NOTA SOBRE ESTA EDICIÓN

 

 

 

El presente volumen de narrativa breve de Virginia Woolf, con la traducción canónica de Andrés Bosch (Lumen, 1979), se basa en la colección que publicó Leonard Woolf a solo tres años de la muerte de la escritora con el título A Haunted House and Other Stories (The Hogarth Press, 1944). Esa colección no tardó en convertirse en una referencia importante, pero la compleja historia de los textos merece algunas precisiones adicionales. En vida, Virginia Woolf dio a la imprenta un solo libro de cuentos: Lunes o martes, publicado en 1921 también por The Hogarth Press, en una edición casi artesanal de noventa páginas con cuatro grabados a página entera de su hermana, Vanessa Bell. Por incompetencia del impresor, el libro salió plagado de erratas, y los textos no volvieron a editarse en años.

A fines de la década de 1930, Virginia Woolf empezó a pensar en recuperar el volumen y, hacia 1940, se decantó por editar una nueva colección, incorporando no solo casi todos los cuentos de Lunes o martes, sino varios otros dados a revistas y periódicos, así como algunos inéditos. Su muerte en 1941 dejó el proyecto en agua de borrajas, pero Leonard Woolf se propuso llevarlo a cabo según sus intenciones. De los ocho relatos que conformaban el primer libro, conservó los seis que Virginia Woolf pensaba retomar: «La casa encantada», «Lunes o martes», «Una novela no escrita», «El cuarteto de cuerda», «Kew Gardens» y «La mancha en la pared». (Sobre los omitidos, «A Society» y «Green or Blue», precisó: «me consta que Virginia Woolf había decidido no incluir el primero, y, prácticamente, tengo la seguridad de que tampoco hubiera incluido el segundo»).

Les sumó otros siete que habían visto la luz en revistas y periódicos: «Objetos sólidos», publicado en The Atheneum en octubre de 1920; «El vestido nuevo», en Forum en mayo de 1927; «La señora en el espejo», en Harper’s Magazine en diciembre de 1929; «Momentos de vida», en Forum en enero de 1938, con el título «Slater’s Pins Have No Points» [Los alfileres de Slater no tienen punta]; «La cacería», en Harper’s Bazaar en marzo de 1938; «La duquesa y el joyero», en Harper’s Bazaar en mayo de 1938; y «Lappin y Lapinova», aparecido en Harper’s Bazaar en abril de 1939. Las fechas son elocuentes: solo uno antecedía al libro editado en vida de Virginia Woolf, y hay una mayoría de textos de madurez, que habían sido encargados por los directores de las publicaciones referidas a una autora consagrada.

Los otros cinco cuentos del nuevo volumen eran inéditos y, como se advertía en el prólogo, solo uno de ellos había contado con una corrección de la propia autora. Leonard Woolf no daba datos sobre la procedencia de los textos, pero la crítica identificó más tarde la de todos: «Juntos y separados», «El hombre que amaba al prójimo» y «Un resumen» se conservan en sendos manuscritos sin fecha, pero pueden datarse en 1925 por los textos que los acompañan; «El legado» fue compuesto hacia octubre de 1940 y entregado a Harper’s Bazaar, aunque, para disgusto de la escritora, la revista lo rechazó; «El foco» tiene una larga historia de versiones y revisiones registradas en tres grupos de manuscritos con fechas de 1929, 1939 y 1941.

Leonard Woolf, con el rigor que lo caracterizaba, dejó constancia de haber dudado a la hora de incluir los textos de este último grupo, pues estaba seguro de que la autora «hubiese trabajado mucho en ellos antes de publicarlos». En retrospectiva, sin embargo, no parece necesario equiparar lo inconcluso con lo inoportuno. Al leerlos hoy día pueden descubrirse búsquedas estéticas afines a las desarrolladas por la escritora en sus grandes novelas, así como valiosos testimonios de su última etapa.

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La casa encantada

y otros cuentos

 

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La casa encantada

 

 

 

A cualquier hora que una se despertara, una puerta se estaba cerrando. De cuarto en cuarto iban, cogidos de la mano, levantando aquí, abriendo allá, cerciorándose, una pareja fantasmal.

—Lo dejamos aquí —decía ella.

Y él añadía:

—¡Sí, pero también aquí!

—Está arriba —murmuraba ella.

—Y también en el jardín —musitaba él.

—No hagamos ruido —decían—, o les despertaremos.

Pero no era esto lo que nos despertaba. Oh, no. «Lo están buscando; están corriendo la cortina», podría decir una, y seguiría leyendo una o dos páginas más. «Ahora lo han encontrado», sabía una con certeza, quedando con el lápiz quieto en el margen. Y, luego, cansada de leer, quizá una se levantara y fuera a ver por sí misma la casa toda ella vacía, las puertas quietas y abiertas, y solo las palomas torcaces expresando con sonidos de burbuja su contentamiento, y el zumbido de la trilladora sonando allá, en la granja. «¿Por qué he venido aquí? ¿Qué quería encontrar?». Tenía las manos vacías. «¿Se encontrará acaso arriba?». Las manzanas se hallaban en la buhardilla. Y, en consecuencia, volvía a bajar, el jardín estaba quieto y en silencio como siempre, solo el libro se había caído al césped.

Pero lo habían encontrado en la sala de estar. Aun cuando no se les podía ver. Los vidrios de la ventana reflejaban manzanas, reflejaban rosas; todas las hojas eran verdes en el vidrio. Si ellos se movían por la sala de estar, las manzanas se limitaban a mostrar su cara amarilla. Sin embargo, en el instante siguiente, cuando la puerta se abrió, esparcido en el suelo, colgando de las paredes, pendiente del techo... ¿qué? Yo tenía las manos vacías. La sombra de un tordo cruzó la alfombra; de los más profundos pozos de silencio la paloma torcaz extrajo su burbuja de sonido. «A salvo, a salvo, a salvo...», latía suavemente el pulso de la casa. «El tesoro está enterrado; el cuarto...», el pulso se detuvo bruscamente. Bueno, ¿era esto el tesoro enterrado?

Un momento después, la luz se había debilitado. ¿Afuera, en el jardín quizá? Pero los árboles tejían penumbras para un vagabundo rayo de sol. Tan hermoso, tan raro, frescamente hundido bajo la superficie, el rayo que yo buscaba siempre ardía detrás del vidrio. La muerte era el vidrio; la muerte mediaba entre nosotros; acercándose primero a la mujer, cientos de años atrás, abandonando la casa, sellando todas las ventanas; las estancias quedaron oscurecidas. Él lo dejó allí, él la dejó a ella, fue al norte, fue al este, vio las estrellas aparecer en el cielo del sur; buscó la casa, la encontró hundida bajo la loma. «A salvo, a salvo, a salvo», latía alegremente el pulso de la casa. «El tesoro es tuyo».

El viento sube rugiendo por la avenida. Los árboles se inclinan y se curvan hacia aquí y hacia allá. Rayos de luna salpican y se derraman sin medida en la lluvia. Rígida y quieta arde la vela. Vagando por la casa, abriendo ventanas, musitando para no despertarnos, la pareja fantasmal busca su alegría.

—Aquí dormíamos —dice ella.

Y él añade:

—Besos sin número...

»El despertar por la mañana...

»Plata entre los árboles...

»Arriba...

»En el jardín...

»Cuando llegó el verano...

»En la nieve invernal...

Las puertas siguen cerrándose a lo lejos, distantes, con un suave sonido como el latido de un corazón.

Se acercan más; se detienen en la entrada. Cae el viento, resbala plateada la lluvia en el vidrio. Nuestros ojos se oscurecen; no oímos pasos a nuestro lado; no vemos a señora alguna extendiendo su manto fantasmal. Las manos del caballero forman pantalla ante la linterna. Con un suspiro, dice:

—Míralos, profundamente dormidos, con el amor en los labios.

Inclinados, sosteniendo la linterna de plata sobre nosotros, nos miran larga y profundamente. Larga es su espera. Entra directo el viento; la llama se vence levemente. Locos rayos de luna cruzan suelo y muro y, al encontrarse, manchan los rostros inclinados; los rostros que consideran; los rostros que examinan a los durmientes y buscan su dicha oculta.

«A salvo, a salvo, a salvo», late con orgullo el corazón de la casa.

—Tantos años... —suspira él—. Me has vuelto a encontrar.

—Aquí —murmura ella—, durmiendo; en el jardín leyendo; riendo; haciendo rodar manzanas en la buhardilla. Aquí dejamos nuestro tesoro...

Cuando se inclinan, su luz levanta mis párpados. «¡A salvo! ¡A salvo! ¡A salvo!», late enloquecido el pulso de la casa. Me despierto y exclamo:

—Oh, ¿es esto vuestro tesoro enterrado? La luz en el corazón.

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Lunes o martes

 

 

 

Perezosa e indiferente, sacudiéndose con facilidad el espacio de las alas, conocedora de su camino, pasa la garza sobre la iglesia, bajo el cielo. Blanco e indiferente, ensimismado, el cielo se cubre y se descubre sin cesar, se va y se queda. ¿Un lago? ¡Borra sus orillas! ¿Una montaña? Sí, perfecto, con el oro del sol en las laderas. Cae desde lo alto. Helechos, o plumas blancas, por siempre siempre...

Deseando la verdad, esperándola, destilando laboriosamente unas pocas palabras, deseando siempre (se inicia un grito a la izquierda, otro a la derecha; unas ruedas golpean divergentes; los autobuses se conglomeran en conflicto), deseando siempre (el reloj asevera con doce claras campanadas que es mediodía; la luz vierte escamas de oro; los niños se arremolinan), deseando siempre la verdad. Roja es la cúpula; de los árboles cuelgan monedas; el humo sale lento de las chimeneas; ladrido, alarido, grito: «Se vende metal»... ¿Y la verdad?

Como rayos orientados hacia un punto, pies de hombres, pies de mujeres, negros o con incrustaciones doradas (Esa niebla... ¿Azúcar? No, gracias... La mancomunidad del futuro), la luz del fuego salta y deja roja la estancia, salvo las negras figuras y sus ojos brillantes, mientras descargan una camioneta fuera, la señorita Thingummy sorbe té en su mesa escritorio, y las vitrinas conservan abrigos de piel.

Cacareada, leve cual hoja, rizada en los bordes, pasada por las ruedas, plateada, en casa o fuera de casa, reunida, esparcida, derrochada en diferentes platillos de la balanza, barrida, sumergida, desgarrada, hundida, ensamblada... ¿Y la verdad?

Recordar ahora junto al fuego del hogar sobre el blanco rectángulo de mármol. De las profundidades de marfil se alzan palabras que vierten su negrura, florecen y penetran. El libro caído (en la llama, en el humo, en las perecederas chispas) o ya viajando, el rectángulo de mármol suspendido, minaretes debajo y mares de la India, mientras los espacios azules corren y las estrellas brillan... ¿Y la verdad?, ¿satisfacción con su proximidad?

Perezosa e indiferente, la garza regresa; el cielo cubre con un velo sus estrellas, y después las desnuda.