todo_lo_que_nunca_dijimos-2

Capítulo 1

Ella

Unas gruesas oleadas de lluvia embisten la ventana de mi habitación. Los rayos y los truenos de una tormenta georgiana desgarran esta mañana de lunes. Hace horas que estoy despierta, que escucho el ulular del viento y fantaseo con que un vendaval destruya la pared y se me lleve.

Oigo un crujido en el suelo detrás de mi puerta y veo que la sombra de mamá se mueve por debajo. La madera gime bajo sus pies. Es el sonido de la indecisión. ¿Llamar a la puerta de su hija o no llamar?

Mamá se marcha. Oigo sus pasos cuando se retira de nuevo a su dormitorio.

No llamar, al parecer.

Hace un año, habría irrumpido en mi cuarto y me habría echado la bronca por seguir debajo de las mantas. Hace un año, su silencio habría sido inconcebible. Pero hace un año todo era distinto. Este silencio que cuelga alrededor de mi cuello, pesado como una piedra, me lo he ganado yo. Y, con esta penitencia, aparto las mantas y hago lo imposible: me preparo para el primer día de mi último curso en el instituto North Davis.

Aunque me siento como si esta fuese otra vida, todavía recuerdo lo estresada que estaba el primer día del curso pasado. No había cantidad de aceite de argán capaz de combatir la humedad de Georgia alojada en mi negra melena encrespada. El maquillaje de ojos de gato, que la noche anterior me había hecho sentir como una femme fatale, ese día me daba aspecto de querer tomar la ciudad de Gotham como rehén valiéndome de gas de la risa.

Presa del pánico, le había mandado un selfi a mi persona preferida del mundo entero acompañado de un mensaje:

E

Socorro.

Hayley me había contestado de inmediato:

H

¿Te estás quedando conmigo? ¡Si estás guapísima! Pero vente a casa un momento y yo te ayudo con el pelo. El verano de Georgia no tiene nada que hacer contra mi plancha.

Hoy, en cambio…

Hoy me pongo lo primero que mis dedos de los pies tocan cuando los bajo al suelo: los mismos vaqueros que llevé ayer (y antes de ayer, y el día anterior y el anterior) y una sudadera gris manchada de salsa de la semana pasada. No recuerdo cuándo fue la última vez que me miré en un espejo.

La pena ha abierto una sima entre yo y esa chica tonta de hace un año, cuyos mayores desastres eran una raya del ojo mal hecha y unos pocos mechones rebeldes. Cómo la odio.

Cómo la añoro.

Un rato después, cuando camino por los pasillos del instituto North Davis, no siento que haya vuelto como Ella, sino como la sombra de Ella, un fantasma en vida. Si lo pienso, es como si me desgarraran el corazón. Ojalá fuera un fantasma. Quizá así podría cruzar el umbral entre los reinos y seguir hablando con Hayley. Contarle todo lo importante.

Como, por ejemplo, que su taquilla ahora pertenece a Albert Wonsky. Seguro que soltaría un gemido y diría algo como: «Por favor, por favor, rescata mis fotos de Pedro Pascal antes de que mi marido acabe ahogado en porno anime», y yo me reiría y le contestaría: «Lo siento, demasiado tarde».

Le diría que la abolladura sigue ahí. La que hice yo cuando le di una patada a la taquilla después de sacar un notable en Latín. Y también está la abolladura que hizo ella, justo al lado. «Para una negación plausible», me dijo. «Eso no significa lo que tú crees», le contesté.

Le diría que todavía hay cera rosa de su vela de cumpleaños en la antesala junto al aula de música, del día que Sawyer Hawkins y yo nos escondimos allí agachados, sonriendo como un par de pirados, antes de salir de un salto con unos globos y un cupcake y gritarle: «¡Feliz cumpleaños!».

Sawyer…

Su nombre es como un puñetazo en el estómago. Hoy no puedo pensar en él. Ya es demasiado. Si lo hago, será como si las costillas se me partieran otra vez.

Y, en este preciso instante, lo veo. Ahí está, al final del pasillo, al lado de Mike Lim, al que le saca una cabeza. No sé de qué estarán hablando, pero hace que su precioso rostro se ilumine con una sonrisa torcida.

Me afecta tanto verlo que me detengo. Me apoyo en una pared y me aferro a los libros con tanta fuerza que creo que la palabra «Cálculo I» se me quedará grabada en el esternón durante días.

Sawyer mira hacia mí de repente, como si hubiera sentido mi presencia. Dejo de respirar. Es la primera vez que veo sus amables ojos castaños desde el funeral.

Solo que ahora no hay amabilidad alguna en su mirada.

Sawyer, el único chico que conozco que celebra los mesiversarios con pequeños regalos perfectos, el que estuvo encantado de traernos palomitas y Sprite durante una maratón de Crepúsculo, un día que Hayley estaba enferma, el que quería a mi mejor amiga tanto como yo…

Ese mismo Sawyer está ahora mismo fulminándome con la mirada con tanta furia que me entran ganas de vomitar.

Lo sabía. Me culpa a mí.

Debería aguantarle la mirada. Debería dejar que su ira me carbonizara. Es lo que me merezco, por lo que le robé. Por lo que le robé a ella.

Sin embargo, doy media vuelta y reprimo un sollozo, preparada para salir corriendo de allí, del instituto, tal vez para siempre. Pero me doy de bruces contra el señor Wilkens.

—¡Ay! ¡Cuidado, amiga! —El psicólogo del centro trastabilla hacia atrás, pero me coge de los hombros con el fin de evitar que me caiga.

—Ay, lo siento muchísimo —consigo decir avergonzada.

—No, no, Ella, no pasa nada. Estoy bien. —Agacha la cabeza intentando mirarme a los ojos—. Eh, oye… Me alegro de haberme topado contigo. ¿Cómo estás? —Me encojo de hombros. No confío en mi propia voz—. No muy bien, ¿no?

El señor Wilkens suele ir bien afeitado, pero hoy lleva una sombra de barba en la mandíbula. Sus ojos, que normalmente son de un azul brillante, hoy tienen un tinte más turbio, del color de un moratón. Quizá sea uno de esos consejeros escolares que se preocupan de verdad por sus estudiantes. Quizá él también esté triste esta mañana.

La idea me reconforta.

—Ella… —dice—. Sé que hoy es un día duro. Y espero que sepas que puedes contar conmigo. —Parece querer añadir algo más, pero en ese momento suena la campana, interrumpiendo sus pensamientos—. Ah, salvado por la campana. —Se echa a reír—. No llegues tarde a clase. Hablaremos pronto, ¿de acuerdo?

Me observa alejarme con el ceño fruncido de preocupación. Es amable por preocuparse tanto. Por querer ayudarme. «No se moleste, señor Wilkens —debería decirle—. Ahorre sus esfuerzos y su tiempo para los alumnos que no sean una causa perdida. Los alumnos que se lo merezcan».

Los alumnos que no hayan matado a su mejor amiga.

Me tiro el día entero intentando hacerme invisible, tratando de ignorar las miradas, algunas acusadoras y otras más amables, más empáticas, colmadas de compasión. Pero es imposible. Cuando paso junto a un grupito de chicas, cerca de la fuente, se callan de golpe. En clase de Lengua, Seema Patel, una chica con la que no hablaba desde la escuela primaria, se acerca y me ofrece una bolsa de gominolas ácidas.

—He pensado que no te vendrían mal.

Y antes del almuerzo, cuando estoy al lado de mi taquilla, aparece la gente que esperaba evitar toda la jornada: mi viejo grupo de amigos. O lo que queda de él. Nia Wiley, Beth Harris, Rachael Evans e incluso Scott Logan se me acercan desde detrás. La ausencia de Sawyer es evidente, pero no hay ningún vacío que pueda compararse al más evidente, que tiene el tamaño de un cráter.

En realidad, eran amigos de Hayley. Nia y Beth estaban en el equipo de atletismo con ella, Beth y Rachael salen juntas desde el primer año de instituto y Scott es como un grano en el culo del que no consigues librarte por mucho que lo intentes, una mezcla entre adolescente arrogante y personaje cómico. Fue Hayley quien me integró en este grupo y, ahora que no está ella, le falta un eje que lo mantenga en pie. Si aguanto otra semana ignorando sus llamadas, acabaré expulsada de él por inercia, en mi propia órbita, lo que será más cómodo para todos.

Sin embargo, ahora Beth me rodea el cuello con los brazos.

—Ella, ¿dónde te habías metido? ¡Estaba preocupadísima! Este verano te he llamado un montón, ¡todos los días!

Nia alarga una mano y me quita a Beth de encima con suavidad.

—Ya te lo dije. Seguramente yo tampoco te habría contestado si me hubieras estado llamando todos los días como una loca.

Beth hace un puchero y se apoya en Rachael. Nia niega con la cabeza y me dirige una mirada de disculpa.

—Solo queríamos saber cómo estabas, Ella. O sea…, además de lo evidente.

—Sí, te echamos de menos. —Rachael me dedica una sonrisa tímida y Beth asiente. Nia le da un codazo a Scott, que está detrás de ellas mirando el móvil con el ceño fruncido.

—Sí, Ella, eso mismo, cuenta con nosotros. —Solo levanta la vista de la pantalla medio segundo.

Nia lo fulmina con la mirada, pero luego se vuelve hacia mí con una expresión más dulce.

—¿Cómo estás?

Beth y Rachael parecen nerviosas y Scott no me hace caso. Prefiero ambas cosas a la mirada compasiva y cómplice de Nia.

—Ha sido duro, pero estoy bien, os lo prometo. —Hago lo posible por sonreír mientras cierro mi taquilla—. No os preocupéis por mí. Lo aprecio mucho, de verdad, pero estoy bien.

Beth y Rachael parecen aliviadas, pero Nia frunce el ceño.

—Ella, ¿sabes que puedes…?

—Ya la has oído —interrumpe Scott justo cuando suena la campana—. Está bien. Ha desbloqueado sus chacras, su aura está limpia, está en Mercurio retrógrado o lo que sea. Llego tarde a clase.

Nia le dirige una mirada asesina mientras se aleja, pero no le dice nada. Por una vez, me alegro de que Scott sea un poco capullo.

Sin embargo, la cosa no se limita a mis viejos amigos. No hay profesor que no quiera comprobar si estoy bien. Igual que ha hecho el señor Wilkens, me cogen del codo con dulzura y me preguntan en voz baja cómo me encuentro. Pero ¿qué esperan que les diga durante los tres minutos que hay entre clase y clase? ¿Lo que no he logrado contarles a mis padres o la ristra de profesionales de la salud mental a los que me han llevado en los cuatro meses que hace que murió Hayley? Les ofrezco la única respuesta que puedo ofrecer, y la única que quieren oír: «Bien. Estoy bien».

Por obra de un milagro, el tiempo sigue avanzando, acercándome cada vez más al final del día. Aun así, me siento como si estuviese en un bote de madera con los lados llenos de agujeros, cada uno de los cuales es un recuerdo. El pupitre del aula de la tercera hora, ahora vacío; la mesa en la que nos sentamos a comer durante tres años, que ahora han ocupado unos de primero. El océano está agitado y yo lucho por tapar cada agujero, para mantener a raya las aguas embravecidas. Las olas rompen contra el bote, a punto de volcarlo, pero me las arreglo para mantenerme a flote.

A las tres y cuarto suena la campana.

Por fin.

Echo a correr hacia la puerta principal, pero una voz me detiene.

—¡Señorita Graham! La estaba buscando. —La señora Langley, la profesora de cerámica, me hace señas para que me acerque desde el aula de arte. Miro anhelante las puertas que me esperan al final del pasillo y la señal parpadeante de «Salida», pero voy hacia ella.

—Hola, señora Langley —saludo mientras me recoloco la mochila de libros sobre el hombro. Mis educados instintos sureños están luchando contra mi desesperación por marcharme.

—Solo será un momento. Quería darte una cosa. —Levanta un dedo, se va y reaparece un instante después con una cajita de cartón en la mano. En un lado, escrito con rotulador, se lee: «ELLA Y HAYLEY». Dentro hay dos tazas de cerámica hechas a mano.

Y así, sin más, el bote diminuto que había logrado mantener a flote todo el día empieza a hundirse.

—He pensado que tal vez las quisieras —susurra con casi tanta tristeza como la que yo siento—. No fueron al horno hasta después de… En fin, te las estaba guardando.

—Ah —contesto parpadeando con la mirada fija en la caja.

Hacernos una taza la una a la otra había sido idea de Hayley. Tazas de café para cuando compartiéramos habitación en la Universidad de Georgia. Hayley me había enseñado su diseño muy orgullosa: una taza con una «D» ornamentada estampada en un lado. «D» de… «dentadura». Cuando protesté y le dije que no quería beber de una taza para la dentadura, alzó una mano y repuso: «Piénsalo. Esta es una taza que usarás durante toda la vida. Solo me estoy preparando para la mejor etapa de nuestra amistad: cuando seamos viejas y estemos seniles. Piensa en lo gracioso que será. —Un destello parpadeó en sus ojos verdes y traviesos—. Cada vez que nos veamos, nos haremos mejores amigas otra vez. —Se encogió de hombros—. Y tendrás una taza donde guardar tu dentadura».

Las dos habían quedado preciosas.

Apenas recuerdo haberme despedido de la señora Langley. Salgo del instituto aturdida, incapaz de dejar de mirar las tazas, que repiquetean la una contra la otra en la caja de cartón. Me gustaría apartar la vista. De verdad. Me gustaría tirarlas por un barranco, pero sé que sería como arrancarme un órgano y pisotearlo. De algún modo, necesito que estas dos tazas sobrevivan.

Acaricio la que hizo Hayley. Hay una marca en el culo que olvidó alisar. La examino más de cerca y descubro un pequeño remolino de líneas, un patrón.

Su huella dactilar.

Reparo vagamente en que hay un mundo que me rodea. Quizá haya hierba, un cielo. Oigo unas voces en la distancia.

Sin embargo, ahora mismo solo puedo concentrarme en presionar el dedo en esa pequeña marca.

Sucede muy rápido.

En un segundo, tengo unas luces alumbrándome la cara: un autobús se abalanza sobre mí. Se oyen gritos, el bramido de una especie de cuerno, como el de un dragón majestuoso. Tengo el corazón en la garganta; lo último que pienso es que debo proteger las tazas. Y entonces salgo disparada hacia atrás.

No muero.

Me choco con algo sólido. Mi cerebro, el muy ridículo, piensa en un muro de ladrillos, pero este muro es cálido y tiene un corazón que palpita. Alguien me ha apartado de la carretera. Alguien me ha salvado.

Levanto la cabeza y me descubro mirando los ojos muy abiertos y asustados de Sawyer Hawkins.

—¡Sawyer! —grito. Me aparto de sus brazos tropezándome y lo miro. Mi mochila se ha caído al suelo, pero yo sigo aferrada a la caja de cartón. Las tazas no se han roto de milagro.

—Ella. —Sawyer está jadeando, lívido del horror. Tiene una mano sobre el pecho y con la otra se tira de su grueso pelo. Respira hondo varias veces para tranquilizarse y cierra los ojos. Cuando los abre de nuevo, están llenos de ira—. ¡Ella! —gruñe—. ¿En qué estabas pensando? ¡Te podrías haber muerto! ¡Muerto de verdad! ¿Y si no hubiera estado yo aquí? ¿Y si no te hubiera estado mirando? ¡Dios!

—¿Por qué me estabas mirando? —Tardo un segundo en darme cuenta de que lo he dicho en voz alta.

—¿Qué? —pregunta perplejo.

—Que por qué me estabas mirando. —Trago saliva—. ¿Para qué me has salvado? —Para mi horror, se me llenan los ojos de lágrimas. Ya no puedo seguir fingiendo que estoy bien.

Sawyer empalidece. La ira que inundaba sus rasgos se evapora y, si fuera posible, parece más impactado por mis palabras que por haber estado a punto de presenciar mi muerte. Se lame los labios y abre la boca, pero no dice ni media palabra.

Quiero saber la respuesta. Hay un diamante microscópico de esperanza alojado en mi estómago que me ruega que me quede, que escuche lo que tiene que decir.

Pero no lo hago. No puedo.

Ya sé la respuesta. Y cualquier frase amable que salga de su boca no será más que pena o una compasión que no merezco. Doy media vuelta y me marcho.

No me llama. Ese rayito de esperanza me pide que mire atrás, solo una vez. Pero no lo hago.

Y me juro no hablar con Sawyer nunca más.

Capítulo 2

Ella

En el autobús de vuelta a casa, apoyo la frente en el cristal sucio y revivo una y otra vez el momento en el que he pensado que iba a morir. Pienso en las luces dirigiéndose a mí a toda velocidad, en el olor a gasolina y goma quemada. No he tenido tiempo de gritar ni de pensar en nada que no fueran las tazas, que ahora mismo repiquetean dentro de su caja, en mi regazo.

«Hayley, ¿a ti te dio tiempo a pensar?».

Conociendo a Hayley, seguro que tuvo tiempo de crujirse los nudillos y decir: «Muy bien, vamos a ver qué me espera».

Sigo sin entender cómo es posible que ella ya no esté y yo siga aquí.

Y parece que Sawyer también.

¿Qué me habría dicho si hubiera esperado a que respondiera? ¿Me habría confesado lo que siente de verdad?

Conozco a Sawyer. No es ningún monstruo. Por supuesto, me habría dicho: «Pues claro, Ella, claro que me alegro de que no te hayas convertido en un amasijo de carne delante de mis narices». Aunque, en el fondo, piense que debería haber sido yo.

Lo cierto es que estuve a punto de ser yo. O, al menos, es lo que me dijeron en el hospital, donde me desperté con varias costillas rotas, un traumatismo craneal y ningún recuerdo de las veinticuatro horas anteriores.

Una «respuesta al trauma», según los médicos. «Es normal». Como si hubiera algo normal en todo esto. Dijeron que tal vez recuperase la memoria, pero de momento… nada. Y, según lo que me dijo la policía, no sé si la quiero recuperar.

Ocurrió la pasada primavera después de una fiesta en casa de Scott, pocas semanas antes de que terminara el curso. Los testigos afirman que me vieron beber una cerveza y luego llevarme a una Hayley borracha y muy disgustada a mi coche, tras lo que me puse al volante. Íbamos camino a casa cuando estrellé el coche, destrozando el quitamiedos, justo antes del puente del río Silver. Me encontraron en el asiento del conductor, con el coche estrellado contra una roca en el terraplén inclinado sobre las aguas embravecidas del río.

A Hayley no la encontraron.

Lo único que quedaba de ella era un agujero en el parabrisas, por donde había salido disparada del coche. El cristal roto estaba lleno de su sangre. No llevaba puesto el cinturón de seguridad, y me dijeron que, si no la había matado el impacto, se habría encargado de hacerlo el río, tristemente famoso por sus fuertes corrientes, sus rocas afiladas y sus cascadas repentinas. En Cedarbrook no hay ni un alma que no sepa lo traicioneras que son esas aguas.

Tan traicioneras que ni siquiera pudieron recuperar su cuerpo. Lo intentaron, por supuesto, pero el oleaje de la corriente era tal que no había forma de saber dónde habría terminado, e incluso los mejores submarinistas tenían reparos para meterse en el río. Tras una semana de búsqueda infructuosa y después de que uno de los rescatadores estuviera a punto de perder la vida, la dieron por terminada.

Hayley había muerto y era por mi culpa. Había sido yo quien se había bebido esa cerveza. Conducía yo. La había matado yo.

El autobús se detiene con un quejido cuando por fin llegamos a mi barrio.

Cuando pongo un pie en el camino de entrada a casa, el sol arroja un resplandor dorado y alarga las sombras que se extienden por el césped. La humedad sigue siendo sofocante, aunque el sol ya haya bajado.

Cuando entro, la casa está en silencio. Hace un año, mamá se habría abalanzado sobre mí en cuanto me hubiese visto aparecer por la puerta. «Vamos a repasar el programa del curso; ¿tienes ya el horario de las competiciones de natación?; ¿ha recibido el señor Prescott mi correo electrónico?». Mi hermana pequeña, Jess, me habría mirado y habría puesto los ojos en blanco en señal de conmiseración, y poco después papá habría vuelto a casa después del trabajo y me habría rescatado con un comentario jocoso con el que se habría ganado un cachete en el brazo de mamá, aunque no habría podido evitar reírse.

La mitad del tiempo, Hayley estaba conmigo, en cuyo caso mamá le habría dedicado a ella todas sus atenciones, controladora como mamá pato con sus polluelos, sin importarle que perteneciera a una parvada diferente. A Hayley le encantaba, incluso cuando mamá la regañaba por sacar solo suficientes.

Oigo un maullido a mis pies. Una gatita gris se restriega contra mis piernas. Me mira con sus ojos verdes, parpadea y vuelve a maullar.

—¿Dónde has puesto tu collar, Midna? ¡Vas desnuda otra vez! —Hago equilibrios con la caja de las tazas, colocándomela sobre la cadera, y me agacho para coger al animal con un brazo. Cuando presiono la cara contra su pelaje, ronronea. La llevo a mi habitación, que abro con el hombro. Midna salta de mi brazo y se ovilla sobre el escritorio, haciendo repiquetear las tazas. Con una punzada en el corazón, dejo la caja en el suelo y la meto debajo de la cama.

Entonces reparo en lo que Midna está toqueteando en mi escritorio. Cojo una copia con las hojas dobladas de Los secretos del aquelarre, la segunda entrega de la serie de Los reinos de las maravillas. Una de mis preferidas.

—Todavía no lo has leído, ¿no? —Jess está apoyada en el marco de la puerta. La sombra de ojos verde y el brillo de labios oscuro acentúan sus rasgos, que ya son llamativos de por sí. Sin duda, el maquillaje es cortesía de su mejor amiga, Kelly, que es toda una gurú de belleza a la edad de catorce años. Reprimo la punzada de envidia que siento al imaginarla riéndose mientras pasa una brocha por los párpados de mi hermana.

Me aclaro la garganta.

—Ni siquiera sabía que ya había salido —susurro. Con todo lo que ha pasado, me había olvidado por completo. Algo que hace un año habría marcado en el calendario, que habría esperado con ganas. Ni me acuerdo de la última vez que se me ocurrió abrir un libro.

—No te voy a contar lo que pasa, pero es bueno. —Jess se encoge de hombros—. He pensado que sería una buena distracción.

—Gracias —contesto sinceramente conmovida. Es la única palabra que me veo capaz de pronunciar, pero espero que sepa que se lo agradezco de verdad.

Ella asiente.

—Ah, y… —Levanta la mano. Lleva un collar lila gastado colgando de un dedo, con un cascabel que tintinea—. Estaba en la maceta de la costilla de Adán de mamá. Le ha vuelto a chafar todas las hojas. No le va a hacer ninguna gracia.

—¿Chicas? —Es la voz de mi madre, que nos llega tras el sonido de la puerta trasera al abrirse y cerrarse. Jess y yo le ponemos enseguida el collar a Midna, que no para de retorcerse. Para cuando mamá aparece en la puerta de mi cuarto, ya se ha ido (probablemente, a dormir en sus plantas otra vez). Estaba trabajando en el jardín. La frente le brilla de sudor y huele a sol, pero la blusa de color melocotón sigue inmaculada, igual que sus uñas.

Mi madre perfecta. Ahora que la veo, lo noto con agudez: la brecha entre quien soy hoy y quien fui antaño, su hija perfecta.

Y, por la forma en la que me aguanta la mirada con los ojos oscuros, parece que ella también lo siente. ¿Esa tristeza? ¿Esa decepción? Sí, me la merezco.

Tras un silencio incómodo, Jess carraspea, lo que parece sacar a mamá de su ensimismamiento.

—¿Podéis bajar a ayudarme con la cena? Vuestro padre no tardará en llegar.

Una vez en la cocina, mi madre saca unas patatas de la despensa y se las da a Jess. Yo, mientras tanto, voy a la pila a fregar los platos.

—Bueno —dice Mamá mirándome—. ¿Cómo ha ido hoy?

La pregunta que más temía. Y no tengo ni idea de cómo contestar. Por suerte, no me hace falta.

—Bien —interrumpe Jess—. Todo el mundo dice que segundo es mucho más difícil, pero yo creo que solo quieren asustarnos. Y Kelly va conmigo a dos clases. La verdad es que…

Le dedico a Jess una oración silenciosa de agradecimiento por seguir charlando mientras corta las patatas. Yo cojo el estropajo y empiezo a frotar. Por desgracia, Jess termina demasiado pronto y la mirada de mamá se vuelve hacia mí. Pero entonces la puerta se abre; salvada otra vez.

—¡Ya estoy en casa! —anuncia papá. Entra en la cocina con los brazos abiertos y la barba oscura estirada en una sonrisa—. ¡Aquí están mis preciosas mujeres! —Le da un abrazo a Jess, un beso en la cabeza a mamá y, cuando se vuelve hacia mí, su mirada avellana se suaviza—. ¿Cómo estás, pequeña?

—Hum… —contesto mordiéndome el labio, a punto de echarme a llorar al oír la dulzura en su tono de voz.

—¿Has podido hablar con la entrenadora Carter hoy? —Mamá se pone a mi lado para enjuagar el arroz en el fregadero.

Cierro los ojos. Se refiere a la entrenadora del equipo de natación. Tenía la esperanza de evitar esta conversación durante al menos otra semana. Se me pasa por la cabeza mentir, pero la verdad es que no tengo energía para hacerlo.

—No.

Jess deja de cortar verduras y papá cambia de postura a mi lado, incómodo.

—¿Estaba de baja? —Mamá mueve la mano en círculos en el interior de la olla de arroz. El agua se tiñe de blanco.

—Mamá… —Evito su mirada—. No he hablado con la entrenadora Carter porque no voy a volver al equipo de natación.

Deja la mano quieta. Se le tensan los hombros. Rígida, lleva la pesada olla a la arrocera mientras los demás la seguimos con la mirada. Los tres estamos esperando una respuesta feroz.

Pero, para mi sorpresa, se limita a decir:

—Pero si te encanta nadar. —Nos da la espalda; su tono de voz es inusualmente comedido—. Desde que eras pequeña. El año pasado batiste un récord del instituto. —Cuando se vuelve para mirarme, me sobresalto al ver el dolor y el miedo que hay en su rostro—. ¿Qué pasa con tu futuro, Ella? El año pasado la entrenadora Carter nos dijo que ya le estaban escribiendo los cazatalentos de las mejores universidades. Piensa en eso, Ella. Piensa en…

Papá le pone una mano en el hombro.

—Solo es el primer día, Michelle —murmura.

Por un instante, un destello familiar y afilado centellea en los ojos marrón oscuro de mi madre. Todos lo notamos; papá y Jess se quedan rígidos. Sin embargo, desaparece al cabo de un instante. Mamá, deshinchada, asiente una única vez y se vuelve hacia la arrocera sin decir nada. Jess vuelve a cortar patatas con los labios apretados y papá me da un beso en la cabeza.

—Ahora vuelvo. Voy a quitarme esta ropa tan agobiante. —Se tira de la corbata y, sin mucho entusiasmo, pone cara de bobo para intentar quitarle hierro al asunto. Funciona a medias. Me dedica una sonrisa triste y sube a la planta superior.

Yo miro a mamá incrédula.

Mi madre viene de un largo linaje de mujeres feroces y guerreras que crecieron con un machete en la mano. Solía contar la historia de cómo su lola («abuela» en tagalo, o sea, la abuela de mi madre) arrastraba a mi lola y a sus hermanas por los campos de cañas de azúcar para esconderse de las tropas enemigas en Filipinas durante la Segunda Guerra Mundial. Mi lola todavía tiene restos de metralla en el pie izquierdo.

Me alegro de que mamá no haya tenido que poner a prueba sus talentos para la guerrilla, pero no me cabe duda de que esta mujer sería capaz de hacer llorar a cualquier soldado. No le dio ningún miedo dejar atrás a todos sus amigos y su familia para construir su vida desde cero en un país desconocido.

Y esa misma mujer está ahora desmoronándose en mitad de la cocina. Tiene los hombros hundidos y se está tragando sus palabras.

Y esto se lo he hecho yo. Se lo he hecho a todos. Por un momento, daría cualquier cosa por oír la cadencia estridente del clásico sermón de mamá; oír cómo me levanta la voz por haber sacado solo un notable alto en un examen de Historia universal. Porque eso significaría que, además de todo lo que he hecho, no he roto también a esta familia.

Que no he roto a una mujer irrompible.

Jess termina de cortar las verduras sin mediar palabra y sube a su cuarto a cambiarse de ropa. Yo sigo fregando los platos. El silencio entre mi madre y yo se alarga y se alarga, hasta que ella dice:

—Antes ha llamado la madre de Hayley.

Se me cae el plato que tengo en las manos en el fregadero y se rompe con un estruendo. Mamá lo mira con el ceño fruncido, pero no abre la boca; tiene el cuidado de no reprenderme.

—¿Qué quería? —Quito los pedazos de cerámica de la pila con dedos temblorosos y el corazón alojado en la garganta.

—Tienes que ir a su casa el viernes después de clase. Quiere que la ayudes. —Mamá suspira—. Tenía pinta de estar fatal.

Me sobreviene una náusea repentina y feroz.

—Mamá, pero ¿qué…? ¿Cómo puedo ayudarla yo?

—Quiere que vacíes la habitación de Hayley. —No me doy cuenta de lo mucho que estoy apretando el puño hasta que no me sobreviene un dolor agudo. Cuando bajo la vista, veo que tengo los pedazos rotos en la mano y la palma llena de sangre.

—Mamá… —le digo con voz ronca—. Por favor, no me obligues. Por favor.

«Volveré al equipo de natación —quiero prometerle—. Iré a la universidad que tú quieras, pero, por favor, no me mandes a la guarida de los recuerdos de mi mejor amiga muerta».

Mamá se vuelve de los fogones para mirarme. Me sorprende ver una pizca de contrición en sus ojos.

—Ella, me ha dicho que ni siquiera es capaz de entrar en la habitación de Hayley. —Aprieta los labios—. Ahora está completamente sola en esa casa. No tiene a nadie más. Y nadie conocía a Hayley mejor que tú. Seguro que sabes lo que habría querido hacer con sus cosas.

No puedo respirar. Quiero gritar: «¿Cómo narices voy a saber yo lo que Hayley habría querido? ¡Ninguna chica de diecisiete años habla sobre su muerte y hace planes por si acaso!».

—No soy capaz —digo.

Mamá me mira con tristeza.

—Sé que no quieres hacerlo, Ella. Lo siento. Pero no tienes elección. —Abre la tapa de la arrocera y el olor del arroz hervido, normalmente tan agradable, me pone el estómago del revés—. El viernes por la tarde. Ve directa desde el instituto. Te estará esperando.

Capítulo 3

Ella

–¿Nadie? De verdad, ¿nadie? Vamos. —Cuando está empezando a exasperarse, el señor Moss siempre se sube las gafas por el puente de la nariz con el dedo corazón. Es la tercera vez que lo hace en un minuto—. Claro, seguro que ninguno de vosotros se ha acordado del pobre profesor de Latín en todo el verano. —Eso es quedarse corto—. ¿En serio? ¿Ninguno de vosotros se acuerda de la diferencia entre el nominativo y el genitivo? ¿Ninguno?

Yo sí. Yo me acuerdo. La vieja Ella le habría dado al resto de la clase la oportunidad de responder, pero solo durante un segundo o dos. Luego, tras dar la respuesta correcta, se habría regodeado, radiante, con las alabanzas del señor Moss.

Pero ahora mismo rezo por que no pueda verme. Me he escondido en el último pupitre de la fila del fondo, donde estoy estratégicamente agachada tras la cabeza llena de rizos rojos y despeinados de Thomas Jones.

El señor Moss suspira, se sube las gafas otra vez y se vuelve hacia la pizarra para escribir la respuesta. El único sonido que se oye en el aula son los chirridos de desaprobación del rotulador.

No hay músculo de mi cuerpo que no se relaje de alivio. Suelto el aire que contenía en los pulmones y miro a mi alrededor. Nadie me está mirando. Los demás toman apuntes en sus libretas, hojean el libro de texto, llamado Ecce Romani, o miran de soslayo sus móviles por debajo de la mesa.

Rachael viene conmigo a esta clase. Antes me ha saludado con la mano para que me sentase a su lado, pero no se me ha pasado por alto que, cuando me he negado educadamente, se le han relajado los hombros. No la culpo. ¿Cómo va a saber ella qué decirme cuando ni mi propia familia es capaz? ¿Cuando ni yo misma lo soy?

Me hundo más en mi asiento y me concentro en que solo quedan diez minutos. Hago unos cálculos garabateando unos números en la página en blanco de mi libreta y se me cae el alma a los pies cuando veo la cifra. Quedan más de setenta y tres mil minutos de año escolar. Necesito descubrir como sea una forma de hacerme invisible y no sentir nada durante los siguientes setenta y tres mil minutos.

De repente, se oyen las interferencias del sistema de megafonía y todos damos un respingo.

—Señor Moss, por favor, se solicita la presencia de Ella Graham en Administración —dice una voz aburrida por el interfono.

El señor Moss me mira y parpadea, como si se hubiera olvidado de que estaba aquí. Se oye el crujido de las sillas cuando todo el mundo se vuelve para mirarme. Rachael me dirige una mirada comprensiva.

Adiós a ser invisible.

No tengo ni idea de por qué podrían necesitarme en administración, salvo por una razón: lo que ocurrió con Hayley. Ya me había preguntado si sufriría alguna consecuencia, algún castigo por haber bebido. El año pasado, el doctor Cantrell, nuestro director, me felicitó por batir un récord estatal en natación. Hoy tal vez me expulse del instituto.

Me muerdo el labio para no llorar mientras el señor Moss abre la puerta del aula. Dejo que el pelo me tape la cara y encorvo los hombros. Ojalá pudiera teletransportarme para evitar este camino de la vergüenza. Cada ojo es como el flash de la cámara de un paparazzi.

Mientras recorro los largos pasillos hacia las oficinas, decido que me parece bien. Me sacaré el graduado escolar a distancia e iré a una universidad donde nadie me conozca. Utilizaré mi segundo nombre.

Abro la puerta de las oficinas con un hombro mientras me imagino respondiendo al nombre de Anna.

—¿Puedo pasar ya al despacho del doctor Cantrell? —le pregunto a la señora Bertram, que está tras el mostrador.

—¿Ella? —Me vuelvo y veo que el señor Wilkens asoma por una esquina—. Ven por aquí.

Vacilo, confundida.

—Pensaba que quien me había llamado era el doctor Cantrell, que quería… —Me muerdo el labio. De repente, me siento avergonzada—. Expulsarme, tal vez.

—Ella, siento mucho haberte preocupado —responde el señor Wilkens frotándose la nuca—. He sido yo quien te ha mandado llamar, no el doctor Cantrell. Ven a mi despacho y te lo explico.

—Ah. —Me siento estúpida. Lo sigo por el pasillo.

En realidad, el despacho del señor Wilkens es más una sala de conferencias que un despacho. Hay una pared llena de estanterías y varios sillones y un sofá que forman un círculo amplio en el centro.

Y cada uno de esos asientos está ocupado por otro estudiante.

Bueno, no todos. En el sofá hay un asiento libre, presumiblemente para mí.

Y está justo al lado de Sawyer Hawkins.

Por supuesto.

No levanta la vista cuando entro; ni siquiera parece percatarse de que otra persona acaba de entrar en el despacho. Tiene los brazos cruzados y apretados contra el pecho y mueve una pierna arriba y abajo, irritado. Se me encoge el estómago.

—Disculpad —dice el señor Wilkens mientras me indica con un gesto que me siente—. Ahora que Ella ya está aquí, podemos empezar.

Sawyer levanta la cabeza al oír mi nombre. Me dirijo al sofá cabizbaja y ocupo el lugar vacío que hay entre él y Mary Collins, intentando desesperadamente no rozarlo.

—Muy bien —dice gentilmente el señor Wilkens. Se apoya en su mesa y cruza una pierna sobre la otra—. Gracias a todos por venir. Supongo que os estaréis preguntando la razón por la que estáis aquí… —Suaviza la voz y añade—: Hayley Miller.

Mi cuerpo reacciona al oír su nombre; la culpa y la pena me atraviesan con violencia. Me pregunto si Sawyer también se ha estremecido o si me lo he imaginado.

—Es una gran pérdida, y el dolor va y viene. Estoy seguro de que, ahora que hemos vuelto a clase, muchos de vosotros estáis sintiendo la ausencia de Hayley más acusadamente. En Dirección me han pedido que organice unas sesiones de grupo con los del último curso para que tengáis un espacio para sanar y para ser escuchados. ¿Alguien quiere ser el primero y compartir con los demás lo que se le pasa por la mente? ¿Scott? ¿Quieres empezar tú?

Había estado tan distraída con Sawyer que no me había dado cuenta de que Scott también se encontraba aquí. Lleva el pelo castaño claro alborotado, como de costumbre, y ropa informal, aunque sé perfectamente cuánto cuestan tanto sus zapatos de cuero blanco como su reloj, sobre todo porque él mismo se ha asegurado de que todo el mundo se entere. Scott no era rico hasta que su madre no se volvió a casar con un hombre que tiene una empresa de marketing de éxito en Atlanta, pero ahora que lo es no permite que a nadie se le olvide nunca. Hayley siempre ponía los ojos en blanco. «Es como una plaga molesta que soportas por los chistes. Se comporta como un idiota, pero sé que tiene un buen corazón escondido en algún sitio. O eso creo».

Ahora se está frotando las manos con fuerza y lleva su sonrisilla de suficiencia característica pintada en la cara.

—Ay, qué bien, señor Wilkens, por fin podemos empezar a sanar. Veamos… —Empieza a contar con los dedos y, con la voz rezumante de falsa sinceridad, dice—: No me puedo creer que Hayley ya no esté; tenía una personalidad arrolladora. Dios mío, qué injusto. Estoy furioso por que haya muerto. Quizá, si mi madre y mi padrastro no se pasaran la vida fuera de la ciudad, no habría celebrado esa fiesta tan genial y todavía estaría entre nosotros. Guau, no me puedo creer lo tristísimo que estoy…

—Scott… —lo interrumpe el señor Wilkins contrariado.

—Espere, que ya casi estoy. Solo me queda una de las fases. Aunque echo de menos a Hayley, sé que volveré a aprender a amar la vida. —Su apuesto rostro se deforma con una sonrisa burlona—. Hala. Listo. Las cinco fases del duelo en un tiempo récord.

El señor Wilkens contempla a Scott con una mano sobre la barbilla.

—A veces, cuando nuestros sentimientos son especialmente dolorosos, el humor puede ser una manera de evitarlos. Una manera de no sentir. Es comprensible, Scott.

Scott lo fulmina con la mirada un instante, pero Jackie Nevin interviene antes de que le dé tiempo a contestar.

—Señor Wilkens —solloza—. ¡Ha sido tan terrible! No puedo parar de pensar en ella.

No puedo evitar poner los ojos en blanco. Jackie estuvo con Hay­ley en el equipo de atletismo durante un suspiro y hablaron aproximadamente la friolera de dos veces.

—Gracias por tu valentía, Jackie. Sé que no es fácil, pero, por favor, exprésate con nosotros de la forma que necesites. —El psicólogo da una palmada y le dedica a Jackie su total atención, que, por lo que deduzco al ver cómo lo mira y hace aletear las pestañas, es justo lo que ella buscaba.

El señor Wilkens está bastante bueno para ser un profesor. Es de Cedarbrook y cuando venía a este instituto lo eligieron rey del baile, dio el discurso de la ceremonia de graduación y fue el lanzador estrella del equipo de béisbol. Si no fuese una persona tan natural, sería insoportable. De todos modos, todo el mundo sabe que el señor Wil­kens sale con una profesora de Arte despampanante del instituto rival. Pues claro que un hombre así no está soltero.

Mala suerte, Jackie.

Noto una suave presión en la pierna y me sorprendo al darme cuenta de que es Sawyer, que intenta llamar mi atención. Señala a Jackie con la cabeza con disimulo, que ahora está llorando a lágrima viva. De algún modo, sé exactamente lo que está intentando comunicarme: «¿Quién narices es esta tía?».

Me muerdo el interior de la mejilla y saco un lápiz y un pedazo de papel de la manera más disimulada y silenciosa posible.

«Estaba en el equipo de atletismo con H. La echaron después de medio semestre», escribo.

Sawyer sigue el recorrido de mis dedos con la mirada y la comisura de sus labios se curva hacia arriba cuando termina de leer la nota. Enarca una ceja, la que tiene la cicatriz, y niega con la cabeza mirándose el regazo con una sonrisilla en los labios. Una llama se enciende en mi pecho; el calor de una broma privada.

Cuando Jackie termina de contar sus infortunios, se le añaden el resto de alumnos. Hay un chico llamado Andrew que le pidió salir a Hayley el primer año de instituto y al que ella rechazó con amabilidad pero con firmeza. Sin embargo, por su forma de contar la historia, ella era su gran amor perdido.

—Ojalá hubiéramos tenido más tiempo… —termina Andrew con un suspiro.

Scott resopla asqueado y se cruza de brazos. Intento cruzar una mirada con Sawyer porque esto ya me parece muy fuerte, pero parece haberse olvidado de que hay más gente con él en esta sala. Está mirándose los zapatos con el ceño fruncido; no queda nada de su buen humor de hace unos instantes. Hemos vuelto a la realidad, esa en la que Hayley ya no está.

Ahora mismo, lo único que quiero es que todo esto termine.

Cuando suena la campana, el alivio es palpable. Cierro los ojos. Todo el mundo se incorpora y se estira.

—Un momento, chicos —dice el señor Wilkens—. No todo el mundo ha podido intervenir. —Me dirige una sonrisa de ánimo—. Ella, no puedo ni imaginar lo duro que está siendo todo esto para ti. ¿Cómo te encuentras?

«Ay, Dios mío, no».

El corazón me late tan rápido que me da la sensación de que se me va a salir por la boca. Sawyer se pone rígido y Scott me mira con mucho interés. Los demás se remueven, inquietos, y se vuelven a sentar.

Tengo la boca seca. Me aprieto los libros contra el pecho.

—Se lo agradezco mucho, de verdad. —Contra mi voluntad, mi voz empieza a apagarse, engullida por el pánico—. Pero no sé qué decir… O cómo decir…

—No pasa nada —repone el señor Wilkens con gentileza—. No hay una forma equivocada de hablar de…

—Este es el problema con los loqueros —lo interrumpe Sawyer, sobresaltándome—. Os gusta tanto escucharos cuando dais consejos que no escucháis a nadie más. Lo que, y corríjame si me equivoco, es el único trabajo que tienen. —Se pasa una mano por la cara y niega con la cabeza con falsa compasión—. Imagina, sacarse un máster para aprender a estar sentado y callado y hacerlo de pena de todos modos. —Sawyer luce una expresión fría. Letal—. Acaba de decirle que no quiere hablar.

Me quedo mirando a Sawyer boquiabierta. Oigo un coro de gritos ahogados a mi alrededor. Incluso Scott está medio sorprendido, medio impresionado. Ni en un millón de años se me pasaría por la cabeza hablarle a un miembro del claustro de ese modo.

El señor Wilkens se pone recto y se cruza de brazos.

—Muy bien, tranquilizaos todos. —Mira a Sawyer a los ojos con una expresión pensativa—. ¿Sabéis qué? Tiene razón.

Se hace un silencio sepulcral. Veo una chispa en los ojos marrón oscuro de Sawyer, que aprieta los dientes, desafiante.

El señor Wilkens mira a su alrededor.

—Sawyer tiene razón. No estaba escuchando. —Se vuelve hacia mí y añade—: Ella, no debería haberte presionado para que hablases con los demás si no estabas preparada. Te pido disculpas. —Le dirige a Sawyer una mirada severa—. Normalmente no toleraría ese tipo de lenguaje, señor Hawkins. Sin embargo, dadas las circunstancias, la ira es absolutamente normal. —Ladea un poco la cabeza—. Y, a menudo, mal direccionada.

Scott suelta una risita.

—Guau —replica Sawyer en voz baja pero mordaz. No sé por qué, pero da más miedo que cuando estaba gritando—. Menudo descubrimiento.

Noto cómo le tiemblan los puños apretados; siento cómo todos los músculos de su cuerpo se convierten en una línea rígida hasta que estalla y se levanta del sofá de forma tan repentina que me tira al suelo los libros que tengo sobre las piernas. Sale de la sala a grandes zancadas y cierra de un portazo tan fuerte que el diploma que el señor Wil­kens tiene colgado en la pared se cae al suelo y se rompe.

Se produce una exhalación colectiva. Hasta el señor Wilkens parece afectado; se mueve de forma rígida e insegura. Me tiemblan las manos y me da vueltas la cabeza.

¿Qué narices acaba de pasar?

Capítulo 4

Sawyer

Cuando salgo, me apoyo en la fachada del instituto y echo la cabeza hacia atrás. El pelo se me engancha en el ladrillo rugoso; un dolor suave y placentero. Cierro los ojos.

«No debería haber perdido así los estribos».

Pero… ¿quién no lo habría hecho, atrapado en ese circo de grupo de duelo y escuchando la mierda que salía de la boca de Scott? ¿Viendo a Wilkens poner el foco en Ella y obligándola a hablar? ¿Quién habría sido capaz de quedarse ahí sentado, en silencio, mientras su mirada castaña se llenaba de miedo y emoción? ¿Mientras se desmoronaba por dentro de forma evidente? Si conocieras a Ella tan bien como yo (y, siendo la mejor amiga de Hayley, la conozco muy bien), sabrías que es como si siempre llevara un as en el bolsillo, pero nunca apostase por sí misma.

Por eso he perdido los estribos. Hayley siempre me decía: «No sé qué es, pero Ella tiene algo que hace que quiera ponerme delante de ella y rugirle al mundo como una leona». En aquel entonces, para chincharla, le preguntaba: «¿Es tu mejor amiga o tu cachorra?».

Pero ahora…, después de apartar a Ella por los pelos de la trayectoria de aquel autobús, después de ver cómo fruncía ligeramente los labios mientras me escribía esa notita, después de ver cómo se metía el pelo detrás de la oreja mientras Wilkens la presionaba… y después de darme cuenta de que ahora solo estoy yo, de que yo soy el único que puede ponerse delante de ella y rugirle al mundo…

Pues por supuesto que me he puesto en pie y he rugido.

Pero aun así…

«Ha sido un paso en falso, Sawyer», me digo.

Me paso una mano por la cara. Ya me está costando bastante no perder la cabeza. Lo último que necesito es que me expulsen o llamar la atención del director. Llamar la atención de cualquiera, en realidad. Tengo suerte de que Wilkens no haya informado a nadie de Administración.

Sinceramente, también es una suerte que mi arrebato no haya sido aún peor, teniendo en cuenta el veneno tóxico que me corre por la sangre desde hace cuatro meses y que amenaza con desbordarse. Ni siquiera me acuerdo de la última vez que dormí una noche entera. No me acuerdo de la última vez que me desperté sin la sensación de tener piedras en las entrañas, sin el sabor de la ceniza en la boca.

Me acaricio distraídamente la cicatriz de la palma de la mano izquierda con el pulgar, un riachuelo delgado y rosa, hinchado y todavía tierno. Olvido la mayoría de mis cicatrices, pero soy incapaz de ignorar esta. En serio, intenta ignorar tus propias manos. Es imposible.

Ahora me siento un poco más tranquilo, un poco más centrado. Hasta que la veo.

Ella se dirige hacia mí con la cabeza gacha y mordiéndose el labio inferior, con los libros aferrados contra el pecho. Es la primera vez que dispongo de una oportunidad para observarla, o sea, observarla de verdad. No puedo ni imaginarme lo duro que ha sido todo esto para ella. Cuando lo pienso, una culpa ardiente se adueña de mi cuerpo y fluye por él. He estado tan obcecado con mi propio dolor que me había olvidado de que no soy el único que debe pasarse un curso entero metido en este agujero infernal. Tiene unas pronunciadas ojeras. Parece que no soy el único que tiene problemas para dormir.

Se queda paralizada en cuanto me ve.

Una vez más, soy yo quien la está asustando, y es como una patada en el estómago. Como si le hubiera pisado la cola a un perrito sin querer.

Cuando todavía estoy buscando qué decirle, encorva los hombros, intentando empequeñecerse, y empieza a retroceder poco a poco. Es justo lo que solía hacer yo cuando robaba galletas de chocolate de la despensa, creyéndome muy astuto, mientras mamá estaba detrás de mí, observándome con los brazos cruzados.

No puedo evitarlo. Me río por la nariz.

—¡Oye, Graham! —la llamo—. Te estoy viendo, pero, si quieres, fingimos que no nos hemos mirado a los ojos.

Se pone rígida. Es evidente que está avergonzada, se le ha enrojecido el cuello. Echa un vistazo hacia atrás, como si estuviese contemplando la posibilidad de escapar de todos modos, pero parece pensárselo mejor, se pone recta y me mira.

Suavizo la expresión, con la esperanza de que se note lo mucho que lo siento. Ella sigue mirándome como si me fuese a transformar en un hombre lobo de un momento a otro. Aún tiene las orejas hundidas entre los hombros. Como me mata verla así, acabo soltando:

—¿Cómo está tu gata? —Qué ingenioso, Sawyer. Muy bien.

—¿Mi… mi gata? —Me mira y parpadea.

—Sí, esto… ¿Edna? ¿Cómo está? —Me froto la nuca y hago una mueca.

Ella resopla, un sonido que a ella parece sorprenderla y a mí me da esperanzas. Niega con la cabeza.

—¿Te refieres a Midna? —Hace una mueca—. Está…, bueno, pues muy bien. Le hemos cambiado la alimentación y ahora hace menos bolas de pelo.

No me puedo creer que la primera conversación que mantenemos desde el funeral de Hayley trate sobre esto. Y, a juzgar por su expresión, ella está pensando lo mismo.

—Sí, Midna, eso quería decir. Hum, esto…, felicidades por lo de las bolas de pelo. Siempre es bueno no…, no tener tantas. —Carraspeo.

Y ahí está: la sonrisa de Ella. Aunque no es muy ancha, le ilumina la cara entera. Sus ojos son tan bonitos como un amanecer. En ese momento, reparo en que el viento le azota el pelo largo y oscuro y en que el sol tiñe los mechones de un rojo dorado y hace que sus ojos parezcan una imposibilidad, como ámbar brillante. ¿Cómo es posible que nunca me hubiera dado cuenta?

Dios, pues claro. Porque no estaba bien que me diera cuenta.

¿Está bien ahora?

Madre mía, ¿cuánto tiempo ha pasado desde la última frase que he pronunciado?

Ella se aclara la garganta y se mueve incómoda.

Mierda. Ha pasado mucho tiempo. Parpadeo varias veces e intento aclararme las ideas.

—Bueno, esto…, tus libros. —Carraspeo otra vez y aparto la vista—. Yo… no te he estropeado ninguno, ¿verdad?

—¿Mis libros?

—Cuando me he ido así y te los he tirado al suelo. —Me froto la nuca.

—Ah, ya.

—Lo siento. Debería haberme quedado al menos para ayudarte a recogerlos. He sido un capullo.

Ladea un poco la cabeza.

—Estabas muy enfadado.

Respiro con dificultad por la nariz. «Tranquilízate».

—Sí. A ver, es que ¿has visto a esa tía hablando como si Hayley fuera su hermana siamesa?

Ella resopla.

—Creo que solo buscaba que el señor Wilkens le mirase el escote. Qué asco…

Aprieto la cicatriz con el pulgar.

—Todo ha dado asco. Lo único que querían todos esos era una excusa para saltarse una clase. —De repente, me siento muy cansado—. Pero no debería haber gritado —añado en voz baja. Siento la necesidad de ser sincero con ella—. Últimamente, mi vida ha sido un infierno. Hay días que consigo mantener las cosas bajo control… y otros me doy un golpe en un dedo del pie con una silla y me pongo tan furioso que deseo que la silla estuviera viva para poder matarla poco a poco, te lo juro. —Pone los ojos como platos. Vale, puede que me haya pasado de sincero. Carraspeo una vez más—. Esto…, para que te hagas una idea de lo bien que lo estoy llevando.

Esperaba que se cerrara un poco más en banda, pero cuando la miro a los ojos está parpadeando a toda velocidad y se le están llenando de lágrimas.

—A mí me pasa una cosa… —dice—. Cuando me despierto, me pongo de lado y cojo el móvil para escribirle a Hayley, como hacía siempre. Y entonces me acuerdo de todo. Y lo único que quiero es enterrarme bajo el edredón. —Niega con la cabeza—. Me paso la mayoría de las noches mirando los daños que las goteras han hecho en mi techo. No conocía el silencio que hay a las tres de la madrugada.

—Alguien me dijo una vez que comerse un plátano antes de irse a la cama ayuda a luchar contra el insomnio.

—¿Y? —Ella enarca una ceja.

—Y… bueno, ha funcionado exactamente cero veces. —Cuando se echa a reír, no puedo evitar fijarme en cómo se le ilumina el rostro—. Siento que tengas problemas para dormir —añado—. Es lo peor del mundo.

A Ella se le borra la sonrisa, porque no, evidentemente, el insomnio no es lo peor del mundo. Entre nosotros se hace un silencio enorme con la forma de Hayley. Ella ha vuelto a encorvar los hombros y de repente me sobreviene el pánico, como si la estuviera perdiendo, aunque eso no tiene ningún sentido, porque ¿cuándo la he tenido?

—Bueno —dice, y me suena a despedida—. Saludaré a Midna de tu parte. —Se vuelve para marcharse. Su pelo ondea tras ella, negro y sedoso.

—Ella, espera.

Alargo una mano y la cojo de la muñeca para detenerla. Sus ojos de color miel se clavan en los míos y suelta un gritito ahogado.

Y es ese sonido lo que me cala hasta los huesos, eso y la forma en la que abre la boca.

La suelto, como si su piel me hubiese quemado.

De repente, una sensación poderosa y caliente nace en lo más profundo de mis entrañas, y todo por tocarle el brazo a esta chica. Por supuesto, el problema no es que me suceda con una chica, sino con esta en concreto.

Vamos, tío, que es Ella. ¡Ella!

—Ese grupo de duelo es una mierda. —Tengo la voz un poco ronca, así que he de aclararme la garganta una vez más—. No tienen ni idea de lo que se siente, pero yo sí. Si alguna vez necesitas hablar… —Doy un paso atrás para darle un poco de espacio. Y para dármelo a mí—. Yo estoy aquí.

Ella asiente.

—Gracias, significa mucho para mí. —Me dedica una pequeña sonrisa—. Hasta luego, Sawyer.

La observo marcharse frotándome la nuca. Me siento a la vez más ligero y más pesado. Me da un vuelco el estómago. No sé por qué, pero me siento como si la hubiera cagado y la culpa me arde en las entrañas.

Porque tocarla… me ha resultado familiar a la vez que nuevo.

Porque la última vez que me sentí así al tocar a una chica…

Estaba tocando a Hayley.