Las polillas revoloteaban frente a las luces delanteras, que iluminaban una larga franja de hierba. Seguía agarrada al volante, con el corazón desbocado. Había dado un volantazo para esquivar a un mapache que había surgido de la niebla, y me había estrellado contra una cuneta poco profunda, al borde de la carretera. Estaba bien; temblando, pero sin un rasguño.
Intenté poner marcha atrás, pero los neumáticos patinaron en vano. Seguramente, había barro. Mierda. Debería haberme comprado el todoterreno en vez del sedán.
Apagué el motor, encendí las luces de emergencia y llamé a la asistencia de carretera. Me dijeron que debería esperar al menos una hora.
Perfecto. Simplemente, perfecto.
Estaba a dos horas por carretera de mi casa, atrapada en algún solitario lugar entre la funeraria que acababa de abandonar en Cedar Rapids, Iowa, y mi casa en Minneapolis. Estaba hambrienta, quería ir al baño y, además, necesitaba quitarme las medias moldeadoras. Era el mejor final para la peor semana de mi vida.
Llamé a mi mejor amiga, Bri, que respondió al primer tono.
—¿Cómo ha ido tu viacrucis?
—Bueno, solo puedo decirte que ha terminado —dije recostándome en el asiento—. Acabo de estrellar el coche contra una cuneta.
—Vaya. ¿Te encuentras bien?
—Sí.
—¿Has llamado a la grúa?
—Sí, llega en una hora. Pero estoy embutida en unas medias moldeadoras.
Bri aspiró aire entre los dientes.
—¿No has podido cambiarte antes de irte? Seguro que has salido corriendo de allí como alma que persigue el diablo. ¿Dónde estás?
Miré por el parabrisas.
—No tengo ni idea. Estoy literalmente en mitad de la nada. Ni rastro de civilización.
—¿El coche ha sufrido algún daño?
—No lo sé —dije—. No he podido moverlo para comprobarlo, pero no lo creo. —Me revolví incómoda en el asiento—. ¿Sabes qué? Me las voy a quitar.
Me desabroché el cinturón de seguridad y recliné el asiento todo lo que pude. Me quité los zapatos de tacón y los tiré en el asiento del copiloto, luego me di la vuelta para bajarme la cremallera. Me libré de los tirantes del sujetador, me eché hacia atrás y me arremangué el vestido negro por las caderas hasta alcanzar con los pulgares la parte superior de las medias moldeadoras.
No había nadie en los alrededores y por la carretera no había pasado ningún coche durante más de media hora. Sin embargo, justo cuando empezaba a bajarme las medias de nailon, los faros de un coche se colaron por el parabrisas trasero. Desde luego, era mi día de suerte.
—Estupendo —suspiré acelerando mis movimientos.
Me sentía como si tuviera que quitarme en un tiempo récord una venda compresora de cuerpo entero. Escuché el portazo de un coche y me puse frenética. Forcejeé bajo el volante con las sujeciones de las medias y logré quitármelas antes de que una sombra se asomara por la ventanilla.
Un enorme perro lanudo apareció de la nada y se encaramó a la puerta. Entonces, un hombre blanco con barba y una chaqueta vaquera con cuello de lana se le acercó por detrás.
—¡Hunter! —El hombre apartó al perro y golpeó el cristal con los nudillos—. ¿Va todo bien ahí dentro?
Todavía tenía la cremallera medio desabrochada y llevaba el vestido arremangado hasta la cintura.
—Estoy bien —dije deslizando el vestido por encima de los muslos y girándome para ocultar la desnudez de la espalda—. Un mapache.
Se llevó la mano a la oreja.
—Lo siento, no puedo oír lo que dices.
Bajé la ventanilla medio centímetro.
—Perdí el control por culpa de un mapache —dije subiendo el tono de la voz.
El hombre parecía confundido.
—Sí, hay muchos por la zona. ¿Quieres que te remolque?
—No es necesario, he llamado a la grúa. Gracias de todos modos.
—Si has llamado a una grúa, entonces estás esperando a Carl. Y es posible que tengas que esperar un buen rato —dijo mirando hacia la carretera—. Acaba de pedirse su sexta cerveza en el Centro de Veteranos de Guerra en el Extranjero.
Cerré los ojos y exhalé un suspiro. Cuando los abrí de nuevo, el hombre lucía una sonrisa.
—Dame un segundo. Voy a sacarte de aquí.
No esperó mi respuesta. Simplemente, se dirigió a la parte trasera de mi automóvil. Me abroché la cremallera a toda prisa y cogí el teléfono móvil.
—Un hombre me está remolcando —susurré a Bri.
Acomodé el retrovisor para intentar ver su matrícula, pero sus luces delanteras me cegaron. Escuché un ruido metálico en el exterior. El perro se encaramó de nuevo en la puerta y me miró por la ventanilla. Empezó a mover su peluda cola y ladró.
—¿Eso es un perro? —preguntó Bri.
—Sí, es el perro del hombre que pretende sacarme de aquí —dije inclinando la cabeza hacia el perro. Estaba lamiendo el cristal.
—¿Por qué parece que te vaya a salir el corazón por la boca?
—Porque el tipo apareció justo cuando estaba peleándome con las medias moldeadoras —dije recogiéndolas del suelo para meterlas en el bolso—. Estaba medio desnuda cuando se acercó a la ventana.
Se rio tan fuerte que tuve que apartar el teléfono de la oreja.
—No tiene ninguna gracia —susurré.
—Todo lo contrario —respondió mientras seguía riendo—. ¿Y qué aspecto tiene? ¿Es el típico viejo verde?
—No, en realidad es bastante atractivo —dije intentando atisbar lo que estaba haciendo por el retrovisor.
—Qué sorpresa. ¿Y tú qué aspecto tienes?
Me eché un vistazo.
—Peinada, maquillada y metida en un vestido de luto.
—¿El de Dolce & Gabanna?
—Sí.
—Tremendamente sexi. Me quedaré a la espera por si acaso.
—Te lo agradezco.
—¿Así que el funeral ha sido un auténtico desastre? —preguntó Bri.
Dejé escapar un largo suspiro.
—Ha sido un asco. Todo el mundo preguntaba dónde estaba Neil.
—¿Y qué les dijiste?
—Nada. Que habíamos roto y que no quería hablar de ello. Además, obviamente, Derek tampoco apareció.
—Qué buen momento para estar en Camboya. Se está perdiendo toda la diversión —dijo Bri.
Mi hermano gemelo tenía la maravillosa costumbre de evitar los dramas familiares. No podía echarle la culpa de que la tía abuela Lil muriera repentinamente en su residencia o de que me dejara sola en la encerrona familiar que se prolongó durante tres días hasta el funeral, pero, con todo, era típico de él.
Bajé la ventanilla un poco más para poder acariciar al perro. Tenía unas grandes cejas de perro viejo y el dorado de sus ojos parecía resplandecer cuando me miraba.
—Mi madre hizo un buen trabajo con el panegírico —dije, rascando la oreja del perro.
—No me sorprende.
—Y Neil no dejó de escribirme todo el tiempo.
—Tampoco me sorprende. Su única virtud es no tener vergüenza. ¿Le respondiste?
—No —dije.
—Bien hecho.
Más ruidos desde el exterior.
—Bueno, mira, creo que tengo un plan —dijo Bri—. Cuando vuelvas, ¿podríamos organizar una cita doble?
Solté un gemido.
—No te preocupes. No es nada retorcido.
Seguro. Sería como coser y cantar.
—Quedamos con los dos tíos más guapos que encontremos en Tinder. Alguien posando con un pez o tirándose en paracaídas. Los llevamos a la cafetería que hay delante de la oficina de Nick, esa en la que desayuna todos los días a las once y media. Y luego, cuando aparezca, fingimos que nunca se nos habría pasado por la cabeza encontrarlo ahí. Entonces, tú derramas torpemente un poco de vino tinto sobre la camisa de mi cita y yo aprovecho para enrollarme con él.
Me atraganté con mi propia carcajada.
—Aunque me encantaría ayudarte a manchar la ropa de tu futuro exmarido —respondí mientras reía—, no tengo previsto tener una cita en mucho tiempo. Ahora mismo, en mi vida, lo último que necesito es otro hombre.
Bri resopló con sorna.
—Sí, claro. Todas somos mujeres empoderadas hasta que la alarma de humos empieza a zumbar a las tres de la mañana y no tienes al lado a alguien que pueda golpearla con una escoba para que se apague.
Suspiré abatida.
—En serio, nunca habíamos estado solteras al mismo tiempo —añadió—. Deberíamos aceptarlo y no andar con paños calientes. Podría ser el verano de las solteras de oro…
—Creo que me apetece más un verano de las Las chicas de oro…
Bri se tomó unos segundos para reflexionar.
—Es otra opción.
Escuché más ruidos metálicos en el exterior y sentí que el coche se movía, como si algo se hubiera enganchado en el parachoques.
—¿Quieres tomar algo mañana? —preguntó Bri.
—¿A qué hora? Tengo pilates.
—Después.
—Vale, claro.
Advertí por el retrovisor que el hombre se acercaba otra vez. Dejé de acariciar al perro y subí la ventanilla hasta casi cerrarla por completo.
—Oye —susurré a Bri—, el hombre ha vuelto, ahora estoy contigo.
El hombre apartó el perro como antes y se inclinó hacia la ventanilla para hablar conmigo.
—¿Puedes poner el coche en punto muerto? —dijo por la rendija de un centímetro.
Asentí.
—Cuando te saque de la zanja, echa el freno y apaga el motor hasta que te quite las cadenas.
Asentí de nuevo y observé cómo se dirigía hacia su camioneta. Escuché un portazo y el ruido de su motor. Entonces, noté una sacudida y salí lentamente del terraplén. El hombre revisó mi coche con una linterna y comprobó el guardabarros.
Una libélula se posó en el capó. Se quedó allí completamente inmóvil mientras el hombre se agachaba para examinar los neumáticos. Luego, apagó la linterna y volvió a la parte trasera del coche. Más ruidos de cadenas, y un minuto después lo tenía de vuelta en la ventanilla.
—He echado un vistazo y no veo ningún daño. No deberías tener problemas para conducir.
—Gracias —dije, deslizando dos billetes de veinte dólares por la rendija.
Él sonrió.
—Esto es gratis. Conduce con cuidado.
Volvió a su camioneta y, según se adentraba en la niebla, tocó el claxon levantando amistosamente la mano.
—Me apuesto cien pavos a que no eres capaz de ligártela —dijo Douglas señalando con la cabeza a la pelirroja que estaba sentada en la barra.
Era la mujer que había sacado de la cuneta media hora atrás. Quince minutos más tarde, había entrado en el Centro de Veteranos de Guerra en el Extranjero.
Eran las nueve de la noche de un martes de abril, y eso quería decir que todo el pueblo se había reunido en el local. La nieve se había derretido y había empezado oficialmente la temporada baja. Todo estaba cerrado a la espera del buen tiempo; todo excepto el Jane’s Diner, que cerraba a las ocho, y esto. Los turistas se habían ido, así que esta pobre e ingenua mujer no solo destacaba por ser forastera, sino porque era una de las únicas mujeres de este pequeño pueblo que no tenía lazos de sangre o se había criado con nosotros. Todos los moscones se le echarían encima.
—¿Desde cuándo tienes tú cien pavos en el bolsillo? —respondí con tono burlón a mi mejor amigo, mientras entizaba el extremo del taco de billar.
Brian se rio desde su taburete.
—Sí, eso. ¿Desde cuándo tienes dinero para apostar, Douglas? Y si lo tienes, será mejor que me devuelvas los cinco pavos de las copas de la otra noche.
—Buena suerte con eso —murmuré.
Doug nos mandó a tomar viento.
—Los tengo. Y también tengo tus cinco pavos —le dijo a Brian—. De todas formas, esto no funciona así. Cada uno pone cincuenta pavos y el que se la lleve a casa se queda con todo.
—Déjala en paz —dije golpeando la bola blanca. Las bolas rebotaron sobre el tapete y la bola seis fue a parar a la tronera de la esquina—. Esa mujer no se irá con nadie de este lugar. Créeme.
Las mujeres como ella no querían saber nada de tipos como nosotros.
El coche que remolqué de la cuneta era un Mercedes. Probablemente, costaba más de lo que ganábamos los tres juntos en un año. Por no hablar de que iba vestida como si estuviera invitada a un cóctel en un yate. Vestido elegante, enormes pendientes con diamantes en las orejas, pulsera de tenis de diamantes… Estaba claro que se dirigía a la ciudad y que no pretendía pasar la noche aquí. En realidad, era curioso que se hubiera parado aquí en lugar de seguir por la carretera cuarenta minutos más para comer en Rochester. Este local no era famoso por su cocina.
Doug ya estaba sacando el dinero de su cartera.
—No me interesa —dije metiendo limpiamente la bola ocho en la tronera lateral—. No me gusta apostar con seres humanos. Ella no es un objeto.
Doug sacudió la cabeza hacia mí.
—Al menos, podrías intentar pasarlo bien.
—Estoy pasándomelo bien.
—¿De verdad? ¿Cuándo fue la última vez que te acostaste con alguien? —preguntó Doug—. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde Megan? ¿Cuatro meses?
—No tengo la intención de enrollarme con nadie. Gracias por preguntar.
Al darse cuenta de que no le seguía la corriente, Doug dirigió la atención hacia Brian.
—¿Y tú? Cien pavos si te la llevas a casa.
Brian casi desvió la mirada hacia Liz, que estaba trabajando detrás de la barra. Doug puso los ojos en blanco.
—Está casada. «Casada». Necesitas pasar página. Es deprimente. Prueba con alguna aplicación de citas o algo. —Doug levantó su vaso de Sprite en dirección a Brian—. La semana pasada conocí a dos gemelas en Tinder —añadió levantando una ceja.
—¿De veras? ¿Así que tuviste la oportunidad de decepcionar a dos chicas al mismo tiempo? —dije golpeando de nuevo con el taco.
Brian soltó una carcajada.
Doug hizo caso omiso a mi comentario.
—Hablo en serio. Nunca dejará a su marido. Sigue con tu vida.
Brian miró a Liz justo en el mismo momento en el que la puerta del local se abrió y apareció Jake con su uniforme de policía. Todos nos quedamos contemplando su entrada. Se abrió paso entre la gente, dando palmadas en la espalda y saludando más de lo necesario, solo para asegurarse de que todos sabíamos que nos había honrado con su presencia.
Rodeó el mostrador como si fuera el dueño del lugar, se acercó a Liz y tiró de ella para darle un beso de película. Se escucharon algunas exclamaciones y crucé la mirada con Doug. Menudo cretino.
Miré a Brian de nuevo, justo para advertir una mueca de dolor en su rostro.
Mierda. Quizá Doug estaba en lo cierto. Apostar dinero para ligar con una mujer no era una solución, pero Brian necesitaba pasar página de una vez. Liz nunca rompería con Jake, aunque estuviera cargada de razones para ello.
Mike se acercó de camino al baño y Doug lo saludó con la cabeza.
—¡Oye, Mike! Cien pavos si consigues que se vaya contigo —dijo señalando a la mujer de la barra.
Mike se detuvo y le echó un vistazo a través de las gafas. Seguramente, le gustó, porque sacó la cartera.
—Aunque no me parece una apuesta justa. Gano cien pavos y, además, me voy con una mujer atractiva.
Esbocé una sonrisa y miré el reloj.
—Tengo que irme. Tengo que dar de comer a mi chica —dije, guardando el taco de billar.
—Siempre lo mismo —refunfuñó Doug, e hizo un ademán para perderme de vista—. De acuerdo. Lárgate de aquí. —Luego miró por encima de mi hombro hacia la mujer de la barra—. Oye, antes de irte, habla bien de mí, ¿te parece?
—¿Quieres que mienta por ti? —respondí sacudiéndome la chaqueta.
Brian y Mike se echaron a reír.
Doug ignoró mis palabras y colocó su taco encima de la mesa de billar.
—Tendré que echar mano de mis trucos de donjuán.
Me reí entre dientes y me dirigí a la barra negando con la cabeza.
—¿Qué quieres tomar? —me preguntó la camarera mientras limpiaba la barra.
Era rubia, tenía tatuada una rosa en la muñeca y llevaba los labios pintados de rosa. Era hermosa. Se llamaba Liz.
Eché un vistazo al menú que me acababa de entregar.
—¿Qué es lo mejor? —dije, sin estar convencida de ninguna opción. Casi todo eran frituras.
—El chili es casero —respondió.
—No me apasiona el chili —dije apretando los labios.
La niebla en el exterior se había vuelto tan espesa que había supuesto que no llegaría a casa antes de que me apremiara la necesidad de comer o ir al baño. La única gasolinera en la ciudad estaba cerrada, así que no pude ir al baño ni comprar ningún tentempié. No obstante, Google tuvo la gentileza de llevarme al único lugar abierto en un radio de ochenta kilómetros, el Centro para Veteranos de Guerras en el Extranjero que el tipo de la camioneta había mencionado.
El sito carecía de encanto. Las sillas baratas no combinaban con las mesas, y en las paredes colgaban carteles de cerveza rotos de aspecto vintage, algunas medallas enmarcadas y fotografías en blanco y negro de veteranos de guerra. La vieja gramola de la pared radiaba una canción de Elton John, «Bennie And The Jets». Encima de la barra, había una enorme cabeza de ciervo, de cuyas astas colgaban unas luces de Navidad. Era un lugar desvencijado y lleno de trastos. Bajo ninguna otra circunstancia habría puesto un pie en un antro como este.
Una joven en los últimos meses de embarazo se acercó a Liz y pasó una tarjeta por la caja registradora con una mano colocada en la parte inferior de su espalda.
—¿Ya te vas, Hannah? —preguntó Liz sirviendo una cerveza del tirador.
—Sí —respondió con una mueca en el rostro—. El pie de mi pequeño está justo encima de mi vejiga.
—Dejaré tus propinas en el despacho —dijo Liz. Luego volvió a mirarme—. Es una pena que no pasaras por aquí antes de que cerrara la cafetería. No hay mucha variedad hasta que llega el verano y vuelven los turistas.
—¿Turistas? —pregunté.
—Claro. Por aquí pasa el río Root. Además, estamos a solo dos horas de Minneapolis, así que los fines de semana nos visitan muchos amantes de la aventura. Ahora mismo, sin embargo, solo se acercan los del pueblo. No falta nadie. Estamos todos, los trescientos cincuenta que somos. —Se rio, señalando con la cabeza el bar abarrotado.
Me giré sobre el taburete. Tenía razón. No había ni un solo sitio vacío en todo el local.
Mientras escudriñaba a la clientela, encontré junto a la mesa de billar al tipo que me había remolcado.
Realmente, no estaba nada mal.
Ahora que se había quitado la chaqueta, pude comprobar que estaba en forma. Tenía ese aire de leñador rudo. Barba, pelo castaño oscuro, ojos color avellana, hoyuelos. Era alto. Vestía una camisa de franela y vaqueros. Llevaba las mangas remangadas y en ambos antebrazos lucía coloridos tatuajes.
Me di la vuelta antes de que se percatara de que lo estaba observando.
Se escuchó el tintineo de una campanilla y Liz levantó la vista. Una ligera mueca nerviosa se dibujó en su rostro, pero sonrió. Me volví para seguir su mirada. Había entrado un oficial de policía, uno muy atractivo. Era alto, medía más de metro ochenta. Ojos marrones y pelo castaño. Su fornido cuerpo se ajustaba perfectamente al uniforme de color canela. En la cadera colgaba una pistola enfundada y llevaba una insignia dorada prendida a su pecho. Llevaba un anillo de boda.
—Hola, cariño. —Liz esbozó una sonrisa mientras él se acercaba al mostrador.
Se inclinó hacia ella y le estampó un beso. Algunas personas silbaron.
—Te he traído el jersey —dijo levantándole la barbilla para mirarla a los ojos. Le entregó un bulto de tela blanca—. Te lo dejaste en el crucero.
—Gracias, qué tierno. —Liz lo miró—. Por cierto, Jake, ella es… —Se detuvo, al darse cuenta de que no le había dicho mi nombre. Jake se volvió hacia mí y pareció percatarse de mi presencia por primera vez.
—Alexis —dije—. Encantada de conocerte.
—Bienvenida a Wakan. —Lo pronunció con una hache aspirada—. Tengo que irme —dijo a su mujer—. Vendré a buscarte a medianoche. —La besó e inclinó la cabeza hacia mí antes de marcharse.
Antes de repasar el menú dejé escapar un suspiro. Estaba planteándome abandonar el lugar. Nada tenía buena pinta.
—Entonces, aparte del chili, ¿hay algo que debería probar? —pregunté.
—Liz —dijo una voz masculina detrás de mí—. ¿Cuánto te debo?
Levanté la vista. Era el tipo de la camioneta.
Liz le sonrió.
—Hoy te vas pronto, ¿eh?
—Tengo que dar de comer al bebé —dijo. Luego se volvió hacia mí y me sonrió—. Hola.
—Hola —dije, dándome la vuelta—. Nos volvemos a encontrar.
—Y en mejores circunstancias —respondió.
Sonreí.
—Gracias por ayudarme antes. No era necesario.
—Creo que sí —dijo señalando con la cabeza a un hombre que estaba al final de la barra, con los ojos rojos, despeinado y con siete vasos de cerveza vacíos frente a él—. Ese era el caballero que debía acudir a tu rescate.
—Me habría quedado ahí toda la noche —dije tragando saliva.
—No seas tan dramática, al cabo de cinco o seis horas alguien habría parado. —Le obsequié con una sonrisa que me devolvió—. Soy Daniel —dijo tendiéndome la mano.
—Alexis —respondí estrechándosela. Su palma era áspera y cálida.
—Creo que debería ponerte sobre aviso —dijo recostándose en el mostrador—. ¿Ves a esos tipos de ahí? —Indicó con la cabeza a tres hombres que estaban apostados alrededor de la mesa de billar—. Han hecho una apuesta para ver quién puede ligar contigo.
Liz se lamentó desde detrás de la caja registradora.
—Son unos imbéciles —musitó—. ¿Brian también?
—No, solo Mike y Doug —puntualizó Daniel—. ¿Ves el tipo de las gafas? —añadió.
Di media vuelta encima del taburete para fijarme mejor.
—Sí…
—Es como un grano en el culo.
Resoplé abatida y Liz soltó una risotada.
—El tipo blanco, alto y con la chaqueta de quinceañero todavía vive en el sótano de su madre —prosiguió. El tipo sonreía en nuestra dirección y nos saludaba con la mano—. Dentro de unos cinco minutos sacará una guitarra de alguna parte y tocará «More Than Words». —Me miró fijamente—. Lo hará tremendamente mal.
Liz estaba desternillándose de risa al tiempo que le entregaba la cuenta.
—No te miente. Dice la verdad.
Daniel pagó la cuenta. Eran solo diez dólares, pero dejó diez más de propina.
—En fin, buena suerte —dijo alejándose hacia la salida.
—Espera —dije antes de que desapareciera.
Se detuvo y volvió a mirarme.
—¿Cuánto han apostado?
—Cien pavos —dijo con las llaves en la mano y encogiéndose de hombros.
—¿Y tú qué? ¿No has apostado nada?
Negó con la cabeza.
—No me gustan las apuestas.
—¿En serio? ¿Y si me voy contigo? ¿No serían tuyos los cien pavos?
Daniel frunció el ceño.
—No te entiendo.
—Me voy a ir de todas formas. Podrías salir conmigo del local y ganar la apuesta.
—¿Harías eso por mí?
—Por supuesto.
Entonces, dirigió la vista hacia los tipos que estaban en el otro extremo del local. El de la chaqueta de instituto sostenía una guitarra entre las manos. Cruzamos nuestras miradas y sus labios dibujaron una sonrisa socarrona.
Me di la vuelta hacia Liz.
—Liz, si este hombre fuera un asesino en serie, me lo dirías, ¿verdad? ¿Crees que puede acompañarme hasta el aparcamiento?
—Daniel es el único tipo con el que me atrevería a salir de este local —dijo con una sonrisa.
—No sé cómo tomarme eso —dijo Daniel—. Eres mi prima.
—Es inofensivo —apostilló Liz mientras se aguantaba la risa.
—¿Y crees que cumplirá su palabra y me dará mi parte? —pregunté.
Liz secó un vaso con un trapo.
—Incluso si esos idiotas no cumplen su parte del trato, él cumplirá con su palabra. Es ese tipo de persona.
Miré a Daniel.
—No soy un capullo. Es la parte que más admiro de mí mismo —dijo abriendo los brazos.
La calidez de mi sonrisa contagió mis ojos. Tenía sentido del humor.
—Está bien —dije—. Tenemos un trato. —Señalé con la cabeza el taburete que tenía al lado—. Pero antes siéntate y habla conmigo un rato. Si no, no se creerán que me has seducido…
Consultó su reloj. Al parecer, decidió que solo podía quedarse un rato.
—Entonces…, háblame de ti —dije—. ¿A qué te dedicas?
—Soy administrador de fincas —respondió.
Liz soltó una carcajada desde detrás del mostrador mientras servía una cerveza en el tirador.
—Es el alcalde.
Levanté una ceja.
—Vaya, el alcalde.
Daniel clavó los ojos en Liz.
—Es más bien un título honorario. Este es un pueblo pequeño. Tengo muy pocas responsabilidades.
Liz negó con la cabeza.
—Falsa modestia. Es el que se encarga de que el pueblo no se venga abajo. Los sábados por la noche organiza el bingo y también hace las veces de bombero. Incluso hace de Papá Noel.
Liz alzó la vista hacia uno de los artículos enmarcados que colgaban encima de la caja registradora. «Papá Noel llega a Wakan».
Una fotografía en color acompañaba el texto del artículo: un Papá Noel gordo con un niño pequeño en sus rodillas.
Miré a Daniel riendo entre dientes. Él cambio de tema de conversación.
—¿Y tú a que te dedicas?
—Nada importante.
No me gustaba dar información personal a un desconocido. Daniel tampoco insistió.
—Está bien. ¿Y qué te ha traído a Wakan?
—Vuelvo de un funeral.
Su rostro adoptó una expresión más seria.
—Lo lamento.
—Mi tía tenía noventa y ocho años, y tuvo una buena vida. Como le gustaba decir, tuvo muchos amantes.
Daniel recuperó la sonrisa.
—Vivo en Minneapolis. Solo estoy de paso. Oye, ¿siempre hay esta niebla aquí fuera?
—¿Hay niebla esta noche? —preguntó Liz, con cara de sorpresa.
Daniel negó con la cabeza.
—En realidad, nunca. Es extraño, la verdad.
—¿Así que tienes un bebé? —pregunté.
Volvió a mirar el reloj.
—Una hija, Chloe.
—¿Desde cuándo?
—Hace una semana.
—Vaya —dije, echando la cara hacia atrás, sorprendida—. Es realmente pequeña.
No llevaba alianza, aunque eso no significaba nada. Podía tener una hija sin estar casado.
—¿Así que tienes pareja? —pregunté.
Negó con la cabeza.
—Si así fuera, no habría aceptado esta apuesta.
—Bueno, en realidad no me vas a llevar a tu casa —señalé.
—Pero lo estoy fingiendo. Nunca le faltaría al respeto a mi hipotética pareja —respondió con una sonrisa.
Tuve que reprimir una sonrisa.
—¿Así que no estás con la madre de la pequeña?
Daniel parecía estarlo pasando en grande con nuestra conversación.
—Dios me libre. La estoy acogiendo temporalmente.
Liz sonrió.
—Chloe es muy mona. Daniel es un padrazo. —Hizo un ademán con la cabeza—. Enséñale una foto.
Sacó el móvil y deslizó algunas fotografías. Luego me lo tendió.
Una carcajada brotó de mis labios.
—¿Tu bebé es una cabrita? ¿Y lleva pijama?
—Así es. Volverá a su casa dentro de unas semanas. Es de Doug, el talentoso guitarrista. Su madre tiene mastitis y Doug no podía darle de comer en mitad de la noche, así que me ofrecí voluntario para ayudar.
—Un momento, a ver si lo entiendo —dije cruzando las piernas—. ¿Doug intenta seducirme con una pobre versión de «More Than Words», cuando tiene en casa una cabrita tan mona? Si tienes una cabrita bebé, siempre deberías sacarle partido.
Daniel soltó una carcajada.
—Técnicamente, la tengo yo en casa.
—Le repito una y otra vez que en su perfil de Tinder solo debería poner una foto de Chloe y una dirección de contacto —dijo Liz mientras ponía hielo en un vaso.
Su comentario me arrancó una sonrisa.
—¿Nos están vigilando? —preguntó Daniel con una risa ahogada.
Dirigí la mirada hacia la mesa de billar.
—Vaya, sí. —Clavé los ojos en Daniel—. Doug, el de la chaqueta del siglo pasado, está afinando la guitarra. ¿Cuánto tiempo crees que tenemos hasta que empiece el recital?
—Yo diría que uno o dos minutos.
—Está bien —dije inclinándome hacia él—. Voy a fingir que has dicho algo realmente gracioso y soltaré una carcajada. Luego, acabaremos con esta farsa.
Se llevó la mano a la barbilla.
—¿Qué tipo de carcajada?
—¿Cómo?
—Sí. Mira, en teoría, mi comentario debería ser tan ocurrente como para que te fueras conmigo a pesar de acabarme de conocer. Todo tiene que parecer muy convincente. Estoy pensando en una carcajada al estilo Julia Roberts.
Me reí a carcajada limpia y le contagié la risa. Fue adorable. Sus cálidos ojos verdes se rasgaron y se le iluminó todo el rostro. Dios, tenía una sonrisa hermosa. Francamente, hermosa. Y un pedazo de ella se me clavó en el corazón. Me quedé sin aliento. Nos quedamos sentados riéndonos a carcajadas, y de pronto me encontré mordiéndome el labio e inclinándome un poco hacia él. Sin darme cuenta, estaba coqueteando. Coqueteando de verdad.
Llevaba siete años con Neil y estaba convencida de que sería el último hombre con el que estaría. Entonces, rompí con él y me dije a mí misma que ya era suficiente. No necesitaba más hombres en mi vida. No necesitaba ninguno más. No necesitaba más problemas. Había renunciado por completo a tener nuevas citas. Me había comprado un vibrador estupendo y me había retirado del mercado a los treinta y siete años. Punto final.
Y, ahora, aquí estaba. Flirteando con un extraño.
Era como descubrir que una planta que llevaba mustia muchos años, después de todo, solo necesitaba un poco de agua para revivir.
—Vaya, Doug se acerca —susurró Liz.
Aparté la mirada de Daniel. Doug había empezado a abrirse paso entre las mesas hacia la barra, guitarra en mano.
—Es hora de irse —dijo Daniel.
Me agarró de la mano, me ayudó a bajar del taburete y me acompañó a la puerta.
La cogí de la mano. Intentábamos aparentar normalidad entre nosotros. Pensé que era parte de la comedia. Estábamos muy metidos en el papel.
Ella no se apartó.
Los chicos me contemplaron con la boca abierta. Bajé la otra mano y los aparté para poder salir del local. Cuando salimos al aparcamiento, le solté la mano. Saqué los billetes de mi cartera y se los entregué.
Ella agarró los billetes, los contó y luego me los metió en el bolsillo de mi chaqueta.
—¿No íbamos a medias? —dije, rebuscando en el bolsillo para devolvérselos.
—Esto es por la asistencia de carretera.
—No. No lo acepto —dije entregándole el fajo de billetes. Ella se cruzó de brazos—. El mérito ha sido todo tuyo. Mereces tu parte.
—Si no me hubieras sacado de la cuneta, ni siquiera estaría aquí. Le habría pagado mucho más de cincuenta pavos al viejo borracho de Carl. Además, yo decido lo que hago con mis ganancias. Así es como funciona el mundo de las apuestas —dijo, dedicándome una sonrisa irónica.
Negué con la cabeza mientras sonreía. Era evidente que no pensaba cambiar de opinión, además, tampoco insistí demasiado porque, de lo contrario, me iba a quedar sin cincuenta pavos. Mañana no reclamaría el dinero a los chicos. En temporada baja, la economía de todos era muy ajustada. De todos modos, había valido la pena. Me había divertido.
—¿Sueles hacer esto a menudo? —pregunté, mientras metía de vuelta el dinero en el bolsillo—. Debo admitir que ha sido lo más destacado de mi semana.
—Supongo que es lo que tiene la temporada baja —dijo esbozando una sonrisa.
Me eché a reír.
Una suave brisa le deslizó un mechón de pelo en el rostro y ella lo apartó con un dedo. Dios, era realmente hermosa. Pelirroja, piel suave y con algunas pecas en la nariz. Profundos ojos castaños. Atlética. Había visto más de lo que probablemente pretendía cuando estaba cambiándose en el coche. Podía oler su perfume, no sabía qué fragancia era, pero supuse que era cara.
Era una mujer que estaba tan fuera de mi alcance que la situación parecía ridícula. Era incluso difícil creer que estuviera aquí con ese vestido y esos tacones, en este aparcamiento en medio de la nada lleno de grietas en el asfalto. Era como si una modelo se hubiera alejado de un set de rodaje para una revista de moda y se hubiera perdido.
Y tenía razón sobre la niebla. Rodeaba los límites del aparcamiento como si hubiera un campo de fuerza invisible alrededor del Centro de Veteranos de Guerra en el Extranjero. Era muy extraño, y, además, no era el mejor escenario para conducir.
Nos quedamos parados unos segundos. Luego ella desvió la mirada hacia su coche.
—Bueno, será mejor que me vaya. Tienes que dar de comer a tu bebé. Por cierto, ¿conoces algún buen lugar para comer cerca de aquí?
Sacudí la cabeza.
—No. Rochester es la ciudad más cercana y está a cuarenta minutos hacia el norte.
Ella apretó los labios.
—Es lo que me temía. En todo caso, me lo he pasado estupendamente bien con tus amigos.
—Sí, yo también.
Aguantó la sonrisa durante unos segundos más. Luego, dio media vuelta y se dirigió hacia su coche. Yo me quedé quieto, siguiéndola con la mirada.
—Oye —dije.
—¿Sí? —respondió volviéndose.
—Podría prepararte algo de comer en mi casa.
—¿Qué me ofreces? Soy muy caprichosa con la comida —dijo sin perder un segundo.
Sonreí.
—Bueno, no tengo alitas de pollo gigantes, si eso es a lo que te refieres.
Mi comentario le arrancó una carcajada.
Repasé mentalmente lo que tenía en la nevera.
—¿Qué te parece un queso de cabra a la plancha? ¿Con tomate fresco y albahaca?
Ella arqueó una ceja.
—¿Tomate fresco y albahaca?
—Tengo un huerto.
—Si te soy sincera, nunca me llevan al huerto la primera noche.
Me reí.
—Vaya, la fantasía se nos ha ido de las manos.
—Lo digo en serio. Nunca me acuesto con nadie la primera noche. Si ese es tu objetivo, te vas a llevar una gran decepción.
—Descuida, no busco eso —dije con sinceridad, sonriéndole.
Ella asintió, se acercó unos pasos y me clavó los ojos.
—Está bien, pero tengo que advertirte de que tengo una pistola eléctrica.
—Me parece justo.
—Y la utilizaré si es necesario —dijo, la mirada.
—No será necesario, pero te creo. Realmente, pareces peligrosa. —Imité su misma mueca.
Intentó aguantar la risa y mantener la severidad en el rostro.
—Te sigo con mi coche. No me voy a subir al tuyo.
—Por supuesto.
—Una última cosa —dijo ladeando la cabeza—. ¿Hay alguien en este pueblo que pueda pensar que tiene una relación contigo?
Solté una carcajada.
—Solo es un queso a la plancha. Tranquila, no es tan grave.
—Lo sé. Pero si yo tuviera la impresión de tener una relación con alguien y al llegar a casa me lo encontrara cocinando para otra mujer, no daría saltos de alegría.
—He dicho que no tengo novia.
—Eso no es lo que te he preguntado.
—No —dije sonriendo—. Nadie puede pensar que tiene una relación conmigo. ¿Hay alguien que crea que puede tener una relación contigo?
Soltó una risotada.
—No.
—Estupendo.
A la mañana siguiente, me desperté a las seis de la mañana, desnudo y feliz después de haber tenido la mejor cita de toda mi vida.
Entonces, me di cuenta de que se había ido.
Entré de puntillas en mi propia casa sin encender las luces, como una adolescente que no ha respetado la hora de llegada. Eran las seis y media de la mañana. Llevaba un solo zapato, el pelo enmarañado, estaba cubierta de barro y de pelos de animales de granja. Llevaba una sudadera con capucha que había robado al salir.
Había entrado en pánico.
Había entrado en pánico y había huido mientras él todavía estaba dormido en la cama.
Me desperté en la cama de un hombre desconocido, en un garaje lleno de polvo de un pueblo en medio de ninguna parte, después de haber disfrutado de lo que sin duda había sido el mejor sexo de toda mi vida. El mejor sexo de toda mi vida con un chico de veintiocho años.
Veintiocho años.
Me había levantado para ir al baño y me había puesto su sudadera. Pero cuando me estaba lavando las manos, su cartera se cayó de un bolsillo y dejó al descubierto su carné de conducir.
Sabía que era más joven que yo. Aunque no me había pasado por la cabeza que fuera una década más joven. Me había ido a la cama en una primera cita con un completo desconocido que era una década más joven que yo.
¿Qué estaba haciendo? Nunca me había comportado de ese modo. Nunca tenía sexo casual. Nunca me metía en situaciones embarazosas. Neil había tenido que esperar dos meses para poder acostarse conmigo. Y para lograrlo había tenido que planear una escapada romántica a México. Yo me había pasado una semana eligiendo la lencería que me iba a poner, me había depilado, exfoliado, y la cama del hotel estaba decorada con pétalos de rosa. Nunca me había acostado con alguien que no fuera mi novio. Y ahora acababa de hacer una excepción con un extraño que era casi tan joven como el hijo de Neil.
Estaba completamente fuera de lugar.
Por eso, me puse algo de ropa y rápidamente salí corriendo de su casa. Incluso, con las prisas, pisé una mierda de perro al salir. ¿O era de cerdo? ¿O de cabra? Fuera del animal que fuera, era tan grande que me succionó el zapato y no dudé en dejarlo atrás como hacen las lagartijas cuando las agarran por la cola.
Entré cojeando en mi oscura sala de estar y arrojé las llaves sobre el aparador.
—¿Dónde te habías metido?
Solté un grito ahogado hacia la voz masculina y fantasmal que procedía del sillón favorito de Neil. Entonces, alguien prendió las luces y recuperé el aliento.
—¡Derek! Por Dios, casi me da un infarto.
Mi hermano gemelo me sonrió desde el sillón reclinable.
—Hola, hermanita. —Luego se incorporó y me miró con preocupación—. ¿Te encuentras bien?
Dejé escapar un suspiro y me eché un vistazo: tenía el vestido arrugado y un pie descalzo.
—Sí —dije con la voz rota—. Estoy bien. ¿Cómo has entrado?
—El código de tu alarma es la misma contraseña que usas para tu teléfono.
—¿Sabes cuál es la contraseña de mi teléfono? —Estiré la mano hacia atrás y me quité el único zapato que llevaba.
—Conozco todas tus contraseñas. Incluso cuando las cambias.
Solté una risa nerviosa. Mi hermano y yo teníamos una suerte de telepatía fraternal.
—¿Qué estás haciendo aquí? —pregunté, cruzando la habitación descalza hasta desplomarme en el sofá—. Pensaba que estarías en Camboya seis semanas más.
—He vuelto antes.
—Pero no lo suficiente como para salvarme de pasar media semana sola en Cedar Rapids con nuestros padres —le reproché.
—Ni por un millón de pavos habría pasado por eso.
Esbocé una sonrisa, recosté la cabeza en el sofá y cerré los ojos.
—¿Eso es un chupetón?
Me levanté como un resorte.
—¿Cómo? —Salí disparada hacia el espejo que había sobre el aparador para escudriñar mi cuello.
—¡Maldita sea! —resoplé al advertir la mancha morada que tenía junto a la oreja.
—¿No es un poco infantil, hermanita? En realidad, estoy un poco cabreado porque no me habías dicho que habías vuelto con Neil.
Suspiré con resignación mientras palpaba la mancha con el dedo.
—No he vuelto con él.
Derek me miró.
—Entonces, ¿quién te ha hecho eso? —Ambos dirigimos los ojos hacia la sudadera con capucha—. ¿Y desde cuándo llevas ropa de camuflaje?
—Desde nunca —dije, mientras miraba asqueada el chupetón.
Tendría que cubrirlo con una tirita, pero era muy grande. Abrí la sudadera y puse los ojos en blanco. Tenía otro chupetón en el pecho. En realidad, dos más.
Derek guardó silencio para que le diera una explicación.
—He conocido a alguien. Así de fácil —dije, dando por finalizada la exploración. Me dejé caer en el sofá y metí la cabeza entre las manos.
—¿Has conocido a alguien? ¿Cuándo?
Eché la cabeza hacia atrás.
—Unas diez horas atrás.
Se quedó boquiabierto.
—No pasa nada. Es la crisis de los cuarenta. He visto casos parecidos. Tranquila, tiene arreglo.
Solté una risotada. Dios, seguramente estaba sufriendo la crisis de los cuarenta. ¿Qué otra cosa podía ser?
—Después del funeral estrellé mi coche contra una cuneta y ese tipo me remolcó. Fue muy amable y era muy atractivo. Así que lo acompañé a su casa y me preparó un queso a la plancha, que, por cierto, estaba riquísimo. Lo sirvió con hortalizas de su propio huerto… También había un cerdo correteando por ahí y me llenó de barro.
—¿Un cerdo?
—Sí, apareció de repente. Me dio un susto de muerte. Pesaba como trescientos kilos. Supongo que se escapó de una granja cercana o algo así. Era muy simpático. Lo acaricié. Y entonces un perro también se abalanzó sobre mí. El tipo tenía una cabrita en pijama y…
Derek levantó la mano.
—No digas nada más. Eso lo explica todo.
Volví a partirme de la risa.
—De todas formas, no es nada —murmuré—. Ni siquiera sé cómo se apellida.
—¿Usaste protección?
—Por supuesto. Todavía tengo mi DIU y él utilizó un preservativo. En realidad, usó unos cuantos… —Me ruboricé al pensarlo.
—Estupendo. Me alegro de que lo pasaras en grande y de que no fuera Neil.
—Yo también —dije con sarcasmo.
—Veo que todavía tiene sus cosas aquí —dirigió su mirada hacia el garaje.
Me rasqué la cabeza.
—Le he empaquetado todo, pero no quiere llevarse sus cosas.
Derek se inclinó hacia delante con los codos apoyados en las rodillas.
—Siento no haber estado aquí —dijo seriamente.
—No pasa nada. Estabas salvando el mundo —respondí agotada.
Derek había estado en el extranjero durante seis meses como voluntario con Médicos sin Fronteras. Era cirujano plástico. Uno de los buenos. Estaba en el extranjero tratando a personas quemadas y a niños con labio leporino. No podía enfadarme porque no estuviera aquí para mandar a Neil al infierno en persona, aunque, según tengo entendido, lo hizo por teléfono.
Lo miré a los ojos.
—¿Por qué has vuelto? ¿Te han dejado regresar antes?
Dibujó una sonrisa lentamente en el rostro.
—Antes de que te responda, tienes que firmar un acuerdo de confidencialidad…
Me reí, pensando que estaba tomándome el pelo, pero metió la mano en una mochila que estaba a un lado de la silla y sacó un papel y un bolígrafo.
—Me estás tomando el pelo —dije sin entender nada.
—Mira, no te lo pediría si no fuera para cumplir una promesa. —Me entregó el papel deslizándolo por la mesita.
Le eché un vistazo.
—¿Quieres que firme un acuerdo de confidencialidad antes de que mi propio hermano y mi mejor confidente me cuente qué demonios está haciendo en mi sala de estar?
Acercó el documento unos centímetros más hacia mí y dio un golpecito con el dedo índice en la línea de la firma.
Sacudí la cabeza en señal de negación.
—¿Qué se supone que es esto?
Levantó una mano para tranquilizarme.
—Firma y entonces podré contártelo todo.
Exhalé con resignación.
—Está bien —murmuré, garabateando mi nombre en la línea de puntos. Volví a dejar el documento sobre la mesa y lancé el bolígrafo encima—. Aquí tienes todo el papeleo. Ahora, cuéntamelo todo.
—Me he casado.
Un rayo me partió en dos.
—¿Cómo? ¿Cuándo?
Estaba lleno de satisfacción.
—La semana pasada. Llevamos unos seis meses juntos.
Lo miré estupefacta.
—¿Y por qué no me lo habías contado?
—No podía. Se lo había prometido. Es una persona importante.
—Pero… tú siempre me lo cuentas absolutamente todo —dije con incredulidad.
Derek asintió.
—Lo sé. Eso te demuestra lo importante que es para mí tener su confianza.
Me hundí en el sofá, con la mirada perdida.
—Te has casado… —suspiré. Busqué sus ojos con la mirada—. ¿Con quién?
—Se llama Nikki. Es una cantante muy famosa. Fue a Camboya para crear un refugio para las mujeres víctimas del tráfico sexual.
Repasé para mis adentros la lista de cantantes famosas que conocía.
—Nikki… Nikki ¿qué más?
—Su nombre artístico es Lola Simone.
—No puede ser —exclamé.
Derek estaba sonriendo.
—No puedes estar casado con Lola Simone.
—Pero así es. —Sacó su teléfono móvil y me lo entregó.
Me quedé mirando la foto de los dos juntos, parecía una foto de boda. Lola Simone era una gran estrella de rock, no tenía nada que envidiarle a Lady Gaga. Aunque en esta foto no tenía el aspecto que lucía en los tabloides. Aparecía normal. Pelo castaño hasta los hombros, un sencillo vestido blanco y una corona de flores. Derek vestía de lino blanco, estaba radiante.
—Es increíble, Ali. La mujer más alucinante que he conocido.
Levanté la mirada hacia él.
—¿Te has casado con ella y no me has invitado a la boda?
La sonrisa de su rostro se desdibujó un poco.
—Solo estuvo presente su agente, Ernie. Teníamos que mantenerlo en secreto —dijo recuperando su teléfono—. Su privacidad es muy importante para ella. La reconocen en todos los lugares. Apenas tiene intimidad. Los paparazzi la acechan constantemente. Era mucho más sencillo celebrarla ahí sin la atención mediática.
—Bueno, ¿cuándo voy a conocerla? ¿No has regresado con ella?
—Está demasiada ocupada con el proyecto. Además, no le gusta regresar aquí.
—Pero algún día tendrá que volver a casa. Tú vives aquí y tu voluntariado termina en dos semanas.
Ya no quedaba rastro de su sonrisa.
—Ali, no voy a volver.
—¿Cómo? ¿Qué quieres decir con eso? —dije con la boca abierta.
—Me mudo a Camboya para vivir con mi mujer.
La noticia me revolvió el estómago.
—Te quedas en Camboya —dije sin terminar de creerme mis propias palabras.
—Para poner en marcha el refugio para mujeres. Para llevar a cabo más labores humanitarias. Necesitan cirujanos y podemos cambiar muchas cosas ahí.
Volví a hundirme en el sofá. Experimenté el verdadero impacto de lo que me acababa de decir. Lo miré a los ojos.
—No. No puedes dejarme sola con él.
Se las arregló para mostrarse aún más triste de lo que ya estaba.
—Estarás bien.
Negué con la cabeza.
—No. No es verdad. No estaré bien. No puedes hacerme esto, Derek. No puedo seguir trabajando con Neil. No puedo. Lo he intentado. Estoy buscando trabajo en otros hospitales. No puedo verlo cada día.
Se llevó la mano a la boca, pero no dijo nada. Me miró por encima del hombro. No podía aguantarme la mirada.
Yo era una Montgomery.
Y los Montgomery habían trabajado en el Royaume Northwestern desde su construcción en 1897. Pertenecíamos a una afamada familia de doctores que habían abanderado los avances médicos durante décadas. Una familia de filántropos que había hecho posible la mayor parte de los programas y ensayos clínicos por los que el hospital era famoso. Era el legado de mi familia. Éramos los Vanderbilt del mundo médico. El año pasado, el canal Historia realizó un documental sobre nosotros como una parte de su serie Titanes de la industria. Una parte del hospital llevaba nuestro nombre. El ala de Pediatría Montgomery. Hasta teníamos un jardín conmemorativo. Desde hacía casi ciento veinticinco años, no había habido un solo día en que el hospital no tuviera un Montgomery en plantilla. Éramos más que una tradición, éramos una institución.
Nuestros padres habían trabajado en el Royaume hasta que se habían jubilado en marzo. Derek trabajaba ahí, al igual que yo. Pero ahora que Derek no estaría…
Solo quedaría yo. No podría irme nunca.
No podía ser la Montgomery que arruinara el legado familiar. No podía desmantelar la franquicia. Aparecería literalmente en los libros de historia.
Me sentía como si acabara de recibir una condena de por vida. Y Derek lo sabía.
—Mira —dijo—. Quizás es el momento de romper con el pasado. El hospital no se vendrá abajo si no hay un Montgomery en la plantilla.
—Estupendo. Gran idea. Renuncio antes y, de ese modo, tú te encargas de explicárselo a todos —dije ladeando la cabeza. Derek apretó los labios—. Eso me temía.
Apartó los ojos lejos de mí, de nuevo.
—¿Hay alguna posibilidad de que Neil deje su plaza?
—Es el jefe de cirugía. Lleva en el Royaume veinte años. Antes de renunciar es más probable que lo alcance un rayo.
Me volvió a mirar y se sentó en silencio.
—Lo siento. Soy consciente de la posición en la que te dejo.
Lo miré completamente desesperada.
—No tienes la menor idea, Derek. No sabes cómo es Neil. Empezará a dejarme de lado, a hacerme sentir que me merezco lo que me hizo. Y estaré tan confundida, destrozada y cansada que, seguramente, volveré con él por puro agotamiento. Tengo que irme, Derek. No tengo otra forma de protegerme.
Se mantuvo callado durante unos minutos.
—Ali, tengo que vivir mi vida. Y eso significa estar con Nikki y trabajar en lo que realmente siento que tengo que hacer.
Metí la cabeza entre las manos.
Permanecimos en silencio durante unos instantes.
—¿Cómo no me he dado cuenta antes? —susurré—. ¿Cómo es posible que haya pasado por alto tu noviazgo y tu boda? Debería haberlo sentido. Debería haber sentido que algo se estaba cociendo.
—¿Cómo es posible que yo no me diera cuenta de que Neil te estaba haciendo daño hasta que me lo dijiste?
Resoplé y levanté el rostro. Todavía no podía mirarlo a la cara.
—Fue rompiéndome en pedazos durante muchos años —dije en voz baja—. Estoy intentando recomponerme. Y, ahora, ¿tengo que hacerlo sin ti? ¿Viéndole la cara cada día?
Derek se acercó hacia mí.
—Eres lo bastante fuerte como para seguir adelante. Todos tus amigos están en el Royaume. No dejes que te eche. Si realmente quieres quedarte, mereces estar ahí.
Sí, era cierto, mis amigos trabajaban en el hospital. Jessica, Bri, Gabby… Pero eso no compensaba tener que trabajar con Neil el resto de mi vida, porque eso es lo que iba a ocurrir.
Hasta el momento, Neil estaba actuando como una expareja arrepentida. Pero no iba a permanecer así mucho más tiempo. En cuanto se diera cuenta de que no podría recuperarme, cambiaría de estrategia y se comportaría como un ser vengativo.
Siempre había sido mezquino.
Volví a meter la cabeza entre las manos.
—¿Por qué soy la última descendiente de la menguante familia Montgomery? Es una broma de mal gusto.
Mis padres nos tuvieron a Derek y a mí con el único propósito de prolongar la saga familiar. Desde mi más tierna infancia, me habían criado, moldeado y preparado para trabajar en el Royaume. Incluso me dijeron que no me cambiara el apellido si alguna vez contraía matrimonio. Pero, con todo, yo no tenía que ser la estrella de la familia. Ese papel estaba reservado para Derek.
Sentí una mano en el hombro.
—No dejes que los demás decidan cómo vivir tu vida. Solo tienes una.
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire. Pero estaba demasiado débil para recogerlas.
Derek sabía la verdad. No tenía elección.
Nunca podría escapar. Nunca.