NOTA SOBRE LA GRAMÁTICA Y LOS SUCESOS DESCRITOS EN EL LIBRO

 

 

 

Es importante que sepas que durante la redacción de este libro he intentado usar, siempre que ha sido posible, un lenguaje in­clusivo.

Además, en el texto empleo el femenino tanto en las interpelaciones a quien tiene el libro en sus manos como en la voz narrativa: la mayor parte de las personas que atiendo en consulta y que muestran interés por el contenido que creo son mujeres.

Asimismo, al tratarse de un relato en torno a la relación maternofilial, ser yo misma una hija ha hecho que me resultara mucho más sencillo hablar en femenino.

No obstante, este libro es para cualquier persona que desee leerlo, independientemente de su identidad y expresión de género. Muchos de los conceptos y experiencias que recojo en estas páginas también pueden darse en otras relaciones diferentes al binomio madre-hija.

Las situaciones y casos que relato están basados en hechos reales, aunque, por supuesto, las protagonistas de todos ellos aparecen con nombres ficticios y, sus relatos, ligeramente modificados para preservar su intimidad.

De antemano lamento si, durante la lectura, sientes que las experiencias que aparecen aquí recogidas no reflejan la tuya, o si sientes que no te representan por completo: he escrito este libro tratando de aportar la máxima diversidad a partir de las historias que conozco de una forma directa o indirecta. Si es tu caso, espero de todo corazón que sepas que, aun así, tu vivencia es válida, aunque yo no hable de ella explícitamente.

En ocasiones describo el modelo tradicional de familia, me refiero a un padre y una madre, pues son las historias de las personas adultas que atiendo mayoritariamente. Además, en este libro ha sido de vital importancia representar este modelo para hablar de la estructura patriarcal en el rol de mujer-madre.

Con todo, en la práctica clínica tengo presentes otros modelos familiares desde una perspectiva inclusiva (familias monoparentales, homoparentales, de acogida, de adopción, reconstituidas…) y soy respetuosa con las intersecciones posibles.

Por otro lado, es bastante probable que, a medida que avances en la lectura, sientas que se te remueven ciertas heridas o que aparecen en ti algunas sensaciones incómodas de sostener.

Aunque el libro está pensado para hacer un recorrido progresivo por la relación madre-hija y lo que esta conlleva, si sientes que es demasiado para ti en este momento, te recomiendo que pares y pidas ayuda si lo consideras necesario.

No encontrarás en este libro una guía de la manera correcta de relacionarte: esto atiende a tus necesidades como hija y se repara en terapia psicológica de forma individual y personalizada.

Por último, date permiso para leer y para dejar de hacerlo; este libro ya es tuyo y puedes retomarlo cuando quieras. Recuerda que no hay un destino al que llegar, sino que tienes por delante un camino que empezar.

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ANTES DE EMPEZAR

 

NARRAR NUESTRA HISTORIA PARA SANAR NUESTRA HERIDA

 

 

 

Querida mamá:

esta carta es para ti.

Todavía no sé si te la daré o si me la guardaré para mí y nunca llegarás a leerla.

Desde hace tiempo, al pensar en nuestra relación, me he centrado en ti, pero esta vez, por primera vez, quiero hablar desde mi experiencia y de lo que necesito.

Creo que ha llegado el momento de que pueda sacar todo lo que llevo dentro.

Ha llegado la hora de escribir unas líneas que me permitan soltar el dolor y reconciliarme conmigo misma. De tener la voz protagonista en esta historia.

Sé que no será fácil ni cómodo, pero creo que es lo que necesito.

Probablemente haya partes del camino en las que te dé las gracias, o no. Y quizá haya otras partes en las que reconozca y asuma el daño y las heridas, y de ahí nazca un cambio, o no.

No sé adónde me llevará todo esto, pero confío en que nada malo me va a traer apostar por mí.

Sé que hay tantas relaciones madre-hija como madres e hijas hay en el mundo, y por eso, a partir de ahora, buscaré no compararme con nadie, aunque a veces sea inevitable hacerlo al pensar en ti.

Mamá, hay tantas cosas que me gustaría decirte…

Y creo que lo más importante no es que tú, mamá, me oigas o me leas, sino que yo tenga el valor de saber cómo me he sentido y me siento, y saber en realidad qué es lo que te diría.

 

 

Muchas de las experiencias que relataré en ocasiones pueden estar silenciadas por la falta de espacios seguros que hubo o que hay para contarlas, así que, si es tu caso, déjame que, como en la carta anterior, durante estas páginas sea tu voz para que luego, al resonar con la mía, puedas usar la tuya propia.

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INTRODUCCIÓN

 

QUERIDA MAMÁ: ME DUELES

 

 

 

Solo escribir esta frase me trae a la mente una multitud de sensaciones y recuerdos (no solo míos, también de aquellos a quienes he acompañado en su proceso terapéutico), todos ellos muy profundos. Estas cuatro palabras, tan directas, tan punzantes, tan reales, describen lo que algunas personas sienten cuando me hablan de la relación con su madre: la ambivalencia y la contra­dicción en el vínculo.

Por un lado, el «querida mamá» refleja cuánto les gustaría que las cosas en su relación fueran distintas. Es la voz de la niña interior, esa parte de ti más vulnerable y sensible que ha vivido las experiencias más agradables y desagradables de tu infancia. Es una voz que nace del amor y del deseo de cercanía; puede ser la voz que se aferra a esa imagen de la madre que quería tener, la que se formó en su infancia, a veces idealizada, porque todavía quiere que las cosas funcionen como imagina que deberían funcionar; porque tiene la esperanza de que ella vaya a cambiar y sea la persona que finalmente las cuide, las acepte y las quiera. Que sea la figura de apego y seguridad que tanto necesitó en la infancia.

Por otro lado, el «me dueles» es el rastro del impacto de lo que ocurrió y que, probablemente, sigue ocurriendo, incluso en las situaciones más cotidianas. Es el eco de las heridas generadas en el vínculo: todas aquellas experiencias adversas que no nos dejaron indiferentes a ninguna y que hoy siguen cargando e intentando sanar, y que con tanta frecuencia les duelen o generan malestar en el presente.

A diferencia de lo que solemos pensar cuando oímos hablar de relaciones disfuncionales entre madres e hijas, no es necesario haber vivido situaciones graves y extremas (traumas con T mayúscula, que contaré a continuación) para que sepas de lo que hablo. A veces podemos vernos identificadas con esta frase sintiendo sencillamente que no tenemos la peor relación con nuestra madre, pero tampoco la mejor, y no sabemos bien por qué. Y, ay, cuánto nos gustaría que nuestra madre fuese la que tenemos en la cabeza, que fuese todo lo que ansiamos y más.

 

 

De traumas y heridas

 

El trauma con T mayúscula hace referencia a un evento puntual que ha superado nuestros recursos para poder afrontarlo y regularnos, como una guerra, un accidente de coche, un desastre natural…

El trauma con t minúscula, por su parte, hace referencia a los hechos que, de manera repetida, han impactado en el vínculo y han puesto en peligro nuestra integridad física o emocional, como no recibir un buen trato.

 

Cómo se ve el trauma con T mayúscula en nuestra vida:

 

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Cómo se ve el trauma con t minúscula en nuestra vida:

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Algunas de estas situaciones son inevitables. Lo que hace que logremos integrarlas bien o no durante la infancia es el acompañamiento que recibimos tanto durante el evento como durante sus consecuencias. Y, cuando hablamos de heridas maternas, el problema radica en que, en la mayoría de las ocasiones, nos hemos enfrentado a estas experiencias solas.

Cuando un trauma con t minúscula y de carácter relacional se repite una y otra vez, se convierte en un «trauma complejo». Este es el resultado de haber estado expuestas de forma reiterada o prolongada a múltiples formas de trauma interpersonal, a menudo, en circunstancias en las que no es posible escapar debido a limitaciones físicas, psicológicas, madurativas, familiares, ambientales o sociales.

La repercusión de este trauma o herida relacional en la infancia se puede manifestar en la vida adulta a través de muchos síntomas: nuestros pensamientos y diálogo interno (el bucle mental o la rumiación, la forma en que nos criticamos y nos juzgamos a nosotras mismas, la rigidez con la que nos tratamos y el perfeccionismo al que aspiramos), imágenes, recuerdos, conductas (la impulsividad o la irritabilidad), generándonos sensaciones corporales (insomnio, problemas digestivos, bruxismo) o emociones. Cuando el trauma sucede y no conseguimos elaborarlo, se queda en nuestro cuerpo de manera fragmentada. Por ello, a través de la integración en terapia buscamos darle sentido a la experiencia y crear una historia ordenada alrededor que nos permita sanar la herida.

 

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A veces, pese a tener toda esta información a nuestro alcance, no podemos acceder a ella para construir un relato que una los hechos del pasado con las consecuencias en el presente porque algunos de estos aspectos todavía aparecen de manera inconsciente. Tomar conciencia de ellos es un paso necesario para sanar nuestra herida materna, una herida relacional.

 

Las heridas relacionales son heridas que la mayoría de las veces invalidamos porque no vemos el impacto ni las consecuencias a simple vista. No hay ninguna cicatriz en tu piel que cuente lo difícil que era sentirte invadida o sentirte sola cuando eras solo una niña o una adolescente, ninguna señal en tu cuerpo que cuente al mundo lo duro que era escuchar los juicios o críticas que recibías de una de tus principales figuras de referencia mientras crecías, o sentir que no cumplías sus expectativas.

Esto es especialmente así en el vínculo madre-hija. Muchas veces, la herida provocada por nuestra madre está oculta y, si no la sacamos a la luz, es difícil que esa relación pueda ser lo más parecida a como nos gustaría. A pesar de ello, la realidad es que casi todas las personas tenemos este tipo de heridas, pero cargamos con ellas en silencio, junto con el dolor y el malestar que nos provocan. Seguramente, la relación que tenemos con nuestra madre no es la que queremos.

Cuando Bruguera me propuso escribir este segundo libro sobre este tema en concreto, supe que no sería una tarea fácil; me asustó pensar que me pudieran considerar una «odiadora» de madres, pero mi intención siempre será darles voz a esas heridas y promocionar el buen trato hacia la niña que fuimos y la adulta que somos. Mi primer libro, Abraza a la niña que fuiste, busca ayudarte a reconectar con tu niña interior e integrar las experiencias emocionales adversas de tu infancia, en general, para sanar el malestar del presente. Pero en esta ocasión iremos más allá: hablar de las heridas maternas no es nada fácil, porque son heridas muy profundas y que nos cuesta mucho reconocer. ¿Cómo va a ser fácil asumir el daño y aceptar el dolor que proviene de la persona que, según la sociedad, más nos quiere en el mundo; aquella que nos ha dado la vida y que debería cuidarnos y querernos contra viento y marea?

Cuando compartí con mi familia y mis amigos la noticia de que escribiría este libro, todos y cada uno de ellos me respondieron con una frase del estilo: «Uf, qué temazo». Y al oír esas palabras, añadía para mis adentros: «Sí, pero claro, escribir sobre ello… ¡Menudo retazo!». Muchos de ellos se ofrecieron a contarme sus historias personales y pasarme notas de sus experiencias; así que, aunque no lo expongamos, parece que la mayoría lo hemos sufrido o conocido de cerca. Desde aquí quiero darles las gracias a todos ellos por confiar en mí y en este libro. Con sus relatos, han aportado un granito de arena muy importante para muchas de las personas que leen estas líneas.

 

 

EJERCICIO

 

Antes de empezar, tú, que tienes este libro en tus manos, piensa en qué te llamó la atención de él y qué te ha llevado a leerlo, e intenta responderte a las siguientes preguntas.

¿Qué esperas descubrir?

 

¿Cuál es la información que tienes disponible sobre tu madre y vuestra relación? ¿Cómo la describirías a grandes rasgos?

 

¿Cuáles son los cambios que te gustaría ver en ti respecto a vuestra relación?

 

 

 

Ahora deja que te cuente una anécdota que viene muy al caso: en mi casa, a raíz de divulgar sobre el impacto de las heridas infantiles en nuestra vida adulta, mis padres me dijeron medio en broma, medio a modo de reflexión, que habían recordado algunas situaciones de mi infancia, aquellas que tal vez me generaron malestar, y que no les extrañaba que tuviese tanto material para seguir escribiendo sobre esas heridas. Uno de esos episodios ocurrió durante un viaje a Disneyland París, adonde fuimos los tres después de celebrar mi primera comunión. Por altura, no me pude subir a una montaña rusa del parque, pero mis padres sí querían hacerlo, y lo hicieron sin mí. Cuando recordamos el momento, hablaron entre sí y se preguntaron: «¿Dónde se quedó Marta?».

«Creo que me quedé abajo, con las mochilas. Me dijisteis por dónde ibais a salir, y me quedé ahí sola, sentada, esperando». Aunque no recordaba esa situación puntual como una experiencia traumática, probablemente describa muchas escenas de infancia que se repitieron y en las que la soledad fue mi compañera.

Cuando hice una presentación de mi primer libro en Terrassa, la ciudad donde nací, compartí esta anécdota y, entre las asistentes, hablamos de un aspecto que me parece importante rescatar: el cambio que ha habido de una generación a otra en relación con la información disponible sobre los aspectos emocionales en la crianza o la propia salud mental. Quizá mis padres no la tuvieron a la vez que yo tampoco la tuve con quince años, a diferencia de una chica de esa edad que vino con el libro ya leído a la presentación para que se lo firmase y diciéndome lo mucho que le había hecho pensar y le había gustado.

Creo que este ha sido el punto más importante al revisar los recuerdos de mi infancia en terapia, reconocer el miedo y el dolor que mi niña interior pudo y puede sentir cuando aparece el malestar al recordar algunas escenas.

Al escribir estas líneas me doy cuenta de ese gran hallazgo. Gracias a que, en la terapia, hallé un lugar seguro donde me permití sentir todas las emociones y narrar la historia con mi voz, dejé de sentir rabia por lo ocurrido y empecé a sentir compasión por mí, por la niña que fui. (Aunque, evidentemente, también puede aparecer la rabia al recordar escenas injustas, siento que la compasión es la que mejor recoge mi dolor).

Te cuento esto y sería natural que hubiera una parte de mí enfadada que dijera: «Jolín, menudos irresponsables, ¿tan importante era una montaña rusa como para ponerme en riesgo dejándome sola?». Sin embargo, conecté mucho más con «Pobrecita, igual pasó miedo y tuvo que hacer ver que todo estaba bien y manejar sola esa situación mientras los esperaba». Esta reflexión, como te decía, me hizo darme cuenta de que los recuerdos que más dolían de mi infancia tenían que ver con la soledad, con que nadie viera mi malestar o que, si se veía, quizá no se comprendiese o se invalidase, y de quien más esperaba esto, seguramente era de mi madre.

 

 

Todas las caras del yo

 

Seguramente te habrás dado cuenta de que he hablado de distintas partes de mí cuando te contaba la anécdota y la posterior reflexión. Este lenguaje hace referencia a un enfoque terapéutico integrador y compasivo para trabajar el trauma relacional: el modelo de los sistemas de la familia interna (Internal Family System, o IFS por sus siglas en inglés). Este libro se basa en sus aportaciones.

Richard C. Schwartz, su creador, es un psicólogo clínico estadounidense que, con este enfoque, buscaba explicar las contradicciones en la recuperación de los trastornos de la conducta alimentaria. Schwartz se dio cuenta de que había unos patrones en la forma en que se describían las personas a las que acompañaba, aludiendo a partes o diferentes versiones de nosotras mismas que interactúan entre sí, y descubrió que, cuando las partes en tensión de estas personas se sentían seguras y se les permitía relajarse, experimentaban confianza y compasión, cualidades inherentes del self, nuestro verdadero yo, y a las que necesitamos acceder para reparar las heridas y fomentar el equilibrio emocional.

Como si se tratase de los integrantes de una familia, durante nuestra infancia y adolescencia las partes internas de nuestra personalidad pueden asumir roles extremos cuando aparece el trauma relacional con la intención (positiva) de protegernos en un momento en que no tenemos otros recursos que se ajusten y puedan hacer frente a la magnitud de una determinada situación. Al llegar a la vida adulta, esas partes no saben que has crecido, que puedes darte lo que necesitas, y siguen empeñadas en cumplir sus funciones originales.

En muchos casos, las estrategias que siguieron esas partes en la infancia o en la adolescencia para que sobreviviéramos, hoy en día necesitan de una actualización porque nos están limitando.

Cuando la persona de referencia en la infancia, como a menudo lo es nuestra madre, no se hace cargo de algunas partes de su personalidad (de los miedos de sus partes protectoras, por ejemplo), en esa etapa de la vida nos sentimos confusas, asumimos la responsabilidad y tratamos de darle sentido por nuestra cuenta. Si mamá nos grita y luego no asume su responsabilidad ni se disculpa por ello, creceremos pensando que hay algo malo en nosotras y que ha tenido motivos para hacerlo, o que carecemos de algo para ponerla de buen humor. Esto, con el tiempo, puede dar lugar a que desarrollemos una actitud complaciente en la vida adulta: pensamos que, si somos así, seguro que mamá no se enfadará tanto, y esto puede llevarnos a tener problemas para relacionarnos fuera de ese vínculo sin mostrar una actitud complaciente o sin entrar en conflicto por creer que los desa­cuerdos ponen en peligro toda relación.

 

 

Según mi experiencia profesional y personal, las partes de nuestra personalidad que afloran con más frecuencia son:

• Partes críticas, que asumen la responsabilidad y la «culpa» ante un conflicto.

• Partes evitativas, que procrastinan ante una tarea urgente, como la entrega de un libro.

• Partes preocupadas, que todo el tiempo están haciendo comprobaciones o rumian pensamientos ante una situación de agobio.

• Partes agresivas, que se comunican «sin filtros», sin tener en cuenta el efecto de sus palabras en la otra persona.

• Partes exigentes y perfeccionistas, que no toleran el error y señalan constantemente, juzgándonos sin miramientos.

• Partes complacientes, que están pendientes del resto y se olvidan de una misma o que dan más de lo que reciben para que todo el mundo esté bien.

• Partes desconectadas o apagadas, que tienen la sensación de que están viendo su vida como si fuera una película o somatizan todo el malestar que sienten con dolores crónicos que no salen en los valores de las analíticas más completas.

 

 

Todas estas partes tienen la intención de protegerte. El problema surge cuando continúan presentes de una forma extrema en la vida adulta y ya no existe el «peligro» que motivó su aparición. Esto, como digo, es un problema porque nos aleja de la conexión real con nosotras mismas y de la posibilidad de identificar nuestro sentir en el cuerpo, impidiéndonos relacionarnos con los demás de una forma actualizada.

En suma, seguimos en alerta sin poder disfrutar del presente, sin un diálogo compasivo y calmado, viviendo unas relaciones en las que experimentamos una constante renuncia de nuestra autenticidad. Todo para que no nos coja desprevenidas el grito y nos asustemos, y eso haga que mamá se enfade o nos critique por ello, a pesar de que sobrepensar hoy nos angustia y termina por no aportarnos la calma que esperábamos sentir al intentar tener todas las situaciones bajo control, aunque la vida sea imprevisible.

Muchas personas que acuden a consulta con una herida relacional no quieren iniciar la terapia para sanar heridas de su infancia o su herida materna, sino porque no pueden dejar de comer y vomitar; sienten un estrés constante o dolores físicos, y eso está afectando a su relación de pareja; porque han perdido la motivación en un trabajo que les gustaba o porque sienten apatía en general. Desde este enfoque, entendemos que todos estos comportamientos no son patologías, sino recursos que nuestras partes desarrollaron para protegernos del dolor o la soledad: los atracones tal vez te protegen de los recuerdos de la falta de cariño que sentiste al crecer; tal vez apagar tus emociones de forma inconsciente te ayuda a olvidar lo poco vista que te sentiste cuando eras pequeña. Sin embargo, el efecto que tienen hoy en tu vida es justo el contrario y te hacen daño.

Hoy, que tienes la capacidad de darte lo que necesitas como adulta, el objetivo es que, al atender la herida, esos roles extremos se reduzcan en intensidad y que, aunque no desaparezcan del todo, ocupen un espacio más pequeño en tu yo, permitiendo que tú, ahora adulta, te encargues de enfrentarte a las desa­venencias con los recursos que has desarrollado o que adquirirás en este camino que es la vida.

 

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La realidad supera la ficción

 

Seguro que has visto alguna película o serie en la que has empatizado con el dolor de la hija por las acciones de su madre, pero fuera de la pantalla, en la vida real, nos cuesta hacer lo mismo porque consideramos que eso no sucede del mismo modo. Pero, por desgracia, por todas las historias que conozco y las personas que he acompañado en su proceso terapéutico, la realidad supera a la ficción.

Si conoces a alguna hija que tiene una relación complicada o tormentosa con su madre, será más probable que pienses: «¿Qué cosa tan terrible habrá hecho esa madre para que la hija no pueda perdonarla?»; en vez de: «¿Qué habrá pasado en ese vínculo previamente para que ahora la relación sea tan complicada?». Por la generación a la que pertenecemos, muchas de nosotras somos hijas del trauma relacional. Nuestra familia no tenía la información sobre la importancia de criarnos con apego seguro con la que hoy en día contamos, y si eso cursaba con patologías o traumas previos que cargaban nuestras figuras de apego y seguridad (como lo es una madre), la tarea de atendernos y satisfacer nuestras necesidades afectivas y emocionales de una manera adaptativa y funcional se volvía todavía más complicada.

No lo voy a negar, soy consciente de que tengo un gran reto por delante en estas páginas. Reconocer, asumir, aceptar y convivir con las heridas maternas es un trabajo que nos lleva muchas sesiones en terapia, con todo el torrente de emociones que supone abrir una herida tan grande como es la herida de mamá.

En mi podcast, La hora de maternarte, hasta la fecha el episodio que ha registrado más número de escuchas ha sido el titulado «¿Mala hija por distanciarme de mi madre?». En él compartí el testimonio en primera persona de Natalia, en el que narraba la falta de contacto con su madre durante catorce años y su posterior reconciliación. Natalia comentaba la experiencia de haberse alejado de su madre, y de haber renunciado a su deseo de niña de estar cerca para poder sanar, pues el vínculo le hacía daño. Sabía que su madre era alguien importante para ella, y que no la podía hacer cambiar o desaparecer, por eso buscó ayuda para sobrellevar esa situación y trató de entender qué hizo que esa herida fuese tan profunda.

Cuando pregunté a mi comunidad de Instagram cuáles eran las heridas que más les dolían o aquellas que estaban en proceso de sanar y con las que todavía cargaban, la más repetida fue «la herida de mamá». Si alguna vez has hecho terapia, una de las primeras cosas que preguntamos es: «¿Cómo es la relación con tu familia?». Y luego: «¿Y con tu madre, en concreto?». Seguro que te imaginas lo que dije cuando mi psicóloga me lo preguntó la primera vez; casi sin digerir la pregunta le solté: «Muy bien, nos llevamos muy bien y nos entendemos mucho», que era una traducción rápida de: «No toques mucho ahí que encontrarás dolor, mejor hablemos de otra cosa que no remueva tanto».

Lo cierto es que todo iba muy bien si obviaba el dolor y el impacto de algunas situaciones pasadas y presentes. Con esto no quiero decir que si respondes con un «muy bien» a esta pregunta necesariamente estés ocultando algo, sino que, en mi caso, me costaba ver a mis figuras de apego en su totalidad, con sus luces y sombras. Había una parte que quería mantener oculta con tal de no conectar con la pérdida y el vacío. Sobre todo en lo que respecta a mi madre: con ella, me costaba más darme cuenta y aceptar que había aspectos de su personalidad o de nuestra relación que me generaban malestar o no me gustaban.

Porque nos enfrentamos a un duelo: el dolor por aquellas necesidades emocionales que no fueron satisfechas por quien tenía que procurar nuestro desarrollo y bienestar.

Durante mi proceso terapéutico pasé por muchas fases en la relación con mi madre. Mi madre no era mi «motivo de consulta», la razón que me había llevado a pedir ayuda, pero su nombre tardó poco en aparecer y, desde ese momento, atravesé varias capas de dolor y vacío que me hicieron consciente del impacto y la repercusión de las experiencias que viví. Algunas de ellas las compartí con mi madre y otras las integré en terapia con ayuda de mi psicóloga. Así que, diez años después de haber iniciado el primer proceso, lo de «muy bien» no es que fuera mentira, pero era una valoración a la que había que añadir matices, eso seguro.

Queriendo documentarme para escribir este libro, leí experiencias en primera persona como las de Me alegro de que mi madre haya muerto, de Jennette McCurdy, la actriz de Nickelodeon que, aunque no quería ser actriz, de pequeña su madre la obligó a vivir una vida que ella no quería. Todo ello sumado a los continuos abusos que recibía por su parte.

Por suerte no me identifico con su relato, pero no necesitas vivir una historia como la que Jennette cuenta para entender lo que trato de comunicarte. Si lo piensas, seguro que te viene a la cabeza la madre enrollada que nunca estaba en casa con tu amiga; la madre que siempre criticaba el cuerpo o la apariencia de tu prima; la madre que te ponía a ti de buen ejemplo y te comparaba delante de su hija…

Por todo ello, creo que es sumamente necesario un libro como este: para que podamos hablar de lo que vivimos con nuestra madre como hijas; dar voz a lo que nos ocurrió para que podamos entendernos mejor; saber lo que nos generan algunas situaciones en el presente, poner los límites necesarios para cuidarnos, y no incurrir en los mismos errores que tanto daño nos han generado.

La herida materna se abre cada vez que llega algún día especial, como el día de la Madre, y nos vemos obligadas a celebrarlo para no sentirnos culpables; o no podemos celebrarlo porque ya no está o no tenemos contacto con ella; porque no la conocimos; porque en casa también estarán otros familiares que no queremos ver; porque está fuera y no se ha acordado del plan de pasar tiempo juntas que le propusimos; o porque, aunque nos gustaría hacer algún plan, ya ni lo proponemos porque sabemos que dirá que no a toda propuesta; o porque sabemos que nos sentiremos angustiadas si pasamos el día con ella. O lo celebramos y sentimos una cierta nostalgia al pensar que nuestra madre «no es como las otras madres» y desearíamos que lo fuera, añorando algo que nunca hemos llegado a tener y que, quizá, ni existe.

Quizá no lo hemos tenido, pero sí tenemos una imagen de lo que «una madre debe ser», y verla en otros contextos que no era el nuestro dolía. Esto es algo que algunas personas me han dicho en terapia, que envidiaban a sus amigas porque sus madres iban a buscarlas al colegio, les llevaban la merienda y las acompañaban a sus extraescolares, en cambio a ellas las re­cogía una vecina, amiga de la familia. Lejos de conocer los motivos de la complicada conciliación y del malestar de género que supone el rol de madre, como ahora de adultas podemos intuir, de pequeñas creíamos que eso tenía que ver con nosotras.

Incluso aunque no quieras, la herida se abre cada vez que vemos que hay hijas que sí tienen una buena relación con sus madres, que se ven cada semana, que quedan para tomar un café juntas e ir de compras, que se explican las cosas con naturalidad y sin secretos, pero, sobre todo, que se sienten seguras juntas, pudiendo ser ellas mismas, sin que cada una se vea obligada a ocultar partes de sí mismas para protegerse de críticas, rechazo o abandono, sin mostrarse a medias para que no se las avergüence, sin fingir ser una persona que no son porque así están seguras de que el daño no impactará de nuevo.

Sea lo que sea que haya pasado en tu relación con tu madre, incluso aunque no te hayas sentido identificada en los ejemplos que he usado, siento lo que viviste y quiero que sepas que, si en ti aparece cualquier emoción, es válida.

Con este libro no llegaremos a conclusiones ni te voy a decir lo que tienes que hacer. No te voy a pedir que la perdones, ni que cortes el contacto o te distancies; ni que la quieras más porque «madre solo hay una», ni que seas agradecida porque lo que sientes «no es para tanto». Nada de eso. Quiero hablarte del dolor que sufres y ayudarte a saber cómo atravesarlo. Quiero crear en estas páginas un espacio seguro entre tú y yo para hablar de lo que a nadie le cuentas sobre cómo te sientes en relación con tu madre.

Este libro no va de culpar a las madres; va de acoger el dolor que sentiste cuando eras niña y que todavía te acompaña. Y, sobre todo, de abrazarte. Empecemos juntas.

 

 

EJERCICIO

 

El título de este libro es Querida mamá: me dueles, una frase que recoge el malestar de muchas de las personas con las que me he encontrado en la consulta a lo largo de mi camino como psicóloga. Antes de indagar en tu pasado y en tu relación madre-hija, es importante escucharte y saber en qué punto te encuentras. ¿Sientes que esta frase define también tu situación en relación con tu vínculo materno? ¿Cómo continuarías tú la frase «Querida mamá»?

Respira, date tiempo, reflexiona y escribe aquí lo que sientes, sin censuras ni culpa.