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Prefacio

La puerta del despacho de Stephen Hawking era de color verde oliva y, aunque daba directamente a la concurrida sala común, a Stephen le gustaba dejarla un poco abierta. Llamé, entré y me sentí como si me hubieran transportado a un mundo atemporal de contemplación.

Lo encontré sentado tranquilo tras su escritorio, que estaba encarado a la entrada, con la cabeza, demasiado pesada para mantenerla derecha, apoyada en el reposacabezas de su silla de ruedas. Alzó despacio los ojos y me saludó con una sonrisa amable, como si ya me estuviera esperando. La enfermera me ofreció asiento junto a él y me fijé en el ordenador que tenía sobre la mesa. Un salvapantallas corría incansablemente por el monitor: Para llegar a donde Star Trek no se atreve a ir.

Mediaba el mes de junio de 1998 y nos encontrábamos en lo más profundo del laberinto del DAMTP, las siglas en inglés del renombrado Departamento de Matemática Aplicada y Física Teórica de Cambridge. El DAMTP se alojaba en un desvencijado edificio victoriano en Old Press, a orillas del río Cam, y durante casi tres décadas había sido el campamento base de Stephen, el nexo de sus empresas científicas. Fue allí donde, recluido en una silla de ruedas e incapaz de levantar siquiera un dedo, había luchado con pasión por doblegar el cosmos a su antojo.

Un colega de Stephen, Neil Turok, me había dicho que el maestro quería verme. Fue el animado curso de Turok, parte del famoso grado avanzado de matemáticas del DAMTP, lo que reavivó mi interés por la cosmología. Stephen se había enterado de algún modo de que los resultados de mi examen eran excelentes y quería saber si podría llegar a ser un buen candidato para un doctorado bajo su tutela.

El viejo y polvoriento despacho de Stephen, abarrotado de libros y artículos científicos, me pareció acogedor. Tenía el techo alto y una gran ventana que, según descubriría más tarde, mantenía abierta incluso en los días más fríos del invierno. En la pared junto a la puerta había una fotografía de Marilyn Monroe y, bajo ella, una foto enmarcada y firmada de Hawking jugando al póquer con Einstein y Newton en la holocubierta del Enterprise. Dos pizarras repletas de símbolos matemáticos ocupaban la pared a nuestra derecha. Una contenía un cálculo reciente relacionado con la última teoría de Neil y Stephen sobre el origen del universo, pero los dibujos y las fórmulas de la segunda parecían datar de la década de 1980. ¿Es posible que se tratase de sus últimos garabatos escritos a mano?[1]

© Science Museum Group (UK)/Science & Society Picture Library.

FIGURA 1. Esta pizarra estaba colgada en el despacho de Stephen Hawking en la Universidad de Cambridge como recuerdo de una conferencia sobre la supergravedad celebrada en junio de 1980. Llena de garabatos, dibujos y ecuaciones, es tanto una obra de arte como una mirada al universo abstracto de los físicos teóricos. Hawking está esbozado en el centro, hacia abajo, de espaldas a nosotros. (Versión en color en la lámina 10).

Un suave repiqueteo rompió el silencio. Stephen había comenzado a hablar. Tras perder la voz natural por una traqueotomía practicada a raíz de un ataque de neumonía más de una década antes, ahora se comunicaba mediante una impersonal voz computarizada. Era un proceso lento y laborioso.

Haciendo acopio de la poca fuerza que le quedaba en sus músculos atrofiados, ejercía una débil presión sobre un dispositivo de pulsación, un clicador bastante parecido a un ratón de ordenador, colocado con meticulosidad bajo la palma de su mano derecha. La pantalla ajustada a uno de los brazos de su silla de ruedas se encendió como si fuera una conexión virtual entre su mente y el mundo exterior.

Stephen usaba un programa de ordenador llamado Equalizer que contenía una base de datos de palabras y un sintetizador de voz. Parecía navegar por el diccionario electrónico del Equalizer de manera instintiva, como si hiciera clics rítmicos al son de sus ondas cerebrales. En la pantalla, un menú mostraba varias de las palabras de uso más frecuente y las letras del alfabeto. La base de datos del programa incluía la jerga de la física teórica y el programa se anticipaba a su siguiente elección de palabra mostrándole cinco opciones en la fila inferior del menú. Por desgracia, la selección de palabras se basaba en un algoritmo de búsqueda elemental que no conseguía distinguir entre la conversación general y la física teórica, en ocasiones con resultados hilarantes, desde un risotto de microondas cósmicas a dimensiones sexuales adicionales.

«Andrei dice», apareció en la pantalla bajo el menú. Esperé con callada expectación y con la ferviente esperanza de poder entender lo que siguiera. Uno o dos minutos más tarde Stephen dirigió el cursor al icono «Hablar» de la esquina superior izquierda de la pantalla y dijo, con su voz electrónica, «Andrei dice que hay infinitos universos. Eso es un escándalo».

Ahí tenía el disparo de partida de Stephen.

Andrei era el celebrado cosmólogo ruso-estadounidense Andrei Linde, uno de los padres fundadores de la teoría cosmológica de la inflación, propuesta a principios de la década de 1980. Se trata de un refinamiento de la teoría del big bang que postula que el universo comenzó con un breve pulso de expansión superrápida: la inflación. Linde más tarde confeccionó una extensión extravagante de su teoría en la que la inflación producía no uno, sino muchos universos.

Solía pensar en el universo como todo lo que hay. Pero ¿cuánto es eso? En la teoría de Linde, lo que venimos llamando «el universo» no sería más que una fina tajada de un «multiverso» inmensamente mayor. Concebía el cosmos como una enorme extensión en crecimiento que contenía innumerables universos distintos, situados todos ellos a mucha distancia de los horizontes de otros universos, como islas en un océano en expansión. A los cosmólogos les esperaba un viaje movidito. Stephen, el más aventurero de todos ellos, había tomado nota.

«¿Por qué preocuparse por otros universos?», le pregunté.

La respuesta de Stephen fue enigmática. «Porque el universo que observamos parece estar diseñado», replicó. Luego, tras varios clics, añadió: «¿Por qué es el universo como es? ¿Por qué estamos aquí?».

Ninguno de mis profesores de física me había hablado nunca de la física y la cosmología en términos tan metafísicos.

«¿No es esa una cuestión filosófica?», pregunté.

«La filosofía ha muerto», espetó Stephen, con los ojos brillantes, listo para el combate. No me lo esperaba, pero no pude dejar de pensar que, para alguien que había renunciado a la filosofía, Stephen la usaba con abundancia, y de manera creativa, en sus propios trabajos.

Había algo mágico en Stephen. Con el más leve movimiento imprimía suma viveza a nuestra conversación. Transmitía un magnetismo y carisma que casi nunca había visto. Su amplia sonrisa y expresivo rostro, a un tiempo cálido y juguetón, hacían que incluso el sonido robótico de su voz estuviera lleno de personalidad y me sumergiese en los misterios cósmicos sobre los que reflexionaba.

Como el oráculo de Delfos, había llegado a dominar el arte de poner mucho significado en muy pocas palabras. El resultado era una manera única de pensar y hablar sobre la física y, lo que es más, como explicaré, sobre una física nueva por completo. Pero esa concisión también significaba que el más mínimo error en un clic, como el que faltase una palabra, un «no», por ejemplo, podía y solía producir frustración y confusión. Aquella tarde, sin embargo, no me importó verme sumergido en la confusión y agradecí que el trabajo de Stephen con el Equalizer me diese tiempo para pensar en mis respuestas.

Sabía que cuando Stephen decía que el universo parece estar diseñado se refería a la extraordinaria observación de que surgió de su violento nacimiento espectacularmente bien configurado para sustentar la vida, aunque fuese miles de millones de años más tarde. Este conveniente hecho ha atormentado de un modo u otro a los pensadores durante siglos porque parece hecho adrede. Es casi como si la génesis de la vida y el cosmos estuviesen enlazados, como si el cosmos hubiese sabido desde siempre que algún día sería nuestro hogar. ¿Qué debemos pensar de esta misteriosa apariencia de intención? Esta es una de las preguntas centrales que los humanos nos planteamos acerca del universo, y Stephen creía con fervor que la cosmología teórica tenía algo que decir al respecto. De hecho, era la perspectiva —o esperanza— de resolver el enigma del diseño cósmico lo que empujaba muchas de sus investigaciones.

Eso, por sí mismo, ya es excepcional. La mayoría de los físicos prefieren alejarse de esas preguntas difíciles y en apariencia filosóficas. O creen que algún día descubriremos que la delicada arquitectura del universo proviene de algún elegante principio matemático en el corazón mismo de la teoría del todo. De ser así, el aparente diseño del universo nos parecería como un feliz accidente, una consecuencia fortuita de unas leyes de la naturaleza objetivas e impersonales.

Pero ni Stephen ni Andrei eran físicos al uso. Reacios a apostar por la belleza de la matemática abstracta, les parecía que el extraño ajuste del universo que hizo posible el origen de la vida hunde sus raíces en un problema profundo de la física. Insatisfechos con la simple aplicación de las leyes de la naturaleza, persiguieron una concepción más amplia de la física que pusiese en tela de juicio el propio origen de las leyes. Esto los llevó a pensar en el big bang, pues fue en teoría durante el nacimiento del universo cuando quedó establecido su diseño en forma de leyes. Y era justo ahí donde Stephen y Andrei encontraban mayor desacuerdo.

Andrei imaginaba el cosmos como un gigantesco espacio en expansión en el que multitud de big bangs producían de continuo nuevos universos, cada uno con sus propias propiedades físicas, como si estas fuesen poco más que nuestro tiempo atmosférico, pero a escala cósmica. Y argumentaba que, en consecuencia, no debe sorprendernos que nos hallemos en un raro universo idóneo para la vida, pues es obvio que no podríamos existir en uno de los muchos universos donde la vida es imposible. En el multiverso de Linde, toda impresión de un gran diseño tras nuestro universo no sería más que una ilusión nacida de nuestra limitada visión del cosmos.

Stephen sostenía que la gran ampliación cósmica de Linde, del universo al multiverso, era una fantasía metafísica que no explicaba nada, aunque me dio la impresión de que no le parecía que pudiera acabar de demostrarlo. No obstante, me resultó curioso y emocionante que los cosmólogos más destacados del mundo, aunque en feroz desacuerdo, debatiesen aquellas cuestiones fundacionales con tan fuerte convicción.

«¿Acaso no invoca Linde el principio antrópico, la condición de que existimos, cuando escoge un universo biofílico en el multiverso?», aventuré.

Stephen me dirigió la mirada y movió un poco la boca, a lo que yo quedé desconcertado. Más tarde aprendería que eso significaba que no estaba de acuerdo. Cuando comprendió que nadie me había introducido al modo de comunicación no verbal que practicaba con su círculo más cercano, dirigió de nuevo la mirada al monitor y se dispuso a construir una nueva frase. Dos, de hecho.

«El principio antrópico es consejero del desespero —escribió, mientras mi confusión se acrecentaba al ritmo de sus clics—. Es la negación de nuestra esperanza de entender el orden subyacente al universo por medio de la ciencia».

Aquello era sorprendente. Habiendo leído Historia del tiempo, era muy consciente de que el joven Hawking había coqueteado a menudo con el principio antrópico como parte de la explicación del universo. Cosmólogo por naturaleza, Hawking había comprendido desde muy temprano las sorprendentes resonancias entre las propiedades físicas del universo a gran escala y la existencia de vida. Ya a principios de la década de 1970 había propuesto un argumento antrópico —aunque resultó ser erróneo— como explicación de por qué la expansión del universo progresaba al mismo ritmo en las tres direcciones del espacio.[2] ¿Había cambiado de opinión acerca de los méritos del razonamiento antrópico en la cosmología?

Mientras Stephen hacía una parada técnica médica para aclarar la tráquea, paseé la mirada por su despacho. Sobre una balda que se extendía por toda la pared izquierda yacían apiladas copias de Historia del tiempo traducido a lenguas extrañas. Me pregunté qué más había en ellas que Stephen ya no suscribiera. Junto a aquellas breves historias me fijé en una fila de tesis doctorales de sus antiguos estudiantes. Desde principios de la década de 1970, Stephen había establecido una célebre escuela de pensamiento en Cambridge que siempre había incluido un pequeño círculo, una sucesión de estudiantes de doctorado e investigadores posdoctorales.

Los títulos de sus tesis tocaban algunas de las más profundas preguntas a las que se había enfrentado la física durante el siglo XX. Empezando por los años ochenta, vi Gravedad: ¿una teoría cuántica?, de Brian Whitt, y Tiempo y cosmología cuántica, de Raymond Laflamme. La tesis de Fay Dowker, Agujeros de gusano en el espaciotiempo y las constantes de la naturaleza, me llevó a principios de la década de 1990, cuando Stephen y sus colegas pensaron que los agujeros de gusano (puentes geométricos en el espacio) influían en las propiedades de las partículas elementales. (El amigo de Stephen Kip Thorne daría más tarde un buen uso a los agujeros de gusano en la película Interstellar para devolver a Cooper al sistema solar). A la derecha de la tesis de Fay estaba Problemas de la teoría M, de Marika Taylor, la progenie académica más reciente de Hawking. Marika había trabajado con Stephen en medio de la segunda revolución de la teoría de cuerdas, cuando esta se transformó en una red mucho más grande conocida como teoría M, y Stephen por fin comenzó a acercarse a la idea.

En el extremo de la izquierda de la balda había dos copias de un libro más viejo con una gruesa cubierta negra, Propiedades de universos en expansión. Era la tesis doctoral de Stephen, de mediados de la década de 1960, cuando la gran antena Holmdel Horn de los Laboratorios Bell Telephone captó los primeros ecos del big bang caliente en forma de una tenue radiación de microondas. Stephen demostró en su tesis que, si la teoría de la gravedad de Einstein era correcta, la mera existencia de aquellos ecos significaba que el tiempo debía haber tenido un principio. ¿Cómo encajaba eso con el multiverso de Andrei del que estábamos hablando?

Justo a la derecha de la tesis de Stephen vi la de Gary Gibbons, Radiación gravitacional y colapso gravitacional. Gibbons fue el primer estudiante de doctorado de Stephen, a principios de los años setenta, por los tiempos en que el físico estadounidense Joe Weber afirmaba oír frecuentes destellos de ondas gravitatorias procedentes del centro de la Vía Láctea. La intensidad de la radiación gravitacional observada era tan alta que parecía que la galaxia estuviera perdiendo masa a un ritmo que no se podía sustentar a largo tiempo, y, si eso era cierto, entonces pronto no quedaría galaxia. Hechizado por esa paradoja, Stephen y Gary jugaron con la idea de construir su propio detector de ondas gravitatorias en los sótanos del DAMTP. Por poco; los rumores sobre ondas gravitatorias resultaron ser falsos y habrían de pasar todavía unos cuarenta años antes de que LIGO, el Observatorio de Ondas Gravitatorias por Interferometría Láser, lograse por fin detectar estas esquivas vibraciones.

Stephen solía aceptar un nuevo estudiante de doctorado cada año para trabajar con él sobre alguno de sus proyectos de alto riesgo pero alta ganancia, bien fuera sobre agujeros negros (estrellas colapsadas ocultas tras un horizonte) o sobre el big bang. Intentaba alternar, asignando un estudiante para que trabajase sobre agujeros negros y el siguiente sobre el big bang, de manera que en todo momento su círculo de estudiantes de doctorado abarcase los hilos de su investigación. Lo hacía así porque los agujeros negros y el big bang eran como el yin y el yang de su pensamiento: muchas de las ideas clave de Stephen acerca del big bang se pueden relacionar con ideas previas desarrolladas en el contexto de los agujeros negros.

Tanto en el interior de los agujeros negros como en el big bang, el macromundo de la gravedad se funde con el micromundo de los átomos y las partículas atómicas. De un modo u otro, en estas condiciones extremas la teoría de la relatividad de Einstein sobre la gravedad y la teoría cuántica deberían funcionar de manera conjunta. Pero no lo hacen, y eso suele considerarse uno de los grandes problemas no resueltos de la física. Por ejemplo, ambas teorías implican una visión distinta por completo de la causalidad y el determinismo. Mientras que la teoría de Einstein se aferra al viejo determinismo de Newton y Laplace, la teoría cuántica contiene un elemento fundamental de incertidumbre y aleatoriedad, y retiene solo una noción redu­cida de determinismo, más o menos la mitad de lo que Laplace imaginaba que debía ser. Con los años, el grupo de gravedad de Stephen y su diáspora habían hecho más que ningún otro grupo de investigación del mundo por poner de manifiesto las profundas preguntas conceptuales que surgen cuando uno intenta casar los principios en apariencia contradictorios de estas dos teorías físicas dentro de un único marco armonioso.

Entretanto, Stephen había quedado «arreglado», en palabras de su enfermera, y de nuevo estaba haciendo clics.

«Quiero que trabajes conmigo sobre la teoría cuántica del big bang…».

Al parecer, había llegado en año de big bang.

«… para poner orden en el multiverso». Me miró con una amplia sonrisa, los ojos de nuevo brillantes. Ahí lo tenía. Ni filosofando ni apelando al principio antrópico, sino entretejiendo la teoría cuántica y la cosmología; así es como íbamos a domeñar el multiverso. Tal como lo expresó, parecía el enunciado de unos simples deberes para casa, y, aunque pude discernir en su semblante que se había puesto manos a la obra, no tenía la menor idea de adónde se dirigía la nave espacial Hawking.

«Me estoy muriendo…», apareció en la pantalla.

Me quedé helado. Miré a su enfermera, que leía tranquila en una esquina del despacho. Miré de nuevo a Stephen, que parecía estar bien, por lo que podía ver, y seguía atareado con sus clics.

«… por… una… taza… de… té».

Estábamos en Inglaterra y eran las cuatro de la tarde.

¿Universo o multiverso? ¿Diseño/diseñador o no? Esta es la pregunta decisiva que había de mantenernos ocupados durante veinte años. Unos deberes nos llevaron a otros y pronto Stephen y yo nos en­contramos en medio de lo que iba a convertirse en uno de los más acalorados debates de la física teórica de la primera parte del siglo XXI. Casi todos tenían una opinión sobre el multiverso, aunque nadie acabase de saber por dónde cogerlo. Lo que comenzó como un proyecto de doctorado bajo su supervisión evolucionó hacia una intensa y maravillosa colaboración que solo quedó truncada con la muerte de Stephen el 14 de marzo de 2018.

Lo que estaba en juego en nuestras pesquisas no era solo la naturaleza del big bang, ese enigma en el centro de la existencia, sino también el significado más profundo de las leyes de la naturaleza. En definitiva, ¿qué descubre la cosmología sobre el mundo? ¿Cómo encajamos nosotros en él? Esas consideraciones alejan la física de su zona de confort. Pero es justo ahí donde Stephen quería meterse y donde su incomparable intuición, forjada durante décadas de profunda reflexión sobre el cosmos, resultó ser profética.

Como tantos otros antes que él, el joven Hawking veía las leyes de la naturaleza como verdades inmutables y eternas. «Si descubriéramos una teoría completa, conoceríamos la mente de Dios», escribió en Historia del tiempo. Más de diez años después, durante nuestro primer encuentro, y con el multiverso de Linde omnipresente, me pareció que su posición no era tan firme. ¿En realidad proporciona la física unos fundamentos cuasidivinos que operan en el origen del tiempo con el big bang? ¿Y los necesitamos?

Pronto descubriríamos que el péndulo platónico había llegado demasiado lejos en la física teórica. Cuando seguimos el universo atrás en el tiempo hasta sus primeros instantes, encontramos un nivel más profundo de evolución en el que las propias leyes físicas comienzan a cambiar y evolucionar en una suerte de metaevolución. En el universo primigenio, las reglas de la física se transmutan mediante un proceso de variación aleatoria y selección que recuerda la selección darwiniana, y las especies de partículas, las fuerzas y, como argumentaremos, el propio tiempo se desvanecen en el big bang. Y, lo que es más, Stephen y yo llegamos a ver el big bang no ya como el principio del tiempo, sino también como el origen de las leyes de la física. En el núcleo de nuestra cosmogonía descansa una nueva teoría física del origen del big bang que, como llegamos a comprender, al mismo tiempo encierra el origen de la teoría.

Trabajar con Stephen fue un viaje no solo a los bordes del espacio y el tiempo, sino también a lo más profundo de su mente, a aquello que definía a Stephen. Nuestra búsqueda en común nos acercó. Era un verdadero indagador. Estando a su lado resultaba imposible no verse influido por su determinación y su optimismo epistémico, que lo llevaban a creer que aquellas enigmáticas preguntas cósmicas eran tratables. Stephen nos hacía sentir que estábamos escribiendo nuestra propia historia de la creación, y, en cierto sentido, lo hicimos.

¡Y la física era divertida! Con Stephen uno nunca sabía dónde acababa el trabajo y dónde comenzaba la fiesta. Su insaciable pasión por entender solo sería pareja a su pasión por la vida y su espíritu de aventura. En abril de 2007, a los pocos meses de cumplir sesenta y cinco años, participó en un vuelo de gravedad cero a bordo de un Boeing 727 equipado para la ocasión, que vio como un preludio a un viaje al espacio, y eso mientras a sus médicos les preocupaba incluso que cruzase el canal de la Mancha en el Eurostar para venir a Bélgica a visitarme.

Entretanto, con su voz natural ya silenciada para siempre y demasiado débil como para mover siquiera un dedo, nada le impidió convertirse en el mayor comunicador de la ciencia de nuestra época. Inspirado por un profundo sentido de que formamos parte de un gran esquema que está inscrito en el firmamento, diríase que, a la espera de que lo desentrañemos, compartía su pasión por el descubrimiento con un público universal. A medio camino de nuestra colaboración escribió un libro, El gran diseño, que refleja nuestra confusión de aquella época. En él, Stephen se aferra al principio antrópico, el multiverso y la idea de una teoría final de todo, e incluso a su pugna con un universo creado por un Dios. Pero El gran diseño también contiene las primeras semillas del nuevo paradigma cosmológico que pocos años después cristalizaría en nuestro trabajo. Poco antes de su muerte, Stephen me dijo que había llegado el momento de escribir un nuevo libro. Este es ese libro. En los capítulos que siguen describo nuestro viaje de vuelta al big bang, y dentro de él, y cómo este viaje acabó llevando a Hawking a desembarazarse del multiverso para remplazarlo con una nueva y sorprendente perspectiva sobre el origen del tiempo, profundamente darwiniana en alma y naturaleza, que nos brinda una comprensión radicalmente revisada del gran diseño del cosmos.

A menudo se uniría a nosotros en nuestro empeño el físico estadounidense Jim Hartle, el viejo colaborador de Stephen, con quien ya a principios de la década de 1980 había hecho incursiones pioneras en la cosmología cuántica. A lo largo de los años, ambos habían madurado una predilección por ver el universo a través de una lente cuántica. En ellos, incluso el lenguaje encarnaba su pensamiento cuántico, como si su cerebro estuviera conectado de una forma distinta al nuestro. Por ejemplo, cuando la mayoría de los cosmólogos hablan de «el universo», se refieren a las estrellas y galaxias en el vasto espacio que nos rodea. Cuando Jim o Stephen decían «el universo», se referían al universo cuántico abstracto, inundado de incertidumbre, con todas sus historias posibles viviendo en una suerte de superposición. Pero fue justo su visión tan radicalmente cuántica lo que acabó haciendo posible una genuina revolución darwiniana en la cosmología. El último Hawking se tomaba muy en serio la teoría cuántica, muchísimo, y decidió agarrarse a ella, emplearla para repensar el universo a las más grandes escalas. La cosmología cuántica sería el campo de investigación en el que Stephen se mantendría en la vanguardia hasta su último aliento.

Durante el tiempo que colaboramos, Stephen acabó perdiendo la poca fuerza que le quedaba en la mano para presionar el dispositivo que utilizaba para conversar, y lo cambió por un sensor montado en sus gafas que activaba con una ligera contracción de la mejilla. Pero con el tiempo hasta eso le resultaba difícil. La comunicación se fue haciendo más lenta, desde unas pocas palabras por minuto a minutos por palabra y hasta casi cesar del todo, al tiempo que la demanda por su voz crecía.[3] El más célebre apóstol de la ciencia de todo el mundo, incapaz de hablar. Pero Stephen no se rendía. A medida que nuestra conexión intelectual se hacía más profunda con los años, fuimos transitando hacia una comunicación no verbal. Olvidándome del Equalizer, los sensores y los clics, me situaba frente a él, claramente en su campo de visión, y sondeaba su mente lanzándole preguntas. Los ojos de Stephen se encendían cuando mis argumentos se hacían eco de su propia intuición. Sobre los cimientos de esta conexión, navegábamos y explotábamos el lenguaje común y la comprensión mutua que habíamos forjado a lo largo de los años. De esas «conversaciones» nació, lenta pero segura, la teoría final del universo de Stephen.

Hay momentos cruciales en la ciencia en los que, queramos o no, las consideraciones metafísicas pasan a primer plano. En esas bifurcaciones del camino aprendemos algo profundo, no ya sobre cómo funciona la naturaleza, sino sobre las condiciones que hacen posible que nuestra práctica de la ciencia sea posible y valiosa, y sobre la visión del mundo que puede nacer de nuestros descubrimientos. El empeño de la física por comprender qué hace que el universo sea ideal para la vida nos ha traído hasta una de esas bifurcaciones. En lo más hondo, se trata de una cuestión humanista que trasciende la ciencia, pues se ocupa de nuestros orígenes. La teoría final del universo de Stephen contiene el núcleo de una reflexión de extraordinario poder sobre qué significa ser humano en este cosmos biofílico, como custodios del planeta Tierra. Aunque solo fuera por esta razón, podría acabar siendo su mayor legado científico.

Nota del autor

Mis numerosas conversaciones con Stephen a lo largo de una veintena de años son fidedignas y fielmente entretejidas en el relato. Las citas de Stephen que también han aparecido publicadas se indican en las notas finales.