¿Qué hay de nuevo este domingo?

¿Qué hay de nuevo este domingo?

¿Qué hago en este coche?

Voy sin moverme. Cuando no te mueves, a veces te vuelve la memoria.

Pero no sirve de mucho. Lo único claro es que el conductor fuma. El vehículo está lleno de un humo espeso. Me arden los ojos. Me estoy mareando. El señor tiene el pelo gris, motas de caspa en los hombros. Del espejo retrovisor cuelga una cadenita de perlas con un pequeño crucifijo.

Una cosa detrás de otra. El chófer vino a recogerme, me abrió la puerta, y los demás se quedaron mirando con la boca abierta, el escuálido Franz Krahler, la tonta de la señora Einzinger y también ese otro tipo bajito que nunca me acuerdo de cómo se llama.

Porque, en realidad, en el sanatorio Abendruh son todos los días iguales. Durante el desayuno, se oye la radio, se sale al parque, te duele la espalda, ponen la comida, echas un vistazo al periódico, te enfadas por algo mientras la tele está encendida; algunos la miran, otros duermen, siempre hay alguien que tose como si estuviera a punto de morirse. Luego enseguida se hacen las tres y media, luego sirven la cena y luego estás en la cama sin poder dormir, yendo al baño cada media hora. A veces hay visitas, aunque a ti nunca vienen a verte. A veces se muere alguien y se lo llevan. Eso sí, lo rarísimo es que un coche negro con chófer venga a recoger a uno que sigue vivo.

Paramos en un cruce, tres jóvenes con pelos largos atraviesan la calzada muy despacio, el chófer baja la ventanilla y les grita que a los gamberros como ellos les vendría bien otra guerra y, como no le hacen ni caso, se pone aún más furioso. Acelera de nuevo, pero sigue despotricando.

Y ahora me acuerdo: vamos a los estudios de televisión.

Pero ¿a qué programa? Me inclino hacia delante y pregunto.

El conductor se vuelve y me mira a través de las guedejas de humo, sin entenderme.

Repito la pregunta.

¿Y qué va a saber él?, exclama. ¿Qué le va a interesar a él nada de esa mierda?

Así que no digo nada más.

Pero él se ha lanzado. ¡Que le dejen en paz, hombre, que ya está bien! ¡En paz! ¿Es tanto pedir?

Se le pasa la rabieta para cuando paramos frente a los estudios. Se baja del coche, lo rodea, me abre la puerta. Me agarra del codo, tira de mí. Esto es propasarse un poco, pero lo cierto es que me ayuda a salir sin caerme.

La fachada del edificio está todavía más gris que las de alrededor. Ahora están grises todas las casas de Viena, menos unas cuantas que están marrón oscuro. La ciudad entera parece cubierta de mugre. En invierno el cielo se antoja como de piedra y muy bajo, en verano se ve húmedo y amarillento. Hasta eso era distinto en otra época. Cuando eres lo bastante viejo, sabes que en esta ciudad hecha de basura, humo de carbón y mierda de perro, hasta el tiempo ha dejado de ser lo que era.

La puerta giratoria se mueve a trompicones y, por un momento, me da miedo que mi trayecto termine ahí, pero llego al otro lado y, en el vestíbulo, realmente hay alguien esperándome: un hombre joven muy delgado con cara de inteligente y gafas redondas que me da la mano y se presenta como Rosenzweig, el redactor del programa.

—Encantado —le digo. Siempre me alegra que la gente joven sea educada. Ya no es nada frecuente—. ¿Y quién dice que es usted?

—El redactor del programa.

—¿Qué programa?

Me mira durante unos segundos antes de proseguir:

—¿Qué hay de nuevo este domingo?

—Ah, pues no sé.

—¡El programa!

—¿Qué?

—Es el nombre del programa: ¿Qué hay de nuevo este domingo?

¿De qué habla este hombre?

—Por aquí, por favor.

Me señala una puerta al otro lado del vestíbulo. Yo le sigo, recorremos un corto pasillo, luego nos paramos, y no me hace ninguna gracia que sea delante de un ascensor paternóster.

Pasa la primera cabina, y una segunda, en la tercera no voy a tener más remedio que subirme, me entra miedo, la dejo pasar también. ¡Vamos!, me digo, cosas peores has vivido. Cuando sube la cuarta cabina y llega a mi altura, cierro los ojos y avanzo tambaleándome. Consigo entrar, pero me habría caído si el joven no llega a sujetarme por el hombro. Qué bien que haya reaccionado tan rápido.

—Suélteme —le gruño.

Bajar de la cabina va a ser todavía más difícil, claro. Pero él ya lo ve venir, me pone la mano en la espalda y me da un suave empujón. Salgo medio tropezando, gracias a Dios me vuelve a sujetar.

—Déjeme —le digo.

Huele a plástico, de alguna parte llega el fuerte ruido de motores de gran tamaño. Recorremos un pasillo, a izquierda y derecha cuelgan en las paredes fotos con autógrafos de gente sonriente. A algunos los conozco: Paul Hörbiger, Maxi Böhm, Johanna Matz, y ahí está Peter Alexander, quien por algún motivo ha garabateado debajo de la firma «Muchísimas gracias a mi muy, muy querido público».

El joven abre una puerta en la que se lee maquillaje. Sentado frente a un espejo está un tipo gordo con barba, de pie a su espalda una maquilladora le aplica polvos en la cara con una enorme brocha. Al apartarse la chica, el gordo se levanta de un salto, tan de golpe que me encojo del susto, y luego me abraza. Huele a loción de afeitado y a cerveza. Con voz llorosa de felicidad me pregunta:

—¡Franzl! Pero ¿cómo estás?

Farfullo que estoy bien, cosa que nunca es cierta, y ahora precisamente menos que nunca. Intento no tomar aire. Su barba me hace cosquillas en la cara.

—¿Y tú? —pregunto casi sin aliento.

—Ay, Franzl, ¿qué quieres que te diga? Mi Liesl murió hace dos años, y aquel asunto de Wurmitzer no acabó bien. Y yo aún le dije: «Mira, Ferdl, esto lo tienes que hacer sí o sí, por nuestra vieja amistad», pero ¿te crees que me escuchó? Y bien sabes que preferí quedarme con Senger, que luego no jugó limpio.

Me falta el aire. ¿Quién demonios es este tipo? ¿Quién es toda esa gente de la que habla? Por fin me suelta, coge del perchero una chaqueta del tamaño de una tienda de campaña, una de esas loden con botones de asta de ciervo, se la echa por los hombros y se va.

Me siento. La maquilladora empieza a ponerme cosas en la cara y pregunta, como siempre hacen las maquilladoras, a qué me dedico y cómo es que me han invitado a ese programa. Nunca lo saben de antemano, nunca conocen a nadie, nunca se han informado, siempre preguntan.

—El señor Wilzek es director de cine —dice el joven que me ha traído. Ojalá me hubiera dicho su nombre, pero los jóvenes ya no saben comportarse.

Por supuesto, ahora ella me pregunta qué películas he hecho y todo eso, y yo, con el mismo sentimiento de amargura de siempre, enumero mis tres humildes títulos: Peter baila con todas, con Peter Alexander, Gustav y los soldados, con Peter Alexander y Gunther Philipp, y Schlück es el último en volver a casa, con gente de la que ya no me acuerdo.

Y, como no podía ser de otra manera, ahora pregunta por Peter Alexander. Que cómo es. Porque ella nunca ha tenido ocasión de maquillarlo, y ya es raro. Con la ilusión que le habría hecho conocerlo.

Le cuento la anécdota que cuento siempre. Desde el primer día del rodaje de Peter baila con todas, se sabía de memoria el texto entero. Entonces hubo que cambiar el plan de rodaje a última hora y una actriz joven cuyo nombre prefiero no decir, pues entretanto se ha hecho bastante famosa, solo se sabía el texto del día en cuestión, y entonces Peter la miró y le dijo: «Querida señorita, con los guiones pasa lo mismo que con los caballos, ¿quiere saber por qué?».

¡Por Dios, mi imagen en el espejo! En el sanatorio Abendruh no tenemos espejos, porque nadie se afeita solo; lo hace todas las mañanas Zdenek, el cuidador. Y así me pilla por sorpresa lo que veo: mis ojos muy hundidos, los colgajos de piel flácida, los labios agrietados, la piel gris y arrugada en la cabeza calva. La americana me queda torcida porque mis hombros ya no la llenan, la corbata no solo tiene manchas por doquier sino que el nudo está muy mal hecho, lo cual no es culpa mía, pues yo hace mucho que no me sé hacer el nudo, eso también ha sido cosa de Zdenek. Ya podría haberse esmerado un poco más. ¿Cuántas veces se da el caso de que lleven a la tele a alguno de nosotros? Cierro los ojos para no tener que seguir viéndome. Suena un zumbido, el aire frío que sale del espray de laca me roza la piel de la cabeza. ¿Para qué? Si apenas tengo pelo.

—Bueno, ¿por qué? —pregunta la maquilladora.

¿Qué pasa?

—«Como con los caballos», eso dijo Peter, ¿por qué lo decía?

¿Qué espera de mí esta señorita?

—Pues nada —dice al cabo de un rato—. Listo.

Me levanto, las rodillas no me responden, la maquilladora y el joven me sujetan.

—No se preocupe —me dice este al tiempo que me saca al pasillo.

En las paredes hay fotos firmadas de Paul Hörbiger, Johanna Matz, Peter Alexander. Con ese trabajé yo una vez.

—El señor Conrads solo le hará las preguntas de las que ya hemos hablado. Usted cuente algunas de esas bonitas historias de antes, así seguro que sale todo bien. Conrads solo hace las preguntas que la redacción ha escrito de antemano. Y la redacción, en este caso, soy yo mismo. Él no improvisa nunca.

—Necesito ir al baño.

El joven mira el reloj. ¡Rosenblatt! No sé cómo tengo esa información, pero ese es su nombre. Hay algo en él que me preocupa, pero ahora mismo no sabría decir qué.

Me señala una puerta.

—Pero dese prisa, por favor.

Entro. Todo es complicado: tengo los dedos entumecidos y no acierto con la hebilla del cinturón ni con los botones del pantalón, así que tampoco es nada fácil bajarme el calzoncillo, y además la taza del inodoro está muy baja. Luego, para colmo, se me cae al suelo el papel higiénico. Me agacho, pero cuando voy a tirar de él, sale rodando y desaparece al otro lado de la abertura del cubículo contiguo.

Oigo pasos, alguien va de un lado para otro, dice mi nombre:

—Señor Wilzek, tenemos que ir al estudio.

—Sí, sí —digo yo en alto.

—¡Es un programa en directo!

—Sí, ya voy. Ya voy.

Acuden varias personas. Oigo voces nerviosas. Y yo ya he hecho mis necesidades, solo que levantarme es terriblemente complicado porque la taza está muy baja, y aún me quedan los botones y la hebilla del cinturón. Voy con cada cosa todo lo despacio que necesito. Si intento correr, resulta aún más difícil.

Salgo del cubículo. Hay cinco hombres y tres mujeres. Es evidente que me esperan a mí. ¿Cómo es posible que dejen entrar a mujeres aquí? ¿Tan lejos hemos llegado, es que ya no se respeta ni una intimidad como esta? Pero antes de poder quejarme, me han rodeado; uno me sujeta por la derecha, otro por la izquierda, un tercero me empuja, no me dejan ni lavarme las manos.

—El programa ya ha empezado —dice uno.

—Hemos dado paso al segundo invitado —dice otro.

—Tiene que entrar. En cuanto entre, estará ante la cámara en directo —dice un tercero.

Se abre una puerta de acero, estamos en un plató de televisión. Dos cámaras se mueven por él sin hacer ruido, oigo el agudo silbido de los focos, hay micrófonos colgados con cables desde el techo. En el centro hay una especie de recreación de una salita de estar: paredes con papel pintado de florecitas, cuadritos de paisajes con marcos dorados, un sofá, un sillón, una mesa con tazas de café. Sentado en el sofá veo a un tipo enorme con barba, lleva una chaqueta loden. De pie a su lado veo a un hombre al que conozco, sale todo el tiempo por la tele del sanatorio Abendruh, pero no me viene a la mente cómo se llama. Ahora mismo está cantando al compás de la música metálica que sale de los altavoces, y se besa las puntas de los dedos una y otra vez. Alguien me empuja hacia delante, por poco me tropiezo con un cable, me guían para no tapar la cámara y ya estoy sentado en el sofá junto al de la barba.

El presentador ha dejado de cantar, habla de mí. Es un motivo de alegría muy especial tener con nosotros a Franz Wilzek, dice con su característico soniquete. ¡A un viejo amigo tan querido!

Y yo, que no lo conozco de nada. Ya sé que no tengo muy buena cabeza, pero a este tipo puedo asegurar que no lo he visto nunca.

Se vuelve y se dirige hacia mí tendiéndome la mano.

—¡Querido Franzl!

La cámara 1 realiza un movimiento circular para acompañarlo, mientras que la 2 se gira hacia mi cara, la luz roja salta de una a la otra, y en una pantalla me veo a mí mismo, con una sonrisa muy forzada, con grandes bolsas bajo los ojos.

¡Se llama Conrads! De pronto me acabo de acordar, Heinz Conrads, tan mala memoria no tengo, después de todo. Pero es verdad que no he coincidido nunca con él. Le doy la mano sin levantarme del sofá. Sus ojillos pequeños como los de un cerdito brillan furiosos. Es obvio que no le hace ninguna gracia tener que agacharse por mí.

Se vuelve hacia la cámara y sigue hablando de mi persona. Luego va leyendo unas tarjetas que tiene en un montoncito, pero estira las palabras de una forma tan sorprendente, haciendo como que reflexiona sin un orden especial, que a nadie se le ocurriría que cuanto está diciendo no sea fruto espontáneo de su propio cerebro. Director de cine, dice, de bonitas y divertidas películas que hicieron las delicias de todos nosotros: Gustav y los soldados, Peter baila con todas, ha trabajado con todos los artistas favoritos de nuestro público. En la pantalla sale ahora un fragmento de una película: Peter Alexander cantando, brincando y sonriendo. Yo asiento con la cabeza con gesto amable, aunque veo que la cámara no me enfoca, el piloto rojo encendido es el de la cámara de Heinz Conrads, ahora aparecen en imagen su cara panosa y ese tupé blanco que lleva y que parece más duro que el hormigón.

Y ahora sí que ha pasado algo. Se calla y me mira. La luz cambia hacia mí y en la pantalla aparece mi cara. ¿Me ha preguntado algo? Apenas me he distraído un momento, y justo entonces ha pasado.

Escucho el silencio que solo rompe el silbido agudo y crepitante de la electricidad. Luego, venga a cuento o no, suelto una anécdota sobre el actor Schlück Battenberg. Es medio graciosa, así que da buen resultado: Heinz Conrads se besa las puntas de los dedos y exclama: «¡Qué delicia!». También el barbudo de mi lado se golpea el pecho riendo.

—¿Y hace mucho que os conocéis vosotros dos?

—De toda la vida —dice el tipo al que no conozco.

Los dos se echan a reír de nuevo. En conjunto, parece que todo va bien. La cabeza ya no me funciona como antes, pero en un programa de este tipo todavía sé desenvolverme con maestría.

Así que no espero a la siguiente pregunta, sino que cuento la anécdota de cuando Günther Philipp, en el rodaje de Gustav y los soldados, se cayó al agua. La verdad es que la historia no vale gran cosa, no tiene ninguna gracia en sí, el muy memo se cayó al agua y luego lo sacaron, pero esos dos vuelven a partirse de risa, así que cuento la mejor de mis historias, la anécdota estrella: la joven actriz que solo se sabía el texto del primer día. Y cómo Peter Alexander la miró y le dijo: «Querida señorita, con el texto que hay que aprenderse pasa igual que con los caballos. ¿Desea usted saber por qué?».

—¡Ay, sí, Peter! —exclama el imbécil de mi lado—. ¡Uno de los grandes!

Yo le lanzo una mirada asesina para indicarle que se calle la boca.

—¿Por qué? —pregunta el presentador.

—¿Por qué… qué?

—¿Por qué pasa igual que con los caballos?

El silbido de los focos es tan estridente y al mismo tiempo suena tan leve que no puedes estar seguro de estar oyéndolo realmente. La luz roja salta de una cámara a la otra. Yo la sigo con la mirada y veo cómo, en la pantalla, mi cabeza se mueve de un lado para otro.

—Ah, los caballos…

Tomo aire para terminar de contar la anécdota.

Pero en algún momento he perdido el hilo, la historia se ha quedado colgada, la siguiente frase no quiere salir. La que a su vez le seguiría sí que la tengo lista, así que me salto una, pero justo entonces se me deshace también la otra… Aún percibo sus contornos y es como si pudiera paladearla en la lengua. Pero, al tiempo que no me vienen las palabras, cometo el error de mirar a la pantalla. Ahí estoy, con gesto de confusión y la boca abierta. Y cuando te encuentras así, sentado frente a ti mismo, dividido en dos, sabiendo que en el sanatorio Abendruh está siguiendo el programa todo el mundo, entonces sí que no das pie con bola.

El presentador asiente con la cabeza, junta las manos con las tarjetas, mira al techo como para rezar y exclama:

—¡Qué delicia! ¡Caballos!

El tipo de mi lado se ríe.

—¡Magnífico! —dice el presentador.

¡Verdes de envidia estarán ahora en el sanatorio!, sobre todo Franz Krahler y la tonta de la señora Einzinger. Y como no puedo quitarme la imagen de la cabeza, veo a Krahler todo pálido en su silla y a la Einzinger al lado con la boca abierta, me vuelve a pasar lo de antes, que no me entero de la pregunta.

—¿Cómo ha dicho?

Heinz Conrads levanta los ojos hacia el techo, suspira y lee su tarjeta:

—Franz Wilzek empezó como director más bien tarde. Antes trabajó como asistente de G.W. Pabst.

¿Por qué de repente habla de mí en tercera persona?

—G.W. Pabst —explica—, uno de los grandes del cine. Un gran maestro, una gran leyenda, yo llegué a conocerlo, pero sin duda nadie lo conoció como tú.

En la pantalla centellean las imágenes: Greta Garbo en Bajo la máscara del placer, Louise Brooks en La caja de Pandora, Mackie Messer haciendo girar su bastón en el aire. Carraspeo y comento:

—Esa es la Garbo. La descubrió él con esa película. Yo no empecé a trabajar con él hasta más tarde. En 1941, en Los comediantes. Nos conocimos en el set de… Un año antes. En otra película. Yo en realidad era ayudante de cámara.

Ahora, de nuevo llena la pantalla la cara de Heinz Conrads.

—Por entonces, Pabst acababa de regresar —lee de la siguiente tarjeta—. Del exilio. Para volver a rodar películas en alemán. Tú te convertiste en su nuevo ayudante.

Asiento con la cabeza. Se supone que tengo que decir algo más, pero ¿qué? Por detrás de la cámara ha salido de la oscuridad un joven con gafas redondas. A ese lo he visto yo antes, pero no me acuerdo de dónde. Solo sé que se llama Rosenkranz.

—¿Te contó por qué quiso regresar? —lee Conrads—. Ya estaba en América. Y luego volvió y rodó películas para los…

Se calla y sostiene la tarjeta como si algo de lo que pone no pudiera ser. Solo transcurre un instante, enseguida logra recomponer el gesto, fuerza la boca para esbozar su sonrisa pastosa, pasa la tarjeta al final del montón.

—Y después de Los comediantes hicisteis Paracelso —lee—. Con el gran Werner Krauß, una gran película, un clásico.

—Una obra maestra —digo.

—¿Y cómo era G.W. Pabst, así, en el día a día? Porque nunca ponía más que las iniciales G.W., ¿verdad? Por lo general también lo llamaban así… ¿Cómo era? ¿Cómo lo describirías?

—Le sobraban unos kilos.

Heinz Conrads se echa a reír.

—¡Ay, Franzl! ¡Siempre tan bromista!

—Siempre quería adelgazar —digo—. No era muy alto, pero sí un poco rechoncho, y en el set se reía mucho, pero cuando se apagaban los focos a menudo se quedaba como vacío. Como un traje sin persona dentro.

El silbido es ahora más fuerte y estridente, y de pronto también esa luz tan potente me resulta insoportable. Apenas veo al presentador de lo cegado que estoy.

—Eso sí, cuando daba una orden todos le obedecían. Ni se te ocurría hacer otra cosa. Excepto cuando estaba su madre. Yo solo la vi una vez, vino de visita mientras rodábamos Los comediantes, Pabst se convirtió en un niño al instante. Y ella murió al cabo de unos meses.

Tengo que tragar saliva. Se me ha quedado la garganta muy seca y es como si el sofá en el que estoy sentado empezase a flotar por el plató.

—Tenía una teoría propia sobre el montaje. Decía que un corte siempre tenía que estar justificado por un movimiento y para que todo fluyese sin interrupción desde la primera toma hasta la última. Aunque luego, cuando yo mismo me puse a dirigir, me di cuenta de que en la práctica eso apenas…

No, no, he ido demasiado lejos, aquí no se puede hablar de estas cosas.

—De Greta Garbo hablaba a menudo —digo en voz alta—. ¡Qué mujer tan guapa! Y de Louise Brooks, y eso que hoy en día casi nadie se acuerda de ella, pero por aquel entonces era una estrella casi mayor que la Garbo. A Louise Brooks también la descubrió él.

—¡Ay, las mujeres guapas! —ríe Heinz Conrads aliviado. De nuevo pasa una tarjeta al final y lee—: Y en vuestra siguiente película, El caso Molander, de nuevo contasteis con el gran Paul Wegener como protagonista principal…

—¿En cuál?

—En vuestra siguiente película —lee de la tarjeta—. El caso Molander. Paul Wegener tenía el papel principal.

—No existe.

—¿Paul Wegener?

—Esa película. No existe, existió el plan, pero nunca se rodó.

Reina el silencio durante unos segundos, luego Heinz Conrads dice:

—Sí que existe, aquí pone… Sí que se rodó. Solo que no la vio nadie, y luego se perdió.

—No se rodó.

Heinz Conrads mira a algún punto detrás de la cámara.

—Bueno, pues a mí me han dicho que terminasteis de rodarla en agosto del cuarenta y cinco en Praga. En circunstancias difíciles, durante las últimas semanas de la guerra, pero que, bueno…, pues que el material se perdió.

Mira la tarjeta entornando los ojos. Parece que es la última. Le da la vuelta, se queda mirando el reverso sin saber bien qué hacer.

—¡No se rodó! —exclamo—. ¡Qué puñetas! Eso no es verdad, esa película no existe. ¡Es un error! Es mentira.

—¿Qué dices?

—¡Es mentira!

Heinz Conrads mira su última tarjeta, luego mira al joven de las gafas, luego vuelve a la tarjeta.

—Franzl, cómo no te vas a acordar de tu película…

—¡Que no se rodó nunca!

Heinz Conrads arruga la frente con tanta fuerza que parece que frunciera la cara hacia dentro. Entonces mi mirada se cruza con la del joven de las gafas. No está mirando a su jefe, sino a mí, muy atenta y directamente, con una fina sonrisa congelada.

Lo veo en la pantalla. Me veo a mí mismo, mirando a alguna parte… Claro, la pantalla no es la cámara, hay que mirar a la cámara para verse de frente en la pantalla, solo que entonces no te ves, porque tus ojos miran a la cámara y no a la pantalla. Y ahora, en la pantalla, aunque aparezco yo, también aparece otra cosa, y cierro los ojos para no verla, pero no sirve de nada, sigo viéndola: gente en blanco y negro en una sala de conciertos. Desde muy arriba, como a vista de pájaro, y una araña de cristal que brilla, yo estoy en lo alto del brazo de una grúa muy larga, junto a la cámara, todos miran hacia delante, pues hacia arriba no deben mirar.

Abro los ojos, pero sigo viendo esa imagen, la veo más nítida que nunca, tal y como la veíamos antaño en la pan­tallita pequeña, mientras Pabst montaba la película a mi lado. Y al mismo tiempo la veo desde arriba, desde la grúa altísima en la que estoy encaramado, a la vez que Pabst, desde abajo, da órdenes por el megáfono: un poco más adelante, ahora muévete hacia la derecha, hacia el escenario, más, más, a donde está el actor tocando el violín.

—¡Esa película no se rodó! ¡Su redacción no ha hecho bien su trabajo! ¡Se equivoca! ¡No se hizo nunca!

La gente a mis pies. No deben mirar hacia arriba. Como alguien lo haga, lo echa todo a perder. Y es fundamental que no salgan los soldados en el plano, porque esa toma tiene que acabar de rodarse hoy, y entonces se me acerca Heinz Conrads:

—Querido Franzl, ha sido un gran placer tenerte hoy con nosotros, por desgracia ha terminado nuestro tiempo. —Me siento como si Conrads fuera a tomar impulso para asestarme un golpe y levanto las manos para protegerme la cara, pero se vuelve hacia la cámara, el piloto rojo se enciende, en la pantalla aparece su rostro en un primer plano tan grande que los agujeros de la nariz parecen dos cráteres—. Muy buenas tardes, señoritas —dice en su cantarín dialecto austriaco—, adiós, muchachos. Gracias, queridos invitados, a seguir bien todos.

Música de piano malo y aporreado sale de los altavoces, el piloto rojo se apaga, en la pantalla sale un remolino de letras que termina formando la frase: «¿Qué hay de nuevo este domingo? Con Heinz Conrads».

Es obvio que se ha acabado. El joven de las gafas que no paraba de mirarme sin ningún disimulo viene hacia mí.

—Ahora saldrán los créditos completos tres veces. Hemos tenido que cortar antes de tiempo. Nunca antes nos había pasado. Puede estar orgulloso.

—Espero que te mejores pronto —dice el barbudo de la chaqueta loden que estaba sentado a mi lado—. Me ha hecho mucha ilusión volver a verte, Franzl.

—Lo mismo digo —respondo, porque no se me ocurre otra cosa.

—¿Es cierto que nunca rodasteis Molander? Siempre creí que sí llegó a terminarse, pero que luego, con la insurrección de Praga…

Le doy la espalda y estiro el brazo en dirección al joven cuyo nombre —Rosenkranz— de pronto me viene a la mente y por algún motivo no me gusta, para indicarle que me ayude. Lo hace. A pasitos pequeños nos dirigimos hacia la puerta.

Pero Heinz Conrads nos cierra el paso. Tiene la cara descompuesta de rabia.

—Hasta la vista, querido Heinzi —digo.

—Métete en tu agujero de mierda y muérete.

Lo miro fijamente. Por un momento, creo haber oído mal.

—¿Y tú? —le dice al joven—. ¡Cómo se te ocurre invitar a semejante viejo chocho a mi programa! ¡Si está senil perdido! ¡Y yo con mis tarjetas como un imbécil! ¡Ya estás recogiendo tus cosas y largándote de aquí, no te quiero volver a ver!

—Con mucho gusto —dice Rosenkranz.

—Y sin chistar. ¡No quiero saber nada, largo de aquí!

—Será un placer —insiste Rosenkranz.

Rodeamos a Heinz Conrads, que está lívido de rabia. Yo voy con los ojos medio cerrados, oigo cómo se abre y se cierra una puerta muy pesada.

—Ya llevaba yo meses con ganas de dejar esto —dice Rosenkranz—. Pero despedirse sin más es fácil, lo hace cualquiera. Hay que idear algo mejor.

Me siento débil. Después de todo, el programa me ha dejado agotado, no solo me tiemblan las manos, también los brazos y los hombros. Pero ¿qué ha pasado? Ya se me está desdibujando el recuerdo. Primero conté algunas historias, todo iba bien, luego empezamos a hablar de Pabst, siempre me preguntan por él, y luego se embrolló todo. Me enfadé, hasta me puse a gritar, y me acordé del rodaje de Molander, pero eso no puede ser, porque nunca rodamos Molander.

—Y entonces el jefe dijo que sí, bien, pues invitémoslo al programa, y yo le redacté las preguntas, como siempre. —Calla un momento—. Mi padre estuvo allí.

—¿Su padre?

—Entre el público de la sala de conciertos. En la Nave 7 de los Barrandov Studios, en el rodaje de El caso Molander.

—¿Dónde está el baño?

Me tengo que parar. El suelo se mueve; tengo la sensación de que me voy a caer hacia delante. El joven está equivocado, esa película no se rodó nunca. Lo sé, porque estuve allí. Estuve allí cuando la película no se rodó. Me acuerdo de que eso no sucedió. Carraspeo, quiero explicárselo.

—He buscado por todas partes —dice—. No hay ninguna copia. El negativo se perdió. Al parecer fue usted el único que vio el copión. Aparte de Pabst, claro. Pero Pabst ya no vive.

Bajo el picaporte de la puerta del baño y entro. Por un momento temo que se venga detrás de mí, pero afortunadamente se queda fuera.

Se cierra la puerta. Todo es difícil, la ropa se me resiste. A mis dedos tontos les cuesta mucho desabrochar los botones, la taza está demasiado baja. Hasta que no estoy sentado no me doy cuenta de que el rollo de papel higiénico anda por el suelo; tiro de él, pero entonces se desenrolla más, y todo resulta dificilísimo. Me duele el codo, tengo la espalda anquilosada, las rodillas tan flojas y temblorosas que apenas puedo ponerme en pie. Todo el mundo tendría que morir joven. De niño, cuando estaba enfermo, siempre venía el doctor Sämann. Recuerdo su mano fresca en la frente. «¿Estamos malos?», decía siempre. «¿Tenemos fiebre?», y yo pensaba: Por qué dirá «tenemos» si él no tiene fiebre, el único que tiene fiebre soy yo. No sé por qué me viene esto a la memoria ahora, llevaba décadas sin acordarme del doctor Sämann.

Cuando salgo, me espera un joven con gafas. Tiene el pelo revuelto, los ojos se ven enrojecidos, como si hubiera estado llorando. Todo apunta a que es alcohólico. Los jóvenes de hoy en día ya no tienen lo que hay que tener.

—¿Qué le pasa?

—No he podido evitar acordarme de mi padre.

—¿Me acompaña al tranvía?

Se quita las gafas, se las vuelve a poner y dice en voz baja:

—No, al tranvía no, lo llevará un coche.

Caminamos por un pasillo largo. Desde las paredes nos sonríen caras de actores. Con algunos trabajé. Ahí está, por ejemplo, Peter Alexander.

—Ese es actor profesional —digo—. ¡Ay, Peter! No te haces idea. El primer día de rodaje ya se sabe el texto entero. Una actriz joven que ahora no recuerdo cómo se llamaba, porque entretanto…

—Sí, ya —me interrumpe en tono cortante.

Yo me callo, ofendido.

Y ahora, para colmo de males, un paternóster. De alguna manera consigo meterme en la cabina; por poco me caigo, pero el joven me ha sujetado. El presentador, de eso sí me acuerdo, era Heinz Conrads. Menuda rabia les va a dar en el sanatorio Abendruh cuando se enteren de que he estado en el programa de Heinz Conrads, mientras que para otros no habrá sido más que una de tantas interminables mañanas de domingo con mal desayuno.

¿Puede ser que el programa no haya salido bien? Recuerdo mucha tensión, preguntas tontas, hubo bronca, alguien me ofendió; o fui yo quien ofendió a alguien, una de las dos cosas. Sobre Pabst hablamos, claro, eso se da por sentado, todo el mundo pregunta por él, mi propia carrera como director fue irrisoria, no hay manera de adornarla. Lo único que tengo de importante yo es que, en su día, fui su ayudante.

El joven me empuja para salir del paternóster, de nuevo me sujeta. Cruzamos el vestíbulo. Aquí hay otra puerta giratoria. Las paredes de cristal dan vueltas, los reflejos se entremezclan unos con otros, me impulso hacia delante y me encuentro en la calle. Necesito acostarme lo antes posible.

En el borde de la calzada hay tres coches aparcados y en todos pone «Österreichischer Rundfunk». El joven, ¿cómo se llamaba?, me abre la puerta del primero de ellos y me ayuda a subir.

—Mi padre sobrevivió —dice—. Por si le interesa saberlo.

—Me alegro.

¿A qué vendrá ahora lo de su padre?

Tiene un aire extraño, con los ojos muy abiertos, rabiosos y, al mismo tiempo, como llenos de compasión. Abre la boca, pero luego menea la cabeza y se limita a cerrar la puerta de golpe. Es que los jóvenes de hoy en día no saben comportarse.

El coche arranca. En el asiento de atrás hay un ejemplar olvidado del Volksstimme: el canciller federal, desde su atril de orador, mira con gesto serio y amenazante a un grupo de hombres con traje. «Golpe mortal a la central nuclear de Zwen­tendorf», reza el titular.

—¿En qué programa ha estado? —pregunta el conductor.

—En el de Heinz Conrads.

—Ese le gusta a mi mujer. Es todo un caballero, según dice ella. De los de antes. De cuando Viena aún era Viena.

—¿Y qué es Viena ahora?

No responde.

Intento hacer memoria. Algo ha pasado, pero ¿qué? Empieza a llover, las gotas de lluvia dibujan amplias ondas sobre el cristal.

—¿Usted lo ha visto? —pregunto.

—¡Cómo lo voy a ver! —dice con el tonillo en el que se habla a los niños y a las personas mayores—. Si me paso el día aquí sentado en el coche. O estoy conduciendo o esperando a que suba alguien. No puedo ver la tele hasta la noche. Pero mi mujer sí lo habrá visto.

En la calle, la gente abre los paraguas. Apoyo la cabeza contra el frío cristal de la ventanilla. Estoy deseando llegar. En el sanatorio, seguro que están todos verdes de envidia.

Héroe moderno

Una ráfaga de viento congela las palmeras que bordean la piscina. Pabst tiene la sensación de haber ido a parar a una fotografía coloreada. Un pájaro planeaba por encima de ellos sin moverse. El sol se reflejaba en el agua, tan redondo y amarillo como lo dibujan los niños. El cigarrillo sabía a ceniza fría. Dio una calada, no salió humo. El hombre de la tumbona, cuyo nombre no había entendido antes y ahora ya era tarde para preguntar, lo miró sin quitarse las gafas de cristales tintados de naranja.

Luego el hombre empezó hablar, Pabst no entendía ni palabra.

Asintió con la cabeza. ¿Qué otra cosa podía hacer? Desde que había llegado a Hollywood ponía todo su empeño en que no se notase el poco inglés que sabía.

Animado por los gestos de Pabst, el hombre dijo algo más, y ahora Pabst al menos entendió que estaba entusiasmado con una película en la que salían cowboys o salía una mujer enamorada. El hombre, hasta ahí también lo entendió Pabst, o acababa de ver aquella película o estaba a punto de ir a verla. O la había producido él mismo, o quizá era que iba a producirla.

—Magnífico —dijo Pabst—. Great.

Sabía que con esa palabra siempre se acertaba con los americanos, de igual modo que nunca venía mal hacerles algún cumplido sobre sus zapatos.

El hombre dijo que se alegraba mucho de conocer a Pabst, porque era un gran admirador de sus obras. Eso lo entendió Pabst, pues era lo que le decía todo el mundo. Al principio lo llenaba de orgullo y de ilusión por trabajar en América, pero ahora ya sabía que no significaba nada.

El hombre dijo que su presencia era una gran suerte y una oportunidad para los hermanos Warner.

Pabst se metió el dedo por el cuello de la camisa y se aflojó la corbata. Había cometido un error: en su habitación de hotel hacía tanto frío por el aire acondicionado que se había puesto la camisa de lino gruesa y la chaqueta de abrigo. Ahora sentía que le corrían gotas de sudor por la cara.

A él también le alegraba mucho aquel encuentro, dijo Pabst. Claro, había hecho muchas cosas desde que dejara su patria, había rodado películas en Francia, entre otras Don Quijote, con el cantante Chaliapin…

—Sí, sí, sí, sí —dijo el hombre—, una película magnífica. Great!

Como no había cenicero, Pabst depositó la colilla en la hierba. Era imposible que aquel hombre hubiera visto Don Quijote, no había más que media docena de copias, ninguna en América.

Anonadado, así lo había dejado aquella película, dijo el hombre. Ya no aguantaba más en la tumbona, se sentó recto como una vela y dio una palmada. ¡Se había quedado fuera de combate con la película! Le había explotado la cabeza, ¡bum! ¡Increíble! ¡Qué obra maestra en estado puro!

Pabst asintió agradecido y se tironeó de la corbata para que le entrara un poco más de aire.

Claro que la película que más le había gustado, dijo el hombre, era Metrópolis.

—Esa no es mía —dijo Pabst.

El hombre lo elogió por su modestia. No tendría más de treinta años y era tan delgado que le daba mucha envidia a Pabst, que llevaba viéndose gordo desde los diez años.

Pabst necesitó un momento para comprender que esa era la palabra clave: modestia. Puso toda su atención en los cristales redondos de aquellas gafas en cuyo brillo naranja se reflejaban la piscina y su propio rostro sudoroso. De pronto, se dio cuenta de que el pájaro que planeaba por encima de ellos seguía en el cielo sin moverse. Respiró hondo.

Pero antes de que pudiera hablar lo interrumpió un criado. Llevaba frac y, con una sonrisa glacial, le preguntó qué deseaba tomar.

—Agua, por favor.

Pabst hubiera preferido algo con alcohol, pero no supo expresarlo con las palabras correctas.

Su anfitrión dijo algo incomprensible. El criado hizo una reverencia y desapareció sin que realmente lo vieran marcharse.

Pues bien, dijo Pabst aspirando el humo del cigarrillo, tenía una idea, una gran idea. Great. Un barco de lujo en altamar. De repente: ¡Se ha declarado la guerra! Peleas, pasajeros por todas partes, también violencia. ¡Gran tensión! Cerró los ojos un instante. Había albergado la esperanza de que su inglés mejorara una vez que empezase a hablar, pero no fue así. Y eso que War Has Been Declared realmente era una idea buena, permitiría mostrar en un espacio mínimo cómo se desmoronaba toda una civilización: gente elegante del mundo entero conviviendo en refinada armonía hasta que, de pronto, surge la desconfianza, estallan las peleas, se forman distintas facciones, de algunos se adueña una rabia enloquecida. Veía a un hombre con un cuchillo corriendo por un pasillo del barco, con sangre chorreándole de las mangas, veía un ojo de buey con el cristal roto, veía a dos mujeres con traje de noche agazapadas detrás de una mesa volcada en lo que antes fuera un salón elegante, y veía el clímax: un hombre bajito y medio calvo, con la cara pálida como la ceniza, interpretado por Peter Lorre, colgado de una araña con las manos atadas, rodeado por una multitud sedienta de sangre, y, en el preciso momento en que van a hacerlo pedazos, se abre la puerta de golpe. Un radiotelegrafista entra con la noticia de que no ha estallado la guerra, que fue un mensaje falso, ¡la civilización pervive! Pabst se imaginaba a aquella gente intercambiando miradas de estupor, pues no sabrían cómo comportarse después de haber expuesto su verdadera naturaleza ante los demás en tales extremos. No tarda uno en subirse a una mesa a de­satar a Lorre, e incluso este hace como si no hubiera pasado nada. Y luego, un trávelin por todo el comedor, en el que han vuelto a levantar las mesas y todos se sientan a cenar. Muchos aún tienen heridas en la cara y la ropa hecha jirones, pero ya empieza el pianista a tocar de nuevo, primero de forma vacilante, o mejor no: mejor una pequeña orquesta, «Im Prater blüh’n wieder die Bäume», y para la mayoría de los espectadores del cine en verdad es un final feliz, tan solo para la pequeña minoría que comprende el mensaje de fondo es el puro horror.

—Barco —se le oye decir a Pabst—. Grande, lujoso, gente. ¡Guerra! Todos furibundos. Cristales rotos, y espejos, y Peter Lorre. ¡Pero no verdad! ¡No guerra! Broma, serio, no se sabe. ¡Orquesta tocando!

Se pone a hacer los movimientos de tocar el violín, luego tararea la melodía de una vieja canción vienesa, eso sí le salía bien, al fin y al cabo funciona en todos los idiomas.

El criado depositó dos martinis en una mesita de jardín. Así que no lo entendió bien al pedir agua. Pabst cogió una de las copas y bebió. Le sentó bien el frescor un poco graso del alcohol, con ligero sabor a aceitunas.

—Magnífico —dijo el hombre. Great. ¡Qué maravilla! —Dio un sorbito de su copa y esbozó una ligera sonrisa—. Aunque una aclaración no es aún una respuesta a la pregunta clave.

Pabst se inclinó hacia delante como si eso pudiera facilitarle la comprensión.

—Y lo segundo —dijo su anfitrión colocando la copa de martini cuidadosamente sobre el césped—, pero, bueno, no era lo decisivo, pues antes venía lo primero, ¿no?

Pabst también dejó su copa en el césped y se quitó las gafas para frotarse los ojos y limpiar los cristales con la corbata. Hasta que no se las volvió a poner no vio que su copa se había volcado, el suelo sequísimo absorbió el líquido.

Pabst preguntó si podía repetirle lo que había dicho.

Sin embargo, en lugar de responder, su anfitrión señaló hacia la casa de enfrente. Desde allí venía otro hombre, delgado, con camisa de seda y sin chaqueta, con paso elástico.

—Jake —dijo el anfitrión.

—Bob —dijo el recién llegado.

Los dos afirmaron estar encantadísimos de verse. Se dieron la mano con la efusión de dos hermanos que se reencuentran tras haber estado separados por el destino desde una infancia terrible y lejana.

—Y este caballero —dijo el anfitrión, del que Pabst ahora al menos sabía que se llamaba Bob— es Will Pabst. El mayor director de cine de Europa.

—Will —dijo Jake—. ¡Qué alegría!

Su apretón de manos era cálido y firme.

Jake dijo que conocía su obra. Y qué alegría tan grande verlo, no sabría ni por dónde empezar a describirla. Había pasado semanas sin dormir después de su película de Drácula. Las películas alemanas eran lo más de lo más, aunque allí el día a veces empiece con la luna.

—Sobre todo de noche —dijo Bob.

Los dos rieron. Pabst se preguntó qué sería lo que no había entendido.

—¿Estamos de acuerdo entonces? —dijo Jake—. ¿Se rodará A Modern Hero?

—No, no —dijo Pabst apagando el cigarrillo con la suela del zapato.

El guion era horrible. Un melodrama espantoso. Él no podía hacer una cosa así.

Los otros dos se miraron unos segundos con gesto inexpresivo.

—Pero si hay un circo en la película —dijo Jake.

—Y emigrantes —dijo Bob.

—Te rompe el corazón —dijo Jake. Para darle más énfasis, se puso las dos manos sobre el pecho.

—Jean Muir y Richard Barthelmess —dijo Bob.

—Los mejores de los mejores —dijo Jake.

—Y los dos quieren hacer la película —dijo Bob—. Ya han aceptado en firme.

—Pero solo con Will Pabst —dijo Jake.

—Porque Will Pabst es el mejor, sin duda —dijo Bob.

Pabst carraspeó. Pues entonces, en fin, si realmente era el mejor…, entonces también debían fiarse de él, también tendría algún peso su juicio sobre un guion, ¿o no?

Bob dio otro sorbito a su martini. Pabst se veía reflejado en los cristales de sus gafas.

Tenían plena confianza en él, dijo Jake. Una confianza enorme, cordial, sincera. Pero lo primero tenía que seguir siendo lo primero.

Todo estaba listo para A Modern Hero, dijo Bob. Los actores estaban preparados, el guion y el perro estaban preparados, tenían luz verde, hasta el cámara estaba contratado ya.

—¿Qué dice de un perro? —preguntó Pabst—. ¿Qué perro?

Esta vez fue Bob quien se inclinó hacia delante y ladeó la cabeza, como si hubiera interferencias que les impidieran entenderse.

Jake preguntó para qué hacía falta un perro.

Pabst dijo que para nada, que él no pedía un perro para nada, que solo había preguntado por el perro porque Bob había hablado de un perro, pero que daba igual. Tuvo que carraspear de nuevo, tenía la boca seca, ahora le habría venido muy bien un trago de agua. ¿Seguiría el pájaro en el cielo, en el mismo lugar? No se atrevía a levantar la mirada.

Pues nada, entonces todo fenomenal, dijo Bob, una reunión fantástica, ya estaba todo listo, así lo harían.

Jake aplaudió, su entusiasmo parecía no tener límite; se adueñó de su cuerpo entero, que empezó a temblar y todo. ¡Qué fantástico, qué bien!, exclamó. ¡La mejor reunión de su vida!

—No —dijo Pabst.

Los dos lo miraron, no disgustados sino estupefactos, como si acabara de suceder algo inconcebible para ellos, un milagro de la naturaleza, un misterio insondable jamás visto en este mundo.

A Modern Hero era un guion malo hasta decir basta, dijo Pabst. ¡Nada tenía sentido! El protagonista era tonto, la chica era tonta, la historia era enrevesada, pero tonta a pesar de todo. ¡Todo era un despropósito! ¡Tenían que creerle, por favor!

Esperó. Los otros dos no decían nada.

En Alemania está Hitler, dijo Pabst, y añadió que él estaba en América por eso. Por eso estaban allí todos los que habían emigrado. La gente tenía miedo de otra guerra. War Has Been Declared trataba justo de eso: de un barco pequeño, pero con el mundo entero dentro.

—Todo el mundo lo entenderá. ¡Lo prometo!

Los otros dos asintieron con la cabeza, y por un segundo de vértigo, Pabst creyó posible haberlos convencido. No habría sido la primera vez. En tiempos, cuando rodó Bajo la máscara del placer, todo el mundo le había dicho que no se podía hacer una película que se desarrollara en la vida cotidiana. Las películas alemanas trataban de dragones y vampiros y fantasmas y sombras románticas, pero no de muchachas que vendieran su cuerpo para no morirse de hambre, ni de la inflación, ni de gente desesperada en una calle de Viena… y, sin embargo, lo había conseguido; y también le desaconsejaron todos contratar a una actriz sueca para el segundo papel principal, pero él insistió y la película fue un éxito, a pesar de que la censura la había mutilado por todas partes y, en realidad, nadie la había visto tal y como hubiera correspondido. Era famosa incluso allí en América, en Hollywood, donde ahora se encontraba sentado frente a dos imbéciles diabólicos con quienes no conseguía hacerse entender. Y después de Bajo la máscara del placer había adaptado la Lulú de Wedekind, para la que de nuevo encontró a una actriz joven que no conocía nadie, una americana con un carisma como no se había visto en la vida, y la película conquistó el mundo. ¿Acaso no contaba todo eso?

A todos los del estudio, dijo Jake, a todos los de la Warner Bros. les encantaba A Modern Hero.

—Confíe en nosotros, Will —dijo Bob.

—Luego ya veremos —dijo Jake.

Al llegar a Hollywood, exclamó Pabst, todos le habían dicho: Haz lo que quieras. Haz lo que hacías en Alemania, pero todavía mejor. ¡Todos le habían dicho eso!

Y así pasó lo que no tenía que pasar: levantó la voz. Y eso que todo el mundo le había advertido de que en América eso no podía pasar. Que allí no existía el «no», le había explicado Lubitsch, incluso si quieres decirle a alguien que no tiene razón, lo primero que tienes que decirle es cuánta razón tiene.

—Le escuchamos —dijo Jake.

—Lo comprendemos —dijo Bob.

—Pero las cosas son así —dijo Jake.

A Modern Hero iba a ser una película extraordinaria, asombrosa, dijo Bob. Todo el mundo estaba convencido.

—Todos —dijo Jake.

Y por eso, dijo Bob, tenía que ser George Will Pabst quien la rodase. Porque George Will Pabst era el mejor. En Alemania, en Europa, ¡en todas partes!

—Y por ser el mejor —dijo Pabst—, me dan un guion anticuado y malísimo y actores de segunda cola.

—¿Cola? —repitió Bob.

—¡Como se diga! —exclamó Pabst—. ¿De segunda línea? ¡Fila!

Jake y Bob asintieron con la cabeza, pensativos. Y ahora volvía a aparecer el criado a preguntar, con la misma resplandeciente sonrisa de autómata, si deseaban tomar algo más.

Estaban bien, le dijo Bob. Pero gracias, Jim, un bonito detalle por tu parte.

Bueno, pues entonces todo perfecto, dijo Jake. Se habían entendido. ¡Qué estupendo, qué alegría!

Magnífico. Great, dijo Bob.

Harían muchas cosas juntos, dijo Jake. Primero A Modern Hero. ¡Qué emocionante iba a ser!

Y luego, dijo Bob, cuando A Modern Hero se hubiera convertido en un éxito grandioso, de lo cual no cabía duda, antes o después habría ocasión de retomar la magnífica idea del barco.

Los dos se pusieron de pie. Y Pabst, que no sabía qué hacer, los imitó. Bob le rodeó los hombros con el brazo y así se pusieron en marcha, en amor y compaña, en dirección a la calle.

Ahora que estaban todos de acuerdo, ya podían resolver los detalles. Su gente le enviaría lo necesario a la gente de Pabst.

Pabst asintió con la cabeza sin entender qué quería decir aquello. Porque, desde luego, no estaban de acuerdo, aparte de que no sabía a qué supuesta gente suya se refería Bob, si él era un emigrante, no tenía otra gente salvo a su mujer y su hijo pequeño. En Alemania estaba rodeado de colaboradores, y en Francia al menos había tenido productores y agentes, pero allí no tenía a nadie.

Se quedó parado. Lo cual requería no poca fuerza de voluntad, pues Bob lo empujaba hacia delante con el brazo.

—No —dijo Pabst.

Detrás de ellos, Jake preguntó si estaba todo en orden.

El sol deslumbraba. Pabst oyó zumbar a un mosquito. El zumbido cesó, un momento después notó un picotazo en la mejilla. Le dio un manotón, ahora tenía al mosquito pegado en los dedos.

—No —repitió.

Los otros dos sonrieron con gesto artificial.

—No estoy de acuerdo en nada —dijo Pabst—. En nada.