1. Pequeña Flor

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Pequeña Flor

Estaba sentada en un taburete bajo en la cocina de nuestra granja, temblando. El aire congelado me pinchaba las mejillas y me helaba manos y pies hasta que dolían. Para calentarme, me froté brazos y piernas. Aunque nunca nevaba en el sur de China, aquel invierno, el sexto año del reinado del emperador Guang­xu, hacía un frío terrible. Normalmente yo habría estado acurrucada bajo nuestras mantas acolchadas, pero mi aa noeng me había despertado con las primeras luces.

—Hoy vamos a vivir una aventura —me anunció, dirigiéndose hacia mí con una palangana de agua hirviendo.

Por primera vez desde hacía muchos meses, su rostro delgado y pálido se iluminó con una gran sonrisa. Pero no era una sonrisa normal y chispeante, como las que solía dedicarme antes de que muriera mi aa de. Esta sonrisa era forzada, y sus ojos seguían secos.

—Te voy a llevar a Cantón —continuó ella—. El granjero Tang nos llevará en su carro. —Y echó agua fría en la palangana.

Yo chillé y palmoteé, encantada. Nunca había estado en Cantón, pero había oído hablar mucho de ella a los cuentacuentos itinerantes. Los vendedores recorrían las calles vendiendo ciruelas azucaradas, bollos dulces y castañas asadas. Me rugían las tripas al pensar en todo aquello, recordándome que no había comido desde que me tomé el cuenco del aguado arroz congee el día anterior. Los cuentacuentos también hablaban de acróbatas ambulantes, hombres que se tragaban serpientes vivas, y espectáculos de marionetas.

—¿Y vendrá también el Hermano Pequeño? —pregunté.

—Es demasiado joven —dijo ella—. Lo he mandado con nuestros vecinos a pasar el día. Será un viaje solo de madre e hija.

—¿Y por qué nos vamos?

—Las niñas pequeñas no hacen tantas preguntas —me reprendió ella—. Las chicas buenas se quedan calladitas, siguen las reglas y obedecen a los mayores. —Su tono era amable, pero su rostro estaba estragado por el sufrimiento, de modo que me asusté y me callé.

Ella se arrodilló frente a mí, cogiendo en sus palmas mis diminutos pies de loto, mis lirios dorados.

—¿Recuerdas por qué empecé a vendarte los pies cuando solo tenías cuatro años? —me preguntó.

—Porque…, porque… —negué con la cabeza.

Con un suspiro hondo, me explicó:

—A otras niñas de seis años de nuestra aldea no empezarán a vendarles los pies hasta ahora. Algunas familias de granjeros incluso esperan a que su hija tenga siete u ocho años, si están muy desesperados por contar con una trabajadora extra en la casa. Pero eso supone un gran riesgo. ¿Sabes por qué?

Negué una vez más con la cabeza.

—Los huesos pueden estar ya demasiado duros para darles forma. Yo te amo tanto que empecé a vendarte los pies hace dos años, como si fueras una pequeña dama, para asegurarme de que tuvieras unos lirios dorados perfectos y pudieras ser como la Consorte Yao Niang. ¿Recuerdas su historia?

—¡Sí! —Ansiosa por impresionarla, recité alegremente el cuento que tan a menudo me había contado a la hora de dormir—. Había una vez, antes de que los manchúes nos invadieran y cuando China estaba dividida en pequeños reinos, como una colcha de retazos, un emperador llamado Li Yu. Le encantaba ver cosas nuevas. Un día pidió a sus muchas, muchas esposas, que le sorprendieran con un baile nuevo. Todas lo intentaron, pero ninguna era lo bastante buena, excepto Yao Niang. ¡Se vendó los pies en forma de media luna y bailó de puntillas!

—¿Y qué más? —me interrogó ella.

Yo fruncí el ceño.

Ella me apuntó:

—El emperador quedó tan impresionado que la ascendió a Real Consorte Imperial…

—¡Ah, sí! —A toda prisa concluí su frase—. Para que ninguna otra mujer pudiera mandar a Yao Niang, excepto la emperatriz. Todas las damas de la corte la copiaron y pronto las niñas ricas de todo el país empezaron a hacer lo mismo. Ahora, todas las niñas respetables llevan los pies vendados. Y las madres más amorosas se aseguran de que sus hijas tengan unos lirios dorados perfectos de diez centímetros de largo.

Esperé que el resto de mi precipitada respuesta obtuviera sus alabanzas, dado que solo había vacilado en dos caracteres, pero los labios de Aa Noeng temblaron. Yo fui a abrazarla, pero ella negó con la cabeza, enderezó la espalda y se alisó la desvaída túnica-blusa ou.

—Hasta los niños más pobres tienen la esperanza de pasar los exámenes imperiales y convertirse en mandarines, si son listos y estudiosos —dijo—, pero la única oportunidad de una vida mejor para una niña es a través de sus lirios dorados. Este es mi valioso regalo para ti. Ocurra lo que ocurra, quiero que siempre recuerdes lo mucho que te amo. Tú eres mi perla preciosa. ¿Lo entiendes?

—¡Yo también te quiero mucho! —Me puse los brazos a la espalda hasta que mis palmas se tocaron. Pero ella no me devolvió la sonrisa.

—¿Por qué es tan importante tener unos lirios dorados perfectos de diez centímetros? —me preguntó.

—Para hacer un buen matrimonio —dije yo—. A las casamenteras y las suegras les gustan los pies diminutos. Los lirios dorados prueban la bondad de una chica.

—Sí —accedió ella—, solo las chicas con un enorme aguante y disciplina pueden conseguir unos lirios dorados perfectos. Eso es lo que quieren las suegras de buenas familias para sus hijos —me apretó las manos y me preguntó—: ¿Quieres casarte con alguien de buena familia cuando seas mayor?

—Sí.

—¿Y cómo puedes conseguir unos lirios dorados de diez centímetros? —me preguntó.

—Debo permanecer muy quieta cuando me limpias los pies y me cambias las vendas.

—¿Y qué más?

—No debo quejarme cuando me aprietas las vendas.

—Es verdad… —replicó ella, despacio—. Pero… —tras una larga pausa, dijo—: ahora ya eres una chica mayor. Es hora de que aprendas a cuidar tú sola de tus lirios dorados.

—¡Pero todavía soy pequeña! —protesté yo, alarmada por su tono grave.

—Observa con mucho cuidado —me indicó. Desenvolvió los vendajes y metió mis pies en la palangana de agua tibia. Me hizo un masaje y fue quitando la piel muerta de la suela y entre los dedos de los pies. A continuación, me recortó las uñas, me envolvió el pie en una toalla y lo roció con alumbre.

—Utiliza una cantidad generosa de alumbre —me dijo—. Así eliminarás el sudor y el picor.

Tomó un trozo de tela de algodón limpia, de color azul oscuro, y la envolvió en torno a mi pie. La presión iba aumentando con cada capa, hasta que al final el pie me latía y me dolían los ojos, llenos de lágrimas sin derramar. Tuve que usar toda mi voluntad para no gemir. Ella siguió apretando los vendajes, mucho más que de costumbre. Intenté apartar el pie. Ella lo sujetó más fuerte.

—Estate quieta —me ordenó.

—Aa Noeng —exclamé—, me duele demasiado…

—Calla —me dijo—. Un día, estos lirios dorados te conseguirán un buen matrimonio. Llevarás vestidos de seda y vivirás en una casa con suelos de baldosas. Y lo mejor de todo es que nunca más volverás a pasar hambre. Nunca.

Mis gemidos fueron menguando mientras ella seguía hablando de la deliciosa comida que llenaría mi vientre, cuando me convirtiese en novia de una familia rica. Finalmente me introdujo el pie en el mejor par de zapatos de algodón índigo que tenía. Luego empujó la palangana hacia mí.

—Y ahora tienes que hacer lo mismo con tu pie derecho —me dijo.

El viaje desde nuestro pueblo a Cantón llevaba un día entero a pie. Como ni Aa Noeng ni yo podíamos caminar esa distancia con nuestros pies vendados, el granjero Tang nos llevó en su carro. Las ruedas iban removiendo el granizo y el barro y convirtiéndolos en una sucia mezcla. Ráfagas de duro viento nos azotaban el rostro, y aunque Aa Noeng me llevaba muy apretada contra su costado, yo temblaba. Al mediodía nos detuvimos y el granjero compartió su comida con nosotras. El bollito de cerdo me picaba en los labios resecos por el viento, pero deleitó mi estómago. Hasta que no me acabé mi parte, no noté que Aa Noeng apenas había tocado la suya, aunque no habíamos comido carne desde que murió mi padre. El granjero la instó a que comiera, con la mirada llena de compasión. Para mostrarse educada, ella comió unos pequeños bocados de bollo, pero estaba demacrada por el dolor, con el mismo aspecto que tenía los días después de la muerte de Aa De. Eso y su extraña conducta de aquella mañana hicieron que el bollito de cerdo me pesara como una piedra en el estómago.

El cielo gris de la tarde se había oscurecido ya cuando llegamos a Cantón. Yo había podido dormir a ratos durante el viaje.

Castañeteando los dientes con el frío, que iba en aumento, no podía prestar atención a las extrañas imágenes que me rodeaban.

Mi madre seguía callada desde nuestra comida del mediodía, pero entonces se animó un poco y me habló con urgencia.

—Eres una buena chica. Tengo que hacer esto porque no hay otra manera.

El granjero carraspeó un poco.

—¿Tienes que decírselo ahora?

—Sí —dijo Aa Noeng, decidida—. Hay que decírselo. —Y dirigiéndose a mí—: A partir de ahora, vivirás en una bonita casa de ladrillo con los Fong. Son una familia muy buena y muy rica.

Yo hice un gran esfuerzo por entender lo que me estaba diciendo.

—¿Y cuándo volveré a casa? ¿Mañana?

—Te he vendido a la familia Fong como muizai —dijo ella entonces, arrugando la cara—. El ama de llaves ha prometido que no serás una esclava corriente. La señora Fong te quiere como doncella personal de su hija, como Pequeño Brote, que cuida a la esposa del dirigente de nuestro pueblo y a sus hijas. No tendrás que hacer trabajos pesados.

Yo levanté la mano y le bajé la cara hasta que se encontró con mis ojos, pero ella cerró los suyos y los apretó con mucha fuerza.

—Pequeño Brote es huérfana —dije yo—. Pero tú me visitarás, ¿verdad?

Ella abrió los ojos y negó lentamente con la cabeza.

—¿Y cuándo volveré a casa? —pregunté yo otra vez. Se me quebró la voz y me puse a sollozar.

—Nunca más volverás a casa. Una muizai no es como una sirvienta contratada…; aunque sus padres vivan, no puede ausentarse. Tú tampoco podrás ausentarte. —Lanzó un hondo suspiro y luego otro, como si algo estuviese atrapado en el interior de su pecho y ella intentase liberarlo—. He tenido que hacerlo. Nos desahuciarán pronto. Necesitamos dinero para pagar el aprendizaje de carpintería del Hermano Pequeño. Es la única forma de que tenga una oportunidad de llevar una vida decente.

Yo no podía imaginar no volver a ver nunca mi hogar, no volver a ver nunca a mi madre ni a mi Hermano Pequeño. «Nunca» era algo tan enorme que estaba fuera de mi imaginación.

—Pero no puedo vivir siempre con desconocidos —dije—. Yo tengo que estar contigo.

Ella habló como si intentara convencerse a sí misma tanto como a mí.

—Sin el dinero moriremos todos de hambre. Entonces ¿quién llevará el nombre Yung? Tengo que hacer lo correcto por el espíritu de tu padre y de nuestros antepasados. Comprendes lo que le ha ocurrido a nuestra familia, ¿verdad?

Yo negué con la cabeza. ¿Qué tenía que ver la muerte de Aa De con esa familia Fong? No entendía nada. Pero recordé lo que había sucedido cinco meses antes. Aa De había vuelto a casa después de atender los estanques de los peces y se fue a la cama, quejándose de calambres en el vientre. No le apetecía comer nada y las pocas gachas que conseguía tomar las vomitaba de inmediato. Pasó de ser un hombre con la fortaleza y resistencia de un búfalo de agua a un inválido demacrado. El daai fu del pueblo le recetó hierbas, que mi madre hirvió hasta conseguir un té que le daba a cucharadas, pero ni eso lograba retener. Ardía de fiebre y temblaba sacudido por los escalofríos. Siguió así catorce días hasta que murió. Aa Noeng gastó todos nuestros ahorros en ofrecerle un funeral decente.

Después nuestras vidas se deshicieron como una galleta desmigajada. Mi madre no podía cultivar sola la granja. Nos atrasamos con el alquiler, los estanques quedaron abandonados y nadie cosechó las hojas de morera, de modo que nuestros gusanos de seda murieron de hambre. Nosotros también pasamos penurias, a pesar de los esfuerzos de Aa Noeng por estirar nuestro suministro de arroz aguando cada vez más nuestro congee.

—Esta es una gran oportunidad para ti —me dijo—. Serás esclava, pero tendrás comida y un techo sobre tu cabeza. Vivirás mejor que nosotros —le temblaron los labios como si no se acabara de creer aquello del todo—. Sé buena, agradecida y paciente —añadió—. Obedece las órdenes y recuerda siempre cuál es tu sitio. Una muizai es la sombra de su ama. Estás ahí para cumplir sus deseos. No lo olvides nunca. Jamás debes discutir ni desobedecer. La vida es más fácil para los que pueden tragarse la amargura y aceptar su destino.

—Pero yo soy una niña muy buena —protesté—. No me alejes de ti.

Ella me atrajo hacia su pecho y me estrechó muy fuerte.

—¿Podemos irnos a casa ya? —le pregunté, llena de esperanza. Ella no respondió y siguió apretándome mucho hasta que llegamos a una casa grande, la más grande que había visto yo en toda mi vida. Una enorme placa negra con dos caracteres dorados colgaba encima de la entrada principal: un juego de puertas rojas, más altas que dos personas adultas, cada una de ellas custodiada por una cabeza de dragón. Sus ojos pintados de rojo me miraron furiosos al pasar nuestro carro. Daba la impresión de que atacarían a cualquier visitante que se atreviera a llamar con las gruesas anillas de bronce que sujetaban entre sus colmillos.

Me pareció que transcurría una eternidad antes de que nuestro carro rodeara la mansión y el campesino Tang detuviera el caballo frente a un par de puertas de tamaño normal, como las de casa, donde yo solía levantar la mano para tocar el dintel cuando iba sentada en los hombros de Aa De. El padre Tang ayudó a Aa Noeng a bajar del carro y me colocó a su lado. Me aferré a la manga de Aa Noeng mientras ella llamaba a la puerta. Una señora con un bonito abrigo acolchado saludó a Aa Noeng y nos hizo entrar a toda prisa en un patio amueblado con una mesa de piedra.

—Soy Cereza, el ama de llaves y doncella personal de la señora Fong —dijo la mujer, que tenía una verruga carnosa en la barbilla, dirigiéndose a mi madre—. Moja un poco el pulgar en la tinta y presiona aquí. —Y señaló un papel rojo.

—¡Espera! —dijo Aa Noeng—. ¿Qué dice?

—Son solo los términos habituales de la servidumbre.

—Por favor, explícamelo.

Cereza suspiró hondamente y le dijo:

—Dice que aceptas vender a tu niña a la señora Fénix Fong, la Primera Taai Taai de los Fong. Tu hija será la doncella de la señorita Linjing, a menos que la señora Fong le ordene servir a otra persona. La señora Fong también tiene derecho a vender a tu hija a otra familia.

—¿Y no dice si puedo volver a comprar la libertad de mi hija?

—No sé por qué lo preguntas —se quejó Cereza—. Llevo trabajando aquí más de diez años y ningún padre ha vuelto jamás a buscar a una hija suya. Esto no es una casa de empeños.

—Por favor… —le suplicó ella—. Solo quiero saberlo.

—Se establece que puedes recuperar su libertad si devuelves el precio de venta con un veinte por ciento de interés por cada año que los Fong han tenido que alimentarla y vestirla. Y ahora, ¿me haces el favor de poner tu huella?

Levanté la vista hacia Aa Noeng con expectación, esperando que hubiera cambiado de opinión. Por el contrario, su rostro se desmoronó. Algunas lágrimas colgaron de sus pestañas y rápidamente se las secó con la manga. Apreté su antebrazo con la mano.

El tono de Cereza se ablandó.

—La señora Fong es amable y justa. Tu hija estará bien.

—Pero ¿se le permitirá casarse algún día? —preguntó mi madre, con voz insistente, pero dubitativa.

—Si una muizai tiene la suerte de recibir una oferta de matrimonio, puede ser liberada de la servidumbre. Me atrevo a decir que la señora Fong le encontrará un buen esposo cuando tenga alrededor de dieciocho años, si es trabajadora y obediente. Eso sí, muchas muizai eligen quedarse en lugar de casarse con un apestoso recogedor de excrementos nocturnos o un inválido. Pero, con los pies vendados, tu hija podría aspirar a un buen granjero.

—¿Está garantizado el matrimonio? —insistió Aa Noeng.

—No hay certezas en esta vida. Pero la señora Fong es honorable y bondadosa. Ahora, firma.

La mano temblorosa de mi madre quedó suspendida encima del contrato largo tiempo, y por fin mojó el pulgar en la tinta y lo presionó contra el papel. Las lágrimas rodaban por sus mejillas. Dos manchas cayeron sobre el papel, emborronando los gruesos caracteres negros. Pero una vez que el acuerdo estuvo sellado, se secó el rostro con la manga y se arrodilló frente a mí con expresión decidida.

—Recuerda mis palabras —dijo—. Ten paciencia y obedece. Las cosas podrían ser mucho peores.

Dado que no la volvería a ver nunca más, no sabía cómo podían empeorar las cosas. Le eché los brazos al cuello y me puse a llorar.

—¡No me dejes aquí para hacer de esclava!

Mi madre se soltó de mis brazos y me sujetó por los hombros. Intenté acercarme, desesperada por agarrarme a ella, pero su firme presa me mantuvo en mi sitio.

—Escúchame —dijo en tono persuasivo—. Si quieres volver a verme, debes ser especialmente obediente. Lo más importante de todo es que cuides tus lirios dorados para poder casarte algún día. ¿Me prometes que lo harás? —Intentó sonreír, pero le salió una mueca torcida.

—Por favor, Aa Noeng. Tengo miedo.

—Si se echan a perder tus pies, no volverás a verme. ¿Lo entiendes?

—Necesito otro abrazo —lloré, tambaleándome hacia adelante con los brazos extendidos—. Solo uno más…

Pero Aa Noeng me dio la espalda y se alejó más deprisa de lo que jamás la había visto moverse.

Ya en la puerta me dirigió una última mirada, enderezó la espalda y desapareció por el sendero. Intenté correr tras ella, pero la feroz garra de Cereza me retuvo.

—Deja irse a tu madre —dijo—. Ahora perteneces a la familia Fong. Sé buena y quizá la vuelvas a ver algún día.

Yo le mordí el brazo. Conmocionada, ella profirió un chillido y me soltó. Yo intenté salir corriendo, pero me tambaleé con mis lirios dorados y me caí cuan larga era, antes de llegar a la cancela. El dolor de mi caída fue mucho menor que el escozor de su bofetada.

—¡Borra esa mueca insolente de tu cara! —me ordenó—. Ahora eres una muizai.

2

Linjing

Aa Noeng me dijo que Pequeña Flor era su regalo especial para mí. Esperaba que creciéramos juntas como ella y Cereza, que había sido su muizai desde que las dos tenían seis años. Tener una criada con los pies vendados puso muy celosa a Tía Resplandor y a Prima Elegancia; incluso la Segunda Aa Noeng, de temperamento amable, me miraba con envidia. Pero a mí no me gustaba nada cómo adoraba mi madre a Pequeña Flor, comparándome con ella —¡con una esclava!—.

—Linjing —exclamaba Aa Noeng—, mira las puntadas de punto de raso de Pequeña Flor. La mezcla de carmín y magenta es magnífica. Me daría por satisfecha si tu trabajo fuera la mitad de bueno.

Aunque mi madre me hablaba a mí, su rostro estaba vuelto hacia mi muizai, sus cabezas casi tocándose mientras admiraba las puntadas suaves y uniformes que florecían bajo la aguja de Pequeña Flor, llenando el motivo de pétalos con una franja de un verde fangoso, con algunas zonas más oscuras que otras. No entendía qué quería decir Aa Noeng cuando hablaba de rojos o rosas, para mí todo era una mezcla de amarillo, azul, verde apagado o gris, pero me daba demasiado miedo decírselo. Clavé mi aguja en la seda y tiré del hilo por el otro lado. La puntada arrugó la tela al llevarse con ella a sus vecinas. Desde el otro lado de la mesa redonda, desnudé los dientes y golpeé mi bastidor contra la madera pulida, esperando que Aa Noeng se fijara en mí. Pequeña Flor levantó la vista primero y nuestras miradas se cruzaron; la suya volvió rápidamente a su aguja, y yo tensé las manos como garras.

—Linjing, deja de portarte como una salvaje —me regañó Aa Noeng—. ¿Qué ejemplo le estás dando a tu muizai?

—¡Ella es la salvaje! —protesté.

Un ceño fruncido arrugó la imponente y alta frente de mi madre. Me acerqué rápidamente y tiré del borde de la manga de mi muizai con el pulgar y el índice, con cuidado de no tocar las manchas costrosas al levantarla para enseñársela a Aa Noeng, quien me lanzó una mirada fría. Parecía que no lo entendía, así que se lo expliqué:

—Pequeña Flor se limpia la nariz con las mangas.

Con las mejillas sonrojadas, Pequeña Flor retiró su manga de mi agarre. Escondió ambas manos bajo la mesa, inclinando tanto la cabeza que casi tocaba su labor de bordado. En lugar de regañarla, mi madre dijo:

—Linjing, eso es muy desconsiderado. Apenas ha pasado una luna desde que Pequeña Flor dejó a su familia. Debes ser paciente mientras corrige sus modales pueblerinos.

—Pero también bosteza sin taparse la boca —añadí—. Una vez incluso recogió mi caa siu bao del suelo y se lo metió en la boca, como un perro. Sus familiares debían de vivir como cerdos.

Gruesas lágrimas rodaron por las mejillas de Pequeña Flor, cayendo sobre el motivo de pétalos y manchándolo. Le colgaban mocos de la nariz, y alzó la mano a medio camino hacia su cara, pero se detuvo en el aire y acabó escondiéndola nuevamente bajo la mesa, haciéndome sentir un poco culpable. Fui a sacar mi pañuelo, pero Aa Noeng llegó primero y le dio unas palmaditas en la espalda a Pequeña Flor, mientras le secaba la cara con un cuadrado de seda limpia. Los ojos húmedos de Pequeña Flor se abrieron mucho y fue mirando alternativamente la sonrisa de mi madre y mi ceño fruncido. Yo quería darle una bofetada por acaparar la atención de Aa Noeng, pero no me atrevía a enfurecer aún más a mi madre.

—Un ama cruel engendra deslealtad —me advirtió Aa Noeng—. Pequeña Flor es obediente y paciente, unas cualidades que deberías imitar si quieres sobresalir en el bordado. Es una lástima que una chica como ella haya nacido en una familia campesina. Si tú no trabajas mucho para mejorar tu bordado y tus modales, la gente llegará a pensar que la muizai eres tú.

—¿La quieres a ella como hija en mi lugar? —le pregunté, con los ojos rebosantes de lágrimas.

—Bobadas —respondió mi madre agitando la mano con desdén, como si mi pregunta fuese apenas el zumbido de un mosquito.

—¿La quieres? —repetí, dando una patada en el suelo y con la garganta irritada. Yo quería que Aa Noeng me abrazara, me sentara en su regazo, me dijera que me quería. La Segunda Aa Noeng lo hacía con mis medio hermanas cuando se enfadaban. Incluso les acariciaba el pelo y las acunaba hasta que se encontraban mejor.

—Linjing —dijo con voz helada—, nunca serás tan habilidosa como tu muizai a menos que trabajes tan duro como ella. Vuelve a tu asiento y recoge tu bastidor.

—¡No! —chillé, lanzándome hacia delante bruscamente mientras mis manos se cerraban en puños.

—Vete —dijo ella. Sus labios se redujeron a una fina línea, sus ojos entrecerrados eran duros como el hielo en su rostro ovalado, pálido y frío.

A menudo me preguntaba si mi verdadera madre estaría enterrada bajo esa piel gélida y si al profundizar podría encontrar quizá un alma cálida, como la de mi Segunda Aa Noeng.

—Es la última vez que te lo advierto —me dijo—: compórtate como una dama.

Tan pronto como pude escapar de mi madre corrí al estudio de Aa De. Él levantó la vista de sus documentos con el ceño fruncido, pero, al verme, sonrió y me hizo señas para que me acercara. Me subí a su regazo.

—¿Cómo está mi pequeño diablillo? —bromeó, pellizcándome la nariz.

—Aa Noeng me regañó solo porque dije que mi esclava tiene modales de pueblerina. Es culpa suya que yo tenga problemas. Quiero otra sirvienta, una con los pies enormes y que se le dé fatal bordar.

—Si no estás contenta con tu sirvienta, dile a tu madre que te busque otra.

—No me va a escuchar. Por favor, Aa De, ¿puedes hacer que mande lejos a Pequeña Flor?

—No es asunto mío meterme en el reino de las mujeres.

Crucé los brazos e hice un puchero. Él me dio un par de toquecitos en las costillas hasta que no pude resistir las cosquillas, luego me preguntó:

—¿Cuándo es tu ceremonia de vendado de pies?

—El mes que viene.

—Eso es pronto —dijo él—. ¿Te gustaría conservar tus pies naturales?

Para asegurarme de que Aa De no estaba bromeando, me bajé de su regazo y me volví para examinar su expresión. Por su mirada expectante supe que quería que mi respuesta fuera positiva. Su sonrisa era tan amplia que podía ver su muela de oro. Le brillaban los ojos con entusiasmo. Sin embargo, jugueteaba con su anillo de jade, girándolo de un lado a otro. Quería complacerlo, pero no podía mentir.

—Solo las esclavas tienen los pies grandes. No quiero ser como ellas. Quiero ser como mis madres.

—¿Te gusta jugar a la rayuela?

Asentí.

—También te encanta trepar a los árboles y eres rápida corriendo, ¿verdad?

—¡Sí!

—Pues no podrás hacer ninguna de esas cosas después de que te venden los pies. ¿Quieres renunciar a ellas?

—No —respondí de inmediato—. Pero también quiero lirios dorados. —Junté las manos y las retorcí. Hasta aquel momento había pensado en la ceremonia de vendaje de pies como una gran fiesta en la que me lloverían regalos y atenciones por parte de mis tías y primos. Mi madre me había prometido que sería uno de los mejores días de mi vida, solo después del día de mi boda y del nacimiento de mi primer hijo. Yo esperaba impaciente que llegase el día, porque no se me había ocurrido que después ya no podría jugar a mis juegos favoritos. Ahora ya no estaba tan segura. Desde luego, tener los pies grandes era algo impensable, porque todas las damas tenían lirios dorados. La gente pensaría que yo era la esclava y Pequeña Flor la dama. No podía tolerar eso.

Miré a Aa De buscando su consuelo.

—Los tiempos han cambiado —explicó él—. Algunas familias nobles están empezando a dejar que sus hijas mantengan los pies naturales.

—Pero Aa Noeng y Maa Maa dicen que los pies grandes son vulgares.

—Tu madre y tu abuela son muy conservadoras. Déjame que te enseñe una cosa.

Abrió una caja de cuero y sacó una fotografía. La imagen mostraba a una joven dama, unos años mayor que yo, sentada en un columpio con unos pies muy grandes que sobresalían del dobladillo de sus pantalones, muy bordados. En lugar de mostrarse avergonzada, sonreía. Miré a Aa De interrogante.

—Esta joven es la hija de un comerciante muy rico. Su familia es cristiana y no vendan los pies de sus hijas. Algún día todas las chicas tendrán sus pies naturales. ¿Quieres ser una chica moderna, como ella?

—Yo no quiero parecer una esclava.

—Vamos a hablar de esto con tu madre —dijo, dándome unas palmaditas en la cabeza—. Le he pedido que se reúna conmigo en la sala de recibir de Maa Maa. Tengo que anunciarles algo importante.

Yo temía que ocurriese algo malo: una visita a los apartamentos de Maa Maa siempre significaba problemas para Aa Noeng y para mí. Desde la muerte de mi abuelo, hacía cuatro años, Maa Maa se había trasladado a un ala remota donde pasaba las tardes rezando por su alma. Aunque había entregado el llavero con las llaves y la mayor parte de las obligaciones domésticas a mi madre, Maa Maa todavía estaba a cargo del reino de las mujeres.

Entramos en la sala de recibir de Maa Maa y vimos que mi madre ya había llegado. Con la cabeza inclinada y las manos juntas en el regazo, estaba sentada en un taburete bajo, aunque había sillas alineadas a cada lado de la sala.

Mi padre saludó a Maa Maa con una profunda reverencia. Ella señaló la silla que tenía al lado. No se fijó en mí, y yo corrí a situarme de pie junto a mi madre. El olor apabullante a madera de sándalo que procedía de la espiral gigante de incienso hizo que deseara taparme la nariz, pero Maa Maa me miró de tal manera que no me atreví a hacerlo.

En cuanto la muizai de mi abuela hubo acabado de servir el té a los adultos, mi padre se aclaró la garganta y habló.

—Honorable madre, lo que estoy a punto de proponerte puede parecer radical. Pero, por favor, te ruego que mantengas la mente abierta.

Maa Maa arqueó las cejas, mirándolo con dureza. A pesar del frío, el rostro de él estaba sonrojado mientras se tiraba del cuello.

—Sigue —le dijo.

—La ceremonia de vendado de pies de Linjing no debe celebrarse.

Maa Maa y Aa Noeng lo observaron asombradas.

—Esa práctica la condenan todas las naciones occidentales por ser cruel y bárbara —siguió diciendo—. Hace que China parezca primitiva. Te imploro que permitas que Linjing mantenga sus pies naturales.

Mi abuela dio un golpe con la taza de té en la mesa, tan fuerte que la taza se agrietó. Se lo quedó mirando. Yo no sabía que sus ojos, siempre alargados en forma de rendija, pudieran mostrarse tan redondos. Mi madre y yo intercambiamos una mirada agobiada. La muizai que había entrado sigilosamente a recoger el estropicio se quedó mirando a Aa De anonadada por su sugerencia.

—¿Quieres deshonrar a nuestros antepasados? —preguntó Maa Maa.

—Honorable madre, por favor, escucha…

—Ningún hijo haría una petición semejante.

—Esto no tiene nada que ver con el deber filial.

—Querido marido —dijo Aa Noeng—, Linjing debe tener los pies vendados, o si no será imposible casarla. Ya hemos esperado demasiado.

—Fénix tiene razón —dijo Maa Maa—. Los lirios dorados son la marca distintiva de toda joven bien educada. Ninguna suegra distinguida admitiría a una chica con los pies grandes ¿Quieres que sea una solterona y que avergüence a nuestra familia?

—Los tiempos están cambiando —replicó él—. La mayoría de las familias abandonarán el vendado de pies en las próximas décadas. Además, ya he concertado un compromiso para Linjing.

Yo me quedé con la boca abierta.

—¿Qué problema tiene el novio en perspectiva? —preguntó Aa Noeng.

—¿Es un tullido?, ¿está mal de la cabeza? —preguntó Maa Maa.

—¿Es malo? —pregunté yo, en voz baja.

Aa De me sonrió, tranquilizador.

—Es un apuesto caballero, solo un poco mayor que tú. Y también me han dicho que es atlético. Tendrás mucho en común con él. —A Maa Maa y a mi madre les dijo—: Valiente Li es el primer hijo del señor Li, el virrey de Tianjin.

—¿Y por qué una familia tan importante iba a querer una novia con los pies grandes? —preguntó Maa Maa—. ¿Y por qué Linjing?

—Honorable madre, por favor. Te ruego que me dejes acabar antes de decidirte. —Ella asintió de mala gana—. El señor Li es uno de los estadistas más influyentes de China, y uno de los embajadores y negociadores de más confianza del emperador Guangxu. Una alianza matrimonial con el señor Li es fundamental para mi carrera. Me ha prometido el puesto de ayudante del gobernador de Shanxi, en cuanto formalice el compromiso de Linjing. El señor Li cree que la supervivencia de la dinastía Qing depende de la modernización. China debe no solo mejorar su ejército y su marina con artillería y modernos barcos de vapor, sino que el pueblo chino debe adoptar también las nuevas ideas. Los pies naturales es una de ellas. Ve un futuro en el cual las esposas de los mandarines tendrán que socializar con las damas occidentales, y es imposible que nuestras damas sean tratadas como iguales si todavía tienen los pies inválidos. Y por eso ha jurado que tendrá una nuera con los pies naturales. Pero el señor Li ha tenido problemas para encontrar una novia de una familia adecuada. A pesar de que algunos hombres influyentes han jurado prohibir a sus hijos casarse con jóvenes que tengan lirios dorados, no pueden convencer a sus madres y esposas de que adopten los pies naturales. Es una rara oportunidad para mí.

—Que el señor Li siga buscando —dijo mi madre—. Nuestra hija no formará parte de ese compromiso absurdo. El movimiento antivendado de pies está condenado al fracaso. Por ejemplo, mira la nueva muizai de Linjing. Hasta una campesina pobre y analfabeta entiende la importancia de los pies vendados. Tal familia debió de hacer sacrificios significativos para vendar los pies de su hija cuando tenía cuatro años. ¿Qué clase de madre sería yo si no vendara los pies de Linjing?

—Fénix, esas creencias están anticuadas —replicó él—. Son cadenas que evitan el progreso de China.

—Los occidentales no tienen en mente el interés de China —replicó mi madre—. Saben que el opio hace daño, y sin embargo lo entregan a nuestro populacho, convirtiendo en adictos a los maridos y destruyendo familias.

—Su moral es irrelevante —dijo mi padre—. Occidente es próspero y poderoso. Debemos honrarlos, aprender de ellos; al menos hasta que seamos sus iguales en proezas económicas y militares.

—¡Deja de pelearte con Aa Noeng! —grité yo—. No quiero tener los pies grandes.

—Fénix —le riñó Maa Maa—, controla a Linjing. Una joven debe permanecer callada, a menos que se dirijan a ella.

Aa Noeng me pellizcó el brazo y me advirtió que me mantuviera en silencio.

—Hay suficiente plata en nuestros cofres y nuestros inquilinos son fiables —dijo—. No necesitamos tu salario.

—Llevo fuera del trabajo casi cuatro años. Mi antiguo ayudante ha sido ascendido dos veces, y ahora me supera en rango. Es humillante.

—Pero llevas tres años de luto por tu suegro, y tenías prohibido trabajar. Seguramente nadie tendrá mala opinión de ti por seguir la ley.

—Fénix, ignoras totalmente el reino de los hombres, de modo que no te pongas en ridículo con esas observaciones estúpidas. Nuestro país está viviendo en un gran revuelo, bajo asedio constante de los rebeldes y ataques extranjeros. Hong Kong, Shanghái y Amoy han sido anexionados a potencias occidentales. A muchos de mis colegas les cuesta grandes esfuerzos mantener sus puestos, y no digamos encontrar otros nuevos. Sería un idiota si rechazase esta oportunidad.

Maa Maa fue a coger su rosario de plegarias y murmuró un sutra.

—Apoyo a mi hijo —pronunció—. Su carrera es fundamental. Si debemos sacrificar a una hija, puede ser Linjing perfectamente —mirando a Aa Noeng, dijo—: Y en cualquier caso, Fénix, has esperado demasiado para vendarle los pies. Los pies grandes engendran salvajismo, insolencia y vulgaridad en una joven.

—Pero Maa Maa —le recordé—, no es culpa de Aa Noeng. El geomántico nos dijo que esperásemos.

—¡Calla, Linjing! —saltó mi madre—. Nunca debes contradecir a Maa Maa.

—Pero es verdad. El geomántico dijo…

Aa Noeng cortó mis palabras con una fuerte bofetada. Levanté la vista hacia Aa De, pues supuse que le diría a Maa Maa que yo estaba en lo cierto, porque todos sabíamos que el geomántico había pronosticado una muerte temprana para mí si me vendaban los pies antes de cumplir los siete años. Pero él apartó la cara de nosotras y se dedicó a estudiar las colgaduras de la pared.

Maa Maa nos miró con desprecio como si fuésemos un montón de basura y siguió hablando:

—El pecado de una hija es responsabilidad de la madre, igual que el pecado de la madre es la carga de la hija. Linjing es rebelde y desobediente. Sus bordados son muy malos. Las puntadas torcidas revelan que es una niña descuidada e impaciente, con una actitud poco recatada. Es demasiado fogosa. Y la culpa es tuya. Si no puedes educarla, te quitaré el llavero y se lo daré a tu hermana-esposa.

Aa Noeng cayó de rodillas y se arrastró hacia Maa Maa, apretando la frente contra los lirios dorados de mi abuela.

—Reverenciada madre, te ruego que lo reconsideres. Por favor, ten piedad de ella. Será mucho más dócil cuando le vendemos los pies.

Maa Maa dio una patada en la frente de Aa Noeng con tanta fuerza que su peineta de fénix dorado casi salió volando. Yo le siseé, pero los ojos de Aa Noeng me suplicaron que me comportara. Una vez más miré a Aa De, anhelando que dijera algo para ayudar a Aa Noeng, pero sus ojos se mostraban duros e impacientes.

—Fénix, no hagas una escena —dijo—. Es un compromiso brillante. A Linjing no le faltará de nada, y será una de las jóvenes que ayuden a formar la nación moderna de China. ¡Es un futuro emocionante!

Aunque yo todavía deseaba que hubiese defendido a Aa Noeng, ¿cómo iba a enfadarme con él por querer que yo tuviera la mejor de las vidas? Pero ¿podría ser realmente una dama sin lirios dorados?

—¿Y si le pasa algo a Valiente Li? —preguntó mi madre—. Pasan muchos años entre el compromiso y el matrimonio. Si Valiente Li muere, nadie más querrá a una joven con los pies grandes.

—Eso es muy improbable —insistió él.

—La vida está llena de enfermedades y desgracias. Sería imposible encontrar otro matrimonio adecuado para Linjing.

—Por el bien de la carrera de mi hijo —declaró Maa Maa—, es un riesgo que estoy dispuesta a correr. Mi decisión en este aspecto es definitiva.

A pesar del tono optimista de Aa De y sus estimulantes promesas, yo me mordí el labio inferior al notar que las dudas invadían mi mente. Los pies grandes eran feos y vulgares. Aa De me había dicho que era su hija favorita, pero Maa Maa decía que habría que «sacrificarme». Si él me amaba, ¿por qué no sacrificaba a una de mis medio hermanas en mi lugar?

3

Pequeña Flor

Tenía el vientre vacío y la fatiga hacía que mis miembros pesaran como troncos. Cada mañana empezaba mi jornada al salir el sol, cuando iba a buscar agua hirviendo para que la señorita Linjing se lavara. La cocina estaba tan lejos del dormitorio que me latían los lirios dorados y me temblaban los brazos por el peso de la tetera de cobre cuando llegaba a su puerta.

Me gruñía el estómago, ansiando la siguiente ración de congee aguado y mustio gaai laan, para el cual faltaban todavía varias horas. Miré un banco de piedra cercano deseando poder descansar allí mis doloridos pies, pero Cereza había dicho que, si no me ganaba rápidamente el favor de la señorita Linjing, me venderían a una casa de placer y no volvería a ver a mi aa noeng. Al pensar en mi madre la tristeza me invadió el pecho y se quedó allí. Quitándome de los ojos las negras lágrimas, puse un pie tembloroso delante de otro mientras iba trepando y subiendo la pagoda, que estaba en una colina hecha por la mano del hombre. Quizá la señorita Linjing me cogiera cariño si le seguía la corriente en sus juegos. El chaparrón de aquella mañana había dejado los escalones húmedos y resbaladizos. Por delante de mí, la señorita Linjing saltaba como una rana. Desde arriba arrojaba libélulas de bambú por encima de la cornisa de la pagoda, dejando que cayeran en espiral hasta el suelo. Cuando bajó a recogerlas me dijo:

—No puedes subir los escalones.

—Sí que puedo —dije yo, decidida a demostrar que no tenía razón.

—¡Este juego requiere jugadores fuertes, y tú eres débil!

—Se le da muy bien este juego, señorita. ¿Puede enseñarme a tirar las libélulas?

El placer relampagueó en sus grandes ojos, y una sonrisa curvó las comisuras de sus labios, pero seguía con los brazos cruzados.

—Por favor, señorita. De verdad que quiero jugar con usted.

—Vale —dijo ella—. Puedes jugar conmigo si consigues llegar hasta arriba.

Cogiendo aliento con fuerza, yo seguí adelante, colocando los pies con mucha precaución para evitar los fragmentos de musgo resbaladizo y los pequeños charcos de agua que se habían ido formando en los huecos de las losas de piedra. Hacia la mitad de la subida me temblaban los muslos por el esfuerzo y respiraba pesadamente. No había barandilla en la que apoyarse. Al cabo de unos minutos interminables, todavía quedaban una docena de pasos entre mi posición y la señorita Linjing, que por aquel entonces ya había hecho dos viajes a la pagoda y había vuelto, sonriéndome cada vez que pasaba a toda velocidad. Yo hice un esfuerzo con mis temblorosos músculos. En mi prisa por alcanzarla, casi me resbalo y me caigo hacia atrás, pero moviendo los brazos en forma de remolino, conseguí caer hacia delante, aterrizando en las manos. No me atreví a ponerme en pie de nuevo por temor a caerme y romperme el cuello, así que subí a gatas el resto del camino.

—Lo he conseguido —jadeé, irguiéndome poco a poco—. ¿Y ahora podemos jugar?

—Te ha costado demasiado. Me aburro.

—¡Pero he llegado hasta aquí!

—Si me vuelves a contestar, le diré a Aa Noeng que te venda a algún sitio horrible donde las chicas cogen enfermedades que les pudren la nariz.

Yo me dejé caer de rodillas y me disculpé, golpeándome la frente contra la piedra fría.

—Lo siento, señorita. Por favor, no haga eso.

—No estás lo bastante arrepentida.

Yo me cogí a sus rodillas y levanté la vista, y le rogué que me perdonara. Con una sonrisa, ella arrojó todas las libélulas de bambú a un charco, me dio un empujón a un lado y bajó las escaleras dando saltos. Yo cogí una y la tiré al sendero del jardín. Si todavía hubiese tenido los pies grandes, mi aa de habría estado vivo todavía; si yo fuera todavía una hija y no una esclava, yo habría perseguido a la señorita Linjing y le habría dado una patada en el culo. Pero los «si» no eran la realidad, y a mí me habían abandonado. Además, las palabras de Aa Noeng resonaban en mis oídos: cumple las órdenes, obedece, cuida tus lirios dorados. Si hacía todo eso, volvería a verla pronto.

El agotamiento y la morriña me nublaban la mente cuando me retiré a mi dormitorio aquella noche, dispuesta a hundirme en mi catre de paja. Pero antes tenía que lavar y vendar bien mis lirios dorados con vendajes limpios, tal como me había dicho mi madre, o si no, no volvería a verla jamás. Compartía aquella diminuta habitación con dos chicas muy hostiles que eran pinches de cocina y con Lluvia de Primavera, la muizai que servía a la hermana-esposa más joven de la señora Fong: debía recordar llamarla Segunda Taai Taai Fong, en lugar de Segunda Señora Fong, o si no Cereza me tiraría otra vez de la oreja. Ansiosa por concluir mi tarea antes de que volvieran las otras chicas, abrí a toda prisa el cajón donde almacenaba mis vendas índigo de repuesto —lo único que me quedaba de mi aa noeng—. Me eché atrás: estaban desenrolladas, manchadas de grasa, y olían a algo apestoso, a una mezcla de orina y verduras podridas. Derrotada, me arrojé sobre el catre, enterré la cara en la almohada y sollocé, y el cuerpo me temblaba, llamando a mi madre. Lloré hasta que la paja que estaba dentro de la almohada se apelotonó formando una masa empapada. Al notar el contacto de una mano en el hombro di un respingo, esperando un bofetón de Cereza. Pero era Lluvia de Primavera.

—Ea, ea —me consoló—. Te ayudaré a lavártelos.

Temiendo que fuera una trampa, me encogí. Aunque Lluvia de Primavera no se unía a las pinches de cocina cuando me insultaban llamándome Hierbajo o Nube Negra o Gusano Perezoso, nunca me había dicho una palabra amable.

—Las pinches son muy malas —dijo Lluvia de Primavera.

—¿Por qué me odian? —pregunté.

—Porque están… —Hizo una pausa y se corrigió—. Estamos celosas de tus lirios dorados. Las pinches están tan verdes de envidia como una ciruela en conserva. Pero las doncellas de las señoras tenemos un rango superior al personal de cocina, y yo soy la de más edad de nuestro dormitorio. Si les riño se portarán bien.

—Pero tú… ¿no me odias también?

Ella suspiró y medio sonrió, revelando unos hoyuelos del tamaño de judías negras, y se sentó en el borde de mi cama.

—¿Me odias? —repetí.

—Por supuesto, estoy celosa. ¿Quién no lo estaría? Todas las chicas esclavas matarían por tener unos lirios dorados. Pero tus ojos tristes me recuerdan mucho a mi hermana pequeña. La echo de menos. —Levantó la mano y me apartó el pelo de los ojos. Esta vez no respingué.

—¿Y dónde está?

—Probablemente vendida a otra familia para pagar las deudas de opio de mi padre. —Aunque dijo esto encogiéndose de hombros, su voz adquirió un tono duro, de modo que sonó mucho mayor de los diez años que tenía.

—Mi aa noeng dice que volveré a verla cuando me case. Quizá si te casas podrás ver a tu hermana también. —Intenté mantener la voz firme, pero vacilaba debido a la duda, ya que sabía que solo las familias más pobres acogerían a una novia con los pies grandes, si la aceptaban.

—Quizá. —Pero no sonaba convencida. Yo quería que se sintiera mejor, de modo que le di un abrazo apretado, de los que solía darme mi madre cuando me dolían mucho los lirios dorados y gemía toda la noche.

Ella me devolvió el apretón y luego buscó en su chaqueta y sacó un bao de cerdo. Era enorme.

—Toma esto —me dijo, ofreciéndome la mitad—. A una de las hijas de mi señorita se le ha caído al suelo, pero yo le he limpiado el polvo. Todavía está caliente.

Yo me metí todo el trozo en la boca. Su dulzura explotó en mis papilas gustativas. Cerré los ojos y me imaginé que los pequeños puntitos en mi lengua se deslizaban y bailoteaban mientras masticaba.

—Despacio —se echó a reír Lluvia de Primavera—, o si no te atragantarás.

Pensé en la forma que tenían Linjing y sus dos medio hermanas de tirar la comida, descuidadamente.

—¿Por qué no nos deja comer más la familia? La gente necesita tener el vientre lleno para poder trabajar.

—La mayor parte del tiempo se olvidan de que nosotros somos gente.

—¿Creen que somos animales?

—No exactamente animales —dijo ella, pensativa. Tragó y añadió—: Más bien herramientas…, utensilios como una taza de té o un peine. Útiles, pero sin importancia. Siempre pueden comprar otro esclavo.

—No quiero que me vuelvan a vender otra vez. ¿Cómo puedo hacer que la señorita Linjing me quiera?

—A esa mocosa malcriada no hay manera de complacerla —respondió—, pero al menos no te hace daño —se remangó las mangas y me enseñó unos hematomas del tamaño de un dedal, y más arriba en el brazo un grupo de puntos rojos en carne viva se estaban infectando. Eran quemaduras recientes.

Yo abrí la boca con sorpresa.

—¿Eso te lo ha hecho la Segunda Taai Taai Fong? —no podía imaginar a la señora Fong haciendo una cosa semejante, y la segunda esposa del amo Fong siempre me había parecido muy amable también.

—¡Es una serpiente vestida de conejito! Pero conseguiré apartarme de ella algún día.

—¿Cómo?

—Si puedo me casaré, o a lo mejor podría… —Lo dejó así y me obligó a ponerme en pie—. Ya basta de eso —dijo—. Te voy a enseñar un truco que te ayudará a sobrevivir. —Se guardó su sonrisa, colocando los labios apretados en una línea plana, y ahogó el brillo de sus ojos, de modo que quedó con una mirada vacua—. Ahora inténtalo tú.

Procuré imitar su expresión ausente.

—No está mal —dijo—, pero aún tienes los ojos tristes. Intenta pensar en algo muy aburrido, para que parezca que miran una página en blanco. No podemos dejarles ver nuestros verdaderos sentimientos.

Tres días antes, el amo Fong había anunciado el compromiso de la señorita Linjing al servicio. Los otros esclavos dijeron que la señorita Linjing era su niña favorita, de modo que yo no podía entender por qué la castigaba con unos pies grandes. Aunque era egoísta ser feliz a sus expensas, yo estaba encantada. Ninguna dama con los pies naturales podía tener una muizai con los pies vendados.

—Aa Noeng quiere que seas la muizai de la Prima Elegancia, para que puedas conservar tus lirios dorados —me dijo la señorita Linjing, mientras yo le cepillaba el pelo. El espejo oval reflejó su sonrisa, con la punta de la lengua asomada entre los huecos de los dos dientes que le faltaban. La señorita Elegancia parecía mucho más amable que mi ama. Pero antes de que pudiera alegrarme añadió—: Pero yo quiero conservarte. Al principio Madre me dijo que no, pero Aa De dijo que sus esclavas no merecen lirios dorados, de manera que ahora dice que sí. Cereza te desatará los pies esta noche.

Se me cayó el peine y rebotó en las baldosas del suelo. La señorita Linjing dio la vuelta al taburete y estiró los labios en una mueca burlona, enfrentándose a mí.

—Podrás jugar conmigo cuando tengas los pies grandes otra vez —dijo—. Yo pensaba que querías jugar conmigo. ¿Por qué estás tan enfurruñada?

Las lágrimas se me agolpaban en los ojos al bajar la vista hacia mis lirios dorados.

—Por favor, no me los quites.

Ella se enredó los dedos en el pelo y se chupó las puntas, mirándome. Yo intenté poner la cara inexpresiva, pero no pude evitar que me temblaran los labios. Al final se puso en pie, colocó una mano en cada cadera y dijo:

—No.

—¿Por qué no?

—Eres una esclava. No tengo que explicarte nada.

—No te gusto —le recordé.

—Eso no importa.

—Si soy la muizai de la señorita Elegancia, entonces me sentaré con ella al otro lado de la sala de bordado, muy lejos de ti y de la señora Fong. Y tú tendrás a tu madre otra vez toda para ti.

—A mi madre solo le gustas porque haces unas puntadas de punto de raso perfectas al bordar, pero eso cambiará cuando vuelvas a tener los pies grandes…; todo el mundo sabe que no se puede bordar bien sin lirios dorados. Si yo no puedo tenerlos, ¡tú tampoco los tendrás!

Yo me dejé caer de rodillas y le hice una reverencia.

—Por favor, señorita Linjing —le supliqué—. Haré cualquier cosa si me dejas conservar mis lirios dorados.

Ella se volvió y se sentó de nuevo en el taburete. Yo me arrastré a su lado, le cogí la muñeca y supliqué:

—No haré punto de raso nunca más. Por favor, déjame conservar mis lirios dorados.

Sin mirarme, ella me apartó.

—Levántate y sigue peinándome el pelo —dijo—. Tengo hambre y llego tarde para comer los bollitos de la mañana.

Yo quería pegarle, pero sabía que no podía hacerlo. Pensando en la lección de Lluvia de Primavera, puse una expresión neutra en mis ojos y alisé el rostro mientras pasaba los agudos dientes del peine por los enredos de la señorita Linjing, haciéndola gritar.

Cereza me quitó las vendas y me sumergió los pies en una palangana con vinagre y agua. Dio un masaje a los destrozados huesos con aceite, y luego sacó mis dedos de su escondite. En cuanto los soltó, saltaron de nuevo bajo las plantas de mis pies.

Yo lloré de dolor, y Cereza me dijo:

—Esto no puede doler tanto como cuando te los atan. Deja de portarte como una niña.

Yo seguía llorando y llamando a mi aa noeng. Para evitar que mis dedos se curvaran de nuevo conformando lirios dorados, Cereza me metió unos rollos de algodón bajo ellos, y luego los envolvió flojamente con unas vendas. Me dijo que en cuanto mis dedos dejaran de curvarse, debía dormir sin vendajes para que pudiera circular la sangre. Yo asentí y accedí a seguir todas sus instrucciones.

Volví a pensar en mis primeros meses de vendaje de pies. Mi aa noeng me regaló entonces una serie de zapatos de loto, cada uno un centímetro más pequeño que el par anterior. Ella los acunó en sus palmas como si fueran dones sagrados. Mientras me probaba cada nuevo par en los pies, cada vez más pequeños, me consolaba con promesas: «A medida que tus zapatos son más pequeños, tu sueño de matrimonio se va acercando cada vez más» y «Tu futura suegra echará un vistazo a tus diminutos zapatos de loto y se dará cuenta de que eres una chica de buen carácter», o «Siempre es mejor sufrir dolores cuando eres joven, para poder disfrutar de la felicidad en tus años de declive». Sus palabras eran un bálsamo para mi dolor. Yo rememoraba sus promesas como un hechizo, cuando me latían los pies. Ella me repetía las mismas palabras mientras yo andaba por la habitación, instándome a dar un paso más, y luego otro, y otro, para que mis huesos se rompieran y adoptaran la forma de un gracioso loto. A veces, cuando lloriqueaba de madrugada, ella me acunaba en el lecho, susurrándome sobre el tipo de hogar que tendría al casarme. «Tus perfectos lirios dorados te llevarán a una mansión donde los suelos serán de baldosas y estarán alfombrados. Nunca pasarás hambre. Todos los días te regodearás con cerdo, pescado y pollo. Los lirios dorados te conseguirán una vida de comodidad». Las promesas de mi aa noeng me acunaban hasta que me dormía, dándole un respiro a mis doloridos pies.

Y ahora ella estaba perdida para mí, a menos que salvara mis lirios dorados.

Aquella noche, después de que Lluvia de Primavera y las pinches de cocina empezaran a roncar, yo me quité los rollos de algodón de debajo de los dedos de los pies. A la luz de la luna, busqué mis vendajes índigos y me envolví de nuevo los pies en forma de lirios dorados. Esta vez no hice una sola mueca por el dolor. Con todas mis fuerzas tiré y tiré de mis vendas hasta que las noté tan tensas como si las hubieran envuelto las manos de mi propia aa noeng. Finalmente me derrumbé en el camastro. Me quedé allí, enroscada de lado, y me imaginé a mi madre apretada contra mi espalda, pasando el brazo a mi alrededor, manteniéndome caliente y a salvo. Respiré hondo buscando en mi memoria el olor a jazmín y hojas de pomelo de su cabello. Durante el día obedecería, pero los adultos no podrían evitar que me vendara los pies en secreto. Un día volvería a ver a mi madre.

4

Pequeña Flor

Me desperté y Cereza estaba inspeccionando mis pies. Meneó la cabeza y chistó. Yo me incorporé, me apreté las rodillas contra el pecho y atrapé mis lirios dorados, preparándome para recibir una bofetada. Ella se quedó en pie frente a la pequeña ventana, bloqueando casi toda la débil luz del amanecer, con las sombras ocultando su rostro.

—¿Estás muy enfadada? —le pregunté.

Tomó aire con fuerza, hinchó las mejillas y lo expulsó, y luego se sentó en el borde de la cama y me cogió. Yo me retorcí, escapando de su presa.

—Ven aquí, niña. —Me hizo señas.

Me agarré los lirios dorados y negué con la cabeza.

—Ven —repitió.

—No me los quites —sollocé—. Los necesito para ver a mi aa noeng.

Se acercó y me pasó el brazo en torno a los hombros, y apoyó la barbilla en mi cabeza. Su cuerpo era blando y redondo, como el de mi madre antes de que empezásemos a pasar hambre. Seguí sujetándome los pies mientras ella hablaba.

—Lo que estás haciendo es muy malo —dijo—, pero es duro seguir enfadada con una niña que está tan desesperada por ver a su madre de nuevo. Has escapado del castigo porque me das lástima. Pero no puedo ser tu nueva madre, así que no te acostumbres a este trato especial.

Yo la aparté.

—No quiero una madre nueva —grité—. ¡Quiero irme a mi casa!

—Bueno, ¡pues no puedes! —soltó ella, levantando las manos al aire—. Deja de buscar lo imposible y fíjate en las cosas buenas que tienes. Si eres buena, obediente y tienes suerte, cuando estés dispuesta para el matrimonio, una casamentera te encontrará una familia que quiera una novia con los pies grandes.

»Pero la vida de una muizai no es tan mala como crees. Yo preferiría ser la compañera de por vida de la señora Fong que ser torturada por una suegra cruel. O peor, morir dando a luz. Yo tengo más libertad que las damas de la casa. La señorita Linjing y tú podéis ser como la señora Fong y yo. Y el prometido de la señorita Linjing es un primogénito, cosa que significa que tú serás también ama de llaves, a cargo de todas las muizai. ¿No sería bueno eso?

—Preferiría ver a mi aa noeng.

—Me duele tener que decirte esto —empezó, con un suspiro—, pero es hora de que sepas que tu madre te mintió…, no para ser cruel, sino para protegerte.

—¡Ella no miente nunca!

—¿Conoces su nombre completo?

—Es Aa Noeng —fruncí el ceño—, y somos los Yung.

—¿Y cuál es el nombre de tu pueblo?

—Es ese que tiene un antiguo baniano en la plaza. Hay una cara de Buda en medio de su enorme tronco.

—Pequeña Flor —dijo ella con amabilidad—, aunque pudieras conservar tus lirios dorados, aunque recibieras una oferta de matrimonio, no volverías a ver nunca jamás a tu madre. Sin su nombre completo y el nombre de tu pueblo, será imposible encontrarla.

—Pero Aa Noeng dijo…

—Ya sé lo que dijo. La mayoría de los padres dicen algo semejante cuando venden a sus hijos para hacer más fácil la separación. Normalmente dejo que los niños conserven esa falsa esperanza hasta que son lo bastante mayores para comprenderlo, pero tú tienes que conocer ahora la dura verdad.

Ella siguió hablando mientras me soltaba las vendas, pero yo no la escuchaba. Tenía otro plan.

Más tarde, entre la hora de la cena y nuestras tareas al acostarnos, me escabullí del alojamiento de las mujeres por un camino que daba la vuelta en torno a las rocas. El viento formaba un embudo entre las rocas aguzadas y grises silbando en las grietas y recovecos, de manera que el jardín sonaba como si estuviera vivo.

Yo temblaba.

En parte estaba deseando darme la vuelta, pero me envolví el vientre entre los brazos y avancé cojeando, porque sabía que el patio por el cual había entrado por primera vez en la propiedad de los Fong con mi aa noeng se encontraba justo más allá de ese jardín. También recordaba que el carro del granjero Tang había viajado junto a un río serpenteante, que tenía muchos sauces colgando sobre su orilla. Quizá algún adulto amable pudiera llevarme a ese río. Entonces lo seguiría hasta que viese el enorme baniano. Lo único que tenía que hacer era dar el paso más valiente a través de la puerta lateral y empezar a andar por la alameda. Teniendo esto en mente, busqué por encima de mi cabeza, estirando los brazos cuanto podía, pero la tabla de madera que cerraba las puertas estaba lejos de mi alcance. Al oír crujido de pasos sobre la grava di un respingo y me giré en redondo.

—¿Adónde vas? —me preguntó Lluvia de Primavera.

—Me voy a casa.

—No irás muy lejos con esos pies. Además, te secuestrará una madame de placer en cuanto pongas un pie en la calle. Les encanta coger niñas pequeñas, especialmente las que tienen la piel clara y las mejillas color rosa, como tú.

—A lo mejor si se lo pido amablemente, una de esas madames puede ayudarme a encontrar a mi madre. Por favor, Lluvia de Primavera ze ze, ¿me ayudas a abrir la puerta?

Inclinándose para mirarme a los ojos mientras me tocaba la mejilla, ella me dijo:

—Esas mujeres son malvadas. Las criadas adultas dicen que preferirían morir a acabar prisioneras en una casa de placer. También hay tribus de mendigos que pueden cortarte los miembros o dejarte ciega para que mendigues para ellos. —Cuando yo me aparté y quise alcanzar lo alto de la puerta, ella me preguntó—: Si fuera tan fácil huir, ¿no me habría ido yo hace tiempo?

Yo aún no entendía por qué eran horribles las casas de placer, pero sabía que Lluvia de Primavera era muy lista y confiaba en ella. Si me decía que no era seguro escapar, tenía que hacerle caso. Derrotada, caí al suelo con las piernas separadas, mirando hacia arriba, a ella.

—¿Eso significa que seré esclava de la señorita Linjing hasta que me muera? —pregunté.

—Podemos huir juntas cuando seamos mayores —dijo ella.

—Pero tú decías que nos secuestrarían…

—Somos demasiado pequeñas para cuidar de nosotras mismas ahora, pero si esperamos a ser adultas, podemos encontrar una forma de conseguir dinero, comer hasta tener el vientre lleno, reírnos cuando queramos, llorar si nos apetece, ¡y no tener que escondernos detrás de una cara de palo nunca más!

La última palabra salió casi como un susurro, mientras ella expulsaba el aliento final. En medio de la oscuridad que nos rodeaba, los ojos de Lluvia de Primavera eran brillantes como monedas de cobre nuevas. Sus hoyuelos se hicieron más hondos mientras me levantaba y me abrazaba muy fuerte. Arrastrada por su feliz promesa, yo sonreí también.

PARTE II