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Como todo el mundo sabe —al menos todo el mundo formado en asuntos sobrenaturales—, el Colegio Zener para Niños y Niñas con Poderes Secretos está protegido por una barrera psíquica.

Es un muro invisible que nadie puede atravesar, a no ser que sea invitado. Rodea los terrenos del colegio y, formando una cúpula, llega hasta los doscientos metros de altura.

Y todos se sienten seguros bajo la protección de esa muralla mental.

Pero… ¿deberían estarlo?

También sabe todo el mundo —o, por lo menos, los que han estudiado— que los enemigos mortales de los psíquicos del Colegio Zener son los magos.

Existe una Liga Psíquica, formada por aquellos que, como Axel Zas, poseen poderes mentales. Y existe una Hermandad Oscura, cuyos miembros practican la magia negra. Y entre psíquicos y magos hay una rivalidad desde hace miles de años.

Ah, y los magos son los malos, claro.

Por último, todo el mundo sabe que los animales mitológicos no existen. Como, por ejemplo, los unicornios, los pegasos o los dragones. No existen. Al menos, no aquí. Pero en el lugar que hay más allá de la niebla, al otro lado de la realidad, sí que existen.

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Por eso, no es del todo extraño que, una noche, un pájaro inmenso volara hacia el Colegio Zener. Era el Ave Roc, y era tan grande que podría levantar a un elefante. Tenía el pico curvo, unas alas enormes y unas garras afiladas como navajas.

Un pájaro como este no debería existir en nuestro mundo, pues pertenece a la mitología oriental. Pero había sido invocado por un poder oscuro y tenía una misión que cumplir.

Llevaba entre sus garras un huevo gigante, tan grande como una sandía y tan negro como el carbón. Era una trampa-sombra, algo raro y muy peligroso a la vez.

El Ave Roc sobrevolaba majestuosa las tierras de Noruega. Al cabo de un rato, vio por fin el Colegio Zener. Ese era su objetivo.

Entonces cogió impulso para elevarse por encima de los doscientos metros y siguió volando. Dejó atrás el edificio del colegio y se paró sobre un sendero del bosque que llegaba hasta los acantilados. Aleteó con rapidez para mantenerse en el aire. Y ahí fue donde soltó el huevo oscuro.

El huevo cayó en picado. Al estrellarse contra el suelo, se deshizo, extendiéndose como un charco de tinta.

Acababa de crear una trampa-sombra.

Nada que estuviera vivo podía atravesar la barrera psíquica. Pero la trampa-sombra no era un ser vivo. Era algo mucho peor.

Cumplida su misión, el Ave Roc se dio la vuelta y voló hacia el lugar mágico del que había venido. Ahora solo faltaba que Axel Zas cayera en la trampa.

Como casi siempre, aquella tarde, después de clase, Axel y Lola decidieron dar un paseo hasta los acantilados. Trece, el gato de Axel, puso los ojos en blanco.

¿Otra vez? —exclamó—. ¿No estáis hartos ya de estos malditos acantilados? Pero si siempre son los mismos…

—La vista es preciosa —dijo Axel—. Y el mar siempre es bonito.

¡El mar! —replicó Trece—. Un montón de agua salada, ¡vaya cosa! Además, también es siempre el mismo. No tiene sentido volver a mirarlo una y otra vez.

—¿Y qué me dices de las puestas de sol? —intervino Lola—. Son espectaculares.

—Son un aburrimiento. Se pone el sol y te quedas a oscuras. ¿Qué gracia tiene eso? —Trece chasqueó la lengua, despectivo—. Pero, oye, si os gusta la oscuridad, meteos en una habitación, cerrad la puerta y la ventana, y apagad la luz. Es igual y así nos ahorramos el paseíto.

Goliat, el ratón blanco de Lola, asomó la cabeza por el bolsillo de la blusa y comentó:

—Como dijo Confucio: «Cada cosa tiene su belleza, pero no todos pueden verla».

—Y como dijo mi tía Gertrudis —replicó Trece de mal humor—: «Vamos a comprar raticida, porque esto está repleto de bichos». —Soltó un bufido y añadió—: Por la sagrada raspa, qué harto estoy de ese roedor…

—Venga, Trece, no seas vago —le dijo Axel—. Vamos a dar un paseo.

Lola y Axel echaron a andar. Al ver que se alejaban, Trece soltó un suspiro de resignación, echó a correr tras ellos y se subió de un salto a los hombros de Axel.

—Al final vienes, ¿eh? —dijo Axel.

—Totalmente en contra de mi voluntad —respondió Trece, muy digno—. Voy, pero a la fuerza, que conste.

Siguieron el sendero que conducía a la parte alta de los acantilados. Hacía un día estupendo, sin nubes, con el sol brillando cerca del horizonte en el cielo azul. Cuando faltaban apenas cien metros para llegar, Goliat dijo:

—Disculpa, Lola, ¿tendrías la amabilidad de bajarme? Me apetece estirar un poco las patas.

Lola cogió a su ratón y lo dejó con mucho cuidado en el suelo. Axel hizo lo mismo con Trece.

Pero ¡¿qué haces?! —protestó indignado el gato.

—Tienes que hacer ejercicio, Trece; o te pondrás gordo.

—¡Mejor gordo que cansado!

—Caminar activa y fortifica el sistema cardiovascular —comentó Goliat—. Y ayuda a eliminar el colesterol perjudicial para el organismo.

Trece lo fulminó con la mirada.

—¿También eres médico, don Sabelotodo? —le dijo de mal humor—. ¿A qué viene eso de estirar las patas? Por mucho que las estires, seguirás siendo un enano.

—Un enano en buena forma —replicó Goliat—. Lo prefiero a caer en la obesidad, como otros.

—Yo no estoy gordo —protestó Trece—. De hecho, tengo una constitución atlética.

—Sí tú lo dices —replicó Goliat con una risita.

Trece le dedicó una mirada capaz de cascar nueces y se dispuso a responder, pero Axel y Lola ya habían echado a andar. Así que fueron tras ellos. Los dos chicos caminaban delante y sus mascotas detrás, ignorándose la una a la otra.

Fue entonces cuando sucedió algo estremecedor.

Axel y Lola caminaban tranquilamente por el sendero.

Al poco, divisaron los acantilados.

De repente, al llegar a una zona de sombra, se hundieron en el suelo. Y desaparecieron como si la tierra se los hubiera tragado.