RÄTTVIK, DALARNA
LOS EKMAN:
Karl y Viveka Ekman
Jon Ekman
Ottilia Ekman
Torun Ekman
Birna Ekman
Victoria Ekman
Prima Anna
Arvid Blomqvist
GRAND HÔTEL
LOS CADIER:
Régis (fundador) y Caroline Cadier
LOS SKOGH:
Wilhelmina y Pehr Skogh
Brita (ama de llaves)
MIEMBROS DE LA JUNTA DIRECTIVA:
Axel Burman
Algernon Börtzell
Teniente Ehrenborg
Oscar Holtermann
Ehrenfried von der Lancken
Carl Liljevalch
Ivar Palm
SERVICIO DE LIMPIEZA:
Margareta Andersson (gobernanta)
Beda Johansson
Märta Eriksson
Karolina Nilsson
RESTAURACIÓN:
Gösta Möller (maître d’hôtel)
Sam Samuelsson (jefe de cocina)
Charley Löfvander (jefe del bar)
Fredrik Nyblaeus (banquetes)
Kristian (camarero del bar)
Monsieur Blanc (sommelier)
RECEPCIÓN:
Knut Andersson
Edward Hansson
FLORISTA:
Josef Starck
Maj Starck, su esposa
ADMINISTRACIÓN:
August Svensson
OTROS:
Doctor Karl Malmsten
Jefe inspector Ström
CLIENTES DESTACADOS:
Sarah Bernhardt (actriz)
Elsa Beskow (ilustradora)
Armand Fallières (presidente de Francia)
Henning Halleholm (empresario)
Ellen Key (activista)
Rudyard Kipling (escritor)
Selma Lagerlöf (escritora)
Franz Lehár (compositor)
Anna Lindhagen (activista)
Elisabet Silfverstjerna (dama de compañía)
August Strindberg (escritor)
CLIENTA NO BIENVENIDA:
Kajsa (mujer de la noche)
REALEZA:
Reina Josefina
Rey Óscar II y reina Sofía
Rey Gustavo V y reina Victoria
Príncipe heredero Gustavo Adolfo y princesa heredera Margarita
Eduardo VII y reina Alejandra (Reino Unido)
Emperatriz Eugenia (Francia)
Reina Margarita (Italia)
GRAND ROYAL:
Lotten Rönquist (pintora)
Ernst Stenhammar (arquitecto)
Carlsson & Löfgren AB (interior)
Graham Brothers (ascensores)
Reunión de la junta directiva, Grand Hôtel,
Estocolmo, 10 de diciembre de 1901
—Caballeros —dijo Algernon Börtzell, interventor de la Casa Real y presidente de AB Nya Grand Hôtel, dando unos golpecitos con la punta de su estilográfica en el papel que tenía delante de él—. Ha llegado el momento de actuar.
—Cierto. —Ehrenfried von der Lancken, subgobernador de Estocolmo, guardó el reloj en el bolsillo superior de su chaqueta—. La ceremonia de los Premios Nobel dará comienzo en menos de tres horas. Aún tengo que prepararme y no quiero llegar tarde. —La fuerza con la que pronunció la «r» de la palabra «tarde» subrayó su determinación—. Confío en que los galardonados se sientan a gusto en el hotel.
—No he oído a nadie manifestar lo contrario —replicó Börtzell—. Las cuatro suites están amuebladas con elegancia y son el paradigma del confort. Y todas dan al mar, claro está. Las vistas, incluso en una noche de invierno, son un espectáculo de por sí. —Desde su puesto a la cabecera de la mesa de madera de nogal con incrustaciones, podía ver a través de una ventana con arco el Palacio Real en la «Ciudad entre los puentes» o «Gamla Stan», como llamaban ahora los habitantes de Estocolmo a la isla situada entre Norrmalm y Södermalm—. Me parece que esta noche van a servir pechuga de urogallo, lo cual debería impresionar a nuestros eminentes invitados.
Axel Burman, financiero de nivel y principal accionista de AB Nya Grand Hôtel, se inclinó sobre la mesa.
—Dígame, Algernon, ¿es cierto que el rey se oponía a la idea de otorgar premios a extranjeros?
Börtzell sacó un puro del bolsillo interior de su chaqueta y lo encendió.
—Digamos que Su Majestad se mostró más entusiasta una vez que se le explicó con detalle el valor de exhibir la pompa y las circunstancias suecas. De hecho, si lo de hoy es un éxito y la entrega de los Premios Nobel se convierte en un evento anual, Suecia y Nobel estarán en boca de todos los científicos de las generaciones venideras.
—Aunque no será así si esta noche llegamos tarde —apuntó Von der Lancken, disimulando muy mal su impaciencia—. Pero ¿por qué tenemos que discutir ahora sobre ese tema? Si hoy estamos aquí reunidos es porque el Grand Hôtel se encuentra en una situación financiera desesperada y tenemos que hacer algo al respecto. ¿No es eso lo que dijo en nuestra última reunión, Axel?
Burman asintió.
—Evidentemente, no disponemos aún de las cifras finales de 1901, pero a pesar de las extensas reformas que hemos llevado a cabo…
—Por no hablar de lo terriblemente caras que han sido… —añadió Von der Lancken, interrumpiéndolo. Hemos excedido el presupuesto en un millón de coronas. ¡Un millón! Solo el sobrecosto ya es más de la mitad de lo que Régis Cadier pagó por todo este edificio.
—De eso hace ya treinta años —dijo Börtzell.
Von der Lancken lo miró por encima de sus gafas.
—¿Está sugiriendo que un millón de coronas de gasto extra es comprensible? ¿Aceptable, incluso?
—Lo que estoy sugiriendo es que a pesar de las extensas y excesivamente costosas reformas que se han llevado a cabo, el hotel sigue mostrándose incapaz de dar beneficios.
—Paparruchas. —Fue como si Von der Lancken escupiera la palabra sobre la mesa—. No es este glorioso hotel el que es incapaz de dar beneficios, sino el teniente Ehrenborg. Ese hombre no sabe tomar el control de la situación financiera. Los directores de hotel vienen y van, y este ya es hora de que se vaya.
—Para ser sinceros, Ehrenborg solo lleva en el puesto poco más de un año, y el nuevo Salón de los Espejos donde se celebrará esta noche la cena de los Premios Nobel se lo debemos a él.
—El Salón de los Espejos se lo debemos a los arquitectos —lo corrigió Burman—. Estoy de acuerdo con Ehrenfried. El teniente Ehrenborg es incapaz de controlar las finanzas y, sorprendentemente, tampoco sabe controlar su personal. Tal vez haya disfrutado del éxito trabajando para Alfred Nobel, pero ha dejado más que demostrado que es demasiado inexperto para dirigir este hotel.
Börtzell carraspeó para aclararse la garganta antes de hablar.
—Tal vez una pequeña parte de la culpa sea nuestra, por haberlo nombrado director general. Ehrenborg es un buen tipo. A un hombre de su calibre habría que ofrecerle un empleo alternativo.
—Me atrevería a decir que sí —dijo Burman, retorciendo entre los dedos la punta de su bigote—. Pero en estos momentos debemos concentrar nuestra atención en el hotel. Necesitamos una mano más firme al timón.
Von der Lancken agitó el dedo rechoncho que adornaba con un anillo de sello, que captó toda la luz de la lámpara.
—¿No salió en su día a relucir el nombre de la señora Skogh? En el país tenemos varios establecimientos hoteleros de éxito gestionados por mujeres. Incluidos tres que están dirigidos por esa buena mujer. Lleva veinticinco años dirigiendo hoteles, ¿por qué no el Grand Hôtel? Ahora bien, teniendo en cuenta nuestra experiencia más reciente, propongo que seamos cautelosos si le ofrecemos el puesto de directora del hotel a la señora Skogh. Si el primer año resulta satisfactorio, ya la ascenderemos luego a directora general.
—Tiene reputación de ser algo parecido a un dragón —apuntó Burman.
Von der Lancken hizo un gesto de asentimiento para mostrar su coincidencia con lo que acababa de decir Burman.
—Igual que cualquier mujer que no se toma a la ligera ni los tontos ni la insubordinación. Pero también he oído decir que puede ser absolutamente encantadora y que es, sin ninguna duda, mucho más capaz que la mayoría. Solo hay que ver cómo gestionó todo el tema del alojamiento de los invitados extranjeros a la Exposición Universal de Estocolmo de hace cinco años. Ella sola se encargó de alquilar, equipar y amueblar seis edificios enteros de Strandvägen para toda la duración del evento, y sin salirse del presupuesto. Es un elemento que debemos tener presente, por lo que cuentan. Dicen que es capaz de deducir el tamaño de la cartera de un hombre con solo mirarlo a los ojos. Y está casada con un reputado comerciante de vinos de aquí. Esa dama es justo lo que necesitamos.
Börtzell exhaló una bocanada de humo.
—Por lo que parece, posee la experiencia, la iniciativa y la imaginación necesarias para cambiar el rumbo de este barco.
—Y he oído decir que además tiene línea directa con el rey —dijo Burman.
—Su Majestad ha galardonado a la señora Skogh con la Medalla Vasa, cierto —indicó Börtzell—. Y de oro, encima.
Burman puso cara de estar impresionado.
—Todo lo cual podría resultarnos muy útil. El Grand Hôtel es prácticamente un anexo del palacio.
—Con mejores vistas. Nuestro hotel es más bonito. —Börtzell se rio entre dientes de su propio chiste y luego empezó a toser—. Y por lo que a la línea directa con el rey se refiere, yo también tengo cierta influencia.
—¿Más que Elisabet Silfverstjerna? —preguntó con malicia Von der Lancken.
Börtzell se quedó pensativo.
—Esa muchacha sí que se sabe mover entre dos aguas. Poco hay que suceda en el palacio o en este hotel que ella no sepa. Y creo que es buena amiga de la señora Skogh, lo cual tiene también su mérito. No hay nada más formidable que las confabulaciones entre señoras. Mi voto va para la señora Skogh.
—Y el mío —convino Burman.
—Pues muy bien entonces, caballeros —dijo Börtzell—. Como veo que todos estamos de acuerdo, escribiré a Wilhelmina Skogh y la invitaré a convertirse en la nueva directora del hotel.
—Creo que aprovechará la oportunidad —señaló Von der Lancken—. ¿Por qué no iba a hacerlo?
Enero de 1902
Wilhelmina Skogh estaba recostada en el hueco del codo de su marido, que seguía durmiendo. Al otro lado de la ventana del dormitorio de Styrmansgatan 1, el viento de enero aullaba en la mañana oscura. El sol de invierno tardaría todavía tres horas en salir y para entonces ella habría iniciado ya el largo viaje de regreso a Storvik; de momento, sin embargo, podía disfrutar tanto del tiempo como de un raro momento para pensar.
Wilhelmina tiró de la manta para taparse hasta la barbilla. Por mucho que adorara la sensación de la seda en la piel y el frufrú del satén cuando le rozaba las medias, el suave confort de la lana siempre seguiría siendo su primer amor. Un pedacito de hogar. Fårö, la isla de las ovejas, al norte de Gotland. Había recorrido un largo camino en los últimos cuarenta años. Hija de un maestro de escuela en un pequeño punto del Báltico, se había mudado a Estocolmo, luego a Storvik, a Rättvik, a Bollnäs —los paisajes iban pasando mentalmente por sus ojos— y ¿volvería ahora a Estocolmo, al Grand Hôtel?
El Grand Hôtel. El establecimiento hotelero más elegante del norte de Europa. La joya de la corona de Estocolmo. Podía dar fe de ello por haber trabajado durante un año allí, después de que fuera inaugurado en 1871. Sonrió en la oscuridad. Régis Cadier no había reparado en gastos. La magnificencia se reflejaba en los suelos de mármol o de parqué, colgaba en arañas de cristal de los techos decorados y se disponía en apetitosa perfección en los platos de porcelana china. Incluso los dos osos disecados que daban la bienvenida a los huéspedes enseñándoles las garras —un detalle que, ciertamente, no era del gusto de todo el mundo— habían contribuido sin duda al espectáculo y a la espectacularidad. El ambiente rebosaba opulencia y el servicio era impecable. O, como mínimo, lo había sido. Frunció el entrecejo. El personal estaba bien pagado, para los estándares de Estocolmo. ¿Por qué, entonces, los empleados no se tomaban la molestia de conservar su puesto?
—¿Mina? —La voz de Pehr Skogh interrumpió sus pensamientos—. ¿No puedes dormir? Se movió un poco en la cama para encender la lámpara de la mesita de noche, que proyectó un resplandor acogedor en el lado de la ventana de la habitación, donde las cortinas de terciopelo de color burdeos bloqueaban la oscuridad. Se volvió de nuevo hacia ella. Y Wilhelmina se acurrucó contra él.
—Me parece que tengo el cuerpo demasiado acostumbrado a levantarse temprano. Y en cuanto empiezo a pensar… —Dio unos golpecitos cariñosos en el brazo de su marido—. Qué voy a contarte.
—El Grand Hôtel. —Una afirmación, no una pregunta.
—Sí. No paro de preguntarme cómo es posible que un hotel tan lujoso, en la que puede considerarse la mejor ubicación de todo Estocolmo, esté perdiendo dinero. Es un enigma que me mantiene en vela desde que recibí la carta de Börtzell.
—¿Y has llegado a alguna conclusión?
—Sí, claro.
Se sentó en la cama y colocó una almohada entre su espalda y el cabecero. Seguir tumbada no era la mejor postura para exponer el caso.
Pehr siguió su ejemplo.
—Adelante.
—El Grand Hôtel acaba de invertir una cantidad importante de tiempo y dinero en renovar la fachada, levantar una planta más, transformar el antiguo salón de banquetes en el Salón de los Espejos y remodelar la totalidad de la planta baja. Han construido incluso una cocina nueva donde han instalado dos cocinas Bolinder. —Levantó una mano—. Y todo este gasto hay que sumarlo al dinero que perdieron por cerrar el hotel durante dos años.
—Tú dices a menudo que para ganar tres coronas hay que gastar como mínimo una.
—En efecto, pero esa corona hay que gastarla con cabeza —replicó Wilhelmina—. Tú nunca invertirías en un vino por el simple hecho de que lleve una etiqueta bonita. Ha de ser además lo bastante bueno como para ganarse un puesto en tu lista de productos.
—Por supuesto, pero ¿no crees que esa planta adicional tendría que haber incrementado por sí sola el volumen de ventas? Y los periódicos, además, no paran de hablar con admiración de la nueva entrada principal y del Salón de los Espejos.
Wilhelmina asintió.
—Ahí es justo donde está el rompecabezas. Pero cuando volví a estar ayer allí, me chocaron varias cosas como ilógicas o directamente perjudiciales. Lo de la planta adicional está muy bien, pero ningún hotel, ni siquiera uno del tamaño del Grand Hôtel en una ciudad repleta de hostales y restaurantes, puede sobrevivir tan solo a base de los huéspedes que pernoctan en él. Se necesita también gente que vaya a tomar copas y a cenar, bien sean los mismos huéspedes u otros que no se alojen en el hotel. Y sí —Wilhelmina estaba entrando en calor con el tema, como si sus pensamientos empezaran a cristalizar en conclusiones concretas—, el nuevo comedor del Grand Hôtel es una absoluta delicia. Han invertido muchísimo tiempo y dinero en recubrir las paredes con unos paneles de madera de caoba que son exquisitos de verdad, en alfombrarlo todo con una moqueta verde azulada que debe de ser carísima, en tapizar las sillas a juego y en iluminar la estancia con arañas de cristal y bronce con luz eléctrica, pero, Pelle, el comedor estaba prácticamente vacío. Igual que el bar americano. Eso nunca funcionará.
—¿Y qué propondrías?
—Propondría una entrada adicional más pequeña que permitiera a los ciudadanos de Estocolmo entrar y salir del bar y del restaurante sin necesidad de pasar por el vestíbulo del hotel. Para convertirlos en locales de la ciudad por derecho propio. Es una lástima que eliminaran The Pit. En tiempos de Régis Cadier era la guarida favorita de la gente del teatro. Atraía su propio público, igual que el Porcelain Café, de hecho. A todo el mundo le importaba un rábano lo que pasara en el sótano del Grand Hôtel. Más bien al contrario, creo que el hecho de ser un lugar escondido y oscuro le sumaba atractivo. Y luego está lo de la sala de los billares…
—¿La sala de los billares? —Pehr abrió los ojos de golpe—. Siempre hubo una sala de billares. Justo al lado del Porcelain Café.
—Y la hay, pero toda esa zona la han convertido en una sala de espera para los usuarios de los servicios de correo, telegramas y teléfonos. Y han trasladado la sala de los billares a la planta superior, con vistas al mar. ¡Vistas al mar! Una de las mejores vistas del mundo. Ya me dirás tú si has oído alguna vez un caballero haciendo una pausa para aplicar tiza al taco y diciéndole a su oponente: «¿No te parece una vista maravillosa?». Me parece un auténtico desperdicio de un activo valiosísimo. —Wilhelmina levantó las dos manos—. Y la disciplina es laxa. El camarero derramó una gota de café en el mantel. Y ni una palabra de disculpa. De haber sucedido esto en uno de mis hoteles, habría ido directo a fregar cacerolas durante una semana. Y estoy segura de que olí a alcohol en el aliento del recepcionista. Si hubiera pasado esto en uno de mis hoteles, lo habría puesto de patitas en la calle al instante.
Pehr miró a su esposa sonriendo con admiración.
—No lo dudo. Pero, ahora que has identificado los problemas, ¿por qué sigues sin tenerlo claro? Desde que te conozco, siempre has hablado con gran cariño de ese hotel. No sé cuántas veces te habré oído decir: «Si dirigiese el Grand Hôtel, haría…».
—Sí, pero mira, Pelle, hay dos temas importantes que tener en cuenta. El primero es que soy propietaria de tres hoteles perfectamente rentables que me mantienen más que ocupada. ¿Quién los gestionará si tengo que irme a vivir a Estocolmo? ¿Tendría que nombrar directores o deberíamos venderlos?
—Es evidente que no deberíamos venderlos. El valor y la rentabilidad de esos hoteles seguirán creciendo a medida que aumente el tráfico ferroviario. Storvik, Rättvik y Bollnäs son lugares estratégicos. No hay que venderlos nunca, Mina. Siempre serán una fuente segura de ingresos; un colchón para nuestra vejez. ¿Y el otro tema que deberíamos tener en cuenta?
—El Grand Hôtel en sí. Aparte de la disciplina del personal, ninguno de sus problemas fundamentales se resolverá con un cambio de director. Ni siquiera yo soy maga. —Se encogió de hombros con falsa modestia—. No, lo que el Grand Hôtel necesita son más reformas para incrementar la producción y los ingresos, y si incrementáramos la producción, esas dos nuevas y relucientes cocinas Bolinder se quedarían pequeñas. Ya me dirás tú qué hago.
—Escribir a Börtzell y decirle exactamente todo lo que acabas de contarme a mí. Si de verdad te quieren en el puesto, te escucharán y negociarán. Y si tengo suerte, me despertaré al lado de mi esposa de un modo mucho más regular.
Wilhelmina levantó la cara para recibir un beso.
—Tendríamos que residir en el hotel. Lizzie Silfverstjerna vive muy feliz allí.
—No me cabe la menor duda. Como has dicho, ese hotel tiene algo muy especial.
Wilhelmina suspiró.
—¿Y si Börtzell se niega a negociar?
—Pues en ese caso te largas, cariño. Pero creo que ellos te necesitan a ti más que tú a ellos.
—Ya, pero, si lo hago, lo haría por el hotel, no por ellos. Ese viejo edificio tiene algo que me resulta irresistible. He estado en muchísimos establecimientos elegantes de Londres, París y Berlín, pero ninguno le llega al Grand Hôtel de Estocolmo ni a la suela del zapato. —Sus facciones se dulcificaron a la luz de la lámpara—. Tengo que conseguir que los ciudadanos de Estocolmo sientan por ese lugar lo mismo que siento yo.
Se oyeron pasos en el pasillo.
—Brita se ha levantado. Deben de ser más de las seis. Le diré que no me prepare un gran desayuno. No me va a dar tiempo. —Wilhelmina retiró las mantas y deslizó los pies en las zapatillas de ante forradas en lana que tenía junto a la cama—. Creo que, siguiendo tu sugerencia, escribiré a Börtzell. —Se volvió para sonreír a Pehr—. ¿Qué haría yo sin ti?
Pehr rio entre dientes.
—Harías lo que siempre haces, cariño: lo que consideras que es mejor.
Rättvik, Dalarna
Ottilia Ekman repasó el comedor del Turisthotell de Rättvik con una mirada crítica. El sonido de fondo de las plácidas conversaciones y de la cubertería al chocar contra los platos le confirmó que los comensales estaban satisfechos tanto con el servicio como con el menú elegido. En el otro extremo de la sala vio que un caballero levantaba la mano. Una camarera fue corriendo al instante hacia allí. Ottilia hizo un gesto imperceptible de asentimiento y siguió estudiando la sala. Las dos mesas que quedaban vacías estaban perfectamente preparadas: manteles planchados, copas, vajilla y cubertería relucientes. Una única vela en el centro de cada mesa aportaba un detalle adicional al ambiente, igual que el crepitar del fuego en la chimenea. Cuando llegara la primavera, las velas de las mesas serían sustituidas por una única rosa. Un toque femenino. De hecho, si la señora Skogh entrara en aquel momento, Ottilia creía que se sentiría de lo más satisfecha. Y, como siempre, Ottilia deseaba que llegara la señora Skogh. Sus días favoritos eran aquellos en los que la propietaria se presentaba sin previo aviso, trayendo con ella una inconfundible oleada de energía que llenaba hasta la última grieta del hotel. Incluso daba la impresión de que cuando estaba ella los comensales se sentaban más erguidos.
Una de las comensales dio sin querer un codazo al bastón que tenía apoyado en el respaldo de la silla. Cayó con estrépito en el suelo. Ottilia corrió a devolverlo a su lugar.
La anciana respondió a su gesto con una sonrisa de agradecimiento.
—Gracias.
Servicio. Ottilia había aprendido con la experiencia que la gente apreciaba los pequeños detalles. El toque humano. Aquella señora recordaría su discreta ayuda mucho tiempo más de lo que recordaría el salmón gravlax.
Ottilia regresó a su mirador favorito, junto al bufete de ensaladas y el agua. En la mesa de la esquina más alejada, su padre rebañaba los restos de salsa con un trozo de pan recién horneado. Ottilia puso mala cara, solo interiormente, y deseó que su padre utilizara a continuación la servilleta para limpiarse los dedos, que a buen seguro le habían quedado pegajosos. Lo hizo, y una punzada de culpabilidad le encendió las mejillas. Su padre no era un hombre tosco, nunca lo había sido. Karl Ekman había criado a su hijo y a sus tres hijas para que fueran personas bien educadas, no solo con sus superiores, sino con todo el mundo. «El hombre al que desdeñes porque lleva una simple gorra siempre puede volver tocado con un sombrero de copa», decía a menudo. En una ocasión, Ottilia le preguntó: «¿Y si el hombre al que desdeñas porque lleva sombrero de copa vuelve un día con una simple gorra?». A lo que su padre le respondió: «Este será el que más necesite una palabra amable».
Y ahora, mirando a su padre, con las sienes canosas y en apariencia mayor de los cuarenta y un años que tenía, se le partió un poco el corazón. Si había conseguido aquel trabajo era gracias a él. Como jefe de la estación de Rättvik, a Karl Ekman solía corresponderle recibir a los dignatarios de Falun-Rättvik-Mora Railways AB. Y les recomendaba sin dudar el establecimiento de la señora Skogh, no solo porque el Turisthotell de Rättvik quedaba justo detrás de la estación, sino también porque podía confiar en que allí siempre servían cenas excepcionalmente buenas y ofrecían camas limpias y cómodas.
En muchos sentidos, Karl Ekman y Wilhelmina Skogh habían confiado el uno en el otro desde el día en que ella se hizo cargo del hotel en 1897. Ella trabajaba duro para atraer hasta Rättvik a visitantes nacionales y extranjeros para la práctica del esquí, la caza y la pesca, mientras que él se aseguraba de que fueran bien recibidos a su llegada y partieran con puntualidad. Cuanto más crecía el negocio de ella, más importante era la estación de tren y, en consecuencia, el puesto que él ocupaba.
—Necesito otra camarera, señor Ekman —le había dicho una mañana Wilhelmina—. Tengo entendido que tiene usted tres hijas.
—Así es. La mayor sirve en una casa, la segunda, por desgracia, está lisiada, y la pequeña está todavía en la escuela.
La expresión de Wilhelmina se había dulcificado.
—Siento mucho la discapacidad de su hija. ¿Y está contenta la mayor sirviendo en esa casa?
—No especialmente. ¿Qué muchacha de dieciséis años lo estaría? Lo de trabajar muchas horas no le importa. —Karl hizo una pausa para reflexionar—. Pero creo que lo que le fastidia es la monotonía. Es una chica brillante, y lo de pelar patatas desde el amanecer hasta que se pone el sol le resulta una tarea latosa.
—¿Pelar patatas desde el amanecer hasta el anochecer en una casa? Santo cielo. ¿Cuántas patatas come esa familia?
Karl sonrió y las patas de gallo que rodeaban sus ojos se acentuaron.
—Creo que podríamos atribuir parte de esa descripción de su puesto de trabajo a la hipérbole juvenil. Sé a ciencia cierta —dijo guiñando el ojo— que llegará pronto un día en el que le dejarán pelar también zanahorias y cebollas.
Wilhelmina se echó a reír.
Karl se puso entonces serio.
—Si quiere que le sea sincero, nos alegramos de que se aburra. Necesita volar lejos, la chiquilla, pero está empeñada en seguir cerca de casa y por estos lares poco hay para una muchacha joven como ella. Su madre confía en que el aburrimiento la empuje a buscar más allá.
—¿Podría, pues, decirle a su…
—Ottilia.
—… Ottilia, que puede venir a verme cuando quiera? Pasado mañana tengo que volver a Storvik, pero regresaré la semana próxima.
—Así lo haré, señora Skogh. El hijo de mi hermana trabaja en el establecimiento que tiene usted en Storvik y creo que está muy contento. Gracias.
A Ottilia le había gustado el trabajo desde un buen principio. Las rutinas ya estaban fijadas, pero los platos variaban. Durante la primera semana que pasó en el hotel había aprendido mucho más sobre las distintas preparaciones del salmón que en los dos años que estuvo de sirvienta. Le fascinaban también los cuencos de ensalada y las jarritas con aceite de oliva, importado y embotellado por la señora Skogh, así como la atractiva forma de presentación de las distintas verduras en su punto de cocción perfecto. De hecho, nunca antes había visto tantas verduras, calientes o frías, servidas de una sola vez. Ottilia le había preguntado al jefe de cocina por qué.
—Instrucciones de la señora Skogh. Dice que en Europa se cena así. Le dije entonces que no estábamos en Europa, y me lanzó una de sus miradas. Y a continuación me explicó que las verduras eran una exquisitez barata, infravalorada e integral, y que lo que los visitantes extranjeros apreciaban también tenía que ser bueno para los de aquí. Repliqué diciéndole que no teníamos muchos visitantes extranjeros —y así era por aquel entonces—, y casi me pone de patitas en la calle. Después de aquello dejé de hacer preguntas. —Dirigió un gesto hacia una montaña de platos sucios—. Pero la señora Skogh tenía razón. En los platos no queda casi nunca nada.
Y la señora Skogh también había tenido razón en lo referente a atraer visitantes extranjeros, reflexionó ahora Ottilia. Llegaban en masa, gracias a los contactos que la señora Skogh tenía con Thomas Cook, la empresa especializada en viajes de vacaciones. Un día atendían a un grupo de franceses que venían a pescar y al siguiente a uno de dignatarios alemanes que habían viajado para ir de cacería con el rey. Ottilia prestaba atención a los sonidos desconocidos del francés, el alemán y el inglés, y se emocionaba cuando era capaz de captar la diferencia. Un día que la señora Skogh visitó Rättvik, Ottilia le preguntó si podría aprender a recibir a los clientes y desearles buen provecho en su propio idioma. La señora Skogh la había mirado de arriba abajo antes de decirle a Ottilia que empezarían con el alemán.
—No tengo mucho tiempo para esto, Ottilia, así que más le vale aprender rápido.
Y la muchacha lo había hecho. Torun, la hermana mediana, le había suplicado a Ottilia que compartiera con ella todo lo que estaba aprendiendo, pero Jon, el hermano mayor y único varón de la familia, se burlaba siempre diciéndoles que tantos esfuerzos no les valdrían nunca para nada. Hasta que un día llegó demasiado lejos.
Una tarde a última hora llegó al bar del hotel con sus amigos, saludó a Ottilia diciéndole una sandez y luego fingió sentirse herido al ver que ella no le respondía.
—Vamos, Ottilia. ¿Es que no aceptas ya ni una broma?
Ottilia esbozó una sonrisa muy profesional.
—¿Qué te sirvo, Jon?
—¿Una cerveza gratis?
Sus colegas se echaron a reír sin disimulo.
Ottilia entrecerró los ojos y le sostuvo la mirada.
—Sabes de sobra que no puedo hacer eso.
—Nuestra Ottilia, invariablemente honesta. Tenía entendido que la señora Skogh dice que el cliente siempre tiene razón.
—Y así lo digo, en efecto.
El placer de Ottilia al ver a Jon dar un brinco se vio empañado tan solo por el temor de que la señora Skogh pudiera reprenderla por rechazar un cliente. Ni siquiera ella se había percatado de que la propietaria acababa de entrar en el bar, pero supuso que servir copas gratis a la familia debía de estar peor considerado que rechazar a Jon.
La señora Skogh siguió hablando.
—Pero un cliente, Jon Ekman, es o bien alguien que ha sido invitado a este establecimiento por mí, o bien alguien que entra con la intención de pagar por nuestros productos y servicios. Y como al parecer usted no es ninguna de estas dos cosas, no solo se equivoca, sino que además ha hecho gala de una actitud vergonzosa por poner a la señorita Ekman en una posición tan imposible. Me sorprende, Jon Ekman. Pensaba que se parecía más a su buen padre, con quien hablaré en cuanto se me presente la oportunidad.
Colorado, Jon bajó la cabeza y Ottilia casi sintió lástima por él. Pero solo casi.
Wilhelmina continuó:
—Y cuando se haya disculpado con el miembro de mi personal que solo intenta desempeñar correctamente su trabajo, podrá pedir una cerveza en el bar y pagar por ella.
—Lo siento —murmuró Jon.
Wilhelmina hizo un gesto de asentimiento, dio media vuelta y se fue.
—¿Crees que se lo dirá a papá? —preguntó Jon a Ottilia después de sacar el dinero del bolsillo.
—Lo dudo. Porque te has disculpado, aunque yo que tú no volvería a intentarlo.
—¿Cómo se ha enterado la señora Skogh? No estaba, y de repente ha aparecido.
Ottilia guardó el dinero en la caja antes de regalarle una sonrisa cómplice.
—La señora Skogh tiene un oído excelente.
Nunca supo si la señora Skogh había hablado finalmente con su padre, pero lo que sí sabía con certeza era que la estima inquebrantable que sentía por la señora Skogh nació justo en aquel momento. Ottilia se juró a sí misma aprender todo lo posible de la mentora que había elegido. Intuyó además un cambio en su relación, como si aquel día hubiera demostrado a lo grande que se podía confiar en ella para defender las reglas y los estándares de la señora Skogh. La idea la perturbaba y la halagaba al mismo tiempo. ¿Acaso no había sido siempre una trabajadora honesta? Pero el caso es que a partir de entonces disfrutó con ganas del tiempo que la señora Skogh le dedicaba a explicarle no solo cómo quería que se hiciesen las cosas, sino también por qué. Y ese por qué se tradujo en que Ottilia empezó a obtener una imagen global de cómo funcionaba la gestión de un comedor y de un bar; desde doblar las servilletas blancas almidonadas hasta almacenar el vino a la distancia correcta de la cocina para mantener su temperatura óptima. Y aprendió que si bien los viajeros que pernoctaban en el hotel representaban una parte importante de los ingresos del establecimiento, el cliente local que acudía a cenar y beber podía marcar la diferencia entre beneficios y pérdidas, razón por la cual el cliente que tomaba una sola copa de cerveza tenía que recibir el mismo trato exquisito que el viajero que pedía una copa grande de coñac para rematar una cena de tres platos.
Habían pasado tres años desde la metedura de pata de Jon en el bar y para los Ekman aquello era agua pasada. Hacía dos años que Ottilia había sido ascendida a jefa de comedor, y a pesar de que todavía luchaba para ganarse el respeto de la totalidad de sus compañeros —algunos de los cuales se sentían molestos por su rápido ascenso profesional y detestaban su adhesión inquebrantable a las reglas de la señora Skogh—, seguía disfrutando de la total confianza de su jefa además de gozar de cierta popularidad entre los lugareños.
Y luego, el año pasado, Jon había enfermado de tuberculosis y había muerto. Apiñados alrededor del ataúd, conmocionados e incrédulos, el dolor de la familia solo había sido comparable al miedo de que alguno de ellos sucumbiera también al mismo mal. La señora Skogh había enviado una corona de flores al funeral con una cinta en la que podía leerse «De tus amigos del Turisthotell de Rättvik» y una gran cesta con platos preparados a la estación. El gesto había servido para calentar tanto cuerpos como almas. Ottilia y su padre habían vuelto a sus respectivos trabajos al día siguiente y durante aquellos primeros y horrorosos meses, tenerse el uno al otro a apenas cincuenta metros de distancia había sido un motivo de consuelo para ambos.
La vida había vuelto lentamente a una nueva normalidad. Y siguió así hasta que los padres de Ottilia habían anunciado la semana pasada que esperaban otro bebé. ¿Otro bebé? ¿Nueve años después de su última hija? Ni su padre ni su madre lo admitirían jamás, pero Ottilia sospechaba que intentaban sustituir al hijo que acababan de perder. En cuestión de seis meses, todo el mundo sabría si lo habían conseguido o no.
Ottilia se alisó el delantal blanco mientras seguía observando el comedor. Aquellas pausas podían convertirse en falsos amigos, solía decir la señora Skogh. Siempre podía quedarse una taza de café vacía mientras el camarero responsable de rellenarla se tomaba un descanso. Por el rabillo del ojo, Ottilia vio que llegaba una pareja. Espléndido. Ya solo quedaría una mesa vacía. Corrió a recibirlos.
Rättvik, Dalarna
Algernon Börtzell dejó sobre la mesa dos hojas de papel escritas a mano y tomó asiento en la cabecera.
—He recibido una carta de la señora Skogh.
—¿Y qué dice esa buena mujer? —preguntó Burman, entrecerrando los ojos—. No lo veo muy contento, Algernon.
—No estoy seguro de que vaya a seguir llamándola «buena mujer» cuando escuche su contenido.
—Santo cielo. —Von der Lancken miró con incredulidad tanto a Börtzell como a Burman—. ¿Ha rechazado la oferta?
—Aún no, pero es posible que lo haga —respondió Börtzell.
La expresión de Von der Lancken había sufrido una metamorfosis y era ahora de perplejidad total.
—¿Por qué demonios iba a hacer eso? Le hemos ofrecido veinticinco mil coronas anuales.
Börtzell leyó un fragmento de la carta.
—«No estoy convencida de que el hotel, en su estado actual, pueda llegar a ser una empresa solvente».
Von der Lancken soltó un silbido.
Burman habló apretando los dientes.
—Acabamos de gastar el equivalente al rescate de un rey para reformar el hotel. No hace ni siquiera dos años que volvimos a abrirlo.
—La señora Skogh es plenamente consciente de ello. —Börtzell se quitó las gafas para limpiarlas con un pañuelo—. Es una profesional consumada y ha visitado y examinado el hotel en diversas ocasiones desde que recibió mi carta.
—¿Lo sabe el teniente Ehrenborg? —preguntó Von der Lancken.
—Estoy seguro de que a estas alturas sí —respondió Burman—. Ya saben cómo funcionan las cosas aquí: todo el mundo está ya enterado de todo antes de que nosotros se lo comuniquemos. Debemos hacer un anuncio formal, y pronto.
—¿Diciendo qué? —cuestionó Von der Lancken—. ¿Que la señora Skogh ha sido invitada a ocupar el puesto de directora de este hotel y que está muy amablemente considerando nuestra oferta?
Börtzell volvió a colocarse las gafas sobre la nariz.
—No creo que esté considerando amablemente nuestra oferta. Creo que está esperando a que nosotros respondamos amablemente a su carta y a sus condiciones.
—¿Sus condiciones? —La indignación de Von der Lancken retumbó en la estancia.
Burman suspiró cansado.
—¿Cuáles son esas condiciones?
Börtzell cogió la carta por segunda vez y repasó con el dedo lo escrito en una de las páginas.
—El hotel debe instalar su propio generador de electricidad para reducir los costos a la mitad; la sala de los billares debería trasladarse a una zona que dé a la calle lateral, Stallgatan; la actual sala de billares y el bar adyacente deberían fusionarse para crear…, y aquí cito textualmente, «una gran cafetería de estilo sueco sin pretensiones».
—Todo hotel debe tener un bar —rugió Von der Lancken.
—Me temo que esto no es todo —dijo Börtzell—, la dama lo tiene todo controlado. La señora Skogh cree que se debería construir un nuevo bar entre Stallgatan y Södra Blasieholmshamnen. Una nueva entrada por la esquina, a nivel de calle, llevaría a los clientes directos a un guardarropa y de allí, a través de un tramo corto de escaleras, hasta esta nueva cafetería, desde donde saldría otro tramo corto de escaleras que continuaría hasta el nuevo bar. —Levantó la vista—. Presumiblemente, el bar quedaría justo encima de la entrada y el guardarropa que quiere en la esquina de la calle. —Volvió a mirar el papel—. Y habría que reparar y pintar nuestros autobuses tirados por caballos.
—¿Una nueva entrada? ¿Y explica por qué? —preguntó Burman.
—Para que los lugareños y cualquier persona que esté de visita en la ciudad pueda disfrutar de nuestro bar y nuestro comedor sin necesidad de pasar por el vestíbulo del hotel.
Burman apoyó los codos en la mesa y formó un arco con los dedos.
—¿Tan complicado es entrar por el vestíbulo del hotel? No puedo decir que haya sentido el más mínimo inconveniente al cruzar hoy mismo esas puertas. Esas puertas nuevas, debo agregar. El hotel es «Gran» tanto por nombre como por su carácter. Y acabamos de reformar toda la entrada.
Börtzell asintió.
—Soy consciente de ello. Pero la señora Skogh cree que los lugareños están menos dispuestos a frecuentar el hotel porque se ven obligados a entrar y salir por el mismo lugar que los clientes que pernoctan aquí. Recuerdo que August Strindberg comentó en una ocasión lo mucho que le gustaba que The Pit quedara como escondido y aparte del hotel propiamente dicho. Es posible que la señora Skogh tenga una línea de pensamiento similar. La gente del teatro y la cultura no ha vuelto por aquí desde que reabrimos.
Guardaron silencio mientras reflexionaban las propuestas de la señora Skogh. Von der Lancken fue el primero en romperlo.
—Debo reconocer que lo de tener nuestro propio generador de electricidad tiene sentido.
Burman dejó caer la estilográfica sobre la mesa y una mancha de tinta empezó a extenderse sobre su cuaderno de notas.
—Todo tiene sentido. Esa es la triste verdad.
—Pues creo que estoy de acuerdo —dijo Von der Lancken—. Pero ¿cómo justificar remodelar lo que sería la práctica totalidad del lado izquierdo de la entrada principal tan solo dos años después de haber remodelado la planta entera? Nuestras finanzas están todavía sufriendo por culpa de esos costes, y esa fue, de hecho, la razón por la cual nos pusimos en contacto con la señora Skogh.
—Deberíamos preguntarnos si creemos en la señora Skogh y su análisis —apuntó Börtzell—. Y si la respuesta es sí, no nos quedará otro remedio que llevar a cabo los ajustes necesarios.
—¿Necesarios para asegurarnos la incorporación de la señora Skogh o necesarios para salvaguardar el futuro financiero del hotel? —preguntó Von der Lancken.
—Sospecho —dijo Burman— que son básicamente lo mismo. Una parte de mí admira a la señora Skogh por tener la inteligencia y la perspicacia necesarias para exponer su caso. Muchas mujeres, e incluso muchos hombres, se habrían limitado simplemente a aprovechar la oportunidad.
—Podría ser, pero eso no quita que siga teniendo ganas de estrujarle el cuello a esa señora —refunfuñó Von der Lancken—. No hay nada peor que una mujer que sabe que tiene razón.
Burman esbozó una sonrisa irónica.
—Aparte de verse obligado a mostrarse de acuerdo con ella.
—Eso.
—Entonces pues, con el acuerdo de todos —dijo Börtzell—, escribiré de nuevo a la señora Skogh y le preguntaré si hay margen para alcanzar un compromiso. Esta señora no es tonta. De encontrarme yo en su posición, también habría exagerado mi caso para garantizar el cumplimiento de mis demandas más importantes.
—Aunque —dijo Von der Lancken levantando un dedo— creo que no ha mencionado nada sobre la remuneración, ¿verdad?
Börtzell negó con la cabeza.
—La carta está consagrada por completo a decirnos lo que considera que está mal en el hotel.
—Entonces, tal vez, es que habla tan en serio como parece y no hay margen para el compromiso —sugirió Burman.
—Poco sentido tiene discutir los términos y condiciones de su contrato de trabajo si realmente se ve incapaz de liderar el hotel en el estado en el que ese encuentra en la actualidad.
—De ser así —dijo Börtzell—, lo averiguaremos.
Si alguno de los miembros de la junta directiva hubiera levantado la cabeza de los asuntos que los tenían encerrados en el palacio Bolinder, el edificio que era ahora propiedad del Grand Hôtel y estaba conectado físicamente con él, su mirada se habría visto atraída hacia las ventanas de las torrecillas de la fachada y las farolas decorativas que brillaban como un collar de perlas a lo largo de Skeppsbron, la calle que recorría el lado este de Gamla Stan. Borrosos destellos blancos bailaban sobre el agua turbia. Por esta parte el agua apenas se helaba. Ni siquiera los duros inviernos escandinavos podían con las corrientes subterráneas, por lo que las barcas de las que dependían los ciudadanos de Estocolmo para abastecerse seguían deslizándose dentro y fuera del puerto, con sus linternas verdes y rojas incorporando agradables puntos de color a la oscuridad. Cada día, regueros de trabajadores se desplazaban de Norrmalm a Södermalm a través de Gamla Stan, pero los miembros de la junta directiva apenas si se daban cuenta.
Margareta Andersson, la gobernanta del Grand Hôtel, caminaba estoicamente al lado de su marido, procurando esquivar la nieve acumulada, de regreso a su choza en Södermalm. Muchos se decantaban por cruzar Gamla Stan siguiendo la calle Västerlånggatan, una ruta menos ventosa y más directa, pero muchos más, como Margareta, preferían proteger sus botas recorriendo la calle Skeppsbron, que estaba algo menos embarrada. Una cosa en la que, al menos, Knut y ella estaban de acuerdo. Era última hora de la tarde y los únicos sonidos que se oían eran los de los cascos y las botas crujiendo sobre la nieve compacta, las ruedas de los tranvías rechinando en las vías y las conversaciones cansadas y amortiguadas por las bufandas raídas. De día, no tenía nada que ver. Como muchos otros lugares de la ciudad, Skeppsbron se encontraba en un estado de cambio constante, en el que los edificios en ruinas eran estrepitosamente derruidos para ceder paso a construcciones más altas y grandiosas. Los martillazos y los golpes se prolongaban durante meses, y a veces incluso años. Estocolmo, aunque no sus habitantes, estaba ascendiendo en el mundo.
A Margareta le dolían los pies, que notaba fríos e hinchados en el interior de las botas. Knut, que le sacaba más de un palmo de altura, caminaba demasiado rápido para poder seguirlo con comodidad. Rara vez salían del trabajo a la misma hora, pero hoy era uno de esos días de mala suerte. Margareta conocía de sobra la postura de su marido: no había ninguna necesidad de gastar dinero en billetes de ómnibus o tranvía, o en un techo decente que les cubriera la cabeza, si ese dinero podía gastarse en una ronda de bebidas. Antes de casarse con Knut, Margareta vivía en el Grand Hôtel, pero él siempre había declinado la oferta de tener una cama allí. En Södermalm, Knut disfrutaba de un amplio círculo de amigotes que estaban impresionados con su elevado puesto de recepcionista en el establecimiento más elegante de la ciudad. Y a él le gustaba que siguiera siendo así.
La llevaba cogida del brazo, con firmeza y escaso cariño, e iba sonriendo y saludando a las mujeres con las que se cruzaban. Un acto reflejo, se decía Margareta. Una amplia sonrisa para los desconocidos formaba parte de sus habilidades.
—Supongo que te habrás enterado —dijo de pronto Knut.
Margareta probablemente se había enterado de lo que fuera a lo que se refería Knut, pero su amarga experiencia le había enseñado cómo debía actuar.
—Hoy no me he enterado de nada nuevo. De nada destacable, al menos.
Knut hizo un gesto de asentimiento.
—El teniente Ehrenborg va a ser despedido por la junta. —Aspiró aire por los dientes para expresar su desaprobación, una costumbre que a Margareta le hacía rechinar los dientes, valga la redundancia.
—¿En serio? —Pues no se había enterado—. ¿Quién te lo ha dicho?
Se dio unos golpecitos en el lateral de la nariz y, entonces, la necesidad de consolidar su superioridad pudo con él.
—Charley, el del bar.
Charley Löfvander. Un tipo decente, popular tanto entre el personal como entre la clientela, del que no sería muy propio difundir chismes sin sentido. Lo que Charley pudiera haberle contado a Knut sería verdad.
—Y eso no es lo peor —prosiguió Knut—. La junta directiva le ha ofrecido el puesto a Wilhelmina Skogh.
Margareta aspiró una bocanada de aire gélido. Ella, Margareta, era la mujer de más alto rango entre todas las empleadas del Grand Hôtel. Todo el mundo se dirigía a ella como «señora Andersson» y no Andersson a secas. En una ocasión, Knut le había dicho que lo hacían para diferenciar entre él y ella. A lo que Margareta le había replicado diciéndole que en el Grand Hôtel había más Andersson y que el hecho de que la llamaran «señora» tenía más que ver con el puesto que ocupaba que con el apellido. El corte y la hinchazón de la mejilla habían tardado cuatro días en desaparecer. Cuatro días de paga perdida. Knut le echó la culpa cuando se le acabó el dinero para cerveza, y a partir de aquel suceso aprendió a pegarla y golpearla allí donde no se veía.
Una preocupación más para Margareta. ¿Wilhelmina Skogh? En las últimas semanas se la había visto varias veces por el hotel, pero nadie le había dado más vueltas al tema. Su marido vivía en la ciudad. No es que Margareta culpara a Pehr Skogh por pasar tanto tiempo viviendo lejos de su esposa, porque aquella mujer era una pesadilla. Margareta había oído las historias que contaban los veteranos que aún recordaban a Skogh —o la señorita Wahlgren, como se llamaba entonces— de 1874, cuando estuvo trabajando en el Grand Hôtel. Una maniática de la perfección, decían, bien fuera para sacar el brillo a la cristalería o para preparar la mesa para un banquete. Y contaban que tenía las agallas de exigir —¡exigir!— lo mismo a todo el mundo. ¿Quién era ella en aquel entonces para andar exigiendo cosas a los demás? Era una trabajadora, igual que el resto, por mucho que tuviera ideas grandiosas. Y al parecer lo había dejado también patente en 1888, cuando celebró en el hotel su banquete de boda. ¿Cómo era posible pasar de ser una simple trabajadora a anfitriona de un banquete en el Grand Hôtel? Sin la menor duda, Wilhelmina Skogh tenía que ser una de esas directivas insoportables que halagaba a los hombres a las primeras de cambio y denigraba a las mujeres en cuanto surgía la oportunidad. ¿Por qué las mujeres harían eso con las mujeres? Margareta estaba convencida de que a las mujeres les iría todo mejor si permanecieran unidas. ¿Acaso los hombres no tenían ya suficiente poder?
—¿Y qué te dijo exactamente Charley? —preguntó.
Knut bufó con exasperación.
—Acabo de decírtelo, mujer. Me dijo que el teniente Ehrenborg ha recibido órdenes de marcharse y que lo sustituirá Wilhelmina Skogh. Ahora me fastidiará una mujer en casa y otra en el trabajo. —Escupió en la nieve.
Cruzaron en silencio el puente de Slussen en dirección a Södermalmstorg. Aliviada de estar por fin lejos de aquel viento cortante, Margareta se agarró a un clavo ardiendo.
—Pero estoy segura de que si tuviéramos una nueva directora nos lo habrían comunicado oficialmente, ¿no?
—Aún no hay nada firmado porque no está todavía aquí. Pero lo estará. Recuerda las palabras de Charley. —Knut le soltó el brazo—. Muy bien, pues. Voy a tomar una copa rápida.
Los hombros de Margareta se relajaron en cuanto Knut se adentró en la calle Götgatan. Bajó entonces el ritmo, enfiló Hornsgatan y balanceó los brazos para entrar un poco en calor. Se sentía más ligera ahora que sabía que tenía por delante una noche de soledad. «Una copa rápida» significaba que Knut estaría fuera como mínimo hasta la madrugada. De todos modos, como hacía siempre, le prepararía la cena por si por una casualidad volvía antes. Esta noche, Margareta tomaría la morcilla que él no había cenado la noche anterior porque no había vuelto a casa.
Casarse con Knut había sido un error calamitoso. Margareta había empezado a trabajar en el Grand Hôtel siendo una chiquilla y, como casi todo el mundo, por el nivel más bajo. En su caso, eso se traducía en fregar el suelo de la cocina y pelar cebollas. Nunca le había preocupado trabajar muchas horas ni el miedo constante a derramar un cubo de agua sucia. Pero lo que sí le preocupaba era que la encerraran cada noche a las diez en punto en una habitación con siete sirvientas más. La mayoría de las chicas acabaron marchándose para trabajar como dependientas o como operarias en fábricas, pero Margareta valoraba el hecho de no irse nunca a la cama con hambre y dormir en sábanas secas. Y después de formular las preguntas pertinentes llegó a la conclusión de que quienes ocupaban puestos de mayor relevancia en el Grand Hôtel habían ido escalando poco a poco por la escalera profesional. Y se propuso hacer lo mismo. Además ¿qué otra alternativa tenía? Con seis bocas más que alimentar, sus padres se alegraron tanto de verla partir como por las pocas coronas que enviaba a casa cada final de mes. Por otro lado, conseguía ahorrar algún dinero y se consideraba afortunada por ello. Las chicas que habían dejado el hotel en busca de su independencia vivían de salario en salario y en condiciones que a menudo eran realmente penosas. Pero la independencia de Margareta iba creciendo en el interior de una cajita que guardaba bajo el colchón.
Tres años después de entrar a trabajar en el Grand Hôtel, Margareta fue ascendida a camarera de planta. Además del aumento de sueldo, ahora compartía habitación solo con cinco chicas más y estaba convencida de que quedarse en el hotel había sido una decisión inteligente.
Luego se produjo un cambio. Las otras chicas empezaron a cortejar con chicos, a casarse y a formar familias. O eso hacían al menos las más afortunadas. Otras se quedaban embarazadas y se encontraban de pronto a bordo de un autobús con rumbo a ninguna parte o directamente en la calle. Y Margareta sintió también la llamada del matrimonio y la maternidad. Sentía una pizca de envidia cuando limpiaba la habitación de una feliz pareja e incluso más claramente cuando había un bebé en camino.
Y entonces fue cuando el botones Knut Andersson le llamó la atención. También había ascendido en la escalera profesional del Grand Hôtel y tenía el ojo puesto en llegar a recepcionista y tal vez incluso a jefe de recepción. La llamaba Maggie y la hacía reír, y al final la gobernanta le concedió permiso para salir con él.
«Puedes, pero sé sensata. No te subas al primer tranvía que te pase por delante —dijo mirándola con intención—. Y recuerda que mientras sigas viviendo bajo el techo del Grand Hôtel, debes seguir las reglas. A las diez en punto en casa, señorita. De hecho, mejor que sea a menos cuarto».
El optimismo disparatado que exhibía Knut cuando paseaban por el parque de Kungsträdgården o por el bulevar de Strandvägen hasta la isla Djurgården resultaba contagioso. Cuando salían, a Margareta le habría gustado coger uno de los transbordadores para ganar algo de su precioso tiempo libre, pero Knut siempre prefería andar. Muy al principio, delante de un cuenco de sopa de guisantes en Den Gyldene Freden, en Gamla Stan, Knut le mencionó la posibilidad de alquilar algo, o de que ella se fuera a vivir con él. Y había seguido sorprendiéndola cuando le comentó además que quería formar una familia. Y le preguntó si ella deseaba también eso. Sí, le había dicho Margareta, respondiéndole con sinceridad. Incluso le dijo que tenía algo de dinero ahorrado.
Se casaron en tres semanas. Después de una ceremonia sencilla en la iglesia de María Magdalena de Hornsgatan, Margareta esperaba con emoción conocer su nuevo hogar. Aunque le había pedido previamente ir a visitar su alojamiento, Knut le dijo que eso traía mala suerte pero que sabía que le gustaría vivir allí tanto como a él. Y que si alguna cosa no era de su agrado, podría hacer todos los cambios que le apeteciera. Al fin y al cabo ¿no era ella una experta en cuestiones domésticas? Luego había esbozado una de sus luminosas sonrisas y ella se había quedado conforme.
La euforia de recién casada se evaporó en cuanto Knut la cogió en brazos para cruzar el tosco umbral y entraron en una habitación oscura que olía fuertemente a cerveza y débilmente a orines. Debajo de una ventana que daba a la pared del edificio contiguo había una mesa y dos sillas y, junto al fuego, un único sillón con el asiento hundido. El fregadero que había en una esquina no tenía grifos. El espacio podía considerarse aseado por el simple hecho de que contenía poca cosa, nada excepto un par de tazas y platos descascarillados.
Esforzándose por no esbozar una mueca de repugnancia cuando tiró para desenganchar la bota de algo pegajoso que había en el suelo, se volvió hacia Knut.
—¿Y de dónde sacamos el agua?
—De la bomba. No queda lejos. Te apañarás bien. Y el retrete está en el patio. Somos afortunados, hay un retrete por casa.
—¿Y cuánta gente vive en esta casa?
—Cuatro familias.
Margareta se estremeció. Si los otros tres inquilinos eran familias enteras y no parejas, podía haber fácilmente veinte personas compartiendo aquella única instalación.
Knut la atrajo hacia él.
—Vamos a la cama.
Tal era aún su sorpresa que fue incapaz de oponer resistencia y Margareta se dejó arrastrar hacia la minúscula alcoba.
—Lamento que las mantas estén… —Knut se rascó la cabeza—. Siempre me digo que la suciedad compensa los agujeros para guardar mejor el calor. ¿Qué te parece… —sus labios finos formaron una amplia sonrisa— si nos buscas unas que sean nuevas y bonitas?
Margareta se quedó pensando. Con el dinero que tenía ahorrado no llegaría muy lejos. Necesitaban más lámparas y una alfombra, un mantel para la mesa y quizá una segunda butaca para poder compartir el fuego por las noches. Y lo que más falta les hacía era un bote grande de detergente y un buen cepillo para fregar. Si aquello tenía que convertirse en su casa —y Knut había descartado enseguida la posibilidad de encontrar algo mejor hasta que no llegara su primer hijo—, tendría que sacarle el mayor provecho posible. Por el bien de los dos. Retrocedió cuando una cucaracha se escabulló por debajo de la manta de arriba y desapareció por el otro lado de la cama. Apretando los puños, se armó de valor y se dispuso a gestionar la situación.
—Empecemos por lavar las mantas que tenemos.
—Anda, no. Nos merecemos mantas nuevas. Un regalo de bodas del Grand Hôtel para ti y para mí. Debes de saber dónde las guardan.
Se quedó mirándolo horrorizada.
—No puedo robar nada del hotel, Knut. Además, nos han regalado ya una bandeja preciosa.
—¿Una bandeja? ¿Y para qué sirve una bandeja en un lugar del tamaño de esta casa? Puedes darme todo lo que quieras sin necesidad de mover ni un pie.
Margareta se mordió la lengua para no replicar con la frase fácil de que ya había descubierto enseguida que no podía mover ni un pie. Al fin y al cabo, Knut llevaba años viviendo solo y, como bien había dicho, aquel lugar necesitaba la mano de una mujer.
—Compraré mantas nuevas en cuanto pueda —le prometió—. Pero no puedo robar.
—Por supuesto que puedes. A partir de ahora somos tú y yo contra el mundo, Maggie.
Margareta sacudió la cabeza al recordar aquel día. Knut había empeñado hacía años su alianza de boda. Por suerte, su marido desconocía la existencia del anillo que ella había heredado de su madre. Lo guardaba en un cajón de su despacho. Un lugar mucho más seguro.
Un tranvía eléctrico pasó traqueteando por su lado. Las chispas del cable de la toma de corriente proyectaron un poco de luz en la lóbrega calle. Electricidad. Qué distinto era todo con ella. Para los que podían permitírsela. Esta noche limpiaría y zurciría a la luz de la lámpara de parafina. Como gobernanta del ilustre Grand Hôtel, ella también debía mantener las apariencias.
A principios de febrero, con un periódico bajo el brazo, Karl Ekman fue corriendo de la estación al Turisthotell de Rättvik. El sol de primera hora de la mañana se reflejaba en sus botas heladas y en los surcos que los cascos de los caballos dejaban en la nieve, y tomó mentalmente nota de mandar al muchacho a que echara más sal. Antes, sin embargo, debía hablar con su hija. Karl subió los ocho escalones en tres zancadas, entró en el vestíbulo y le pidió a una chica que fuera a buscar a Ottilia.
—¿Sucede algo, papá?
—No estoy del todo seguro —respondió con sinceridad.
Ottilia lo hizo pasar al salón de lectura. Sabía que al menos en media hora no entraría nadie; los huéspedes del hotel y los grupos de esquí o bien se habían marchado ya, o bien estaban aún entretenidos con el desayuno.
Karl cerró la puerta, abrió el Dagens Nyheter por una página y se lo pasó a Ottilia.
El rostro de Ottilia se iluminó.
—¡La señora Skogh!
Su frente se arrugó y su respiración se volvió más superficial a medida que fue leyendo la entrevista en la que Wilhelmina Skogh explicaba al periodista las mejoras que había que implementar en el Grand Hôtel de Estocolmo. Dichas medidas, declaraba, se pondrían en marcha en cuanto ella asumiera la gestión del establecimiento. ¿El Grand Hôtel de Estocolmo? ¿Significaba esto que la señora Skogh sumaría un cuarto hotel a su lista o que vendería los tres que tenía? La respuesta estaba más abajo. Porque a pesar de que la señora Skogh no tenía ninguna intención de vender sus hoteles, en cuanto empezara a desempeñar su puesto en el Grand Hôtel, se centraría personalmente en ese establecimiento.
Ottilia se dejó caer en una silla.
—No lo entiendo. ¿Por qué quiere abandonarnos?
Karl descansó una mano en el hombro de su hija.
—Es una oportunidad estupenda. El Grand Hôtel es famoso en toda Europa.
—Pero no es su hotel. ¿Por qué dirigir el establecimiento de otros cuando puedes dirigir los tuyos?
—Porque es un desafío. Debes entenderlo. ¿No dijiste justo la semana pasada que querías pedirle a la señora Skogh que te enseñara más cosas sobre vinos porque aspirabas a seguir aprendiendo?
—Sí. —Ottilia contuvo un sollozo—. ¿Y quién gestionará este hotel? Si de una cosa podemos estar seguros es de que la persona que venga no estará tan capacitada como la señora Skogh porque, si así fuera, la habrían invitado a ella a dirigir el Grand Hôtel y no a la señora Skogh.
—Estoy seguro de que la señora Skogh sabrá elegir con inteligencia al nuevo director. Aunque también es posible que nada de esto acabe sucediendo. ¿No dice exactamente el artículo que a la señora Skogh le han «ofrecido» el puesto?
Ottilia entrecerró los ojos para volver a leer la columna.
—Tienes razón. Escribiré a la prima Anna de Storvik. A lo mejor allí saben algo más concreto sobre el tema. Pero, papá, si la señora Skogh no ha aceptado aún ese puesto, ¿por qué lo publican en el periódico?
Karl rio entre dientes.
—Porque si conozco un poco a nuestra señora Skogh, diría que está intentando presionar a alguien. No he estado nunca en el Grand Hôtel, pero aquí en la entrevista expone no solo lo que piensa que debería hacerse, sino que además explica el porqué. Creo que está intentando buscar apoyo para sus ideas. En una ocasión la señora Skogh me dijo que había hecho muy buenos amigos durante la Exposición Universal de Estocolmo. Y tuve la sensación de que cuando decía «buenos amigos», se refería a «amigos influyentes».
—Pero las cosas aquí ya no serán iguales… —dijo Ottilia mientras una lágrima empezaba a resbalarle por la mejilla.
—Vamos, Ottilia —dijo Karl animándola—. La señora Skogh solo se pasa por aquí un par de veces al mes. Sé que hablas con ella por teléfono con regularidad, aunque apenas ves a la señora.
—Pero siempre es emocionante saber que puede aparecer en cualquier momento. En cuanto se mude a Estocolmo, sé que ya no vendrá más. —Ottilia miró a su alrededor, el mobiliario de madera de roble y la leña preparada en la chimenea—. Fíjate, ya parece todo como más apagado.
Karl la miró enojado.
—Anima esa cara, mi niña. He traído el periódico porque sabía que no te gustaría la noticia y quería ahorrarte el mal trago de que te enterases de todo sin haber tenido antes la oportunidad de leerlo y digerirlo. No lo he traído para que sientas lástima de ti. Piensa que sigues teniendo un trabajo excelente en un establecimiento bien gestionado. Lo cual es una bendición. ¿No eres tú la que siempre dice que hay que ver el vaso medio lleno?
Ottilia bajó la cabeza. Dejó el periódico en la mesa.
—Tienes razón. Pero es que no entiendo tanto jaleo por lo del Grand Hôtel.
—Dicen que es más magnífico que el Palacio Real —dijo Karl utilizando un tono más amable—. A lo mejor llega un día en que puedas ver el Grand Hôtel personalmente, y entonces entenderás de verdad a qué viene tanto jaleo. Estocolmo está a un viaje en tren de distancia.
Ottilia levantó de pronto la cabeza.
—¿Sabes qué, papá? En eso llevas también toda la razón.
Aquella noche, en una de las tres camas de la habitación de debajo del tejado de la estación, Ottilia se tapó la cabeza con la manta y fingió que dormía antes de que su hermana mediana, Torun, le empezara a comentar en voz baja cualquier cosa que hubiera leído. Después de la muerte de Jon, sus padres le habían ofrecido a Ottilia la minúscula habitación que ocupaba su hermano, al lado de la cocina, pero Torun le había suplicado que se quedara en el cuarto de las chicas, aludiendo que echaría mucho de menos sus charlas nocturnas porque su hermana pequeña, Birna, se quedaba dormida a las ocho. Además, había dicho en tono burlón Torun, la niña no tenía nada interesante que decir. Ottilia pensaba más bien lo contrario. Con casi diez años, Birna estudiaba duro y albergaba el sueño de llegar a ser comadrona, o incluso médico. Lo cual, reflexionaba a menudo Ottilia, podía ser perfectamente la causa por la que Torun rechazaba de aquella manera a la pequeña. Ávida lectora, Torun había albergado en su día esperanzas de llegar a ser maestra, sobre todo teniendo en cuenta que cada vez sería más difícil conseguir trabajo manual, si bien la cojera de su pierna izquierda había acabado también con eso. Había presentado solicitudes para ayudar en diversas escuelas, aunque le habían dado respuestas vagas. A los pocos minutos de entrar cojeando por la puerta volvía a salir. Dar empleo a una mujer era una apuesta, pero dárselo a una mujer coja resultaba un imposible. Y la idea de que su hermana pequeña acabaría encontrando trabajo en un lugar respetable y digno era probablemente más de lo que Torun podía soportar.
Ottilia esperó hasta oír la respiración relajada de Torun para bajar un poco la manta y ponerse bocarriba en la cama. Unió entonces las manos detrás de la cabeza y sus ojos se fueron acostumbrando a la oscuridad mientras empezaba a pensar. Su padre había hablado con sinceridad cuando le dijo que Estocolmo estaba solo a un viaje en tren de distancia. Si la señora Skogh creía que trabajar en el Grand Hôtel era mejor que trabajar en Storvik, Bollnäs y Rättvik, ¿no podría aplicar ella la misma lógica? Y estaba segura, además, de que la señora Skogh podría encontrarle trabajo en un hotel que se jactaba de tener más de trescientas habitaciones. Un escalofrío de emoción le recorrió el cuerpo entero, desde el cuero cabelludo hasta la punta de los pies.
Ottilia cerró la boca con fuerza. ¿Y qué dirían sus padres? A finales de julio habría un bebé en la casa, lo que significaba una boca más que alimentar. Aunque la verdad era que su padre ya había sustentado cuatro hijos antes de que Jon empezara a trabajar y, si ella se marchaba, serían dos hijos menos más un recién nacido. Y Torun ayudaría a su madre con el pequeño. Torun. Ottilia miró hacia el otro lado de la habitación. Incluso dormida, su hermana parecía estar enfadada. Tal vez Torun podría ir a vivir con ella en Estocolmo. No al principio, sino cuando el bebé fuera un poco más mayor y Ottilia hubiera encontrado un lugar lo bastante grande para las dos. ¿Acaso no había dicho su padre que en la capital vivían en la actualidad casi trescientas mil personas? Algo habría en Estocolmo que incluso Torun pudiera hacer.
En el sótano del Grand Hôtel, Knut Andersson era el centro de atención en la mesa de los maleteros y los botones de la cantina. Las mesas y las sillas de madera de roble no estaban oficialmente divididas por departamentos, pero la tradición había ido pasando de hombres a chicos.
—No podemos permitirnos ser mangoneados por una mujer —dijo Knut, poniéndose un trapo en su cuello rígido para proteger el uniforme.
Edward, un joven de veinte años que llevaba ya dos como botones, lo escuchaba atentamente.
—Pero si la que manda es la señora Skogh, ¿qué podemos hacer?
—Podemos trabajar con lentitud, eso podemos hacer. Tomarnos nuestro tiempo cuando nos pida algo. Y así no tardará en comprender que le conviene tenernos contentos. El tiempo es dinero. —Knut se dio unos golpecitos en la parte lateral de la nariz—. Además somos los primeros y los últimos que se cruzan con los clientes. Recuerda lo que voy a decirte, muchacho. La primera impresión y la última impresión. Esos somos nosotros.
—¿Y el portero?
Knut soltó una carcajada burlona.
—Ese solo abre y cierra las puertas. Un trabajo que podría hacer hasta un mono entrenado.
Edward engulló un trozo de salchicha.
—Charley, el del bar, dice que la señora Skogh no está tan mal cuando te acostumbras a ella.
Knut movió la cabeza como si fuera la voz de la experiencia.
—Charley no ha trabajado nunca con ella.
—Su padre sí.
—Ya, pero ¿cuánto tiempo hace de eso? Y por aquel entonces no era la directora del hotel. Mi Margareta no está nada contenta —dijo Knut, en un tono que daba a entender que la opinión de Margareta servía para cerrar el tema. Cosa que sucedía a menudo en el hotel. Su esposa ocupaba un puesto respetable, lo cual a veces servía para algo.
Edward no era el único que escuchaba con atención todo lo que decía Knut. En la mesa de al lado, extraoficialmente la de las camareras de planta, Karolina Nilsson masticaba una albóndiga. La mayoría de las veces, Karolina tenía poco que decir, puesto que prefería observar y reservarse sus consejos, una forma de abordar la vida que le había funcionado en su casa, donde durante mucho tiempo nada había tenido sentido. Llevaba el mismo apellido que el resto de la familia, pero Karolina sabía que vivía en el seno de una familia de acogida temporal. La única de los seis hijos —y la segunda mayor de las cuatro niñas— que no encajaba en el piso de cuatro habitaciones de Kungsholmen. Siempre la habían tratado de manera distinta, y sus hermanos adoptivos la castigaban con pellizcos y puñetazos cuando el dinero era escaso y Karolina recibía un abrigo nuevo en invierno o un vestido en primavera. Ella no pedía esas cosas, y habría preferido haber heredado la ropa usada de su hermana mayor antes que sentirse diferenciada. En una ocasión intentó regalarle sus nuevos zapatos de verano a su hermana mediana. Pero su padre levantó la mano y no llegó a pegarle porque su esposa carraspeó a modo de advertencia. El hombre controló su temperamento, cogió las sandalias, las depositó de nuevo en las manos de Karolina y murmuró «mocosa desagradecida».
Entonces su hermana menor había dicho gritando:
—¿Por qué papá quiere a Karolina más que a nosotros?
Su madre había sentado a la niña en su regazo y le había acariciado el pelo.
—No queremos nada a Karolina —había dicho—. Pero a tu papá y a mí nos pagan un buen dinero por tenerla. Y tú llevarás su ropa cuando a ella le quede pequeña.
—Pero yo siempre recibo las cosas la última y Stina lo estropea todo.
Su madre se había reído y había llenado de besos la cabecita de su hija menor.
Karolina, de diez años de edad por aquel entonces, había dado media vuelta antes de que su madre viera que tenía los ojos llenos de lágrimas. Todos en casa de los Nilsson estaban de acuerdo en que Karolina no tenía derecho a llorar. Pero ahora entendía un poco el extraño comportamiento de sus padres. Les estaban pagando para que ella viviera en su casa y ellos, probablemente, cumplían de forma religiosa su parte del trato. Sabía que era mejor no preguntar quién pagaba. O por qué les resultaba tan odiosa.
Pensando siempre que la pondrían a servir en una casa en cuanto acabara la escuela, la noticia de que entraría a trabajar en el Grand Hôtel le había parecido un regalo divino.
—Haz la maleta —le había ordenado su padre—. No volverás.
Karolina se quedó boquiabierta. Incluso un hogar infeliz era mejor que no tener hogar.
—¿Nunca?
—Nunca. He recibido el último pago. —Señaló su bolsillo y suspiró—. Echaré en falta este dinero.
Y ahora, mientras miraba a Knut Andersson, Karolina pensó en el padre de su familia de acogida. A los dos les gustaba ser el centro de atención, pero la diferencia, concluyó Karolina, estribaba en que su padre era exactamente el mismo hombre que tenías enfrente: con defectos, aunque siempre sincero. Knut Andersson, en cambio, había perfeccionado una fachada falsa; ese quitarse la gorra con amabilidad que practicaba en público escondía un lado malicioso y taimado.
Una de las camareras tomó la palabra.
—Pues a mí me parece bien que venga la señora Skogh. ¿Por qué no podría tener una oportunidad una mujer?
Knut resopló.
—Calla, chica. Nadie quiere oír lo que tengas que decir, y si hablas, le contaré a mi mujer que no estás de acuerdo con ella y que acabas de decirlo alto y claro aquí mismo.
Abarcó con un gesto la cantina. Con sus únicas ventanas en lo alto de la pared que daba a Stallgatan, era un antro con escasa luz exterior, pero la comida que servían estaba bien preparada, era nutritiva y del gusto de todos.
Y si Knut esperaba una respuesta comedida por parte de la camarera, se llevó un buen chasco.
—Venga, señor. He oído decir que apoya el voto para la mujer.
Resonaron en la sala risitas ahogadas y la gente que estaba comiendo dejó de lado sus platos para seguir el intercambio. Karolina observaba la escena con silenciosa ansiedad, deseosa de que su colega dejase de provocar al recepcionista. Si no vigilaba lo que decía, estaría de patitas en la calle antes del anochecer.
Knut echó la silla hacia atrás y se levantó.
—¿Cómo te atreves? —Miró a la infractora con pura malicia, pero acto seguido relajó las facciones, como si se hubiese acordado de repente de que tenía que fingir que le había gustado el comentario jocoso. Pero su sonrisa quedaba limitada a sus labios—. Las mujeres —dijo en tono cordial— deben estar en la cocina… o haciendo camas.
—O en el despacho de la gobernanta —replicó la camarera de planta.
La sala explotó.
—Me parece que ahí te ha pillado, Andersson —dijo Charley desde la barra—. Con todas las de la ley, además.
A última hora de aquella misma tarde, Margareta Andersson informó al director general de una vacante en el departamento de limpiadoras.
Ottilia esperó a la señora Skogh durante varias semanas. Desde Storvik le habían confirmado que la propietaria partiría para Estocolmo el jueves antes de Pascua, que aquel año caía en el último fin de semana de marzo. Faltaban solo dos semanas, pero en Rättvik seguían sin tener noticias de la señora Skogh. Cada vez más frustrada, Ottilia decidió aprovechar la próxima vez que hablaran por teléfono para preguntarle directamente a su jefa si pasaría por Rättvik antes de partir hacia Estocolmo.
La voz, por teléfono, sonaba impaciente.
—Lo veo poco probable. En Storvik queda aún mucho por hacer y estoy pasando cada vez más tiempo en Estocolmo. Rättvik no me preocupa. Está en buenas manos. Confío plenamente en ti para mantener nuestros estándares de calidad en la cocina, el bar y el comedor. Habrá que nombrar un nuevo director, por supuesto, y estoy trabajando en ello. Pero no te preocupes en absoluto. Sigue trabajando como siempre y todo irá bien.
Si Ottilia hubiese tenido la intención de quedarse en Rättvik, la respuesta la habría dejado tremendamente satisfecha, pero de camino de vuelta a casa, bajo la aguanieve helada y la ventisca que soplaba desde el lago Siljan, se le llenaron los ojos de lágrimas. Se le había hecho muy tarde porque un par de caballeros habían hecho durar sus coñacs hasta medianoche. Se secó los ojos con el guante de lana e intentó pensar. Otras chicas del pueblo se habían limitado a hacer la maleta y marcharse a Estocolmo con la esperanza de encontrar un trabajo y un lugar donde dormir. Podía seguir su ejemplo. Pero la diferencia, y era una gran diferencia, era que Ottilia no quería un trabajo en una fábrica, una tienda o ni siquiera en cualquier hotel; Ottilia quería trabajar en el Grand Hôtel. Podía apelar a la misericordia de la señora Skogh cuando llegara allí, pero eso significaría haber abandonado previamente su puesto de trabajo y dejar en la estacada el Turisthotell de Rättvik. Lo cual no le ayudaría a granjearse la simpatía de la señora Skogh, sino más bien lo contrario; se pondría furiosa y Ottilia habría quemado su único puente antes de encontrar otra manera de cruzar.
Entró en la casa de la estación, donde solo el débil aroma a pan recién horneado procedente de la planta de arriba le dio la bienvenida. Se quitó las botas para no hacer ruido y no dejar un rastro de nieve en el suelo de madera, subió y empezó a desvestirse. Dejó con cuidado el uniforme negro de camarera sobre el respaldo de la silla que tenía a los pies de la cama, se pasó el camisón por la cabeza, se arrodilló y juntó las manos.
Dios era bueno, pero sus respuestas no siempre eran tan claras o tan rápidas como a ella le gustaría. Ojalá tuviera a alguien a quien preguntarle o, al menos, con quien discutir el tema. Había descubierto que, en muchos casos, le bastaba con exponer en voz alta su dilema para aclarar las ideas y tomar una decisión antes incluso de que quien la escuchaba pudiera expresar su opinión. Pero ¿cómo podía plantearle a su madre la posibilidad de mudarse a Estocolmo cuando hacía apenas un año que habían perdido a Jon? No, la vida sería mucho más sencilla si podía garantizarle a su familia que tenía un trabajo esperándola a su llegada a la gran ciudad.
Ottilia se deslizó bajo las frías sábanas de algodón y le dio la vuelta a su dilema. Si fuese Torun la que tuviese el problema, ¿qué le recomendaría hacer? Le diría que debía hablar obligatoriamente con la señora Skogh antes de marcharse de Rättvik. «Pero la señora Skogh no está aquí —le diría Torun—. Y aun en el caso de que decidiera desplazarme a ver a la señora Skogh aprovechando mi día libre, me resultaría imposible ir y volver de Estocolmo en el mismo día. Son ocho horas de viaje por trayecto». Y entonces Ottilia, sonriendo en la oscuridad, pensó que le diría a Torun: «Ve a ver a la señora Skogh en Storvik».
Miró hacia el techo y se imaginó el cielo que cubría el tejado.
—Gracias.
Realizar un viaje de un día a Storvik era algo más fácil de decir que de hacer.
—De hecho, es imposible —dijo su padre, cuando Ottilia fue a verlo a su despacho—. A menos que estés dispuesta a salir de Storvik justo una hora después de llegar. —Dejó la estilográfica en la mesa—. Aunque sigo sin entender muy bien por qué quieres viajar a Storvik.
Ottilia le sostuvo la mirada, invitándolo a no formularle más preguntas.
—Porque la señora Skogh no tiene tiempo para desplazarse hasta aquí. Ya te lo he dicho; tengo que llevarle unos documentos.
Su padre arqueó una ceja.
—Documentos que no pueden enviarse a través de correo postal ordinario.
Ottilia levantó la barbilla.
—Eso es. Esos documentos no. Y necesito viajar pronto. Por Pascua no podré desplazarme. Estamos completos. En cambio, esta semana es tranquila y pueden apañárselas perfectamente bien sin mí durante un día si me escaqueo.
Su padre la miró con perplejidad.
—¿Si te escaqueas?
Ottilia se ruborizó.
Su padre le indicó con un gesto que tomara asiento en la silla de respaldo alto que había delante del escritorio. Y a continuación se cruzó de brazos y esperó.
Ottilia se cruzó también de brazos. Por el rabillo del ojo vio pasar un tren maderero por delante de la estación. Vagón tras vagón. ¿Adónde irían tantos troncos? ¿Y por qué no se lo habría preguntado nunca antes?
Su padre cogió de nuevo la estilográfica y devolvió su atención a la carta que estaba escribiendo cuando ella llegó.
Ottilia reconoció su derrota. Su padre la dejaría allí sentada sin decir nada todo el tiempo que fuese necesario, y si alguno de los trabajadores se presentaba en el despacho para hablar con el jefe de estación, se sentiría muy violenta. Levantarse y marcharse tampoco era una opción. Su padre jamás había puesto la mano encima a ninguna de sus hijas, pero se hacía respetar.
—Papá —dijo.
El padre de Ottilia levantó la cabeza.
—Dime, cariño.
—Quiero pedirle a la señora Skogh un puesto en el Grand Hôtel.
Su padre frunció el entrecejo.
—¿Por qué demonios quieres dejar un puesto de trabajo tan excelente como el que tienes aquí? Ten por seguro que allí no trabajarías como jefa de comedor.
Ottilia se estremeció.
—Otras chicas…
—No han sido nombradas jefas de comedor a la tierna edad de dieciocho años. ¿Tienes idea de lo excepcional que es esto?
—La tengo, sí —respondió despacio—. Pero quiero aprender cosas nuevas, papá. Y podría hacerlo bajo la supervisión de la señora Skogh.
—Eso también puedes hacerlo aquí —rugió Karl—. Le pediré que te mande a hacer camas unas semanas. Y a limpiar habitaciones. Quizá así valores más lo que tienes.
Ottilia engulló su frustración.
—Lo valoro. Y valoro también todo lo que mamá y tú habéis hecho por mí. Pero no puedo pasarme el resto de la vida trabajando en el Turisthotell de Rättvik.
—Podías hasta que te enteraste de que la señora Skogh se trasladará a Estocolmo.
—Muchas chicas se van a vivir a Estocolmo.
—Pero tú tienes un buen trabajo. Mientras que la mayoría de las que se van, no. Si estuvieras todavía sirviendo, te diría que no tendrías nada que perder. Sin embargo ahora sí que tienes mucho que perder.
—Cierto. Pero llevo una semana pensando en lo de marcharme a vivir a Estocolmo y…
—¿Una semana?
Ottilia se encogió al captar el sarcasmo en la voz de su padre, pero se mantuvo firme.
—… y lo que empezó como una simple idea se ha convertido en un sueño. ¿Acaso no tengo permiso para soñar? Mamá siempre dijo que podíamos soñar.
El padre de Ottilia levantó la mano.
—Pues estate preparada para que la señora Skogh no tenga ni tiempo para recibirte y, si lo hace, para que te dé un buen tirón de orejas. Piensa que si te mudas a Estocolmo, estarás provocándole un dolor de cabeza más, no haciéndole un favor. Aquí te necesitan.
Ottilia se quedó reflexionando. Recorrió con la mirada el viejo escritorio de madera de roble atestado de libros de contabilidad, un calendario, libretas y horarios. La gorra del jefe de estación. La vida laboral de su padre contenida en una pequeña superficie plana. ¿Le pasaría lo mismo a ella de aquí a veinte años? ¿Seguiría supervisando el comedor, controlando los cuencos de las ensaladas, enseñándoles a otras chicas cómo llenarlos y lamentando no haber aprovechado aquella oportunidad siendo joven?
Levantó la cabeza.
—Necesito intentarlo, papá. Tú te fuiste de Storvik para venir aquí. Y por aquel entonces era una distancia muy grande.
—Aquello fue distinto.
—¿Por qué?
—Porque quería seguir los pasos de mi padre y ser jefe de estación. En Storvik solo hay una estación y éramos seis hermanos. Fue una suerte que me ofrecieran Rättvik.
—¿Y si te hubieran ofrecido la estación central de Estocolmo? —preguntó Ottilia abriendo mucho los ojos—. ¿Habrías dejado correr la estación perfecta de Rättvik y aceptado el reto?
El padre de Ottilia la miró furioso.
—Muy lista.
Ottilia volvió a cruzarse de brazos. Esta vez sería ella la que haría esperar a su padre. Su padre suspiró.
—He sido maldecido con hijas inteligentes. Muy bien. No es necesario que diga que preferiría que mi hija mayor se quedara en Rättvik, pero le pediré igualmente a tu tío que te ofrezca una cama por una noche. Tendrás que cambiar de tren en Falun, y solo te dará tiempo a comprarte una bebida caliente e ir al baño.
Ottilia rodeó la mesa y le estampó a su padre un beso en la mejilla.
—Eres el mejor.
—Lo intento. Ni una palabra a tu madre de todo esto, si no te importa, hasta que sepamos cómo queda la cosa. No quiero que sufra innecesariamente. Sobre todo teniendo en cuenta su condición actual.
—Pero se preguntará dónde estoy.
—Y se lo diré.
El padre de Ottilia sonrió a su hija.
—Has tenido que ir a Storvik para entregarle una documentación a la señora Skogh.