Aunque no era muy mayor, era como si llevara la muerte ...

Aunque no era muy mayor, era como si llevara la muerte dentro. Estaba siempre conmigo, en cierto modo. Al principio, yo jamás había visto morir a nadie, pero un crío sabe ya demasiado y al mismo tiempo casi nada de la muerte. Me preguntaba qué pasaría si mi padre se muriese al día siguiente. Como si solo la muerte pudiera cambiarlo todo. Si papá se muriese mañana…, me decía; pero entonces me embargaba una tristeza colosal que me cerraba el estómago y escocía como el hambre. No hay que pensar esas cosas. Aun así, esa idea me rondaba la cabeza sin cesar.

Si mi padre se muriese mañana, yo diría unas palabras en la iglesia. En las iglesias hay buena acústica, pero me temo que sería el único en decir algo. En mi familia no hay tradición de soltar discursos en las grandes ocasiones. La última vez que alguien lo intentó fue en la boda del primo Arne. Iba a casarse con Dak, una chica que se trajo de un viaje a Tailandia. Cuando la novia tocó con la cucharilla en la copa dispuesta a declararle amor eterno a su esposo en una mezcla de su lengua y un inglés macarrónico, mi tío le saboteó el discurso. Se levantó de la mesa y gritó «Salud» sin dejarle siquiera empezar a hablar. Dak se vengó durante años cocinando con muchí­simo picante cada vez que recibían la visita de mi tío y de Jonna, su mujer. Fue el principio del fin de su matrimonio y de su permiso de residencia. En el entierro de mi padre diré unas palabras. No muchas. Se lo merece.

Mi familia vivía en pleno campo, al otro lado de la presa que quedaba detrás de la ciudad. Skive se alzaba en medio de la nada con sus altísimos silos y su estación, de donde salían más de doce trenes al día. Los trenes se dirigían a Copenhague y Hamburgo. Todos los pueblos quedaban en mi lado de la presa. El agujero en que vivíamos se llamaba Nørre Ørum. Un arrabal de la oscuridad aprisionado en medio de un sinfín de poblachos. No creo que a nadie le haga ningún bien pasar allí mucho tiempo. Había demasiada muerte por todas partes. No pasaba día sin que las esquelas ocupasen una página entera del periódico. Mi padre leía el Folkebladet empezando desde atrás, y las esquelas eran lo primero que miraba. A veces nos las leía. Mira, se han muerto fulano, mengano y zutano. Pero la muerte en sí misma no era lo peor. Lo peor era que la pena no lograba abrirse paso. Como si se enquistara dentro de la gente y la cambiara. En mi familia tampoco lloraba nadie. La única era mi madre, que, para compensar, no paraba. Pero llegué a acostumbrarme. Si me salía lo bastante conmovedor, a lo mejor mi discurso hacía llorar a todos a moco tendido. La gente que nunca llora se vuelve muy rara. Se les apaga algo en la mirada.

Pondríamos largas hileras de lirios blancos por toda la iglesia de Nørre Ørum, aunque Jonna los detesta. No soporta ese olor tan penetrante. También habría que encender velas en el altar. Habría que ocuparse de un montón de cosas, aunque eso no evitaría que el de la funeraria nos trajese el ataúd media hora tarde. Su coche fúnebre, un Volvo 940 más que dudoso y sin filtro de partículas, se averiaría en la carretera. Pasa siempre que hay entierro en Nørre Ørum. Al final, el ataúd nos lo traería un gruista con chaleco reflectante, y Bent el Enterrador, que estaría esperando en el pórtico, se sacaría las manos de los bolsillos del mono para ir a recibirlo. Después iría a la nevera que tiene en el cuarto de las herramientas a buscar unas cervezas de las fuertes y se las tomaría con el de la grúa a la salud de sus muchos años de amistad. Por cierto, que Bent tiene que esmerarse en abrir hoyos bien profundos si luego no quiere líos con las autoridades. Pero él sabe lo que se hace, y si mi padre se muriese mañana, yo dejaría todo en sus manos sin dudarlo ni un segundo. En Nørre Ørum tienen experiencia en esto de la muerte, y morirse en Nørre Ørum ni siquiera es estar muerto. Es marcharse, o estar «muer», porque cortan el final de las palabras, y las más serias de todas las vomitan. No es un dialecto, es lo contrario: una lengua perdida.

Henning Antonsen, párroco de la zona y hombre curtido en entierros, es tristemente célebre por haber defenestrado el consejo parroquial. En su día, el pueblo estuvo a punto de convertirse en baluarte de unos forasteros que organizaban campamentos bíblicos y cosas por el estilo. Cuando, en vísperas de la elección del consejo parroquial, empezaron a ir a la iglesia todos los domingos, despertaron las sospechas de Henning Antonsen, que infiltró en el consejo a tres chiflados y así siguió mandando en su iglesia sin jaleos. Si mi padre se muriese mañana, Henning Antonsen propondría los tres himnos que escoge siempre, ya sea para una boda o para un entierro. Yo le habría pedido antes que desconectase el bucle magnético de transmisión del sonido para que la abuela, que lleva audífono, no oyese nada, pero él se negaría, porque todo el mundo tiene derecho a oír la palabra de Dios, y soltaría con voz chillona la misma monserga que suelta en todos los funerales —que el difunto era un hombre muy especial— con la nuez siguiendo arriba y abajo cada una de sus palabras.

«Querido padre», podría arrancar mi discurso, y seguro que ahí ya Jonna empezaría a cuchichear con mi tío, como siempre. Son propietarios de la granja de cerdos más grande de todo Herning y alrededores, y si mi padre se muriese mañana, ni por esas se libraba de la deuda que tiene con ellos.

Después no habría convite fúnebre, porque mi padre no tiene muchos amigos. Todos se irían directos a casa desde la iglesia y retomarían su vida donde la hubieran dejado. Tampoco estaría tan mal sin convite. La familia al completo se sentaría por decreto en los muebles de cuero de mi padre para pasar un buen rato. Con un par de banderitas a media asta en la tarta, el bíter Dr. Nielsen y demás elementos de rigor en ocasiones festivas, todo el mundo intentaría pasar el trago con su mejor sonrisa; verlo con cierto optimismo, porque en Nørre Ørum siempre hay algo que celebrar y, como diría Jonna, no hay mal que por bien no venga. Yo pensaría que esa es la misma mujer que siempre va por ahí diciendo que no está la cosa para tirar cohetes, y que ese pelo a lo paje se le pega de­masiado a la cara.

Si mi padre se muriese mañana, yo sería su heredero. A menos que lo fuesen antes sus acreedores, entre ellos mi tío, yo no entiendo de esas cosas. Heredaría una granja abandonada, los perros locos, un calefactor eléctrico para los días más fríos del invierno, una partida de baldosas viejas, el pie de un árbol de Navidad sin estrenar, tres congeladores, un mono azul, una nevera americana que consiguió en un trueque y unos calzoncillos largos. Compondría mi discurso a base de recuerdos. De todo lo que debería recordar, lo que con más claridad viene a mi mente son los días que pasaron más despacio. La lentitud en mi pueblo es básica, y lo que ocurre en Nørre Ørum no sale de Nørre Ørum, como dijo Frank, el vecino, el día que le dio a mi padre cincuenta mil coronas en negro por una picadora de forraje. En el cementerio habría una lápida a ras de suelo. Estaría sin pulir y en ella solo estarían grabados el nombre, la fecha de nacimiento y la de la muerte. Si pronunciara un discurso, mi padre se convertiría en palabras. Supongo que siempre se puede decir algo bonito. No haría ninguna falta que fuese un discurso largo. Solo algunos comentarios sobre una vida y un buen cliché como colofón. Hay cosas que solamente pueden decirse cuando la gente está muerta.

1

Todo empezó cuando nos entraron ratas. Yo tenía doce años y mis padres eran inmortales. Ellos no veían las ratas como una señal de nada. Por las noches correteaban por detrás del zócalo de la cocina. Se habían abierto paso mordisqueando el aislamiento de la fachada y ahora se paseaban del otro lado de los cajones. Les oíamos las garras cuando pasaban zumbando por la madera. Se comían cualquier cosa que encontraran. Migas de pan y bizcocho del fondo de los cajones. Cebollas y patatas del armario de debajo de la pila. Hasta con las pastillas del lavaplatos y el antical se atrevían, y no les pasaba nada. Salía una peste asquerosa del nido que habían hecho al otro lado del zócalo. Mi padre había puesto una bandeja de plástico con veneno debajo de la pila. Era de un rosa intenso. Mamá nos tenía prohibido tocarlo. El veneno no hizo efecto y una semana después las ratas seguían vivas. Ni se habían acercado.

—La rata danesa ha desarrollado un altísimo nivel de resistencia —dijo mi padre.

—Podemos llamar a un exterminador —propuso mi madre.

—¡Quiiiiiita! —dijo él alargando mucho la i—. Frena, Lonny.

—No pienso seguir así, da un asco que te cagas.

—No hace falta llamar a nadie. Esto lo arreglo yo.

—Tú sabrás.

Mi padre salió y encendió una afiladora que tenía en el granero. Se oyó un chirrido que cortó la casa como un cuchillo. Luego volvió con una pala bien afilada en una mano y una palanqueta en la otra.

—Ahora veréis —dijo.

Entonces cerró las puertas de la cocina, arrancó el zócalo con la palanqueta y dejó que las ratas saliesen correteando por toda la habitación. Después fue de aquí para allá por toda la cocina con su mono azul, levantando la pala hasta los hombros y dejándola caer una y otra vez. Así partía las ratas por la mitad con un estruendo metálico cada vez que la pala atravesaba el suelo de linóleo y llegaba a los cimientos de hormigón. Una tras otra, se cargó a todas hasta dejarlas inmóviles en sus charquitos de sangre. A una casi la vuelve del revés. Cuando terminó, mi madre lo limpió todo con una bayeta. Luego mi padre volvió a clavar el zócalo y las ratas acabaron en el montón de animales muertos que teníamos en el patio. Los animales no se pudren hasta que los gusanos no se les meten por debajo de la piel y les invaden el cuerpo. Entonces empiezan a perder mechones de pelo lacios y pringosos, y cuando las moscas cagan en sus ojos secos empieza a oler. Terneros muertos de pulmonía, algún que otro gato muerto o una gallina hecha polvo después de un encontronazo con un zorro. A veces me quedaba mirando sin pestañear las pupilas de un ternero muerto y durante una temporada me dio por coleccionar los crotales que llevaban en las orejas. Mi padre les daba antibióticos como prevención, para que no se pusieran malos, pero no servía de nada. No era fácil vivir del campo con el ganado muriendo de esa manera, protestaba cada vez que sacaba del establo otro animal muerto. Una vez al mes venían a llevarse todas las carroñas de Nørre Ørum para quemarlas, pero en el patio siempre quedaba un remolino de bichos revoloteando y el olor nunca llegaba a irse del todo.

En la entrada de casa vivían unos ocho perros. Acababan de tener otra camada y mis padres no sabían ya qué hacer con los cachorros. A veces se ponían juguetones, pero tenían un aliento de mil demonios. A mi padre le encantaba tener perros, porque hacían exactamente lo que él decía. Había uno mucho más grande que los demás, un labrador que intentaba morderlo todo. Lo habíamos heredado de mi primo Arne. Dak, su mujer, se había empeñado en que lo sacara de su propiedad. Había destrozado una ventana a mordiscos y, además, en opinión de Dak los perros eran algo que había que comerse.

—¿Cuándo vamos a castrar a ese maldito labrador? —preguntó mi madre

—¿Quién ha hablado de castrarlo? ¿Estás zumbada?

—No podemos permitirnos tanto perro. No hacen más que tragar.

—Pero podemos vender los cachorros.

—¿Y cómo vamos a colocar cinco chuchos sin pedigrí?

—Pues colocándolos —contestó mi padre.

Mi madre se alejó rezongando, pero yo creía en él. Era capaz de conseguir casi cualquier cosa.

Durante la cena mastiqué despacio. Había oído en algún sitio que lo mejor para no estreñirse es masticar la comida más de treinta veces. No había nada peor que el estreñimiento. Era mil veces peor que la cagalera. Mi madre ya estaba fumando con un pie subido en la silla. Había empujado el plato hacia el centro de la mesa y lo estaba usando de cenicero. Mi padre estuvo royendo la espoleta del pollo hasta dejarla monda y lironda, y luego se la echó a los perros, que habían estado atentos durante toda la cena.

—Y ya no pidáis más —dijo después de lanzársela.

—Si te empeñas en darles de comer cuando estamos a la mesa, no van a parar nunca —le advirtió mi madre.

—Un hueso les podré dar, ¿no? —protestó él con la mano por debajo del mantel para hacerle carantoñas a uno de los perros.

—Pero así solo les enseñas a pedir comida en cuanto nos sentamos. Te tienen engatusado.

—¿Es que quieres empezar a darles de comer tú?

—Los perros son tuyos, yo lo único que digo es que nos salen muy caros.

—Los perros son nuestros, joder, que yo también te he visto acariciarlos. A ver si buscas trabajo ya de una vez.

—Que estoy de baja.

—Ya, ya, pero a ver si cuando nazca te das prisa y encuentras algo. Las cosas están muy mal.

—Ya se arreglarán —dijo mi madre al apagar el cigarrillo con fuerza en el plato.

Mi padre se sirvió las últimas patatas que había en la cazuela. Nina estaba en su silla tapándose las orejas. Intenté sonreírle.

—Tienes razón, podría ser peor —dijo mi padre respirando hondo.

A mi madre se le había puesto una tripa enorme. Estaba hinchada como un globo o como una calabaza. Me había contado que íbamos a tener otra hermanita. Mi padre y ella no hablaban mucho del tema. Les pregunté para cuándo. Mi padre dijo que aún faltaba. No sería antes de finales de año.

—¿Sabes lo que sale caro? —le preguntó a mi madre.

—No —contestó ella mientras empezaba a recoger los platos.

Rebañó todas las sobras y las echó a un cuenco grande. Para los perros. A veces añadían encima la salsa que sobraba, así se ponían bien acolchaditos antes del invierno, según decía mi padre.

—¿Sabes lo que sale caro? —repitió.

—Muchas cosas salen caras —replicó mi madre. Dejó el cuenco debajo de la mesa.

—Tener hijos, así que ¿no te parece que podemos permitirnos unos perros? —preguntó él mientras rascaba detrás de la oreja al más gordo de todos; luego se agachó a mirarle a los ojos y añadió—: Además, a los niños les conviene aprender a cuidar de un animal. Te quiero, gordinflas, eres un perrito bueno —le dijo al perro. Los demás se arremolinaron alrededor del cuenco dándose empujones para lamer la salsa.

—Pues yo prefiero un conejo —dijo Morten.

—Ya te estás quitando eso de la cabeza. Tenemos perros y en paz.

—¿Y por qué Tue puede tener peces? Eso es trampa —protestó Morten.

—Cállate la boca. Y una mierda va a ser trampa —contesté yo.

—¿A que te lavo la boca? —dijo mi padre. Era su amenaza cuando decíamos palabrotas. Que iba a lavarnos la boca con agua y jabón. Jabón de fregar.

—Ya me he duchado esta mañana —dije.

—¡A mí no me contestes!

Mi padre se mordió el labio y yo recogí los platos y los llevé a la pila antes de subir a mi habitación. Uno tiene que elegir sus luchas con cuidado, me había dicho una vez mi madre, y yo intentaba entrenarme.

Poco tiempo después, mi madre atropelló sin querer al labrador y lo echó al montón de animales muertos. Así fue como mi padre se enteró.

—¿Te das cuenta de que era el único macho? —gritó al entrar—. ¿Por qué cojones no miras por dónde vas?

—Ha sido un accidente.

—¡Era el puñetero labrador! Menos mal que nos dio tiempo a tener los cachorros.

Mi madre se llevó las manos a la barriga y fue a acostarse. Decía que el embarazo era agotador, que tenía muchas náuseas. Le habían salido unas estrías muy largas por la tripa. Dormía constantemente y a la primera de cambio se quedaba sin aliento. No tardaríamos mucho en vender los cachorros. Yo propuse que enterrásemos al labrador en el jardín. A mi padre no le pareció mala idea, siempre que fuese al pie de uno de los rododendros. Decía que la tierra ácida les venía bien. Me quedé al lado de Morten y de Nina viendo cómo cubría de tierra el perro. Después dio unos golpecitos con la pala en el montón y puso encima una piedra enorme que había encontrado al arar el campo que hay detrás de casa. Pasados unos días, trajo otro macho de un mercadillo. Un fox terrier que tampoco tuvo nombre.

2

Para Nochevieja, mi madre aún no había dado a luz. Había ido con mi padre al hospital unos días antes y desde entonces no había vuelto. Él, en cambio, volvió enseguida. Tenía mucho trabajo y se pasaba todo el día fuera, limpiando el establo y ordeñando a las vacas por las mañanas y por las tardes. Por eso nos cuidaban la abuela Ruth, madre de mamá, y O.P. Dormían en nuestra casa y tenían que mantenernos ocupados mientras esperábamos a la nueva hermanita. La abuela propuso que, por ser Nochevieja, pusiéramos la mesa en el salón para ver la tele mientras cenábamos. Se quedó a la entrada con su chaquetón amarillo puesto, sonriéndome. Había salido un momento a preguntarle a mi padre cuándo calculaba que acabaría en el establo. O.P. se acercó.

—¿Falta mucho para la cena? —preguntó.

—Lars aún no ha terminado —contestó la abuela.

—¿Y por qué no vamos preparando todo ya? Los niños tienen hambre.

—Muy bien.

—Podemos hacer estrellas fugaces,[1] seguro que echan alguna película buena, siendo Nochevieja —propuso O.P.

—Bueno, pero te encargas tú, que yo no soy un mesón ambulante.

El único problema era que O.P. no sabía cocinar, así que al final acabó haciendo las estrellas fugaces la abuela. Cuando fui a verla, la encontré en la cocina cortando un limón en rodajas. Luego las puso encima del pescado y se secó la mano con un trapo que llevaba atado a la cintura.

—¿Y tú qué, Tue? ¿También vas a querer que tu estrella tenga cola?

—¡Pues claro!

—¿Una o dos?

—¡Tres!

—Muy bien. Entonces ábreme esto.

Me pasó un frasco de espárragos empapado. No conseguí abrir la tapa, se me escurría entre los dedos cada vez que lo intentaba.

—No puedo —reconocí.

La abuela sacó del cajón un mazo para carne y se puso a darle golpes a la tapa hasta que por fin cedió. La desenroscó y resopló satisfecha.

—¡Toma los condenados espárragos! ¿Quieres tirar el caldo, Tue?

—¿No se puede aprovechar?

—No, qué asco, sabe a mierda.

Al acordarme de mi madre una vez más, ya no pude contenerme y pregunté.

—Abuela.

—¿Hummm? —murmuró ella, muy concentrada en colocar los espárragos encima del pescado.

—¿Por qué lleva mamá tanto tiempo en el hospital? —pregunté.

—No podemos decírtelo, pocholo.

—¿Y no podría venir solo esta noche?

—No, cielo.

—¿Qué le pasa?

Antes de que pudiera contestar nada, O.P. entró en la co­cina.

—No son cosas para niños —murmuró mirándola.

Ella le mandó callar y le pidió que llevara los platos al salón. Casi nunca nos servían la comida en la mesa.

—¡Como en los restaurantes! —exclamó Morten. Estaba viendo la tele, pero no perdía ripio de lo que pasaba en casa.

Era imposible saber qué estaba ocurriendo, no querían decirnos nada. Mi padre directamente se negaba a hablar. Se pasaba todo el día con las vacas, y si alguien le preguntaba, cambiaba de tema. Empecé a inventarme historias de por qué no venía mi madre. A lo mejor la hermanita se retrasaba en salir. A lo mejor la comadrona estaba de vacaciones. A lo mejor mi madre se había muerto. No, no podía haberse muerto, nos lo habrían dicho. Los hijos son los primeros en enterarse cuando se mueren sus padres y, además, solo tenía treinta y seis años. Nadie se muere a los treinta y seis, pensé.

Fue muy raro celebrar el fin de año sin ella. En los demás pueblos habían empezado a tirar petardos ya por la tarde. Los cohetes nos pasaban por encima mientras se consumían en el paisaje helado. Los observábamos con la nariz pegada a la ventana. El cielo se ponía rojo e iluminaba toda la comarca. Como una batalla aérea perezosa que no había elegido su enemigo. Un nuevo año estaba en camino. El tiempo no terminaba de decidirse y la nieve derretida había vuelto a congelarse. Fuera, en la terraza, nuestro árbol de Navidad estaba en el suelo, en medio de unas líneas blancas de hielo. Lo habíamos tirado porque ya había empezado a perder hojas. Aún le quedaban restos de espumillón. Cada ráfaga de viento le arrancaba más agujas. Nosotros no habíamos comprado cohetes. A O.P. le parecía tirar el dinero.

—¿Podemos salir? —le pregunté después de cenar. Estaba en el sofá, viendo una película danesa antigua.

—Me temo que no. Ahí fuera hay un vendaval —contestó.

—Porfi —suplicó Morten.

La abuela trajo de la cocina una bolsita para nosotros.

—Qué iréis a hacer —dijo con un guiño.

—Nada —contestamos.

—Joder, Ruth —protestó O.P.

—Deja que lo pasen bien, es Nochevieja. ¿Vais a ir por ahí a gastar bromas de Año Nuevo?

—Qué va —respondí.

—Que no se os olviden las gafas protectoras —nos advirtió.

Eché un vistazo dentro de la bolsa; había unos cuantos cohetes para niños, se los enseñé a Morten. No teníamos gafas, pero eso me lo callé.

Ayudé a Morten a ponerse el buzo y le di la mano. Caminamos un buen trecho por el campo que había delante de la casa y abandonamos la idea de hacer saltar por los aires el buzón de los vecinos. Estaba demasiado lejos. Además, solo teníamos unas bombitas y un cañón de confeti. Cuando empezamos a tener frío, decidí que lo mejor sería dar media vuelta y volver a casa. Morten me siguió.

Mi padre por fin salió del establo. Se quedó dormido en el sillón delante de la tele. O.P. no paraba de reírse con la película que había puesto. Era de Chuck Norris.

—Chssst —le mandó callar la abuela señalando a mi padre.

O.P. hundió los dedos en un cuenco de salsa y empezó a chupárselos sin apartar la vista de la pantalla. Yo le di un traguito a la cerveza de mi padre.

—¿Dónde está mamá? ¿Por qué no nos lo decís? —preguntó Morten, pero siguió sin haber respuesta.

—No va a venir esta noche, pocholo —contestó la abuela.

Así que volvió a preguntarlo, esta vez a O.P.

O.P. puso una cara muy rara, pero no dijo nada.

El día menos pensado entrará por esa puerta, me dije. Estuvimos tanto tiempo en el sofá comiendo ganchitos y viendo pelis que no nos dimos cuenta de cuándo empezaba el año, y a la mañana siguiente nos despertaron los zarandeos de la abuela.

—¡Feliz año, chicos! —nos saludó.

La tele seguía puesta. Nina estaba sentada en el sillón de mi padre con un enorme bigote de leche. Solo tenía tres años y no entendía nada de nada. No se podía hablar con ella. Se me ocurrió la idea de salir a recoger los cohetes que habían tirado. Ya iba a echar a correr por los sembrados cuando vi que llevaba a todos los perros pisándome los talones. Les grité, pero no querían volver a casa. Los pantalones de esquí me quedaban grandes y me tropecé. Cuando logré levantarme, seguí corriendo con un saco enorme de basura a rastras. Los abetos azules de los lados del camino hacían que el invierno pareciese aún más frío. Cuando llegué a casa con los cohetes, los escondí detrás de la puerta del establo. Por abajo estaban negros como el carbón, y un par de fuentes fueron dejando un reguero por el suelo.

3

Uno de los primeros días después de las vacaciones de Navidad, me mandaron al despacho de la directora. No había nadie por los pasillos. Todo el mundo estaba en clase. Iba pegado a la pared, arrastrando la mano por los ladrillos amarillos. Aunque había dormido toda la noche de un tirón, me pesaba la cabeza y se me cerraban los ojos. En teoría podía pirarme, pero eso no traería nada bueno. Un día unos chicos de mi clase habían intentado irse en mitad de la jornada, pero un profe los pilló y los hizo volver.

Lo peor de que te mandaran a hablar con Margit era eso de tener que dar explicaciones. Margit siempre se empeñaba en que contara uno mismo lo que había hecho, y después te clavaba una mirada que hacía llorar a casi todo el mundo. Pero yo estaba curtido y conocía su método. Solo había que aguantar.

Casi siempre había líos cuando yo estaba en el colegio. Lo decía Inga, mi tutora, y no le faltaba razón. Líos antiguos que seguían cabreando a los profesores y líos nuevos que o bien tenían o bien podían acabar teniendo que ver conmigo.

Margit quería verme porque había vuelto a contestar a la profesora de hogar. Teníamos que preparar una comida de Navidad y yo no paraba de preguntarle a la profesora si había que echar vinagre al pudin de arroz. También había hecho una galleta gigante con toda la masa en vez de muchas pequeñas y la había metido en el horno. A ella no le hizo gracia, pero el resto de la clase se rio con la ocurrencia. Ahí sí que terminó de pillarse un buen rebote. Me chilló en toda la cara que el pudin de arroz lleva arroz y punto, pero eso no es verdad. Cuando se lo dije, señaló la puerta y me dijo que hiciera el favor de subir al despacho de Margit. Temblando de rabia.

Me senté frente a Margit y empecé a pasear la mirada de aquí para allá. Notaba que mis cordones tocaban el suelo si columpiaba los pies. Casi nunca me los ataba, se tardaba demasiado. En el despacho de al lado se oía a la secretaria tecleando sin parar. De vez en cuando sonaba un teléfono que nadie cogía.

—Tue, te has convertido en el payaso de la clase —empezó.

—Qué va —dije.

—Es el papel que estás asumiendo, Tue. Y yo creo que tú vales más que eso.

—Pero ¿qué es lo que he hecho? ¿Me lo puedes decir?

—Te lo tomas todo a guasa, pierdes el tiempo… y si fuera solo eso no pasaría nada, el problema es que también se lo haces perder a los demás.

—Mmm —murmuré sin más. Me puse a mirar al suelo, no me apetecía escucharla.

—Esto no funciona —dijo sonriente, enfundada en un jersey color turquesa y sin parar de hacer clic con el bolígrafo.

—¿Por qué me tienes manía? —le pregunté.

—Eso no es verdad.

A su espalda había un cuenco de cristal lleno de caramelos de nata Werther’s. Una vez les dio unos cuantos a Michael y a Kris por hacer las paces después de estar peleados varios meses.

—Tienes que empezar a comportarte como los demás —dijo.

—¿Por qué?

—Porque aquí tiene que reinar el orden.

—Margit, ¿me dejas tu móvil para que llame a mi padre? —pregunté.

Asintió con cara resignada.

—Eso no va a hacer que cambie de opinión —dijo.

Cogí el teléfono, marqué el número de mi padre y le pedí que viniera al colegio. Antes de colgar, también le pedí que me trajese algo de comer.

—Ahora viene —anuncié.

Margit sacó un periódico y me lo puso delante.

—Para esto estamos intentando prepararos —dijo dándole unos golpecitos con el dedo.

Mientras esperaba a mi padre, me mordí las uñas y les pinté gafas y bigotes a todas las caras del periódico. Margit siguió escribiendo en el ordenador. De vez en cuando entraba la secretaria con notitas de gente que había llamado.

Cuando por fin llegó mi padre, se tiró un buen rato hablando con Margit. Yo esperaba en el pasillo y no oía lo que decían, pero salió furioso.

—A ver si te portas bien, me cago en la leche —dijo pasándome la tartera.

Dentro había tres rebanadas de pan con ensaladilla rusa. Yo odiaba la ensaladilla rusa, mira que se lo había dicho un millón de veces.

—Si me porto bien —dije.

Él negó con la cabeza.

—¡Pues pórtate mejor! —dijo.

Margit y él habían decidido que lo mejor era darme el resto del día libre para recapacitar. Antes de irme, vacié la tartera en la papelera de Margit. Ella puso cara de asco.

—Nos vemos mañana —me despedí.

—Supongo que sí —suspiró ella.

Cuando llegamos a casa, no hablamos más del tema y fui al establo a ver los petardos. Pero ya no estaban.

—¿Tú has visto mis petardos? —le pregunté a mi padre.

—¿Los que había detrás de la puerta?

—Sí.

—Están abajo, donde la caldera.

—¿Por qué los has puesto ahí?

—¿No eran para tirar? Entonces qué más te da que los use para encender.

—No, los colecciono.

—Pues es una colección un tanto curiosa.

—Claro que no.

—Claro que sí.

—¡Que no!

—Para ti la perra gorda —zanjó mi padre.

Los petardos estaban delante de la trampilla de la caldera. Había doce y una fuente, pero esa no contaba. Tenía que salir a buscar más antes de que otro se los llevara. Estaba sentado en el suelo sucio del establo, cuando oí la voz de la abuela al lado de los cubículos de las vacas.

—Lars, vais a tener que ir saliendo hacia el hospital. Acaban de llamar. ¡Va a ser ahora! —gritó.

Me acerqué. La abuela llevaba las chanclas de mamá y estaba pisando una boñiga enorme. Ni siquiera se había puesto el abrigo. Mi padre dijo que le pidiera a O.P. que terminase de ordeñar las vacas. Cuando me vio, se quedó mirándome fijamente. Luego dejó la horca apoyada en el muro.

Cuando llegamos a Viborg, mi padre señaló un edificio alto al otro lado de una glorieta.

—Ese es el hospital, ahí habéis nacido todos.

—Me acuerdo —dijo Morten.

—Qué te vas a acordar —dije yo.

Nina solo babeaba mientras mi padre metía el camión en el parking subterráneo del hospital. Todo se volvió oscuro. Aparcó en un hueco muy justo entre dos coches pequeños, colocó el disco en el parabrisas y cerró con llave.

—Vamos —nos dijo, y nosotros lo seguimos.

Al parecer, había estado allí muchas veces. Se sabía los pasillos y las puertas. Cogimos un ascensor. Yo apreté todos los botones y tuvimos que ir parando en todos los pisos.

—¿Pero qué cojones haces, payaso? No hay tiempo para tonterías —dijo mi padre.

Me apartó la mano de los botones de un golpetazo. Cuando estampó sus nudillos contra los míos, vi las estrellas. Me apoyé en la pared y me quedé mirando el botón rojo de alarma. Me entraron ganas de averiguar qué pasaría si le daba, pero me faltó valor. Desde Nochevieja, mi padre estaba muy raro. En uno de los pisos donde paramos se montó una señora con bata blanca. Bajó la vista y me sonrió, y yo intenté devolverle la sonrisa sin mirarla a los ojos. Cuando el ascensor por fin llegó a la maternidad, nos bajamos. La señora de la bata siguió subiendo. Mi padre cogió en brazos a mi hermana y nos llamó a mí y a mi hermano.

—Quedaos quietos aquí —dijo, y luego se fue a hablar con otra señora en bata.

—Mis condolencias —oí que le decía a mi padre.

Vinieron hacia nosotros y la mujer nos acompañó hasta una habitación. Llamó a la puerta y, después de abrir, dijo:

—Adelante.

Entramos con ella. Mi madre tenía un cuarto para ella sola. Al lado de la cama había una cunita con ruedas. También había flores en un jarrón y una tele apagada en una mesita móvil. La enfermera se acercó a mi madre y le cogió la mano.

—¿Cómo te encuentras? —le preguntó.

Pero ella no contestó.

—Está aquí tu familia —intentó la enfermera.

Mi madre se frotó los ojos y se incorporó un poco en la cama. Tenía cara de cansada y apartó la vista; luego se echó a llorar. Era la primera vez que la veía llorar, pero no me atrevía a consolarla. No voy a saber hacerlo, pensé, aunque quería intentarlo. Estaba a punto de darle un abrazo cuando empezó a hablar mi padre.

—Mamá ha estado inconsciente.

Tenía la mirada petrificada mientras sujetaba a Nina en brazos. Morten había cogido una naranja de un frutero y la hacía rodar por el suelo del pasillo. La naranja hizo que se abriese una puerta automática.

—Ven aquí —dijo mi padre, y Morten se acercó a la cama.

Estábamos todos alrededor de mi madre. Tenía la cara muy pálida. Apreté los puños para controlarme, no era buena idea que yo también me echase a llorar. Pero no pude evitarlo. Las lágrimas me corrían por las mejillas y no era capaz de decir nada. Mi madre me cogió la mano.

—Ahora ya estoy despierta. Tranquilo —dijo.

—Pero ha pasado una cosa de la que tenemos que hablar —siguió mi padre.

—Sí —dijo ella.

—Al final no va a venir una hermanita.

—¿Por qué? —pregunté.

—Se ha muerto.

—¿Cómo? —quise saber.

—En la tripa de mamá. Son cosas que a veces pasan. Podéis verla si queréis. —Y señaló la cunita con ruedas que había al lado de la cama.

Me acerqué a echar un vistazo. Había un bebé con el cuerpo lleno de moratones. Los párpados cerrados se le hundían en la cara, tenía el pelo finísimo.

—Se va a llamar Stine —dijo mi padre.

—¿Por qué va a tener nombre si ni siquiera ha llegado a vivir? —pregunté.

—¿Cómo se te ocurre preguntar una cosa así? Tendrá que llamarse de alguna forma. Tendrá que tener un nombre.

4

El entierro sería al cabo de unos días. En cierta forma tenía ganas de que llegara, aunque sabía que no sería un buen día. Pero era mi primer entierro y nunca estaba de más ir aprendiendo esas cosas. Iba en el camión con los demás, intentando imaginar qué pasaría. Volvíamos al hospital a recoger el pequeño ataúd blanco en la capilla. Mi padre había llevado algunos dibujos nuestros de hacía siglos. Los metió en el ataúd.

—Así Stine se lleva unos regalos vuestros —dijo pasándome la mano por la nuca.

Vino un señor a atornillar la tapa. Hacía frío en la capilla. Había corriente y no me quité el abrigo. Nos quedamos un ratito mirando el ataúd cerrado. Nadie parecía decidirse a hacer nada. El del destornillador preguntó si necesitábamos algo más, pero mi padre dijo que no, le dio las gracias y se limpió los zapatos en el felpudo. El señor les dio la mano a mis padres.

—Mis condolencias. No se preocupen, seguro que será un día muy bonito —dijo.

Llevamos el ataúd a la iglesia en el camión. Cabía perfectamente en la parte de atrás. Nos sentamos en primera fila. Mi padre oía al pastor con la mirada perdida. No entendí muy bien las cosas que dijo. Daba un poco igual. Detrás de mí estaba la abuela, llorando. Tuve que aguantar la respiración, no me quedó más remedio. La mano de mi madre agarró la mía, temblaba como una hoja.

Mis padres ayudaron a bajar el ataúd a la fosa; a mi madre casi se le cae la cuerda. La abuela me dio una flor.

—Échala ahí —me susurró señalando hacia la tumba.

Lancé la flor a aquel hoyo hondo que se abría en la tierra. Fue a parar a la tapa del ataúd.

—Adiós, mi pequeña Stine —dijo la abuela.

También estaban el tío y Jonna, pero se quedaron en un segundo plano. Habían venido un montón de viejos del pueblo. Casi todos llevaban bufanda y gorro. Después se acercó la yaya a darle un abrazo a mi madre.

—Esta vida es un misterio —dijo. Había ido a muchos entierros, siempre alardeaba de ello.

El tío se acercó con Jonna, que le había pasado el brazo por la cintura.

—Nuestras condolencias —dijo al estrecharle la mano a mi padre. No se la soltaba, se quedó ahí sacudiéndola un buen rato hasta formar un atasco en la fila de personas que querían darnos el pésame.

—Gracias, Chresten. Y gracias por ayudarnos con todo esto.

—No pienses en eso ahora. Estáis pasando un momento muy difícil —dijo.

Luego siguió hacia mi madre y le dio un abrazo.

—Gracias —dijo ella.

—Si hay algo más que podamos hacer, no dejéis de decírnoslo. Para nosotros no supone ningún problema. Tenemos que ayudarnos unos a otros.

—Gracias, Chresten —dijo mi madre, y el tío la soltó.

Allí de pie, con su vestido negro, volvió a echarse a llorar. Llevaba unas botas de cuero muy resistentes que dejaban unas huellas enormes en la nieve que aún quedaba. Le asomaban por los bordes los calcetines térmicos verdes, siempre tenía los pies helados. Mi padre le echó un brazo por los hombros.

—Levantaremos cabeza, ya lo verás —le dijo después de darle un beso en la mejilla.

El tío y Jonna se quedaron un rato allí, mirándolos. Luego él se sacó del bolsillo unos guantes grandes y negros de cuero y se los puso. Dio unas palmaditas y echó a andar hacia la salida. Jonna fue detrás de él. Habían aparcado a la puerta de la iglesia. El tío presionó la llave y abrió su coche. La yaya me dio un tirón de orejas. Yo estaba al lado de Morten pateando la nieve para desenterrar un poco de hierba.

—Tenéis que ser buenos con vuestros padres. Ahora van a necesitar que os portéis muy bien —dijo.

—Claro. No te preocupes —le dije yo.

—Eso está bien. —Hablaba con voz severa. A mí no me caía bien, aunque siempre era muy amable.

Siguió hacia donde estaba Henning Antonsen y le dio las gracias por la bonita ceremonia. Su mujer había montado una mesita de camping plegable con té y pastas para quien quisiera, pero casi todos se estaban marchando. No había mucho de que hablar.

La tumba estaba en un rincón del cementerio, al lado de la fosa común. Aún no tenía lápida. El tío la había encargado el día anterior, pero el marmolista tenía mucho trabajo. Algunos ramos llevaban largas cintas de seda con el nombre de los que los enviaban. El colegio había mandado tulipanes azules y morados. A mi padre le pareció todo un detalle, pero yo al día siguiente fui a la iglesia y los quité de la tumba. Los lancé por detrás de la valla de piedra. Rodaron colina abajo y acabaron en el campo. Llevaba conmigo un cohete y lo dejé sobre la tumba en su lugar.