Dusambé, Tayikistán
En el presente
Ese día, Artemis Aphrodite Procter acabó en el banquillo.
Se despertó en la oscuridad respirando un aire con un extraño olor a almizcle y los dientes castañeteándole como a un juguete de cuerda. Sentía los párpados pesados, como si no quisieran abrirse.
Percibió en la piel un frío de madera dura y, al parpadear, vio entre la trama de sus rizos negros el suelo de una habitación desconocida.
Luego oyó pasos, y una mano de nudillos vellosos le apartó suavemente el pelo de la cara. Un hombre de rodillas la saludó agitando la mano delante de sus ojos.
—Buenos días, Artemis —dijo el desconocido alegremente en ruso.
La mente de Procter era como un cenagal donde se hundían las ideas.
Contempló la sala. Una mesa, dos sillas junto a una ventana. Sus bragas, con dibujos de piñas, arrugadas por el suelo. Una botella de vodka volcada con restos de un pintalabios violeta que no era precisamente el suyo.
Apoyó la espalda en un sofá. Estaba desnuda y tenía frío. El ruso se sentó en un sillón al lado de la ventana y encendió un cigarrillo. Ella apretó las rodillas contra el pecho y cerró los ojos para que la habitación dejara de dar vueltas.
—Qué nochecita —dijo el ruso—. Me he quedado sorprendido. —Chasqueó la lengua—. Menudo monstruo estás hecha.
—¿Quién eres? —respondió ella también en ruso.
No quería abrir los ojos. Con luz, todo se desequilibraba.
—Antón —contestó él.
Al cabo de un rato, ella se levantó y miró por todas partes buscando su ropa. Aparte de las bragas, lo único que vio fueron su chupa de cuero y sus Reebok, sucias de barro. Se dio cuenta de que tenía un hueco en la memoria, un vacío absoluto desde la noche anterior, justo después de haber pedido unas copas. Había estado hablando con un posible activo ruso, un fiestero moscovita con contactos de primera en el Kremlin y los servicios de seguridad. O estaba muerto o formaba parte del montaje. Probablemente las dos cosas.
Cuando su vista se estabilizó, pudo distinguir por la ventana el ajetreo matinal de Rudaki. En el cristal caían gotitas de lluvia. En la mesa de delante de Antón había bandejas de comida, tazas y vasos para los cien gramos matinales (los sto gramm) de vodka.
Le costó ponerse las Reebok y las bragas. Estuvo a punto de perder el equilibrio un par de veces. Hizo una pausa para respirar antes de pasar a la chaqueta. Al palparla, descubrió los bolsillos vacíos, sin su móvil, sus llaves ni su navaja. Se dejó caer en la silla de delante del ruso.
Antón se rió entre dientes.
—Artemis Aphrodite Procter, jefa de estación de la CIA, funcionaria mal pagada y, según mis fuentes, descartada por enésima vez para su promoción al Cuerpo Superior de Inteligencia, el órgano directivo de la Agencia. Pasar de Amán a un villorrio como Dusambé, Tayikistán, es lo que yo llamo ir a menos, y todo por atribuirse facultades que nadie le había dado, ni negado, explícitamente.
—Nadie ha cuestionado jamás mis facultades —repuso ella.
Antón hizo chocar sus dos manos peludas y soltó una carcajada sin dejar de apretar el cigarrillo entre los labios.
—La buena de Procter, sí, con su ansia sexual de cosas nuevas; una pervertida con gustos... —la miró con gravedad— raros.
—Y las manos manchadas de sangre rusa —dijo ella.
A Antón se le ensombreció la mirada. Después de apagar el cigarrillo en un cenicero de latón, atacó su plato de seliodka: arenque en escabeche con patatas y cebolla.
Había una botella de un litro de leche de yegua fermentada con el cristal empañado por el frío. Los rusos se habían informado bien. Era una exquisitez kazaja o kirguiza, más que tayika, pero, aun así, ella nunca desaprovechaba las escasas ocasiones en que tenía el privilegio de tomarla... lo cual no le impidió vaciar en el suelo el vaso que le había pasado Antón.
Entre risas, y esquivando el sinuoso reguero blanco, el ruso se acercó para coger una carpeta beis que estaba en el sofá y la puso en manos de Procter antes de seguir comiendo.
—No hace falta que te diga que tenemos más fotos. Ése es sólo un pequeño adelanto. Había unas cuantas donde salías boca abajo, por ejemplo, aunque no creo que estén allí. La verdad, lo que me ha llamado más la atención son los tatuajes. ¿Por qué tienes nueve? Seguro que es una historia apasionante, pero, en fin... vamos, echa un vistazo.
Se llevó a la boca un trozo de arenque.
Eran fotos de ella desnuda y drogada. Las había bastante imaginativas, artísticas incluso. Dos o tres eran casi perfectas, con una luz, una perspectiva y una fuerza que captaban lo que ella misma consideraba la dimensión animal de su sexualidad inconsciente. Otras, en cambio, eran tan banales y cutres que no habrían tenido salida ni en los círculos más sórdidos del mercado del porno. Eso sí: ninguna le daba vergüenza, una emoción que desconocía. Sus tetas quedaban siempre bien, pensó.
Tiró la carpeta al charco de leche de yegua.
—Que te den.
Antón encendió otro cigarrillo.
—Artemis, por Dios... En fin, si no colaboras, estas fotos circularán por internet y haremos que te echen de la CIA.
—Eso, Antón, lo haréis de todas formas, ¿no? Bueno, a ver, ¿dónde carajo están mis pantalones?
Ya no le daba todo vueltas. Se levantó despacio y empezó a pasearse por la habitación.
—Te mandarán de regreso a tu país: otra mancha negra en tu expediente.
—Joder, ¡pero qué mal lo vendes! ¿De eso va todo, de mandarme a mi país? ¿Vais a por mí y queréis que me vaya porque me gusta camelarme a los rusos? Para empezar, os convendría cambiar de fotógrafo, porque algunas de estas fotos son malísimas. —Clavó un dedo en la carpeta reblandecida por la leche—. Aquí tienes mi respuesta: a tomar por culo. Bueno, me voy, que tengo que informar de esto a Langley y al embajador. O mejor: ¿y si en vez de escribir un cable que te haga quedar como un imbécil espías para mí? ¿Qué te parece la idea?
Antón echó el humo sobre la comida.
—No me vengas con hostias, Artemis.
Procter sonreía.
—Supongo que nos entendemos. ¿Dónde están mis pantalones?
Tiró al suelo algunos cojines del sofá, pero los vaqueros seguían sin aparecer. La ponía muy nerviosa no saber dónde estaban. Le parecía poco reglamentario y poco profesional. Pésimo. Siguió buscando varios minutos por todos los rincones mientras Antón fumaba. ¿Se los habían tirado, en serio?
—Venga, Antón, que hace frío y soy una mujer decente. ¡No querrás que salga con bragas de piñas y chaqueta de cuero!
Se le plantó delante en jarras mientras él se acababa el cigarrillo. Su risita al oírla decir la palabra «decente» había activado en ella un carrusel de oscuras fantasías...
—Piensa en tu estación, Artemis —dijo Antón—. Si te vas del país se quedarán sin jefa, y me he enterado de que hace poco un colega tuyo tuvo que irse por problemas de salud. Qué mala suerte...
Dos meses antes, el subjefe de la Estación y su familia se habían despertado en su casa con vértigo y dolor de cabeza. Su mujer incluso había perdido la vista de un ojo. Probablemente se había tratado de un ataque ruso con energía dirigida: esas microondas que te dejan frito el cerebro.
Antón le estaba mirando las piernas desnudas con una sonrisa.
Procter, en cambio, le miraba los pantalones con mala cara. Se le había disparado una sirena en la cabeza.
Cogió la botella de vodka vacía y la rompió contra la mesa para quedarse con un trozo bien afilado. Luego, antes de que Antón pudiera agacharse, le hizo un tajo en la mejilla y finalmente se la clavó en el hombro izquierdo. La boca quedó apuntando hacia el techo, aún manchada de pintalabios.
Antón soltó un alarido mientras intentaba levantarse y sacarse el cristal, pero ella lo devolvió a la silla con una patada en el pecho. Un reguero de sangre le bajaba por la mejilla. Le dio tres puñetazos seguidos en la nariz hasta que oyó un bonito crujido húmedo y un gemido entrecortado. Entonces, cogió de la mesa la botella de leche fermentada y se la partió en el cráneo. La sangre mezclada con leche empezó a caer desde la cabeza del ruso como si de repente le hubiesen crecido unas trenzas de color rosa.
Tumbó la mesa y la golpeó contra la pared hasta conseguir arrancarle una pata con la que redujo a puré la rótula izquierda del ruso. En ese momento, empezó a filtrarse algo de luz en su cólera ciega. Tiró la pata al suelo y le dio una bofetada en la mejilla a Antón, que estaba inconsciente.
—Antón, despiértate. Se me ha ido un pelín la olla. ¿Me oyes, Antón? —Chasqueó varias veces los dedos delante de su cara—. ¿Antón?
Le puso dos dedos en el cuello. Tenía pulso.
Nunca se le había pasado por la cabeza que se alegraría de que un agente ruso hubiese sobrevivido, pero... ¡menos mal!
Echó un vistazo a los destrozos. Luego miró por la ventana, preguntándose si Antón trabajaría en equipo o si habría alguien mirando por las cámaras.
Le quitó los pantalones y se los puso.
—Merecido te lo tienes por tirar mis vaqueros —le dijo, aunque el otro seguía inconsciente.
Como Antón era mucho más alto y robusto que ella, tuvo que arremangarse las perneras unos treinta centímetros y apretarse el cinturón hasta que no dio más de sí. Se guardó la carpeta con los desnudos en la chaqueta, pero enseguida volvió a sacarla y buscó entre las fotos hasta que encontró la que buscaba, una que resaltaba su flexibilidad y su mezcla de feminidad y rudeza. Su fuerza secreta, qué coño. La hizo una bola y la metió en los calzoncillos de Antón. Después salió.
El día fue siguiendo su curso, cada vez peor. Primero, tuvo que vérselas en la embajada con el imbécil del embajador. Luego mandó un cable explicándoles el mal trago al director y a los mandamases de Langley, y éstos le contestaron en términos nada agradables. Finalmente Bradley, el subdirector, habló con ella, y tanto por su tono como por el contenido de su mensaje la hizo sentir más o menos como un perro querido al que fueran a hacerle la eutanasia.
A la hora de cenar, las fotos ya estaban en varias webs efímeras y los bots rusos habían difundido los enlaces en las redes sociales sin olvidarse de revelar la identidad de Procter en tanto jefa de la Estación de la CIA en Dusambé.
Esa misma noche llegó el cable en que se la llamaba oficialmente a Langley. Final de la misión. A coger el primer avión de la mañana. El personal de apoyo cerraría su piso y se encargaría de enviar sus pertenencias a Virginia. La agresión había infringido muchas leyes tayikas, pero lo peor era que había despertado el fantasma de posibles —y nada virtuales— represalias rusas por la hospitalización de quien, según las averiguaciones posteriores de la CIA, era nada menos que un agente de alto rango llegado de Moscú. Según un informe de un enlace tayiko que hacía confidencias a la CIA a cambio de dinero, la previsión de los médicos era que el ruso se restablecería, pero no sin secuelas; concretamente, todo un mosaico de cicatrices, una cojera permanente por lo que le había hecho Procter en la rodilla y el omnipresente fantasma de la disminución mental por culpa de una botella de leche de yegua fermentada. Algunos trabajadores intrépidos de la Estación le organizaron una despedida apresurada en la que no faltó el pastel con el correspondiente error ortográfico: «La hecharemos de menos, jefa.»
De noche, cuando ya no quedaba nadie, apagó su ordenador y metió el disco duro en la caja fuerte. No tenía gran cosa que llevarse. En su aséptico despacho no había fotos de familia, ni «pared personal» llena de fotos y souvenirs, ni obras de arte. La decoración brillaba por su rigurosa ausencia. El único capricho era un bate de béisbol firmado en 1997 por toda la plantilla de los Cleveland Indians: su receta secreta para aumentar la productividad de la Estación. En su despacho de Damasco había tenido siempre una escopeta, pero luego, en Amán, las quejas la habían llevado a cambiarla por el bate, que llevaba consigo a todas partes. En las reuniones matinales lo miraba de reojo, como con anhelo, y en las videoconferencias con la central lo dejaba apoyado en un rincón, a la vista de todos.
Hizo como si batease, dibujando lentamente un arco por el aire reciclado del despacho. Era consciente de que en Dusambé no se podía quedar, pero la colmena de la central, llena de sabandijas con más hambre de dónuts que de réditos del espionaje, sólo le merecía desprecio. Qué asco de día.
Descargó el bate en la mesa de conglomerado, que se agrietó. Consiguió partirla al siguiente golpe, pero insistió hasta dejarla reducida a astillas. Entonces, sudorosa y satisfecha, apagó las luces de su despacho y, con el bate al hombro, empezó a cerrar la estación puerta a puerta
La central... ¡por amor de Dios! Pero claro, ¿qué otra cosa se podía hacer con alguien como ella, mezcla de réproba impulsiva y de jefa y agente respetada con años de experiencia en diversos países?
La habían mandado al banquillo. Dos años en la central, sometida a un estricto control, y, en caso de superarlos adecuadamente, la posibilidad futura de volver a dirigir una estación. Como era competente, y no una inútil incapaz de gestionar operaciones, Bradley, el subdirector, le había insinuado que le buscaría algo importante. Tras comprobar que no quedara ni un solo papel encima de las mesas y que todas las cajas fuertes estuvieran bien cerradas, giró por última vez la cerradura de la gruesa puerta de metal de la Estación de Dusambé.
Langley
Por la mañana Procter se sentó en uno de los sofás de enfrente del despacho de Ed Bradley, subdirector de la CIA, a esperar la hora de su reunión. Llevaba menos de un día en Estados Unidos, así que tenía jet lag y los oídos le zumbaban a causa del cansancio.
Para decorar aquella sala de espera habían tirado de catálogo oficial, lo que implicaba que los muebles fueran todos de la misma (y falsa) madera oscura algo descascarillada, rayada o partida. Sobre la mesa de centro (con algunas manchas) había varias revistas tan obsoletas como el mobiliario, cosa que, por otro lado, no podía sorprender a nadie.
Cuando la hicieron pasar se encontró a Bradley en su escritorio, inclinado hacia el MLP, un teléfono seguro del tamaño de una impresora que usaban los catorce principales responsables de la seguridad nacional para comunicarse entre ellos: un botón para el director, otro para el asesor de seguridad del presidente, otro para el secretario de Estado, otro para el de Defensa, etcétera. Por los grandes ventanales del despacho podían verse las arboladas orillas del Potomac, que en esa época del año eran una sinfonía de dorados, rojos y naranjas. Bradley, de metro ochenta y cinco de estatura, ex jugador de fútbol americano en la Universidad de Texas, era una auténtica leyenda. Tras su etapa como jefe de la División de Oriente Medio se había jubilado, pero el nuevo director le había pedido que volviera y fuera su segundo. Ella lo conocía desde hacía décadas.
Su «pared personal» estaba tal como ella la recordaba: casi vacía; no así el archivador, con fotos de su mujer y sus hijas, además de unos cuantos regalos de amigos especiales. Reconoció un trozo de metal retorcido de cuando, hacía una eternidad, ella misma lo había ayudado a volar la puerta de un Mitsubishi Pajero en el centro de Damasco, y también sus dos souvenirs favoritos: un sistema de misiles neutralizado que le habían regalado por dirigir el Programa Stinger contra los soviéticos en Afganistán y un sistema de misiles antitanque portátil Javelin destinado a acciones encubiertas en Ucrania, ya no contra los soviéticos sino contra los rusos; o sea, más reciente.
Ella se acercó a una silla que quedaba a tiro de los lanzadores mientras Bradley consultaba el tarjetón de tres por cinco pulgadas donde figuraba su agenda del día, miraba el MLP con cara de fastidio, como si le repugnase lo siguiente que tenía que hacer, se guardaba el tarjetón en el bolsillo y, levantando la vista por fin, la miraba y esbozaba una sonrisa.
—Un nuevo siglo —dijo ella con melancolía mirando hacia los sistemas de misiles—, un nuevo balón de oxígeno a los productores rusos de ataúdes de zinc. «Lo que fue será», amén.
—Amén —repitió él antes de darle un efusivo abrazo—. ¿Cómo te va la vida, Artemis?
—De miedo, Ed.
Bradley hizo una mueca.
—Lo siento. Malditos rusos...
—Eso deberíamos estamparlo en camisetas y luego repartirlas por aquí.
—¿Tienes cubiertas todas tus necesidades? Según los médicos y los psicólogos...
Ella levantó una mano para hacerlo callar.
—Oye, que ya sé que estoy en el banquillo, pero aún no me saques de la concentración. Estoy bien. Lo único que necesito es un trabajo, algo que me tenga ocupada.
—Lo que deberías hacer es descansar.
—¿Ah, sí? ¿Y además?
—Pues también comprobar que estás bien de verdad y aclararte las ideas.
—Venga, Ed, que nos conocemos desde hace más de veinte años. Esto ya no tiene remedio.
—Me preocupas, Artemis.
La estoica fachada de Bradley dejó entrever cierta tristeza que se borró cuando ella simuló un sollozo.
—La edad te está ablandando, Ed. ¡Pero hombre, por Dios, que ya te he dicho que estoy bien! Si no quieres que lo esté, dame cuatro meses de baja administrativa y me emborracharé hasta matarme en Reston Town Center. ¿Eso es lo que quieres, que la poli te llame a casa porque me he puesto hasta el culo de tequila y estoy gritando cosas sobre la CIA en el aparcamiento?
—El director quería echarte. Según él, en una organización normal ya lo habría hecho.
—En una organización normal nunca me habrían cogido. Por cierto, ¿ya ha habido protestas formales de los rusos?
—De momento no han dicho ni pío.
—¿Y nosotros, cómo llevamos el tema de las represalias?
Bradley apartó la vista mientras apretaba un puño.
—¿En serio, Ed? ¿Nada de nada? Teniendo en cuenta que los rusos me drogaron, me hicieron fotos en pelotas y casi se cargan a mi segundo con un ataque de energía dirigida...
—La investigación aún no está cerrada, Artemis.
—Lo analizamos y se demostró que tres días antes habían llegado equipos especializados a Dusambé.
—Si no es que esté en desacuerdo con el análisis. Sólo puedo decirte que la investigación no está cerrada, aunque la Casa Blanca ha sido reacia a respaldar cualquier iniciativa de desquite más o menos agresiva.
Ella soltó un gruñido.
—Si no hacemos nada, los rusos seguirán jorobando. Son unos bárbaros sin límites ni moral. Así funcionan. El asunto no soy yo: Putin lleva diez años jodiendo a la CIA y a Estados Unidos con total impunidad y lo único que hemos hecho hasta ahora es quedarnos mirando. ¿Que se pasa de la raya? No hacemos nada. ¿Que invade Georgia? Tampoco. Le va quitando trocitos a Ucrania, instiga una insurgencia de bajo nivel y finalmente invade el país y se pega un panzón de crímenes de guerra. Corta el suministro de energía, se infiltra en nuestras redes eléctricas vete a saber con qué planes, etcétera...
Bradley hizo ademán de querer intervenir, pero ella se saltó el gesto a la torera.
—El tío no se cansa de echarnos encima sus ciberataques y su ransomware, exigiendo dinerales para devolvernos los datos de nuestros sistemas informáticos capturados. Sus esbirros han envenenado y asesinado a gente en todo el mundo: en el Reino Unido, en Bulgaria... ¡hasta en Washington, joder! Incluso intentaron orquestar un golpe de Estado en Montenegro. ¡En Montenegro, Ed! ¡Hay que joderse! Y en Moscú se han dedicado a atacar físicamente a los nuestros. ¡A uno, el puto director del FSB le dio un golpe en la cabeza estando detenido! ¡En la cabeza, Ed! Sus milicias abatieron un avión de pasajeros que sobrevolaba Ucrania. Pagaban recompensas a los talibanes por matar a soldados estadounidenses. Nos han estado mareando en nuestras propias redes sociales y se han dedicado a freírles los sesos a decenas de nuestros agentes con armas de energía dirigida. A mí misma me han drogado y me han hecho fotos en tetas. Y como respuesta... —Carraspeó— lo máximo que hemos hecho ha sido regañarlos. ¡Tenemos que empezar a poner límites claros que esa puta cucaracha del Kremlin no se atreva a cruzar!
—Coincido contigo al cien por cien, Artemis —dijo Bradley—. Estamos en el mismo barco.
—Yo lo que quiero es estar en el meollo —dijo Procter—, y me he enterado de que hay una vacante: la del nuevo chiringuito que dirigirá en la sombra las operaciones más peliagudas en Rusia. Moscú X.
—¿La plaza para Moscú X? Es que ahora mismo el director no es muy fan tuyo, Artemis. Entre que...
—Sí, vale, los disgustos de Amán y ahora lo de Dusambé.
—Exacto. Son disgustos que no puntúan mucho a tu favor.
—Pues entonces ¿dónde quieres colocarme?
Bradley levantó la vista hacia los lanzadores.
—En Rusia.
—Pues nada, vételo currando.
Procter cruzó el aparcamiento de la central antigua en medio de un calor y una humedad insólitos para una mañana de otoño. El personal con horario fijo, el que tenía que fichar, fluía a su alrededor como el agua. ¿Dos años de condena en semejante campo de prisioneros? No quería ni pensarlo. Lo bueno era que, si Bradley lograba convencer al director de que le asignara a ella lo de Moscú X, sería más fácil incordiar a los rusos desde Langley que desde casi cualquier otro sitio del mundo. Le sobraban ideas fabulosas para joderlos. Salió del recinto al volante de su Prius para ir al Vienna Inn, el garito de infinitas happy hours donde tantas operaciones y ascensos se habían celebrado, e incluso algún que otro velatorio irlandés por camaradas de la CIA. Su plan era pegarse dos o tres días de farra.
Cruzó a toda pastilla el norte de Virginia estimulada por sórdidas imágenes mentales de caos en Moscú bajo los suntuosos acordes de El lago de los cisnes. De haber sido religiosa, quizá habría pensado que era Dios mismo el que se las había puesto ahí: pese a no tener las ideas muy claras sobre la existencia del Todopoderoso, le parecía que a esas alturas cualquier deidad mínimamente razonable tendría cuentas que saldar con el Kremlin. Con la que los rusos habían armado, no iba a ser Dios quien le impediría que les metiera caña de la buena.
San Petersburgo
En las primeras horas de una noche lluviosa en San Petersburgo, un hombre de traje impecable se apeó de un Mercedes negro del gobierno y entró en el vestíbulo de un banco. Iba a robar, pero sin cuchillo ni pistola: su arma era un fajo de documentos oficiales con los que podría sacar de las reservas del banco una gran cantidad de lingotes de oro guardados en una cámara acorazada cuatro plantas por debajo de esa misma calle, donde, en ese mismo instante, los custodiaban un grupo de vigilantes bien armados y varios empleados, muy pocos de los cuales se habían quedado dormidos.
Los papeles autorizaban al hombre del traje, el teniente coronel Konstantín Konstantínovich Chernov, del Federálnaya Sluzhba Bezopásnosti (Servicio Federal de Seguridad o FSB), a trasladar doscientos veintiún lingotes desde el banco hasta una reserva estratégica en el este.
Los Ferragamo negros de Chernov hacían un ruido seco al chocar con el mármol del vestíbulo. Tras sus tacones impolutos, un nutrido grupo de policías empujaba o arrastraba cajas y carretillas: muy a su pesar, habían sido reclutados por el FSB para aportar su fuerza bruta en el transcurso de la noche, porque los lingotes pesaban algo más de doce kilos cada uno. El director de seguridad del Bank Rossiya salió a recibir a Chernov. Como antiguo coronel de infantería, sabía a qué atenerse. El FSB tenía decenas de espías en el banco. El Servicio ponía las normas y, por lo tanto, Chernov haría lo que le viniese en gana.
Se saludaron con frialdad, pero la firmeza de Chernov no estaba reñida con la educación, ni lo insulso de los documentos con su validez; por eso, pese a la tensión del ambiente, no hubo discrepancias ni una palabra más alta que la otra. Chernov, además de militar, había sido sacerdote, de modo que sabía que no había más ley que la de Dios, y que Él hablaba únicamente a través de Rusia. En muchos otros lugares, las órdenes que había recibido esa noche se habrían considerado arbitrarias, incluso ilegales, pero para él era como si las hubiera pronunciado el Altísimo y, en ese sentido, no se diferenciaban en nada de un decreto del Kremlin ni de las Sagradas Escrituras.
El único rasgo físico notable de Chernov era su considerable estatura. Por lo demás, era un hombre común y corriente; pálido, calvo y de mofletes sonrosados, con unos ojos quietos y contemplativos. Su traje negro era de Savile Row, transportado por valija diplomática, y se ajustaba bien a su fornido cuerpo. A menudo, los signos de que estaba a punto de salirse de sus casillas brotaban de su boca, pero esa noche, de momento, no la había abierto apenas.
Siguió al director de seguridad desde el vestíbulo hasta un amplio despacho con vistas a la plaza, donde capearon la primera protesta de la noche: ¿no habría que llamar ya mismo a Andréi Agápov, el principal accionista del banco, para informarle de que el Estado se disponía a requisar lingotes de oro por valor de casi doscientos millones de dólares?
—Lo mínimo es que sepa lo que pasa —le dijo a Chernov el director de seguridad, apretando entre sus manos blancas el teléfono fijo del despacho.
Estaba a punto de marcar, pero esperó a que le dieran permiso. Chernov asintió.
El director de seguridad habló unos minutos con Agápov y, después de leerle los puntos esenciales de la documentación y de facilitarle el nombre, el rango y el área de adscripción de Chernov, solicitó instrucciones. Finalmente colgó.
—¿Le ha dicho que se niegue? —preguntó Chernov con un brillo de curiosidad en los ojos.
—No —dijo el jefe de seguridad—, pero sí que le ponga trabas.
—¿Y le parece sensato?
Estuvieron de acuerdo en que no lo era, y en que el director de seguridad no haría absolutamente nada por retrasar o complicar la transferencia, aunque Chernov, si se lo preguntaban, aseguraría que la resistencia había sido irritante, por no decir contumaz. Acto seguido bajaron a la cámara y Chernov recorrió los pasillos deslizando los dedos por las jaulas que contenían los lingotes mientras el policía que iba detrás de él comparaba los números de serie con los papeles que llevaban para conferir legalidad al robo. Cuando Chernov se dio por satisfecho, sus hombres empezaron a cargar el oro.
Primero cubrían de lingotes el fondo de cada caja y, después de taparlos con un grueso paño, añadían dos capas más, momento en que, temiendo que la caja se desfondara, fijaban la tapa con tornillos y pegaban etiquetas preparadas de antemano para que constara qué series numéricas había en cada una. Los vigilantes del banco no desenfundaron sus armas y nadie echó mano de radios o teléfonos. Todos estaban mudos y en posición de firmes. ¿Qué se puede hacer cuando es la policía quien te roba?
El director de seguridad veía pasar las cajas con la desolación de quien ve desvalijar su propia casa.
Por último no pudo más y murmuró algo sobre que Chernov estaba robando el oro de Andréi Agápov.
Chernov se volvió hacia él.
—¿Ha dicho que este oro es de Agápov? —Lo dijo sin levantar la voz, pero sentía como si, en vez de sangre, fuera mercurio lo que corría por sus venas. Notaba en la boca un sabor salado y metálico.
El jefe de seguridad se había quedado mirando la punta de sus zapatos con los brazos en jarras (un gesto de rabia), pero no respondió.
—Le he preguntado si cree que este oro le pertenece a Andréi Agápov —insistió él.
El otro levantó la cabeza, pero evitó mirarlo a los ojos.
—Sus propios documentos lo reconocen —dijo.
—¿Y a quién le pertenece Andréi Agápov?
El director de seguridad se tocó la corbata y tragó saliva ruidosamente.
Chernov suspiró. ¡Cuán pocos lo entendían!
—El poder irrestricto de Rusia redime a Dios —dijo—. Y por esa labor redentora, un Dios fracasado se hace uno con Rusia, de modo que, en última instancia, el dueño de este oro es Dios. ¿Se da usted cuenta?
A su interlocutor le costaba cada vez más tragar saliva. Se toqueteó el nudo de la corbata sin contestarle a Chernov ni mirarlo a la cara.
Siguieron llevándose cajas.
Chernov cogió al tipo de un hombro y lo llevó hacia una caja que aún estaba vacía. Un policía estaba grapando la etiqueta en la madera, pero él le pidió que los dejase un momento a solas y el otro obedeció. El sabor a hierro y a sal era cada vez más intenso. «¿No me habré mordido la lengua?», pensó, pero se pasó un dedo por la boca y vio que no tenía sangre.
—Las ideas son las únicas armas capaces de obliterar la historia, los hechos y la verdad —afirmó—. Y usted y yo, como rusos, entendemos su poder: en los últimos cien años, millones de compatriotas sufrieron noblemente por ideas a las que, en su momento, nadie hacía caso. Rezo porque, en el próximo siglo, muchos los imiten.
Sin soltar el hombro del director de seguridad, señaló la caja vacía.
—Entre.
—¿Qué?
Le apretó el hombro con los ojos fijos en el fondo de la caja, pero contemplando el sombrío agujero, en una zona rural de Siria, donde lo habían tenido recluido varios meses. Sabía que el director de seguridad debía de estar sintiendo en ese momento como si una zarza negra le hubiera crecido de pronto por dentro: eso mismo había sentido él en Siria.
Pero volvió al presente y vio cómo arrastraban otra caja hacia los montacargas.
—Entre —repitió.
Al director de seguridad, una fila de gotas le asomaba en el nacimiento del pelo. La enorme mano de Chernov le rozó una oreja antes de deslizarse por su cuello.
—Por favor —rogó el hombre—, por favor...
—Entre.
El pulgar de Chernov se encajó en su oído. Estuvieron mirándose un momento.
El hombre entró en la caja.
—Siéntese.
Dobló las temblorosas piernas y se sentó.
Chernov se agachó hacia él.
—Yo veo Rusia como un cuerpo, un cuerpo perfecto y virginal nacido de Dios, aunque hecho de células, igual que el nuestro. Cada una de esas células tiene su papel, a cada una le corresponde una función, y si no funciona, es preciso separarla del cuerpo.
—No, por favor —dijo el hombre.
—Échese y acurrúquese en el fondo —dijo Chernov.
El hombre obedeció y cerró los ojos.
Chernov cogió la tapa y, al ponerse delante de la caja, la cubrió con su sombra. Se mordió el interior de la mejilla hasta que por fin brotó sangre.
—Tengo un mensaje para Agápov de parte de mi jefe: tememos que, en tanto célula, esté dejando de funcionar y que busque una libertad pecaminosa. Que el obstinado ex general del KGB, el industrial con recursos, el orgulloso terrateniente, se haya convencido de que su persona, su familia y su dinero pueden separarse del Estado ruso. Que Agápov, como «persona con derechos... protegida por la ley»... en fin, que se le haya metido en la cabeza que puede hacer lo que quiera, el muy tonto. Perder tanto oro esta noche debería dejarle bien claro que la ley es un mero ritual: un glorioso gesto de sometimiento a nuestro líder. Y que, si insiste en anteponer sus intereses a los de Rusia, obtendrá violencia, porque la violencia y el poder priman por encima de la ley. El mal empieza donde empieza lo personal. No existe nada más que la nación rusa. Las personas no existen. Agápov no existe.
Puso la tapa en su sitio, cogió un taladro, que ajustó a su máxima potencia, e introdujo el primer tornillo en la madera.
—¡Dios mío! —chilló el hombre—. ¡Dios mío!
RusFarm, en las afueras de San Petersburgo
Anna Andréyevna Agápova oyó chirriar los frenos y vio la mansión a través de la ventanilla. Parecía como si fuese a caérsele encima. Como de costumbre, casi todas las habitaciones estaban a oscuras, pero cuatro criados empezaron a bajar cautelosamente por la escalinata de mármol mojada bajo las farolas y las brutales gárgolas equinas. Siempre la divertía ver las consecuencias del nulo talento de su padre para elegir materiales, pero esta vez, por desgracia, nadie resbaló en la piedra húmeda. Una mujer baja y robusta le abrió la portezuela y ella apoyó en la grava una bota Louboutin de un rojo sangre y después caminó con las manos en los bolsillos.
Miró otra vez la casa, pero esta vez su aspecto la malhumoró, y prefirió volverse hacia las luces que iluminaban la pista de los caballos y los tejados de la cuadra, al fondo. ¿Cuántos caballos habría? Probablemente más de cien. El viento era cada vez más fuerte y los copos de nieve empezaban a cuajar, pese a que apenas era octubre. ¡Cómo aborrecía los inviernos en San Petersburgo («Píter», para ella y para todo el mundo): lluviosos, gélidos, grises; fuente de inspiración para toda una corriente de literatura rusa suicida.
—¿Dónde está? —le preguntó a la mujer sin apartar la vista de las caballerizas.
—En el despacho, pero...
—¡Cariño! —le gritó su padre.
Ella se volvió y vio salir del vestíbulo a Andréi Agápov, cuya aparición dejó al personal mudo y quieto. Llevaba el pelo cano perfectamente peinado y se había puesto un elegante conjunto de pantalones estrechos de sport y jersey de cachemir. No obstante, sus ojos delataban un enorme cansancio y estaba pálido como un cenicero. Ella no conocía los detalles, pero la urgencia de la reunión y el hecho de que su padre su hubiese trasladado a RusFarm apuntaban a algún tipo de conspiración contra él.
—¿Qué tal el viaje? —preguntó.
—Bien, tranquilo —repuso ella, y se detuvo en lo alto de la escalera, justo delante de la puerta.
Su padre les hacía gestos a los empleados para que llevaran a la casa el equipaje de su hija.
—Quiero hablar contigo —dijo volviéndose hacia ella.
La mujer robusta abrió el maletero y se lo quedó mirando. No había nada dentro.
—No me quedaré a dormir —anunció ella.
Su padre frunció el ceño y la invitó a entrar, pero ella negó con la cabeza.
Andréi Agápov miró un instante al cielo.
—Dame un momento —dijo—. Entramos, cojo mi abrigo y luego hablamos aquí fuera, bajo la nieve. —Señaló con el mentón los copos que empezaban a caer—. Aunque, en una de ésas, acabamos barriéndola interminablemente en Siberia —añadió volviendo a señalar la puerta con un ademán que parecía decir: «Entra en casa, niña.»
La referencia eufemística a la cárcel hizo sonreír a Anna, que lanzó un suspiro en el aire gélido.
—Ve a buscar el abrigo, que te espero —dijo moviendo la cabeza en dirección opuesta a la de la casa—. ¿Te parece si hablamos en la pista o en las caballerizas?
De pronto, oyó un vago zumbido que aumentó de volumen al tiempo que ella ladeaba la cabeza para oír mejor. Reconoció las aspas cortando el aire.
—¿La CIA? —preguntó.
Su padre se rió y entró a coger su abrigo sin dejar de negar con la cabeza.
El helicóptero favorito de su padre había sido propiedad de la CIA. Era un Mil Mi-17 bimotor de fabricación soviética que Langley había usado en 2001, al principio de la guerra contra los talibanes. Los mulás se habían apoderado de él al recuperar Kabul y lo habían mandado como regalo a Moscú. Su padre aseguraba que se lo había ganado al Ministerio de Defensa en una apuesta, pero ella nunca le había preguntado en qué había consistido esa apuesta.
Una vez en la cabina del aparato, compartieron una petaca del coñac preferido de su padre, importado de Daguestán. Había varios estuches y fundas de armas, algunos bastante grandes, así como una especie de lanzagranadas tirado por el suelo y una caja llena de munición, sin contar a los dos pilotos silenciosos y a los dos Agápov, padre e hija.
Alzaron el vuelo en dirección al campo de tiro situado en el límite sur de RusFarm. Entre las nubes asomaban jirones de luna. Los rotores hacían tanto ruido que ni siquiera se esforzaron en hablar. Tras detenerse un momento en el aire, el helicóptero inició el descenso. Anna se aferró a uno de los asideros del techo.
Bajaron a tierra protegiéndose del viento de las palas y avanzaron hacia el campo de tiro por un camino de grava. Los pilotos descargaron el armamento. El padre de Anna los miraba entre sorbos de coñac. Ya caían auténticos copos de nieve.
—Llevamos mucho tiempo sin hacer prácticas de tiro juntos, Ania —le dijo a su hija poniéndole una mano en el hombro—. Me ha parecido buena idea.
Pulsó el interruptor de los focos, que bañaron todo el campo. Tras dejar las armas encima de una mesa de madera, detrás de la línea de tiro, los pilotos fueron a resguardarse del frío en el helicóptero.
Anna inspeccionó el arsenal. Había una pistola semiautomática MP-443, más conocida como PYa, o pistolet yarygina, el arma de mano habitual del ejército ruso: un arma demasiado aburrida para la colección de su padre (¿qué pintaba ahí?). También vio una ametralladora RPK-74 con su bípode y un lanzagranadas Kaláshnikov. ¿Y su arma favorita, dónde estaba? ¿Se le habría olvidado a su padre?, pensó. Reconoció un rifle de asalto anfibio ADS y también un vetusto AK-47 fabricado en 1947 para los primeros juicios militares soviéticos que aún funcionaba.
Por fin, encontró el estuche negro y aterciopelado de la longitud de un bolígrafo. Lo abrió con un clic y sonrió al ver el tubo: una pistola pintalabios, el Beso de la Muerte. El diseño original se remontaba a la época del KGB: una sola bala de 4,5 milímetros, muy baja precisión. Jamás llegó a utilizarse. La de su padre la habían actualizado unos técnicos en los años noventa sin otro propósito que servir de diversión. El sistema de tiro estaba diseñado para que se pudiera poner pintalabios de verdad en la parte superior, por debajo del tapón, camuflando aún mejor el arma, aunque la de su padre ya hacía tiempo que había perdido ese sombrerito rosa.
—Tú siempre con este trasto —dijo él viendo cómo le daba vueltas en la mano.
Anna le puso el tapón y volvió a dejarla en el estuche.
Su padre eligió el AK-47. Las dianas, que eran de acero, estaban al fondo del campo de tiro, delante de un montículo de tierra de la altura de un edificio de dos pisos. Agápov fue ajustando la puntería hasta que se oyó el satisfactorio impacto de varios proyectiles en el acero seguidos por el clic de un cargador vacío.
—¿Por qué has venido a la granja? —le preguntó Anna.
—Están revisando a fondo la casa de Répino —respondió él—. Tengo miedo de que esté llena de escuchas. Mientras tanto, necesitaba poder trabajar en algún sitio. Toma.
Le pasó el AK-47.
Anna puso un nuevo cargador y quitó el seguro. Se apoyó la culata en el hombro mientras sostenía el arma por debajo con la mano izquierda, los dedos extendidos para no rascarse los nudillos en el retroceso. Deslizó rápidamente el cargador de munición con el pulgar y, ya con las dianas a la vista, flexionó las rodillas, enderezó los hombros y se inclinó un poco hacia delante. Luego arrimó el hombro a la culata para encajarla bien en la clavícula, sujetó con fuerza el cargador, fijó la vista en la mira apuntando a la diana de acero y apretó el gatillo. Su menudo cuerpo absorbió toda la fuerza del retroceso. ¡Cling!, hizo la bala al dar en la diana.
Veinte balas más y dieciocho clings. No estaba mal, aunque su padre no le dedicara el menor elogio. Lo de disparar juntos lo disfrutaban cuando se llevaban bien, y de eso hacía tiempo. Puso el seguro y dejó el arma en el suelo. Se sentaron a la mesa y él le pasó la petaca. Luego sacó una carpeta del bolsillo de su abrigo de borrego y la depositó en su regazo.
—Veo que tienes todo tu despacho de Répino en el abrigo —dijo ella entre sorbo y sorbo—. ¿Qué es esto?
—Algo que no debería tener; por eso, primero te explicaré por qué lo tengo —repuso su padre, y cogió el coñac—. Ayer por la noche llegó al banco un funcionario del FSB, un tal Chernov, teniente coronel, con documentos que lo autorizaban a trasladar mi oro a una supuesta reserva estratégica, un búnker militar en el este del país. Mentiras, claro: fue un robo puro y duro. Se marcharon con más de doscientos lingotes, metieron al director de seguridad en una caja y me lo mandaron con un mensaje digno de un psicópata sugiriendo que me arrodillara, los muy hijos de puta. El tío estuvo tanto tiempo arañando las paredes de la caja que tenía los dedos en carne viva. Pobre desgraciado. Tardó casi tres horas en recuperarse y poder decirme nada.
La mirada de Agápov era feroz y apretaba tanto los puños que, cuando abrió las manos, ella notó que se había hecho sangre con las uñas.
Mientras él se chupaba las heridas, ella dio un par de sorbitos de coñac.
—El tal Chernov —continuó su padre medio en susurros— trabaja para el Ganso, Ania. El mensaje es del Ganso.
Al oír ese apodo, ella sintió como si todo el invierno de Píter se le hubiese metido en el abrigo. Vasili Platónovich Gúsev, el Ganso, ex director del KGB Y, como Secretario del Consejo de Seguridad, uno de los principales asesores de Putin. A lo largo de tres décadas, él y su padre habían librado una de esas luchas de poder tan típicamente rusas, con mucha sangre y pocas victorias, pero los generales seguían en pie, lanzándose miradas de recelo desde ambos lados del campo de batalla.
—Habían dicho que lo de quitarme los astilleros sería lo último —siguió explicando su padre—, ¿y ahora atracan mi banco? Cada vez hay menos de todo, pero ésta es la manera que tienen de cobrarnos impuestos. ¿Qué quieren, otra guerra?
—¿Y no podrías hablar con el joziáin? —preguntó Anna refiriéndose al «dueño»: el presidente Putin.
—Cuando me extorsionaron con los astilleros, el joziáin no movió un dedo. Volveré a probar, pero he preferido buscar pistas por mi cuenta. De momento, tenemos una. —Dio una palmada a la carpeta—. Les plantaremos cara.
Anna la abrió y miró las primeras páginas en busca de sellos oficiales o de las franjas azules propias de los informes operativos, pero no encontró nada de eso. La cerró.
—¿De dónde has sacado estos documentos? —preguntó.
—Tú lee —repuso su padre antes de darle otro trago a la petaca—. Son neofitsialnie meri. Tenemos a alguien escuchando, y ha oído algo bastante interesante.
Neofitsialnie meri: «Medidas no oficiales», escuchas sin orden judicial que, muy probablemente, provenían exclusivamente de su padre; es decir, de un territorio que no amparaban ni siquiera las peculiares leyes de telecomunicaciones del putinismo, pensadas para que determinadas autoridades pudieran intervenir comunicaciones a discreción.
Hacía más de un año que ella no ponía un pie en RusFarm, y en ese momento lo que más le convenía era levantarse e irse de allí, pero lo cierto era que su padre jamás la había convocado de ese modo («Ania, ven ahora mismo a la granja, por favor»). Además, el documento había despertado su curiosidad. Se sentía como una niña con una caja envuelta en papel de regalo sobre el regazo: ¿qué habría dentro?
Abrió la carpeta y hojeó su contenido: transcripciones, un buen fajo.
—Te resumo lo más importante —le ofreció su padre—. Hemos centrado nuestra atención en los operadores que el Ganso tiene en Londres, Atenas, Zúrich, etcétera, y el caso es que una de las transcripciones de Londres contiene un desliz que es una joya. Dos de ellos hablan de las acciones que han comprado y de cómo deben proceder los abogados para que «todo el mundo» quede conforme. Entonces, empiezan a mencionar los nombres de siempre, pero en un momento dado sueltan que «el joziáin no participa en esta ocasión»: que se trata de un fondo aparte, estratégico.
—Mierda —murmuró Anna.
Su padre le puso una mano en el hombro.
—El Ganso me ha robado y le está escondiendo mi dinero al presidente.
Anna cogió la petaca y la miró con curiosidad, como si aquellos dedos no fueran suyos. Ató cabos mientras oía los latidos de su corazón. Quizá fueran invenciones de su padre. Lo comentó en voz alta.
—¿Lo dices en serio, Ania? ¡Por el amor de Dios! —contestó él riéndose.
—¿Tienes el audio?
—Sí.
Ella le tendió la mano.
—No lo llevo encima.
Un copo de nieve cayó flotando hasta posarse en la palma, que seguía extendida.
El padre puso los ojos en blanco, se sacó del bolsillo una memoria USB y se la dio.
—No lo enchufes a ningún ordenador que esté conectado a internet.
Ella se guardó la memoria en el bolsillo del abrigo y se levantó y fue a buscar la caja de la pistola pintalabios. Sonrió al abrirla. Luego, introdujo una bala en el tubo y, cuidándose mucho de no apuntarse a sí misma, se encaminó hacia las dianas. Como necesitaba pensar, siguió caminando hasta quedar a un par de metros de uno de los blancos de contrachapado: la precisión de esas pistolas (si es que tenían alguna), no daba para más.
Le pareció que aún estaba lejos, así que dio otro paso largo y, apuntando al blanco, giró el tubo hasta oír un clic y un disparo. Había fallado. Menuda porquería. Regresó a la mesa de madera y dejó el tubo en el estuche.
—¿Qué sensaciones tiene Vadim de cara a la carrera de Dubái? —preguntó—. ¿El caballo está preparado?
—Pregúntaselo tú. ¿No es tu marido?
—¿Qué caballo va a llevar?
—Judo Master.
Ella hizo una mueca.
—Nada que hacer.
—Quizá —repuso su padre mientras limpiaba la barbilla de coñac con el dorso de la mano—, pero tendríamos que estar hablando del informe bomba que acabo de darte, no del negocio de los caballos, que abandonaste con muy poco tacto, ni de ninguna otra distracción.
Ella le dio la espalda, escarmentada: nada le apetecía tan poco como ser convocada a esa horrorosa granja.
Su padre suavizó el tono:
—Ania, ¿eres consciente de lo que podría hacernos el Ganso?
Algo podía imaginarse: había asistido desde su más tierna infancia a peleas entre hombres poderosos. Siendo ella niña, Píter había sido escenario de sangrientos rifirrafes ante el desplome de la Unión Soviética. De hecho, había sido entonces cuando su padre se las había llevado a su madre y a ella a esa granja, una cooperativa soviética venida a menos. Aún la rondaba la imagen de los hombres al mando de su padre inspeccionando los coches con espejos atados a largos palos, por si había bombas debajo.
Más tarde, durante su adolescencia, su padre había dejado el Servicio para ir medrando entre los antiguos agentes de seguridad que rescataron a Rusia del caos. En esos años era el presidente de Rossiya Industrial, un grupo de empresas que se nutría de algunos de los recursos estratégicos del país: la fabricación y exportación de armamento, una de las grandes petroleras, el segundo fondo de pensiones ruso y, por peregrino que pudiera parecer, una cadena de panaderías.
Ese vertiginoso ascenso, sin embargo, no había salido gratis; muy al contrario: su padre había comprado lealtades mediante una alianza con la familia Kovalchuk, banqueros que gestionaban gran parte del dinero de Putin... y el precio de esa alianza había sido precisamente ella, Anna.
Se tocó el dedo donde antes llevaba el anillo.
—Sé perfectamente lo que podría hacernos el Ganso, papá —aseguró.
—En primer lugar, nos apretará para obligarnos a vender más activos —señaló Agápov—, y luego puede que intente mandarnos al exilio, tras los pasos de todos esos malditos profesores, artistas y bailarinas que hicieron las maletas cuando la guerra se puso fea. Qué sé yo... igual coge unos cuantos de nuestros caballos y los hace picadillo.
—Has dicho «mandarnos al exilio», pero su enemigo eres tú, no yo —lo corrigió Anna.
—Aquí no vale «yo» o «nosotros», Ania —repuso él—. Si no te das cuenta, pues... que Dios nos ayude.
Un escalofrío hizo que Anna se ciñese el abrigo. Quizá su padre tuviera razón, quizá no.
—¿Qué quieres que haga, papá?
—Para acudir al joziáin hacen falta más pruebas. Necesito que averigües dónde narices tienen escondido el dinero. Aquí dentro hay pistas. —Volvió a darle unos golpecitos a la carpeta—. Un despacho de abogados de Londres, Hynes Dawson, está implicado; yo empezaría por ahí. Deben de ser ellos quienes abren las cuentas, así que tendrán clara toda la estructura. Y probablemente les hayan firmado poderes, de modo que podrían ayudarnos a recuperar nuestro dinero, aunque fuera robándolo de vuelta. Haz tus indagaciones y presenta una propuesta operativa: va siendo hora de pasar al contraataque. ¡Que ese maldito Ganso se dé cuenta de que no pensamos arrastrarnos a sus pies, joder!
—Ya —repuso Anna con una sonrisa sardónica.
El padre enrojeció.
—¿De qué te ríes?
—Llevas seis años quejándote de que trabaje en el SVR e insistiéndome en que lo deje para tener hijos.
—¿Y?
—Y ahora me pides ayuda. Sonrío por eso, papá.
—Pues no sonrías.
—Ahora mismo tengo otros casos entre manos; uno en Ginebra, por ejemplo. ¿Qué hago con ellos?
Él se hizo el sordo.
—¿Piensas ayudarme o te quedarás al margen?
Ella le dio una patadita por debajo de la mesa y él le pasó la petaca. Bebió un trago.
—¿Tienes a alguien que pueda ayudar con recursos?
—Puedes hablar con Maxímov, en Moscú.
Un lejano ruido de palas empezó a resonar en el silencio del bosque de abedules.
Ella levantó la vista.
—¿Es el helicóptero de Vadim?
Su padre asintió con la cabeza.
—Me imagino que tu marido querrá hablar con los adiestradores del caballo antes de subirlo en el avión rumbo a Dubái.
Ella se levantó y le comunicó que volvería esa misma noche a Moscú.
—¿Por qué no te quedas hasta mañana, Ania? —le preguntó su padre, que seguía sentado—. Sal a primera hora. Te tendré preparado otro helicóptero.
El ruido de palas se hizo más fuerte. Ella levantó la vista y sintió aguanieve cayéndole en la cara. El helicóptero de Vadim pasó por encima de ellos de camino al helipuerto contiguo a la mansión. Ella señaló con la cabeza el claro donde estaba el aparato de su padre.
—Voy a hacer que me lleven ahora mismo a Moscú. ¿Es un problema?
—Quédate sólo hasta mañana, Ania.
—¿Quieres que te ayude o no?
Agápov sonrió, lanzó un suspiro y le hizo un gesto: podía marcharse.
Londres
La primera vez que Sia Fox oyó hablar del oro del Ganso fue en boca de un borracho de acento irresistible, como suelen oírse las mejores historias. El borracho se llamaba Mickey Liádov, y su acento era una encantadora mezcla de inglés de Eton y ruso de planta de hormigón siberiana. El escenario era el privado del Berkeley, entre cuyas paredes forradas de madera el despacho de abogados de Sia, Hynes Dawson, agasajaba a su élite de rusos. Mickey, que ya llevaba varias copas de champán encima, se interesó por el acento de ella.
—Venga, maja, dime de dónde es. Llevo queriendo preguntártelo desde que empezamos a colaborar. ¡Qué manera de hacer vibrar las erres! Fabulosa, una delicia, y perdón por el piropo.
—Es Afrikáans —contestó ella—, de Ciudad del Cabo.
—Perfecto —opinó él—. Mejor imposible.
La velada estaba llegando a su fin, y Sia había cerrado el grifo del champán hacía un buen rato, pero fingía beber con Mickey por si se enteraba de algo acerca de una gran suma que Mickey tenía entre manos. Durante la cena formal, que había sido agotadora, ella y los demás socios del bufete habían escuchado el típico rollo de que los clientes de Mickey habían decidido repentinamente (cómo no) traspasar esa suma enorme (y de origen desconocido) a una nueva estructura de cuentas, en plan muñeca rusa, controlada por empresas fantasma insertadas dentro de otras empresas fantasma en las Islas Vírgenes Británicas, Nevis, Suiza, la Isla de Man, etcétera: sitios con fama de reservados y discretos.
A Sia le constaba que Mickey movía dinero para el Ganso. Todos los socios sénior lo sabían, aunque nadie lo dijera en voz alta. Lo que quería averiguar era la procedencia de ese dinero en concreto, y tenía la impresión de que a Mickey le apetecía contárselo. Allí había una historia y, a juzgar por la mirada de Mickey, era de las buenas. Le rellenó la copa de champán.
—Ciento cincuenta millones de dólares a tan corto plazo es mucho, Micks —dijo—. Incluso para ti y para clientes como los que acostumbras a tener. ¿Hay algún cotilleo que se pueda contar o es todo muy secreto y muy ruso?
—Bueno... puedo decirte que es un asunto muy importante para mis clientes. Zayebis. —Se rió de cómo arrugaba Sia la frente—. Lo siento, he dicho que para ellos es importante del carajo, tanto que, como la cague, se me follan.
Se rió otra vez, bebió más champán, le hizo a Sia señas de que se acercase y fue entonces cuando, llevado por el entusiasmo o por el alcohol, le reveló que aquel dinero había sido oro en su origen.
—¿Oro? —dijo ella animándose—. Caramba, Micks, qué alucinante... ¿Sabes qué te digo? Que mientes más que hablas.
Después de soltar otra risita, Mickey se puso serio.
—Que no, que te lo juro —dijo—. Oro de un banco ruso.
Contó que había oído rumores de que era robado, al menos en parte; pero eso sonaba demasiado emocionante para ser verdad (puso cara de tristeza). Lo más seguro era que sus clientes simplemente necesitaran sacar de contrabando su oro para que algunos distribuidores suizos amigos lo convirtieran en dinero limpio dispersándolo por toda Europa de modo que, más tarde, Hynes Dawson y los bancos pudieran poner el dinero resultante a buen recaudo en algún archipiélago. Lo de siempre, vaya: monedas fuertes y toda la pesca.
Se tomó un buen trago de champán.
—Pero al principio —insistió con la mano en el corazón—, era oro de la cámara acorazada de un banco de San Petersburgo.
—A ver, Micks, ¿y cómo narices sacaron tantos lingotes? —preguntó Sia.
Susurraban como conspiradores, inclinados sobre la larga mesa.
—Pues he oído que los metieron en cajas del Hermitage y los mandaron a Florencia —contestó él guiñando un ojo—. Como un «préstamo entre museos», vaya. Y de ahí me imagino que los llevarían en camión a Suiza, vete tú a saber... Pero bueno —añadió volviendo a poner cara de decepción—, supongo que con lo bien que suena tampoco será verdad.
Sia tuvo ganas de preguntarle qué carajo pensaba hacer el Ganso con tanto dinero, pero Micks no lo sabría y simplemente se pondría a divagar con su acento de pijo.
—Cambiando de tema —dijo en cambio, inclinándose algo más sobre la mesa—, me he enterado de que tus amigos en Rusia tienen problemas con uno de los empresarios... ¿Es correcto decir «oligarcas»?... Uno que, por lo que me han dicho, no tiene clubs de fútbol ni yates, pero al que le sale el dinero por las orejas. ¿Cómo se llamaba...? Ago algo...
—Agápov —repuso Mickey—, el general Andréi Borísovich Agápov. General retirado, para ser exactos. —Mientras hablaba trazaba círculos sobre la mesa con la copa de champán cogida del tallo—. Hace poco vendió su astillero a precio de risa —añadió—, y ahora lo del banco...
Asintió con la cabeza y volvió a beber champán.
—¿El banco también es de él? —preguntó Sia.
—Es el principal accionista —respondió Mickey—. Y tiene enemigos, como te podrás imaginar, y no precisamente de los tontos, sino de los que extienden sus tentáculos hasta las profundidades del Kremlin.
Volvió a hacer girar la copa vacía con una sonrisa burlona. Ya se habían acabado la botella (mejor dicho, se la había acabado él solo). Sia cogió una de brandy del carrito para que Mickey tuviera algo en la copa.
—¿Y no me lo sirves en copa de brandy? Pero qué bárbara, Sia, por Dios... —dijo él—. Servir brandy en una flauta de champán es de visigodos, cariño; de visigodos y de vándalos.
—Así somos, Micks: siempre adelante, hasta las puertas de Roma. —Llenó su propia flauta y se tomó un buen trago. Justo entonces entró en el reservado un camarero, pero le hizo señas de que se marchara, puso ambas manos sobre la mesa y se inclinó hacia Mickey para susurrarle—: Me estabas hablando de los enemigos de Andréi Agápov, Micks.
—Ah, sí, es verdad —contestó él—. Bueno, ¿quién no tiene enemigos? Para muestra, un botón: yo mismo, pobre de mí. Medio borracho con una visigoda. Totalmente rodeado.
Se rió entre dientes y miró su reloj como si tuviera que ir a alguna parte.
Sia pensó que necesitaba algo de ayuda: un empujoncito.
—A mí sólo me llegan los rumores que consiguen viajar desde Moscú hasta esta ciudad tan sosa —dijo—, pero he oído que el Ganso le está dando caña a Agápov. En los buenos malos tiempos, el Ganso era el jefazo del FSB, y ahora tiene un despacho al lado del de Putin. ¡Coño, si hasta leí un artículo donde ponía que era el que había extorsionado a Agápov para que vendiera el astillero! ¿Qué pasa? ¿Alguna sabandija se está deslizando por debajo de las sábanas del Kremlin?
Mickey hizo el gesto de cerrarse la boca con cremallera y tirar una llave imaginaria en su coñac, que apuró de un solo trago.
Sia le rellenó la copa.
—Mira, Micks, la llave está en tu copa: igual si te la bebes podemos abrirte los labios.
Él se encogió de hombros y, tras un sorbo largo y lento, sonrió apenas y tamborileó en el mantel. Acto seguido recurrió a lo que se había convertido en su manera preferida de contar secretos: hablar en voz pasiva midiendo mucho sus palabras. De otro modo, habría tenido que responsabilizar al Ganso de cosas que no le convenía atribuirle.
—Creo que el oro fue «sustraído» de las arcas de Agápov por razones estratégicas que, naturalmente, se le escapan a tu humilde amigo Micks; ahora, lo que está claro es que se lo robaron, como el astillero, y unos pajaritos que conozco en la Ródina me han dicho que el bueno de Andréi está siendo castigado por no atenerse a las reglas. En vez de pagar su tributo, como se debe, el muy jodido se está emperrando en poner las cosas difíciles. Has sido tú quien ha mencionado al Ganso, y no voy a hacer comentarios sobre ese artículo que leíste: ya sabes que la prensa de aquí se pasa el día calumniando a los rusos patriotas. Lo que puedo confirmarte, porque mis pajaritos me lo han dicho, es que el Ganso y Agápov se odian. Ambos proceden del KGB de Leningrado, y el origen de su odio es algo tan atemporal como una mujer. ¿Qué otra cosa iba a ser? Cierta Galina de San Petersburgo, que, Dios la tenga en su gloria, era algo así como Helena de Troya. Antes de casarse con Agápov había estado con el Ganso y, ahora que está en pleno ascenso, tiene que pensar en sus gansitos, ¿no? De modo que está haciendo lo que haría cualquier padre sensato. ¿O no, Sia?
—¿El qué, Micks, dejar sin blanca a un antiguo rival?
Mickey negó con la cabeza.
—No sólo eso. Agápov estableció una poderosa alianza con la familia Kovalchuk. Eran uña y carne, hasta el punto de que, cuando el viejo Kovalchuk murió, sus acciones y el control del banco fueron a parar a manos de Agápov. ¡Incluso casó a su hija Anna con Vadim Kovalchuk, el hijo del viejo! Eso hace pensar que el juego que se trae el Ganso es una mezcla de venganza y política: te cargas a un antiguo rival y de paso destruyes una alianza política muy poderosa. Dos pájaros de un tiro, como suele decirse.
—Fascinante, Micks —dijo Sia—. Tu clientela es como la quintaesencia de las intrigas estalinistas.
—Tienen las manos manchadas de sangre —contestó él con una gran sonrisa y haciendo el gesto de limpiárselas—. Igual que vosotros.
Sia le dio dos besitos a Micks, uno en cada mejilla, y, tras un corto paseo a la luz de la luna por Mayfair, volvió a las oficinas de Hynes Dawson, llenas de abogados macilentos que entraban en la decimoséptima hora de su jornada de trabajo. Tras hacer crujir con paso firme la escalera de caracol que conducía a su despacho, cerró la puerta y se plantó ante la ventana, mirando por el cristal sucio los arbustos descuidados que bordeaban el patio de grava.
La fuente estaba seca. Nunca la había visto funcionar. La ecléctica combinación de suelo urbano prohibitivo y decrepitud arquitectónica respondía a los deseos de Benny Hynes, único superviviente de los fundadores del despacho, del que era director emérito. Muchos de los grandes despachos de la City, en compensación por el esclavismo laboral de su plantilla, lucían instalaciones ultramodernas y dotadas de todos los servicios. Hynes Dawson no. Su palacete de Mayfair podría haber sido la morada de una familia excéntrica. En los pasillos y despachos se sucedían las estanterías llenas de libros, y las paredes estaban adornadas con óleos sin relación alguna con el bufete, sus clientes o el ejercicio de la abogacía: la batalla de Trafalgar, una escena pastoril en Cornualles, un pato pintado por el propio Benny Hynes... El espacio era tan escaso que el despacho de Sia ocupaba el antiguo dormitorio de uno de los niños.
El magnetismo del bufete se basaba en algo muy simple: cinco veces más compensaciones que en cualquier otro de Londres; hasta siete, en los años buenos. Los beneficios pecuniarios compensaban de sobra el caótico espacio de trabajo. Aunque también eran la manera (o pretendían serlo) de resarcir a los trabajadores porque el perfil de los clientes iba desde los tintes turbios hasta la corrupción más contumaz. Todos tenían las manos en la masa del dinero sucio, pero, además, había unos cuantos que también las tenían manchadas de sangre: Al-Assad, Putin, Al Saúd, Jamenei... Aunque sus nombres no figurasen en los documentos, los principales socios del despacho, todos salidos de Oxford y de Cambridge, tenían muy claro que, a través de sus representantes, constituían los clientes más valiosos de Hynes Dawson.
Se oyeron golpes en la puerta.
—Adelante —dijo ella.
Era Benny Hynes. A sus setenta y cuatro años, un hombre enjuto y de abundante pelo gris, enfundado en un terno gris marengo. Su reloj de bolsillo alguna vez había pertenecido a Churchill. Era la una y tres minutos de la madrugada, y él estaba aún despierto y trabajando. Una vez sentados en el sofá de cuero verde, Sia y él se quedaron mirando a alguien que pasaba por la calle.
—¿Has estado con Mickey Liádov? —le preguntó él sin apartar la vista de la ventana.
—Le gusta hablar.
—¿Cotilleos del Kremlin?
—Como siempre, ¿no? El dinero era de Andréi Agápov. El Ganso se lo quitó. En Moscú se está armando la gorda. Hay facciones enfrentadas; lo típico de Rusia, vamos.
Benny gruñó mientras se toqueteaba el nudo de la corbata.
—Ahora entiendo las chorradas que nos han largado durante la cena. ¿Qué opina Mickey? ¿Será peligroso que los ayudemos a blanquearlo? ¿No nos meteremos en medio del fuego cruzado?
—No más que de costumbre.
—¿Y se puede saber en qué piensan gastárselo?
—De eso Mickey no tiene ni idea.
—Nunca sabe lo importante.
—Es un simple intermediario.
Benny se levantó y se desperezó.
—Acaban de mandar el contrato para que nos pongamos a trabajar. Prepáraselo, ¿vale? Di que sí a todo, que será lo habitual: capas y más capas hasta que ya no se distinga nada. Ayudaremos al Ganso a esconder su dinero a menos que veamos algún riesgo de que Agápov o algún otro mal bicho del Kremlin nos queme el despacho. Total, ¿qué más da? Es a lo que nos dedicamos. Para eso existimos, qué coño.
Le dio una amable palmada en la rodilla y, tras levantarse, se encaminó hacia la puerta.
«Y para eso me uní yo a esta pandilla de mercenarios», se abstuvo ella de decir, adelantándose a su jefe para abrirle la puerta y darle a su vez una palmada en el hombro acompañada por la solemne promesa de que, en un pispás, tendría formado un equipo de primera y, a la hora de comer o a lo sumo la del té, ya habría guardado parte del dinero de Agápov en alguna cuenta inocua del Caribe.
Mickey había acertado en casi todo. Las cajas habían llegado a Florencia en la bodega de un avión militar ruso prestado al Ministerio de Cultura (la guerra no había interrumpido los intercambios museísticos). Chernov, descrito en su documentación como un conservador adscrito al museo Hermitage de San Petersburgo, viajó con una parte de las cajas, y los auténticos conservadores (cuyo cometido era supervisar un préstamo de cuadros y esculturas que en su día pertenecieron a Catalina la Grande) tuvieron la prudencia de mantener las distancias.
Esas cajas, de color azul Francia, sólo llevaban impreso, en amarillo, un número de serie y el aviso ESTE LADO ARRIBA repetido en italiano, ruso e inglés. Al supervisar su descarga en el aeropuerto de Florencia, Chernov saludó a un hombre cuyo poco imaginativo apodo, Miguel Ángel, recordaba del FSB. Era el dueño y director de una empresa especializada en el transporte de cuadros, esculturas y otros objetos de valor por toda Europa, así como el padre de dos hijas que habían estudiado Economía en Londres gracias a los pagos del Servicio de Seguridad ruso.
Desde Florencia, los camiones de Miguel Ángel llevaron las cajas hasta una refinería de oro de Dresde, donde las refundirían poniéndoles nuevos distintivos que ocultasen su procedencia. El sector del refinado del oro es muy laxo en la aplicación de las leyes antiblanqueo, sobre todo cuando el dueño de la refinería y su director general cobran del FSB.
A partir ahí, el oro se repartió entre dos mayoristas alemanes, ambos con sendas sedes en Suiza y directivos a sueldo de la Lubianka. Sin duda, la codicia fue uno de los acicates para que los conspiradores pasaran por alto el velo de misterio que rodeaba el origen del metal, pero si a alguien le quedaban dudas, o temía represalias (legales o de cualquier otro tipo), se podía consolar pensando que el Bank Rossiya no había denunciado el robo por el simple motivo de que no era tal, puesto que, como había señalado Chernov, aquel oro le pertenecía a Rusia, y, por lo tanto, a Dios, que era el dueño de todo. De cara a cualquier organización internacional o gobierno interesados, los lingotes seguían a buen recaudo dentro de las fronteras de la Ródina.
Una vez vendidos por partes en los mercados de divisas, los financieros del Ganso, con Mijaíl Liádov al frente, tenían que encargarse de encauzar los ingresos hacia una estructura convenientemente bizantina de cuentas en paraísos fiscales pertenecientes a empresas fantasma con nombres convenientemente incomprensibles como como Sandalwood Ltd., Brockton Development, QRE Solutions, etcétera, que, como buenas empresas fantasma, sólo existían sobre el papel.
Y la encargada de crear esa estructura de holdings financieros, de diseñarla y construirla bien lejos de las fronteras de la Ródina, sería nada menos que la abogada Sia Fox, con base en Londres. A gran parte de quienes observaran su creación, les parecería gris, tediosa y enrevesada pero, desde el ángulo correcto y con la luz adecuada, unos pocos serían capaces de elucidar su forma verdadera: la del arrasado campo de batalla de una cruenta lucha rusa por el poder, y también, posiblemente, la del mayor robo de lingotes de oro desde el saqueo de Europa por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.
Sia sabía, incluso, que algunas de esas cuentas podían y debían estar tras las fronteras de Rusia, en territorio del Ganso, aunque su nombre no apareciera en ninguna de ellas. Y sabía cómo conseguirlo, puesto que, en el Kremlin, había quien confiaba en Hynes Dawson y por extensión en ella, aunque ni siquiera supieran su nombre.
«Craso error», pensó.
Moscú
Anna abandonó la circunvalación MKAD por una salida situada en el distrito de Yásenevo y prohibida por un letrero en cirílico e inglés. Condujo su Range Rover por una carretera estrecha y, tras dejar atrás otra señal que ponía CENTRO DE INVESTIGACIONES CIENTÍFICAS, se internó en el bosque hasta llegar a una discreta garita bañada en luz de sodio. Como no llevaba la insignia marrón, el solitario vigilante se la quedó mirando. Debía de pensar que esa rubia menudita se había equivocado de salida. Caminó hacia ella mirando de reojo los bolardos y las placas de metal que asomaban a ras de suelo y que podía hacer subir si algún vehículo intentaba saltarse el control.
A Anna le habían contado que, en cierta ocasión, un borracho había lanzado su Lada hacia la verja y había terminado estrellándose contra una barrera de acero surgida de golpe del pavimento. Sonriendo afablemente, mostró su carné de conducir y, tras advertir al vigilante de que no encontraría su nombre en la lista, le pidió que llamara a la oficina del subdirector tercero.
Aparcó a un lado y se quedó esperando. A los pocos minutos, el vigilante salió de la garita y se apresuró a devolverle la identificación y a levantar la barrera. Los neumáticos del Land Rover produjeron un ruido metálico cuando pasó sobre las placas del suelo en dirección al interior del recinto.
Ya en el amplio aparcamiento, Anna desconectó el móvil y lo metió en la guantera. Pese a que era temprano, vio luz en muchos despachos, incluidos los de la segunda planta que alguna vez habían sido los dominios de su padre. Detrás del edificio de siete pisos que ocupaba la dirección, asomaba otro de veintidós, que era la colmena donde trabajaban las abejas obreras. Allí, el aparcamiento se notaba mucho más lleno.
Al fondo de todo, hacia el oeste, estaba un inmenso edificio que albergaba unos grandes almacenes con buenos descuentos, dos saunas, una piscina olímpica, tres gimnasios y varias pistas de tenis, mientras que hacia el este, internándose en el bosque, se hallaban una serie de dachas privadas que en su día habían pertenecido a altos cargos de la Primera Dirección General del KGB, dedicada al espionaje en el extranjero.
Tras la caída del régimen soviético, esa Primera Dirección General había cambiado de nombre para pasar a llamarse Sluzhba Vneshnéi Razvedki (SVR), el Servicio de Inteligencia Exterior; pero el cambio había significado tan poco para quienes trabajaban ahí (incluido el padre de Anna) que ni siquiera se habían avenido a utilizar el nuevo nombre. (Ella cerró los ojos y oyó el zumbido de la subestación eléctrica y el rumor de los pinos encrespados por el frío viento matinal.) Para todos ellos, el cuartel general del SVR era sencillamente «el Bosque».
Maxímov, el subdirector tercero, disfrutaba de un amplio despacho en la planta de la dirección (la segunda, precisamente), con grandes ventanales por los que asomaban las puntas de los árboles como fantasmas en la bruma matinal. Detrás de su escritorio no faltaba el típico mural de fotos ni la vitrina llena de recuerdos: un bate de béisbol firmado por Fidel Castro, una foto donde se lo veía dándole la mano a un Kim Philby ya con un pie en la tumba, un AK-47 conmemorativo que le había regalado el ministro de Defensa sirio...
Rodeado de papeles, invitó a Anna a sentarse al otro lado de la mesa lacada que se extendía casi de punta a punta del despacho. Estaba hecha con la plancha de un barco de la flota encargada por Pedro el Grande durante las guerras contra Suecia. Al fondo había otra mesa que a duras penas soportaba el peso de un opulento samovar de plata procedente del palacio de Terem, de donde había salido durante los saqueos de la Revolución. Incluso soñolienta como estaba, Anna distinguió desde el extremo contrario de la sala los borrosos contornos de la doble águila imperial de los Románov.
Maxímov era un hombre robusto con abundante pelo blanco alrededor de la cabeza, pero ni uno solo en la parte superior. Era propenso a levantar la voz (un problema de volumen que sólo había salido a relucir recientemente, a finales de la década de los 2000, en una evaluación del personal a su cargo), pero sus desplantes no impedían que se lo considerara cauteloso y conservador desde un punto de vista operativo. Ese apego al statu quo sin duda lo hacía ver con recelo la estrategia del padre de Anna, según la cual ella, su hija, y él... o más bien el SVR como tal, debían actuar como piezas de ajedrez en su partida contra el Ganso, encargándose, en primer lugar, de localizar el oro que le habían robado.
Por suerte, a Maxímov, al contrario que a la gran mayoría de los ocupantes de la segunda planta, le daban igual las dimensiones del inexistente miembro viril de Anna. La saludó con dos besos y se sentó frente a ella.
—En uno de los anexos tengo un despacho que puedo prestarte unos días —empezó a decir—, y también puedo asignarte a unos cuantos técnicos de soporte operativo sin necesidad de papeleo ni seguimiento puntual de los gastos. Confío en tu buen criterio.
—Descuida.
—Eso sí: si localizas a alguno de tus objetivos, prefiero no enterarme. Ya lo hablarás con tu padre, yo no quiero tener nada que ver.
—De acuerdo.
—Y, por favor, no menciones este asunto en particular con nadie más del SVR. Si tienes que tratar sobre otras cosas, allá tú, pero ni una palabra sobre esto.
Anna se lo quedó mirando como si pensara: «Pues claro, estúpido.»
—Lo he dicho para tranquilizar mi conciencia —gruñó él.
—Claro, claro. —Anna se encogió de hombros y miró por encima de las puntas de los árboles—. Puede que necesite recursos de vigilancia.
—A su debido tiempo.
Ya estaban en la puerta cuando Maxímov se acercó para susurrarle algo al oído.
—Tu padre estaría orgulloso, Ania. Debe de estarlo ya.
Ella se dio cuenta de que el agente operativo que Maxímov aún llevaba dentro se estaba camelando a la «pequeña Anna»; que sus elogios buscaban que se metiera de lleno en aquel asunto sórdido y que siguiera adelante incluso cuando las cosas se pusieran difíciles, como se pondrían sin duda, teniendo en cuenta que el enemigo era el Ganso, nada menos.
—Ésa es una mentira piadosa —dijo.
Maxímov sonrió, abrió la puerta y se despidió de ella con un beso en la mejilla.
Ella (sobreviviendo gracias a un goteo interminable de té) y el equipo de técnicos elegidos por Maxímov se encerraron durante tres días en una sala de reuniones medio abandonada cuyas ventanas (sucias) parecían internarse en el bosque. Desde allí, procuraron orientarse entre la bruma que envolvía Hynes Dawson.
El primer día, buscando en el registro mercantil británico, encontraron la dirección de una mansión en Mayfair, en una calle tranquila cerca del famoso Hyde Park londinense. Google Street View la mostraba en un estado lamentable, con la verja oxidada, la pintura desconchada y la piedra cubierta de manchas minerales: parecía cualquier cosa menos una empresa dedicada a esconder el dinero de los ricos. Quizá de eso se trataba.
Accediendo sin permiso a bases de datos aduaneras y fiscales del Reino Unido, lograron confeccionar una lista de los empleados. A Anna, desde luego, no le interesaba el personal de bajo nivel, sin acceso directo a la información, ni tampoco los socios sénior, que sin duda estarían bajo la mirada atenta de la gente del Ganso y, por tanto, difícilmente compartirían lo que sabían, ni siquiera a cambio de lisonjas económicas, sino algún empleado del centro de la pirámide, saturado de trabajo y con acceso a la información, pero muy lejos del radar del Ganso. Además, le convenía que sus relaciones con esa persona pudieran encajar con la tapadera comercial que le proporcionaba el SVR, como banquera rusa.
Fue entonces cuando su equipo dio con una abogada de Hynes Dawson, una tal Hortensia Rose Fox que, en un artículo del Guardian sobre la incidencia de las sanciones a Rusia en la City y en la crema y nata de Londres, aparecía descrita como «una abogada especializada en Rusia y Europa del Este».
La investigaron más a fondo. Anna fue quien encontró la foto más reciente, de hacía dieciocho meses. Mostraba a una mujer alta y de pelo negro con ojos de un gris difuso y nariz aguileña.
Sabían que tenía la doble nacionalidad sudafricana y británica, y que en sus redes sociales (que empleaba muy rara vez desde su ingreso en Hynes Dawson) utilizaba el nombre de Sia.
«Lógico», había pensado Anna, y se había vuelto hacia uno de los técnicos, de nombre Grigori, para decirle: «Hortensia. Qué horror de nombre, ¿no? Afrikáans seguro que no es.» El tal Grigori se había limitado a encogerse de hombros, pero lo cierto era que nadie en el equipo había conocido jamás a alguien llamada Hortensia.
Elaboraron una mínima biografía con los pocos datos con los que contaban: infancia en Ciudad del Cabo, estudios de Derecho en Cambridge; después, un cambio insólito de rumbo: empleo en una empresa tecnológica llamada Lyric con sede en San Francisco, California. (Encontraron fotos de ella con el fundador y director de Lyric, Harry Hamilton; muchas fotos, llenas de sonrisas, carcajadas y abrazos.) Finalmente, cinco años atrás, se había ido de Lyric para entrar en Hynes Dawson. (Anna tomó nota de lo de Lyric: si alguno de los otros mandamases del SVR le preguntaba por lo que estaban haciendo, podía hablarle del interés estratégico de esa gran tecnológica estadounidense con miles de millones de dólares en contratas de defensa.)
Encontraron su número de teléfono en su expediente fiscal, al que también accedieron de manera ilícita. Luego, recurrieron a una tapadera del SRV, una empresa de contabilidad con sede en Turquía y sucursal en Ginebra, para comprar un montón de información de acceso público a compañías que juntaban y vendían datos obtenidos de aplicaciones de móvil. Así, averiguaron cómo se desplazaba al trabajo, a qué médicos iba y dónde hacía la compra.
Un experto en manejo de datos confeccionó un mapa de calor que recogía los movimientos de Sia por Londres y la campiña inglesa.
Mientras miraban los mapas, Anna le preguntó a Grigori qué opinaba de Sia y él fue siguiendo con un dedo el breve recorrido a pie entre su piso, también en Mayfair, y las oficinas de Hynes Dawson, y le contestó que era «una abogada bastante sosa».
—Trabaja entre quince y dieciséis horas al día —añadió—. Sólo sale a comer o cenar con clientes, el resto de los días compra comida precocinada. Los fines de semana solamente pisa la calle para ir a correr.
Subrayó estas últimas frases con un bostezo.
La noche del tercer día, Anna se sentó en la sala de reuniones a cavilar sobre las posibles formas de abordar el asunto. Empezó, como siempre, por las más duras, que eran sus favoritas. Podía hacer que Sia recibiera llamadas amenazadoras y luego presentarse ella misma como la manera de acabar con ellas. O podía hacer que mataran a su mascota... aunque no parecía que tuviera ninguna (según los datos de geolocalización, no daba paseos nocturnos ni iba a tiendas de comida para animales). Se dio cuenta de que cualquier decisión era prematura porque, en realidad, aún no sabía como presionarla. Desconocía sus debilidades, sus posibles adicciones... y encima no era rusa, ni estaba en Rusia... al menos no todavía.
Pasó los dedos por el borde de su vaso de poliestireno mientras reflexionaba sobre el problema de llegar hasta ella. Podía interesarla con algún tipo de cebo. ¿Un cliente lucrativo? Un ruso rico y dúctil cuya fortuna pudiera resultar tentadora. No era una mala manera de empezar y, en caso de que el Ganso levantara las cejas, resultaría fácil de justificar: «¡Pues estamos intentando esconder dinero, igual que tú!»
Se puso el abrigo y los guantes y salió al aparcamiento. Una vez en su Range Rover, sacó el móvil de la guantera, llamó a su padre y le explicó lo que necesitaba.
Él, por su parte, le dijo lo que quería que ella hiciese.
—Por Dios, papá. No puedo —repuso—. Hay otras maneras.
—Puede ser, Ania, pero tu marido ya está al corriente: se lo he contado todo. O sea que ve a hablar con él, a ver si se os ocurre algo entre los dos.
Anna apoyó la frente en el volante. Su marido. Bliad! «¡Mierda!».
Por la noche, descorchó una botella de vino georgiano que ni fu ni fa y la acompañó con un par de coñacs mientras veía distraída el programa de debate de canal 1, El tiempo dirá, en la penumbra de su piso de la calle Ostozhenka (una de las más caras de Moscú), comprado durante los primeros e infelices años de su matrimonio: otro lugar que no le gustaba. Cada vez que sus pensamientos derivaban hacia la conversación con su padre, bebía otro trago de coñac. Se quedó frita en pleno apogeo de un debate televisivo acerca de los cruentos métodos a los que podrían recurrir los estadounidenses para resolver la «cuestión rusa» y la correspondiente necesidad de autopurificación nacional.
Se despertó por la mañana con la bata medio enroscada al cuerpo y las sábanas revueltas. No recordaba haberse ido al dormitorio. Se quedó en la cama, a merced de la migraña, casi sin poder abrir los párpados y menos aún hilvanar sus pensamientos. Bajó a nadar al club de abajo. Dos piscinas lentas y ya no podía más. Fue a la sauna a sudar el alcohol. Estaba más cerca de los cuarenta que de los treinta, pero tenía la barriga lisa y las piernas musculadas por herencia materna. Se entristeció al pensarlo. En el vestuario se duchó, se rizó un poco el pelo rubio y se maquilló. Ignorando las ojeras, juntó los labios rojos y sonrió para comprobar que no se hubiera manchado de pintalabios los dientes.
Había llegado el momento.
Llevaba cuatro semanas sin hablar con Vadim y seis sin verlo. Sólo de mirar su nombre en la lista de contactos ya le chirriaban los dientes. Abrió la mandíbula hasta oírla crujir, intentando capear el revoltijo de emociones que le despertaba siempre su marido. Apretó las manos contra la encimera de mármol negro y, al quitarlas, se quedó mirando cómo se evaporaba lentamente el húmedo contorno de sus dedos. Finalmente marcó el número.
—Hola —contestó él justo antes de que se activara el buzón de voz.
Anna sabía que, a veces, Vadim también se quedaba mirando el teléfono sin saber si ponerse. Le dijo que necesitaba verlo. ¿Estaba en Píter, podían quedar?
—Estoy en Píter, sí —le dijo él con tristeza—. ¿Cenamos juntos?
—Sí: tenemos que hablar de varios temas.
Anna se lo imaginó frunciendo el ceño.
—Le diré a mi asistente que reserve mesa. ¿Qué noche te va mejor?
—¿Qué tal hoy mismo?
—Perfecto. ¿Y te quedarás en el piso?
—¿Y dónde si no?
Él tosió.
—¿Dónde voy a quedarme si no? —repitió ella.
—Con tu padre.
—Vadim, no soy una niña. ¿Hay alguien viviendo contigo?
—Ania, por favor... Aquí no hay nadie. Puedes quedarte aquí, por supuesto. No hay ningún problema. Lo preguntaba por preguntar.
«Pero ¡¿por qué lo preguntas?!», gritó ella en su interior. «¡¿Por qué lo preguntas, Vadim?!» Siguieron en silencio oyéndose respirar. Anna apretó los dientes.
—Bueno, nos vemos esta noche —dijo finalmente.
Él colgó primero, como siempre.