No podía quitarse de la cabeza aquella perversa imagen que sus recuerdos le devolvían sin piedad. Se maldecía, una y otra vez, por haber reaccionado con tanta ingenuidad. Le resultaba doloroso entender cómo pudo ser capaz de enamorarse en aquel instante y cómo aquel estúpido gesto, que entonces le pareció una señal divina, le reportaba ahora la condena de permanecer durante casi dos años en una infecta celda de la cárcel del condado de Bergen, en New Jersey.

La mano temblorosa de María José recorría su frente de izquierda a derecha, friccionándola con fuerza, como queriendo extraer de su cabeza aquel desdichado momento y borrarlo para siempre, hacerlo desaparecer. Pero todo ese esfuerzo disfrazado de deseo resultaba inútil porque allí seguía la odiosa visión. Aunque sus ojos permanecían cerrados, podía verlo con tanta nitidez como si sus recuerdos se proyectaran igual que una película sobre su retina, ahogada por el llanto y el taciturno remordimiento. La imagen, aquella maldita imagen que recordaba como si acabara de ocurrir.

Era cerca de la medianoche. María José paseaba por una de las calles del Soho neoyorquino. A su lado y cogido de su mano, Peter, el hombre al que había conocido a través de una agencia de contactos en internet y con el que había salido a cenar. En una de las esquinas encontraron a un grupo de músicos callejeros tocando una melodía que les era familiar. Se miraron, se sonrieron y Peter se deshizo de su chaqueta dejándola al cuidado de María José. Se dirigió al grupo de músicos y, después de unos segundos de tímida conversación, se puso al frente de la batería. Fue entonces cuando vio cómo aquel hombre del que no sabía mucho se llevaba la mano derecha al nudo de su corbata negra en un ademán de aflojarla, al tiempo que se desabrochaba algunos botones de su camisa blanca. Para deshacer el lazo, se ayudó de un sutil movimiento de cabeza, que permitió dirigir una mirada a María José y dedicarle un guiño. Fue ese gesto el que logró enloquecerla, el que la convenció de que estaba enamorada de él.

Ése era el momento que hoy tanto la martirizaba. «¿Cómo he podido acabar aquí?, ¿cómo ha podido suceder? ¿En qué momento se rompió mi vida? ¿Por qué no me dejan estar con mi hija, por qué me apartan de mis padres, de mi hermana, de mis sueños?». Levantó la vista y contempló la misma imagen que llevaba observando desde el 21 de noviembre de 2006, cuando la policía de Nueva York la detuvo después de permanecer tres meses en búsqueda y captura: las rejas de su celda. Cerró nuevamente los ojos. La oscuridad la ayudó a transportarse mentalmente a un lugar no muy lejano del que se encontraba, pero completamente dispar. En su ensoñación casi febril abrió los ojos y pudo avistarlo de nuevo: el skyline de la ciudad de Nueva York a sus pies, como siempre había estado.

El contraste fue demasiado duro.

PRIMERA PARTE

PRIMERA PARTE

Si ésta es vuestra forma de amor, os ruego que me odiéis.

JEAN-BAPTISTE POQUELIN, MOLIÈRE,

El siciliano