesperación. Era como si alguien hubiese aspirado toda la alegría de mi cuerpo y me hubiera dejado vacío. Lo más sensato era darme por vencido. Blake tenía todas las de ganar, así que... Hasta el curso pasado yo había sido más alto que él, pero en verano había ganado unos cuantos centímetros, con lo que me había dejado solo con el título de enano de la clase de sexto.[1] Ahora él era más grande, más fuerte y más rápido que yo. Lo mejor que podía hacer era rendirme.
Se oyó un clic, y cuando miré, vi que la puerta se había abierto.
—Pero ¿qué…?
Volví a agarrar el pomo.
—¡Estás muerto, Hector!
Blake Nesbitt apareció de pronto por la esquina. No me lo pensé dos veces: corrí. Pero esta vez no tan rápido como habría sido deseable. Blake me pilló antes de que pudiera alcanzar la pista. Cargó contra mí por detrás y caímos en la hierba. Apenas tuve tiempo de volverme y quedar boca arriba cuando él se sentó a horcajadas sobre mí y empezó a darme puñetazos en el estómago y las costillas. Me sorprendía tanto que me estuviera pegando de verdad que tardé un momento en recordar que tenía que defenderme.
—¡Ya sé que has sido tú, Hector! —Blake escupía las palabras con tanta rabia que me las proyectaba como balas.
Quería zafarme de él, pero corría mejor que peleaba, y ya ves lo bien que me había ido corriendo.
—¡Yo no he hecho nada!
No tenía ninguna posibilidad de escapar, así que hacía lo que podía para protegerme la cara.
—¡Me has quemado el proyecto de ciencias! —gritó Blake—. ¡La Musser me ha puesto un cero porque no le he entregado nada!
Los chicos de las clases este y oeste de sexto se reunieron a nuestro alrededor para ver cómo Blake me apalizaba. Algunos incluso lo animaban. Yo mantenía la esperanza de que Alex, Gordi o Evan pararan la pelea, pero no los vi por allí.
Blake me hundió la rodilla en la cadera.
—¡Admítelo! ¡Admite que me has quemado el proyecto de ciencias!
Blake Nesbitt vivía a unos cuantos bloques de mi casa, de modo que me había resultado fácil ir hasta allá, saltar la valla del jardín, donde había pintado el diorama de ciencias y lo había dejado secando, y pegarle fuego. Había sentido que se hacía justicia al ver que los dinosaurios se convertían en charcos de plástico al pie del volcán de papel maché que había hecho Blake. Y por mucho que tuviera un buen motivo para destruir su trabajo, en un rincón de mi corazón me sentía culpable por que la coronel Musser lo hubiera cateado.
—¡El trabajo era tan malo que quizá se haya incendiado a sí mismo!
Sí, bueno, no tan culpable...
Blake echó atrás el brazo para lanzarme otro gancho cuando una manaza lo agarró por la muñeca y lo levantó, separándolo de mí. Retrocedí, dolorido, pero intacto.
El entrenador Barbary se cernía sobre nosotros, mirándonos como Zeus desde el Olimpo, dispuesto a desintegrarnos con un rayo.
—¡Tenéis exactamente tres segundos para explicarme qué ocurre aquí! ¡De otro modo, desearéis no haber nacido!
Hombre, para eso ya era un poco tarde, ¿no?

El entrenador Ulysses Eugene Barbary probablemente se había empezado a afeitar a los seis años. Todos los días se ponía un polo de poliéster y unos shorts también de poliéster de por lo menos una talla más pequeña que la suya, unos calcetines blancos hasta la rodilla y unas zapatillas de deporte, con un pito alrededor del cuello. Del escote le salía una espesa mata de pelo que se juntaba con la poblada barba, y sus brazos musculosos eran más gruesos que mi pecho. ¿Se escondería algún oso entre las ramas del árbol genealógico del entrenador Barbary?
—Os he hecho una pregunta, chicos, y estoy esperando una respuesta. —Aquella voz era un gruñido áspero y grave—. Rápido.
Miré un momento a Blake. Tenía los ojos clavados en el suelo y los labios apretados. Él había empezado la pelea, pero yo no creía que fuera buena idea decírselo al entrenador. Era algo entre Blake y yo, y conservaba la esperanza de que él también lo entendiera así.
El entrenador Barbary pasó a mirarme de forma muy intensa.
—En pie, Griggs.
Me dolía al respirar, e hice una mueca mientras me incorporaba.
—Aguántate —dijo el entrenador—. Tengo un sobrino de dos años que podría pegar mucho más duro que Nesbitt.
Los otros chicos se rieron.
El entrenador Barbary se alzaba sobre Blake y sobre mí, emitiendo vibraciones tan malas como las de un padre enfadado al volante durante un viaje.
—Pues muy bien. Si no queréis hablar, chicos..., entonces vais a correr...
—¡No hay derecho! —dijo Blake por fin.
—Y si ninguno de los dos me cuenta quién empezó la pelea, seguiréis corriendo cada día, hasta que uno se decida a hablar. —El entrenador cruzó los brazos sobre el pecho—. Venga. ¡A correr!
A pesar del dolor, salí tras Blake a ritmo de jogging por la pista de atletismo y bajo el sol abrasador de Florida. A cada dolorosa zancada recordaba que el entrenador me castigaba básicamente por haber sido utilizado como saco de boxeo. Pero no había manera de decirle nada. Si el entrenador Barbary tenía algo de humanidad, la guardaba oculta bajo los dedos de sus pies infectados por hongos.
Las piernas de Blake, más largas que las mías le daban una pequeña ventaja, y pensaba que me iba a dejar atrás. En lugar de eso, cayó ante mí. Irradiaba odio, lo transmitía como una torre de radio, y yo no disponía de los medios adecuados para cambiar de onda.
Como ya he dicho, Blake había sido mi mejor amigo.
Estaríamos en mitad de cuarto[2] cuando mi madre volvió a casarse. Mi padre nuevo tenía dos hijos —dos y tres años mayores que yo— que iban a Saint Lawrence, y mi madre había decidido que, aunque yo no fuera católico, sería conveniente que fuéramos a la misma escuela. Así que me arrancó del mundo que me era familiar y me soltó en medio de ese planeta alienígena sin chicas, en el que se suponía que iba a ir a misa y a llevar un uniforme horrible. Por si ser el nuevo fuera poco, la gran mayoría de chicos de Saint Lawrence ya se conocían, y no tenían ningún interés en conocerme a mí.
Blake había sido la excepción. A los dos nos gustaban los cómics y estábamos obsesionados con juegos de rol como Dragon Quest o Final Fantasy. Me presentó a algunos de sus amigos y se ofreció a enseñarme cómo funcionaba todo aquello y cómo podía mantenerme a salvo. La verdad es que luego era él quien nos metía en líos, pero a mí no me importaba. Pasamos el resto del curso y el verano siguiente juntos. Blake fue mi primer amigo íntimo real. Nunca había encontrado a nadie con quien pudiera hablar de cualquier cosa, por molesta que fuera. Él siempre me escuchaba y no se reía nunca. Nos hicimos inseparables. Pensaba que íbamos a ser mejores amigos para siempre.
Hasta hacía dos semanas.
—Has empezado tú —le dije.
Blake soltó un bufido.
—Si me dejas en paz, yo te dejo en paz —le dije—. ¿Vale?
Pero el desdén de su actitud era venenoso. Era algo impropio de mi mejor amigo.
—No, no vale. Cuando acabe contigo, Hector, te habrás arrepentido de haber encendido esa cerilla.
Y pegó un acelerón, con ganas de poner tierra por medio.
—Lo hice con un mechero —dije.
Pero Blake ya estaba demasiado lejos.

Sentado atrás en el coche de policía de mi padrastro, pensaba en cómo se había liado todo tanto. Mi hermanastro Jason, a mi lado, explicaba una historia con salsa de pizza saliendo por la nariz de alguien, y le hacía tanta gracia que roncaba. Jason estaba en octavo[3] y se parecía a su padre, con la cara redonda y pecosa, aunque con todo el pelo en la cabeza. El sonido de su voz me hacía desear no tener oídos. Sí, intentaba ignorarlo para poder pensar en lo que había ocurrido en la rectoría. La puerta estaba bloqueada con el cerrojo, y luego ya no. El fantasma debía de haberla abierto. Pero ¿por qué iba a hacer algo así? ¿Por qué iba a ayudarme?
—Hector se ha metido en una pelea en educación física.
Oír mi nombre me sacó de mis pensamientos. Me volví hacia Jason y lo miré rabioso:
—¡Cállate!
Pop me miró por el espejo retrovisor mientras conducía. No ponía toda la atención a la carretera, y eso que cambiábamos de carril constantemente.
—¿Y has ganado?
Al principio me resultaba raro llamar a mi padrastro por su nombre,[4] pero tampoco me sentía cómodo llamándolo «papá». Mi padre vivía en Texas. Solamente me tocaba pasar con él parte del verano y otros días de vacaciones, pero no quería que pensara que alguien lo sustituía, así que seguí llamando Pop a mi padrastro.
Iba a contestar cuando Jason se me adelantó:
—Me han dicho que le ha llorado al entrenador Barbary.
Cerró las manos y se las puso en los ojos fingiendo que estaba berreando.
—¿Es cierto eso? —preguntó Pop.
—No —dije.
Mi padrastro volvió a mirarme por el retrovisor.
—¿No, no te has metido en ninguna pelea? o ¿no, no le has llorado al entrenador?
—No ha sido ninguna pelea —le dije—. Solo una discusión entre Blake y yo.
Jason me dio con el puño en el brazo. Él y Pop a eso lo llamaban «jugar», pero jugar con mis otros amigos no me dejaba esos moratones.
—Me han dicho que el entrenador les ha hecho dar vueltas.
Tenía comprobado que ir al mismo cole que mi hermanastro era una desventaja, porque resultaba imposible mantener los secretos. En cuanto a las ventajas, todavía no había descubierto ninguna.
—Creía que tú y Blake erais amigos —dijo Pop.
—Ya no —expliqué bajando la cabeza.
—Tienes que aprender a defenderte, Hector —dijo mi padrastro.
—¡Ja, ja! —soltó Jason—. Mejor le iría si aprendiera a correr más rápido.
Apreté la mochila contra mi pecho y no abrí la boca hasta que Pop se pasó la calle de mi profesor de piano.
—Oye, ¿adónde vas? Hoy me toca clase, ¿recuerdas?
—Tenemos que recoger las botas nuevas de Jason antes del entreno de béisbol.
Sentía que me faltaba el aire en aquel coche.
—No puedo perderme esa clase.
—Tranquilízate. Tu madre llamará y se lo explicará a tu profesor.
Jason me dio un codazo.
—¡El gran pianiiista! —dijo burlón antes de echarse a reír.
—Pero...
—Ya está hecho, deja de lloriquear.
Pop tenía muy claro que el entreno de béisbol de Jason era más importante que mi clase de piano, y eso yo no podía cambiarlo.
—Vale, pero al menos yo sí practico en mis clases, no como otros que no se levantan del banquillo… —murmuré lo bastante fuerte para que mi hermanastro me oyera.
Jason esperó a que Pop estuviera distraído para darme tan fuerte como pudo en el muslo. Me mordí el labio y contuve las lágrimas.
—Duele, ¿eh? —susurró. Y luego, más alto, añadió—: Oye, papá, igual deberíamos llevar a Hector a su clasecita. Le sabe tan mal que está llorando.
Pop negó con la cabeza.
—Aguántate, Hector. Los chicos de nuestra familia no lloran.
Pero yo quería llorar. Yo quería gritarles y que me escucharan. Quería que me dejaran en paz. Quería que dejaran de tratarme como si yo fuera el problema. Pero no lo hice, porque solamente habría empeorado las cosas. En lugar de eso, me sequé las lágrimas y miré hacia delante, para no ver la expresión satisfecha de Jason.
—Sí, señor —dije.

Lo único que había hecho fue preguntarle a Blake si quería ser mi novio.
Él, yo y el resto de chicos con los que solemos ir íbamos andando por el aparcamiento del comedor en dirección al edificio principal después de la comida. Alex Lee estaba intentando organizar una quedada de toda la noche para su cumpleaños, aunque todavía faltaban unos meses, y Greg McAllister estaba explicando algo que nadie escuchaba. Yo me fui rezagando con Blake hasta que estuve seguro de que los demás no podían oírnos, y entonces se lo pregunté.
Lo había estado pensando, y tenía sentido. Ya éramos mejores amigos. De toda la gente que conocía, Blake era la persona con la que más me gustaba pasar el rato. Eso de ser novios me parecía coherente. Ya sé que la mayoría de chicos prefieren una novia, pero yo no había tenido ninguna, y no veía nada de malo en que Blake y yo nos hiciéramos novios. Además, él tenía dos mamás, así que no me entraba en la cabeza que pudiera verlo como algo tan raro. Lo peor que podía pasar, pensaba, era que me dijera que no.
Blake se detuvo y me miró. Se le torció el labio y se le juntaron las cejas. Me miraba como si fuera un monstruo. Nunca antes me había mirado así, y hacía que me sintiera peor que aquella vez que había comido gambas en mal estado y me había pasado dos días vomitando.
Me llamó friki, aunque «friki» no fue exactamente lo que dijo. Ni siquiera mis hermanastros usaban aquella palabra que Blake me había dicho. Volvió a decirla, y añadió que quería que me mantuviera apartado de él. Que ya no éramos amigos.
Al día siguiente, seguía rehusando hablarme, y el resto de amigos también me ignoraba. Le rogué a Blake que me dijera por qué estaba tan enfadado, pero él continuó llamándome eso y rechazó contestar a mis preguntas.
Al principio me sentí solo, pero luego empecé a enfadarme. No había hecho nada malo, y Blake se me había echado encima, me había dicho cosas horribles, y había convencido a nuestros amigos para que actuaran como si yo no existiera. Fue entonces cuando decidí quemar su trabajo de investigación.
Sabía que no estaba bien, pero durante todo el tiempo que estuve mirando las llamas no dejaba de pensar que, si Blake no quería ser mi novio, bastaba con que hubiera dicho «No, gracias».
Naturalmente, en lugar de hacerme sentir mejor, destruir su proyecto de ciencias había hecho que todo fuera mucho peor.
El canturreo de mamá se introdujo hasta el comedor, donde estaba acabando mis deberes. Pop se había ido con Jason al entrenamiento de béisbol. Yo tenía tantas cosas en la cabeza que apenas podía concentrarme en mis deberes. Solamente podía pensar en Blake, en el fantasma ¡y en que el fantasma sabía cómo me llamaba!
En la escuela, los chicos explicaban montones de historias sobre el fantasma: objetos que desaparecían, la sensación de que alguien los miraba cuando estaban solos, las puertas que se cerraban de pronto... Pero hasta donde yo sabía, nunca había hablado con nadie. La primera vez que había oído mencionar al fantasma estaba en la habitación que compartía con Jason, jugando a Mario Kart con Blake cuando todavía éramos amigos. Sus madres le habían dado permiso para dormir fuera de su casa, y ya era tarde.
—¡No me pillarás nunca en la vida! —me dijo al tiempo que Princess Peach me lanzaba una bomba que me hacía dar vueltas derrapando.
Lee se metió en la habitación de pronto, sin llamar ni nada.
—¿Qué hacéis gritando como un par de niñas?
—¿Sabes quién más grita como una niña? —dijo Blake sin apartar la mirada de la pantalla—. Las valquirias, justo antes de que te den una patada en el culo.
Lee murmuró algo que me alegró no entender. Ya estaba tardando en volver a salir de la habitación. Pero en lugar de eso acabó de entrar y se sentó en el borde de mi cama.
—¿Todavía no has oído hablar del fantasma de la escuela? —me dijo.
En el videojuego me iba tan mal que ya era imposible que ganara, así que lo miré y le dije:
—¿Qué fantasma?
—¿No se lo has contado? —le preguntó a Blake.
Él cruzó la línea de meta y bajó el mando.
—En la escuela hay un fantasma.
Me miró, luego miró a Lee y puso los ojos en blanco.
—Lo mejor es que vayáis con cuidado —dijo Lee.
—¿Por qué?
Miró alrededor, como si fuera a contarnos un secreto.
—¿Sabéis ese de octavo con un mechón de pelo blanco?
Yo asentí. No sabía cómo se llamaba, pero sí que había oído que lo llamaban mofeta por eso del pelo. A mí me parecía que aquel mechón le quedaba la mar de bien.
—Pues no tenía ningún mechón blanco hasta que vio al fantasma un día que estaba en el baño.
—Eso no es cierto —dijo Blake—. ¡Mientes!
Lee levantó las manos y se incorporó.
—Como queráis. Pero eso sí, yo evitaría quedarme solo en los lavabos.
Y salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
A mí, la idea de ir a una escuela encantada no me gustaba.
—¿Es verdad eso? ¿De verdad hay un fantasma en Saint Lawrence?
Blake me puso la mano en el hombro.
—Aunque lo haya, no tienes que preocuparte, porque yo estaré contigo.
Y luego sonrió, y yo lo creí.
Pero ahora el fantasma sabía mi nombre, y Blake quería pegarme en lugar de defenderme. ¡Qué liado estaba todo, y yo no tenía ni idea de cómo arreglarlo!
—¿Quieres lamer la cuchara? —Mamá estaba junto a la mesa sujetando una cuchara impregnada de chocolate—. Estoy haciendo pudin.
En circunstancias normales, le habría arrebatado la cuchara antes de que Lee apareciera por allí y se me adelantara —tenía más olfato que un perro de San Huberto—, pero no estaba de humor.
—No, gracias.
Mamá apartó una silla y se sentó a la mesa.
—Ya sé que estás enfadado por haberte perdido la clase de piano, pero Jason necesitaba esas botas, y yo te habría llevado, pero no podía dejar el trabajo.
—Sí, claro —le dije—. Lo que tú digas.
Mamá arrugó la frente.
—Ser parte de una familia a veces implica sacrificarse por los demás.
—Pero aquí el que tiene que sacrificarse siempre soy yo. No podemos tener perro porque Lee es alérgico, no puedo comer pastel de merengue de limón el día de mi cumple porque Jason odia los limones, y en lugar de ir a la biblioteca o a museos, tenemos que ir a partidos de rugby o a pescar porque eso es lo que les gusta a Pop y a los chicos. Y siempre tengo que comer las pizzas que les gustan a ellos cuando las encargamos. ¿Por qué no las pedimos nunca con aceitunas negras y champiñones, como a mí me gustan?
Lo había escupido todo de una tacada, casi sin respirar. Cuando acabé, mi madre me preguntó:
—¿Te sientes mejor?
—No.
Mamá me puso la cuchara en la mano y esperó a que le diera un lametón reticente antes de volver a hablar.
—Esto es muy difícil para ti, y lo entiendo, Hector, pero necesito que tengas más paciencia con ellos.
—¿Por qué siempre te pones de su lado?
—En una familia, los lados no existen —respondió mamá—. Pop es un buen hombre. Ya sé que no siempre acierta contigo, pero lo intenta.
Me atraganté, y me puse a toser.
—Sí que lo intenta —insistió mamá—. A su manera. Y los chicos son... —Hizo una pausa—. Son eso, chicos.
—Y yo también lo soy —murmuré.
—Pero tú ves el mundo de otra manera. Ellos son de cantos un poco más ásperos... Si te pido más, es porque sé que puedes darlo.
No supe qué contestar a eso, así que lamí la cuchara en silencio. Normalmente, me gustaba ser parte de la familia, pero deseaba que Pop y los chicos intentaran verme tal como era. A veces tenía la sensación de que les pasaba completamente desapercibido.
—¿Hay algo más que te preocupe? —preguntó mamá—. Roy ha dicho que te has peleado con Blake…
Me metí toda la cuchara en la boca y bajé la cabeza.
—¿Ha sido por algo importante? ¿Quieres que llame a Melanie?
Melanie era la señora Nesbitt, una de las mamás de Blake. Pensé en contarle la verdad a mi madre, pero si le decía lo que Blake me había dicho y cómo había empezado la pelea, tendría que admitir también que le había pegado fuego a su proyecto de ciencias, y entonces seguro que mi madre llamaría a las madres de Blake, y hasta a la coronel Musser, y la cosa se complicaría mucho para los dos. Seguía teniendo la esperanza de recomponer mi amistad con Blake, y si dejaba que se entrometieran los padres, perdería esa oportunidad.
—Sea lo que sea, puedes explicármelo —me dijo mamá—. Sabes que te quiero, pase lo que pase.
—Sí, lo sé.
El chocolate sabía a barro, pero lamer esa cuchara me proporcionaba algo que hacer, en lugar de devanarme los sesos con mis problemas.
Mamá suspiró y se puso en pie.
—Bueno, estoy segura de que si tenéis problemas ya os las apañaréis para arreglarlos.
—¿Y si no lo conseguimos? —le pregunté—. ¿Qué hago entonces?
Mamá me revolvió el cabello y recuperó la cuchara ya casi limpia.
—¿Y si pruebas a decir que lo sientes? Eso no hace daño. ¿Por qué no empiezas por ahí?
Tal vez tenía razón. Si le pedía perdón a Blake por haberle preguntado si quería ser mi novio y por haberle quemado su trabajo, tal vez podríamos volver al punto en que estábamos antes. Solo esperaba que fuera verdad eso de que pedir perdón no hacía daño. Estaba seguro de que no podría soportar más golpes.