Aparición

Aparición

El día en que cumplía cincuenta y cuatro años me desperté al amanecer y al momento me di cuenta de que mi pareja, Rayya, estaba conmigo en la habitación.

Lo que constituía un verdadero logro por su parte, dado que por entonces llevaba muerta más de cinco años.

Y sin embargo ahí estaba, una corriente impetuosa y enérgica de puro «rayyanismo» recorriendo mi minúsculo apartamento de Manhattan. Una oleada tras otra de su inconfundible ser.

Ni me alarmé ni me asusté (reconocería a Rayya en cualquier parte, la amaría en cualquier parte), pero sí me sorprendí, porque llevaba tiempo sin aparecerse así. Ay, ¡y cuánto la había echado de menos! En los meses de heridas abiertas y confusión que siguieron a su muerte me visitaba cada dos por tres. Por entonces estaba tan increíblemente presente, tan consistentemente accesible, era tan divertida, tan cariñosa y exigente, que yo solía bromear diciendo: «¡Rayya muerta es más vívida que muchas personas vivas!».

No estoy diciendo que en aquellas apariciones la viera, no era como uno de esos espectros de novias victorianas ni nada por el estilo, pero sí sentía su inconfundible presencia y oía claramente su voz hablándole a mi conciencia. Por entonces, justo después de su muerte, Rayya y yo nos comunicábamos con una claridad extraordinaria. Era como si con dos vasos de plástico se hubiera fabricado un teléfono casero supereficaz que le permitía charlar conmigo a través del cosmos usando una hebra de lana muy muy larga. De tan íntimo, el efecto llegaba a ser sensual. A veces también divertido. Podía encontrarme en un lugar público, sonriendo, asintiendo con la cabeza y tratando de actuar como una persona normal, mientras dentro de mi cabeza mantenía conversaciones privadas con Rayya.

En una fiesta en Los Ángeles, unos seis meses después de que falleciera Rayya, una mujer a la que no conocía de nada se me acercó, me puso una mano en el brazo y dijo: «Tengo entendido que tu amante abandonó hace poco su cuerpo y siento mucho tu pérdida. Pero quiero decirte una cosa importante. Desde hace un tiempo se me aparece en sueños. Soy profesional de la intuición y tengo una sensibilidad especial para esas cosas. Rayya me pide que te diga que te echa muchísimo de menos y que está deseando comunicarse contigo».

«Manda a esta bruja a tomar por culo ahora mismo», me dijo Rayya dentro de mi cabeza.

—Gracias por tu amabilidad —le dije yo a la desconocida.

La mujer me puso una tarjeta de visita en la mano.

—Te dejo mi teléfono, por si algún día quieres hablar con Rayya directamente.

«Dile a esta imbécil que me chupe mi polla difunta», dijo Rayya.

¡Qué locura y qué delicia sentir que mi Rayya seguía siendo la más carismática de la reunión incluso en la tumba!

Pero, a medida que pasaron los años, sus «visitas» fueron espaciándose.

Transcurrieron dos años.

Luego tres.

Cuatro.

«La vida sigue». O eso dice la gente.

La voz de Rayya se fue difuminando.

Pasaron más de cinco años.

En ese tiempo el mundo cambió, y yo también. Hubo una pandemia global. Hubo nuevas guerras, nuevas situaciones de emergencia, nuevas muertes. Nacieron niños a los que Rayya nunca conocería. Escribí libros que Rayya no leería. La gente comentaba nuevos programas de televisión que Rayya nunca vería. En un intento desesperado por sustituir el dolor por el enamoramiento, incluso salí con alguien durante un tiempo después de morir Rayya (aunque decir que «exploté encima de alguien» sería una descripción más precisa de la experiencia), pero la relación terminó en una rápida, devastadora y predecible ruptura.

Después de aquello no busqué nuevas relaciones.

En su lugar, dediqué esos años a trabajar en mí misma.

Alcancé la sobriedad; no solo dejé el alcohol y las drogas, también me aparté de cualquier distracción sexual y relación sentimental. Renuncié a todas las sustancias y personas que me embriagaban, me anestesiaban, me hacían perder el control o alteraban de una manera u otra mi estado anímico o mental. Me dediqué a aprender a sentir mis sentimientos y procesar mis emociones sin recurrir a nada o a nadie que los mitigara. Empecé a usar mi propia voz, a fijar reglas y límites nuevos y a vivir mi integridad guiada por mi poder superior. Poco a poco estaba logrando poner orden en mi casa interior. Y había hecho nuevos amigos, amistades sanas salidas de las reuniones del programa de doce pasos. Amigos que nunca conocerían a Rayya.

Mientras ocurría todo esto, la presencia de Rayya fue parpadeando y atenuándose hasta que llegó un día en que ya no la oía, ni siquiera si la llamaba por su nombre, ni siquiera cuando buscaba su consejo o su amor. Allí donde su voz había vibrado poderosa había ahora un silencio grande e infinito, lo que me resultaba tan devastador como desconcertante. Casi como una segunda muerte.

¿Dónde se había ido?

¿Había pasado página o era yo quien la había dejado atrás a ella?

No entendía nada.

Era como si Rayya hubiera salido un momento del universo para ir a comprar tabaco y no hubiera vuelto.

Y sin embargo ahora, en la mañana de mi cincuenta y cuatro cumpleaños, de repente allí estaba.

Y cuando digo allí, es allí.

El cuarto vibraba con la energía desbordante de Rayya y sentí escalofríos por todo el cuerpo. Me eché a reír y llorar al mismo tiempo.

—¡Cariño! —dije—. ¡Has venido a verme!

Mi primer impulso fue celebrarlo, pero sentí que Rayya quería contarme algo, algo que exigía mi total atención. Era una sensación de que me cogían del cuello y me zarandeaban. Rayya no había venido desde tan lejos para hacerme una visita sin más, deduje; había venido a transmitirme un mensaje de crucial importancia. Las palabras y la información salían de ella y entraban en mi cerebro a tal velocidad que casi no me daba tiempo a procesarlas. El interior de mi cabeza tintineaba igual que un salón recreativo. Cogí el diario que tengo siempre en la mesilla y empecé a escribir todo lo que decía…, al menos todo lo que conseguí captar.

Esto es lo que tenía que decirme Rayya:

¡Feliz cumpleaños, tronca querida!

¡Estoy aquí contigo y te quiero!

¡TE QUIERO!

¡Qué orgullosa estoy de ti, joder!

No te preocupes por haberme dejado atrás; cuando esto termine, estaré esperándote en el río, ¡y todo cobrará sentido!

Sé que aún te cabreas a veces conmigo por algunas de las cosas tan chungas que hubo entre nosotras al final, pero no tiene importancia. Enfádate si es lo que necesitas. Solo sé sincera y ponlo por escrito. Pero sobre todo no dejes el programa y no te preocupes por cómo hice yo las cosas ni por lo que pensaría de cómo estás haciéndolas tú. ¡Te quiero y quiero que tengas esa libertad! Me siento muy orgullosa de tu abstinencia, ¡estás haciéndolo de puta madre! ¡No hay quien te pare, amiga mía! ¡Eres la mejor, sigue así! ¡Que nadie te frene nunca!

Y deja de preocuparte tanto por la gente, ¿vale? ¡Estás demasiado pendiente de los demás, joder! ¡Ni se te ocurra volver a ser la niñera de nadie! No dejes que nadie te cuente patrañas, te enrede en sus neuras, ni te obligue a ser su cuidadora. Que cada uno encuentre su propio camino; es lo mejor para ellos y para ti. Ahora tienes muy buenos amigos, pero ¡no necesitan que los lleves de la manita!

Respira, cariño, respira…

Estoy aquí a tu lado. No voy a evaporarme…

Respira, cariño, respira…

Déjame mirarte un momento. ¡Déjame mirar esos ojitos como dos arcoíris! ¡Esas lagrimitas relucientes! ¡Qué preciosa eres!

Hay una cosa que debes entender, cariño, así que déjame que te la explique y escucha: la razón por la que ya no te hago visitas es que tanto tú como yo queremos que hagas tu propio viaje; es lo que toca ahora mismo. Sé que quieres que te diga que siempre estaré si me necesitas, pero lo cierto es que ya no me necesitas, y esa es una noticia de puta madre. ¿De dónde sacas que podría no alegrarme de algo así? Antes necesitaba sentirme necesitada, pero ya no…, y tú tampoco. Quiero que estés libre de necesidades…, y ya te falta poco para que así sea.

Respira, cariño, respira…

Ahora mismo tienes todo lo necesario. No te desvíes de tu camino. Vas bien. Encontraste tu propio Dios y es una puta maravilla. ¡Tu Dios es lo más! Tu comunidad te cuida y nunca tendrás que degradarte otra vez por culpa de una dependencia. ¡A partir de ahora vas a brillar! ¡Ha llegado tu momento!

Por cierto, mi madre te saluda y te agradece todo lo que hiciste por mí. ¡Sabe cómo te portaste y desea que te diga que te quiere!

Escucha, cariño. Entre nosotras y alrededor de nosotras las cosas se pusieron superjodidas al final, pero no fue culpa de ninguna de las dos. Ni siquiera fue malo que las cosas pasaran así. Fue como tenía que ser. Era la función que nos tocó desem­peñar a cada una en la vida de la otra, y la cumplimos. Todo pasó exactamente como tenía que pasar…, incluidas las mentiras y la locura. Y debajo de todas esas historias había una verdad: que nos queríamos. Nos queríamos muchísimo. Nos queríamos. Nos queríamos. Nos queríamos.

¡NOS QUERÍAMOS MUCHÍSIMO!

Cuando te llegue el día de dejar este mundo iré a buscarte, ¿vale? ¿Me has oído? Estaré esperándote en el río y me reconocerás cuando me veas. Cuando te diga que me des la mano, dámela. Te traeré aquí y te lo enseñaré todo. Esa es mi función en tu vida ahora, cariño, y es sagrada. La desempeñaré con fortaleza, honor y compasión… ¿Eran esas nuestras palabras? No me acuerdo. A tomar por culo, lo importante es que sepas que estaré ahí.

Pero para eso falta mucho todavía, ¡así que no te pongas ahora a buscarme como una loca! Vive tu vida y hazla por completo tuya. Es una de las cosas, la principal, por la que estás aquí: aprender a vivir tu vida sin obsesionarte con nadie más. Es tu camino y estás ya en él, y seguirlo es incompatible con ponerte a buscarme.

En cuanto al libro, ¡¡¡escríbelo de una puta vez!!! ¡Cuéntale a la gente lo que pasó de verdad! ¡Cuéntaselo absolutamente todo! Olvídate de proteger mi dignidad o la tuya y dale rock and roll. Sácalo todo. ¿De qué me sirve a mí la dignidad ahora mismo? Y tú tampoco la necesitas, así que a tomar por culo. Es hora de que escribas un libro totalmente sincero sobre la adicción; la tuya y la mía. Ayudará a algunas personas, ¡así que no te cortes!

Me gusta el título Hasta la orilla del río, pero ¿quién soy yo para opinar? ¡Si estoy muerta! Así que mejor consúltalo con alguien que siga vivo (¡JA, JA, JA!).

No te preocupes, mi amor, no me importa estar muerta. En realidad me mola.

Aunque sí echo de menos hacer barbacoas.

¿Sabes otra cosa, cariño? Que estoy mirándote y ojalá pudiera meter mano en ese pelo, ¡tienes las raíces hechas una puta pena! La próxima vez que te hagas un tratamiento de queratina, pide que te pongan la brasileña de toda la vida, esa que tiene formaldehído, porque es la única que puede con tu encrespamiento y te mantiene el pelo brillante. No te agobies pensando que el formaldehído puede provocarte un cáncer de hígado, lo del cáncer es cosa mía, no tuya (¡JA, JA, JA!).

¡Tu mundo es una puta preciosidad! ¡MÍRALO! En serio, ¡míralo! Es tan hermoso verlo que te rompe el corazón. Pero así debe ser. Deja que te rompa el corazón. Sabes que siempre me ha gustado un corazón roto.

Mi rayo de sol, siempre fuiste mi niña…, pero no lo seas más. Recuerda que yo siempre te amé también como mujer, una mujer bella, elegante, fuerte, creativa, con un poder increíble. Y con un espíritu vivo como pocos. Arráncate la pierna a mordiscos para liberarte de cualquier trampa que intente arrebatarte tu libertad.

Sé libre, mi amor. ¡Sé libre, sé libre! ¡No te desvíes de tu camino y mantente sobria!

¡Tú puedes! No estás rota como crees. ¡Tú puedes! Es el momento de valerte por ti misma. Así que sigue cuidándote. Deja que los que te rodean se cuiden solos mientras tú te cuidas a ti misma. Esos son los deberes que te pongo…

Te quiero y sé que me quieres, pero no te aferres a mí; no vuelvas a aferrarte a nadie ni a nada. A partir de ahora céntrate en ti. ¡Vive tu vida! Sigue adelante, mi amor. No pares. Esta vez vas a llegar a la puta meta, vas a llegar a tu momento de iluminación o como lo llames. Tienes todo lo necesario. Tus amigos molan, tu programa mola, tu corazón está fuerte y tu Dios no va a fallarte, joder. No vuelvas a desaparecer dentro de otra persona. Puedes hacerlo. Eres preciosa. No me busques. Sigue avanzando. Sigue centrada. Te quiero. Te quiero. Te quiero…

Entonces al bolígrafo se le secó la tinta y Rayya desapareció, como succionada por la puerta abierta de un avión volando a más de novecientos kilómetros por hora.

Siempre supo cómo salir de escena a lo grande.

En el momento silencioso y repentino que siguió a la visita de Rayya, el corazón se me aceleró y a continuación se tranquilizó.

Las lágrimas brotaron, y se fueron.

Entonces me puse a trabajar.

Este libro, con sus historias, oraciones, poemas, entradas de diario, fotos y dibujos, es mi intento de contar la verdad de lo que ocurrió entre Rayya Elias y yo: nuestra amistad, nuestra relación sentimental, nuestra belleza, nuestra ira y nuestro dolor. Cuenta la historia de la adicción de Rayya, su recaída y su muerte. También cuenta la historia de mi propia adicción y de mi largo camino hasta rendirme a la recuperación.

Este libro no está dirigido solo a personas que hayan sufrido los efectos nocivos de las adicciones, propias o ajenas, aunque es­toy convencida de que casi todos entramos dentro de una de esas dos categorías. Este libro habla también de las diferentes maneras en que las personas, por mucho que se esfuercen en llevar una vida cuerda y estable, en ocasiones pueden dejarse arrastrar por melodramas desaforados y traumas y terminar varadas en orillas que no tienen nada que ver con su verdadera naturaleza.

«¿Cómo coño he llegado a esta situación?» es una pregunta que creo que todo el mundo se hace en algún momento de su vida. Quizá incluso en varios. Porque ¿quién, por mucha vergüenza que dé reconocerlo, no se ha perdido alguna vez? ¿Quién no se ha encontrado alguna vez en una situación aterradora, enajenante, indigna y devastadora? ¿Quién no ha tenido secretos, quién no ha sido traicionado o ha intentado controlar el comportamiento de otros? ¿Quién no ha anhelado escapar del sufrimiento? ¿Quién no ha recurrido a sustancias, personas, conductas o distracciones que le proporcionen un alivio transitorio del sufrimiento connatural a la existencia?

Lo que normalmente llamamos «persona adicta» es, creo yo, una versión exagerada de todos nosotros, una persona tan necesitada de mitigar el dolor que le produce estar vivo que recurrirá a lo que sea (o a quien sea) para aliviarlo.

Este libro trata de la búsqueda de ese alivio y del descontrol y la depravación en que puede desembocar.

Incluso en los más fuertes.

Incluso en los más valientes.

Por tu propio bien, espero que nunca hayas caído tan bajo como caímos Rayya y yo en algunos momentos de nuestro viaje juntas. Pero incluso si no has llegado a descarrilar del todo, sospecho que, en cierta medida, yo puedo ser tú, tú puedes ser yo y todos podemos ser Rayya.

Así pues, ofrezco este libro con amor y respeto a todo el que lo necesite.

A esa parte de mí que sigue esforzándose por superar la codependencia le gustaría decir que lo escribimos Rayya y yo juntas, pero la realidad es que ella quiso que lo escribiera yo sola…, y eso he hecho.

Tal y como decimos en el programa de doce pasos: quédate con lo que te guste y deja el resto.

Fotografía en blanco y negro de Rayya y Liz que sonríen mirando a la cámara con las mejillas muy juntas, alrededor de la foto hay flores dibujadas con lápiz. Al lado hay un poema en inglés: where i can heal me, show me now, where I can help them, show me now. Where they can hold me, show them how. Stay with me. El poema está escrito en un póstit y tiene pegatinas en forma de estrellas con purpurina en los dos lados. Debajo del póstit hay escrito Reward if found. Y debajo el nombre de Gilbert. Al lado del nombre hay un pequeño círculo con el texto en you do not beat your own heart.

Cuando me preguntan: «¿Quién era Rayya?»

Rayya Mokdessy Elias.

Nacida en Siria, criada en Detroit, forjada en el Lower East Side de Manhattan.

Rayya, que llegó a Estados Unidos con siete años desde la hermosa y vibrante ciudad de Alepo, donde su familia había sido acomodada y glamurosa y donde, en su recuerdo, siempre había música y baile, y flores por todas partes.

Rayya, que desde que aterrizó en un Michigan frío, extranjero, invernal, nunca volvió a sentirse del todo en casa.

Rayya, que siempre se sentía demasiado del Oriente Próximo para ser estadounidense y demasiado estadounidense para ser del Oriente Próximo. Que hablaba suficiente árabe para discutir con taxistas, pero cuyo único guiño a sus orígenes era solicitar siempre comidas halal antes de un vuelo, a pesar de que se había criado como cristiana ortodoxa. («¡La comida es más fresca, tía!»).

Rayya, hija menor e indómita de unos padres inmigrantes, personas trabajadoras y de mentalidad tradicional que nunca la entendieron. Que era imposible de gobernar. Que odiaba estudiar, que odiaba trabajar. Que fue la hija más atenta y afectuosa, pero también la más desobediente. Que era una actriz —una payasa, una estrella— brillante, con la cara siempre bañada de luz. Que nunca dejó de hacer reír a sus padres, ni tampoco de hacerles llorar. Que con trece años ya se saltaba las clases para ir a otro estado con amigos mayores que ella a ver un concierto de Led Zeppelin. Hasta arriba de ácido. Sustancia que también vendía.

Rayya, que se describía a sí misma como «exyonqui, exconvicta, pospunki, lesbiana glam-butch». Que no salió del armario hasta los veintipocos porque no había espacio para su homosexualidad en la comunidad siria ortodoxa del Detroit de la década de 1970, donde las hijas solo abandonaban el hogar paterno para casarse con médicos o abogados de origen árabe y migrante idéntico al suyo. Que de niña era considerada demasiado masculina para los cánones de belleza de entonces, pero demasiado femenina para disfrutar de libertades que sí tenían sus hermanos y primos. Que siempre se sentía humillada y excluida. Que no supo quién era en realidad hasta que vio a personas como Elton John, David Bowie y Freddie Mercury en la televisión, y entonces quiso ser una de ellas.

Rayya, que era preciosa. Que era espectacular. Que se consideraba andrógina. Que tenía los ojos oscuros y los pómulos marcados de los héroes de los manuscritos iluminados persas. Cuyos estilismos capilares siempre eran una mezcla entre el despeinado skater de un niñito de un manga japonés y la melena macarra de Keith Richards. Cuyas facciones podían cambiar de masculinas a femeninas, de serias a traviesas, de venerables a aniñadas en función de la luz.

Rayya, a quien yo podía estar mirando el día entero sin cansarme.

Rayya, que era música, escritora, cineasta y peluquera con un talento descomunal. Que se hacía amiga de cualquier instrumento musical. Que era una intérprete electrizante de voz musculosa, bella, con un rango de tres octavas. Que a pesar de todo eso batallaba con la inseguridad, la adicción, la vergüenza y la parálisis creadora. Que nunca alcanzó el éxito que buscaba. Que sin embargo rodó tres películas independientes que se exhibieron en el Festival Internacional de Cine de Berlín, nunca dejó de escribir canciones y publicó un libro autobiográfico maravilloso sobre nada más y nada menos que salir de la adicción.

Rayya, que en una ocasión se quedó sin firmar un contrato discográfico de seis cifras por decirle a un directivo de Sony que le chupara la polla.

Rayya, que era su peor enemiga, su única enemiga, en realidad. Que se pasó la vida metiéndose en toda clase de líos pero que de todos salía gracias a su labia. Que en una ocasión le dijo a un juez que iba a emitir sentencia: «Señoría, merezco un castigo, pero hoy le pido humildemente clemencia». Y la obtuvo, porque la humildad de Rayya, cuando la mostraba, era la cosa más tierna e irresistible del mundo.

Rayya, que había estado en innumerables cárceles, clínicas y centros de desintoxicación, que cuando la tristemente célebre revuelta de Tompkins Square Park en 1988 llevaba un tiempo durmiendo en un banco de aquel parque con una aguja en el brazo y casi ni se enteró de la actividad policial desplegada a su alrededor.

Rayya, que estaba orgullosa de haber dejado por fin las drogas y convencida de haberlo hecho ella sola. Que jamás fue más allá del número cuatro del programa de doce pasos, pero que siguió asistiendo a las reuniones durante años solo para poder contar sus historias más dramáticas de sobredosis y pasar tiempo con viejos amigos de la calle y colegas del mundillo. Que no llegó a admitir de verdad su impotencia respecto a la adicción (ni respecto a ninguna otra cosa, en realidad). Que después de más de una década de estar sobria, anunció que ya no era una adicta y por tanto no necesitaba seguir yendo a más reuniones aburridas. Que dijo sobre su adicción: «Esa etiqueta ya no me representa».

Rayya, que, en otras palabras, se dio a sí misma el alta de su adicción con resultados en última instancia demoledores.

Rayya, que juraba y perjuraba que lo único que quería en la vida era ser buena.

Rayya, que era buena. Que era la figura medular en la vida de casi todos sus amigos y familiares. Que era la confidente de todo el mundo. Que era amiga de todas sus exparejas. Que era nuestro pilar. Que tenía copia de las llaves y las contraseñas de todos. Que nos acompañaba cuando había que negociar el precio de un coche, de una casa, de un divorcio. Que era nuestra mediadora y nuestra embajadora. Que nos hacía de coach para las conversaciones difíciles. Que nos quería y aceptaba a cada uno de manera individual, incondicional, feroz. Que siempre nos perdonaba nuestras faltas. Que nos enseñaba a perdonarnos los unos a los otros. Que nos hacía mejores personas.

Rayya, que era mi guardaespaldas. Que era la guardaespaldas de todo el mundo. Que una vez se cruzó medio planeta para aporrear una puerta y sacar físicamente a una querida amiga de una relación que se había vuelto violenta. Que era capaz de aplacar la locura de cualquier persona, excepto, como luego se vio, la suya.

Rayya, de mecha corta, de lágrima y risa fácil, siempre dispuesta a perdonar. Una individualista insegura. Una aries orgullosa con corazón de malvavisco. Una cínica sentimental. Una siempre sincera maestra de la manipulación. Una feroz protectora que siempre tenía alguien a quien proteger. Una alfa emocionalmente dependiente que exigía soledad pero no soportaba estar sola.

Rayya, a quien no vi venir, que no entraba en mis planes y a quien me fue imposible controlar. Quien empezó siendo mi peluquera, luego se convirtió en una conocida, después en amiga, en vecina, en mi mejor amiga y por fin en mi «persona». Quien poco a poco se transformó en algo que yo no sabía describir con palabras porque, siendo una mujer felizmente casada, ¿dónde colocaba a alguien como ella?

Rayya, que no me robó el corazón, sino que lo abrió poco a poco hasta que lo único que quise fue estar con ella para siempre.

Rayya, que no se convirtió en mi amante, en mi compañera, hasta que supimos que tenía un cáncer terminal de páncreas e hígado y una esperanza de vida de seis meses.

Rayya, que terminó viviendo veinte meses desde el diagnóstico porque jamás siguió regla alguna, ni siquiera las del cáncer.

Rayya, que me dejó ver la ternura que ocultaba a los demás. Que tenía una piel como seda lavada. Que adoraba que le hicieran cosquillas en la espalda. Que se acurrucaba en mis brazos igual que una niña pequeña. Que tenía terror a los hospitales. Que siempre tenía miedo de haber desperdiciado su vida.

Rayya, a quien el dolor provocado por el cáncer y el miedo a la muerte terminaron por empujarla a los brazos del alcohol, el tabaco, el azúcar, la marihuana, el alprazolam, la oxicodona, el zolpidem, la codeína, la morfina, la trazodona, el fentanilo y la cocaína.

Rayya, cuya vuelta a la drogadicción activa convirtió los últimos meses de su vida en un infierno para todos los que estuvimos allí. Cuya recaída me precipitó hasta tal punto en la locura que, en una ocasión, consideré seriamente la posibilidad de asesinarla, convencida de que estaba matándome.

Rayya, que me rompió el corazón.

Rayya, que me quiso como nadie. A quien quise como a nadie.

Rayya, que murió en mis brazos.

Rayya, cuyo nombre significa «brisa fragante» en árabe pero que era más bien un devastador cometa.

Rayya, que era una leyenda para todo el que la conoció. Que era la persona con la que todo el mundo quería estar, irse de fiesta, acostarse, viajar, sincerarse. Vestirse como ella. Imitarla.

Rayya, que al final de una fiesta echaba a todos a patadas, incluso cuando la fiesta no era en su casa.

Rayya, a quien todos seguían. Ante quien todos caían rendidos. Ante la que caí yo igual que se cae de la balsa alguien mientras está haciendo rafting en aguas bravas, un remolino lo succiona y su familia no vuelve a verlo nunca más.

Rayya, que tenía una cara hecha para ahogarse en ella.

Rayya.

A veces todavía me cuesta decir su nombre y respirar al mismo tiempo.

¿DÓNDE ENCONTRAR CONSUELO?

No en cantar.

No en las canciones.

A veces en el sonido que hacen las tórtolas

en los árboles junto a la casa

donde viviste con ella un solo verano;

durante un verano solo, cuando todos los días eran largos.

Mi niña valiente, cansada:

nunca te conformaste con respuestas simples,

porque sabías que no eran ciertas.

Lo único que te puede sostener ahora

debe sostener todo lo demás, también.

Ha llegado el momento de que veas

que toda la pena

y el dolor

y la vergüenza

no son más que niños buscando un hogar,

igual que lo buscas tú,

igual que lo buscaba ella.

Ha llegado el momento de que comprendas

que no hay nada que no pertenezca a Dios,

nada que no proceda de Dios,

nada que no viva para siempre

dentro de ese espacio inmenso y sin nombre que siempre has llamado Dios:

ni tus sollozos rotos,

ni su último adiós,

ni desde luego las tórtolas.

Todo le pertenece, mi amor,

o nada lo hace.

Hasta la orilla del río

A Rayya le gustaba usar un mapa de Manhattan como metáfora de cómo funcionaban sus amistades y relaciones.

Lo explicaba así:

Primero, decía, tienes a los amigos de la Quinta Avenida, que están en el centro mismo del mapa. Son personas con las que te muestras de una manera totalmente artificial. Solo les enseñas tu superficie, y ellos solo te enseñan la suya. Son amigos sociales y contactos profesionales. Todos intentan impresionar a los demás; nadie es sincero. En el grupo de la Quinta Avenida nadie está interesado en conocer o ser conocido.

Si sigues hacia el este, no obstante, llegas a tus amistades de las avenidas Cuarta y Tercera. Con estas personas tienes una relación cortés, pero les dejas ver un poco más tu verdadera naturaleza. Son amigos con los que puedes hacer bromas, relajarte un poco, intercambiar alguna confidencia. Probablemente conoces a su familia. Tal vez fuiste a su boda. Sientes afecto por ellos, pero están en la periferia de tu corazón.

Sigue andando y llegarás a tus amigos de la Segunda Avenida. Ahora es cuando empieza lo bueno. Estas personas te conocen de verdad y tú las conoces a ellas. Habéis vivido cosas importantes juntos. Quizá sois vecinos de toda la vida. Quizá habéis viajado juntos. O montado un negocio. Habéis sido testigos mutuos de vuestros éxitos y vuestros fracasos y podéis mostraros sinceros y vulnerables los unos con los otros. Son personas en las que puedes confiar, que estarán ahí siempre que las necesites.

Pero hasta que no llegas a tus amigos de la Ciudad Alfabética, decía Rayya, no empiezas a experimentar intimidad verdadera. Tus amigos de las avenidas A, B, C y D han vivido cosas muy jodidas contigo y a pesar de ello siguen queriéndote. Estamos hablando de personas que han pagado tu fianza. Que iban a visitarte cuando estabas en rehabilitación, que saben de tu infidelidad matrimonial, que te sujetaron la cabeza mientras vomitabas, que te prestaron su sofá cuando estabas divorciándote. Te quitaron las llaves del coche cuando hizo falta. Lloraste en sus brazos cuando perdiste el trabajo, a tu madre, a tu bebé, la cabeza. Os habéis visto en salas de espera de hospital, en tanatorios, en clínicas de interrupción del embarazo. Te llamaron el día que tuvieron un ataque de ansiedad en el aeropuerto. Es posible que a lo largo de los años hayáis tenido algunas peleas o malentendidos feos, y quizá estuvisteis un tiempo sin hablaros. Habéis pasado y sobrepasado límites. Habéis tenido que perdonaros mutuamente. Esos son los amigos más auténticos que tendrás en toda tu vida.

Pero el mapa de Manhattan no se ha terminado aún.

Sigue caminando.

Si tienes mucha suerte, solía decir Rayya, puede que encuentres un amigo —uno solo— en el curso de toda tu vida que te acompañe hasta la orilla misma del East River. Es el amigo que lo sabe todo de ti. La persona con la que nunca podrías ser falsa aunque quisieras. Que es capaz de leerte la cara a tres manzanas de distancia y saber inmediatamente si te pasa algo. ¿Y ese secreto horrible que nunca le contarás a nadie por miedo a que te destruya? Esa persona lo conoce. Joder, si hasta es posible que forme parte de él. Y sin embargo no hay nada que puedas hacer que te haga perder su amistad. Esa persona es tu última llamada por teléfono en plena noche desde el abismo, cuando no tienes a quien recurrir.

Rayya solía decirme: «Tú eres esa amiga que va conmigo hasta el río».

Lo era. Y me sentía orgullosa de serlo.

Y ella era la mía.

Yo lo sabía, ella lo sabía, todo el mundo lo sabía…, y yo presumía de ese título como de una medalla de honor.

Así que tiene cierta lógica que, cuando descubrimos que Rayya estaba muriéndose, empezáramos a referirnos a su muerte como «el río».

«Quiero que hagas conmigo todo el camino hasta llegar al río», me dijo el día que le diagnosticaron un cáncer terminal, y yo le prometí que lo haría.

«No puedo meterme contigo en el río —le dije—, pero te acompañaré hasta la orilla. Haré contigo cada paso del camino».

Estábamos tan asustadas que estas palabras nos resultaron hermosas y tranquilizadoras.

Pero la metáfora del mapa de Rayya tiene un problema.

Quien conozca la geografía del centro de Manhattan sabrá que el trayecto a pie desde la Quinta Avenida hasta el East River no es precisamente un paseo agradable.

Vale, sí, empieza bien, atravesando elegantes vecindarios llenos de historia y de encanto. Luego la cosa decae un poco, pero sigue siendo guay. Hay un tramo en las inmediaciones de la Quinta Avenida que resulta divertido: colorido, bullicioso, vibrante y diverso. Luego se vuelve sórdido. Y a continuación triste, a medida que dejas atrás los proyectos urbanísticos fallidos de una ciudad que parece dar la espalda a sus habitantes más vulnerables. Después ya se pone directamente peligroso y caminas volviendo todo el rato la cabeza y evitando pisar jeringuillas usadas y drogadictos inconscientes tirados en el suelo. Cuanto más te acercas al río, más difícil es continuar, porque en tu camino aparece una gigantesca autopista multicarril llena de conductores despendolados a los que les importa un bledo tu frágil cuerpecillo humano. Tienes que cruzar por un paso peatonal elevado que no es fácil de localizar, está lleno de cacas de perro y pintadas y el paisaje desde él no es precisamente bucólico.

¿Y una vez consigues llegar hasta el río? A ver, amigos, es el East River. Un lodazal de aguas residuales, desechos plásticos y médicos recubierto por una delgada película de aceite industrial y lleno de coches hundidos y esqueletos de gánsteres del Pleistoceno.

Lo que quiero decir es que eso de ser la persona «que acompaña hasta el río» a alguien implica un viaje peligroso. Es romántico, pero también arriesgado. La intimidad a ese nivel es dura. Te hace ver cosas en ti y en la otra persona que te asustarán y te harán daño; y vivirás situaciones que te transformarán. No me habría perdido mi viaje con Rayya por nada del mundo, pero no sé si se lo recomendaría a nadie. Y desde luego no lo repetiría. Porque, aunque gran parte del paseo fue mágico, también hubo muchos tramos en extremo feos y dolorosos; estoy segura de que me quitaron unos cuantos años de vida.

Quizá por esa razón es difícil conocer tan bien a una persona como yo llegué a conocer a Rayya.

Quizá —en ocasiones lo pienso— no deberíamos acompañar a nadie hasta el río.

Quizá llega un momento en la vida en que cada uno tiene que ir al río solo.

Y aquí viene al caso algo que he descubierto recientemente: ¡resulta que lo que los neoyorquinos llamamos East River ni siquiera es un río! Es un estuario de marea. Lo que significa que fluye en ambas direcciones y que su composición química varía todo el tiempo. Es de agua dulce y salada a la vez, es generativa pero cambiante. Agua contaminada y mareas nuevas cruzan constantemente fronteras invisibles. La navegación puede ser complicada. La extrema salobridad dificulta la visibilidad bajo el agua. Las corrientes son imprevisibles. Nadadores y navegantes deben tener cuidado de no terminar en el mar.

Hablo en serio cuando digo que ni siquiera se puede saber si esta masa de agua termina en el principio o empieza en el final.

Pero volvamos a nuestra historia.

Le prometí a mi querida amiga Rayya Elias que haría con ella todo el camino hasta el río.

Y, que Dios nos proteja, eso fue exactamente lo que hice.

Ilustración con muchas formas distintas, que forman un dibujo parecido a una manta de patchwork. Arriba está escrita a mano la frase en inglés: you want an intense experience… and you are having one con un corazón dibujado al final del texto.

LIBÉRAME DE LAS ATADURAS DEL SER

Querido Dios:

La pena me está matando.

Y mis opiniones también.

Y desde luego mis resentimientos me matan

varias veces al día, solo por diversión.

Mis deseos me llevan a terminar tirada en una zanja,

con las tetas hacia arriba,

y bultos misteriosos en el cogote.

Mi obsesión por que todos los dilemas del mundo estén resueltos para cuando termina la jornada laboral produce una nueva cosecha de enajenación cada veinticuatro horas y tengo las llaves al infierno en un llavero que llamo arrogancia y que llevo al cuello a modo de placa identificativa para perros.

Mientras tú sigues dejando a todo el mundo hacer lo que le dé la puta gana, al parecer.

Matando a las buenas personas y perdonando la vida a los gilipollas.

O permitiendo que las buenas personas se vuelvan gilipollas, lo que es aún peor.

Y has equipado a cada uno de tu hijos terrenales

con alguna clase de inhibidor de frecuencias

que les impide acatar mis decretos,

a pesar de que yo siempre tengo razón y sé perfectamente

lo que conviene a cada uno.

Señor, por favor, ayúdame.

Mi querido Dios,

¿no ves lo agotador que me resulta

cargar con mi voluntad igual que un caparazón hecho de nácar y latón

con mis puntos de vista clavados en la cara como en un alfiletero?

Dios, estoy cansada de ser yo,

y todo apunta a que no vas a permitirme ser tú,

por mucho que lo intente.

Así pues, ¿dónde nos deja eso?

Tú, el misterioso Creador de todas las cosas.

Yo, las señoras y señores del jurado.

Me siento en la orilla de tu río y me descalzo.

Madre de Todas las Cosas, explícame las reglas.

Plástico, musgo y barro por doquier.

Nubosidad, teléfonos, manojos de hojas.

Un avión que pasa.

Un perro que cojea.

Enséñame,

enséñame,

enséñame a vivir.

Oigo tu gorrión.

Oigo tu cuervo.

Oigo tu tráfico en el paso elevado.

Estás dejando que todo esto ocurra, ¿verdad?

Dejas que se despliegue como una mano abriéndose.

Con mi oposición, sin que yo lo haya ordenado.

Ilustración de una flor con la frase Surrender the why escrita al lado

¡Ten tu propia vida!

Conocí a Rayya en la primavera de 2000, y hace tantas vidas ya de eso que es como si le hubiera ocurrido en un planeta completamente distinto a una persona completamente distinta.

Entonces yo tenía treinta y un años y estaba casada. Con mi primer marido, para que nos entendamos.

En aquel momento yo seguía un camino determinado. Era el camino que me habían enseñado; el camino que yo había buscado. Marido, una casa bonita, un buen trabajo, planes de formar una familia. Pero mi vida no tardaría en saltar por los aires porque, como sabrá cualquiera que haya leído Come, reza, ama, estaba a punto de pasar por la muy intensa experiencia de enamorarme de un hombre que no era mi marido. Yo lo veía como un salvador guapísimo y heroico, pero su verdadero papel en mi destino era romperme el corazón de tal manera que no sería capaz de recomponerlo a la manera tradicional y tendría que dedicar varios años a buscar la cura por todo el planeta.

Por entonces, sin embargo, nada de esto había ocurrido aún y de momento mi vida pintaba bastante bien.

El único problema era mi pelo, que tenía encrespado y hecho un desastre. (Dejando entrever quizá que mi estabilidad aparente no era tal). Un día una amiga se quedó mirando mi melena, que tenía más de nido de pájaro andrajoso que de melena, y me dijo que me parecía a Art Garfunkel de joven y que necesitaba hacer algo al respecto. Me sugirió ir a ver a una persona llamada Rayya Elias, que cortaba el pelo en un apartamento sin ascensor de la avenida C. Rayya era, me prometió mi amiga, «una puta maravilla» y solo atendía a personas que le caían bien.

Así que fui a ver a Rayya, a averiguar si le caía bien.

Aquel día yo iba vestida igual que una dependienta de Banana Republic, que es como siempre vestía entonces. Pantalones beis y rebeca de punto. Y un ejemplar de The Atlantic Monthly bajo el brazo. Si recuerdo tan bien mi atuendo es porque me sentí muy distinta de Rayya, que llevaba pantalones de cuero negro, camiseta blanca sin mangas y botas de motorista. Tenía unos tatuajes que llamaban mucho la atención (hablo de una época en la que no todo el mundo iba tatuado, ¿recordáis ese tiempo pretérito?) y su apartamento estaba decorado con arte inspirado en el grafiti. En un rincón se amontonaban guitarras y teclados. Dos pitbulls con una veta blanca en la cara retozaban felices a los pies de Rayya.

Me sentó en una silla, me puso las manos en el pelo y se echó a reír.

¡Esa risa! ¡Enorme, maravillosa, ronca!

—No te preocupes, cariño —dijo—, sé perfectamente qué hacer con este plumón de pato. Justo he empezado a salir con una chica que tiene el mismo pelo que tú. Sé cómo manejarlo.

De inmediato me abandoné a sus manos, sin dudar un instante de su competencia. Creo que ni siquiera le di instrucciones: me rendí a su aire de seguridad inquebrantable, convencida de que me trataría bien. (Este acto de confianza instantánea dice tanto de mí como de ella, por cierto. Siempre me ha encantado ponerme en manos de perfectos desconocidos). Y vaya si me trató bien Rayya. Sin esfuerzo aparente, sin dejar de hablar y de reír, me hizo un corte de pelo maravilloso. El primero después de casi veinte años de trasquilones.

Me he enamorado de muchas personas a primera vista, pero aquel día no me enamoré de Rayya. De hecho, tardé ocho o nueve años en hacerlo, cuando ya llevábamos muchos siendo amigas íntimas.

Pero me gustó. Era divertida, interesante y exótica. Y desde luego concordaba con la definición que me había hecho de ella mi amiga: «una puta maravilla».

Recuerdo que le pregunté a Rayya por unas monedas extrañas que había amontonadas en su alféizar. Me dijo que eran medallas a la sobriedad. Yo nunca había visto una y me dejó cogerlas. Tenía una moneda por cada hito en su recuperación: un día limpia, noventa días limpia, seis meses, un año, dos años, tres…

—¡Si supieras cuántas me han dado en toda mi vida! —me dijo antes de soltar otra carcajada.

Me contó que había sido adicta a la cocaína y a la heroína casi toda su vida adulta, pero que llevaba años limpia. Me enseñó las cicatrices en los brazos donde se inyectaba speedballs. Tenía más marcas en el brazo izquierdo que en el derecho porque era diestra y con esa mano apuntaba mejor, me explicó. Recuerdo lo cómoda que parecía hablando de su consumo de drogas pasado y cómo empleaba la palabra «yonqui» con un orgullo relajado que yo no había visto nunca. ¡Qué cómoda parecía encontrarse en su maltrecho cuerpo de superviviente!

—Sigo viva de puto milagro —me dijo.

Rebosaba una gratitud eufórica que ahora sé que es habitual en fases tempranas de la recuperación. Es la fase que algunos llaman «nube rosa», cuando el adicto está colocado con la euforia que le produce sentirse libre por fin de la sordidez y la esclavitud de su dependencia. No necesita nada más que lo que tiene en el momento presente porque no da crédito al hecho mismo de tener un presente. La vida les parece sencilla, alegre y llena de posibilidades ilimitadas.

También recuerdo que aquel día hablamos de creatividad. Le conté a Rayya que era periodista y novelista. Ella me explicó que acababa de empezar a hacer música de nuevo y que le estaba costando trabajo reunir valor para tocar sobria. Dijo que le resultaba difícil gestionar la vulnerabilidad que implica llevar una vida creativa sin el escudo protector de las drogas.

Pero esto es lo que más recuerdo de aquel primer encuentro:

Rayya me contó que acababa de comprarse una casita en Asbury Park, en la costa de Jersey. Había encontrado la manera de trabajar cuatro días a la semana cortando el pelo y de pasar los otros tres en la playa. Se iba en moto y disfrutaba de la playa en soledad, componía, hacía barbacoas, veía amanecer. Suena a paraíso, comenté, y me confirmó que lo era. Pero también me dijo que en su vida había unas cuantas personas furiosas porque solo trabajaba cuatro días a la semana. Se lo tomaban como una ofensa personal, como si Rayya estuviera violando alguna clase de regla capitalista sagrada. Les enfadaba que pasara tanto tiempo en la playa, como si solo estuviera permitido ir a la playa de vacaciones, unos pocos días al año.

—¡Los he mandado a tomar por culo! —me dijo—. ¿Te digo yo a ti que no vayas a la puta playa, tío? ¿Por qué te cabreas conmigo? ¡Es mi vida, tronco! ¡Ten tu propia vida!

Me impresionó la ferocidad despreocupada de sus palabras, su absoluta seguridad en sí misma.

Yo nunca había mandado a nadie a tomar por culo.

Jamás le había dicho a nadie: «¡Es mi vida, tronco!».

De hecho, creo que aún no era del todo consciente de que era mi vida la que estaba viviendo. Estaba demasiado ocupada esforzándome por serlo todo para todos. En mi matrimonio era la que ganaba dinero y se ocupaba de la casa, además de intentar ser artista. Y ahora también se esperaba de mí que me convirtiera en madre. Era demasiado y empezaban a flaquearme las fuerzas. No podía ni imaginarme la libertad de tener una casa propia, una moto y tres días a la semana sola en la playa.

Tampoco Rayya se enamoró de mí aquel día. Pero sí le gusté. (¡De no ser así, no me habría cortado el pelo!). Sin embargo, años más tarde reconoció no estar segura de por qué le había gustado. No me parecía en nada a sus otras amigas. No era ni punki, ni enrollada, ni dura ni provocadora. No tenía nada de calle. Aun así le impresionó que me ganara la vida como escritora. Eso le resultó interesante. Me hizo muchas preguntas sobre mi relativamente poco atormentada relación con la creatividad. ¿Por qué no era yo más atormentada?, quiso saber. ¿Cómo hacía para combatir el miedo y la inseguridad a la hora de compartir mi trabajo más íntimo con el resto del mundo?

En este sentido, mi vida para Rayya era insólita; lo mismo que para mí la suya.

Pero aquel día ocurrió algo más.

Rayya me contó años después que cuando entré en su apartamento aquella tarde vio un enorme círculo de luz dorada alrededor de mi cabeza. Eso la intrigó y la desconcertó. Me dijo que no dejó de verlo mientras me cortaba el pelo. Al llevar toda su vida atraída por el lado más oscuro de las cosas, tanta claridad despertó su curiosidad.

«¿Quién va por ahí con tal puñetera cantidad de luz? —recordaba haber pensado—. ¿De qué va esto?».