Eran los primeros días del mes de abril. Por la ventana, que tenía abierta de par en par, penetraba en la habitación una brisa refrescante henchida de la fragancia de la primavera, trayendo consigo las notas de una bella música de piano. Era la melodía de la obra Salut d’Amour de Elgar.
De pronto, como atraído por la música, apareció un gato caminando tranquilamente por la barandilla del balcón. En principio, en este edificio de apartamentos está permitido tener animales. Seguramente fuera la mascota de algún vecino. Era un gato tricolor con una bonita disposición del pelaje blanco, marrón y negro.
Paré de cortar el puerro que tenía en la tabla y me quedé mirándolo desde la cocina.
El animal avanzaba por la barandilla con garbo y andar sinuoso. La agilidad y seguridad con las que caminaba, aparentemente sin miedo a caer, le conferían una elegancia especial a su figura y me quedé absorta mirándolo. El cielo azul sin una sola nube y los cerezos japoneses del fondo hacían de la escena una estampa de postal.
Seguí cortando el puerro que iba a usar de guarnición para el ramen instantáneo que me estaba haciendo mientras lo observaba a hurtadillas. También iba a preparar un salteado de zanahorias, brotes de soja y espinacas con aceite de sésamo; aun así, iba a ser una comida de lo más anodina.
El felino se detuvo justo en mitad de la barandilla, como disfrutando de la música del piano, y entornó los ojos con gesto gozoso mientras cimbreaba su larga cola como un péndulo.
Vivo en un pequeño apartamento. La cocina está a dos pasos del balcón.
El gato pareció percatarse de mi presencia, se volvió hacia mí e hizo miau.
A falta de «saludo de amor», saludo de gato.
Sonreí casi sin querer. Me lavé las manos y me acerqué al balcón. Deslicé la mosquitera corredera para salir al balcón, pero el gato había desaparecido. Miré por todos lados buscándolo, pero no lo encontré.
Mi apartamento está en una tercera planta. ¿Se habría resbalado y se habría caído al suelo? Me asomé por encima de la barandilla y miré abajo, pero tampoco lo vi. Me tranquilizó saber que no se había caído. «Un gato no es tan torpe como yo», pensé riéndome un poco y apoyé los brazos cruzados en la barandilla.
Salut d’Amour había concluido. Ahora sonaba el Estudio n.º 3, op. 10 de Chopin, El adiós. Suspiré pensando en el sobrenombre de la obra y bajé la cabeza. Una ruptura amorosa debe de ser dura para cualquiera. Pero, para una mujer de cuarenta años que siempre ha soñado con formar una familia, lo es mucho más. Mi pareja y yo llevábamos muchos años de relación y estar juntos se había convertido en una simple rutina. Pero en esta vida no hay nada que pueda darse por supuesto. Incluso un gato puede dar un traspiés y perder el equilibrio.
Volví a pasear la mirada por la calle desde el balcón, de nuevo preocupada por la suerte del animal, pero todo indicaba que no había sufrido ningún percance.
Yo sí que había trastabillado.
«¿En qué momento se torció todo…?», me dije.
La algarabía de unos niños que pasaban por la calle me hizo mirar abajo otra vez. Parecían niños de los primeros cursos de primaria. Debían de estar de vacaciones de primavera.
Sonreí nostálgica. ¿Cómo estarían mis antiguos alumnos? ¿Me habría equivocado abandonando la docencia? No, no; si hubiera seguido dando clase, las impertinencias de los alumnos por seguir soltera me hubieran ofendido y me habrían hecho sentir bastante mal. En mi estado de ánimo actual, quizá incluso me hubiese puesto a llorar en plena clase. Había hecho bien, claro que sí. Asentí como para convencerme de una decisión que a esas alturas no tenía vuelta atrás. Entré en casa y cerré la mosquitera.
Me di cuenta de que ya no sonaba el piano.

—Muy rico —dije yo, Mizuki Serikawa, juntando las manos frente al cuenco de ramen vacío.
Me había preparado un ramen instantáneo con un montón de puerro en juliana y verduras salteadas. No era nada del otro mundo, pero quedé más que satisfecha después de comérmelo entero.
—Ahora, a trabajar.
Llevé el cuenco vacío a la cocina, lo lavé rápidamente y lo puse a secar en el escurridor. Cogí la bayeta, volví a la mesa y la limpié a conciencia. El tamaño de la mesa apenas daba para que comiera una persona en ella. El apartamento era pequeño y no había más remedio que utilizarla también para trabajar.
Terminé de limpiar, me serví una taza de café de goteo, coloqué el portátil y la documentación en la mesa y me senté en la silla. Tomé un sorbo de café y hojeé los papeles.
—A ver, el personaje de esta historia es…
El documento que tenía entre manos estaba repleto de ilustraciones de chicos muy guapos. Era un dosier de caracterización de personajes para mi historia. Los chicos serían «jóvenes de familias bien que acudían a colegios de élite». Cada uno tenía el pelo de un color: rojo, azul, amarillo… No parecían niños pijos. Pero la historia que protagonizarían iba a desarrollarse dentro de un videojuego y estos detalles no le iban a importar a nadie.
Exacto: soy guionista.
En ese momento estaba escribiendo el guion de un juego «romántico» para una red social. Pero yo no era la encargada de elaborar la trama principal en la que la protagonista, controlada por la jugadora, termina unida al héroe en un «final feliz». Mi guion era para esa parte de la trama en la que la protagonista acaba juntándose con un personaje secundario; es decir, tenía que crear una historia algo deslucida, que no terminara de la mejor manera y que, por lo tanto, no fuera tan atractiva como la principal. Una historia bien trabada, coherente y creíble, sí, pero menos interesante y satisfactoria para la jugadora que la que viviría en compañía del héroe.
Se trataría, además, de una trama relativamente breve, de apenas 30 kB. Que la extensión del guion esté fijada en kilobytes y no en número de páginas o palabras, ¿será algo exclusivo de los guiones para videojuegos?
«A ser posible, un final con un beso en la mejilla o en la frente. Preferentemente, en un entorno con agua», decían las instrucciones.
—Conque un beso en la mejilla o en la frente, no en los labios, y en un entorno con agua… El personaje secundario es un chico al que le gusta estar en casa, así que quizá lo más natural sería que todo sucediera cerca de la piscina de un hotel, por ejemplo, mejor que en una zona costera o en la ribera de un río.
Fui repasando el dosier mientras continuaba musitando observaciones. Después, abrí el cuaderno. Sus páginas estaban plagadas de anotaciones que solo yo podía entender. Era la trama a grandes rasgos que se me había ido ocurriendo y que había anotado a vuelapluma.
Tenía que ingeniármelas para que la jugadora que acabase con el personaje secundario se dijera: «Esta trama no está mal, pero me deja algo fría… ¡Quiero el final feliz con el protagonista que es más difícil de conseguir! ¡Seguro que con él todo será mucho más emocionante!».
Para ello, fui esbozando citas que resultaban previsibles y escenas de amor creíbles, pero sin magia. No era fácil.
Terminé de comprobar lo que necesitaba y comencé a redactar. Resonaban en la habitación las pulsaciones del teclado y la música que salía de los altavoces del portátil.
Las tramas de los guiones que me solían encargar para juegos de redes sociales eran siempre de lo más simples. Pero se me daban bien, así que el trabajo me resultaba entretenido. Aunque no era menos cierto que me habría gustado elaborar una historia de amor por todo lo alto protagonizada por la jugadora y el héroe —la trama más emocionante para el juego más difícil—, y no una sin nervio, con personajes secundarios que ni fu ni fa.
Pero no estaba en condiciones de rechazar ningún proyecto. Se me escapó una sonrisa amarga pensando en mi situación. Y eso que, hasta poco antes, no hacía más que recibir encargos importantes… Sacudí la cabeza y me concentré en la redacción. El número de páginas para un encargo de 30 kB depende de la cantidad de caracteres, pero es similar al de un relato corto.
Me desperecé con ganas cuando redacté un tercio del guion.
—Solo han pasado dos horas desde que empecé a escribir…
Sonreí resignada dándome cuenta de lo mucho que se había reducido mi capacidad de concentración. Diez años antes podía estar muchísimo más tiempo entregada a la tarea…
En ese momento, vibró el móvil que tenía encima de la mesa anunciando la llegada de un mensaje. Alargué el brazo y cogí el teléfono.
«Buenas tardes, maestra Serikawa. Soy Akari Nakayama. Le pido disculpas por el mensaje repentino. Era para comentarle que he venido a Kansai por trabajo y estoy en Kioto ahora mismo. ¿Tendría un hueco para que nos veamos?».
El corazón me dio un vuelco cuando leí aquel nombre. Era una antigua compañera de trabajo en una productora de televisión que había ascendido a directora. El mes anterior, me había armado de valor para mandarle una propuesta de proyecto.
Probablemente estaba en Kioto de casualidad, porque era dudoso que viniera expresamente para verme. Pero el que me avisara de que se encontraba aquí y que me citara para vernos me pareció un detalle por su parte. Seguramente era para decirme algo sobre mi propuesta.
«Por supuesto, encantada. Yo también tengo ganas de que nos veamos», le dije.
«Muchas gracias. Entonces ¿nos vemos en el vestíbulo del hotel en el que nos solíamos reunir? ¿Le parece bien dentro de una hora?», fue su respuesta inmediata.
«Sin problema».
Mandé el mensaje, cerré el portátil y me dirigí al pequeño trastero reconvertido en armario. Dudé cómo ir vestida. Al final, fui a lo seguro y opté por el clásico pantalón y americana. Me puse de pie frente al lavabo.
Ese minúsculo apartamento no tenía vestidor y guardaba el kit de maquillaje en el borde del lavabo. Abrí la caja de la base de maquillaje en polvo, cogí la borla y me la fui aplicando en la cara.
—Madre mía, cómo se cuartea, ¡qué mal!
Llevaba tiempo sin maquillarme porque apenas salía de casa. Como mucho iba al supermercado del barrio a comprar las cosas del día a día. Me daba pereza maquillarme para eso y lo resolvía usando siempre una mascarilla.
Era como si mi cutis se hubiese asustado por llevar tanto tiempo sin maquillaje y lo estuviera rechazando. Pensé en la cara que pondría Akari si me viera así; ella, que debía de recordarme cuidándome como la que más con todo tipo de tratamientos estéticos.
No tengo más remedio que acabar, me dije, y seguí maquillándome. Me perfilé las cejas, me pinté los labios, cogí también una rebeca fina y me colgué el bolso. Salí del edificio y me dirigí a la estación de tren.
Vivía en el área urbana de Kioto, al menos en teoría. Pero mi barrio era una zona residencial sin ningún encanto especial, muy distinta de la típica imagen que la gente suele tener de la antigua capital. Subí al tren y suspiré aliviada. Justo en ese momento me llegó otro mensaje de Akari al móvil.
«El vestíbulo está lleno de gente, así que me he venido a la cafetería de la primera planta. Estaré trabajando. No tenga ninguna prisa».
La imaginé en la cafetería escribiendo en el portátil. Los profesionales del mundo de la televisión pueden trabajar casi en cualquier sitio. Bueno, yo también. Antes solía ir a trabajar a cafeterías y a otros lugares fuera de casa. Pero en ese momento vivía con lo justo y no me sobraba ni lo que cuesta un triste café, así que, si no era absolutamente necesario salir, me quedaba en casa. Y muchas veces recurría a comidas instantáneas. Procuraba añadirles algo de verdura por una casi testimonial preocupación por la salud. No descartaba que mi piel estuviera acusando la mala alimentación y de ahí la dificultad con el maquillaje. Esbocé una leve mueca de autodesprecio y miré la pantalla del móvil. Busqué en internet los índices de audiencia y las opiniones de las series que se estaban emitiendo, pero enseguida me empecé a agobiar y paré de hacerlo.
Entre los viajeros del vagón había un niño de primaria que debía de estar de vuelta del cole, yéndose a casa. Parecía de segundo o tercero. Debía de ser un alumno de alguna escuela privada porque no llevaba la típica mochila ransel que suelen usar los niños de las escuelas públicas, sino una de cuero marrón, de estilo sobrio y bastante elegante. Iba solo. «Qué responsable parece, con lo pequeño que es», pensé. De repente, la mujer que se sentaba a mi lado me dijo:
—Oiga…, ¿no será usted la profesora Serikawa?
El corazón me dio otro vuelco. La miré vacilante. La mujer tendría entre veinte y treinta años. Parecía joven, pero su aplomo y ademán reposado sugerían que quizá fuera algo mayor de lo que aparentaba. Por su estiloso vestir sin estridencias, las uñas bien cuidadas pero no largas y el pelo teñido de un castaño discreto y elegante, pensé que sería estilista o peluquera. ¿Podría ser que me atendiera alguna vez?
—Disculpe que la aborde así. Lo siento si la he asustado. Es que usted fue mi profesora en primaria…
Sentí que se me destensaban los hombros. Al parecer, era una antigua alumna mía.
—Tengo muy buenos recuerdos de usted. Le tenía mucho cariño como profesora.
Encogí los hombros, desarmada con aquel halago. Había sido profesora de primaria a tiempo parcial. Era la auxiliar que sustituía a la tutora cuando faltaba por la razón que fuera; por eso, mi contacto con los alumnos en clase fue relativamente escaso. Me encantó que me tuviera en tanta estima, pero no recordaba haberme comunicado con los alumnos hasta el punto de que alguien me pudiera tener cariño. Quizá intuyó lo que estaba pasando por mi cabeza, porque enseguida añadió:
—Usted se encargaba de uno de los grupos de rutas escolares a pie, al que yo pertenecía.
Cierto. Recordé que a menudo acompañaba a los grupos de alumnos que acudían y regresaban a pie del colegio. La tutora solía estar muy atareada con las cuestiones académicas y otros asuntos de clase y el acompañamiento de los grupos de rutas escolares quedaba en manos de los auxiliares docentes. Pero llevar los alumnos era un trabajo bastante más exigente de lo que pudiera parecer. La conducta de los niños más pequeños era imprevisible y no se les podía quitar ojo. Ponerlos en fila india y hacerlos avanzar en línea recta era ya todo un reto. Solía ir haciendo juegos de palabras, charlando y, en general, ingeniándomelas para mantenerlos entretenidos sin que se distrajeran de su principal cometido, que era el ir caminando. Una agradable nostalgia me hizo sonreír.
Seguí hablando con ella y supe que era peluquera, como había imaginado.
Cuando el tren se detuvo en una de las estaciones, dijo: «Espero no haberla molestado», y se apeó despidiéndose con una sonrisa.
Le devolví el saludo musitando: «Podría haberle preguntado su nombre». Me recosté en el asiento sintiéndome bien por aquel fugaz pero feliz reencuentro.
De pequeña siempre había querido ser profesora de primaria. Lo sentía claramente como una vocación. Sin duda, había sido un trabajo difícil. Pero estas situaciones hacían que el esfuerzo que había hecho compensara con creces.
«¿Por qué habré elegido ser guionista?», me volví a preguntar, y mi ánimo no tardó en ensombrecerse. Durante un tiempo estuve haciendo las dos cosas. Trabajaba también como guionista porque estaba permitido compaginar otros empleos con el de docente auxiliar. Pero en la encrucijada de tener que decantarme por una u otra profesión, cuando se presentó la oportunidad de ser profesora a tiempo completo, decidí abandonar la docencia y elegí ser guionista. ¿Cuántos años habían pasado desde entonces? Mis alumnos de primaria ya trabajaban y yo había cumplido cuarenta años, así que… Vivía con la angustia permanente por mi futuro incierto. Si en aquel momento hubiera optado por la docencia, quizá para entonces habría estado sufriendo por lo difícil y agotador que era trabajar con niños, pero la seguridad y la estabilidad de mi vida habrían estado garantizadas. Desde luego, no me habría sentido agobiada por la incertidumbre ni estaría pasando noches sin dormir.
Me mordí el labio y bajé la mirada, clavándola en mis rodillas.