El descubrimiento más sorprendente que han hecho los científicos es la propia ciencia.

GERARD PIEL,

editor de Scientific American

No se puede comprender completamente una ciencia si no se conoce su historia.

AUGUSTE COMTE,

Curso de filosofía positiva

La ciencia es como el amigo bocazas que te cuenta el final de la película.

NED FLANDERS,

Los Simpson, «Lisa, la escéptica»

g-2

 

Prólogo

—¿Qué, chicos, vais a algún lado o simplemente vais?

No entendimos la pregunta, y eso que era una pregunta jodidamente buena.

JACK KEROUAC, En la carretera, 1957

El conocimiento es como un archipiélago formado por un conjunto de islas unidas por aquello que las separa, que es el insospechado océano de nuestra ignorancia. Quizá Newton pensase en este mismo océano, cuando, desde la isla de la ciencia, se comparó a sí mismo con un niño que recoge guijarros de espaldas al mar. De tanto en tanto, las olas depositan sobre la arena a alguno de esos viajeros, que traen todo tipo de noticias de lejanas islas cognoscitivas, en las que se hablan otras lenguas, se siguen otras costumbres y se respetan otras leyes.

Sus narraciones informan a todos aquellos que se acercan a escucharlos de que los salvajes habitantes de la isla de la poesía le rinden culto a verdades intuitivas y simbólicas; los refinados moradores de la isla de la filosofía bailan interminablemente alrededor de unas pocas perplejidades; los elocuentes ciudadanos de la isla de la política pactan en eternas asambleas verdades provisionales y pragmáticas; y los pacientes indígenas de la isla de la ciencia persiguen verdades racionales y circunspectas.

Claro que los relatos de estos viajeros no solo nos ayudan a intuir la fascinante variedad de los diferentes tipos de conocimiento que existen, sino también a tomar conciencia de la importancia de todos y cada uno de ellos. Sin duda, la salud del conocimiento, en general, y de todas y cada una de sus islas cognoscitivas, en particular, depende de la existencia de una tupida red de relaciones culturales, comerciales y políticas entre todas ellas. Y este es, sin duda, el caso de José Ramón Jouve, quien ha logrado redactar una crónica feliz de sus viajes por el país de la ciencia.

Como toda buena crónica, El perro de Newton empieza describiendo los orígenes del territorio que explora. De qué modo el reino de la ciencia se escindió de los dominios de la magia y la teología, para someterse, luego, a la férula de la filosofía, quien sería dominada, a su vez, por la teología, durante el largo milenio medieval. Y cómo, a partir del siglo XVI, la ciencia se independizará, dando lugar a una proliferante dinastía, que mantendrá una peligrosa política matrimonial con la técnica, la política y el mercado.

A continuación, el autor se propone captar el espíritu característico del pensamiento científico. Libre de todo esencialismo, no trata de definir de forma dogmática el Volksgeist del pueblo científico, sino que prefiere presentarlo como la inextricable combinación de una serie de notas, como son la actitud de maravilla ante el mundo, la posesión de un método de exploración de la realidad, la organización de un grupo de instituciones y personas, la existencia de un conjunto de conocimientos en constante evolución, la intención de dominar la naturaleza o la sociedad, y la sensibilidad estética.

Sigue una cartografía de las principales regiones científicas, desde los pantanos tóxicos de la pseudociencia, hasta la doble cumbre de la física, pasando por los fértiles valles de las ciencias naturales, y las anfractuosidades de las ciencias sociales. Dice la leyenda que, en sus orígenes, una ardilla podía recorrer toda aquella isla saltando de árbol en árbol: del árbol del Génesis, al árbol de Porfirio, al árbol de las ciencias de Ramon Llull… Pero El perro de Newton nos muestra el camino para escapar de esta metáfora, tan jerárquica y lineal, con el objetivo de hallar otra más libre y creativa, que nos permita establecer conexiones fructíferas entre datos, ideas y teorías aparentemente aislados. Quizá un baobab, que parece tener las raíces en la copa, o una planta rodadora del desierto…

En los últimos capítulos de su crónica, el autor se ocupa de las relaciones que el reino científico mantiene con otros reinos vecinos, como los de la religión, la política, la guerra, la tecnología, la sociedad, el mercado o el arte. El objetivo es trascender la visión triunfalista de la ciencia, propia de la era moderna, que la presenta como una actividad objetiva, inmutable y autónoma. Porque, si bien es cierto que el método científico garantiza, en buena medida, que este tipo de conocimiento sea independiente de toda ideología política, ello no impide que pueda ser declinado o deformado con el objetivo de defender unos determinados intereses políticos, sociales o económicos.

Lo que está claro es que El perro de Newton no es otro libro más de divulgación científica. No se trata, claro está, de desmerecer dicho género, que es fundamental para que podamos hacernos una idea de tal o cual región científica, en particular. No obstante, muy pocos libros de divulgación científica poseen la voluntad omnicomprensiva, comparatista, orgánica, crítica, histórica y filosófica que atraviesa este libro, desde la primera a la última página. No en vano, el autor ha fatigado, durante largos años como investigador y docente universitario, los reinos vecinos de la filosofía, la historia y la literatura.

Además, como todo viajero experimentado, José Ramón Jouve ha desarrollado lo que Pessoa llamó, con felicidad, «el sagrado instinto de no tener teorías». De ahí que su estilo posea una de las principales virtudes cognoscitivas, que es la capacidad de combinar el gusto de la evidencia y el sentido de la ambigüedad. Todo lo cual me hace pensar en Lessing, quien dijo, en cierta ocasión, que, si Dios le asegurase que, en su puño derecho, encerraba la verdad, y en su puño izquierdo, la investigación de la verdad, le pediría que abriese el puño izquierdo, porque la verdad es una sola, mientras que la investigación de la verdad es múltiple, interminable y placentera.

Por eso El perro de Newton, auténtico lazarillo de ángulos ciegos, no rehúye de lo desconocido, sino que lo busca, y lo explora, para luego guiarnos por él, como hace el protagonista de Picnic extraterrestre, de los hermanos Strugatsky, la novela en la que se inspiró Tarkovsky para dirigir Stalker. Pues este libro no es solo la cifra de una enciclopedia, sino también el esbozo de una «anaclopedia», que me atrevo a definir como la descripción sistemática de aquello que no sabemos, y quizá nunca podremos saber (género paradójico donde los haya, puesto que saber que no se sabe algo es ya una forma de saberlo). Y es que este libro está, de algún modo, emparentado con el célebre Atlas catalán, que el cartógrafo judeo-mallorquín Abraham Cresques confeccionó, en el siglo XIV, y cuyo mérito principal fue dejar en blanco los territorios desconocidos, en lugar de llenarlos de monstruos quiméricos. Lo cual era indicio de una inédita capacidad de autocontención cognoscitiva, que acabaría siendo una de las características fundamentales de la ciencia moderna.

Sin duda [sic], el escepticismo que recorre este libro no se opone al espíritu científico, sino que es totalmente armónico con él. De hecho, la ciencia podría tener como lema el «no afirmar nada temerariamente, ni negar nada a la ligera», que Montaigne consignó en sus Ensayos. Y lo primero en lo que la ciencia debe saber dudar y creer a la vez es en sí misma. De ahí la importancia de que el autor sepa ver más allá de la concepción idealizada de la ciencia como una forma de pensamiento objetiva, universal, lineal y desinteresada, para mostrarnos hasta qué punto está atravesada por todo tipo de subjetividades, intereses y azares.

Algunos pensarán que es una visión pesimista. Pero, como dijo George Bernard Shaw, el pesimista es tan importante como el optimista, porque el segundo inventa el avión, y el primero, el paracaídas. Además, despertar de un sueño agradable, pero falso, puede parecer triste, en un primer momento, pero no a la larga, porque librarnos de un engaño siempre supondrá un alegre aumento de nuestra potencia, empantanada hasta ese momento en el limo de la fantasía. Debemos, pues, despertar del sueño dogmático de la ciencia, y aprender a concebirla de una forma más problemática y madura, sin renunciar, por ello, a nuestro amor imposible por la verdad. Solo así podremos decir, con Cantinflas, que: «Estamos mal, pero estamos mejor, porque antes estábamos bien, pero era mentira, no como ahora, que estamos mal, pero es verdad».

Antes de acabar, me gustaría destacar otras dos grandes virtudes de este libro. La primera es el uso delicioso que hace del género de la anécdota, no como una mera estrategia retórica, destinada a seducir y a descansar (lo cual no tiene en sí nada de malo), sino como una forma de cifrar un concepto, una teoría o una actitud cognoscitiva, lo cual resulta, sin duda, mucho más interesante. Eso es lo que hizo Diógenes Laercio, en sus Vidas de filósofos ilustres, Giorgio Vasari, en sus Vidas de los más excelentes arquitectos, pintores y escultores italianos, y George Henry Lewes, en su Historia biográfica de la filosofía. Y, en mi opinión, El perro de Newton les sigue brillantemente el rastro, nunca mejor dicho.

La segunda virtud que quiero destacar es su sentido del humor, que considero muy seriamente un ingrediente fundamental de la ciencia. De hecho, coincido con Arthur Koestler, quien llegó a considerar, en El acto de creación y en el artículo «Humor e ingenio», que escribió para la 15.ª edición de la Enciclopedia británica, de 1974, que el humor es «la llave maestra para comprender la psicología del proceso creativo». Y que los tres modos básicos de la creación son la ciencia, el humor y el arte, que se caracterizan por las exclamaciones: «ajá», «jajá», y «aah». Pues no creo estar exagerando si digo que los lectores de El perro de Newton proferirán por igual estos tres tipos de interjecciones.

Se dice que a todos los tratados del Talmud de Babilonia les falta la primera página, con el objetivo de recordarle a sus lectores de que, independientemente del número de libros que puedan llegar a leer, jamás llegarán, en términos de conocimiento, a leer la primera de todas. No creo que exista un inicio privilegiado. Más bien pienso que el conocimiento, como la epopeya, debe empezar in media res. Y que, como decía Pascal, lo último que sabemos es por dónde debíamos empezar. Pero si de algo estoy seguro es de que no nos será fácil encontrar un guía tan experimentado, tan fiel y tan buen conversador como El perro de Newton.

BERNARD CASTANY PRADO

Oxford, 20 de agosto de 2023

g-3

 

Introducción

¡Qué diferente el universo que percibían Newton y Diamante, su perro, por más que la imagen que ambos tuvieran grabada en la retina fuera, probablemente, la misma!

THOMAS CARLYLE,

Historia de la Revolución francesa, 1837

 

Ocultas yacían en la noche la naturaleza y sus leyes; y dijo Dios: «Hágase Newton», y todo fue luz.

ALEXANDER POPE

Si Newton hubiera florecido en la Antigua Grecia, le habrían adorado como a una divinidad.

SAMUEL JOHNSON

En La vida de Sir Isaac Newton, de 1831, sir David Brewster incluyó una anécdota del famoso científico inglés que ilustra cómo una simple mascota puede, si se lo propone, cambiar la historia de la ciencia y el destino de uno de sus protagonistas.

Según Brewster, Newton salió de su casa una fría mañana de invierno a finales de 1691 o principios de 1692 dejando en su estudio a Diamante, su perro. Quizá el bueno de Diamante no estuviera muy conforme con la decisión de su amo de dejarle encerrado entre esas cuatro paredes o puede que viera pasar por encima de la mesa un ratón. ¡Quién sabe! Lo cierto es que, cuando Newton regresó a su domicilio, descubrió que su travieso amigo había hecho caer la vela que iluminaba el escritorio y que el fuego había consumido los escritos y cálculos en los que había estado trabajando. Al ver sus esfuerzos reducidos a cenizas, el científico supuestamente exclamó: «¡Oh, Diamante, Diamante, qué poco te das cuenta de lo que me ha costado tu travesura!».[1]

La anécdota es probablemente apócrifa, y el propio Brewster la juzgó como tal, pero no por ello carece de valor, pues hasta las historias falsas pueden incluir aspectos reveladores. Y es que, como dijera un crítico del British Quaterly Review, la figura de Diamante estaba ya para entonces «tan asociada con la de Newton como la de Bucéfalo con la de Alejandro Magno».[2]

La primera referencia escrita al ilustre can apareció en un poema escrito por Thomas Maude en 1780 en el que elogiaba la naturaleza y la vida rural de la campiña inglesa.[3] De ahí pasaría unos años más tarde a Charles Hutton, quien la incluyó en A Mathematical and Philosophical Dictionary (1795), una obra monumental ampliamente consultada en la época.[4] Quizás la fama de Diamante habría sido menor si Jean-Baptiste Biot, un científico francés, admirador de Newton, pero cercano al círculo de Laplace, no lo hubiera incluido en su semblanza biográfica de 1822.[5] A partir de ese momento, su supuesta fechoría dio lugar a un encendido debate sobre el carácter de Newton y la naturaleza misma de la investigación científica.

Para Hutton, como para Maude antes que él, la anécdota de Diamante permitía vislumbrar un Newton diferente, alejado de la fría estatua de mármol en la que lo habían transformado artistas como William Blake, quien le dibujara como el «divino geómetra»,[6] con un físico digno del David, de Miguel Ángel. Reflejo de ello eran preguntas como la que el matemático francés Guillaume François An­toine, marqués de l’Hôpital, hacía a sus invitados de origen inglés: «Díganme, ¿acaso el señor Newton come, bebe y duerme como los demás hombres? Pues yo me lo imagino como un genio celestial enteramente separado de la ma­teria».[7]

La mesurada y estoica respuesta de Newton ante la pérdida de sus manuscritos servía, además, para retratarle como un científico paciente, dedicado y metódico, un ejemplo de virtud moral e intelectual para generaciones futuras. «Engaño, no conocía; criado como estaba en la escuela de la Naturaleza», escribía en tono bucólico Maude.[8] «Era de disposición tan amable y educada, amante tan ferviente de la paz —apostillaba Hutton—, que habría preferido la oscuridad del anonimato a las tormentas y disputas que inevitablemente atraen sobre ellos quienes más destacan en genio y cono­cimiento».[9]

Una interpretación muy distinta fue la que dio Jean-Baptiste Biot, para el que la travesura de Diamante había tenido consecuencias dramáticas. Biot consideraba al perro de Newton la causa involuntaria del ataque de nervios y la profunda depresión en la que este se vio sumido a partir de 1692 y que puso fin al periodo más fecundo —científicamente hablando— de su vida.

Biot presentaba así a un Newton atormentado, cuyo sobrehumano esfuerzo de los años anteriores, que culminara con la publicación de los Principia, le había llevado física y mentalmente hasta el límite, un viaje del que nunca se recuperaría completamente.[10] Newton había desentrañado los secretos de la Naturaleza, y un simple perro fue el instrumento que esta encontró para hacerle pagar el atrevimiento.

En una época en la que cualquier trastorno psíquico o emocional bastaba para tildar a alguien de «lunático», el que un francés sugiriera que Newton pudo haber atravesado una crisis nerviosa se tomó en Inglaterra como una ofensa nacional. El ya mencionado sir David Brewster se convertiría en su principal paladín y dedicaría una parte de sus Memoirs of the Life, Writings, and Discoveries of Sir Isaac Newton (1855) a desmentir a Biot, y a probar que, si bien hubo un incendio, el bueno de Diamante nunca existió y el supuesto colapso mental de Newton no había sido más que una indisposición temporal. No por denodados lograron sus esfuerzos desterrar a Diamante al inexistente panteón de los incendiarios apócrifos y el simpático cuadrúpedo continuó campando a sus anchas por la literatura de su tiempo.

Existiera o no, Diamante contribuía a envolver la figura de Newton un poco más en el misterio. Anodina y excepcional al mismo tiempo, su vida había discurrido dentro del pequeño triángulo que formaban su Woolsthorpe natal, la Universidad de Cambridge y la ciudad de Londres. Puede que conociera a mucha gente, incluyendo algunos de los científicos más distinguidos de Europa, pero eran en su mayor parte contactos epistolares. No tuvo una gran vida social ni se le conoce ningún amante. Humphrey Newton, quien fuera su secretario durante cinco años, indicó que en todo ese tiempo le vio reír solo una vez: cuando un conocido le preguntó qué uso y beneficio para la vida podría derivarse del estudio de la geometría de Euclides.[11] Y su pasión por lo oculto, la teología y la alquimia llevó al economista John Maynard Keynes a considerarle no el primer representante de la Edad de la Razón, sino «el último de los magos, el último de los babilonios y sumerios».[12]

En apariencia infantil, la trastada de Diamante escondía también un trasfondo filosófico. Era una metáfora de la fragilidad del conocimiento humano y una advertencia a quienes desearan seguir la difícil senda de la ciencia, un camino marcado a menudo por la soledad, el azar y la desgracia. Pero son las dificultades las que dan la medida de los triunfos. El martirio de Newton al ver calcinados sus esfuerzos realzaba todavía más si cabe esos grandes portentos del entendimiento humano que son los Principia Mathematica (1686) y la Óptica (1704). Y es que, hasta que científicos como Newton, Einstein o Planck nos enseñaron a ver el universo de otra forma, todos teníamos ojos de Diamante.

La historia de Newton y su perro es, pues, mucho más que una mera curiosidad, como bien supo ver Brewster. Es una forma de acercarse a la ciencia y a sus deberes desde una perspectiva diferente, alejada de la simple narración de sus descubrimientos y teorías, e intentando entender la ciencia como lo que en realidad es: algo «humano, demasiado humano», por tomar prestada la expresión de Friedrich Nietzsche. Es con ese espíritu con el que está escrito este libro, que se aproxima a la ciencia no solo desde la ciencia misma, sino desde la perspectiva de la literatura, la filosofía y las ciencias sociales. Hacerlo así no implica, sin embargo, caer en la trampa del relativismo, esa perversión del escepticismo. La ciencia no es un conocimiento más entre otros conocimientos. Es el mejor de los conocimientos que tenemos a nuestra disposición en un momento dado.

Se dice que en la entrada de la Academia de Platón podía leerse grabada la severa frase: «No entre aquí el que no sepa geometría». Si de este libro colgara un letrero, sería una invitación y diría lo contrario: «Entre aquí el que sepa geometría y el que no». La ciencia es una actividad tan importante social y culturalmente en nuestro mundo que cada uno de nosotros —sepamos o no geometría o matemáticas— deberíamos dedicar algunos momentos a familiarizarnos con ella, sus protagonistas y sus historias, así que adelante. Entremos.

g-4

 

I

 

LOS INICIOS DE LA CIENCIA

g-5

1

 

¿Qué es la ciencia?

La ciencia es la topografía de nuestra ignorancia.

OLIVER WENDELL HOLMES,

Ensayos médicos (1891)

Cuando en 1966 la Asociación Nacional de Profesores de Ciencia de Estados Unidos le pidió a Richard Feynman, uno de los fundadores de la mecánica cuántica y premio Nobel de Física, que diera una conferencia sobre el tema «¿Qué es la ciencia?», este sorprendió a la audiencia diciendo que «la ciencia no es lo que los filósofos dicen que es y menos todavía lo que dicen los libros de texto».[13] Y es que, de hecho, no existe una definición universalmente compartida de ciencia.

Lo que hoy en día llamamos «ciencia» es muchas cosas al mismo tiempo:

1. Es una actitud ante el mundo. Como escribió Ralph Waldo Emerson en su libro de ensayos Sociedad y soledad (1870), «el hombre gusta de maravillarse, y esa es la semilla de nuestra ciencia».[14] De la suya, y de todas las demás.

2. Es una forma de explorar la realidad. El método científico es la base de la ciencia. Ahora bien, dicho método no es algo estable, sino que está continuamente refinándose y adaptándose, pues a medida que la realidad se vuelve más compleja se necesitan nuevas herramientas conceptuales para determinar hasta qué punto lo que decimos se corresponde con lo que observamos.

¿Sabías que la palabra «ciencia» se ha utilizado no solo para designar las ciencias naturales, sino también a las ciencias sociales e incluso, a veces, a las ciencias humanas?

Este hecho tiene un fundamento histórico y etimológico: la palabra «ciencia» viene del latín scientia, que en esta lengua abarca todo conocimiento que esté ordenado o sistemáticamente organizado, con independencia de su método. Así, en este sentido todas estas disciplinas son «ciencias», aunque en la actualidad el vocablo designe de manera especial las matemáticas y las ciencias naturales.

3. Es un grupo de instituciones y personas. La ciencia no existe en el vacío, sino que es inseparable de las personas que la practican y de las instituciones en las que estas se organizan. Como cualquier otra institución es el producto histórico de una realidad social, pero esta es muy particular. En palabras del sociólogo americano Robert K. Merton, «la mayor parte de las instituciones exigen una fe ilimitada; pero la institución de la ciencia hace del escepticismo una virtud».[15]

4. Es un conjunto de conocimientos en constante evolución. «La ciencia —señalaba Karl R. Popper— no es un sistema de enunciados seguros y bien asentados, ni uno que avance firmemente hacia un estado final».[16] Es una cohorte cambiante de conocimientos en constante revisión que nos permite tener una visión cada vez más exacta, amplia y compleja de la naturaleza.

5. Es un instrumento de control de la naturaleza… y de la sociedad. La ciencia contribuye al dominio del mundo natural, pero también ha cambiado nuestro universo social. Los principios y resultados de la ciencia no son «políticos», en el sentido habitual del término, pero su utilización puede llegar a serlo en grado sumo.

6. Es un objeto de belleza. Puede parecer contraintuitivo, pero las teorías, teoremas, hipótesis e incluso experimentos que diseñan los científicos responden no solo a criterios prácticos y epistemológicos, sino también de elegancia, proporción y concisión que tienen un fundamento estético.

En última instancia, la ciencia es algo vivo, un proyecto en construcción, y no una pieza de museo acabada, impoluta, perfecta e inmutable. Es al mismo tiempo uno de los grandes logros del ser humano y un reflejo de sus limitaciones.

Y la mejor forma de entender lo que es la ciencia es empezar por sus orígenes.

g-6

2

 

El juego de los sentidos

«Todo nuestro conocimiento comienza por los sentidos», escribió Immanuel Kant en el siglo XVIII. Pero eso no quiere decir que estos nos den una imagen certera de la realidad, y mucho menos que nos permitan entender su totalidad.[17]

El juego de los (sin)sentidos

A los cinco sentidos habituales se les pueden añadir muchos más: como la propiocepción (nuestra capacidad de saber la posición de las partes del cuerpo en el espacio), el equilibrio, el dolor, etc. Es más, no todos percibimos el mundo exactamente de la misma manera. De hecho, a veces lo hacemos de modo muy diferente. Las personas con sinestesia son capaces de oír colores, de ver sonidos o de experimentar texturas en los sabores, entre otras cosas. En algunos casos patológicos, nuestros sentidos pueden hacernos escuchar música cuando no la hay, alterar los olores y sabores habituales de las cosas de manera radical o incluso suprimir el dolor, poniendo completamente patas arriba nuestro mundo y haciéndonos perder el sentido de la realidad.

Y es que, por mucho que creamos conocer la realidad que nos rodea, nuestra fisiología limita de manera fundamental la forma en la que experimentamos y conocemos el mundo. Nuestros ojos solo captan un pequeño rango de longitudes de onda del espectro electromagnético: aproximadamente el que va entre los 380 (violeta) a los 700 nanómetros (rojo). No somos capaces, por ejemplo, de ver la radiación infrarroja, cosa que sí es posible tanto para el telescopio espacial James Webb como para ciertos tipos de serpiente. [18] En cuanto a nuestros oídos, el límite absoluto de nuestro rango auditivo está entre los 20 hercios y los 20 kilohercios. En comparación, los delfines y los murciélagos captan frecuencias que llegan hasta los 160 kilohercios.[19] Y qué decir de sentidos como el olfato, en el que nuestra especie está realmente a la zaga de muchas otras.

Una de las grandes contribuciones de la ciencia ha consistido en «agrandar» nuestras orejas, nuestros ojos y nuestro olfato de tal forma que ahora podemos «ver» longitudes de onda que eran inasequibles para nosotros (como los rayos X) y registrar «vibraciones» que ningún ser en la Tierra es capaz de notar (como las ondas gravitacionales). En cuanto al «olfato», somos capaces de diferenciar entre todos los elementos químicos e infinidad de sus compuestos sin ni siquiera «olerlos».

Ahora bien, nuestros sentidos y la forma en la que nuestro cerebro procesa la información que recibe de ellos forman la base de lo que llamamos «sentido común». Este «sentido común» crea una realidad que parece evidente y objetiva, pero es un resultado de la evolución, y nuestra especie no evolucionó para captar y entender el mundo a escalas que estaban fuera de nuestra experiencia cotidiana.

De hecho, uno de los descubrimientos fundamentales de la ciencia es que nuestro «sentido común» no revela necesariamente la forma en la que está estructurada la realidad a otras escalas. Es por eso que la física cuántica (que nos permite entender lo que pasa al nivel de los átomos y sus partículas) y la teoría de la relatividad (que nos ayuda a comprender lo que pasa a escalas cósmicas) son dos de los mayores triunfos de la imaginación humana, pues agrandan los límites de lo que podemos llegar a saber.

Con todo, quizá nunca seamos capaces de entender aspectos enteros del universo (o del multiverso, si es que existe más de uno, como ciertas teorías físicas señalan) por la sencilla razón de que sus leyes puede que no sean comprensibles para nosotros de la misma forma que las ecuaciones de Einstein no serían comprensibles para una mosca por mucho que se empeñara.

Pero nada nos impide intentarlo, y es en el afán de lograrlo —tantas veces cumplido hasta ahora— en el que se asientan las grandes esperanzas y los grandes triunfos de la ciencia.

 

g-7

3

 

Conocimientos animales

En 1670 Blaise Pascal estampó en sus Pensamientos que «el hombre no es más que una caña, la más débil de la naturaleza, pero es una caña que piensa».[20] Suponía que «pensar» (razonar, evaluar, investigar) es un atributo exclusivo que nos separa del resto de animales. Unos siglos más tarde, Miguel de Unamuno contradecía a Pascal en Del sentimiento trágico de la vida al decir que «más veces he visto razonar a un gato que no reír o llorar. Acaso llore o ría por dentro, pero por dentro acaso también el cangrejo resuelva ecuaciones de segundo grado».[21]

Y es que, aunque nuestros órganos capten el mundo de manera relativamente diferente, compartimos con muchos animales estructuras fisiológicas y cognoscitivas básicas. Nuestros ojos difieren de los de un pez, una avispa o un perro, pero todos ellos —adaptados cada uno a su medio— cumplen la misma función que los nuestros: transformar la luz en impulsos nerviosos que pueden ser interpretados por el cerebro de tal forma que este ajuste la respuesta más adecuada a cada situación con el objetivo de aumentar la capacidad de supervivencia del individuo. Así pues, a un nivel muy básico de la palabra «conocimiento», tanto nosotros como el resto de animales tenemos y procesamos «conocimientos». Pero los paralelismos van incluso más allá.

Estudios recientes no solo con delfines, perros y simios, sino también con abejas han observado que estos insectos pueden «jugar» con objetos diseñados solo para ellos, es decir, son capaces de elegir dedicarse momentáneamente a una actividad que no está ligada al supuesto «instinto» que las liga a trabajar en beneficio de la colmena. «Jugar» es una actividad compleja cognitivamente hablando que constituye, en el caso de los humanos, una parte fundamental de nuestro proceso de descubrimiento del mundo. El que animales como las abejas, tan alejados de nosotros en el desarrollo evolutivo, también lo hagan pone en cuestión que este sea un rasgo distintivo de las personas.[22]

Las investigaciones sobre las formas de comunicación animal, como entre las ballenas y los delfines, también nos han hecho ser más humildes sobre nuestras propias habilidades lingüísticas. En un artículo de 1987, publicado en Skeptical Inquirer, Carl Sagan señalaba con cierta ironía que, «mientras que varios estudios indican que algunos delfines han sido capaces de aprender hasta cincuenta palabras inglesas cuando estas se utilizan en el contexto adecuado, no se ha encontrado todavía ningún ser humano que haya aprendido delfinés».[23]

Ciertos animales poseen también habilidades matemáticas básicas, como reconocer algunas formas geométricas y conceptos matemáticos, en especial el de cantidad. Por ejemplo, los leones solo atacarán a otro grupo de iguales que invada su territorio si advierten que son más que los invasores y, por su parte, estos retrocederán si perciben que son menos que los defensores. [24] Los cuervos no solo pueden contar, sino también imaginar o entender la noción de vacío o de cero.[25] Cierto, no se llega muy lejos discutiendo sobre el concepto de cero con un cuervo, pero se puede aprender mucho sobre la base biológica de las matemáticas observándolo.

Los pulpos —en los que la mayoría de las neuronas se concentra en los tentáculos y no en el cerebro— ilustran que algunas de estas habilidades cognitivas no son dependientes de la existencia de un sistema nervioso central como el de los seres humanos, sino que pueden evolucionar y adoptar distintas configuraciones. [26]

Algunos de estos animales son, de hecho, capaces de transmitir comportamientos aprendidos a las siguientes generaciones, creando de facto —aunque a un nivel muy rudimentario— lo que en términos humanos llamamos «cultura».[27]

¿Hacen los animales ciencia? Obviamente no, y los cangrejos no resuelven dentro de sus caparazones ecuaciones de segundo grado. Sin embargo, somos menos excepcionales de lo que parece, y algunas de las estructuras y habilidades básicas que nos permiten hacer ciencia se hallan también en otros animales.

g-8

4

 

¡Cuidado, que quema!

Ni el ser humano es el primer animal que vive en sociedades complejas, ni el Homo sapiens es el único que utiliza la naturaleza en su propio beneficio. Es más, hay especies de hormigas que llevan domesticando y cultivando hongos desde hace al menos treinta millones de años. [28] Así pues, si el «descubrimiento» de la agricultura marca la transición a la «civilización», como se sostenía antiguamente, estas hormigas se «civilizaron» mucho antes que nosotros.

¿Qué es el fuego?

 

Algo puede estar muy muy caliente y no ser fuego (por ejemplo, la lava que está en el interior de nuestro planeta o la superficie de una estrella). El fuego es el resultado de una reacción química que experimenta una sustancia inflamable en presencia de un agente oxidante (normalmente oxígeno) que consiste en una oxidación acelerada que da lugar a partículas o moléculas que emiten calor, luz y otros compuestos. Ahora bien, que nuestra atmósfera contenga aproximadamente un 21 por ciento de oxígeno (ideal para producir fuego) es resultado directo de la evolución de la vida en la Tierra, pues fue la aparición de pequeños organismos conocidos como cianobacterias lo que provocó, hace casi tres mil millones de años, que los niveles de oxígeno aumentaran a través del proceso conocido como fotosíntesis. Si nuestro planeta hubiera sido un mundo acuático, como por ejemplo el de la luna de Júpiter, Europa, que se compone de un inmenso océano encapsulado en hielo, la posibilidad de producir fuego habría disminuido radicalmente debido a la ausencia de un agente oxidante que lo facilitara. Y si bien no es muy difícil imaginar vida en planetas carentes de oxígeno, sí que es más difícil pensar en una civilización tecnológica y científica sin la utilización del fuego.

El Homo sapiens ni siquiera fue el protagonista de uno de los pasos clave para el surgimiento de la ciencia: el dominio del fuego. Existen evidencias de alimentos cocinados que datan de hace un millón de años, aunque eso no significa que el fuego se utilizara entonces de manera controlada para ese propósito, evento que se sitúa hace unos 780.000 años. [29]

El dominio del fuego tuvo un impacto enorme en la historia de nuestra especie, pues nos permitió extender nuestro alcance geográfico a latitudes mucho más frías, nos ofreció una importante forma de protección contra los depredadores, nos facilitó combinar unos elementos con otros física y químicamente y, sobre todo, nos abrió las puertas a una dieta muchísimo más variada y de mayores aportes nutricionales, pues el calor rompe las cadenas de proteínas y otras moléculas, permitiendo que los nutrientes se digieran y absorban de modo más fácil. A su vez, esto nos facilitó consumir mayores cantidades de carne, pues la carne cruda es más difícil (y peligrosa) de digerir. Todo ello podría explicar en parte el significativo aumento en el tamaño del cerebro en la evolución de los homínidos (a lo largo del Pleistoceno su tamaño pasó de unos 600 a 1.300 centímetros cúbicos, aproximadamente).[30]

El uso del fuego se generalizó más o menos hace entre cien mil y cincuenta mil años y tanto el Homo sapiens como el Homo neanderthalensis tenían la capacidad de generarlo y dominarlo. Con el uso y dominio generalizado del fuego se abrió un camino que, miles de años más tarde, ha llegado a los aceleradores de partículas actuales.

g-9

5

 

La ciencia y el mito

Un mito es una historia de origen folclórico o tradicional estructurada de manera narrativa que recurre a entidades o eventos sobrenaturales para explicar por qué algo es de la manera que es, estableciendo al hacerlo los fundamentos morales, políticos, religiosos y de comportamiento de una sociedad determinada.

El que los mitos ofrezcan una explicación de la estructura del mundo llevó a afirmar que el pensamiento mítico es la antesala necesaria del pensamiento científico. Esto es lo que sugería Popper en su obra Conjeturas y refutaciones (1963) al señalar que «la ciencia debe comenzar con mitos y con la crítica de mitos; no con la recolección de observaciones ni con la invención de experimentos, sino con la discusión crítica de mitos y de técnicas y prácticas mágicas».

El surgimiento de la ciencia es un proceso mucho más complejo y ni las matemáticas ni la astronomía —dos de las ciencias más antiguas— surgieron a partir de «la discusión crítica de mitos y de técnicas y prácticas mágicas».[31] 

Eso no quiere decir que no existan puntos comunes. El mito, como la ciencia, es una forma de explicar fenómenos y establecer causalidades y, sin duda, ambos son formas de dotar de sentido al mundo que nos rodea; pero ahí acaban las semejanzas.

Al contrario que la ciencia, los mitos tienen una estructura narrativa episódica constituida por una serie de acciones en la que el peso de los acontecimientos recae en personajes heroicos o sobrenaturales o en la interacción de los seres humanos y los animales con estos.

Aunque hay mitos que explican fenómenos naturales (como la alternancia del día y la noche, la existencia de animales o las fases de la Luna), dicha explicación sitúa esos fenómenos dentro de una concepción antropomórfica del mundo que ratifica, en última instancia, los valores, jerarquías y costumbres del grupo social en el que surge el mito y no los rasgos específicos del fenómeno natural que describe.

Como la ciencia, algunos mitos se basan en la observación de regularidades naturales (las mareas, el ciclo de las estaciones, etc.), pero los mitos son «infalsables»: no se abandonan porque sean contradichos por la experiencia ni se sustituye un mito por otro porque el nuevo explique más fenómenos que el anterior. Un mito se mantiene vigente mientras sea capaz de relacionar los fenómenos que describe con valores clave para el mantenimiento de la estructura social.

Y, por supuesto, afirmar que la «ciencia es un mito» es no entender ni qué es la ciencia ni qué es un mito. De hecho, la curiosidad y el conocimiento son frecuentemente castigados en los mitos. En la tradición griega, Prometeo es encadenado a una montaña y condenado a ver su hígado cada día devorado por un águila por haber dado el fuego a los hombres, y Pandora a esparcir los males por el mundo como castigo a su curiosidad.

g-10

6

 

El camino a las estrellas

Podría decirse que el camino a la ciencia estaba escrito en las estrellas.

La astronomía figura entre las disciplinas que más tempranamente se dotaron de un conjunto de observaciones, reglas, modelos, regularidades y predicciones. Así, la observación del cielo y el conocimiento de los astros y sus movimientos están presentes en todas las culturas humanas de las que tenemos noticia, y los seres humanos no son los únicos animales que la utilizan. Hay incluso insectos que usan la luz de la Vía Láctea para orientarse.[32] 

Los conocimientos astronómicos (junto con el de las olas y las corrientes) permitió a las sociedades polinesias del Pacífico pasar de isla a isla a lo largo de cientos de kilómetros de mar abierto, determinando su rumbo y posición de una manera sorprendentemente exacta.

La capacidad de determinar el solsticio de verano y el solsticio de invierno guio la construcción de un sinfín de estructuras alrededor del mundo, como el templo del Sol en Perú, la Gran Pirámide de Giza en Egipto o Stonehenge en Inglaterra. Además, esta información se utilizaba —junto a las fases de la Luna y otros fenómenos astronómicos— para tomar decisiones sociales, económicas y religiosas.

La observación de que algunos astros del firmamento no están fijos, sino que se mueven llevó a la separación básica entre lo que hoy denominamos «estrellas», «satélites» y «planetas». Nuestros ancestros no tardaron mucho en percatarse de que algunos de sus movimientos ocurrían de forma regular y podían, por lo tanto, predecirse. Los mayas, por ejemplo, eran capaces de predecir eclipses solares que no ocurrirían hasta cientos de años más tarde, y ello sin conocer las razones por las que se mueven los astros o poseer una teoría correcta sobre la estructura del sistema solar.

El despiste de Tales

 

De Tales de Mileto (siglos VII-VI a. C.), uno de los grandes sabios de la Antigüedad clásica, famoso por sus conocimientos de filosofía, matemáticas, física y astronomía, cuenta Platón en su diálogo Teeteto que, estando un día mirando a lo alto, ocupado en observaciones astronómicas, cayó sin darse cuenta en un pozo. Ello provocó la risa de una sirvienta que estaba por allí, quien se burló de Tales cruelmente reprochándole querer saber lo que pasaba en el cielo mientras olvidaba lo que tenía delante de sí y a sus pies. Sin duda, hay algo cómicamente ridículo en caer en un pozo mientras se contemplan las estrellas, pero también hay algo sublime en ello. Es un reflejo a la vez de nuestro profundo deseo de elevarnos a través del conocimiento y de nuestras enormes limitaciones terrenales.

Es cierto, sin embargo, que, durante mucho tiempo y en la inmensa mayoría de dichas culturas, la astronomía (la ciencia que estudia los astros) estuvo ligada a la astrología (la pseudociencia que sostiene que las estrellas determinan el destino de las personas) y esta, a su vez, a la religión (que no es ciencia ni pseudociencia, sino un conjunto de creencias afirmadas por la fe). Llevó mucho tiempo —y no poco esfuerzo social e intelectual— separar las tres.